11. EL VALOR DE UNA HERMANA

-¡Mamá! -gritó Comosu- ¡Los árboles se caen! ¡Se caen, mamá!

-¡Corre, hijo! -apremió Petequia- ¡sigue hacia el interior del bosque!

Tomó su mano y tiró de él. Frente a los Desterrados, las profundidades del Bosque Perdido de la Desconexión les ofrecía el último de los escondrijos. De nada había servido que un ejército de goblins y duendes se plantara frente a su casa, dispuesto a contener los ejércitos de Urraca. Captura de pantalla 2014-11-27 a las 16.08.04Una lluvia de flechas de los arqueros, y el estruendoso ataque de la caballería los había arrasado en poco tiempo. Después, el ejército lanzó la infantería pesada: hombres armados con grandes hachas, que comenzaron a derribar el bosque árbol por árbol. La reina no iba a consentir que un lugar como aquel sirviera de refugio a las fuerzas del caos, y con los zíngaros desaparecidos, el Bosque Perdido de la Conexión no disponía de magia arcana con la que protegerse.

No era más que un bosque normal, igual a cualquier otro, y por tanto, podía talarse hasta reducirlo a una montaña de astillas.

Captura de pantalla 2014-11-27 a las 16.08.25 Allí donde la infantería no llegaba, eran las catapultas las que arrasaban con todo. Sus bolas incendiadas destruían hectáreas al completo, de tal forma que el bosque, en sí mismo, se transformaba en un infierno para sus habitantes.

Así y todo, Petequia guardaba una pequeña esperanza. El bosque era muy espeso, y las criaturas que lo habitaban podrían ofrecer resistencia en las tierras que conocían bien. Con esta idea alcanzó su centro. Allí, alrededor de una tumba de marfil en la que descansaban los restos del patriarca zíngaro, Petequia reagrupó a los pocos goblins, trasgos y duendes que quedaban. Levantaron una empalizada alrededor de aquel lugar sagrado y, portando las últimas armas que les quedaban, se dispusieron a enarbolar la última defensa.

-Comosu -susurró a su hijo, mientras las botas de los soldados se hallaban cada vez más cercanas-, ¿dónde está tu poder, hijo? ¿Dónde lo has guardado?

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-No puedo sacarlo, mamá. No contra mi padre -respondió éste con cara apenada.

Petequia desvió la mirada hacia la marca en su frente, aquélla que le identificaba como uno de los elegidos del Titán. Comosu guardaba un gran poder en su interior, pero su bondad era todavía más fuerte. Se había pasado toda la vida buscando a su padre, y tras descubrir que no era otro que el rey Rodrigo, se veía incapaz de combatir contra las fuerzas de Urraca.

-Ojalá pudieras, hijo. Si fueras capaz de sacar un poquito de toda esa energía, sólo una pizca. ¿No amas el bosque? ¿Es que no te importa que se destruya?

-Sí lo amo, mamá. Pero es que… ¿por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué me ocultaste que mi papá era el Rey?

-Las cosas no son siempre tan fáciles, Comosu. Yo…

hd-x-army-war-forest-horse-desktop-background_army-war-forest-horse-x Le detuvo un terrible estruendo. Una de las bolas de catapulta había caído atravesando las copas de los árboles, e incendiado el muro de empalizada con el que pretendían defenderse. Los goblins huyeron despavoridos, sólo para encontrarse con una legión de soldados imperiales que, espadas en mano, les dieron caza en unos pocos minutos. El aire se llenó con el crepitar de las llamas, el grito de los seres del bosque y, al fin, un pavoroso silencio.

Al poco, Urraca se abrió paso entre un millar soldados. Caminaba orgullosa; parecía incluso más alta que los árboles que la rodeaban. Se colocó en vanguardia, y desde allí, saboreó el instante de su victoria. Sólo Petequia y Comosu quedaban vivos, de pie sobre la tumba centenaria del gran Zíngaro.

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-Hola, hermana -dijo la reina, sonriente.

-¡Vamos, mátame! ¿A qué esperas?

-Sabes que no voy a hacer eso.

Urraca observó a Comosu de reojo, y entonces Petequia lo comprendió todo. La Reina no iba a matarla, eso desataría la rabia del Elegido. Era mejor mantener al muchacho tranquilo, sin sobresaltos.

-¡Cobarde! -escupió la Desterrada.

-Astuta, querrás decir. Siempre he sido más lista que tú, Petequia. En esta guerra te has equivocado de bando. Pero no te preocupes, yo voy a remediar eso.

Captura de pantalla 2014-11-27 a las 16.11.43            Y después, dirigiéndose a su hijo, añadió:

-Comosu, sé que quieres ver al Rey. Él también desea encontrarse contigo. ¿Quieres venir a la ciudad?

-¡Sí! -dijo el otro, permitiendo que la emoción le dominara.

-Estupendo. Pues vámonos.

Hizo un gesto a sus hombres, que rodearon a Petequia, la ataron de pies y manos y la echaron sobre un caballo. Sin embargo, no hizo falta hacer lo mismo con Comosu. El pequeño hijo del rey se introdujo entre los soldados observando sus armaduras y sus espadas todavía ensangrentadas, semejante a quien descubre un mundo nuevo. Y cuando alguno de aquellos hombres le sonrió, él respondió al saludo con inocencia, ajeno a todo mal. Feliz.

Volvería a encontrarse con su padre, ¿qué más podía pedir?

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LA TUMBA DEL ZINGARO

Nadie habría imaginado que, una vez conquistado el Bosque Perdido de la Desconexión, la reina Urraca tendría problemas para salir de aquel lugar. Los soldados de Instántalor vigilaban cada rincón. La Reina, confiada, llevaba presa a su hermana Petequia, mientras Comosu charlaba con los soldados como si nada ocurriera, e imaginando su futuro encuentro con el Rey Rodrigo.

Sí, resultaba imposible esperar un nuevo ataque. Pero para Kálaba, Dulce, Garth y todos los zíngaros que les acompañaban, la invasión del bosque, de su bosque, era un acto que debía pagarse con la muerte.

De este modo, cuando el ejército de Instántalor se disponía a dejar el bosque, los árboles comenzaron a retorcerse y a susurrar; a tomar vida y conciencia, impulsados por la magia arcana que desataban Kálaba y Dulce. Los hombres de Instántalor, aquéllos que habían acorralado a los Desterrados, se vieron a sí mismos rodeados por los zíngaros que mandaba Garth, los auténticos dueños de aquellas tierras. Les habían hecho caer en su propia trampa.

Captura de pantalla 2014-12-02 a las 15.00.20Por un instante, Urraca sintió que su vida corría peligro. Cuando todos aquellos gitanos se lanzaron contra un ejército imperial desconcertado, y que veía su paso impedido por cientos de raíces y ramas que se entrelazaban a su alrededor, creyó que tendrían la batalla perdida. Sin embargo, su cabeza no tardó en urdir un plan.

-¡Capitán! -gritó- Todo el ejército al centro del bosque.

-Pero señora -se disculpó el aludido-. El bosque es propiedad de los zíngaros. Si entramos, nos acorralarán y darán muerte. Debemos alcanzar la linde y pelear en campo abierto. Sólo de este modo seremos capaces de…

-¿Cuestiones mis órdenes? -dijo Urraca; en sus ojos brillaban sendas ascuas.

-No, mi señora.

-Pues entonces, todo el ejército al centro del bosque. ¡Ahora!

bosques-encantadosEl capitán dio la orden y los soldados se retiraron. Los árboles les cortaban el camino, y allí donde las ramas formaban un sendero sin salida, los zíngaros, con Garth a la cabeza, aparecían para cortarles el paso y darles muerte. Sólo un tercio del ejército logró alcanzar el centro. Estaban aterrorizados; una sombra de muerte se cernía sobre ellos. No obstante, Urraca parecía muy segura de sus actos. Ordenó que nadie moviera un músculo hasta que los zíngaros llegaran. Sólo cuando estuvieron totalmente rodeados, la Reina dio un nuevo mandato.

-¡Hombres, atacad la tumba del patriarca Zíngaro!

Allí, estaba, justo en el centro del Bosque Perdido, el sepulcro de Arlando, el gran padre de todos los zíngaros, labrado en marfil y cubierto de enredadera. Cientos de soldados lo amenazaron con sus armas. Kálaba, aterrada, ordenó a los zíngaros que se detuvieran.

-¡Se terminó la batalla, Kálaba! -gritó la Reina; su voz resonó entre los árboles con un eco estremecedor- Si dais un paso más, ordenaré destruir la tumba de vuestro patriarca. No quedará nada en pie.

-Urraca -se adelantó Kálaba- Si tocas un centímetro de esa tumba, ninguno saldréis con vida de aquí. Os arrancaremos el corazón. Lo juro.Captura de pantalla 2014-12-02 a las 15.20.32

La Reina sonrió de medio lado. En cuestión de amenazas, nadie estaba a su altura.

 

-¿Te atreves a desafiarme? Cuán equivocada estás, Kálaba. Una Reina conoce bien a su pueblo, por eso sé que esta tumba es sagrada para vosotros. Anheláis despertar a vuestro patriarca por encima de todo. Pero dime, ¿cómo lo conseguirás si yo incinero sus restos?

Kálaba no supo qué contestar. Sus ojos, vidriosos, no se apartaban del sepulcro en el que Arnaldo dormía el eterno sueño. En efecto, algún día habrían de encontrar la forma de resucitarle, y así devolver a los zíngaros la honra que se merecían.

-No le hagas nada a la tumba. Haremos lo que ordenes. Recuerda que en pasado fuimos aliados, recurriste a nosotros para conseguir tu rein…

-¡Calla! -dijo Urraca.

Odiaba que trajeran a su memoria cómo había logrado convertirse en reina. En su interior, se estremeció al imaginar la figura del rey Rodrigo. Le había dejado en el Instántalor, al cuidado del Palacio de Ámbar. En las últimas semanas, Rodrigo, verdadero heredero del trono, había recuperado parte de su lucidez. ¿Y si terminaba recordando quién era y a quién amaba?; esta vez, Urraca ya no tendría a los zíngaros para volver a hechizarlo. Había perdido un aliado potencial, pero era más importante ganar la guerra.

-¡Deponed las armas y no tocaré a vuestro patriarca!

Los zíngaros obedecieron. La Reina ordenó tomarlos como prisioneros. Después, habló a Kálaba.

-Ha sido un error intentar arrinconarnos en vuestra casa, Kálaba. Hay en ella demasiadas cosas que amáis. Cuando alguien siente afecto por lo que le rodea, no puede ganar una batalla.

-Tú has ganado, Urraca.

-Dos batallas en el mismo lugar. Pero… ¡espera! -su ejército se detuvo-. Tú sola no has comandado a los zíngaros, Kálaba.
Captura de pantalla 2014-12-02 a las 15.03.56Miró a su alrededor. Allí, entre los prisioneros, notó una ausencia.

-¿Donde esta la Sombra de Medianoche?

-No lo sé. Lo juro -respondió Kálaba.

Urraca apretó los dientes. Estaba tan ocupada apresando a los zíngaros que se le había olvidado uno de los más peligrosos.

-¡Garth! -gritó- ¡Sal de donde estés, tú solo no puedes hacer nada para salvar a tu familia!

No hubo respuesta. Kálaba, arrodillada junto a la Reina, vio como a ésta se le ensombrecía el rostro.

-Por favor, no ataques la tumba. Prometiste…

-¡¿Por quién me tomas?! -gritó Urraca- Prometí que no haría nada a vuestra tumba y lo cumpliré. Sin embargo…

Su mirada recorrió a los prisioneros, hasta que halló a Dulce.

-Cada hombre y mujer tiene un punto débil -susurró.

Garth respetaba los huesos del Patriarca, pero no había nada más importante para él que su hermana, Dulce. Urraca lo sabía.

Se retiró la capa, dejando ver la empuñadura de una daga. La desenfundó, caminó hasta la joven y acercó el filo a su pecho.

-¡Garth, muéstrate!

El bosque le devolvió un silencio estremecedor. Urraca arrugó el entrecejo.

-A mí nadie me desafía -musitó, dirigiéndose a Dulce, justo antes de clavar la daga en el centro de su pecho.

Entre los prisioneros se extendió un grito de pavor. Dulce cayó; la hierba a su alrededor no tardó en quedar manchada de carmesí.Captura de pantalla 2014-12-02 a las 15.06.17

-Vámonos -mandó la Reina a su capitán-. Llevamos demasiados prisioneros como para organizar una partida de rastreo. Ese maldito zíngaro aparecerá tarde o temprano.

Y así, el ejército de Instántalor abandonó el Bosque Perdido de la Desconexión.

Sólo cuando todo quedó en silencio, una sombra emergió de entre los arbustos. Garth, muy despacio, se aproximo al cuerpo de Dulce y posó dos dedos sobre su cuello. En el rostro de la Sombra brillaban los surcos de las lágrimas.

-Estás viva -dijo, con la voz rota por la emoción- Aún estás viva…

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VIII BATALLA DE LAS GUERRAS DE CALAMBURIA

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El próximo Viernes 5 de Diciembree a las 00.15 en La Escalera de Jacob los enfrentados en la I Batalla de las Guerras serán  Las Guardianas del Inframundo y Los Taberneros  ¿Quiénes serán los elegidos por el público? ¿El bien o el mal? ¿Cuál de las parejas conseguirá más logros para su bando en el medidor de guerra?


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10. POR AMOR AL CIELO

Los porteros, Adonis y Quasi, jamás se habían enfrentado a un enemigo de calidad. Las Puertas del Este no habían contenido más que alguna partida de bandidos ocasional. Por tanto, y a pesar de las interminables horas que ambos habían destinado a la vigilancia, ninguno conocía el alcance de su poder.

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Guardar la Puerta les proporcionaba ciertas habilidades sobrenaturales, pues el lugar había sido construido, en parte, mediante los hechizos del Archimago. Ninguno podía envejecer, y disfrutaban de ciertas habilidades telepáticas gracias a las cuales mantenían largas y triviales conversaciones sobre el estado de las dunas en el desierto, la cantidad de horas que tenía el día, o cuántas nubes recorrían el cielo.

Sin embargo, cuando el ejército de no-muertos encabezado por la Emperatriz Tenebrosa dibujó una línea gris en el horizonte, los dos Porteros comprendieron que había llegado la hora de la verdad. Al fin iban a ganarse su puesto.

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Por desgracia, ninguno tenía un manual de instrucciones sobre el poder de su emplazamiento. No había forma de averiguar cómo defenderse contra todo un ejército de cadáveres andantes.

Mientras el enemigo salvaba una duna tras otra, los vigilantes mantuvieron una rauda conversación mental:

–¡Adonis!

            -¿Sí, Quasi?

            -¿Cómo vamos a quitarnos todo ese ejército de en medio?

            -Estoy pensando, Quasi. Esta puerta debería proporcionarnos el poder necesario para hacerlo.

            -Ya, ya… ¡pero cómo! Quiero decir… ¿qué hacemos?

            -Pues no sé, quizás con pensarlo sea suficiente. Igual que hacemos cuando nos atacan los bandidos.

            -No puede ser tan fácil, Adonis. ¿Pensamos en quitárnoslos de encima y ya está? ¿Desaparecen sin más?

            -Pues sí, desaparecen sin más.

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El ejército de Kashiri estaba cada vez más cerca. La Emperatriz iba a la cabeza, esbozando una media sonrisa, como si ya percibiera la victoria. Conquistar la Puerta del Este era un objetivo de gran importancia. Aquél era el último bastión antes de alcanzar el palacio de la reina Urraca.

-¡Adonis, qué hacemos! Están muy cerca.

            -No se me ocurre nada, Quasi. Intentemos detenerlos con el pensamiento, como hacemos siempre.

            -Entonces, ¿lo pensamos sin más?

            -Sí, lo pensamos sin más. ¡Vamos!

 A una señal de sus mentes, ejercitadas durante años para trabajar al unísono, la Puerta del Este quedó protegida por una gigantesca muralla de energía. De la muralla empezaron a surgir relámpagos de color rojo iridiscente que, cayendo sobre los cuerpos de los no-muertos, los reducían a cenizas en un segundo.

Captura de pantalla 2014-11-25 a las 19.21.09Kashiri apretó los dientes de ira. Aferró su báculo con ambas manos y lanzó el poderoso hechizo de Aniquilación, pero, para su sorpresa, éste dio contra el muro y se disipó sin ningún efecto.

            -¡Lo logramos, Quasi! ¡Te lo dije! –Pensó Adonis.

            -Me lo dijiste, es cierto. Me lo dijiste

            -No respondas. No digas nada. Sólo mantente concentrado. Así los venceremos.

Los cadáveres se desintegraban por la fuerza de los rayos, y aquellos que llegaban hasta el muro, también desaparecían sólo con tocarlo. Kashiri estaba ciega de ira. ¿Sería posible que aquellos dos Porteros vencieran a todo su ejercito? ¡No, no podía ser! ¿Pero cómo salvar sus defensas? ¿Cómo?

-¡Ventisca! -elevó un grito al cielo; a los nubarrones grises que ya se formaban encima de su cabeza.

Las nubes se enroscaron en una espiral; de su epicentro surgió el Avatar del Caos, Ventisca. Sus ropas se agitaban a merced de un vendaval iracundo. Descendió de las alturas lentamente, con su vista clavada en los Porteros. Adonis reforzó su concentración, con la esperanza de que la Puerta les protegiera de un enemigo volador. Quasi, sin embargo, quedó petrificado.

Allí estaba. El sueño de tantos días de guardia, su adorada Brisa, descendía al fin de los cielos. Estaba cambiada, muy cambiada, pero continuaba igual de hermosa. El corazón empezó a latirle con fuerza, como si luchara por escapar del pecho, y su mente, hasta entonces concentrada en la defensa, visualizó un sólo pensamiento. El de la Dama Celeste, el único amor que había tenido en la vida.

El muro de energía parpadeó.

-¡Quasi, concéntrate! –gritaron los pensamientos de Adonis.

Pero fue demasiado tarde, Kashiri, rauda, aprovechó aquel despiste para lanzar toda su furia. Un nuevo hechizo de Aniquilación hizo pedazos la defensa, y los muertos vivientes invadieron la Puerta del Este.

–¡Quasi! –llamó Adonis, mientras se lo llevaban en andas- ¿Qué te ha sucedido? Hemos fallado a la reina, compañero… ¡amigo! ¡Hemos perdido nuestro hogar!

Pero el otro no respondió. Ya no escuchaba a su compañero. La Puerta del Este había caído, y con ella, se había cortado el poder de la telepatía. El don de la longevidad también desapareció, de forma que Quasi empezó a notar que los estragos de la vejez se apoderaban de sus miembros. Sin embargo no le prestó atención. Nada le importaba ya. Su rostro, cada vez más lleno de arrugas, se había transformado en la viva imagen de la pena. Sus labios, cuarteados y descoloridos, musitaron una sola frase:

-Brisa… ¿qué te ha ocurrido?

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