I Batalla de la Ira del Leviatán

I BATALLA IRA DEL TITAN CALAMBURIA

El próximo Viernes 16 de Enero  a las 00.15 en La Escalera de Jacob los enfrentados en el I Combate de la Ira del Leviatán serán  Las Guardianas del Inframundo y Los Desterrados  ¿Quiénes serán los elegidos por el público? ¿El bien o el mal? ¿Cuál de las parejas conseguirá más logros para su bando en la clasificación?


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La ira del Leviatán

 

Si, como dicen los Capellanes, es el Titán quien protege y guía a los calamburianos, yo, un humilde cronista, un humano como cualquier otro, opino que el sublime Titán de Calamburia posee una inteligencia caprichosa. Creo que, en su sueño, gusta jugar con nosotros como si fuésemos marionetas. Nada le importa la vida, o la muerte; ignora los sueños y las aspiraciones y, desde luego, no sabe de justicia. Habrá quien opine que me equivoco, e incluso quien me llame hereje. De ser así, quizás la lectura de este relato le lleve a comprender por qué me encuentro tan enfadado. Esto es lo que le sucedió, y lo que sucederá a nuestra tierra:

 

Calamburia se preparaba para vivir un nuevo tiempo de paz. La guerra contra el alzamiento de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, había resultado tan cruenta como hacía presagiar. Algunas comarcas quedaron desoladas, y las ciudades necesitaban una reconstrucción. Por fortuna, el caos fue rechazado y con ello, la reina Urraca afianzó su lugar en el trono. Todo continuaba como debía ser, como siempre había sido… al menos, en apariencia.

La cruda realidad era muy diferente.

 

El desarrollo de la guerra fue observado desde las alturas. Muy lejos, en el reino de Caelum, Siroco, uno de los Seres del Aire más poderosos, estudiaba cada batalla y cada movimiento, y no perdía detalle de cuanto hacía Ventisca. Entre los dos había existido una relación que se mantuvo firme durante centurias. Pero al perder el Torneo, su amor se disipó, y con él, la fuerza de voluntad de aquella a quien llamaban la Dama Celeste. La mujer descendió a tierra y fue tentada por Kashiri. Así terminó convirtiéndose en un ser de la oscuridad, y así comenzó la Guerra.

Con el final del conflicto, Ventisca no volvió a ser la de antes. Persistía su actual naturaleza fría, despiadada. Siroco, que anhelaba el regreso de su esposa, se sintió desfallecer. Ventisca jamás regresaría a Caelum; ya nada quedaba de su antiguo ser. La tierra había corrompido su esencia.

La tierra de Calamburia. Ese lugar infecto, repulsivo. Ese reino de débiles mortales se había llevado a su esposa, la habían matado en vida.

 

Siroco, ciego de ira, fue testigo de su descenso al reino de la demencia. Su odio hacia Calamburia generó la búsqueda incansable de venganza. Así, mientras los calamburianos reconstruían ciudades y pueblos, mientras replantaban los bosques y enterraban a sus seres queridos, Siroco recorría la bóveda celeste en busca de un medio para aniquilarlos. Y lo halló.

Su viaje le condujo hasta los confines áureos, allí donde el cielo perdía su nombre, y quedaban encerradas las pesadillas. Un lugar como aquel no estaba hecho para ningún ojo, para ninguna conciencia, pero Siroco ya no tenía miedo a la muerte. Cruzó aquella peligrosa frontera, y halló un poder que jamás debió ser encontrado. Era la esencia de un mal incontenible, monstruoso. Su nombre era Leviatán.

 

Cuando el mal despertó, un rugido ensordecedor se extendió por todas partes. Abajo, los mortales creyeron que se avecinaba tormenta y se resguardaron en sus casas, pero no cayó ni una gota. En su lugar, Leviatán descendió hasta las aguas del Kal – A Mar, donde los piratas Flick y Morgana ahogaban sus penas por la derrota entre botellas de ron y canciones marineras. El descenso del monstruo ocasionó una ola gigantesca, el barco de los piratas zozobró.

Morgsana y Flick creyeron que morirían ahogados, pero no fue así.

El Leviatán se había fijado en ellos, y todo el mal que llevaba en su interior les fue transmitido. Los Piratas no tardaron en comprobar que podían respirar bajo el agua, nadar con total libertad y manejar a las criaturas marinas. Pero todo aquello no era sino una porción de sus nuevas habilidades. No tardaron en comprobar que podían controlar las mareas y el oleaje mismo. El mar, en toda su plenitud, formaba parte de ellos, era su esclavo, y el gran Leviatán también. Los Piratas se habían transformado en dioses.

Lo primero que les vino a la cabeza fue la venganza; la misma sensación que oprimía el corazón de Siroco. Idéntico mal, transmitido de unos a otros. Y así urdieron un plan: arrasar Calamburia con la fuerza de un tsunami imparable. La tierra, y todo lo que hubiera en ella, desaparecería bajo el agua.

 

¿Dónde se halla la benevolencia del Titán en instantes como este? Algunos dirán que todavía existe. Yo no lo tengo claro. Son los hombres quienes, ante la presencia de un mal que les supera, se unen para vencerlo. Así ha ocurrido en esta ocasión: los Zíngaros, en alianza con los Impromagos, han gastado gran parte de su magia para preparar dos orbes de poder. Los orbes encierran la habilidad de hacer viajar a sus portadores hasta el reino submarino del Leviatán, donde residen los piratas. Sólo los mejores deben portarlos, por eso se ha organizado un nuevo torneo. Los aspirantes medirán fuerzas para ver quién es el mejor. Aquella pareja que resulte ganadora, intentará detener el fin del mundo, la ira del Leviatán.

 

Si hay un Titán, y si, como dicen los Capellanes, de verdad nos escucha, que tenga misericordia de Calamburia. Las oraciones de los habitantes se unen en una misma súplica. Yo, un pobre cronista, creo que serán los héroes quienes detengan esta tragedia.

 

17. LA IRA DEL LEVIATÁN

 

Si, como dicen los Capellanes, es el Titán quien protege y guía a los calamburianos, yo, un humilde cronista, un humano como cualquier otro, opino que el sublime Titán de Calamburia posee una inteligencia caprichosa. Creo que, en su sueño, gusta jugar con nosotros como si fuésemos marionetas. Nada le importa la vida, o la muerte; ignora los sueños y las aspiraciones y, desde luego, no sabe de justicia. Habrá quien opine que me equivoco, e incluso quien me llame hereje. De ser así, quizás la lectura de este relato le lleve a comprender por qué me encuentro tan enfadado. Esto es lo que le sucedió, y lo que sucederá a nuestra tierra:

 

Calamburia se preparaba para vivir un nuevo tiempo de paz. La guerra contra el alzamiento de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, había resultado tan cruenta como hacía presagiar. Algunas comarcas quedaron desoladas, y las ciudades necesitaban una reconstrucción. Por fortuna, el caos fue rechazado y con ello, la reina Urraca afianzó su lugar en el trono. Todo continuaba como debía ser, como siempre había sido… al menos, en apariencia.

La cruda realidad era muy diferente.

 

El desarrollo de la guerra fue observado desde las alturas. Muy lejos, en el reino de Caelum, Siroco, uno de los Seres del Aire más poderosos, estudiaba cada batalla y cada movimiento, y no perdía detalle de cuanto hacía Ventisca. Entre los dos había existido una relación que se mantuvo firme durante centurias. Pero al perder el Torneo, su amor se disipó, y con él, la fuerza de voluntad de aquella a quien llamaban la Dama Celeste. La mujer descendió a tierra y fue tentada por Kashiri. Así terminó convirtiéndose en un ser de la oscuridad, y así comenzó la Guerra.

Con el final del conflicto, Ventisca no volvió a ser la de antes. Persistía su actual naturaleza fría, despiadada. Siroco, que anhelaba el regreso de su esposa, se sintió desfallecer. Ventisca jamás regresaría a Caelum; ya nada quedaba de su antiguo ser. La tierra había corrompido su esencia.

La tierra de Calamburia. Ese lugar infecto, repulsivo. Ese reino de débiles mortales se había llevado a su esposa, la habían matado en vida.

 

Siroco, ciego de ira, fue testigo de su descenso al reino de la demencia. Su odio hacia Calamburia generó la búsqueda incansable de venganza. Así, mientras los calamburianos reconstruían ciudades y pueblos, mientras replantaban los bosques y enterraban a sus seres queridos, Siroco recorría la bóveda celeste en busca de un medio para aniquilarlos. Y lo halló.

Su viaje le condujo hasta los confines áureos, allí donde el cielo perdía su nombre, y quedaban encerradas las pesadillas. Un lugar como aquel no estaba hecho para ningún ojo, para ninguna conciencia, pero Siroco ya no tenía miedo a la muerte. Cruzó aquella peligrosa frontera, y halló un poder que jamás debió ser encontrado. Era la esencia de un mal incontenible, monstruoso. Su nombre era Leviatán.

 

Cuando el mal despertó, un rugido ensordecedor se extendió por todas partes. Abajo, los mortales creyeron que se avecinaba tormenta y se resguardaron en sus casas, pero no cayó ni una gota. En su lugar, Leviatán descendió hasta las aguas del Kal – A Mar, donde los piratas Flick y Morgana ahogaban sus penas por la derrota entre botellas de ron y canciones marineras. El descenso del monstruo ocasionó una ola gigantesca, el barco de los piratas zozobró.

Morgsana y Flick creyeron que morirían ahogados, pero no fue así.

El Leviatán se había fijado en ellos, y todo el mal que llevaba en su interior les fue transmitido. Los Piratas no tardaron en comprobar que podían respirar bajo el agua, nadar con total libertad y manejar a las criaturas marinas. Pero todo aquello no era sino una porción de sus nuevas habilidades. No tardaron en comprobar que podían controlar las mareas y el oleaje mismo. El mar, en toda su plenitud, formaba parte de ellos, era su esclavo, y el gran Leviatán también. Los Piratas se habían transformado en dioses.

Lo primero que les vino a la cabeza fue la venganza; la misma sensación que oprimía el corazón de Siroco. Idéntico mal, transmitido de unos a otros. Y así urdieron un plan: arrasar Calamburia con la fuerza de un tsunami imparable. La tierra, y todo lo que hubiera en ella, desaparecería bajo el agua.

 

¿Dónde se halla la benevolencia del Titán en instantes como este? Algunos dirán que todavía existe. Yo no lo tengo claro. Son los hombres quienes, ante la presencia de un mal que les supera, se unen para vencerlo. Así ha ocurrido en esta ocasión: los Zíngaros, en alianza con los Impromagos, han gastado gran parte de su magia para preparar dos orbes de poder. Los orbes encierran la habilidad de hacer viajar a sus portadores hasta el reino submarino del Leviatán, donde residen los piratas. Sólo los mejores deben portarlos, por eso se ha organizado un nuevo torneo. Los aspirantes medirán fuerzas para ver quién es el mejor. Aquella pareja que resulte ganadora, intentará detener el fin del mundo, la ira del Leviatán.

 

Si hay un Titán, y si, como dicen los Capellanes, de verdad nos escucha, que tenga misericordia de Calamburia. Las oraciones de los habitantes se unen en una misma súplica. Yo, un pobre cronista, creo que serán los héroes quienes detengan esta tragedia.

 

16. LA BATALLA FINAL II

Pocas veces el destino de Calamburia ha resultado tan frágil como lo fue durante la última batalla entre el bien y el caos.

En pleno desierto, entre la torre de Scuchain y la Puerta del Este, los dos bandos se disputaban la hegemonía con toda la fuerza de sus ejércitos. Al pie de la torre, los Impromagos, Eme y Sirene, invocaban conjuros defensivos que descendían sobre los hombres del reino. También se encontraban presentes todos los demás alumnos de la escuela: Tábata, Aruala, Estuco, Enona, Tilisa… ellos ponían en práctica sus mejores hechizos para retener la fuerza mágica de los Zíngaros: Kálaba, frente a la torre, invocaba toda suerte de maldiciones y males de ojo, mientras Garth, apoyado por las tropas de Petequia y Comosu, intentaba rodear las defensas y atacar por un flanco. Allí les esperaba Urraca; sus soldados, protegidos por la impromagia, repelían a un enemigo que veía reforzado su número con la llegada de Kashiri y Ventisca. El ejército de no – muertos que comandaban las Guardianas del Inframundo estaba ya muy cerca. Sólo el inmenso arco que era la Puerta del Este se interponía en su camino. Allí, los dos Porteros, Quasi y Adonis, hacían lo posible por contenerlos.

Las fuerzas estaban equilibradas… hasta la llegada de los Piratas, que emergieron desde el sur de forma sorpresiva. Aquella horda de filibusteros se había desecho de sus barcos para poner los pies en tierra firme. Acompañados de rugidos, maldiciones y juramentos, alzaron sus sables, sus mosquetes y sus botellas rotas y cargaron contra la torre.

-¡Eme! –gritó Sirene- ¡Son demasiados! ¡No podemos contener a los zíngaros, proteger a los hombres de la Reina y retener a los Piratas! Es mucho trabajo para nosotros.

Eme no respondió. Era tal el miedo que sentía, que se había quedado mudo. Entonces sucedió lo que nadie esperaba. El milagro; la salvación.

-¡Aún no está todo dicho! –se escuchó por todo el campo de batalla.

Desde el norte, entre la torre de los Impromagos y el ejército pirata, emergió una nueva fuerza. Eran más soldados, reclutados por el rey Rodrigo. Venían desde la capital; y con ellos, en vanguardia, podía distinguirse a los dos Taberneros. Las palabras que detuvieron la batalla habían procedido de Ebedi. La Tabernera llevaba un rodillo en la diestra.

-¡Esta batalla no ha finalizado! –añadió.

-¡Cierto! –intervino Yangin.

-Eso, eso. Muy cierto –dijo el rey Rodrigo.

-¡Soldados, cargad! –ordenó ella.

Los hombres se miraron un segundo desconcertados, hasta que fue el propio Rey quien repitió la orden.

Las fuerzas volvían a equilibrarse. En el tumulto que era aquel enfrentamiento por el destino de Calamburia, donde numerosos ejércitos de todo tipo se daban lugar, los rayos de poder mágico se mezclaron con los golpes de espada, las cargas de caballería, los juramentos de todo tipo, los aullidos de los heridos y las fuerzas de ultratumba. Y mientras unos y otros atacaban y contraatacaban, los Impromagos empezaron a notar, desde su posición a las puertas de la torre, que las fuerzas del mal perdían terreno.

-¡Eme, estamos ganando, no me lo puedo creer! –celebró Sirene.

A su lado, Ebedi se quitaba de encima a todo el que osara acercársele. Las palabras de aquella niña llamaron su atención. Habían despertado en ella una chispa de familiaridad; algo capaz de despertar cierto sentimiento afín, que llevaba mucho tiempo dormido. Miró a Sirene de reojo y analizó el modo en que sonreía, sus rasgos y algunos de sus gestos. ¿Acaso sería ella…?

Se formó un nudo en su estómago; una breve conmoción que, por desgracia, no pudo hallar su merecida respuesta. No era momento para resolver enigmas. El enemigo era fuerte, a pesar de que ya se retiraba.

Los primeros en abandonar fueron los Zíngaros. Su magia, sin el apoyo del Patriarca, era limitada. Comprendieron que ésta se agotaba y retrocedieron. Los Piratas siguieron después, cuando se dieron cuenta de que en tierra su combate no era tan bueno. Así, todo el ejército del caos se dio a la huida. Kashiri lo hizo en último lugar, no sin antes formular un juramento que Ventisca extendió por el cielo:

-¡Habéis ganado, pero sabed que no he sido liberada del Inframundo para conocer la derrota! ¡Jamás volveré a mis prisiones! ¡Tendréis mi presencia sobre la faz de Calamburia para siempre!

Desapareció en mitad de una monstruosa tormenta de arena, y con ella todo su ejército. El campo de batalla quedó en silencio un segundo, pero no tardó en llenarse con los vítores de las fuerzas del bien. Urraca se hizo un hueco en mitad de las tropas, pidió atención y dirigió unas palabras a sus hombres.

-¡Hemos ganado! Regresad tranquilos a vuestras casas, saludad a vuestras familias y dormid sin miedo a la oscuridad ¡Calamburia vuelve a estar en paz!

Y era cierto. La tierra de Calamburia había quedado libre de peligros… por el momento.