82. PEONES EN UN TABLERO

– ¡Que fluya la bebida! Quitaos esas aparatosas prendas, ¡liberaos del yugo del decoro! ¡Sentíos libres y desatad vuestras pasiones más osadas!

Anabella la Puritana navegaba como un elegante navío por entre un mar de cuerpos ebrios de lujuria y vino. Al pasar, acariciaba carnes desnudas y tocaba melenas con la punta de sus dedos, dejando, a su vez, que otras manos recorriesen su cuerpo con deseo y reverencia. Por el rabillo del ojo, vio cómo su hermana Beatrice se aseguraba que las famosas Fiestas de las Cortesanas fuesen un evento memorable para los participantes, con un entusiasmo que excedía la simple profesionalidad.

RELATOAnabellaCortina

Digamos una cosa de las Cortesanas: sentían pasión por su trabajo.

Anabella terminó de cruzar la habitación y atravesó un suave cortinaje que daba paso a un coqueto reservado. Allí, en una especie de pequeño altar, rodeado de gasas y sedas rojas, descansaba el pequeño medallón que la Cortesana solía llevar en el escote. Zarcillos de humo casi invisibles, provenientes de la ajetreada habitación contigua, eran atraídos hacia el pequeño espejo, atravesando su superficie y girando arremolinados al otro lado.

Como tantas otras veces, Anabella dudó antes de tocar el espejo. Sabía que era muy posible que volviese a tener una visión de una de las almas de su interior. Y como tantas otras veces, inspirando hondo, lo agarró con fuerza.

RELATO Espejo

Un intenso olor a humo llenaba la habitación. Se trataba de una tienda de campaña con una hoguera en el medio, que proyectaba danzantes sombras por todas las esquinas. En una de ellas, una mujer se encontraba tendida entre pesadas pieles, mientras otras mujeres se afanaban a su alrededor con paños calientes y cubos de agua.

– ¡Maldito sea el Titán! ¡Que cese este dolor! – chillaba la mujer, retorciéndose- ¡Matadme si queréis, pero acabad con este sufrimiento!

El pequeño grupo de mujeres liderado por Kálaba, prosiguió con su rutina de reemplazar paños calientes, como si nada extraño estuviese ocurriendo. Una oscura figura entró en la tienda.

– ¡Basta ya, mujer! Estás despertando a todo el campamento. ¡Sólo es un parto!

– ¿Solo un parto? Que el Inframundo te lleve, Arnaldo. Si un hombre tuviese que sufrir una décima parte de lo que pasa una mujer cada día, ¡estaría lloriqueando en el suelo sin moverse!

– Pero al menos lo haría sin chillar como un cerdo en el matadero. ¡Eres una zíngara! Actúa como tal, y supera el dolor – sentenció el Patriarca, mientras se sentaba en un taburete frente a ella.

– Di todo lo que quieras, pero esto es culpa tuya, Arnaldo. ¡Tuya! No tengo que parir solo a una, no. ¡Son mellizas!

Arnaldo sacó con parsimonia una larga pipa de sus oscuros ropajes y la encendió chasqueando los dedos. Después de una serie de cortas caladas, inspiró fuertemente y exhaló todo el humo sobre la mujer.

– Me perteneces. A cambio de juventud, de magia, de poder, sacrificaste muchas cosas. Ha llegado el momento de pagar, así que no oses recriminarme nada.

– Yo seduje al “pasivo” Rey Rodrigo por ti. Me volví su amante sólo por ti. ¡Mírame ahora! Mi cuerpo está al límite de sus fuerzas, probablemente ni sobreviva al parto. ¡Yo te maldigo, Arnaldo!

– ¡¿Osas maldecirme?! – la figura de Arnaldo se agrandó hasta ocupar la tienda en su totalidad. Ante la luz de la hoguera, las sombras se movían descontroladas, haciendo que el aterrorizado grupo de mujeres se amontonasen en una esquina mientras Kálaba ponía los brazos en jarras-. ¿Estás maldiciéndome a mí, el dador de todos tus dones? ¡Tú no hiciste nada! Sólo seguiste mis órdenes, tal y como te exigí que hicieses. Quizás has malinterpretado mi amabilidad, pero nunca has sido más que un peón. Uno de tantos. Ahora las que me interesan son las hijas del Rey Rodrigo. Petequia, la mayor, me parece demasiado recta, pero la hija pequeña, la tal Urraca, es muy prometedora. Ha llegado el momento de ir colocando nuevos peones en el tablero y deshacerse de los que me resultan inservibles.

La mujer le devolvió la mirada con los ojos desorbitados, intentando articular palabra. Justo cuando parecía que iba a romper a hablar, un terrible dolor le hizo arquear su espalda. Arnaldo volvió a sentarse, con su sombra, ahora inofensiva, proyectada en la pared. El pequeño grupo de mujeres volvió a afanarse alrededor de su figura, aunque con semblante preocupado.

RELATO sombras zingaros

Las cortinas de la tienda se apartaron para dar paso a un joven de andares nerviosos, que miraba hacia aquel batiburrillo de actividad con gesto preocupado.

– Arnaldo…el parto… ¿Va bien? He oído muchos gritos fuera y debo decir que me dan un poco de miedo. El milagro de la vida es una magia que no alcanzo a comprender.

– No te preocupes, Alfrid. Se trata de una magia antigua que no necesita ser entendida – le dijo con voz súbitamente paternal, palmeando su hombro con afecto- ¿Lograste completar el hechizo? ¿Están los porta-espejos listos?

– Sí, por supuesto. Ha sido todo un reto realizar el encantamiento, pero hice unas ligeras modificaciones en tu hechizo y todo fue mucho más sencillo – dijo con orgullo, mientras sacaba los dos objetos de su túnica–. Aunque me sigue preocupando el hecho de que sirva para capturar almas, podríamos haber usado otro tipo de energías…

Los ojos de Arnaldo repasaron velozmente los pequeños artefactos. Eran perfectos. Él jamás podría haber llegado a semejante nivel de perfección. Mojándose los labios, dirigió la más falsa de sus sonrisas al que sería el futuro Archimago y -tras una serie de trágicos sucesos-, su verdugo.

– Has aprendido… sorprendentemente rápido. No sé si me quedará mucho que enseñarte -dijo sibilinamente – Quizás deberíamos replantearnos tu entrenamiento…

Fue interrumpido por un grito desgarrador que podría haber levantado a muertos de sus tumbas, el último que proferiría jamás. Y tras unos segundos de silencio, dos fuertes llantos, cantando al unísono. Sin darse la vuelta, el Patriarca observó cómo un largo zarcillo de humo gris translúcido era atraído por los espejos hasta introducirse dentro, haciendo brillar la gema roja engarzada en su cubierta.

– Sí…-susurró Arnaldo- Sirvientes con vida eterna. Alimentados por las almas de los débiles, y con sangre real para gobernar para toda la eternidad.

Se giró hacia Alfrid, el cuál, ajeno a los porta-espejos, se había precipitado en brindar ayuda a la mujer, sin saber que era inútil. Era demasiado blando. Nunca sería un buen zíngaro. Era hora de seguir deshaciéndose de peones…

Anabella asió con fuerza el espejo y lo colocó entre sus pechos. Su cuerpo ganó en tonicidad, sus mejillas recobraron el color y su pelo brilló con fuerza. Sus ojos se pusieron en blanco, estremeciéndose de placer, mientras pedazos de almas seguían dando vueltas sin control en su interior, gritando de angustia para toda la eternidad.

RELATO AnabellaHumo

Descendiente del más noble de los linajes. Hija de zíngaros y brujos. Poseedora de una vida eterna y de un porvenir sangriento y brillante en lo alto del Trono de Ámbar. Una Diosa del Placer en la tierra.

Pero Anabella no tenía prisa: pensaba disfrutar del camino, oh si, de disfrutarlo como el Titán manda. Y dando un paso, con los andares de una reina, volvió a introducirse en la fiesta en la que sus súbditos daban rienda a todos sus placeres.

81. UNA MUJER DE NEGOCIOS

– ¡Silencio! ¡Un poco de silencio! ¡Por favor, basta ya!

La pequeña habitación estaba abarrotada de Impromagos parlanchines, discutiendo acaloradamente. Las túnicas anaranjadas se movían de un lado a otro, y las varitas se agitaban para enfatizar argumentos. También se oían risas y algún que otro cacharro rompiéndose. En definitiva: se estaba armando un buen alboroto, tal y como era común en la escuela.

La imagen translúcida de Sirene miraba con cara exasperada al animado grupo. Dando una patada en el suelo, exclamó:

– ¡Eme! ¡Haz algo! ¡No me escuchan!

– ¿Y qué quieres que haga? –preguntó el joven Impromago.

– ¡Lo que sea!

Eme miró su varita fijamente y se remangó las mangas de la túnica. Mirando a los lados, apuntó al techo y gritó con voz temblorosa:

¡Ignio!

Una gigantesca bola de fuego emergió de la varita y llenó la habitación con una insoportable ola de calor. Las conversaciones enmudecieron y todos los Impromagos alzaron los ojos para ver como la bola de fuego se alzaba en el aire y se estrellaba contra el techo, provocando una lluvia de cascotes y de ceniza.

Los Impromagos se taparon la cabeza para protegerse de los proyectiles. Una vez que se aposentó el polvo, estallaron en vítores y quejas.

– ¡Ha sido increíble!

– ¡Otra, otra!

– ¡Ay!, cuando se enteren los Eruditos…

Sirene se giró hacia Eme, y poniendo sus manos en las caderas, le echó una mirada asesina por debajo de la montura de sus gafas.

RELATOEmeSirene– ¡Bueno, basta ya! Haced caso a Sirene, por favor. Yo no quería que esa bola de fuego fuese tan grande, de verdad – masculló Eme, mirando nerviosamente a su compañera.

– ¡Sí! Hay que aprovechar, no sé cuánto tiempo va a durar esta proyección mía. ¡Las cosas están fatal ahí fuera, no podemos perder el tiempo! – dijo Sirene, apremiante.

Los Impromagos se miraron culpables y arrastraron los pies por el suelo para formar algo parecido a un corrillo.

– El mundo fuera de la Torre de Eskuchain está hecho un desastre. No solo recibimos ataques mágicos por parte de las Brujas, sino que todos los héroes se hallan perdidos. ¡Yo misma estoy juntándome con gente rara que no sabe nada de matemáticas! – dijo alarmada Sirene, abriendo mucho los ojos.

-¡Sí! ¡Y los aprendices de Impromagos no pueden hacer sus exámenes correctamente! – dijo indignado Stucco, tratando de acomodar la gigantesca pila de libros que acumulaba bajo su brazo.

– También estamos teniendo problemas con la liberación de la Sustancia de los Sueños. Defendra se adelanta siempre a nuestros movimientos, por mucho que nos preparemos – exclamó el Duende Mayor Teo, moviendo apesadumbrado su enorme sombrero.

– ¡Debemos hacer algo! ¡Debemos luchar! – exclamó Enona, agitando furiosa su coleta.

RELATOImpromagos1Un coro de voces acompañó la declaración de la pelirroja Impromaga. Algunos estudiantes se remangaron las únicas y agitaron sus puños en el aire.

– ¡No, Enona! La última vez que luchamos contra los Zíngaros, Sirene murió y la mitad de la Torre fue destruida – dijo Gajo, mientras agitaba su varita rememorando la cruenta batalla.

– ¡Bah, pero al final logró resucitar, así que no importa! ¡Hay que darles una buena paliza! – continuó Enona, arengando a sus seguidores.

– Pero seguimos sin Archimago en la torre. ¿Cómo vamos a poder luchar? – dijo lastimeramente Gody, mientras se colocaba las gafas.

Todas las conversaciones enmudecieron. Era cierto, desde la muerte de Ailfrid, nadie había tomado su papel, quizás porque nadie quería asumir semejante responsabilidad.

– No os preocupéis, ¡Eme nos salvará! – gritó Eliz, emocionada – La última vez fue poseído por Theodus y nos ayudó. ¡Él es el más poderoso!

RELATOImpromagos2Los murmullos y conversaciones volvieron a nacer por toda la sala, dejando patente que las opiniones contradictorias estaban muy lejos de llegar a un punto en común. Interrumpiendo tan infructuosa reunión, Felix el Preclaro hizo acto de aparición.

– Disculpad, Impromagos. Hay una cierta señora que estaría interesada en participar de esta reunión, y creo que merece la pena escucharla.

– ¿Quién es? ¡Que pase, que pase! No tenemos mucho tiempo – exclamó la imagen de Sirene.

Los Impromagos más cercanos de la puerta se alejaron cual marea naranja para dar paso a una silueta oscura, con el rostro tapado por una sombrilla.

– No quería molestar. ¿Ha acabado ya el recreo? – dijo con sorna una melodiosa voz de mujer.

– ¡Preséntate!… esto, por favor – exclamó Eme.

La figura apartó la sombrilla con una floritura, y de un golpe seco, la cerró para convertirla en un elegante bastón. Ante ellos se encontraba Penélope Roslin, la Enterradora.

RELATOFelixPenelope– Oh, solo soy una mujer de negocios que no está para nada interesada en que los muertos se levanten de sus tumbas y que la gente no fallezca. Es malo para el negocio.

– ¡Ah! ¡Te conozco! Has sido elegida por el Titán para participar en el Torneo. Estás casada con Jack el enterrador y provienes de una familia de… -dijo Sirene, adoptando un tono de sabionda.

– Sí, sí. Dejémonos ya de presentaciones, por favor – le interrumpió Penélope con un leve gesto de mano-. Mientras vosotros discutís sobre qué hacer o no, yo os traigo la solución a este molesto problema. Pero necesito vuestra ayuda, al fin y al cabo, la magia no es mi especialidad.

– ¿Cómo? ¿Y no está en nuestros libros? ¡Imposible! – dijo Sirene, indignada.

– Seguro que está, pero hay que saber buscarlo. Tú misma has entrado en contacto con ella, niña. Os hablo del objeto que podría devolver el equilibrio a todo este caos: El Orbe de la Resurrección.

Los murmullos se empezaron a multiplicar por la sala, con algún que otro “¿Qué ha dicho? ¡No la oigo desde aquí!”, dejando intranquilos a los Impromagos.

– Así es. Yo no estoy familiarizada con la magia, pero sé de lógica, y un clavo en un ataúd saca a otro clavo. Si usamos el Orbe para recuperar el control de los vivos y los muertos, debilitaremos el poder de las Brujas.

– ¡Sí! ¡Podría funcionar! ¡Es un artefacto muy poderoso, hasta resucitó a Pelusín! – exclamó Sirene, mientras aquella bola de pelusa animada aparecía de un salto encima de su cabeza.

– ¡Así me gusta! Eficacia y sensatez. ¡La clave para un buen negocio! Muy bien, que todos los voluntarios empaquen sus pertenencias, nos vamos de viaje – dijo Penélope, sonriendo satisfecha.

Al momento, todos los Impromagos empezaron a correr de un lado a otro, introduciendo los objetos más inverosímiles en sus mochilas, y preparándose para el que podía resultar el final de la maldición. Entretanto, Félix se acercó a la Enterradora y le preguntó:

– ¿Adónde tiene pensado llevarse este destacamento de Impromagos? Muchos de ellos se acaban de graduar, no creo que estén preparados.

– No se preocupe, erudito. Tómeselo como una clase extraescolar. Nos vamos al último paradero conocido de la Piedra. Sí, no ponga esa cara: marchamos de excursión al Inframundo.

80. ¡VIVA EL REY RODRIGO!

– ¡Es el mayor hombre que ha existido jamás! ¡Su porte es imponente, su figura destaca por encima de las demás, la firmeza de su barbilla es legendaria! – proclamó Pierre Leblanc, apoyando su pierna sobre un tocón del bosque, mientras apuntaba con su espada hacia el cielo- ¡Debes haber oído hablar de él! Es imposible no conocer a la persona más sabia y valiente de Calamburia.

– Los asuntos mundanos de los mortales no interesan al pueblo de los Aiseos –comentó distraída Galerna, mientras hacía volar un diente de león de una mano a la otra.

– ¡Su nombre es susurrado por el viento! ¡Los árboles se inclinan a su paso! – exclamó indignado el Hombre del Rey, mientras se giraba hacia su distante interlocutora.

– Te aseguro que el viento cuenta muchas cosas, pero jamás me ha hablado de ese tal Rodrigo.

– ¡Ah! ¡La fatalidad! La confabulación de la antigua Reina Urraca ha llegado más profundo de lo que pensaba – dijo apesadumbrado, mientras envainaba de nuevo su estoque.

– Los Aiseos no tenemos reyes como tal, disponemos de un Consejo de Sabios que permiten tomar decisiones en común. Pero qué se puede esperar de bárbaros como vosotros…

– ¡El Rey Rodrigo V era justo y sabio! Pero cayó en una maraña de intrigas, magia y traición que entretejió la malvada Reina Urraca. ¡Debería haberse casado con Petequia y guiar Calamburia hacia un paraíso de armonía!

– ¡Me cansan tus exaltados discursos!- le interrumpió Galerna, presa de ira- ¿Acaso no crees que no estoy enojada con mi situación? Estoy aquí, separada de mi familia, junto a un humano con ínfulas, en vez de estar con mi hermana Brisa. Justo cuando lográbamos recuperarla, esas malditas Brujas nos separaron.

Terminó mascullando su discurso, mientras atrapaba el diente de león con una mano y lo estrujaba.

RELATOPierreGalerna

– ¡No hay maldición que derrote una unión poderosa! Humano y Aiseo, espada y tormenta, ¡eso somos nosotros! Una unión imparable, un dúo de leyenda, ¡una pareja ganadora! –declamó mientras tendía la mano hacia el Ser del Aire.

Con un leve gesto, Galerna levantó una ventolera que hizo agitar la capa del Pierre en todas las direcciones, hasta que se le enroscó por la cara y le hizo tambalear.

– Mi familia ya ha caído muy bajo como para mancillar su nombre juntándome con un… con un fracaso de mortal. Ya hemos descansado suficiente. Salgamos de este estúpido bosque, anhelo el cielo despejado

Se incorporó, alejándose del confundido espadachín.

A cientos kilómetros de distancia, cruzando ríos, montañas y un gran mar, otro de los Hombres del Rey caminaba con garbo por una playa aparentemente desértica. Detrás suya se afanaba por seguirle Katurian, mientras echaba miradas a su embarcación, anclada en la bahía.

– ¿Seguro que es buena idea dejar mi barco así, sin protección? Todavía no he terminado de hacer los arreglos al motor de vapor, es algo bastante experimental – declaró nervioso el inventor, rascándose la cabeza.

– ¡No temas, buen Katurian! La suerte está de nuestro lado, y la única persona que vive en esta isla no tiene interés alguno en tus invenciones- explicó Balian, mientras andaba con garbo, dejando atrás a su nervioso acompañante-. Pero ha sido una suerte contar con tu ayuda, nunca había navegado tan raudamente por el mar. ¡Tu invento es un auténtico hallazgo!

– Bueno, aún faltan ciertos retoques. Sin duda Teslo habría visto lo que falla, pero de nuevo, no está aquí –dijo apesadumbrado el inventor-. La maldición de estas llamadas Brujas me recuerda mucho a algo que ya sufrimos, quizás han aprovechado restos residuales del Caos del Maelstrom para alimentar su magia oscura. Debería estudiar este fenómeno más en detalle…

RELATO BalianKatu

-¡Ah! ¡Por fin! – le interrumpió el espadachín, totalmente ajeno al monólogo de su compañero- ¡Nuestro destino!

Entre las palmeras y la vegetación del borde de la playa, asomaba una pequeña casa construida con maderos y restos de naufragio. A su alrededor, botellas de diversas formas se acumulaban en la playa. La pareja se acercó a la puerta y Balian llamó con pomposa educación.

El silencio fue la única respuesta. Sin escuchar los susurros de Katurian que suplicaban precaución, el Hombre del Rey abrió la puerta de un brioso empujón y se adentró en la pequeña cabaña.

El interior estaba repleto de oscuras sombras, interrumpidas por hebras de luz que se colaban por las cortinas. El suelo estaba cubierto de botellas y un olor a alcohol rancio llenaba la atmósfera. No parecía que nadie viviera allí, entre tanta basura y desorden. Pero de pronto, una sombra habló:

– Hacía mucho tiempo que no recibía visitas. Últimamente no he sido la mejor de las compañías –dijo con un toque de sarcasmo una voz de mujer, ligeramente gangosa, probablemente por el alcohol.- ¡Pero adelante! Poneros cómodos, si es que podéis.

– Mi señora, mi nombre es Balian –dijo el espadachín-. Probablemente se acuerde de mí, era…

– Sé perfectamente quien eres, hombrecillo – le interrumpió la voz, irritada -. Un amigo de los piratas y a la vez, un fiel defensor de las causas perdidas.

– ¡Mi señora, nada está perdido aún! Con su ayuda podríamos encontrar al Rey Rodrigo V y volver a ocupar el trono de Calamburia. Usted lo conocía más que nadie.

Tras unos breves segundos, la oscura sombra se precipitó hacia adelante con un borrón de movimiento, dejando lo que parecía una fusta de cuero rozando la barbilla del guardia.

– ¡No me digas lo que debo hacer, hombrecillo! Huí de esa realidad hace mucho tiempo, ya no soy la que era. Así que no te metas donde no te incumbe y déjame con mi desdicha, o te enseñaré lo que puede hacer una mujer que lo ha perdido todo.

Balian tragó ruidosamente, mirando aquella fusta como si fuese la punta de una espada. Entretanto, Katurian se concentraba intensamente en una mancha de la pared, tratando de hacer caso omiso de la escena.

– ¡Por favor! Estamos desesperados. No hace falta que participe directamente en el conflicto, solo tiene que decirme dónde puede ocultarse nuestro amo y señor.

– ¡Já! ¿Sólo es eso? Que poco le conocéis. Está con lo único que le dio cordura en sus épocas más oscuras. El único brillo de conocimiento que tuvo, que lo acercó al recuerdo que yo tenía de él, cuando era lanzado y decidido – suspiró con amargura la voz-. Está con su barco, ¡el Arca del Rey Rodrigo! Surcando los mares, perdido, tratando de descubrir qué es real y qué es una ilusión de mi malvada hermana.

– ¿Vagando sólo por el mar? ¡Es mi deber encontrarlo y devolverle la cordura, me cueste lo que me cueste!

– Ya tienes lo que querías. ¡Ahora largo de aquí! Déjame con mi destino, con el extraño sentido del humor del Titán.

– ¡Pero, mi señora!

– ¡LARGO! Fuera de aquí, metomentodos, haraganes, interesados, hipócritas, fantasmas… – dijo mientras les arrojaba botellas y desperdicios de todo tipo.

Inventor y Hombre del Rey salieron a trompicones de la cabaña, tratando de evitar la lluvia de objetos y el torrente de insultos provenientes de Petequia, la Desterrada. Mientras caminaban presurosos alejándose de la escena, no dijeron palabra alguna. El tiempo no trataba bien a todos los Héroes de Calamburia.

RELATOpetequia

79. ENSOÑACIONES DE AMOR

Carcajadas cristalinas resonaban por los jardines del palacio. El sol calentaba los altos y relucientes muros del Palacio de Ámbar, mientras los ecos de las risas se enroscaban entre las ramas de arbustos tallados con intrincadas formas geométricas.

El origen de las risas era una joven de pelo anaranjado, que se apeaba de un caballo con la ayuda de un pequeño ejército de sirvientes. Con las mejillas arreboladas, se dirigió con saltitos emocionados hacia la pérgola instalada para protegerla del sol.

– ¡Oh, ha sido increíble! Illia, adoro tu caballo. ¡Es tan brioso! –dijo emocionada, mientras se dejaba caer encima de una de las sillas al cobijo de la agradable sombra.

Su invitado rio con suavidad, mientras negaba con la cabeza. Iba vestido primorosamente, con una ribeteada chaqueta cubierta de encajes.

– Eres incorregible, Cassandra. No sé si es adecuado para una dama cabalgar de esa manera.

– ¡Al Titán con los modales! Me siento tan libre cuando voy a caballo, tan lejos de todas estas estúpidas normas… -suspiró, soñadora, mirándole- ¿Y si huimos para siempre de todo esto? ¿Y si nos retiramos en una pequeña mansión de las montañas?

– ¡Eso es lo que me gusta de ti, mi amor! Tienes una imaginación y una creatividad sin par, nunca abandonas una idea si te lo propones. Ojalá se me pegase un poco de tu actitud…

– Eres demasiado mojigato para cambiar, Illia –sonrió con picardía Cassandra-. Pero supongo que necesito a alguien que ponga límites a mis absurdos sueños.

RELATOcassillia

La joven se quedó mirando pensativa el errático vuelo de una mariposa, que brillaba con los colores del arcoíris. Un leve temblor hizo vibrar suavemente el suelo, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta.

– He vuelto a soñarlo –dijo pensativa.

– ¿Otra vez ese horrible sueño?

– Sí. Otra vez en la oscuridad del Inframundo. Con las almas en pena… haciendo cosas horribles a la gente.

-Mi amor, tú no eres así, y lo sabes. No he conocido a nadie más llena de vida y bondad. Pero es extraño, yo también he tenido sueños fuera de lo normal -explicó el joven príncipe con una mueca extraña en el rostro.

– ¿Sí? ¿Cómo son? -preguntó intrigada, echándose hacia delante y colocándose sus rebeldes cabellos detrás de la oreja.

– Sueño… sueño que recorro los caminos. Solo tengo como compañera de viaje a otra mujer y un cayado. Voy imponiendo las manos… y la gente se cura –Illia se miró las manos fijamente, como si las viese por primera vez-. Creo que siempre he tenido ese poder. Incluso ahora.

RELATOsueñoillia

– ¿Cómo que con otra mujer? ¿Y no soy yo? –preguntó molesta Cassandra. El suelo volvió a temblar con más fuerza. Los pájaros enmudecieron y el ejército de solícitos sirvientes desapareció, pero de nuevo, ninguno de los dos pareció notarlo.

-No, no te preocupes, mi vida. A ella no la amo. Pero siento… siento que puedo arreglar todo con estas manos, salvo a mí mismo. Ahora mismo me siento como en esos sueños. Siento que podría arreglarlo todo, incluso a ti. Solo con tocarte, Cassandra –explicó, levantando la mirada de sus manos.

Una mirada de súplica, de desesperación.

El suelo empezó a temblar violentamente, haciendo que los gigantescos robles de los jardines fuesen cayendo como titánicas columnas de un templo antiguo. Una grieta surgió entre los dos y se agrandó a toda velocidad, separando a los dos amantes. Cassandra fue arrojada con violencia, mientras Illia trataba de incorporarse, acercándose al borde de la grieta todo lo que pudo.

– ¡Cassandra! ¡Aguanta! –gritó desesperado.

– ¡No! ¡No te acerques o caerás!

Más allá de los jardines, el Palacio de Ámbar empezó a desmoronarse. Bellas y elaboradas torres se desmigajaban y caían hechas pedazos, mientras la estructura central se agrietaba y los muros se deshacían. Un rugido sobrecogedor retumbó por entre las ruinas del castillo, haciendo de contrapunto a los cada vez más violentos temblores.

-¡Estoy perdiendo el equilibrio! ¡Cassandra! ¡Búscame! ¡Siempre te estaré esperando! –exclamó Illia, mientras se tambaleaba al borde del precipicio, rodeado de grietas que llevaban a los confines de la tierra. Sus ojos se cruzaron con Cassandra durante un instante, y presa de un último temblor, se precipitó al vacío.

-No…-susurró Cassandra, sin poder creérselo, mientras pugnaba por mantener el equilibrio.

El rugido aumentó, y de las ruinas del castillo asomó una gigantesca garra compuesta de huesos de proporciones ciclópeas. Apoyándose en las ruinas de la puerta del palacio, se apoyó haciendo rechinar la estructura, y un cuerpo se pesadilla se incorporó para tapar el cielo y las nubes. Dos alas correosas y casi esqueléticas se abrieron y batieron el aire, impulsando un viento pútrido que parecía sacado de una tumba. Una cabeza reptiliana se alzó hacia el firmamento, paladeando de nuevo el frescor del aire. El Dragón se alzó sobre sus dos patas traseras en toda su gloria corrupta, con colgajos de carne cayendo de su cadavérica figura, las escamas marchitas y sus cuernos partidos brillando con una luz roja y verde enfermiza.

Mirando con sus malignos ojos amarillos, se dirigió hacia la forma de la joven princesa que trataba por todos los medios de no caerse por las grietas que le rodeaban.

RELATOcassandragon

-¿Pensabas que iba a ser tan fácil? – la voz del dragón parecía resonar en su mente. Una voz familiar, pero a la vez distinta.- ¿Pensabas que se puede controlar mi poder sin pagar nada a cambio?

– ¡No sé quién eres! ¡Por favor, devuélveme a Illia! ¡No puedo vivir sin él!

– Estúpida insensata. Ese destino se te negó hace mucho tiempo. Pero ya no puedes ocultarte en tus sueños. Ahora también me pertenecen. Ahora, tu cordura me pertenece… KASHIRI.

Cassandrá recibió ese nombre como si de un golpe físico se tratase. De repente todos los recuerdos volvieron de golpe. Illia, el pacto, su caída al Inframundo, las almas torturadas, sus crímenes atroces. Su postura cambió de forma radical y se incorporó con parsimonia. Ahora escuchaba, de fondo, las carcajadas histéricas y estridentes de las brujas. El contrapunto de toda esta pesadilla.

– No te tengo miedo, Dragón. Hace tiempo que perdí el miedo a nada- dijo con orgullo, erguida en actitud desafiante.

– Oh, pero harías bien en tenerlo. Ahora conocemos tus secretos. Ahora conocemos lo que más amas. ¡Y te lo arrebataremos! –rugió el Dragón, al eco de las voces de las brujas.

Kashiri miró a la bestia y el suelo agrietado que le rodeaba. Con un leve asetimiento, tomó la decisión.

-Os buscaré. Encontraré la oscura madriguera en la que cobardemente os ocultáis. Arrastraré vuestros decrépitos cuerpos a la luz del sol y los atravesaré con mi báculo. Nunca podréis torturar a la Guardiana del Inframundo. La tortura y el sufrimiento es MI reino.

Y con firmeza, dio un paso adelante y se precipitó hacia el vacío. El Dragón se lanzó hacia delante, rugiendo con todo su poder y su rabia, pero era en vano. Kashiri ya estaba lejos de su alcance. Preso de furia, escupió llamaradas de fuego verde y rojizo hacia el cielo, mientras los siseos de rabia de las brujas llenaban el firmamento.

Illia se incorporó jadeante de su camastro. Otra vez esos sueños. Rápidamente intentó acordarse de detalles, de información, pero era como intentar retener agua con las manos. Poco a poco, los débiles recuerdos del sueño se esfumaron y le dejaron tan confuso como en todos sus despertares.

Mientras, en las profundidades del inframundo, Kashiri abrió los ojos. Mediante una calma gélida, se incorporó de su gigantesco lecho, cubierto de telas y pieles. Los recuerdos de su sueño se difuminaban a toda velocidad, pero agarró con fuerza dos sensaciones, dos leves aleteos de su consciencia, mientras apretaba sus puños con fuerza. Su amado seguía vivo, en algún lugar. La segunda sensación era que aquellas malditas brujas querían interponerse en su camino.

Permaneció sentada en su lecho, mientras éste se encendía como una gigantesca pira funeraria, sin dejar que las llamas le afectasen. Pero donde si brillaban las llamas era en sus pupilas. Iban a pagar con su estúpida vida haberse atrevido a mancillar el único tesoro que le quedaba: sus sueños.

RELATOdespertares