86. LA INVASIÓN DEL INFRAMUNDO III

La mente de Ventisca era un caos de emociones que chocaban entre sí como ráfagas de una tormenta embravecida. Diferentes ventanales se abrían, permitiendo atisbar recuerdos perdidos de una ciudad en los cielos llena con bellas columnas. Otros, se abrían y mostraban las simas más oscuras de la desesperación, la muerte y el sufrimiento. Todo se entremezclaba sin control, evidenciado que faltaba una presencia que equilibrase todo, un contrapunto a la locura. Sin que nadie lo supiera, Ventisca estaba perdiendo poco a poco el control, porque ya no estaba completa. Brisa andaba libre y Ventisca prisionera de su propia locura. Pero no era esa la información que precisaba el visitante, ya que no era eso lo que buscaba. Hacía mucho tiempo, había amado a las dos mitades de la Aisea caída, pero ya no. Ante sus ojos apareció una pequeña cueva, en la que una caja incrustada en diamantes reposaba en un altar.

– Sé dónde está la piedra – dijo Quasi, abriendo los ojos, retirando la mano de la frente de Ventisca -. Y no está lejos de aquí.

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– Muy bien. Vayamos tú y yo, no creo que quede nada más amenazante por estas cuevas, por ahora – dijo Penélope -. Que los Impromagos cuiden de los suyos y atiendan a los heridos.

La pareja cruzó el campo de batalla. A su paso, grupos de Impromagos comentaban emocionados el hechizo de Eme, mientras los Duendes curaban a los heridos con sus ágilesdedos y una pizca de chispas curativas. En el centro, Duende Mayor Fradil y Eme descansaban en dos camastros, con las heridas curadas y un semblante satisfecho en el rostro.

Dejaron atrás la gigantesca cueva y se adentraron en las entrañas del Inframundo. Pasaron por túneles largo tiempo olvidados, donde almas en pena vagaban sin rumbo, buscando la salida a ese infierno que se ocultaba bajo la tierra de Calamburia. Vetas verdes recorrían sus paredes, mostrando cuan hondo había penetrado la Maldición de las Brujas, despertando el oscuro pensamiento de que quizás era demasiado tarde para solucionar este suceso.

Así, la pareja llegó al final de un túnel, donde las paredes se hallaban labradas con esculturas de cuerpos retorcidos que emergían de la tierra y ascendían hacia la luz del sol.

– Que diseño tan encantador. Tomo nota para alegrar mi cementerio – comentó distraída Penélope.

Se acercó a las paredes para estudiarlas más en detalle, pero súbitamente, las sombras cobraron forma y notó la punta de un cuchillo en su garganta.

– No se mueva, señora. ¡Y ni lo pienses siquiera, Portero! O esto acabará muy muy rápido – siseó la oscura sombra.

– Tú…deberías estar muerto – musitó Quasi.

– Lo estoy, al igual que tú, a pesar de tu supuesta inmortalidad. Pero por caprichos del destino, nos volvemos a encontrar.

– Caballeros, me alegro que esta pequeña reunión familiar se esté produciendo, pero preferiría no tener un cuchillo en mi garganta.

– Mi señora, no baje la guardia. Se trata de una de las personas más mortíferas de Calamburia, Garth el Zíngaro, la Sombra de Medianoche – dijo el Portero, mientras se ponía en guardia, listo para reaccionar ante cualquier movimiento de su enemigo.

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– Quieto, Portero. Creo que podemos llegar a un trato. Sólo quiero la piedra para poder salir del Inframundo. Como tú, no estoy muerto, desdé que morí, vago dando tumbos por estos túneles sin poder acceder al descanso eterno. Estoy rozando la locura. ¡Necesito sentir la luz del sol de nuevo sobre mi piel! – gritó descontrolado el zíngaro.

– ¿Y qué te ha impedido usar la piedra y salir de aquí?

– Lo he intentado un millón de veces, pero sólo un auténtico mortal puede abrir la caja. Y como entenderás, por aquí no suele haber muchos – rió peligrosamente Garth.

– Entiendo. Dado que mi vida es un bien valioso no solo para mí, sino para ambos, creo que debería apartar ese cuchillo de mi garganta, gracias – dijo Penélope, apartando suavemente el cuchillo con la punta del dedo.

La Sombra de Medianoche se apartó con un gesto brusco mientras, oteaba los flancos. Su estancia forzada en el Inframundo no parecía haberle sentado bien a su cordura, ya que miraba nerviosamente, con el flequillo caído y los hombros ligeramente encorvados. Quasi le observaba con el cuerpo relajado, pero todavía en actitud vigilante.

– ¡Mucho mejor así! Bueno, cada vez me veo acompañada por hombres más atractivos. Esta excursión está siendo todo un éxito. Muy bien, terminemos ya lo que hemos venido a hacer.

Juntos, entraron en la pequeña cueva, iluminada por temblorosas antorchas que conferían un aura sobrenatural a la escena. Las paredes se hallaban cubiertas de murales en donde se escenificaba la caída del Titán a la tierra, y cómo uno de sus ojos se separaba del cuerpo, aterrizando en un poblado de salvajes. Fue pasando de mano en mano, heredado por chamanes que acababan corrompidos por su poder. Finalmente, lo que parecía un grupo de sabios sellaba la piedra en un cofre decorado con diamantes y lo lanzaban a un profundo pozo sin fin.

Ajenos a este retazo de historia, el inusual trío subió por las escaleras hasta llegar al altar que presidía la cueva. Los diamantes de la misteriosa caja brillaban como diminutas estrellas, reflejando las luces oscilantes de las antorchas. Penélope se acercó a la caja con parsimonia y accionó el pestillo ante los ávidos ojos de Garth y la cauta mirada de Quasi. Todos se asomaron para descubrir el contenido del cofre, anhelando poder tocar la tan ansiada piedra.

Pero no había nada.

– ¿Cómo? ¿Qué tipo de jugarreta es esta? ¿Os estáis riendo de mí? – gritó Garth, exaltado y con una brillo de locura.

– Calma, Zíngaro. Me temo que estoy tan disgustada como tú – dijo Penélope, chasqueando la lengua con desagrado.

– Pero…es imposible. La mente de Ventisca apuntaba hacia esta cueva. Ella pensaba que estaba aquí – dijo Quasi, todavía sin poder creérselo.

– Sólo hay una explicación posible, caballeros: alguien ha robado la Piedra sin que las Guardianas del Inframundo se enteren. Menuda faena.

– ¿Pero quién? ¿QUIÉN? – gritó desesperado Garth, mientras caía de rodillas.

El grito del zíngaro recorrió los pasillos rebotando por los diferentes túneles y deformándose hasta unirse a los lamentos que llenaban el Inframundo.

Lejos, muy lejos de ahí, se ubicaba una chabola destartalada y vieja, llena de multitud de cachivaches y objetos de dudosa procedencia. La mugre y el oro se alternaban creando un curioso caos, mezclando la riqueza y los desperdicios a partes iguales. Encima del catre, el más pícaro de todos los mercaderes y sin duda, el personaje con menos escrúpulos de toda Calamburia, dormía plácidamente en su enjuto camastro. El cuerpo de Banjuló, a veces sacudido por espasmos que le hacían soltar molestos ruiditos, se veía tenuemente iluminado por una luz rojiza. La luz provenía de una extraña piedra, posada sobre un fajo de documentos como un vulgar pisapapeles. En su interior, un ojo atento podía observar el paso de las eras, el secreto de la inmortalidad, la receta de la vida y de la muerte. Se trataba, sin duda, de la Piedra de la Resurrección.

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85. LA INVASIÓN DEL INFRAMUNDO II

—¡Están por todas partes! ¡Ya no sé cuántas de esas cosas negras he aplastado con mis botas!— exclamó la Duende Eneris, mientras observaba sus pies con asco.

—Está claro que esto no está funcionando. Deberíamos salir de esta cueva y buscar el Orbe de la Resurrección— comentó disgustada Penélope, como si no estuviese en el ojo del huracán de una encarnizada batalla.

—Mi señora, propongo que nos escabullamos y lo busquemos por nuestra cuenta— declaró Quasi —. Necesitamos a alguien que distraiga a Ventisca para que pueda usar mis poderes telepáticos y descubrir dónde está la piedra. Quizás si…

Pero fue interrumpido por un cuerpo que cayó a sus pies. Se trataba de Duende Mayor Fradil, que había quedado inconsciente. Las carcajadas de Ventisca resonaron por el campo de batalla.

—¡Eme es muy bueno haciendo distracciones! Vamos Eme, ¡tú puedes!— le animó Eneris.

—¿Yo? Pero si… yo no sé hacer nada. ¡Todo me sale sin querer!— dijo tembloroso el Impromago.

—¿Pero y que pasaría si lo hicieses queriendo por una vez? ¡Si lo intentases muy fuerte! ¡Imagínate lo que podría pasar!— dijo la pequeña duende con los ojos brillantes.

—Es…es verdad. Nunca he intentado controlarlo. Tenía demasiado miedo. Pero todo esto me da mucho más miedo. No puedo huir siempre, todos confían en mí. Lo… lo voy a intentar.

relato-calamburia-eme-reflexivoDe entre los confines del campo de batalla, Ventisca se acercó con paso tranquilo, mientras oleadas de magia oscura emanaban de sus manos. Duendes e Impromagos eran lanzados por los aires a su paso: resultaba imparable.

Eme se encaró ante ella, aún un poco encorvado por el miedo, pero agarrando su varita con las dos manos.

– Voy a usar ese hechizo Sirene… espero no pasarme, ¡porque lo voy a intentar con todas mis fuerzas! – dijo con los dientes entrecerrados por la concentración, mientras Eneris convocaba a todos los Duendes disponibles para corear gritos de ánimo y de apoyo.

Los ojos de Eme se volvieron blancos y chispearon de poder

— Allá va….Lux….¡¡IGNIFER!!

La punta de la varita brilló con una fuerza cegadora y una lanza de luz surgió de ella, incandescente y luminosa como la explosión de incontables estrellas. Chocó como el tañido de una campana contra la figura de Ventisca, haciendo que esta se tambalease. Sus ojos oscuros se tiñeron de un breve pánico, haciendo que sus manos aspirasen más y más de sus malévolos súbditos para acumular más energía maligna. Contraatacó con fuerza, vomitando cúmulos de sombra contra el haz de luz, obligándola a retroceder palmo a palmo. Los Duendes empezaron a amontonarse detrás del Impromago, empujando su espalda y haciendo lo posible por mantenerlo firme. Sus compañeros alzaron sus varitas y reforzaron el haz de luz, parando el avance de la oscuridad.

relato-calamburia-eme-varita-poderEme miró a su alrededor. Sintió las manos de los Duendes en su espalda. Vio como todos sus amigos y compañeros lo apoyaban con hechizos. Sintió que las esperanzas de todos lo volvían más fuerte y dejaba de tener miedo. Poco a poco, sus ojos fueron perdiendo el color blanco y recobraron su aspecto habitual. Ya no necesitaba la ayuda de su antiguo yo, el Archimago. Por primera vez se daba cuenta que todo ese poder había estado siempre a su alcance y que el miedo se lo había impedido ver. Era hora de que fuese más, mucho más que el Archimago Theodus.

Gritando con todas sus fuerzas, dio un paso hacia la Guardiana del Inframundo. Los Impromagos corearon el nombre de Eme.

Dio otro. Los Duendes siguieron empujando mientras trataban de sostener sus sombreros.

Dio otro más. Todos los sirvientes eran aspirados por Ventisca, tratando en vano de parar el avance de la brillante luz.

Dio otro paso más. Pensó en Sirene, en lo orgullosa que estaría.

Y otro más. Pensó en todas las veces que tuvo miedo y no pudo hacer nada.

Y otro. Recordó que las Brujas estaban libres por su culpa, porque fue un cobarde y tuvo miedo.

Y entonces, echó a correr. Sin dejar de gritar, sin pararse a pensar, sólo buscando proteger a sus compañeros.

La Aiséa caída miró con los ojos desorbitados cómo cargaba hacia ella la mismísima esencia de la luz. Los Duendes salieron despedidos hacia atrás por el impulso mágico y los Impromagos corearon su nombre con aún más fuerza. Cuando chocaron ambos cuerpos, una gigantesca onda expansiva de luz y polvo recorrió toda la caverna, derribando y ensordeciendo a todos los presentes. Ya no quedaba ninguna criatura oscura, todas habían sido absorbidas por su maestra.

relato-calamburia-ventisca-rayo-emeUna vez despejado el polvo y el humo, Penélope se acercó al cuerpo inmóvil de Ventisca, apartando con su paraguas los chispazos de energía que pululaban por el aire. El rostro de la Guardiana, al no estar contraído por el odio, se hallaba en paz. Se parecía a Brisa más que nunca.

La empresaria se giró hacia el montón de Duendes e Impromagos que trataba de incorporarse, y dirigiéndose a Quasi, preguntó:

—¿Y bien? ¿Es suficiente distracción o necesitas algo más?

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84. LA INVASIÓN DEL INFRAMUNDO I

—¡Vamos! ¡Necesitamos más energía!

Los gritos resonaban por toda la caverna, en las profundidades del Inframundo. Un grupo de pequeños Impromagos, compuestos por caras conocidas como Aruala, Stucco, Eliz, Roby y otros, trataban de lanzar oleadas de magia hacia una burbuja protectora gigante que aguantaba a duras penas. Tríos de Duendes, siempre compuestos por un Duende Mayor y dos más jóvenes, les daban apoyo lanzando chispas por los dedos y realizando cabriolas a su alrededor.

En medio de todo el batiburrillo de actividad, sobre una gran piedra plana, los cerebros de la invasión del inframundo estudiaban los posibles desenlaces a este épico enfrentamiento.

—¡Estamos en un buen lío! La burbuja esa rara no aguantará mucho más, y yo empiezo a estar cansada…— se quejó la Duende Eneris.

—La situación es ciertamente peliaguda. No sé cuánto tiempo más podrán aguantar mis pequeños duendes. Los Mayores hacen lo que pueden, pero tenemos a muchos aún recién creados sin ninguna experiencia – comentó meditabundo el Duende Mayor Fradil.

—Y Sirene no está aquí para ayudarnos… ¡ella sabría lo que hacer!— se quejó amargamente Eme, el Impromago.

Dándoles la espalda y mirando el techo de la gigantesca caverna en la que se hallaban, Penélope guardaba silencio, ajena a todas las quejas.

– Caballeros— espetó con tono autoritario, sin girar la cabeza —, hemos hecho una inversión y lo hemos apostado todo. Me temo que en el mundo de los negocios no hay vuelta atrás, así que sólo nos queda una cosa: seguir adelante.

Una descomunal explosión hizo temblar la burbuja protectora, que titiló y osciló como si de una frágil vela se tratase. Varios Duendes salieron despedidos por encima de la improvisada reunión, soltando chispas de colores.

— Mi señora, una retirada a tiempo quizás sea una opción inteligente. Si volvemos a la torre y consultamos el Libro de la Sabiduría, quizás…— comenzó Fradil

— ¡Silencio! No quiero oír más propuestas pesimistas. Quiero planes que hablen de victoria y de cargas heroicas. Y rapidito, que no tengo todo el día— dijo Penélope, girando hacia el atemorizado grupo —. ¿Es que no hay un héroe entre tanto ser mágico?

—Quizás yo pueda ayudarle, mi señora— dijo una profunda voz masculina.

El grupo entero se giró hacia el recién llegado. Se trataba de un hombre alto con bombín, vestido con un pantalón y casacas verdes.

—¿Cómo ha cruzado la burbuja de protección? ¡Es imposible!— gritó Eme, alarmado.

—No soy ajeno a vuestra magia, Impromagos. Y digamos que en mi estado, me es más fácil hacer ciertas cosas— repuso amablemente el recién llegado.

—¿Tiene alguna propuesta de negocio que hacerme, caballero?— preguntó con aparente indiferencia Penélope.

—Quiero ayudarles, mi señora. Mi nombre es Quasi, y pensaba pasar una eternidad lejos de los deberes mundanos, aquí abajo, pero me ha sido prohibido el descanso. Mi compañero Portero ha sido captado por la oscuridad. Por la amistad que nos unía, no puedo permitir dejarle caer al pozo de sombras en el que está sumido.

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—¡Maravilloso! No sé a quién se refiere, pero si nuestros intereses comunes coinciden, alabado sea el Titán. Muy bien, ¿qué propone?— preguntó satisfecha la empresaria.

Antes de que Quasi pudiese contestar, una explosión aún más ensordecedora que la anterior hizo estremecerse toda la caverna, lanzando a todos los afectados al suelo. Varios Impromagos pasaron corriendo, huyendo de la lluvia de escombros y gritando despavoridos. La burbuja protectora tembló una última vez y se fue desvaneciendo poco a poco. El polvo de los escombros lo llenaba todo, y añadía más caos y confusión a la escena.

A gritos, Duende Mayor Fradil consiguió reunir a varios supervivientes para formar algo parecido a un frente. De la polvareda empezaron a emerger figuras deformes e imposibles, rezumando oscuridad: Siervos del Inframundo. A la cabeza, caminaba con aire altanero Ventisca, el Avatar del Caos. Se detuvo orgullosamente ante el atemorizado grupo y gritó:

—¿Pensábais que podíais venir a nuestro Reino y marcharos de rositas? ¿Creéis que por que Kashiri esté desaparecida podéis hacer lo que os venga en gana? ¡Sufriréis una eternidad de tormento por vuestra desfachatez!— Y dio una furiosa patada en el suelo.

A su alrededor, las formas oscuras rugieron y bufaron mostrando hileras de dientes.

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—¡Podemos colaborar! ¡Buscamos lo mismo, derrotar a las Brujas! ¡Sólo queremos el Orbe de la Resurrección!— gritó Penélope, sin dejarse amilanar.

—¡No necesitamos vuestra ayuda para conseguirlo! Y no permitiremos que invadáis nuestro hogar. ¿Acaso habéis olvidado que el Inframundo es el verdadero epicentro del Mal, y no esas viejas chocheantes con escoba? Yo os lo recordaré… ¡Y deseareis no haber pisado estas cuevas!

Ventisca empezó a absorber filas de sus sirvientes, que fueron aspirados de manera incontrolable hacia la palma de su mano abierta. La energía oscura fue tomando la forma de una enorme bola palpitante, que tras crecer hasta dos veces el tamaño de una persona, fue arrojada hacia el grupo de confusos Impromagos. De la nada, un gigantesco sombrero de copa violeta cayó de las alturas y tapó al grupo, haciendo que la energía oscura se desparramase por su superficie, sin provocar daño alguno. Con un sonido parecido al de una burbuja al pincharse, el sombrero se encogió mágicamente hasta su tamaño normal. Duende Mayor Fradil recogió su sombrero y le quitó el polvo. Tras colocárselo con parsimonia, se encaró hacia los Sirvientes del Inframundo.

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—La Torre de Eskuchain todavía tiene un par de cosas que decir al respecto. ¡No nos rendiremos!— gritó, mientras los Impromagos y Duendes supervivientes se apresuraban a formar a su lado.

—Sea pues. No os mataré limpiamente. ¡Haré que sufráis durante milenios en las profundidades del Inframundo!

Y así, lejos de la luz del sol, a varios kilómetros bajo tierra y sin ningún tipo de ayuda posible, el destino de Calamburia estaba a punto de verse sellado.

83. El retorno de las viejas tradiciones

El sol del mediodía cubría de sombras las callejuelas de Instántalor. Los carteles de comercios y tabernas crujían levemente, mecidos por el viento, llenando el fantasmagórico silencio de las calles.

Pero a lo lejos, un potente murmullo de fondo rebotó por entre los adoquines de la ciudad, atrayendo a los pocos despistados hacia la Plaza del Titán.

DORNA EN EL BALCON DEL CASTILLORodeada por imponentes edificios -los más ricos de la urbe-, la plaza formaba una extensión de cientos de metros. Allí se encontraban todos los habitantes de Instántalor. Celebraban el Festival de la Cosecha, una fecha señalada en el calendario Calamburiano, en la que los hortelanos del Reino acudían a la capital para mostrar orgullosos sus más espectaculares hortalizas. En tiempos normales de paz, se trataba de una fiesta que llenaba los corazones de alegría, dado que se brindaba con abundante cerveza de patata, el brebaje secreto de los hortelanos.

Mas no eran tiempos de paz para el Reino de Calamburia, sino oscuros y malditos. Mientras, la Reina Dorna -último baluarte de la monarquía Calamburiana- se abrochaba su capa de ceremonias con cara pensativa. Asomada al balcón del palacete real, empezó a acumular fuerzas para la prueba que le deparaba el destino. Un ambiente tenso rodeaba toda la plaza, y a pesar de músicos, saltimbanquis, juglares y puestos ambulantes, el pueblo no estaba de humor para disfrutar. La Maldición de las Brujas había arruinado todas las cosechas, y los hortelanos habían acudido en masa, no a enorgullecerse de sus creaciones, sino buscando una reparación ante los Reyes.

– ¡Pueblo de Calamburia! – gritó la Reina desde lo alto de las gradas reales nada más llegar a ellas, un espacio reservado a la corte del Palacio de Ámbar-Es en estos momentos de oscuras maldiciones en los que debemos permanecer unidos. No podemos permitir que las Brujas nos separen. ¡Disfrutad de las fiestas y transmitamos nuestra energía a la tierra de nuestro señor el Titán!

Murmullos iracundos recorrieron la plaza, mientras los hortelanos se miraban de reojo. Una de ellos tomó la delantera, y mirando hacia arriba, se encaró hacia su monarca. Se trataba de Rosi Sacapán, que la encaró con un ceño muy fruncido, al tiempo que mostraba una patata raquítica.

– ¡Mire usté, mi reina! ¡Mire cómo están nuestras patatas! ¡No nos queda nada! Las Brujas han arruinado todas las cosechas, ¿y que nos ofrece a cambio? ¡Palabras complicadas, pero sin sustancia! Y además, ¡no encuentro a mi Griffo!

Rosi Sacapan enfrenta a la Reina_Calamburia

– Debemos seguir luchando para acumular más energía y despertar a nuestro Dios. Es la única manera de conseguirlo – contestó solemne Dorna.

– ¡Bah! Eso no está sirviendo de nada. Me niego a participar en vuestras peleillas de mequetrefes. Nos estáis timando, ricachones. ¡Queréis que sigamos peleando en la Arboleda para que no pensemos en lo que está pasando! Yo lo sé, que soy mu listo. ¿Dónde está el Rey Comosu, eh?

Los murmullos enfurecidos se convirtieron en gritos y exigencias. La palabra “Comosu” se extendió como la pólvora, recordando a todos los Calamburianos que llevaban meses sin ver a su Rey.

– ¡El Rey está desaparecido!- trató de gritar Dorna por encima del bullicio -¡Tengo a mis mejores rastreadores buscándolo!

– ¡Todo ha ido mal desde que llegaron los Salvajes! – gritó una voz.

– ¡Sí! ¿Qué habéis hecho con nuestro rey? – se unió otra

– ¡Seguro que todo es obra de su compañero, el chamán! ¡Es un golpe de estado! – apuntilló una tercera.

– ¡No nos podemos fiar de ellos! ¡No son de aquí! ¿Dónde está el Rey Rodrigo?

Los gritos se volvieron tumulto. “¡Fuera Salvajes!”, se escuchaba y, al poco, un torrente de hortalizas raquíticas fue arrojado sobre la corte de Calamburia. La guardia del Rey avanzó hasta tomar posiciones defensivas. Por entre los callejones apareció un contingente de Salvajes dispuestos a disolver la multitud por la fuerza.

El destino de Calamburia estaba a punto de romperse; la Maldición de las Brujas iba a lograr su objetivo: dividir a todo el Reino y hundirlo en el Caos y la anarquía.

Entonces una fanfarria resonó por todo el lugar, acallando gritos e insultos, obligando a cada una de las cabezas a girarse y mirar hacia la calle principal. Se trataba de una pequeña comitiva, en la que numerosas trompetas precedían un recargado carruaje. Por instinto, la muchedumbre se fue abriendo, presa de una súbita curiosidad al reconocer los símbolos del blasón, hasta que el carruaje se detuvo a los pies de la Grada Real.

Un silencio tenso e incómodo recorrió la plaza. En cualquier momento, la violencia podía volver a estallar, como un peligroso volcán latente. Con suma parsimonia, el conductor del carruaje se bajó y abrió la puerta del vehículo. Con cuidado e infinita elegancia, una figura bajó con gracilidad, apoyándose en el conductor, el cual se había agachado hasta tal punto que su frente casi rozaba el suelo.

REINA MADRE CALAMBURIA

La figura, una amable anciana vestida con lujosos ropajes, miró a su alrededor con una afable sonrisa. Tras unos segundos empezó a hablar con una voz que, a pesar de su edad, resonó por toda la plaza con la confianza de alguien cuyas órdenes siempre son obedecidas.

– Vaya, vaya. Me ausento un tiempo y mira el lío que casi se monta. Eso no está bien, no, no no.

La figura empezó a ascender por las escaleras lenta y delicadamente. A su paso, saludaba a alguno de los nobles con la cabeza, e incluso les dedicaba otra de sus maternales sonrisas. El desconcierto se extendió por entre los asistentes frente tan curioso espectáculo: aunque no pudiesen creerlo, se trataba de la Reina Madre, quien todos creían recluida, alejada para siempre de los asuntos mundanos.

En medio del silencio, Sancha III, madre de Urraca y Petequia, se colocó junto a Dorna, agarrándose con naturalidad a su brazo. Tras mostrar otra sonrisa que rezumaba amabilidad, se dirigió hacia el pueblo de Calamburia.

– ¡Calamburianos! Son tiempos aciagos para nuestra tierra, sí. Pero no temáis por vuestro destino: ante los tiempos de crisis, el noble linaje de los Sancha siempre ha acudido para defender a los suyos. Y mientras yo respire, no voy a dejar que esas Brujas se salgan con la suya. Además, no hay que perder la esperanza, ya que la Reina Dorna lleva en su interior al heredero del Rey Comosu, y con él, el favor del Titán. ¿No es cierto, querida?

Toda la plaza contuvo la respiración de pura sorpresa. ¿Un heredero? ¿Acaso había una ligera esperanza de que todo continuase como siempre?

Dorna respondió con gesto torvo a su abuela política. La amable ancianita le devolvió una mirada de acero que brillaba como un fuego encendido, junto a una medio sonrisa que bien podría haber sido de desprecio.

– Sí. Podría ser cierto lo que dices. Ya llevo dos lunas sangrientas de retraso. Lo que no sé es cómo te has podido enterar- dijo entrecerrando los ojos.

-¡Ah, querida! Una abuela cariñosa lo sabe todo sobre sus pequeños. Y de ahora en adelante, voy a encargarme de esta familia… personalmente- sentenció bajando la voz hasta un sibilino susurro.

Acto seguido la obligó a dar un paso hacia delante, asiéndola firmemente por el brazo, y se dirigió al aturdido pueblo de Calamburia:

-¡Es hora de apartar nuestras rencillas y apoyarnos los unos a los otros! Aguantad, nobles calamburianos, y no os preocupéis: los monarcas de este pueblo siguen siendo fuertes, y os guiaremos hacia un dorado amanecer que nos sacará de esta Maldición.

DORNA y la REINA MADRE_calamburia

Tras un breve silencio, poco a poco, empezaron a sonar vítores aquí y allá, hasta que fueron contagiándose a toda la turba. La Reina Madre era un símbolo de estabilidad, un recuerdo de gloriosos tiempos llenos de paz, al que se agarraron con desesperación los testigos de la plaza.

Sólo Dorna sabía el precio que iban a pagar por esta mano salvadora, lo notaba en su brazo: la presa fría y brutal de una garra que sólo buscaba la ambición y el poder.