94. UN DESENLACE ELEMENTAL

Los amaneceres siempre son un espectáculo digno de ver en Calamburia. El sol va recorriendo la oscura tierra como si de un jarabe dorado se tratase, deteniéndose en los valles más sombríos hasta llenarlos de luz y hacer brillar las copas de los árboles.

Un ave sobrevolaba el firmamento, batiendo sus alas rítmicamente, sola en medio de la inmensidad del cielo azul. Sobrevoló la etérea ciudad de Caelum, donde todos los Seres del Aire se abrazaban y daban la bienvenida a la familia por fin reunida.

Cruzó raudamente el Palacio de Ámbar, donde Salvajes y nobles de Calamburia aclamaban el nombre de Dorna y de Sancha III entre gritos y vítores.

Batiendo furiosamente las alas, pasó por encima de Hortelanos que cultivaban alegremente la tierra que se había vuelto fértil de nuevo.

Esquivó las olas del mar y de los tritones que jugaban con la espuma, ajenos al bien, el mal y los problemas cataclísmicos.

Graznó con furia al ver a lo lejos la figura de Skuchain, brillando con la luz de fuegos artificiales creados por la magia.

Finalmente, hecho un amasijo de plumas erizadas, el cuervo se posó en la entrada de una húmeda cueva. Mientras avanzaba dando saltos, se fue convirtiendo poco a poco en una persona humana que andaba cojeando y maldiciendo en todo tipo de lenguas.

—Son… ¡Felices! ¡Hermana, son felices! ¡Me están dando arcadas! – escupió Aurobinda, presa de furia.

Su aspecto era lamentable: sucia, con el pelo apelmazado por una sustancia viscosa extraña y una marcada cojera. La Reina de la Oscuridad había tenido tiempos mejores.

—Tantos meses de preparación. Tantos calderos viles derramados por el suelo de esta tierra para mantener la Maldición… ¡Para nada! ¡Todo por culpa de esos Impromagos y esos patéticos mortales con su Piedra de la Resurrección!

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—Quizás hallemos una solución en este caldero. Repasar lo que hicimos mal y poder encontrar su debilidad. Acércate hermana – dijo Defendra mientras tomaba un frasco extrañamente multicolor de una estantería.

—¡Bah! ¿La sustancia de los sueños? ¡No va a servir de nada! – espetó furibunda su hermana.

—Aún no conoces el alcance del poder de los sueños, hermana. ¡He torturado a tantos mientras dormían! ¡Oh, que placer! – dijo con la mirada perdida mientras derramaba el líquido dentro del caldero.

Ambas se inclinaron en la superficie del caldero para ver el pasado, por muy mortificante que fuese volver a ver su fracaso.

El líquido del caldero empezó a borbotear y a relucir con luces de colores. Las dos Brujas entrecerraron los ojos con desagrado pero se forzaron a mirar. Vieron cómo el aquelarre que estaban realizando en la arboleda daba sus frutos. Ellas y los Zíngaros, unidos en un poderoso hechizo que sellaría el final de la Maldición y de Calamburia.

Vieron cómo Van Bakari y su secuaz les contaban a quién habían visto merodear por la arboleda, pavoneaba como un gallo. Confirmaba las sospechas de que sus enemigos estaban muy cerca.

—Con lo calladito que estaba éste y lo provocador que se ha vuelto. A saber qué bicho le ha picado. Como lo atrape cocinaré un guiso estupendo con sus huesos —siseó Aurobinda.

Brujas y Zíngaros corrieron al encuentro de sus invasores. Impromagos, Duendes, Salvajes y una aburrida Penélope los esperaban en las lindes del bosque, listos para luchar. La carga fue inmediata, protagonizada por los Salvajes, con la Reina Dorna que ahora poco tenía de monarca y mucho de guerrera. Corugan lanzaba zíngaros por los aires con la potencia de sus gritos. Los Impromagos cubrían la retaguardia, con un Eme muy atento y una Sirene que jamás fallaba ninguno de sus hechizos. Eneris y Seneri daban saltos por el campo de batalla, lanzando chispas de colores a los ojos y haciendo burlas muy efectivas a los enfadados zíngaros. Penélope observaba la escena apoyada de brazos cruzados en un árbol, esquivando perezosamente hechizos perdidos con leves movimientos de cabeza. Pese a todos sus esfuerzos, la unión de Brujas y Zíngaros fue ganando poco a poco hasta que finalmente impusieron su fuerza.

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—Tan cerca —musitó con mirada hambrienta Defendra—. Tan deliciosamente cerca…

Ambas sisearon con furia al ver la transformación de Eme en su odiado hermano. Temblaron cuando entendieron que Sirene y los demás habían logrado extraer toda la energía de la Piedra de la Resurrección y la iban a usar contra ellas. Kálaba dirigió una mirada asesina a sus aliadas y ambas entendieron que ya no podrían esperar más ayuda de los Zíngaros.

—Malditos bastardos traicioneros. Míralos como nos escupen ahora, cuando han estado mamando de nuestro poder durante todo este tiempo— dijo apretando los puños Defendra.

—Silencio hermana. Este es el peor momento.

Con un terrible fogonazo de luz, potenciado por los hechizos de Sirene y la Piedra de la Resurrección, las sombras y la oscuridad fueron expulsadas de Calamburia como el sol abrasador del verano quema la tierra. La Unión del Mal, por fin rota, huyó por entre los árboles, cobijándose en las sombras y maldiciendo con voz aguda y aterrorizada.

—¡Basta! ¡Los mataré a todos! ¡ No quiero seguir viendo esta vergüenza, este desagravio! ¡Pagarán por esto!— Empezó a balbucear de ira Defendra, agitando sus brazos con grandes aspavientos.

—¡Un momento hermana! Esa que se acerca… ¿No es la tal Guardiana de los Elementos y su guardaespaldas?

Defendra se volvió a acercar al caldero. Vio como Nimai sujetaba a Naisha, aparentemente herida. Explicó a los victoriosos héroes que los Elementos estaban inquietos y que algo había pasado en el Templo de los Elementos.

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—¡En nuestra huida no les vimos! Conque los elementos… una energía primitiva con la que nunca habíamos contado por ser demasiado inestable— dijo pensativa Defendra, olvidada ya su terrible ira. En el reflejo del Caldero, los héroes partían apresuradamente tras los pasos de los Protectores Elementales—. Jamás pensé que nadie derrotaría las increíbles defensas de ese lugar ancestral. Se dice que está en el epicentro de la caída del Titán desde los cielos.

—Tuvo que ser una rata sucia y rastrera. Un ladrón —dijo con aire soñador Aurobinda.

—¿Una sucia rata, dices? ¿Una rata que se pavonea en exceso, quizás? Hermana acabo de tener una corazonada. ¿Podríamos alterar el hechizo para ver qué hizo la escoria de Van Bakari ese día?

—Oh, sí. Sólo debo soñarlo hermana. Tengo práctica— dijo alegremente Defendra.

El tóxico brebaje parpadeó y rieló hasta mostrar una nueva imagen, la de la mansión de Van Bakari, brillando con estallidos de poder. Chorros de fuego, aire, agua y piedras salían despedidos de sus ventanas. La casa entera parecía a punto de derrumbarse en cualquier momento. La imagen rieló de nuevo, mostrando a Van Bakari y Lord William acercándose a un gigantesco cofre que brillaba con la fuerza de todas las estrellas del firmamento y que se debatía furiosamente tratando de liberarse de sus cadenas. Tapándose la cara por la luz cegadora, Bakari tocó el cofre en el preciso momento en que éste estalló, liberando su contenido con la fuerza de mil explosiones.

Los Orbes Elementales salieron despedidos por el aire, flotando y girando sin control, chocándose entre ellos. El aire crepitaba con energía inmortal desatada, mientras el torbellino de energías seguía girando cada vez más rápido. Finalmente, con un estruendo indecible, los cuatro Orbes, Fuego, Tierra, Aire y Agua, salieron despedidos en todas las direcciones. La imagen cambió y se alejó de la mansión, mostrando cómo los Orbes salían propulsados hacia el ocaso, dejando atrás una estela de poder y cayendo más allá del horizonte y quizás, de este mundo.

 

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Tras enmudecer durante un rato, las dos Brujas miraron fijamente el caldero.

—Así que efectivamente las robó él. Pero no le salió como esperaba —dijo con tono infantil de burla Defendra.

—Una energía así de primigenia no se puede contener. Aficionados —dijo con una mueca Defendra.—- Esta es nuestra oportunidad, hermana. Podemos recuperar nuestra fuerza alimentándonos de los poderes de la creación.

—Pero hermana, estamos muy debilitadas. Tú lo estás aún más desde que volviste derrotada de Skuchaín. ¡No me mires así, es culpa tuya por ir sola! —dijo poniendo los ojos en blanco.

—Haremos lo que hemos hecho siempre. Matar, traicionar, mandar almas al infierno y alimentarnos de la esencia de nuestros enemigos —masculló furiosa su hermana.

—Si, si, lo sé hermana. Pero la Guardiana de los Elementos ya habrá convocado a los héroes de Calamburia para reunir todas las esencias de los elementos. ¡No podemos luchar contra todos a la vez!

—Exacto. Cuento con ellos para que las reúnan. De hecho es posible que hasta tú y yo echemos una mano. Y cuando estén todas juntas reunidas en un punto… ¡atacaremos con toda la fuerza que hayamos podido reunir hasta entonces!

Defendra se giró hacia la entrada de la cueva, mirando furiosa al sol naciente y la luz que invadía su oscuro refugio. Hinchándose los pulmones, gritó hacia todo Calamburia.

—¡No hay nada más ancestral que la ausencia de luz! ¿Elementos? ¡Já! ¡Antes de que todo existiese, solo existía la Oscuridad! No estamos acabadas, hermana: ¡sólo es el principio!

¿Quién ganaría esta carrera brutal hacia la posesión de las cuatro Esencias Elementales? El futuro de Calamburia estaba de nuevo en entredicho.

93. EL RESURGIR DE SKUCHAÍN (III)

Los rumores corrían de mesa en mesa, los susurros se convertían en gritos y las historias eran exageradas y deformadas hasta convertirse en leyenda. El Gran Salón de Skuchaín era un hervidero de chismorreos que nacían y morían con la velocidad de un relámpago. Los aspirantes se contaban historias los unos a los otros sobre cómo un grupo de valientes Impromagos habían viajado al Inframundo a recuperar el Orbe de la Resurrección. Cientos de pequeñas anécdotas sobre el temible combate se intercambiaban como si de pólvora encendida se tratase. Relataban el combate de Eme contra Ventisca, desatando todo su poder interior sin la intervención del Archimago Theodus. Comentaron emocionados la desaparición de la piedra y el arrojo de un grupo de aspirantes a Impromagos . Entre gritos desafiantes, explicaron que con la guía de Theodus y la ayuda de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, descubrieron que Banjuló tenía la Piedra de la Resurrección y consiguieron recuperarla del olvido en el que se hallaba. ¡En cualquier momento iban a llegar para entregar la Piedra!

En la mesa central, los Impromagos ya graduados y los Prefectos de cada casa formaban apretados corrillos en el que trataban de separar la realidad de la ficción de entre las diferentes historias que llegaban a sus oídos. Penélope no se hallaba lejos, hablando con Felix y Minerva en tono bajo.

De pronto, los portones del Gran Salón empezaron a abrirse silenciosamente por arte de magia, por supuesto. El silencio invadió la sala y un grupo de aspirantes a Impromagos, seguidos por un temeroso Banjuló ,entraron con paso firme al Gran Salón. Vivifica, Tenebris, Redigis, Primus, Natura, Ferox, Excelsit, Cibum. Todas las castas juntas por primera vez en la historia de Skuchain, colaborando en perfecta armonía por un bien común. Lejos quedan las infantiles rencillas o la sana competitividad: cuando el poder de la Torre se concentraba en un único objetivo, los Impromagos eran imparables.

Mientras caminaban hacia el otro extremo de la sala, todos los aspirantes se apoyaban los unos sobre los otros para poder ver mejor. Los Prefectos de cada casa, Gody, Telina, Sirene, Eme, Stucco, Eliz, Tilisa y Nika esperaban pacientemente a que sus pupilos llegasen hasta ellos. Los 11 elegidos formaron un semicírculo, alzando la cabeza con orgullo para mirar a sus líderes de Casta. Eme dio un paso, pero para asombro de todos, quién habló no fue otro que el mismísimo Archimago Theodus:

– Aspirantes. Bienvenidos de nuevo a la Torre Arcana de Skuchain –dijo con voz amable que resonó por las paredes de la gigantesca sala. Todos retuvieron la respiración, viendo que los rumores habían sido confirmados. Sus ojos brillaban con una luz blanca de increíble poder-. Habéis conseguido entender los mensajes que os mandé y descifrar el paradero de la Piedra de la Resurrección, un artefacto que desciende del mismísimo Titán. Habéis superado todas y cada una de mis expectativas, y por ello…

Una carcajada terrible y gutural se coló en el Gran Salón como una maligna ventolera, provocando que todos los candelabros se apagasen de golpe. Los pendones perdieron parte de su color y la sala se vio invadida por una tenebrosa penumbra. Las carcajadas aumentaron de tono mientras los aspirantes sacaban temblorosos sus nuevas varitas y los Impromagos adoptaban posturas de combate mientras miraban a su alrededor.

Un humo negro entró por la puerta a la velocidad del rayo y saltó de pared en pared rasgando los pendones, rompiendo sus marcas arcanas y dejándolos como meros colgajos de tela, salvo el de Tenebris. El humo confluyó como un tornado en el centro de la sala, tomando la forma de Aurobinda, la Señora de los Cuervos.

– Sienta bien volver a casa – dijo con una sonrisa de suficiencia mientras se apartaba el pelo con un gesto de la cabeza.

Todos los aspirantes se apartaron horrorizados y los Impromagos formaron un perímetro de seguridad alrededor de los 11 Elegidos, apuntando amenazadoramente con sus varitas a Aurobinda. La Bruja ni siquiera se inmutó.

– El Gran Salón es tal y como recordaba. Y tú que decías que nunca íbamos a llenarlo, hermano, que estábamos pensando demasiado a lo grande. Míralo ahora: ver a tantos jóvenes juntos le encantaría a Defendra– comentó con sorna viperina Aurobinda.

– Hermana – dijo con firmeza Theodus-. No eres bienvenida aquí. Hace tiempo que perdiste el derecho de usar la Impromagia, a pesar de que esta Torre aún contiene los ecos de tus carcajadas de alegría, de cuando eras una persona diferente.

– De cuando era una persona débil, querrás decir. Pero no hablemos del pasado: he venido a por la Piedra. Tengo ganas de nuevos juguetes, y que mejor que el Ojo del Titán para engrosar mi colección.

– Tienes miedo, Aurobinda. Lo puedo ver en tus ojos. Sabes que tu Maldición está perdiendo su fuerza por los efectos conjuntos de todos los Calamburianos, y aquí se escribirá otro importante capítulo que precipitará el final de esta historia.

– No me provoques, Theodus – siseó con una mueca de ira.

– Una niña ha logrado sortear tus conjuros – dijo señalando a Sirene con gesto amable-. Es hora de que las nuevas generaciones tomen el relevo y desaparezcamos.

– ¡CÁLLATE! ¿Crees que me asustan tus cachorros? ¡Aún no me conocen! ¡Pero pronto lo harán – sentenció amenazadoramente, mientras levantaba los brazos hacia el techo.- Yo soy la que trae el ocaso a vuestras vidas, yo soy la podredumbre de esta tierra, ¡yo soy el vacío en vuestros corazones!

Aurobinda empezó a andar en círculos, mirando con hambre voraz a los aspirantes. Su figura bajo la capa empezó a temblar como si cientos de gusanos se escondiesen bajo sus ropajes. Las tinieblas parecieron arremolinarse a su alrededor cubriéndola con un siniestro abrazo se tratase. Con un fuerte sonido de desgarro, dos alas descomunales surgieron de su espalda, abriéndose hacia las vigas del techo.

– ¡Atrás! – gritó Theodus, empezando a mascullar rápidamente un hechizo y a gesticular con las manos. Aurobinda seguía moviéndose, presa de espasmos, y escupiendo furiosa sus malignas frases.

– Soy el sollozo de un niño. Soy el lamento de una viuda. Soy la brisa que surge de una tumba. Soy el rechinar de los dientes de los muertos. Soy Oscuridad. Soy Poder. Soy vuestra peor Pesadilla. Soy…. ¡LA SEÑORA DE LOS CUERVOS!

Con un horripilante graznido, el pecho de la Bruja se hinchó de manera imposible hasta tomar la forma de un monstruoso pájaro. Su cara se deformó convirtiéndose en un peligroso pico, coronado por dos ojos negros como el vacío, que relucían con una siniestra inteligencia. La horripilante criatura batió sus alas, extendiendo un olor a enfermedad y podredumbre por toda la habitación. Theodus consiguió terminar su hechizo y conjuró una enorme burbuja luminosa que cubrió a todos los aspirantes con un manto brillante y protector.

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La aberración de varios metros de altura en la que se había convertido Aurobinda graznó con frustración y cargó contra la barrera mágica, consiguiendo quemar la punta de sus plumas. Con un siseo de rabia se apartó batiendo las alas y sus inquietantes ojos negros se fijaron en los Impromagos que habían quedado fuera de la burbuja debido a su cercanía con el monstruo. Los 11 elegidos se hallaban parapetados tras los Prefectos de cada casa, que empezaron a gritar hechizos. Ocho rayos de colores surgieron de las varitas y perforaron el plumaje. Aurobinda graznó y se lanzó contra los Impromagos, acometiendo con sus patas con garras afiladas como espadas. Lanzándose al suelo, se dispersaron en varias direcciones, intentando evitar el corte de aquellas peligrosas garras.

Eliz, la Prefecta de los Ferox se adelantó y apuntándose a sí misma gritó:

– ¡Por los Salvajes y la Torre Arcana! ¡Duplicatio!

Súbitamente, decenas de copias de la Impromaga surgieron a su alrededor y se lanzaron a trepar por las patas de la criatura. Esta se debatió furiosa, pero las Elizes se agarraban con tozudez y entorpecían los movimientos de la criatura. Una de las copias se las arregló para soplar de su cuerno con fuerza. Así es como empezó el contraataque de los Impromagos.

Tilisa, la prefecta de los Redigis esquivó un golpe del ala. En su mano brillaba el Anillo del Dragón, reluciente de poder.

– ¡No te saldrás con la tuya! ¡Congelado! – gritó, apuntando con su varita al ala de la criatura. Esta se quedó paralizada durante unos instantes, pero agitándola con rabia, volvió a recobrar su fuerza original y el pájaro se lanzó contra las paredes de la habitación. Mientras varias Eliz salían despedidas por los aires, los cimientos de la Torre temblaron como una hoja agitada por el viento. Con un ominoso crujido, las vigas del techo empezaron a cuartearse y una lluvia de cascotes y piedras se precipitó sobre los Impromagos.

Telina y Nika se miraron fijamente y asintieron. No necesitaban comunicarse, habían practicado mucho juntas. Agitando su varita, Nika apuntó a Telina invocando el hechizo.

– ¡Por el poder del bosque! ¡Potentia Magicae! – gritó sosteniendo fuertemente el frasco que contenía la sustancia de los sueños. Un rayo de luz surgió de la varita que imbuyó de poder a su compañera.

– ¡No dejaremos que destruyas nuestro hogar! ¡Telekinesia! – Con un gran aspaviento de Telina, todas las vigas que caían del techo quedaron suspendidas en el aire. Los aspirantes, protegidos tras la pantalla de luz, aplaudieron con entusiasmo.

El cuervo miró a su alrededor y volvió a cargar contra los 11 elegidos. Gody se interpuso en su camino, casi tropezándose con la espada de su cinto y gritó:

– ¡Si estamos unidos, nada nos puede derrotar! Manum Apertum!

De repente, las garras del cuervo se abrieron completamente. Graznando patéticamente, cayó de bruces contra el suelo, abriendo un enorme surco con su corpachón en el suelo de madera del Gran Salón. La sala entera estalló en vítores y silbidos de entusiasmo, que enmudecieron al instante. La criatura fue imbuida por un aura rojiza que hizo brillar su cuerpo con fuerza y empezó a batir las alas hasta incorporarse del suelo, quedando en suspensión en medio de la sala.

Sirene, la Prefecta de los Cibbun, no se dejó amedrentar y cuadró sus hombros diciendo:

– ¡Somos una familia, no eres bienvenida aquí! ¡Tempus Impedimentum!

Ante los ojos de Aurobinda, la escena empezó a desarrollarse con mayor lentitud. No podía ser. ¿A caso era posible que la Impromagia hubiese superado todas sus expectativas? ¿Iba a ser derrotada en ese patético lugar, un residuo de su débil pasado? Los siglos aprisionada al otro lado del espejo pasaron ante los ojos de la Bruja, recordándole todo lo que había sacrificado y perdido para llegar hasta ahí. Vio su inocencia, mancillada y lanzada a un caldero. Vio sus sueños y esperanzas corrompidos por pesadillas. Vio su caída a un pozo de oscuridad.

El aura rojiza creció en intensidad, y abriendo su enorme pico, empezó a vomitar chorros de energía corrupta directamente surgida del vacío y la oscuridad.

– ¡Somos la nueva esperanza de Calamburia! ¡Vuelve del pozo del que has salido! ¡Annulus! – gritó Stucco saltando sobre los restos de una mesa.

El miasma de energía oscura que surgía de la boca de la criatura chocó contra una fuerza invisible. Stucco puso cara de concentración y empezó a sudar profusamente mientras el miasma oscuro avanzaba palmo a palmo. El último instante, se apartó lanzándose al suelo y perdiendo su varita en el proceso. El vómito oscuro empezó a corrroer el suelo como si de ácido se tratase. Levantándose de un salto, Stucco sacó una varita amarilla: se trataba de su varita de aspirante, ya que además de Impromago, era un Primus. Gracias a la lentitud de movimientos del monstruoso cuervo, pudo calcular su siguiente ataque y bloqueó de lleno el chorro en la boca de la criatura, invirtiendo el flujo de nuevo hacia su interior. El cuerpo del cuervo se colapsó y fue presa de terribles espasmos. Sumando la lentitud y los temblores, las alas no pudieron soportar más su peso y cayó contra el suelo con un monumental golpe que hizo temblar de nuevo toda la torre de Skuchain.

– ¡Ahora, aspirantes elegidos! ¡Confinad a la bestia! – apremió Theodus, ocupado en mantener el hechizo de protección.

Los 11 Elegidos alzaron sus varitas y gritaron todos a la vez:

– ¡Por Skuchain! ¡Telekinesia!

Uno a uno, todos los jirones de los estandartes de Calamburia salieron volando de las paredes y fueron enroscándose alrededor de las extremidades del monstruo. Los símbolos de cada una de las castas apresaron a la criatura, confinando la oscuridad en una vorágine multicolor. Graznó, se debatió, se lanzó contra las paredes de la Torre, pero nada podía hacer. El combate la había debilitado y el peso de todos los hechizos empezaba a ser demasiado incluso para la misma personificación de la oscuridad. El estandarte de Tenebris fue el último en llegar flotando etéreamente, tapando la cabeza de la criatura que se debatía con furia. Finalmente, se quedó inmóvil, provocando una marea de gritos y aplausos por parte de todos los aspirantes.

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Theodus dejó caer la barrera y se acercó orgulloso hacia sus prefectos y los 11 Elegidos. Pero Aurobinda todavía guardaba una sorpresa bajo la manga. La forma del cuervo cubierta por los telones empezó a menguar hasta desaparecer. De entre el destrozado montón, rugiendo de rabia, surgió la Bruja, apartando a patadas los jirones de tela.

– ¡Maldito seas Theodus! ¡Malditos seáis todos, ratas mugrientas! ¡Os voy a exterminar! ¡Mancillaré todo lo que amáis! ¡Condenaré vuestra alma a una locura infinita! ¡Voy a…voy a…! – se paró momentáneamente sin poder contener la rabia que la poseía – ¡Dadme la piedra!

– Has sido derrotada, hermana. Acéptalo y retírate, si no quieres volver a saborear el poder de todo Skuchaín.

La Bruja se giró hacia los 11 Elegidos y los Prefectos, que mantuvieron la posición con entereza. Cambió repentinamente de estrategia mostrando una sonrisa que rezumaba falsedad y zalamería.

– Sois fuertes para ser unos patéticos mortales. ¡Os ofrezco un sitio en mi trono de oscuridad! ¡Aceptad, y podré multiplicar vuestro poder hasta horizontes con los que ni siquiera habéis soñado!

Los 11 elegidos se miraron entre sí. El primero de ellos dio un paso, pero luego todos le siguieron.

– Somos dignos herederos – dijo Trai.

– Somos el conocimiento – dijo Vitichin.

– Somos la sangre y el honor – dijo Alena

– Somos el fluir de la tierra – dijeron al unísono Grahim y Susmez.

– Somos el legado de la furia – dijo Iruali.

– Somos la nobleza que está en el corazón – dijo Lepif

– Somos el pasado, y el presente – dijo Slum.

– Somos la oscuridad que la luz necesita para brillar – dijeron al unísono Aúrra Ela y Airo.

– ¡SOMOS SKUCHAIN! – gritaron todos a la vez.

El silencio invadió la sala de nuevo. Todos contenían la respiración, esperando una nueva escalada de violencia. Las manos se aferraron a las varitas, los pies se movieron imperceptiblemente para cambiar de peso. La tensión era tal que suponía una presión casi física.

– Lo ves, hermana. Te lo dije. Las nuevas generaciones ya nos han superado. Deja de aferrarte a tu antiguo poder, los tiempos de Oscuridad ya han pasado para Calamburia. Es hora de seguir adelante y que seamos parte de la Historia, donde tú y yo pertenecemos.

– ¡No te atrevas a juzgarme hermano! ¡Tú, que nos encerraste en un vacío infinito! ¡Tú, que te creías mejor que nosotros! Tus cachorros no saben nada sobre la oscuridad que anida en tu corazón – escupió con rabia y odio infinito.

Theodus la miró con unos ojos cargados de tristeza.

– Todos tenemos nuestra oscuridad interior. Y luchamos cada día contra ella. Por eso creé la Casta de Tenebris: para no olvidar nunca a dónde conduce el camino del odio. La magia es como una vela, necesita oscuridad para poder proyectar su luz. Vosotras, hermanas, sencillamente elegisteis el camino fácil.

– ¡Bah! – espetó Aurobinda escupiendo con desprecio al suelo -. Como siempre, sermoneando como un Capellán. ¡Esto no va a terminar, aquí, Theodus! ¡Me reuniré con mi hermana y nuestra venganza será terrible!

En un abrir y cerrar de ojos, su figura volvió a convertirse en una vorágine de humo negro, que fue subiendo en espirales hacia el techo y se escurrió por entre las grietas de la Torre como una enorme cucaracha.

Los Impromagos empezaron a lanzar débiles suspiros de alivio que dieron pasos a gritos de alegría y frenéticos aplausos. Todos se abrazaban emocionados, contentos de haber sobrevivido a semejante enfrentamiento. Theodus levantó los brazos sonriente, silenciando poco a poco la algarabía.

– No esperaba menos de todos vosotros, aspirantes e Impromagos. Sois dignos portadores de mi legado. Podría decir incluso que me habéis superado. Pero aún queda una cosa por hacer: antes de que mi poder se agote, debéis escuchar la voz de quién fue en su momento mi sucesor.

Andando con parsimonia, Theodus se acercó a la pared, y usando la palma de la mano de Eme, entró en contacto con la superficie de la Torre. Esta relució con un poder cegador y una voz empezó a hablar con voz grave y cavernosa.

– Aspirantes, si estáis escuchando mi voz, Calamburia atraviesa una época oscura, y lo que es peor, ya no puedo estar para ayudaros – dijo con gravedad una voz que los más veteranos reconocieron como la de Ailfrid, el último Archimago de la Torre Arcana -. Si habéis llegado hasta aquí, quiere decir que habéis superado con éxito las pruebas necesarias para ser auténticos Aspirantes de la Torre Arcana de Skuchaín. Para mí es un orgullo saber que a pesar de que yo ya no esté, siga llegando sangre joven y esperanzada a este hogar de magia y sueños. Aunque estos sean tiempos oscuros, os deseo que viváis la vida con todas vuestras fuerzas y nunca os arrepintáis de vuestro pasado. Vuestras raíces son importantes y por ello son la base de cada una de vuestras Castas. Antes de despedirme yo también voy a hacer un homenaje a mi pasado, a mis raíces. Sirene, mi pequeña y dulce aprendiz. He estado vigilándote durante muchos años en la sombra, pero ahora veo que ha sido un error. Es hora de que acabemos con los secretos y no suframos más por las decisiones del pasado. Delante de todos reconozco que eres hija mía: eres la descendiente de un linaje de poderosos magos y fruto del amor de dos personas que sólo querían lo mejor para ti. Nunca he dejado de quererte ni de sentirme orgulloso de ti, aunque jamás haya podido demostrártelo. Recuérdalo hija mía. Siempre estaré contigo.

Los ecos emocionados de la voz de Ailfrid se fueron difuminando por el aire, secundados por los sonoros sollozos de Sirene, que se hallaba de rodillas en el suelo.

– ¡Era…era mi padre! ¡Fue tan buen profesor! ¡Y era tan atento! – intentó secarse los ojos sin éxito, poseída por una intensa emoción- Yo pensé que no tenía familia y hace poco he conocido a mi madre y ahora resulta que… mi padre siempre estuvo conmigo y nunca lo supe. ¡Ailfrid! ¡Papá!

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Todos los Prefectos se acercaron a consolar a Sirene, con una sonrisa triste, abrazándola y formando un unido circulo que jamás podría romper magia alguna.

– ¡Ah! Finales felices y provechosos económicamente: mis favoritos – dijo Penélope acercándose a la piedra. Los Elegidos se la tendieron con aire grave y ella la cogió como si fuese un simple pedrusco -. Vaya, para todo el revuelo que hemos creado, pesa bastante poco. Me la imaginaba más… mística.

– Es un artefacto de infinito poder. Debe ser tratado con cuidado – dijo con gravedad Félix.

– Sí, sí. Dejo toda la burocracia mágica y los tejemanejes arcanos en vuestras capaces manos. Yo solo soy una inversora que impulsa esta aventura, no quiero aburrirme con los detalles.

– ¡Sí! ¡Es el momento de contraatacar! – dijo con fuerza Stucco, una vez disuelto el círculo alrededor de Sirene-. Es el momento en el que la Torre Arcana vuelve a recuperar el terreno perdido. ¿Archimago Theodus, cuál es el siguiente paso?

Todos se giraron para ver la respuesta del poderoso mago. Desgraciadamente, a quien encontraron fue al confuso Eme, que miraba a su alrededor con gran apuro.

– ¡No! ¿Me he vuelto a dormir? ¡Oh, Sirene, lo siento muchísimo, no entiendo porque me pasa tan a menudo!

Banjuló asomó su cabeza de entre la multitud, después de salir del escondrijo en el que se había metido durante el combate.

– ¡Ea! Este no parece que vaya a ser de mucha ayuda.

– No importa. Theodus confía en nosotros. Y Ailfrid también – dijo Sirene dando un paso al frente, todavía con los ojos llorosos pero con mirada decidida -. Somos su legado. Y somos el futuro. ¡Rompamos la Maldición!

Todos irrumpieron en fuertes gritos y lanzaron coloridos hechizos con sus varitas como si de fuegos artificiales se tratasen. Y mientras la luz del sol se asomaba por entre las grietas de la pared, iluminando el Gran Salón, poco a poco, de manera natural, las voces empezaron a alzarse cantando el himno de la Torre Arcana:

Es tu magia, Skuchain, la que defienden con valor,

Los impromagos en su torre con nobleza y con honor.

contra toda adversidad, nuestras varitas se alzarán

Pues nuestras castas siempre unidas combatirán

 

Únete a la ImproMagia

Hay una casta para ti

Defiende Calamburia,

siente su esencia fluir

¡Los sucesores de Theodus

crecemos aquí!

 

Es tu magia, Skuchain, la que defienden con valor,

los impromagos en su torre con nobleza y con honor.

Contra toda adversidad, nuestras varitas se alzarán

pues nuestras castas siempre unidas combatirán

 

Nuestra marca de ImproMago

Muestra nuestro corazón

Y aun siendo diferentes

Latimos al mismo son

Toda nuestra fuerza se debe a la improvisación

 

Es tu magia, Skuchain, la que defienden con valor,

los impromagos en su torre con nobleza y con honor.

Contra toda adversidad, nuestras varitas se alzarán

pues nuestras castas siempre unidas combatirán

 

El Titán es nuestro emblema

Su legado es el saber

Pues a esta escuela arcana acudimos a aprender

¡Cantemos unidos el himno hasta el amanecer!

92. EL RESURGIR DE SKUCHAÍN (II)

El desierto de Al-Ya-Vist extendía sus áridas dunas hasta donde alcanzaba el horizonte. Su superficie llana se extendía a lo largo de kilómetros, donde sólo los Nómadas se atrevían a cabalgar a lomos de sus extrañas monturas, adaptadas a las inclemencias de la extrema temperatura. Solo situándose en una duna excepcionalmente grande, podía el perdido visitante de aquel desierto vislumbrar en el horizonte los brillos del Palacio de Ámbar en la lejanía, o de la imponente Torre Arcana de Skuchaín, en el centro del desierto.

La Torre había sido construida en el mayor oasis de aquel páramo, anteriormente usado por los Nómadas del Desierto. Las tierras verdes y fértiles se extendían alrededor de su base: las llanuras de Manji-Rhon, llamadas así en honor a un antiguo caudillo de tiempos pasados.

Estas llanuras, protegidas de manera natural por formaciones rocosas y la magia de la torre, se hallaban llenas de una bulliciosa actividad. Los barracones, usados para almacenamiento de comida y demás menesteres mundanos, habían sido llenados de literas y de ajetreada vida. Decenas de aspirantes a Impromagos correteaban sujetando sus refajos de pergaminos y apuntes tratando de no llegar tarde a su siguiente lección, aunque la tabla de horarios era implacable. Los prefectos tenían intención de concentrar la formación de varios meses en escasos días, y lo iban a conseguir costase lo que costase.

– ¡Vamos! ¡Más deprisa! ¡Hay gente luchando mientras vosotros estáis holgazaneando! – apremiaba Stucco con ceño fruncido a los grupos de aspirantes que se demoraban.

Según su procedencia y habilidades, habían sido designados a cada una de las ocho castas. Cada uno de esos grupos portaba una versión en miniatura de los grandes pendones que colgaban del Gran Salón. Los colores designaban el origen del aspirante, así como su varita y su marca arcana, pero toda esa clasificación desaparecería en caso de aprobar el examen de Impromagia: los Impromagos graduados portan la misma capa y varita, sin importar su origen o procedencia.

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Los Cibum se afanaban alrededor de grandes mesas de madera, con su estandarte plantado en el suelo, tratando de solucionar complejos acertijos de cálculo y lógica, su mayor habilidad. A pesar de su origen humilde, la marca arcana relucía con fuerza en sus frentes. Sirene aplaudía entusiasmada cada uno de sus logros, consultando de vez en cuando el Alphabetum.

relato-calamburia-estandarte-excelsitNo muy lejos de ahí, los Excelsit repasaban las reglas de etiqueta y decoro que debía tener todo Impromago. Eran los representantes de la diplomacia, y dado que algunas castas mostraban una clara falta de buenos modales, era el deber de los más nobles de Skuchain seguir manteniendo las normas de convivencia y decoro. Gody marcaba rítmicamente el paso con palmadas mientras sus aspirantes trataban de mantener el equilibrio sujetando diversos cubiertos.

 

relato-calamburia-estandarte-feroxTodo esto contrastaba bastante con los Ferox, una casta formada exclusivamente por descendientes de los salvajes a los que la marca arcana había elegido. El variopinto grupo trataba de acostumbrarse a llevar el uniforme de Skuchain, aunque no podían evitar que sus capas fuesen llevadas de cualquier manera y sus varitas fuesen primitivas pero brutalmente eficientes. Pese a su aparente tosquedad y sus gritos, mostraban unas singulares dotes en la asignatura de floritura de varitas. Eliz soplaba el cuerno junto a la oreja de cualquiera de sus aspirantes que osara despistarse.

relato-calamburia-estandarte-primusLa casta primigenia entre las castas, los Primus, agitaban sus varitas perfectamente conjuntadas con gestos precisos mientras diferentes palabras eran conjuradas en el aire. Los descendientes de Theodus destacaban en percepción mágica y en altivez y trataban de hacer honor a su ancestro. Stucco calculaba el tiempo mirando fijamente el reloj de las Arenas de Theodus, perdido en oscuros pensamientos.

 

relato-calamburia-estandarte-naturaNatura en cambio, fluía. La casta más pacífica de todo Skuchaín, con varitas hechas de ramas y hierbas, practicaban sus dotes de rastreo y búsqueda. Su marca arcana se asemejaba mucho a la que lucían los Duendes y a veces su comportamiento era muy parecido. Algún que otro aspirante se despistaba abrazando los árboles, generalmente acompañado por una entusiasmada Nika.

relato-calamburia-estandarte-redigisCubiertos por sus capas rojas como la sangre y con varitas con toques de dorado, los Redigis eran la casta más pura. Sus integrantes eran descendientes de magos ilustres, una sangre que jamás había sido manchada con la de otro habitante de Calamburia. Su aguda mente les permitía hacer un buen uso de la magia, pero también eran diestros en practicar otros usos menos ortodoxos con las varitas o en el combate. Tilisa, con el Anillo de Dragón brillando en su mano, anotaba cada nuevo uso para documentarlo y estudiarlo más en detalle.

relato-calamburia-estandarte-vivificaLos Vivífica confluían alrededor del distraído Eme, con caras igualmente distantes por momentos. Se trataba de aspirantes que contenían en su interior la esencia de algún mago ilustre ya fallecido. La magia podía ser improbable y aleatoria y este tipo de accidentes y reencarnaciones parciales se daba con relativa frecuencia. Esta casta destacaba por su gran capacidad de crear hechizos de la nada para asombro de ellos mismos, probablemente debido a los recuerdos de los Impromagos que residen en su cabeza.

relato-calamburia-estandarte-tenebrisA la sombra de un enorme ciprés, los Tenebris se reunían alrededor de Telina escuchando la historia de Calamburia. Descendientes de los acólitos que renegaron de Aurobinda y Defendra, el estudio de los errores pasados era el centro de su motivación por la Impromagia. La magia oscura era muy peligrosa, pero alguien debía conocerla para saber cómo luchar contra ella. Sus caras graves denotaban el peso de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.

Así fueron pasando los días, entre intensas asignaturas y con algunos momentos de descanso en los que los aspirantes podían practicar la magia de una manera más lúdica jugando al Freezeball, el deporte estrella de Skuchaín.

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Pero algo paralelo estaba ocurriendo en las llanuras de Manji-Rhon. Un propósito oculto movía los hilos del destino. Cuando llegaba el ocaso y los aspirantes iban a dormir, un grupo de ellos tenía un sueño diferente al del resto de sus compañeros. Un sueño que parecía real.

Uno a uno, fueron abriendo los ojos y estudiando con asombro el extraño lugar en el que se hallaban.Aurra, Ela, Airo, Lepif, Trai, Iruali, Alena , Slum, Grahim Susmez y Vitichín, todos ellos se hallaban en un especie de limbo, con los contornos tapados por una misteriosa niebla.

De pronto, la niebla se apartó y dos figuras aparecieron caminando lentamente. Se trataba de Theodus, el mismísimo Archimago y fundador de Skuchaín, acompañado por la inquietante figura de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa.

– Aspirantes. Gracias por acudir a mi llamada – dijo con gravedad Theodus-. Habéis sido elegidos entre los más capaces de vuestra casta para ayudarnos a encontrar la Piedra de la Resurrección.

Los 11 elegidos se miraron confusos entre ellos, todavía dudando de si se trataba de un sueño o no.

– La elección fue difícil, y muchos de vuestros compañeros casi llegan hasta aquí, pero no tenemos tiempo. No sabemos cuándo las Brujas van a dar el siguiente paso. He conseguido realizar un pacto con Kashiri….

– Alto ahí, viejo. No es ningún pacto, es a lo que me han empujado las circunstancias. Estas Brujas me acosan en sueños y se escabullen entre las sombras. ¡Si solamente se atreviesen a plantar un combate justo, las aplastaría con la punta de mi báculo como las cucarachas que son!

– Lo que quiere decir la Emperatriz Tenebrosa es que piensa ayudarnos en la búsqueda de la Piedra – dijo con voz paciente Theodus.

– La Piedra ya no se haya en mi poder. Me fue robada por una sucia rata. No suelo hacer caso de los patéticos mortales que pueblan esta miserable tierra, pero de éste recuerdo perfectamente su desagradable risa de hiena y su acento zafio y grosero.

– Al parecer la Piedra fue robada por un pícaro mercader llamado Banjuló, famoso por participar en el Torneo de Improvisación, aunque el Titán sabe dónde estará. No podemos mandar a nadie más para esta importante tarea, las Brujas estén espiando cada uno de nuestros movimientos. Pero jamás sospecharían de un grupo de aspirantes que ni siquiera han terminado su formación.

Los 11 elegidos asintieron con gravedad, agarrando con firmeza sus varitas. Ahora sabían que no se trataba de un sueño. Se trataba de algo muy real.

– Partid pronto en cuanto amanezca el sol. Juntos, representáis las habilidades más puras y excelentes de la Torre Arcana. Recordad que somos débiles por separado, pero cuando nos unimos, somos imparables. Sé que podréis conseguirlo. Ojalá pudiese ayudaros pero mis fuerzas son cada vez menores, y debo administrarlas para casos de emergencia. Que el Titán os acompañe – dijo con voz amable Theodus mientras la niebla se amontonaba a su alrededor.

– Y si no lo hace y fracasáis… yo misma os arrancaré el alma – susurró la voz de Kashiri entre la lejanía.

Uno a uno, fueron despertando en sus camastros, mirando a su alrededor. Hicieron un hatillo con sus pertenencias, y en completo silencio, fueron saliendo de las cabañas formando poco a poco una larga fila y desaparecieron entre la vegetación, rumbo al desierto y al misterioso horizonte.

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CONTINUARÁ…

91. EL RESURGIR DE SKUCHAÍN (I)

–¿Cómo que no había nada? ¡Eso es imposible! ¡Miente!

La tensión se podía cortar con un afilado cuchillo en el Gran Salón de la Torre de Skuchaín. Los pesados pendones colgaban de las paredes, mustios y deslucidos. La moral de los presentes estaba muy baja, se trataba de la reunión de un ejército en retirada.

–No soy una mujer muy dada a repetirme. Pero lo haré una vez más y no toleraré que nadie ponga en duda mis afirmaciones. La Piedra de la Resurrección no estaba en su sitio y, creedme, ése era su sitio. Tengo la palabra de dos caballeros que la certifican– dijo Penélope solemnemente mientras martilleaba el suelo rítmicamente con su paraguas cerrado.

–¿Y dónde puede estar? ¿Acaso no hay otra posibilidad de derrotar a las Brujas? – dijo Félix el Preclaro con angustia mientras estrujaba su túnica entre las manos.

El resto de Impromagos se hallaban cabizbajos alrededor de la gran mesa. Eme, Stucco, Enona, todos ellos habían peleado en la batalla del inframundo, pero sin conseguir su objetivo. Duende Mayor Fradil miró fijamente a todos los presentes.

–En el Libro de la Sabiduría no viene ninguna otra solución a este entuerto. Me temo que estamos en un callejón sin salida. El Titán sabe dónde puede estar esa maldita piedra.

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–¡Y no solo eso! Ha llegado una paloma desde la Torre de Ámbar y, al parecer, la Reina Dorna sufrió una emboscada en el bosque y sobrevivió por los pelos. La magia de las Brujas está cada vez más descontrolada. ¡Quién sabe cuál será el siguiente paso!– exclamó Gody ajustándose las gafas.

–La magia oscura nunca se descontrola, son sus usuarios los que pierden el control. La magia oscura es pura y única– sentenció Telina con una sonrisa.

–¡No me vengas con magia oscura ahora, Tenebris!– gritó Stucco –. ¡Si la magia negra y vosotros no existieseis, todo sería mucho mejor!

–Créeme, Stucco, si supieses lo que somos capaces de hacer estarías suplicándole piedad al Titán ahora mismo– dijo con voz peligrosa Telina.

–¿Me estás desafiando? ¡Comprobémoslo ahora mismo!

–¡Basta de riñas! Esto es justamente lo que quieren las Brujas. Compórtate Stucco, eres un Primus, no un estibador pendenciero– le regañó Tilisa dando un golpetazo en la mesa.

­–Quizás los árboles tengan la respuesta. Deberíamos salir todos a abrazarlos y esperar a que la savia nos aconseje– aportó Nika, con semblante preocupado.

–¿Nadie va a comentar que conseguí derrotar a Ventisca?– preguntó tímidamente Eme.

Pero era inútil. Ninguno de ellos escuchaba, ya que estaban demasiado ocupados discutiendo y resucitando viejas rencillas. Las castas de Skuchaín se hallaban enfrentadas, quizás de manera irreconciliable.

De repente, un portal rasgó el tejido de la realidad en una esquina de la sala y se ensanchó hasta formar un vórtice de energía mágica del que emergió Sirene.

–¡Vaya! Por solo unos metros, ¡pero ha funcionado!– dijo emocionada dando saltitos –. ¡Choca esos cinco, Pelusín!

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Varias figuras empezaron a emerger del portal. Capellanes, Impromagos, Eruditos, todos ellos desaparecidos hasta la fecha por el efecto de la Maldición de las Brujas.

–¡Minerva!– gritó Félix mientras se acercaba a ella con pequeños pasos presurosos–. ¿Cómo es posible?

–Sirene nos reunió. Nos ha ido buscando uno a uno. En vez de tratar de derrotar la Maldición de golpe, ha usado complejos hechizos de rastreo para sortear la maldición.

–¡Me ha costado muchísimo! ¡Pero es como hacer un puzzle muy grande, una vez que te pones es divertido!

El ambiente se relajó en el Gran Salón. Todos se fundieron en abrazos y palmearon las espaldas de los recién llegados, contentos de ver unos rostros tanto tiempo desaparecidos.

–Pero aun así es imposible. La Maldición es demasiado potente para hechizos de rastreo– comentó meditabunda Telina.

–¡Ya no! He estado investigando mucho durante todo este tiempo– dijo Sirene ajustándose las gafas como si fuese a dar una importante clase–. Hay una razón detrás del aumento de actividad de las Brujas: la tierra de Calamburia está empezando a rechazar poco a poco la Maldición. Aún no sé si es porque el Titán está recobrando fuerzas, pero algo está fallando en el hechizo.

–No se puede mantener un hechizo durante tanto tiempo a semejante escala. Tiene lógica– comentó meditabundo Gody, mirando al techo.

–¡Entonces tenemos que luchar!– dijo Stucco empuñando su varita –. Basta de escondernos en estos muros y hacer excursiones por Calamburia. Propongo una guerra abierta de nuevo contra los Zíngaros y las Brujas, por el bien de nuestra tierra.

Todos apoyaron la idea con asentimientos y algún que otro grito. Los Capellanes movieron con gesto grave la C del Titán en el aire.

–¡Sí! ¡Es el momento de contraatacar! Pero tenemos que pensar en la retaguardia– dijo Sirene.

–¿La retaqué?– preguntó Eme confuso.

–¡Los nuevos aspirantes! Los hemos tenido a la espera, pero creo que los vamos a necesitar más que nunca. ¡No podemos paralizar la actividad de la Torre!

–Sirene tiene razón. Las nuevas generaciones son el pilar de nuestro futuro– afirmó con gravedad Minerva.

–Pero para esta guerra necesitaremos a los más preparados de nosotros en el campo de batalla. Los Eruditos serán necesarios, y los Capellanes también. Todo Impromago que pueda empuñar las varitas será indispensable en el campo de batalla. Propongo que solo unos pocos de nosotros nos quedemos aquí para formar a los nuevos aspirantes.

Los murmullos recorrieron toda la sala. Nunca había pasado nada igual, generalmente el proceso de adiestramiento de los aspirantes era algo sumamente medido y controlado que necesitaba de un cuidadoso calibramiento. La magia, al fin y al cabo, era algo delicado.

–¡Decidido entonces! Yo me quedaré para formarlos lo más rápido posible y mandarlos al campo de batalla cuanto antes– dijo Stucco mirando a su alrededor con firmeza.

–Necesitaremos la representación de todas las castas. Creo que deberían quedarse los Prefectos de cada casta para formar a los nuevos aspirantes: Sirene, Eme, Stucco, Tilisa, Eliz, Telina, Gody y Nika– dijo Felix mirándolos uno por uno–. Sé que sois más que capaces.

–¡Por fin! ¡Combate, guerra, lucha! – dijo Eliz dando saltitos de emoción.

–Menuda pérdida de tiempo. Van a ser carne de cañón en esta guerra– comentó con desagrado Telina.

–En vuestro poder está que no lo sean– dijo Minerva con tono serio.

–¡Telina! ¡Vas a tener que hacer un esfuerzo para ser más simpática, o si no vas a espantar a los nuevos aspirantes!– dijo Sirene con tono de regañina.

Telina miró los ceños fruncidos a su alrededor y mostró las palmas de las manos en son de paz.

–¿Queréis que sea agradable? Os prometo que voy a rezumar arcoíris y sonrisas– dijo con una sonrisa peligrosa Telina.

–No sé qué es peor…– susurró por lo bajo Gody.

–Tengo un presentimiento que vamos a necesitar las reliquias de la Torre de Skuchaín. No sé si es un recuerdo de Theodus o qué es, pero creo que deberíamos hacerlo– dijo Eme mientras se rascaba la cabeza con la varita.

–¡Por fin habláis mi idioma! Soluciones, planes, actitud. Ese es el secreto para levantar un buen negocio. Caballeros, señoritas: ¡a trabajar!– dijo Penélope, abriendo su paraguas con un seco chasquido y caminando hacia la puerta.

El grueso de la reunión empezó a separarse entre murmullos, cada uno de los presentes muy atareados con la nueva situación que acababa de surgir. Pero había algo muy diferente en la mirada de todos los presentes: la luz de la esperanza encendía sus ojos. La Maldición de las Brujas tenía una debilidad y se podía vencer. Y mientras existiese la Impromagia, habría esperanza. Por fin volvían a lucir sus vivos colores los grandes pendones de las paredes.

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CONTINUARÁ…


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