130 – EL PANAL SE AGITA

Los libros de historia de Calamburia marcarán como un gran epígrafe la cacareada Paz de la Reina Sancha. Es cierto que entre todas las épocas convulsas de Calamburia, fue probablemente una de las más tranquilas, aunque no por ello menos sanguinarias. Pero todos los Calamburianos con sed de poder esperaban pacientemente el momento en el que los cimientos del poder se tambaleasen para poder probar ellos también las mieles del reinado.

Y más que tambalearse, el panal de abejas estaba totalmente desmantelado y la miel fluía libre, a la espera que los más audaces se lanzasen a recogerla. Aún nadie se atrevía y la razón podía ser muy posiblemente que la abeja reina zumbaba furiosa, amenazando con un picotazo sin duda letal.

– ¿Pero es que ningún mensajero de este reino sabe hacer su trabajo? – gritó furiosa Sancha III, con los brazos agarrando con fuerza el Trono de Ámbar.

– Mi señora, estamos igual de confusos que usted – repuso humildemente Érebos.

– Es más, estamos anonadados – apuntilló Barastyr.

– Pues ya podéis salir rápidamente de vuestro anonadamiento si no queréis que retome las costumbres de mi nieto – dijo mascullando entre dientes la anciana.

– Me temo que nuestros pajaritos no logran descubrir nada de ese lugar que los paletos y supersticiosos llaman… Cuna de Oscuridad – explicó con paciencia Érebos -. Los recién asentados lugareños no gustan de hablar con los extranjeros, al parecer.

– ¿Extranjeros? ¡Son mis súbditos! ¡Están creando un reino bajo mis narices! Esto es sedición, una revuelta, un tumulto. ¡Y debemos ahogarlo de inmediato! – dijo la reina dando un puñetazo con sorprendente fuerza en el reposabrazos.

– Entiendo su indignación mi Reina, pero sabe que su reinado se ha caracterizado por acciones más sutiles. Sería mala idea recurrir a estas prácticas tan barbáricas… – señaló Barastyr.

– Así me lo pagan esa panda de desagradecidos… les traigo paz, y ellos me lo devuelven con traición y montando su propia comunidad de desterrados. ¡Y ese maldito castillo! ¡Salido de la nada! ¿Dónde está Aurobinda? Me prometió respuestas hace semanas – escupió con desdén Sancha.

– Ya sabe usted que está lidiando con sus propios problemas en la Torre Arcana. Son tiempos oscuros y hay que evitar el enemigo que acecha en el interior – recordó Barastyr.

Sancha resopló, mirando el salón del trono con ojo crítico. La corte de Calamburia se hallaba reunida ahí, susurrando, merodeando o simplemente, tratando de esconderse de la mirada asesina de su Reina. El zumbido de ira de la Reina Sancha casi parecía retumbar en las paredes y nadie quería ser el blanco de su furia. Pero hay gente que no teme a los peligros terrenales, porque creen ser protegidos por un ser superior. La fe podía convertirse en un fuerte escudo si habías llegado a conocer a tu dios en persona.

– ¡Alabado sea el verdadero Titán! – dijo Inocencio I, subiendo los peldaños hacia el trono ambarino -. ¡Alabado sea su poder!

– Alabado, alabado – respondió con fastidio la reina, agitando la mano como si tratase de espantar moscas.

– Mi reina, el pueblo se encuentra agitado. Cada vez más fieles desaparecen por la noche para asentarse en ese maligno pero a la vez poderoso lugar. Tratamos de adoctrinar al resto de sus parientes, pero no provocó ningún cambio: han roto lazos con todas sus familias – explicó Inocencio, con ningún tipo emoción reflejada en el rostro -. Por otro lado, los moradores de las montañas, serpientes de las marismas y escorpiones del desierto acechan las lindes de la civilización. Temo que traten de poner a prueba nuestra fe

– De los Nómadas ya se está encargando Urraca. Es un proceso lento, tienen una cantidad absurda de rituales y de pasos que dar antes de establecer algo similar a una discusión diplomática – repuso con desdén Sancha -. Pero desde que levantamos la Puerta del Este de nuevo, no hay nada que temer. No me asustaré por un puñado de bárbaros oportunistas.

– Vengo también a pedirle, mi Reina, que me permita usar métodos más… directos para la educación del… vástago – dijo con voz titubeante Inocencio, mostrando algo de emoción por primera vez.

– ¿Qué es lo que ocurre con ese asunto de estado que os pedí que mantuvieseis en secreto y que jamás mencionáseis aquí, en la corte? – dijo con voz peligrosamente fría la reina.

– Verá, mi reina, el chico tiene un temperamento difícil… es muy dócil, pero a la vez testarudo cuando quiere. Si pudiese disponer de ciertos artilugios y facilidades…

– Ni hablar. Padre, ha torturado a cientos de herejes, no me venga ahora con remilgos de novicio. Educará al chico usando toda la paciencia que el Titán le dé, pero no usará ni látigos ni objetos afilados. Seguro que el Titán proveerá – repuso con una encantadora sonrisa.

El religioso se envaró y se retiró con una gélida inclinación, dando una breve satisfacción a la Reina Sancha. Últimamente la Iglesia del Titán estaba tomándose ciertas fervorosas libertades que estaban empezando a resultar sospechosas. En cuanto solucionase el dichoso caso de Cuna de Oscuridad, les recordaría la importancia de los valores tales como la humildad y la lealtad.

Pero aún no habían acabado las preocupaciones de Sancha, ya que la multitud empezó a abrirse como un abanico mientras una comitiva dorada y escarlata se acercaba al trono. Sus sonrisas zalameras atacaban a todo el que osaba acercarse y el terciopelo acariciaba con desdén el mármol del suelo. Toda la comitiva olía a un terrible almizcle, una mezcla de opulencia, sadismo y profunda prepotencia. Los Von Vondra estaban en el Palacio de Ámbar.

– Vaya. Esto sí que no lo vieron nuestros pajaritos – repuso interesado Érebos.

– ¡Querida! Que día tan triste y macilento para encontrarnos, pero al fin y al cabo, son los únicos días de los que disfrutamos últimamente – exclamó con una cantarina voz Zora Von Vondra, Marquesa de Sí a Huevo -. ¿Verdad que sí, Tilaria?

– ¡Así es hermana! Debo alabar el exquisito detalle con el que se ha vestido hoy. A sus pies, majestad – exclamó lady Tilaria, separándose del grupo y deshaciéndose en reverencias.

La Reina Sancha observaba la comitiva mientras su cabeza establecía alianzas y las rompía a una velocidad vertiginosa. Su mirada se trabó con la de Zora, y ambas empezaron un baile mortal en lo más profundo de sus cabezas planeando estratagemas cada vez más complejos basados en la posible respuesta de su oponente. Finalmente, ambas pestañearon y Sancha rompió el tenso silencio preguntando:

– ¿Y bien, querida? ¿Cuál es la razón por la que nuestros primos vienen a regalarnos con su presencia?

– Oh, en estos tiempos tan oscuros y confusos, en los que la gente aparece y desaparece sin ningún tipo de orden ni concierto… los Von Vondra hemos decidido establecernos temporalmente en el Palacio. Ya sabes querida para… estrechar nuestras relaciones.

Sancha ya había pensado varias maneras con las que estrechar el cuello de su rival política. Pero ciertamente, era una oportunidad de oro para controlar más de cerca a esa víbora, aunque significase prácticamente dormir con ella. Pero para que el veneno de esa arpía tuviese efecto, tendría que atravesar su carne. Y Sancha III de Calamburia tenía el pellejo más endurecido que un caimán de las marismas.

– Entiendo que con ese lugar llamado Cuna de Oscuridad tan cercano a Si a Huevo, busquéis asilo político en el Palacio de Ámbar. La Corona protege a los suyos. Sea pues, sed bienvenidas. Cuidaremos de vosotros.

“Cuidaré de vosotros, sí. Y si se presenta la ocasión, os ahogaré en vuestro sueño” pensó la Reina, agarrándose con fuerza al trono.

Los Guardabosques

La magia concentrada en la Torre Arkana de Skuchaín lleva allí incontables años. Cuando Theodus la descubrió, comprendió que aquel lugar serviría como catalizador del aprendizaje de conjuros y desarrollo de magos. Fue por ello que fundó la escuela. Sin embargo, toda la magia que se desprendía de la torre, en ocasiones, se hacía difícil de contener.

Solía pasar que cuando los magos ejecutaban algún hechizo de gran poder, o extraían la esencia mágica de la torre por cualquier medio, se abrían portales al mundo faérico: una dimensión en la que habitaban hadas, gnomos, trasgos e incluso algunos duendes sin dueño. El mundo faérico podía no resultar peligroso al principio, pero a medida que todas esas criaturas se colaban en la tierra de los mortales, ésta iba perdiendo sus leyes físicas naturales: “arriba” pasaba a ser “abajo”, el día y la noche se confundían, los animales volaban… un caos, en definitiva, que amenazaba con envolver toda Calamburia. Así, Theodus fundó la orden de los Guardabosques: hombres y mujeres conocedores de magia, herederos algunos de la casa Natura, encargados de vigilar los portales alrededor de la torre que conducían a los bosques faéricos del otro lado. Su objetivo era velar para que las criaturas faéricas no se colaran en exceso, medir el tamaño de estos portales que nacían alrededor de Skuchaín y vigilar que no se abriera ningún portal nuevo.

Los guardabosques han estado transitando por nuestro mundo y los bosques faéricos durante muchos años, y buscando que no hubiera demasiadas criaturas campando a sus anchas por el reino mortal.

Aodhan es uno de esos guardabosques. Él, como alguno de los de su profesión, comenzó como mago estudiando en la Torre Arkana. Pocos saben por qué no llegó a convertirse en impromago, pero le hecho es que no superó el examen: unos dicen que fue porque sencillamente no fue apto; otros, que su bondad le llevó a intercambiar su examen por el de otro compañero que había suspendido (y que al final, gracias a la sabiduría del Archimago, terminó en las minas). Sea como fuere, no llegó a vestir la capa. Sin embargo, el Archimago fue benevolente, y en lugar de destinarlo a las minas le otorgó un trabajo como guardabosques y lo asentó en una cabaña al pie de la torre.

Allí Aodhan se casó y tuvo una hija, Brianna. Su vida transcurrió con normalidad. su esposa, Anya, también era guardabosques y entre ambos empezaron a fraguarse la fama de los más eficientes de cuantos rodeaban Skuchaín.

Sin embargo, todo cambió cuando se desató la Maldición de las Brujas. Aquel acontecimiento hizo temblar los muros de Skuchaín y desató la magia como nunca antes había sucedido. Los portales al reino faérico se abrieron por todas partes, y toda la orden de los guardabosques tuvieron que emplearse a fondo para cerrarlos. Uno de aquellos portales, uno tan grande como un edificio, se abrió apenas a dos metros del muro de la torre. Brianna, Aodhan y Anya corrieron a cerrarlo, para lo cual fue necesario introducirse en los bosques faéricos. El portal fue cerrado… pero sólo Aodhan y Brianna regresaron. Ayna se había perdido, desorientada, tal vez, en aquella dimensión formada por un bosque infinito.

La Maldición de las Brujas fue revertida y los guardabosques volvieron a tener controlados los portales, pero Aodhan y Brinanna nunca volvieron a saber de su madre, algo que a Brianna no ha dejado de torturarle.

Desde entonces, la hija del guardabosques se ha propuesto recorrer los bosques faéricos para dar con su madre. Esto, en algunas ocasiones, la ha distraído de sus obligaciones, algo que su padre -quien ha aceptado que no volverán a ver a Anya- le ha recriminado en múltiples ocasiones. Descuidar los portales podría ser más peligroso de lo que parece, pues si las criaturas entraran en masa, Calamburia podría desestabilizarse. Brianna, sin embargo, sigue empecinada en su meta, y todo apunta a que no descansará hasta averiguar qué le sucedió a su madre.


LOS GUARDABOSQUES

Presentación

Son los encargados de vigilar las grietas dimensionales y los portales que conectan nuestro mundo con el universo mágico en el que viven todo tipo de criaturas mágicas. Ellos procuran que esos seres no invadan nuestro mundo, pues si lo hicieran, las consecuencias serían fatales para nuestra realidad. ¡Saludad a los Guardabosques!


La pareja

Aodhan

Antaño fue estudiante de magia en la Torre Arkana. Suspendió el examen, pero el Archimago encontró para él una labor de gran importancia: vigilar el mundo faérico y procurar que nada lo traspase. ¡Un gran saludo para Aodhan Connor, el Vigilante dimensional!

 

Brianna

Es la hija del guardabosques, y aunque ha aprendido el oficio por vocación, persigue una meta todavía más importante: recuperar a su madre, quien un día se perdió en el mundo faérico para no regresar. ¡Ella es Brianna Rastreabosques Connor!

Los Recaudadores

Hay trabajos buenos, trabajos malos… y luego está el trabajo de recaudador de impuestos. Por fortuna, para este tipo de trabajos siempre hay gente, no sólo dispuesta a realizarlo, sino con un don para hacerlo de la manera más efectiva posible. Tal vez por eso don Vítulo y doña Constanza son los mejores recaudadores de impuestos de toda Calamburia. Parecen haber nacido para ello, como si el mismo Titán los hubiera designado para una labor tan poco agradecida.

Sí, los recaudadores no son muy queridos en Calamburia. ¿Cómo sentir aprecio por gente que se dedica a cobrar los impuestos -en ocasiones, demasiado elevados- y a perseguir a los morosos sin descanso? Nadie se libra del cobro que exige la Corona… bueno, casi nadie.

Porque lo cierto es que la Corona cobra más a quienes se han rebelado alguna vez contra ella, y en cambio, es generosa con quienes siempre le han sido fieles. Así, las tierras del norte, donde viven los salvajes, han sufrido y sufren el cobro de unos impuestos elevados, ya sea en calamburos o en especias. Allí Vítulo y Constanza se ven obligados a ir protegidos por soldados, pues los salvajes no siempre están dispuestos a pagar así por las buenas.

En cambio, lugares como la Torre Arkana de Skuchaín disfrutan de impuestos muy, muy bajos. Tanto es así, que de vez en cuando Vítulo y Constanza sólo exigen como pago unas pastitas de las que hacen los duendes que trabajan en las cocinas, o presenciar algún que otro hechizo menor que hayan aprendido los alumnos de primer curso. Un pago figurado que agradece la lealtad de la Torre y los impromagos, por tantos y tantos años ayudando a la Corona frente a las adversidades.

No importa si el cliente quiere pagar o no, Vítulo y Constanza son implacables con los deudores. A pesar de las reticencias, las huidas, las excusas e incluso a pesar de la violencia, ellos siempre terminan cobrando. Es por ello que ambos saben combatir… ¡nunca se sabe cuando alguien, en apariencia bondadoso, va a resistirse a la autoridad!

Entre los dos poseen el récord de más deudas cobradas y, de hecho, se jactan de haber cobrado a las mismísimas amazonas un impuesto anual por uso y disfrute de las marismas, algo que ningún recaudador había logrado antes.

Sí, es cierto que no tienen demasiados amigos. Muy pocos, a decir verdad, pero eso a ellos no les importa. ¿Qué es la amistad comparada con el tintineo de una buena bolsa de calamburos, fruto del último cobro de impuestos?

La amistad y las alianzas están sobrevaloradas… salvo la que mantienen el uno con el otro. Por supuesto, no hay ninguna relación carnal entre ellos, sino una extraña química fruto del amor por el dinero y los cobros. Tal vez algún día esta relación pase a ser algo más… emocional, pero por el momento estos dos recaudadores siguen sin sentir emoción alguna.


LOS RECAUDADORES

Presentación

Son los encargados de cobrar los impuestos que la corona impone a las diferentes provincias de Calamburia, un trabajo en el que no se consiguen muchos amigos. Se ocupan de que todo el mundo pague a tiempo, de modo que si alguno de vosotros tiene deudas con la corona, es posible que hoy salga de aquí con los bolsillos vacíos. ¡Un aplauso para los Recaudadores!


La pareja

Doña Constanza

Su memoria prodigiosa le permite recordar cada deuda y cada una de las cuentas que faltan por saldar, y hay quien dice que tiene un extraño poder sobrenatural: un sexto sentido para detectar a un moroso a cientos de metros.

¡Ella es doña Constanza!

 

Don Vítulo

De niño ya pedía a sus padres un impuesto sobre el “privilegio de la paternidad”. Es un cobrador implacable que sueña cada noche con cascadas de monedas, cuentas saldadas y bolsas llenas… sus bolsas, claro está.

¡Él es don Vítulo de Instántalor!

129 – CUNA DE OSCURIDAD

– La esencia de un Dios, Barastyr. Este Torneo ha sido de lo más sencillo.

– Así es. Sobretodo cuando sabíamos que siempre íbamos a ganar.

Los Consejeros de la Reina Sancha dialogaban entre ellos como si estuviesen en un salón de la corte, y no en medio de la arboleda de Catch-Un-Sum. A su alrededor, la Alta Curia, Van Bakari y Aurobinda esperaban pacientemente, con diferentes estados de embelesamiento.

– ¡Alabado sea el Titán Oscuro! Ha ganado la pareja elegida por nuestro dios – gritó Inocencio.

– Nadie nos está prestando la más mínima atención, pero seamos discretos. No tardarán en darse cuenta que algo no va bien – aconsejó Aurobinda.

– Tranquila querida. Me temo que hemos armado un buen revuelo y aún no se han dado cuenta del cambiazo. Aún siguen pensando que los ganadores son los Impromagos y que se han bebido la verdadera Esencia de la Divinidad – comentó ufano Van Bakari.

En el claro del bosque donde se celebraba la final del gran Torneo de Calamburia, los participantes corrían de aquí para allá. Los Impromagos gritaban y hacían aspavientos mientras el público se ponía cada vez más nervioso. Habían bebido la esencia de la divinidad y nada había pasado. ¿Acaso el Titán los había olvidado?

Pero alguien mantenía la calma entre tanto caos. Y es que los momentos de oscuridad son también grandes momentos de esperanza.

¡Impromagos! – gritó Ukho, acercándose a ellos y mirando entre los árboles con la mirada ágil – ¡Convocad vuestra magia y protegeros, algo muy malo va a pasar! Lo sé porque mi instinto de héroe me lo dice.

– Es verdad, Grahim. Quizás esto tiene que ver con el libro que nos dieron los Consejeros – aventuró, dudosa, Trai.

– Esto me da muy mala espina, Trai…

Los Impromagos apartaron su confusión y conjuraron una burbuja protectora a su alrededor, un remanso de paz en un océano de locura.

Los soldados de la Reina Sancha trataban de acordonar la zona, pero era imposible controlar a la multitud cada vez más nerviosa. Zarcillos de bruma se desplazaban entre los árboles como si tuviesen vida propia y acariciaban el alma de los mortales ahí reunidos, provocando una serie de terribles escalofríos.

– Sea pues. Es el momento de pedir nuestro deseo – dijo Barastyr mientras se remangaba con parsimonia.

– Y lo tenemos muy claro. Salmodiad, hijos de la Oscuridad – ordenó Érebos.

El siniestro conciliábulo empezó a entonar un cántico lúgubre y tenebroso que los rodeó como un pesado sudario. Los zarcillos de niebla se empezaron a acumular a su alrededor y la luz del frasco que contenía la Esencia de la Divinidad fue lentamente absorbida por el cántico maligno que revoloteaba alrededor de sus figuras, convertida en un orbe de oscuridad en las manos de Barastyr. Las voces aumentaron la cadencia, las cabezas bamboleantes sobre los hombros, con movimientos casi espasmódicos. La tensión era insoportable, los aullidos de ultratumba horripilantes, hasta que Barastyr aplastó la oscuridad entre sus manos con un chasquido similar a huesos al partirse. Érebos alzó el frasco y bebió de su contenido con una avidez grotesca. No derramó ni una sola gota y se relamió la boca con lujuriosos aspavientos.

Los cánticos cesaron de golpe y todos los ojos se fijaron en el consejero, quien aún tenía los ojos cerrados. Tras dejar de relamerse, dijo:

– Ha despertado.

Mientras tanto, muy lejos de ahí, en las profundidades de una mina, Stinker Comecobalto miraba con atención una enorme y multicolor veta que emergía de una pared imitando la vena de un cuerpo humano.  Como enano más veterano de los mineros, conocía las piedras de Calamburia mejor que a su propia madre, pero últimamente andaba bastante confuso. Las diferentes catástrofes habían marcado la tierra con un caleidoscopio de colores. Había tanta magia atrapada bajo tierra que incluso un experto como él sólo podía mirar perplejo y tratar de elucubrar cuál sería el siguiente estrato que se añadiría al mutable continente de Calamburia. ¡Si solamente su discípulo Failgrim le echase una mano! Pero llevaba días sin ver a ese holgazán. Quién sabe en qué agujero calentito se había refugiado para dormir una legendaria siesta.

Pero los pesares de Stinker no habían hecho más que empezar. Porque en ese mismo momento, mientras daba suaves golpecitos con un cincel a la multicolor veta, la tierra empezó a gemir y a gruñir. El capataz de los enanos tocó la pared e inmediatamente sintió el grito de la tierra. Sus pupilas se dilataron al sentir el terror que manaba del centro de la creación. A borbotones, como una imparable marea de inmundicia y escoria, la oscuridad se abría camino hacia la superficie.

Muchos oyeron historias sobre este aciago día. Muchos incluso peregrinaron hacia lo que llamaron más tarde “Cuna de la Oscuridad”. Pero muy pocos fueron testigos de su propio nacimiento. Unos pocos entre los que se incluía a Dorna y Corugan.

Apostados en lo alto de un cerro en las colinas que bordean las grandes montañas del norte de Calamburia, vieron ante sus atónitos ojos como la tierra del valle se abría en una explosión de tierra pulverizada y escoria. Una marea negra y densa como el petróleo surgió en forma de  geiser, ensanchando el agujero y escupiendo ceniza al cielo. La tierra se ensanchó con un gemido de profundo dolor y las almenas de un negro castillo empezaron a surgir de la tierra. Como un aparatoso gigante que trataba de incorporarse, las almenas se alzaron orgullosas e impertinentes, desafiando al cielo con su sola presencia. Las torres trataban de horadar el cielo y los ventanales relucían mortecinamente, absorbiendo la propia luz. La ceniza alcanzó las nubes y las tiñó de un gris antinatural, hasta reducir el brillo del sol a una luz apagada y débil.

Dorna se incorporó poco a poco, posando la mano para tranquilizar al enorme lobo negro que gruñía sordamente, mirando el castillo. Sus ojos se veían atraídos por aquella fantasmal construcción, como si de un imán se tratase. Sentía que su interior deseaba pertenecer a ese castillo y la fría y azul antorcha de su corazón se encendió, ansiosa de devorar más y más calor.

Tan absorta estaba que ni siquiera se dio cuenta de que Corugan ya no estaba a su lado. Dando unos temblorosos pasos, seguida de su lobo, se dirigió al castillo.

Y no fue la última. La luz del sol desapareció, reemplazada por una luz pálida y mortecina que auguraba la llegada de la noche. Se estableció un toque de queda ya que nadie osaba salir pasada la medianoche a la intemperie. No solo eso, sino que al asomar el pálido y enfermizo sol por la mañana, muchos  descubrían la habitación de sus seres queridos vacía. Como guiados por una tenebrosa flauta, algunos calamburianos, en un patrón aleatorio, se levantaban sonámbulos de sus camas por la noche, despertándose en medio del bosque entre gritos de pánico. Y esos eran los más afortunados: los demás formaban una inquietante y silenciosa fila, que caminaba cruzando todo Calamburia hasta llegar a Cuna de la Oscuridad. Una vez despiertos cerca de la muralla, los Caminantes no volvían, sino que se estaban asentando a la sombra y el refugio de aquel inquietante palacio.

La paz de la Reina Sancha se había roto y el Palacio de Ámbar bullía como un avispero. Urraca había sido enviada en misión diplomática para hablar con Arishai y sus seguidores, que rondaban la frontera con la Puerta del Este y las bravuconerías de los Von Vondra cada vez alcanzaban nuevas cotas de descaro. Cuna de la Oscuridad había trastocado la balanza de poder y las puertas de aquel extraño palacio se hallaban cerradas a cal y canto. Los emisarios enviados habían vuelto con las manos vacías y habían sido expulsados de ahí por los  Caminantes que estaban erigiendo una pequeña ciudad de chabolas y edificios improvisados a la sombra de las murallas.

Un antiguo mal había empezado a desperezarse. No era un Dragón, Un Leviatan o una explosión de energías y elementos. Era mucho más sutil, sibilino y acechaba con paciencia, esperando a dar un solo y mortífero golpe.  Sus primeros temblores habían puesto patas arriba toda la estabilidad conseguida a golpe de sangre y lucha. ¿Qué ocurrirá cuando este antiguo mal termine de despertarse y camine por la tierra de nuevo? Sólo las Nornas podían saberlo… y ya sabéis que todo conocimiento, tiene un precio.