Los comendadores

La estirpe de los Gaviria comenzó su andadura como una familia de nobles menores, cuyo prestigio se había desvanecido al ritmo de una fortuna arruinada. El patriarca, Ataulfo Gaviria, en un último esfuerzo por salvar el honor del apellido, solo pudo costear los estudios de uno de sus hijos. Como no podía ser de otro modo, eligió al primogénito, el más diligente y disciplinado: Viriato Severiano Gaviria. Mientras Viriato se formaba como un erudito frío y burocrático en la escuela de magia, su hermano menor, Don Gerr Gaviria, fue abandonado a su suerte, obligado a buscarse la vida en los márgenes de una sociedad que no perdona la pobreza en la sangre azul.

Esta bifurcación en sus caminos definió sus carácteres: mientras Viriato se convertía en un juez implacable de la Corona, Gerr desarrollaba una inteligencia rastrera y una codicia insaciable. Gerr no tenía la formación académica de su hermano, pero poseía una capacidad innata para detectar las debilidades ajenas y trepar por la jerarquía social mediante el engaño y el servilismo. Fue esta ambición desmedida la que le llevó a fijar sus ojos en la mujer que estaba destinada a ostentar la llave del poder en Instántalor: Doña Berenguela de Villamayor y Montalbán.

Doña Berenguela, conocida desde pequeña por el pueblo como «La Beltraneja», por ser hija del Comendador Don Beltrán, era hija única y heredera de varias generaciones de gobernantes de la capital. La joven Berenguela poseía una belleza aristocrática y una inteligencia retorcida que intimidaba incluso a los cortesanos más veteranos. Gerr, viendo en ella el vehículo perfecto para su ascenso, utilizó todas sus artes de seducción y manipulación para desposarla, logrando así integrarse en la cúpula del gobierno de la ciudad.

Aunque no era guapo ni adinerado, la astucia malsana del pretendiente logró captar el interés de la joven, quien vio en él a alguien con su misma ambición pero con la condición servil de alguien que se lo debería todo desde el primer momento. La complicidad perversa de este matrimonio nació entre insinuaciones, fascinación mutua y una tensión sexual llevada al límite, hasta transformarse en una próspera alianza. 

El matrimonio nunca fue una unión romántica tradicional, pero cualquiera que les conociera sabía que aunque los dos esposos vivieran en un tablero de ajedrez constante, se amaban a su oscura y ladina manera. Berenguela adoraba el talento para la intriga de su marido, aunque, a la vez, pronto empezó a despreciar su carácter rastrero. Por su parte, Gerr, sintiéndose siempre inferior al pedigrí de su esposa y temiendo que sus propios tejemanejes financieros y políticos fueran descubiertos por la mirada aguda de Doña Berenguela, comenzó a orquestar un plan a sus espaldas para eliminarla de la ecuación sin mancharse las manos de sangre.

La oportunidad de Gerr llegó de la mano de su propio hermano, Viriato, quien ya ocupaba el cargo de juez real, puesto que había obtenido tras la firma del Concordato Umbrío. Aprovechando la rectitud fría y burocrática de su hermano, Gerr fabricó pruebas falsas e inculpó a Berenguela de graves transgresiones contra la Corona. Viriato, fiel a su naturaleza implacable y al poder de su martillo condenatorio, no mostró clemencia alguna por su cuñada: Doña Berenguela de Villamayor y Montalbán fue sentenciada a cadena perpetua. La Beltraneja fue encerrada en las mazmorras de Instántalor, despojada de sus títulos, pertenencias y su honor, mientras Gerr asumía el cargo de Comendador en funciones, disfrutando del estatus social que siempre había ansiado.

Lo que Gerr no previó fue la capacidad de resiliencia de su esposa. En la oscuridad de la prisión, la mujer que solo conocía los modales de la alta sociedad, sufrió una metamorfosis brutal. Allí, entre los muros húmedos, Berenguela aprendió todos los trucos y jerigonzas mañas del pueblo llano e incluso se “doctoró” en las artimañas de los bajos fondo. Se convirtió en una experta en la supervivencia urbana, forjando vínculos con aquellos a los que antaño despreciaba.

La suerte de Gerr cambió drásticamente cuando los pícaros de la capital —liderados por Tinín—, aprovechando la promesa de gracia del Príncipe Zoran por la celebración de su nombramiento como heredero, comenzaron a exigir la liberación de la Beltraneja. Entonces, de la noche a la mañana, el aparente carácter voluble del príncipe acabó haciendo que el edicto fuera revocado. Pero la mecha ya había prendido en los callejones y en un acto de rebeldía contra la línea teocrática más dura de la corona encarnada por el príncipe Zoran, asaltaron la prisión y liberaron a la cautiva a la que consagraron como la nueva Comendadora del Pueblo.

Berenguela se presentó ante ellos, pero ya no como la refinada dama de antaño; sino como una mujer capaz de alternar la elegancia de una cortesana con la agresividad de una superviviente de los arrabales. Le interpeló convenciéndoles de que a partir de ahora sería una más de los suyos y que les favorecería a ellos y a Urraca II, pretendiente al trono.

Al regresar a su mansión, la dinámica de poder cambió notablemente. Gerr, consciente de que su traición pendía sobre su cabeza como una espada de Damocles, entró en un estado de terror absoluto. Sabe que si Berenguela descubre que fue él quien la entregó a Viriato, su vida no valdría ni un calamburo. Desde aquel día, Gerr vive en un estado de exagerado servilismo, obedeciendo cada capricho de su mujer mientras sueña secretamente con volver a deshacerse de ella, aunque su cobardía le impide actuar. Ella por su parte, se siente complacida de su nueva superioridad y, tras su estancia en prisión, se siente inclinada a juegos maritales que le ponen a su marido los pelos de punta, pero a la vez despiertan preocupantemente su interés.

Actualmente, los Comendadores gobiernan Instántalor bajo un manto de engaño magistral. Berenguela, utilizando su inteligencia retorcida, ha logrado lo imposible: hacerse pasar por La Comendadora del Pueblo. Ha convencido a la Resistencia Urraquista de que ella es una víctima del sistema que ahora lucha por ellos, llegando incluso a portar con orgullo las cadenas que la ataron en prisión como un símbolo de su supuesto martirio..

Sin embargo, la realidad es mucho más oscura. Mientras mantiene su mascarada ante el pueblo que la liberó, la Beltraneja ha firmado un pacto secreto con la Corona y con los defensores del príncipe Zoran. Mientras el pueblo la vitorea como su protectora, ella utiliza una red de espías para controlar cada paso que da la Resistencia, entregando información vital a la Reina Petequia para pacificar la ciudad y erradicar cualquier conato de rebelión del pueblo llano a quien, en realidad, desprecia profundamente. Don Gerr Gaviria, por su parte, actúa como la mano ejecutora de los planes de su esposa, moviéndose entre la codicia, el pánico y una cierta inclinación libidinosa hacia aquello en lo que la mujer con la que vive se ha convertido.

Ambos son ahora defensores secretos pero acérrimos de la línea dura del príncipe Zoran, utilizando su posición para mantener el orden en la capital y participarán en el torneo para lograr satisfacer aún más su desmedida ambición. Si se puede llegar más alto, ¿por qué no iban ellos dos a lograrlo?

LOS COMENDADORES

Esta pareja gobierna la capital con la misma tendencia enfermizamente retorcida que sustenta su propio matrimonio. De cara a la corona son firmes defensores del orden, pero ante el pueblo, se esfuerzan en mostrar una cara más amable. ¡Aplaudid con cierto recelo, pues aquí llega el buen hacer de los Comendadores!


La pareja

Don Gerr

Hijo menor de un noble medio arruinado, tuvo que usar su retorcido ingenio para ganarse la vida, hoy es un hombre hecho a sí mismo capaz de todo para mantener el poder. ¡Cumplid con celo las ordenanzas pues por ahí viene Don Gerr Gaviria, el Comendador de Instálalor!


–


La Beltraneja

Ella es una noble que fue injustamente cargada de cadenas por un delito que no había cometido. Según dice, en la cárcel comprendió al fin el verdadero sufrimiento de los desamparados. ¡Romped vuestros grilletes, pues aquí llega Doña Berenguela de Villamayor y Montalbán, apodada la Beltraneja, la Comendadora del Pueblo!

258 – EL PACTO DE LA RAÍZ SERENA II

Personajes que aparecen en este relato

LA RAÍZ SERENA RESPONDE

El palacio fauno ocupaba una hondonada protegida en el corazón de la Jungla. Las copas de los árboles más antiguos se entrelazaban sobre él hasta formar un techo vivo. Los troncos y las enredaderas componían sus muros, atravesados por aberturas que se cerraban cuando el viento cambiaba. Bajo sus pies, el musgo se hundía ligeramente y recuperaba su forma después de cada paso.

Orquídeas de colores intensos crecían entre helechos gigantes. Había flores rosadas de pétalos finos y racimos de corolas doradas que recogían la luz del dosel y la derramaban sobre la hondonada. El aire permanecía tibio, cargado de aromas vegetales y del murmullo constante de las hojas.

En el centro de aquel espacio aguardaba Édera.

Llevaba los cuernos al descubierto, adornados con flores carnosas y hojas frescas. Una melena rosa, indómita y brillante, descendía por su espalda; un pelaje del mismo color cubría sus pantorrillas hasta las pezuñas. Su piel moteada y la curva oscura de su nariz conservaban los rasgos de los faunos más antiguos.

Vestía un corsé de corteza bruñida y cobre oscuro. Sobre los hombros caía una capa verde, tejida con hojas vivas y recorrida por finos líquenes dorados. En una mano sostenía un báculo de madera todavía húmeda. Varias hojas metálicas colgaban de sus ramas y, en la parte superior, una esfera emitía pulsos de luz verde.

Su presencia bastaba para imponer silencio. Había en su postura una autoridad cultivada durante años de decisiones difíciles, y en sus ojos marrones permanecía alerta una inteligencia que medía cada gesto antes de concederle valor.

Ramia perdió por un instante la firmeza de una pierna. Quercus la sostuvo antes de que cayera y ella volvió a erguirse apoyada en su brazo. Édera contempló el movimiento sin apartar la vista. Después observó la túnica desgarrada de Grahim, el cansancio de Quercus y el ala herida que Deralya mantenía plegada contra el cuerpo.

Durante unos instantes, nadie habló.

Édera los observó uno a uno. Su mirada se detuvo algo más en Quercus.

—Habéis llegado con vida —dijo. Después se dirigió directamente al fauno—. La Jungla vuelve a recibir a Pezuña de Roble.

Quercus inclinó la cabeza.

—Siempre he pertenecido a ella, mi Dama.

Édera reparó entonces en Ramia. La guardabosques se mantenía en pie gracias al brazo de Quercus, aunque sus piernas temblaban bajo el peso de su propio cuerpo.

—Vandrell me ha hablado del hechizo que todavía llevas dentro —dijo la Dama Esmeralda—. También me ha contado quién te lo impuso.

Hundió la base del báculo en la tierra. La esfera respondió con un violento destello verde.

—Karkaddan… —pronunció con abierto desprecio—. Ese miserable permaneció junto a Kárida cuando traicionó a las demás damas y no se apartó de ella después de que Drëgo la convirtiera en la Dama Negra. Ahora negocia con la Oscuridad y ataca a quienes descubren sus planes. El unicornio ha dejado de limitarse a ocupar un lugar junto a su consorte: se ha convertido en su emisario y en uno de sus principales ejecutores.

Édera apretó el báculo hasta que las hojas metálicas vibraron.

—Si cree que puede amenazar nuestras tierras y esconderse después bajo la sombra de Kárida, pronto descubrirá su error.

Después, su tono cambió.

—No hay tiempo.

Alzó el báculo. La esfera respondió con un resplandor verde y las hojas doradas comenzaron a vibrar. Frente a ellos se reunió una bruma espesa, atravesada por destellos de diferentes colores.

La esfera ordenaba en imágenes los testimonios que los mensajeros y aliados de la Dama Esmeralda habían llevado hasta la Jungla. También podía representar las consecuencias que Édera deducía de aquellos informes. La Dama Esmeralda no estaba contemplando aquellos lugares a distancia ni pretendía mostrarles una profecía.

La primera imagen reveló los Montes de Acero. Las cumbres oscuras se alzaban bajo un cielo cubierto de nubes, y varias figuras avanzaban por sus laderas ocultas bajo barro, ramas y pinturas de guerra. Entre ellas caminaba una anciana enana de espalda recta. Sostenía entre las manos una piedra tallada con runas antiguas.

—Esa es Hylda, madre de Elga, la actual Dama de Acero —explicó Édera—. Jamás ha ostentado ese título, pero conoce los pasadizos de las montañas y sabe hablar con la piedra. Los enanos que todavía se mantienen fieles a la Dama Blanca marchan con ella.

Hylda apoyó una mano sobre la pared de un desfiladero. Las runas de la piedra que portaba se iluminaron y una grieta se abrió entre las rocas, lo bastante ancha para permitir el avance del grupo.

—Elga posee la autoridad —continuó Édera—. Su madre conserva el conocimiento. En una guerra, conviene no confundir ambas cosas.

La bruma se agitó y los Montes de Acero se deshicieron. En su lugar apareció el río Antojo de Kronos, ancho y cubierto por una niebla baja. Varias ondinas avanzaban por una de sus orillas. Sus cuerpos despedían reflejos azules y verdosos, y las aguas se elevaban a su paso para formar una barrera. En la ribera opuesta ardían fuegos rojos entre los árboles.

—Las ondinas han tomado posiciones junto al río —dijo Édera—. Tratan de contener a los efreets antes de que alcancen esta orilla. Si el fuego de los efreets cruza el Antojo de Kronos, encontrará demasiados lugares donde alimentarse.

Las llamas de la proyección golpearon la barrera de agua. Una nube de vapor borró la escena y cubrió la hondonada con un resplandor pálido.

—Esto ya está ocurriendo —continuó la Dama Esmeralda—. La Dama Negra extiende su influencia mientras nosotros hablamos. Algunos pueblos se han unido a ella. Otros han elegido el silencio y esperan descubrir quién vencerá antes de comprometerse. La Jungla Esmeralda no hará ninguna de las dos cosas.

Édera hizo girar el báculo. La bruma se contrajo y formó una tercera imagen.

Esta vez no mostró un lugar ni un acontecimiento, sino una corriente de magia que nacía en el Reino Faérico. La energía convergía en la Aguja de Nácar y atravesaba el canal que la unía con la Torre Arkhana. Desde Skuchaín, se ramificaba en centenares de cauces luminosos que recorrían Calamburia.

Grahim contempló el entramado con creciente inquietud. Conocía aquel vínculo. Theodus y Öthyn lo habían creado siglos atrás para sostener el equilibrio entre ambos mundos.

Alrededor de la corriente comenzaron a aparecer pequeñas manchas oscuras. Algunas procedían de los bosques corrompidos; otras brotaban de las criaturas faéricas sometidas por Kárida. La bruma las condujo hacia la Aguja, donde quedaron suspendidas junto al flujo de magia.

—La Torre recibe su poder a través de nuestro mundo —dijo Édera—. Todo cuanto atraviesa la Aguja termina alcanzando Skuchaín y, desde allí, se extiende por Calamburia.

Una de las manchas rozó la corriente. La luz se enturbió y avanzó por el canal principal hasta penetrar en la Torre. Después continuó por sus ramificaciones.

—Todavía ignoramos cuánto puede resistir ese vínculo —prosiguió la Dama Esmeralda—. Pero, si la oscuridad que se extiende por el Reino Faérico llega a alterar el flujo, la corrupción no se detendrá en nuestras fronteras.

En la imagen, los cauces que recorrían Calamburia adquirieron un tono ceniciento. Grahim siguió su avance hasta que la bruma ocultó las consecuencias.

—¿Crees que Kárida puede utilizar la Aguja para corromper nuestra magia? —preguntó.

—Creo que permitirle conquistarla sería correr ese riesgo —respondió Édera—. Y la Jungla no puede esperar a que suceda para descubrir si estábamos en lo cierto.

La Dama Esmeralda deshizo la imagen con un movimiento del báculo.

—Cuando hables con Kórux, adviértele de que la guerra del Reino Faérico podría alcanzar Calamburia incluso antes de que sus enemigos crucen un portal.

La bruma no desapareció. Permaneció extendida ante Édera, aunque la claridad de sus bordes fue perdiendo intensidad.

—El peligro que amenaza a la Torre no necesita ninguna conjetura —añadió.

La esfera emitió un nuevo pulso. Entre la bruma apareció Minerva.

Grahim avanzó un paso.

Barastyr y Érebos surgieron a ambos lados de la erudita. La niebla se cerró alrededor de su cuerpo y la aprisionó en una camisa de fuerza invisible. Minerva trató de pedir ayuda, pero una mordaza mágica sofocó su voz.

La escena cambió con brusquedad.

Minerva permanecía arrodillada. Kávila caminaba a su alrededor mientras el joven Arnaldo sostenía una daga a escasos centímetros de su rostro. Habían transcurrido horas. La erudita tenía el cuerpo vencido por el tormento, pero continuaba negándose a revelar el paradero de las princesas.

Arnaldo extrajo un zafiro de entre sus ropajes.

La piedra derramó una oscuridad densa sobre el despacho. Amunet apareció en el centro de la estancia con el báculo alzado. Dentro de la madera se agitaba el poder de tres súcubos, convertido en una corriente infernal que teñía las paredes de rojo.

—¿Cuándo ocurrirá esto?

—El ataque ya ha comenzado —respondió Édera—. Lo que acabas de ver todavía no ha sucedido, pero sucederá si los demonios alcanzan a Minerva.

Grahim contempló a la directora suspendida entre los hilos mágicos del báculo de Amunet.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Muy poco.

Édera cerró la mano. La imagen se deshizo y la bruma descendió hasta cubrir el musgo.

—Skuchaín ya combate su guerra —continuó—. La nuestra se extiende por los montes, los ríos y los bosques del Reino Faérico. Kárida avanza hacia la Aguja mientras Amunet busca una forma de doblegar la Torre. Si ambos pueblos libran sus batallas por separado, nuestros enemigos podrán elegir dónde concentrar sus fuerzas.

Grahim apartó la mirada del lugar donde Minerva había desaparecido.

—Quieres que Kórux envíe magos fuera de Calamburia cuando los demonios ya han conseguido entrar en Skuchaín.

—Quiero que proteja el origen de la magia con la que pretende expulsarlos —replicó Édera—. Y no le pido que debilite la Torre.

La Dama Esmeralda apoyó el báculo sobre la tierra. Dos raíces surgieron bajo la bruma. Una se extendió hacia la Aguja de Nácar; la otra rodeó los cimientos de la Torre.

—Si Kórux envía magos al Reino Faérico para combatir junto a la Dama Blanca y detener a Kárida, la Jungla enviará guerreros a Skuchaín. Mientras vosotros defendéis la Aguja, los faunos contendremos a las fuerzas del Inframundo que amenazan la Torre. Nuestras fuerzas combinadas serán más efectivas.

Quercus adelantó una pezuña.

—La Jungla responderá a la llamada de la Torre.

La Dama Esmeralda volvió hacia él una mirada severa.

—Responderá cuando el Archimago acepte mis condiciones. No entregaré la sangre de los faunos mientras Skuchaín protege sus murallas y deja que la oscuridad se apodere de nuestro mundo.

Después centró de nuevo su atención en Grahim.

—Cada pueblo conservará el mando sobre sus fuerzas. Los magos combatirán junto a la Dama Blanca, pero no someterán a los pueblos faéricos a la autoridad de la Torre. Mis guerreros defenderán Skuchaín, aunque tampoco servirán a Kórux. Compartiremos cuanto averigüemos sobre las amenazas que se ciernen sobre ambos mundos y mantendremos la alianza mientras Kárida y Amunet continúen avanzando.

Grahim contempló las dos raíces. La primera rodeaba la Aguja. La segunda ascendía por la Torre, protegiéndola de las siluetas demoníacas que empezaban a reunirse a sus pies.

—No puedo aceptar esas condiciones en nombre de Kórux.

—Ya sé que no eres el Archimago.

—Tampoco puedo garantizar que envíe a sus magos lejos de Skuchaín. 

Édera sostuvo su mirada.

—Por eso no te he pedido una garantía. Te he pedido que comprendas la propuesta antes de llevarla hasta él.

Ramia soltó el brazo de Quercus. Sus piernas temblaron al recibir todo el peso de su cuerpo, pero consiguió mantenerse erguida.

—Grahim no será el único que hable ante Kórux —intervino—. Yo declararé lo que descubrimos y cuanto hizo Karkaddan para impedir que pudiéramos contarlo.

Édera observó el esfuerzo que realizaba la guardabosques para permanecer en pie.

—El unicornio pretendía silenciarte.

—Tendrá que intentarlo de nuevo.

Una sonrisa breve y afilada cruzó el rostro de la Dama Esmeralda.

—Karkaddan te ha convertido en una prueba de aquello que quería ocultar. Disfrutaré recordándoselo cuando vuelva a tenerlo delante.

Deralya emitió un gorjeo grave desde la retaguardia. La verdiplumas mantenía el ala herida pegada al cuerpo, aunque había alzado la cabeza al escuchar a Ramia.

Quercus se situó junto a ambas.

—Iré con ellos a Skuchaín —dijo—. Le daré tu mensaje al Archimago y volveré con lo que diga.

—Aunque sea una negativa —advirtió Édera.

—Aunque diga que no, volveré.

Las hojas metálicas del báculo vibraron. Varias raíces finas brotaron alrededor de los presentes y trazaron un círculo abierto sobre el musgo. Una pequeña separación permaneció frente a Grahim.

—Pentandra conserva secretos —declaró Édera—. La Raíz Serena conservará estas condiciones. El círculo continuará abierto hasta que Kórux haya respondido.

Grahim bajó la vista hacia el entramado.

—Es una forma peligrosamente elegante de presionarme.

—La elegancia es prescindible. La presión, en ocasiones, resulta necesaria.

El impromago se inclinó y apoyó una mano sobre la raíz que aguardaba frente a él.

—Llevaré la propuesta hasta Kórux. Le contaré lo que hemos visto y la defenderé ante quienes crean que la guerra del Reino Faérico termina en sus fronteras.

La esfera del báculo brilló con fuerza. Las raíces se aproximaron, pero dejaron entre sus extremos una abertura estrecha antes de volver a hundirse en la tierra.

Édera contempló la línea incompleta.

—Todavía no existe una alianza entre nuestros pueblos —sentenció—. Sin embargo, la Torre ya no podrá afirmar que desconocía nuestra mano tendida.

Un canto grave atravesó la Jungla.

Ramia alzó la cabeza antes que ninguno de los faunos. La primera nota se prolongó entre los árboles; la segunda se quebró tres veces y terminó en un descenso brusco.

—Es una llamada de auxilio —dijo.

Quercus aguzó el oído.

—Parece el canto de un guardabosques.

—Lo es —confirmó Ramia—. Y conozco esa voz.

El sonido volvió a escucharse, mucho más cerca. Esta vez, la melodía contenía una advertencia de peligro inmediato.

Ramia se soltó del brazo de Quercus. El dolor estuvo a punto de derribarla, pero consiguió mantenerse erguida mientras observaba la entrada de la hondonada.

—Es Aodhan.

Édera giró el báculo y respondió con tres notas breves y poderosas. Los troncos que protegían el acceso a la Raíz Serena comenzaron a separarse.

Una figura cubierta de barro, hojas y sangre apareció al otro lado.

Aodhan tenía varios cortes en los brazos y la ropa desgarrada a la altura del pecho. La sangre le oscurecía un costado, aunque avanzaba con firmeza. Aún sostenía el báculo en una mano. Varios relámpagos azulados recorrían la madera, y su cuerpo conservaba la tensión de quien acababa de abandonar una batalla con la intención de regresar a ella.

Sus ojos recorrieron a los faunos reunidos alrededor de Édera hasta detenerse en Ramia y Grahim.

—¿Qué hacéis aquí?

Ramia fue hacia él. Apenas consiguió dar dos pasos antes de que las piernas le fallaran.

Aodhan cruzó la distancia que los separaba y la sujetó por los brazos antes de que cayera.

—Podría preguntarte lo mismo —respondió ella.

El guardabosques reparó en su palidez y en las heridas que asomaban bajo la ropa.

—¿Puedes sostenerte?

Ramia afianzó una mano sobre su brazo.

—Lo suficiente. ¿Qué ha ocurrido?

Aodhan dirigió la mirada hacia Grahim.

—La Torre está siendo atacada. Las fuerzas del Inframundo han conseguido entrar en Skuchaín.

El rostro del impromago perdió cualquier rastro de humor.

—¿Cómo han atravesado las defensas?

—No las han atravesado —respondió Aodhan—. Los portales comenzaron a abrirse dentro de la Torre. Algunos aparecieron en las galerías; otros, en las aulas y en las dependencias inferiores. Cerrábamos uno y surgían dos más en otra zona.

Aodhan se limpió contra la ropa la sangre que le resbalaba por los dedos.

—Las defensas exteriores continúan activas, pero ya no sirven. El enemigo se encuentra dentro de ellas.

Édera se aproximó a los dos guardabosques.

—¿Quién dirige la resistencia? —preguntó la Dama Esmeralda.

—Nadie puede dirigirla por completo —explicó Aodhan—. Los ataques han aislado unas zonas de otras. Los profesores, los guardabosques y los alumnos defienden las galerías que todavía controlan, pero apenas pueden comunicarse entre ellos.

Grahim avanzó un paso.

—¿Y Kórux?

—No ha regresado a la Torre —respondió Aodhan—. La última noticia que recibimos lo situaba en el Faro. Las comunicaciones han caído y ningún mensaje llegará hasta él a tiempo.

La esfera del báculo de Édera emitió un pulso.

—¿Qué ha sucedido con Periandro?

Aodhan negó con la cabeza.

—No lo sabemos. Ni él ni sus hermanas han dado señales. Nadie ha conseguido localizarlos desde que comenzó el ataque.

—¿Y Minerva? —preguntó Grahim.

—Tampoco sabemos nada de ella —respondió Aodhan—. Nadie la ha visto en la Torre ni hemos recibido noticias desde el Faro.

La incertidumbre endureció el rostro de Grahim. Minerva, Kórux y los tres hermanos Sibyla permanecían fuera del alcance de quienes defendían Skuchaín. La Torre combatía sin saber dónde se encontraban aquellos que podían reunir sus fuerzas.

Édera volvió la mirada hacia el círculo incompleto que las raíces habían trazado sobre el musgo. La abertura permanecía frente a ellos. Kórux todavía no había escuchado sus condiciones y la alianza entre Skuchaín y la Jungla continuaba pendiente.

La Dama Esmeralda hundió el báculo en la tierra.

Las hojas metálicas vibraron.

—La Jungla enviará una avanzadilla.

Quercus alzó la cabeza.

—Mi Dama…

—El pacto todavía no existe —continuó Édera—. Kórux deberá aceptar que sus magos combatan junto a la Dama Blanca antes de que movilice a todo mi pueblo. Esa condición permanece.

Dirigió hacia Grahim una mirada inflexible.

—Pero no esperaré su respuesta mientras los demonios asesinan a quienes no han participado en esta negociación. Los guerreros que crucen hoy defenderán a los habitantes de la Torre. No representarán todavía a todo el ejército de la Jungla. Serán la mano que Skuchaín deberá decidir si desea estrechar.

Grahim contempló el círculo abierto.

—Haré llegar tus condiciones a Kórux en cuanto consiga encontrarlo.

—Procura que también comprenda por qué no he esperado su permiso para salvar a los suyos.

Édera alzó el báculo y entonó tres notas profundas.

El canto descendió por las raíces y atravesó la hondonada. Los troncos respondieron con golpes sordos. En la distancia surgieron otras voces, primero aisladas y después unidas en una melodía que avanzaba por la Jungla.

Las aberturas de la Raíz Serena comenzaron a llenarse de movimiento.

Los primeros faunos armados aparecieron entre la vegetación. Algunos portaban lanzas de madera endurecida; otros llevaban arcos tejidos con fibras vivas y carcajes sujetos a la espalda. Habían permanecido preparados para marchar hacia los frentes del Reino Faérico. Ahora aguardaban una orden diferente.

Édera señaló a Quercus.

—Pezuña de Roble, dirigirás la avanzadilla.

Quercus apoyó el puño sobre el pecho.

—Defenderemos a los que sigan luchando dentro de la Torre.

—Contendréis a las fuerzas del Inframundo y abriréis una vía de evacuación para los habitantes de Skuchaín —ordenó Édera—. Si Kórux rechaza el pacto, regresaréis en cuanto la situación permita vuestra retirada.

Quercus inclinó la cabeza.

—Cumpliremos tu voluntad, mi Dama.

Ramia se separó lentamente de Aodhan.

—Yo también cruzaré.

El guardabosques se volvió hacia ella.

—Apenas puedes mantenerte en pie.

—La Torre necesita a todos sus guardabosques —respondió Ramia—. Además, los nuestros deben saber qué ha hecho Karkaddan. Si continúan utilizando los canales sin conocer la corrupción que se extiende por ellos, podrían abrirle nuevas entradas al enemigo.

—Grahim puede contarlo.

—Grahim no sintió el hechizo dentro de su cuerpo.

Aodhan conocía lo suficiente a Ramia para comprender que no conseguiría disuadirla. Aun así, mantuvo una mano sobre su brazo hasta asegurarse de que podía sostenerse.

Édera observó a la guardabosques.

—La magia de Karkaddan todavía permanece en ti.

—Por eso necesito regresar —respondió Ramia—. Soy la única que puede reconocerla antes de que vuelva a atravesar otro portal.

La Dama Esmeralda inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces ve. Pero conserva las fuerzas necesarias para advertir a los tuyos.

Deralya emitió un gorjeo desde la retaguardia.

La verdiplumas avanzó entre los guerreros hasta situarse junto a Quercus. Mantenía el ala herida pegada al cuerpo y apoyaba una de sus garras con dificultad, aunque su mirada permanecía fija en el lugar donde los guardabosques trataban de recuperar el portal.

Quercus interrumpió sus órdenes al verla.

—Tú te quedas en la Jungla.

Deralya respondió con un graznido áspero y golpeó la tierra con el pico.

—Tienes un ala herida —insistió el fauno—. Ya has arriesgado bastante por nosotros.

La verdiplumas alzó la cabeza y se colocó frente a él, dispuesta a impedirle avanzar sin ella.

Quercus sostuvo su mirada durante unos instantes. Después, apoyó una mano sobre su cuello.

—Entonces no te apartes de mí.

Deralya sacudió las plumas y permaneció junto a sus pezuñas mientras la avanzadilla terminaba de prepararse.

—Parece que no soy la más cabezota del equipo —comentó Ramia.

Aodhan la miró de reojo.

—No sacaría conclusiones tan pronto.

Ramia ocultó una sonrisa y dirigió la atención hacia el portal.

Aodhan contempló la entrada de la hondonada.

—El portal por el que he venido conserva su anclaje con Skuchaín. Podremos recuperarlo, aunque la magia de la Torre está sufriendo demasiadas interferencias.

Se arrodilló sobre el musgo y dejó el báculo junto a su pierna. A pesar de las heridas del guardabosques, varios relámpagos azulados continuaban recorriendo la madera.

Ramia se situó a su lado con la vara floral entre los dedos.

—No tendrás que hacerlo solo.

Aodhan observó la línea oscura que todavía ascendía por la muñeca de Ramia.

—Si el hechizo de Karkaddan vuelve a extenderse, romperemos la conexión.

—Si la rompemos antes de abrir el portal, quienes están dentro seguirán combatiendo solos.

Aodhan aceptó su decisión con un gesto.

Los dos apoyaron las palmas sobre el musgo y cerraron los ojos. Antes de recurrir a sus conjuros, los guardabosques escucharon cuanto la tierra conservaba.

Aodhan siguió el calor dejado por su propio tránsito. Ramia percibió el musgo alterado, las raíces que se habían retirado para permitirle el paso y la humedad agria de la magia corrompida. El rastro descendía bajo la hondonada y se alejaba hacia Skuchaín convertido en un cauce débil, zarandeado por las sacudidas que atravesaban la Torre.

Las raíces temblaron bajo sus manos.

—Lo he encontrado —dijo Ramia.

—Sujétalo.

Ramia aferró aquella corriente con su magia. Aodhan retiró la mano de la tierra y empuñó el báculo. Lo hundió junto al anclaje y los relámpagos descendieron por la madera hasta penetrar en el suelo.

Ramia alzó su vara floral. Las campanillas moradas que cubrían la rama ritual se abrieron una tras otra y orientaron sus corolas hacia el punto señalado por Aodhan.

Los dos guardabosques pronunciaron el conjuro al unísono:

—Portae Sylvarum.

El báculo de Aodhan descargó un pulso sobre la tierra. La vara de Ramia respondió con una corriente verde que recorrió el trazado y lo cubrió de brotes. Un círculo de raíces surgió frente a ellos. Las ramas crecieron desde ambos extremos y comenzaron a tejer un arco, alimentadas por el poder de los dos guardabosques.

Varias nacieron ennegrecidas y se quebraron antes de alcanzar la parte superior.

Ramia contuvo un gemido. La línea oscura de su muñeca ascendió por el antebrazo y el hechizo de Karkaddan volvió a tensarle los músculos.

Aodhan sostuvo el báculo con ambas manos.

—Ramia…

—Continúa.

El guardabosques liberó una segunda descarga. Las raíces lograron unirse, pero la oscuridad procedente de Skuchaín comenzó a extenderse por ellas y a devorar los brotes de la vara floral.

Grahim desenvainó la varita y se arrodilló detrás de los guardabosques.

—Sostened el cauce. Yo protegeré las raíces.

Apoyó la punta de la varita sobre una de las ramas ennegrecidas. Su marca arcana se encendió y el mismo fulgor recorrió la madera.

—Creo lignum.

Del arco brotaron raíces nuevas. Crecieron alrededor de las partes dañadas, cubrieron las grietas y formaron una segunda capa de madera viva. La corriente verde nacida de la varita de Grahim rodeó el umbral sin penetrar en el cauce que Aodhan y Ramia mantenían abierto.

La oscuridad retrocedió unos centímetros.

Aodhan afianzó el báculo. Ramia dirigió la vara floral hacia el centro del círculo.

Las raíces continuaron creciendo. Se entrelazaron con troncos jóvenes, engrosaron el arco y lo elevaron varios metros sobre la hondonada. La tierra cedió bajo sus extremos para sostener una estructura tan ancha que varios faunos podrían atravesarla al mismo tiempo. El umbral ocupó buena parte del espacio frente a la Raíz Serena.

El entramado adquirió profundidad.

El gran salón de magia de la Torre Arkhana apareció distorsionado al otro lado. De entre sus grietas emergían sombras informes, humanas y dolientes. Eran las almas de los zíngaros muertos, envueltas en humo ceniciento, con los rostros deformados por la nostalgia y la traición. Avanzaban arrastrando cadenas de fuego oscuro. Los antiguos del clan del Cuervo habían sido convocados desde donde jamás debieron despertar.

Un nuevo temblor recorrió el enorme arco. Los troncos crujieron y varias raíces se desprendieron de la parte superior. La abertura comenzó a contraerse por los bordes.

Aodhan apretó las manos alrededor del báculo.

—No podremos mantener un portal de este tamaño durante mucho tiempo.

Grahim observó las grietas que recorrían la estructura.

—Entonces no debemos obligar a una sola puerta a soportar toda la conexión.

Alzó la varita y trazó seis arcos en el aire. Su marca arcana se encendió al mismo tiempo que la punta.

—Creo lignum.

Las raíces del umbral principal se ramificaron. Seis prolongaciones avanzaron por la hondonada, se hundieron en la tierra y volvieron a surgir varios pasos más allá. Los troncos se elevaron alrededor del primer portal y formaron otros seis arcos, distribuidos frente a la Raíz Serena.

Grahim giró la varita.

La superficie del gran umbral se tensó y comenzó a repartirse por las nuevas raíces. Corrientes luminosas recorrieron la madera hasta llenar los seis marcos vacíos. La primera abertura se había multiplicado hasta formar siete portales, todos conectados con distintos puntos del gran salón de la Torre.

Ramia aferró la vara floral con ambas manos. Las campanillas moradas se orientaron hacia los siete accesos y cubrieron sus raíces de nuevos brotes.

Aodhan levantó el báculo. Los relámpagos azulados ascendieron por la madera y saltaron de un arco a otro.

—¡Portae Sylvarum!

Los siete umbrales se abrieron por completo.

Cada uno era menor que el primero, pero conservaba anchura suficiente para que una verdiplumas pudiera cruzarlo con las alas recogidas. Al otro lado se distinguían diferentes zonas del salón, rodeadas por el humo ceniciento de los espectros.

Grahim mantuvo la varita dirigida hacia las raíces.

—Ahora el peso está repartido.

—Y también nuestro poder —advirtió Aodhan—. No podremos sostener los siete durante mucho tiempo.

El sonido de decenas de pezuñas respondió desde la espesura.

El resto de la avanzadilla descendió hacia la Raíz Serena entre los troncos abiertos por Édera. Los lanceros ocupaban las primeras filas; detrás avanzaban los arqueros, con los carcajes sujetos a la espalda y las armaduras de madera cubiertas de hojas metálicas. Entre ellos aparecieron varias verdiplumas, con sus jinetes preparados para cruzar.

El último grupo apenas había alcanzado la hondonada cuando Quercus levantó el hacha.

—¡Dividíos frente a los portales!

La avanzadilla formó siete columnas. Los lanceros quedaron al frente y los arqueros se distribuyeron tras ellos, preparados para irrumpir en distintos puntos del salón.

Deralya abrió las alas junto a Quercus. La herida volvió inestable uno de sus movimientos, pero la verdiplumas consiguió mantenerlas extendidas.

El fauno acarició las plumas de su cuello.

—Tendrás que llevarlos hasta dentro.

Ramia alzó una ceja.

—¿A los dos?

—Grahim tiene que mantener abiertos los portales y tú apenas puedes andar —respondió Quercus—. Los dos vais encima. Y no discutas.

Deralya flexionó las patas para facilitarles el ascenso. Grahim montó primero y tendió una mano a Ramia.

—Vamos. Puedes recordarme cuánto detestas esto cuando sigamos vivos.

Ramia aceptó su ayuda y se acomodó delante de él, con la vara floral aferrada entre los dedos.

—Pienso hacerlo.

Grahim rodeó su cintura con un brazo y mantuvo la varita dirigida hacia los portales. Las raíces resistieron una nueva sacudida, aunque varias grietas verdes recorrieron los siete arcos.

Aodhan extrajo el báculo de la tierra.

Los portales se contrajeron, pero continuaron siendo lo bastante amplios para permitir el avance de los faunos.

—¡Rápido, dentro! —gritó.

Deralya se lanzó hacia el portal central. Las demás verdiplumas avanzaron hacia los otros umbrales mientras Quercus corría junto a la suya, al frente de los primeros lanceros.

El batir de las alas quebró el silencio.

Después llegó el estruendo de las pezuñas.

La avanzadilla del ejército fauno cruzó hacia Skuchaín a través de los siete portales.

Édera permaneció junto a las raíces elevadas de su morada mientras las últimas filas desaparecían en los umbrales. Su semblante estaba grave, pero sus ojos brillaban con una luz firme.

—Volved pronto, Pezuña de Roble. Nosotros aguantaremos el avance de la oscuridad.

257 – EL PACTO DE LA RAÍZ SERENA I

Personajes que aparecen en este relato

PENTANDRA RECUERDA

Pocas cosas en el mundo se abren con tanta violencia como lo vivo que se niega a morir.

El conjuro nació imperfecto, sacudido por la urgencia. Ramia continuaba prisionera de la parálisis que Karkaddan había hundido en su cuerpo, pero un dedo todavía le obedecía. Lo alzó con un esfuerzo que le encendió de dolor hasta los párpados. Aquel movimiento mínimo bastó para despertar la vara floral, que vibró junto a ella. El aire sobre el claro se contrajo, apareció una fisura y el mundo terminó por rasgarse.

Los portales de Skuchaín nacían de círculos precisos y geometrías trazadas con magia. El que Ramia acababa de invocar tenía otro origen: respondía a un conocimiento ancestral de los guardabosques, ligado a las fuerzas vivas. Ante ellos se desgarró una boca de savia y viento, cercada por ramas que crecían, se entrelazaban y volvían a quebrarse. En su interior palpitaban nervaduras de luz verde. Ramia había aprendido a abrir aquellos pasos, aunque jamás lo había intentado con tan poco dominio sobre su propio cuerpo.

Deralya, la verdiplumas de Quercus, no esperó ninguna orden. Batió las alas, ganó altura y se lanzó hacia la grieta antes de que el esfuerzo agotara a Ramia y el portal se cerrase.

Los tres viajeros se aferraban a su lomo en un equilibrio precario. Ramia permanecía tendida entre las plumas, rígida por el hechizo, con los ojos abiertos y conscientes. Grahim maldecía mientras trataba de sujetarse con la túnica hecha jirones. Detrás de ambos, Quercus los mantenía unidos: un brazo rodeaba el pecho de Ramia y el otro aprisionaba a Grahim contra el lomo de la verdiplumas. En plena tormenta mágica, su fuerza tenía la obstinación de una raíz aferrada a la tierra. Soltar a cualquiera de ellos nunca llegó a ser una posibilidad.

Deralya plegó las alas y los cuatro desaparecieron en la grieta.

El interior del portal natural era una corriente viva entre lugares que nunca deberían haberse tocado. Allí, la magia avanzaba sin caminos ni reglas reconocibles. El espacio se retorció alrededor de ellos antes de que pudieran tomar aire; siluetas de ramas sin tronco atravesaron la oscuridad y violentas corrientes los golpearon desde todas las direcciones. El peso pasó de sus cabezas a sus estómagos y regresó a sus huesos. Sus gritos quedaron ahogados por un zumbido profundo que parecía brotar del propio portal.

Una sacudida arrancó a Grahim de las plumas. Su pierna resbaló y el resto del cuerpo quedó suspendido en el vacío. Quercus alcanzó a agarrarlo por la túnica mientras apretaba a Ramia contra su pecho. Un latigazo de luz verde les cruzó el rostro y, ante Deralya, una raíz luminosa surgió de la oscuridad y cerró el paso.

La verdiplumas giró sobre sí misma para esquivarla. Una de sus alas rozó una trenza de energía y la herida derramó un fulgor verdoso entre las plumas. Deralya lanzó un chillido que el portal devoró de inmediato.

Quercus encajó las piernas alrededor de su lomo. Había perdido cualquier punto de apoyo y sus brazos comenzaban a ceder, pero continuó sosteniendo a sus compañeros mientras la corriente trataba de separarlos. Grahim consiguió recuperar una pluma. Ramia seguía inmóvil. Solo sus ojos revelaban que comprendía cuánto faltaba para que las fuerzas de Quercus se agotaran.

La grieta comenzó a cerrarse antes de que alcanzaran la salida. Las ramas del umbral se estrecharon alrededor de Deralya y arañaron sus alas. Ella reunió el último impulso, batió con violencia y atravesó la abertura un instante antes de que el portal los encerrase en su interior.

La Jungla Esmeralda apareció bajo ellos a más de diez metros de distancia. Deralya salió despedida sobre el dosel y tuvo que desplegar las alas heridas para frenar la caída. Esquivó una ceiba, quebró una liana y pasó entre dos ficus milenarios mientras las ramas golpeaban a los viajeros y trataban de arrancarlos de su lomo.

El aire olía a humedad, raíces y flores que todavía no habían despertado. Deralya descendió con dificultad, extendió las garras y golpeó el suelo con fuerza suficiente para abrir cuatro surcos en el musgo.

Habían caído en una concavidad perfecta entre los árboles. Los helechos crecían inclinados hacia el exterior y las raíces formaban un círculo alrededor de un suelo cubierto de musgo. No había huellas ni señales de animales. Cada planta parecía orientada hacia el centro, aguardando aquello que acababa de llegar.

Durante unos segundos, solo se escucharon sus respiraciones. El eco del portal se extinguió y dejó tras de sí un silencio húmedo, cargado de savia. Deralya plegó las alas con lentitud. Un temblor le recorrió el lomo exhausto, y la verdiplumas terminó por inclinar la cabeza hasta apoyar el pico sobre la tierra.

Quercus fue el primero en moverse. Descendió con un salto torpe y las piernas le fallaron al tocar el suelo, pero consiguió mantenerse erguido. Después alzó a Ramia entre sus brazos y la depositó con cuidado sobre el musgo. Las hojas se apartaron de su cuerpo y varias raíces se hundieron para ofrecerle un lecho liso. La vegetación no reaccionaba ante ellos con alarma. Los había reconocido.

Ramia permaneció rígida sobre la tierra, incapaz de hablar o mover las extremidades. Su mirada siguió el desplazamiento de las raíces y, por primera vez desde que Karkaddan la paralizara, el miedo que oscurecía sus ojos cedió un poco. La vara floral emitió un débil pulso junto a su mano y volvió a quedar inmóvil.

Grahim cayó del lomo de Deralya un instante después. Rodó hasta quedar boca abajo y se aferró al suelo con ambas manos, asegurándose de que la tierra no fuera a desaparecer de nuevo.

—He vivido… —murmuró contra el musgo.

Le faltó el aliento para rematar la frase. Por primera vez, no hubo chiste, burla ni protesta. Grahim se limitó a respirar mientras su cuerpo decidía si aquel temblor pertenecía al alivio o al agotamiento.

Entonces, sin advertencia, aparecieron ellas.

Los helechos del lindero se abrieron al mismo tiempo. De la espesura emergieron tres mujeres fauno, envueltas en corteza flexible, pétalos marchitos y lianas trenzadas. El barro rojo dibujaba signos sobre sus mejillas y de sus cuellos pendían collares de hueso y semillas que apenas sonaban al caminar. Sus rostros mostraban una edad difícil de calcular, curtidos por una sabiduría que parecía anterior a ellas.

Quercus inclinó la cabeza al reconocerlas.

—Las Portadoras de la Savia…

Pentandra había sentido la apertura del paso natural en cuanto Ramia desgarró la distancia entre ambos lugares. Su llamada se había extendido bajo la tierra, de raíz en raíz, hasta alcanzar a las tres mujeres fauno y conducirlas hacia el claro. Habían acudido para recibir a quienes la Jungla Esmeralda había permitido entrar y auxiliar a los heridos.

El pueblo fauno confiaba a aquella antigua hermandad la llegada de los recién nacidos, el tránsito de los moribundos y las dolencias que hundían sus raíces más allá del cuerpo. Las Portadoras vivían cerca de Pentandra y respondían a sus llamadas cuando la vida de una criatura corría peligro.

Las tres se aproximaron sin pronunciar palabra. Un aroma intenso a flor madura, fruta fermentada y tierra mojada avanzó con ellas. Los trazos rojizos de sus rostros comenzaron a oscurecerse cuando alcanzaron el cuerpo inmóvil de Ramia.

Una de ellas se arrodilló y apoyó la palma sobre su pecho. Después la deslizó hasta el vientre y mantuvo allí los dedos, atenta a un pulso que nadie más podía percibir. La flor que llevaba detrás de la oreja cerró los pétalos y perdió el color hasta adquirir un tono ceniciento.

Las otras dos atendieron a Grahim y Deralya. Una hizo girar al impromago y sopló sobre sus labios un polvo dorado que le despejó la respiración y calmó las náuseas del viaje. La tercera examinó el ala herida de la verdiplumas. Extendió savia sobre las plumas desgarradas y el fulgor que brotaba de la herida fue apagándose, aunque Deralya no dejó de temblar.

La Portadora que examinaba a Ramia levantó la mirada.

—Esta inmovilidad no ha nacido en su cuerpo —dijo con una voz áspera y serena—. Una voluntad ajena ha cerrado los caminos que unen su pensamiento con la carne.

—Karkaddan —respondió Quercus—. El consorte de Kárida, la Dama Negra. Él la dejó así.

La revelación alteró a las tres. Los signos de barro rojo adquirieron sobre sus mejillas el color oscuro de la sangre seca.

—Su poder es antiguo —continuó la Portadora—. Le ha impuesto la quietud de la piedra. Podemos recordar a su cuerpo que nació para moverse, pero tendrá que soportar el regreso.

Las otras dos abandonaron sus tareas y se reunieron alrededor de Ramia. La primera mezcló barro y savia en la palma de su mano y trazó cuatro líneas sobre la guardabosques: una ascendió desde el pecho hasta la garganta; las otras descendieron por sus brazos y se dividieron al alcanzar las muñecas. La segunda sostuvo la cabeza de Ramia. La tercera hundió los dedos en el musgo.

Del suelo brotaron raíces tan finas como cabellos. Se enroscaron alrededor de los tobillos y los antebrazos de Ramia y buscaron los puntos donde la parálisis se había aferrado con mayor fuerza. Entonces las Portadoras comenzaron a cantar. Sus voces eran bajas y desiguales, pero compartían un mismo pulso, profundo y constante.

La primera nota estremeció la respiración de Ramia. Con la segunda, uno de sus dedos se contrajo. La tercera le devolvió una punzada de dolor a las piernas. Las raíces transmitían el ritmo de la canción hacia el interior de su cuerpo, obligando a los músculos a despertar después de tantos días sometidos a la voluntad de Karkaddan.

Ramia apretó los dientes. Una lágrima resbaló hacia su sien, aunque sus ojos permanecieron abiertos. Cada porción de movimiento regresaba acompañada de un ardor insoportable. El pecho se le alzó de pronto y una bocanada de aire irrumpió en sus pulmones.

Quercus avanzó al verla arquearse, pero una de las Portadoras levantó la mano y lo detuvo. El fauno obedeció. Cerró los puños y permaneció a pocos pasos de ella, obligado a contemplar una batalla en la que su fuerza no podía intervenir.

La canción cesó. Ramia tosió varias veces y trató de mover los labios. La voz tardó en obedecerla.

—Deralya…

La verdiplumas abrió los ojos al escuchar su nombre y emitió un gorjeo débil.

—Está viva —le aseguró Quercus—. Todos lo estamos.

Ramia intentó levantar un brazo. Apenas consiguió separarlo unos centímetros del musgo antes de que comenzara a temblarle. La Portadora retiró las raíces y limpió con el pulgar la línea de savia que atravesaba su garganta.

—Hemos aflojado las ataduras —explicó—. La magia de Karkaddan todavía permanece dentro de ella. Si forzamos la cura, su cuerpo podría quebrarse antes que el hechizo.

—¿Podrá caminar? —preguntó Grahim mientras se incorporaba con dificultad.

—Podrá hacerlo con ayuda. Cada paso tendrá que conquistarlo.

Entre las tres sentaron a Ramia. El cambio de postura le arrancó un gemido y le devolvió la sensibilidad con una oleada de alfileres ardientes. Quercus se colocó a su lado y le ofreció el brazo.

—No hace falta correr. No hay prisa —dijo.

Ramia cerró la mano alrededor de su antebrazo. Aquel gesto mínimo agotó buena parte de sus fuerzas, pero consiguió sostenerlo.

—Sí tenemos —respondió con un hilo de voz—. Ayúdame a levantarme.

Quercus la alzó despacio. Las piernas de Ramia cedieron al recibir su peso y Grahim tuvo que sujetarla por el otro costado. Ella respiró hondo, esperó a que el temblor disminuyera y volvió a intentarlo. Esta vez permaneció erguida.

Una de las Portadoras giró la cabeza hacia el noroeste. En aquella dirección, las raíces surgían de la tierra y se elevaban entre las sombras. Sus compañeras repitieron el gesto.

Quercus comprendió la llamada.

—Pentandra nos llama.

Ramia adelantó un pie. El primer paso le arrancó un gesto de dolor; el segundo resultó algo más firme. Al dar el tercero, comprendió que Karkaddan todavía habitaba en sus músculos, pero ya no gobernaba por completo su cuerpo.

Las Portadoras de la Savia emprendieron la marcha. Quercus sostuvo a Ramia por un costado y Grahim se mantuvo cerca del otro, preparado para sujetarla cuando las piernas volvieran a fallarle. Ella aceptó aquella ayuda con una condición: ninguno de los dos debía cargar con su peso mientras pudiera avanzar por sí misma.

Deralya cerraba el grupo. Caminaba con el ala herida plegada contra el cuerpo y hundía las garras con cautela en la tierra blanda. El ungüento de savia había apagado el fulgor de la herida, pero algunas plumas todavía se estremecían cada vez que una rama rozaba su costado.

El trayecto obligó a Ramia a conquistar muchos más de aquellos primeros pasos. En algunos, la pierna se le endurecía y el hechizo de Karkaddan volvía a tensarse dentro de sus músculos. Entonces se detenía, respiraba hasta dominar el dolor y obligaba al pie a avanzar. Las Portadoras nunca redujeron el ritmo para esperarla. Tampoco se alejaron. Parecían conocer con exactitud la distancia que Ramia era capaz de recorrer sin rendirse.

A medida que se adentraban en la Jungla Esmeralda, los árboles crecían más juntos y sus copas ocultaban el cielo. Las Portadoras avanzaban sin necesidad de buscar un sendero. Apartaban una hoja, rozaban una raíz o apoyaban la palma sobre un tronco, y la espesura les concedía el espacio suficiente para pasar. Tras ellos, las plantas regresaban a su posición y cerraban cualquier huella de su recorrido.

Grahim contempló una liana que se elevaba para dejarlo pasar.

—He dedicado años a estudiar la magia de los bosques —murmuró—. Nunca había sentido que uno de ellos me estudiara a mí.

—Pentandra recuerda cuanto alcanza con sus raíces —respondió Quercus—. Y sus raíces alcanzan muy lejos.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

La respuesta arrancó a Grahim una sonrisa cansada. Ramia también la escuchó, aunque tuvo que concentrar sus fuerzas en el siguiente paso. Aquel breve intercambio le permitió avanzar sin pensar en el dolor que ascendía desde sus tobillos.

Pronto comenzó a percibirse una presencia distinta entre la vegetación. Pequeñas aves saltaban de rama en rama sobre el grupo. Insectos de alas brillantes se detenían en los troncos a su paso, y varios animales diminutos asomaban el hocico entre las raíces antes de desaparecer en la espesura. Sus movimientos parecían dispersos, pero todos se adelantaban en la misma dirección.

Llevaban noticias.

Las Portadoras se detuvieron ante un muro de raíces entrelazadas. La mayor apoyó las dos manos sobre ellas y el entramado se abrió con lentitud. Al otro lado se extendía un claro recogido, protegido bajo una bóveda de ramas tan espesa que la luz descendía teñida de verde.

Pentandra se alzaba en el centro.

El árbol primigenio superaba en altura a cuantos lo rodeaban. Su tronco necesitaba decenas de brazos para ser rodeado y la corteza negra estaba surcada por vetas rojizas que ascendían hasta perderse entre las ramas. De su copa pendían flores de numerosos colores: algunas rojas y abiertas, otras amarillas y encogidas sobre sí mismas; también había unas pocas tan oscuras que apenas podían distinguirse entre las hojas.

Cada una había nacido de una confidencia entregada a Vandrell. Pentandra se alimentaba de cuanto los habitantes de la Jungla se atrevían a contar y conservaba sus secretos convertidos en flores.

Las Portadoras inclinaron la cabeza. Su cometido terminaba ante las raíces del árbol primigenio. Una de ellas ayudó a Ramia a mantener el equilibrio mientras las otras comprobaban que Deralya pudiera sostenerse sin dificultad. Después retrocedieron y se internaron en la espesura. Los collares de semillas dejaron de sonar mucho antes de que sus figuras desaparecieran.

Durante unos instantes, nadie se movió.

Las pequeñas criaturas que los habían acompañado fueron reuniéndose alrededor del claro. Un pájaro se posó sobre una de las raíces; dos roedores se asomaron entre el musgo y una mariposa de alas transparentes quedó suspendida frente a la hendidura que recorría la base de Pentandra.

Entonces la corteza se abrió.

De aquella profundidad emergió una figura alta, encarnada en madera viva. Su cuerpo tenía la forma retorcida de un tronco antiguo, aunque de sus hombros brotaban ramas jóvenes cargadas de hojas. El musgo cubría parte de su rostro y en el centro brillaban dos ojos de ámbar. Cada movimiento hacía crujir su corteza y liberaba un aroma a lluvia reciente.

Era Vandrell, el Espíritu Protector de los faunos, el Espíritu Arbóreo que habitaba en Pentandra y guardaba los secretos de la Jungla Esmeralda.

Vandrell inclinó la cabeza hacia las criaturas congregadas. Escuchó sus gorjeos, chillidos y roces con una atención absoluta. Uno tras otro, los animales le entregaron cuanto habían visto desde la apertura del paso natural. Cuando el último pájaro terminó su canto, el Espíritu clavó sus ojos en los recién llegados.

—Pentandra sintió vuestra llegada antes de que tocarais su tierra —dijo—. Las raíces me hablaron del umbral. Las Portadoras, del veneno antiguo que sometía este cuerpo. Los animales me han contado el resto.

Su mirada se detuvo en cada uno de ellos.

—Ramia, la guardabosques que abrió un sendero vivo con un solo dedo. Grahim, el impromago Natura que enseña entre los muros de una torre. Quercus, Pezuña de Roble, que ha regresado sosteniendo las vidas que se negaba a abandonar. Y Deralya, cuyas alas continuaron batiendo cuando la magia trató de quebrarlas.

La verdiplumas bajó la cabeza al escuchar su nombre.

—Cuatro llegasteis —continuó Vandrell— y ninguno ha pasado inadvertido. La Jungla ya me ha contado lo que habéis sufrido. Ahora quiero conocer aquello que ella no puede descubrir por vosotros: qué buscáis y qué verdad habéis traído hasta Pentandra.

Ramia soltó el brazo de Quercus. Las piernas le temblaron, pero consiguió permanecer erguida frente al Espíritu.

—Nadie nos envió —respondió. Su voz todavía era débil y cada palabra le exigía aire—. Huíamos de Karkaddan. Abrí el paso porque este era el único lugar al que podía conducirnos.

Vandrell aguardó. El silencio se prolongó hasta que Ramia comprendió que aquella explicación no bastaba.

—Pentandra nos ha salvado —añadió—. Sin embargo, una parte del hechizo continúa dentro de mí. Temo que Karkaddan pueda cerrarme el cuerpo otra vez y que, la próxima vez, no quede ningún dedo capaz de obedecerme.

En algún lugar de la copa se escuchó el chasquido de una rama. Un capullo nuevo brotó entre las hojas y comenzó a abrirse.

Vandrell alzó la vista hacia él.

—Ahora sí has respondido. Una verdad entregada conserva más valor que una deuda pronunciada con solemnidad. Pentandra recordará la tuya.

Después dirigió su atención hacia Grahim.

El impromago se irguió cuanto le permitieron las fuerzas.

—Mi nombre es Grahim. Soy impromago de la casta Natura y profesor en la Torre Arkhana e impromago por convicción y, en ocasiones, también por defecto.

Los ojos de ámbar se estrecharon ligeramente. Grahim sospechó que aquello era lo más parecido a una sonrisa que iba a recibir.

—No tengo un mandato del Archimago —continuó— y no puedo comprometer a la Torre en su nombre. Puedo llevar hasta Kórux cuanto averigüe aquí, ofrecer mi testimonio y defender ante él la necesidad de actuar. Si eso os sirve, la Torre no permanecerá ignorante por mi silencio.

—Una voz no adquiere autoridad porque sea la única presente —señaló Vandrell.

—Lo sé.

—Entonces conservaré esa diferencia junto a tus palabras. Los secretos pierden su utilidad cuando alguien los adorna para hacerlos más importantes.

Grahim asintió.

—En ese caso, nos entenderemos bastante bien.

Por último, Vandrell miró a Quercus. El fauno separó los pies, enderezó la espalda y sostuvo su mirada. El Espíritu no le preguntó quién era ni a quién servía. Édera lo había escogido para representarla ante la Dama Blanca en la Aguja de Nácar. Quercus había ocupado aquel lugar sin apartar la atención de los peligros que amenazaban el equilibrio faérico. Su lealtad ya había sido puesta a prueba lejos de la Jungla.

—A ti te conocemos —dijo Vandrell—. Pentandra recuerda el día en que Édera confió su voz a Pezuña de Roble y lo envió más allá de sus raíces. También sabe que has regresado.

Quercus inclinó la cabeza.

—Sigo siendo leal a mi pueblo.

—La lealtad debe permanecer despierta para conservar su valor. Pronto tendrás ocasión de demostrarlo.

Una rama se inclinó sobre Vandrell. El Espíritu alzó la mano y permitió que una hoja se apoyara en sus dedos. Su expresión se endureció al recibir el mensaje que circulaba por ella.

—Édera os espera en la Raíz Serena. La Dama Esmeralda tolera mal que las respuestas tarden en llegar y detesta aún más sospechar que alguien pretende administrárselas. Conviene que no le ofrezcamos ninguna de las dos cosas.

Vandrell extendió los brazos. De sus dedos brotaron lianas delgadas que se deslizaron por el aire y formaron un círculo alrededor de Ramia, Grahim, Quercus y Deralya. La verdiplumas agitó las alas con inquietud. Quercus apoyó una mano sobre su cuello para tranquilizarla.

El Espíritu entonó un canto grave e irregular. Cada nota se transmitió a Pentandra y descendió por su tronco hasta alcanzar las raíces. El suelo cedió bajo los viajeros, aunque ninguno llegó a caer. Una envoltura de corteza y hojas se cerró alrededor de ellos, los condujo por la red viva del árbol primigenio y volvió a abrirse apenas un latido después.

Los cuatro aparecieron juntos en el corazón del territorio fauno. El barro del camino continuaba adherido a sus pies y el temblor de Ramia no había desaparecido: Vandrell los había trasladado físicamente a través de las raíces de Pentandra.

Ante ellos se alzaba la Raíz Serena.


256 – SIGUIENDO LAS REGLAS AL PIE DE LA LETRA

Personajes que aparecen en este relato

SIGUIENDO LAS REGLAS AL PIE DE LA LETRA

Sámara corría sin aliento. El dolor le trepaba por las piernas. Tropezaba, recuperaba el equilibrio y seguía adelante, empujada por las risas que sonaban cada vez más cerca. Si caía, la alcanzarían. A su paso, las raíces y las ramas que tantas veces habían protegido al clan permanecían inmóviles. El Bosque Perdido de la Desconexión la estaba dejando sola.

Aquel bosque había sido su hogar, su refugio y la cuna de las historias del clan. Pero desde el despertar del Inframundo, ya no todo el bosque era suyo. Había zonas donde la magia zíngara no penetraba, donde los árboles élficos —seres ancestrales transformados en árboles, cuya esencia alimentaba el poder oscuro de los zíngaros— habían muerto o desaparecido. Eran heridas abiertas en el corazón del bosque, lugares en los que los zíngaros ya no entraban sin miedo.

Y Sámara acababa de cruzar uno de esos lugares.

La quietud entre los troncos resultaba antinatural. El canto de las aves había cesado y las hojas permanecían rígidas, ajenas al viento. Solo quedaban la bruma pegajosa y el eco de unas risas nacidas de algo profundo y miserable.

Eran pocos, pero bastaban. Bandidos sin patria ni memoria. El Orbe de la Confusión los había arrancado de cuevas, mazmorras y rincones olvidados de Calamburia y del Inframundo para arrojarlos en mitad del bosque, lejos de cuanto conocían. Llevaban demasiado tiempo desorientados y hambrientos. Poco a poco, el miedo había consumido los últimos restos de humanidad que conservaban. Sus miradas vidriosas, los labios entreabiertos y las manos extendidas revelaban sus intenciones. Corrían tras ella empujados por un ansia ciega, sin órdenes ni conciencia.

Uno de ellos se lanzó sobre ella. Sámara se zafó con un giro torpe y alcanzó la vara de sonajas que llevaba sujeta al cinturón. Logró sacarla, pero tropezó antes de afianzarla entre los dedos. La vara cayó y rebotó pendiente abajo. Sámara perdió el equilibrio, cayó de lado y rodó tras ella hasta un claro donde no crecía nada.

La tierra estaba húmeda y caliente. Entre las piedras dispersas se filtraba un intenso olor a azufre.

Y allí estaba él.

Una figura alta, erguida sobre una roca baja, envuelta en una jopula oscura que ondeaba sin viento. Dos cuernos curvos sobresalían de su frente y sus ojos, rojos y encendidos, seguían cada movimiento de la joven. Una sonrisa cruel tensaba sus labios. A su alrededor, los bandidos se detenían… y esperaban. Aguardaban su permiso.

Sámara se arrastró hacia atrás con la respiración entrecortada y buscó la vara de sonajas. Estaba allí, a un par de metros, medio hundida en la tierra.

Uno de los hombres descendió hasta el claro. Los demás lo siguieron. Sámara intentó levantarse, pero una punzada le atravesó el tobillo y volvió a caer. El primero la alcanzó y le agarró la falda. Otro se inclinó sobre ella con las manos extendidas.

Sámara comprendió lo que pretendían.

Un grito le desgarró la garganta y atravesó el claro con la fuerza de las voces que acompañaban los funerales, los nacimientos y las danzas de defensa del clan.

Clavó los dedos en la tierra y se impulsó hacia la vara. La alcanzó cuando una mano ya se cerraba sobre su tobillo. Aferró el mango y la sacudió con todas sus fuerzas.

Las sonajas metálicas rompieron la quietud con un golpe seco.

El eco metálico se extendió por el claro y se perdió entre los árboles. Sámara sintió una punzada junto al ojo izquierdo. Un ardor repentino le recorrió la sien.

La marca arcana —el sello de quienes nacían con el don de la magia— se iluminó sobre su piel. Aquella señal había crecido con ella, distinguiéndola de los demás zíngaros. Los del clan del Cuervo se habían encargado de convertir esa diferencia en motivo de burla y desprecio. Sámara había aprendido a odiarla, aunque también le recordaba que los suyos habían luchado para que nadie pudiera apartarla de ellos.

Una luz blanca recorrió las líneas de la marca y ascendió hacia la frente. Aquel resplandor no pertenecía a la magia oscura de los zíngaros.

Por primera vez, la marca actuó por su cuenta.

Las sonajas temblaron dentro de su puño, aunque Sámara ya había dejado de moverlas. El aire se volvió denso a su alrededor. Los bandidos retrocedieron, desconcertados, mientras la energía crecía dentro de ella hasta resultar insoportable.

Y entonces, su poder se desató.

La tierra se sacudió. Una onda de energía barrió el claro. Los cuerpos salieron despedidos antes de poder gritar. Sámara sintió que la vara escapaba de sus dedos. La luz desapareció de golpe y el mundo se apagó con ella.

Todos perdieron el sentido. Incluida la joven zíngara.

—Vaya, por fin —dijo una voz desde un extremo del claro.

Apoyado contra el tronco de un árbol oscuro, Barastyr la observaba con los brazos cruzados y las manos ocultas en las anchas mangas de su túnica. El brocado negro y granate formaba dibujos intrincados sobre la tela, y una gruesa banda de pelo negro le cruzaba el pecho. La oscuridad que cubría su ojo derecho endurecía aún más sus facciones, enmarcadas por una barba corta y canosa.

Caminó hacia la figura de la roca con pasos firmes. El ser cornudo no se movió. Su sonrisa permaneció intacta.

—Compórtate, Áxbalor —dijo Barastyr, con voz grave—. No estás en tu báculo.

El demonio ladeó la cabeza, divertido.

—Solo la estaba ayudando a recordar quién es.

Barastyr soltó un leve resoplido de desaprobación y dirigió la mirada hacia Sámara.

Ella estaba en el suelo. Inconsciente. La vara de sonajas había quedado junto a su mano y la marca aún despedía débiles destellos.

Barastyr la miró largo rato. Cuando se acercó a ella, su rostro adquirió una expresión serena, casi paternal. Se inclinó y le ofreció la mano.

—Vamos, joven zíngara —dijo con un susurro grave—. Tu madre te espera en casa.

Las palabras penetraron poco a poco en su aturdimiento. Sámara abrió los ojos sin comprender qué había sucedido. Al reconocer al consejero, aceptó su mano, se incorporó con dificultad y echó a andar junto a él.

El sendero se estrechaba entre troncos nudosos y raíces que parecían emerger para poner a prueba cada paso. Barastyr avanzaba en silencio, sin mirar atrás. Sámara lo seguía con la vara de sonajas apretada contra el pecho, todavía aturdida y sin atreverse a hacer preguntas.

Había sacudido la vara con la esperanza de que el bosque acudiera a su llamada, pero este no había respondido. Algo había sofocado la magia de aquel lugar. Los hombres, mientras tanto, parecían dominados por una violencia y un deseo enfermizos, despojados de cualquier límite. Sámara había comprendido entonces que no podía defenderse.

Sin embargo, algo distinto había despertado bajo su piel. El ardor persistía junto al ojo izquierdo, en la marca que su madre se había esforzado por ocultar desde su nacimiento. Aquel poder había brotado sin pedirle permiso.

Desde que le arrebató a un mago el libro titulado Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, escrito por Ailfrid, practicaba a escondidas cada uno de sus hechizos. Ninguno había respondido. Con el tiempo, había llegado a creer que su don solo podía manifestarse a través de la magia zíngara.

Lo sucedido en el claro acababa de demostrarle que estaba equivocada.

Aquella descarga no pertenecía a la magia zíngara. Sámara reconoció en ella algo que había leído una y otra vez en el tratado de Ailfrid, aunque hasta entonces nunca hubiera comprendido sus palabras.

«A veces, la polimorfosis no elige cuerpo, sino impulso. No crea figura, sino intención. Cuando la voluntad no sabe qué ser… se convierte en lo que necesita ser. Y eso —aunque no tenga forma— sigue siendo magia viva».

—Ailfrid, Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, capítulo VI.

En el claro, su miedo había respondido antes que ella. Se había convertido en una fuerza capaz de apartar cuanto trataba de someterla.

Cuando el bosque empezó a despejarse, Sámara reconoció el lugar antes de alcanzar a verlo. El olor de los braseros y el tintineo de las cuentas rituales llegaban hasta el sendero. El poblado zíngaro surgía entre los árboles: tiendas bajas de tela teñida con colores vibrantes, braseros encendidos con fuego azul, tótems de hueso y cuentas, círculos rituales trazados en la tierra que nadie debía cruzar sin permiso. Era su hogar, el lugar donde había nacido.

Los zíngaros que custodiaban la entrada no se acercaron. Vieron a Barastyr y se hicieron a un lado. Uno de ellos entonó algo en voz baja —una frase ritual, una bienvenida o quizás una advertencia— y luego se alejó sin dar la espalda.

Una expectación solemne cubría el campamento. Nadie se cruzó en su camino, pero las miradas los siguieron desde las tiendas y los braseros. Sámara sintió que todos esperaban algo.

Y entonces la vio.

De pie junto al fuego central, con la espalda recta y los ojos firmes, estaba Kálima, su madre.

Las llamas iluminaban sus facciones. Llevaba la pandereta apoyada contra la cadera y el cabello oscuro le caía suelto por la espalda. Al ver a su hija cubierta de tierra, algo vaciló en sus ojos, aunque su cuerpo permaneció inmóvil.

Sámara se detuvo un instante y luego corrió hacia ella. La vara de sonajas pendía de una mano; tendió la otra hacia su madre, buscando el refugio que había imaginado durante todo el camino.

Pero Kálima no la abrazó.

Durante un segundo pareció dispuesta a hacerlo. Entonces miró a la figura que aguardaba tras ella y retrocedió.

Amunet, emperatriz de los Dos Mundos, contemplaba la escena en silencio. La antigua corona de los reyes de Ámbar ceñía su cabeza. Mantenía una mano a la espalda y con la otra sostenía su báculo, en cuya punta se agitaba una luz rojiza.

Sámara quedó inclinada hacia su madre, con la mano todavía extendida y los ojos húmedos. El gesto de Kálima le dolió más que la caída en el bosque.

Arnaldo apareció a su lado.

Su hermano, siempre serio, la rodeó con los brazos antes de que pudiera reaccionar. No dijo nada. La sostuvo con fuerza y Sámara escondió el rostro en su hombro. Al fin se permitió temblar.

A su alrededor, nadie se movió. Todos sabían que el trato estaba a punto de cerrarse.

El fuego central crepitaba, y su luz alargaba sobre la tierra las sombras de los zíngaros reunidos.

Amunet permanecía erguida bajo la noche. Cada vez quedaba menos en ella de la niña que un día había alzado la voz para proclamarse emperatriz del Inframundo.

Dentro de ella, Nexara, señora de la intromisión, extendió sus sentidos. Gracias al poder de la súcuba, Amunet podía deslizarse en una mente ajena sin pronunciar una sola palabra. Cerró los ojos y buscó la conciencia de Áxbalor.

—¿Áxbalor? —lo llamó desde el pensamiento—. ¿Sigues ahí?

Una risa leve, casi perezosa, respondió en su mente.

—Siempre estoy, mi reina. Observaba cómo cada pieza ocupaba su lugar.

—No te demores en llegar. El plan ha funcionado.

—Lo sé. Barastyr ha silenciado el bosque y yo he avivado la violencia y el deseo de esos hombres. El miedo ha despertado la marca, tal y como esperábamos. Los zíngaros creen que Barastyr ha salvado a la muchacha y la deuda ya empieza a pesar sobre ellos. Sámara puede ser la llave que necesitamos.

—¿Y los suyos?

—Han visto exactamente lo que queríamos que vieran. Nadie desconfía del héroe que aparece en el último instante. Y menos si es el bueno de Barastyr. El engaño ha sido perfecto.

Amunet asintió una sola vez. Nexara retiró sus sentidos y las voces desaparecieron de su cabeza. Cuando abrió los ojos, el poblado continuaba expectante.

Kálima fue la primera en moverse. Mantuvo el mentón alto, aunque su mirada se detuvo un instante en Sámara, que aún permanecía entre los brazos de Arnaldo.

—Gracias, consejero —dijo, mirando a Barastyr—. Habéis salvado a mi hija. Como matriarca, os aseguro que el pueblo zíngaro no olvidará lo que habéis hecho.

Barastyr inclinó la cabeza, y su sonrisa no dejaba claro si era cortesía o sentencia.

—No hay nada que agradecer, matriarca. Solo soy un pobre consejero que pasaba por ahí. Apenas hice nada. Vuestra hija ha demostrado ser muy valiente… y poseer un talento poco común para la magia. —Entonces bajó la voz hasta casi un susurro, lo justo para que solo Kálima pudiera oírlo—. Una suerte que no hayáis tenido que entregarla a la Torre… todavía.

Amunet no intervino. Observaba. Medía. Calculaba.

Los dedos de Kálima se cerraron alrededor del mango de su pandereta. Durante años había mantenido a Sámara lejos de la Torre Arkhana, pero aquella amenaza nunca había desaparecido. Alzó el mentón y sostuvo la mirada del consejero.

—Mi hija responderá como pedís. Si su marca puede serviros, Sámara cumplirá con su deber. No hay deuda que un zíngaro no pague.

—¡Pero madre…! —Sámara se apartó de Arnaldo y se atrevió a intervenir—. Yo no quiero irme. No otra vez.

Barastyr entornó los ojos.

—Qué honorables sois cuando os conviene, matriarca.

Kálima lo ignoró. Se giró hacia Amunet con la dignidad intacta.

—Mi hijo ya ha demostrado su valía. En el Bastión Colby sostuvo el foco arcano que permitió vuestro traslado. Entregamos el Zafiro Vincular, una reliquia de nuestros ancestros, y no dudamos en ponerlo al servicio de vuestra causa.

Arnaldo dio un paso al frente.

—Para mí fue un honor servir como salvoconducto a la emperatriz. Mi hermana cumplirá ahora con su deber. Somos hijos del Cuervo. Caminamos entre las sombras y ponemos nuestro poder al servicio de vuestra causa. Como futuro patriarca, os aseguro que nuestro pueblo no os fallará. Ya logramos que el rey Rodrigo revelara quién estaba detrás de todo: la directora Minerva.

Sámara aún sentía en los hombros la fuerza con la que Arnaldo la había abrazado. Escucharlo decidir por ella le dolió más de lo que esperaba.

—¡Hermano, por favor…! —protestó Sámara—. Yo no soy como tú. No estoy preparada. No sé qué hacer con esto que me pasa.

Arnaldo la miró con firmeza.

—Tienes que ser valiente. La emperatriz sabrá valorar tu gesto.

Kálima se acercó a Sámara.

—Mi hijo ha sido fiel a la causa. Mi hija lo será también. Cumpliremos cuanto se nos pida. Los zíngaros no olvidan… ni incumplen su palabra.

Amunet se volvió hacia Kálima y asintió con lentitud, complacida.

—Entonces está decidido. Sámara vendrá conmigo. Su marca será la llave que nos permita entrar en la Torre y encontrar a esa metomentodo de Minerva.

Barastyr dejó escapar una risa breve.

—En ese caso, yo mismo os guiaré. —Se acomodó las mangas con gesto teatral—. Dicen que nadie conoce la Torre como los eruditos de antaño. Yo me limito a conocer sus trampas. Recorrí los sótanos de Skuchaín y caminé junto a Érebos cuando su nombre todavía no inspiraba miedo. —Hizo una pausa y ladeó la sonrisa—. Me seduce la idea de volver a ver aquellos pasillos.

Amunet esperó a que Barastyr terminara. Después, volvió a mirar a Kálima.

—Tu hijo también vendrá con nosotros. Ese muchacho —añadió, posando sobre Arnaldo una mirada cargada de malicia— tiene que aprender lo que significa ser patriarca.