Personajes que aparecen en este relato

PENTANDRA RECUERDA
Pocas cosas en el mundo se abren con tanta violencia como lo vivo que se niega a morir.
El conjuro nació imperfecto, sacudido por la urgencia. Ramia continuaba prisionera de la parálisis que Karkaddan había hundido en su cuerpo, pero un dedo todavía le obedecía. Lo alzó con un esfuerzo que le encendió de dolor hasta los párpados. Aquel movimiento mínimo bastó para despertar la vara floral, que vibró junto a ella. El aire sobre el claro se contrajo, apareció una fisura y el mundo terminó por rasgarse.
Los portales de Skuchaín nacían de círculos precisos y geometrías trazadas con magia. El que Ramia acababa de invocar tenía otro origen: respondía a un conocimiento ancestral de los guardabosques, ligado a las fuerzas vivas. Ante ellos se desgarró una boca de savia y viento, cercada por ramas que crecían, se entrelazaban y volvían a quebrarse. En su interior palpitaban nervaduras de luz verde. Ramia había aprendido a abrir aquellos pasos, aunque jamás lo había intentado con tan poco dominio sobre su propio cuerpo.
Deralya, la verdiplumas de Quercus, no esperó ninguna orden. Batió las alas, ganó altura y se lanzó hacia la grieta antes de que el esfuerzo agotara a Ramia y el portal se cerrase.
Los tres viajeros se aferraban a su lomo en un equilibrio precario. Ramia permanecía tendida entre las plumas, rígida por el hechizo, con los ojos abiertos y conscientes. Grahim maldecía mientras trataba de sujetarse con la túnica hecha jirones. Detrás de ambos, Quercus los mantenía unidos: un brazo rodeaba el pecho de Ramia y el otro aprisionaba a Grahim contra el lomo de la verdiplumas. En plena tormenta mágica, su fuerza tenía la obstinación de una raíz aferrada a la tierra. Soltar a cualquiera de ellos nunca llegó a ser una posibilidad.
Deralya plegó las alas y los cuatro desaparecieron en la grieta.
El interior del portal natural era una corriente viva entre lugares que nunca deberían haberse tocado. Allí, la magia avanzaba sin caminos ni reglas reconocibles. El espacio se retorció alrededor de ellos antes de que pudieran tomar aire; siluetas de ramas sin tronco atravesaron la oscuridad y violentas corrientes los golpearon desde todas las direcciones. El peso pasó de sus cabezas a sus estómagos y regresó a sus huesos. Sus gritos quedaron ahogados por un zumbido profundo que parecía brotar del propio portal.
Una sacudida arrancó a Grahim de las plumas. Su pierna resbaló y el resto del cuerpo quedó suspendido en el vacío. Quercus alcanzó a agarrarlo por la túnica mientras apretaba a Ramia contra su pecho. Un latigazo de luz verde les cruzó el rostro y, ante Deralya, una raíz luminosa surgió de la oscuridad y cerró el paso.
La verdiplumas giró sobre sí misma para esquivarla. Una de sus alas rozó una trenza de energía y la herida derramó un fulgor verdoso entre las plumas. Deralya lanzó un chillido que el portal devoró de inmediato.
Quercus encajó las piernas alrededor de su lomo. Había perdido cualquier punto de apoyo y sus brazos comenzaban a ceder, pero continuó sosteniendo a sus compañeros mientras la corriente trataba de separarlos. Grahim consiguió recuperar una pluma. Ramia seguía inmóvil. Solo sus ojos revelaban que comprendía cuánto faltaba para que las fuerzas de Quercus se agotaran.
La grieta comenzó a cerrarse antes de que alcanzaran la salida. Las ramas del umbral se estrecharon alrededor de Deralya y arañaron sus alas. Ella reunió el último impulso, batió con violencia y atravesó la abertura un instante antes de que el portal los encerrase en su interior.
La Jungla Esmeralda apareció bajo ellos a más de diez metros de distancia. Deralya salió despedida sobre el dosel y tuvo que desplegar las alas heridas para frenar la caída. Esquivó una ceiba, quebró una liana y pasó entre dos ficus milenarios mientras las ramas golpeaban a los viajeros y trataban de arrancarlos de su lomo.
El aire olía a humedad, raíces y flores que todavía no habían despertado. Deralya descendió con dificultad, extendió las garras y golpeó el suelo con fuerza suficiente para abrir cuatro surcos en el musgo.
Habían caído en una concavidad perfecta entre los árboles. Los helechos crecían inclinados hacia el exterior y las raíces formaban un círculo alrededor de un suelo cubierto de musgo. No había huellas ni señales de animales. Cada planta parecía orientada hacia el centro, aguardando aquello que acababa de llegar.
Durante unos segundos, solo se escucharon sus respiraciones. El eco del portal se extinguió y dejó tras de sí un silencio húmedo, cargado de savia. Deralya plegó las alas con lentitud. Un temblor le recorrió el lomo exhausto, y la verdiplumas terminó por inclinar la cabeza hasta apoyar el pico sobre la tierra.
Quercus fue el primero en moverse. Descendió con un salto torpe y las piernas le fallaron al tocar el suelo, pero consiguió mantenerse erguido. Después alzó a Ramia entre sus brazos y la depositó con cuidado sobre el musgo. Las hojas se apartaron de su cuerpo y varias raíces se hundieron para ofrecerle un lecho liso. La vegetación no reaccionaba ante ellos con alarma. Los había reconocido.
Ramia permaneció rígida sobre la tierra, incapaz de hablar o mover las extremidades. Su mirada siguió el desplazamiento de las raíces y, por primera vez desde que Karkaddan la paralizara, el miedo que oscurecía sus ojos cedió un poco. La vara floral emitió un débil pulso junto a su mano y volvió a quedar inmóvil.
Grahim cayó del lomo de Deralya un instante después. Rodó hasta quedar boca abajo y se aferró al suelo con ambas manos, asegurándose de que la tierra no fuera a desaparecer de nuevo.
—He vivido… —murmuró contra el musgo.
Le faltó el aliento para rematar la frase. Por primera vez, no hubo chiste, burla ni protesta. Grahim se limitó a respirar mientras su cuerpo decidía si aquel temblor pertenecía al alivio o al agotamiento.
Entonces, sin advertencia, aparecieron ellas.
Los helechos del lindero se abrieron al mismo tiempo. De la espesura emergieron tres mujeres fauno, envueltas en corteza flexible, pétalos marchitos y lianas trenzadas. El barro rojo dibujaba signos sobre sus mejillas y de sus cuellos pendían collares de hueso y semillas que apenas sonaban al caminar. Sus rostros mostraban una edad difícil de calcular, curtidos por una sabiduría que parecía anterior a ellas.
Quercus inclinó la cabeza al reconocerlas.
—Las Portadoras de la Savia…
Pentandra había sentido la apertura del paso natural en cuanto Ramia desgarró la distancia entre ambos lugares. Su llamada se había extendido bajo la tierra, de raíz en raíz, hasta alcanzar a las tres mujeres fauno y conducirlas hacia el claro. Habían acudido para recibir a quienes la Jungla Esmeralda había permitido entrar y auxiliar a los heridos.
El pueblo fauno confiaba a aquella antigua hermandad la llegada de los recién nacidos, el tránsito de los moribundos y las dolencias que hundían sus raíces más allá del cuerpo. Las Portadoras vivían cerca de Pentandra y respondían a sus llamadas cuando la vida de una criatura corría peligro.
Las tres se aproximaron sin pronunciar palabra. Un aroma intenso a flor madura, fruta fermentada y tierra mojada avanzó con ellas. Los trazos rojizos de sus rostros comenzaron a oscurecerse cuando alcanzaron el cuerpo inmóvil de Ramia.
Una de ellas se arrodilló y apoyó la palma sobre su pecho. Después la deslizó hasta el vientre y mantuvo allí los dedos, atenta a un pulso que nadie más podía percibir. La flor que llevaba detrás de la oreja cerró los pétalos y perdió el color hasta adquirir un tono ceniciento.
Las otras dos atendieron a Grahim y Deralya. Una hizo girar al impromago y sopló sobre sus labios un polvo dorado que le despejó la respiración y calmó las náuseas del viaje. La tercera examinó el ala herida de la verdiplumas. Extendió savia sobre las plumas desgarradas y el fulgor que brotaba de la herida fue apagándose, aunque Deralya no dejó de temblar.
La Portadora que examinaba a Ramia levantó la mirada.
—Esta inmovilidad no ha nacido en su cuerpo —dijo con una voz áspera y serena—. Una voluntad ajena ha cerrado los caminos que unen su pensamiento con la carne.
—Karkaddan —respondió Quercus—. El consorte de Kárida, la Dama Negra. Él la dejó así.
La revelación alteró a las tres. Los signos de barro rojo adquirieron sobre sus mejillas el color oscuro de la sangre seca.
—Su poder es antiguo —continuó la Portadora—. Le ha impuesto la quietud de la piedra. Podemos recordar a su cuerpo que nació para moverse, pero tendrá que soportar el regreso.
Las otras dos abandonaron sus tareas y se reunieron alrededor de Ramia. La primera mezcló barro y savia en la palma de su mano y trazó cuatro líneas sobre la guardabosques: una ascendió desde el pecho hasta la garganta; las otras descendieron por sus brazos y se dividieron al alcanzar las muñecas. La segunda sostuvo la cabeza de Ramia. La tercera hundió los dedos en el musgo.
Del suelo brotaron raíces tan finas como cabellos. Se enroscaron alrededor de los tobillos y los antebrazos de Ramia y buscaron los puntos donde la parálisis se había aferrado con mayor fuerza. Entonces las Portadoras comenzaron a cantar. Sus voces eran bajas y desiguales, pero compartían un mismo pulso, profundo y constante.
La primera nota estremeció la respiración de Ramia. Con la segunda, uno de sus dedos se contrajo. La tercera le devolvió una punzada de dolor a las piernas. Las raíces transmitían el ritmo de la canción hacia el interior de su cuerpo, obligando a los músculos a despertar después de tantos días sometidos a la voluntad de Karkaddan.
Ramia apretó los dientes. Una lágrima resbaló hacia su sien, aunque sus ojos permanecieron abiertos. Cada porción de movimiento regresaba acompañada de un ardor insoportable. El pecho se le alzó de pronto y una bocanada de aire irrumpió en sus pulmones.
Quercus avanzó al verla arquearse, pero una de las Portadoras levantó la mano y lo detuvo. El fauno obedeció. Cerró los puños y permaneció a pocos pasos de ella, obligado a contemplar una batalla en la que su fuerza no podía intervenir.
La canción cesó. Ramia tosió varias veces y trató de mover los labios. La voz tardó en obedecerla.
—Deralya…
La verdiplumas abrió los ojos al escuchar su nombre y emitió un gorjeo débil.
—Está viva —le aseguró Quercus—. Todos lo estamos.
Ramia intentó levantar un brazo. Apenas consiguió separarlo unos centímetros del musgo antes de que comenzara a temblarle. La Portadora retiró las raíces y limpió con el pulgar la línea de savia que atravesaba su garganta.
—Hemos aflojado las ataduras —explicó—. La magia de Karkaddan todavía permanece dentro de ella. Si forzamos la cura, su cuerpo podría quebrarse antes que el hechizo.
—¿Podrá caminar? —preguntó Grahim mientras se incorporaba con dificultad.
—Podrá hacerlo con ayuda. Cada paso tendrá que conquistarlo.
Entre las tres sentaron a Ramia. El cambio de postura le arrancó un gemido y le devolvió la sensibilidad con una oleada de alfileres ardientes. Quercus se colocó a su lado y le ofreció el brazo.
—No hace falta correr. No hay prisa —dijo.
Ramia cerró la mano alrededor de su antebrazo. Aquel gesto mínimo agotó buena parte de sus fuerzas, pero consiguió sostenerlo.
—Sí tenemos —respondió con un hilo de voz—. Ayúdame a levantarme.
Quercus la alzó despacio. Las piernas de Ramia cedieron al recibir su peso y Grahim tuvo que sujetarla por el otro costado. Ella respiró hondo, esperó a que el temblor disminuyera y volvió a intentarlo. Esta vez permaneció erguida.
Una de las Portadoras giró la cabeza hacia el noroeste. En aquella dirección, las raíces surgían de la tierra y se elevaban entre las sombras. Sus compañeras repitieron el gesto.
Quercus comprendió la llamada.
—Pentandra nos llama.
Ramia adelantó un pie. El primer paso le arrancó un gesto de dolor; el segundo resultó algo más firme. Al dar el tercero, comprendió que Karkaddan todavía habitaba en sus músculos, pero ya no gobernaba por completo su cuerpo.
Las Portadoras de la Savia emprendieron la marcha. Quercus sostuvo a Ramia por un costado y Grahim se mantuvo cerca del otro, preparado para sujetarla cuando las piernas volvieran a fallarle. Ella aceptó aquella ayuda con una condición: ninguno de los dos debía cargar con su peso mientras pudiera avanzar por sí misma.
Deralya cerraba el grupo. Caminaba con el ala herida plegada contra el cuerpo y hundía las garras con cautela en la tierra blanda. El ungüento de savia había apagado el fulgor de la herida, pero algunas plumas todavía se estremecían cada vez que una rama rozaba su costado.
El trayecto obligó a Ramia a conquistar muchos más de aquellos primeros pasos. En algunos, la pierna se le endurecía y el hechizo de Karkaddan volvía a tensarse dentro de sus músculos. Entonces se detenía, respiraba hasta dominar el dolor y obligaba al pie a avanzar. Las Portadoras nunca redujeron el ritmo para esperarla. Tampoco se alejaron. Parecían conocer con exactitud la distancia que Ramia era capaz de recorrer sin rendirse.
A medida que se adentraban en la Jungla Esmeralda, los árboles crecían más juntos y sus copas ocultaban el cielo. Las Portadoras avanzaban sin necesidad de buscar un sendero. Apartaban una hoja, rozaban una raíz o apoyaban la palma sobre un tronco, y la espesura les concedía el espacio suficiente para pasar. Tras ellos, las plantas regresaban a su posición y cerraban cualquier huella de su recorrido.
Grahim contempló una liana que se elevaba para dejarlo pasar.
—He dedicado años a estudiar la magia de los bosques —murmuró—. Nunca había sentido que uno de ellos me estudiara a mí.
—Pentandra recuerda cuanto alcanza con sus raíces —respondió Quercus—. Y sus raíces alcanzan muy lejos.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
La respuesta arrancó a Grahim una sonrisa cansada. Ramia también la escuchó, aunque tuvo que concentrar sus fuerzas en el siguiente paso. Aquel breve intercambio le permitió avanzar sin pensar en el dolor que ascendía desde sus tobillos.
Pronto comenzó a percibirse una presencia distinta entre la vegetación. Pequeñas aves saltaban de rama en rama sobre el grupo. Insectos de alas brillantes se detenían en los troncos a su paso, y varios animales diminutos asomaban el hocico entre las raíces antes de desaparecer en la espesura. Sus movimientos parecían dispersos, pero todos se adelantaban en la misma dirección.
Llevaban noticias.
Las Portadoras se detuvieron ante un muro de raíces entrelazadas. La mayor apoyó las dos manos sobre ellas y el entramado se abrió con lentitud. Al otro lado se extendía un claro recogido, protegido bajo una bóveda de ramas tan espesa que la luz descendía teñida de verde.
Pentandra se alzaba en el centro.
El árbol primigenio superaba en altura a cuantos lo rodeaban. Su tronco necesitaba decenas de brazos para ser rodeado y la corteza negra estaba surcada por vetas rojizas que ascendían hasta perderse entre las ramas. De su copa pendían flores de numerosos colores: algunas rojas y abiertas, otras amarillas y encogidas sobre sí mismas; también había unas pocas tan oscuras que apenas podían distinguirse entre las hojas.
Cada una había nacido de una confidencia entregada a Vandrell. Pentandra se alimentaba de cuanto los habitantes de la Jungla se atrevían a contar y conservaba sus secretos convertidos en flores.
Las Portadoras inclinaron la cabeza. Su cometido terminaba ante las raíces del árbol primigenio. Una de ellas ayudó a Ramia a mantener el equilibrio mientras las otras comprobaban que Deralya pudiera sostenerse sin dificultad. Después retrocedieron y se internaron en la espesura. Los collares de semillas dejaron de sonar mucho antes de que sus figuras desaparecieran.
Durante unos instantes, nadie se movió.
Las pequeñas criaturas que los habían acompañado fueron reuniéndose alrededor del claro. Un pájaro se posó sobre una de las raíces; dos roedores se asomaron entre el musgo y una mariposa de alas transparentes quedó suspendida frente a la hendidura que recorría la base de Pentandra.
Entonces la corteza se abrió.
De aquella profundidad emergió una figura alta, encarnada en madera viva. Su cuerpo tenía la forma retorcida de un tronco antiguo, aunque de sus hombros brotaban ramas jóvenes cargadas de hojas. El musgo cubría parte de su rostro y en el centro brillaban dos ojos de ámbar. Cada movimiento hacía crujir su corteza y liberaba un aroma a lluvia reciente.
Era Vandrell, el Espíritu Protector de los faunos, el Espíritu Arbóreo que habitaba en Pentandra y guardaba los secretos de la Jungla Esmeralda.
Vandrell inclinó la cabeza hacia las criaturas congregadas. Escuchó sus gorjeos, chillidos y roces con una atención absoluta. Uno tras otro, los animales le entregaron cuanto habían visto desde la apertura del paso natural. Cuando el último pájaro terminó su canto, el Espíritu clavó sus ojos en los recién llegados.
—Pentandra sintió vuestra llegada antes de que tocarais su tierra —dijo—. Las raíces me hablaron del umbral. Las Portadoras, del veneno antiguo que sometía este cuerpo. Los animales me han contado el resto.
Su mirada se detuvo en cada uno de ellos.
—Ramia, la guardabosques que abrió un sendero vivo con un solo dedo. Grahim, el impromago Natura que enseña entre los muros de una torre. Quercus, Pezuña de Roble, que ha regresado sosteniendo las vidas que se negaba a abandonar. Y Deralya, cuyas alas continuaron batiendo cuando la magia trató de quebrarlas.
La verdiplumas bajó la cabeza al escuchar su nombre.
—Cuatro llegasteis —continuó Vandrell— y ninguno ha pasado inadvertido. La Jungla ya me ha contado lo que habéis sufrido. Ahora quiero conocer aquello que ella no puede descubrir por vosotros: qué buscáis y qué verdad habéis traído hasta Pentandra.
Ramia soltó el brazo de Quercus. Las piernas le temblaron, pero consiguió permanecer erguida frente al Espíritu.
—Nadie nos envió —respondió. Su voz todavía era débil y cada palabra le exigía aire—. Huíamos de Karkaddan. Abrí el paso porque este era el único lugar al que podía conducirnos.
Vandrell aguardó. El silencio se prolongó hasta que Ramia comprendió que aquella explicación no bastaba.
—Pentandra nos ha salvado —añadió—. Sin embargo, una parte del hechizo continúa dentro de mí. Temo que Karkaddan pueda cerrarme el cuerpo otra vez y que, la próxima vez, no quede ningún dedo capaz de obedecerme.
En algún lugar de la copa se escuchó el chasquido de una rama. Un capullo nuevo brotó entre las hojas y comenzó a abrirse.
Vandrell alzó la vista hacia él.
—Ahora sí has respondido. Una verdad entregada conserva más valor que una deuda pronunciada con solemnidad. Pentandra recordará la tuya.
Después dirigió su atención hacia Grahim.
El impromago se irguió cuanto le permitieron las fuerzas.
—Mi nombre es Grahim. Soy impromago de la casta Natura y profesor en la Torre Arkhana e impromago por convicción y, en ocasiones, también por defecto.
Los ojos de ámbar se estrecharon ligeramente. Grahim sospechó que aquello era lo más parecido a una sonrisa que iba a recibir.
—No tengo un mandato del Archimago —continuó— y no puedo comprometer a la Torre en su nombre. Puedo llevar hasta Kórux cuanto averigüe aquí, ofrecer mi testimonio y defender ante él la necesidad de actuar. Si eso os sirve, la Torre no permanecerá ignorante por mi silencio.
—Una voz no adquiere autoridad porque sea la única presente —señaló Vandrell.
—Lo sé.
—Entonces conservaré esa diferencia junto a tus palabras. Los secretos pierden su utilidad cuando alguien los adorna para hacerlos más importantes.
Grahim asintió.
—En ese caso, nos entenderemos bastante bien.
Por último, Vandrell miró a Quercus. El fauno separó los pies, enderezó la espalda y sostuvo su mirada. El Espíritu no le preguntó quién era ni a quién servía. Édera lo había escogido para representarla ante la Dama Blanca en la Aguja de Nácar. Quercus había ocupado aquel lugar sin apartar la atención de los peligros que amenazaban el equilibrio faérico. Su lealtad ya había sido puesta a prueba lejos de la Jungla.
—A ti te conocemos —dijo Vandrell—. Pentandra recuerda el día en que Édera confió su voz a Pezuña de Roble y lo envió más allá de sus raíces. También sabe que has regresado.
Quercus inclinó la cabeza.
—Sigo siendo leal a mi pueblo.
—La lealtad debe permanecer despierta para conservar su valor. Pronto tendrás ocasión de demostrarlo.
Una rama se inclinó sobre Vandrell. El Espíritu alzó la mano y permitió que una hoja se apoyara en sus dedos. Su expresión se endureció al recibir el mensaje que circulaba por ella.
—Édera os espera en la Raíz Serena. La Dama Esmeralda tolera mal que las respuestas tarden en llegar y detesta aún más sospechar que alguien pretende administrárselas. Conviene que no le ofrezcamos ninguna de las dos cosas.
Vandrell extendió los brazos. De sus dedos brotaron lianas delgadas que se deslizaron por el aire y formaron un círculo alrededor de Ramia, Grahim, Quercus y Deralya. La verdiplumas agitó las alas con inquietud. Quercus apoyó una mano sobre su cuello para tranquilizarla.
El Espíritu entonó un canto grave e irregular. Cada nota se transmitió a Pentandra y descendió por su tronco hasta alcanzar las raíces. El suelo cedió bajo los viajeros, aunque ninguno llegó a caer. Una envoltura de corteza y hojas se cerró alrededor de ellos, los condujo por la red viva del árbol primigenio y volvió a abrirse apenas un latido después.
Los cuatro aparecieron juntos en el corazón del territorio fauno. El barro del camino continuaba adherido a sus pies y el temblor de Ramia no había desaparecido: Vandrell los había trasladado físicamente a través de las raíces de Pentandra.
Ante ellos se alzaba la Raíz Serena.
