261 – LA TORTURA DE MINERVA III

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EL PRECIO DEL SILENCIO

En el ala este de la Torre, Telina caminaba sola por el Pasillo de los Archimagos. Su capa negra, bordada con hilos de sombra, se deslizaba sobre las cenizas. Cada paso producía un eco sordo en aquella galería donde durante siglos se habían discutido asuntos capaces de decidir el destino de Calamburia. Ahora, las columnas estaban agrietadas y varios sitiales del Consejo yacían bajo los restos de la bóveda.

Telina conocía bien aquel lugar. Durante años había ocupado el asiento reservado a la casta Ténebris, junto a los representantes de las otras siete castas. Había sido una de las impromagas más poderosas de su generación y había defendido ante el Consejo que las sombras podían dominarse sin convertirlas en dueñas de la voluntad.

Sin embargo, hacía tiempo que había dejado de acudir a las reuniones.

La ruptura comenzó cuando se descubrió la traición de Aurobinda. La antigua maestra abandonó Skuchaín acompañada por numerosos estudiantes Ténebris y fundó Cuna de Oscuridad, una nueva escuela en la que las artes oscuras podrían estudiarse abiertamente. Su huida dividió a la casta y enfrentó dos formas irreconciliables de comprender una misma magia.

Los Ténebris que permanecieron en la Torre también pagaron las consecuencias. Sus capas negras despertaban recelo en los pasillos, sus conjuros eran vigilados con mayor severidad y su voz había perdido fuerza dentro del Consejo. Cada ataque procedente de Cuna de Oscuridad renovaba las sospechas contra quienes habían decidido quedarse.

Telina jamás siguió a Aurobinda. Permaneció en Skuchaín y continuó enseñando a sus alumnos que conocer las sombras no exigía someterse a ellas. Sin embargo, su lealtad no devolvió a la casta el lugar que había ocupado. Con el paso de los años, dejó de ser escuchada y terminó por abandonar su asiento en el Consejo.

Aun así, nunca abandonó la Torre.

Skuchaín continuaba siendo su escuela. Entre aquellos muros permanecían los estudiantes que habían elegido aprender sin entregarse a la Oscuridad y los profesores que todavía luchaban por protegerlos. Telina había jurado defenderlos, aunque quienes gobernaban la Torre hubieran dejado de confiar en ella.

Por eso aguardaba allí, en mitad del Pasillo de los Archimagos, con la varita suspendida frente a ella y las sombras reunidas alrededor de sus pies.

Una corriente helada recorrió la galería.

Tres figuras aparecieron en el extremo opuesto. Ménkara avanzaba en cabeza, acompañada por Tesejo y Caila. El polvo y la sangre seca manchaban sus túnicas. Telina todavía reconocía en sus rostros a los jóvenes que habían estudiado en Skuchaín antes de seguir a Aurobinda.

Ahora figuraban entre los primeros maestros de Cuna de Oscuridad. Ménkara impartía Monstruología y dedicaba sus enseñanzas a las criaturas que los demás magos perseguían. Tesejo enseñaba Contralquimia, una disciplina construida a partir de venenos, filtros de sugestión y compuestos dañinos. Caila, profesora de Magia de Batalla, representaba con mayor firmeza que ninguno de ellos los principios sobre los que Aurobinda había levantado la nueva escuela. 

Caila y Tesejo acababan de abandonar el Salón de Evaluaciones, donde los hermanos Sibyla habían quedado sometidos al hechizo. Ménkara se había reunido con ellos en el acceso al ala este y los había conducido hasta aquella galería.

Ya no recorrían aquellos pasillos como antiguos estudiantes. Eran los representantes de otra institución, maestros de una forma distinta de comprender las sombras.

—Pensé que no vendríais —musitó Telina, sin alzar la voz.

—Pensaste mal —respondió Ménkara. Sus ojos, semejantes a dos grietas oscuras, endurecían todavía más su expresión—. No hemos venido por ti, profesora. Hemos venido por la Torre.

—Entonces tendréis que pasar por mí.

La varita de Telina se elevó hasta quedar suspendida frente a su rostro. Las sombras reunidas a sus pies se arremolinaron y ascendieron por las columnas, obedientes a cada movimiento de su mano.

Tesejo dejó escapar una risa breve. Tenía la voz rota de tanto conjurar venenos.

—¿Todavía estás dispuesta a morir por estas paredes? El Consejo ni siquiera te permite ocupar tu antiguo asiento.

Telina clavó la mirada en él.

—Mi juramento nunca dependió de un asiento. La Torre me dio la espalda, pero continúa siendo mi hogar. Vosotros, en cambio, huisteis en cuanto Aurobinda os prometió que nunca volveríais a responder por vuestra magia.

Las sombras siguieron trepando por las columnas agrietadas.

—La magia contiene dos fuerzas opuestas: la luz y la oscuridad. Quien pretenda comprender una debe conocer también la otra.

Caila, la más dura de los tres, avanzó con paso firme. Las vendas negras que cubrían sus manos murmuraban conjuros por sí solas, cargadas de una energía alimentada por años de resentimiento. Su rostro, pese a la juventud, mostraba una determinación implacable. Llevaba el cabello castaño oscuro rapado por un lado; el resto le caía sobre la cara y enmarcaba unos ojos firmes, de mirada directa, más propios de una general que de la estudiante que un día recorrió aquella escuela.

En el extremo del ojo derecho ardía su marca Arkhana. Tenía una forma abrupta, semejante a un pico invertido que apuntaba hacia el centro del cráneo. Su aparición había sido excepcional entre los Ténebris: brotó entera durante un único estallido cuando Caila apenas tenía doce años.

A cada paso, la oscuridad avanzaba junto a ella con la precisión silenciosa de una hoja afilada.

—Aurobinda nos prometió que podríamos estudiar nuestra magia sin avergonzarnos de ella —replicó Caila.

Telina sostuvo su mirada.

—Yo os enseñé a dominar las sombras. Aurobinda os enseñó a servirlas.

La expresión de Caila se endureció.

—En Cuna estudiamos las sombras con libertad. Enseñamos la magia que vosotros nos obligabais a ocultar.

Una esfera cristalina comenzó a girar entre sus dedos y proyectó destellos espectrales sobre su rostro. Caila acercó la varita a su superficie y susurró:

—Visum Excidium.

El orbe se iluminó con un resplandor fúnebre. En su interior aparecieron imágenes fragmentadas: casas en ruinas, libros calcinados y cuerpos entre los escombros. Después surgieron los rostros de la familia de Caila, envueltos en escenas de persecución y muerte. El momento en que habían ocurrido y la identidad de quienes dictaron las condenas permanecían ocultos. Las visiones solo mostraban la herida que había sobrevivido en ella.

—Mi familia pagó con su vida por practicar la magia en la que creía —dijo Caila—. La perseguisteis, la condenasteis y acabasteis con ella. Después esperasteis que permaneciera aquí, fingiendo que la Torre también era mi hogar.

Telina bajó ligeramente la varita. La dureza de su expresión vaciló.

—Lo que sucedió con los tuyos fue injusto. Seguir a Aurobinda no va a devolvértelos.

—Tú sabías lo que estaba ocurriendo.

—Ya no puedo cambiarlo.

—Y, mientras ocurría, ocupabas un asiento en el Consejo —replicó Caila—. Tenías voz y elegiste conservar tu lugar.

Telina recibió aquellas palabras sin apartar la mirada.

—Fuiste la más brillante de los Ténebris. Podrías haber ayudado a cambiar la Torre desde dentro. Tenías el poder y la capacidad para hacerlo. Todavía puedes dar marcha atrás.

Caila apretó la mandíbula. La rabia contenida le quebró la voz.

—Ya es tarde. Mientras tú pedías paciencia, los míos continuaban muriendo.

Tesejo carraspeó con desdén, alzando apenas una ceja.

—Qué dulces resultan los discursos cuando la sangre todavía no ha empezado a correr.

Ménkara lo fulminó con la mirada. Durante el avance por la Torre, Tesejo no había dejado de presumir de su supuesta hazaña en el molino ni del ascenso que esperaba recibir de Aurobinda. Ménkara llevaba demasiado tiempo soportando su arrogancia.

—Cállate, Tesejo. Estás delante de una profesora. Se merece respeto.

Después dirigió la mirada hacia Telina. Cuando volvió a hablar, su voz adquirió una profundidad dolorosa.

—Tú tampoco me escuchaste nunca. Jamás valoraste a mis bestias. Decías que me distraían, que debía concentrarme en las maldiciones y aprender a conjurar con elegancia. Pero yo crecí entre criaturas, entre rugidos, alas y zarpas. Crecí junto a seres que también sienten.

La bruma comenzó a reunirse alrededor de sus manos.

—Vosotros lo llamabais tráfico de bestias. Yo prefiero creer que las salvábamos, que dábamos cobijo a las criaturas que la Torre condenaba al exterminio. Ya casi no quedan bestias como esta. Las aniquiláis y lo llamáis orden.

Elevó ambas manos. La bruma que rodeaba sus dedos se condensó.

—Y ahora… una de ellas acabará contigo.

Desde el círculo de zafiro que aún latía en el centro del pasillo comenzó a emerger una criatura. Primero fueron las patas: ocho, curvadas, cubiertas de un vello oscuro que vibraba con la energía mágica. Luego el cuerpo, enorme, bulboso y lleno de pústulas, moteado con runas talladas en la carne. Por último, la cabeza: ocho ojos negros que reflejaban, en cada superficie brillante, el rostro de Telina.

La criatura chilló con un timbre agudo y cristalino que rasgó el aire como una cuchilla.

La batalla entre los Ténebris había comenzado.

La criatura lanzó otro chillido al emerger por completo del círculo de zafiro y varios cristales flotantes que iluminaban el pasillo estallaron. Sus ocho patas gigantescas golpearon el suelo de piedra e hicieron temblar las columnas del Pasillo de los Archimagos. Con un movimiento brusco, derribó una estantería y proyectó sus restos contra el muro. La estructura se agrietó y varios fragmentos de runas antiguas cayeron sobre las losas.

—¡Umbra Tegimen! —gritó Telina.

Una cúpula de sombra sólida se desplegó frente a ella y detuvo el golpe de una de las patas, aunque el impacto hizo que la propia barrera se resquebrajara y saltara por los aires.

Caila se adelantó. Sus ojos se encendieron y la varita tembló en su mano, cargada de poder oscuro.

—¡Umbrae Fracturam!

Una ráfaga de magia negra atravesó el pasillo y partió la base de una columna, que se desplomó con estrépito. Telina apenas logró desviar los restos con un rápido movimiento de muñeca.

Ménkara extendió los brazos.

—¡Bestia Meae Vocis!

Una luz emanó de la varita de la profesora de monstruología. La criatura se sacudió con un espasmo. Sus pústulas empezaron a hincharse y terminaron por estallar, liberando al aire una nube de gas fétido que se metió en los pulmones de Telina, haciendo que le ardieran por dentro. La Ténebris tosió y se cubrió la boca con la capa mientras conjuraba una nueva defensa.

—¡Contine Fluctus!

Una onda de presión dispersó de un golpe la nube de gas venenoso. Tesejo tuvo que apartarse para evitar respirar la pútrida esencia.

Aquello ya no se parecía a ninguna de las clases que habían compartido. Los antiguos alumnos de Telina habían regresado para librar una guerra contra ella.

—¡Vosotros fuisteis mis alumnos! —gritó—. ¡Yo os enseñé a dominar las sombras, no a arrodillaros ante ellas!

Pero ninguno se detuvo.

Ménkara lanzó una cadena de fuego azul que Telina consiguió desviar por muy poco. Caila apareció entonces por su flanco y dirigió hacia su cuello un corte de luz negra. Telina lo esquivó con un giro de muñeca y conjuró varias espadas de sombra, que comenzaron a girar a su alrededor para protegerla.

Caila encontró una abertura entre ellas y lanzó un rayo directo contra su torso. El impacto derribó a Telina. La profesora cayó de rodillas, pero mantuvo la varita alzada y la dirigió hacia la araña.

—¡No vais a derrotarme con la magia que yo misma os enseñé!

Tesejo, que hasta entonces había contemplado el enfrentamiento desde atrás, murmuró con deleite:

—Liquamen Insania…

Un frasco de líquido opalescente salió disparado desde su manga y estalló contra la espalda de Telina. La sustancia se extendió por su capa y comenzó a endurecerse alrededor de su cuerpo, formando una costra de sal.

—¡Basta! —rugió la profesora.

Una explosión de magia oscura recorrió el corredor. Ménkara, Tesejo y Caila retrocedieron ante la onda, mientras la araña se replegaba con un chillido.

—¡Vuelve a tu agujero, engendro!

Telina alzó la varita y pronunció el conjuro:

—¡Reditus Inferni!

Un haz de oscuridad golpeó el abdomen de la criatura y la arrastró hacia el círculo. La araña clavó las patas en las losas e intentó resistirse. Las runas del suelo chisporrotearon bajo su cuerpo, pero el hechizo continuó empujándola hasta que el portal de zafiro volvió a absorberla.

El esfuerzo de Telina por devolver a la criatura alteró el flujo mágico de la red de contención. Caelen, que trabajaba junto a Calum para mantenerla operativa, percibió la perturbación y la siguió hasta el Pasillo de los Archimagos.

Alcanzó la galería superior cuando las últimas patas de la araña se hundían en el círculo de zafiro. Corrió hacia las escaleras rotas. Los bordes cobrizos de su capa de alquimista se agitaban sobre el terciopelo dorado de la túnica, mientras los tubos, frascos y pequeñas piedras sujetos a la correa de cuero que le cruzaba el torso entrechocaban con cada zancada.

Era el único hijo del maestro Calum, aunque muchos murmuraban que jamás había sido engendrado, sino creado.

Sus ojos, oscuros como tinta aún sin mezclar, recorrieron el enfrentamiento.

—¡Apartaos! —gritó mientras descendía.

Extrajo tres frascos de vidrio oscuro, recorridos por destellos opalinos, y los lanzó con precisión hacia el centro del círculo.

Las mezclas alquímicas impactaron contra los límites del portal.

La detonación provocó un colapso. El aire fue absorbido hacia el círculo con tal violencia que las túnicas se agitaron y los fragmentos de piedra rodaron por el suelo. El portal vibró, se resquebrajó en líneas doradas y comenzó a contraerse hasta cerrarse como un párpado de obsidiana.

El vínculo de aquel portal con el Zafiro Vincular de Arnaldo se rompió.

Los últimos restos de la araña desaparecieron con él y, durante unos segundos, el pasillo quedó en silencio.

Pero duró apenas un instante.

Tesejo, aún con restos de poción brillante en las manos, bufó con teatralidad.

—Claro… el bello y perfecto Caelen.

Caelen ignoró la provocación. Los fragmentos de zafiro apenas habían terminado de apagarse cuando vio a Caila avanzar hacia Telina. Extrajo otro frasco de la correa que le cruzaba el torso y se dirigió hacia ellas.

—Aléjate de la profesora.

—Tan limpio, tan dorado. Tan… homogéneo —continuó Tesejo—. ¿Seguro que no eres de cristal por dentro? Demasiado simétrico para ser del todo humano.

Arrojó una ampolla contra las losas. El líquido se expandió entre ambos y se alzó convertido en una barrera de cristal turbio, recorrida por burbujas que estallaban al contacto con el aire.

Caelen se detuvo ante ella. Observó durante un instante el movimiento de la mezcla y vertió unas gotas de otro preparado sobre uno de sus bordes. El cristal perdió consistencia, se combó hacia dentro y terminó derritiéndose en largos filamentos transparentes.

Caelen atravesó la abertura sin dedicarle una mirada.

—Quizá por eso Carmélida te dejó —añadió Tesejo—. Tal vez echaba de menos un poco más de… humanidad.

Ménkara se interpuso en el camino de Caelen.

—Esto no te corresponde.

—Va a matarla.

Ménkara miró por encima del hombro. Telina permanecía de rodillas después de haber agotado sus fuerzas para expulsar a la criatura. La costra de sal se resquebrajaba sobre su capa negra y aún conservaba la varita entre los dedos. Frente a ella, Caila se acercaba con la esfera mágica girando en una mano.

El respeto que Ménkara todavía sentía por su antigua profesora se reveló durante un instante en sus ojos. Después, la bruma comenzó a reunirse alrededor de sus muñecas.

—Telina hizo sus elecciones hace mucho tiempo.

—Lo que ocurriera entonces no te concede el derecho a decidir que muera ahora.

Caelen trató de rodearla.

Ménkara extendió los brazos y la bruma descendió hasta las losas. Varias criaturas surgieron de ella: cuerpos bajos, mandíbulas abiertas y patas desproporcionadas que arañaron la piedra al abalanzarse sobre Caelen. Dos se aferraron a sus piernas y otra cerró los dientes alrededor del brazo con el que sostenía el frasco.

—Apártalas, Ménkara.

Ella sostuvo su mirada.

—Caila lleva años esperando este momento —enunció como si tratara de justificar sus actos ante sí misma.

—Entonces deberías impedir que desperdicie los que le quedan alimentando esa venganza —dijo el Hijo del Matraz con gesto grave.

Ménkara vaciló. Las criaturas aflojaron las mandíbulas durante un instante, pero ella no llegó a retirarlas.

Caelen lanzó el frasco contra el suelo. Una llamarada cobriza brotó a sus pies y obligó a las bestias a retroceder entre gemidos. La bruma volvió a espesarse de inmediato y otras dos criaturas ocuparon su lugar.

Mientras Ménkara lo mantenía apartado, Caila llegó hasta Telina.

La esfera mágica aún giraba en su mano, proyectando las imágenes de su familia entre los reflejos rotos del combate: su madre siendo arrastrada, su padre con la frente alzada antes de la sentencia, sus tíos marcados como traidores.

Se detuvo ante la profesora.

—¿Sabes qué es perder a una madre por ser quien era? —preguntó en voz baja—. ¿Ver cómo ejecutan a tu padre por sostener una varita negra? ¿Oír los gritos de tus tíos mientras los marcan para siempre?

Telina levantó el rostro. Apenas podía sostenerse, pero hizo el esfuerzo de mirar a Caila a los ojos.

—Caila…

—Tú lo sabías. Sabías lo que estaba ocurriendo y callaste.

Telina apretó los dedos alrededor de la varita. La sal endurecida sobre su cuerpo le impedía incorporarse.

Caila dio otro paso.

—También eran tus amigos. Tus compañeros Ténebris. Compartiste aulas con ellos. Los viste crecer, enamorarse, formar sus familias… y después dejaste que se los llevaran.

Telina abrió los labios, pero Caila continuó:

—Pediste paciencia mientras los nuestros desaparecían. Podrías haber alzado la voz. Podrías haber obligado a alguien a mirarlos antes de destruirlos. Elegiste conservar tu lugar porque siempre has sido una cobarde.

La esfera mostró el rostro de su madre. Tenía los ojos enrojecidos, pero sonreía para que la niña que estaba frente a ella no sintiera miedo.

Telina siguió la imagen con la mirada.

—Lo siento —consiguió pronunciar.

Caila había esperado aquellas palabras durante años. Las había imaginado ante el Consejo, frente a los Ténebris que permanecieron en la Torre, delante de quienes habían justificado las persecuciones. Ahora apenas habían recorrido la distancia entre una mujer vencida y la alumna a la que había abandonado.

—Eso no les sirvió cuando estaban vivos.

Alzó la varita.

Caelen rompió una de las criaturas con el borde metálico de un frasco y trató de abrirse paso entre las demás.

—¡Caila, detente!

Ménkara cerró los puños. Una lágrima descendió por su rostro mientras las bestias se aferraban con mayor fuerza a las piernas de Caelen y lo obligaban a caer sobre una rodilla.

—¡Ménkara! —gritó él—. ¡Todavía puedes impedirlo!

Ella miró a Caila.

Durante un instante, pareció a punto de retirar la bruma. Después bajó la mirada y dejó que la lágrima alcanzara su mandíbula. Las criaturas mantuvieron inmovilizado a Caelen.

Caila acercó la punta de la varita al pecho de Telina.

—Ahora vas a entender lo que sentimos. Ténebris Devotum.

Un rayo de sombra pura alcanzó a Telina y recorrió su cuerpo. Los jirones de oscuridad se extendieron por su silueta, deshicieron los bordados de la capa y ascendieron hasta su rostro.

Telina tembló. Sus ojos se abrieron por última vez al reconocer el conjuro que ella misma había enseñado a Caila.

Después cayó sobre las losas.

La varita se desprendió de sus dedos y rodó entre los fragmentos de piedra hasta detenerse junto a los pies de su antigua alumna.

Ménkara abrió las manos. Las criaturas que retenían a Caelen se deshicieron en bruma.

Él se levantó de inmediato y corrió hacia Telina. Se arrodilló a su lado, apartó con cuidado la capa deshilachada y apoyó los dedos sobre su cuello.

No encontró pulso.

Caelen alzó la mirada hacia Ménkara.

—Has dejado que la matara.

Ella recibió la acusación en silencio. Frente al cuerpo de Telina, no encontró nada con lo que defenderse.

Caila permanecía inmóvil.

La esfera continuaba girando en su mano. Entre los reflejos temblorosos apareció su madre, mucho más joven de lo que Caila conseguía recordarla. Se inclinó para besarla en la frente antes de que unas manos la sujetaran por los brazos y la arrancaran de la imagen.

Caila se tocó el lugar del beso.

—Caila… —murmuró Ménkara.

Ella no apartó la mirada del cuerpo.

—Debería haber dicho algo.

Ménkara se acercó despacio.

—Ha pedido perdón.

—Ahora.

La voz de Caila se quebró en aquella única palabra.

—Lo ha dicho ahora, cuando ya no podía devolverles nada.

En el interior de la esfera, su madre volvió a inclinarse. Caila cerró los dedos alrededor del cristal.

—Regresa —susurró su voz.

La imagen volvió a desvanecerse entre sus dedos.

Ménkara levantó una mano. Vaciló antes de apoyarla sobre su hombro, consciente de que también ella había intervenido para conducirlas hasta aquel momento.

Caila no la rechazó.

—Pensé que dejaría de doler.

Ménkara bajó la cabeza. No encontró ninguna respuesta que no sonara vacía ante el cuerpo de Telina.

Tesejo había dejado de sonreír. Permanecía unos pasos atrás, con otra ampolla preparada entre los dedos, pero ninguna burla acudió a sus labios.

Caelen cerró los ojos de la profesora y recogió su varita. Después la tomó en brazos y derramó sobre ambos el contenido de un vial dorado. La mezcla se extendió por sus siluetas y las volvió translúcidas hasta borrarlas por completo del pasillo.

La esfera iluminó de nuevo el rostro de la madre de Caila.

Esta vez, Caila no intentó retenerla. Esperó el beso y mantuvo la mano sobre su frente cuando la imagen se desvaneció.

Había matado a la mujer a la que culpaba de su silencio. Sin embargo, seguía teniendo las mismas preguntas y ya no quedaba nadie que pudiera responderlas.

260 – LA TORTURA DE MINERVA II

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LA ÚLTIMA LECCIÓN

Las paredes del Aula de Naturaleza Arcana, antaño blancas y simétricas, estaban cubiertas de hollín, y varias columnas yacían partidas. Las runas de contención —aún visibles en el suelo circular— brillaban a intervalos bajo el humo. En el centro de la estancia, donde los estudiantes aprendían a canalizar invocaciones avanzadas, ardía un conjuro corrompido: un círculo de fuego púrpura que extendía su veneno mágico por cada grieta.

En medio de aquel caos, la batalla estaba en marcha.

Una nube de piedras alquímicas estalló cerca del umbral, lanzada por Calum, maestro alquimista de la Torre, que cubría la retaguardia junto a Judäthyn, el druida natura, y Zïru, un impromago natura que todavía no se había graduado y empuñaba con firmeza su varita de estudiante bajo la capa verde.

Calum, protegido por su capa dorada, mantenía la mirada clavada en el centro de la sala, donde el círculo del Zafiro Vincular vibraba con un pulso impuro. Sus manos manchadas de hollín sujetaban un frasco de contención entre los numerosos recipientes prendidos a los cinturones que ceñían su túnica azulada. La firmeza de su voz apenas alcanzaba a contener el pánico.

—¡No dejéis que crucen el umbral! —bramó—. ¡Si tocan el círculo y lo activan desde dentro, el portal quedará anclado!

A su lado, Caelen, su hijo —joven, brillante y tan parecido a él que dolía—, aguardaba con las manos cargadas de alquimia pura. Pese a los años de distancia emocional, en aquel instante defendían la Torre unidos por la alquimia y por una urgencia que no admitía vacilaciones.

Calum le lanzó una mirada que lo atravesó más que cualquier conjuro.

—Caelen, prepárate. La única salvación es cerrar los portales abiertos por el Zafiro Vincular. No dejes que se estabilicen. Haz lo que tengas que hacer. Cueste lo que cueste. ¿Me oyes?

Caelen asintió, tragando saliva. Sabía que su padre no exageraba. Ahora, con la Torre temblando a su alrededor y la alquimia latiendo en sus venas, comprendía por fin el peso de sus palabras.

Las llamas del círculo carecían de calor. Formaban un umbral de zafiro, una proyección mágica invocada a distancia desde la piedra que poseía Arnaldo. Aunque el Zafiro Vincular no se encontraba en aquella sala, su poder había abierto una grieta estable hacia el Inframundo.

Cada criatura que lo atravesaba fortalecía el vínculo y, si no lo cerraban pronto, el portal quedaría anclado de manera irreversible.

Desde la galería superior, Stucco, profesor de Técnica y Canalización Mágica, alzaba su varita con precisión quirúrgica. Sus ojos seguían el avance de tres demonios alados que reptaban por los muros, aprovechando las grietas de la piedra para desplazarse.

—Fractura Signata —sentenció.

Una onda invisible obedeció al gesto limpio de su varita y recorrió el aire. Al impactar, la piel de sombra del primer demonio se quebró en líneas geométricas y su cuerpo se deshizo con un alarido seco. Los otros dos se dispersaron, aullando.

Stucco descendió por la escalinata, con el ceño fruncido.

—Alguien ha roto las defensas mágicas del anillo exterior —dijo, con voz tensa y contenida—. Han atravesado uno de los accesos prohibidos utilizando como salvoconducto una marca que no figura en nuestros registros. Gracias a ella han entrado sin activar los rastreadores.

Nika, impromaga especialista en defensas naturales y compañera de estudios de Stucco, aún resollando tras desviar una onda oscura, giró la cabeza.

—¿Cómo ha podido pasar? Nadie cruza los sellos sin ser detectado.

Stucco apretó los dientes.

—O alguien ha traicionado a la Torre desde dentro…

—¿O…? —inquirió Nika.

—O ha surgido una nueva marca Arkhana, lo bastante poderosa para romper los sellos de protección sin activar los rastreadores. Algo que no debería ser posible.

Tras sus palabras, un silencio denso se apoderó del aula. El umbral situado en el centro crepitó con un pulso cada vez más rápido y su luz proyectada estremeció el suelo. El aire olía a magia quebrada y piedra quemada.

Stucco bajó la mirada hacia el núcleo encantado y luego la desvió hacia un grupo de aprendices que aguardaban entre los escombros. Estaban tensos, pero no habían huido. Vestían las capas amarillas de la casta Primus, heredera del linaje de Theodus. Se habían formado en la precisión, la estructura y la ejecución exacta de la magia.

Stucco los conocía bien. Había corregido sus posturas, afinado sus conjuros y exigido de ellos más de lo que pedía a cualquier otro. Él también había sido Primus y, para él, amar la magia significaba perseguir su ejecución perfecta.

Los jóvenes permanecían en silencio, aunque el miedo asomaba en sus ojos. Stucco se acercó y recorrió la formación con la mirada. Reconoció en aquellas capas amarillas a los aprendices que tantas veces habían abandonado sus clases maldiciendo su severidad, y también a los magos en los que estaban a punto de convertirse.

—La magia, además de pasión, es estructura. Si queréis experimentar sin sentido, ya sabéis dónde está Cibum.

Una sonrisa nerviosa recorrió la formación. Varios se miraron con aquella complicidad nacida durante años de correcciones, castigos y prácticas interminables. Stucco permitió que durase apenas un instante.

—También sabéis qué es un conjuro combinado. Os lo he hecho repetir hasta que habéis acabado odiando mi voz.

Esta vez algunos sonrieron abiertamente.

—Entonces recordadlo bien, porque ya no estamos en las aulas. Un conjuro combinado comienza antes de pronunciar la fórmula. Empieza exactamente en el último contacto visual con vuestro compañero, justo antes de que ambos os lancéis al vacío. Ese instante es el pacto. Después ya no hay tiempo para comprobar si el otro sigue ahí.

Las sonrisas desaparecieron, aunque ninguno apartó la mirada.

—Cumplid vuestra parte y confiad en que vuestro compañero cumplirá la suya. Si uno vacila, el conjuro se quiebra. Si uno abandona al otro, caen los dos. Y hoy, si caéis, procurad que aquello que tengáis delante caiga primero.

Stucco recorrió la formación. Durante años les había exigido precisión, disciplina y una entrega que muchos habían considerado despiadada. Ahora necesitaba creer que cada corrección, cada repetición y cada fracaso los había preparado para aquel momento.

—Y si alguna vez pensáis que os exijo más de lo que creéis poder dar…

Su voz se detuvo durante un instante. Un nuevo impacto estremeció las paredes del aula, pero ninguno de los Primus rompió la formación.

—Es porque sé que podéis darlo. No tengáis ninguna duda.

Stucco contempló aquellos rostros una vez más.

—Estoy orgulloso de vosotros.

Durante unos segundos, nadie respondió. Uno de los aprendices buscó los ojos de su compañera y sonrió. Ella sostuvo su mirada y asintió. A su alrededor, los demás repitieron el gesto hasta que toda la formación quedó unida por aquel acuerdo silencioso.

La firmeza regresó por completo al rostro de Stucco.

—Ahora demostrad que sois alumnos míos.

Stucco alzó la varita, giró sobre sus talones y se lanzó hacia el corredor por el que descendían los demonios. Los Primus echaron a correr tras él. Sus capas amarillas atravesaron el humo y desaparecieron entre los arcos.

En el otro extremo del aula, un chillido rasgó el estruendo de la batalla.

Un niño cuervo, con plumas en el rostro y los ojos completamente blancos, lanzó una onda de eco oscuro que hizo retumbar los muros.

Nika se interpuso en su trayectoria. Alzó su vara de corteza viva y canalizó la luz que se filtraba entre los ventanales.

—¡Prismatis Curvatura Silvarum!

Un haz prismático de tonos verdes, azules y dorados brotó de la vara. La onda oscura chocó contra él y se desvió hacia una de las columnas. El impacto hizo estallar la piedra y levantó una nube de polvo que cubrió aquel extremo del aula.

Otro niño cuervo descendió desde la galería opuesta envuelto en plumas humeantes. Extendió los brazos hacia Judäthyn y conjuró una flecha de sombra dirigida contra su pecho.

El druida logró esquivarla por muy poco. La flecha se hundió en el suelo a su espalda y abrió una grieta entre las runas de contención. Al incorporarse, buscó su varita, pero la explosión la había lanzado bajo los escombros.

El niño cuervo volvió a cargar el conjuro.

—¡Zïru! —gritó Judäthyn.

El pequeño impromago alzó su varita corta y todavía sin pulir. Le temblaban las manos, aunque mantuvo la punta dirigida hacia el atacante.

—¡Interru…!

La varita chisporroteó, expulsó una voluta de humo y se apagó.

Zïru apretó los dientes. El niño cuervo ya había liberado la segunda flecha y Judäthyn continuaba desarmado.

Entonces extendió la mano.

La magia natura respondió antes de que pudiera comprenderla. Las raíces ocultas bajo el suelo quebraron la piedra y se alzaron frente al druida. La flecha oscura se clavó en ellas y estalló en una nube de ceniza.

Zïru abrió los ojos, sorprendido. Las raíces continuaron creciendo, se enroscaron alrededor del niño cuervo y lo arrojaron contra uno de los bancos de piedra, donde quedó inmóvil.

Durante unos segundos, Zïru contempló su propia mano.

—¿Eso era magia natura?

Judäthyn recuperó su varita de entre los escombros y se acercó a él.

—Lo era.

—Pero mi varita ha fallado…

El druida apoyó una mano sobre su hombro.

—Y aun así has encontrado la forma de protegerme. Recuérdalo cuando tu varita vuelva a hacerte dudar.

El rubor encendió las mejillas de Zïru, aunque sostuvo la mirada de su maestro.

Un nuevo impacto sacudió el aula. Desde las galerías superiores descendían más enemigos y el umbral corrompido del centro latía con una cadencia cada vez más rápida.

Judäthyn escudriñó los flancos.

—Zïru, ve al herbolario. Hay pócimas que debemos proteger a toda costa.

—Puedo quedarme y luchar.

—Proteger el herbolario también es luchar.

Zïru miró hacia el corredor. La oscuridad se extendía más allá de los arcos.

—¿Tengo que ir solo?

Judäthyn sostuvo su mirada.

—Un maestro puede guiarte hasta el umbral, Zïru. Cruzarlo depende de ti.

El pequeño impromago apretó la varita apagada y asintió.

—Entonces será mejor que no pierda más tiempo.

Echó a correr. Su capa verde ondeó tras él hasta desaparecer en el corredor.

Judäthyn lo siguió con la mirada.

Una raíz ennegrecida descendió desde la galería y golpeó las losas por las que Zïru acababa de pasar. La piedra se abrió bajo el impacto.

Judäthyn alzó la varita.

—Has llegado tarde, Zubith. El chico ha sido más rápido que tú.

Un hombre apareció tras la balaustrada superior. Conservaba la capa verde de la casta Natura, aunque las manchas oscuras que recorrían el tejido casi habían borrado su color original. Varias espinas negras crecían alrededor de su antebrazo y se cerraban sobre la varita.

Zubith había egresado de Natura antes de abandonar Skuchaín con Aurobinda. Mientras la mayoría de los integrantes de aquella casta permanecían en la Escuela, él había seguido a los Ténebris y aprendido a introducir la oscuridad en los conjuros naturales. Sin embargo, la nueva magia todavía se adhería a la suya con la torpeza de un injerto reciente.

—Sigues protegiendo a esos jóvenes que apenas saben sostener una varita —dijo mientras descendía por una raíz retorcida.

—Acaba de salvarme la vida.

Zubith miró hacia el corredor por el que había desaparecido Zïru.

—Con una magia que ni siquiera comprende.

—Por eso está aprendiendo. Tú elegiste dejar de hacerlo.

Las espinas del brazo de Zubith se estremecieron.

—Entonces deja que te enseñe lo que he aprendido.

Hundió la punta de la varita entre dos losas.

—¡Spinae Tenebrarum!

Las raíces ocultas bajo el aula quebraron la piedra y se alzaron alrededor de Judäthyn. Una savia negra rezumaba de su corteza y ardía al caer sobre el suelo.

El druida observó el trazado durante un instante. La Oscuridad había acelerado el crecimiento, pero las raíces se agrietaban allí donde ambas magias trataban de imponerse.

Judäthyn dirigió la varita hacia su base.

—¡Radices Revertantur!

Un resplandor verde recorrió la corteza. Las vetas negras retrocedieron hacia las puntas y las raíces se detuvieron antes de alcanzar al druida. Después cambiaron de dirección.

Zubith intentó completar otro conjuro, pero una raíz le cerró la muñeca y otra se enroscó alrededor de su pecho. La varita escapó de sus dedos. Un último movimiento lo alzó del suelo y lo estrelló contra la balaustrada.

Judäthyn se acercó sin bajar la suya.

—Las estás forzando. Por eso se vuelven contra ti.

La humillación endureció el rostro de Zubith. Cerró la mano libre sobre la raíz que lo retenía y extendió la oscuridad por su corteza hasta quebrarla. Cayó de rodillas, recuperó el equilibrio y recogió la varita.

—Hoy las raíces te obedecen. Algún día descubrirás lo que ocurre cuando dejan de hacerlo.

Retrocedió sin apartar la mirada de Judäthyn y huyó hacia uno de los corredores laterales.

Judäthyn dio un paso para seguirlo.

Un nuevo impacto sacudió el aula. El umbral corrompido del centro se ensanchó y sus llamas ascendieron hasta rozar las galerías superiores.

El druida dejó escapar a Zubith y se volvió hacia el círculo.

Algo estaba tomando forma entre las llamas.

Una silueta que jamás debería haber atravesado aquel portal.

259 – LA TORTURA DE MINERVA I

Personajes que aparecen en este relato

EL CANAL CORROMPIDO

La luz del conjuro les había rodeado sin violencia, con la familiaridad que acompaña a los rituales consolidados por los años. Durante unos instantes, todo pareció estar en orden: los tres cuerpos —el de Minerva, el de Cristóforo y el de Drawets— fueron absorbidos por la magia del canal, envueltos en la misma espiral de energía que tantas veces había conectado los núcleos sagrados de Calamburia. El trayecto entre el Faro y la Torre Arkhana no debía presentar dificultad alguna; el mensaje que Periandro había enviado poco antes de caer bajo el dominio de Áxbalor era auténtico, y la urgencia que contenía no dejaba lugar a dudas.

Minerva no podía dejar de repasarlo en su mente mientras atravesaban el umbral:

«Estoy con mis hermanas. La Torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra.
Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan.
Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos».

Era la señal definitiva, la que confirmaba que Periandro, Carmélida y Aurora habían llegado con vida y habían logrado activar las protecciones. Si ella aparecía con Cristóforo y Drawets, todos los eslabones del plan estarían reunidos. Solo quedaría localizar a la hija perdida. Aún podían llegar a tiempo. Aún podían cerrar el círculo.

Pero la esperanza, en Calamburia, nunca llega sin pagar un alto precio, y Minerva no supo en qué momento comenzó a quebrarse la suya.

En algún punto del trayecto, entre el destello inicial y la vibración final, el hechizo se alteró. Fue una grieta apenas perceptible en la corriente mágica, un desvío capaz de pasar inadvertido incluso para una mente atenta. Minerva Sibyla lo percibió. Sintió que la presencia de Drawets se desviaba y que Cristóforo era arrastrado junto a él hacia un destino distinto. Trató de sostenerse, de anclarse al canal principal. No lo logró.

La alteración había alcanzado la propia estructura del conjuro: alguien había manipulado el anclaje y la arrastraba hacia otro lugar.

Cuando abrió los ojos, el suelo bajo sus pies no era el que esperaba.

No había mármol ni mosaicos dorados. No había inscripciones arcanas de la Torre ni lámparas flotando en los techos. Se hallaba bajo la Escuela de Magia, en la misma cámara de las catacumbas de Skuchaín donde los consejeros habían encontrado el Espejo. Se accedía a ella a través de los subterráneos de la Torre Arkhana, aunque aquella estancia precedía con mucho a sus cimientos y nunca había pertenecido a la Escuela. La caverna, excavada por temerosas manos humanas, se abría entre muros de piedra oscura y húmeda. Glifos profanos cubrían sus paredes en un orden aparentemente caótico y desprendían una macilenta luz azul. Las antorchas, dispuestas a intervalos irregulares, emitían una llama opaca, de color violáceo, que iluminaba sin calidez.

Minerva reconoció el lugar. Era imposible no hacerlo.

El aire estancado y aquella vibración apenas perceptible, que hacía oscilar la luz sin alterar las llamas, permanecían iguales. Habían pasado años, pero la cámara seguía allí, sepultada bajo la Torre Arkhana, con sus glifos intactos pese al paso del tiempo.

Allí, en el centro de la sala, aún se distinguían los restos del marco: cuerpos tallados en plata, atrapados en posturas antinaturales y expresiones de dolor, rodeados por cicatrices mágicas que el equipo de contención nunca logró sellar por completo. En el suelo, desperdigados entre el polvo y el musgo, quedaban fragmentos del espejo: trozos irregulares de cristal opaco que, sin embargo, seguían zarcilleando con reflejos que no pertenecían a ninguna fuente de luz.

Minerva se agachó y posó una mano cerca de uno de ellos, sin llegar a tocarlo. Aquel era el lugar donde había comenzado el horror.

Allí fue donde, años atrás, envió a Barastyr y a Érebos —entonces jóvenes eruditos— a estudiar las vibraciones de la sala, cuando aún se pensaba que contenía los restos de un conjuro fallido vinculado a Okura. Lo que encontraron fue un espejo cuyo reflejo llamaba a quienes se acercaban a él.

Los dos aseguraron que no habían encontrado nada y ella los creyó. Años después comprendió el alcance de su error.

Los eruditos se habían convertido en receptáculos humanos de la oscuridad del espejo. La Oscuridad abandonó aquella cámara oculta dentro de ellos, y Minerva, al creer sus palabras, permitió que escapara.

Frente a los restos del marco, comprendió que aquel error ya no podía deshacerse y que, sin saberlo, estaba a punto de cometer otro.

Minerva se irguió con cautela, respirando de manera lenta y medida. Conocía los canales malditos y comprendió que aquella cámara había sido preparada para retenerla. También sabía que Cristóforo y Drawets no estaban allí, de modo que contuvo el impulso de llamarlos.

La magia de transporte había sido desviada de manera deliberada. El mensaje era verdadero y el plan seguía en marcha, pero alguien, desde dentro, había torcido el conjuro y colocado en el destino una piedra distinta, una réplica perversa, idéntica en forma… pero no en intención.

Minerva creyó que se encontraba sola hasta que percibió un movimiento en la penumbra.

Una figura se deslizó desde la oscuridad sin hacer ruido ni anunciarse. Flotaba más que caminaba y su túnica arrastraba jirones de niebla por el suelo. Cuando Minerva clavó la mirada en su rostro, comprendió que aquella trampa llevaba mucho tiempo aguardándola.

—Directora Minerva Sibyla —susurró Barastyr—. Qué lejos has llegado… para acabar justo donde te esperábamos.

* * *

El hechizo los escupió sin delicadeza: una violenta sacudida mágica los arrojó al centro de una galería profunda. Aún vibraban los ecos de la conjuración cuando Cristóforo aterrizó sobre la losa agrietada con el peso de un hombre que lleva años desafiando tormentas. Su bota izquierda raspó la piedra y ya sostenía el trabuco cargado cuando terminó de abrir los ojos.

—Esto no huele a bienvenida —masculló, con la voz grave y seca como un ron añejo.

A su lado, Drawets apareció rodando por el suelo con más estilo que necesidad. Se incorporó con una voltereta breve, se recolocó el pañuelo rojo del cinturón y alzó una ceja, divertido.

—¿Y qué esperabas? ¿Al comité de honor de la Torre? Yo estoy decepcionado. No hay música, ni vino, ni nadie atractivo a quien hincar el diente. Mal augurio.

Su puñal, con una calavera de metal forjado, ya brillaba en su mano diestra.

El pasillo en el que habían caído era alto y se curvaba sobre ellos en forma de garganta. Las paredes de piedra clara rezumaban una humedad oscura y viscosa. El aire sabía a alquimia fallida y a magia corrompida. Desde algún rincón lejano de la Torre llegaba un retumbar sordo y rítmico, provocado por unos golpes que sacudían las estructuras internas.

Cristóforo avanzó unos pasos, su silueta recortada por la luz temblorosa de las antorchas. Se detuvo junto a una columna rota y tocó la grieta con la yema del dedo.

—Esto no lo han hecho los nuestros.

Drawets se acuclilló junto a una mancha oscura que se extendía desde un rincón del muro.

—Esto es reciente. Algo ha entrado en la Torre… y no ha pedido permiso.

Un crujido repentino los obligó a girarse.

Desde una puerta entreabierta emergió una figura tambaleante: túnica desgarrada, rostro tiznado por el humo y una maraña de rizos pelirrojos que relucían bajo las antorchas. La capa naranja caía deshilachada sobre sus hombros, aunque el dragón negro bordado todavía resplandecía en la solapa: el emblema inconfundible de los impromagos de Skuchaín.

Drawets se detuvo en seco.

—¿Enona?

La mujer alzó la vista. Sus ojos, astutos y vivaces, lo recorrieron apenas un instante antes de iluminarse.

—¡Drawets!

Él dio un paso al frente, aún sin bajar el puñal.

—Por todos los ecos del Orbe… —murmuró—. ¡Cómo has crecido! Casi no te reconozco.

La miró de arriba abajo, y su voz bajó una octava, más cálida, casi orgullosa.

—De lanzar chispas en los pasillos con Eme y Sirene y estar siempre castigada… a profesora de camuflaje. Y con capa oficial, nada menos.

—Pero tú sí que no has cambiado —replicó Enona, sonriendo apenas—. Ni una arruga más. ¿Es un hechizo o pura vanidad?

—Un pacto con la Calavera —respondió él, alzando el puñal con una sonrisa torcida—. Y mucho descaro.

Cristóforo los miró con un leve encogimiento de hombros.

—¿Interrumpo este momento entrañable o preferís que nos abracen los demonios?

—Tienes razón —dijo Enona, volviéndose con urgencia—. La Torre ha sido asaltada desde dentro. He visto zíngaros y Niños Cuervo en los pasillos, además de varios magos de Cuna de Oscuridad. Ignoro cómo han atravesado las defensas, pero han abierto brechas en el interior. Están empleando una magia que no les pertenece y, por momentos, parece que la propia Torre respondiera a su presencia.

—¿Y los nuestros? —preguntó Cristóforo, tenso.

—Resisten. Nika, Stucco, Alena… Férula se niega a ceder la Galería Oeste. Judäthyn ha guiado a los más jóvenes hacia el Aula de Naturaleza Arcana.

Drawets dio un paso adelante, más grave que antes:

—¿Sabes dónde están Periandro y sus hermanas?

Enona bajó la mirada un instante.

—De los Sibyla no sabemos nada. Fueron al Salón de Evaluaciones, habilitado como punto de llegada de Minerva en los niveles superiores, bajo las almenas, pero no han regresado.

De pronto, un zumbido atravesó el aire. Una sombra veloz se deslizó por un lateral. Un zíngaro emergió con cuchillo en mano.

Antes de que Drawets pudiera reaccionar, Enona alzó la varita con firmeza.

—Inverso lapidem! —exclamó.

La piedra del pasillo se replegó con un crujido. Un destello de energía serpenteó por el aire, alcanzó al atacante y lo lanzó contra el muro. El zíngaro cayó inerte sobre las losas, con los brazos extendidos.

Drawets silbó, impresionado.

—Ya no haces solo florituras, ¿eh?

—Ahora enseño a desaparecer. Y a golpear antes de que pregunten.

Cristóforo se agachó junto al cuerpo, le quitó las armas y alzó la mirada.

—¿Puedes camuflar este acceso?

—Claro. Pero no por mucho tiempo.

—Hazlo. Y si alguien pregunta, dile que el pirata ya está dentro.

Enona sonrió de lado, mientras trazaba runas invisibles en el aire.

—Entonces será mejor que no os entretengáis.

Mientras el pasillo comenzaba a desdibujarse entre la niebla, Drawets y Cristóforo se internaron en la Torre rumbo al Salón de Evaluaciones.

Los piratas de las arenas

La crónica de Los Piratas de las Arenas representa la unión de dos mundos aparentemente irreconciliables: la inmensidad salada del océano y la vastedad ardiente del desierto. Esta historia no es solo la de una alianza estratégica entre dos pueblos, sino la de una familia dividida por el miedo y unida por una magia ancestral que desafía las distancias. Los protagonistas de este legado son los hermanos Shaleera y Ashrak, herederos de un linaje que combina la ferocidad de los corsarios de Kalzaria con la sigilosa dignidad de los nómadas de las arenas.

Para entender el origen de estos hermanos, es necesario retroceder a la unión de sus padres, dos líderes legendarios de sus respectivos pueblos. El padre, Sharim Ibn Nashel, conocido como el «Rugido de la Arena», es el heredero del linaje del Escorpión de Basalto. Criado bajo la estricta y sabia tutela de su tía Talisha, la «Voz del Desierto», Sharim fue moldeado para devolver la gloria perdida a su pueblo tras años de traiciones por parte de la Corona de Ámbar. La madre, por su parte, es Urraca II, apodada el «Tifón de Kalzaria», pretendiente al trono: una líder pirata que se crió entre el pueblo llano y heredó el mando de la nación corsaria.

Esta unión fue en gran medida una obra maestra de la diplomacia de Talisha. Tras la separación entre Elora y Doddy y la consecuente inestabilidad del reino, la tía de Sharim vio en la joven Urraca la oportunidad perfecta para entroncar el linaje del Escorpión con el poderío naval de Kalzaria. Casar a Sharim con la princesa pirata no sólo devolvía a los nómadas su antigua importancia e influencia en la futura corona —como en los tiempos del reinado de Melindres— , sino que creaba una fuerza capaz de domesticar tanto las dunas como las olas. De este matrimonio nacieron Shaleera y su hermano menor, Ashrak, destinados a gobernar sobre el desierto y el mar.

Los primeros años de los hermanos fueron un constante ir y venir entre entornos opuestos. Se criaron por temporadas, alternando la aridez del Desierto de Al-Yavist con la brisa marina de la Isla de Kalzaria. Esta dualidad marcó sus juegos infantiles: cuando estaban en la costa, pasaban las horas construyendo intrincados castillos de arena; cuando residían en el desierto, su pasatiempo favorito era surcar las dunas a bordo de un barco pirata improvisado con maderas viejas y una sábana, imaginando que el polvo era espuma de mar.

Shaleera, la mayor por dos años, desarrolló desde pronto un carácter protector hacia su hermano. Poseedora de una valentía que la convirtió en la favorita de su padre, le instruyó en el arte de la lucha con armas de filo al estilo del desierto, aunque ella siempre prefirió las armas de fuego, que disparaba con notable precisión. Su abuela Nashel, viendo en ella la fuerza de espíritu que poseían las Hijas de Arishai, depositó en ella la confianza para heredar algún día el liderazgo de las tribus nómadas. Por el contrario, Ashrak creció con una naturaleza más noble y afable, ganándose el favor de su madre, quien veía en él el reflejo de su propia infancia en las calles de Instántalor. Ashrak demostró un don inusual: la capacidad de percibir amenazas observando el vuelo de las gaviotas y un asombrosamente ágil manejo de la espada que le valió el respeto de los corsarios de Kalzaria.

El destino de los hermanos cambió de forma irreversible durante una tarde de juegos en el desierto. Mientras simulaban una de sus travesías por las dunas, el suelo comenzó a agitarse. De las entrañas de la arena surgió un ejército de esqueletos, restos insepultos de guerreros caídos en las antiguas batallas del desierto, que habían sido levantados mediante artes prohibidas de nigromancia.

Los niños estuvieron a punto de perecer bajo el asalto de los muertos vivientes, pero fueron rescatados en el último momento por las Hijas del Escorpión, quienes pulverizaron a los atacantes. Tras este evento, Talisha realizó investigaciones que señalaron una verdad inquietante: detrás del intento de asesinato se proyectaba la sombra de la Corona de Ámbar y su nuevo pacto con las fuerzas oscuras. Temiendo que un nuevo ataque pudiera acabar con ambos herederos de una sola vez, los padres tomaron la dolorosa decisión de separarlos definitivamente.

A partir de ese momento, los caminos de los hermanos se bifurcaron. Ashrak fue enviado a Kalzaria para vivir bajo la protección de su madre y de la flota pirata. Allí se convirtió en un símbolo de esperanza para los corsarios, quienes ven en él al líder que algún día los llevará a conquistar de nuevo el Palacio de Ámbar. Sin embargo, en la intimidad de sus pensamientos, Ashrak anhelaba la tranquilidad del desierto y la compañía de sus tías nómadas.

Shaleera, por su parte, permaneció en las dunas con su padre siendo criada para ser una Hija del Escorpión que un día heredara el cargo de la Flor de Fuego. Sin embargo, por las noches, y en secreto, se asomaba a la entrada de su jaima y escuchaba el sonido de la arena mecida por el viento nocturno soñando  que estaba rodeada por las olas del mar y asaltaba los barcos de la corona al mando de su sanguinaria tripulación.

El único consuelo de los dos hermanos ante esta separación forzosa provino de un origen inesperado. Las Ondinas, movidas por un deseo de redención y por la nobleza de la Dama Turquesa Aldara, aconsejada por Leira, su espíritu protector, les entregaron un filtro mágico único. Esta pócima poseía el poder de conectar dos masas de agua, permitiendo la comunicación entre dos espacios distantes, aunque solo durante las noches de luna llena.

Los hermanos eligieron en secreto dos lugares sagrados para este vínculo: el Oasis de Basalto en el corazón del desierto y el Pozo del Grumete Ahogado en Kalzaria. En cada luna llena, uno de ellos se sumerge en las aguas de su hogar para emerger mágicamente al lado del otro. Estos breves encuentros son el hilo que mantiene unido su vínculo, permitiéndoles compartir secretos, consejos y sueños mientras el mundo exterior cree que están a cientos de leguas de distancia.

La participación de Shaleera y Ashrak en el gran torneo de Calamburia no es solo una búsqueda de gloria personal, sino que representa la última aventura que podrán correr juntos antes de que las responsabilidades de estado los obliguen a separarse de forma definitiva para asumir las funciones de líderes a las que están designados.

Shaleera llega al torneo con la destreza de una líder de las arenas, dispuesta a proteger a su hermano a toda costa con su visión estratégica y su liderazgo, mientras Ashrak aporta su entusiasmo, su asombrosa sensibilidad para detectar las amenazas y el filo de su espada. Juntos, personifican la resistencia de los pueblos primigenios, el pueblo llano y la libertad de los piratas contra la tiranía teocrática de la corona y su alianza con Cuna de Oscuridad. Su historia es un recordatorio de que, aunque el desierto y el mar sean fuerzas opuestas, cuando el aguijón del escorpión se une al tifón del corsario, no hay corona ni magia oscura capaz de detenerlos.

LOS PIRATAS DE LAS ARENAS

Su sangre real representa la unión entre los corsarios marinos y los guerreros nómadas del desierto. Desde pequeños han aprendido a luchar por su vida con espadas y armas de fuego para sobrevivir a la amenaza de los usurpadores. ¡Alimentad vuestra esperanza, pueblo de Calamburia, pues aquí llegan los Piratas de las Arenas!   


La pareja

Shaleera

Ella es la hermana mayor, decidida y protectora. Adiestrada por su familia como futura heredera de las tribus nómadas, prefiere luchar utilizando su trabuco y soñar que surca los mares al frente de su propia tripulación. ¡Echad cuerpo a tierra pues aquí llega la princesa Shaleera, el tifón de arena!


–


Ashrak

Él es el hermano pequeño, dulce y crédulo, pero valiente y excelente espadachín. Ha sido educado para liderar un día la isla pirata, pero en secreto sueña con volver un día a contemplar sus amadas dunas. ¡Poneos en guardia ante la estocada del príncipe Ashrak, el escorpión marino!