Personajes que aparecen en este relato

LA RAÍZ SERENA RESPONDE
El palacio fauno ocupaba una hondonada protegida en el corazón de la Jungla. Las copas de los árboles más antiguos se entrelazaban sobre él hasta formar un techo vivo. Los troncos y las enredaderas componían sus muros, atravesados por aberturas que se cerraban cuando el viento cambiaba. Bajo sus pies, el musgo se hundía ligeramente y recuperaba su forma después de cada paso.
Orquídeas de colores intensos crecían entre helechos gigantes. Había flores rosadas de pétalos finos y racimos de corolas doradas que recogían la luz del dosel y la derramaban sobre la hondonada. El aire permanecía tibio, cargado de aromas vegetales y del murmullo constante de las hojas.
En el centro de aquel espacio aguardaba Édera.
Llevaba los cuernos al descubierto, adornados con flores carnosas y hojas frescas. Una melena rosa, indómita y brillante, descendía por su espalda; un pelaje del mismo color cubría sus pantorrillas hasta las pezuñas. Su piel moteada y la curva oscura de su nariz conservaban los rasgos de los faunos más antiguos.
Vestía un corsé de corteza bruñida y cobre oscuro. Sobre los hombros caía una capa verde, tejida con hojas vivas y recorrida por finos líquenes dorados. En una mano sostenía un báculo de madera todavía húmeda. Varias hojas metálicas colgaban de sus ramas y, en la parte superior, una esfera emitía pulsos de luz verde.
Su presencia bastaba para imponer silencio. Había en su postura una autoridad cultivada durante años de decisiones difíciles, y en sus ojos marrones permanecía alerta una inteligencia que medía cada gesto antes de concederle valor.
Ramia perdió por un instante la firmeza de una pierna. Quercus la sostuvo antes de que cayera y ella volvió a erguirse apoyada en su brazo. Édera contempló el movimiento sin apartar la vista. Después observó la túnica desgarrada de Grahim, el cansancio de Quercus y el ala herida que Deralya mantenía plegada contra el cuerpo.
Durante unos instantes, nadie habló.
Édera los observó uno a uno. Su mirada se detuvo algo más en Quercus.
—Habéis llegado con vida —dijo. Después se dirigió directamente al fauno—. La Jungla vuelve a recibir a Pezuña de Roble.
Quercus inclinó la cabeza.
—Siempre he pertenecido a ella, mi Dama.
Édera reparó entonces en Ramia. La guardabosques se mantenía en pie gracias al brazo de Quercus, aunque sus piernas temblaban bajo el peso de su propio cuerpo.
—Vandrell me ha hablado del hechizo que todavía llevas dentro —dijo la Dama Esmeralda—. También me ha contado quién te lo impuso.
Hundió la base del báculo en la tierra. La esfera respondió con un violento destello verde.
—Karkaddan… —pronunció con abierto desprecio—. Ese miserable permaneció junto a Kárida cuando traicionó a las demás damas y no se apartó de ella después de que Drëgo la convirtiera en la Dama Negra. Ahora negocia con la Oscuridad y ataca a quienes descubren sus planes. El unicornio ha dejado de limitarse a ocupar un lugar junto a su consorte: se ha convertido en su emisario y en uno de sus principales ejecutores.
Édera apretó el báculo hasta que las hojas metálicas vibraron.
—Si cree que puede amenazar nuestras tierras y esconderse después bajo la sombra de Kárida, pronto descubrirá su error.
Después, su tono cambió.
—No hay tiempo.
Alzó el báculo. La esfera respondió con un resplandor verde y las hojas doradas comenzaron a vibrar. Frente a ellos se reunió una bruma espesa, atravesada por destellos de diferentes colores.
La esfera ordenaba en imágenes los testimonios que los mensajeros y aliados de la Dama Esmeralda habían llevado hasta la Jungla. También podía representar las consecuencias que Édera deducía de aquellos informes. La Dama Esmeralda no estaba contemplando aquellos lugares a distancia ni pretendía mostrarles una profecía.
La primera imagen reveló los Montes de Acero. Las cumbres oscuras se alzaban bajo un cielo cubierto de nubes, y varias figuras avanzaban por sus laderas ocultas bajo barro, ramas y pinturas de guerra. Entre ellas caminaba una anciana enana de espalda recta. Sostenía entre las manos una piedra tallada con runas antiguas.
—Esa es Hylda, madre de Elga, la actual Dama de Acero —explicó Édera—. Jamás ha ostentado ese título, pero conoce los pasadizos de las montañas y sabe hablar con la piedra. Los enanos que todavía se mantienen fieles a la Dama Blanca marchan con ella.
Hylda apoyó una mano sobre la pared de un desfiladero. Las runas de la piedra que portaba se iluminaron y una grieta se abrió entre las rocas, lo bastante ancha para permitir el avance del grupo.
—Elga posee la autoridad —continuó Édera—. Su madre conserva el conocimiento. En una guerra, conviene no confundir ambas cosas.
La bruma se agitó y los Montes de Acero se deshicieron. En su lugar apareció el río Antojo de Kronos, ancho y cubierto por una niebla baja. Varias ondinas avanzaban por una de sus orillas. Sus cuerpos despedían reflejos azules y verdosos, y las aguas se elevaban a su paso para formar una barrera. En la ribera opuesta ardían fuegos rojos entre los árboles.
—Las ondinas han tomado posiciones junto al río —dijo Édera—. Tratan de contener a los efreets antes de que alcancen esta orilla. Si el fuego de los efreets cruza el Antojo de Kronos, encontrará demasiados lugares donde alimentarse.
Las llamas de la proyección golpearon la barrera de agua. Una nube de vapor borró la escena y cubrió la hondonada con un resplandor pálido.
—Esto ya está ocurriendo —continuó la Dama Esmeralda—. La Dama Negra extiende su influencia mientras nosotros hablamos. Algunos pueblos se han unido a ella. Otros han elegido el silencio y esperan descubrir quién vencerá antes de comprometerse. La Jungla Esmeralda no hará ninguna de las dos cosas.
Édera hizo girar el báculo. La bruma se contrajo y formó una tercera imagen.
Esta vez no mostró un lugar ni un acontecimiento, sino una corriente de magia que nacía en el Reino Faérico. La energía convergía en la Aguja de Nácar y atravesaba el canal que la unía con la Torre Arkhana. Desde Skuchaín, se ramificaba en centenares de cauces luminosos que recorrían Calamburia.
Grahim contempló el entramado con creciente inquietud. Conocía aquel vínculo. Theodus y Öthyn lo habían creado siglos atrás para sostener el equilibrio entre ambos mundos.
Alrededor de la corriente comenzaron a aparecer pequeñas manchas oscuras. Algunas procedían de los bosques corrompidos; otras brotaban de las criaturas faéricas sometidas por Kárida. La bruma las condujo hacia la Aguja, donde quedaron suspendidas junto al flujo de magia.
—La Torre recibe su poder a través de nuestro mundo —dijo Édera—. Todo cuanto atraviesa la Aguja termina alcanzando Skuchaín y, desde allí, se extiende por Calamburia.
Una de las manchas rozó la corriente. La luz se enturbió y avanzó por el canal principal hasta penetrar en la Torre. Después continuó por sus ramificaciones.
—Todavía ignoramos cuánto puede resistir ese vínculo —prosiguió la Dama Esmeralda—. Pero, si la oscuridad que se extiende por el Reino Faérico llega a alterar el flujo, la corrupción no se detendrá en nuestras fronteras.
En la imagen, los cauces que recorrían Calamburia adquirieron un tono ceniciento. Grahim siguió su avance hasta que la bruma ocultó las consecuencias.
—¿Crees que Kárida puede utilizar la Aguja para corromper nuestra magia? —preguntó.
—Creo que permitirle conquistarla sería correr ese riesgo —respondió Édera—. Y la Jungla no puede esperar a que suceda para descubrir si estábamos en lo cierto.
La Dama Esmeralda deshizo la imagen con un movimiento del báculo.
—Cuando hables con Kórux, adviértele de que la guerra del Reino Faérico podría alcanzar Calamburia incluso antes de que sus enemigos crucen un portal.
La bruma no desapareció. Permaneció extendida ante Édera, aunque la claridad de sus bordes fue perdiendo intensidad.
—El peligro que amenaza a la Torre no necesita ninguna conjetura —añadió.
La esfera emitió un nuevo pulso. Entre la bruma apareció Minerva.
Grahim avanzó un paso.
Barastyr y Érebos surgieron a ambos lados de la erudita. La niebla se cerró alrededor de su cuerpo y la aprisionó en una camisa de fuerza invisible. Minerva trató de pedir ayuda, pero una mordaza mágica sofocó su voz.
La escena cambió con brusquedad.
Minerva permanecía arrodillada. Kávila caminaba a su alrededor mientras el joven Arnaldo sostenía una daga a escasos centímetros de su rostro. Habían transcurrido horas. La erudita tenía el cuerpo vencido por el tormento, pero continuaba negándose a revelar el paradero de las princesas.
Arnaldo extrajo un zafiro de entre sus ropajes.
La piedra derramó una oscuridad densa sobre el despacho. Amunet apareció en el centro de la estancia con el báculo alzado. Dentro de la madera se agitaba el poder de tres súcubos, convertido en una corriente infernal que teñía las paredes de rojo.
—¿Cuándo ocurrirá esto?
—El ataque ya ha comenzado —respondió Édera—. Lo que acabas de ver todavía no ha sucedido, pero sucederá si los demonios alcanzan a Minerva.
Grahim contempló a la directora suspendida entre los hilos mágicos del báculo de Amunet.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Muy poco.
Édera cerró la mano. La imagen se deshizo y la bruma descendió hasta cubrir el musgo.
—Skuchaín ya combate su guerra —continuó—. La nuestra se extiende por los montes, los ríos y los bosques del Reino Faérico. Kárida avanza hacia la Aguja mientras Amunet busca una forma de doblegar la Torre. Si ambos pueblos libran sus batallas por separado, nuestros enemigos podrán elegir dónde concentrar sus fuerzas.
Grahim apartó la mirada del lugar donde Minerva había desaparecido.
—Quieres que Kórux envíe magos fuera de Calamburia cuando los demonios ya han conseguido entrar en Skuchaín.
—Quiero que proteja el origen de la magia con la que pretende expulsarlos —replicó Édera—. Y no le pido que debilite la Torre.
La Dama Esmeralda apoyó el báculo sobre la tierra. Dos raíces surgieron bajo la bruma. Una se extendió hacia la Aguja de Nácar; la otra rodeó los cimientos de la Torre.
—Si Kórux envía magos al Reino Faérico para combatir junto a la Dama Blanca y detener a Kárida, la Jungla enviará guerreros a Skuchaín. Mientras vosotros defendéis la Aguja, los faunos contendremos a las fuerzas del Inframundo que amenazan la Torre. Nuestras fuerzas combinadas serán más efectivas.
Quercus adelantó una pezuña.
—La Jungla responderá a la llamada de la Torre.
La Dama Esmeralda volvió hacia él una mirada severa.
—Responderá cuando el Archimago acepte mis condiciones. No entregaré la sangre de los faunos mientras Skuchaín protege sus murallas y deja que la oscuridad se apodere de nuestro mundo.
Después centró de nuevo su atención en Grahim.
—Cada pueblo conservará el mando sobre sus fuerzas. Los magos combatirán junto a la Dama Blanca, pero no someterán a los pueblos faéricos a la autoridad de la Torre. Mis guerreros defenderán Skuchaín, aunque tampoco servirán a Kórux. Compartiremos cuanto averigüemos sobre las amenazas que se ciernen sobre ambos mundos y mantendremos la alianza mientras Kárida y Amunet continúen avanzando.
Grahim contempló las dos raíces. La primera rodeaba la Aguja. La segunda ascendía por la Torre, protegiéndola de las siluetas demoníacas que empezaban a reunirse a sus pies.
—No puedo aceptar esas condiciones en nombre de Kórux.
—Ya sé que no eres el Archimago.
—Tampoco puedo garantizar que envíe a sus magos lejos de Skuchaín.
Édera sostuvo su mirada.
—Por eso no te he pedido una garantía. Te he pedido que comprendas la propuesta antes de llevarla hasta él.
Ramia soltó el brazo de Quercus. Sus piernas temblaron al recibir todo el peso de su cuerpo, pero consiguió mantenerse erguida.
—Grahim no será el único que hable ante Kórux —intervino—. Yo declararé lo que descubrimos y cuanto hizo Karkaddan para impedir que pudiéramos contarlo.
Édera observó el esfuerzo que realizaba la guardabosques para permanecer en pie.
—El unicornio pretendía silenciarte.
—Tendrá que intentarlo de nuevo.
Una sonrisa breve y afilada cruzó el rostro de la Dama Esmeralda.
—Karkaddan te ha convertido en una prueba de aquello que quería ocultar. Disfrutaré recordándoselo cuando vuelva a tenerlo delante.
Deralya emitió un gorjeo grave desde la retaguardia. La verdiplumas mantenía el ala herida pegada al cuerpo, aunque había alzado la cabeza al escuchar a Ramia.
Quercus se situó junto a ambas.
—Iré con ellos a Skuchaín —dijo—. Le daré tu mensaje al Archimago y volveré con lo que diga.
—Aunque sea una negativa —advirtió Édera.
—Aunque diga que no, volveré.
Las hojas metálicas del báculo vibraron. Varias raíces finas brotaron alrededor de los presentes y trazaron un círculo abierto sobre el musgo. Una pequeña separación permaneció frente a Grahim.
—Pentandra conserva secretos —declaró Édera—. La Raíz Serena conservará estas condiciones. El círculo continuará abierto hasta que Kórux haya respondido.
Grahim bajó la vista hacia el entramado.
—Es una forma peligrosamente elegante de presionarme.
—La elegancia es prescindible. La presión, en ocasiones, resulta necesaria.
El impromago se inclinó y apoyó una mano sobre la raíz que aguardaba frente a él.
—Llevaré la propuesta hasta Kórux. Le contaré lo que hemos visto y la defenderé ante quienes crean que la guerra del Reino Faérico termina en sus fronteras.
La esfera del báculo brilló con fuerza. Las raíces se aproximaron, pero dejaron entre sus extremos una abertura estrecha antes de volver a hundirse en la tierra.
Édera contempló la línea incompleta.
—Todavía no existe una alianza entre nuestros pueblos —sentenció—. Sin embargo, la Torre ya no podrá afirmar que desconocía nuestra mano tendida.
Un canto grave atravesó la Jungla.
Ramia alzó la cabeza antes que ninguno de los faunos. La primera nota se prolongó entre los árboles; la segunda se quebró tres veces y terminó en un descenso brusco.
—Es una llamada de auxilio —dijo.
Quercus aguzó el oído.
—Parece el canto de un guardabosques.
—Lo es —confirmó Ramia—. Y conozco esa voz.
El sonido volvió a escucharse, mucho más cerca. Esta vez, la melodía contenía una advertencia de peligro inmediato.
Ramia se soltó del brazo de Quercus. El dolor estuvo a punto de derribarla, pero consiguió mantenerse erguida mientras observaba la entrada de la hondonada.
—Es Aodhan.
Édera giró el báculo y respondió con tres notas breves y poderosas. Los troncos que protegían el acceso a la Raíz Serena comenzaron a separarse.
Una figura cubierta de barro, hojas y sangre apareció al otro lado.
Aodhan tenía varios cortes en los brazos y la ropa desgarrada a la altura del pecho. La sangre le oscurecía un costado, aunque avanzaba con firmeza. Aún sostenía el báculo en una mano. Varios relámpagos azulados recorrían la madera, y su cuerpo conservaba la tensión de quien acababa de abandonar una batalla con la intención de regresar a ella.
Sus ojos recorrieron a los faunos reunidos alrededor de Édera hasta detenerse en Ramia y Grahim.
—¿Qué hacéis aquí?
Ramia fue hacia él. Apenas consiguió dar dos pasos antes de que las piernas le fallaran.
Aodhan cruzó la distancia que los separaba y la sujetó por los brazos antes de que cayera.
—Podría preguntarte lo mismo —respondió ella.
El guardabosques reparó en su palidez y en las heridas que asomaban bajo la ropa.
—¿Puedes sostenerte?
Ramia afianzó una mano sobre su brazo.
—Lo suficiente. ¿Qué ha ocurrido?
Aodhan dirigió la mirada hacia Grahim.
—La Torre está siendo atacada. Las fuerzas del Inframundo han conseguido entrar en Skuchaín.
El rostro del impromago perdió cualquier rastro de humor.
—¿Cómo han atravesado las defensas?
—No las han atravesado —respondió Aodhan—. Los portales comenzaron a abrirse dentro de la Torre. Algunos aparecieron en las galerías; otros, en las aulas y en las dependencias inferiores. Cerrábamos uno y surgían dos más en otra zona.
Aodhan se limpió contra la ropa la sangre que le resbalaba por los dedos.
—Las defensas exteriores continúan activas, pero ya no sirven. El enemigo se encuentra dentro de ellas.
Édera se aproximó a los dos guardabosques.
—¿Quién dirige la resistencia? —preguntó la Dama Esmeralda.
—Nadie puede dirigirla por completo —explicó Aodhan—. Los ataques han aislado unas zonas de otras. Los profesores, los guardabosques y los alumnos defienden las galerías que todavía controlan, pero apenas pueden comunicarse entre ellos.
Grahim avanzó un paso.
—¿Y Kórux?
—No ha regresado a la Torre —respondió Aodhan—. La última noticia que recibimos lo situaba en el Faro. Las comunicaciones han caído y ningún mensaje llegará hasta él a tiempo.
La esfera del báculo de Édera emitió un pulso.
—¿Qué ha sucedido con Periandro?
Aodhan negó con la cabeza.
—No lo sabemos. Ni él ni sus hermanas han dado señales. Nadie ha conseguido localizarlos desde que comenzó el ataque.
—¿Y Minerva? —preguntó Grahim.
—Tampoco sabemos nada de ella —respondió Aodhan—. Nadie la ha visto en la Torre ni hemos recibido noticias desde el Faro.
La incertidumbre endureció el rostro de Grahim. Minerva, Kórux y los tres hermanos Sibyla permanecían fuera del alcance de quienes defendían Skuchaín. La Torre combatía sin saber dónde se encontraban aquellos que podían reunir sus fuerzas.
Édera volvió la mirada hacia el círculo incompleto que las raíces habían trazado sobre el musgo. La abertura permanecía frente a ellos. Kórux todavía no había escuchado sus condiciones y la alianza entre Skuchaín y la Jungla continuaba pendiente.
La Dama Esmeralda hundió el báculo en la tierra.
Las hojas metálicas vibraron.
—La Jungla enviará una avanzadilla.
Quercus alzó la cabeza.
—Mi Dama…
—El pacto todavía no existe —continuó Édera—. Kórux deberá aceptar que sus magos combatan junto a la Dama Blanca antes de que movilice a todo mi pueblo. Esa condición permanece.
Dirigió hacia Grahim una mirada inflexible.
—Pero no esperaré su respuesta mientras los demonios asesinan a quienes no han participado en esta negociación. Los guerreros que crucen hoy defenderán a los habitantes de la Torre. No representarán todavía a todo el ejército de la Jungla. Serán la mano que Skuchaín deberá decidir si desea estrechar.
Grahim contempló el círculo abierto.
—Haré llegar tus condiciones a Kórux en cuanto consiga encontrarlo.
—Procura que también comprenda por qué no he esperado su permiso para salvar a los suyos.
Édera alzó el báculo y entonó tres notas profundas.
El canto descendió por las raíces y atravesó la hondonada. Los troncos respondieron con golpes sordos. En la distancia surgieron otras voces, primero aisladas y después unidas en una melodía que avanzaba por la Jungla.
Las aberturas de la Raíz Serena comenzaron a llenarse de movimiento.
Los primeros faunos armados aparecieron entre la vegetación. Algunos portaban lanzas de madera endurecida; otros llevaban arcos tejidos con fibras vivas y carcajes sujetos a la espalda. Habían permanecido preparados para marchar hacia los frentes del Reino Faérico. Ahora aguardaban una orden diferente.
Édera señaló a Quercus.
—Pezuña de Roble, dirigirás la avanzadilla.
Quercus apoyó el puño sobre el pecho.
—Defenderemos a los que sigan luchando dentro de la Torre.
—Contendréis a las fuerzas del Inframundo y abriréis una vía de evacuación para los habitantes de Skuchaín —ordenó Édera—. Si Kórux rechaza el pacto, regresaréis en cuanto la situación permita vuestra retirada.
Quercus inclinó la cabeza.
—Cumpliremos tu voluntad, mi Dama.
Ramia se separó lentamente de Aodhan.
—Yo también cruzaré.
El guardabosques se volvió hacia ella.
—Apenas puedes mantenerte en pie.
—La Torre necesita a todos sus guardabosques —respondió Ramia—. Además, los nuestros deben saber qué ha hecho Karkaddan. Si continúan utilizando los canales sin conocer la corrupción que se extiende por ellos, podrían abrirle nuevas entradas al enemigo.
—Grahim puede contarlo.
—Grahim no sintió el hechizo dentro de su cuerpo.
Aodhan conocía lo suficiente a Ramia para comprender que no conseguiría disuadirla. Aun así, mantuvo una mano sobre su brazo hasta asegurarse de que podía sostenerse.
Édera observó a la guardabosques.
—La magia de Karkaddan todavía permanece en ti.
—Por eso necesito regresar —respondió Ramia—. Soy la única que puede reconocerla antes de que vuelva a atravesar otro portal.
La Dama Esmeralda inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces ve. Pero conserva las fuerzas necesarias para advertir a los tuyos.
Deralya emitió un gorjeo desde la retaguardia.
La verdiplumas avanzó entre los guerreros hasta situarse junto a Quercus. Mantenía el ala herida pegada al cuerpo y apoyaba una de sus garras con dificultad, aunque su mirada permanecía fija en el lugar donde los guardabosques trataban de recuperar el portal.
Quercus interrumpió sus órdenes al verla.
—Tú te quedas en la Jungla.
Deralya respondió con un graznido áspero y golpeó la tierra con el pico.
—Tienes un ala herida —insistió el fauno—. Ya has arriesgado bastante por nosotros.
La verdiplumas alzó la cabeza y se colocó frente a él, dispuesta a impedirle avanzar sin ella.
Quercus sostuvo su mirada durante unos instantes. Después, apoyó una mano sobre su cuello.
—Entonces no te apartes de mí.
Deralya sacudió las plumas y permaneció junto a sus pezuñas mientras la avanzadilla terminaba de prepararse.
—Parece que no soy la más cabezota del equipo —comentó Ramia.
Aodhan la miró de reojo.
—No sacaría conclusiones tan pronto.
Ramia ocultó una sonrisa y dirigió la atención hacia el portal.
Aodhan contempló la entrada de la hondonada.
—El portal por el que he venido conserva su anclaje con Skuchaín. Podremos recuperarlo, aunque la magia de la Torre está sufriendo demasiadas interferencias.
Se arrodilló sobre el musgo y dejó el báculo junto a su pierna. A pesar de las heridas del guardabosques, varios relámpagos azulados continuaban recorriendo la madera.
Ramia se situó a su lado con la vara floral entre los dedos.
—No tendrás que hacerlo solo.
Aodhan observó la línea oscura que todavía ascendía por la muñeca de Ramia.
—Si el hechizo de Karkaddan vuelve a extenderse, romperemos la conexión.
—Si la rompemos antes de abrir el portal, quienes están dentro seguirán combatiendo solos.
Aodhan aceptó su decisión con un gesto.
Los dos apoyaron las palmas sobre el musgo y cerraron los ojos. Antes de recurrir a sus conjuros, los guardabosques escucharon cuanto la tierra conservaba.
Aodhan siguió el calor dejado por su propio tránsito. Ramia percibió el musgo alterado, las raíces que se habían retirado para permitirle el paso y la humedad agria de la magia corrompida. El rastro descendía bajo la hondonada y se alejaba hacia Skuchaín convertido en un cauce débil, zarandeado por las sacudidas que atravesaban la Torre.
Las raíces temblaron bajo sus manos.
—Lo he encontrado —dijo Ramia.
—Sujétalo.
Ramia aferró aquella corriente con su magia. Aodhan retiró la mano de la tierra y empuñó el báculo. Lo hundió junto al anclaje y los relámpagos descendieron por la madera hasta penetrar en el suelo.
Ramia alzó su vara floral. Las campanillas moradas que cubrían la rama ritual se abrieron una tras otra y orientaron sus corolas hacia el punto señalado por Aodhan.
Los dos guardabosques pronunciaron el conjuro al unísono:
—Portae Sylvarum.
El báculo de Aodhan descargó un pulso sobre la tierra. La vara de Ramia respondió con una corriente verde que recorrió el trazado y lo cubrió de brotes. Un círculo de raíces surgió frente a ellos. Las ramas crecieron desde ambos extremos y comenzaron a tejer un arco, alimentadas por el poder de los dos guardabosques.
Varias nacieron ennegrecidas y se quebraron antes de alcanzar la parte superior.
Ramia contuvo un gemido. La línea oscura de su muñeca ascendió por el antebrazo y el hechizo de Karkaddan volvió a tensarle los músculos.
Aodhan sostuvo el báculo con ambas manos.
—Ramia…
—Continúa.
El guardabosques liberó una segunda descarga. Las raíces lograron unirse, pero la oscuridad procedente de Skuchaín comenzó a extenderse por ellas y a devorar los brotes de la vara floral.
Grahim desenvainó la varita y se arrodilló detrás de los guardabosques.
—Sostened el cauce. Yo protegeré las raíces.
Apoyó la punta de la varita sobre una de las ramas ennegrecidas. Su marca arcana se encendió y el mismo fulgor recorrió la madera.
—Creo lignum.
Del arco brotaron raíces nuevas. Crecieron alrededor de las partes dañadas, cubrieron las grietas y formaron una segunda capa de madera viva. La corriente verde nacida de la varita de Grahim rodeó el umbral sin penetrar en el cauce que Aodhan y Ramia mantenían abierto.
La oscuridad retrocedió unos centímetros.
Aodhan afianzó el báculo. Ramia dirigió la vara floral hacia el centro del círculo.
Las raíces continuaron creciendo. Se entrelazaron con troncos jóvenes, engrosaron el arco y lo elevaron varios metros sobre la hondonada. La tierra cedió bajo sus extremos para sostener una estructura tan ancha que varios faunos podrían atravesarla al mismo tiempo. El umbral ocupó buena parte del espacio frente a la Raíz Serena.
El entramado adquirió profundidad.
El gran salón de magia de la Torre Arkhana apareció distorsionado al otro lado. De entre sus grietas emergían sombras informes, humanas y dolientes. Eran las almas de los zíngaros muertos, envueltas en humo ceniciento, con los rostros deformados por la nostalgia y la traición. Avanzaban arrastrando cadenas de fuego oscuro. Los antiguos del clan del Cuervo habían sido convocados desde donde jamás debieron despertar.
Un nuevo temblor recorrió el enorme arco. Los troncos crujieron y varias raíces se desprendieron de la parte superior. La abertura comenzó a contraerse por los bordes.
Aodhan apretó las manos alrededor del báculo.
—No podremos mantener un portal de este tamaño durante mucho tiempo.
Grahim observó las grietas que recorrían la estructura.
—Entonces no debemos obligar a una sola puerta a soportar toda la conexión.
Alzó la varita y trazó seis arcos en el aire. Su marca arcana se encendió al mismo tiempo que la punta.
—Creo lignum.
Las raíces del umbral principal se ramificaron. Seis prolongaciones avanzaron por la hondonada, se hundieron en la tierra y volvieron a surgir varios pasos más allá. Los troncos se elevaron alrededor del primer portal y formaron otros seis arcos, distribuidos frente a la Raíz Serena.
Grahim giró la varita.
La superficie del gran umbral se tensó y comenzó a repartirse por las nuevas raíces. Corrientes luminosas recorrieron la madera hasta llenar los seis marcos vacíos. La primera abertura se había multiplicado hasta formar siete portales, todos conectados con distintos puntos del gran salón de la Torre.
Ramia aferró la vara floral con ambas manos. Las campanillas moradas se orientaron hacia los siete accesos y cubrieron sus raíces de nuevos brotes.
Aodhan levantó el báculo. Los relámpagos azulados ascendieron por la madera y saltaron de un arco a otro.
—¡Portae Sylvarum!
Los siete umbrales se abrieron por completo.
Cada uno era menor que el primero, pero conservaba anchura suficiente para que una verdiplumas pudiera cruzarlo con las alas recogidas. Al otro lado se distinguían diferentes zonas del salón, rodeadas por el humo ceniciento de los espectros.
Grahim mantuvo la varita dirigida hacia las raíces.
—Ahora el peso está repartido.
—Y también nuestro poder —advirtió Aodhan—. No podremos sostener los siete durante mucho tiempo.
El sonido de decenas de pezuñas respondió desde la espesura.
El resto de la avanzadilla descendió hacia la Raíz Serena entre los troncos abiertos por Édera. Los lanceros ocupaban las primeras filas; detrás avanzaban los arqueros, con los carcajes sujetos a la espalda y las armaduras de madera cubiertas de hojas metálicas. Entre ellos aparecieron varias verdiplumas, con sus jinetes preparados para cruzar.
El último grupo apenas había alcanzado la hondonada cuando Quercus levantó el hacha.
—¡Dividíos frente a los portales!
La avanzadilla formó siete columnas. Los lanceros quedaron al frente y los arqueros se distribuyeron tras ellos, preparados para irrumpir en distintos puntos del salón.
Deralya abrió las alas junto a Quercus. La herida volvió inestable uno de sus movimientos, pero la verdiplumas consiguió mantenerlas extendidas.
El fauno acarició las plumas de su cuello.
—Tendrás que llevarlos hasta dentro.
Ramia alzó una ceja.
—¿A los dos?
—Grahim tiene que mantener abiertos los portales y tú apenas puedes andar —respondió Quercus—. Los dos vais encima. Y no discutas.
Deralya flexionó las patas para facilitarles el ascenso. Grahim montó primero y tendió una mano a Ramia.
—Vamos. Puedes recordarme cuánto detestas esto cuando sigamos vivos.
Ramia aceptó su ayuda y se acomodó delante de él, con la vara floral aferrada entre los dedos.
—Pienso hacerlo.
Grahim rodeó su cintura con un brazo y mantuvo la varita dirigida hacia los portales. Las raíces resistieron una nueva sacudida, aunque varias grietas verdes recorrieron los siete arcos.
Aodhan extrajo el báculo de la tierra.
Los portales se contrajeron, pero continuaron siendo lo bastante amplios para permitir el avance de los faunos.
—¡Rápido, dentro! —gritó.
Deralya se lanzó hacia el portal central. Las demás verdiplumas avanzaron hacia los otros umbrales mientras Quercus corría junto a la suya, al frente de los primeros lanceros.
El batir de las alas quebró el silencio.
Después llegó el estruendo de las pezuñas.
La avanzadilla del ejército fauno cruzó hacia Skuchaín a través de los siete portales.
Édera permaneció junto a las raíces elevadas de su morada mientras las últimas filas desaparecían en los umbrales. Su semblante estaba grave, pero sus ojos brillaban con una luz firme.
—Volved pronto, Pezuña de Roble. Nosotros aguantaremos el avance de la oscuridad.
