256 – SIGUIENDO LAS REGLAS AL PIE DE LA LETRA

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SIGUIENDO LAS REGLAS AL PIE DE LA LETRA

Sámara corría sin aliento. El dolor le trepaba por las piernas. Tropezaba, recuperaba el equilibrio y seguía adelante, empujada por las risas que sonaban cada vez más cerca. Si caía, la alcanzarían. A su paso, las raíces y las ramas que tantas veces habían protegido al clan permanecían inmóviles. El Bosque Perdido de la Desconexión la estaba dejando sola.

Aquel bosque había sido su hogar, su refugio y la cuna de las historias del clan. Pero desde el despertar del Inframundo, ya no todo el bosque era suyo. Había zonas donde la magia zíngara no penetraba, donde los árboles élficos —seres ancestrales transformados en árboles, cuya esencia alimentaba el poder oscuro de los zíngaros— habían muerto o desaparecido. Eran heridas abiertas en el corazón del bosque, lugares en los que los zíngaros ya no entraban sin miedo.

Y Sámara acababa de cruzar uno de esos lugares.

La quietud entre los troncos resultaba antinatural. El canto de las aves había cesado y las hojas permanecían rígidas, ajenas al viento. Solo quedaban la bruma pegajosa y el eco de unas risas nacidas de algo profundo y miserable.

Eran pocos, pero bastaban. Bandidos sin patria ni memoria. El Orbe de la Confusión los había arrancado de cuevas, mazmorras y rincones olvidados de Calamburia y del Inframundo para arrojarlos en mitad del bosque, lejos de cuanto conocían. Llevaban demasiado tiempo desorientados y hambrientos. Poco a poco, el miedo había consumido los últimos restos de humanidad que conservaban. Sus miradas vidriosas, los labios entreabiertos y las manos extendidas revelaban sus intenciones. Corrían tras ella empujados por un ansia ciega, sin órdenes ni conciencia.

Uno de ellos se lanzó sobre ella. Sámara se zafó con un giro torpe y alcanzó la vara de sonajas que llevaba sujeta al cinturón. Logró sacarla, pero tropezó antes de afianzarla entre los dedos. La vara cayó y rebotó pendiente abajo. Sámara perdió el equilibrio, cayó de lado y rodó tras ella hasta un claro donde no crecía nada.

La tierra estaba húmeda y caliente. Entre las piedras dispersas se filtraba un intenso olor a azufre.

Y allí estaba él.

Una figura alta, erguida sobre una roca baja, envuelta en una jopula oscura que ondeaba sin viento. Dos cuernos curvos sobresalían de su frente y sus ojos, rojos y encendidos, seguían cada movimiento de la joven. Una sonrisa cruel tensaba sus labios. A su alrededor, los bandidos se detenían… y esperaban. Aguardaban su permiso.

Sámara se arrastró hacia atrás con la respiración entrecortada y buscó la vara de sonajas. Estaba allí, a un par de metros, medio hundida en la tierra.

Uno de los hombres descendió hasta el claro. Los demás lo siguieron. Sámara intentó levantarse, pero una punzada le atravesó el tobillo y volvió a caer. El primero la alcanzó y le agarró la falda. Otro se inclinó sobre ella con las manos extendidas.

Sámara comprendió lo que pretendían.

Un grito le desgarró la garganta y atravesó el claro con la fuerza de las voces que acompañaban los funerales, los nacimientos y las danzas de defensa del clan.

Clavó los dedos en la tierra y se impulsó hacia la vara. La alcanzó cuando una mano ya se cerraba sobre su tobillo. Aferró el mango y la sacudió con todas sus fuerzas.

Las sonajas metálicas rompieron la quietud con un golpe seco.

El eco metálico se extendió por el claro y se perdió entre los árboles. Sámara sintió una punzada junto al ojo izquierdo. Un ardor repentino le recorrió la sien.

La marca arcana —el sello de quienes nacían con el don de la magia— se iluminó sobre su piel. Aquella señal había crecido con ella, distinguiéndola de los demás zíngaros. Los del clan del Cuervo se habían encargado de convertir esa diferencia en motivo de burla y desprecio. Sámara había aprendido a odiarla, aunque también le recordaba que los suyos habían luchado para que nadie pudiera apartarla de ellos.

Una luz blanca recorrió las líneas de la marca y ascendió hacia la frente. Aquel resplandor no pertenecía a la magia oscura de los zíngaros.

Por primera vez, la marca actuó por su cuenta.

Las sonajas temblaron dentro de su puño, aunque Sámara ya había dejado de moverlas. El aire se volvió denso a su alrededor. Los bandidos retrocedieron, desconcertados, mientras la energía crecía dentro de ella hasta resultar insoportable.

Y entonces, su poder se desató.

La tierra se sacudió. Una onda de energía barrió el claro. Los cuerpos salieron despedidos antes de poder gritar. Sámara sintió que la vara escapaba de sus dedos. La luz desapareció de golpe y el mundo se apagó con ella.

Todos perdieron el sentido. Incluida la joven zíngara.

—Vaya, por fin —dijo una voz desde un extremo del claro.

Apoyado contra el tronco de un árbol oscuro, Barastyr la observaba con los brazos cruzados y las manos ocultas en las anchas mangas de su túnica. El brocado negro y granate formaba dibujos intrincados sobre la tela, y una gruesa banda de pelo negro le cruzaba el pecho. La oscuridad que cubría su ojo derecho endurecía aún más sus facciones, enmarcadas por una barba corta y canosa.

Caminó hacia la figura de la roca con pasos firmes. El ser cornudo no se movió. Su sonrisa permaneció intacta.

—Compórtate, Áxbalor —dijo Barastyr, con voz grave—. No estás en tu báculo.

El demonio ladeó la cabeza, divertido.

—Solo la estaba ayudando a recordar quién es.

Barastyr soltó un leve resoplido de desaprobación y dirigió la mirada hacia Sámara.

Ella estaba en el suelo. Inconsciente. La vara de sonajas había quedado junto a su mano y la marca aún despedía débiles destellos.

Barastyr la miró largo rato. Cuando se acercó a ella, su rostro adquirió una expresión serena, casi paternal. Se inclinó y le ofreció la mano.

—Vamos, joven zíngara —dijo con un susurro grave—. Tu madre te espera en casa.

Las palabras penetraron poco a poco en su aturdimiento. Sámara abrió los ojos sin comprender qué había sucedido. Al reconocer al consejero, aceptó su mano, se incorporó con dificultad y echó a andar junto a él.

El sendero se estrechaba entre troncos nudosos y raíces que parecían emerger para poner a prueba cada paso. Barastyr avanzaba en silencio, sin mirar atrás. Sámara lo seguía con la vara de sonajas apretada contra el pecho, todavía aturdida y sin atreverse a hacer preguntas.

Había sacudido la vara con la esperanza de que el bosque acudiera a su llamada, pero este no había respondido. Algo había sofocado la magia de aquel lugar. Los hombres, mientras tanto, parecían dominados por una violencia y un deseo enfermizos, despojados de cualquier límite. Sámara había comprendido entonces que no podía defenderse.

Sin embargo, algo distinto había despertado bajo su piel. El ardor persistía junto al ojo izquierdo, en la marca que su madre se había esforzado por ocultar desde su nacimiento. Aquel poder había brotado sin pedirle permiso.

Desde que le arrebató a un mago el libro titulado Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, escrito por Ailfrid, practicaba a escondidas cada uno de sus hechizos. Ninguno había respondido. Con el tiempo, había llegado a creer que su don solo podía manifestarse a través de la magia zíngara.

Lo sucedido en el claro acababa de demostrarle que estaba equivocada.

Aquella descarga no pertenecía a la magia zíngara. Sámara reconoció en ella algo que había leído una y otra vez en el tratado de Ailfrid, aunque hasta entonces nunca hubiera comprendido sus palabras.

«A veces, la polimorfosis no elige cuerpo, sino impulso. No crea figura, sino intención. Cuando la voluntad no sabe qué ser… se convierte en lo que necesita ser. Y eso —aunque no tenga forma— sigue siendo magia viva».

—Ailfrid, Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, capítulo VI.

En el claro, su miedo había respondido antes que ella. Se había convertido en una fuerza capaz de apartar cuanto trataba de someterla.

Cuando el bosque empezó a despejarse, Sámara reconoció el lugar antes de alcanzar a verlo. El olor de los braseros y el tintineo de las cuentas rituales llegaban hasta el sendero. El poblado zíngaro surgía entre los árboles: tiendas bajas de tela teñida con colores vibrantes, braseros encendidos con fuego azul, tótems de hueso y cuentas, círculos rituales trazados en la tierra que nadie debía cruzar sin permiso. Era su hogar, el lugar donde había nacido.

Los zíngaros que custodiaban la entrada no se acercaron. Vieron a Barastyr y se hicieron a un lado. Uno de ellos entonó algo en voz baja —una frase ritual, una bienvenida o quizás una advertencia— y luego se alejó sin dar la espalda.

Una expectación solemne cubría el campamento. Nadie se cruzó en su camino, pero las miradas los siguieron desde las tiendas y los braseros. Sámara sintió que todos esperaban algo.

Y entonces la vio.

De pie junto al fuego central, con la espalda recta y los ojos firmes, estaba Kálima, su madre.

Las llamas iluminaban sus facciones. Llevaba la pandereta apoyada contra la cadera y el cabello oscuro le caía suelto por la espalda. Al ver a su hija cubierta de tierra, algo vaciló en sus ojos, aunque su cuerpo permaneció inmóvil.

Sámara se detuvo un instante y luego corrió hacia ella. La vara de sonajas pendía de una mano; tendió la otra hacia su madre, buscando el refugio que había imaginado durante todo el camino.

Pero Kálima no la abrazó.

Durante un segundo pareció dispuesta a hacerlo. Entonces miró a la figura que aguardaba tras ella y retrocedió.

Amunet, emperatriz de los Dos Mundos, contemplaba la escena en silencio. La antigua corona de los reyes de Ámbar ceñía su cabeza. Mantenía una mano a la espalda y con la otra sostenía su báculo, en cuya punta se agitaba una luz rojiza.

Sámara quedó inclinada hacia su madre, con la mano todavía extendida y los ojos húmedos. El gesto de Kálima le dolió más que la caída en el bosque.

Arnaldo apareció a su lado.

Su hermano, siempre serio, la rodeó con los brazos antes de que pudiera reaccionar. No dijo nada. La sostuvo con fuerza y Sámara escondió el rostro en su hombro. Al fin se permitió temblar.

A su alrededor, nadie se movió. Todos sabían que el trato estaba a punto de cerrarse.

El fuego central crepitaba, y su luz alargaba sobre la tierra las sombras de los zíngaros reunidos.

Amunet permanecía erguida bajo la noche. Cada vez quedaba menos en ella de la niña que un día había alzado la voz para proclamarse emperatriz del Inframundo.

Dentro de ella, Nexara, señora de la intromisión, extendió sus sentidos. Gracias al poder de la súcuba, Amunet podía deslizarse en una mente ajena sin pronunciar una sola palabra. Cerró los ojos y buscó la conciencia de Áxbalor.

—¿Áxbalor? —lo llamó desde el pensamiento—. ¿Sigues ahí?

Una risa leve, casi perezosa, respondió en su mente.

—Siempre estoy, mi reina. Observaba cómo cada pieza ocupaba su lugar.

—No te demores en llegar. El plan ha funcionado.

—Lo sé. Barastyr ha silenciado el bosque y yo he avivado la violencia y el deseo de esos hombres. El miedo ha despertado la marca, tal y como esperábamos. Los zíngaros creen que Barastyr ha salvado a la muchacha y la deuda ya empieza a pesar sobre ellos. Sámara puede ser la llave que necesitamos.

—¿Y los suyos?

—Han visto exactamente lo que queríamos que vieran. Nadie desconfía del héroe que aparece en el último instante. Y menos si es el bueno de Barastyr. El engaño ha sido perfecto.

Amunet asintió una sola vez. Nexara retiró sus sentidos y las voces desaparecieron de su cabeza. Cuando abrió los ojos, el poblado continuaba expectante.

Kálima fue la primera en moverse. Mantuvo el mentón alto, aunque su mirada se detuvo un instante en Sámara, que aún permanecía entre los brazos de Arnaldo.

—Gracias, consejero —dijo, mirando a Barastyr—. Habéis salvado a mi hija. Como matriarca, os aseguro que el pueblo zíngaro no olvidará lo que habéis hecho.

Barastyr inclinó la cabeza, y su sonrisa no dejaba claro si era cortesía o sentencia.

—No hay nada que agradecer, matriarca. Solo soy un pobre consejero que pasaba por ahí. Apenas hice nada. Vuestra hija ha demostrado ser muy valiente… y poseer un talento poco común para la magia. —Entonces bajó la voz hasta casi un susurro, lo justo para que solo Kálima pudiera oírlo—. Una suerte que no hayáis tenido que entregarla a la Torre… todavía.

Amunet no intervino. Observaba. Medía. Calculaba.

Los dedos de Kálima se cerraron alrededor del mango de su pandereta. Durante años había mantenido a Sámara lejos de la Torre Arkhana, pero aquella amenaza nunca había desaparecido. Alzó el mentón y sostuvo la mirada del consejero.

—Mi hija responderá como pedís. Si su marca puede serviros, Sámara cumplirá con su deber. No hay deuda que un zíngaro no pague.

—¡Pero madre…! —Sámara se apartó de Arnaldo y se atrevió a intervenir—. Yo no quiero irme. No otra vez.

Barastyr entornó los ojos.

—Qué honorables sois cuando os conviene, matriarca.

Kálima lo ignoró. Se giró hacia Amunet con la dignidad intacta.

—Mi hijo ya ha demostrado su valía. En el Bastión Colby sostuvo el foco arcano que permitió vuestro traslado. Entregamos el Zafiro Vincular, una reliquia de nuestros ancestros, y no dudamos en ponerlo al servicio de vuestra causa.

Arnaldo dio un paso al frente.

—Para mí fue un honor servir como salvoconducto a la emperatriz. Mi hermana cumplirá ahora con su deber. Somos hijos del Cuervo. Caminamos entre las sombras y ponemos nuestro poder al servicio de vuestra causa. Como futuro patriarca, os aseguro que nuestro pueblo no os fallará. Ya logramos que el rey Rodrigo revelara quién estaba detrás de todo: la directora Minerva.

Sámara aún sentía en los hombros la fuerza con la que Arnaldo la había abrazado. Escucharlo decidir por ella le dolió más de lo que esperaba.

—¡Hermano, por favor…! —protestó Sámara—. Yo no soy como tú. No estoy preparada. No sé qué hacer con esto que me pasa.

Arnaldo la miró con firmeza.

—Tienes que ser valiente. La emperatriz sabrá valorar tu gesto.

Kálima se acercó a Sámara.

—Mi hijo ha sido fiel a la causa. Mi hija lo será también. Cumpliremos cuanto se nos pida. Los zíngaros no olvidan… ni incumplen su palabra.

Amunet se volvió hacia Kálima y asintió con lentitud, complacida.

—Entonces está decidido. Sámara vendrá conmigo. Su marca será la llave que nos permita entrar en la Torre y encontrar a esa metomentodo de Minerva.

Barastyr dejó escapar una risa breve.

—En ese caso, yo mismo os guiaré. —Se acomodó las mangas con gesto teatral—. Dicen que nadie conoce la Torre como los eruditos de antaño. Yo me limito a conocer sus trampas. Recorrí los sótanos de Skuchaín y caminé junto a Érebos cuando su nombre todavía no inspiraba miedo. —Hizo una pausa y ladeó la sonrisa—. Me seduce la idea de volver a ver aquellos pasillos.

Amunet esperó a que Barastyr terminara. Después, volvió a mirar a Kálima.

—Tu hijo también vendrá con nosotros. Ese muchacho —añadió, posando sobre Arnaldo una mirada cargada de malicia— tiene que aprender lo que significa ser patriarca.