La voz de Aurora Sibyla cortó el aire sin ceremonias. Los tres hermanos estaban reunidos en lo más alto de la Torre Arkhana, sobre una de las terrazas circulares que dominaban las tierras de Skuchaín, rodeados de viento y piedra encantada. Las nubes reptaban por debajo de sus pies y el cielo mostraba el azul opaco de los lugares saturados de magia.
Periandro no respondió enseguida. Miró el horizonte durante un instante. En la lejanía, la luz curvaba sus límites y Calamburia parecía contraerse bajo el peso de lo que se avecinaba.
—Con mi marca —dijo al fin, llevándose dos dedos a la frente, donde el dibujo arcano permanecía grabado en su piel—. Al cruzar las defensas, volvió a brillar y me abrió el paso. La Torre todavía me reconoce.
Aurora siguió el gesto de su hermano. Por instinto, se tocó el mismo lugar, pero bajo sus dedos solo encontró piel. Retiró la mano enseguida.
—¿Y ella? —añadió, señalando con un leve gesto a Carmélida—. Porque te recuerdo que solo a ti te brotó la marca. ¿No recuerdas? Siempre has sido el especial.
El tono arrastraba años de agravios que ninguno necesitaba nombrar y que todavía dolían al menor roce.
Carmélida no pareció sorprendida.
—¿En serio preguntas eso? —respondió con calma—. No atravesé las defensas a ciegas. Las entendí. ¿O ya has olvidado que las diseñamos juntas?
Aurora la observó sin moverse, sin asentir.
—Sí, ahora están reforzadas con una piedra mágica —añadió Carmélida—. Lo noté. Es una mejora elegante. Pero la estructura sigue siendo la misma. El conjuro base no ha cambiado, y una alquimista que conoce el corazón de un hechizo siempre puede descifrar las capas que lo protegen.
Una ráfaga más violenta barrió la terraza y agitó sus ropas.
—Creí que nunca volverías a pisar este lugar —murmuró entonces Aurora, sin mirarles.
—Yo también lo creí —dijo Carmélida—. Pero hemos dejado atrás el tiempo de las promesas rotas. Ahora debemos actuar.
Ninguno añadió nada más. El silencio espesó aún más la tensión entre ellos. El viento seguía rugiendo alrededor de las almenas, pero los Sibyla ya descendían por la espiral de piedra que conectaba la terraza con los niveles interiores. Nadie les dirigió la palabra. Nadie osó detenerlos.
Poco después, entraron en el salón superior.
Aurora se detuvo junto a una de las columnas centrales. La luz hechizada de los vitrales parpadeaba sobre sus mejillas. Un zumbido leve recorría los muros, señal de que la Torre seguía conteniendo los embates mágicos del exterior. Cada vez que la vibración aumentaba, alzaba la vista hacia la bóveda.
—La situación es insostenible —dijo sin rodeos—. Judäthyn y los demás druidas contienen los flujos de magia natural que rodean la Torre. Mantienen el equilibrio con todas sus fuerzas, pero desde la traición de Drëgo no nos fiamos de ninguna conexión con el Reino Faérico. Aodhan y los guardabosques vigilan los portales. Allí también están en guerra; cualquier alteración en los anclajes podría abrir una brecha y hacernos perderlo todo.
Periandro frunció el ceño. Desde hacía semanas, el nombre de Drëgo contaminaba cada informe que recibía. Aurora continuó con mayor gravedad.
—Los profesores Férula y Gónagan siguen activos. Se han hecho cargo de los estudiantes y coordinan al resto de profesores y eruditos. Custodian la biblioteca de conjuros menores, vigilan los portales internos y tratan de mantener la calma como pueden. No descansan desde hace días. Los jóvenes tienen miedo, Periandro. Un miedo que ya no saben ocultar. En esta Torre todavía hay niños que jamás deberían haber conocido una guerra y que ahora ni siquiera pueden marcharse.
Aurora tomó aire antes de continuar.
—Ramia cruzó al Reino Faérico con Grahim. Sabemos que llegaron a la Jungla Esmeralda acompañados por un fauno, pero allí perdimos su rastro. Nadie ha vuelto a verlos. Ignoramos si se ocultaron por voluntad propia o si algo salió mal.
Carmélida apretó la mandíbula y apartó la mirada. El nombre de Ramia avivó una rabia que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—Esa niñata… —masculló Carmélida, apenas audible—. Por su culpa. Y por la de los otros dos…
Guardó silencio el tiempo justo para tragarse la rabia.
—¿Y la red de alquimia? —preguntó entonces, con tono firme, ya recompuesta.
—Caelen y Calum la sostienen como pueden —respondió Aurora—. La red de viales de contención sigue operativa, aunque las reservas de ingredientes menguan cada día. Aun así, consiguen improvisar defensas. Se mantienen en contacto con Amestrys, que sigue enviando señales desde el Faro, donde se encuentra nuestra tía Minerva. Gracias a su trabajo conjunto, la Torre sigue anclada a planos seguros. Han hecho un esfuerzo titánico, Carmélida. Tú lo sabes mejor que nadie: sin ese anclaje, ya habríamos sido arrastrados por la distorsión. Pero no durará.
Periandro alzó una mano con un gesto brusco y la interrumpió.
—Podrías haberlo resumido. No tenemos tiempo para informes de aula. Hay una sola urgencia. Minerva debe saber lo que pasa.
Aurora lo miró. Durante un instante, pareció contenerse, pero la furia terminó por abrirse paso. Cuando respondió, su voz había perdido el temple de la hermana sensata.
—Claro. Ahora también decides cuándo y cómo debemos informar. Como siempre: das órdenes desde tu pedestal sin saber lo que cuesta sostener este lugar mientras todo se desmorona. ¿Y sabes lo que eres, Periandro? Un arrogante y un cretino. Nunca has consolado a un alumno aterrorizado ni has tenido que enterrar a uno de los nuestros. Caminas por encima de todos, convencido de que tu marca te convierte en el único capaz de salvarnos. Solo apareces cuando toca pronunciar un discurso y fingir que eres un héroe. Y ni siquiera eso sabes hacerlo bien.
Carmélida dejó escapar una risa seca.
—Qué carácter, hermana. Y yo que pensaba que eras una mosquita muerta. ¿Será que la Torre también te está cambiando?
Aurora se cruzó de brazos. La tensión de sus hombros revelaba que la ira seguía allí, buscando una nueva salida. Periandro la ignoró y caminó hacia el altar de comunicación. En el pedestal central reposaba un pequeño cubo de cuarzo azul. Apoyó la varita junto a él y extendió la mano izquierda sobre su superficie encantada.
La sala se inundó de luz azul. El cubo palpitó bajo la mano de Periandro y una presión invisible recorrió las grietas de los muros. La magia parecía a punto de desbordarse.
Cuando iba a pronunciar la primera sílaba del encantamiento, la puerta se abrió con un chirrido. Baufren, el duende mayor, entró en el salón.
—¡Qué alegría veros juntos! —exclamó Baufren sin perder la sonrisa—. Desde que resolvimos lo de Eme y la piedra oscura no os veía reunidos. Los tres hermanos Sibyla, juntos otra vez. Vuestra tía debe de estar orgullosa. Me alegra el alma, de verdad. La Torre os necesita a los tres.
—¡Fuera! —gruñó Periandro, sin girarse.
Baufren se detuvo en el umbral. La sonrisa se le borró del rostro.
—Pero, Periandro… ¿no me reconoces? Soy Baufren, miembro del claustro. Fui profesor tuyo. Te puse dos matrículas de honor… ¡dos! Y te recomendé para este puesto, ¿lo has olvidado?
Periandro se giró por fin. Las palabras de Baufren habían encendido aún más su ira.
—¡Márchate de una vez! ¡Eres un maldito duende, una creación mágica defectuosa! No eres natural y nadie te necesita aquí.
Periandro alzó la varita.
—¡Vis repulsionis!
La descarga brotó con un golpe seco. Una ráfaga de energía envolvió a Baufren y lo arrojó de espaldas fuera del salón. La puerta se cerró tras él con un portazo que resonó por toda la planta.
El eco se extinguió y nadie habló.
—Ya era hora —escupió Periandro, casi sin aire.
Luego respiró hondo y dictó el mensaje mientras la magia volvía a concentrarse en el cubo de cuarzo del altar.
—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchaín. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.
La luz se extinguió. El cubo de cuarzo quedó inmóvil bajo la mano de Periandro y ninguno de los tres dijo nada.
El aire permaneció denso, impregnado de una inquietud que el mensaje no había logrado disipar.
Un crujido seco quebró el silencio.
El sonido nació en las alturas del salón. El tejido mágico de la Torre se tensó y una fisura invisible recorrió la bóveda. Algo había atravesado sus defensas por un punto imposible de localizar.
Y entonces se oyó la voz.
—No es forma de tratar a los que más te quieren…
El sonido descendió desde la bóveda, suave y burlón, cargado de la calma de quien llevaba siglos esperando aquel momento.
—Qué vergüenza sentiría vuestra tía de vosotros tres.
Periandro, Aurora y Carmélida alzaron la vista al mismo tiempo. Una figura surgió de las sombras de la bóveda y descendió envuelta en un humo denso de color vino. Se deslizó hacia ellos ajena a la gravedad, con una lentitud calculada.
Áxbalor.
Era uno de los Seis Altos Demonios, señor de la seducción, corruptor de voluntades y artífice del caos emocional. Su presencia avivaba las pasiones, quebraba las lealtades y transformaba los vínculos más profundos en armas contra quienes los habían forjado.
De su cabeza surgían dos cuernos retorcidos y simétricos, de marfil ennegrecido, recorridos por vetas de sombra que latían al ritmo de su respiración. Una franja de ceniza atravesaba su rostro desde la sien derecha hasta la comisura de los labios y dibujaba una equis quebrada, demasiado precisa para ser una cicatriz.
En sus manos, una esfera de fuego latente palpitaba sin emitir sonido. Con cada pulsación, las sombras del salón adquirían un resplandor rojizo.
A su lado aparecieron dos zíngaras.
La primera avanzó con paso firme y la mirada resuelta. El cabello oscuro le caía suelto sobre los hombros, agitado por el aire espeso del salón. En una mano empuñaba una pandereta en forma de luna, decorada con aros metálicos y jirones de tela. La sostenía a la altura del pecho, preparada para utilizarla.
La segunda caminaba unos pasos por detrás. Sus movimientos eran tensos y mantenía los ojos demasiado abiertos. El cabello le caía desordenado sobre el rostro y apretaba los labios para contener el temblor de su respiración. A pesar del miedo, continuó avanzando.
Eran Kálima, la matriarca zíngara, y Sámara, su hija.
Kálima extendió la mano y dejó caer un puñado de polvo gris azulado. Una corriente invisible lo dispersó por el salón con precisión ritual.
Carmélida trató de retroceder, pero sus piernas dejaron de responder. Periandro quiso alzar la varita, aunque los dedos habían perdido la fuerza necesaria para manejarla. Aurora alcanzó a pronunciar una maldición antes de que las rodillas le cedieran.
Kálima recitó el conjuro zíngaro en un susurro mientras hacía sonar la pandereta con un ritmo suave y melódico. Las palabras fluían en una lengua ancestral con la cadencia de una vieja canción de cuna. Cada sílaba se aferraba a sus mentes y tejía alrededor de ellas una red invisible.
Los hermanos Sibyla fueron cediendo uno tras otro, aplastados por un peso interior. El odio avivado por Áxbalor había consumido sus fuerzas y apenas les quedaba voluntad para sostenerse.
—Tu don es extraordinario —murmuró Kálima a Áxbalor, sin apartar la mirada de los cuerpos que se desplomaban lentamente—. Les has hecho odiarse en cuestión de minutos.
—No ha sido difícil —respondió él, complacido—. Solo había que empujar lo que ya existía.
Áxbalor fijó la mirada en Sámara. La joven temblaba con los ojos clavados en el suelo y la respiración entrecortada. Evitaba mirar a los hermanos derribados.
El demonio sonrió y liberó su poder.
Sámara alzó la barbilla. El temblor cesó y un orgullo ajeno endureció sus facciones. Contempló los cuerpos tendidos con una seguridad nueva, convencida de que lo que acababan de hacer había sido necesario y justo.
En ese momento, dos nuevas figuras cruzaron el umbral.
Caila entró primero, con el porte sobrio y el rostro indescifrable. En una mano llevaba un zafiro envuelto en cadenas de cobre. Tras ella caminaba Tesejo, un mago de movimientos elegantes y mirada condescendiente. Un arañazo reciente le cruzaba la mejilla. Caila reparó en él.
—Eurídyce —explicó Tesejo, rozándose la herida—. No se ha tomado demasiado bien que la dejara en la Cuna de la Oscuridad.
Aurora, consciente a medias, lo reconoció. El mago oscuro se inclinó hasta acercarse a su oído.
—Qué pena, ¿verdad? Tú y yo podríamos haberlo tenido todo. Dos prodigios de la magia, guapos y poderosos. Habríamos tenido hijos perfectos: guapos como su madre y listos como su padre.
Aurora giró el rostro lo suficiente para mirarlo.
—Antes prefiero enamorarme del Leviatán. Eres un mago ridículo, ignorante y de pacotilla.
Tesejo recibió el insulto con la satisfacción de quien había obtenido exactamente la respuesta que esperaba.
Caila avanzó en silencio hasta el pedestal de comunicaciones. Sin pedir permiso, introdujo la mano entre los engarces y extrajo una de las piedras ancladas. En su lugar encajó el zafiro ceñido por cadenas de cobre, idéntico en tamaño, aunque destinado a otro propósito.
El brillo del pedestal varió apenas: un matiz distinto, una desviación mínima.
Lo justo para desviar el traslado.
—La tía Minerva no va a tener un viaje tan cómodo como ella creía —musitó Caila, sin levantar la mirada—. Qué disgusto se va a llevar el Archimago…
El sueño ya doblegaba a los tres hermanos. Periandro respiraba despacio; Carmélida, a tirones. Aurora aún luchaba por mantenerse consciente y, aferrándose al último resto de lucidez, murmuró:
—Pero… ¿cómo es posible… que hayáis entrado?
Áxbalor se limitó a sonreír con una serenidad aterradora.
—¿Nosotros? Nosotros solo hemos seguido las reglas… al pie de la letra.
Unos días antes, muy lejos de allí, una joven corría sin aliento por el corazón del Bosque Perdido de la Desconexión. Ignoraba que Áxbalor ya la esperaba entre los árboles.
Nadie volvía al viejo molino de las afueras de Instántalor.
Desde que la Santa Hermandad declaró heréticos a Benedi Turuncu y don Juancho y quemó sus cuerpos en la rueda, aquel edificio de piedra quedó a merced del tiempo, cubierto de musgo, eco y polvo de huesos. Los pocos que se atrevían a cruzar aquellos campos evitaban siquiera mirarlo. Decían que al atardecer, cuando el sol sangraba sobre la veleta oxidada, podía escucharse el llanto de los niños que allí fueron explotados.
Tras la muerte de sus dueños, el molino se había vaciado de niños. Sin embargo, su ejemplo no desapareció con ellos. En otros rincones de Calamburia, algunos molineros continuaban ofreciendo techo a los huérfanos —o secuestrando a quienes nadie reclamaría— para obligarlos a trabajar de sol a sol.
Pero Eurídyce dormía en su interior sin miedo alguno.
Su cuerpo, envuelto en una manta vieja que olía a humedad y harina rancia, reposaba sobre un camastro improvisado con sacos de grano apelmazado por la humedad. Tenía el sueño tranquilo. Respiraba con la boca entreabierta y las manos cruzadas sobre el vientre, protegiendo algo más que su propio descanso. Su melena, un revoltijo de rizos negros y espesos, caía desordenada sobre la almohada improvisada. El caos del mundo dormía con ella.
Había aparecido allí después del estallido del Orbe de la Confusión. Nadie la había visto llegar, pero el molino no la asustaba. Al contrario: le resultaba familiar. Ella también venía de un lugar donde nadie preguntaba por los niños.
Había crecido en los rincones húmedos de un lupanar, entre madres con nombre de perfume barato y clientes con monedas herrumbrosas. Allí había aprendido a mirar sin ser vista, a hablar sin revelar, a usar la belleza como un arma y la piel como un escudo. Nunca conoció a su padre. Nunca le hizo falta.
Pero esa noche, el sueño de Eurídyce no fue plácido.
Las sombras llegaron sin viento. Entraron por los resquicios de las maderas como humo sin fragancia, como niebla sin agua. Y en cuanto se posaron sobre sus párpados cerrados, el recuerdo se quebró.
Vio a su madre, joven aún, caminando con los pies desnudos sobre barro y piedras. Lloraba. Sangraba. Huía. Y detrás, las voces. Voces de hombres. Voces de hermanas. Entre ellas se alzó la de Kálaba, pronunciando la maldición que condenaría a Kávila a envejecer al ritmo de las mujeres mortales.
—Has traicionado al clan —decía Kálaba, con la voz rota por el odio—. Y el destino te va a devolver el golpe.
El bosque se cerraba. El dolor crecía. Kávila corría, embarazada, escapando de Arnaldo, el patriarca que gobernaba entonces el clan del Cuervo y que la había obligado a beber el veneno que ella misma había preparado. Y fue en esa huida, sola y marcada, cuando su cuerpo dijo basta. Se llevó las manos al vientre, notó la sangre entre las piernas y cayó de rodillas, gritando hacia un cielo que no escuchó. El hijo que llevaba en su interior se desvanecía, arrancado por la crueldad de Arnaldo, borrado antes de ser.
Y aunque Eurídyce nunca lo supo, algo de esa vida perdida siempre la había acompañado. En la fiebre, en los silencios, en las pesadillas. Como si en algún rincón del alma le faltara una mitad no nombrada. Un hermano. Una hermana. Alguien que pudo haber nacido antes que ella. Alguien que ahora volvía, solo en sueños.
La visión cambió.
Ahora era niña de nuevo, agazapada entre las cortinas polvorientas del lupanar. Observaba, en silencio, cómo entraban los hombres: altos, bajos, viejos, nerviosos, crueles o ebrios. Uno tras otro. Y cada uno de ellos —durante un instante fugaz, infantil, desesperado— podía ser su padre. Imaginaba que uno se agachaba, que la miraba con ternura, que la tomaba en brazos y le decía que por fin había venido a buscarla. Que lo sentía. Que la había echado de menos.
Nunca ocurrió.
Los abrazos que anhelaba no estaban hechos para ella. Eran de otros. Pagados. Fingidos. Por eso aprendió a no esperar, a no preguntar. A vivir con ese hueco tibio en el pecho como quien aprende a andar descalza sobre brasas.
Y entonces, en mitad de la visión, apareció un rostro que Eurídyce no reconocía. Era oscuro como el abismo, y sus ojos eran dos brasas húmedas.
—Eres fuerte —susurró Érebos—. Pero todo poder sin causa se pudre. Ha llegado el momento de recordar lo que eres. Y lo que podrías ser.
Las sombras se retorcieron sobre sí mismas. Eurídyce despertó con un sobresalto. La veleta del molino chirriaba lentamente. El aire estaba quieto. El silencio, espeso.
Entonces lo sintió. El primer demonio ya estaba dentro.
Al principio fue solo un crujido.
Uno breve e insignificante, como una tabla vieja cediendo bajo el peso del polvo. Eurídyce permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, fingiendo que aún dormía.
Entonces la presencia se hizo más densa.
Era algo ajeno al frío y al calor: una presión, un peso en el aire. El molino parecía respirar con una boca que no tenía. Algo —o alguien— había sellado las puertas desde fuera.
Abrió los ojos. El interior era oscuro, salvo por una rendija de luz que se colaba entre las maderas. El polvo flotaba inmóvil, como suspendido en un tiempo que ya no avanzaba. Fue en ese silencio donde los oyó: unos pasos lentos, acompañados de un roce húmedo; no eran botas, sino pezuñas.
Se incorporó sin hacer ruido ni apresurarse. Deslizó la mano hasta su muslo izquierdo. Allí, bajo la tela del liguero, esperaba una daga. Y en el otro muslo, otra más. Siempre llevaba una en cada pierna, por si el enemigo era doble… o venía disfrazado de salvador.
Entonces la puerta se abrió sin violencia ni ruido. Simplemente… se deshizo.
Una sombra entró reptando. No tenía forma. No tenía rostro. Pero traía consigo la memoria de algo que no era humano.
Eurídyce no retrocedió.
—¿Venís a por mi alma? Os advierto que no la uso —espetó con voz seca.
La sombra se estremeció. Luego se alzó. Y cuando lo hizo, adquirió figura: astas retorcidas, ojos vacíos, un cuerpo que parecía hecho de humo y hueso. Tenía una boca, pero de ella no salía palabra alguna. Solo desprendía un olor a azufre, a tierra removida… y a infancia rota.
Eurídyce lanzó el primer golpe. No esperó a que atacara. Fue a la garganta —si es que tenía una—. La daga atravesó la sombra y, durante un segundo, pareció funcionar. Pero el demonio no gritó. No se encogió. Solo se curvó hacia ella… como si sonriera.
—Mierda —murmuró.
Saltó hacia atrás, rodó sobre el suelo, cogió otro saco y lo lanzó a la figura. El demonio lo ignoró. Otro apareció por la rendija. Y otro más, por el techo resquebrajado.
Los demonios pretendían rendirla mediante el agotamiento, la lentitud y el recuerdo de todas las veces que nadie había acudido a salvarla.
Entonces se escuchó un susurro bajo y áspero, apenas audible. Una lengua muerta, pero viva en cada consonante. Un canto zíngaro que hacía vibrar la madera. El ritmo arcano penetró en las rendijas del molino y estremeció hasta sus cimientos.
Un humo denso de color verde esmeralda se deslizó a través de la puerta deshecha. Giraba y danzaba bajo el mandato de una voluntad invisible. En su centro avanzaba una figura erguida, con el rostro enmarcado por dos hermosos mechones rubios y los ojos encendidos por algo más profundo que la edad. Su capa ondeaba en silencio y sus pies ni siquiera rozaban el suelo. Venía envuelta en un hechizo.
Eurídyce parpadeó.
—Kávila —susurró.
No “madre”. No “mamá”. Solo su nombre completo. Porque los nombres, como los cuchillos, también cortan.
Kávila avanzó entre el humo, alzó los brazos y, al abrazar a su hija, murmuró unas palabras en zíngaro. Solo ellas las entendieron, pero el efecto fue inmediato.
Una explosión de luz hirió la estancia y todas las sombras se deshicieron.
Uno a uno, los demonios se evaporaron como aliento sobre cristal. El molino volvió a temblar y el polvo, liberado del hechizo, volvió a caer. En el centro de la estancia solo quedaron ellas dos.
—Pensé que no volvería a verte —dijo Eurídyce, sin aflojar la daga.
—Una madre siempre encuentra a su hija —respondió Kávila, sin soltar el abrazo.
Y entonces, sin anuncio, sin pasos, sin ruido… apareció Érebos.
Cruzó el umbral como un eco que nunca se había marchado. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, los ojos clavados en la escena con una sonrisa casi respetuosa.
—Qué momento tan… conmovedor —murmuró Érebos—. Pero me temo que la oscuridad no perdona la ternura.
A su espalda, como si emergieran de la grieta misma que lo había traído, aparecieron dos figuras.
La primera era Tesejo. Caminaba con aplomo, la varita al cinto y una sonrisa apenas insinuada en el rostro. Su porte era arrogante y su elegancia, casi insultante. Llevaba una túnica negra, ceñida al cuerpo como un juramento. Había en él algo peligroso, pero seductor, como si la sombra se hubiese vestido de Impromago para acudir a una fiesta prohibida.
La segunda figura era peor.
Xezbet.
El alto demonio, Señor del Engaño y consorte de la Emperatriz de los Dos Mundos, avanzaba sin tocar el suelo, cubierto con una capa de oscuridad hilada en los telares del Inframundo. Su rostro era pálido, bellamente atroz, y sus ojos, como pozos sin fondo, parecían contener las palabras que aún no habían sido pronunciadas.
—Mi señora Kávila —dijo con una reverencia cargada de veneno—. Por fin.
Kávila no respondió. Se mantuvo firme, interponiéndose entre Eurídyce y los recién llegados.
—¿Qué queréis? Ya cumplí mi parte del trato. Le di a vuestra Emperatriz la información sobre las niñas. Amunet, en agradecimiento, me indicó dónde encontrar a mi hija: en este molino. Ahí terminaba nuestro trato. Dejadnos volver a nuestro lupanar.
Érebos alzó una ceja, divertido.
—No vinimos a atacaros ni a reteneros. Vinimos a ofrecer una oportunidad. La Emperatriz os ha observado, Kávila. Vuestra sangre, vuestro linaje, vuestra voluntad. No os teme. Os desea.
Xezbet avanzó un paso, sin apartar los ojos de ella.
—Queremos asociarnos contigo. Sirve a Amunet, Emperatriz de los Dos Mundos. Entrégale tu sangre y tu alma, y la oscuridad correrá por tus venas. Serás su aliada, su voz en la grieta. Podrás vagar entre los reinos… e incluso volver al Bosque Perdido de la Desconexión.
Kávila tragó saliva. Eurídyce habló:
—Ese bosque nos expulsó. Y no tenemos ningún interés en pactar con nadie.
Kávila la miró.
—Pero si hacemos este pacto… podríamos ser libres. Dejaríamos de ser proscritas.
—Madre, no lo hagas —dijo Eurídyce, firme.
—La oscuridad puede darte todo eso —susurró Xezbet, ya junto a ellas—, y a cambio solo exige una ofrenda. Un precio justo.
Eurídyce apretó los dientes.
—¿Qué precio?
Fue Tesejo quien lo dijo desde las sombras.
—Tú.
Una decena de demonios se materializó al instante. Eurídyce se revolvió, hundió una daga en el brazo que intentaba cerrarse alrededor de su garganta y lanzó una patada contra la mandíbula de otra criatura. Sin embargo, cada enemigo que conseguía apartar era sustituido por dos más. Brazos de humo y garras infernales terminaron por alzarla del suelo e inmovilizarla. Xezbet levantó una mano y susurró una palabra inaudible. El silencio cayó como una losa.
Del interior de su capa, extrajo un pequeño cuenco de obsidiana.
Con un gesto ágil, pasó su uña afilada por el brazo de Eurídyce. Una sola gota de sangre cayó en el cuenco y comenzó a latir con pulso propio.
El poder de Xezbet se activó.
Aquello trascendía la magia convencional. Era una habilidad más profunda: el dominio de la voluntad. Cuando Xezbet hablaba, no convencía: redefinía la verdad. Sus palabras tejían redes invisibles que se adherían al juicio de los demás. Nadie notaba el momento exacto en que empezaba a obedecerle. Pero cuando lo hacían, ya no recordaban haber pensado otra cosa.
Se inclinó hacia Kávila y susurró al oído de la zíngara. Las palabras de Xezbet se deslizaron por su mente hasta ocupar el lugar de sus propios pensamientos.
Y Kávila empezó a creer.
—Si traicionas a la Emperatriz de los Dos Mundos, tu hija morirá en el acto —dijo Érebos, sin emoción.
—Pero si sellas el pacto —añadió Xezbet, acariciando el borde del cuenco—, ella vivirá. Tú ascenderás. Seréis intocables. Ningún demonio volverá a atacaros y contaréis con la protección de Amunet.
Hizo una pausa. Sus ojos brillaron con una oscura ternura fingida.
—Y, sobre todo, te liberaremos de la maldición de Kálaba. El envejecimiento dejará de consumirte. Volverás a envejecer con la lentitud y la dignidad del linaje zíngaro. Esa condena que te hace marchitarte antes de tiempo será extirpada. Tu cuerpo, tu poder, tu nombre: todo te será devuelto.
Kávila respiraba con dificultad. Sus ojos ya no eran suyos.
—¡No escuches! ¡No los mires! ¡Recuerda quién eres! —gritó Eurídyce—. ¡Estás siendo controlada!
Pero la mano de Kávila ya estaba extendida.
Una de las uñas de Xezbet le abrió la palma derecha. La sangre brotó lentamente y cayó en el cuenco.
Nadie supo si Kávila había extendido la mano bajo el influjo de Xezbet… o si había decidido proteger a su hija a cualquier precio.
La sangre, al tocar la obsidiana, comenzó a burbujear y a latir. Después se evaporó en un suspiro carmesí que ascendió hacia el techo y alimentó el pacto recién invocado.
Entonces el aire cambió.
El humo verde de Kávila se alzó en una columna y se mezcló con la sombra densa de la oscuridad. Cuando el vórtice se cerró, el pacto quedó sellado.
La oscuridad entró en Kávila.
Y ella la recibió.
Sus ojos brillaron. Su espalda se enderezó y la oscuridad inundó sus venas. Bajo su piel, aquel poder echó raíces con la ferocidad del Bosque Perdido de la Desconexión.
Una sacudida partió el suelo. Un chirrido atravesó las vigas y arrancó astillas de los soportes. El aire se espesó hasta volver difícil cada respiración.
—No… —murmuró Xezbet, retrocediendo con los ojos desorbitados—. Esto no es parte del ritual…
El aire se rasgó.
Un remolino oscuro emergió del suelo. Carecía de viento y origen. La realidad se curvó y comenzó a temblar, a punto de quebrarse. En el centro de aquella deformación apareció una piedra negra y sólida. Unas vetas rojas palpitaban bajo su superficie y varios símbolos grabados cubrían sus bordes. Era idéntica a la que había devorado a Abraxas.
Xezbet dio un paso atrás.
No bastó.
La piedra latió y el remolino arrancó a Xezbet del suelo. Su cuerpo perdió los contornos y se disolvió dentro de la espiral hasta desaparecer en la superficie negra. Sin grito. Sin rastro. Solo quedó el cuenco, rodando hasta quedar boca arriba. Vacío.
La piedra cayó al suelo con un golpe sordo.
A los pies de Eurídyce.
Ella seguía atrapada entre los brazos de los demonios, pero la desaparición de Xezbet había debilitado su agarre. Con un último tirón de rabia, consiguió liberarse y se lanzó hacia la piedra.
No dudó. Se agachó para recogerla, pero en cuanto sus dedos tocaron su superficie, un calor abrasador le recorrió la palma. Gritó y la soltó de inmediato mientras el ardor le trepaba por las venas.
—¡Coño! ¡La puta piedra, cómo quema!
Una figura se agachó junto a ella con absoluta calma. Era un hombre alto y delgado, con los ojos de distinto color. Vestía un abrigo largo de paño desgastado y un sombrero de copa que parecía haber atravesado demasiados inviernos. Recogió la piedra con delicadeza y la sostuvo entre sus largos dedos.
—Unas manos tan lindas no están hechas para sostener algo tan ardiente —dijo con una voz serena, casi burlona, mirando a Eurídyce sin prisa.
Ella entrecerró los ojos, con la palma enrojecida por la quemadura.
—Tendrás que conocerme mejor —espetó—. Quédate cinco minutos a solas conmigo y luego hablamos de brasas, cariño. Yo he quemado a hombres solo con una caricia.
Una chispa cruzó los ojos del desconocido.
Fue entonces cuando Érebos reaccionó.
—¡No! —rugió, y su voz hizo vibrar las vigas del molino.
Alzó la mano y lanzó un zarzillo de oscuridad. La estela negra serpenteó entre las vigas y alcanzó al hombre en el brazo cuando estaba a punto de levantarse.
El desconocido giró ligeramente el rostro hacia Érebos. Su expresión permaneció ajena al miedo y la rabia. Una sonrisa mínima tensó la comisura de sus labios. Inclinó el sombrero con un leve ademán… y desapareció ante los ojos de todos.
Érebos bajó lentamente el brazo. Su expresión era una mezcla de furia contenida y humillación.
—¿De verdad? —dijo, girándose hacia Tesejo—. ¿Y tú no pensaste en usar la varita?
Tesejo encogió los hombros con fingida inocencia.
—No me pareció cortés interrumpir.
Fue entonces cuando Kávila recobró el dominio de sus pensamientos. Parpadeó varias veces y la voluntad de Xezbet comenzó a retirarse de su mente. El temblor de sus manos cesó, aunque el poder del pacto continuaba ardiendo bajo su piel. Miró su palma ensangrentada. Miró a Eurídyce. Y comprendió lo que había hecho.
Pero ya era tarde.
El pacto se había sellado.
Érebos alzó la vista, respirando hondo. Luego, sin una palabra más, se giró y comenzó a caminar hacia la salida con la misma calma con la que había llegado.
—La Emperatriz… —murmuró en voz baja—. Se va a poner furiosa cuando se entere de que alguien ha capturado a su… «cariñín».
Se volvió hacia Kávila y Eurídyce. La humillación había desaparecido de su rostro, sustituida por una frialdad implacable.
—Daños colaterales —añadió, seco—. Todo pacto tiene un precio, y hoy hemos ganado algo muy valioso: una nueva celestina para la oscuridad.
Adoptó entonces el tono reservado para las órdenes de guerra.
—Tesejo —dijo sin volverse—. Intenta ser de utilidad y llévate a Eurídyce a la Cuna de la Oscuridad. Luego ve con Caila. Juntos prepararéis la entrada a la Torre Arcana de Skuchaín con los zíngaros. Barastyr ya habrá hecho su parte.
La voz de Eurídyce, cargada de furia, impotencia y sorna, brotó sin permiso:
—¡Madre, no me jodas! ¡No puedes dejar que me lleven! Y menos él, que cuando hubo que moverse prefirió no despeinarse ese pelo relamido.
Kávila se giró hacia ella. En sus ojos aún ardía el fuego verde del pacto, pero su voz temblaba lo justo para dejar entrever la grieta.
—Haz lo que te dicen —dijo, intentando parecer firme—. Estaremos bien. El pacto me ha dado más poder del que jamás había sentido. Y ahora estarás protegida. Ningún demonio te tocará.
—Acaba rápido y ven a buscarme —susurró Eurídyce, aferrándose a su mirada, la última cuerda que todavía las mantenía unidas.
Kávila asintió, apenas.
—Eso haré, hija —respondió. Sin embargo, la culpa quebró la firmeza de aquellas palabras hasta reducirlas a una confesión muda: lo intentaré.
Tesejo se acercó arrastrando tras de sí el vuelo oscuro de su túnica. Tomó a Eurídyce por el brazo con una delicadeza casi teatral, y su sonrisa era una mezcla de cortesía y veneno.
—No te preocupes, preciosa —le dijo, en tono confidencial—. Sé cuidar muy bien de lo que me encargan.
Eurídyce lo miró con frialdad, y su voz adquirió el filo de sus dagas.
—Ponme un dedo encima y te haré tragar tu varita.
Tesejo rió, encantado por el desafío.
Desde el umbral, Érebos se detuvo una última vez. Su silueta, recortada contra la bruma del molino, parecía aún más alta, más vieja, más inevitable.
—Y tú, Kávila… —dijo con voz grave—, ven conmigo. Tenemos que torturar a una profesora que tuve en Skuchaín.
El desierto de Al-Yavist tenía memoria. De los vivos y de los muertos.
Allí, entre crestas de arena deshilachada y grietas que exhalaban calor desde las entrañas del mundo, avanzaba una criatura que no dejaba huella: un caballo mágico, invocado por necesidad, guiado por voluntad. Sobre su lomo cabalgaban dos figuras. Una delante, la otra detrás.
Periandro Sybila, erguido, mantenía la vista clavada en un horizonte donde la tierra parecía doblarse sobre sí misma. Carmélida, sentada tras él, sostenía su cintura con las manos enguantadas, no por afecto, sino por necesidad. La cercanía física no disolvía la distancia emocional.
El manto de ella ondeaba al ritmo del galope, aún marcado por sangre seca y alquimia resquebrajada. El de él apenas se movía, como si ni el viento se atreviera a tocarle los hombros.
—Me mentiste —dijo ella, sin moverse, con la boca cerca de su oído.
El viento le arrastró la voz, pero no el reproche.
Periandro no contestó enseguida. El silencio entre ellos no era tenso: era un viejo amigo al que habían aprendido a temer.
—No lo hice para herirte —acabó diciendo—. Lo hice para protegerte.
—¿Protegerme de qué? ¿De ti?
—Efélide no era hija mía.
Los dedos de Carmélida se hundieron en la tela de su túnica. Aunque ya había comprendido que aquella era la mentira, necesitaba escuchar el resto de sus labios.
—Entonces, ¿de quién era?
—De Rodrigo y Elora. Efélide es una de las dos gemelas que nacieron en secreto. Una de las legítimas herederas del Trono de Ámbar.
—¿Sabes cuántas veces me preguntó por su padre? —añadió Carmélida, con la voz controlada—. Efélide. Me miraba como si yo pudiera darle las respuestas que tú le negaste. Me preguntó si su padre era un cobarde… o un héroe muerto. Le dije que no sabía. Porque eso fue lo que tú me dijiste a mí.
Periandro tragó saliva. El caballo mágico continuó su galope sin errar el paso, ajeno a la carga invisible que transportaba.
—Minerva las separó nada más nacer. Cuantas menos personas conocieran el plan completo, más difícil sería encontrarlas. A mí me confió a una de las niñas y me ordenó entregártela ocultando su verdadero linaje. De la otra solo supe que seguiría un camino distinto.
El cuerpo de Carmélida se tensó tras él, pero no aflojó la sujeción. Seguía aferrada a su cintura por necesidad, por rabia y por esa lealtad contrariada que no pide permiso para doler.
—Entonces era cierto —murmuró—. Dos niñas. Dos destinos. Dos mentiras. Y tú fuiste quien colocó las piezas.
—Coloqué una —admitió Periandro—. Minerva se aseguró de que ninguno de nosotros pudiera contemplar el tablero completo.
—La crié como hija de un hombre ausente —dijo Carmélida—. Y resulta que era heredera de todo un reino.
—Precisamente por eso debía dejar de serlo ante los ojos del mundo.
El viento silbó entre las dunas. Durante unos instantes, ninguno de los dos encontró nada más que decir.
—¿Dónde está Efélide? —preguntó Periandro.
—Con el Primer Hermano.
Periandro giró ligeramente la cabeza.
—¿Cómo puedes saberlo?
—En el Monasterio Cóncavo me esperaba un mensaje de Clemente.
—¿Qué decía?
Carmélida llevó una mano hasta el pergamino que guardaba junto al pecho.
—«La Tercera Hermana permanece conmigo».
—¿Nada más?
—Nada que revelara su paradero. Clemente sabe que cualquier mensaje puede terminar en manos equivocadas.
—Entonces no sabes si están a salvo.
—Sé que están juntos. Clemente moriría antes que abandonar a una de sus hermanas.
—Eso no significa que pueda protegerla.
—Significa que no tendrá que enfrentarse sola a lo que haya al otro lado. Por ahora, es la única certeza que tenemos.
—No me basta.
—A mí tampoco.
Periandro volvió la vista hacia el horizonte. Había esperado que la verdad pusiera fin a tantos años de incertidumbre, pero algunas respuestas solo servían para formular nuevas preguntas.
Y mientras el silencio se asentaba entre ellos, el paisaje comenzó a reflejarlo.
El desierto se cerraba sobre sí mismo. La arena se alzaba como vapor envenenado y las dunas, cada vez más altas, se erguían como olas muertas a punto de tragarlos.
El viento arreció, ciego y abrasador. Los granos de arena les golpeaban el rostro y apenas podían ver más allá del hocico del caballo mágico.
—Tendremos que detenernos —dijo Carmélida, alzando la voz sobre el vendaval—. No podemos continuar sin ver el camino. Si seguimos así, acabaremos sepultados bajo una duna… o encontraremos algo mucho peor.
Periandro no respondió. Bajó la mirada, tanteó el cinto y extrajo su varita.
—Descuida. Sé adónde ir.
Susurró una orden breve que el viento se tragó. De la punta de la varita surgió una pequeña criatura de luz temblorosa, parecida a una luciérnaga, pero con alas facetadas como vidrio cálido. Comenzó a volar despacio, dejando tras de sí un hilo ámbar, un sendero en mitad del caos.
Carmélida entrecerró los ojos al verla.
—¿Un Espinafoco de Reencuentro? —dijo, con una risa apenas audible—. Cuántas veces intentaste conjurarlo de pequeño… Siempre lo hacías al revés. Te salía un escarabajo sin patas, ¿recuerdas?
Periandro observó la estela de luz avanzar entre la arena.
—Ahora las cosas me salen mejor.
Periandro hizo descender la varita. El insecto giró varias veces sobre sí mismo, orientándose.
—Espero que, al menos ahora, tus escarabajos estén de cuerpo entero y hagan bien su trabajo.
La pequeña invocación mágica abrió los élitros y emprendió el vuelo hacia el interior de la tormenta.
Los Espinafocos de Reencuentro no encontraban lugares. Buscaban personas. Se alimentaban de los recuerdos de quien los invocaba y seguían el rastro de alguien con quien hubiera compartido un momento imposible de olvidar.
—¿A quién esperas encontrar en mitad de este desierto? —preguntó Carmélida.
—A alguien que conozca las arenas mejor que nosotros.
—¿Y si no queda nadie?
—Entonces la luz se apagará.
Carmélida contempló la frágil criatura, zarandeada por un viento capaz de enterrarlos a ambos.
Siguieron al Espinafoco, envueltos en silencio y arena, guiados por la única criatura de aquel desierto que parecía saber adónde se dirigía.
La criatura los condujo entre formaciones rocosas erosionadas, estrechas como las costillas de un animal enterrado. A cada paso, la arena cedía bajo los cascos del caballo y los obligaba a avanzar con mayor lentitud. Allí el viento ya no silbaba. Murmuraba.
Carmélida mantenía la vista alerta. El Espinafoco flotaba por delante y su luz ámbar apenas lograba atravesar la bruma arenosa. Cada vez que rozaba una piedra, dejaba un destello que tardaba varios segundos en apagarse. El sendero aparecía detrás de ellos y desaparecía poco después, borrado por el desierto.
Periandro cabalgaba con la varita aún empuñada. La montura avanzaba con paso firme y ninguno de los dos quiso imaginar qué encontrarían más allá de la siguiente colina.
Cuando coronaron la última duna, el terreno se abrió ante ellos: una vaguada oculta entre paredes de roca oscura. El sol del ocaso teñía la arena de cobre y las sombras se alargaban entre las tiendas y los estandartes negros.
Uno de los campamentos de los Nómadas de las Arenas se alzaba ante ellos, silencioso… demasiado silencioso.
Las tiendas, negras como tinta antigua, estaban reforzadas con cuerdas trenzadas y remates dorados. Entre los mástiles ondeaban trozos de tela cubiertos de símbolos y colgantes de hueso. Cada ornamento parecía contar una historia. Pero ninguno hablaba.
El Espinafoco se detuvo en el aire.
Su luz palpitó tres veces y se apagó.
—No hay vigilantes —dijo Carmélida, con el ceño fruncido—. No hay nadie fuera. Solo humo.
Entonces llegó el rugido.
No era un grito humano. Tampoco pertenecía a ningún animal conocido. Era una vibración hueca que resonaba en el pecho con mayor fuerza que en los oídos. Una nota procedente de otro plano.
Del corazón del campamento surgieron sombras deformes. Algunas reptaban sobre numerosos miembros; otras avanzaban a saltos, cubiertas de espinas y bocas que se abrían allí donde debería haber habido ojos.
Demonios.
La arena tembló bajo su avance. Las tiendas comenzaron a desgarrarse desde dentro y varias de las jaimas se desplomaron envueltas en llamas negras.
Periandro detuvo el caballo de un tirón. Él y Carmélida descendieron por lados opuestos. La punta de la varita comenzó a brillar mientras la alquimista extraía dos frascos de su cinturón y aflojaba los tapones con los pulgares.
Los demonios repararon en ellos. Varias de aquellas cabezas deformes se volvieron al mismo tiempo y las criaturas cambiaron de dirección.
Periandro trazó en el aire el primer signo de un encantamiento. Carmélida levantó uno de los frascos, preparada para lanzarlo.
Un silbido agudo cortó el aire.
Era una señal larga y precisa que rebotó entre las paredes del desfiladero y atravesó el campamento como una cuerda tensada.
Tras aquel silbido, las arenas respondieron.
Desde lo alto de la jaima central se alzó una figura vestida de negro y oro. Shuleyma, la Pinza de Jaspe, saltó sobre el primer demonio y lo recibió con una estocada bajo la mandíbula. Su espada de hoja estrecha evitaba las placas de las criaturas, encontraba sus junturas y volvía a salir cubierta de sangre. En sus movimientos permanecía el ritmo aprendido en la música y la danza, sostenido por la disciplina de una guerrera curtida en el combate. Se mantuvo en el centro de la vaguada, visible para todos, y obligó a los demonios a concentrarse en ella.
Apenas un suspiro después, desde el lado opuesto, entre dos montones de telas rasgadas, emergió su hermana: Shuaila, el Aguijón de la Noche. Sus dagas cortaban el aire en arcos cerrados, bajos y certeros. Mientras Shuleyma obligaba a sus enemigos a mirarla, Shuaila los alcanzaba desde los ángulos que habían olvidado proteger.
Del interior de un carro cubierto, entre cántaros rotos y polvo de especias, se alzó lentamente una tercera figura. Su rostro estaba marcado con trazos oscuros y sus manos aparecían manchadas de sangre. Con la serenidad de quien todavía dispone de todo el tiempo del mundo, Ralish, la Espina Venenosa, deslizó el filo por la cara interna de su antebrazo y abrió un corte superficial. Su propia sangre se extendió sobre el cuchillo. Observaba a los demonios con la curiosidad de quien está a punto de comprobar el resultado de un experimento.
Por último, desde un saliente casi pegado a la tierra, Talisha, el Susurro de las Dunas, apareció sin pronunciar palabra. Sus ojos eran dos carbones encendidos y cada uno de sus pasos estaba calculado. En una mano sostenía una daga curva. La otra permanecía libre. La utilizaba para romper huesos.
Las cuatro ocuparon sus posiciones al instante, sin necesidad de hablarse, con la precisión de quienes parecían haber ensayado aquella emboscada cien veces. Habían fingido abandonar el campamento para atraer a los demonios hasta el centro de la vaguada, y las criaturas, convencidas de haber encontrado unas jaimas desprotegidas, se adentraron en la trampa sin comprender que el campamento nunca había estado dormido.
Las hijas de Arishai jamás dormían cuando el enemigo estaba cerca.
El rugido de la lucha lo devoraba todo. Las Hijas del Escorpión combatían sin tregua, pero los demonios eran muchos. Demasiados. La arena ya no era solo arena: estaba empapada en sangre, y las jaimas, antes orgullosas, ardían como si el propio desierto las estuviera devorando.
Periandro y Carmélida se lanzaron al combate, sorteando piedras y escombros sin dudar. Él conjuró una esfera de fuego que se expandió como un latido: la magia se dobló sobre sí misma y arrasó a tres criaturas que se aproximaban por el flanco. Sus ojos brillaban con una energía contenida. Cada fragmento de aquel fuego obedecía a su voluntad y alcanzaba exactamente el lugar al que había sido dirigido.
Carmélida arrojó uno de sus frascos.
El cristal se rompió contra el pecho de otra criatura y liberó un líquido transparente. La sustancia se filtró entre las placas de su cuerpo. El demonio lanzó un alarido mientras la carne se disolvía bajo su coraza y cayó sobre la arena envuelto en una nube de vapor.
Un demonio se abalanzó sobre ellos. Periandro desvió sus garras con la varita y Carmélida introdujo el segundo frasco entre sus mandíbulas. La criatura apenas tuvo tiempo de cerrarlas antes de que una explosión apagada le reventara la cabeza.
—¡A tu izquierda! —gritó ella.
Periandro se giró justo a tiempo. Alzó una barrera mágica. Las garras del enemigo se estrellaron contra un muro de luz que crepitó como una muralla encantada.
Durante unos instantes volvieron a luchar espalda contra espalda, con la coordinación de otros tiempos. Los años, la traición y el silencio todavía se interponían entre ellos, pero sus cuerpos recordaban cada movimiento compartido.
Las cuatro hermanas seguían luchando cerca, pero incluso ellas comenzaban a retroceder. Ralish sangraba por una ceja, aunque seguía dosificando veneno con precisión científica. Shuaila jadeaba entre los pasos. Talisha tenía el brazo izquierdo colgando, pero seguía golpeando con el derecho. Solo Shuleyma conseguía mantener la línea, aunque el cansancio había ralentizado su espada y cada golpe comenzaba a exigirle un esfuerzo mayor.
Entonces, un grito distinto.
—¡No… no, por favor! ¡Yo no… yo no tengo armas!
Desde debajo de una lona chamuscada, Froilán de Lavigne Colby gateaba hacia atrás, cubriéndose la cabeza con los brazos. Un demonio esquelético, con la mandíbula desencajada y una lengua cubierta de cuchillas, se cernía sobre él con una lentitud cruel, relamiendo su miedo como un manjar.
Froilán —camisa rasgada, botas desparejadas y el cinturón mal abrochado— parecía más fuera de lugar que nunca. Hombre campechano, amante del vino, de la taberna y del «invito yo», siempre había escapado de sus deudas más rápido de lo que tardaban en servirle una copa. Pero de aquel demonio no lograría salir corriendo.
—Mira que se lo advertí —gruñó Talisha, golpeando con el codo la mandíbula de otra criatura.
—Los Colby hablan más rápido de lo que corren —murmuró Ralish, limpiando su hoja con una mirada fulminante.
Froilán continuó retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el eje de un carro volcado. Ya no tenía espacio para escapar. La lengua del demonio salió disparada y las cuchillas desgarraron la lona a escasos centímetros de su rostro. Froilán intentó arrojarse a un lado, pero una de las garras atravesó su camisa y lo dejó clavado contra la arena.
La segunda garra se alzó sobre su pecho.
Periandro lo vio, pero tres criaturas le cerraban el paso. Carmélida sostuvo uno de sus frascos en alto, incapaz de arrojarlo sin alcanzar también a Froilán. Las Hijas del Escorpión intentaron acudir, pero los demonios las mantenían cercadas.
Nadie llegó a tiempo.
Nadie logró alcanzarlo.
Salvo una.
Un látigo silbó en el aire, se enroscó alrededor del antebrazo del demonio y apartó la garra un instante antes de que alcanzara a Froilán. El tirón desvió a la criatura y sus uñas se hundieron en la arena junto al pecho del Colby. El demonio rugió y siguió con la mirada el látigo tensado hasta su origen.
Sobre una roca que dominaba la vaguada, con el polvo bailándole alrededor de los pies, estaba Andamana. Su brazo aún permanecía extendido tras el latigazo. Su mirada estaba fija en la criatura y su cuerpo se mantenía erguido, preparado para volver a atacar.
A su espalda, una decena de amazonas descendía con las lanzas en alto. Sus movimientos eran coordinados, silenciosos y mortales. En el centro de todas ellas, montada sobre una criatura moteada de ojos negros, envuelta en una capa gris malva y coronada por joyas oscuras, descendía Elora, la reina de Calamburia.
En una mano llevaba su sable pirata, curtido en sangre y tormentas. En la otra, un trabuco corto de cañón pulido, cuyas balas llevaban grabados los nombres de los piratas caídos en la guerra.
No dijo palabra. Solo disparó.
La criatura que había intentado devorar a Froilán se desplomó sin rostro. Atraído por el disparo, otro demonio se abalanzó sobre la montura de Elora y le abrió el costado con una de sus garras. El animal se encabritó. La reina desmontó de un salto antes de que pudiera derribarla y una de las amazonas condujo a la criatura herida hacia la retaguardia. Elora levantó entonces su sable. Las amazonas chocaron sus lanzas al unísono y emitieron su grito de guerra: un alarido agudo e intermitente que helaba la sangre.
Aquel gesto fue una señal. Las Hijas del Escorpión respondieron con un silencioso saludo marcial.
Los dos clanes, unidos por antiguas alianzas y generaciones de sangre derramada, se encontraron espalda contra espalda. Amazonas y escorpionas giraban al mismo ritmo, cubrían los mismos ángulos y defendían los mismos silencios. El clan de la serpiente y el del escorpión volvían a luchar juntos.
Y el desierto, que hasta entonces solo les había ofrecido derrota, recordó el sabor de la esperanza.
La señal de Elora fue la chispa, pero la verdadera explosión fue la respuesta conjunta. Las amazonas se desplegaron entre las tiendas como si conocieran cada rincón del campamento. Algunas se unieron al frente de combate con las escorpionas, otras rodearon los flancos, y tres más formaron una línea defensiva alrededor de Froilán, que seguía jadeando entre telas quemadas.
El primero de los demonios en reorganizarse lanzó un zarpazo brutal hacia Shuleyma. Shuaila advirtió el ataque y embistió a su hermana desde un costado para apartarla. El movimiento evitó que las garras alcanzaran el pecho de Shuleyma, pero una de sus puntas le rozó la pierna derecha durante la caída y abrió un corte profundo. Shuaila rodó en la dirección contraria y se levantó para interponerse entre ella y el demonio.
La sangre brotó al instante.
—¿Qué haces? —gritó Shuleyma, llevándose una mano a la herida.
—Evitar que te abriera el pecho —respondió Shuaila entre dientes, sin soltar las dagas.
No había lugar para dramatismos, únicamente para seguir luchando.
Del otro lado del campamento, un demonio alado extendió sus alas membranosas y comenzó a concentrar entre ellas una masa de energía oscura. Ralish lo vio y gritó:
—¡Carmélida! ¡Por la izquierda!
Sin preguntar, Carmélida lanzó una esfera azulada. Ralish rozó el filo de su cuchillo contra la sangre que aún brotaba de su antebrazo y lo arrojó. La punta alcanzó la esfera en pleno vuelo y la fragmentó en cientos de agujas de cristal, sobre las que se extendió el veneno.
La lluvia envenenada atravesó las alas y el pecho del demonio antes de que pudiera liberar su ataque. La criatura cayó convulsionando y terminó deshaciéndose sobre la arena en un charco oscuro.
—No está mal para una alquimista —dijo Ralish, sonriendo entre sangre.
—No está mal para una bruja —replicó Carmélida.
Mientras tanto, dos amazonas del flanco derecho cayeron bajo un asalto brutal. Una fue abatida por un demonio que le quebró el cuello con un golpe de su espinosa cola. La segunda recibió una garra en el costado, pero antes de caer arrojó su lanza contra otra criatura que estaba a punto de alcanzar a una de sus hermanas. El arma atravesó al demonio y la amazona a la que había salvado pudo rematarlo. Sus cuerpos quedaron sobre la arena, testigos silenciosos de una victoria que aún no estaba asegurada.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
Un demonio gigantesco —con cuerpo serpenteante y ojos por toda la espalda— se alzó tras Elora, que acababa de derribar a su tercer enemigo. No tuvo tiempo de girarse.
—¡Majestad! —gritó alguien.
Periandro reaccionó. Alzó la varita y trazó un círculo repentino. Una columna de viento surgió bajo los pies de Elora un instante antes de que las garras la alcanzaran y la elevó fuera de su trayectoria.
La reina comprendió la intención del mago y no se resistió al impulso. Giró en el aire, dirigió la punta del sable hacia el demonio y se dejó caer sobre él. La hoja penetró entre dos de los ojos que cubrían su espalda y descendió a lo largo de la columna vertebral. La criatura se desplomó mientras Elora aterrizaba junto a ella con una rodilla sobre la arena.
—Gracias, mago-erudito —susurró.
A unos pasos de allí, Talisha y Andamana combatían espalda contra espalda. La amazona lanzaba su látigo con precisión, atrapando extremidades y desviando mordiscos. La escorpiona combinaba rodillazos y estocadas con los cortes secos de su daga curva. Ninguna imitaba a la otra: cada movimiento respondía al ataque que su compañera acababa de desviar y ambas terminaron acompasando la respiración y los golpes.
—Aguantas bien para ser una serpiente de las marismas —dijo Talisha, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—Y tú golpeas mejor de lo que esperaría de una escorpiona de las arenas —replicó Andamana mientras enroscaba el látigo alrededor del cuello de un demonio y desviaba su embestida.
No hubo tiempo para más palabras, porque el combate seguía y ambas sabían que no podían permitirse nada menos que la victoria.
El combate se prolongó mientras la noche se cerraba sobre la vaguada. Cada oleada de demonios era rechazada, pero otra ocupaba inmediatamente su lugar y, cuando ambos clanes comenzaban a alcanzar el límite de sus fuerzas, el horizonte oriental empezó a clarear.
El amanecer comenzaba a abrirse paso con lentitud, empujando la noche hacia los bordes del mundo. La luz no irrumpió con violencia, sino que se deslizó como un suspiro largo sobre la arena, tiñéndolo todo con un resplandor pálido, como si el día dudara todavía si merecía nacer.
Los demonios que quedaban, pocos ya, se agitaban como brasas húmedas a punto de apagarse. Sus movimientos se volvían erráticos y su fuerza comenzaba a abandonarlos. La claridad penetraba en las heridas abiertas durante la batalla y resquebrajaba la materia oscura que sostenía sus cuerpos.
Periandro, cubierto de polvo y sangre ajena, dio un paso al frente. Sostenía la varita con suavidad, dispuesto a utilizarla como canal. Alzó la mirada hacia la línea por la que comenzaba a emerger el sol y levantó el brazo sin pronunciar palabra.
La primera luz del día cayó sobre él, recorrió su brazo como una corriente viva y se concentró en la punta de la varita. Periandro no creó aquella claridad; se limitó a conducirla hacia las grietas que la batalla había abierto en los cuerpos de los demonios.
—Lux prima, tenebras pelle.
Entonces la liberó.
Una oleada de luz se desplegó en abanico sobre la arena, sin fuego ni estruendo. Los demonios no ardieron ni gritaron. La claridad atravesó sus heridas, quebró el vínculo que los mantenía en aquel mundo y deshizo sus cuerpos en fragmentos de sombra que se hundieron en la arena.
Cuando todo terminó, el silencio regresó, pero esta vez no oprimía: respiraba.
El viento se llevaba con suavidad el humo de las tiendas y agitaba los jirones de tela aún colgados entre las lanzas. Sobre la arena, las figuras que seguían en pie no parecían vencedoras, sino testigos.
Elora bajó el sable con lentitud. Caminaba entre cuerpos enemigos con paso firme, la capa gris malva aún salpicada de combate y la corona de joyas oscuras asentada sobre su frente como si la batalla no la hubiera rozado.
A su lado, Andamana recogía el látigo con calma, envuelto alrededor del antebrazo como una serpiente en reposo. No hablaba, pero observaba cada rincón del campamento con la atención de quien aún espera otro ataque.
Entre las sombras del refugio improvisado, Ralish se puso en pie. En su rostro brillaban gotas de sudor y sangre, y entre los mechones de su cabello liso destacaban vetas de un verde profundo. Se limpió las manos y anudó una tira de tela alrededor del corte que se había practicado en el antebrazo. Bajo aquel vendaje seguía latiendo el arma más peligrosa de la Espina Venenosa.
Talisha, más al centro, se dejó caer sobre un tronco calcinado. El cabello liso le caía sobre los hombros, suelto y cubierto de polvo, pero su expresión seguía atenta. Sus brazos, doloridos, descansaban por fin, aunque sus ojos no se apartaban del horizonte.
Shuleyma, arrodillada sobre la arena, tenía el rostro tenso. Sujetaba con fuerza la venda que Shuaila, aún respirando con dificultad, le apretaba sobre la pierna herida. La sangre había empapado parte del tejido, pero ambas permanecían en silencio, con la misma determinación que habían traído a la batalla.
No lejos de ellas, Carmélida se arrodilló ante los cuerpos inmóviles de las dos amazonas caídas. Periandro cerró los ojos de una de las guerreras con gesto sereno mientras su hermana extraía de su cinturón un pequeño recipiente de plata.
En su interior guardaba Ceniza del Umbral: sal negra, hojas de tejo calcinadas, azabache e incienso funerario mezclados con una pequeña cantidad de amatista. Carmélida dejó caer una pizca sobre el pecho de cada cadáver y trazó con el pulgar la C del Titán Oscuro. El polvo adquirió un tenue resplandor violáceo.
—Que la carne permanezca en la tierra y el alma descienda al Inframundo. Que ninguna voluntad la reclame de vuelta ni ninguna sombra ocupe lo que ha dejado atrás. Los vivos con los vivos; los muertos con los muertos. Así lo ordena el Titán Oscuro.
El resplandor se extinguió y dejó una marca oscura sobre la piel. La Ceniza del Umbral no abría el camino de los muertos: lo cerraba tras ellos.
A su alrededor, las guerreras que habían sobrevivido permanecían sentadas o recostadas junto a las lanzas aún humeantes, recuperando el aliento, frotándose los músculos doloridos o cerrando heridas con vendajes improvisados. En sus gestos todavía ardía la fatiga y, en sus ojos, la gravedad de haber sobrevivido.
Entonces, como si nada de todo aquello hubiera sucedido, una voz rompió el momento como una grieta:
—Pues al final… no ha sido tan difícil, ¿eh? Mira que cuando me materialicé aquí, arrastrado por la maldición de ese Orbe demoníaco, no imaginé que acabaría viviendo semejante aventura. Por suerte, estas viejas amigas escorpionas me dieron cobijo y un lecho en una de sus jaimas. Al menos, mis conocimientos sobre guerra y estrategia han servido de algo: ningún demonio ha conseguido siquiera rozarme. Y no puedo decir lo mismo de todo el mundo —añadió Froilán, mirando de reojo la pierna vendada de Shuleyma.
Las escorpionas le dirigieron una mirada gélida, cargada de desdén, como si en aquel instante contemplaran a un intruso más que a un invitado.
—Soy todo un portento. El mejor de los cinco hermanos Colby. Yo digo que lo celebremos con una botella de fuego de escama. Tengo una, o tenía, en alguna parte…
Froilán conservaba la cara negra de polvo y la sonrisa torcida prendida al rostro, su particular manera de aferrarse a la vida. Se sacudió la arena del hombro con la despreocupación de quien solo hubiera sobrevivido a una tormenta menor.
Periandro lo contempló sin enfado ni juicio, con la expresión que se reserva para las constantes inevitables de la historia. Durante un instante creyó ver en él a todos los Colby que habían existido y a cuantos aún estaban por llegar, porque a veces, incluso en el corazón del desierto, lo más difícil no era sobrevivir, sino recordar por qué uno seguía vivo.
El viento del amanecer seguía soplando cuando Elora se detuvo en medio del campamento. Su voz no necesitó elevarse. Bastó con que hablara para que todas la escucharan. Amazonas y escorpionas volvieron el rostro hacia ella mientras el humo de las jaimas incendiadas se alzaba a sus espaldas.
—Hijas del Escorpión… he venido en busca de vuestra fuerza.
La petición de una reina podía convertirse fácilmente en una orden. Elora la pronunció como el comienzo de un pacto.
—A las amazonas les han arrebatado su Orbe sagrado. Mientras permanezca en manos del caos, ningún reino, clan o refugio estará a salvo. Vuestra sangre conoce estas arenas y vuestra voluntad ha resistido tempestades que habrían enterrado a pueblos enteros. Calamburia se está quebrando bajo nuestros pies y, si permitimos que el miedo nos separe, caeremos una tras otra.
Talisha entrecerró los ojos. Se incorporó sin prisa, con la voz aún cargada por el esfuerzo de la lucha. La sangre le recorría uno de los brazos, pero sostuvo la mirada de Elora sin inclinar la cabeza.
—Antes de entregar nuestra sangre, quiero saber junto a quién nos pides derramarla —declaró, señalando a Carmélida—. Esa mujer lleva los emblemas de la Santa Hermandad. Huele a alquimia, a mazmorras y a demasiadas confesiones arrancadas mediante el dolor. Dime, reina: ¿buscamos el Orbe junto a ella o tendremos que vigilarla mientras lo hacemos?
El campamento enmudeció. Carmélida soportó la acusación sin defenderse. Elora no respondió de inmediato. Sus ojos buscaron a Periandro, exigiendo una explicación.
Él avanzó con paso firme.
—Carmélida es mi hermana. No pretendo justificar cuanto ha hecho ni borrar la sangre que pesa sobre sus manos. Pero conozco la diferencia entre sus pecados y su lealtad. Su lealtad pertenece a Calamburia. Si llega el momento de elegir entre este reino y las huestes del inframundo, pondrá su vida delante de ellas. Y yo pondré la mía delante de la suya.
Shuleyma, con la pierna vendada y los brazos cruzados, alzó la voz.
—Yo luché junto a él en Palacio. Lo vi permanecer en pie cuando los demás solo buscaban una salida.
A su lado, Shuaila la secundó sin dudar.
—Protegíamos a la reina Melindres, nuestra hermana. Periandro se enfrentó a los demonios cuando las defensas habían caído y ya no quedaba nadie capaz de contenerlos. Intentó salvar a los infantes, a los nuestros… y estuvo a punto de conseguirlo. Aquel día nadie podía fingir valor ni lealtad. Si ahora responde por Carmélida, su palabra es suficiente para nosotras.
Elora dejó que el silencio recogiera aquel testimonio. Miró a Talisha, a las hermanas heridas y a las dos amazonas que yacían sobre la arena. La sangre de ambos pueblos ya se había mezclado antes de que pudieran acordar una alianza.
Finalmente, asintió.
—Entonces la sangre ha hablado antes que nosotras. Escucharemos.
Periandro comprendió que aquel asentimiento les concedía algo más valioso que la confianza: les concedía tiempo. Avanzó antes de que el silencio pudiera cerrarse de nuevo.
—Mi reina, hay algo más. El plan de Minerva para proteger a vuestras hijas se ha visto comprometido. Alguien ha abierto una brecha y debemos regresar cuanto antes a la Torre Arcana de Skuchaín para advertirla. Si Minerva no actúa, todo cuanto hemos sacrificado para mantenerlas a salvo habrá sido inútil.
Ralish, que recogía los restos de una de sus mezclas venenosas, levantó la cabeza con brusquedad.
—¿Y el rey? ¿Dónde está Rodrigo?
Periandro la miró con gravedad.
—Rodrigo se dirige a Instantalor. El Bastión de los Colby ha caído.
La sonrisa desapareció del rostro de Froilán. Cerró los puños y avanzó hacia Periandro con una rabia que ninguno de los presentes le había visto hasta entonces.
—¿Cómo que ha caído? —estalló—. ¡Ese bastión pertenece a mi familia desde hace generaciones! ¡Lleva nuestro nombre! Dime quién sigue con vida… y a quién debo culpar por haberlo perdido. ¡Porque yo, por mi bastión, ma-to!
Froilán separó las dos últimas sílabas con la solemnidad de un juramento. La frase habría resultado cómica en otro momento, pero la rabia que endurecía su rostro era auténtica.
Elora arqueó una ceja.
—Espero que se te dé mejor matar que esconderte.
Froilán abrió la boca para defenderse, pero Periandro no le concedió la oportunidad. Dirigió de nuevo la mirada hacia Elora.
—Si no os movéis deprisa, perderéis la oportunidad de reuniros con él y regresar a Kalzaria para preparar una nueva ofensiva. Cada hora que permanezcamos aquí permite que los demonios cierren otro camino. El tiempo ya no está de nuestro lado.
Elora asintió. Después miró a la criatura moteada que la había llevado hasta el campamento. El animal respiraba con dificultad y una herida abierta le recorría el costado, recuerdo de alguna garra recibida durante la batalla. No podría soportar el viaje hasta Instantalor.
La reina caminó hacia Talisha.
—Prestadme una montura. Lo que queda de las fuerzas de la Corona todavía puede resistir, pero debo llegar a tiempo.
Talisha no pidió explicaciones. Asintió con un leve gesto y llamó a su hermana con un chasquido de lengua.
Ralish comprendió la señal, se internó entre las tiendas y regresó poco después guiando una criatura de patas firmes y pelaje corto. De sus arreos colgaban cintas doradas y negras junto a pequeñas cuentas talladas con la forma del escorpión.
—Esta es Circek —dijo—. Resiste la sed mejor que muchas reinas.
Elora sostuvo la mirada de Ralish y aceptó la provocación con una leve sonrisa.
—Entonces procuraremos estar a su altura.
Durante el tiempo imprescindible para vendar las heridas y preparar las monturas, los dos grupos se reorganizaron. Periandro comenzó a invocar de nuevo al caballo mágico mientras Carmélida aguardaba junto a él, en silencio. A pocos pasos, amazonas y escorpionas rodeaban a Elora y Talisha para marcar rutas, establecer señales y fijar puntos de encuentro.
Talisha distribuyó a sus mejores rastreadoras entre los caminos que atravesaban el desierto. Cuando las heridas permitieran levantar el campamento, las Hijas del Escorpión se unirían formalmente a la búsqueda del Orbe. El pacto pronunciado ante las caídas comenzaba a adquirir forma.
El hechizo de Periandro se completó y el corcel emergió de la niebla con un estremecimiento. Sus cascos apenas se hundían en la arena y su cuerpo parecía deshacerse por los bordes cada vez que el viento lo alcanzaba. Carmélida montó detrás del mago sin cruzar palabra con él.
Periandro espoleó la montura hacia el este. Carmélida volvió una última vez la mirada hacia las tiendas ennegrecidas y hacia las guerreras que habían sobrevivido para reconstruirlas.
Desde lo alto de una duna, Elora observó su partida. Montó con naturalidad sobre Circek, tomó las riendas y, antes de que el caballo mágico se perdiera en la tormenta, alzó la voz:
—Advertid a Minerva. Después, encontrad ese Orbe. Cueste lo que cueste.
Periandro levantó una mano para confirmar que la había oído y continuó cabalgando sin volver la cabeza.
Elora dirigió entonces un gesto hacia Froilán.
—Tú vienes conmigo.
—¿Yo? —balbuceó, mirando alrededor en busca de alguna excusa—. Bueno, claro, claro… La reina llama y uno no puede negarse. Nobleza obliga.
Froilán subió a la parte trasera de la montura con más esfuerzo que elegancia. Estuvo a punto de caer de espaldas, se aferró a los arreos y consiguió estabilizarse cuando Circek ya comenzaba a avanzar.
Elora dio media vuelta y emprendió el camino hacia Instantalor. Las amazonas que aún podían combatir se desplegaron a su alrededor, con las lanzas en alto y la mirada fija en el horizonte.
Froilán volvió la cabeza justo antes de desaparecer tras la primera duna.
—¡Pues al final no ha durado tanto la fiesta! ¡Muchas gracias por el hospicio, hijas del Escorpión! ¡Os debo una ronda, amigas!
Después se inclinó hacia Elora y añadió en voz más baja:
—Eso sí… En Instantalor hay buena cerveza. La Taberna de las Dos Jarras nunca defrauda.
El eco de su voz se perdió entre los pliegues del viento. Cuando también desapareció el último estandarte de las amazonas, el campamento quedó por fin en calma y, entre el humo de las jaimas y la sangre derramada sobre la arena, comenzó lentamente a respirar de nuevo.
Al sur de Calamburia, cerca de la comarca de Azarcón y a la sombra de la Piedra de la Ladera, se alzaba el Monasterio Cóncavo, solemne y solitario, fundido con la roca sobre la que había sido construido. Elevado entre lomas silenciosas y humedales dormidos, guardaba desde hacía siglos los secretos más oscuros de la fe calamburiana.
A su alrededor, las Marismas de la Confusión envolvían el terreno en una bruma perpetua. A cierta distancia, el Bastión de los Colby resistía aún, orgulloso y ajeno a cuanto sucedía entre aquellos muros. En el monasterio perduraban otras cosas: el silencio, la fe y la culpa.
Siglos atrás, había sido uno de los templos más antiguos consagrados al Titán, cuando todavía nadie consideraba necesario añadirle un adjetivo. Todo cambió cuando Trai y Grahim utilizaron el Códice Oscuro para viajar al pasado e intentaron reescribir la historia. Su intervención provocó que Inocencio abrazara el culto al Titán Oscuro y condenó a Calamburia a regresar a un presente distinto. Desde entonces —o desde siempre, si se daba crédito a los archivos corregidos por el tiempo—, la fe se había vuelto más grave, las ceremonias más sombrías y las capas bastante más negras.
Durante generaciones, el monasterio había sido el hogar de los Acólitos del Titán. Irving van der List y Mitt Clementis habían recorrido sus claustros mucho antes de que la Alta Curia se hiciera con el control de la Iglesia y de que la Santa Hermandad transformara el lugar en su fortaleza espiritual. Sus pasillos albergaban todavía mazmorras, cámaras de tortura y celdas de reclusión eclesiástica, donde la fe se invocaba para purgar el alma o para doblegarla.
Sus portones, reforzados con gruesos herrajes y numerosos cerrojos, se mantenían cerrados día y noche. Nadie deseaba que entrara aquello que rondaba por el mundo: demonios, visiones y recuerdos que podían resultar aún peores.
En tiempos de paz, el monasterio había servido de retiro para quienes buscaban olvidar. Ahora ofrecía refugio a quienes aún no habían muerto y necesitaban algo más sólido que la fe: una puerta cerrada entre ellos y los demonios que arrasaban Calamburia.
En una de sus cámaras, la luz llegaba tamizada por cortinas de lino y arrancaba un fulgor apagado a los cálices de cobre. Juana hablaba en voz baja, aunque cada palabra golpeaba la estancia con la fuerza de una acusación.
—Nos está castigando. El Titán Oscuro ha retirado su bendición. El Orbe de la Confusión fue una advertencia clara y nosotros, ciegos, no supimos verla. Clemente puso su fe en Carmélida, y Carmélida ha abierto grietas donde antes había dogma.
Níobe Klausen, arrodillada junto a una camilla, no respondió de inmediato. La sanadora mantenía las manos firmes sobre una herida abierta, que trataba de sellar con sal negra y palabras suaves, casi convertidas en plegarias. Frente a ella, Katrina, envuelta en una túnica blanca desgastada que simbolizaba su voto de silencio, observaba cada movimiento con atención reverencial. Sus ojos parecían buscar en los gestos de Níobe aquello que su alma ya no se atrevía a preguntar.
—Tú ves castigos donde yo solo veo consecuencias —susurró Níobe sin apartar la mirada de la herida—. Este desastre lo hemos causado nosotros: nuestras guerras, nuestras ambiciones y las alianzas equivocadas que hemos aceptado. Si Comosu hubiese gobernado con justicia, quizá Sancho I habría heredado un reino distinto. Pero eligió la codicia. Prefirió vencer antes que gobernar.
Juana frunció el ceño y se irguió con un gesto crispado.
—¡Sancho I fue maldecido! ¡Todo su linaje lo estuvo! Desde esa rama podrida de los Rodrigo no ha florecido nada. ¡Nada! Su madre, su abuela… Todas fueron instigadoras. Melindres fue una aberración con infinitas ansias de poder.
Níobe levantó la cabeza con gesto pausado, pero la firmeza de su voz no dejó dudas.
—Todos dicen que Melindres acabó con él. Pero aquel pobre niño ya estaba roto cuando Sancha y Urraca se lo arrebataron a su verdadera madre. Yo lo cuidé. Velé sus fiebres, curé sus heridas y le prometí que nunca permitiría que le hicieran daño. Después vi cómo se quebraba cada vez que lo obligaban a cometer una injusticia, y aun así obedecí. Cuando se acercó su boda con la marquesa Melindres, la corte decidió que debía llegar preparado al lecho nupcial. Fui yo quien mandó traer a aquellas mujeres del lupanar. Yo las conduje hasta sus aposentos y las hice pasar una tras otra. Ni siquiera les pregunté sus nombres. Temía que conocerlas las convirtiera en personas y me obligara a mirar de frente lo que estaba haciendo. Lo llamé educación, deber, servicio a la Corona… Elegí palabras respetables para esconder mi vergüenza. Después tampoco quise saber qué había sido de ellas ni qué consecuencias tuvo mi obediencia. Que el Titán Oscuro me perdone, porque yo todavía no he conseguido hacerlo.
Katrina bajó los ojos y se acercó a otra camilla. Tomó un paño mojado y comenzó a limpiar una herida demoníaca, atravesada por vetas negras que palpitaban bajo la piel. Sus manos temblaron al entrar en contacto con ella. Níobe se levantó y la corrigió con dulzura.
—Así no, Katrina. El agua hará que el daño se extienda. Cuando la herida tiembla, hay que usar el ungüento de zarcillo rojo. Escuece, sí, pero cierra.
Katrina asintió con lentitud y tomó uno de los pequeños tarros dispuestos junto a la camilla.
Había pasado años dividiendo su vida entre el monasterio y el mar. Para Inocencio había sido una acólita obediente; para Walter Kennedy, el grumete Cameron. A bordo de su navío esperaba alcanzar algún día la isla de Kalzaria y conocer a Mairim, la mujer que ocupaba todos sus pensamientos.
Después desapareció Walter. Katrina lo buscó por lealtad y buscó también a Mairim, aunque a ella la guiaba un sentimiento mucho más profundo. No encontró a ninguno de los dos. Entonces regresó al hábito del que tantas veces había escapado y dejó de hablar. Su silencio no era un castigo impuesto por la Iglesia. Era el único refugio que había conseguido construir para sí misma.
En un rincón de aquella misma enfermería, bajo las lámparas que ardían día y noche, otro hombre velaba. No hablaba ni dormía. Las vendas que cubrían parte de su rostro ocultaban moratones y heridas abiertas. La sangre había teñido de bermellón la tela de su sien. También llevaba las manos vendadas, aunque todavía las utilizaba para ordenar frascos de incienso, plantas secas y tazones humeantes.
En el monasterio respondía al nombre de Aelius. Mucho tiempo atrás había sido Illia, el impositor de manos, aquel sanador de origen desconocido del que se decía que había sido príncipe.
La noche en que Kashiri desapareció, atrapada en el vacío y lejos del tiempo, Illia soñó con ella por última vez. En el sueño, Kashiri le tomó la mano con dulzura y le pidió que no intentara seguirla. Cuando despertó, ella ya no estaba y una parte de él se había marchado con ella.
Dormir se convirtió en un castigo. Cuando el sueño conseguía vencerlo, podía permanecer inconsciente durante días, incluso semanas. Despertaba entre jadeos, cubierto de sudor y recitando nombres que no existían en lenguas que nadie recordaba.
Para evitarlo, Illia —ahora Aelius— había adquirido el hábito de golpearse la cabeza contra las paredes del monasterio. Lo hacía con una precisión aterradora, hasta que el dolor agotaba su cuerpo y le impedía soñar.
Durante años, Níobe e Illia habían trabajado juntos dentro de la orden de los sanadores. Ella era experta en herbología y anatomía. Él poseía una habilidad para curar que muchos consideraban sobrenatural. Juntos recorrían Calamburia como un símbolo de esperanza y neutralidad. Allí donde llegaban, hasta los ejércitos aceptaban una tregua. Níobe encontraba la planta precisa. Illia imponía las manos. La ciencia y el milagro avanzaban juntos por los caminos.
Pero aquellos tiempos quedaban muy lejos.
Tres campanadas desacompasadas sacudieron el Monasterio Cóncavo.
Los heridos se sobresaltaron. Níobe levantó la cabeza. Juana interrumpió su diatriba y Katrina dejó el ungüento junto a la camilla.
Un instante después, el portón de piedra retumbó y se abrió.
Una figura empapada irrumpió en el refugio, cubierta de barro, ceniza y sangre. Llevaba los ojos encendidos por el combate y apenas podía recuperar el aliento.
Era Carmélida Sibyla.
Tras ella, al otro lado del umbral, algo rugió.
El bramido recorrió el vestíbulo y arrancó polvo de las bóvedas. Una criatura emergió de la bruma exterior avanzando sobre cuatro extremidades demasiado largas. Tenía el torso quebrado en un ángulo imposible, las garras cubiertas por una costra negra y tantos ojos abiertos sobre el rostro que ninguno parecía mirar en la misma dirección.
Carmélida volvió la cabeza y calculó la distancia. Su respiración era trabajosa. Una manga del hábito colgaba hecha jirones y la sangre le bajaba desde el hombro hasta la punta de los dedos. Aun así, no había miedo en su mirada. Había estado contando los pasos.
Había permitido que el demonio la siguiera hasta allí.
—¡Apartaos! —ordenó.
Níobe tiró de la camilla más cercana. Katrina se arrojó sobre uno de los heridos para protegerlo y Juana retrocedió mientras trazaba apresuradamente la C del Titán Oscuro sobre su pecho.
Carmélida extrajo de su cinturón un frasco de cristal negro, lo agitó una sola vez y esperó. La criatura se abalanzó hacia el umbral. Una de sus garras atravesó la entrada y arañó la piedra a escasos centímetros del rostro de la alquimista.
Solo entonces lanzó el frasco.
El cristal entró directamente en las fauces del demonio y estalló en su interior. Un resplandor violeta recorrió el cuerpo de la criatura bajo la piel, iluminando uno por uno todos sus ojos. Las llamas brotaron hacia dentro, devorando primero la sombra que la sostenía. El demonio se retorció y golpeó el portón con tal violencia que toda la fachada tembló.
Carmélida no cedió terreno. Sacó un segundo recipiente, lo quebró contra el suelo y arrastró la bota sobre el líquido plateado hasta completar una línea frente a la entrada. En cuanto la sangre demoníaca tocó la mezcla, una barrera de fuego se levantó desde las losas.
La criatura volvió a embestir.
Carmélida aguardó hasta que la tuvo encima y golpeó el portón con ambas manos. Las hojas de piedra se cerraron sobre el rugido. Durante un instante, unas garras negras quedaron atrapadas entre ellas, sacudiéndose con furia. La alquimista apoyó un hombro contra la puerta y empujó hasta que los cerrojos encajaron. Las garras se deshicieron en una ceniza espesa que cayó a sus pies.
Al otro lado todavía se escuchó un último alarido. Después llegó el silencio.
Carmélida permaneció apoyada contra la piedra, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. El humo escapaba de su ropa y la sangre continuaba descendiendo por su brazo. Cuando recuperó el aliento, recogió del suelo un fragmento del frasco y examinó el filo con aparente tranquilidad.
—El Infierno se ha quedado sin plazas —dijo—. Y Calamburia está construyendo otras nuevas.
Nadie respondió.
Durante semanas, la Santa Hermandad no había sabido nada de su Segunda Hermana. Clemente se había negado a buscarla: si Carmélida había muerto, el Titán Oscuro la habría juzgado; si seguía viva, encontraría sola el camino de regreso.
Y lo había encontrado.
El Monasterio Cóncavo servía también como punto de encuentro cuando los miembros de la Hermandad quedaban dispersos. Todas las noticias debían enviarse allí. Carmélida había regresado con la esperanza de averiguar qué había sido de quienes dejó en Catch-Unsum.
Katrina fue la primera en moverse. Extrajo de su hábito un pequeño pergamino cerrado con cera negra y se lo tendió sin pronunciar palabra. Carmélida reconoció el sello del Primer Hermano.
—Llegó hace varios días —explicó Níobe—. Estábamos esperando que regresaras.
Carmélida rompió la cera y leyó el mensaje en silencio. Sus ojos recorrieron una única línea. Después dobló cuidadosamente el pergamino y lo guardó junto al pecho.
—¿Buenas noticias? —preguntó Níobe.
—Las únicas que podía esperar.
Katrina regresó junto al herido al que había protegido. Níobe observó la sangre que empapaba la manga de Carmélida, pero la recién llegada rechazó su ayuda con un movimiento de la cabeza.
Juana rompió el breve silencio. Se persignó con firmeza, dibujando la C del Titán Oscuro sobre su pecho.
—Afortunados los ojos que vuelven a contemplarte, Segunda Hermana —declaró Juana—. Empezábamos a pensar que habías olvidado el camino hasta este lugar. Aunque, bien mirado, solo visitas el monasterio cuando necesitas sus mazmorras para torturar a alguien o sus muros para esconderte.
Carmélida se agachó y comenzó a recoger los restos de cristal.
—¿Has terminado?
—Este es un lugar sagrado —continuó Juana—. No un bastión que puedas utilizar a tu conveniencia.
La alquimista guardó los fragmentos en una bolsa de cuero y se incorporó. Aunque tenía el rostro manchado de sangre y ceniza, su voz permaneció serena.
—Acabo de impedir que un demonio entre en tu lugar sagrado. Aceptaré el agradecimiento cuando hayas terminado el sermón.
Juana avanzó un paso. La devoción solemne de su rostro se resquebrajó y dejó al descubierto una rabia alimentada durante años.
—¡Nos lo arrebatasteis todo! —espetó—. Es cierto que la Alta Curia apartó a los Capellanes. Yo misma participé en su caída porque creí que una doctrina más firme devolvería el orden a la Iglesia. Tal vez nos equivocamos, pero nuestro error nació de la fe.
Señaló los frascos que colgaban del cinturón de Carmélida.
—Después llegasteis vosotros. La Santa Hermandad. Os cubristeis con los hábitos del Titán Oscuro, ocupasteis nuestros altares y llenasteis las mazmorras de alquimia, instrumentos de tortura y tratados de anatomía. Convertisteis la fe en un experimento.
—Gracias a uno de esos experimentos sigues viva.
—¡Tú no crees! —rugió Juana—. Mides, cortas y mezclas sustancias. Observas el dolor y tomas notas. Vienes de Skuchaín y llevas la ciencia de esa torre allí donde debería bastar la palabra del Titán Oscuro. ¡Maldigo a los Sibyla y a toda su prole!
Carmélida levantó por fin la mirada.
—Sí, vengo de Skuchaín. Allí me enseñaron que las preguntas suelen ser más útiles que los dogmas y que una herida no se cierra rezándole. También aprendí a reconocer la hipocresía cuando la tengo delante.
Juana palideció.
—¿Cómo te atreves?
—Te atreves tú a hablar de usurpaciones —replicó Carmélida, limpiándose la sangre de la mejilla con la manga—. Ayudaste a derribar a los Capellanes y después ocupaste su altar. Silenciaste sus voces, te adueñaste del púlpito y te proclamaste intérprete del Titán Oscuro sin que nadie te concediera ese derecho. La diferencia entre nosotras es que yo nunca he llamado plegaria a uno de mis cuchillos.
—¡Porque nadie más defendía la verdad! —gritó Juana—. Inocencio callaba. La Iglesia se desmoronaba y alguien tenía que hablar. Yo sostuve la fe mientras todos los demás negociaban con ella.
Su voz se quebró. Durante un instante dejó de parecer una dirigente destronada y mostró el rostro de una mujer abandonada.
—Y ahora la Iglesia ha hecho conmigo lo mismo que nosotros hicimos con los Capellanes. Me ha apartado como a un animal viejo. Ha elegido nuevos hermanos, nuevas voces, nuevos fieles… y entre ellos estás tú.
Carmélida no respondió de inmediato. La furia de Juana había perdido fuerza al revelar la herida que ocultaba.
—Yo sí creía —continuó Juana—. Cada palabra que prediqué y cada herida que limpié nacieron de mi fe. No necesitaba fórmulas ni experimentos para saber que el Titán Oscuro estaba conmigo. Ahora me he quedado sin altar, sin guía y sin un lugar en su Iglesia. Todo desde que apareciste tú.
—Yo no te arrebaté el altar.
—¡Ocupaste mi lugar!
—Porque estaba vacío.
Juana recibió aquellas palabras con la violencia de una bofetada.
Carmélida bajó el tono.
—Quieres odiarme porque resulta más sencillo que aceptar la verdad. Fue Inocencio quien te apartó. Él decidió que tu voz ya no le servía y buscó otras que obedecieran mejor. Yo no provoqué tu caída, Juana. Solo llegué después.
El silencio se tensó entre ambas.
—¡Ya basta! —intervino Níobe.
La sanadora se colocó entre ellas, todavía con las manos manchadas de sangre y sal negra.
—Mientras discutís sobre quién posee la voz del Titán Oscuro, hay personas intentando conservar la suya. Este lugar no es ahora vuestro altar ni vuestra sala capitular. Es una enfermería. Aquí no me importan vuestros rangos, vuestras doctrinas ni quién le arrebató el poder a quién. Solo me importan los que todavía respiran.
Señaló las camillas.
—Así que, si el Titán Oscuro desea continuar esta disputa, tendrá que esperar. Mis heridos no pueden hacerlo.
Carmélida cerró los ojos y asintió. Juana se apartó con la respiración entrecortada, incapaz de responder.
Entonces unos pasos apresurados resonaron en la galería.
Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.
Un hombre apareció en el umbral de la enfermería. Llevaba la capa empapada y cubierta de polvo, el cabello pegado a la frente y el rostro endurecido por un cansancio que parecía haber comenzado muchos años atrás. Entró despacio, sin la violencia con la que había irrumpido Carmélida. Tampoco la necesitaba. Había en su manera de observar la sala una serenidad incómoda, la calma de quien ya había sobrevivido a aquello que debía matarlo.
Carmélida lo reconoció. La mano sana descendió hacia uno de los frascos de su cinturón.
—Tú…
El recién llegado apenas le prestó atención.
—Todo esto empezó contigo —continuó Carmélida—. Tú ayudaste a activar el Orbe. Mantuviste con vida a Ona mientras esa reliquia desgarraba la realidad y separaba a media Calamburia. ¿De verdad pensabais que estabais salvando el mundo?
El hombre recorrió las camillas con la mirada. Vio la sangre, las vendas y los cuerpos estremecidos por las heridas demoníacas. Cuando habló, su voz carecía de desafío. Solo contenía una angustia antigua.
—¿Dónde está mi madre?
A Níobe se le aflojaron los dedos y la venda que estaba anudando comenzó a deslizarse. Katrina la recogió antes de que cayera al suelo y terminó de sujetarla alrededor del brazo del herido. Níobe, en cambio, permaneció inmóvil. Había reconocido aquella voz antes de reunir el valor necesario para mirar su rostro.
—No puede ser… —murmuró.
El hombre giró la cabeza.
—Aldric —logró decir Níobe.
Su nombre atravesó la estancia con la fragilidad de una plegaria pronunciada demasiado tarde. Níobe dio un paso hacia él, pero sus piernas se negaron a llevarla más lejos.
—Te creí muerto.
—Esa era la consecuencia más probable del destierro.
—Yo impedí que te quemaran.
—Y después aceptaste que me arrojaran al mundo sin familia, sin alimento y sin un lugar al que regresar.
—Intenté salvarte.
Aldric la observó durante unos instantes.
—Me llamaste aberración.
Níobe abrió los labios, pero no encontró ninguna palabra con la que defenderse.
—Tenía miedo —admitió finalmente.
—Yo también. La diferencia es que yo era un muchacho y tú eras mi madre.
Níobe recibió aquellas palabras sin apartar la mirada. El dolor le contrajo el rostro, aunque se obligó a permanecer erguida.
—Lo siento.
Aldric dejó pasar la disculpa entre ambos. No la rechazó, pero tampoco hizo ademán de aceptarla.
—El Titán Oscuro no permitió que muriera —dijo—. Durante meses vagué por los bosques alimentándome de raíces, huevos y cualquier planta que pudiera reconocer. Descubrí que los animales sanaban bajo mis manos. Todos ellos. No importaba lo profunda que fuera la herida.
Miró sus propios dedos.
—Después encontré a alguien que me enseñó a comprender mi don.
Se volvió hacia las camillas. Níobe advirtió su intención y avanzó para cerrarle el paso.
—Aldric, espera. Estas personas están demasiado débiles.
—Entonces no les queda tiempo para esperar.
Se acercó a un joven cuyo rostro estaba atravesado por cicatrices recientes. El herido respiraba con dificultad y apretaba los párpados cada vez que el dolor recorría su cuerpo. Aldric se inclinó sobre él y mantuvo una mano a escasos centímetros de su pecho.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Níobe.
—Lo mismo que me enseñaste.
Cerró los ojos y apoyó la palma.
Durante un instante no sucedió nada. Después, el joven arqueó la espalda y lanzó un alarido. Un resplandor anaranjado apareció bajo su piel y avanzó por las venas desde el pecho hasta el cuello. El olor a carne quemada invadió la enfermería. Níobe intentó apartar la mano de Aldric, pero el calor la obligó a retroceder.
Las cicatrices del herido se iluminaron. Sus labios se abrieron buscando aire y de su garganta escapó una bocanada de humo. Cuando Aldric retiró la mano, el cuerpo cayó sobre la camilla, ennegrecido e inmóvil.
Un murmullo de horror recorrió la sala.
—¿Qué has hecho? —preguntó Níobe.
Aldric contempló al muerto sin satisfacción.
—Lo que hacen mis manos.
—¡Lo has asesinado! —exclamó Juana.
Aldric se dirigió hacia otra camilla. Allí yacía una mujer que había perdido tanta sangre que su piel parecía hecha de cera. Cada respiración le exigía un esfuerzo que ya no podía sostener.
Níobe amagó con detenerlo, pero no llegó a tocarlo.
Aldric colocó la mano sobre el vientre de la mujer. Esta vez, una luz cálida se extendió entre sus dedos. La sangre dejó de manar. Los bordes de la herida se aproximaron hasta cerrarse y el color regresó lentamente a las mejillas de la paciente. La mujer inspiró con fuerza y abrió los ojos.
Katrina se acercó para sostenerla. La recién despertada miró alrededor, desconcertada, y después se llevó las manos a la herida desaparecida.
Aldric se incorporó. Sus ojos buscaron los de Níobe.
—Los animales siempre sanaban porque no conocían la crueldad. Fue el viejo Mora quien me reveló la verdadera naturaleza de mi don. Mis manos reconocen aquello que se oculta bajo la carne: cuando las impongo sobre una persona justa, sus heridas se cierran; cuando tocan a alguien corrompido, el fuego consume cuanto encuentra.
—¿Y quién decide qué significa ser justo? —preguntó Níobe.
—La decisión ya está tomada antes de que yo los toque.
—¿Por quién?
Aldric miró un instante hacia la bóveda del monasterio.
—Esa misma pregunta deberíais hacérsela al Titán Oscuro al que recurristeis cuando me condenasteis.
Juana avanzó entre las camillas.
—Eso no es un don. Es una blasfemia.
—Para la Santa Hermandad también lo era cuando quisieron quemarme.
—¡Estás utilizando el nombre del Titán Oscuro para justificar una ejecución!
—Yo no pronuncio ninguna condena. Mis manos revelan lo que ya existe.
—Y después de haber visto morir a ese hombre, ¿todavía te atreves a llamarte sanador?
Aldric bajó la mirada hacia sus manos.
—Hace tiempo que dejé de saber qué soy.
En la parte más alta del Monasterio Cóncavo, una sombra permanecía oculta tras una antigua celosía. Había ascendido por el muro exterior aprovechando las grietas de la piedra y llevaba varios minutos observando cuanto sucedía en la enfermería.
Allí, agazapada entre los sillares resquebrajados, Kiajají, una de las temibles Amazonas de la Triarquía, contemplaba la escena con los ojos encendidos de furia. Su cuerpo, forjado por la disciplina salvaje del clan, estaba cubierto de símbolos tribales tatuados y cicatrizados. Una franja de pintura negra ocultaba parte de su rostro a modo de antifaz: la marca de aquellas que habían vencido en combate ritual.
La lanza que sostenía junto al rostro tenía la punta de obsidiana y el asta envuelta en cuero animal. Aquella arma había atravesado innumerables corazones y se había convertido en la prolongación de su juicio.
Kiajají recordaba perfectamente al hombre que ahora se encontraba junto a las camillas. Durante la final de Catch-Unsum, Aldric había permanecido tras la barrera violeta que protegía el Orbe robado. Lo vio imponer sus manos sobre Ona para mantenerla con vida mientras la traficante de almas sometía la reliquia y Ramia alimentaba su poder. También contempló cómo su propia lanza rebotaba contra aquella defensa sin conseguir alcanzarlos.
Desconocía quién había sustraído el Orbe de las Marismas de la Confusión. Lo único que sabía era que los Cazademonios lo habían ocultado, protegido y utilizado. Para Kiajají, los tres habían actuado juntos. Los tres habían profanado el legado de Akanni y destruido la unidad de la Triarquía.
Había jurado recuperar la reliquia y atravesar con su lanza los corazones de quienes se la arrebataron a su pueblo. Aldric sería el primero.
Cambió el peso de una pierna a la otra y apoyó la espalda contra la piedra. Desde aquella altura podía ver el pecho del cazademonios entre dos columnas. La distancia era grande, aunque no para una guerrera adiestrada por Majají. Su lanza había atravesado más de mil corazones. Aquel no sería diferente.
Inspiró lentamente.
Dentro de la enfermería, Juana continuaba avanzando hacia Aldric.
—¡No permitiré que conviertas este monasterio en una sala de ejecuciones! —proclamó—. Mientras yo conserve la voz, aquí no volverás a tocar a nadie.
Kiajají apoyó el pie contra la piedra, echó el brazo hacia atrás y fijó la mirada en el pecho del cazademonios.
Lanzó la lanza.
El arma atravesó la celosía con un silbido. Aldric percibió el destello de la obsidiana y retrocedió por instinto. Juana, concentrada en su acusación, avanzó otro paso y se interpuso en la trayectoria.
La lanza se clavó en su pecho.
El impacto la levantó apenas del suelo. Juana abrió los brazos, sorprendida, y cayó de rodillas. La punta había atravesado exactamente la C del Titán Oscuro bordada sobre su hábito.
Desde la celosía, Kiajají comprendió que había perdido el arma, la oportunidad y el factor sorpresa. No desperdició tiempo lamentando el error. Se deslizó hacia el exterior, descendió sobre el tejado y desapareció entre la bruma hacia las marismas antes de que nadie pudiera descubrir desde dónde había atacado.
Aldric seguía vivo. Su juramento tendría que esperar.
Un estremecimiento recorrió la sala. Níobe, sin pensarlo, corrió hasta ella.
—¡Aldric! —gritó, la voz deshecha—. ¡Por favor… sálvala!
Aldric avanzó, aunque la determinación con la que había cruzado la enfermería se quebró al llegar ante Juana. Observó sus manos. Todavía conservaban las cenizas del hombre al que acababa de condenar.
Juana, con la poca fuerza que le quedaba, alzó la mirada hacia él.
—Hazlo… —susurró—. Si tu don es un juicio, deja que el Todopoderoso Titán Oscuro me mire a través de ti.
Aldric se arrodilló y posó los dedos junto a la herida. El resplandor anaranjado apareció de inmediato bajo la piel de Juana. Níobe comprendió lo que iba a suceder antes de que el primer hilo de humo escapara de su hábito.
La herida no se cerró. El fuego se extendió por el pecho y ascendió por las venas hasta alcanzar su cuello. Juana apretó los dientes para contener el grito. Durante un instante sonrió, convencida de que el Titán Oscuro reconocería todos los tormentos que había infligido en nombre de la fe.
Entonces las llamas alcanzaron su rostro.
—Su voluntad… —alcanzó a murmurar.
Aldric retiró la mano, pero el fuego continuó consumiéndola hasta dejar su cuerpo ennegrecido e inmóvil. Su don no había vacilado. Juana había pasado demasiados años torturando, mutilando y arrancando confesiones a quienes Inocencio señalaba como impíos. Aquella era la sentencia.
Carmélida permaneció arrodillada junto al cadáver. Había compartido con Juana las salas de interrogatorio y conocía el origen de muchos de los gritos que acababan de condenarla. Durante años habían llamado devoción a la crueldad y pureza a las confesiones obtenidas mediante el dolor. Por primera vez, Carmélida se preguntó qué encontrarían las manos de Aldric si llegaban a tocarla.
En ese preciso instante, el portón del monasterio se abrió con un crujido largo, como si los propios muros hubiesen contenido la respiración.
El viento entró como un presagio, barriendo el polvo y el incienso.
Sobre un caballo mágico, cuyas crines flotaban como hilos de niebla encantada, se alzaba la figura de Periandro Sibyla. Su capa estaba rasgada por el viaje, su rostro endurecido por la prisa, pero sus ojos eran inconfundibles: traía noticias, urgencia… y pasado.
—¡Carmélida! —llamó desde el umbral, con voz clara—. Debemos partir. Ahora.
Ella alzó la vista desde el cuerpo de Juana, aún de rodillas. Miró a su hermano, pero las palabras no le salieron. Solo asintió con lentitud.
Periandro desmontó y le tendió una mano.
—Tengo que contarte toda la verdad —dijo con un tono más bajo, más íntimo—. Sobre la niña que un día puse en tus brazos… y la mentira con la que te pedí que la protegieras. Pero no aquí. Todo está en peligro. Súbete. Te lo contaré de camino a Skuchaín.
Carmélida subió al caballo sin mirar atrás. La montura relinchó con fuerza, se alzó sobre sus patas traseras y ambos partieron a toda velocidad entre la bruma.
El viento golpeaba el rostro de Carmélida mientras Periandro guiaba el corcel. La imagen de Juana ardiendo bajo las manos de Aldric la acompañó durante todo el camino. Hasta entonces había confiado en que el Titán Oscuro comprendería los sacrificios realizados en su nombre. Ahora comenzaba a sospechar algo mucho más terrible: quizá el Titán Oscuro fuese verdaderamente justo.
En el monasterio solo quedaron el murmullo de los heridos, el roce de los vendajes y el olor a sangre y ceniza.
Níobe se volvió lentamente hacia su hijo. Aldric seguía inmóvil en mitad de la sala, como si aún escuchara el último suspiro de Juana flotando entre las lámparas. Ella dio un paso. Luego otro. No dijo nada.
Y lo abrazó.
No fue un gesto simbólico ni teatral. Fue un abrazo humano, tibio, frágil. Y Aldric, tras una breve vacilación, lo devolvió. Posó sus manos sobre la espalda de su madre.
Níobe esperó el fuego.
Nada ocurrió. No hubo oscuridad. No hubo juicio. Níobe no murió.
Aldric mantuvo las manos sobre la espalda de su madre. Cuando habló, su voz apenas fue un murmullo junto a su oído.
—No sé si algún día podré perdonarte.
—No te lo pediré —respondió Níobe—. Ya te exigí demasiado cuando eras un niño.
Aldric estuvo a punto de apartarse, pero sus dedos se aferraron a la tela de su hábito.
—Pero quiero intentarlo.
Níobe lo abrazó con más fuerza. Cuando se separaron, el destierro, el hambre y aquella palabra —aberración— continuaban entre ellos. Un abrazo no podía borrar tantos años de dolor, aunque sí ofrecerles algo que ambos creían perdido.
El perdón aún quedaba lejos. Esta vez, ninguno abandonaría al otro.
A unos pasos, Katrina permanecía de rodillas junto al cuerpo inmóvil de Juana. Con manos suaves, cubrió su rostro con un paño limpio. No dijo una palabra. No lloró. No rezó.
La contempló en silencio. Porque, aunque nunca lo expresó en voz alta, aunque jamás se atrevió a confesarlo ni siquiera a sí misma, Juana había sido lo más parecido a una madre que jamás tuvo.
Y a veces, la muerte no se llora.
A veces, simplemente se respeta.
Níobe respiró hondo y recorrió lentamente la sala con la mirada: los heridos, las vendas, el humo espeso de las pócimas hirviendo… y, en un rincón casi oculto entre las sombras, Illia.
El hombre con las manos vendadas la observaba en silencio, con la mirada hueca y los ojos perdidos en un tiempo que solo él conocía. Parecía que no había parpadeado en horas.
Níobe lo miró a él también. Y en esa mirada no había juicio, solo una compasión que ya no necesitaba palabras.
—Illia —lo llamó.
El hombre alzó la cabeza. Hacía años que nadie pronunciaba aquel nombre. En el monasterio todos lo llamaban Aelius, y él había terminado por aceptar que Illia pertenecía a otra vida.
Aldric se volvió hacia las camillas.
—Antes de reunirme con mis compañeras de los Cazademonios —dijo, recorriendo a los heridos con la mirada—, me quedaré aquí un tiempo. Aún queda mucho por sanar.
Illia bajó la mirada hacia sus manos. Desató uno de los vendajes con los dientes y dejó caer la tela. Bajo ella aparecieron unos dedos cubiertos de heridas y cicatrices. A pesar de todo, el don seguía latiendo en su interior.
Se acercó a una de las camillas y se arrodilló junto al herido.
—¿Vas a curarlo sin saber qué clase de hombre es? —preguntó Aldric.
—Sí.
—Podría no merecerlo.
Illia apoyó las palmas sobre el pecho del hombre. Una claridad blanca se extendió bajo sus dedos y las heridas comenzaron a cerrarse.
—Yo no pregunto quién lo merece —respondió—. Curo lo que duele.
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