269 – LAS MONTAÑAS DE ACERO NUNCA OLVIDAN

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LAS MONTAÑAS DE ACERO NUNCA OLVIDAN

Frente Occidental — Montes de Acero

La piedra de los Montes de Acero no temblaba. Permanecía inmóvil, gris y afilada, bajo un cielo que parecía guardar silencio. En sus vetas, la montaña conservaba cuanto había ocurrido sobre ella.

Entre nubes confundidas con la escarcha comenzó la primera de las batallas.

Aún no marchaban ejércitos completos, sino avanzadillas enviadas a abrir el camino de la guerra.

Al frente, marchaban faunos guerreros con armaduras de corteza curtida, cuernos tallados y lanzas de madera endurecida por savia mágica. Entre ellos, dos Susurradores sobrevolaban la formación a lomos de verdiplumas, aves de cuello verde, vientre rojo y largas plumas que se confundían con el bosque. Sus jinetes las guiaban mediante murmullos apenas audibles, suficientes para modificar el rumbo de cada batir de alas. En el centro, protegida por ambos flancos, caminaba Hilda, encorvada por los años, aunque firme todavía. Era la anciana faérica del linaje enano. A su lado avanzaba Tyria, la antigua Dama Esmeralda, que había decidido acompañarla personalmente hasta las puertas de la montaña.

Hilda jamás había ostentado la corona ni había sido Dama de Acero. Había sido Herrera Mayor de la Forja Arcana y Primer Martillo de los forjadores mucho antes de que Elga recibiera una corona. Bajo su autoridad, las antiguas disputas con los tuneladores habían comenzado a cicatrizar. Cada uno de sus pasos encontraba ahora una respuesta bajo la nieve. La montaña conocía sus manos.

—¿Estás segura de esto? —susurró Tyria. Sus ojos opacos permanecieron inmóviles, velados por la ceguera, mientras orientaba el rostro hacia las Puertas de Forja y atendía al eco que descendía desde la montaña.

Hilda apretó la piedra de basalto entre las manos. No miró a su compañera.

—No —respondió—. Pero si me quedo en silencio… mi hija pensará que apruebo lo que está haciendo.

La nieve crujió bajo sus pasos. Ante ellas, entre riscos escarpados, se alzaban las Puertas de Forja, uno de los accesos ancestrales a la ciudad subterránea. Sus hojas de acero permanecían abiertas de par en par: una provocación y una advertencia.

Hilda avanzó hasta el umbral sin vacilar.

No llevaba armas. Solo una piedra de basalto liso: una piedra de juramento, pulida por las manos de quienes habían pronunciado sus promesas ante ella. Los primeros forjadores habían recurrido a piedras semejantes para conservar su palabra mucho antes de que la Ley del Acero rigiera sobre todos los clanes. Aquella no obligaba a cumplir los juramentos. Se limitaba a recordarlos.

—Este lugar —dijo al llegar al umbral— lo levantamos cuando forjadores y tuneladores aún desconfiaban unos de otros. Aquí enseñé a Elga a leer las vetas y a distinguir una piedra dócil de otra que jamás debía ser forzada. Aquí comenzó la Edad de Plata, cuando entregué a mi hija al heredero de los túneles y ambos clanes aceptaron compartir una misma montaña. Y aquí podría terminar, si permitimos que el rencor decida por nosotros.

Junto a Tyria avanzaban otros aliados. Entre ellos, Melusina, antigua Dama Irisada y anciana faérica de las hadas, caminaba sobre la nieve con pasos breves y medidos. Su cuerpo, delgado como un junco, iba envuelto en gasas rosadas con reflejos irisados, desvaídos por los años. Sus alas permanecían plegadas a la espalda. La artritis había convertido cada vuelo en un dolor difícil de ocultar, pero Melusina se negaba a permitir que nadie la sostuviera. Las gasas aún conservaban parte del fulgor que un día la había convertido en símbolo de belleza y poder, aunque el rosa había perdido la viveza de entonces.

A su alrededor marchaban sus guerreros y servidores. Todos respondían al nombre de Ymodaban. Algunos empuñaban báculos tallados con espirales de aire; otros portaban espadas de plata liviana o escudos de viento endurecido.

El primero de los Ymodaban caminaba junto a Melusina. Tenía el rostro afilado, los ojos grises y una manera de inclinar la cabeza que los demás habían terminado imitando. El nombre le había pertenecido únicamente a él antes de extenderse a cuantos servidores llegaron después. Titania nunca había mostrado interés por memorizar otros, y Melusina había terminado aceptando aquella costumbre por comodidad. Sin embargo, cuando pronunciaba «Ymodaban» con la mirada puesta en su antiguo consejero, todavía quedaba claro a cuál de todos ellos llamaba.

Él había permanecido a su lado desde mucho antes del nacimiento de Titania y había ayudado a criarla. Se aproximó un poco más, procurando que los demás no escucharan.

—Mi señora —susurró—. Titania aún puede volver. Cuando comprenda qué pretende hacer Kárida con el Reino Faérico, recordará quién es.

Melusina continuó caminando. Sus alas se estremecieron bajo las gasas, aunque no llegó a desplegarlas. Miró hacia el horizonte, donde la escarcha se confundía con la niebla.

—Ojalá no hayamos volado demasiado alto… antes de caer.

Ymodaban bajó la mirada. No volvió a insistir.

Melusina se detuvo y se irguió cuanto le permitían los años. Cuando se volvió hacia los suyos, los demás Ymodaban guardaron silencio al mismo tiempo.

—No olvidemos que en el Reino Faérico no hay gloria en la victoria si es contra uno de los nuestros. Pero sí hay deshonra en callar.

Hilda asintió mientras deslizaba el pulgar sobre la piedra de juramento.

Del otro lado de las puertas aparecieron varias figuras acorazadas. Dagaz e Isaz, los dos hijos de Elga y nietos de Hilda, se situaron al frente. Dagaz, el mayor, llevaba las hachas cruzadas sobre la espalda y observaba las inscripciones del umbral con la atención propia del Herrero Mayor. Isaz sostenía el martillo entre ambas manos, preparado para responder con la fuerza antes que con las palabras.

Tras ellos avanzó Otalan, el viejo Señor de los Túneles, apoyado en su báculo coronado de cuarzo. Evitó mirar a su suegra hasta que la tuvo delante.

—Has venido, Hilda… —murmuró Otalan. En su voz no había odio, aunque sí un cansancio que la guerra todavía no justificaba—. De todas las traiciones posibles, esta es la que más me cuesta entender.

—No es una traición —respondió ella—. Es una advertencia. Habéis dejado de escuchar la piedra.

—¿Y vas a hablarnos tú, que ya no vives bajo ella?

—No necesito vivir en ella. La piedra vive en mí.

Isaz dio un paso al frente.

—¡Abuela! Da media vuelta antes de que veas tu nombre escrito en la roca de los caídos.

Dagaz volvió el rostro hacia su hermano.

—Isaz…

El menor mantuvo el martillo en alto y Dagaz no terminó la advertencia. Otalan hundió con más fuerza el báculo en la nieve, pero tampoco intervino.

Hilda no se inmutó. Se arrodilló con lentitud y depositó la piedra de juramento sobre el suelo helado. Mantuvo una mano apoyada en ella cuando alzó la mirada hacia sus nietos.

—Yo no vengo por vosotros. Vengo por la montaña. Si habéis dejado de escucharla, será ella quien recuerde ante vosotros la palabra sobre la que se levantaron estos túneles.

Las runas casi borradas de la piedra comenzaron a iluminarse bajo sus dedos. Un rumor profundo ascendió desde las entrañas de los Montes de Acero. Las paredes vibraron; las grandes hojas de las Puertas de Forja crujieron sobre sus goznes y, en el interior de las galerías, las antiguas inscripciones se encendieron una tras otra.

Isaz retrocedió un paso. Dagaz permaneció inmóvil, con los ojos clavados en las runas. Reconoció primero el trazo central y después los símbolos que se extendían hacia las puertas.

—Son anteriores a la Ley del Acero… —murmuró.

—¡Es un truco! —bramó Isaz.

—No —dijo Dagaz, antes de poder contenerse—. Son runas de juramento.

Isaz lo miró con incredulidad. Dagaz apartó los ojos de su hermano, consciente de que acababa de conceder autoridad a Hilda delante de todos los defensores.

—Es memoria —replicó Hilda—. La montaña no olvida a quien la trató con verdad.

El primer choque contra los escudos quebró la pausa y la batalla estalló.

Los faunos cargaron con lanzas de madera endurecida mediante savia mágica, y sus gritos de guerra retumbaron entre las paredes de roca. Los guerreros silvestres, cubiertos de líquenes, pintura de guerra y ramas trenzadas, se lanzaron al combate antes de que los enanos pudieran cerrar por completo la entrada.

Desde las alturas, los Susurradores sobre verdiplumas descendieron en picado, arrojando jabalinas contra los flancos de la formación. Sus voces apenas superaban el rumor del viento, pero las monturas obedecían cada indicación: plegaban un ala para girar entre los riscos, se dejaban caer junto a los muros y volvían a ganar altura antes de que las hachas pudieran alcanzarlas.

Los Ymodaban que acompañaban a Melusina desplegaron las alas. El primero permaneció junto a su señora, mientras los demás ascendían sobre la formación y dirigían ráfagas de viento contra los escudos enanos.

Los defensores apoyaron los escudos unos contra otros y resistieron la embestida. Las hachas surgieron entre los huecos de la formación, golpeando lanzas, corteza y carne, mientras sus botas se afianzaban sobre la piedra de las Puertas de Forja. Cada paso que cedían lo recuperaban con un nuevo empuje.

Isaz se lanzó contra los faunos que habían alcanzado el umbral. Su martillo hundió un escudo de corteza y abrió un hueco en la avanzadilla. Detrás de él, Dagaz no combatía con la misma violencia. Desenvainó las hachas, pero mantenía parte de su atención en las runas encendidas de las galerías. Los símbolos continuaban extendiéndose hacia el interior, ignorando las órdenes de quienes custodiaban la entrada.

Otalan no alzó su báculo. Se retiró hacia uno de los muros y dejó pasar a los combatientes. Durante un instante buscó la mirada de Hilda, pero ella ya había avanzado hacia el interior.

Hilda caminó entre el caos con las manos vacías. Una jabalina pasó junto a su hombro y un hacha descendió hacia ella desde uno de los laterales. Antes de que el filo la alcanzara, las runas del suelo emitieron un destello y una losa se alzó para detener el golpe. Hilda ni siquiera volvió la cabeza.

—¡Esto es una traición! —gritó Dagaz, interponiéndose en su camino con las hachas preparadas.

—La traición fue de vuestra madre —respondió Hilda, sin alzar la voz—. Yo entregué a Elga al heredero de los túneles para que forjadores y tuneladores dejaran de matarse entre ellos. Vuestra madre recibió una montaña unida y ahora pretende conducirla entera al servicio de la Dama Negra.

Dagaz tensó los brazos. Una de sus hachas descendió unos centímetros, aunque no llegó a apartarla.

—Ella es la Dama de Acero.

—Y por eso debía recordar mejor que nadie lo que sostiene ese título.

Dagaz apretó las empuñaduras. El estruendo de la batalla llenó el silencio que quedó entre ambos.

Isaz lanzó su martillo contra ella. Una losa se desprendió del suelo y se interpuso en su trayectoria. El martillo golpeó la roca con tal fuerza que la partió por la mitad, aunque ninguno de los fragmentos alcanzó a Hilda.

—¡La montaña no te pertenece! —bramó Isaz mientras recuperaba el arma.

Hilda lo miró. Isaz sostenía el martillo con ambas manos y respiraba con la boca abierta por el esfuerzo. Bajo la armadura y la barba endurecida por el hielo, ella todavía reconocía al niño que había aprendido a caminar aferrándose a los pilares de la Forja.

—Tampoco le pertenece a vuestra madre.

Isaz levantó de nuevo el martillo. Dagaz se interpuso antes de que pudiera arrojarlo.

—Espera.

—¡Apártate!

—Las runas la están protegiendo —dijo Dagaz—. Si sigues golpeándolas, solo conseguirás que la montaña responda.

Isaz observó las inscripciones que brillaban bajo las botas de Hilda.

—Entonces las romperemos.

—No puedes destruir una runa de juramento con un martillo.

Isaz clavó la mirada en su hermano.

—Tú entiendes de runas.

Dagaz observó los símbolos que protegían a Hilda.

—Puedo leer parte del trazado, pero estas son anteriores a la Ley del Acero. No sabría cómo deshacerlas.

Tyria conjuró raíces que brotaron de las grietas y arrastraron a varios enanos fuera del paso. Algunos vacilaron al comprender contra quién luchaban. Quienes intentaron alcanzar a Hilda encontraron el terreno quebrándose bajo sus pies o muros de roca cerrándoles el camino.

Hilda reanudó la marcha. Al pasar junto a sus nietos, Dagaz no levantó las hachas para detenerla. Isaz hizo ademán de seguirla, pero las raíces de Tyria se enroscaron alrededor de su martillo y lo obligaron a sujetarlo con ambas manos.

Melusina extendió las manos desde el umbral. Sus uñas brillaron como cristales de rocío mientras pronunciaba unas palabras en la lengua de las primeras hadas. El primer Ymodaban permaneció junto a ella y alzó su báculo; los demás respondieron desplegando las alas al unísono.

El viento irrumpió entre ambos bandos. Un torbellino de luz rosada e irisada atravesó las Puertas de Forja, detuvo varias jabalinas en el aire y obligó a los combatientes a protegerse los ojos. Hilda siguió avanzando en el centro del resplandor. Cuando la corriente perdió fuerza, algunos enanos habían bajado las armas.

—No se os pide traicionar a vuestra Dama —gritó Melusina—, sino recordar vuestra raíz. La piedra no miente. Vosotros… ¿podéis hacerlo?

Durante unos instantes, solo se escucharon el viento convocado por los Ymodaban y el crujido de las raíces de Tyria entre las piedras. Los enanos que habían bajado las armas miraron a Dagaz e Isaz, esperando una orden que ninguno de los hermanos llegó a pronunciar.

Dagaz observó las líneas luminosas que recorrían el suelo. Las runas de juramento habían alcanzado ya los conductos grabados en las paredes y continuaban descendiendo hacia las galerías profundas. Aquellos trazos no estaban atacando la Forja. Le estaban recordando algo.

El fulgor de la Gran Forja Arcana vaciló. Las llamas descendieron alrededor de los hornos y el poder que circulaba por los canales comenzó a retirarse hacia las profundidades. Primero se apagaron las runas defensivas de las puertas. Después perdieron su brillo los escudos y las armas de la guardia que aún permanecían conectados al flujo de la montaña.

Las inscripciones no se quebraron ni desaparecieron. Continuaron grabadas sobre el acero, intactas, aunque privadas de la energía que las alimentaba.

La luz de los hornos se retiró de las galerías exteriores. El calor abandonó las paredes y las Lágrimas de la Luna incrustadas entre las piedras quedaron como única iluminación. Su resplandor pálido reveló los rostros de los defensores, que interrumpieron el combate al comprobar que la montaña les había negado sus defensas.

Isaz miró el martillo que sujetaba entre las manos. Las runas próximas a la cabeza del arma habían dejado de arder.

—¿Qué has hecho? —preguntó a Hilda.

Ella no respondió. Dagaz se agachó y pasó los dedos sobre uno de los símbolos apagados del suelo.

—No están dañados —dijo.

Isaz tiró de su martillo hasta arrancarlo de las raíces de Tyria.

—Entonces podemos volver a encenderlos.

Dagaz mantuvo la mano apoyada sobre la piedra.

—No mientras la Forja cierre el flujo.

El poder que los enanos habían conducido durante generaciones entre el Reino Faérico y Calamburia seguía recorriendo las profundidades, pero ya no ascendía hacia las armas ni hacia las defensas de Elga. La Forja no había destruido sus obras. Se había negado a continuar alimentándolas.

Durante unos instantes, todo quedó en silencio.

Desde algún lugar bajo sus pies resonó un único martillazo. Profundo. Lejano. Demasiado limpio para ser un derrumbe. El sonido atravesó la piedra con algo extraño en su cadencia: parecía, por un instante, el latido de un corazón inmenso enterrado bajo la montaña.

Hilda alzó el rostro. Dagaz hizo lo mismo.

—¿Lo has oído?

Él tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Pero allí abajo ya no debía quedar nadie trabajando.

Dagaz retiró la mano del suelo y se incorporó despacio. Una de sus hachas descendió junto al costado; la otra permaneció aferrada a su mano, aunque ya no apuntaba hacia Hilda.

—Madre nos ordenó defender los Montes de Acero —dijo—. Nos advirtió que vendríais para arrebatárselos.

—Elga cree que proteger la montaña consiste en obligarla a obedecer —respondió Hilda—. Olvida que la corona le fue entregada para servir a los clanes y que ninguna Dama puede reclamar como suyo aquello que existía mucho antes que ella.

Isaz volvió la mirada hacia el interior. Las Lágrimas de la Luna dibujaban una hilera pálida a través de las galerías, pero el resplandor rojizo de la Forja había desaparecido y las runas de su martillo permanecían oscuras.

—Podemos volver a encenderla.

Antes de que nadie pudiera detenerlo, descargó el martillo contra uno de los conductos grabados en el suelo. El acero arrancó una lluvia de chispas y abrió una grieta en la losa, pero el símbolo continuó intacto. Isaz volvió a levantar el arma y Dagaz atrapó el mango antes de que pudiera golpear por segunda vez.

—Basta.

—¡Suéltame!

Isaz tiró del martillo, pero su hermano no cedió. Dagaz mantuvo los ojos sobre la inscripción, siguiendo con la mirada cada línea del trazado hasta alcanzar el punto exacto por el que debería haber circulado la magia.

—La runa está intacta —dijo finalmente—. No hay nada que reparar.

Isaz dejó de forcejear durante un instante.

—Entonces haz que vuelva. Eres el Herrero Mayor.

Dagaz no respondió. Conocía aquellos conductos mejor que muchos de los enanos que los habían construido y sabía que ninguna herramienta, ningún enlace nuevo y ninguna corrección del trazado devolverían la energía mientras la propia Forja mantuviera cerrados sus canales.

A su alrededor, los enanos encargados de custodiar las runas defensivas empezaron a apartarse de la formación. Conocían aquellos conductos lo bastante bien para comprender que no estaban dañados: permanecían intactos y, aun así, la Forja había dejado de alimentarlos.

Otalan abandonó entonces el refugio del muro. Avanzó entre los defensores con el báculo apoyado contra el hombro y se detuvo junto a sus hijos, contemplando las runas apagadas que atravesaban el suelo.

—La Forja ha respondido.

Isaz se volvió hacia él con el martillo todavía sujeto entre las manos.

—¿También tú vas a traicionar a madre?

Otalan apoyó ambas manos sobre el báculo. Había recorrido aquellos túneles durante casi toda su vida y, bajo sus botas, el silencio de las galerías parecía más elocuente que cualquier juramento pronunciado ante una corona.

—He dedicado demasiados años a escuchar esta montaña para fingir ahora que no entiendo lo que acaba de decirnos.

—Madre es tu esposa.

—Y eso no convierte en suya la voluntad de los Montes de Acero.

Dagaz desvió la mirada hacia los defensores. Algunos continuaban sujetando las armas; otros las habían bajado y aguardaban una decisión que ninguno se atrevía a tomar por él. Era el heredero del Señor de los Túneles, pero también el Herrero Mayor ante una Forja que acababa de retirarle aquello que durante años había puesto en sus manos.

Dagaz aflojó lentamente los dedos alrededor de una de las hachas, pero no la abandonó. La sostuvo por debajo de la cabeza y ofreció el mango hacia Hilda, en el gesto con el que un herrero entregaba una herramienta cuando renunciaba a emplearla contra alguien.

—No combatiré por la Dama Negra.

Hilda contempló el arma, pero no extendió la mano.

—Entonces consérvala y decide para qué quieres utilizarla.

Dagaz bajó el brazo.

Isaz permaneció inmóvil junto a él. Las runas apagadas de su martillo eran las mismas que Dagaz le había enseñado a grabar años atrás, cuando todavía necesitaba corregirle la posición de las manos y Elga se quedaba junto a ellos hasta bien entrada la noche para obligarlo a repetir cada línea mal trazada.

—Ella nos enseñó a no abandonar una obra a medias —murmuró.

Dagaz lo miró.

—Esto es su guerra, Isaz. Y la Forja acaba de negarse a seguir librándola.

Durante unos segundos, el menor no respondió. Después volvió el rostro hacia Hilda.

—¿Y qué pasará cuando madre regrese?

—Tendréis que hablar con ella.

Isaz soltó una risa breve, agotada y sin humor.

—No escucha.

Hilda bajó la mirada hacia el martillo que aún mantenía entre las manos.

—Entonces quizá aprenda a escuchar cuando comprenda que sus hijos ya no son metal bajo su martillo y que hace tiempo aprendieron a forjar su propia voz.

Isaz permaneció aferrado al mango un poco más, sin apartar los ojos de su abuela. Finalmente dejó que la cabeza del martillo descansara sobre la piedra y retiró las manos, aunque no se alejó del arma.

Aquel gesto bastó. Los últimos defensores rompieron la formación y dejaron abierto el camino hacia la Forja.

Hilda cerró los ojos y apretó la piedra de juramento. Había evitado que sus nietos derramaran más sangre por Elga, aunque la victoria la obligaba a avanzar contra su propia hija. Cuando volvió a abrirlos, guardó la piedra entre los pliegues de su ropa.

—No me enorgullece luchar contra los míos —murmuró—. Pero me daría aún más vergüenza callar mientras mi estirpe arde al servicio del rencor.

Dagaz guardó ambas hachas. Isaz volvió a sujetar el martillo, aunque lo mantuvo apoyado sobre el hombro. Tras ellos, las runas de juramento continuaban encendidas y señalaban un camino entre las Lágrimas de la Luna hacia el núcleo replegado de la Forja.

Hilda cruzó las puertas. Dagaz fue el primero en seguirla. Isaz permaneció junto a Otalan hasta que su padre le apoyó una mano en el hombro. Entonces recogió el martillo y se internó también en las galerías.

Melusina se quedó en el umbral. El primer Ymodaban permanecía a su lado mientras los demás atendían a los heridos.

—Elga no se rendirá —dijo él.

—Lo sé.

—Titania tampoco.

Melusina observó a Hilda desaparecer en la montaña detrás de sus nietos. Sus dedos buscaron durante un instante la mano de su consejero.

—Por eso todavía no hemos terminado.

En el exterior, la nieve comenzó a cubrir las armas abandonadas. Bajo ella permanecieron las huellas de faunos, hadas y enanos, mezcladas ante unas puertas que durante generaciones habían separado a los clanes del resto del Reino Faérico.

En las profundidades de los Montes de Acero volvió a resonar aquel martillazo. Esta vez sonó todavía más parecido a un latido.

Nadie lo oyó.

En algún lugar bajo la Forja, algo comenzaba a buscar aquello que nunca había necesitado: un cuerpo capaz de contener su pulso y llevarlo más allá de la montaña.

Ninguno de los presentes podía intuirlo todavía. Mucho menos que aquello que buscaba ya había sido forjado.

268 – LOS SEGUNDOS QUE NO RECUPERÓ EL TIEMPO

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LOS SEGUNDOS QUE NO RECUPERÓ EL TIEMPO

Frente Oriental — Río Antojo de Kronos

El río permanecía inmóvil, contenido bajo una tensión que recorría sus aguas de orilla a orilla.

El Antojo de Kronos, una de las corrientes más antiguas y reverenciadas del Reino Faérico, había detenido su curso. Pactos, mandatos y conjuros podían invocarlo, pedirle paso o tratar de inclinar su voluntad, pero la decisión final siempre pertenecía al río.

Había sido llamado tantas veces en los cantos como en las guerras. Su cauce había separado territorios, abierto caminos y cambiado fronteras enteras, aunque jamás permanecía demasiado tiempo en el mismo lugar. Cada día elegía un sentido diferente: unas veces corría hacia el este; otras, hacia el oeste. Algunos atribuían aquellos cambios al capricho y otros a los pulsos profundos del mundo. Todos coincidían en una certeza: el Antojo de Kronos elegía su propio camino.

Aquella mañana había elegido detenerse.A ambos lados de sus aguas esperaban dos mundos que ya habían dejado de ser el mismo.

A la vera oriental del cauce, justo donde el sol aún alcanzaba a reflejarse sin quemar, se mantenían las guardianas del agua. Eran pocas y bastaban. Las ondinas combatían como mareas: rodeaban, arrastraban, cedían terreno y regresaban con más fuerza. Su defensa nacía de las corrientes, y la preparación para la batalla comenzaba siempre con un ritual. Se tejían escamas nuevas sobre la piel, afilaban sus armas con sal gruesa y pronunciaban con orgullo los nombres de sus antecesoras.

Ese día lo hicieron todas, en voz alta, para que el Antojo de Kronos escuchara y supiera quiénes acudían a luchar junto a él.

En el centro del grupo, erguido entre los pliegues del cauce, se encontraba Heleas. Su presencia era contenida, elegante, y el agua se plegaba a su alrededor con una deferencia difícil de ignorar. El río se desviaba ligeramente a su paso, reconociendo en él una afinidad que nadie más compartía. Se decía que su nacimiento coincidió con un eclipse de corrientes, cuando las mareas respiraron al revés. Desde entonces había aprendido a escuchar aquello que nadie oía: el pulso invertido del agua.

A su izquierda se alzaba Loncilo, con el tridente aferrado entre ambas manos. Era un guerrero experimentado, de movimientos precisos y firmes, y bastaba un giro de su arma para que el agua comenzara a arremolinarse a su alrededor. Aquel día, sin embargo, mantenía el tridente inmóvil, hundido contra el lecho, mientras escuchaba los nombres que las ondinas pronunciaban a sus espaldas.

Uno de ellos hizo que apretara la mandíbula.

Escila.

Aldara también lo oyó.

Estaba al otro lado de Heleas, con los pies bien asentados y los brazos desnudos, sin más arma que su propio cuerpo. A diferencia de sus hermanos, jamás había conseguido despertar la magia propia de las ondinas. El agua nunca había respondido a sus llamadas. Había aprendido a responder ella en su lugar: años de disciplina habían convertido cada golpe, cada giro y cada desplazamiento en algo tan preciso que pocos se atrevían a confundir la ausencia de magia con debilidad.

Ninguno de los dos volvió la cabeza cuando otra voz repitió el nombre de su hermana.

Escila los había criado cuando la muerte prematura de sus padres los dejó solos. Había sido hermana, maestra y refugio hasta que un tentáculo del cadáver de la Bruja del Mar la arrastró a las profundidades de la Fosa Abisal. Airlia había oficiado sus funerales. No hubo cuerpo que entregar a las aguas, tan solo un nombre que ahora formaba parte del ritual de los muertos.

—Van a llegar —dijo Loncilo.

Aldara observó la ribera opuesta.

—Claro que van a llegar.

Tenía las piernas flexionadas y el peso repartido sobre los pies, preparada para impulsarse en cualquier dirección.

—Llevan lunas ardiendo de impaciencia. Si no lo hacen hoy, lo harán mañana. Pero van a cruzar.

Heleas giró apenas la cabeza.

—No permitiré que crucen —dijo. Su voz era serena, aunque cada palabra llevaba una dureza capaz de imponerse al rumor del río.

Aldara desvió los ojos hacia él.

—¿Vas a usarlo?

—Solo si es necesario.

Loncilo hizo girar lentamente el tridente. El agua respondió de inmediato. Primero fue una corriente leve alrededor de sus tobillos; después, un remolino pequeño y compacto que levantó arena del fondo.

—Lo será.

Heleas bajó la mirada hacia el agua.

Las corrientes superficiales apenas le interesaban. Mucho más abajo discurrían capas lentas y profundas, cargadas con los ecos de cuanto había ocurrido sobre aquel cauce. Heleas había aprendido a alcanzarlas y a inclinar durante unos instantes el flujo que arrastraban consigo. Su don le permitía retroceder el tiempo unos pocos segundos, desplazar un instante ya vivido y obligarlo a repetirse. Cada uso exigía una precisión extrema, porque el río soportaba mal aquellas torsiones y su cuerpo las soportaba aún peor.

El tiempo que conseguía recuperar era siempre escaso, insuficiente para reparar una vida entera.

—Si tengo que hacerlo, será para protegeros —murmuró Heleas con una sonrisa torcida—. Pero sabed esto: no volveré atrás si caéis. No quiero ver ese momento dos veces.

La expresión de Aldara bastó para que la sonrisa se borrara del rostro de Heleas. Había pretendido aliviar la tensión con una de sus escasas bromas, pero había elegido mal las palabras: hacía demasiado poco que Loncilo y ella habían tenido que despedirse de Escila sin siquiera poder recuperar su cuerpo.

Loncilo dejó de mover el tridente y el pequeño remolino se deshizo alrededor de sus piernas. Durante unos instantes, solo el rumor del Antojo de Kronos ocupó el silencio que había quedado entre los tres.

—Escila tampoco tuvo una segunda oportunidad —dijo Aldara.

Su voz no contenía reproche. Heleas habría preferido que lo tuviera.

—Lo sé —respondió, bajando ligeramente la cabeza.

Loncilo observó a su hermana durante unos segundos antes de hacer girar de nuevo el tridente. La corriente regresó poco a poco y comenzó a cerrarse en torno a él, cada vez con más fuerza. Siempre le había preocupado que Aldara tuviera que enfrentarse a enemigos capaces de dominar el agua sin poseer ella ese mismo don. La había visto esforzarse desde niña, caer una y otra vez mientras los demás aprendían a invocar corrientes con un gesto, y levantarse hasta convertir aquella carencia en una forma distinta de combatir. Donde otros recurrían a la magia, Aldara había aprendido a confiar en la fuerza de sus puños, en la resistencia de su cuerpo y en una disciplina que nadie le había regalado. Loncilo admiraba profundamente lo que había conseguido, pero aquello nunca había conseguido arrancarle del todo el miedo de hermano.

—Entonces procura que ninguno de nosotros la necesite.

Aldara sostuvo la mirada de su hermano y una sonrisa breve apareció en sus labios. Heleas entendió que aquella era toda la tregua que iban a conceder al recuerdo. Los tres volvieron a mirar hacia la ribera opuesta mientras el río, todavía callado, se movía alrededor de sus cuerpos.

Pronto sería él quien hablara.

Del otro lado del río, la bruma comenzó a levantarse. Era humo, un vapor espeso que olía a metal fundido y piedra incandescente. Las orillas se resquebrajaban a cada paso, y el calor que precedía a los recién llegados hizo vibrar la superficie del agua. Las ondinas tensaron sus posiciones porque el cauce había cambiado de ritmo; los efreets ya estaban allí.

Sîyah marchaba al frente. La tela escarlata que le cubría los hombros y caía hasta la cintura recogía los reflejos de las llamas y dejaba el pecho abierto al calor. El turbante negro enmarcaba su rostro y, en el centro, el gran rubí reunía aquel resplandor en una única brasa. Su mirada se mantenía fija, calculadora. Entre los dedos, una chispa temblaba sin consumirse. Cada paso era deliberado y los efreets a su espalda ajustaban el avance al ritmo que él marcaba.

—Ahí están. Van a cruzar —murmuró Aldara, clavando la vista al otro lado del río.

—Mantén el foco —respondió Loncilo—. El primero que cruce no llegará al otro lado.

Heleas alzó una mano; el gesto tenía más de advertencia que de señal.

Los efreets se detuvieron al borde de la orilla, agazapados entre vapores y lenguas de fuego. El calor se acumulaba y el agua siseaba allí donde las primeras brasas alcanzaban el cauce, pero el Antojo de Kronos mantenía cerrado el paso.

Y entonces, una figura surgió entre las ondinas.

Airlia, la Dama Turquesa, avanzó desde el flanco. Su cuerpo flotaba con naturalidad sobre las olas y, en su frente, una diadema de piedra turquesa devolvía destellos azules, profundos y casi líquidos. La gravedad del momento había endurecido su expresión, aunque los ojos conservaban una dulzura serena que inspiraba confianza incluso en mitad de la batalla. Cuando habló, mantuvo esa misma calma; llevaba años haciendo que su voz se abriera paso entre las mareas y aquel día bastó con escucharla para entender que esperaba ser obedecida.

—Heleas —dijo—. No podremos contenerlos si cruzan en bloque. Debemos dividir su avance, presionar desde los laterales, conjurar desde las orillas.

—No —respondió él sin mirarla—. Este río no se defiende en los márgenes. Se defiende desde dentro.

Airlia frunció el ceño.

—¿Me estás ordenando retirarme?

Heleas se volvió hacia ella.

—Te estoy diciendo que debes llegar a la Aguja. Si caemos aquí, alguien tiene que proteger a la Dama Blanca y advertirle de lo que está ocurriendo. El equilibrio se ha roto. Karianna debe saberlo.

Durante un breve silencio, el rumor tenso del agua quedó entre ambos.

Airlia miró a las ondinas que defendían el cauce. Aldara permanecía con las piernas flexionadas y los puños preparados. Junto a ella, Loncilo sostenía el tridente mientras una corriente comenzaba a girar lentamente alrededor de sus piernas.

—Podéis necesitarme aquí.

—Karianna puede necesitarte más.

Airlia sostuvo la mirada de Heleas durante unos instantes. Finalmente, asintió.

—No mueras.

Heleas esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Intentaré obedecer a mi Dama.

Antes de marcharse, Airlia dirigió la mirada hacia Loncilo y Aldara. Durante un instante, algo cambió en su expresión. Ella había enviado a Escila a aquella última misión. También había sido quien, días después, pronunció su nombre durante los funerales.

Loncilo inclinó ligeramente la cabeza; entre ellos no hicieron falta palabras.

Airlia giró hacia la corriente y, sin una sola salpicadura, se sumergió. El agua la recibió con la dulzura de una cuna y se la llevó río arriba, camino de la Aguja de Nácar.

Apenas había desaparecido cuando desde la ribera opuesta llegó un rugido distinto a cualquier grito o conjuro: era el sonido del fuego al encontrar una grieta.

Del centro del ejército efreet, entre vapores espesos y cenizas alzadas, emergió Sörkh. Las ondinas la reconocieron al instante.

Su figura avanzó entre el humo envuelta en rojos oscuros y negros encendidos. Un velo escarlata descendía desde su cabello y enmarcaba un rostro afilado, severo, casi inmóvil. Los destellos rojizos de su atuendo se extendían por el pecho y la cintura, prendidos sobre la tela como brasas. El calor deformaba el aire a cada paso, pero la amenaza se concentraba en sus ojos: dos rescoldos tensos donde la violencia permanecía a duras penas contenida. En torno a sus manos, el fuego se mantenía dócil, esperando una orden.

Era la Dama Carmesí, y la revancha guiaba su fuego.

Sus ojos se fijaron al instante en Airlia, que se alejaba río arriba.

—¡Tú! —escupió Sörkh, haciendo que el aire crepitara—. ¡No huyas!

La efreet se impulsó con violencia. Una llamarada surgió bajo sus pies y la orilla tembló al recibir su avance. Pretendía cruzar y alcanzar a la Dama Turquesa antes de que se perdiera río arriba, pero apenas dio tres pasos cuando el agua se alzó.

Loncilo clavó el tridente en el lecho y torció el asta con ambas manos. La corriente se abrió en dos brazos que empezaron a girar en sentidos opuestos frente a Sörkh; al encontrarse, levantaron una barrera turbulenta que le cerró el camino hacia Airlia. Loncilo mantuvo el arma hundida y desplazó el giro hacia un costado, creando una abertura que Aldara aprovechó de inmediato. La ondina atravesó la espuma impulsándose desde el fondo y cayó delante de Sörkh con los pies firmes sobre el lecho, los puños en alto y una pierna adelantada. Loncilo liberó entonces el tridente, salió del giro y se colocó junto a ella con el arma inclinada hacia la efreet.

Ambos ocuparon el espacio que Airlia había dejado. Sörkh se detuvo y tomó una respiración profunda, densa, mientras cada músculo de su cuerpo se tensaba.

—Apartaos —advirtió con voz grave, hirviente—. No sois mi objetivo. Seguiré a esa ondina hasta la Aguja de Nácar y yo misma abrasaré a la Dama Blanca con mis propias manos. Vengaré a mi madre reduciendo a esa unicornia a cenizas.

Loncilo apretó las manos alrededor del tridente y Aldara cerró los puños; ninguno se apartó.

Entonces, la batalla comenzó.

Sörkh alzó el brazo y el fuego respondió al instante. Una llamarada en forma de lanza brotó de su palma y atravesó el aire con un silbido abrasador.

Aldara esperó hasta el último momento, se agachó cuando la llamarada pasó sobre su cabeza y se impulsó hacia delante hasta entrar en la distancia que más le convenía. Sörkh apenas tuvo tiempo de volverse antes de que el puño de la ondina buscara su costado. Un escudo de fuego surgió entre ambas y el golpe estalló contra él en una nube de vapor que obligó a Aldara a retirar la mano con un siseo: el calor había alcanzado sus nudillos.

La sonrisa de Sörkh duró poco, porque Loncilo ya avanzaba.

Loncilo cambió el agarre del tridente y lo barrió a ras de la superficie. El movimiento hundió el agua bajo los pies de Sörkh y abrió un vórtice que la obligó a corregir el equilibrio. Aldara aprovechó esa pérdida de apoyo para atravesar la cortina de vapor; un primer golpe alcanzó a la efreet bajo las costillas y el segundo buscó su mandíbula. Sörkh consiguió bloquearle el brazo y trató de envolverla en llamas, pero Loncilo golpeó el agua con el asta y lanzó una corriente lateral que arrancó el fuego del brazo de su hermana antes de que prendiera en su piel.

Sörkh retrocedió un paso y observó primero a Loncilo y después a Aldara.

—¿Es esto todo lo que podéis hacer? —gruñó—. ¡No sois más que espuma!

Embistió con el cuerpo envuelto en calor. El aire se deformaba a su alrededor y el agua hervía allí donde apoyaba los pies. Se lanzó contra Loncilo con el puño cubierto de llamas y la tela roja agitada por la corriente ardiente que ella misma generaba.

Loncilo cruzó el tridente ante el pecho y recibió el impacto. La fuerza de Sörkh lo hizo deslizarse varios pasos sobre el lecho, pero clavó una de las puntas del arma y pivotó sobre ella antes de perder el equilibrio. El giro cambió la dirección del agua alrededor de los tobillos de la efreet y la empujó de costado, desviando el siguiente golpe. Aldara entró por el hueco y descargó una patada contra el pecho de Sörkh, que salió despedida hacia atrás, cayó sobre una rodilla y hundió una mano en el agua antes de reincorporarse entre vapor, con una risa seca asomando a sus labios.

—Bien.

Loncilo buscó a Aldara con la mirada. Tenía los nudillos enrojecidos y parte del antebrazo marcado por el calor, aunque ya había recuperado la posición de combate. Aquellas quemaduras le preocuparon más de lo que estaba dispuesto a mostrar, pero el estruendo que crecía a su alrededor apenas le concedió tiempo para comprobar su estado.

El río rugió cuando los efreets cargaron.

La ribera estalló en llamas, las orillas se partieron bajo el avance y desde la retaguardia se elevaron columnas de humo sobre el Antojo de Kronos. La línea defensiva ondina reaccionó al instante. Voces rituales recorrieron el agua y el conjuro de contención que habían preparado comenzó a desplegarse a lo largo del cauce.

Una muralla líquida emergió entre ambas riberas. Su superficie cambiaba con el movimiento del río, descendiendo y elevándose en oleadas que rompían la formación enemiga y obligaban a los efreets a cruzar en pequeños grupos.

Círculos de agua pura surgieron bajo los pies de quienes lograban penetrar en ella. Algunos quedaron atrapados y otros desaparecieron entre estallidos de vapor, aunque varios consiguieron atravesar la defensa. Uno tras otro, los seres de fuego arremetían con brutalidad y el Antojo de Kronos se llenó de luz, agua y ceniza.

Sîyah avanzaba entre sus tropas con calma absoluta, dejando huellas incandescentes sobre la tierra húmeda mientras cada gesto de sus manos encontraba un objetivo distinto.

Una ondina surgió del agua para cerrarle el paso. Blandía una lanza de sal endurecida y las escamas le cubrían los brazos. Cuando estuvo a punto de alcanzarlo, Sîyah extendió dos dedos y la temperatura cambió de golpe. El agua alrededor de la guerrera comenzó a hervir y su figura desapareció tras una nube de vapor antes de que el grito pudiera imponerse al estruendo de la batalla.

Otra ondina se lanzó desde el flanco, proyectada por una corriente en espiral. Sîyah alzó la mirada, giró la palma y una lengua de fuego atravesó el aire frente a él. La atacante cayó envuelta en vapor, que se dispersó sobre la superficie del río.

—Queréis detenernos y acabaréis quemándoos con nosotros —murmuró.

Más allá, Heleas respondía.

El agua se plegaba a su alrededor formando una defensa que cambiaba con cada movimiento de su cuerpo. Avanzaba entre los efreets alzando estocadas de agua densa, atrapando enemigos en burbujas sin aire y golpeándolos con la fuerza de corrientes comprimidas. Donde pasaba, el río obedecía sus gestos: los remolinos cambiaban de dirección, grandes masas de agua se cerraban alrededor de los atacantes y las piedras del fondo salían despedidas contra quienes lograban aproximarse demasiado.

Por cada efreet que caía, otro ocupaba su lugar. Cada nuevo conjuro exigía más de Heleas; el río conservaba su fuerza, pero sus brazos empezaban a pesar y la respiración llegaba cada vez más corta.

En el centro del cauce, Sörkh volvía a ganar terreno.

Loncilo respiraba con dificultad. El calor había ennegrecido parte del asta de su tridente y las corrientes que conseguía convocar habían perdido fuerza. Aldara permanecía junto a él, todavía preparada para combatir, aunque una llamarada le había rozado el muslo durante el último intercambio y la piel comenzaba a enrojecer bajo el agua.

Loncilo vio cómo la pierna de Aldara cedía durante un instante y dio un paso hacia ella.

—Estás herida.

—Puedo seguir.

Loncilo volvió a acercarse.

—Aldara…

Ella recuperó el apoyo y levantó los puños.

—Confía en mí.

Aquello bastó para detenerlo. Loncilo llevaba demasiados años viendo a su hermana levantarse frente al dolor, frente a la falta de magia y frente a todos los que alguna vez habían dudado de ella.

Sörkh aprovechó ese instante y lanzó una llamarada contra ambos. Loncilo reaccionó girando el tridente en vertical y abrió frente a ellos una corriente transversal que golpeó el fuego de costado. El choque desvió parte del ataque, pero el resto atravesó la defensa y estalló en vapor, lanzando a los dos hermanos en direcciones opuestas.

La Dama Carmesí avanzó entre la niebla ardiente buscando una abertura entre los defensores que le permitiera alcanzar el camino tomado por Airlia hacia la Aguja de Nácar. La muralla de agua continuaba cerrando el cauce y frustrando cada intento de atravesarlo.

Entonces el aire cambió.

Una risa ligera y aguda se extendió sobre el campo de batalla con el crepitar de unas brasas recién avivadas. Poco después apareció una luz que danzaba por encima de los combatientes, trazando curvas, elevándose y dejándose caer con una gracia caprichosa que contrastaba con la violencia del enfrentamiento.

Las ondinas tardaron unos instantes en reconocer a Lumen, el Fuego Fatuo y protector de los efreets.

Su figura estaba compuesta por una llama alta y estilizada cuyos contornos cambiaban con cada movimiento. Se desplazaba con una elegancia inquietante, entregado a una danza de giros imprevisibles que contrastaba con la violencia del campo de batalla. El paso de los siglos apenas había templado su carácter y seguía tomando decisiones impulsivas cuando algo despertaba su curiosidad o su orgullo.

Entre sus deberes estaba escoger a la nueva Dama Carmesí cuando el título quedaba vacante, y él había elegido a Sörkh. Durante la prueba vio en ella la fuerza y el dominio necesarios para suceder a När. Desde entonces, la muerte de su madre, la sed de venganza y la cercanía de Kárida habían ido deformando aquella promesa hasta sembrar en Lumen una duda que ya no conseguía apartar: quizá había confundido fuerza con equilibrio.

Esa sospecha convertía a Sörkh en un problema que Lumen consideraba suyo. Había acudido al Antojo de Kronos para mantenerla bajo su mirada; si se había equivocado al elegirla, también asumiría la corrección de ese error. Dejar que las ondinas decidieran el desenlace quedaba fuera de sus planes.

Lumen descendió sobre el Antojo de Kronos y quedó suspendido sobre el centro del cauce. Mientras giraba, extendió el fuego sobre la corriente; el agua empezó a replegarse, el vapor se apartó y una franja quedó abierta entre ambas riberas. El calor endureció los márgenes de la brecha hasta convertirla en un corredor por el que los efreets podían avanzar sin enfrentarse a la corriente.

Sörkh advirtió la apertura al instante. Loncilo trató de incorporarse apoyándose en el tridente mientras Aldara recuperaba el aliento unos metros más allá, pero ambos comprendieron demasiado tarde lo que estaba ocurriendo: la Dama Carmesí ya tenía despejado el camino hacia la otra orilla. El fuego trepó por sus brazos y se cerró alrededor de sus muñecas en dos espirales ardientes. Sörkh contempló el corredor abierto por Lumen y alzó la mirada.

—Gracias, madre, allá donde estés —susurró antes de entrar en el paso.

A cada zancada, el calor ganaba terreno y las aguas continuaban retirándose ante la presencia del Fuego Fatuo. Los efreets respondieron desde la ribera con un clamor que recorrió el campo de batalla. La apertura que hasta entonces habían buscado estaba frente a ellos, y Sörkh avanzaba por ella sin vacilar, cada vez más cerca de la otra orilla.

Lumen se elevó unos metros y continuó girando sobre el corredor. Sus movimientos conservaban aquella ligereza casi despreocupada, aunque su atención permanecía fija en la Dama Carmesí. Había decidido mantenerla con vida y, por el momento, eso bastaba para inclinar la batalla a su favor.

La visión del paso abierto detuvo durante unos segundos a combatientes de ambas orillas. Heleas lo advirtió mientras seguía enfrentándose a los efreets que habían atravesado la primera defensa. Sörkh se aproximaba al extremo del corredor y la Aguja de Nácar quedaba más allá, en la misma dirección que había tomado Airlia. Comprendió lo que ocurriría si la Dama Carmesí alcanzaba la otra ribera.

—¡Loncilo! ¡Aldara!

Loncilo intentó responder, pero una rodilla volvió a hundirse en el agua antes de conseguir ponerse en pie. Aldara se apoyó sobre una mano para levantarse y el dolor de la pierna herida la obligó a detenerse. Heleas los miró apenas un instante y supo que habían llegado tarde.

Sörkh alcanzó el final del corredor y apoyó un pie en la otra orilla.

Heleas cerró los ojos y buscó bajo el estruendo de la batalla aquel flujo que siempre permanecía oculto bajo las corrientes del río. Lo encontró más profundo que el agua, más difícil de alcanzar después de tantos conjuros, pero todavía estaba allí. Extendió ambas manos y obligó a su magia a aferrarse a los últimos segundos.

El mundo retrocedió.

Los sonidos se deformaron primero. Los gritos regresaron a las gargantas que acababan de pronunciarlos y las chispas suspendidas en el aire volvieron hacia las llamas de las que habían nacido. El vapor descendió hasta recuperar el agua que lo había producido; los cuerpos repitieron sus movimientos en sentido contrario y, durante unos segundos imposibles, el campo de batalla desanduvo sus propios pasos.

Sörkh perdió la otra orilla y retrocedió por el corredor hasta regresar al instante anterior a cruzarlo.

Heleas abrió los ojos con una sacudida. La respiración le ardía en el pecho y un temblor recorría sus manos, pero había conseguido lo que necesitaba: unos segundos.

Se impulsó sobre el cauce antes de que Sörkh pudiera comprender lo sucedido y levantó a su alrededor varias corrientes densas. El agua comenzó a cerrarse sobre el corredor abierto por Lumen, buscando sellar el paso antes de que la efreet pudiera intentarlo de nuevo.

Por primera vez desde su llegada, el Fuego Fatuo detuvo la danza. La alteración apenas había durado unos segundos, pero Lumen reconoció que el calor, el agua y los combatientes habían regresado a posiciones que él ya había visto. Sus ojos encontraron a Heleas en el mismo momento en que el ondino trataba de cerrar el corredor con varias corrientes densas.

Lumen descendió y cruzó el conjuro. El roce de su fuego bastó para quebrar la cohesión del anillo de agua y abrir uno de sus extremos, devolviendo a Sörkh espacio para avanzar. Heleas apretó los dientes; el primer retroceso todavía le temblaba en los brazos, pero volvió a buscar el flujo oculto bajo el río y consiguió arrancarle un único segundo.

Las llamas regresaron a las palmas que las habían lanzado, una ola recuperó la espuma que acababa de romper contra la orilla y Sörkh perdió el paso recién ganado. Heleas aprovechó aquel margen para lanzar una corriente contra ella, aunque Lumen ya había comprendido dónde nacía la alteración. Se interpuso entre ambos y sostuvo el presente con su propia magia hasta que el pliegue temporal se deshizo bajo las manos del ondino.

Heleas volvió a intentarlo. Hundió las manos en el agua, cerró los ojos y buscó la corriente profunda que escuchaba desde niño, pero el cauce se estremeció y el conjuro murió antes de completarse. El dolor le atravesó el pecho y lo obligó a apoyar una rodilla en el lecho. Cuando se limpió la sangre de los labios y levantó la vista, Sörkh seguía avanzando con Lumen entre ambos.

Reunió lo que le quedaba para un último intento. La voz apenas le alcanzó para completar las palabras del conjuro mientras pensaba en Airlia camino de la Aguja, en las ondinas que seguían resistiendo, en Loncilo intentando incorporarse y en Aldara peleando sobre una pierna herida. Heleas extendió las manos hacia el río y buscó una vez más el tiempo, pero la corriente permaneció ajena a su llamada. Esperó unos segundos antes de dejar caer los brazos.

Desde la otra ribera, Sîyah lo había observado todo. Avanzó entre el humo con la misma calma que había mantenido desde el comienzo de la batalla y alzó una mano. Una esfera de fuego denso se concentró en su palma, pequeña al principio y cada vez más brillante.

Loncilo vio el resplandor y gritó su nombre, pero Heleas apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. La esfera cruzó el río. Sus dedos intentaron reunir una última corriente y apenas consiguieron mover el agua frente a él antes de que el fuego lo alcanzara de lleno. Una luz blanca borró durante un instante el cauce, las orillas y la batalla.

La magia de Heleas reaccionó por última vez y el mundo retrocedió cinco segundos. Las llamas regresaron hacia Sîyah, el vapor volvió al agua y el grito de Loncilo retornó a su garganta. Heleas recuperó aquella última respiración con las manos caídas y la esfera acercándose de nuevo. Durante esos cinco segundos comprendió exactamente lo que iba a suceder.

Sîyah abrió la mano y el fuego repitió su trayectoria. Heleas desapareció dentro del resplandor mientras el agua se elevaba a su alrededor y caía sobre el cauce convertida en lluvia. Nadie supo que había muerto dos veces; solo él vivió aquellos segundos repetidos, los últimos que el tiempo le concedió.

La muerte de Heleas deshizo lo poco que quedaba de la formación ondina.

El Antojo de Kronos perdió la precisión con la que había respondido hasta entonces. Las corrientes chocaron unas contra otras, la muralla líquida se abrió en varios puntos y los efreets percibieron la brecha. Avanzaron entre columnas de vapor y llamaradas, empujando a las ondinas hacia las zonas más profundas del cauce.

Loncilo consiguió ponerse en pie apoyándose en el tridente y buscó a Aldara entre el humo. La encontró a pocos metros, arrodillada en el agua. La herida del muslo apenas le permitía sostener el peso, pero cuando vio acercarse a varios efreets volvió a levantar los puños.

—Aldara.

Ella giró la cabeza.

—Esta vez puedes ayudarme.

Loncilo llegó hasta su lado y le tendió el brazo. Aldara se sujetó a él durante el tiempo justo para recuperar el equilibrio y después se colocó a su espalda.

Los primeros efreets se abalanzaron sobre ellos.

Loncilo adelantó el tridente y recibió al primero con el asta, desviándolo hacia Aldara, que lo derribó de un golpe en el pecho. Cuando otros dos intentaron rodearlos, hundió una de las puntas del arma en el lecho y abrió un vórtice bajo sus pies; la corriente les quebró el equilibrio y los arrastró uno contra otro. Aldara aprovechó el caos para abatir al más cercano, mientras Loncilo mantuvo al tercero a distancia con dos estocadas rápidas y terminó barriendo sus piernas con el asta.

Entonces el fondo del río tembló.

Loncilo sintió la vibración a través del tridente. Aldara también la percibió bajo los pies. Durante unos segundos, ninguno comprendió qué estaba ocurriendo, hasta que el agua empezó a retirarse de las orillas.

El Antojo de Kronos estaba moviéndose.

La corriente, detenida durante toda la batalla por su propia voluntad, comenzó a reunirse en el centro del cauce. Primero avanzó despacio, arrastrando ceniza, armas y restos de la lucha. Después ganó fuerza. El agua descendió río abajo y giró hacia la ribera ocupada por los efreets, cada vez más rápida, cada vez más profunda.

El río había vuelto a elegir.

Y esta vez había elegido correr.

Un resplandor apareció bajo la superficie.

Era tenue al principio, una luz azulada que ascendía desde las profundidades. Creció hasta iluminar desde abajo las piernas de las ondinas y las siluetas de los efreets que todavía combatían dentro del cauce. Entonces la superficie se abrió.

Leira emergió del Antojo de Kronos.

Su enorme cuerpo de medusa se elevó sobre las aguas rodeado de una luminiscencia turquesa. Los largos tentáculos descendían desde ella y rozaban la corriente con movimientos lentos, aunque bastó su presencia para que varias ondinas agotadas levantaran la mirada.

Loncilo dejó escapar su nombre.

—Leira…

Uno de los tentáculos pasó junto a Aldara y se cerró con delicadeza alrededor de su pierna herida. Una claridad fría recorrió la quemadura y alivió el dolor suficiente para que pudiera volver a apoyar el pie. Otro tentáculo se extendió hacia un efreet que avanzaba sobre una ondina caída; el contacto lo hizo retroceder entre un estallido de vapor.

Leira permaneció suspendida sobre el cauce sin pronunciar palabra ni conjuro. Bajo ella, el Antojo de Kronos continuó aumentando su velocidad.

Lumen dejó de girar.

El Fuego Fatuo observó a la criatura que acababa de surgir de las aguas y la reconoció de inmediato. Durante un instante, los dos espíritus protectores quedaron frente a frente, separados por la corriente y por una extensión de vapor.

Lumen bajó la mirada hacia el río.

El corredor que había abierto comenzaba a deshacerse. El fuego retrocedía allí donde las aguas recuperaban terreno y los efreets que habían penetrado más profundamente en el cauce se veían obligados a luchar para conservar el equilibrio. Mantener un paso abierto había sido posible mientras el Antojo permanecía detenido; enfrentarse a toda su corriente era otra batalla.

Sîyah también lo comprendió.

El líder efreet avanzó unos pasos entre sus élites mientras observaba cómo el agua comenzaba a envolver las posiciones que acababan de conquistar.

—Podemos sostener la línea —dijo.

Lumen descendió hasta quedar a poca distancia de él. Sus llamas titilaron cuando una ráfaga de agua golpeó contra el corredor.

—Durante un tiempo.

Sîyah miró hacia la otra orilla.

Sörkh ya había cruzado. El camino hacia la Aguja de Nácar estaba abierto para ella.

Después volvió los ojos hacia Leira.

La medusa luminiscente seguía flotando sobre las ondinas mientras el Antojo de Kronos crecía bajo su cuerpo. Más guerreras comenzaban a emerger de las aguas profundas, atraídas por su luz.

Lumen inclinó ligeramente la cabeza.

—El río ha elegido.

Sîyah dirigió la mirada hacia el Antojo de Kronos justo cuando otra oleada atravesaba el cauce y arrastraba hacia atrás a varios efreets que aún trataban de mantener sus posiciones.

—Retira a los tuyos —dijo Lumen.

Sîyah permaneció inmóvil durante unos instantes, observando el avance del agua, hasta que finalmente levantó una mano. La orden recorrió las filas y los primeros efreets comenzaron a retroceder. Algunos obedecieron de inmediato; otros siguieron combatiendo hasta que los gritos de sus superiores los obligaron a abandonar el cauce. Las llamas fueron retirándose hacia la ribera mientras las ondinas aprovechaban cada metro recuperado para recoger a sus heridas.

El Antojo de Kronos continuó avanzando antes de que la retirada terminara. Una gran corriente atravesó el campo de batalla, golpeó la ribera efreet y trepó por la tierra apagando decenas de llamas y obligando a las primeras líneas a retroceder. Poco después llegó una segunda oleada, todavía más fuerte, y Sîyah mantuvo el brazo en alto hasta que todos comprendieron que la orden era definitiva.

Habían conseguido que Sörkh cruzara y habían arrebatado a las ondinas uno de sus defensores más poderosos. Sin embargo, permanecer allí significaba enfrentarse al Antojo de Kronos en movimiento y a Leira sobre sus aguas, y cada paso adicional exigiría más vidas de las que aquella victoria necesitaba.

Los últimos efreets abandonaron el cauce, aunque Lumen permaneció unos instantes más en el centro del río. El Fuego Fatuo volvió la mirada hacia Leira, que seguía suspendida sobre las aguas mientras sus tentáculos descendían hasta la corriente y su luz proyectaba reflejos turquesa entre el vapor.

Durante unos segundos, los dos espíritus protectores permanecieron frente a frente. Lumen contempló el agua que seguía ganando terreno, las ondinas que regresaban a la superficie y el corredor ardiente que comenzaba a deshacerse bajo su magia.

Comprendió que aquel frente había terminado.

Retiró entonces su poder y el corredor empezó a cerrarse. Las aguas cayeron sobre la brecha desde ambos lados y ahogaron las últimas llamas con un rugido que recorrió el Antojo de Kronos de una ribera a la otra. Solo después Lumen se elevó y siguió a los efreets, mientras Leira permanecía sobre el río hasta verlos desaparecer de la vista.

Entonces descendió.

Sus tentáculos buscaron a las últimas ondinas heridas mientras Loncilo sujetaba a Aldara por la cintura. La pierna de su hermana volvió a fallar y, esta vez, ella aceptó la ayuda sin protestar. Antes de sumergirse, dirigió la mirada hacia el lugar donde Heleas había desaparecido, donde el agua seguía pasando sin dejar rastro de él.

Loncilo siguió sus ojos y guardó silencio durante unos segundos.

—Tenemos que irnos.

Aldara asintió y ambos descendieron juntos.

Poco a poco, las ondinas supervivientes desaparecieron bajo la superficie. Leira fue la última en hundirse, y su resplandor permaneció visible durante unos instantes en las profundidades, cada vez más tenue, hasta que el cauce recuperó su oscuridad.

El campo de batalla quedó vacío. Las armas hundidas permanecieron entre las piedras del fondo, el vapor ascendió lentamente desde las zonas donde el agua todavía conservaba el calor de los efreets y la corriente comenzó a arrastrar la ceniza lejos de las orillas.

El Antojo de Kronos cerró la herida abierta entre sus aguas y continuó su camino. Había permanecido inmóvil porque así lo había elegido y había vuelto a correr cuando decidió hacerlo; pactos, conjuros y ejércitos podían intentar doblegar su curso, pero la última palabra seguía perteneciendo al río.

Aquella mañana, incluso el fuego tuvo que apartarse de su camino.

En la piedra donde Heleas había defendido el cauce solo quedaba agua. La corriente pasó sobre ella y siguió adelante, llevándose el vapor, la sangre y los últimos restos de la batalla, aunque hubo algo que ni siquiera el Antojo de Kronos pudo devolver.

Cinco segundos.

Los últimos que Heleas había arrebatado al tiempo.

Y desde ese día, el mundo tuvo cinco segundos menos.

267 – LA TORTURA DE MINERVA IX

Personajes que aparecen en este relato

LOS DOS CAMINOS

Las sombras brotaron del cuerpo de Kávila y se extendieron por la cámara. Avanzaron sobre las losas, treparon por las columnas y cubrieron el estrado bajo una bruma espesa que hizo vibrar los muros.

La oscuridad alcanzó a Minerva. Durante unos instantes, las cadenas y la silueta de la directora permanecieron visibles entre las sombras. Después, la bruma se cerró a su alrededor y la ocultó por completo.

—¡Tía Minerva! —gritó Carmélida al perderla de vista.

Amunet alzó el báculo y fijó la mirada en Carmélida.

—Pobre Carmélida… —murmuró, con lástima fingida—. Está deshecha por la caída de su hermana. Y ahora lo estará también por la muerte de su tía. Deberías haberlo pensado antes de traicionarme.

Un resplandor carmesí recorrió el báculo.

—Xantara. Señora de la sumisión. Marionetista de fuego y oscuridad… haz que pague su traición.

Un haz rojizo alcanzó a Carmélida en el pecho. La alquimista trató de protegerse, pero sus brazos se alzaron en contra de su voluntad. Después fueron sus piernas las que comenzaron a moverse. Permanecía consciente dentro de un cuerpo que ya no le obedecía.

—¡No… no puedo… detenerme! —gimió, luchando contra sus propios movimientos.

—¡Carmélida! —gritó Periandro desde el suelo, al comprender hacia quién la obligaban a volverse.

La mano de Carmélida extrajo una botella oscura de su cinturón. Intentó cerrar los dedos alrededor del frasco, pero Xantara le obligó a arrojarlo.

La mezcla estalló contra el pecho de Periandro y lo lanzó contra una columna. El mago cayó sobre las losas. La varita escapó de su mano y quedó fuera de su alcance.

Carmélida presenció el impacto sin poder apartar la mirada. Reconocía aquella fórmula porque ella misma la había creado. Conocía sus componentes, su potencia y el daño que podía haber causado a su hermano.

Periandro no se movió.

Carmélida tiró de sus propios brazos, pero la voluntad de Xantara volvió a imponerle el siguiente movimiento. Sus dedos buscaron otro frasco en el cinturón.

En su lugar encontraron una piedra envuelta en tela negra. Carmélida sintió que algo se quebraba en su interior. En la grieta apareció Caelen.

Juntos habían empezado a comprender las propiedades de la prolita y un vínculo más profundo. Caelen, perseguido por las dudas acerca de su origen, había buscado en la alquimia una prueba de su humanidad. Junto a ella dejó de necesitarla, al menos durante un tiempo. Hasta que Carmélida eligió otro camino.

Él no intentó detenerla. Envolvió la piedra en una tela negra y la depositó entre sus manos.

—Eres la mejor alquimista que ha pisado esta Torre. No permitas que nadie te convenza de lo contrario.

Sus dedos se separaron de los de ella.

—Por si algún día te olvidas de quién eres.

Carmélida cerró los dedos alrededor de la piedra. Frente a ella, Periandro continuaba inmóvil.

—No… —consiguió pronunciar mientras su otra mano trataba de alcanzar una nueva mezcla—. A él no.

Xantara le obligó a levantar el brazo. Carmélida apretó la prolita hasta que sus aristas se hundieron en la palma.

—An’tar leni… vesh Arkhana…

La prolita se resquebrajó dentro de su puño. Una onda grave atravesó el cuerpo de Carmélida y arrancó de sus articulaciones los filamentos rojizos que las mantenían sometidas.

El brazo se detuvo antes de completar el lanzamiento. El frasco cayó de sus dedos y rodó intacto por las losas.

La ruptura se propagó a través de la magia infernal. El velo de Luxanna se desprendió de Drawets y se deshizo en torno a su rostro. El pícaro recuperó de golpe la visión y el sonido de la batalla.

Carmélida cayó de rodillas. Abrió la mano y contempló los fragmentos de prolita incrustados en la sangre de la palma.

Después alzó la vista hacia Periandro y comenzó a arrastrarse hasta él.

Amunet retrocedió un paso. El báculo vibró entre sus dedos y la corriente de energía que atravesaba la cámara perdió intensidad durante un instante.

La emperatriz apretó los labios y apuntó directamente hacia el Zafiro Vincular.

—Xezbet… Abraxas… Áxbalor. Por el pacto sellado. Por la sangre entregada. ¡A mí!

La llamada recorrió la cámara y penetró en el Zafiro. Todos aguardaron la llegada de los tres demonios.

Ninguno respondió.

La piedra palpitó una vez. Su luz azul continuó encendida, aunque ningún portal se abrió y ninguna presencia atravesó el vínculo.

El silencio se prolongó.

Amunet aferró el báculo con ambas manos.

—¿Por qué no vienen?

—Porque puede que no puedan —respondió Kávila desde lo alto del estrado.

Amunet se volvió hacia ella.

—¿Qué insinúas?

Kávila regresó junto al Zafiro y apoyó la palma sobre su superficie. Cerró los ojos durante un instante, atenta a las presencias que deberían responder al vínculo.

—Lo vi con mis propios ojos. A Xezbet. En el molino. Se le apareció un joven. Alto, envuelto en un abrigo oscuro… y con una piedra roja tallada con runas. No sé de dónde salió. Pero lo atrapó. La piedra se lo tragó sin dejar rastro. Ni fuego. Ni lucha. Solo silencio.

Kávila dirigió la mirada hacia Érebos.

El consejero sostuvo sus ojos y asintió. Había presenciado la captura de Xezbet y había guardado silencio hasta entonces.

El báculo de Amunet descendió unos centímetros.

—¿Y los otros?

—De Abraxas y Áxbalor no sé nada —dijo Kávila, devolviendo la vista al frente—. Pero, si tampoco responden a vuestra llamada…

Sus dedos se tensaron sobre el Zafiro.

—…mucho me temo que hayan corrido la misma suerte.

El Zafiro continuó latiendo, aunque la llamada regresó vacía. Ninguno de los tres demonios se encontraba al otro lado para responderla.

Amunet bajó el báculo. Durante unos segundos, la seguridad desapareció de su rostro. Las sombras que cubrían el centro del estrado comenzaron a retirarse.

Minerva reapareció entre las últimas espirales de oscuridad. Los grilletes, agrietados por el conjuro de Periandro y quebrados bajo la presión de las sombras, yacían a sus pies. Apenas podía sostenerse. Se tambaleó y buscó apoyo en el pedestal del Zafiro.

Una mano la sujetó por la cintura antes de que cayera.

—Shhh… tranquila, directora —susurró una voz junto a su oído—. Si hablas, será tu último secreto.

Arnaldo había abandonado el combate con Drawets aprovechando la bruma de Kávila.

La inmovilizó contra su pecho y apoyó la daga zíngara bajo su garganta. Un fulgor oscuro recorrió la hoja al percibir el alma que podía arrebatar.

Cristóforo levantó el trabuco, pero Arnaldo estrechó el brazo alrededor de Minerva y ocultó parte del cuerpo tras ella.

Periandro buscó su varita sobre las losas. La encontró demasiado lejos para alcanzarla.

Drawets avanzó hacia el estrado con el puñal en alto. Arnaldo presionó la hoja contra la piel de Minerva y lo obligó a detenerse.

Una línea de sangre apareció en el cuello de la directora.

Carmélida se detuvo. La sangre descendía por el cuello de Minerva, cada vez más cerca del filo. La alquimista apartó la mano de los fragmentos de prolita y clavó los ojos en Amunet.

—¡Basta! —rugió.

El grito resonó por encima del combate. Amunet alzó una ceja, pero la sonrisa permaneció en sus labios.

—Fantástico, Arnaldo. Qué eficiente puede ser el linaje cuando olvida los escrúpulos.

La emperatriz dirigió el báculo hacia Minerva.

—Ahora, decidme dónde están las princesas… o haré que este fiel zíngaro extraiga el alma de vuestra querida tía. Lenta. Dolorosamente.

Carmélida se incorporó y avanzó un paso. Arnaldo hundió un poco más la hoja, obligándola a detenerse.

—Deteneos. Lo que queréis es la información. Puedo entregárosla, pero antes prometeréis que, si os revelo las dos identidades, no mataréis a las princesas ni a ninguno de los que estamos aquí.

Amunet la observó durante unos segundos. El báculo descendió ligeramente.

—¿Me estás pidiendo que confíe en ti?

—No —respondió Carmélida—. Soy yo quien está confiando en vos. Siempre habéis defendido que una emperatriz debe cumplir su palabra.

El Zafiro volvió a latir. Amunet miró a Minerva y después a Carmélida.

—Está bien. Si me entregas las dos identidades, palabra de Emperatriz Tenebrosa: nadie morirá.

Periandro trató de incorporarse junto a la columna.

—¡No lo hagas, hermana! ¡Es una trampa!

Carmélida cerró los ojos. La advertencia de Periandro permaneció suspendida entre ambos, pero ya había tomado una decisión. Cuando volvió a abrirlos, miró directamente a Amunet.

—Petequia, la criatura que mi hermano me entregó… ha crecido. Ahora se llama Efélide. Es la Tercera Hermana de la Santa Hermandad. Os ha jurado pleitesía junto a los demás hermanos. Sed justa con ella. Yo misma la adiestré y os servirá con lealtad. Ella es una de las princesas que buscáis.

Amunet permaneció inmóvil. El báculo descendió unos centímetros mientras asimilaba que una de las herederas llevaba tiempo arrodillándose ante ella.

—¿Y la otra? —preguntó entonces, girando el báculo hacia Cristóforo, cuya mano se tensó sobre la empuñadura—. Solo me has entregado una de las dos identidades. El pacto aún no está cerrado. Puedo matar a Minerva. O puedo matar al pirata. Tú decides.

Carmélida miró a Cristóforo. El capitán sostuvo el trabuco sin apartar los ojos de Amunet, aunque el movimiento de su mandíbula reveló que había comprendido la amenaza.

Drawets avanzó antes de que la alquimista tuviera que responder.

—Urraca me fue encomendada a mí. Cristóforo confió en mí para esta misión. La crié como a un hijo, bajo otro nombre y apariencia de varón para ocultarla. Os lo digo con certeza: llegáis tarde. El Orbe de la Confusión me la arrebató. Urraca, o Gorrión, como la llamábamos, está desaparecida. Ahora, ni siquiera yo sabría dónde encontrarla.

Érebos dejó de observar el combate. El nombre pareció despertar un recuerdo y una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Un momento… Gorrión. Claro. ¡Es Cuervo! La niña que encontré en la arboleda, junto al Haya de los Lazos. Sabía que era tu hija, Drawets. Lo que nunca imaginé fue que bajo aquel nombre escondierais a una princesa.

Drawets giró el puñal hacia él.

—Como hayas tocado un pelo de mi hija, te juro que…

Barastyr soltó una carcajada.

—Qué giro tan sorprendente, Majestad. Resulta que todo vuestro esfuerzo ha sido en vano.

Amunet se volvió hacia él.

—¿Qué quieres decir, consejero?

—Que las dos princesas por las que lleváis años desatando guerras ya están a vuestro servicio. Una pertenece a la Santa Hermandad y la otra ha combatido junto a nosotros. Ambas sirven ya a la Oscuridad que vos gobernáis.

Érebos contempló a Carmélida.

—¿No es esa la más oscura de las ironías? Solo lamento la pérdida de la Segunda Hermana. Carmélida tenía un talento inmenso para servir al Titán Oscuro…

Amunet miró primero a Minerva y después a Carmélida. La risa que escapó de sus labios terminó de borrar la inquietud que había mostrado unos instantes antes.

—Soy magnánima, ¿lo olvidáis? —dijo, girándose hacia Carmélida—. Por el servicio que me has prestado, te perdono. Vuelve a la Santa Hermandad, al lugar que nunca debiste abandonar. Cumpliré mi palabra: no se tocará un solo cabello de esas niñas.

Carmélida inclinó la cabeza. Cuando respondió, su voz había recuperado la disciplina de la Segunda Hermana.

—Sí, mi señora. Solo vivo para servir a la oscuridad. A vos y al todopoderoso Titán Oscuro.

Una lágrima descendió por su mejilla sin alterar la expresión.

Amunet bajó el báculo. El resplandor oscuro permaneció encendido en la punta mientras se volvía hacia las criaturas que combatían entre los escombros.

—Nos vamos. Hay una guerra que ganar. Esta batalla… ha terminado. Gracias por todo, Minerva. En tu intento por salvar a las princesas, las has arrojado directamente a mis brazos.

Antes de marcharse, volvió la mirada hacia Minerva. La directora continuaba retenida por Arnaldo, con la sangre deslizándose por el cuello.

—Te dejaré con vida porque deseo que contemples lo que viene. Tendrás tiempo para arrepentirte de lo que hiciste y de todo aquello que no lograste impedir. Tu fracaso será tu condena.

Amunet golpeó la piedra con la base del báculo.

Los demonios se detuvieron. Sus cuerpos comenzaron a deshacerse desde las extremidades hasta convertirse en columnas de humo que fueron absorbidas por los portales. Los espectros y las criaturas surgidas del Zafiro corrieron la misma suerte.

El zíngaro retiró la daga del cuello de Minerva y dejó a la directora caer sobre el estrado antes de reunirse con Kávila.

Amunet había prometido que nadie más moriría, y cumplió su palabra.

Los portales abiertos por la Torre se cerraron uno tras otro. Solo permaneció el que latía detrás del estrado. El combate cesó con tal brusquedad que durante unos segundos solo se escucharon las respiraciones de quienes permanecían en la cámara.

Las fuerzas infernales se habían esfumado. Los escombros y los heridos permanecían.

La desaparición de las criaturas se propagó por toda la Torre.

Judäthyn bajó la varita con cautela. En el herbolario, Zïru continuó apuntando hacia el lugar donde un demonio acababa de desvanecerse.

En los corredores inferiores, Tasac permaneció agachado entre los restos del combate mientras su cuerpo recuperaba lentamente la forma humana. Cuando sus dedos volvieron a ser humanos, el ferox apoyó una mano sobre las losas. La piedra continuaba vibrando bajo su palma.

Trai salió de entre los restos de un arco derrumbado. La estrella azul de su cabello estaba cubierta de ceniza. El conjuro que preparaba se extinguió entre sus manos cuando el demonio que tenía delante se convirtió en humo.

Por los pasillos, los magos de Natura, Redigit, Excelsit y Vivífica mantuvieron las varitas levantadas. Algunos dejaron que sus conjuros se apagaran. Otros continuaron vigilando las sombras, convencidos de que aquella retirada ocultaba una nueva amenaza.

Nika salió de la biblioteca destruida con los brazos arañados y el rostro cubierto de hollín. Miró los cuerpos, los estantes derrumbados y los libros que todavía ardían. No preguntó si habían vencido.

Alena encontró a Férula y Gónagan en el corredor cercano. Los tres se observaron sin pronunciar palabra, buscando en los otros alguna señal de que comprendían lo ocurrido.

En las salas de alquimia, Calum y Caelen permanecían apoyados el uno en el otro, cubiertos de brebajes derramados y sangre ajena. Cerca de ellos descansaba el cuerpo de Telina, envuelto en los restos de su capa negra. Caelen había dejado su varita junto a una de sus manos. Alrededor solo quedaban cristales rotos y fórmulas arruinadas.

Stucco dejó caer el escudo que había mantenido durante el ataque. Enona permaneció a su lado con la varita alzada hasta que el cansancio venció la fuerza de sus dedos.

En la galería rota del ala norte, Ramia, Aodhan y Grahim resistían junto a los faunos la última acometida de los espectros. Las criaturas comenzaron a deshacerse antes de alcanzarlos. Los faunos mantuvieron las armas en alto mientras la ceniza se depositaba sobre el suelo.

La batalla había terminado. Nadie celebró la victoria.

Amunet alzó el báculo una última vez. Su extremo apuntó hacia el Zafiro Vincular, cuya luz comenzaba a debilitarse.

—Reclamaré a las dos princesas. Puede que hayan crecido lejos de mi alcance, pero sus verdaderos nombres ya me pertenecen. Ninguna llegará a ocupar el trono mientras yo gobierne Calamburia.

Avanzó hacia el portal que continuaba abierto detrás del estrado. Érebos y Barastyr se situaron a ambos lados de su emperatriz.

—La sangre de ese linaje dejará de ser una amenaza. La convertiré en una herramienta de mi reinado.

Antes de atravesar el portal, Amunet se detuvo y contempló el Zafiro.

—Recuperaré a mis demonios. Uno a uno. Xezbet. Abraxas. Áxbalor. Cuando regresen a mí, mi poder será absoluto. Ya no habrá límites entre este mundo y el otro.

El báculo palpitó entre sus dedos.

—Porque yo soy la Emperatriz de los Dos Mundos.

Las sombras se reunieron alrededor de Amunet. La emperatriz atravesó el portal, seguida por Érebos, Barastyr, Arnaldo y Kávila.

Carmélida permaneció inmóvil en la cámara mientras las sombras engullían a los últimos seguidores de Amunet. El terciopelo dorado de su vestido se agitaba bajo la corriente del portal. Después se volvió hacia Periandro.

Periandro apoyó una mano en la columna e intentó incorporarse. Carmélida se arrodilló ante él antes de que lo consiguiera.

—Periandro… No intentes seguirme. He dado mi palabra ante el Titán Oscuro y debo cumplirla.

Periandro negó con la cabeza.

—Has cumplido tu parte. Te ha liberado de su servicio.

—Amunet me ha perdonado —respondió Carmélida—. Mi juramento al Titán permanece.

El mago trató de aferrarla por la muñeca, pero apenas tuvo fuerzas para rozar la manga de su vestido.

—Carmélida, no vuelvas con ellos.

Ella contempló aquella mano y la cubrió durante un instante con la suya.

—No sé vivir de otra manera.

Carmélida se incorporó y miró hacia el estrado.

Minerva permanecía de rodillas, con la piel cubierta de sangre y ceniza. No trató de ordenarle que se quedara.

—Tía Minerva…

Carmélida tuvo que detenerse antes de continuar.

—Cuidad de Aurora.

La lágrima que descendió por su mejilla alcanzó la comisura de sus labios. Carmélida no la retiró.

—Decidle que no la abandoné. Que todo lo que he hecho esta noche ha sido para mantenerla con vida.

Minerva abrió la boca, pero Carmélida bajó la mirada antes de que pudiera responder.

—Volveré cuando el Titán Oscuro lo disponga.

Retrocedió hacia el portal. Periandro logró ponerse en pie y dio un paso tras ella, pero una rodilla le falló y tuvo que apoyarse de nuevo en la columna.

Las sombras alcanzaron el vestido de Carmélida y ascendieron por su cuerpo.

Durante un instante, volvió el rostro hacia su hermano.

Después atravesó el portal y desapareció.

El Zafiro Vincular respondió desde el pedestal con una pulsación intensa. La gema se elevó entre las runas apagadas y salió despedida hacia la abertura, arrastrada por el mismo vínculo que había mantenido unidos ambos mundos.

En cuanto el Zafiro cruzó el umbral, el portal se contrajo sobre sí mismo y desapareció.

La cámara quedó en silencio.

Las piernas de Minerva cedieron. Las rodillas golpearon las losas y las manos se apoyaron frente a ella para impedir que el cuerpo terminara de desplomarse. Había permanecido erguida mientras Amunet amenazaba a sus sobrinos, mientras Arnaldo sostenía la daga contra su cuello y mientras Carmélida se despedía. Ahora ya no quedaba nadie ante quien fingir que podía resistir.

Respiró varias veces, pero el aire apenas alcanzó sus pulmones. Sus ojos permanecieron clavados en el lugar donde había desaparecido Carmélida.

—Oh, no… ¿qué he hecho? —susurró, con la voz quebrada.

Nadie respondió.

 El humo continuaba suspendido sobre los cuerpos y los escombros. La Torre Arkhana seguía en pie, pero Amunet se había marchado con aquello que había venido a buscar.

Había dedicado años a separar a las princesas, a borrar su sangre y a alejarlas de cualquier lugar en el que Amunet pudiera encontrarlas.

Minerva cerró los ojos.

Había construido dos caminos para alejarlas del trono.

Y ambos terminaban a los pies de la emperatriz.

266 – LA TORTURA DE MINERVA VIII

Personajes que aparecen en este relato

LOS EJÉRCITOS DE LA OSCURIDAD

La esperanza no siempre llega iluminándolo todo. A veces desciende entre humo y escombros, envuelta en heridas, con la ropa rasgada y el alma cansada. Pero llega.

Y cuando lo hace, no pide permiso.

Periandro atravesó la humareda antes que los demás. Descendió los últimos peldaños con la varita extendida y el cuerpo todavía debilitado por el ritual de Baufren. El conjuro que había partido la barrera chisporroteaba en su punta, aunque su respiración entrecortada revelaba el esfuerzo que le había costado.

Al llegar a la cámara, se detuvo.

Sus ojos encontraron a Minerva de inmediato.

La directora permanecía de rodillas junto al estrado, con las muñecas atrapadas por las cadenas y el cuerpo vencido por la tortura. Aun así, levantó el rostro al reconocerlo.

—Tía Minerva… —pronunció Periandro.

Minerva trató de incorporarse. Las cadenas se tensaron y volvieron a obligarla a inclinarse.

—No deberías haber venido —respondió ella, con la voz dañada.

Periandro avanzó un paso.

—Vos tampoco deberíais estar encadenada.

Drawets apareció detrás de él.

Descendió los últimos peldaños con el puñal de la Calavera preparado y la ropa cubierta de sangre, polvo y cortes que comenzaban a cerrarse. La ligereza habitual de sus movimientos había desaparecido. Al ver a Minerva arrodillada, su expresión se endureció.

—Espero que no hayáis empezado la fiesta sin nosotros —dijo Drawets.

La frase conservaba su insolencia, pero sus ojos permanecían fijos en la daga que Arnaldo mantenía cerca de la directora.

Cristóforo entró a continuación.

El pirata llevaba el trabuco apoyado contra el hombro y la espada desnuda en la otra mano. No dedicó ninguna palabra a Amunet ni a sus consejeros. Primero examinó las cadenas de Minerva, después el Zafiro Vincular y, por último, las posiciones de quienes ocupaban la cámara.

—Periandro, no te alejes de nosotros —ordenó Cristóforo mientras cargaba el arma—. Drawets, vigila al zíngaro.

—Ya lo estaba haciendo —respondió el pícaro.

Arnaldo inclinó la daga hacia ellos.

—Acercaos y comprobaréis lo deprisa que puedo terminar esto —advirtió el joven zíngaro.

Cristóforo levantó el trabuco.

—Hazle daño y no tendrás tiempo de averiguarlo.

Amunet observó el intercambio desde el estrado. No parecía sorprendida por la llegada de los tres hombres. La sonrisa que apareció en sus labios pertenecía a quien contemplaba cómo las últimas piezas entraban por voluntad propia en la trampa.

Entonces Carmélida cruzó la barrera.

Avanzó entre el humo con una mano apoyada durante unos instantes sobre el muro. El ritual de Baufren todavía pesaba en su cuerpo, pero se obligó a enderezarse antes de que nadie pudiera ofrecerle ayuda. El terciopelo dorado del vestido estaba manchado de polvo y uno de sus costados aparecía desgarrado. Los frascos del cinturón chocaban suavemente con cada paso.

Minerva dejó de mirar a Periandro.

—Carmélida…

La alquimista contempló primero a su tía. Después dirigió los ojos hacia Periandro, Drawets y Cristóforo.

Durante años había procurado mantener cada parte de su vida separada de las demás. Ahora todas se encontraban reunidas en aquella cámara, rodeadas por las fuerzas a las que ella había jurado servir.

Carmélida avanzó hasta situarse junto a su hermano.

Amunet apoyó ambas manos sobre el báculo.

—Vaya —dijo la emperatriz—. La familia Sibyla al completo. O casi. Parece que la otra alquimista no ha conseguido escapar de los poderes de Áxbalor.

Minerva buscó de inmediato la mirada de Carmélida. Su sobrina negó apenas con la cabeza. Aurora no había despertado.

Periandro alzó la varita con una rabia que terminó de agotar el poco color que conservaba en el rostro.

—No te atrevas a mencionar a mi hermana.

Cristóforo afirmó el trabuco contra el hombro.

—Hemos venido a llevarnos a Minerva.

Periandro dio otro paso. La luz de su varita vaciló, pero no se extinguió.

—Suelta a la tía Minerva.

Amunet ladeó la cabeza.

—¿Pretendes exigírmelo? Kávila acaba de descubrir que tú y el capitán fuisteis los primeros custodios. Cada uno de vosotros conoce a la persona que recibió a una de las niñas.

Periandro miró a Cristóforo. La sangre que cubría el rostro de Minerva y la satisfacción contenida de Kávila bastaron para que ambos comprendieran lo ocurrido: habían obligado a la directora a revelar el comienzo de las dos cadenas.

Cristóforo no apartó el trabuco de Amunet.

—Puedes saber dónde empezó el camino. Eso no significa que sepas dónde termina.

Drawets hizo girar el puñal de la Calavera entre los dedos sin perder de vista la daga que Arnaldo mantenía junto al cuello de Minerva.

—Y él te ha pedido que la sueltes, no que presumas de lo poco que has averiguado.

Amunet dejó pasar la provocación del pícaro. Su mirada se desplazó hasta Carmélida y se detuvo en el terciopelo dorado de su vestido.

—Juraste fidelidad al Titán Oscuro, Segunda Hermana. No esperaba encontrarte al lado de quienes pretenden impedir su regreso.

Carmélida no respondió de inmediato.

Contempló a Minerva, encadenada y apenas capaz de mantenerse erguida. Después buscó a Periandro. Su hermano continuaba sosteniendo la varita frente a Amunet, aunque el temblor del brazo revelaba cuánto lo había debilitado el ritual.

—Mi fe en el Titán permanece intacta —dijo Carmélida al fin—, pero esa fe no cambia lo que somos. Minerva es mi tía y Periandro es mi hermano. Aurora sigue atrapada en el Salón de Evaluaciones por la magia que los zíngaros utilizaron contra nosotros.

La voz de Carmélida perdió parte de su firmeza al pronunciar el nombre de su hermana. Recuperó el control antes de continuar:

—No voy a contemplar cómo los destruyes y fingir que mis votos me obligan a permitirlo.

Periandro volvió el rostro hacia ella. Durante unos segundos, la varita dejó de temblarle.

Amunet recibió las palabras de Carmélida sin alterar el gesto.

Después apoyó con fuerza la base del báculo contra la piedra.

El golpe se extendió por la cámara, profundo y seco.

—Entonces no hay marcha atrás —sentenció Amunet—. Arnaldo. Kávila. El Zafiro os reclama.

Arnaldo retiró la daga del cuello de Minerva y la empujó contra las cadenas antes de avanzar hacia el pedestal. Kávila ocupó el lado opuesto del Zafiro Vincular. No necesitó recibir más instrucciones: ambos conocían el salmo y la sangre que exigía.

Minerva trató de incorporarse en cuanto la hoja se apartó de su garganta. Las cadenas se cerraron alrededor de sus muñecas y la obligaron a permanecer junto al estrado.

—No dejéis que terminen el ritual —advirtió con la voz quebrada.

Periandro dirigió la varita hacia el Zafiro.

—¡Fractura Signata!

Una línea blanca atravesó la cámara. Barastyr levantó una mano y la sombra que brotaba de su ojo se desplegó delante del pedestal. El conjuro chocó contra ella, abrió varias grietas luminosas y terminó disolviéndose antes de alcanzar la gema.

Periandro dio un paso para intentarlo de nuevo. La debilidad del ritual le hizo perder el equilibrio y Carmélida tuvo que sujetarlo por el antebrazo.

Arnaldo apoyó el filo de la daga zíngara contra su palma y se abrió un corte de un solo movimiento. Kávila extrajo de su hatillo un pequeño cuchillo ritual e hizo lo mismo. La sangre descendió entre sus dedos y quedó suspendida sobre las runas, atraída por el pulso del Zafiro.

Arnaldo y Kávila dejaron caer la sangre sobre la base del Zafiro. Sus voces se alzaron juntas:

—Ezrai miélka oravash… que la sangre desgarre la frontera. Shar zulek tharám… que la grieta reclame su vínculo. Namiré avoz dorth… que el abismo y la tierra respiren al unísono.

El salmo se extendió por la cámara con una cadencia grave. Cada nueva gota de sangre avivó las runas grabadas alrededor del Zafiro.

El Zafiro respondió.

Una luz azul prendió en el centro de la gema y se extendió hacia los bordes. Las runas comenzaron a girar sobre su superficie, acompañadas por una vibración profunda que recorrió el pedestal y descendió bajo las losas.

Periandro observó la sombra desplegada frente al Zafiro. Mantuvo la varita en alto, aunque contuvo el conjuro.

Un resplandor escarlata brotó de las grietas del suelo y envolvió a Amunet. Su cabello casi blanco se agitó bajo una corriente que nacía del propio Zafiro. El báculo se elevó entre sus manos y la emperatriz comenzó a separarse lentamente de la piedra.

La energía del Inframundo se adhirió a su cuerpo y palpitó al ritmo de la gema. Sus ojos adquirieron un fulgor rojo mientras el báculo se erguía hacia la bóveda, canalizando la oscuridad que atravesaba el Zafiro.

Amunet elevó el báculo hacia la bóveda.

—¡Ejércitos de la Oscuridad… a mí! —Su voz resonó por toda la cámara.

La llamada se propagó a través del Zafiro Vincular. Por toda la Torre Arkhana, los portales abiertos mediante su poder se ensancharon. Los sellos de contención comenzaron a quebrarse y las defensas que aún resistían perdieron estabilidad.

La conexión con el Inframundo había quedado completamente abierta.

Las criaturas comenzaron a cruzar.

Esta vez no llegaron sombras aisladas, sino legiones. Los portales vomitaron una marea de cuerpos que se extendió por los corredores, las galerías y las cámaras de la Torre. Por cada demonio que había logrado atravesar antes las defensas, ahora surgían decenas.

Las antorchas ardieron con llamas negras. Las sombras se desprendieron de los muros y reptaron por las columnas y los arcos mientras nuevas criaturas emergían de cada umbral abierto.

Algunos demonios carecían de rostro. Otros avanzaban sobre extremidades demasiado largas o arrastraban cuerpos cubiertos de símbolos incandescentes. Unos reptaban por la piedra; otros se desplazaban sin tocarla. Sus chasquidos y lamentos se mezclaron con el zumbido del Zafiro, que continuaba llamándolos.

Los primeros gritos recorrieron la Torre desde las almenas hasta las cámaras subterráneas. Eran órdenes, advertencias y llamadas de auxilio que anunciaban el avance de las legiones.

La irrupción de las legiones quebró las defensas que aún permanecían en pie. Magos veteranos cayeron con las varitas alzadas, alcanzados por garras de sombra y nieblas que se cerraban sobre sus cuerpos. Los alquimistas apenas tuvieron tiempo de recurrir a sus frascos antes de que las criaturas los rodearan. Duendes, faunos y guardabosques combatieron entre los escombros, superados por enemigos que continuaban atravesando los portales.

Aquello había dejado de ser un asalto. La Torre se enfrentaba a una aniquilación.

En el centro de la cámara, el Zafiro vibró de nuevo. Varias figuras emergieron de las sombras que cubrían el suelo, envueltas en oscuridad y brasas apagadas.

La temperatura descendió de golpe. Un temblor recorrió los cimientos de la Torre mientras las criaturas se desplegaban alrededor del estrado.

Una de ellas descendió por la columna más próxima a Cristóforo. El capitán la vio reunirse a sus pies y disparó antes de que terminara de adquirir forma.

La detonación llenó la cámara de pólvora. La criatura salió despedida contra el muro y se deshizo entre los cascotes.

—Ya han llegado —anunció Cristóforo mientras recargaba.

Drawets observó las formas que empezaban a surgir detrás del estrado.

—Gracias, capitán. Habíamos confundido las garras con parte de la decoración.

Amunet alzó el báculo. La oscuridad se concentró en su extremo mientras sus ojos buscaban entre los defensores hasta detenerse en Drawets.

—Empezaremos por ti, pícaro inoportuno —decidió la emperatriz—. Luxanna, Señora de la Privación, oscura luz de los sentidos… Arrebátale cuanto le permite reconocer el mundo.

Una descarga negra brotó del báculo y atravesó el pecho de Drawets.

El pícaro perdió la vista. Un instante después desaparecieron también los sonidos de la cámara y la sensación del suelo bajo sus botas. Su propia respiración llegaba desde algún lugar que no lograba reconocer.

Drawets apretó el puñal de la Calavera y lanzó un corte hacia el último punto donde había visto a Amunet. La hoja solo encontró aire.

Los demonios se acercaron al advertir su desorientación. Una criatura de piel correosa, cubierta de espinas y lenguas que se agitaban entre sus mandíbulas, se abalanzó sobre él.

Las garras le abrieron el costado. Drawets sintió el dolor y el calor de la sangre, pero no escuchó el grito que escapó de su garganta.

Giró a ciegas y blandió el puñal para mantener alejadas a las criaturas, incapaz de distinguir cuántas lo rodeaban o desde dónde atacarían.

Cristóforo no esperó a que Amunet eligiera otra víctima.

Atravesó el espacio que lo separaba de Érebos con la espada en alto y disparó el trabuco antes de detener la carrera.

—Os devolveré lo que no pude en el Palacio de Ámbar.

El estampido sacudió la cámara. Barastyr extendió una mano y levantó ante Érebos una lámina de oscuridad. Los proyectiles quedaron suspendidos durante un instante antes de caer sobre las losas, todavía humeantes.

El consejero unió las manos y recitó:

—Cor vinculi, tenebrae adesto.

La sombra proyectada bajo Cristóforo se cerró alrededor de su tobillo y tiró de él con violencia.

—Parece que no aprendiste nada en nuestro último encuentro… y vuelves a cometer los mismos errores —murmuró Érebos.

Cristóforo cayó sobre una rodilla, pero mantuvo la espada entre ambos. De una grieta cercana surgió una criatura sin ojos, provista de una mandíbula vertical y dedos largos que se cerraron alrededor de su rostro. El pirata volvió la cabeza y golpeó la muñeca del demonio con la empuñadura mientras trataba de liberar el tobillo.

—¡Atrás, hijo del Averno! —tronó la voz de Carmélida.

Carmélida lanzó una botella de vidrio oscuro contra Érebos. El recipiente estalló a sus pies y liberó una llamarada púrpura que se prendió en el aura del mago. Las siluetas que la componían comenzaron a chillar y lo obligaron a retroceder.

La alquimista ya estaba vertiendo un polvo dorado en otro frasco. Lo agitó una vez y arrojó el contenido hacia Cristóforo.

—¡Por el Titán! ¡Quémate, garra del Inframundo!

El líquido se inflamó alrededor del pirata sin alcanzarle la piel. La criatura apartó las manos de su rostro y la garra que retenía su tobillo comenzó a deshacerse bajo las llamas.

Cristóforo recuperó el equilibrio, afirmó la espada y volvió a colocarse frente a Érebos. La sangre le corría por los arañazos del brazo derecho.

Carmélida ya sostenía otro frasco entre los dedos.

—La próxima vez intenta no caer delante de sus mandíbulas —le indicó la alquimista.

El pirata comprobó la carga del trabuco sin apartar la mirada de Érebos.

—La próxima vez procura lanzarlo un poco antes.

En el centro de la cámara, Periandro alzó la varita con ambas manos. Una luz blanca se concentró en la punta.

—Arcum lucis, solve vincula Minerva!

El rayo alcanzó las cadenas que sujetaban a Minerva. Los eslabones vibraron y crepitaron bajo la descarga, pero permanecieron cerrados alrededor de sus brazos. La oscuridad que los cubría absorbió los últimos restos del conjuro.

Desde el estrado, Amunet sonrió con fingida compasión.

—¿Eso es todo lo que tienes, joven mago erudito?

La emperatriz volvió a levantar el báculo.

—Nexara. Reina del eco interno. Señora de la intromisión… doblega su mente.

Un resplandor carmesí alcanzó a Periandro. El mago se estremeció.

Las cadenas desaparecieron ante sus ojos. Minerva se alzó frente a él, erguida y sin rastro de las heridas. Su mirada conservaba la severidad que tantas veces lo había obligado a corregir un encantamiento o regresar a los libros, pero en ella faltaba cualquier señal de afecto.

—Jamás tuviste el coraje ni la inteligencia para llamarte erudito. No eres más que un aprendiz de mago mediocre… y la vergüenza de los Sibyla.

La varita de Periandro vaciló. A su alrededor, varios demonios aprovecharon el desconcierto para acercarse. Uno de ellos se abalanzó sobre su pierna mientras otro trataba de alcanzarlo por el costado.

Periandro los rechazó con dos conjuros consecutivos, pero las descargas apenas consiguieron apartarlos. Frente a él, la falsa Minerva continuaba observándolo.

—¡No la mires! ¡No es real! —gritó Carmélida, que apareció a su lado.

—Siempre has necesitado que otros reparen tus errores —continuó la falsa Minerva—. Primero yo. Después tus hermanas. Incluso aquella niña a la que entregaste para sostener un plan que nunca fuiste capaz de controlar.

Periandro volvió la mirada hacia ella.

—Lo hice para protegerla.

—Eso es lo que te dices cuando necesitas dormir.

Un demonio lo embistió por la espalda. Periandro levantó una barrera, pero el impacto le hizo caer sobre una rodilla. La luz del escudo se resquebrajó mientras otras figuras se acercaban entre el humo.

Carmélida sujetó a su hermano por detrás y acercó a su rostro un frasco de vidrio rojo, marcado con un símbolo arcano.

—Vitri locus, mentem libera, vera lux manifesta sit!

La imagen de Minerva se resquebrajó y estalló en fragmentos de sombra. La onda liberada arrojó a los dos hermanos contra una columna.

Periandro cayó de espaldas, con sangre en la boca. Carmélida logró mantenerse en pie apoyando una mano contra la piedra, sin apartar la mirada de Amunet.

Al otro lado de la cámara, Drawets continuaba defendiéndose a ciegas, cubierto de cortes. Cristóforo hundió la espada en el cuerpo de un demonio y tuvo que apoyarse sobre la empuñadura para no perder el equilibrio.

Sobre el estrado, Kávila volvió el rostro hacia su sobrino sin retirar las manos de la corriente de energía que envolvía el Zafiro.

—Ve, sobrino. Si te apetece divertirte un rato matando héroes, no seré yo quien te lo impida. Yo me quedo aquí, haciendo lo importante. Al fin y al cabo, alguien tiene que mantener el Zafiro conectado… y nadie resulta más adecuada que la tía del futuro patriarca.

Sus dedos se cerraron sobre la gema.

—Por mis venas también corre la sangre del Clan del Cuervo, aunque algunos prefieran olvidarlo.

Arnaldo respondió con una sonrisa y retiró la daga del cuello de Minerva.

Se internó entre los demonios y apareció junto a Drawets antes de que el pícaro pudiera percibir su llegada. La daga se hundió en su costado y emitió un resplandor azul al atravesar la carne.

—Demasiado fácil —murmuró Arnaldo.

Drawets permaneció en pie.

La sangre brotó entre los dedos con los que Drawets se cubría el costado. Sin embargo, los bordes de la herida comenzaron a cerrarse alrededor del corte, despacio y con una punzada que le atravesó las entrañas.

La daga de Arnaldo había tratado de arrancarle el alma, pero el pícaro carecía de una desde hacía tanto tiempo que apenas recordaba cuándo se la había entregado al Titán. 

—¿Tu daga absorbe almas, eh? Qué faena… —gruñó el pícaro al alzarse, mientras volvía a erguirse, con una mano sobre el costado—. Yo ya no tengo una. Solo me queda este cuerpo… tallado para el deseo a gusto del Titán. Y ni eso vas a poder quedarte. Una lástima, porque tú tampoco estás mal. Hoy no es tu día, zíngaro.

Arnaldo retrocedió un paso y observó cómo la piel terminaba de recomponerse bajo la ropa ensangrentada. La sonrisa desapareció de sus labios mientras calculaba lo que aquel descubrimiento cambiaba.

La daga zíngara trazó un arco hacia el cuello del inmortal. Drawets se apartó a pesar del dolor y levantó el puñal para interceptarla.

La calavera de la empuñadura quedó a un palmo del rostro de Arnaldo. Una chispa mágica saltó entre ambas hojas mientras forcejeaban.

—¿Quién te enseñó a pelear? ¿Tu madre? —se burló Drawets, y le asestó un cabezazo.

Arnaldo perdió el equilibrio. Drawets aprovechó la apertura y le abrió la mejilla con la punta del puñal. El zíngaro se limpió la sangre con un pliegue del turbante y contempló la mancha roja antes de volver a mirarlo.

—No solo mi madre —respondió—. Tengo un linaje entero corriendo por mis venas.

Arnaldo se internó en una sombra y reapareció a la espalda del pícaro con la daga levantada.

Drawets todavía no había recuperado los sentidos, pero la Calavera vibró entre sus dedos. Giró y detuvo la hoja antes de que alcanzara su cuello. El choque de las armas resonó en la cámara.

Arnaldo volvió a atacar. Drawets recibió la embestida y ambos desaparecieron entre las criaturas que combatían alrededor del Zafiro.

En lo alto del estrado, Kávila abrió los ojos. Había seguido cada movimiento del combate mientras mantenía una mano sobre el Zafiro Vincular.

La piedra continuaba latiendo bajo su palma, conectada al Inframundo y entregada ya a la llamada de Amunet. Kávila no necesitaba seguir alimentándola.

Una sonrisa apareció en sus labios. Por fin podía abandonar el estrado y participar en el combate.

La oscuridad que había recibido en el molino, cuando aceptó el pacto de la emperatriz para proteger a su hija, despertó dentro de ella. Su poder se extendió desde el pecho hasta los brazos y cubrió de negro las venas de sus manos.

Kávila retiró la mano del Zafiro y levantó la mirada.

—Ya era hora. Me toca jugar a mí.

Alzó una mano y trazó en el aire un movimiento circular que conocía desde la infancia. Sus dedos completaron el gesto zíngaro mientras la oscuridad comenzaba a reunirse alrededor del estrado.

—Ahora veréis lo que significa llevar en las venas la sangre del Clan del Cuervo.

—Dromáli i’zar thému norak… aul vashem varkant!