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ES DIFÍCIL ELEGIR MIENTRAS LOS DIOSES DUERMEN
Desde que el Orbe de la Confusión fue activado, la realidad misma había comenzado a fragmentarse. El cielo había dejado de seguir la sucesión del día y la noche. Las estaciones se fundían, los relojes se detenían y los vientos traían consigo un susurro frío que erizaba la piel de los vivos y hacía estremecer a los muertos.
Muy lejos del Palacio de Ámbar, se alzaba un bastión nacido del abismo mismo: Cuna de Oscuridad. La fortaleza era joven, aunque las tinieblas que la sostenía pertenecían a otra edad. Surgida tras un ritual ancestral, en el que fue invocada la oscuridad pura mediante la Esencia de la Divinidad y la voluntad de un umbrío conciliábulo, la Cuna se alzó con el ímpetu de una exhalación salida de las entrañas del mundo. Hubo un tiempo en que incluso Dorna se sentó en su trono de sombra, corrompida por la pérdida de su hijo y deshecha por el vacío que la maternidad rota había dejado en su alma. Fue el dolor lo que la empujó a abrazar la tiniebla; eligió el culto porque la desesperación tomó el lugar de la fe y el luto aprendió a pronunciar conjuros. Pero eso había quedado atrás. Aquella fortaleza ahora era morada de los más oscuros seres, una sima de castigo y dolor al servicio del mal.
Allí, entre pasillos de piedra llorosa y celdas de hierro ensangrentado, avanzaban dos figuras vestidas con los hábitos marrones de la Santa Hermandad. Una, erguida y inquebrantable, caminaba con paso marcial y con la mirada fija en la eternidad. La otra, más joven, temblaba al escuchar los lamentos que emergían de las paredes, porque las almas mismas gritaban por una redención imposible.
—Mantén la vista al frente, Efélide —gruñó el Primer Hermano sin girarse—. Cada grito que escuchas es una plegaria. Cada mutación, un castigo. Y cada uno de estos pecadores… una advertencia para el resto.
Atravesaban galerías repletas de celdas donde prisioneros sin rostro golpeaban los barrotes con garras afiladas. Había niños encorvados por alas huesudas, a punto de romperse en mil aullidos. Había monstruos de carne y magia, hechiceros deformes que habían olvidado sus nombres y conservaban el sabor del poder.
En medio de aquel descenso entre el horror, el Primer Hermano —Clemente de Duff Colby— parecía ajeno a todo. El resplandor intermitente de las antorchas de llama negra recortaba su silueta contra los muros. Un hedor a incienso quemado y sangre seca impregnaba cada recoveco del aire.
Su paso era firme, su perfil erguido, como si llevara consigo el peso de un templo entero. Atrás quedaban los días en que compartía mesa con nobles, las cacerías en las tierras del vizcondado, los banquetes que su madre organizaba con arrogancia. Él había renunciado a todo: al apellido, al linaje, al oro… Lo había entregado por fe. Inocencio le mostró que la nobleza terrenal era un espejismo y que solo la verdad del Titán Oscuro ofrecía sentido al sufrimiento del mundo. Desde entonces, su voz no era suya, sino eco de la voluntad divina.
Pasaron ante un espejo ennegrecido incrustado en una hornacina. Por un instante, Efélide creyó ver su propio reflejo responderle con una sonrisa torcida. Cerró los ojos, respiró y siguió andando.
Más allá, varios impromagos oscuros avanzaban entre los claros y las sombras, con paso tranquilo, casi disciplinado. Las túnicas les caían pesadas y estaban más negras que antes, aunque no por descuido: aquella negrura parecía recién ganada, pegada a la tela por el mismo poder que les recorría la piel.
En otros tiempos habían sido alumnos de la Casta Tenebris. Entonces eran chavales con hambre de aprender, de tocar lo prohibido solo para ver qué pasaba. Ahora caminaban distintos: hechiceros hechos a base de miedo y de órdenes, tan acostumbrados a obedecer que ya ni se les notaba la duda. Habían afinado su magia hasta dejarla lista para matar.
Y cuando hablaban, apenas levantaban la voz. Las palabras les salían lentas y medidas, y el silencio, a su alrededor, parecía obedecerlas, abriéndose con docilidad para dejarles paso. Se decían cosas entre dientes, encadenando trozos de conjuros prohibidos como quien repasa una lección. No necesitaban alardear porque su poder se notaba en la calma tensa que imponían, en el filo de sus miradas y en esa devoción cerrada que convertía todo lo demás en algo sin valor frente al Titán Oscuro.
—¿Son impromagos… de Skuchaín? —preguntó Efélide, y el escalofrío le subió hasta la nuca.
—Lo fueron —respondió el Primer Hermano—. En otro tiempo. Donde otros buscaron gloria, ellos encontraron una verdad que no pide permiso. Su lealtad es absoluta. Y su fe resulta más férrea que cualquier espada.
Desde que el orbe fue activado, no habían vuelto a ver a la Segunda Hermana. Nadie hablaba de ello. Nadie se atrevía a preguntar. Hasta que Efélide rompió el silencio, con la voz apenas audible:
—¿Y la Segunda Hermana? ¿Creéis que Carmélida sigue viva?
Clemente no la miró. Su paso no se detuvo. Pero su voz retumbó, lenta y pesada:
—Los caminos del Titán Oscuro exigen firmeza y no están hechos para los temerosos. Si ha caído, fue por su debilidad. Si vive, será porque su fe era firme. En ambos casos, el Titán la habrá juzgado. Y eso basta.
Finalmente, llegaron ante una puerta sin bisagras, hecha de madera negra y raíces vivas que palpitaban al ritmo de una respiración profunda. Allí esperaron.
—Recuerda —sentenció el Primer Hermano, con la voz teñida de sermón—: no estamos aquí para negociar, estamos aquí para obedecer. Ella te ha llamado, y por eso hemos acudido. Quien sirve al Titán no pregunta, obedece. Quien duda, se quiebra. Y tú… no te quebrarás.
Efélide tragó saliva y asintió. En su pecho, la fe ardía. Pero en sus ojos aún quedaba un atisbo de humanidad.
La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al grito de un niño recién nacido.
El sonido rasgó el silencio como un alarido primigenio y el aire que lo siguió olía a ceniza, brea y flores marchitas. Del umbral surgió una silueta erguida. Avanzaba con determinación, con las caderas firmes y los tacones resonando en el mármol como una sentencia. El cabello, rojo como el fuego, caía en espirales salvajes sobre sus hombros. Sus ojos, pintados con precisión implacable, iban directos al blanco; exigían. Sus labios, dibujados como un corazón rojo carmesí, recordaban más a un sello de condena que a una promesa de amor.
Llevaba un cetro rematado en cristal oscuro y una capa granate que se arrastraba como una sombra espesa. Cada paso hacía parpadear las antorchas, más por su presencia que por su magia.
—Llegáis tarde —dijo Aurobinda.
La voz era humana, pero cargada de algo más antiguo que la sangre: desprecio cultivado, inteligencia siniestra y el arte de dominar sin necesidad de alzar el tono.
Efélide se encogió, incapaz de sostener la mirada. Clemente se mantuvo firme.
—Nos detuvimos para rezar ante los condenados, señora de los cuervos —dijo con solemnidad.
El interior era una cámara circular sin ventanas, cuyas paredes estaban cubiertas por símbolos arcanos, marcas de sangre reseca y restos de velas consumidas hace semanas. Un brasero ennegrecido en el centro ardía sin llama visible, exhalando un humo espeso que sabía a hierro y a juramento.
Aurobinda avanzó hasta el centro de la sala y se volvió con lentitud. Su cabello rojo brillaba con furia bajo la cúpula agrietada. Dejó el silencio a su espalda y mantuvo el espacio vacío de cortesías, sin un saludo y sin un gesto que invitara a sentarse.
—No os he hecho llamar para escuchar sermones —dijo, clavando los ojos en Clemente—. Y menos aún para aguantar titubeos.
Efélide, que le seguía dos pasos por detrás, se estremeció. Clemente, firme, respondió:
—No venimos a consolar ni a ser consolados. Venimos a servir.
Aurobinda lo ignoró.
—¿Es cierto lo que se dice de ella? —preguntó sin matices.
Clemente tardó un instante en responder. Aurobinda giró su mirada hacia Efélide, que sostenía el temblor de su cuerpo como quien contiene una inundación.
—Dicen que brillaste en mitad del combate. Que tu cuerpo expulsó una luz que las hadas no pudieron resistir. ¿Qué fue eso, niña? ¿Un milagro? ¿Una traición?
—Fue miedo —susurró Efélide—. Miedo de morir, y sobre todo, miedo de fallar al Titán.
—El miedo no alumbra —replicó Aurobinda, y acortó la distancia hasta dejar su aliento a un paso de la piel de Efélide—. El miedo carcome. El miedo ensucia por dentro, pero no derrama luz. Lo que llevas dentro se llama de otra manera.
Aurobinda se apartó con una calma estudiada y volvió los ojos hacia el Primer Hermano.
—Os creo. Aun así, necesito certeza. Si esa luz vuelve a nacer, debe hacerlo delante de mí.
Clemente asintió.
—Decid cómo y cuándo.
—Ahora —respondió Aurobinda—. Y entonces veremos si vuestra hermana se enciende por fe… o si arde por miedo.
La cámara guardó el aliento. El brasero exhalaba su humo espeso y el aire sabía a hierro viejo. Aurobinda alzó la mano y chasqueó los dedos tres veces. El sonido seco quedó clavado en la piedra, con la autoridad de un veredicto.
Desde la penumbra se abrieron tres compuertas laterales, invisibles hasta entonces. De cada abertura surgió una niña con capucha negra. Caminaban despacio, obedientes al empuje de figuras envueltas en sombra, formas sin sexo y sin rostro, más cercanas a una ausencia que a un cuerpo. Las condujeron hasta el centro, las alinearon frente a Efélide y se disolvieron de nuevo en los laterales, sin dejar más ruido que el roce de la tela.
—Tres niñas —anunció Aurobinda, con voz baja y fría—. Cuervos, o casi. Aún están a medio paso del cruce, pero la transformación ya está en marcha. Sus mentes tiemblan. Sus cuerpos ceden. Lo que queda de ellas se irá deshaciendo en los próximos minutos. A Efélide le costaba respirar. Sus ojos recorrieron aquellas siluetas, todavía humanas a la fuerza.
La de la izquierda sollozaba con un hilo de voz. Sus hombros temblaban y sus pies, manchados de sangre seca, apenas la sostenían.
Otra, en el centro, permanecía rígida, como si ya hubiera sido vaciada. No lloraba. Solo existía.
La tercera, a la derecha, murmuraba para sí palabras rotas, como si intentara mantener a raya el delirio. Tenía una herida en la frente y, cuando alzó los ojos, dejó ver dos pupilas desiguales. En esa mirada ardía algo más que locura: rabia y voluntad, vivas todavía.
Aurobinda caminó entre ellas con una elegancia afilada, la de quien ha repetido el gesto tantas veces que ya lo convierte en rito.
—No puedes salvarlas a todas —dijo la bruja, con una paciencia sombría, casi de maestra—. Solo una. Decide deprisa. Si no actúas, tú también serás convertida en cuervo, con ellas. Si eliges, podrás salvar a una… y te salvarás tú. Las otras dos, en cambio, se quedarán aquí, y la transformación seguirá su curso entre dolores terribles, hasta que sus cuerpos se llenen de plumas oscuras y acaben como cuervos de mi colección.
Aurobinda se volvió hacia Efélide y le tendió una daga. El metal no devolvía la luz; tenía un brillo muerto, opaco y denso, con signos grabados que herían la vista con solo mirarlos.
—Esta hoja no corta carne —explicó, con voz áspera—. Corta el destino, pero solo puede usarse una vez. Las niñas están atadas por cuerdas invisibles, encantamientos de conversión. Con esta daga puedes liberar a una. A una, nada más.
Efélide no se movía. La daga pesaba más que el aire. Cuando por fin la sostuvo, notó el calor en el mango, como si miles de manos antes que la suya hubieran impregnado allí su decisión.
Cerró los ojos un instante. En su pecho la fe ardía y aún su cuerpo temblaba. Rezó en silencio. Buscó un signo, una palabra, una sombra de certeza. Clamó al Titán Oscuro, como tantas veces había hecho, pidiendo guía.
Pero la respuesta divina no llegó. Ni una imagen. Ni un susurro. Solo el peso de la daga en su mano.
Comprendió, entonces, que habría decisiones que tendría que tomar sola.
—Primer hermano, no quiero hacerlo—susurró.
—No tienes opción —dijo Clemente. Su voz era firme, pero sus ojos… sus ojos se quebraban. Por primera vez, no parecía un centinela de piedra. Parecía un hermano. Uno que temía perderla.
—Elige rápido —dijo Aurobinda—. O todas se transformarán. Incluida tú.
Efélide dio un paso. Las niñas respiraban de forma desigual. Los lazos encantados comenzaban a tensarse. Una tras otra, sus cuerpos se estremecían. Aquello no nacía del frío. Aquello era el avance de la oscuridad.
Se detuvo primero ante la que lloraba. Le apartó la capucha. Era pequeña, de rostro redondo y piel amoratada. Las lágrimas le bajaban por las mejillas como cuchillas invisibles. La miraba con súplica. No decía una palabra, pero sus labios temblaban de puro miedo.
Efélide se llevó una mano al pecho. Sintió que se rompía por dentro.
Luego se volvió hacia la segunda. Alzó su capucha. Aquella niña tenía los ojos perdidos, apagados. Ya no sentía nada. La oscuridad se había instalado en ella como un huésped definitivo. Respiraba. El cuerpo seguía allí de pie, pero la niña ya no estaba viva.
Finalmente, la tercera: la que murmuraba. Tenía el rostro cubierto de arañazos y los dientes apretados, y cuando Efélide la tocó, el murmullo se quebró. Abrió los ojos. Desiguales. Intactos. Llenos de algo que no era pureza, pero sí era resistencia.
Y Efélide lo supo.
No porque le pidiera ayuda. Sino porque no lo hacía. Lo supo por la forma en que aquella niña se negaba a pedir. La miraba con rabia y vergüenza, como si odiara deberle la vida a nadie. Y, aun así, seguía allí, sostenida por un hilo de voluntad.
La eligió.
La daga ardió. El mango le quemó la mano y le dejó una marca con forma de raíz. El metal se deshizo en humo al cortar los lazos mágicos. La niña cayó a sus pies. Jadeaba, como si hubiera salido de un naufragio.
Las otras dos empezaron a cambiar.
La que lloraba se partió en un alarido. Gritó con el cuerpo entero, como si le arrancaran los huesos desde dentro y la carne intentara huir de sí misma. Su rostro se alargó en espasmos y sus ojos se volvieron completamente negros. Un líquido oscuro le brotó por las uñas, y las uñas crecieron hasta volverse cuchillas.
La del centro guardó el silencio. Cayó de rodillas, y su cuerpo comenzó a deformarse con una paciencia cruel, lenta y deliberada. Las venas se le marcaron bajo la piel, negras y profundas. De la espalda le brotaron plumas, primero dispersas, luego compactas. Su mirada apagada volvió a abrirse. Ya no miraba como una niña. Ya no era humana.
Efélide apretó los dientes. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no retrocedió. Abrazó a la niña salvada. La sintió temblar. La sintió respirar.
Pero no bajó la mirada. No esta vez.
La Segunda Hermana le había enseñado a mirar el dolor de frente, a mantener los ojos sobre aquello que quería arrancarle la fe. «Mírales atentamente. Si cierras los ojos, no aprenderás. Si huyes, no volverás a levantarte”. Lo recordaba con nitidez, como si la voz de Carmélida aún le susurrara al oído desde el otro lado del mundo.
Y así lo hizo.
Miró a las otras dos niñas y vio la conversión. La oscuridad se abrió paso por sus cuerpos con una paciencia cruel: les cerró la boca, les hundió los labios y, donde antes había un grito, hizo brotar un pico deformado. Los dedos se les alargaron hasta volverse garras, y la piel se tensó alrededor de huesos que cambiaban de forma. Una de ellas alcanzó a maldecirla con la mirada, con un odio nítido, antes de perderse del todo en aquel negro definitivo.
Efélide sintió que una parte de ella moría con cada gemido y que otra parte… se endurecía. No era crueldad. Era supervivencia.
Entonces se giró hacia Clemente. El Primer Hermano la miraba, más humano que nunca. No dijo nada. Solo aguardaba.
Efélide tragó saliva, sostuvo a la niña con un brazo.
Entonces Clemente habló, decidido:
—Si le parece, mi señora de los cuervos, ambas podrían peinar la zona.
Aurobinda no se inmutó, pero la sala se tensó.
—Es innegable —continuó Efélide, con una voz que no sabía que tenía— que hay una conexión especial entre nosotras. No sé de dónde viene. Pero está. Y parece… parece que ha sido bendecida por el mismísimo Titán Oscuro.
Hubo un murmullo ahogado en el aire. Quizá era el brasero. Quizá era la sala misma, aprobando.
—Son pequeñas, fuertes y silenciosas —añadió Clemente, dando un paso al frente con el tono sereno de quien ofrece una estrategia, no una súplica—. Pueden acercarse a lugares donde nosotros solo provocaríamos alarma. Hemos percibido movimientos sospechosos en las tierras del condado de Azarcón. Podrían descubrir lo que los rebeldes están intentando. Pasarían inadvertidas.
Calló.
No añadió lo más importante: aquella propuesta era la única manera de sacar a Efélide y a la niña de allí con vida. Y ambos hermanos lo sabían.
Aurobinda alzó el rostro, los ojos brillando como carbones húmedos. Los observó a ambos como quien evalúa piezas en un tablero que conoce demasiado bien. Luego habló con una voz que no necesitaba elevarse:
—Es buena idea, Primer Hermano… pero si sale mal, serás castigado.
La amenaza quedó completa sin alzar el tono, y el peso de esas palabras se suspendió sobre sus cabezas, afilado.
Entonces Aurobinda se volvió y desapareció sin hacer un solo gesto, como si la oscuridad hubiera decidido tragársela por completo.
Durante unos segundos, nadie se movió. Ni siquiera las llamas que crepitaban en las antorchas.
Clemente inspiró profundamente. Luego colocó una mano sobre el hombro de Efélide, sin presión, sin orden.
—Vamos.
Salieron por el mismo pasillo por donde habían venido. La piedra seguía rezumando humedad y los ecos de los gritos aún flotaban entre los arcos, pegados al aire, tercos, como si la Cuna se negara a cerrar la herida.
Y entonces lo oyeron.
Primero llegó un aleteo seco. Después, el murmullo de alas cortando la oscuridad. Por encima de ellos, desde la cámara que acababan de dejar atrás, dos sombras aladas cruzaron el techo con una violencia contenida. Volaban bajo, afiladas, en silencio. Sus cuerpos alargados conservaban el recuerdo de una forma humana, y en sus ojos ya mandaba otra cosa. Las niñas que no fueron elegidas habían dejado atrás la infancia.
Eran cuervos.
Pasaron sobre sus cabezas como un augurio. El aire se abrió a su paso y el pasillo se quedó más frío. Se deslizaron hacia una grieta de sombra y desaparecieron con la naturalidad de algo que ha nacido para habitarla.
Efélide guardó las palabras. Apretó con más fuerza la mano de la niña que había salvado cuando sintió el roce del aire tajado por aquellas alas. Solo entonces la miró de nuevo. Caminaba a su lado, descalza pero erguida. El silencio seguía en su boca, y el temblor ya no la gobernaba.
Todavía no sabía que se llamaba Gorrión. Efélide tampoco sabía que aquella niña, con la que compartía el paso y el aliento, había nacido la misma noche que ella, en la misma isla, del mismo vientre. Habían llegado al mundo entre cuerdas de barco y cantos de ron, mientras la luna mordía las olas y los piratas brindaban por vidas que no sabrían criar.
Ninguna de las dos lo sabía, pero el viento que las rozaba parecía recordarlo. El eco de sus pasos repetía un ritmo que ya había sonado una vez, muchos años atrás, entre la pólvora y la sal. El Titán no había inventado ese vínculo. Solo lo había reclamado, igual que otros antes habían intentado quebrarlo.
Porque ni siquiera aquellos eran sus nombres verdaderos, sino los que les dejaron quienes creyeron que separarlas bastaría para protegerlas.
Y, aun así, allí estaban.
Unidas por aquello de lo que debían haber huido.
Dos hermanas nacidas en la niebla, fragmentos de una misma historia quebrada, separadas por un plan que no habían elegido, ideado para alejarlas de la oscuridad. El destino, sin embargo, las arrastró hacia el extremo opuesto. Ahora caminaban juntas, sirviendo a aquello que debían evitar, sin comprender todavía por qué sus respiraciones dolían al mismo compás.
Avanzaron hasta el final del pasillo, donde la piedra, por fin, empezaba a ceder a la bruma exterior. Allí la luz tenía una cualidad extraña: un resplandor lechoso y pesado, anuncio del umbral entre lo profundo y lo que aún quedaba por recorrer.
Y lo cruzaron, sin saber que su destino ya estaba sellado con la sangre de otros.
Mientras tanto, a cientos de leguas de allí, en lo más alto de la Torre de Skuchaín, otra mujer también resistía. Sus alaridos, arrancados con hierro y hechizos, actuaban como castigo y como presagio a la vez. Cada grito que Minerva era incapaz de contener viajaba como un eco invisible, marcando un camino que, tarde o temprano, terminaría por alcanzarlas.
Porque hay hilos que no se cortan.
Solo se tensan.
Hasta romperse.



