251 – ES DIFÍCIL ELEGIR MIENTRAS LOS DIOSES DUERMEN

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ES DIFÍCIL ELEGIR MIENTRAS LOS DIOSES DUERMEN

Desde que el Orbe de la Confusión fue activado, la realidad misma había comenzado a fragmentarse. El cielo había dejado de seguir la sucesión del día y la noche. Las estaciones se fundían, los relojes se detenían y los vientos traían consigo un susurro frío que erizaba la piel de los vivos y hacía estremecer a los muertos.

Muy lejos del Palacio de Ámbar, se alzaba un bastión nacido del abismo mismo: Cuna de Oscuridad. La fortaleza era joven, aunque las tinieblas que la sostenía pertenecían a otra edad. Surgida tras un ritual ancestral, en el que fue invocada la oscuridad pura mediante la Esencia de la Divinidad y la voluntad de un umbrío conciliábulo, la Cuna se alzó con el ímpetu de una exhalación salida de las entrañas del mundo. Hubo un tiempo en que incluso Dorna se sentó en su trono de sombra, corrompida por la pérdida de su hijo y deshecha por el vacío que la maternidad rota había dejado en su alma. Fue el dolor lo que la empujó a abrazar la tiniebla; eligió el culto porque la desesperación tomó el lugar de la fe y el luto aprendió a pronunciar conjuros. Pero eso había quedado atrás. Aquella fortaleza ahora era morada de los más oscuros seres, una sima de castigo y dolor al servicio del mal.

Allí, entre pasillos de piedra llorosa y celdas de hierro ensangrentado, avanzaban dos figuras vestidas con los hábitos marrones de la Santa Hermandad. Una, erguida y inquebrantable, caminaba con paso marcial y con la mirada fija en la eternidad. La otra, más joven, temblaba al escuchar los lamentos que emergían de las paredes, porque las almas mismas gritaban por una redención imposible.

—Mantén la vista al frente, Efélide —gruñó el Primer Hermano sin girarse—. Cada grito que escuchas es una plegaria. Cada mutación, un castigo. Y cada uno de estos pecadores… una advertencia para el resto.

Atravesaban galerías repletas de celdas donde prisioneros sin rostro golpeaban los barrotes con garras afiladas. Había niños encorvados por alas huesudas, a punto de romperse en mil aullidos. Había monstruos de carne y magia, hechiceros deformes que habían olvidado sus nombres y conservaban el sabor del poder.

En medio de aquel descenso entre el horror, el Primer Hermano —Clemente de Duff Colby— parecía ajeno a todo. El resplandor intermitente de las antorchas de llama negra recortaba su silueta contra los muros. Un hedor a incienso quemado y sangre seca impregnaba cada recoveco del aire.

Su paso era firme, su perfil erguido, como si llevara consigo el peso de un templo entero. Atrás quedaban los días en que compartía mesa con nobles, las cacerías en las tierras del vizcondado, los banquetes que su madre organizaba con arrogancia. Él había renunciado a todo: al apellido, al linaje, al oro… Lo había entregado por fe. Inocencio le mostró que la nobleza terrenal era un espejismo y que solo la verdad del Titán Oscuro ofrecía sentido al sufrimiento del mundo. Desde entonces, su voz no era suya, sino eco de la voluntad divina.

Pasaron ante un espejo ennegrecido incrustado en una hornacina. Por un instante, Efélide creyó ver su propio reflejo responderle con una sonrisa torcida. Cerró los ojos, respiró y siguió andando.

Más allá, varios impromagos oscuros avanzaban entre los claros y las sombras, con paso tranquilo, casi disciplinado. Las túnicas les caían pesadas y estaban más negras que antes, aunque no por descuido: aquella negrura parecía recién ganada, pegada a la tela por el mismo poder que les recorría la piel.

En otros tiempos habían sido alumnos de la Casta Tenebris. Entonces eran chavales con hambre de aprender, de tocar lo prohibido solo para ver qué pasaba. Ahora caminaban distintos: hechiceros hechos a base de miedo y de órdenes, tan acostumbrados a obedecer que ya ni se les notaba la duda. Habían afinado su magia hasta dejarla lista para matar.

Y cuando hablaban, apenas levantaban la voz. Las palabras les salían lentas y medidas, y el silencio, a su alrededor, parecía obedecerlas, abriéndose con docilidad para dejarles paso. Se decían cosas entre dientes, encadenando trozos de conjuros prohibidos como quien repasa una lección. No necesitaban alardear porque su poder se notaba en la calma tensa que imponían, en el filo de sus miradas y en esa devoción cerrada que convertía todo lo demás en algo sin valor frente al Titán Oscuro.

—¿Son impromagos… de Skuchaín? —preguntó Efélide, y el escalofrío le subió hasta la nuca.

—Lo fueron —respondió el Primer Hermano—. En otro tiempo. Donde otros buscaron gloria, ellos encontraron una verdad que no pide permiso. Su lealtad es absoluta. Y su fe resulta más férrea que cualquier espada.

Desde que el orbe fue activado, no habían vuelto a ver a la Segunda Hermana. Nadie hablaba de ello. Nadie se atrevía a preguntar. Hasta que Efélide rompió el silencio, con la voz apenas audible:

—¿Y la Segunda Hermana? ¿Creéis que Carmélida sigue viva?

Clemente no la miró. Su paso no se detuvo. Pero su voz retumbó, lenta y pesada:

—Los caminos del Titán Oscuro exigen firmeza y no están hechos para los temerosos. Si ha caído, fue por su debilidad. Si vive, será porque su fe era firme. En ambos casos, el Titán la habrá juzgado. Y eso basta.

Finalmente, llegaron ante una puerta sin bisagras, hecha de madera negra y raíces vivas que palpitaban al ritmo de una respiración profunda. Allí esperaron.

—Recuerda —sentenció el Primer Hermano, con la voz teñida de sermón—: no estamos aquí para negociar, estamos aquí para obedecer. Ella te ha llamado, y por eso hemos acudido. Quien sirve al Titán no pregunta, obedece. Quien duda, se quiebra. Y tú… no te quebrarás.

Efélide tragó saliva y asintió. En su pecho, la fe ardía. Pero en sus ojos aún quedaba un atisbo de humanidad.

La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al grito de un niño recién nacido.

El sonido rasgó el silencio como un alarido primigenio y el aire que lo siguió olía a ceniza, brea y flores marchitas. Del umbral surgió una silueta erguida. Avanzaba con determinación, con las caderas firmes y los tacones resonando en el mármol como una sentencia. El cabello, rojo como el fuego, caía en espirales salvajes sobre sus hombros. Sus ojos, pintados con precisión implacable, iban directos al blanco; exigían. Sus labios, dibujados como un corazón rojo carmesí, recordaban más a un sello de condena que a una promesa de amor.

Llevaba un cetro rematado en cristal oscuro y una capa granate que se arrastraba como una sombra espesa. Cada paso hacía parpadear las antorchas, más por su presencia que por su magia.

—Llegáis tarde —dijo Aurobinda.

La voz era humana, pero cargada de algo más antiguo que la sangre: desprecio cultivado, inteligencia siniestra y el arte de dominar sin necesidad de alzar el tono.

Efélide se encogió, incapaz de sostener la mirada. Clemente se mantuvo firme.

—Nos detuvimos para rezar ante los condenados, señora de los cuervos —dijo con solemnidad.

El interior era una cámara circular sin ventanas, cuyas paredes estaban cubiertas por símbolos arcanos, marcas de sangre reseca y restos de velas consumidas hace semanas. Un brasero ennegrecido en el centro ardía sin llama visible, exhalando un humo espeso que sabía a hierro y a juramento.

Aurobinda avanzó hasta el centro de la sala y se volvió con lentitud. Su cabello rojo brillaba con furia bajo la cúpula agrietada. Dejó el silencio a su espalda y mantuvo el espacio vacío de cortesías, sin un saludo y sin un gesto que invitara a sentarse.

—No os he hecho llamar para escuchar sermones —dijo, clavando los ojos en Clemente—. Y menos aún para aguantar titubeos.

Efélide, que le seguía dos pasos por detrás, se estremeció. Clemente, firme, respondió:

—No venimos a consolar ni a ser consolados. Venimos a servir.

Aurobinda lo ignoró.

—¿Es cierto lo que se dice de ella? —preguntó sin matices. 

Clemente tardó un instante en responder. Aurobinda giró su mirada hacia Efélide, que sostenía el temblor de su cuerpo como quien contiene una inundación.

—Dicen que brillaste en mitad del combate. Que tu cuerpo expulsó una luz que las hadas no pudieron resistir. ¿Qué fue eso, niña? ¿Un milagro? ¿Una traición?

—Fue miedo —susurró Efélide—. Miedo de morir, y sobre todo, miedo de fallar al Titán.

—El miedo no alumbra —replicó Aurobinda, y acortó la distancia hasta dejar su aliento a un paso de la piel de Efélide—. El miedo carcome. El miedo ensucia por dentro, pero no derrama luz. Lo que llevas dentro se llama de otra manera.

Aurobinda se apartó con una calma estudiada y volvió los ojos hacia el Primer Hermano.

—Os creo. Aun así, necesito certeza. Si esa luz vuelve a nacer, debe hacerlo delante de mí.

Clemente asintió.

—Decid cómo y cuándo.

—Ahora —respondió Aurobinda—. Y entonces veremos si vuestra hermana se enciende por fe… o si arde por miedo.

La cámara guardó el aliento. El brasero exhalaba su humo espeso y el aire sabía a hierro viejo. Aurobinda alzó la mano y chasqueó los dedos tres veces. El sonido seco quedó clavado en la piedra, con la autoridad de un veredicto.

Desde la penumbra se abrieron tres compuertas laterales, invisibles hasta entonces. De cada abertura surgió una niña con capucha negra. Caminaban despacio, obedientes al empuje de figuras envueltas en sombra, formas sin sexo y sin rostro, más cercanas a una ausencia que a un cuerpo. Las condujeron hasta el centro, las alinearon frente a Efélide y se disolvieron de nuevo en los laterales, sin dejar más ruido que el roce de la tela.

—Tres niñas —anunció Aurobinda, con voz baja y fría—. Cuervos, o casi. Aún están a medio paso del cruce, pero la transformación ya está en marcha. Sus mentes tiemblan. Sus cuerpos ceden. Lo que queda de ellas se irá deshaciendo en los próximos minutos. A Efélide le costaba respirar. Sus ojos recorrieron aquellas siluetas, todavía humanas a la fuerza.

La de la izquierda sollozaba con un hilo de voz. Sus hombros temblaban y sus pies, manchados de sangre seca, apenas la sostenían.

Otra, en el centro, permanecía rígida, como si ya hubiera sido vaciada. No lloraba. Solo existía.

La tercera, a la derecha, murmuraba para sí palabras rotas, como si intentara mantener a raya el delirio. Tenía una herida en la frente y, cuando alzó los ojos, dejó ver dos pupilas desiguales. En esa mirada ardía algo más que locura: rabia y voluntad, vivas todavía.

Aurobinda caminó entre ellas con una elegancia afilada, la de quien ha repetido el gesto tantas veces que ya lo convierte en rito.

—No puedes salvarlas a todas —dijo la bruja, con una paciencia sombría, casi de maestra—. Solo una. Decide deprisa. Si no actúas, tú también serás convertida en cuervo, con ellas. Si eliges, podrás salvar a una… y te salvarás tú. Las otras dos, en cambio, se quedarán aquí, y la transformación seguirá su curso entre dolores terribles, hasta que sus cuerpos se llenen de plumas oscuras y acaben como cuervos de mi colección.

Aurobinda se volvió hacia Efélide y le tendió una daga. El metal no devolvía la luz; tenía un brillo muerto, opaco y denso, con signos grabados que herían la vista con solo mirarlos.

—Esta hoja no corta carne —explicó, con voz áspera—. Corta el destino, pero solo puede usarse una vez. Las niñas están atadas por cuerdas invisibles, encantamientos de conversión. Con esta daga puedes liberar a una. A una, nada más.

Efélide no se movía. La daga pesaba más que el aire. Cuando por fin la sostuvo, notó el calor en el mango, como si miles de manos antes que la suya hubieran impregnado allí su decisión.

Cerró los ojos un instante. En su pecho la fe ardía y aún su cuerpo temblaba. Rezó en silencio. Buscó un signo, una palabra, una sombra de certeza. Clamó al Titán Oscuro, como tantas veces había hecho, pidiendo guía.

Pero la respuesta divina no llegó. Ni una imagen. Ni un susurro. Solo el peso de la daga en su mano.

Comprendió, entonces, que habría decisiones que tendría que tomar sola.

—Primer hermano, no quiero hacerlo—susurró.

—No tienes opción —dijo Clemente. Su voz era firme, pero sus ojos… sus ojos se quebraban. Por primera vez, no parecía un centinela de piedra. Parecía un hermano. Uno que temía perderla.

—Elige rápido —dijo Aurobinda—. O todas se transformarán. Incluida tú.

Efélide dio un paso. Las niñas respiraban de forma desigual. Los lazos encantados comenzaban a tensarse. Una tras otra, sus cuerpos se estremecían. Aquello no nacía del frío. Aquello era el avance de la oscuridad.

Se detuvo primero ante la que lloraba. Le apartó la capucha. Era pequeña, de rostro redondo y piel amoratada. Las lágrimas le bajaban por las mejillas como cuchillas invisibles. La miraba con súplica. No decía una palabra, pero sus labios temblaban de puro miedo.

Efélide se llevó una mano al pecho. Sintió que se rompía por dentro.

Luego se volvió hacia la segunda. Alzó su capucha. Aquella niña tenía los ojos perdidos, apagados. Ya no sentía nada. La oscuridad se había instalado en ella como un huésped definitivo. Respiraba. El cuerpo seguía allí de pie, pero la niña ya no estaba viva.

Finalmente, la tercera: la que murmuraba. Tenía el rostro cubierto de arañazos y los dientes apretados, y cuando Efélide la tocó, el murmullo se quebró. Abrió los ojos. Desiguales. Intactos. Llenos de algo que no era pureza, pero sí era resistencia.

Y Efélide lo supo.

No porque le pidiera ayuda. Sino porque no lo hacía. Lo supo por la forma en que aquella niña se negaba a pedir. La miraba con rabia y vergüenza, como si odiara deberle la vida a nadie. Y, aun así, seguía allí, sostenida por un hilo de voluntad.

La eligió.

La daga ardió. El mango le quemó la mano y le dejó una marca con forma de raíz. El metal se deshizo en humo al cortar los lazos mágicos. La niña cayó a sus pies. Jadeaba, como si hubiera salido de un naufragio.

Las otras dos empezaron a cambiar.

 La que lloraba se partió en un alarido. Gritó con el cuerpo entero, como si le arrancaran los huesos desde dentro y la carne intentara huir de sí misma. Su rostro se alargó en espasmos y sus ojos se volvieron completamente negros. Un líquido oscuro le brotó por las uñas, y las uñas crecieron hasta volverse cuchillas.

La del centro guardó el silencio. Cayó de rodillas, y su cuerpo comenzó a deformarse con una paciencia cruel, lenta y deliberada. Las venas se le marcaron bajo la piel, negras y profundas. De la espalda le brotaron plumas, primero dispersas, luego compactas. Su mirada apagada volvió a abrirse. Ya no miraba como una niña. Ya no era humana.

Efélide apretó los dientes. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no retrocedió. Abrazó a la niña salvada. La sintió temblar. La sintió respirar.

Pero no bajó la mirada. No esta vez.

La Segunda Hermana le había enseñado a mirar el dolor de frente, a mantener los ojos sobre aquello que quería arrancarle la fe. «Mírales atentamente. Si cierras los ojos, no aprenderás. Si huyes, no volverás a levantarte”. Lo recordaba con nitidez, como si la voz de Carmélida aún le susurrara al oído desde el otro lado del mundo.

Y así lo hizo.

Miró a las otras dos niñas y vio la conversión. La oscuridad se abrió paso por sus cuerpos con una paciencia cruel: les cerró la boca, les hundió los labios y, donde antes había un grito, hizo brotar un pico deformado. Los dedos se les alargaron hasta volverse garras, y la piel se tensó alrededor de huesos que cambiaban de forma. Una de ellas alcanzó a maldecirla con la mirada, con un odio nítido, antes de perderse del todo en aquel negro definitivo.

Efélide sintió que una parte de ella moría con cada gemido y que otra parte… se endurecía. No era crueldad. Era supervivencia.

Entonces se giró hacia Clemente. El Primer Hermano la miraba, más humano que nunca. No dijo nada. Solo aguardaba.

Efélide tragó saliva, sostuvo a la niña con un brazo.

Entonces Clemente habló, decidido:

—Si le parece, mi señora de los cuervos, ambas podrían peinar la zona.

Aurobinda no se inmutó, pero la sala se tensó.

—Es innegable —continuó Efélide, con una voz que no sabía que tenía— que hay una conexión especial entre nosotras. No sé de dónde viene. Pero está. Y parece… parece que ha sido bendecida por el mismísimo Titán Oscuro.

Hubo un murmullo ahogado en el aire. Quizá era el brasero. Quizá era la sala misma, aprobando.

—Son pequeñas, fuertes y silenciosas —añadió Clemente, dando un paso al frente con el tono sereno de quien ofrece una estrategia, no una súplica—. Pueden acercarse a lugares donde nosotros solo provocaríamos alarma. Hemos percibido movimientos sospechosos en las tierras del condado de Azarcón. Podrían descubrir lo que los rebeldes están intentando. Pasarían inadvertidas.

Calló.

No añadió lo más importante: aquella propuesta era la única manera de sacar a Efélide y a la niña de allí con vida. Y ambos hermanos lo sabían.

Aurobinda alzó el rostro, los ojos brillando como carbones húmedos. Los observó a ambos como quien evalúa piezas en un tablero que conoce demasiado bien. Luego habló con una voz que no necesitaba elevarse:

—Es buena idea, Primer Hermano… pero si sale mal, serás castigado.

La amenaza quedó completa sin alzar el tono, y el peso de esas palabras se suspendió sobre sus cabezas, afilado.

Entonces Aurobinda se volvió y desapareció sin hacer un solo gesto, como si la oscuridad hubiera decidido tragársela por completo.

Durante unos segundos, nadie se movió. Ni siquiera las llamas que crepitaban en las antorchas.

Clemente inspiró profundamente. Luego colocó una mano sobre el hombro de Efélide, sin presión, sin orden.

—Vamos.

Salieron por el mismo pasillo por donde habían venido. La piedra seguía rezumando humedad y los ecos de los gritos aún flotaban entre los arcos, pegados al aire, tercos, como si la Cuna se negara a cerrar la herida.

Y entonces lo oyeron. 

Primero llegó un aleteo seco. Después, el murmullo de alas cortando la oscuridad. Por encima de ellos, desde la cámara que acababan de dejar atrás, dos sombras aladas cruzaron el techo con una violencia contenida. Volaban bajo, afiladas, en silencio. Sus cuerpos alargados conservaban el recuerdo de una forma humana, y en sus ojos ya mandaba otra cosa. Las niñas que no fueron elegidas habían dejado atrás la infancia.

Eran cuervos.

Pasaron sobre sus cabezas como un augurio. El aire se abrió a su paso y el pasillo se quedó más frío. Se deslizaron hacia una grieta de sombra y desaparecieron con la naturalidad de algo que ha nacido para habitarla.

Efélide guardó las palabras. Apretó con más fuerza la mano de la niña que había salvado cuando sintió el roce del aire tajado por aquellas alas. Solo entonces la miró de nuevo. Caminaba a su lado, descalza pero erguida. El silencio seguía en su boca, y el temblor ya no la gobernaba.

Todavía no sabía que se llamaba Gorrión. Efélide tampoco sabía que aquella niña, con la que compartía el paso y el aliento, había nacido la misma noche que ella, en la misma isla, del mismo vientre. Habían llegado al mundo entre cuerdas de barco y cantos de ron, mientras la luna mordía las olas y los piratas brindaban por vidas que no sabrían criar.

Ninguna de las dos lo sabía, pero el viento que las rozaba parecía recordarlo. El eco de sus pasos repetía un ritmo que ya había sonado una vez, muchos años atrás, entre la pólvora y la sal. El Titán no había inventado ese vínculo. Solo lo había reclamado, igual que otros antes habían intentado quebrarlo.

Porque ni siquiera aquellos eran sus nombres verdaderos, sino los que les dejaron quienes creyeron que separarlas bastaría para protegerlas.

Y, aun así, allí estaban.

Unidas por aquello de lo que debían haber huido.

Dos hermanas nacidas en la niebla, fragmentos de una misma historia quebrada, separadas por un plan que no habían elegido, ideado para alejarlas de la oscuridad. El destino, sin embargo, las arrastró hacia el extremo opuesto. Ahora caminaban juntas, sirviendo a aquello que debían evitar, sin comprender todavía por qué sus respiraciones dolían al mismo compás.

Avanzaron hasta el final del pasillo, donde la piedra, por fin, empezaba a ceder a la bruma exterior. Allí la luz tenía una cualidad extraña: un resplandor lechoso y pesado, anuncio del umbral entre lo profundo y lo que aún quedaba por recorrer.

Y lo cruzaron, sin saber que su destino ya estaba sellado con la sangre de otros.

Mientras tanto, a cientos de leguas de allí, en lo más alto de la Torre de Skuchaín, otra mujer también resistía. Sus alaridos, arrancados con hierro y hechizos, actuaban como castigo y como presagio a la vez. Cada grito que Minerva era incapaz de contener viajaba como un eco invisible, marcando un camino que, tarde o temprano, terminaría por alcanzarlas.

Porque hay hilos que no se cortan.

Solo se tensan.

Hasta romperse.

250 – ATAQUE AL FARO PARTIDO II

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ATAQUE AL FARO PARTIDO II

El corazón del Faro, una gran sala circular con muros agrietados y conductos de prolita vibrando al límite, era ya un campo de batalla. En el centro de aquella cúpula, junto a la grieta que seguía escupiendo niebla y fuego, Abraxas permanecía erguido, rodeado de ceniza flotante. Su mera presencia deformaba el aire. A su alrededor, criaturas demoníacas reptaban por las paredes, espectros se colaban entre las grietas del techo, y el suelo comenzaba a resquebrajarse bajo cada nueva detonación de energía.

La presión dentro del Faro era ya insostenible. Las criaturas surgían de la grieta como si hubieran estado esperando siglos este instante. Fue entonces cuando el grupo, sin necesidad de palabras, se dividió para defender las zonas clave del recinto. No fue una estrategia planeada. Fue instinto. Kurian se mantuvo en la sala inferior, protegiendo el núcleo KAT con sus manos sobre los controles. Anaid y Kórux sostuvieron el perímetro inmediato, lanzando hechizos y sellos. Minerva, en el centro, contenía lo que podía desde su círculo de defensa. Y Naruik, acosada por un grupo de demonios que trepaban la pared este, desplegó sus alas mecánicas de viento y ascendió hacia el observatorio, buscando altura para proteger desde allí los flancos más vulnerables.

Desde un extremo de la sala, Anaid resistía. La capa naranja ondeaba con cada estallido. Su varita escupía fuego y luz sin descanso. Había trazado un círculo de protección sobre el suelo y lo mantenía activo a base de voluntad, no de energía. Su rostro, empapado de sudor y sangre, mostraba más determinación que miedo.

¡Ignis concisum! —gritó, y una lanza llameante atravesó a un demonio que trepaba por una columna.

Cerca del núcleo, Kurian se mantenía firme. El núcleo KAT emitía chispazos irregulares. Cada uno parecía una advertencia. Sus manos danzaban sobre los nodos mientras lanzaba descargas calibradas por los conductos laterales. Golpeó un pulsador de descarga: una explosión eléctrica recorrió el subsuelo y levantó del suelo a dos espectros. Luego dirigió un haz de luz por la espina dorsal del Faro, que impactó contra una criatura a punto de atravesar la defensa de Ukarin.

—Velocidad, precisión, presión constante —murmuraba para sí, operando con la exactitud del que sabe que un error puede destruirlo todo.

A un lado, Ukarin lanzaba artefactos explosivos con una precisión feroz. Cada dispositivo era distinto: unos explotaban en ondas sónicas, otros en vacío. Su chaleco chisporroteaba, el cabello alborotado, las gafas manchadas de sangre. Cuando uno de los demonios la rodeó, sacó un orbe de prolita y lo arrojó a los pies del enemigo. El estallido lo borró del plano.

—¿Te gusta el fuego? —le gritó a Abraxas—. Pues prueba el mío, íncubo.

Abraxas giró la cabeza. Solo un segundo. 

Y entonces lo hizo.

Levantó la mano. Sin conjuro. Sin aviso. Una implosión invisible colapsó el aire en torno a Ukarin. El espacio se cerró sobre sí mismo. Fue proyectada como un muñeco hacia una columna. Cayó mal. Tosió sangre. Se arrastró. Y aun así, sin mirar, lanzó una bomba. El impacto pulverizó al espectro que se acercaba a rematarla.

Desde lo alto del observatorio, Naruik giraba en el aire con sus dispositivos de vuelo activados. Las alas mecánicas de viento comprimido rugían con cada giro. Lanzaba ráfagas de presión contra los enemigos, proyectiles giratorios que abrían espacio entre el caos. Uno de los alerones se partió. Comenzó a perder altitud, pero aún pudo detener a un demonio con una descarga lateral.

—¡El núcleo va a saturarse! —gritó, observando las lecturas desde su visor.

Kórux, en la plataforma central, mantenía su varita elevada. Había creado un sello en espiral sobre el suelo, del que descendía una columna de luz que contenía a tres criaturas en el borde de la grieta. Una garra espectral lo alcanzó por la espalda, desgarrando su túnica. No se detuvo. Reajustó el círculo. La sangre le bajaba por el hombro, pero su mirada no se desvió.

Minerva permanecía junto a él. En medio de su pequeño círculo defensivo, con la media varita sostenida por una estructura de prolita vibrante, leía los conjuros uno a uno desde su grimorio abierto. No lanzaba ofensiva: lanzaba escudos. Cada hechizo era un murmullo preciso, cada palabra, un muro entre la vida y el fuego.

Entonces el aire se volvió más denso.

Abraxas bajó ambos brazos.

La grieta rugió.

Una columna de fuego estalló desde el suelo y barrió media sala. Kórux cayó de rodillas. Naruik fue lanzada contra el muro. El observatorio se fracturó. Los paneles se apagaron uno tras otro. El núcleo emitió una vibración aguda, irregular. Como un corazón a punto de fallar.

Kurian vio la lectura. Supo lo que significaba.

—¡Minerva! —gritó, sin dejar su puesto.

Ella no respondió. Pasó una página más del grimorio.

Y entonces ocurrió.

—Primero aplastaré al Archimago y a sus pequeños amigos —escupió Abraxas, con la voz tan honda que parecía brotar del centro mismo de la tierra—. Luego tomaré el Inframundo. Y después… el infierno será mío.

Alzó una mano envuelta en llamas y de su palma surgió una lanza de fuego negro, candente como magma sellado durante siglos.

—Y tú serás la primera en arder —añadió, mirando directamente a Minerva.

El proyectil descendió con violencia, rugiendo mientras atravesaba la grieta.

Anaid lo vio. No dudó. Corrió. Se interpuso entre su tía y la lanza ardiente. Pronunció un conjuro, pero la varita no respondió a tiempo. 

El impacto la alcanzó de lleno.

Cayó.

La túnica naranja se plegó como una bandera rota.

Kurian dio un paso.

—¡Anaid! —rugió.

—¡No puedes dejar el núcleo! —gritó Naruik desde el suelo, con una de sus alas mecánicas deshecha.

Kurian se detuvo. Cerró los puños. Respiró con violencia. Luego regresó al panel, reconfiguró el aislamiento y se quedó allí. Sosteniéndolo todo. Solo.

Y en el centro del caos, Abraxas respiró. Solo eso. Y todo volvió a romperse.

Y al alzarse por completo dentro del Faro, el suelo tembló por última vez. Porque esta vez… no volvería a sostenerse.

La grieta se abría a los pies de Abraxas como una herida aún sangrante. El demonio de la destrucción permanecía inmóvil, con los brazos extendidos y sus ojos, invisibles tras la franja carmesí que le sellaba el rostro, parecían absorber el calor de toda la estancia. A su alrededor, el aire se deformaba. El núcleo KAT latía con irregularidad. El Faro crujía desde sus entrañas. Era como si la realidad se doblegara a su mera presencia.

Kurian, Naruik y Ukarin habían resistido cuanto pudieron. Habían descargado toda su energía en mantener el equilibrio, en detener el avance de los demonios, en impedir que la sala se convirtiera en un infierno irrecuperable.

Minerva, al borde del agotamiento, sujetaba la varita mecánica ensamblada a su grimorio. No había margen para improvisaciones: cada hechizo debía leerse, cada gesto debía coincidir con la inscripción exacta. Sus labios, resecos, pronunciaban encantamientos defensivos sostenidos por la última chispa de prolita que su varita aún podía canalizar. A un lado, Anaid yacía inconsciente, envuelta en una cúpula mágica creada por Kórux, que resistía el colapso con una serenidad antinatural. El Archimago había dirigido su último hechizo directamente al pecho de Abraxas. Había logrado hacerlo retroceder, incluso tambalear. Pero no lo había derribado.

Hasta que lo hizo.

Un zumbido emergió del núcleo KAT. No era una alarma. Era una vibración profunda, con la cual todo el Faro parecía contener la respiración. Los inventores se miraron. No necesitaron palabras. Kurian asintió. Naruik confirmó desde arriba. Ukarin sonrió sin alegría. Y entonces, lo hicieron.

Activaron al unísono sus núcleos portátiles, acoplados a esferas de prolita secundarias. El fulgor azulado llenó la estancia como una marea suspendida. El aire se volvió más denso, más pesado, cargado de una memoria que no era de este mundo. La tecnología del multiverso que habían desarrollado no era solo ciencia: era herencia. Era el legado de generaciones de inventores que se habían enfrentado a realidades imposibles. Y ahora, ellos iban a abrir una grieta.

—¡Ahora! —gritó Naruik.

Ukarin lanzó su último artefacto: una esfera de metal oscura, que giró en el aire, desplegando anillos concéntricos, hasta convertirse en una espiral viva. El centro del Faro, ya destrozado, se contrajo de pronto… y algo se abrió. No era un portal. No era un vórtice. Era una herida. Una brecha multiversal.

Los demonios comenzaron a ser absorbidos. Los más pequeños chillaron antes de desaparecer. Los espectros flotantes se deshicieron sin forma. Los medianos, aún combatiendo, fueron arrancados del suelo por una fuerza más antigua que el tiempo. Los muros vibraban. Las vigas se desgajaban. El suelo se partía bajo sus pies.

Minerva se inclinó hacia Anaid, intentando alcanzarla. Pero la plataforma que las unía se resquebrajaba. Fue Kórux quien saltó y la sostuvo. Naruik batió sus alas de viento para sujetarse al marco de una cristalera. Kurian, con los nudillos en carne viva, reforzó la sujeción del núcleo. Ukarin disparó un cable anclado al techo y rodeó el cuerpo de Anaid, amarrándola a una columna lateral.

Todos se sujetaban. Todos luchaban contra la succión.

Y en medio de todo… Abraxas.

El demonio permanecía en pie. Su cuerpo tambaleaba. La franja carmesí ardía con un resplandor desquiciado. Las ondas de su poder parecían resistirse a la fuerza que lo llamaba. Pero sus rodillas cedieron. Sus brazos cayeron. Fragmentos de su piel, hecha de ceniza, comenzaron a desprenderse.

Y fue entonces cuando ocurrió lo imposible.

Una sombra cayó sobre él. Una figura emergió desde el humo, con un sombrero de copa y una presencia que no parecía obedecer las leyes de ese mundo. No llegó caminando ni volando: simplemente estaba allí. Como si se hubiese deslizado entre los huecos de la realidad, aprovechando el caos para manifestarse. Flotaba con una calma espeluznante, moviéndose con la velocidad de un susurro perdido, como si lo transportaran almas errantes.

Bajo el ala del sombrero, un solo ojo.

Un ojo imponente, envuelto en humo violeta. No brillaba: ardía. No miraba: perforaba. Como si en su interior se agitara un poder colosal, demasiado antiguo para tener nombre, demasiado personal para describirse. Era rencor. Era castigo. Era juicio.

La figura alzó la mano. Y en su palma, una piedra negra con reflejos rojizos palpitó una sola vez.

Abraxas no tuvo tiempo de resistirse.

No cayó. No fue vencido. Fue contenido. La gema lo atrapó como si hubiese sido creada para él, como si su destino hubiese estado sellado desde antes de su primera guerra. Fue una absorción absoluta, sin explosión, sin grito, sin rastro.

La figura bajó lentamente la mano. Dio media vuelta. Y desapareció.

El portal se cerró tras ella con un rugido invertido. Los últimos demonios fueron arrastrados por la brecha. El aire se alisó. El núcleo seguía vibrando. Y el Faro… se partió en dos.

La torre superior se quebró con un estallido seco y se derrumbó sobre el mar. Pero, por un milagro incomprensible, el núcleo KAT quedó intacto, suspendido entre los restos de acero, piedra y humo. Una burbuja de energía lo envolvía. Kurian se desplomó. Naruik aterrizó con las alas desactivadas. Ukarin se sentó junto al cuerpo de Anaid. Minerva, entre escombros, con la piedra rota de su varita en las manos, murmuró:

—La batalla aún no ha terminado.

Los escombros tapaban media sala. El Núcleo-KAT brillaba de forma tenue, incrustado aún en el corazón de la estructura, milagrosamente indemne. A su alrededor, las figuras empezaban a moverse otra vez. Minerva se había dejado caer contra uno de los pilares laterales, con su varita partida aún colgando de su mano. Kurian, con las manos ensangrentadas, tanteaba el panel de contención para asegurarse de que el núcleo seguía sellado. Naruik se sentó en los escombros, visiblemente agotada. Ukarin se tumbó sobre un tramo de viga como si el metal fuera cama.

Y entonces, la vieron. Anaid.

Seguía inmóvil, bajo el campo de energía que Kórux había mantenido activo hasta el último segundo. La cúpula de contención ya se había desvanecido. Su cuerpo, cubierto de polvo y hollín, apenas se distinguía entre las sombras. Amestrys fue el primero en llegar. Había descendido corriendo por la escalinata tras llegar junto a Cristóforo y Drawets, todos ellos demasiado tarde para participar en la batalla. Cayó de rodillas junto a su hermana, con el rostro desencajado.

—Anaid… —susurró.

No hubo respuesta. Le retiró el pelo de la frente con manos temblorosas, incapaz de articular palabra. Durante un instante, pareció que la piel de Anaid perdía todo color, que su aliento se detenía. Y entonces, como un suspiro débil que se niega a extinguirse, su marca arcana volvió a latir. Tenuemente. Pero latía. Fue entonces cuando ella, aún con los ojos cerrados, murmuró apenas audible:

—Ya era hora… de que te dignaras a volver, querido hermanito.

Amestrys rió, y en su risa había alivio, rabia y el amor más terco que un hermano puede sentir.

—No vuelvas a asustarme así —dijo, abrazándola con cuidado—. No otra vez, o tendré que decirle a nuestros padres que mi hermana no es la maga más poderosa de la Torre.

Amestrys contuvo el aliento. Solo se atrevió a sonreír. Solo sostuvo su mano, como si ese gesto bastara para mantenerla anclada al mundo.

—Eso… eso ha sido una señal —susurró Drawets, acercándose por detrás, visiblemente afectado—. No sé cómo llamarlo. Pero a mí no me engañáis, yo he visto la muerte. Y esto… esto era otra cosa. Esa niña sigue aquí.

Cristóforo, a su lado, observaba en silencio, la mano en el cinto, con la expresión de quien se ha pasado media vida preparando una defensa… y de pronto se encuentra ante algo que no sabe cómo proteger.

Kurian se acercó al núcleo. La energía restante apenas era suficiente para mantener los sistemas básicos.

—Hemos gastado demasiado —dijo, observando las grietas en la carcasa del KAT—. La estructura ha aguantado, pero no podemos quedarnos aquí.

Naruik, aún desde la altura, asintió.

—La brecha está cerrada. Los demonios han desaparecido. Pero volverán. Siempre vuelven.

Ukarin, exhausta, sacó un pequeño visor de su chaleco. Lo encendió y observó los datos con el ceño fruncido.

—Sin energía suficiente, no podemos abrir otro portal. Pero al menos… no nos han destruido.

Fue entonces cuando un zumbido de energía recorrió el aire. Desde uno de los cristales estabilizadores, aún en pie en el ala este del Faro, un pequeño cubo de comunicación mágica proyectó un haz de luz. La voz que surgió era la de Periandro, clara y urgente:

—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchain. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.

Minerva asintió lentamente. Parecía haber envejecido diez años en diez minutos.

—El plan no ha fallado. Pero está lleno de brechas. Y las brechas son puertas… por donde pueden entrar muchas cosas.

—No puedes marcharte sola —dijo Drawets, dando un paso al frente. Su voz no era valiente, ni heroica. Solo sincera—. Si alguien más intenta entorpecer este plan, quiero estar allí para verlo… y para impedirlo. Al fin y al cabo, esto también es culpa mía.

Cristóforo asintió con gravedad, sin apartar la vista de los restos del Faro.

—Y yo también iré contigo —añadió el pirata—. No solo para protegerte de los demonios… sino para descubrir quién fue esa sombra que se llevó a Abraxas. Ese ojo brillante no vino del Inframundo. Ni del Multiverso. Y hasta que sepamos qué es… prefiero que no estés sola.

Kurian se aproximó al grupo. Acariciaba el marco del núcleo como si fuera un paciente en convalecencia.

—Hemos salvado esta realidad. El núcleo ha resistido. Pero ha perdido mucha energía. No aguantará otro ataque.

Minerva cerró los ojos. Cuando los abrió, su mirada era cristalina.

—Entonces es hora de ir donde aún podamos reconstruir lo que queda.

Kórux, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se adelantó.

—Yo me quedaré. Con Amestrys. Y con los inventores. Tenemos trabajo aquí. Anaid debe sanar y el núcleo debe recuperarse. No podemos permitir que otra brecha se forme en este lugar. No otra vez.

—¿Podrás activar un transporte hasta Skuchaín sin que nos detecten? —preguntó Minerva.

Kórux asintió con convicción.

—Por supuesto. La Torre está anclada a planos seguros gracias al trabajo de los alquimistas. Amestrys, Caelen y los demás han hecho un esfuerzo titánico.

Amestrys, que se encontraba a su lado, intervino con serenidad:

—Desde hace un tiempo hemos creado varios canales de teleportación protegidos por magia. Están diseñados únicamente para emergencias: no permiten tránsito continuo, solo una llegada puntual y directa a la Torre. Requieren una marca arcana para activarse, igual que el acceso que hemos establecido durante la defensa. Nada entra sin nuestra autorización. Ni siquiera el caos.

Naruik levantó una ceja.

—¿Y eso incluye a nuestros enemigos de siempre?

—Y a nuestros amigos de a ratos —respondió Kórux, con una media sonrisa.

Los inventores compartieron una última mirada. Naruik rió levemente.

—¿Sabes? En algunos de nuestros universos, los hermanos nunca se separaron. Ni siquiera hubo fusión. No necesitaron salvar nada, porque nunca se dejaron perder.

Kurian le lanzó una mirada.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada —respondió Naruik—. Solo que me parecía un buen momento para decirlo.

Ukarin carraspeó.

—Y porque nosotros tres siempre nos despedimos así, con alguna frase ambigua y cara de misterio.

Minerva sonrió con los ojos.

—Hacedlo.

Y Kórux abrió el portal.

Una luz blanca los envolvió. Uno a uno, fueron atravesando el umbral, desdibujándose en la claridad. Minerva fue la última. Al cruzar, miró por última vez los restos del Faro. El lugar donde todo casi termina. Donde el futuro había comenzado.

La grieta ya no sangraba. Pero el peligro no había desaparecido.


Muy lejos de allí, en una tienda de antigüedades iluminada por velas tenues, una figura joven cruzó el umbral. Llevaba un sombrero de copa. Y en su mano enguantada, una piedra humeante, aún vibrando de poder.

Se detuvo junto a una vitrina.

—Madre —dijo con voz tranquila—. Lo he conseguido.

Apoyó la piedra con delicadeza sobre una bandeja de cristal.

—Tenemos a Abraxas.

El humo de la piedra se agitó levemente.
Y en el silencio que siguió… pareció que una sombra sonreía.

249 – ATAQUE AL FARO PARTIDO I

Personajes que aparecen en este Relato

ATAQUE AL FARO PARTIDO I

El Faro Partido tembló aquella madrugada.

No por el viento, ni por el eco de las olas rompiendo abajo, contra los acantilados. Fue un temblor más íntimo, más profundo. Una vibración que ascendió desde las entrañas del subsuelo, colándose por entre las piedras, por las vetas de hierro y prolita que aún dormían bajo las tablas torcidas del suelo. Era como si algo antiguo, largamente contenido, hubiese comenzado a respirar.

No era la primera vez que ocurría.

Porque el Faro Partido, mucho antes de ser refugio, mucho antes de ser bastión, fue un almacén de secretos. En su interior —ocultas bajo trampas mecánicas, runas borradas y placas oxidadas— descansaban desde hacía generaciones piezas de relojería sin origen, esferas codificadas y fragmentos de máquinas del tiempo que nadie sabía construir. Y que nadie se atrevía a destruir.

Se decía que algunas de esas piezas habían sido creadas por los antiguos hermanos Teslo y Katurian Flemer, los primeros grandes Inventores de Calamburia.

Teslo, el visionario, murió luchando en el Vacío contra las antiguas guardianas del Inframundo: Kashiri y Ventisca. Katurian, el superviviente, desapareció entre planos para custodiar los secretos del tiempo. De ellos se decía que no solo habían descubierto cómo canalizar la prolita, sino que habían dejado atrás un legado oculto, disperso en múltiples variantes, en espera de que alguien digno supiera activarlo.

Y ahora, en medio de la niebla y del miedo, el Faro Partido era el último lugar donde ese legado seguía palpitando.

Allí se alzaba, en el centro de la torre, el Núcleo-KAT: una esfera de prolita pura. Un corazón vivo, sellado en los cimientos del Faro y vigilado por los únicos que aún sabían escuchar su pulso.

Kurian lo notó primero. El panel de vigilancia mostró una distorsión en el flujo de energía: una oscilación suave, pero sostenida. Sus dedos se movieron sobre los cables como si estuviera tocando un instrumento roto. Las luces de su pecho chispeaban con más frecuencia. No dijo nada. Solo parpadeó tras sus gafas empañadas y volvió a comprobar los niveles del núcleo.

Desde el nivel superior, Anaid bajaba los escalones de hierro. El pelo le caía suelto, mojado por la niebla. En sus botas aún brillaban gotas de escarcha oscura. Había estado reforzando los sellos externos.

Vestía con la túnica naranja de los impromagos, recortada a su gusto, las mangas arremangadas, la varita sujeta con una tira de tela roja al cinturón. Sus ojos eran oscuros, atentos y su mandíbula, siempre tensa.

Había heredado el talento de sus padres —dos figuras de renombre en la Torre Arkhana—, pero también algo más difícil de sostener: las expectativas. Sabía hacer todo bien. Lo que no sabía era qué hacer cuando nadie esperaba que fallara.

Su relación con Amestrys, su hermano, era difícil de descifrar desde fuera. Se entendían sin hablar, pero también se evitaban sin decirlo. Cuando él se marchó del Faro, no se despidió. Y Anaid no preguntó cuándo volvería. Pero desde entonces, revisaba cada noche el mapa energético del subsuelo. Y dormía mal.

Y aunque a veces no lo supiera, la única razón por la que el Faro Partido aún resistía, era porque ella no lo había dejado caer.

—Han alcanzado los sellos en su último ataque —dijo al llegar—. Aún no los han atravesado, pero no podemos bajar la guardia.

Minerva levantó la mirada desde su grimorio. Llevaba la túnica roja cruzada sobre los hombros y la gorguera blanca deshilachada caía por un lado. Su rostro, delgado y vigilante, parecía aún más afilado bajo la luz azulada del núcleo.

—¿Y el núcleo? —preguntó sin levantar la voz.

Naruik se quitó las gafas de aviadora y las dejó sobre la mesa. Estaba cubierta de polvo y de metal viejo. Llevaba una llave colgada del cinturón y una mirada que no sabía fingir calma.

—Late más rápido. Kurian dice que está reaccionando.

Kurian asintió.

—Está emitiendo señales. Y recibiendo.

Minerva cerró el libro.

—¿Hacia dónde?

—Hacia todas partes.

Bajaron la mirada al Núcleo-KAT, alojado en la cámara subterránea. Era una esfera de prolita pura, brillante y densa, que vibraba al ritmo de una vida propia. Ese artefacto no era solo un milagro técnico. Era una anomalía consciente, un legado de los antiguos Inventores, diseñado para alimentar máquinas capaces de frenar la oscuridad. O liberarla.

Desde que lo escondieron en el Faro, habían vivido con la certeza de que Amunet lo buscaba. No por codicia, sino porque si llegaba a tocarlo, el Umbral caería. Y con él, no solo Calamburia, sino los 72 multiversos que orbitaban en su red.

—Si Amunet accede al núcleo —dijo Kurian en voz baja—, podrá proyectarse al Umbral. 

—Y convertirse en la emperatriz de todo el multiverso —añadió Naruik.

Anaid no dijo nada. Seguía en pie, con los brazos cruzados, la vista fija en el suelo. No pensaba en el Umbral. Pensaba en su hermano. En si habría llegado a Dos Jarras. En si habría conseguido lo que necesitaban.

Minerva se acercó al ventanal. Afuera, la niebla lo cubría todo. Pero ella sabía que al otro lado los demonios se estaban organizando.

—Están esperando que lo abandonemos —murmuró—. Que cometamos el error de distraernos. Pero esto no es solo un refugio. Es una trampa.

El silencio cayó sobre los cuatro. No era el silencio de los que han aceptado la derrota. Era el silencio de los que entienden que ya no pueden protegerlo todo.

—Esta noche —dijo Minerva al fin— tomaré una decisión.

No llegó a cerrarse el eco de su voz cuando el Faro se estremeció con un quejido profundo. Las vigas crujieron. El suelo vibró. Un zarcillo de niebla oscura trepó por la pared como si escuchara.

Una horda de demonios había llegado.

El Faro Partido ya no respiraba, jadeaba.

Los muros crujían bajo los impactos. Las defensas exteriores, trazadas con esmero por Anaid semanas atrás, apenas resistían. Las runas ardían con una luz débil, intermitente. La niebla demoníaca, densa como sangre vieja, se deslizaba entre las piedras como si buscara rendijas por las que entrar.

Desde el observatorio, Naruik controlaba los sensores de energía. Su rostro estaba tenso, los dedos manchados de aceite y prolita. A cada nuevo zumbido, respondía con una maldición. No había tiempo para reparaciones. Ni para dudas.

Kurian, en la sala inferior, intentaba mantener la frecuencia estable del núcleo. Las chispas saltaban a su alrededor, los tubos de conducción vibraban como venas bajo tensión. El Núcleo-KAT palpitaba más fuerte con cada embestida. Como si respondiera. Como si también sintiera miedo.

Anaid recorría los pasillos a paso rápido, con la varita en la mano y el ceño fruncido. No se detenía con nadie ni alzaba la voz para dar órdenes. Se limitaba a reparar: sello tras sello, barrera tras barrera.

Y Minerva seguía en el círculo central, sentada a ras de suelo, con el pergamino extendido sobre las rodillas. La pluma avanzaba con paciencia y con precisión. Encadenaba fórmulas, levantaba símbolos, volvía a escribir un nombre hasta dejarlo exacto. Las paredes vibraban con cada embate y la tinta temblaba un instante, pero ella no soltaba el trazo.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un pequeño cubo de cristal, oculto entre los tomos de la biblioteca mágica, comenzó a brillar. Un resplandor ámbar se extendió desde su centro, proyectando sobre la pared una runa suspendida en el aire, palpitante.

Anaid lo vio primero. Corrió hasta él. Lo tocó. Y la voz emergió, clara, nítida, reconocible.

Periandro.

Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.

La voz se apagó.

Kurian dejó caer una herramienta. Naruik tardó un segundo en reaccionar, con la mirada fija en el suelo. Anaid se volvió hacia Minerva.

—¿Qué plan? —preguntó la impromaga, sin alzar la voz.

Minerva no respondió. Solo bajó la pluma y cerró el grimorio con una lentitud ceremoniosa.

—Hay cosas que solo deben saberse cuando no queda otra opción.

—¿Y no crees que esta lo es? —insistió Anaid.

Pero Minerva ya había vuelto a sentarse. No dijo más.

Y entonces, un estruendo.

Uno de los círculos de energía situados en la entrada del Faro parpadeó, vibró… y cayó. El sello se apagó con un lamento sordo, como si la magia que lo sostenía se hubiese rendido.

Y fue suficiente.

Desde la niebla surgieron las siluetas. Primero cuatro, luego ocho. Demonios de ojos blanquecinos, piel desgarrada y alas rotas, armados con lanzas que no se clavaban en la carne, sino en la mente. No avanzaban con prisa, lo hacían con hambre, dispuestos a saciarse con el dolor ajeno.

Desde el observatorio, Naruik se levantó de golpe. Agarró un cilindro metálico, lo encajó en un cañón montado sobre la barandilla y disparó una ráfaga de partículas prolíticas. El primer demonio se deshizo con un chillido seco. El segundo reculó. Pero la niebla no dejaba de escupir nuevos cuerpos.

—¡Kurian, contención en la cámara dos! —gritó desde arriba.

Kurian pulsó varios botones. Una barrera de energía circular se alzó durante unos segundos… pero volvió a caer. El núcleo-KAT vibraba demasiado. Los canales de transmisión no daban abasto.

—¡No puedo mantenerlas! ¡O protegemos el núcleo o el Faro! —gritó.

Anaid corrió hacia el pasillo principal. La túnica naranja ondeaba a su paso y su varita resplandecía con cada gesto. Apuntó a los dos primeros demonios que cruzaron el umbral.

¡Vindicatio! —gritó.

Un arco de fuego salió disparado, atravesando al primero. El segundo se lanzó hacia ella. Anaid giró sobre sí misma y trazó un círculo en el aire:

¡Fractus membrum!

El demonio se rompió como un jarrón cayendo contra el suelo.

—¡No os acerquéis a Minerva! —gritó.

Porque en medio de todo, Minerva se había puesto en pie.

Llevaba una varita vieja, reparada, de madera resquebrajada, con un soporte de metal abrazando su extremo. En su interior, una piedra de prolita palpitaba, sostenida por un diminuto mecanismo diseñado por Amestrys semanas atrás.

Minerva alzó la varita, la sujetó con firmeza y abrió su grimorio.

Orbis defendere —pronunció.

Del libro salió un rayo celeste que formó una cúpula defensiva en torno a su posición. No mágica, sino canalizada a través del núcleo de la piedra. Cada conjuro lo debía leer. Cada hechizo lo debía pronunciar con exactitud. No había margen para el error.

Un demonio voló hacia ella. Naruik lo interceptó desde las alturas con un disparo cargado de vapor incandescente.

—¡Minerva, cuidado!

—Estoy bien —dijo la erudita, sin alzar la voz.

Anaid regresó a su lado, cubriéndola. Su varita aún humeaba.

—No puedes seguir mucho más —le susurró la impromaga.

—No tengo que seguir —respondió Minerva—. Solo tengo que aguantar lo suficiente.

Un segundo grupo de demonios se estrelló contra los sellos interiores. Kurian cayó de rodillas. Sangraba de una ceja, pero mantenía la mano firme sobre el control central.

—No podemos aguantar —dijo Kurian, con la voz quebrada—. No sin refuerzos.

Y fue entonces cuando, en medio del caos, algo se alzó sobre la niebla. Desde el sur, una docena de luces encendidas, incandescentes, surcando el aire como si fueran cometas malditos, comenzaron a acercarse a gran velocidad hacia el Faro.

Anaid fue la primera en verlas. Desde el corredor oriental, donde acababa de restaurar un sello, alzó la vista y se quedó paralizada.

—¿Qué…? —susurró.

Las luces no eran naturales. Eran compactas, irregulares, rotando sobre sí mismas. Algunas chorreaban humo verdoso. Otras se partían en mitad del aire y se recomponían con un chasquido.

Eran bombas. Y venían hacia ellos.

—¡Arriba! ¡Vienen proyectiles! —gritó Anaid.

Naruik giró sobre sus talones en el observatorio. Se asomó por la abertura principal y, por primera vez, palideció.

—No… no puede ser…

Kurian, en la sala del núcleo, corrió hacia el ventanal y miró con los ojos muy abiertos.

—¡Están apuntando al faro!

Las bombas descendían deprisa, cada una con su trayectoria caprichosa. Unas venían dando vueltas sobre sí mismas; otras caían en línea, obedientes y terribles. Tras ellas quedaba un rugido que sonaba a engranajes de hierro sin aceite, a placas metálicas rozándose y a remaches temblando bajo presión.

Nadie se movía. Nadie respiraba.

—Tres… —dijo Kurian, más para sí mismo que para los demás.

—…dos… —susurró Naruik, con las manos aferradas al borde.

—¡UNO! —chilló Anaid.

K-BOOOOM.

Pero las bombas no impactaron contra el Faro, se detuvieron a pocos metros, flotaron, se dispersaron y se quedaron suspendidas en el aire y entonces, desde el centro de la humareda luminosa, emergieron dos figuras.

Kórux avanzaba primero, con paso lento, seguro, como si no temiera a nada. Su túnica, pesada y surcada de costuras irregulares, se abría al caminar, dejando entrever pantalones de cuero curtido y botas manchadas de barro antiguo. A diferencia de otros magos, no parecía recién salido de una torre: olía a bosque y a tormenta, como si hubiera cruzado media Calamburia a pie. Su varita, tallada a mano con una curva en espiral, pendía de su cinto como si fuera parte de su cuerpo. No habló al llegar, pero su sola presencia pareció detener durante un instante el avance de la oscuridad.

A su lado, Ukarin K-Bum se sacudía los restos de la explosión de los hombros, como quien ha hecho esto demasiadas veces. Sus ropas eran un caos funcional: camisa remendada, tirantes cruzados sobre un chaleco blindado, y una falda con bolsillos ocultos de donde colgaban piezas giratorias y tubos de presión. Tenía las mejillas manchadas de aceite y un leve tic en la comisura del labio, como si siempre estuviera a punto de decir algo pero nunca lo creyera necesario. Sus botas eran tan pesadas que cada paso parecía cronometrado. En la mano llevaba una bomba, girando sobre su eje como un péndulo de bienvenida.

Los demonios, atrapados en mitad del asalto, no lo vieron venir.

La explosión no fue una explosión. Las bombas suspendidas en el aire dejaron escapar un fuerte destello de luz azulada, un fogonazo que iluminó la niebla como si el cielo hubiera sido atravesado por una grieta de otro mundo. El sonido que la acompañó fue seco, envolvente, profundo: no hubo fuego ni fragmentos. Solo un pulso de energía pura.

Los demonios más grandes cayeron inconscientes y se derrumbaron como marionetas a las que les han cortado los hilos. Se les apagó la mirada, se les escurrieron las armas de las manos y colapsaron sin un solo grito. Los más pequeños, de contornos inestables y piel cambiante, se deshicieron al instante, barridos por una onda de energía que peinó el aire como una marea súbita. Después solo quedó el silencio.

Ambos recién llegados se detuvieron al pie del Faro. La bruma aún se disipaba a su alrededor.

—Avisamos, ¿eh? —dijo Ukarin, con media sonrisa.

Naruik soltó una carcajada incrédula desde lo alto.

—¡Lo sabía! ¡Ese patrón de giro era suyo! Solo Ukarin lanza bombas para anunciarse.

Kurian exhaló todo el aire de golpe. Luego se dejó caer contra la pared con una mano en el pecho.

—Casi muero del susto.

Anaid, aún con la varita encendida en la mano, bajó los brazos lentamente.

Kórux alzó la vista hacia el Faro. Su voz, grave y medida, se alzó como un conjuro bien pronunciado:

—¿Siguen vivos ahí dentro?

Minerva, desde el centro del círculo de defensa, sonrió por primera vez en días.

—Por ahora.

Kórux y Ukarin subieron las escaleras, aún envueltos por la bruma de su irrupción. El aire a su alrededor conservaba la electricidad del impacto y las runas del Faro chispeaban débilmente, como si se ajustaran a su llegada. Ambos cruzaron el umbral sin decir palabra, con los ojos recorriendo la escena, registrando rostros, heridas, muros agrietados y silencios suspendidos en el aire.

El silencio que los envolvía no era el mismo de antes. No era de derrota ni de espera. Era un silencio reverente, como el que antecede a una verdad demasiado grande para ser dicha en voz alta. El tipo de silencio que se instala cuando el destino entra en la habitación, pero aún no ha hablado.

Entonces, Korux se acercó a Minerva. No dijo nada. No hizo ademán de imponerse. Solo caminó, con la gravedad de quien porta algo más pesado que su propio cuerpo. Cuando se detuvo frente a ella, metió la mano en el interior de su túnica con un gesto lento, casi ceremonial. Su brazo temblaba apenas, como si el objeto que sacaba no fuera un simple pergamino, sino una promesa.

De entre los pliegues extrajo una carta cuidadosamente doblada. No tenía sello visible, pero en la superficie del papel aún quedaban restos de un brillo ámbar, apagado, pero latente, como si la magia que lo había activado siguiera respirando en su interior. Y allí, grabada con esa misma luz dorada —aún temblorosa, como si acabara de escribirse— se leía la frase: Entregar al Archimago si el mundo se inclina hacia la sombra antes de tiempo.

Minerva la reconoció en cuanto la vio, y su respiración se suspendió. Aun así preguntó, más por necesidad que por duda.

—¿Dónde…?

Kórux no respondió al principio. Fue Ukarin quien lo hizo, cruzando los brazos con el rostro manchado de hollín y la voz áspera, aunque firme.

—Nos la dio Tinín. Vino a Skuchaín con la determinación de quien ha cruzado el mundo con un tirachinas. Dijo que su padre se la había dado. Que la había guardado desde hacía años. Y cuando la carta brilló, no hizo preguntas. Solo la trajo. Le prometimos que encontariamos encontraríamos a su hermana.

Minerva alzó la vista, incrédula. Kórux asintió con gravedad.

—Drawets la recibió cuando se le entregó la niña. Al desaparecer ella, la carta se activó. Como si hubiese estado esperando ese momento exacto.

Kurian se acercó y observó la carta con una mezcla de respeto y desconcierto. Pasó los dedos con suavidad por el borde del pergamino y murmuró, casi para sí:

—Curioso… en otros universos donde yo he trabajado también existe una Minerva. Siempre tiene un plan. A veces demasiado bueno. A veces peligrosamente acertado.

Naruik, desde la galería superior, asintió sin apartar la vista del brillo ámbar.

—Sí. Hemos recibido información procedente de diversos  nodos del multiverso en los que distintas versiones de ella se infiltran en sistemas de poder, e incluso en dimensiones temporales. A veces actúa como líder; otras, como sombra. Pero siempre con planes.

Anaid se adelantó unos pasos. Había estado observando la carta con atención, pero también con cierta admiración. Sus ojos recorrían el fulgor que aún latía en el papel.

—Este hechizo no es común. No es un mensaje. Es un vínculo reactivo, sensible. Está ligado al estado vital de una persona. No se activa por tiempo, ni por orden directa, sino por ausencia. Por desaparición. Eso requiere una magia poderosa y emocional. Es más que una señal: es un pacto que se cumple cuando ya no queda otra forma de aviso.

Después bajó la mirada y habló en voz baja, como si atara todos los hilos de un tejido antiguo.

—Y está el mensaje de Periandro. Todavía lo oigo. Rodrigo se ha ido de la lengua. Amunet conoce el plan. Una de las niñas ha desaparecido. Y ahora esta carta… Todo ha empezado.

Todos lo comprendieron. Todos lo sintieron.

Minerva no necesitaba leerla. La conocía palabra por palabra. Ella misma la había escrito, una década atrás, como quien siembra un conjuro en el futuro. Un recordatorio sellado con tiempo y miedo. El simple hecho de que la carta hubiera recorrido tantas manos y ahora estuviera de vuelta —tras la desaparición de la niña, tras la señal dorada que brotó del pliegue— solo podía significar una cosa: el plan amenazaba con resquebrajarse. Una de las princesas estaba en peligro.

Minerva cerró los ojos. No por cansancio, sino para sostener en la memoria lo que acababa de encajar. La carta, el mensaje, la niña. La promesa que tantos habían intentado custodiar. Cuando los abrió, ya no había duda en su mirada. Tampoco tristeza. Solo una resolución firme, callada, inquebrantable.

Guardó la carta con un gesto suave y alzó la vista. Miró a Anaid. Luego a Kurian. Después a Naruik. Finalmente a Ukarin y Kórux.

—Sé que tenéis preguntas —dijo, con la voz serena de quien ya no puede volver atrás—. Y prometo que, en cuanto pueda, responderé a cada una de ellas. Pero antes necesito unir todos los datos. Esta carta, el mensaje de Periandro, la desaparición de la niña… hay demasiadas brechas en el plan que diseñé hace una década. Brechas de seguridad que no puedo ignorar. Tengo que sopesar los daños antes de decidir cuáles deben ser los siguientes movimientos.

La palabra brechas aún estaba en el aire cuando el suelo crujió.

No fue un temblor de esos que hacen vibrar las paredes. Fue un sonido profundo, íntimo, como un susurro que nacía desde las entrañas de la piedra. Las runas de contención, ya debilitadas, parpadearon una vez. Dos. Luego se apagaron. La base del Faro exhaló un vapor denso, caliente, teñido de rojo. Y entonces, con un sonido seco como el crujido de una promesa rota, el suelo se abrió.

Lo hizo con la lentitud cruel de lo inevitable. Las losas se separaron, los anillos protectores se quebraron como cerámica agrietada y, de esa grieta, como el aliento de una fosa sellada demasiado tiempo, comenzó a ascender una niebla espesa, negruzca, cargada de azufre, con un olor húmedo, mineral, como de hierro viejo y oraciones olvidadas.

Un pie emergió primero. Una bota de cuero oscuro, rajada por el uso, recosida de forma tosca, como si cada costura sellara un pacto imposible. Le siguió una pierna alta, cubierta por un abrigo largo, sin brillo, de peso ancestral. No parecía que lo llevara: parecía que lo arrastraba desde otro plano. A medida que ascendía su figura, el aire a su alrededor se fue tensando. Las paredes del Faro crujieron, no por el movimiento, sino por la presión.

El torso era amplio, cruzado por correas que sujetaban piezas sueltas, retorcidas, de metal y cuero endurecido. Cada hebilla parecía forjada a mano, no con arte, sino con ira. No decoraban: contenían. Era una armadura sin nobleza, sin estética, creada para sobrevivir a lo inmortal.

Y entonces, alzó la cabeza.

El rostro era humano. Pero no humano como lo entendían los presentes. Era el recuerdo de una humanidad extinta. Desnudo de cabello, la piel de la calva mostraba marcas oscuras cicatrizadas sobre otras más antiguas. Su barba, negra y cerrada, parecía la única parte intacta de un rostro construido a base de fracturas. Pero lo que dominaba su rostro era la franja. Una herida abierta desde la frente hasta el final de las mejillas, roja, viva, palpitante. No era una venda ni un tatuaje. Era una grieta en la carne, una hendidura mágica y orgánica que no ocultaba los ojos: los sellaba. Porque detrás de esa carne no había mirada… había poder.

No fue creada para protegerlo a él, sino para proteger el mundo de lo que él era.

Sus botas, al avanzar un solo paso más, emitieron un sonido seco, firme, como si pisaran la voluntad misma del lugar. Y la niebla se apartó de su camino. Las brasas del subsuelo, inertes durante semanas, se encendieron a su paso. Las paredes no resistieron: se replegaron.

El Señor de mil legiones.
El arma y verdugo de Évolet.
El demonio de la destrucción.

Abraxas.

Y al alzarse por completo dentro del Faro, el suelo tembló por última vez.

Porque esta vez… no volvería a sostenerse.

248 – SOMBRAS EN LAS DOS JARRAS

Personajes que aparecen en este Relato

SOMBRAS EN LAS DOS JARRAS

El ruido de las jarras chocando no lograba acallar los murmullos. En la Taberna de las Dos Jarras, el aire olía a cerveza agria, a madera vieja y a problemas que no terminaban de irse. Aquel rincón de Instántalor, hasta hacía poco considerado seguro incluso para los más perseguidos, parecía ahora al borde de algo.

Al fondo del salón, tras la barra de nogal combado, estaba Edmundo, el tabernero. Hombre de pocas palabras y muchos gestos, de espalda encorvada y manos curtidas. Había sido criado de la familia Colby en su juventud, luego tabernero y, por un breve periodo, puso en marcha el fracasado proyecto de “Edmundo por el Mundo”, probando suerte como minero. Volvió a la taberna más flaco que cuando se fue. Se decía que había visto cosas bajo tierra que nadie más se atrevía a nombrar y, desde entonces, hablaba poco… pero sabía mirar.

La taberna no era suya en origen. Pertenecía a Yangin Var y su esposa, Ébedi, los legendarios posaderos de Instántalor. Yangin era un tabernero alegre y jugón, tal vez demasiado suelto de manos. Se decía que su matrimonio con Ébedi fue forzado. Pero cuando un cataclismo sacudió Calamburia, Yangin aprovechó para desaparecer. Ébedi, fuerte como la madera de la barra que regentaba, continuó sola hasta que apareció Edmundo. Antiguo escudero de Sir Finnegan, hijo de los Archiduques, llegó con mirada perdida y manos dispuestas. Entre ellos surgió un amor silencioso, sin promesas, sin juramentos. 

Durante un tiempo, la taberna volvió a latir. Hasta que, una mañana, Ébedi desapareció con la criatura que había tenido con Edmundo. No dejó carta, ni mensaje, ni ruido. Solo una jarra sin terminar sobre la barra… y el eco de una última risa flotando entre los barriles. La taberna nunca jamás olvidaría esa risa. Ni su fuerza, ni su belleza. En los días más grises, todavía parecía resonar entre los pilares de madera, como si se negara a marcharse del todo. Había sido una carcajada de esas que lo llenaban todo, que daban calor, que convertían la noche en hogar.

Edmundo nunca habló de ello. No se quejó. No culpó. Siguió sirviendo cerveza con esa mezcla de silencio y ternura que solo tienen los que han amado de verdad.

Con los años, Edmundo se convirtió en el dueño de facto. No porque lo hubiera comprado, sino por una antigua Ley de Don Beltrán, el Comendador de Instántalor, quien dictó que si un negocio cerraba y sus propietarios no regresaban en el plazo de diez años —ni muertos, ni vivos, ni en sueños—, el último trabajador en activo pasaba a ser su legítimo heredero.

Así pues, Edmundo había heredado Las Dos Jarras por abandono. Y, aunque nunca lo diría en voz alta, la cuidaba con más celo que cualquier otro tabernero de la ciudad.

Aquel día, el aire estaba más denso que nunca.

—Penélope ya no va a volver —dijo Jack el Enterrador, con la vista fija en el fondo de su jarra—. Se fue, Cristóforo. Hace años. Quizá se ha casado con otro. Quizá vive en otra ciudad. Pero ni siquiera el orbe ha sido capaz de traerla de vuelta.

Cristóforo bebía despacio mientras le escuchaba. No prestaba demasiada atención a las batallitas de Jack el Enterrador, aunque las dejaba correr. Sabía que, a veces, lo más importante no era lo que se decía, sino lo que se callaba entre frase y frase. 

El pirata vestía siempre con sobriedad, pese al sombrero ladeado y la cinta color ámbar ceñida a la cabeza. Su porte fuerte, su barba pirata y la firmeza de su mirada delataban a un hombre que conocía la guerra. Había sido enviado años atrás por la Corona Pirata para proteger a la infanta. Una misión que, para su pesar, no logró llevar a buen puerto. Ahora, años más tarde, y aunque los mares habían cambiado, él seguía oliendo a sal, acero y lealtad.

A su lado, Edmundo asentía en silencio, marcando el ritmo del tiempo con un dedo sobre la madera.

—Bueno, al menos mis hijos siguen en el negocio familiar. Enterradores, como yo. Aunque últimamente, más que enterrar, desentierran. Se están quedando sin clientes… y sin cadáveres. La mitad de las tumbas del Túmulo Desordenado han quedado vacías. ¡Y los que estaban muertos dentro han vuelto afuera! El orbe los ha sacado de sus nichos, como si la tierra ya no supiera retener a los suyos.—Jack hizo una pausa, como si aún no creyera lo que estaba diciendo.

Jack Roslin, el enterrador, vestía siempre de negro, con la cuerda del trabajo enroscada al cuerpo como si fuera parte de él. Su rostro pálido parecía esculpido por la fatiga y las madrugadas, y una barba de sombra mal afeitada enmarcaba su gesto eternamente resignado. Llevaba consigo una pala negra, afilada como una sentencia, que no soltaba ni en los momentos de descanso. Algunos decían que amaba más a esa pala que a su propia mujer, y no faltaba quien asegurase que la pala, al menos, nunca lo había abandonado.

—Muchos que no conocen la verdad sobre la magia del orbe amazónico piensan que han vuelto a la vida. Pero no es así. No están vivos. Solo son cadáveres que han cambiado de lugar. Algunos aparecen en las casas donde vivieron, aparecen sentados a la mesa o tumbados en sus antiguas camas. ¡Imagina cuando hay alguien nuevo que las ocupa! Y en el pueblo piensan que se han levantado de sus tumbas para reclamar sus deudas… A exigir el oro de sus funerales. ¿Te imaginas?

Edmundo se llevó las manos a la cabeza y luego hizo el gesto de vaciar una copa sobre la mesa. Era su forma de decir: “Esto ya supera cualquier historia que haya oído aquí”.

—Y tú preocupándote por fantasmas, mientras yo me asfixio por la falta de trabajo —continuó Jack—. Gracias al Titán Oscuro que a mis hijos no se los ha llevado el orbe.

—Sí, gracias al Titán… —murmuró Cristóforo, con el ceño fruncido—. Lo cierto es que ni siquiera sabemos qué ha hecho exactamente ese artefacto. Hay soldados que han desaparecido del bastión. Y no cualquier soldado. Dicen que que entre ellos podría estar el mismísimo Rodrigo. Que lo vieron por allí. Que Periandro está intentando protegerlo. Pero yo estoy aquí. Brindando. De soldado, sí, pero sin ejército. Representando a la Corona Pirata en Instántalor, mientras el resto del mundo se hunde.

Hacía ya un par de semanas que Instántalor había sido liberada del dominio de Amunet con la colaboración de los barcos piratas, el ejército real y los propios aldeanos. Pero, tras la activación del orbe, el momentáneo gozo de sus gentes se había interrumpido por las repentinas pérdidas.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Drawets entró como una ráfaga, con el rostro desencajado.

—¿Dónde está? —dijo sin saludar—. ¿La habéis visto? Pequeña, pelo enmarañado, mirada viva. Gorrión. Mi hija.

Jack se encogió de hombros y se giró hacia el recién llegado con cara de estar aguantándose la risa.

—¿Una niña? ¿Desde cuándo tienes tú una hija, Drawets? El orbe te ha dejado más chalado que un cambiaformas con fiebre. Que yo sepa, tú tenías tres niños reconocidos. Tinín, el de los callejones, el del rabito de cerdo; Gorrión, el alto de las azoteas, y otro más —bajó la voz ligeramente, pero no lo suficiente—. Ese tuve que enterrarlo yo mismo hace años.

Se giró hacia Cristóforo y lo soltó sin el más mínimo tacto:

—Lo mataron sus amigos, que se convirtieron en cuervos.

Edmundo, al escuchar eso, se cubrió los ojos con ambas manos. Un gesto seco, como quien no quiere ver ni oír una pena que aún huele a reciente.

—Qué tristeza… Qué tiempos aquellos —continuó Jack, revolviendo el fondo de su jarra con aire resignado—. Si ese mismo cadáver ha vuelto a casa por culpa del orbe, no te preocupes. Lo entierro otra vez. Aunque estará hecho un… —hizo una pausa buscando la palabra— un destrozo. Le doy sepultura sin coste. Servicio de la casa. Como a los clientes fieles.

Drawets negó con la cabeza, exasperado.

—No… no entiendes, Jack. No es ninguno de esos. Era una niña. Pequeña, lista como el hambre. Si la habéis visto… sería como la recordáis, pero sin bigote postizo.

Cristóforo frunció el ceño.

—¿Bigote postizo?

Antes de que Jack pudiera responder, Edmundo, que había estado en silencio todo el tiempo, se inclinó hacia el brasero apagado del rincón, tomó un trozo de carbón con toda naturalidad y, con movimientos certeros, se dibujó un bigote en el labio superior. Luego levantó ambas cejas y se dio unos golpecitos en el pecho con gesto heroico.

Jack se carcajeó.

—¡Desde que trabajó en la mina no ha faltado el carbón en esta taberna! —rió—. ¿Lo ves, Drawets? Si querías camuflarla con un mostacho, al menos podrías haber avisado. Igual Edmundo la ha visto y no lo ha dicho, porque en esta casa nadie le pregunta nada.

Edmundo hizo una reverencia exagerada, con una mano en el corazón y otra extendida, como si presentara a una artista invisible sobre el escenario.

—¡Basta! —interrumpió Drawets, que ya no sabía si estaba más furioso o más desesperado—. ¡No estoy hablando de una comedia! Es mi hija. La perdí. ¡Se desvaneció delante de mí! Como si el viento se la hubiera llevado. Como si la tierra misma hubiera decidido que ya no tenía derecho a estar conmigo. Yo mismo volví varias veces a la arboleda a buscarla. Ella sabía desde bien pequeña a dónde ir si se extraviaba. También Tinín fue en su búsqueda a implorar ayuda al Archimago… pero no la hemos encontrado.

Jack alzó las manos, conciliador.

—Está bien, está bien. No te sulfures. Pero no te extrañe que nadie la recuerde. Con lo que ha pasado con el orbe, todos andamos algo perdidos. Lo mismo ha cambiado el pasado y tú nunca la tuviste. O sí y ahora está en otra parte. Hay quien ha despertado en camas que no reconoce y hay quien cena con padres con los que no se hablaba hace años. Yo a veces pienso que mi mujer está en casa y no… Penélope no está… Esto ya no es Calamburia. Es un mal sueño con puntos de fuga.

Cristóforo no había dejado de observar a Drawets. Y al escucharlo, una sombra cruzó por su rostro.

Se levantó con lentitud, llevando la mano al cinto.

—¿Y si no fue el orbe? —dijo, con voz baja.

Drawets lo miró, sin comprender.

—¿Cómo dices?

Cristóforo desenvainó apenas un dedo de su espada. Lo justo para que brillara en la penumbra de la taberna.

—¿Y si no fue el orbe el que te la arrebató? ¿Y si fue tu negligencia?

El silencio se volvió denso. Ni siquiera Jack se atrevió a hablar. Edmundo bajó la mano teatralmente, como si cerrara el telón de una función que nadie quería ver.

Cristóforo dio un paso más.

—Tú no lo recuerdas… pero yo sí —dijo, con los ojos fijos en los de Drawets—. Yo era el encapuchado. Fui yo quien te la entregó. Envuelta. Protegida. Te confié lo único que aún podía salvarse.

Se le quebró la voz un instante. Luego, apretó los dientes.

—Y tú… tú la perdiste.

Drawets bajó la mirada. No dijo nada.

El silencio lo llenaba todo.

Cristóforo respiró hondo, como si aún hubiera algo más que necesitara confirmar.

—¿Y la carta? —preguntó entonces, con un tono más bajo, pero más peligroso.

Drawets parpadeó, desconcertado.

—¿Qué carta?

—La que iba con la niña, Drawets —dijo Cristóforo, y su voz, aunque no subió, pesaba como una espada envainada—. ¡La carta que te entregué con ella! ¿Dónde está?

Drawets dudó. Se mojó los labios. Cuando habló, en su voz había más temblor que palabra:

—Se la di a su hermano. A Tinín. Esa era la orden. El sobre no tenía nombre. Ningún sello. Pero cuando desapareció Gorrión… una luz dorada brotó del pliegue. No cegaba, pero parecía antigua, viva. Como si alguien muy lejos, muy viejo, me estuviera dando un mensaje a través de ella. Y entonces, una línea apareció. Como si acabara de ser escrita:

“Entregar al Archimago si el mundo se inclina hacia la sombra antes de tiempo.”

Cristóforo no respondió. Solo frunció el ceño.

—¿Y la leíste?

—No pensaba abrirla —continuó Drawets—. No era para mí. Pero cuando desapareció Gorrión… no sé cómo explicarlo… la carta vibró.

Cristóforo se irguió de golpe. Con un movimiento seco, desenvainó su espada. El acero silbó en el aire y su filo se detuvo justo en el hueco del cuello de Drawets.

—¿La leíste, pícaro?

—No…

Pero su rostro lo traicionó.

—¡Mentiroso! —bramó Cristóforo y lo empujó con violencia contra una mesa. Varias jarras cayeron al suelo y Jack se apartó de un salto. El murmullo de la taberna murió al instante.

Drawets levantó las manos, tembloroso.

—No la leí entera… Solo una frase. Se me quedó grabada…

—¿Qué frase?

“Archimago, si esta carta se te entrega es que mi plan está en peligro. La niña que entregamos al pícaro es la esperanza de la Corona de Calamburia.”

El silencio cayó de golpe. Ni una respiración. Ni un crujido. Solo el peso de esas palabras llenando la taberna.

Cristóforo aflojó el puño. Dio un paso atrás, como si acabara de comprender la magnitud de todo.

—La esperanza…

—Es una Rodrigo —murmuró Drawets.

Y entonces, una voz surgió desde la penumbra del local.

—Y ahora, si queréis salvarla, vais tarde.

Una figura encapuchada se alzó junto a la chimenea. La túnica que vestía caía recta, disciplinada, y acompañaba cada paso sin delatarlo. Caminó con la calma de quien sabe que todos los ojos le siguen.

—¿Quién eres? —inquirió Cristóforo.

La figura avanzó, emergiendo del resplandor de las brasas. Su capa —más cercana al dorado apagado que al turquesa— relucía incluso bajo la escasa luz de la taberna. Sus pasos eran lentos, medidos. Cada crujido del suelo parecía apartarse para dejarle pasar.

Se detuvo junto a la mesa y con un gesto pausado, se retiró la capucha.

Era joven, de piel clara y mirada aguda, como si todo lo que viera quedara clasificado de inmediato en algún rincón de su mente. Sus ojos, de un tono claro e indescifrable, brillaban con una intensidad que no parecía de este tiempo. No llevaba armadura, pero su porte infundía respeto. Bajo la túnica turquesa con ribetes dorados, colgaban frascos llenos de líquido iridiscente. En el cinturón, una esfera azulada descansaba como si custodiara secretos. Y sobre su mano enguantada, brillaba un dispositivo con luces que parpadeaban en silencio, como si respondieran a sus pensamientos.

Alzó esa misma mano con calma, dejando ver también un tatuaje negro, como la huella de un dragón dormido.

—Mi nombre es Amestrys. Alquimista de batalla. Hijo de Férula y Gónagan Clamil. Y protector de Minerva.

Cristóforo lo miró fijamente.

—¿Protector… cómo?

 —Porque ella está en peligro —respondió Amestrys, con la voz firme, sin dejar de mirar a Cristóforo—. Oculta en el Faro Partido, bajo nuestra vigilancia. Somos un pequeño reducto, casi un suspiro, pero nos mantenemos firmes. Allí también se encuentra Kurian, el inventor multiversal, mi hermana Anaid, impromaga de la Torre y, desde hace poco, Naruik, otra inventora llegada de una realidad lejana.

Hizo una pausa. La piedra en su guante brilló como si compartiera su preocupación.

—Los inventores aseguran que su misión no es solo calamburiana… sino multiversal. El Faro resguarda un artilugio creado por los desaparecidos inventores de este mundo, una fuente de poder que, si cae en manos de los demonios, no solo destruirá este mundo, sino que podría arrastrar todos los universos conectados. No es una conjetura, ni una profecía: lo han visto. Lo han vivido.

Se volvió ligeramente hacia Drawets y luego volvió a Cristóforo.

—Están haciendo todo lo posible. Pero no resistirán mucho más sin ayuda. Ni Minerva, ni los inventores, ni el Faro.

—Y entonces… ¿por qué vienes aquí? —preguntó Drawets.

—Porque necesitábamos algo que solo puede encontrarse en los túneles mineros de Instántalor.

Entonces miró a Edmundo.

—Stinker. Turno rojo. Galería quince. Tú sabes de qué hablo.

Edmundo, que había estado en silencio todo el rato, asintió con gesto escueto y bajó las escaleras en dirección a la bodega.

Amestrys sacó un pequeño estuche cubierto por un paño de cuero negro. Lo abrió con cuidado. Dentro reposaba una minúscula piedrecita grisácea, de superficie rugosa, con vetas que titilaban en todos los colores, como si en su interior habitara una luz líquida, viva.

El alquimista contuvo el aliento.

—Esto es un pequeño trozo de Prolita —dijo, levantando el diminuto fragmento de mineral con su guante—. No hay defensa posible sin esto. No una como la que necesitamos. Pero es un bien escaso.

Cristóforo entrecerró los ojos.

—¿Qué está pasando en el Faro? —preguntó, en voz baja.

—Los demonios la han localizado. A Minerva. Atacan el faro cada noche. Quieren quebrarla, aislarla, borrarla. Y apenas resistimos. Esta piedra es lo único que puede activar el último anillo de contención. El último muro entre ella… y ellos.

La piedra brilló, como si respondiera al eco de sus palabras.

—Es un material extremadamente valioso —continuó—. Pocos fuera del gremio minero conocen su existencia. Se empleó en la construcción de la Puerta del Este y, aún así, nadie sabe realmente cómo se forjó. Algunos aseguran que son fragmentos desprendidos del mismísimo Titán, caídos cuando fue arrojado sobre Calamburia.

Jack frunció el ceño, fascinado.

—¿Y eso lo has sacado tú de la tierra?

Amestrys sonrió levemente.

—No se oxida. No se corrompe. No se rinde al tiempo. Es más ligera que el agua y más resistente que el hierro. Los Inventores del Multiverso nos están enseñando a utilizarla. Dicen que tiene más de cien usos: canales de energía, sellos dimensionales, circuitos de precisión, contención de entidades…

Elevó la piedra, dejándola flotar apenas entre sus dedos.

—Esto no es solo una roca. Es el límite entre el saber y la magia.

Jack tragó saliva.

—¿Y cómo la has conseguido?

Amestrys se volvió hacia él, con una chispa divertida en los ojos.

— Edmundo y yo tenemos un pequeño acuerdo. Yo le ayudo a mejorar sus bebidas y licores con truquitos alquímicos,y él me consigue lo que necesito, sin hacer preguntas.

Se volvió hacia el tabernero que acababa de regresar de la bodega trayendo un pequeño hatillo en sus manos.

—Stinker aún te debe favores, ¿verdad, Edmundo?

Edmundo desenvolvió el paquete y todos pudieron admirar una piedra que parecía un fragmento de noche estrellada: grisácea, con destellos dorados, azules y malvas que danzaban en su interior.

La depositó sobre la mesa, en silencio.

Amestrys la tomó entre sus manos enguantadas.

—Gracias, viejo amigo. Con estos dos fragmentos tendremos una oportunidad. Nada más. Nada menos.

—¿Y Minerva? —preguntó Drawets.

—Sigue resistiendo —respondió Amestrys, con la mirada fija en la piedra—. Pero no por mucho tiempo. Si no llegamos pronto, será demasiado tarde. Y no quedará nadie a quien proteger.

Cristóforo se incorporó de golpe. Se ajustó el cinto, comprobó su espada y asintió.

—Vamos. No hay tiempo que perder, hay que proteger el Faro.

Drawets se levantó tras él.

—Te acompaño. No pienso dejar que le pase nada a Minerva, ella es la llave para recuperar a Gorrión.

Amestrys los miró uno a uno. En sus ojos se leía más que urgencia. Se leía fe.

—Preparaos. El camino no está limpio de demonios ni fuerzas infernales. Pero os guiaré por una ruta segura. Y si llegamos a tiempo… quizás tengamos un rayo de luz. Una esperanza para Calamburia.

Los tres se dirigieron a la puerta, sin mirar atrás.

Regresad cuando todo acabe —dijo Jack desde la barra—. Alguien tendrá que contarlo. Pero hacedme un favor: no muráis. No quiero ser yo quien os entierre.

Y así, con la piedra en manos del alquimista, Drawets, Cristóforo y Amestrys salieron a la noche.Fuera, la bruma temblaba con los rumores de guerra contra las huestes infernales.

Pero, al menos, sabían por dónde empezar.