164 – EL FIN DE LA PESADILLA I

El sol lanzaba al aire un brillo mortecino. Su pobre luz apenas permitía a Baufren —el Duende Mayor—, Grahim —el impromago justo—, Fecu —la hortelana libertadora— y Mairim —la reina niña pirata— atisbar el camino bajo sus pies, pero ellos caminaban con toda la decisión de la que eran capaces. Las ramas que les rodeaban eran oscuras y retorcidas, como las garras de un cuervo, y parecían empeñadas en tirar de sus ropajes a la más mínima ocasión. Llevaban tiempo sin beber ni comer, pues las pocas fuentes de agua que encontraban les sabían a hiel y los escasos frutos silvestres que hallaban –además de tener un aspecto negruzco y poco apetecible– se convertían en cenizas cuando se los llevaban a la boca. La Pesadilla del Titán era sin duda el peor de los mundos imaginables y, en su interior, el tiempo transcurría de forma extraña. Parecía que llevaban andando siglos pero, en cierto modo, el recuerdo de la sonrisa macabra de Eme se les antojaba vívido, como si hubiera sucedido solo unos instantes atrás.

Ante el ojo inexperto, podría parecer que el cuarteto de héroes vagaba sin rumbo fijo, perdidos, pero, en realidad, seguían a su guía: el anciano duende, que andaba con la dificultad derivada de su avanzada edad y la decisión de quien sabe que tiene en sus manos una misión crucial. 

El Duende Mayor Baufren se detuvo de forma abrupta y su oreja se agitó espasmódicamente dos veces. El resto del equipo, que le seguía con expectación a través de la tenebrosa arboleda, se detuvo con él. Miraron a su alrededor con desazón, aquel extraño bosque era capaz de poner los pelos de punta a cualquiera. Eran una compañía pintoresca pero bien avenida: un mago, una aguerrida hortelana y una niña pirata con superpoderes. Al frente, un duende –creado por la magia de las mismísimas brujas de las que tantas veces abjuró– con instinto para captar las más sutiles señales.

 

–Duende mayor –intervino Grahim, el impromago, rompiendo el silencio–, ¿está seguro de que es por aquí?

–Recibo la señal del Titán, alto y claro, es como un tintineo. Aquí donde lo véis, este tenebroso bosque no es más que la Arboleda de Catch-Un-Sum, que todos conocemos.

–Y si estamos en la arboleda, ¿por qué todo parece tan rematadamente hostil y… diferente? –preguntó Grahim que empezaba a desesperarse. 

–Da un poquito de miedo, sí… –convino Mairim, la niña-reina de los piratas agarrándose el gorro con las dos manos y calándoselo como si eso pudiera protegerla de algún modo–. Más que la Gruta de los Murciélagos donde mi tito Efraín esconde los tesoros.

–El Titán nos ha hecho venir hasta aquí, porque en este punto es donde todo comenzó, donde el perverso deseo de Eme vio la luz, donde comenzó la oscuridad –explicó Baufren–. Todos hemos recibido la señal, ¿no es así?

Fecu y Grahim asintieron con gesto grave.

–Un patriarca zíngaro se me ha aparecido en sueño varias veces y también escuché el tintineo de una campana. Todas las señales me llevaban hacia esta dirección, por eso emprendí el camino –explicó Grahim.

–Yo, como os dije, seguí el tintineo en la oscuridad de la noche y dí con vosotros –explicó Fecu visiblemente afectada–. A mi pueblo se le robó la libertad cuando Eme nos arrebató la Esencia de la Divinidad. Nunca imaginé que el poder que iba a concedernos el don más preciado, nuestra ansiada libertad, pudiera ser utilizado para hacer tanto mal –añadió con la mirada perdida. 

–¡Yo la he recibido y me ha dado un susto de muerte! –explicó divertida Mairim. ¡Cuando ha sonado la campana en mi cabeza se me han salido todos los cereales por la nariz!

Todos esbozaron una leve sonrisa ante la ocurrencia de la niña-reina de Isla Calzaria que, ni en las peores situaciones, parecía capaz de tomarse la vida en serio. “Dichosa juventud”, pensó para sí el Duende Mayor. Los cuatro héroes siguieron avanzando en la casi penumbra hasta encontrar un claro. Un sitio que, a algunos, les resultó familiar.

–¡Mirad, ese es el tocón donde se apoyaba la esencia de la divinidad! –señaló Fecu sorprendida–. Estamos en el punto exacto. Pero todo es tan diferente… sombrío y retorcido…

–Es como si la Pesadilla ya no solo estuviera en las mentes de los que duermen, sino que estuviera invadiendo el mundo real –apuntó Baufren, el Duende Mayor que, aunque familiarizado con la magia negra, nunca dejaba de sentir un nudo en el estómago cada vez que se encontraba cerca de ella.

–Y así será si no lo detenemos… –una pequeña y delicada figura apareció de entre las sombras. Se trataba de Níniel, la longeva elfa, cuya voz sonaba dulce y triste como el llanto del viento otoñal–. El bosque está sufriendo. Se muere poco a poco.

–¡Una elfa! ¡Habrá acudido también ante la llamada del Titán! –dedujo Grahim.

–Así es, los Siete Seres de Luz han sido convocados a la arboleda para detener la Pesadilla –profirió una regia voz mientras una silueta cubierta de ropajes blancos aparecía ante ellos, posándose sobre el suelo con gaseosa delicadeza–. Nos enfrentaremos a los Siete Seres de Oscuridad y pondremos fin a este infierno, aunque nos cueste la vida.

Era el regio timbre de la mismísima reina de los aiseos, Galerna, que también había sido convocada por la misma señal y había abandonado su lejano trono de Caelum para sumirse en las sombras de la Pesadilla del Titán. Su rostro de guerrera era duro y hermoso, pero en sus ojos no había miedo sino la decisión del que sabe que la batalla final está cerca. Para la naturaleza inmortal de los aiseos, la posibilidad de perder la vida adquiría siempre una redoblada trascendencia, pero aún era más grave, si cabe, en ella ahora que sabía que estaba en cinta y, fruto del más sincero amor, crecía en sus entrañas el futuro rey de los seres del aire. Acarició su vientre, ligeramente abultado, mientras pensaba en ello. Luego levantó la vista con la decisión de una reina que busca a sus soldados. Todos los presentes la saludaron con una reverencia, pues su elegante y regia presencia no podía dejar a nadie, ser humano o mágico, indiferente.

–Los elegidos se están congregando… –anunció la elfa Níniel cerrando los ojos como si se estuviera concentrando–. Todos los aquí presentes somos Seres de Luz, elegidos del Titán. 

–Pero hay algo que no entiendo, Duende Mayor… –observó Mairim algo confusa–. Se supone que deberíamos ser siete. Uno, dos, cuatro, seis, tres… ¡Siete Seres de luz contra Siete Seres de Oscuridad!

–Así es, o al menos eso fue lo que las ancianas Nornas anunciaron en su profecía –asintió Baufren pensativo.

–Pues ahora solo somos seis –se lamentó Grahim el Mago.

–Es cierto –afirmó la elfa–, no estamos todos. Falta uno. Si no estamos los siete, nunca podremos vencer a la oscuridad. Está escrito en el viento… lo siento en los árboles… ¡Un momento, mis sentidos de elfa detectan intrusos! –exclamó de repente.

–Yo también noto su poder, ¡y es inmenso! –confirmó seriamente preocupado el Duende Mayor mirando en derredor.

En ese instante, de entre las sombras de la arboleda aparecieron seis sombras. Una de ellas, portaba una luz rojiza que alumbró su rostro. Era un báculo demoníaco que todos conocían bien y que representaba el poder del inframundo.

–Pero mira a quién tenemos aquí. Si son los pobres defensores de la luz –sonrió Evolet, la Emperatriz Tenebrosa.

–Dí que sí, querida Emperatriz del Inframundo –murmuró el resurrecto Rodrigo IV que no dejaba de mirar asombrado a la nueva señora del reino de los infiernos. 

A su lado, otra de las formas dio un paso al frente. Era Kaila, la maga oscura, que alzaba su varita cuya punta resplandecía en tonos verdosos, lista para el combate. Con una mueca parecida a una sonrisa, murmuró:

–Cada vez eligen a paladines más patéticos –dijo henchida de orgullo por haber sido elegida como uno de los Siete Seres de Oscuridad.

Tras ella, una sombra de ágiles movimientos cubrió el otro flanco de la Emperatriz, sus hojas relampaguearon con la luz roja del Báculo de su señora. Era Vandala, el oscuro zíngaro. Al instante todos pudieron contemplar las tétricas sonrisas de los Consejeros Umbríos de cuyos ojos, izquierdo y derecho respectivamente, emanaban zarcillos de pura oscuridad. Emitieron una risa macabra capaz de helar la sangre a cualquier mortal.

–¡Los Consejeros!¡Sabía que estabais detrás de todo esto! –espetó Grahim el impromago alzando su varita.

–¡Por las raíces de la gran Papa gigante! ¡Solo son seis! –se percató Fecu, la avispada hortelana.

–Si es así, nuestras fuerzas están igualadas – sonrió el duende Baufren que ahora veía una oportunidad de vencer al mal de una vez por todas.

–¡Cada uno de nosotros vale por veinte de los vuestros! –lanzó Vandala raudo como el restallido de un látigo.

–Pero es verdad –resaltó Mairim que aún estaba haciendo cuentas con los dedos, para lo que se había levantado el parche del ojo, que le impedía contar cómodamente–. ¡Seis contra seis! ¡Iguales! ¡Les vamos a machacar!

–No tan deprisa, pequeñín –sentenció Érebos el consejero con una amplia y turbadora sonrisa.

–Quizás ya no tengamos a Dorna con nosotros, pero hemos podido recoger su oscuridad antes de que se disipara y la hemos metido en este orbe. He de decir que ha sido una cosecha generosa –explicó Barastyr con la misma expresión que su compañero y paladeando cada palabra mientras sacaba de su amplia manga un orbe de cristal. En su interior parecía flotar una densa nube de humo azabache.

–Y como estábamos tan tristes tras la pérdida de nuestra amada Reina Oscura, Van Bakari, nuestro Traficante de Almas de cabecera, nos ha prestado un cuerpo capaz de albergarla –añadió Érebos con un aire cínicamente didáctico.

–¡Lord William, es su turno! Háganos el honor de venir a jugar un rato con los vivos –pronunció Barastyr como quien llama a un viejo amigo.

En ese mismo instante, el suelo comenzó a temblar. Poco a poco la tierra se resquebrajó y, ante la sorpresa de los presentes, una mano huesuda salió de ella. Todos eran conscientes de estar presenciando el más abyecto acto de nigromancia. El cuerpo del finado noble Lord William Von Vondra salió completamente de las entrañas del claro y se sacudió el polvo. Parecía tan pletórico como lo estaba años atrás, antes de su muerte.

–En vida no me perdí una fiesta. ¿Creéis que me la iba a perder ahora? –exclamó justo antes de aullar de placer por el vigor recobrado.

–Ese tipo es una leyenda – sentenció Rodrigo IV en tono jocoso–. Si la mitad de cosas que se cuentan de él son ciertas…

–Un buen receptáculo lo es todo– se congratuló Érebos, el Consejero Umbrío y ambos empezaron a pronunciar un extraño y oscuro conjuro.

El orbe comenzó a levitar y a girar sobre sí mismo mientras la oscuridad salía de él como arrancada por la fuerza centrífuga e iba metiéndose en el cuerpo del difunto Lord William.

–Me siento tan… ¡lleno de vida! –rió el Redivivo mientras se miraba las manos contemplando su nuevo poder.

Los seis seres de luz temblaron ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, pero ninguno de ellos pensó ni por un instante en abandonar al resto. Estaban claramente en inferioridad numérica, pero eran los elegidos del Titán y cumplirían su misión, aunque les costara la vida. El futuro de Calamburia estaba en sus manos.

163 – UN CORAZÓN ROTO II

En ese preciso instante una nube de cuervos entró volando por la ventana hasta formar un remolino en el centro de la sala del trono del Inframundo. Los Seis Altos Demonios observaron asombrados aquel extraño fenómeno. Pero su sorpresa aún fue mayos cuando la nube de pájaros se condensó tomando la forma de una mujer de busto prominente y pelo rojizo. Durante un segundo, los tres íncubos y los tres súcubos se tensionaron, preparándose para atacar, pero la mujer se arrodilló mostrando que acudía en son de paz.

—Altos Demonios del Inframundo, permitid que me presente ante vosotros. Soy Aurobinda, Señora de los Cuervos. Bruja y fiel sirviente de la Oscuridad.

—¿Y que te trae por nuestro reino sin ser invitada, Aurobinda? —preguntó Abraxas manteniendo las distancias.

— He sentido la presencia del báculo ante la desaparición de Kashiri. He venido a jurar lealtad a la Oscuridad que habita bajo la tierra y no he podido evitar escuchar vuestras necesidades. Necesitáis un corazón puro, ¿no es así? Yo os lo puedo proporcionar e incluso os puedo mostrar como quebrarlo de la forma más rápida y eficiente.

—Me cae bien —observó Axbalor dirigiéndose a sus hermanas.

—¿Y qué ganarías tú con ello, bruja? —inquirió  Abraxas reduciendo su suspicacia.

—Mis huestes han sido mermadas. Kashiri ha sido neutralizada, mi más fiel aprendiz ya no está entre nosotros y el alma de la reina Oscura que crearon los Consejeros ha sido purificada por culpa de ese maldito Archimago. Sinceramente, las cosas no pintan bien. Pero quizás, si las cosas se arreglan en el inframundo, juntos podamos volver a poner en jaque a esos héroes de pacotilla. Necesito un nuevo ser de oscuridad que esté a la altura de Dorna. Y solo una emperatriz del Inframundo puede estar a la altura de la Reina Oscura. Dejadme ayudaros a conseguir vuestro corazón roto: vosotros ganáis, yo gano.

—Está bien, Aurobinda, llévanos ante tan suculento manjar y serás recompensada — la apremió Luxanna relamiéndose los labios.

—Mis apreciados Altos Demonios, los más poderosos íncubos y súcubos del Inframundo —respondió la bruja con una reverencia—, estoy aquí para servir. Y no temáis, vuestro secreto sobre la verdad de las Emperatrices, estará a salvo conmigo —añadió en tono amable pero pero con un brillo siniestro en los ojos.

En el cielo, una bandada de graznantes yataragami, sobrevolaban en círculos sobre un campo de trigo recién segado cerca de una pequeña aldea. Los seis Altos Demonios y Aurobinda se encontraban tras un frondoso matorral mientras observaban cómo un pequeño mocoso jugaba a perseguir una lagartija.

—¿Ese es el alma más pura que has podido encontrar? —preguntó Axbalor algo decepcionado—. A mi me parece un mocoso de lo más corriente y no demasiado avispado.

—Observad lo que os tengo preparado. Llegado el momento, sabréis qué hacer. Confiad en mí —respondió Aurobinda segura de sí misma.

Kaila, Tesejo y Ménkara, disfrazados de vulgares campesinos, se acercaron al lugar donde jugaba el niño. Los tres parecían mirar de reojo al arbusto como si supieran que su maestra Aurobinda se hallaba tras él y buscaran su aprobación. Kaila, la líder del trío, se sentó junto al niño. Se sentía asombrada del trabajo que sus compañeros habían hecho encontrando a un alma pura pero, en consecuencia, también se sentía obligada a llevar la voz cantante en la operación tan crucial para el futuro de la Oscuridad.

—Hola pequeño, ¿cómo te llamas? —dijo haciendo un esfuerzo por mostrar la toda amabilidad de la que en realidad carecía.

—Evelión —respondió él con una sonrisa mellada.

—Me gusta tu nombre —sonrió ella revolviendo con la mano los cabellos del niño—. Evelión, ¿has visto alguna vez un truco de magia? —y sin esperar respuesta, Kaila tomó una pequeña brizna de paja del suelo y la hizo florecer. De ella salieron seis espigas negras que, en pocos segundos se abrieron alcanzando su plenitud.

—¡Wow! — exclamó el niño admirado.

Mientras Ménkara y Tesejo, con el rostro algo más sombrío que de costumbre, iban colocando velas oscuras en el perímetro.

—¿Te gustaría a tí también poder hacer magia?

—Sí, me gustaría mucho, ¿puedes enseñarme?

—Haré más que eso, te voy a dar estos granos de trigo oscuro —dijo extrayendo el fruto de las espigas que acababa de crear—. Si los tragas todos a la vez y sin masticar, tendrás magia, como yo. Es así de sencillo, ¿entiendes?

Le ofreció el puñado de granos de trigo negro que el niño tragó sin pensar.

—Saben un poco amargos…

—Es normal, cuando uno quiere obtener algo que le gusta, a veces las cosas saben así —dijo Kaila con el rostro sombrío. Luego se dirigió a sus compañeros que habían acabado de colocar la velas mientras lanzaba una mirada a los matorrales—. Vámonos, nuestra parte ya ha terminado.

Ménkara y Tesejo la siguieron sin atreverse a volver el rostro hacia el niño que se quedó solo, algo mareado por el efecto de lo que acaba de ingerir.

—¿Envenenar a un niño? ¡Uy, qué crueldad! —dijo Axbalor con retintín—. Cómo pretendéis que eso le rompa el corazón, si ni siquiera es consciente de lo que está pasando. Su sufrimiento no nos dará ni para un mísero bocado. ¡Esta bruja es un fraude!

—Espera y verás, mi impaciente y demoníaco amigo —le conminó Aurobinda manteniendo su sonrisa de suficiencia.

Acto seguido aparecieron los Consejeros Umbríos, Érebos y Barastyr, acompañados de Van Bakari, el traficante de almas, que rodearon el cuerpo del infante que yacía dormido en el suelo con los labios teñidos de un color azabache. De la sombra del tronco de un árbol decrépito, se materializaron Vandala, con su afilada daga y sus movimientos gráciles y letales y la siempre hermosa Kálaba, agitando su pandereta. Aurobinda salió de entre los matorrales sumándose a ellos y entonando cánticos oscuros que los propios demonios nunca habían escuchado antes. La percusión zíngara marcaba el ritmo y los yataragami, atrapados en sus cuerpos de cuervo y sometidos a la voluntad de la bruja, seguían girando en círculos en el aire y graznando con fuerza dotando al rito de unos coros de aspecto desgarrador. El cuerpo inerte del niño se alzó a un palmo del suelo, al ritmo de las oscuras salmodias de los consejeros y los oscuros hechizos de la bruja. Como colofón, Van Bakari, sacó un frasco de uno de sus bolsillos, lo descorchó y lo extendió hacia el infante. El alma de Evelión abandonó su cuerpecito para introducirse en el frasco que el traficante de almas volvió a tapar y a guardar convenientemente con la sonrisa de satisfacción de un gato que ha devorado a un ratón. Al notar las miradas inquisitivas de sus malvados compañeros Van Bakari se encogió de hombros.

—En casa de un traficante, nada se desperdicia —sonrió él.

Entonces, mientras el cuerpos ya sin vida del niño se depositaba lentamente de nuevo en el suelo polvoriento, se oyó en la lejanía la cándida y bondadosa voz de Évolet. Una joven campesina que, al notar que su hermano no volvía a la choza, había salido a buscarle.

—Evelión, Evelión, ¿dónde te has metido? —dijo la dulce campesina mientras buscaba al niño sin éxito.

—Tras los matorrales —ordenó Aurobinda a sus compañeros— Nuestro trabajo aquí ya ha concluido. Y vosotros —dijo mirando a los demonios que seguían observando atónitos tras el matorral —volved al báculo y os garantizo que comeréis los mejores manjares durante los próximos cinco siglos. Excepto tú —añadió señalando a Abraxas, el mayor de los hermanos—. Alguien tiene que guiar a la nueva Emperatriz del Inframundo.

—Como hermano mayor, asumiré esa tarea con gusto. Os proveeré de los mejores manjares— sentenció Abraxas en tono solemne mirando a sus hermanos que parecían satisfechos de poder volver a descansar en su báculo mientras eran alimentados.

Todos acataron las instrucciones e incluso los yataragami se dispersaron. Parecía que, salvo por el cuerpo inerte del niño, todo había vuelto a la normalidad. Como si el ritual nunca hubiera sucedido.

—Ah, aquí estás —dijo Evolet mostrando una pequeña hogaza en cuanto divisó el cuerpo de su querido hermano pequeño—. He hecho pan con la harina que molimos ayer. No me ha quedado muy bien, pero he usado la receta que usaba madre. Al menos parece que hoy tendremos algo que llevarnos a la boca y no tendrás que cazar más lagartijas. ¿Ya estás durmiendo otra vez? —le regañó con bondad—. Es normal, estás cansado porque tienes hambre, a mi me pasa lo mismo, pero no te preocupes, mientras nos tengamos el uno al otro, el hambre se puede sobrellevar. ¿Evelión? —dijo zarandeándole al ver que no despertaba—. ¡Evelión!

Al ver que el niño estaba pálido y sus labios negros, la dulce Évolet se derrumbó dando un grito desgarrador. Sabía que la vida le había ido quitando poco a poco todo lo que tenía. Primero su padre murió en la guerra sirviendo a las órdenes de las Reinas Regentes, luego su madre enfermó de disentería y les dejó… Había resistido cada envite de la vida porque tenía un propósito, alguien de quien ser el soporte. Pero ahora que su hermano pequeño ya no estaba entre los vivos, el último muro de contención de su sufrimiento se quebró. Lo único que le quedaba en el mundo, lo único que daba sentido a su miserable vida, también había desaparecido. Entonces sintió como el único hilo que le unía al mundo se rompía, notó cómo su bondad se terminaba de secar por completo dejando solo el vacío.

Entonces apareció el báculo. Se materalizó a sus piés como por arte de magia. Evolet no fue consciente de cuándo lo tomó en sus manos ni cuando sintió entrar en su cuerpo ajado toda una ráfaga de odio y poder que la reconfortaron; que llenaron su vacío. El arma brilló con un aura demoníaca y del interior de ella, salió un fornido guerrero con la mirada renegrida y una capucha que le ocultaba el rostro.

—Evolet, ¿el mundo te ha tratado mal? —dijo el desconocido con su voz cavernosa—. ¿Te ha quitado todo lo que más querías?

—Sí —respondió ella apretando los dientes.

—¿Y qué sientes?

—Odio. Un odio que nunca antes había sentido —dijo la campesina sorprendiéndose de sus propias palabras.

—Entonces abraza tu destino. Soy Abraxas, señor de mil legiones. No puedo ofrecerte consuelo, pues no está en mi naturaleza, pero puedo darte poder y un propósito.

—¿Qué propósito le queda a alguien como yo? —dijo apretando fuerte el báculo con sus manos callosas.

—Devolver a este mundo los tormentos que te ha infligido. Quiero que vengas conmigo y seas la nueva Emperatriz Tenebrosa, que gobernemos juntos el inframundo. Que puedas canalizar tu sufrimiento en castigar a los demás.

—¿Eso me ayudará a sanar?

—Lo dudo. Pero te dará un propósito. Las fuerzas más oscuras del mundo te han elegido Évolet, para convertirte en el nuevo ser de Oscuridad que junto a los otros seis elegidos ha de sumir al mundo en la negrura eterna. ¿Estás preparada para cumplir tu destino?

—No hay nada que desee más que apagar la llama que arde en mí extendiendo por el mundo la desgracia —respondió ella con un nuevo brillo en la mirada.

—Eso es lo que esperaba oír —respondió él con una media sonrisa—. Como tu demonio guía y consejero, habitaré en tu báculo y te serviré. Usa mi poder siempre que quieras y volatilizaré con mis rayos a tus enemigos. Usa mis legiones a tu antojo. Solo existo para servirte —finalizó Abraxas mientras hincaba su rodilla ante una aún incrédula Évolet.

162 – EL ENLACE DE ÁMBAR II

Las antorchas del Palacio de Ámbar alumbraban con una luz cada vez más débil. Grahim el impromago veía como sus defensas iban languideciendo. Sancha se parapetaba tras él evitado el ataque de Dorna, pero su escudo de luz no tardaría en sucumbir ante la arrolladora oscuridad de la salvaje.

–No podré resistir mucho más –advirtió Grahim entre dientes a la Reina Madre Sancha–. Dorna es demasiado poderosa… y demasiado oscura. 

–¡Resiste, impromago, y te juro que te recompensaré! ¡Tendrás todo el oro que quieras! Sabe el Titán que, cuando quiere, Sancha sabe ser generosa –trató de incentivarle la Reina Madre en un intento desesperado por sobrevivir.

Pero el poder de Grahim fue cediendo poco a poco hasta que solo una fina capa de luz les separó del halo oscuro de Dorna que, con su expresión sombría, daba rienda suelta a años de rabia acumulada. 

Y fue entonces, justo en el instante que la última defensa mágica se quebró como si fuera el cristal de una copa, cuando algo inesperado sucedió. Félix, el preclaro, que observaba impotente la escena sintió que alguien establecía con él una conexión telepática, algo que aunque era extraño para él, en el fondo le resultó familiar. Se trataba de la voz de Korugan, el chamán de Dorna que, hierático desde el otro lado de la sala, le miraba directamente, sin mover los labios. 

–Félix, ¿me oyes? –pronunció el Chamán con su voz mental, una voz que solo Félix parecía estar oyendo–. Te hablo a través de los canales del alma, soy Kórugan. Todo este tiempo he intentado controlar a Dorna, pero ya no puedo seguir, su dolor es demasiado grande y la oscuridad va a acabar por hacerla estallar. Su poder es inmenso y ni siquiera la marca del Titán puede retenerla. El mundo tal y como lo conocemos, dejará de existir.

–Pero ¿qué podemos hacer? ¡Tiene que haber un modo! –gritó Felix hacia sus adentros, esperando que Kórugan también pudiera escucharle como él le oía. Había leído cosas acerca de la telepatía, pero nunca había sido objeto de una comunicación de esa naturaleza.

–La hay. Se trata del sacrificio definitivo –afirmó la voz solemne del chamán–. En un universo paralelo tú y yo fuimos parte de un mismo ser. Un ser demasiado poderoso, que los inventores tuvieron que separar. Los espíritus me lo revelaron. En esta realidad somos dos, pero si queremos que el mundo siga existiendo tal y como lo conocemos, deberemos volver a ser uno. ¿Lo entiendes? Ahora que cada uno ha crecido y domina sus poderes y su mente, puede que el ser resultante ya no resulte una amenaza. O quizás sí… –añadió dubitativo– pero en cualquier caso, es nuestra única opción.

–Lo entiendo. Sólo así podremos detener la oscuridad que habita en Dorna antes de que su corazón se rompa y sea demasiado tarde –convino Félix–. Adelante.

Al recibir su aquiescencia, Kórugan juntó sus manos y pronunció unas palabras en un oscuro y arcano idioma mientras andaba hacia Félix. Félix, a su vez, comenzó a dar pasos hacia él y, al tocarse, sus cuerpos parecieron perder su solidez. Se fundieron en uno mientras un potente destello de pura luz les envolvía. Al disiparse el destello cegador, y ante la expectante mirada de la concurrencia, apareció un nuevo ser, igual que ambos, pero muy distinto a cada uno. Con su nuevo atuendo, su túnica de motivos rojos y dorados y sus pieles de aire salvaje. Todos abrieron los ojos absortos, y hasta la mismísima Dorna, que prácticamente había vencido la resistencia de Grahim, miró extrañada al nuevo enemigo que tenía enfrente. Él alzó la mano y en ella se materializó, envuelta en un resplandor una varita muy peculiar que Grahim reconoció inmediatamente por haberla visto tantas veces en los libros de Historia de la Magia.

–¡Es la varita del Primer Archimago, la que fue forjada por los enanos en los fuegos de la Fragua Arcana! –exclamó el impromago atónito–. Dicen que sólo se materializa a voluntad de.. ¡un momento! –dijo atando cabos–. Eso significa que estamos ante…

–¡Saludad a Kórux, el nuevo Archimago! –profirió aquel imponente ser que tenía el mismo rostro que Felix y Kórugan pero un aire mucho más regio. 

Todos le miraron atónitos, incluyendo los oscuros visitantes.

–Detente Dorna, no dejes que el odio te destruya a ti ni a aquellos que más quieres –dijo Kórux con su potente voz y alzó su nueva varita que emanaba toda ella una confortable luz similar a la del sol del verano.

Dorna cesó en su ataque a Sancha y se centró en su nuevo enemigo.

–No sé quién eres ni qué has hecho con Kórugan, pero vas a morir por ello – espetó Dorna con la mirada desencajada y alzó las manos para dirigir hacia él su siguiente y definitivo ataque.

Pero Kórux, con angelical serenidad dirigió su varita hacia Dorna y profirió un hechizo desconocido para todos los presentes:

–¡Mater amantis lumenes impera et obscuritas desterrata!

Una luz deslumbrante emanó de la punta de su varita que fue aumentando su intensidad hasta deslumbrar a todos los presentes que tuvieron que cerrar los ojos.

En ese momento Dorna sintió cómo despertaba de su pesadilla. La luz de un día soleado brillaba en su alcoba, su hijo Juliok, portando la corona de su padre, corría hacia ella dedicándole una de sus más cándidas y encantadoras sonrisas. Ella se la devolvió y ambos se fundieron en un tierno abrazo de luz, mientras a Dorna, le parecía escuchar la voz de su fiel chamán Kórugan que se despedía de ella con el cariño más sincero. Su rostro de salvaje, más sonriente que de costumbre, pareció vislumbrarse a modo de halo de luz purificadora que se grabó en la retina de Dorna. Ese sueño feliz era el último regalo de su mejor y más querido amigo: aquel que nunca, ni siquiera en sus tiempos más oscuros, la había abandonado. Luego la luz lo inundó todo y la salvaje, la madre, la reina… no pudo ver ni oír nada más.

Cuando los presentes abrieron los ojos de nuevo, pudieron ver a un Kórux triunfante y a Dorna en el suelo, arrodillada. Su armadura de oscuridad se había caído al suelo a trozos como los fragmentos del cascarón de un huevo. Su corazón ajado ya no emanaba puro odio, sino que se había colmado de pena. Pena por los años perdidos sin poder criar a su hijo Juliok, sin haberle visto crecer; por ser consciente, de repente de que, ni toda la ira del mundo sería capaz de devolverle los momentos robados. Dorna lloró amargamente al entender que, por pura venganza, una venganza incapaz de arreglar nada ni devolverle lo arrebatado, había estado a punto de destruir el mundo conocido, de acabar incluso con ese hijo querido que un día le fue robado y al que todos estos años había creído muerto.

–Hijo mío… –musitó Dorna con voz temblorosa pensando en Juliok, cuya imagen se había desvanecido de su mente–. ¿Qué he estado a punto de hacer?

Los consejeros, visiblemente contrariados, dieron un paso atrás y se lanzaron una mutua mirada de frustración cómplice.

–Lástima –se lamentó Barastyr–,  esta vez hemos estado tan cerca.

–Quizás haya que recurrir a quien tú ya sabes –matizó Érebos con un atisbo de maligna esperanza–. Menos mal que la oscuridad siempre tiene un plan de emergencia.

El consejero sacó de su manga un orbe translúcido y ambos lo alzaron. La oscuridad que había abandonado a Dorna, yacía por el suelo en forma de cristales rotos que primero se elevaron al son de las oscuras palabras de los Consejeros Umbríos y luego se fueron sublimando hasta convertirse en un gas negruzco y opaco. Ante las risas malignas de aquellos seres, la oscuridad fue volviendo a introducirse en el orbe trasnparente hasta volverlo de nuevo completamente negro y opaco, como un ópalo sin pulir. 

–Por suerte, la oscuridad que ha salido de Dorna ha vuelto al orbe y vuelve a estar operativa –constató la bruja Aurobinda que, por un momento, había temido que todos sus planes hubieran sido definitivamente frustrados. 

–Y está lista para buscar un nuevo receptáculo –añadió Van Bakari el traficante de almas mientras una sonrisa pletórica asomaba tras su calavérica máscara–. Yo tengo al candidato ideal.

Con un gesto sucinto, la bruja agitó su báculo y los cuatro –la propia Aurobinda, Van Bakari y los consejeros– desaparecieron dejando tras de sí tan solo un rastro de humo negro, parecido al hollín de una chimenea.

Dorna seguía en el suelo observando sus propias manos con las que, segundos antes, había estado a punto de destruir el mismísimo universo.

–Mi odio me ha cegado –profirió con arrepentimiento ante la familia real y el resto de los presentes–. He estado a punto de acabar con aquello a lo que más quería por mi pura sed de venganza.

Kórux, emanando todavía una tenue aura de luz, le tendió la mano con aire magnánimo.

–Levántate reina salvaje, pues ya no hay en ti oscuridad.

–Oigo tu voz y me reconforta, Archimago –respondió Dorna. Luego miró a Sancha, la que hasta ahora había sido su eterna enemiga.

–Decidle a mi hijo Juliok que lo siento mucho y que le quiero más que a mi vida. Ahora comprendo que no puedo arrastrarle a mi lado –explicó con sincera frustración–. Me marcharé con mis hermanos y hermanas salvajes a las Montañas Cobrizas. Allí viviré una vida plácida y tranquila, con el consuelo de saber que la sangre salvaje gobierna este reino.

Dorna abandonó el salón con el andar de un alma errante mientras miraba al infinito.

–Claro querida, marcha en paz –se despidió Zora sonriendo entre dientes. Al fin y al cabo, había sido un día bastante provechoso para los von Vondra.

Sancha se quedó taciturna, pensativa, siguiendo a la derrotada Dorna con la mirada hasta que abandonó la estancia.

–Tenía mal carácter –murmuró la reina madre–, pero no te creas que no la voy a echar de menos…

Zora von Vondra dió un paso adelante y puso su delicada mano sobre el hombro de Sancha.

–Efectivamente, Majestad –asintió la marquesa–. Urraca y vos tendréis mucho tiempo para echar de menos los tiempos pasado cuando volváis a Villaolvido, de donde nunca debisteis salir –sentenció Zora con una sonrisa sádica–. Calamburia tiene una nueva Reina Madre y me temo que el reino no sea lo suficientemente grande para albergar a más de una.

A un gesto de Arishai varios soldados ataviados con la tradicional ropa de los nómadas entraron en la sala y rodearon a Sancha.

–¿Cómo? ¿Lo tenías todo planeado? –Sancha se revolvió como un gato rabioso que se sabía rodeado. Tras tantos años de traiciones e intrigas, ¿había osado alguien pagarle con la misma moneda?

–Me parece que yo soy la nueva Reina Madre ahora, querida. Y tú solo eres una traidora y una asesina de bebés –expuso Zora con todo el cinismo que había estado guardado para ese momento–. Me encargaré de que el pueblo y los cronistas sean especialmente conscientes de eso último.

–¡Teníamos un trato! ¡Esto es un ultraje! ¡Soy la Reina Regente! ¡Grahim, haz algo! –gritó Sancha desesperada mientras los guardias nómadas la prendían y se la llevaban.

Pero Grahim el mago, por su parte, se encogió de hombros.

–En los asuntos internos de la familia real, nosotros no nos metemos –expuso incómodo mirando de reojo a Melindres–. Tenemos nuevos reyes y a ellos nos debemos. Skuchaín seguirá fiel a la Corona –añadió lanzando una mirada al nuevo Archimago en busca de aprobación. 

Kórux se limitó a asentir en silencio dando por buenas las palabras del mago.

–No te preocupes, querida. –añadió Zora a modo de despedida cargada de fina ironía mientras perdía de vista a Sancha –. Os iré a visitar… alguna vez… al fin y al cabo, ahora somos familia.

–Esto no va a quedar así, no se le hace esto a una Reina. ¡Os arrepentiréis! ¡Todos! Como que me llamo Sancha que no me arrebataréis todo lo que he construido con mi esfuerzo y sacrificio –gritó en forma de última amenaza mientras salía a empellones por el quicio del gran portón.

Todos los presentes suspiraron con cierto alivio. Había sido un día duro, pero eran conscientes de que aún había mucho por hacer.

–Regocijáos, pues estamos de celebración. Calamburia tiene nuevos reyes –anunció Kórux el nuevo Archimago–. Pero manteneos alerta pues esta guerra no ha terminado. La última batalla está cerca y aún es necesario derrotar a los siete seres de oscuridad. Así que, majestad –dijo haciendo una reverencia ante la joven Melindres–, si me disculpáis, no me quedaré a tomar la tarta de vuestros esponsales, el deber me llama.

El Archimago desapareció con un gesto de su varita dejando de nuevo a los presentes con un cierto desasosiego que se palpó en un silencio más largo de lo habitual.

–¡Vamos! –profirió Zora rompiendo el hielo con un aire forzadamente triunfal–. Bebed, comed y disfrutad. Esto es una fiesta, ¡mi hija se casa!

161 – EL ENLACE DE ÁMBAR I

Era un día gris en Calamburia, como lo habían sido todos desde la final del último torneo. La Pesadilla del Titán conjurada por Eme se cernía sobre el reino como una densa nube negra y, por la noche, agitaba los sueños de toda la corte. De día, los rayos de sol apenas conseguían alcanzar las ventanas y el resultado era una atmósfera similar a la de un eclipse que no se disipaba. Por ello, los candelabros estaban siempre encendidos tratando de expulsar la penumbra de las múltiples estancias del Palacio de Ámbar. La gente estaba triste por muchas razones. La Oscuridad avanzaba y habían llegado las malas noticias. Aprovechando la Pesadilla del Titán, la oscuridad había asesinado a varios de los elegidos de la luz. Ukho el valeroso, el niño olvidado, y Kaju Dabán, el poderoso custodio del Templo de los Elementos –recientemente revelados como dos de los sietes seres de luz que habían de salvar Calamburia– habían sido asesinados a traición. El bando del bien se encontraba en clara desventaja. Pero eso no había impedido la celebración de los esponsales de los jóvenes nuevos reyes en el que la familia von Vondra y las Reinas Regentes no habían reparado en gastos. Era una alianza crucial, imprescindible en los oscuros tiempos que corrían. Y ni siquiera la Pesadilla del Titán era capaz de empañar los planes de las grandes mentes de la alta política.

Zora Von Vondra, miraba melancólica a través de la ventana. Se oían los murmullos de los invitados en el salón de al lado, aunque no parecían exactamente los de una fiesta, pues no había entre ellos risas ni felicidad. Zora miró a lo lejos, pero su vista no alcanzaba a vislumbrar nada más allá de la oscuridad del exterior. Debía ser mediodía y parecía un atardecer del más crudo invierno. La verdad es que la Marquesa de Siahuevo nunca hubiera imaginado que el triunfo, que tantos años había estado tejiendo, no le iba a saber tan dulce como esperaba. Los sirvientes preparaban el enlace entre Melindres von Vondra y el rey Sancho I con tanta eficiencia como desgana y nadie en la corte parecía realmente ilusionado por aquella celebración. ¿Sería culpa de las pesadillas? ¿Del cielo gris plomizo y la asfixiante atmósfera?

En ocasiones, en las frescas noches del desierto de Al-Yavist, mientras yacía en su jaima recostada sobre el poderoso pecho de su amado Arishai, soñaba con el gran día; el día en que casaría a su pequeña Melindres con un pretendiente que estuviera a su altura. Soñaba con el día en que ella, la marquesa Zora von Vondra, la más hermosa, cruel e inteligente aristócrata del reino, recuperara su lugar en la corte, de la que nunca tendría que haberse marchado. Y, al menos en sus sueños, siempre imaginó que eso sucedería un hermoso día de primavera, con las flores abiertas, un cielo sin nubes y una sonrisa radiante por parte de la pequeña Melindres. Pero ninguna de esas cosas se había cumplido. Sin embargo, tampoco se podía quejar, en esencia tenía lo que quería y sus planes habían acabado por cumplirse: su hija sería reina. Pero entonces, ¿por qué ese regusto amargo en su tan colosal victoria?

–Mi dulce rosa de las arenas –murmuró el Escorpión de Basalto que estaba a su lado–. No me siento cómodo con estos ardides. Cuando nosotros los nómadas tenemos que sellar un tratado, nos basta con un cuchillo y el tradicional pacto de sangre –añadió haciendo el gesto de cortarse la palma de la mano–. Es rápido, barato y no implica todo este desperdicio de agua y tiempo. 

–Querido, no refunfuñes –le regañó ella zalamera, olvidando sus preocupaciones–. Nuestra niña ha conseguido llegar más lejos de lo que cualquiera de nosotros ha llegado antes. Ya es la Reina de toda Calamburia –añadió señalando en derredor las estancias del Palacio de Ámbar–. Mi familia y tu gente alcanzarán, por fin, el lugar que por derecho les corresponde. Ahora solo falta que la pócima que le he dado a nuestro yerno Sancho, haga efecto y todo vaya a pedir de boca. Un heredero sellará por siempre esta alianza.

–No entiendo por qué a todos os preocupa tanto ese dichoso trono de Ámbar –dijo Arishai entornando sus ojos almendrados de nómada de las arenas–. Pero, tal y como te prometí, tú y la niña queríais una corona; y aquí tenéis vuestra corona.

En aquel momento, Melindres entró en la estancia visiblemente contrariada. No parecía en absoluto ilusionada con el enlace.

–No lo entiendo, mamá. Más de cinco mil invitados y ni un solo hortelano –se quejó la futura reina arrugando la nariz.

–Cariño, este no es lugar para tus vicios –la reprendió su madre mientras le acariciaba el cabello con dulzura–. Dime hija, ¿estás lista para el encamamiento?

 

–Ya sabéis que no –respondió la joven frunciendo el ceño–. Hubiera preferido a cualquier doncella de la corte antes que a ese pazguato. Esto lo hago por ti, mamá –y añadió en voz baja–. Aunque Sancho me cae bien. Creo que podré aguantar sin matarle hasta que ejecutes todos tus planes. Pero no te prometo que dure mucho más.

–Buena chica –le dijo con ternura mientras la tomaba entre sus brazos–. Tendrás otro hortelano este fin de semana.

La niña sonrió con una mueca que hubiera helado la sangre al mismísimo Titán. Entonces, con su elegante porte aristocrático, la Reina Madre Sancha entró en la estancia con gesto de profunda satisfacción. Se acercó a Melindres y le agarró una mejilla con un gesto efusivamente cariñoso.

–Bueno, bueno, bueno… Así que aquí tenemos a la dulce palomita de los von Vondra –dijo la anciana reina con una sonrisa de todo menos amigable–. ¿No es una cucada mi nueva tatara-nuera?

–Bienvenida, Majestad –la saludó la Marquesa haciendo una leve reverencia–. Tan deslumbrante como siempre… –mintió al más puro estilo de la corte.

–Guárdate tus lisonjas para las jovencitas, Zora y vamos al grano –la atajó la Reina Sancha cambiando su gesto de impostada amabilidad por el de la mujer de política que en realidad era–. Escorpión, ¿cuándo llegarán los nómadas que has aportado como dote al ejército real?

En ese momento se escucharon unas voces, como si alguien se acercara, y todos interrumpieron su conversación. Era bien sabido que, en el palacio de Ámbar, hasta las paredes tenían oídos. Felix el Preclaro, erudito de la Torre Arcana, entró en el salón conversando con Grahim el impromago, su alumno y protegido.

–Y entonces he soñado que estaba sentado frente a una hoguera rodeado de zíngaros –le explicaba el joven a su maestro–, y entonces he…

–Que el Titán le guarde, erudito –les saludó Sancha–. ¿Hemos hecho progresos?

–Hemos dejado a su Majestad aprendiendo la lección. Como erudito, le he contado cuáles son sus obligaciones maritales, desde un punto de vista teórico, obviamente –explicó Félix visiblemente incómodo.

–Yo le he contado la parte práctica –añadió orgulloso Grahim, el impromago–. Todo eso que nos explicó Minerva sobre la abeja que se posa sobre la flor y surgen más abejitas. ¡Saqué un diez! Creo que lo ha entendido…

–Y la infusión, ¿se la ha tomado entera? –inquirió Zora con avidez.

–Cierto, señora Marquesa, la Reina Urraca en persona está con él y se ha asegurado de que Sancho se tomara la infusión que usted le preparó. La verdad es que se encuentra mucho más relajado.

La marquesa Zora y la reina Sancha asistieron algo aliviadas e intercambiaron miradas de aprobación.

–¿Cuándo podemos pasar ya a la coronación, mamá? –les interrumpió Melindres impaciente.

–Sancho está descansando, estaba un poco nervioso –la intentó tranquilizar su madre mientras le acariciaba el rostro–. Ya estáis casados ante los ojos del Titán, mañana celebraremos vuestra coronación delante de toda Calamburia.

–Sin ánimo de molestar, mis serenísimas señoras –apuntó Grahim el mago con cierta preocupación–, el conjuro para contener la oscuridad de esta Pesadilla del Titán no promete durar mucho tiempo. Esperemos que Sancho se sobreponga pronto o si no…

Una repentina corriente de aire abrió la pesada puerta del salón. Tras ella había una densa masa de oscuridad que fue atravesada por un guardia que se arrastró agonizante alargando el brazo hacia la reina Sancha. El soldado tenía las venas de la cara ennegrecidas, como si su mismísima sangre se hubiera tornado oscura como la pez.

–Majestad… –murmuró entre estertores– han entrado en Palacio… salvad al heredero…

Seís cuerpos surgieron acto seguido de la nube de oscuridad irrumpiendo en el salón: una reina flanqueada por dos Consejeros Umbríos y, a prudencial distancia, su traficante de almas de cabecera, una bruja de revuelta melena rojiza y un chamán de gesto hosco vestido con pieles negras.

–¿Cómo? ¿Dónde me habéis traído? –preguntó Dorna, la Reina Oscura, levantando una ceja–. ¿Una boda a la que no he sido invitada?

–¡Kórugan! –aulló el chamán apoyando las palabras de su señora.

–Calmaos, mi señora, seguro que los Consejeros tenían un motivo para traernos hasta aquí –apuntó Aurobinda confiando en los designios de la oscuridad.

Los consejeros, con síncronos movimientos se acercaron cada uno a un oído de la Reina Oscura.

–Esta, poderosa Reina Dorna, no es una boda cualquiera –musitó Érebos.

–Son los esponsales de vuestro propio hijo, Majestad, aquel que os fue arrebatado –murmuró Barastyr.

–¿Mi hijo se casa? –preguntó Dorna visiblemente turbada.

–Y ni más ni menos que con el pequeño retoño de los Von Vondra –expuso con redomado cinismo Van Bakari, el traficante de almas–. Dicen que es una chiquita de armas tomar.

Con un solo gesto, regio y contundente de la Reina Oscura, todos los presentes, incluidos sus secuaces, callaron.

–Ahora que he encontrado a Juliok, se consumará mi último deseo por partida doble– sentenció Dorna–. Recuperaré a mi hijo y me vengaré de los que me lo arrebataron.

–A mí no me miréis –trató de excusarse la reina regente Sancha dando un paso atrás–. ¡Yo solo he pagado el convite!

Pero Dorna la miró directamente y sus ojos negros de salvaje relampaguearon.

–Tú, vieja arpía retorcida, serás la primera en morir –dijo ella con una mueca de algo que podría ser interpretado como satisfacción si su alma no estuviera rota–. Tú y tu maquiavélica hija Urraca me hicisteis creer que mi hijo había muerto –parecía que la iba a consumir tan solo con la ira de su mirada–. Ahora, mi poder sumirá a este mundo en la oscuridad eterna. Prepárate para probar el sabor de la derrota, Sancha.

Acto seguido, miró en derredor comprendiendo que ninguno de los presentes suponía ni la más nimia amenaza a sus nuevos y oscuros poderes.

–Pero antes de mataros – anunció Dorna–, traedme a mi hijo Juliok, al que habéis nombrado vuestro rey. Le ofreceré que se una a mí. Juntos, sumiremos al mundo en las tinieblas eternas.

–¡No irá con usted, señora! –exclamó Grahim preso de una furia repentina. Como impromago, era su deber proteger a la corona con su propia vida. Pero además, sentía profunda simpatía por el futuro rey–. ¡Y no le llame Juliok, se llama Sancho!

–Está bien, está bien. Creo que ha llegado el momento de que todos sepan la verdad –convino Sancha resignándose a confesar–. Sancho es, en realidad Juliok, el hijo de Dorna.

–¡Imposible! –objetó Melindres– Yo misma, así como muchos otros, vimos como lo defenestraste desde lo alto de la torre más alta del Palacio de Ámbar.

–Viste a un bebé, es cierto –explicó la anciana reina regente–, pero no viste morir al hijo de Dorna, al verdadero rey de Calamburia. Solo viste morir a un niño plebeyo, un hijo de nadie. Un sacrificio necesario que, sin duda, volvería a repetir.

Dorna esbozó una sonrisa de superioridad.

–Por más que me suma en la oscuridad, nunca me vas a la zaga en maldad, Sancha. Pero no te preocupes, ya no vas a tener que seguir regocijándote en tu culpa. Todo ha acabado, pagarás por lo que nos han hecho y me encargaré de que mi propio hijo te decapite personalmente con la espada de los Rodrigo.

Sancha rió presa de lo que algunos interpretaron como un desesperado arranque de locura fruto de la desesperación.

–Querida Dorna, no te envalentones más de lo necesario. Te he dicho la verdad, pero eso no quiere decir que te vaya a entregar a Sancho. Eso, ¡por encima de mi cadáver!

El gesto de la reina oscura se ensombreció y de sus poros comenzó a manar pura oscuridad, que comenzó a envolverla como si fuera una segunda piel.

–Si no me lo entregas por las buenas –dijo con voz átona–, tendré que obligarte. Y te garantizo que va a doler.

–Uy, uy, uy, aquí se va a liar –lanzó Van Bakari antes de hacer mutis por el foro–. Yo casi que voy tirando a la barra libre.

Érebos y Barastyr, los Consejeros Umbríos, se arrodillaron a ambos flancos de Dorna con posición de absoluta veneración y regocijo.

–Siento como crece, Érebos. La oscuridad insondable y eterna. El huevo está a punto de eclosionar. El Titán Oscuro estará satisfecho –murmuró Basatyr.

–Parece que la semilla oscura está dando sus frutos. La Pura Oscuridad abandona su receptáculo mortal. Las tinieblas, por fin, lo envolverán todo –añadió Érebos.

–Mil veces habéis expulsado a la Oscuridad, y mil veces habrá de volver –espetó la bruja Aurobinda que veía su venganza más cerca que nunca–. ¿Es que nunca aprenderéis, patéticos seres?

–Siempre supe que el mal seguía habitando en ti, ¡bruja del demonio! –le respondió Félix apretando furibundo el libro que portaba bajo el brazo.

–Bruja soy y a mucha honra, maldito ratón de biblioteca –le contestó Aurobinda mostrando su más profundo desprecio en cada palabra–. No eres más que un ser patético que estudia la magia pero que nunca será capaz de dominarla.

Y levantando su báculo y tras pronunciar unas oscuras palabras, lanzó un rayo que arrojó a Félix por los aires.

En ese mismo instante, y elevándose por encima de los murmullos de los presentes, todos pudieron escuchar la cavernosa voz de los consejeros:

–Olvidad de una vez vuestras absurdas disputas terrenales y dad la bienvenida a… –anunció uno de ellos mientras se arrodillaba.

–…la Oscuridad Definitiva –concluyó el otro.

El suelo empezó a temblar mientras la luz de las antorchas se debilitaba.

Sancha, con la voz temblorosa, llamó al impromago.

–Grahim, querido. ¿Recuerdas el juramento que hiciste al entrar en Skuchaín? En el que juraste defender a la Corona…

–Claro, Majestad… –respondió él.

–¡Pues la Corona, soy yo! –alegó justo antes de parapetarse tras él–. Así que ¡vamos, defiéndeme!

–Por supuesto Majestad –dijo Grahim solícito mientras alzaba su varita.

El impromago entonó su mejor conjuro mientras movía al aire su varita. De ella surgió una inmensa esfera de luz y energía que levitó unos instantes frente a ellos, acto seguido Grahim pronunció una sola y certera frase:

–¡Lumines obscuritas redenta!

La bola luminosa se arrojó sobre Dorna con la velocidad de un meteorito pero, al impactar contra la oscuridad que la rodeaba, estalló en mil millones de chispas que fueron absorbidas lentamente por la oscuridad que la envolvía. La Reina Oscura sonrió con gesto de suficiencia. Movió su dedo índice con un sucinto y medido gesto y una cascada de oscuridad surcó el aire abalanzándose sobre Sancha. La anciana reina regente se estremeció pero Grahim el impromago se interpuso creando una barrera de luz con su varita. Sin embargo, la oscuridad empezó a presionar la barrera que fue cediendo paulatinamente.

–No creerán que tus hechizos de pacotilla podrán vencer a la oscuridad de nuestra Reina, ¿verdad? –dijo Érebos con una sonrisa macabra.

–La Oscuridad que reside en su corazón no conoce límites, y es más poderosa que toda la magia de Skuchaín. No os resistáis, es inutil –añadió Barastyr con la misma expresión que su compañero.

Nuestros héroes se miraron aterrados. La implacable oscuridad de Dorna parecía del todo imparable. ¿Se habría logrado imponer esta vez la Oscuridad de forma definitiva?