En las profundidades del Reino Faérico, se erigía la Aguja de Nácar, un palacio de esplendor inigualable, morada de la Dama Blanca. Karianna, una unicornia de pelaje tan resplandeciente como la misma luz de la luna, gobernaba desde allí sobre todas las demás razas faéricas. Su trono, tallado en el más puro nácar, brillaba con un fulgor suave, acogiendo no solo el poder de la tierra sino también la bondad y sabiduría para gobernar.
En este día, la cámara del trono resonaba con voces de deliberación. La Dama de Acero, señora de los enanos y forjadora de destinos, se presentó ante Karianna con una firme petición. Su baja estatura, propia de su raza, no menguaba en ningún caso su determinación y su presencia.
—Necesitamos más magia para la Forja Arcana —demandó Elga con voz firme—. Los druidas están siendo demasiado conservadores en su administración. Mis hijos y yo requerimos más libertad para forjar las varitas de los nuevos impromagos licenciados del reino de Calamburia.
—Me encargaré personalmente de ello —prometió Karianna con la serenidad que la caracterizaba—. No os preocupéis, la Forja Arcana brillará bajo vuestros martillos sin impedimento alguno.
—Gracias, Dama Blanca. Que la luz de la Aguja de Nácar ilumine nuestro camino.—entonó la Dama de Acero mientras se inclinaba hacía Karianna.
—Y que la sabiduría de los druidas nos guíe hacia el amanecer —respondió la Dama Blanca dándole su bendición.
Las palabras de despedida de las Damas aún resonaban en el aire cuando una silueta conocida atravesó el umbral de la sala del trono. Se trataba de Kárida, la Dama Añil, hermana mayor de Karianna. Tiempos atrás, su hermana pequeña le había arrebatado el título de Dama Blanca, privándola de la oportunidad de gobernar a pesar de ser la mayor de las dos hijas de Kyara la anterior líder y, por tanto, su sucesora natural. Incluso los sabios druidas se habían quedado perplejos ante tal giro de los acontecimientos.
—Hermana, tu mandato deja mucho que desear —espetó Kárida, sus ojos destellando con un brillo de desafío—. Bajo mi gobierno, querida, el Reino Faérico florecería más allá de lo que tu blando corazón soñaría con imaginar.
Kárida, con la sospecha anidada en su pecho, estudiaba con atención cada gesto, cada palabra, porque tenía un pálpito. Algo era diferente en la unicornia que tenía delante. En cierto modo, parecía que se encontraba ante alguien que se hacía pasar por su hermana. Conocía a Karianna mejor que nadie; sabía cómo la luz de la verdad brillaba en sus ojos y cómo la compasión modelaba sus expresiones. Sin embargo, lo que vio frente a ella era una imitación superficial, una actuación que solo podría engañar a quien no conociera a la verdadera Dama Blanca.
El momento decisivo llegó con un gesto aparentemente insignificante. La impostora, en un intento de emular la elegancia de Karianna, extendió su mano para acariciar a un cervatillo que se había aventurado en la sala del trono, un acto que habría sido natural para la unicornia. Pero el animal, en lugar de acercarse con confianza, retrocedió con temor. Kárida recordó entonces las palabras de su madre: «Los animales del Reino Faérico son los primeros en conocer la verdadera esencia de un alma.» En ese instante supo con certeza que la figura que se mostraba ante ella no era su hermana, sino una humana, una impostora que suplantaba la identidad de la verdadera Karianna.
Sin revelar su descubrimiento, Kárida se retiró de la sala. Su mente estaba tejiendo las primeras hebras de un plan de venganza. Buscó a Karkaddan, su compañero, cuya astucia y fuerza eran rivales solo de su lealtad. Le relató su descubrimiento, cómo esa impostora había usurpado el lugar de su hermana, y juntos, en la penumbra de su consejo, forjaron un plan.
—Debemos actuar con rapidez y decisión —dijo Karkaddan con voz susurrante cargada de determinación—. Esta afrenta no solo es contra ti, sino contra todo el Reino Faérico. La usurpadora debe ser desenmascarada y tu legítimo lugar como Dama Blanca debe ser restaurado.
La noche se cernía sobre la Aguja de Nácar mientras Kárida y Karkaddan se sumergían en las sombras, listos para iniciar su juego de venganza y justicia. El destino del Reino Faérico pendía de un hilo, un hilo que ellos estaban decididos a tejer en dirección a la restauración de la verdad y el orden legítimos.
Consumida por una sed de justicia, Kárida avanzó con paso firme hacia el salón del trono de Nácar. Movida por la convicción de que su hermana, la legítima Dama Blanca, había sido vilmente asesinada, se veía a sí misma como la única heredera capaz de restaurar el equilibrio y la justicia en el Mundo Faérico. En su mente, la figura de Anya, la impostora humana, se erigía como la usurpadora y asesina de Karianna. La adoración que todos profesaban hacia su hermana menor, desde su madre hasta los unicornios, se tornaba ahora en un recuerdo doloroso, un legado arrebatado no solo por la traición sino por un acto imperdonable de violencia.
—El título más preciado, el de Dama Blanca, y con él, la tiara de luces, ha caído en manos de una extranjera sin derecho alguno a nuestro mundo mágico—, se dijo Kárida, con el corazón encogido por el duelo y la ira. La determinación de vengar a Karianna y reclamar su lugar como gobernante legítima del Reino Faérico la impulsaba más allá del miedo y la duda.
Al ingresar al salón del trono, donde creía que la falsa Dama Blanca esperaba, desprevenida del ataque, Kárida, con el corazón pesado por el duelo pero firme en su propósito, se posicionó no solo como vengadora de su hermana sino como guardiana del legado del Reino Faérico. La batalla que se avecinaba no era solo por el trono, sino por el alma de un mundo que había sido sacudido hasta sus cimientos por la traición más oscura.
Afortunadamente para la dama añil, no se encontraba sola; desde las sombras, se comenzó a vislumbrar una luz brillante que procedía de un elegante cuerno de unicornio. Era Karkaddan, su compañero unicorno y confidente, cuya lealtad y astucia no conocían igual. Su silueta, tanto ágil como amenazante, precedió un ataque sorpresa. Se lanzó hacia el báculo mágico, emitiendo una risa siniestra que resonó por el salón. Anya, la guardabosques, al verse descubierta y superada, comprendió la gravedad de su situación: la venganza de Kárida era inminente, y su capacidad para defenderse, nula.
En la frontera entre el mito y la tangible realidad, oculto a los ojos de los habitantes de Calamburia y envuelto en el velo de las leyendas, descansa el Reino Faérico. Este mundo se encuentra no por encima o a través de un vasto mar, sino más bien como si estuviera bajo Calamburia, accesible a aquellos que conocen los secretos para voltear el disco del mundo y mirar lo que yace en su otra cara.
El Reino Faérico, en su misteriosa ubicación, actúa como la piedra angular de toda la magia que palpita en Calamburia. Es el corazón latente y la fuente suprema de donde mana la esencia mágica que alimenta cada hechizo, cada encantamiento, cada rincón encantado de Calamburia. La Aguja de Nácar, cimiento de maravillas del reino inferior, se erige como el nexo primordial de este flujo místico. No es simplemente un pilar de belleza sobrenatural, sino el punto de confluencia donde la magia se acumula, se potencia y se prepara para su travesía. .
Esta magia, una vez recogida y canalizada por la majestuosa Aguja, asciende en un torrente invisible y poderoso, atravesando el velo que separa los dos reinos. Su destino es la Torre Arcana de Skuchain en Calamburia, una estructura que, más allá de su imponencia física, sirve como receptáculo y amplificador de la magia faérica
En este reino de ensueño habitan criaturas cuyo solo nombre evoca encantamientos y antiguas canciones. Son seis las razas venerables que tejen el tapiz del poder: los astutos Faunos de la enmarañada Jungla Esmeralda, los nobles Unicornios que galopan por las Grandes Praderas Añil, las etéreas Hadas que danzan en Los Jardines Irisados, las místicas Ondinas que surcan las profundidades junto a Tealia, los ardientes Efreets, señores del Desierto Carmesí, y los Enanos, custodios ancestrales de las Cavernas de los Montes de Acero.
Cada raza rinde pleitesía a una Dama, elegida entre ellas por rituales tan antiguos como el mundo mismo. La Dama de los Faunos, cuyo linaje se pierde en las sombras de la jungla; la Dama de los Unicornios, reflejo de la pureza de las praderas; la Dama de las Hadas, cuyo poder se entrelaza con la flor y la hoja; la Dama de las Ondinas, voz del susurro de las mareas; la Dama de los Efreets, forjada en el calor abrasador del desierto; y la Dama de los Enanos, eco de la piedra y el metal.
Entre ellas, un ritual de poderes inmemoriales, dirigido por el Archimago de Calamburia, eleva a una sobre las demás. Esta elegida es coronada como la Dama Blanca, cuyo mandato trasciende los límites de las razas y cuya sabiduría guía los destinos de todos. Su trono y su santuario es la misma Aguja de Nácar, centro y fuente de toda la magia que alimenta los reinos.
En el tejido de la vida faérica, la Dama Blanca no rige en solitario su reino de magia y maravilla; a su lado, siempre presente, se encuentra un Espíritu del Bosque, un ser etéreo con forma de animal totémico, cuya existencia se entreteje con el latir mismo de la naturaleza, es tanto protector como consejero, un reflejo viviente de la esencia del Reino Faérico. Su presencia asegura que la conexión de la Dama con todos los seres y elementos de su dominio permanezca pura e inquebrantable. En la corte y en la soledad, en la alegría y en la tribulación, el Espíritu del Bosque es la constante suave y silenciosa, el testigo de su reinado y el guardián de su alma.
El paso del tiempo es inexorable, incluso para estas soberanas. Cuando los años tejen su red, la Dama en su sabiduría cede el cetro a su sucesora y se retira al lugar de retiro sagrado, donde las ancianas faéricas comparten sus últimos días en contemplación y memoria, velando por el legado que dejan tras de sí.
En las noches de luna llena, cuando las estrellas titilan con secretos antiguos y el viento susurra historias olvidadas, se relatan las crónicas de una séptima raza, los legendarios Pegasos. Descritos como Unicornios alados con la gracia etérea de las Hadas, su imagen inspira los sueños de los poetas y la veneración de los sabios. Se dice que surcaban los cielos con alas iridiscentes, maestros del aire y el firmamento, mensajeros entre los dioses y los mortales. Aunque su presencia ha quedado relegada a los mitos y sus siluetas ya no se recortan contra el horizonte del atardecer, su espíritu aún palpita en el corazón de los que creen. Los Pegasos, si alguna vez existieron, encarnaban la majestuosidad de su reino y el sublime cruce de lo terrenal con lo divino, y su recuerdo aún eleva las almas que se atreven a soñar con la posibilidad de su regreso.
En la trama del destino que entrelaza los dos reinos, existen también los Druidas, venerables Impromagos de la Casa de Natura. Ellos son los guardianes ancestrales y los celosos custodios del flujo de magia, ese delicado equilibrio que mantiene unido al Reino Faérico con el de Calamburia. Con sus rituales y conocimientos antiguos, que han pasado de generación en generación, vigilan que la corriente mágica no se desvíe ni se enturbie.
Los Druidas, maestros del canto de la tierra y el lenguaje de las estrellas, gozan de un respeto inmenso entre todas las criaturas faéricas. Su sabiduría es tan profunda como las raíces de los árboles milenarios y su poder, tan vasto como el cielo nocturno. No hay ser en el Reino Faérico que no sienta reverencia ante la presencia de un Druida, pues son ellos quienes mantienen la armonía de la naturaleza y el orden de los elementos.
En este reino donde cada susurro del viento y cada murmullo del agua lleva consigo un hechizo, los Druidas son la voz de la tierra, susurran con las hojas y caminan por senderos ocultos bañados por la luz de la luna. Son ellos los que, en la Aguja de Nácar, realizan los rituales más sagrados y complejos, aquellos que aseguran que la magia continúe fluyendo como un río viviente entre los mundos, dando vida al ciclo eterno de Calamburia y el Reino Faérico.
Así, este mapa no solo es una representación de tierras y mares, de montañas y valles. Es también un testimonio en papel de los Druidas, files testigos de la inmensidad de la tierra Faerica. Cada nombre, cada trazo, es una cartografía de poder, política y poesía, donde la vida faérica pulsa fuerte y el misterio aguarda en cada rincón para aquellos valientes o locos que se atreven a explorar el otro lado del Reino de Calamburia.
En las profundidades de ese mundo olvidado que se encuentra bajo el nuestro, más allá de la comprensión de los mortales, se extendía el palacio del Inframundo. Las paredes, talladas en piedra oscura, relucían con un brillo siniestro, como si guardaran los secretos y lamentos de milenios de antigüedad. Las antorchas, que ardían con llamas espectrales, proyectaban sombras danzantes que parecían susurrar historias de reinos caídos. En el centro de este mundo, en el corazón del subsuelo que está más allá de los dominios de los mineros y los enanos, se encontraba la sala del trono de Évolet, Emperatriz del Inframundo. Era una estancia vasta, cuyos altos techos se perdían en una oscuridad impenetrable. Las columnas, esculpidas con escenas de conquistas y caídas, se alzaban como testigos silenciosos de la majestuosidad y el poder que allí residían. En ese lugar, donde la eternidad y el olvido danzaban en un abrazo perpetuo mezclándose con los aullidos de las almas de los condenados, todo se hallaba en una calma aparente; una calma que, en realidad, no lograba ocultar la palpable tensión .
En el centro de la estancia, el trono de Évolet, tallado en un material que parecía absorber la luz a su alrededor, se erguía imponente. La emperatriz, una figura de belleza inquietante, se hallaba sentada en él, su mirada perdida en pensamientos que ningún mortal podría comprender. Sus dedos repicaban contra el brazo del trono, un sonido que resonaba en la sala como un presagio de tormenta.
Flanqueando a su señora, se encontraban los Consejeros Umbríos, Érebos y Barastyr. Sus figuras, envueltas en túnicas de negro y grana parecían hechas de hilos de la noche misma, e imponían un respeto temeroso. Érebos, con sus ojos que parecían tragarse la luz, y Barastyr, cuya presencia era tan fría como la tumba, se mantenían inmóviles, sus rostros esculpidos en una expresión de preocupación. A pesar de su aspecto tétrico, en esta ocasión, una inquietud palpable emanaba de ellos, temiendo en silencio la cólera de su Emperatriz.
Justo detrás de Évolet, se encontraba Abraxas, el Alto Demonio, que había abandonado momentáneamente el báculo de la Emperatriz. Se hallaba en silencio tras el trono con sus imponentes ojos cerrados y la capucha ocultándole casi todo el rostro. Si no fuera porque los consejeros podían verle relamerse de vez en cuando, bien podrían pensar que estaba durmiendo. Él solía decir que, cuando se encontraba en ese estado, se estaba alimentando, pero todos en el inframundo sabían que los demonios no comían, pues tan solo se nutrían de la esencia del sufrimiento de las almas atormentadas. El resto de altos demonios del báculo de Evolet, también lo habían abandonado y ahora campaban a sus anchas por el Palacio y los alrededores atormentando a las ánimas de los condenados, cuando tenían ocasión.
—¡He sido humillada! —lanzó Évolet con toda su inquina—. Ese maldito Archimago me ha engatusado para que colaborara con él a fin de evitar el fin del mundo. ¿Y ahora qué? Tras todo nuestro esfuerzo volvemos al punto de inicio. Ellos viven sus felices vidas en la superficie y yo lamo mis heridas aquí por el resto de la eternidad.
—Mi señora tenebrosa —apuntó Érebos—, era un caso de fuerza mayor. Los canales mágicos no soportaron tanto vaivén.
—Érebos tiene razón —apostilló Barastyr—. Si no hubierais elegido colaborar, hubiéramos muerto todos. Y tampoco parece una alternativa muy halagüeña, ¿no es así?
—Pues eso es lo que quiero precisamente. ¡Alternativas! —espetó ella—. Necesito un plan para volver a atormentar a los de ahí arriba. Siento un vacío dentro que solo se llena si les veo sufrir.
En ese momento Abraxas abrió los ojos, alzó el rostro y habló con su voz profunda y cavernosa.
—Siento una presencia. El Traficante de Almas está aquí —dicho esto volvió a su estado de letargo anterior.
—¿Van Bakari aquí en el inframundo, tan lejos de su apestosa ciénaga? —preguntó incrédulo Barastyr.
—¿Y a estas horas de la noche? —añadió Érebos con suspicacia.
El zalamero Traficante de Almas entró el el salón del trono portando un oscuro orbe con él.
—¡Van Bakari! No recuerdo que se te haya concedido audiencia —espetó Évolet directa y contundente como el restallido de un látigo—. Como puedes ver, estoy ocupada. Además, no se me ha olvidado lo inútiles que fueron en la batalla los Elegidos de la Oscuridad que tú aportaste —añadió con una mezcla de sorna y reproche—. Lord William no resistió ni un asalto antes de perder literalmente la cabeza. Y ese Rodrigo el Resurrecto que te sacaste de la manga, fue todavía más inservible. Dime, ¿por qué esa obsesión tuya con seguir valiéndote de los muertos? Si los muertos están muertos, es por algo.
—Tenéis razón, poderosa Emperatriz del Inframundo. Mis redivivos fueron patéticos en batalla —dijo el traficante haciendo una forzada autoinculpación—. Soy más miserable que los zapatos de un vagabundo, aún diría más, soy más miserable que el felpudo con el que se limpia los zapatos el vagabundo. ¡Aún diría más! Soy más sucio y rastrero que el excremento de perro que pisaron los zapatos de…
—Está bien, maldito truhán, ya te has humillado lo suficiente —le cortó satisfecha—. Eso me congratula. Desembucha, qué nueva triquiñuela te has inventado. Si me convence, no te mataré —sentenció como si la decisión fuera algo tremendamente banal.
—Sois de un magnánimo… —dijo Van Bakari con cierta ironía.
—Vamos, tengo toda la eternidad, pero no pienso pasarla contigo —le apremió la Emperatriz.
—El caso es que he encontrado el modo de dar la vuelta a la tortilla. Es un plan que puede llevar tiempo, pero dudo que a alguien inmortal eso le importe demasiado.
—¡Al grano, traficante, me irritan los prolegómenos! —dijo volviendo a martillear el brazo del trono con los dedos.
—¡Majestad os propongo un matrimonio! —anunció con una sonrisa pletórica.
—¿Qué? ¿Cómo te atreves? —preguntó ella incrédula—. Maldito patán pretencioso, ¿qué te hace siquiera pensar que serías ni lo remotamente digno para…?
—No, no, su alteza de los infiernos, no me refería a mí —la detuvo antes de que fuera demasiado tarde—. Me refería a otra persona. Alguien de sangre real, con la sangre más noble posible. Alguien que os aporte la legitimidad que necesitáis.
—No necesito legitimidad. Soy la Emperatriz del Inframundo. ¡Lo conquistaré todo a sangre y fuego!
—No solo se trata de conquistar, majestad. Luego de conquistar, hay que gobernar —le susurró Érebos a modo de consejo.
—La legitimidad es uno de los mejores inventos de los mortales. Es lo que hace innecesario matar a todo el mundo, ¿entendéis? —añadió Barastyr en el mismo tono.
—Claro, si tengo la legitimidad, tendrán que obedecerme y temerme por derecho —reflexionó ella en voz alta—. Nadie me engatusará para que colabore con ellos y todos temblarán a mi paso. Además esos héroes, con su absurda fe en las coronas y los tronos, tendrán que rendirse ante mí —Évolet parecía estar paladeando ya su triunfo indiscutible.
—Eso es —convino Van Bakari solícito—. Y yo tengo la legitimidad que necesitáis en este sencillo pero elegante orbe.
Con un elegante movimiento, el traficante acarició el orbe y de él salió, como por arte de magia la regia efigie de Rodrigo IV, el Resurrecto.
—¿Por qué iba a interesarme este papanatas? —se quejó decepcionada la Emperatriz— No sabe luchar ni hacer magia.
—Pero soy rey. Por derecho. De toooda Calamburia —apuntó Rodrigo tratando de contener su ira— Mis herederos han obtenido la corona debido a mi ausencia, un asuntillo vinculado a mi muerte y demás.
—Pero el rey Rodrigo está vivo de nuevo —concluyó Van Bakari—, ¿sabéis lo que eso significa?
—Que vuelvo a ser el primero en la línea de sucesión —sentenció Rodrigo con una sonrisa seductora—. ¿Qué me decís Emperatriz?
Évolet meditó en silencio unos instantes tratando de digerir aquella información.
—¿Si me caso con este ser, podré conquistar el mundo? —preguntó aún algo reticente.
—Y no solo eso, Emperatriz —prosiguió Van Bakari haciendo su mejor papel de vendedor de elixires—. Si contrajerais nupcias con Rodrigo, vuestros vástagos dominarían el mundo entero para siempre y ¡por derecho!
—Hija, tendremos una hija, ya lo he decidido —dijo la emperatriz como si ya visualizara el futuro— Los niños no dan más que problemas.
—En tal caso, vuestra hija será la indiscutible Emperatriz de los Dos Mundos —resumió Van Bakari abriendo los brazos triunfante.
—El título me gusta y el plan es retorcido, rimbombante y requiere una enorme cadena de acontecimientos para llevarlo a cabo —observó sopesando el plan—. En definitiva, me gusta. Me entretendrá los próximos lustros. Pero déjame decirte algo, mi querido pelele real —añadió dirigiéndose a Rodrigo IV, su nuevo prometido.
—¿Sí, Emperatriz? —se aprestó él a preguntar solícito.
—Eres un pelele, serás un pelele y, si algún día pretendes dejar de serlo, morirás como un pelele. ¿Entiendes? —le advirtió Évolet en tono suave pero amenazante—. Solo vivirás aquí porque me sirves a mí, y tu forma de servirme será ser mi consorte, pero no olvides dónde está tu sitio.
—No lo olvidaré, poderosa emperatriz —convino Rodrigo haciendo una pomposa reverencia—. Me hacéis un gran honor y estoy satisfecho solo con saber que casándome con vos hago un servicio a vuestra causa.
—No solo a la suya —susurró Van Bakari para sus adentros mientras se frotaba las manos.
En el corazón de la arboleda, se alzaban árboles desnudos, cuyas ramas negras y retorcidas se entrelazaban como dedos esqueléticos en un macabro baile. La luz del sol parecía haber cejado en su interés de penetrar en la espesura de este dominio de pesadilla. El aire, pesado y frío, llevaba consigo un silencio opresivo, roto solo por el caprichoso y fantasmagórico juego del viento.
Évolet, la nueva Emperatriz Tenebrosa, extendía sus brazos triunfantes, mientras de su báculo emanaba una tétrica aura demoníaca. Su turbadora belleza contrastaba con el tétrico paisaje. La insaciable sed de venganza de su corazón roto la habían convertido en un ser constituido de pura maldad. A su alrededor, el resto de los Seres de Oscuridad aguardaba las órdenes de su lideresa para lanzarse al ataque.
―Y ahora que ya estamos todos, vamos a poner a estos aprendices en su sitio de una vez por todas ―sentenció con una media sonrisa que mostraba su insaciable ansia de destrucción―. Vamos, seres de Oscuridad, acabemos con esto de una vez por todas.
―Se hará como digáis, poderosa Emperatriz del Inframundo ―respondió Vandala, el asesino de las sombras―. Los zíngaros han venido a luchar.
En frente de los Siete abyectos seres se encontraban los seis héroes elegidos de la profecía: los Seres de Luz. Pero, por un capricho del destino, el último de los héroes no había acudido a la llamada. ¿Habría recibido la señal? ¿Habría muerto antes de poder cumplir su cometido como les había pasado previamente a Ukho o Kaju Dabán?
―Pero… ¿qué ha podido salir mal? ―se lamentó Baufren, el Duende Mayor―. Solo somos seis y deberíamos ser…
En ese instante preciso y antes de que el duende pudiera siquiera terminar su lamento, una luz cegadora iluminó la escena. Todos, Seres de Luz y Seres de Oscuridad, quedaron momentáneamente deslumbrados. Cuando el resplandor se disipó, los presentes pudieron contemplar a un ser que para todos era desconocido, pero a muchos resultaba familiar. Se trataba de Kórux, el nuevo Archimago, que había aparecido envuelto en un aura dorada que reflejaba la inmensidad de su poder mágico. Era un ente superior, el resultado de la fusión de dos seres separados al nacer: Félix el Preclaro, el más sabio de los Eruditos y Córugan, el más poderoso de entre los chamanes salvajes de las Montañas Cobrizas.
―¡Siete! ―dijo levantando la mano como respuesta al lamento de Baufren―. Perdonad el retraso, había ciertos asuntillos en una boda que requerían de mi presencia.
Níniel la elfa se acercó con su característico sigilo y acercó la mano a Kórux sin llegar a tocarle.
―Noto su fuerza desmedida, la magia bulle en él ―sentenció francamente sorprendida.
―¿Profesor Félix? ¿Es usted? ―preguntó Baufren el duende como si reconociera ligeramente el semblante del Archimago
―¡Cómo no había caído antes! El Archimago es el séptimo elegido. ¡Es aquel que ha de liderar a los Siete seres de Luz!
Los demás elegidos le miraron algo confusos.
―Se parece a Félix, el Preclaro pero no es él ―explicó didáctico el impromago que había vivido horas antes su transformación, aunque dentro de la pesadilla parecieran haber pasado siglos―. Es un ser mucho más poderoso, ¡y está de nuestro lado!
―Efectivamente, Grahim ―asintió sonriente aquel poderoso ser―. Soy Kórux el nuevo Archimago de la Torre Arcana y el ser de luz que viene a inclinar la balanza ―acto seguido se dirigió a los Seres de Oscuridad empuñando la brillante punta de su varita―. ¿Qué me dices, Emperatriz del Inframundo, estás dispuesta a luchar en igualdad de condiciones o acaso tenéis miedo?
Caila, la astuta bruja tenebrosa, sintió al instante el rebosante poder de aquel recién llegado y, sin dudarlo advirtió a su señora.
―Tenemos que tener cuidado, mi señora, sea lo que sea ese ser, es muy poderoso.
―Lo he notado ―convino la Emperatriz adquiriendo una posición de batalla pero sin perder su sonrisa―. Es mucho más fuerte que los otros y eso me gusta. Supondrá un reto. Eso sólo hará la victoria más dulce.
Vandala fue el primero en abalanzarse sobre el Achimago pero, su certera puñalada, lejos de penetrar en el costado de Kórux pareció ser bloqueada por una barrera invisible que protegía su cuerpo. En ese momento, Galerna usó su poder causando una potente ráfaga de viento que lanzó al zíngaro a varios metros de distancia yendo a aterrizar sobre un arbusto de espinos.
―Tened cuidado con el Archimago, parece que las armas convencionales no pueden dañarle ―advirtió Vandala secándose un hilillo de sangre que emanaba de la comisura de su labio―. Y no olvideis vigilar a la aisea: también es poderosa.
El zíngaro se levantó de un salto y lanzó en la distancia un puñal dirigido hacia Galerna. Pero Fecu, la hortelana, lo interceptó con un movimiento certero de su horca, quedando clavado en ella.
―
Los Consejeros comenzaron a farfullar un extraño salmo que helaba la sangre y una espesa masa de oscuridad que salía del suelo empezó a rodear a Galerna, pero Níniel la elfa comenzó a susurrar un antiguo hechizo arcano que hizo que los zarcillos de oscuridad cayeran fácidos al suelo deshaciéndose como si fueran puro humo. En su lugar, aparecieron unos hermosos crisantemos blancos.
―¡Condenados elfos! ―maldijo Érebos viendo frustrado su intento de neutralizar a la aisea.
―Son el peor invento de ese falso Titán desde que creó los domingos soleados y las familias felices ―convino Rodrigo IV mientras se mantenía en la retaguardia.
Évolet tomó su báculo con las dos manos y lanzó un rayo directo al corazón del Archimago, que lo desvió con un gesto sucinto de su varita. El rayo mortal fue a impactar en la base de un negro y retorcido roble que se desplomó en el acto. Caila dió un paso al frente y con un gesto firme de su varita, elevó el tronco caído varios metros sobre el aire, con el objetivo de aplastar a los seres de luz. Sin embargo, antes de que pudiera arrojarlo sobre ellos, Grahim lanzó un hechizo que retuvo el tronco en el aire impidiendo que cayera. Baufren el duende, a su vez, movió sus dedos mágicos convirtiendo el tronco del árbol caído en miles de coloridas mariposas que se dispersaron volando sobre sus cabezas.
―¡Maldición! Parece que nuestras fuerzas están igualadas ―maldijo Caila mientas analizaba la batalla en busca de un punto débil en el bando rival.
―Pero debemos perseverar. La luz no puede prevalecer ―convino Barastyr haciendo lo mismo.
Lord William, jaleado por Rodrigo IV, se abalanzó sobre Mairim, la niña-reina de Kalzaria. Ella, con una sonrisa en los labios, le propinó un puñetazo que hizo volar su cabeza por los aires, y fue a caer justo a los pies de Évolet. La emperatriz miró al redivivo con desprecio y dió una patada a su noble testa..
―Tengo migraña, hoy no salgo ―sentenció la cabeza de Lord William Von Vondra separada de su cuerpo mientras rodaba por el suelo..
―Estoy rodeada de inútiles, está claro que si quiero acabar con esos Seres de Luz, tendré que hacerlo yo misma ―dijo Évolet notablemente molesta con sus compañeros.
A una señal de la Emperatriz del Inframundo, todos los villanos dieron un paso atrás. Cuando Kórux hizo lo mismo, los suyos le imitaron.
―Esto es algo entre tú y yo, Archimago. ¿O necesitas a tu circo de amiguitos para derrotarme? Yo también tengo un amiguito, uno que vive dentro de mi báculo. ¡Ahora Abraxas!
Un rayo salió del báculo de la Emperatriz y otro de la varita del impromago, y chocaron en el aire produciendo una explosión que hizo caer al suelo a ambos atacantes. En aquel momento todos pudieron escuchar claramente las voces en su cabeza, eran timbres conocidos, los de las Nornas, seres atemporales que existían fuera de toda pesadilla. Les hablaban alto y claro.
―Siempre hay quien gana y quién pierde. La fortuna es caprichosa ―dijo la voz de Vernandi, la Norma del Presente.
―Pero en el juego de luces y sombras, la moneda no siempre cayó del mismo lado ―añadió Urd, la Norma del Pasado.
―Pero el futuro… (grita de dolor) No puedo verlo… por primera vez se abren ante mí dos caminos. Uno que les mantendrá sumidos por siempre en el olvido dentro de la Pesadilla del Titán. Y otro que logrará restablecer la realidad tal y como la conocemos.
―El presente es el que es ―recordó la maternal Verdandi.
―El pasado está escrito ―apuntó la anciana Urd.
―Pero el futuro… ―titubeó la hermosa Skald― aún es incierto.
―¿Serán capaces de unirse para encontrar la salida? ―recitaron al unísono las tres Nornas.
Volvió a hacerse el silencio preludiando la calma que precede a la tempestad y entonces el suelo tembló.
―¿Qué está pasando? ―dijo la Emperatriz a los suyos, pero parecían igual de confusos. ¿De quién eran esas voces que hemos escuchado?
―Son las voces de las Nornas. Antiguas y poderosas, ellas son la voz de la Providencia. Aquello que estuvo siempre, antes de los hombres, de los elfos y puede que antes del mismísimo Titán ―explicó Níniel la elfa a los presentes.
―Parece que algo ha salido mal, Évolet ―dijo el archimago a su mortal enemiga―. Nuestra lucha tenía que acabar con la Pesadilla del Titán, pero parece que ninguno de los bandos ha conseguido vencer y ahora el mundo de pesadilla se desmorona con nosotros dentro.
Se produjo otro temblor que resquebrajó el suelo bajo los pies de los contendientes.
―Parece que tienes razón, Archimago ―admitió la Emperatriz contrariada―. Pensé que todo volvería a la normalidad cuando uno de los bandos saliera derrotado.
―Y así había de ser, luz u oscuridad derrotarían a la Pesadilla, pero… seguimos atrapados ―evidenció Caila tratando de no caer al suelo por los temblores de tierra.
―¡No puede ser cierto! ―anunció Vandala como si recordara de repente algo importante―. El espíritu del patriarca tenía razón, por primera vez desde hace centurias la magia blanca y la magia oscura van a tener que unirse para vencer a un mal mayor. Nunca creí que ese sueño fuera a ser cierto.
―Pero Aurobinda nunca nos ha enseñado un hechizo para tal fin ―se lamentó Caila la bruja impotente―. ¿Eso significa que vamos a morir?
―El patriarca, en sueños, me enseñaba un conjuro ancestral que creó junto a Ailfrid, el anterior Archimago ―explicó Vandala a todos los presentes―. Se trataba de un conjuro que les permitió unir fuerzas. En sueños, el patriarca decía “Unio lucis et tenebrarum…” pero no consigo recordar el final. “Unio lucis et tenebrarum…” ―volvió a decir.
―“…finem visio nocturna” ―terminó por él Grahim el mago, que por todos era sabido que poseía sangre zíngara―. ¡Yo he tenido el mismo sueño! No lo había entendido hasta ahora.
―No hay tiempo, antes de que la pesadilla nos devore para siempre, debemos pronunciar el hechizo ―les apremió Galerna.
―No podemos esperar más ―les azuzó Baufren el duende― La magia está descontrolada, los portales faéricos están desbocados. La pesadilla ha durado demasiado y no sé si la Dama Blanca podrá seguir soportando el canal que une nuestros dos mundos.
―Tienes razón, Duende Mayor ―asintió Grahim―. El equilibrio es débil. Necesitamos que el vínculo no se rompa. Parece que los druidas no están consiguiendo cumplir su cometido. ¿Qué pasará si el vínculo se rompe definitivamente?
―¿Que qué pasará? Que… ―tartamudeó Baufren― ¡Que ya no habrá magia en toda Calamburia!
Entendiendo la gravedad de la situación, Kórux se volvió hacia Évolet y le habló con sinceridad.
―Évolet, sé que dentro de tu oscuro corazón sabrás hacer lo correcto ―dijo el Archimago tendiendo la mano a su enemiga―. ¿Cooperaremos para librar a Calamburia de la Pesadilla del Titán?
―No me malinterpretes ―respondió ella mirando su mano un segundo. Luego puso la suya encima―. Esto no es un tratado de paz, Archimago. Volveremos a encontrarnos y acabaré con vosotros. Pero por el momento os necesito.
Todos los presentes entrelazaron sus manos y pronunciaron el hechizo que los zíngaros habían recibido a través de los sueños. Mientras las palabras del conjuro resonaban en el aire, la Emperatriz Tenebrosa levantó su báculo, cargado con el poder de seis demonios. Al mismo tiempo, el Archimago sostuvo su varita, una reliquia que una vez perteneció a Theodus. Su unión originó un torbellino donde luz y oscuridad se entrelazaban, cada una modificando y equilibrando a la otra, mostrando así que incluso poderes antagónicos pueden complementarse y coexistir en una frágil armonía.
Poco a poco, cada uno volvía a dormirse sabiendo que se despertaría en un mundo mejor que el que dejaba atrás. En ese instante de duermevela, se escucharon en sus cabezas de nuevo las voces de las tres Nornas.
―El presente es el que es ―sentenció la voz Verdandi―. La unión de los contrarios logra acabar a veces con las pesadillas.
―El pasado está escrito. El dolor de un corazón roto, genera males insondables ―añadió la temblorosa voz de la anciana Urd.
―Pero el futuro… ―titubeó la jóven Sklad como si soportara en su cabeza todo el dolor del universo― …el futuro depara una fuerte alianza real en el inframundo, un eclipse en el corazón de un mago y el renacer de una raza que se creía extinta. Y todo ello lo soportará la tierra.
―…la tierra de Calamburia ―concluyeron a modo de sentencia las tres a coro.
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