163 – UN CORAZÓN ROTO II

En ese preciso instante una nube de cuervos entró volando por la ventana hasta formar un remolino en el centro de la sala del trono del Inframundo. Los Seis Altos Demonios observaron asombrados aquel extraño fenómeno. Pero su sorpresa aún fue mayos cuando la nube de pájaros se condensó tomando la forma de una mujer de busto prominente y pelo rojizo. Durante un segundo, los tres íncubos y los tres súcubos se tensionaron, preparándose para atacar, pero la mujer se arrodilló mostrando que acudía en son de paz.

—Altos Demonios del Inframundo, permitid que me presente ante vosotros. Soy Aurobinda, Señora de los Cuervos. Bruja y fiel sirviente de la Oscuridad.

—¿Y que te trae por nuestro reino sin ser invitada, Aurobinda? —preguntó Abraxas manteniendo las distancias.

— He sentido la presencia del báculo ante la desaparición de Kashiri. He venido a jurar lealtad a la Oscuridad que habita bajo la tierra y no he podido evitar escuchar vuestras necesidades. Necesitáis un corazón puro, ¿no es así? Yo os lo puedo proporcionar e incluso os puedo mostrar como quebrarlo de la forma más rápida y eficiente.

—Me cae bien —observó Axbalor dirigiéndose a sus hermanas.

—¿Y qué ganarías tú con ello, bruja? —inquirió  Abraxas reduciendo su suspicacia.

—Mis huestes han sido mermadas. Kashiri ha sido neutralizada, mi más fiel aprendiz ya no está entre nosotros y el alma de la reina Oscura que crearon los Consejeros ha sido purificada por culpa de ese maldito Archimago. Sinceramente, las cosas no pintan bien. Pero quizás, si las cosas se arreglan en el inframundo, juntos podamos volver a poner en jaque a esos héroes de pacotilla. Necesito un nuevo ser de oscuridad que esté a la altura de Dorna. Y solo una emperatriz del Inframundo puede estar a la altura de la Reina Oscura. Dejadme ayudaros a conseguir vuestro corazón roto: vosotros ganáis, yo gano.

—Está bien, Aurobinda, llévanos ante tan suculento manjar y serás recompensada — la apremió Luxanna relamiéndose los labios.

—Mis apreciados Altos Demonios, los más poderosos íncubos y súcubos del Inframundo —respondió la bruja con una reverencia—, estoy aquí para servir. Y no temáis, vuestro secreto sobre la verdad de las Emperatrices, estará a salvo conmigo —añadió en tono amable pero pero con un brillo siniestro en los ojos.

En el cielo, una bandada de graznantes yataragami, sobrevolaban en círculos sobre un campo de trigo recién segado cerca de una pequeña aldea. Los seis Altos Demonios y Aurobinda se encontraban tras un frondoso matorral mientras observaban cómo un pequeño mocoso jugaba a perseguir una lagartija.

—¿Ese es el alma más pura que has podido encontrar? —preguntó Axbalor algo decepcionado—. A mi me parece un mocoso de lo más corriente y no demasiado avispado.

—Observad lo que os tengo preparado. Llegado el momento, sabréis qué hacer. Confiad en mí —respondió Aurobinda segura de sí misma.

Kaila, Tesejo y Ménkara, disfrazados de vulgares campesinos, se acercaron al lugar donde jugaba el niño. Los tres parecían mirar de reojo al arbusto como si supieran que su maestra Aurobinda se hallaba tras él y buscaran su aprobación. Kaila, la líder del trío, se sentó junto al niño. Se sentía asombrada del trabajo que sus compañeros habían hecho encontrando a un alma pura pero, en consecuencia, también se sentía obligada a llevar la voz cantante en la operación tan crucial para el futuro de la Oscuridad.

—Hola pequeño, ¿cómo te llamas? —dijo haciendo un esfuerzo por mostrar la toda amabilidad de la que en realidad carecía.

—Evelión —respondió él con una sonrisa mellada.

—Me gusta tu nombre —sonrió ella revolviendo con la mano los cabellos del niño—. Evelión, ¿has visto alguna vez un truco de magia? —y sin esperar respuesta, Kaila tomó una pequeña brizna de paja del suelo y la hizo florecer. De ella salieron seis espigas negras que, en pocos segundos se abrieron alcanzando su plenitud.

—¡Wow! — exclamó el niño admirado.

Mientras Ménkara y Tesejo, con el rostro algo más sombrío que de costumbre, iban colocando velas oscuras en el perímetro.

—¿Te gustaría a tí también poder hacer magia?

—Sí, me gustaría mucho, ¿puedes enseñarme?

—Haré más que eso, te voy a dar estos granos de trigo oscuro —dijo extrayendo el fruto de las espigas que acababa de crear—. Si los tragas todos a la vez y sin masticar, tendrás magia, como yo. Es así de sencillo, ¿entiendes?

Le ofreció el puñado de granos de trigo negro que el niño tragó sin pensar.

—Saben un poco amargos…

—Es normal, cuando uno quiere obtener algo que le gusta, a veces las cosas saben así —dijo Kaila con el rostro sombrío. Luego se dirigió a sus compañeros que habían acabado de colocar la velas mientras lanzaba una mirada a los matorrales—. Vámonos, nuestra parte ya ha terminado.

Ménkara y Tesejo la siguieron sin atreverse a volver el rostro hacia el niño que se quedó solo, algo mareado por el efecto de lo que acaba de ingerir.

—¿Envenenar a un niño? ¡Uy, qué crueldad! —dijo Axbalor con retintín—. Cómo pretendéis que eso le rompa el corazón, si ni siquiera es consciente de lo que está pasando. Su sufrimiento no nos dará ni para un mísero bocado. ¡Esta bruja es un fraude!

—Espera y verás, mi impaciente y demoníaco amigo —le conminó Aurobinda manteniendo su sonrisa de suficiencia.

Acto seguido aparecieron los Consejeros Umbríos, Érebos y Barastyr, acompañados de Van Bakari, el traficante de almas, que rodearon el cuerpo del infante que yacía dormido en el suelo con los labios teñidos de un color azabache. De la sombra del tronco de un árbol decrépito, se materializaron Vandala, con su afilada daga y sus movimientos gráciles y letales y la siempre hermosa Kálaba, agitando su pandereta. Aurobinda salió de entre los matorrales sumándose a ellos y entonando cánticos oscuros que los propios demonios nunca habían escuchado antes. La percusión zíngara marcaba el ritmo y los yataragami, atrapados en sus cuerpos de cuervo y sometidos a la voluntad de la bruja, seguían girando en círculos en el aire y graznando con fuerza dotando al rito de unos coros de aspecto desgarrador. El cuerpo inerte del niño se alzó a un palmo del suelo, al ritmo de las oscuras salmodias de los consejeros y los oscuros hechizos de la bruja. Como colofón, Van Bakari, sacó un frasco de uno de sus bolsillos, lo descorchó y lo extendió hacia el infante. El alma de Evelión abandonó su cuerpecito para introducirse en el frasco que el traficante de almas volvió a tapar y a guardar convenientemente con la sonrisa de satisfacción de un gato que ha devorado a un ratón. Al notar las miradas inquisitivas de sus malvados compañeros Van Bakari se encogió de hombros.

—En casa de un traficante, nada se desperdicia —sonrió él.

Entonces, mientras el cuerpos ya sin vida del niño se depositaba lentamente de nuevo en el suelo polvoriento, se oyó en la lejanía la cándida y bondadosa voz de Évolet. Una joven campesina que, al notar que su hermano no volvía a la choza, había salido a buscarle.

—Evelión, Evelión, ¿dónde te has metido? —dijo la dulce campesina mientras buscaba al niño sin éxito.

—Tras los matorrales —ordenó Aurobinda a sus compañeros— Nuestro trabajo aquí ya ha concluido. Y vosotros —dijo mirando a los demonios que seguían observando atónitos tras el matorral —volved al báculo y os garantizo que comeréis los mejores manjares durante los próximos cinco siglos. Excepto tú —añadió señalando a Abraxas, el mayor de los hermanos—. Alguien tiene que guiar a la nueva Emperatriz del Inframundo.

—Como hermano mayor, asumiré esa tarea con gusto. Os proveeré de los mejores manjares— sentenció Abraxas en tono solemne mirando a sus hermanos que parecían satisfechos de poder volver a descansar en su báculo mientras eran alimentados.

Todos acataron las instrucciones e incluso los yataragami se dispersaron. Parecía que, salvo por el cuerpo inerte del niño, todo había vuelto a la normalidad. Como si el ritual nunca hubiera sucedido.

—Ah, aquí estás —dijo Evolet mostrando una pequeña hogaza en cuanto divisó el cuerpo de su querido hermano pequeño—. He hecho pan con la harina que molimos ayer. No me ha quedado muy bien, pero he usado la receta que usaba madre. Al menos parece que hoy tendremos algo que llevarnos a la boca y no tendrás que cazar más lagartijas. ¿Ya estás durmiendo otra vez? —le regañó con bondad—. Es normal, estás cansado porque tienes hambre, a mi me pasa lo mismo, pero no te preocupes, mientras nos tengamos el uno al otro, el hambre se puede sobrellevar. ¿Evelión? —dijo zarandeándole al ver que no despertaba—. ¡Evelión!

Al ver que el niño estaba pálido y sus labios negros, la dulce Évolet se derrumbó dando un grito desgarrador. Sabía que la vida le había ido quitando poco a poco todo lo que tenía. Primero su padre murió en la guerra sirviendo a las órdenes de las Reinas Regentes, luego su madre enfermó de disentería y les dejó… Había resistido cada envite de la vida porque tenía un propósito, alguien de quien ser el soporte. Pero ahora que su hermano pequeño ya no estaba entre los vivos, el último muro de contención de su sufrimiento se quebró. Lo único que le quedaba en el mundo, lo único que daba sentido a su miserable vida, también había desaparecido. Entonces sintió como el único hilo que le unía al mundo se rompía, notó cómo su bondad se terminaba de secar por completo dejando solo el vacío.

Entonces apareció el báculo. Se materalizó a sus piés como por arte de magia. Evolet no fue consciente de cuándo lo tomó en sus manos ni cuando sintió entrar en su cuerpo ajado toda una ráfaga de odio y poder que la reconfortaron; que llenaron su vacío. El arma brilló con un aura demoníaca y del interior de ella, salió un fornido guerrero con la mirada renegrida y una capucha que le ocultaba el rostro.

—Evolet, ¿el mundo te ha tratado mal? —dijo el desconocido con su voz cavernosa—. ¿Te ha quitado todo lo que más querías?

—Sí —respondió ella apretando los dientes.

—¿Y qué sientes?

—Odio. Un odio que nunca antes había sentido —dijo la campesina sorprendiéndose de sus propias palabras.

—Entonces abraza tu destino. Soy Abraxas, señor de mil legiones. No puedo ofrecerte consuelo, pues no está en mi naturaleza, pero puedo darte poder y un propósito.

—¿Qué propósito le queda a alguien como yo? —dijo apretando fuerte el báculo con sus manos callosas.

—Devolver a este mundo los tormentos que te ha infligido. Quiero que vengas conmigo y seas la nueva Emperatriz Tenebrosa, que gobernemos juntos el inframundo. Que puedas canalizar tu sufrimiento en castigar a los demás.

—¿Eso me ayudará a sanar?

—Lo dudo. Pero te dará un propósito. Las fuerzas más oscuras del mundo te han elegido Évolet, para convertirte en el nuevo ser de Oscuridad que junto a los otros seis elegidos ha de sumir al mundo en la negrura eterna. ¿Estás preparada para cumplir tu destino?

—No hay nada que desee más que apagar la llama que arde en mí extendiendo por el mundo la desgracia —respondió ella con un nuevo brillo en la mirada.

—Eso es lo que esperaba oír —respondió él con una media sonrisa—. Como tu demonio guía y consejero, habitaré en tu báculo y te serviré. Usa mi poder siempre que quieras y volatilizaré con mis rayos a tus enemigos. Usa mis legiones a tu antojo. Solo existo para servirte —finalizó Abraxas mientras hincaba su rodilla ante una aún incrédula Évolet.


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