162 – EL ENLACE DE ÁMBAR II

Las antorchas del Palacio de Ámbar alumbraban con una luz cada vez más débil. Grahim el impromago veía como sus defensas iban languideciendo. Sancha se parapetaba tras él evitado el ataque de Dorna, pero su escudo de luz no tardaría en sucumbir ante la arrolladora oscuridad de la salvaje.

–No podré resistir mucho más –advirtió Grahim entre dientes a la Reina Madre Sancha–. Dorna es demasiado poderosa… y demasiado oscura. 

–¡Resiste, impromago, y te juro que te recompensaré! ¡Tendrás todo el oro que quieras! Sabe el Titán que, cuando quiere, Sancha sabe ser generosa –trató de incentivarle la Reina Madre en un intento desesperado por sobrevivir.

Pero el poder de Grahim fue cediendo poco a poco hasta que solo una fina capa de luz les separó del halo oscuro de Dorna que, con su expresión sombría, daba rienda suelta a años de rabia acumulada. 

Y fue entonces, justo en el instante que la última defensa mágica se quebró como si fuera el cristal de una copa, cuando algo inesperado sucedió. Félix, el preclaro, que observaba impotente la escena sintió que alguien establecía con él una conexión telepática, algo que aunque era extraño para él, en el fondo le resultó familiar. Se trataba de la voz de Korugan, el chamán de Dorna que, hierático desde el otro lado de la sala, le miraba directamente, sin mover los labios. 

–Félix, ¿me oyes? –pronunció el Chamán con su voz mental, una voz que solo Félix parecía estar oyendo–. Te hablo a través de los canales del alma, soy Kórugan. Todo este tiempo he intentado controlar a Dorna, pero ya no puedo seguir, su dolor es demasiado grande y la oscuridad va a acabar por hacerla estallar. Su poder es inmenso y ni siquiera la marca del Titán puede retenerla. El mundo tal y como lo conocemos, dejará de existir.

–Pero ¿qué podemos hacer? ¡Tiene que haber un modo! –gritó Felix hacia sus adentros, esperando que Kórugan también pudiera escucharle como él le oía. Había leído cosas acerca de la telepatía, pero nunca había sido objeto de una comunicación de esa naturaleza.

–La hay. Se trata del sacrificio definitivo –afirmó la voz solemne del chamán–. En un universo paralelo tú y yo fuimos parte de un mismo ser. Un ser demasiado poderoso, que los inventores tuvieron que separar. Los espíritus me lo revelaron. En esta realidad somos dos, pero si queremos que el mundo siga existiendo tal y como lo conocemos, deberemos volver a ser uno. ¿Lo entiendes? Ahora que cada uno ha crecido y domina sus poderes y su mente, puede que el ser resultante ya no resulte una amenaza. O quizás sí… –añadió dubitativo– pero en cualquier caso, es nuestra única opción.

–Lo entiendo. Sólo así podremos detener la oscuridad que habita en Dorna antes de que su corazón se rompa y sea demasiado tarde –convino Félix–. Adelante.

Al recibir su aquiescencia, Kórugan juntó sus manos y pronunció unas palabras en un oscuro y arcano idioma mientras andaba hacia Félix. Félix, a su vez, comenzó a dar pasos hacia él y, al tocarse, sus cuerpos parecieron perder su solidez. Se fundieron en uno mientras un potente destello de pura luz les envolvía. Al disiparse el destello cegador, y ante la expectante mirada de la concurrencia, apareció un nuevo ser, igual que ambos, pero muy distinto a cada uno. Con su nuevo atuendo, su túnica de motivos rojos y dorados y sus pieles de aire salvaje. Todos abrieron los ojos absortos, y hasta la mismísima Dorna, que prácticamente había vencido la resistencia de Grahim, miró extrañada al nuevo enemigo que tenía enfrente. Él alzó la mano y en ella se materializó, envuelta en un resplandor una varita muy peculiar que Grahim reconoció inmediatamente por haberla visto tantas veces en los libros de Historia de la Magia.

–¡Es la varita del Primer Archimago, la que fue forjada por los enanos en los fuegos de la Fragua Arcana! –exclamó el impromago atónito–. Dicen que sólo se materializa a voluntad de.. ¡un momento! –dijo atando cabos–. Eso significa que estamos ante…

–¡Saludad a Kórux, el nuevo Archimago! –profirió aquel imponente ser que tenía el mismo rostro que Felix y Kórugan pero un aire mucho más regio. 

Todos le miraron atónitos, incluyendo los oscuros visitantes.

–Detente Dorna, no dejes que el odio te destruya a ti ni a aquellos que más quieres –dijo Kórux con su potente voz y alzó su nueva varita que emanaba toda ella una confortable luz similar a la del sol del verano.

Dorna cesó en su ataque a Sancha y se centró en su nuevo enemigo.

–No sé quién eres ni qué has hecho con Kórugan, pero vas a morir por ello – espetó Dorna con la mirada desencajada y alzó las manos para dirigir hacia él su siguiente y definitivo ataque.

Pero Kórux, con angelical serenidad dirigió su varita hacia Dorna y profirió un hechizo desconocido para todos los presentes:

–¡Mater amantis lumenes impera et obscuritas desterrata!

Una luz deslumbrante emanó de la punta de su varita que fue aumentando su intensidad hasta deslumbrar a todos los presentes que tuvieron que cerrar los ojos.

En ese momento Dorna sintió cómo despertaba de su pesadilla. La luz de un día soleado brillaba en su alcoba, su hijo Juliok, portando la corona de su padre, corría hacia ella dedicándole una de sus más cándidas y encantadoras sonrisas. Ella se la devolvió y ambos se fundieron en un tierno abrazo de luz, mientras a Dorna, le parecía escuchar la voz de su fiel chamán Kórugan que se despedía de ella con el cariño más sincero. Su rostro de salvaje, más sonriente que de costumbre, pareció vislumbrarse a modo de halo de luz purificadora que se grabó en la retina de Dorna. Ese sueño feliz era el último regalo de su mejor y más querido amigo: aquel que nunca, ni siquiera en sus tiempos más oscuros, la había abandonado. Luego la luz lo inundó todo y la salvaje, la madre, la reina… no pudo ver ni oír nada más.

Cuando los presentes abrieron los ojos de nuevo, pudieron ver a un Kórux triunfante y a Dorna en el suelo, arrodillada. Su armadura de oscuridad se había caído al suelo a trozos como los fragmentos del cascarón de un huevo. Su corazón ajado ya no emanaba puro odio, sino que se había colmado de pena. Pena por los años perdidos sin poder criar a su hijo Juliok, sin haberle visto crecer; por ser consciente, de repente de que, ni toda la ira del mundo sería capaz de devolverle los momentos robados. Dorna lloró amargamente al entender que, por pura venganza, una venganza incapaz de arreglar nada ni devolverle lo arrebatado, había estado a punto de destruir el mundo conocido, de acabar incluso con ese hijo querido que un día le fue robado y al que todos estos años había creído muerto.

–Hijo mío… –musitó Dorna con voz temblorosa pensando en Juliok, cuya imagen se había desvanecido de su mente–. ¿Qué he estado a punto de hacer?

Los consejeros, visiblemente contrariados, dieron un paso atrás y se lanzaron una mutua mirada de frustración cómplice.

–Lástima –se lamentó Barastyr–,  esta vez hemos estado tan cerca.

–Quizás haya que recurrir a quien tú ya sabes –matizó Érebos con un atisbo de maligna esperanza–. Menos mal que la oscuridad siempre tiene un plan de emergencia.

El consejero sacó de su manga un orbe translúcido y ambos lo alzaron. La oscuridad que había abandonado a Dorna, yacía por el suelo en forma de cristales rotos que primero se elevaron al son de las oscuras palabras de los Consejeros Umbríos y luego se fueron sublimando hasta convertirse en un gas negruzco y opaco. Ante las risas malignas de aquellos seres, la oscuridad fue volviendo a introducirse en el orbe trasnparente hasta volverlo de nuevo completamente negro y opaco, como un ópalo sin pulir. 

–Por suerte, la oscuridad que ha salido de Dorna ha vuelto al orbe y vuelve a estar operativa –constató la bruja Aurobinda que, por un momento, había temido que todos sus planes hubieran sido definitivamente frustrados. 

–Y está lista para buscar un nuevo receptáculo –añadió Van Bakari el traficante de almas mientras una sonrisa pletórica asomaba tras su calavérica máscara–. Yo tengo al candidato ideal.

Con un gesto sucinto, la bruja agitó su báculo y los cuatro –la propia Aurobinda, Van Bakari y los consejeros– desaparecieron dejando tras de sí tan solo un rastro de humo negro, parecido al hollín de una chimenea.

Dorna seguía en el suelo observando sus propias manos con las que, segundos antes, había estado a punto de destruir el mismísimo universo.

–Mi odio me ha cegado –profirió con arrepentimiento ante la familia real y el resto de los presentes–. He estado a punto de acabar con aquello a lo que más quería por mi pura sed de venganza.

Kórux, emanando todavía una tenue aura de luz, le tendió la mano con aire magnánimo.

–Levántate reina salvaje, pues ya no hay en ti oscuridad.

–Oigo tu voz y me reconforta, Archimago –respondió Dorna. Luego miró a Sancha, la que hasta ahora había sido su eterna enemiga.

–Decidle a mi hijo Juliok que lo siento mucho y que le quiero más que a mi vida. Ahora comprendo que no puedo arrastrarle a mi lado –explicó con sincera frustración–. Me marcharé con mis hermanos y hermanas salvajes a las Montañas Cobrizas. Allí viviré una vida plácida y tranquila, con el consuelo de saber que la sangre salvaje gobierna este reino.

Dorna abandonó el salón con el andar de un alma errante mientras miraba al infinito.

–Claro querida, marcha en paz –se despidió Zora sonriendo entre dientes. Al fin y al cabo, había sido un día bastante provechoso para los von Vondra.

Sancha se quedó taciturna, pensativa, siguiendo a la derrotada Dorna con la mirada hasta que abandonó la estancia.

–Tenía mal carácter –murmuró la reina madre–, pero no te creas que no la voy a echar de menos…

Zora von Vondra dió un paso adelante y puso su delicada mano sobre el hombro de Sancha.

–Efectivamente, Majestad –asintió la marquesa–. Urraca y vos tendréis mucho tiempo para echar de menos los tiempos pasado cuando volváis a Villaolvido, de donde nunca debisteis salir –sentenció Zora con una sonrisa sádica–. Calamburia tiene una nueva Reina Madre y me temo que el reino no sea lo suficientemente grande para albergar a más de una.

A un gesto de Arishai varios soldados ataviados con la tradicional ropa de los nómadas entraron en la sala y rodearon a Sancha.

–¿Cómo? ¿Lo tenías todo planeado? –Sancha se revolvió como un gato rabioso que se sabía rodeado. Tras tantos años de traiciones e intrigas, ¿había osado alguien pagarle con la misma moneda?

–Me parece que yo soy la nueva Reina Madre ahora, querida. Y tú solo eres una traidora y una asesina de bebés –expuso Zora con todo el cinismo que había estado guardado para ese momento–. Me encargaré de que el pueblo y los cronistas sean especialmente conscientes de eso último.

–¡Teníamos un trato! ¡Esto es un ultraje! ¡Soy la Reina Regente! ¡Grahim, haz algo! –gritó Sancha desesperada mientras los guardias nómadas la prendían y se la llevaban.

Pero Grahim el mago, por su parte, se encogió de hombros.

–En los asuntos internos de la familia real, nosotros no nos metemos –expuso incómodo mirando de reojo a Melindres–. Tenemos nuevos reyes y a ellos nos debemos. Skuchaín seguirá fiel a la Corona –añadió lanzando una mirada al nuevo Archimago en busca de aprobación. 

Kórux se limitó a asentir en silencio dando por buenas las palabras del mago.

–No te preocupes, querida. –añadió Zora a modo de despedida cargada de fina ironía mientras perdía de vista a Sancha –. Os iré a visitar… alguna vez… al fin y al cabo, ahora somos familia.

–Esto no va a quedar así, no se le hace esto a una Reina. ¡Os arrepentiréis! ¡Todos! Como que me llamo Sancha que no me arrebataréis todo lo que he construido con mi esfuerzo y sacrificio –gritó en forma de última amenaza mientras salía a empellones por el quicio del gran portón.

Todos los presentes suspiraron con cierto alivio. Había sido un día duro, pero eran conscientes de que aún había mucho por hacer.

–Regocijáos, pues estamos de celebración. Calamburia tiene nuevos reyes –anunció Kórux el nuevo Archimago–. Pero manteneos alerta pues esta guerra no ha terminado. La última batalla está cerca y aún es necesario derrotar a los siete seres de oscuridad. Así que, majestad –dijo haciendo una reverencia ante la joven Melindres–, si me disculpáis, no me quedaré a tomar la tarta de vuestros esponsales, el deber me llama.

El Archimago desapareció con un gesto de su varita dejando de nuevo a los presentes con un cierto desasosiego que se palpó en un silencio más largo de lo habitual.

–¡Vamos! –profirió Zora rompiendo el hielo con un aire forzadamente triunfal–. Bebed, comed y disfrutad. Esto es una fiesta, ¡mi hija se casa!


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