166 – EPÍLOGO: UNA ALIANZA INESPERADA

Epílogo: una alianza inesperada

En las profundidades de ese mundo olvidado que se encuentra bajo el nuestro, más allá de la comprensión de los mortales, se extendía el palacio del Inframundo. Las paredes, talladas en piedra oscura, relucían con un brillo siniestro, como si guardaran los secretos y lamentos de milenios de antigüedad. Las antorchas, que ardían con llamas espectrales, proyectaban sombras danzantes que parecían susurrar historias de reinos caídos. En el centro de este mundo, en el corazón del subsuelo que está más allá de los dominios de los mineros y los enanos, se encontraba la sala del trono de Évolet, Emperatriz del Inframundo. Era una estancia vasta, cuyos altos techos se perdían en una oscuridad impenetrable. Las columnas, esculpidas con escenas de conquistas y caídas, se alzaban como testigos silenciosos de la majestuosidad y el poder que allí residían. En ese lugar, donde la eternidad y el olvido danzaban en un abrazo perpetuo mezclándose con los aullidos de las almas de los condenados, todo se hallaba en una calma aparente; una calma que, en realidad, no lograba ocultar la palpable tensión .

En el centro de la estancia, el trono de Évolet, tallado en un material que parecía absorber la luz a su alrededor, se erguía imponente. La emperatriz, una figura de belleza inquietante, se hallaba sentada en él, su mirada perdida en pensamientos que ningún mortal podría comprender. Sus dedos repicaban contra el brazo del trono, un sonido que resonaba en la sala como un presagio de tormenta.

Flanqueando a su señora, se encontraban los Consejeros Umbríos, Érebos y Barastyr. Sus figuras, envueltas en túnicas de negro y grana parecían hechas de hilos de la noche misma, e imponían un respeto temeroso. Érebos, con sus ojos que parecían tragarse la luz, y Barastyr, cuya presencia era tan fría como la tumba, se mantenían inmóviles, sus rostros esculpidos en una expresión de preocupación. A pesar de su aspecto tétrico, en esta ocasión, una inquietud palpable emanaba de ellos, temiendo en silencio la cólera de su Emperatriz.

Justo detrás de Évolet, se encontraba Abraxas, el Alto Demonio, que había abandonado momentáneamente el báculo de la Emperatriz. Se hallaba en silencio tras el trono con sus imponentes ojos cerrados y la capucha ocultándole casi todo el rostro. Si no fuera porque los consejeros podían verle relamerse de vez en cuando, bien podrían pensar que estaba durmiendo. Él solía decir que, cuando se encontraba en ese estado, se estaba alimentando, pero todos en el inframundo sabían que los demonios no comían, pues tan solo se nutrían de la esencia del sufrimiento de las almas atormentadas. El resto de altos demonios del báculo de Evolet, también lo habían abandonado y ahora campaban a sus anchas por el Palacio y los alrededores atormentando a las ánimas de los condenados, cuando tenían ocasión. 

—¡He sido humillada! —lanzó Évolet con toda su inquina—. Ese maldito Archimago me ha engatusado para que colaborara con él a fin de evitar el fin del mundo. ¿Y ahora qué? Tras todo nuestro esfuerzo volvemos al punto de inicio. Ellos viven sus felices vidas en la superficie y yo lamo mis heridas aquí por el resto de la eternidad.

—Mi señora tenebrosa —apuntó Érebos—, era un caso de fuerza mayor. Los canales mágicos no soportaron tanto vaivén.

—Érebos tiene razón —apostilló Barastyr—. Si no hubierais elegido colaborar, hubiéramos muerto todos. Y tampoco parece una alternativa muy halagüeña, ¿no es así?

—Pues eso es lo que quiero precisamente. ¡Alternativas! —espetó ella—. Necesito un plan para volver a atormentar a los de ahí arriba. Siento un vacío dentro que solo se llena si les veo sufrir.

En ese momento Abraxas abrió los ojos, alzó el rostro y habló con su voz profunda y cavernosa.

—Siento una presencia. El Traficante de Almas está aquí —dicho esto volvió a su estado de letargo anterior.

—¿Van Bakari aquí en el inframundo, tan lejos de su apestosa ciénaga? —preguntó incrédulo Barastyr.

—¿Y a estas horas de la noche? —añadió Érebos con suspicacia.

El zalamero Traficante de Almas entró el el salón del trono portando un oscuro orbe con él.

—¡Van Bakari! No recuerdo que se te haya concedido audiencia —espetó Évolet directa y contundente como el restallido de un látigo—. Como puedes ver, estoy ocupada. Además, no se me ha olvidado lo inútiles que fueron en la batalla los Elegidos de la Oscuridad que tú aportaste —añadió con una mezcla de sorna y reproche—. Lord William no resistió ni un asalto antes de perder literalmente la cabeza. Y ese Rodrigo el Resurrecto que te sacaste de la manga, fue todavía más inservible. Dime, ¿por qué esa obsesión tuya con seguir valiéndote de los muertos? Si los muertos están muertos, es por algo.

—Tenéis razón, poderosa Emperatriz del Inframundo. Mis redivivos fueron patéticos en batalla —dijo el traficante haciendo una forzada autoinculpación—. Soy más miserable que los zapatos de un vagabundo, aún diría más, soy más miserable que el felpudo con el que se limpia los zapatos el vagabundo. ¡Aún diría más! Soy más sucio y rastrero que el excremento de perro que pisaron los zapatos de…

—Está bien, maldito truhán, ya te has humillado lo suficiente —le cortó satisfecha—. Eso me congratula. Desembucha, qué nueva triquiñuela te has inventado. Si me convence, no te mataré —sentenció como si la decisión fuera algo tremendamente banal. 

—Sois de un magnánimo… —dijo Van Bakari con cierta ironía.

—Vamos, tengo toda la eternidad, pero no pienso pasarla contigo —le apremió la Emperatriz.

—El caso es que he encontrado el modo de dar la vuelta a la tortilla. Es un plan que puede llevar tiempo, pero dudo que a alguien inmortal eso le importe demasiado.

—¡Al grano, traficante, me irritan los prolegómenos! —dijo volviendo a martillear el brazo del trono con los dedos.

—¡Majestad os propongo un matrimonio! —anunció con una sonrisa pletórica.

—¿Qué? ¿Cómo te atreves? —preguntó ella incrédula—. Maldito patán pretencioso, ¿qué te hace siquiera pensar que serías ni lo remotamente digno para…?

—No, no, su alteza de los infiernos, no me refería a mí —la detuvo antes de que fuera demasiado tarde—. Me refería a otra persona. Alguien de sangre real, con la sangre más noble posible. Alguien que os aporte la legitimidad que necesitáis.

—No necesito legitimidad. Soy la Emperatriz del Inframundo. ¡Lo conquistaré todo a sangre y fuego!

—No solo se trata de conquistar, majestad. Luego de conquistar, hay que gobernar —le susurró Érebos a modo de consejo.

—La legitimidad es uno de los mejores inventos de los mortales. Es lo que hace innecesario matar a todo el mundo, ¿entendéis? —añadió Barastyr en el mismo tono.

—Claro, si tengo la legitimidad, tendrán que obedecerme y temerme por derecho —reflexionó ella en voz alta—. Nadie me engatusará para que colabore con ellos y todos temblarán a mi paso. Además esos héroes, con su absurda fe en las coronas y los tronos, tendrán que rendirse ante mí —Évolet parecía estar paladeando ya su triunfo indiscutible.

—Eso es —convino Van Bakari solícito—. Y yo tengo la legitimidad que necesitáis en este sencillo pero elegante orbe.

Con un elegante movimiento, el traficante acarició el orbe y de él salió, como por arte de magia la regia efigie de Rodrigo IV, el Resurrecto.

—¿Por qué iba a interesarme este papanatas? —se quejó decepcionada la Emperatriz— No sabe luchar ni hacer magia.

—Pero soy rey. Por derecho. De toooda Calamburia —apuntó Rodrigo tratando de contener su ira— Mis herederos han obtenido la corona debido a mi ausencia, un asuntillo vinculado a mi muerte y demás.

—Pero el rey Rodrigo está vivo de nuevo —concluyó Van Bakari—, ¿sabéis lo que eso significa?

—Que vuelvo a ser el primero en la línea de sucesión —sentenció Rodrigo con una sonrisa seductora—. ¿Qué me decís Emperatriz?

Évolet meditó en silencio unos instantes tratando de digerir aquella información.

—¿Si me caso con este ser, podré conquistar el mundo? —preguntó aún algo reticente.

—Y no solo eso, Emperatriz —prosiguió Van Bakari haciendo su mejor papel de vendedor de elixires—. Si contrajerais nupcias con Rodrigo, vuestros vástagos dominarían el mundo entero para siempre y ¡por derecho!

—Hija, tendremos una hija, ya lo he decidido —dijo la emperatriz como si ya visualizara el futuro— Los niños no dan más que problemas.

—En tal caso, vuestra hija será la indiscutible Emperatriz de los Dos Mundos —resumió Van Bakari abriendo los brazos triunfante.

—El título me gusta y el plan es retorcido, rimbombante y requiere una enorme cadena de acontecimientos para llevarlo a cabo —observó sopesando el plan—. En definitiva, me gusta. Me entretendrá los próximos lustros. Pero déjame decirte algo, mi querido pelele real —añadió dirigiéndose a Rodrigo IV, su nuevo prometido.

—¿Sí, Emperatriz? —se aprestó él a preguntar solícito.

—Eres un pelele, serás un pelele y, si algún día pretendes dejar de serlo, morirás como un pelele. ¿Entiendes? —le advirtió Évolet en tono suave pero amenazante—. Solo vivirás aquí porque me sirves a mí, y tu forma de servirme será ser mi consorte, pero no olvides dónde está tu sitio.

—No lo olvidaré, poderosa emperatriz —convino Rodrigo haciendo una pomposa reverencia—. Me hacéis un gran honor y estoy satisfecho solo con saber que casándome con vos hago un servicio a vuestra causa.

—No solo a la suya —susurró Van Bakari para sus adentros mientras se frotaba las manos.

165 – EL FIN DE LA PESADILLA II

En el corazón de la arboleda, se alzaban árboles desnudos, cuyas ramas negras y retorcidas se entrelazaban como dedos esqueléticos en un macabro baile. La luz del sol parecía haber cejado en su interés de penetrar en la espesura de este dominio de pesadilla. El aire, pesado y frío, llevaba consigo un silencio opresivo, roto solo por el caprichoso y fantasmagórico juego del viento.

Évolet, la nueva Emperatriz Tenebrosa, extendía sus brazos triunfantes, mientras de su báculo emanaba una tétrica aura demoníaca. Su turbadora belleza contrastaba con el tétrico paisaje. La insaciable sed de venganza de su corazón roto la habían convertido en un ser constituido de pura maldad. A su alrededor, el resto de los Seres de Oscuridad aguardaba las órdenes de su lideresa para lanzarse al ataque.

―Y ahora que ya estamos todos, vamos a poner a estos aprendices en su sitio de una vez por todas ―sentenció con una media sonrisa que mostraba su insaciable ansia de destrucción―.  Vamos, seres de Oscuridad, acabemos con esto de una vez por todas.

―Se hará como digáis, poderosa Emperatriz del Inframundo ―respondió Vandala, el asesino de las sombras―. Los zíngaros han venido a luchar.

En frente de los Siete abyectos seres se encontraban los seis héroes elegidos de la profecía: los Seres de Luz. Pero, por un capricho del destino, el último de los héroes no había acudido a la llamada. ¿Habría recibido la señal? ¿Habría muerto antes de poder cumplir su cometido como les había pasado previamente a Ukho o Kaju Dabán?

―Pero… ¿qué ha podido salir mal? ―se lamentó Baufren, el Duende Mayor―. Solo somos seis y deberíamos ser…

En ese instante preciso y antes de que el duende pudiera siquiera terminar su lamento, una luz cegadora iluminó la escena. Todos, Seres de Luz y Seres de Oscuridad, quedaron momentáneamente deslumbrados. Cuando el resplandor se disipó, los presentes pudieron contemplar a un ser que para todos era desconocido, pero a muchos resultaba familiar. Se trataba de Kórux, el nuevo Archimago, que había aparecido envuelto en un aura dorada que reflejaba la inmensidad de su poder mágico. Era un ente superior, el resultado de la fusión de dos seres separados al nacer: Félix el Preclaro, el más sabio de los Eruditos y Córugan, el más poderoso de entre los chamanes salvajes de las Montañas Cobrizas.

―¡Siete! ―dijo levantando la mano como respuesta al lamento de Baufren―. Perdonad el retraso, había ciertos asuntillos en una boda que requerían de mi presencia.

Níniel la elfa se acercó con su característico sigilo y acercó la mano a Kórux sin llegar a tocarle.

―Noto su fuerza desmedida, la magia bulle en él ―sentenció francamente sorprendida.

―¿Profesor Félix? ¿Es usted? ―preguntó Baufren el duende como si reconociera ligeramente el semblante del Archimago

―¡Cómo no había caído antes! El Archimago es el séptimo elegido. ¡Es aquel que ha de liderar a los Siete seres de Luz!

Los demás elegidos le miraron algo confusos.

―Se parece a Félix, el Preclaro pero no es él ―explicó didáctico el impromago que había vivido horas antes su transformación, aunque dentro de la pesadilla parecieran haber pasado siglos―. Es un ser mucho más poderoso, ¡y está de nuestro lado!

―Efectivamente, Grahim ―asintió sonriente aquel poderoso ser―. Soy Kórux el nuevo Archimago de la Torre Arcana y el ser de luz que viene a inclinar la balanza ―acto seguido se dirigió a los Seres de Oscuridad empuñando la brillante punta de su varita―. ¿Qué me dices, Emperatriz del Inframundo, estás dispuesta a luchar en igualdad de condiciones o acaso tenéis miedo?

Caila, la astuta bruja tenebrosa, sintió al instante el rebosante poder de aquel recién llegado y, sin dudarlo advirtió a su señora.

―Tenemos que tener cuidado, mi señora, sea lo que sea ese ser, es muy poderoso.

―Lo he notado ―convino la Emperatriz adquiriendo una posición de batalla pero sin perder su sonrisa―. Es mucho más fuerte que los otros y eso me gusta. Supondrá un reto. Eso sólo hará la victoria más dulce.

Vandala fue el primero en abalanzarse sobre el Achimago pero, su certera puñalada, lejos de penetrar en el costado de Kórux pareció ser bloqueada por una barrera invisible que protegía su cuerpo. En ese momento, Galerna usó su poder causando una potente ráfaga de viento que lanzó al zíngaro a varios metros de distancia yendo a aterrizar sobre un arbusto de espinos.

―Tened cuidado con el Archimago, parece que las armas convencionales no pueden dañarle ―advirtió Vandala secándose un hilillo de sangre que emanaba de la comisura de su labio―. Y no olvideis vigilar a la aisea: también es poderosa.

El zíngaro se levantó de un salto y lanzó en la distancia un puñal dirigido hacia Galerna. Pero Fecu, la hortelana, lo interceptó con un movimiento certero de su horca, quedando clavado en ella.

Los Consejeros comenzaron a farfullar un extraño salmo que helaba la sangre y una espesa masa de oscuridad que salía del suelo empezó a rodear a Galerna, pero Níniel la elfa comenzó a susurrar un antiguo hechizo arcano que hizo que los zarcillos de oscuridad cayeran fácidos al suelo deshaciéndose como si fueran puro humo. En su lugar, aparecieron unos hermosos crisantemos blancos.

―¡Condenados elfos! ―maldijo Érebos viendo frustrado su intento de neutralizar a la aisea.

―Son el peor invento de ese falso Titán desde que creó los domingos soleados y las familias felices ―convino Rodrigo IV  mientras se mantenía en la retaguardia.

Évolet tomó su báculo con las dos manos y lanzó un rayo directo al corazón del Archimago, que lo desvió con un gesto sucinto de su varita. El rayo mortal fue a impactar en la base de un negro y retorcido roble que se desplomó en el acto. Caila dió un paso al frente y con un gesto firme de su varita, elevó el tronco caído varios metros sobre el aire, con el objetivo de aplastar a los seres de luz. Sin embargo, antes de que pudiera arrojarlo sobre ellos, Grahim lanzó un hechizo que retuvo el tronco en el aire impidiendo que cayera. Baufren el duende, a su vez, movió sus dedos mágicos convirtiendo el tronco del árbol caído en miles de coloridas mariposas que se dispersaron volando sobre sus cabezas. 

―¡Maldición! Parece que nuestras fuerzas están igualadas ―maldijo Caila mientas analizaba la batalla en busca de un punto débil en el bando rival.

―Pero debemos perseverar. La luz no puede prevalecer ―convino Barastyr haciendo lo mismo.

Lord William, jaleado por Rodrigo IV, se abalanzó sobre Mairim, la niña-reina de Kalzaria. Ella, con una sonrisa en los labios, le propinó un puñetazo que hizo volar su cabeza por los aires, y fue a caer justo a los pies de Évolet. La emperatriz miró al redivivo con desprecio y dió una patada a su noble testa..

―Tengo migraña, hoy no salgo ―sentenció la cabeza de Lord William Von Vondra separada de su cuerpo mientras rodaba por el suelo..

―Estoy rodeada de inútiles, está claro que si quiero acabar con esos Seres de Luz, tendré que hacerlo yo misma ―dijo Évolet notablemente molesta con sus compañeros.

A una señal de la Emperatriz del Inframundo, todos los villanos dieron un paso atrás. Cuando Kórux hizo lo mismo, los suyos le imitaron.

―Esto es algo entre tú y yo, Archimago. ¿O necesitas a tu circo de amiguitos para derrotarme? Yo también tengo un amiguito, uno que vive dentro de mi báculo. ¡Ahora Abraxas!

Un rayo salió del báculo de la Emperatriz y otro de la varita del impromago, y chocaron en el aire produciendo una explosión que hizo caer al suelo a ambos atacantes. En aquel momento todos pudieron escuchar claramente las voces en su cabeza, eran timbres conocidos, los de las Nornas, seres atemporales que existían fuera de toda pesadilla. Les hablaban alto y claro.

Siempre hay quien gana y quién pierde. La fortuna es caprichosa ―dijo la voz de Vernandi, la Norma del Presente.

Pero en el juego de luces y sombras, la moneda no siempre cayó del mismo lado ―añadió Urd, la Norma del Pasado.

Pero el futuro… (grita de dolor) No puedo verlo… por primera vez se abren ante mí dos caminos. Uno que les mantendrá sumidos por siempre en el olvido dentro de la Pesadilla del Titán. Y otro que logrará restablecer la realidad tal y como la conocemos.

El presente es el que es ―recordó la maternal Verdandi.

El pasado está escrito ―apuntó la anciana Urd.

Pero el futuro… ―titubeó la hermosa Skald― aún es incierto.

¿Serán capaces de unirse para encontrar la salida? ―recitaron al unísono las tres Nornas.

Volvió a hacerse el silencio preludiando la calma que precede a la tempestad y entonces el suelo tembló.

―¿Qué está pasando? ―dijo la Emperatriz a los suyos, pero parecían igual de confusos. ¿De quién eran esas voces que hemos escuchado?

―Son las voces de las Nornas. Antiguas y poderosas, ellas son la voz de la Providencia. Aquello que estuvo siempre, antes de los hombres, de los elfos y puede que antes del mismísimo Titán  ―explicó Níniel la elfa a los presentes.

―Parece que algo ha salido mal, Évolet ―dijo el archimago a su mortal enemiga―.  Nuestra lucha tenía que acabar con la Pesadilla del Titán, pero parece que ninguno de los bandos ha conseguido vencer y ahora el mundo de pesadilla se desmorona con nosotros dentro.

Se produjo otro temblor que resquebrajó el suelo bajo los pies de los contendientes.

―Parece que tienes razón, Archimago ―admitió la Emperatriz contrariada―. Pensé que todo volvería a la normalidad cuando uno de los bandos saliera derrotado.

―Y así había de ser, luz u oscuridad derrotarían a la Pesadilla, pero… seguimos atrapados ―evidenció Caila tratando de no caer al suelo por los temblores de tierra.

―¡No puede ser cierto! ―anunció Vandala como si recordara de repente algo importante―. El espíritu del patriarca tenía razón, por primera vez desde hace centurias la magia blanca y la magia oscura van a tener que unirse para vencer a un mal mayor. Nunca creí que ese sueño fuera a ser cierto.

―Pero Aurobinda nunca nos ha enseñado un hechizo para tal fin ―se lamentó Caila la bruja impotente―. ¿Eso significa que vamos a morir?

―El patriarca, en sueños, me enseñaba un conjuro ancestral que creó junto a Ailfrid, el anterior Archimago ―explicó Vandala a todos los presentes―. Se trataba de un conjuro que les permitió unir fuerzas. En sueños, el patriarca decía “Unio lucis et tenebrarum…” pero no consigo recordar el final. “Unio lucis et tenebrarum…” ―volvió a decir.

―“…finem visio nocturna” ―terminó por él Grahim el mago, que por todos era sabido que poseía sangre zíngara―. ¡Yo he tenido el mismo sueño! No lo había entendido hasta ahora.

―No hay tiempo, antes de que la pesadilla nos devore para siempre, debemos pronunciar el hechizo ―les apremió Galerna.

―No podemos esperar más ―les azuzó Baufren el duende― La magia está descontrolada, los portales faéricos están desbocados. La pesadilla ha durado demasiado y no sé si la Dama Blanca podrá seguir soportando el canal que une nuestros dos mundos.

―Tienes razón, Duende Mayor ―asintió Grahim―. El equilibrio es débil. Necesitamos que el vínculo no se rompa. Parece que los druidas no están consiguiendo cumplir su cometido. ¿Qué pasará si el vínculo se rompe definitivamente?

―¿Que qué pasará? Que… ―tartamudeó Baufren― ¡Que ya no habrá magia en toda Calamburia!

Entendiendo la gravedad de la situación, Kórux se volvió hacia Évolet y le habló con sinceridad. 

―Évolet, sé que dentro de tu oscuro corazón sabrás hacer lo correcto ―dijo el Archimago tendiendo la mano a su enemiga―. ¿Cooperaremos para librar a Calamburia de la Pesadilla del Titán?

―No me malinterpretes ―respondió ella mirando su mano un segundo. Luego puso la suya encima―. Esto no es un tratado de paz, Archimago. Volveremos a encontrarnos y acabaré con vosotros. Pero por el momento os necesito.

Todos los presentes entrelazaron sus manos y pronunciaron el hechizo que los zíngaros habían recibido a través de los sueños. Mientras las palabras del conjuro resonaban en el aire, la Emperatriz Tenebrosa levantó su báculo, cargado con el poder de seis demonios. Al mismo tiempo, el Archimago sostuvo su varita, una reliquia que una vez perteneció a Theodus. Su unión originó un torbellino donde luz y oscuridad se entrelazaban, cada una modificando y equilibrando a la otra, mostrando así que incluso poderes antagónicos pueden complementarse y coexistir en una frágil armonía.

Poco a poco, cada uno volvía a dormirse sabiendo que se despertaría en un mundo mejor que el que dejaba atrás. En ese instante de duermevela, se escucharon en sus cabezas de nuevo las voces de las tres Nornas.

El presente es el que es ―sentenció la voz Verdandi―. La unión de los contrarios logra acabar a veces con las pesadillas.

El pasado está escrito. El dolor de un corazón roto, genera males insondables añadió la temblorosa voz de la anciana Urd.

Pero el futuro… ―titubeó la jóven Sklad como si soportara en su cabeza todo el dolor del universo― …el futuro depara una fuerte alianza real en el inframundo, un eclipse en el corazón de un mago y el renacer de una raza que se creía extinta. Y todo ello lo soportará la tierra.

―…la tierra de Calamburia ―concluyeron a modo de sentencia las tres a coro.

164 – EL FIN DE LA PESADILLA I

El sol lanzaba al aire un brillo mortecino. Su pobre luz apenas permitía a Baufren —el Duende Mayor—, Grahim —el impromago justo—, Fecu —la hortelana libertadora— y Mairim —la reina niña pirata— atisbar el camino bajo sus pies, pero ellos caminaban con toda la decisión de la que eran capaces. Las ramas que les rodeaban eran oscuras y retorcidas, como las garras de un cuervo, y parecían empeñadas en tirar de sus ropajes a la más mínima ocasión. Llevaban tiempo sin beber ni comer, pues las pocas fuentes de agua que encontraban les sabían a hiel y los escasos frutos silvestres que hallaban –además de tener un aspecto negruzco y poco apetecible– se convertían en cenizas cuando se los llevaban a la boca. La Pesadilla del Titán era sin duda el peor de los mundos imaginables y, en su interior, el tiempo transcurría de forma extraña. Parecía que llevaban andando siglos pero, en cierto modo, el recuerdo de la sonrisa macabra de Eme se les antojaba vívido, como si hubiera sucedido solo unos instantes atrás.

Ante el ojo inexperto, podría parecer que el cuarteto de héroes vagaba sin rumbo fijo, perdidos, pero, en realidad, seguían a su guía: el anciano duende, que andaba con la dificultad derivada de su avanzada edad y la decisión de quien sabe que tiene en sus manos una misión crucial. 

El Duende Mayor Baufren se detuvo de forma abrupta y su oreja se agitó espasmódicamente dos veces. El resto del equipo, que le seguía con expectación a través de la tenebrosa arboleda, se detuvo con él. Miraron a su alrededor con desazón, aquel extraño bosque era capaz de poner los pelos de punta a cualquiera. Eran una compañía pintoresca pero bien avenida: un mago, una aguerrida hortelana y una niña pirata con superpoderes. Al frente, un duende –creado por la magia de las mismísimas brujas de las que tantas veces abjuró– con instinto para captar las más sutiles señales.

 

–Duende mayor –intervino Grahim, el impromago, rompiendo el silencio–, ¿está seguro de que es por aquí?

–Recibo la señal del Titán, alto y claro, es como un tintineo. Aquí donde lo véis, este tenebroso bosque no es más que la Arboleda de Catch-Un-Sum, que todos conocemos.

–Y si estamos en la arboleda, ¿por qué todo parece tan rematadamente hostil y… diferente? –preguntó Grahim que empezaba a desesperarse. 

–Da un poquito de miedo, sí… –convino Mairim, la niña-reina de los piratas agarrándose el gorro con las dos manos y calándoselo como si eso pudiera protegerla de algún modo–. Más que la Gruta de los Murciélagos donde mi tito Efraín esconde los tesoros.

–El Titán nos ha hecho venir hasta aquí, porque en este punto es donde todo comenzó, donde el perverso deseo de Eme vio la luz, donde comenzó la oscuridad –explicó Baufren–. Todos hemos recibido la señal, ¿no es así?

Fecu y Grahim asintieron con gesto grave.

–Un patriarca zíngaro se me ha aparecido en sueño varias veces y también escuché el tintineo de una campana. Todas las señales me llevaban hacia esta dirección, por eso emprendí el camino –explicó Grahim.

–Yo, como os dije, seguí el tintineo en la oscuridad de la noche y dí con vosotros –explicó Fecu visiblemente afectada–. A mi pueblo se le robó la libertad cuando Eme nos arrebató la Esencia de la Divinidad. Nunca imaginé que el poder que iba a concedernos el don más preciado, nuestra ansiada libertad, pudiera ser utilizado para hacer tanto mal –añadió con la mirada perdida. 

–¡Yo la he recibido y me ha dado un susto de muerte! –explicó divertida Mairim. ¡Cuando ha sonado la campana en mi cabeza se me han salido todos los cereales por la nariz!

Todos esbozaron una leve sonrisa ante la ocurrencia de la niña-reina de Isla Calzaria que, ni en las peores situaciones, parecía capaz de tomarse la vida en serio. “Dichosa juventud”, pensó para sí el Duende Mayor. Los cuatro héroes siguieron avanzando en la casi penumbra hasta encontrar un claro. Un sitio que, a algunos, les resultó familiar.

–¡Mirad, ese es el tocón donde se apoyaba la esencia de la divinidad! –señaló Fecu sorprendida–. Estamos en el punto exacto. Pero todo es tan diferente… sombrío y retorcido…

–Es como si la Pesadilla ya no solo estuviera en las mentes de los que duermen, sino que estuviera invadiendo el mundo real –apuntó Baufren, el Duende Mayor que, aunque familiarizado con la magia negra, nunca dejaba de sentir un nudo en el estómago cada vez que se encontraba cerca de ella.

–Y así será si no lo detenemos… –una pequeña y delicada figura apareció de entre las sombras. Se trataba de Níniel, la longeva elfa, cuya voz sonaba dulce y triste como el llanto del viento otoñal–. El bosque está sufriendo. Se muere poco a poco.

–¡Una elfa! ¡Habrá acudido también ante la llamada del Titán! –dedujo Grahim.

–Así es, los Siete Seres de Luz han sido convocados a la arboleda para detener la Pesadilla –profirió una regia voz mientras una silueta cubierta de ropajes blancos aparecía ante ellos, posándose sobre el suelo con gaseosa delicadeza–. Nos enfrentaremos a los Siete Seres de Oscuridad y pondremos fin a este infierno, aunque nos cueste la vida.

Era el regio timbre de la mismísima reina de los aiseos, Galerna, que también había sido convocada por la misma señal y había abandonado su lejano trono de Caelum para sumirse en las sombras de la Pesadilla del Titán. Su rostro de guerrera era duro y hermoso, pero en sus ojos no había miedo sino la decisión del que sabe que la batalla final está cerca. Para la naturaleza inmortal de los aiseos, la posibilidad de perder la vida adquiría siempre una redoblada trascendencia, pero aún era más grave, si cabe, en ella ahora que sabía que estaba en cinta y, fruto del más sincero amor, crecía en sus entrañas el futuro rey de los seres del aire. Acarició su vientre, ligeramente abultado, mientras pensaba en ello. Luego levantó la vista con la decisión de una reina que busca a sus soldados. Todos los presentes la saludaron con una reverencia, pues su elegante y regia presencia no podía dejar a nadie, ser humano o mágico, indiferente.

–Los elegidos se están congregando… –anunció la elfa Níniel cerrando los ojos como si se estuviera concentrando–. Todos los aquí presentes somos Seres de Luz, elegidos del Titán. 

–Pero hay algo que no entiendo, Duende Mayor… –observó Mairim algo confusa–. Se supone que deberíamos ser siete. Uno, dos, cuatro, seis, tres… ¡Siete Seres de luz contra Siete Seres de Oscuridad!

–Así es, o al menos eso fue lo que las ancianas Nornas anunciaron en su profecía –asintió Baufren pensativo.

–Pues ahora solo somos seis –se lamentó Grahim el Mago.

–Es cierto –afirmó la elfa–, no estamos todos. Falta uno. Si no estamos los siete, nunca podremos vencer a la oscuridad. Está escrito en el viento… lo siento en los árboles… ¡Un momento, mis sentidos de elfa detectan intrusos! –exclamó de repente.

–Yo también noto su poder, ¡y es inmenso! –confirmó seriamente preocupado el Duende Mayor mirando en derredor.

En ese instante, de entre las sombras de la arboleda aparecieron seis sombras. Una de ellas, portaba una luz rojiza que alumbró su rostro. Era un báculo demoníaco que todos conocían bien y que representaba el poder del inframundo.

–Pero mira a quién tenemos aquí. Si son los pobres defensores de la luz –sonrió Evolet, la Emperatriz Tenebrosa.

–Dí que sí, querida Emperatriz del Inframundo –murmuró el resurrecto Rodrigo IV que no dejaba de mirar asombrado a la nueva señora del reino de los infiernos. 

A su lado, otra de las formas dio un paso al frente. Era Kaila, la maga oscura, que alzaba su varita cuya punta resplandecía en tonos verdosos, lista para el combate. Con una mueca parecida a una sonrisa, murmuró:

–Cada vez eligen a paladines más patéticos –dijo henchida de orgullo por haber sido elegida como uno de los Siete Seres de Oscuridad.

Tras ella, una sombra de ágiles movimientos cubrió el otro flanco de la Emperatriz, sus hojas relampaguearon con la luz roja del Báculo de su señora. Era Vandala, el oscuro zíngaro. Al instante todos pudieron contemplar las tétricas sonrisas de los Consejeros Umbríos de cuyos ojos, izquierdo y derecho respectivamente, emanaban zarcillos de pura oscuridad. Emitieron una risa macabra capaz de helar la sangre a cualquier mortal.

–¡Los Consejeros!¡Sabía que estabais detrás de todo esto! –espetó Grahim el impromago alzando su varita.

–¡Por las raíces de la gran Papa gigante! ¡Solo son seis! –se percató Fecu, la avispada hortelana.

–Si es así, nuestras fuerzas están igualadas – sonrió el duende Baufren que ahora veía una oportunidad de vencer al mal de una vez por todas.

–¡Cada uno de nosotros vale por veinte de los vuestros! –lanzó Vandala raudo como el restallido de un látigo.

–Pero es verdad –resaltó Mairim que aún estaba haciendo cuentas con los dedos, para lo que se había levantado el parche del ojo, que le impedía contar cómodamente–. ¡Seis contra seis! ¡Iguales! ¡Les vamos a machacar!

–No tan deprisa, pequeñín –sentenció Érebos el consejero con una amplia y turbadora sonrisa.

–Quizás ya no tengamos a Dorna con nosotros, pero hemos podido recoger su oscuridad antes de que se disipara y la hemos metido en este orbe. He de decir que ha sido una cosecha generosa –explicó Barastyr con la misma expresión que su compañero y paladeando cada palabra mientras sacaba de su amplia manga un orbe de cristal. En su interior parecía flotar una densa nube de humo azabache.

–Y como estábamos tan tristes tras la pérdida de nuestra amada Reina Oscura, Van Bakari, nuestro Traficante de Almas de cabecera, nos ha prestado un cuerpo capaz de albergarla –añadió Érebos con un aire cínicamente didáctico.

–¡Lord William, es su turno! Háganos el honor de venir a jugar un rato con los vivos –pronunció Barastyr como quien llama a un viejo amigo.

En ese mismo instante, el suelo comenzó a temblar. Poco a poco la tierra se resquebrajó y, ante la sorpresa de los presentes, una mano huesuda salió de ella. Todos eran conscientes de estar presenciando el más abyecto acto de nigromancia. El cuerpo del finado noble Lord William Von Vondra salió completamente de las entrañas del claro y se sacudió el polvo. Parecía tan pletórico como lo estaba años atrás, antes de su muerte.

–En vida no me perdí una fiesta. ¿Creéis que me la iba a perder ahora? –exclamó justo antes de aullar de placer por el vigor recobrado.

–Ese tipo es una leyenda – sentenció Rodrigo IV en tono jocoso–. Si la mitad de cosas que se cuentan de él son ciertas…

–Un buen receptáculo lo es todo– se congratuló Érebos, el Consejero Umbrío y ambos empezaron a pronunciar un extraño y oscuro conjuro.

El orbe comenzó a levitar y a girar sobre sí mismo mientras la oscuridad salía de él como arrancada por la fuerza centrífuga e iba metiéndose en el cuerpo del difunto Lord William.

–Me siento tan… ¡lleno de vida! –rió el Redivivo mientras se miraba las manos contemplando su nuevo poder.

Los seis seres de luz temblaron ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, pero ninguno de ellos pensó ni por un instante en abandonar al resto. Estaban claramente en inferioridad numérica, pero eran los elegidos del Titán y cumplirían su misión, aunque les costara la vida. El futuro de Calamburia estaba en sus manos.

163 – UN CORAZÓN ROTO II

En ese preciso instante una nube de cuervos entró volando por la ventana hasta formar un remolino en el centro de la sala del trono del Inframundo. Los Seis Altos Demonios observaron asombrados aquel extraño fenómeno. Pero su sorpresa aún fue mayos cuando la nube de pájaros se condensó tomando la forma de una mujer de busto prominente y pelo rojizo. Durante un segundo, los tres íncubos y los tres súcubos se tensionaron, preparándose para atacar, pero la mujer se arrodilló mostrando que acudía en son de paz.

—Altos Demonios del Inframundo, permitid que me presente ante vosotros. Soy Aurobinda, Señora de los Cuervos. Bruja y fiel sirviente de la Oscuridad.

—¿Y que te trae por nuestro reino sin ser invitada, Aurobinda? —preguntó Abraxas manteniendo las distancias.

— He sentido la presencia del báculo ante la desaparición de Kashiri. He venido a jurar lealtad a la Oscuridad que habita bajo la tierra y no he podido evitar escuchar vuestras necesidades. Necesitáis un corazón puro, ¿no es así? Yo os lo puedo proporcionar e incluso os puedo mostrar como quebrarlo de la forma más rápida y eficiente.

—Me cae bien —observó Axbalor dirigiéndose a sus hermanas.

—¿Y qué ganarías tú con ello, bruja? —inquirió  Abraxas reduciendo su suspicacia.

—Mis huestes han sido mermadas. Kashiri ha sido neutralizada, mi más fiel aprendiz ya no está entre nosotros y el alma de la reina Oscura que crearon los Consejeros ha sido purificada por culpa de ese maldito Archimago. Sinceramente, las cosas no pintan bien. Pero quizás, si las cosas se arreglan en el inframundo, juntos podamos volver a poner en jaque a esos héroes de pacotilla. Necesito un nuevo ser de oscuridad que esté a la altura de Dorna. Y solo una emperatriz del Inframundo puede estar a la altura de la Reina Oscura. Dejadme ayudaros a conseguir vuestro corazón roto: vosotros ganáis, yo gano.

—Está bien, Aurobinda, llévanos ante tan suculento manjar y serás recompensada — la apremió Luxanna relamiéndose los labios.

—Mis apreciados Altos Demonios, los más poderosos íncubos y súcubos del Inframundo —respondió la bruja con una reverencia—, estoy aquí para servir. Y no temáis, vuestro secreto sobre la verdad de las Emperatrices, estará a salvo conmigo —añadió en tono amable pero pero con un brillo siniestro en los ojos.

En el cielo, una bandada de graznantes yataragami, sobrevolaban en círculos sobre un campo de trigo recién segado cerca de una pequeña aldea. Los seis Altos Demonios y Aurobinda se encontraban tras un frondoso matorral mientras observaban cómo un pequeño mocoso jugaba a perseguir una lagartija.

—¿Ese es el alma más pura que has podido encontrar? —preguntó Axbalor algo decepcionado—. A mi me parece un mocoso de lo más corriente y no demasiado avispado.

—Observad lo que os tengo preparado. Llegado el momento, sabréis qué hacer. Confiad en mí —respondió Aurobinda segura de sí misma.

Kaila, Tesejo y Ménkara, disfrazados de vulgares campesinos, se acercaron al lugar donde jugaba el niño. Los tres parecían mirar de reojo al arbusto como si supieran que su maestra Aurobinda se hallaba tras él y buscaran su aprobación. Kaila, la líder del trío, se sentó junto al niño. Se sentía asombrada del trabajo que sus compañeros habían hecho encontrando a un alma pura pero, en consecuencia, también se sentía obligada a llevar la voz cantante en la operación tan crucial para el futuro de la Oscuridad.

—Hola pequeño, ¿cómo te llamas? —dijo haciendo un esfuerzo por mostrar la toda amabilidad de la que en realidad carecía.

—Evelión —respondió él con una sonrisa mellada.

—Me gusta tu nombre —sonrió ella revolviendo con la mano los cabellos del niño—. Evelión, ¿has visto alguna vez un truco de magia? —y sin esperar respuesta, Kaila tomó una pequeña brizna de paja del suelo y la hizo florecer. De ella salieron seis espigas negras que, en pocos segundos se abrieron alcanzando su plenitud.

—¡Wow! — exclamó el niño admirado.

Mientras Ménkara y Tesejo, con el rostro algo más sombrío que de costumbre, iban colocando velas oscuras en el perímetro.

—¿Te gustaría a tí también poder hacer magia?

—Sí, me gustaría mucho, ¿puedes enseñarme?

—Haré más que eso, te voy a dar estos granos de trigo oscuro —dijo extrayendo el fruto de las espigas que acababa de crear—. Si los tragas todos a la vez y sin masticar, tendrás magia, como yo. Es así de sencillo, ¿entiendes?

Le ofreció el puñado de granos de trigo negro que el niño tragó sin pensar.

—Saben un poco amargos…

—Es normal, cuando uno quiere obtener algo que le gusta, a veces las cosas saben así —dijo Kaila con el rostro sombrío. Luego se dirigió a sus compañeros que habían acabado de colocar la velas mientras lanzaba una mirada a los matorrales—. Vámonos, nuestra parte ya ha terminado.

Ménkara y Tesejo la siguieron sin atreverse a volver el rostro hacia el niño que se quedó solo, algo mareado por el efecto de lo que acaba de ingerir.

—¿Envenenar a un niño? ¡Uy, qué crueldad! —dijo Axbalor con retintín—. Cómo pretendéis que eso le rompa el corazón, si ni siquiera es consciente de lo que está pasando. Su sufrimiento no nos dará ni para un mísero bocado. ¡Esta bruja es un fraude!

—Espera y verás, mi impaciente y demoníaco amigo —le conminó Aurobinda manteniendo su sonrisa de suficiencia.

Acto seguido aparecieron los Consejeros Umbríos, Érebos y Barastyr, acompañados de Van Bakari, el traficante de almas, que rodearon el cuerpo del infante que yacía dormido en el suelo con los labios teñidos de un color azabache. De la sombra del tronco de un árbol decrépito, se materializaron Vandala, con su afilada daga y sus movimientos gráciles y letales y la siempre hermosa Kálaba, agitando su pandereta. Aurobinda salió de entre los matorrales sumándose a ellos y entonando cánticos oscuros que los propios demonios nunca habían escuchado antes. La percusión zíngara marcaba el ritmo y los yataragami, atrapados en sus cuerpos de cuervo y sometidos a la voluntad de la bruja, seguían girando en círculos en el aire y graznando con fuerza dotando al rito de unos coros de aspecto desgarrador. El cuerpo inerte del niño se alzó a un palmo del suelo, al ritmo de las oscuras salmodias de los consejeros y los oscuros hechizos de la bruja. Como colofón, Van Bakari, sacó un frasco de uno de sus bolsillos, lo descorchó y lo extendió hacia el infante. El alma de Evelión abandonó su cuerpecito para introducirse en el frasco que el traficante de almas volvió a tapar y a guardar convenientemente con la sonrisa de satisfacción de un gato que ha devorado a un ratón. Al notar las miradas inquisitivas de sus malvados compañeros Van Bakari se encogió de hombros.

—En casa de un traficante, nada se desperdicia —sonrió él.

Entonces, mientras el cuerpos ya sin vida del niño se depositaba lentamente de nuevo en el suelo polvoriento, se oyó en la lejanía la cándida y bondadosa voz de Évolet. Una joven campesina que, al notar que su hermano no volvía a la choza, había salido a buscarle.

—Evelión, Evelión, ¿dónde te has metido? —dijo la dulce campesina mientras buscaba al niño sin éxito.

—Tras los matorrales —ordenó Aurobinda a sus compañeros— Nuestro trabajo aquí ya ha concluido. Y vosotros —dijo mirando a los demonios que seguían observando atónitos tras el matorral —volved al báculo y os garantizo que comeréis los mejores manjares durante los próximos cinco siglos. Excepto tú —añadió señalando a Abraxas, el mayor de los hermanos—. Alguien tiene que guiar a la nueva Emperatriz del Inframundo.

—Como hermano mayor, asumiré esa tarea con gusto. Os proveeré de los mejores manjares— sentenció Abraxas en tono solemne mirando a sus hermanos que parecían satisfechos de poder volver a descansar en su báculo mientras eran alimentados.

Todos acataron las instrucciones e incluso los yataragami se dispersaron. Parecía que, salvo por el cuerpo inerte del niño, todo había vuelto a la normalidad. Como si el ritual nunca hubiera sucedido.

—Ah, aquí estás —dijo Evolet mostrando una pequeña hogaza en cuanto divisó el cuerpo de su querido hermano pequeño—. He hecho pan con la harina que molimos ayer. No me ha quedado muy bien, pero he usado la receta que usaba madre. Al menos parece que hoy tendremos algo que llevarnos a la boca y no tendrás que cazar más lagartijas. ¿Ya estás durmiendo otra vez? —le regañó con bondad—. Es normal, estás cansado porque tienes hambre, a mi me pasa lo mismo, pero no te preocupes, mientras nos tengamos el uno al otro, el hambre se puede sobrellevar. ¿Evelión? —dijo zarandeándole al ver que no despertaba—. ¡Evelión!

Al ver que el niño estaba pálido y sus labios negros, la dulce Évolet se derrumbó dando un grito desgarrador. Sabía que la vida le había ido quitando poco a poco todo lo que tenía. Primero su padre murió en la guerra sirviendo a las órdenes de las Reinas Regentes, luego su madre enfermó de disentería y les dejó… Había resistido cada envite de la vida porque tenía un propósito, alguien de quien ser el soporte. Pero ahora que su hermano pequeño ya no estaba entre los vivos, el último muro de contención de su sufrimiento se quebró. Lo único que le quedaba en el mundo, lo único que daba sentido a su miserable vida, también había desaparecido. Entonces sintió como el único hilo que le unía al mundo se rompía, notó cómo su bondad se terminaba de secar por completo dejando solo el vacío.

Entonces apareció el báculo. Se materalizó a sus piés como por arte de magia. Evolet no fue consciente de cuándo lo tomó en sus manos ni cuando sintió entrar en su cuerpo ajado toda una ráfaga de odio y poder que la reconfortaron; que llenaron su vacío. El arma brilló con un aura demoníaca y del interior de ella, salió un fornido guerrero con la mirada renegrida y una capucha que le ocultaba el rostro.

—Evolet, ¿el mundo te ha tratado mal? —dijo el desconocido con su voz cavernosa—. ¿Te ha quitado todo lo que más querías?

—Sí —respondió ella apretando los dientes.

—¿Y qué sientes?

—Odio. Un odio que nunca antes había sentido —dijo la campesina sorprendiéndose de sus propias palabras.

—Entonces abraza tu destino. Soy Abraxas, señor de mil legiones. No puedo ofrecerte consuelo, pues no está en mi naturaleza, pero puedo darte poder y un propósito.

—¿Qué propósito le queda a alguien como yo? —dijo apretando fuerte el báculo con sus manos callosas.

—Devolver a este mundo los tormentos que te ha infligido. Quiero que vengas conmigo y seas la nueva Emperatriz Tenebrosa, que gobernemos juntos el inframundo. Que puedas canalizar tu sufrimiento en castigar a los demás.

—¿Eso me ayudará a sanar?

—Lo dudo. Pero te dará un propósito. Las fuerzas más oscuras del mundo te han elegido Évolet, para convertirte en el nuevo ser de Oscuridad que junto a los otros seis elegidos ha de sumir al mundo en la negrura eterna. ¿Estás preparada para cumplir tu destino?

—No hay nada que desee más que apagar la llama que arde en mí extendiendo por el mundo la desgracia —respondió ella con un nuevo brillo en la mirada.

—Eso es lo que esperaba oír —respondió él con una media sonrisa—. Como tu demonio guía y consejero, habitaré en tu báculo y te serviré. Usa mi poder siempre que quieras y volatilizaré con mis rayos a tus enemigos. Usa mis legiones a tu antojo. Solo existo para servirte —finalizó Abraxas mientras hincaba su rodilla ante una aún incrédula Évolet.


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