160 – PLEGARIAS POR LA LUZ II

Ukho marchaba decidido hacia Cuna de Oscuridad. Poco le importaban los oscuros cuervos que revoloteaban a su alrededor clamando muerte, los ensordecedores gritos de los habitantes de las Montañas Cobrizas o las inquietantes visiones de muerte. Tenía un objetivo y lo iba a cumplir: liberar a sus hermanos de las garras de Aurobinda y sus secuaces.

Entró altivo a la fortaleza: sabían que iba y lo estaban esperando. Cruzó el portón y se dirigió a la siniestra torre, donde dos esbeltas figuras guardaban la entrada.

—Vaya, vaya —dijo Érebos, uno de los consejeros oscuros— ¡qué gran honor! ¡El abandonado hijo del mismísimo Drawets! ¿Qué te trae por aquí?

—Ya lo sabéis —declaró iracundo—. No me iré de aquí sin mis amigos. 

—¡Ah! ¿Te refieres a estos? —preguntó Caila mientras conjuraba un hechizo. Ante ellos aparecieron dos yatagarami que según tocaron el suelo se transformaron en Nakali y Zabyty, los antiguos compañeros del pequeño pícaro.

—¡Ukho! ¿Qué haces aquí? —preguntó Zabyty— ¡Vete! ¡Huye! ¡Te esclavizarán a ti también!

—Esclavizar, ¡ja! —exclamó Érebos— Ya tenemos muchos cuervos. Además, Aurobinda tiene otros planes para ti, pequeño pícaro. Luego limpia todo, Caila. Yo me voy a los establos, que ha llegado una nueva hornada de sabrosos ponis.

El consejero se fue dejando solos a los cuatro jóvenes. Nakali y Zabyty miraban a su viejo amigo con una inmensa tristeza: sabían que no tenía salvación. Caila era tan lista como despiadada y odiaba a Ukho con todas sus fuerzas. Los dos eran huérfanos y Ukho, a diferencia de la hechicera, había podido reencontrarse con su padre. A falta de sus padres, ella siempre había querido tener el reconocimiento de sus mentores, pero Eme había muerto y Aurobinda sólo tenía ojos para Tesejo; aquel torpe cuya única habilidad era la de elogiar a las mujeres. Sin embargo, Tesejo estaba distraído y erraba todos sus hechizos. Era su oportunidad y no pensaba desaprovecharla: acabaría con uno de los seres de luz elegidos por el Titán.

Con una malévola sonrisa en los labios Caila empezó a murmurar un hechizo que volvió a transformar a Nakali y Zabyty en dos grandes cuervos. Intentaron revolverse, avisar a su compañero, huir, gritar… pero todo fue inútil. Ménkara había logrado que se sometiesen a la voluntad de los brujos y ahora eran sus siervos. Los dos monstruos alados se elevaron por encima de la hechicera mirando ferozmente a su amigo. Esperaban las órdenes de su señora.

—Conque crees que puedes vencerme, pequeño ingenuo —rió la bruja—. Yo llevo la magia negra en la sangre. Pertenezco a una de las más influyentes familias Tenebris. Con la caída de las brujas mis padres fueron torturados por los grandes héroes. Tu padre me robó a los míos y ahora le quitaré a su querido hijo. ¡Yatagarami! —gritó— Matad.

De pronto, los majestuosos cuervos abrieron las alas y se abalanzaron sobre Ukho. Empezó a hablar con sus amigos y recordarles las aventuras que habían vivido juntos, pero no escuchaban. Luego atacó a Caila; si lograba herir a la bruja podría perder el control y recuperar a sus amigos. Los cuervos fueron más rápidos: empezaron a picotearle los ojos cegándolo. Aterrado, intentó huir y zafarse de sus antiguos compañeros, apelar a su cariño y que recobrasen su cordura. Sin embargo, ya no había rastro de los que tiempo atrás fueron sus amigos. Se habían transformado en dos oscuros monstruos carentes de voluntad. 

Llamó al Titán y la Luz en un último y desesperado intento. De pronto, un rayo de sol rompió la barrera de las oscuras nubes tenebrosas iluminando al pícaro y renovando sus esperanzas. Ukho volvió a invocar al Titán y a implorar a sus amigos que escapasen al control de la bruja. Los pájaros empezaron a descender lentamente; ¡lo había escuchado! No obstante, Caila no se daba por vencida. Centró de nuevo su atención en sus creaciones y empezó a murmurar un hechizo recuperando su control. Las feroces aves empezaron a picotearle la cara al joven pícaro. Le arrancaron las orejas, el pelo, las manos y, finalmente, atacaron su dulce y puro corazón. Ukho cayó al suelo inerte. Ya no respiraba. En lugar de su amigo sólo quedaba un cuerpo desfigurado.

Los dos yatagarami se miraron intensamente. Habían matado a su compañero, a su hermano. No querían vivir. No merecían vivir. Su elegante plumaje se fue cayendo, sus picos perdieron su color, sus ojos se oscurecieron: estaban muertos en vida. Se acercaron el uno al otro observándose con ojos sombríos. Nakali empezó a picotear el torso de Zabyty, mientras éste hundía su afilado pico en la cabeza de su amiga. Tras varios golpes ambos cayeron al suelo a cada lado de su amigo. Al final habían cumplido su sueño: los tres murieron juntos en su última aventura.

—Por Defendra, Ménkara me va a matar —dijo Caila observando la escena con indiferencia—. ¡Con lo que le había costado doblegar a estos dos! Bueno, seguro que encontramos un nuevo huérfano de alma dulce al que corromper. Esta vez alguien que posea magia, así durará más.

Caila entró en la torre y dio la orden de que recogiesen los tres cadáveres y se los enviasen a Drawets. Había consumado su venganza y quería que el pícaro lo supiese.

…

Ajeno a lo que sucedía en la capital del mal Kaju-Dabán había llegado al Bosque Perdido de la Desconexión. Ante él se elevaban alargados cipreses con el rostro de la desazón grabado en sus troncos. Sus ramas se alzaban al cielo clamando ayuda. Se morían. No obstante, el custodio había llegado trayendo consigo la esperanza. Los árboles no lo dudaron y empezaron a abrirse indicándole el camino hacia el acantilado donde solía jugar una pequeña zíngara de noble sangre. Tan pronto llegó, vislumbró la silueta de una niña danzarina reflejada sobre la luna llena. La dulzura de sus movimientos y la bondad de su alma cautivaron al custodio. ¿Acaso era posible? ¿Una zíngara de alma noble? Se dirigió hacia ella con cuidado y se presentó.

—Hola pequeña, mi nombre es Kaju-Dabán y soy custodio del Templo de los Elementos —dijo—. Te he visto moverte por el bosque y cuidarlo. Le tienes cariño, ¿verdad? —preguntó mientras la niña asentía. No se atrevía a hablar, no sabía quién era ese hombre—. El bosque está en peligro y he venido a salvarlo; pero para ello necesito tu ayuda. Necesito a alguien con el don arcano que se conozca bien el lugar. ¿Querrás ayudarme?

Antes de que la joven pudiese responder salió de entre las sombras la figura de un hombre. Era Vandala; primo mayor de la muchacha y futuro patriarca de la tribu. El asesino se acercó con sigilo al visitante y posó su mortífera daga en el cuello del custodio.

—Vaya, ¡si hemos recibido la visita del custodio de los elementos! —exclamó— ¿A qué debemos tal honor? ¿Acaso has visto tu destino y has decidido pasarte al bando vencedor?

—¡Jamás! Maldito retoño de meretriz. ¡Estáis matando al bosque y yo acabaré con vosotros! —dijo.

—Habrase visto, ¡si resulta que el pusilánime hermano de la guardiana tiene valor! —declaró entre carcajadas—. Pero eso no te servirá de nada aquí. En el bosque lo importante es el poder, no el valor. Y me temo que eso se lo quedó todo tu hermana. ¿Acaso no eres tú el que la sigue cual perrito faldero, procurando que no se rompa una uña? ¡Gran función la del custodio: cuidar de la pedicura de su hermana pequeña! 

Con un ágil movimiento Kaju-Dabán logró zafarse de su captor, mientras Vandala le lanzaba nuevas estocadas. La niña corrió a avisar al resto de los zíngaros que apenas tardaron en llegar. Éstos hicieron un corrillo alrededor de la pelea y empezaron a murmurar un antiguo conjuro destruyendo las barreras de protección del custodio. Asustado, pidió ayuda al bosque, pero los árboles estaban demasiado débiles. Vandala lanzaba nuevas estocadas que Kaju-Dabán lograba esquivar. El viajero sacó una pequeña cimitarra y sus espadas se enzarzaron en una peligrosa danza. Tal era la tensión que apenas se oían el silbido del viento colándose entre los árboles o el arrullo de las olas rompiendo contra la piedra. Todos los zíngaros aguantaron la respiración, pues sabían que el futuro de su tribu estaba en juego: era matar o morir. 

La pelea duró toda la noche hasta que aparecieron los primeros rayos de luz. Vandala, agotado y desesperado, vio su oportunidad: alzó su brillante daga deslumbrando a su oponente. El astuto zíngaro aprovechó el momento y se abalanzó sobre su enemigo clavándole la daga en su fino cuello. Ésta empezó a brillar con una luz especial. Kaju-Dabán cayó al suelo con una mueca de dolor en su rostro. 

…

Lejos del siniestro bosque se abrió una brecha en el corazón de Kesia. Corrió desesperada a la sala donde reposaban los orbes elementales y los vio apagándose de nuevo. Lo sabía. Había perdido a su hijo y con él la esperanza. 

Sin dudarlo volvió a ponerse los guantes de malla, guardó los orbes en su limosnera y partió hacia la Arboleda de Catch-Unsum a avisar a Naisha.

Llegó rauda a la arboleda y se dirigió al primer tocón donde Drawets lloraba desconsolado. 

—Madre, menos mal que has venido —le saludó Naisha—. Drawets ha perdido a su hijo a manos de Caila. La bruja le ha enviado su desfigurado cadáver con una nota de venganza. Nos disponíamos ahora a darle sepultura.

—Hija, me temo que no traigo buenas noticias —explicó Kesia apesadumbrada—. También hemos perdido a tu hermano. Los orbes se descontrolaron, los transportaron a diferentes lugares y cayeron inconscientes. Cuando volvieron en sí dijeron que las nornas les habían explicado que la pesadilla sólo terminaría cuando la luz venciese a la oscuridad y ambos se fueron a buscar a los elegidos de la Oscuridad, pero temo que el mal haya vencido. No queda esperanza.

—Mi hermano ha caído —murmuró la sacerdotisa llorando. No aceptaba la realidad. No podía.

Las dos se fundieron en un largo abrazo en el que se dijeron todo lo que nunca se habían dicho con palabras: se querían, eran familia.

Los tres estaban destrozados. ¿Después de todo lo que habían luchado se había perdido toda la esperanza? No podía ser. Drawets se levantó y con paso decidido se acercó al tocón. Naisha lo siguió; sin duda el pícaro había tenido una idea y no perdían nada por intentarlo. Los dos se cogieron las manos y se miraron a los ojos.

—Poderoso Titán, señor de Calamburia —dijo el pícaro—. Te imploramos ayuda. La Oscuridad campa a sus anchas por tu reino y no podemos detenerla.

—Poderoso Titán, creador de nuestro mundo —siguió Naisha—. Danos esperanza. Elige entre tus siervos dos nuevos seres de luz que puedan luchar contra el mal y despertar al continente de esta pesadilla. Te lo rogamos. 

De pronto pudieron oír unos lejanos tintineos que se acercaban más y más: el Titán los había escuchado.

159 – PLEGARIAS POR LA LUZ I

Calamburia ya no era segura: la maldad gobernaba en el reino y la Oscuridad en los corazones de sus habitantes. El continente estaba sumido en el caos más absoluto; el mismo caos del que nació. Cada elemento pedía auxilio a su creador: el viento gritaba el nombre de Rea, el fuego crepitaba con el rugido del dragón, los bosques invadían las aldeas y el agua corría corriente arriba hasta alcanzar el sagrado Templo de los Elementos. Los elementos habían despertado e intentaban salir de sus orbes.

Naisha, la sabia protectora, había logrado contenerlos, pero sabía que no resistiría mucho más. Necesitaban ayuda. Fue entonces cuando tuvo una revelación: el titán los ayudaría. Sin dudarlo, mandó a su mentora a buscar al famoso pícaro, el guardián de la Esencia de la Divinidad.

La corta travesía desde el templo hasta la Arboleda de Catch-Unsum se le hizo interminable a Kesia. La Oscuridad se preparaba para su resurrección y los demonios escapaban sin control de las Cuevas del Rechazo. Además, los yatagarami de Aurobinda daban cuenta a su señora de todos los movimientos de los calamburianos y si la bruja se enteraba de los problemas que había en el templo los atacaría sin miramientos.

Nada más cruzar la entrada del majestuoso bosque, sintió un pequeño puñal clavándose en su cuello:

—Estate quieta y no te pasará nada —amenazó el pícaro—. Ahora dime quién eres y qué quieres.

—Soy Kesia, custodia y mentora de la protectora de los elementos —dijo mientras se quitaba la capucha—. Mi señora implora vuestra ayuda. Necesitamos que me acompañéis al templo.

—Perdonad señora, no os había reconocido. Esta maldita pesadilla no nos da tregua y los ejércitos de la oscuridad no cesan de atacar la arboleda. Quieren conseguir la Esencia de la Divinidad.

Kesia explicó a Drawets lo sucedido en el templo y éste, preocupado, accedió a ayudar a la sacerdotisa. No obstante, no podía abandonar el bosque; en ausencia de Laurencia el único que podía extraer y cuidar la Esencia de la Divinidad era Drawets. Tras deliberar largo y tendido decidieron mandar a Ukho —hijo del pícaro y ser de luz elegido por el Titán— a cuidar los orbes con Kaju-Dabán mientras Naisha acudía a la arboleda. Entre los dos hallarían la manera de estabilizar los orbes.

Kesia y Ukho emprendieron el camino de inmediato, pues no disponían de mucho tiempo. De nuevo, la custodia tuvo que ingeniárselas para ocultarse a ella y a su compañero de la vil mirada de los cuervos de la muerte. Tras su peligrosa travesía consiguieron llegar al templo sin incidentes. 

—Mentora —saludó Naisha— veo que no te acompaña el pícaro. ¿Acaso ha sucedido algo?

—Mi padre no puede abandonar la arboleda, señora —contestó Ukho—. Le implora que acudáis vos mientras yo me quedo a cuidar de los orbes. Soy su hijo, Ukho y poseo algunos poderes.

—Sí, eres un ser de luz. Recuerdo tu gran éxito en Cuna de Oscuridad —respondió con sorna—. No me agrada irme, pero veo que no tengo alternativa. Que te asignen unos aposentos. Aséate, come algo y luego ve a ver a Kaju-Dabán para que te explique las normas del templo. Espero que siga en pie a mi vuelta.

Ukho hizo lo que le mandó la protectora elemental: se aseó, comió y fue con Kesia a buscar al custodio. Éste paseaba tranquilamente por los jardines. En cuanto lo vio se sintió reconfortado, como si hubiese encontrado a un viejo amigo.

El custodio invitó al visitante a unirse a su paseo. Hablaron largo y tendido sobre sus aventuras y su plan para vigilar los orbes. Había una complicidad especial entre ambos.

De repente, un fuerte estruendo rompió la armonía del paseo: los orbes estaban en peligro. Los dos echaron a correr hasta llegar a la majestuosa sala donde los elementos descansaban bajo la triste mirada de Kesia. La sala se hallaba en la más triste penumbra: los orbes agonizaban. Su luz se apagaba poco a poco; apenas lograban iluminar las lágrimas que corrían por las mejillas de la mujer.

Ukho y Kaju-Dabán entraron de inmediato. Mientras el segundo consolaba a su madre adoptiva, el primero alargó la mano para coger uno de los orbes. Los custodios intentaron evitarlo, avisarle del peligro que corría, pero no escuchaba. Aterrado, Kaju-Dabán se abalanzó sobre su compañero y ambos cayeron al suelo tirando los orbes. De pronto, estos empezaron a brillar con la intensidad de mil soles: los elementos despertaban y estaban descontrolados. Tal era el descontrol que los jóvenes quedaron encerrados en dos enormes esferas elementales. Los orbes les mostraban aquello que querían ver. Ukho pensó en sus compañeros de aventuras. Llevaba tiempo buscando a Nakali y Zabyty, pero no había logrado dar con ellos. Kaju-Dabán pensaba en una misteriosa voz. No se lo había dicho a nadie, pero en sueños oía un precioso y dulce cántico al son de una pandereta. Esa voz lo hipnotizaba y, por mucho que lo intentara, no lograba acallarla. De nuevo escuchó la magnética voz, pero esta vez pudo ver a una niña que se movía grácilmente entre unos altos y siniestros árboles. Por fin la había encontrado, pero estaba en peligro. Reconoció el lugar: era el Bosque Perdido de la Desconexión, donde vivían los zíngaros absorbiendo la magia de los antiguos elfos transformados en árboles.

Kesia miraba preocupada la situación: los orbes habían aceptado su presencia y los dos parecían felices. Sin embargo, sus sonrisas se tornaron rápidamente en una mueca de terror. Algo iba mal. La mujer se puso los guantes de malla y depositó los orbes en su urna mientras a lo lejos resonaba una misteriosa voz:

La oscura noche siempre acaba con los primeros rayos de luz.

—¡No! —gritó Ukho recobrando la consciencia— ¡Zabyty! ¡Nakali! ¡Tengo que salvarlos!

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kesia.

—Una tenebrosa bruja está torturando a mis amigos en una oscura torre llena de cuervos. Van a morir. ¡Tengo que salvarlos!

—No, ¡seguro que es una trampa! —le advirtió Kesia—. Además, necesitamos tu ayuda.

—Lo siento, pero he de ir a salvar a mis compañeros. ¡Son mi familia!

Ukho se dirigió a sus aposentos, empaquetó lo imprescindible y se encaminó a Cuna de Oscuridad. No pensaba, sólo actuaba.

El Templo de los Elementos se había sumido en la desesperación más absoluta: Kaju-Dabán seguía inconsciente, los elementos se movían inquietos y Ukho se iba. Kesia estaba aterrada; ¿qué podía hacer? Empezó a rezar al Titán, le imploró ayuda. Su hijo abrió los ojos repentinamente. En ellos se podía ver fuego, ira y temor. 

—¡Gracias al Titán! —exclamó Kesia.

—Madre, he tenido una visión terrorífica —explicó— ¡Están matando a la luz! ¡Tengo que ayudar!

—Tranquilo, respira —dijo ella preocupada—. Necesitas descansar y recobrar fuerzas. 

—No, ¡tengo que salvarlos! ¡Hay que acabar con los seres de la oscuridad! ¡Sólo así terminaremos con esta pesadilla!

—No puedes dejarme sola, Ukho se ha ido. ¡Por favor!

—No, madre. Las nornas me han hablado: la solución no está en la Esencia de la Divinidad, sino en nuestras manos. Tenemos que acabar con los elegidos de la Oscuridad —declaró.

La mujer intentó detenerlo. Aunque no fuesen familia, ella había encontrado a Naisha y a su hermano cuando aún eran unos bebés. Los había rescatado de las llamas y los había acogido como si fuesen suyos. No podía perder a su pequeño, pero sabía que tampoco podía detenerlo.

El custodio preparó un pequeño hatillo mientras su madre le ofrecía algunos víveres para el viaje. Volvía a quedarse sola y con una sensación de inquietud extrema.

158 – RETORNO A LA TIERRA II

Eme abrió los ojos. Aún estaba tendido en el suelo. La conjura de la Pesadilla del Titán le había dejado sin fuerzas. A lo lejos, empezó a oír murmullos de voces conocidas. Intentó incorporarse, pero no podía moverse. A su lado se revolvía una enorme pelusa gris que no le dejaba en paz.

–Por fin despertaste –dijo Eneris–. Pobre Pelusín, no se ha separado de ti ni un momento. Fue quien nos avisó para que viniésemos a buscarte.

–Insignificantes duendes, ¡soltadme ahora mismo! –ordenó el brujo.

–No estás en posición de exigir nada. Además, sólo queremos ayudarte. Llamad rápido al Círculo de los Sabios Duendes – advirtió a sus compañeros.

– Seguimos tus ordenes Eneris. Nunca hemos dudado de tí, valiente duenda Trébol- le contestó Stila Musgo y partió rauda y veloz con sus  compañeras Nanoe Cascada y Agoa Brizna.

Los duendes desaparecieron dejando solos a Eneris, Eme y la que un día fue su mascota. El brujo intentaba librarse de sus ataduras, lanzar hechizos al insolente duende, llamar a la Oscuridad, pero todo era inútil. Según le explicó su captor, le habían dado a beber una infusión de verbena que ataba su magia.

–¿Acaso no entiendes que lo único que queremos es que vuelva nuestro amigo? –explicó–. Recuerdo cuando madre y tú correteabais de un lado para otro planeando vuestra próxima aventura, ayudando a los calamburianos, luchando contra Kashiri. ¡Tú fuiste quién se sacrificó para encerrar a madre cuando las brujas la hechizaron! ¡Por tus venas corre la esencia de Theodus! ¿Acaso no recuerdas nada de eso?

–Claro que lo recuerdo. Era un patético estudiante de la torre que quería llegar a ser archimago. Un estúpido soñador.

–No eras estúpido. Todo el  mundo sabía que tras la muerte de Ailfrid eras el favorito para convertirte en archimago.

–No seas necia. En la torre sólo me veían como una dócil patata.

–Claro, quizá no te acuerdes porque Kálaba te hizo olvidar. No te preocupes, con esto podrás recordar.

De repente vio como se abrian numerosos pequeños portales mágicos de los que aparecía un séquito de duendes. Del vórtice más grande emergía Baufren escoltado por Rida, Fradil y Teo, el Círculo de los Sabios Duendes del reino.

Rida, la guardasalva del conocimiento, llevaba el Libro de la Sabiduría, un ajado manuscritolibro en el que los duendes volcaban todo su conocimiento mágico, mientras que Teo, Fradil y Baufren cargaban con las tres pequeñas botellas de cristal en el que se podían ver liquidos de tres colores relucientes. Sin duda los duendes habían sido muy listos. Como cada noche, mezclarían las tres esencias en el Imagitarro para crear la Esencia de los sueños y la utilizarían para conseguir dormir al mago y hacerle soñar con sus recuerdos más preciados. No en vano, era el brebaje preferido de Defendra. Nunca se acostaba sin antes tomar unas gotas del famoso elixir para poder dormir apaciblemente y tener dulces sueños.

Eme empezó a revolverse entre gritos. Sabía que si le hacían beber del imagitarro su voluntad se doblegaría a la de los duendes y podrían hacer lo que quisieran con él. Gritó, pataleó, arañó y mordió, pero todo fue inútil.

–Es el momento de combinar las esencias para crear el Imagitarro– dijo Rida mientras pronunciaba un hechizo que hizo aparecer un enorme tarro de cristal- tenemos que generar una nueva esencia de los sueños.
–Diversión, Creatividad e Ilusión- entonaron Teo, Fradil y Baufren, uno tras otro componiendo así una docil melodía que era capaz de dormir al más rebelde de los niños.

Musgo, Cascada y Brizna sujetaban con todas sus fuerzas las piernas de Eme mientras Baufren y Eneris le hacían tragar el brebaje sumiéndolo en un profundo sueño.

En el otro extremo del continente, los tres prometedores sobrinos de Minerva iniciaban el viaje de su primera misión. Periandro, prodigioso estudiante de erudición e impromagia, había preparado a conciencia todos los elementos del rito y los canales mágicos a través de los cuáles se comunicarían con la torre. Por su parte, Aurora y Carmélida, portentosas alquimistas, habían estudiado en profundidad las características de la mágica piedra y elaborado un minucioso diario con los posibles problemas y sus soluciones. Su querida tía había confiado en ellos y no podían fallar.

Ensillaron sus caballos, llenaron las alforjas con víveres y todo lo necesario para el ritual y partieron hacia el oeste, la arboleda de Catch-Unsum.

El viaje fue rápido y sin complicaciones. Cuando llegaron los tres hermanos, los duendes lo tenían ya todo preparado. Fradil y Teo custodiaban el Libro de la Sabiduría, mientras Baufren y Eneris vigilaban al tenebroso brujo. Calum aún no había terminado de tratar la piedra, pero ellos debían asegurarse primero de que los sueños de Eme estuviesen libres de oscuridad.

Mientras las hermanas organizaban el trabajo y el ritual, Periandro usó un conjuro que el preclaro le había explicado en secreto para entrar en el mundo onírico del mago. Con sumo cuidado, extrajo un largo hilo negro de su zurrón. Como explicó a Baufren se trataba de un pelo de la cola del último pegaso que habitó el Mundo Faérico. Las leyendas contaban que cuando éste estaba en peligro, el espíritu del Bosque Mágico buscaba un guía espiritual de la magia blanca. No obstante, el bosque era caprichoso y sólo dotaba de dichos honores a un bebé capaz de convertir el odio en amor. Por desgracia, hacía siglos que los pegasos habían desaparecido.

Periandro se tendió en el suelo al lado de Eme mientras Eneris rodeaba con cuidado la cabeza del brujo con el pelo y la unía a la de su compañero. Tras decir unas palabras mágicas el impromago cayó también en un profundo sueño y el pelo empezó a brillar cual hilo de luciérnagas que vuelan por el bosque.

Periandro aterrizó en los jardines de Skuchaín, donde vio a un pequeño Eme jugando con una niña de pelo cobrizo. Después se trasladó a la biblioteca en la que Eneris y Sereni siempre se entretenían cambiando el orden de todos los libros. Rápidamente voló a Azarcón y pudo ver al mago acunar un pequeño tubérculo. Finalmente oscuridad. No vio nada. Sólo oía una voz: Cuando te halles errante en bosques de desconcierto, regresa al claro de tus orígenes y redescubre tu identidad. Allí estaré, firme a tu lado, pues nuestras almas están entrelazadas como raíces profundas en la tierra.

Mientras tanto, Aurora y Carmélida ya habían recibido la piedra y preparado el ritual. Despertaron a su hermano y los tres se colocaron alrededor del brujo junto con los duendes mayores. Alzaron sus manos y varitas y empezaron a recitar un hechizo ancestral. El cautivo fue abriendo poco a poco la boca y elevándose del suelo. De su boca empezaron a brotar ramas de una densa niebla negra que comenzó a tomar la forma de torbellino. Los duendes aunaron su magia y crearon un escudo de protección alrededor de la nube, mientras Periandro volvía con Eme, y Aurora y Carmélida canalizaban su magia hacia la piedra. Tras un duro esfuerzo, la nube fue entrando en la piedra y Eme abrió los ojos.

…

Un estruendoso rugido inundó Cuna de Oscuridad. Eme había despertado. Aurobinda podía sentir su purificada alma.

–Zabyty –dijo a uno de sus mágicos cuervos– vuela a Azarcón y avisa a Nakali, Öthyn y Drëgo. Eme ha despertado y tendrá que pasar por Azarcón para recuperar energía. Ya sabes: quien nace entre tubérculos, de tubérculos se rodea. Avisadme cuando lo encuentren.

…

Nada más despertar, Eneris puso a Eme al corriente de todo lo acaecido durante su época oscura. Se había librado de la influencia de las brujas, pero había perdido parte de su memoria y de su magia. Debía reponer fuerzas, pero no tenía tiempo para ello. 

Mandó a Aurora, Periandro y Carmélida de avanzadilla a Skuchaín y, como Aurobinda había supuesto, él se dirigió a Azarcón. Llegó exhausto a su comarca natal. Como había imaginado, el hechizo de transportación lo dejó sin fuerzas. No obstante, la suerte estaba de su lado, pues no tardó en vislumbrar la figura de un antiguo colega de la torre. Se trataba de un druida: el mismísimo guardián de la Aguja de Nácar.

–Öthyn, menos mal que te encuentro –saludó el mago agradecido–. Necesito volver a Skuchaín, tengo que avisar a Félix.

–Sentimos un fuerte temblor en la magia y acudimos de inmediato –explicó–. Drëgo, mi joven discípulo, te ayudará a que vayas recuperando tu magia y puedas reanudar tu camino. Yo iré a buscar unas bayas.

Eme no se imaginaba que bajo la apariencia de un afable anciano se escondía un diablo ávido de venganza. Öthyn fue sigilosamente hacia la muralla norte donde los dos cuervos le esperaban y los mandó ir a buscar a su señora. Cogió unas bayas a las que espolvoreó un azufre paralizante y volvió con su discípulo y el mago.

–Toma, amigo. Te sentarán bien. Al principio te aturdirán un poco, pero en seguida te ayudarán a que recobres fuerzas.

Sin dudarlo, Eme engulló las bayas. Su desesperación le nubló sus sentidos: no vio a los demonios alados volar hacia Cuna de Oscuridad, no olió el hedor de azufre, no sintió su amargor, ni escuchó las entrecortadas risas de los ladinos druidas. No se percató del engaño hasta que fue demasiado tarde.

De repente una nube de cuervos cubrió el cielo y bajo ellos se materializó la temible bruja.

–Querido Eme. ¡Qué placer verte así de nuevo! –dijo entre carcajadas– Tus preciosos ojos brillan de inocencia. El bueno de Eme. ¿Acaso creías que te iba a dejar llegar a tu amada torre?  –preguntaba mientras Eme se revolvía contra los efectos del paralizante–. No lo intentes, querido. Tu antiguo compañero, en el que tanto confiabas, te ha envenenado. Y ahora sólo me queda una cosa por hacer.

Aurobinda le arrebató la piedra donde él mismo había encerrado a Sirene y los magos habían ocultado su oscuridad. Empezó a conjurar un oscuro hechizo con la ayuda de los druidas y, de repente, Eme desapareció. Sólo quedó una redonda y negra piedra.

–¡Perfecto! –exclamó la bruja– Enterradla aquí mismo; que nadie la encuentre nunca. Tengo que marcharme, he sentido la llamada de los Consejeros. Tendré que ponerme mis mejores galas, es hora de hacer una breve parada en el Palacio de Ámbar antes de continuar mi misión en el Inframundo..

157 – UN CORAZÓN ROTO I

En el Vacío.

En mitad del espacio que se extiende en el después de todos los tiempos, dos figuras oscuras y solitarias se movían como dos moscas tratando de escapar sin éxito del tarro de vidrio en el que habían sido atrapadas. Ventisca miró a Kashiri con un gesto cargado de reproche.

—¿Y ahora qué? —dijo la aisea no sin cierta amargura—. Íbamos a demorarnos solo un poco para que tú tuvieras tu estúpida venganza y hemos terminado atrapadas en el peor de los lugares posibles.

—¡Maldigo una y mil veces a esos condenados inventores! —sentenció la Emperatriz del Inframundo desesperada—. Aunque creo que, con el último rayo de mi báculo, he podido alcanzar al menos a uno de ellos… —trató de consolarse en vano. 

—¿Y se puede saber de qué nos sirve si estamos atrapadas? Doblemente atrapadas: atrapadas dentro de un sueño, y atrapadas en el Vacío. Nunca escaparemos de esta cárcel.

—Tiene que haber un modo de salir de aquí —dijo pensativa Kashiri mientras trataba de serenarse—. Por suerte mi fiel báculo sigue conmigo. En su interior habitan los Seis Altos Demonios, los seres más poderosos del inframundo. Mi predecesor los confinó en este arma que yo misma le robé. Ellos son la verdadera clave de mi poder. Los liberaré y, cuando se sepan atrapados aquí con nosotras, se verán obligados a utilizar su poder si no quieren permanecer aquí encerrados por el resto de la eternidad.

—¿Y si se niegan a ayudarte? —objetó Ventisca tratando de usar sus poderes sin éxito para abrir una brecha en el vacío—. Al fin y al cabo deben de haber estado macerando su rencor durante siglos.

—No tendrán opción —sonrió malévola Kashiri—. No creo que quieran quedarse en este agujero por toda la eternidad.

—Pues entonces inténtalo, no quiero pasar aquí ni un minuto más —sentenció la aisea cruzando sus brazos con impaciencia.

—Desactivaré momentáneamente el sello que los retiene y luego los liberaré… 

Movió su mano sobre el báculo y este vibró, su piedra se encendió y, acto seguido, la Emperatriz formuló su petición.

—Oh, Altos Demonios, vosotros que habéis sido mi fuente de poder —comenzó a pronunciar con voz regia—. Abandonad vuestra cárcel y ayudadme a abandonar la mía. Yo que gobierno en el mundo que está debajo del mundo, os lo ordeno. Yo que soy vuestra ama y señora, os exijo. 

Se hizo un silencio en el que pareció escucharse un leve susurro proveniente del propio báculo. Era un murmullo múltiple casi como el de un enjambre de insectos. Finalmente pudo escucharse una respuesta.

—Lo siento, Emperatriz —profirió una voz cavernosa proveniente del mismísimo corazón de aquel bastón mágico—. Los Altos Demonios han deliberado. Ya no nos eres útil. Aquí se separan nuestros caminos. Regresamos a casa. Adiós y buena suerte en vuestro nuevo confinamiento eterno. Acto seguido, el báculo se volatilizó dejando la mano de Kashiri vacía y sus mirada desencajada.

—¿Cómo? —murmuró ella con un hilillo de voz mientras golpeaba el suelo que sonaba desesperadamente opaco—. Traición…

—No puede una fiarse de un demonio —apostilló Ventisca—. Parece que vamos a pasar aquí unas largas vacaciones —comentó examinando aquel sombrío y lúgubre lugar—. Y lo malo es que no me gusta el sitio… ni la compañía —apostilló en voz baja mientras su compañera se desplomaba sobre sus propias rodillas.

En el Inframundo

Grilix y Trillox eran dos pequeños diablillos domésticos de garras retorcidas que servían en el Palacio de la Emperatriz del Inframundo. Limpiaban con espemero el trono de la Kashiri temerosos de que, a su regreso, les castigara si no lo habían mantenido todo impoluto. 

—He pasado una noche horrible —se desahogó Grilix con su compañero sin dejar de sacar brillo—. He soñado que los condenados nos atormentaban a nosotros.

—Yo tampoco he pasado buena noche, la verdad es que últimamente las cosas andan revueltas incluso aquí. ¿Se sabe ya cuándo regresará a casa su Majestad? —preguntó Trillox al otro en un tono que mezclaba el temor con el deseo.

—Partió hace un tiempo con Lady Ventisca, pero supongo que no tardarán en…

Su voz se interrumpió ante la explosión de luz demoníaca les cegó.

—Por todos los condenados de la Sala del Lamento —exclamó Grilix  con voz temblorosa—. ¡La Emperatriz está de vuelta!

Pero lo que apareció en la sala del trono no fue la sinuosa silueta de Kashiri sino seis sombras de aspecto imponente y aterrador. Simultáneamente, en el suelo, se materializó el báculo de Kashiri, sin atisbo de su antiguo brillo. La más corpulenta de las figuras, que llevaba una oscura capucha, rompió el silencio con su voz cavernosa.

—Hermanos, ya estamos de vuelta en casa —sentenció retirándose el capuchón y dejando ver su cráneo pelado. Su perilla azabache enmarcaba una mueca que, en un rostro menos violento, podría haber sido una sonrisa de satisfacción. Se trataba de Abraxas, Señor de mil legiones, el mayor de los seis Altos Demonios. 

—Abraxas querido —susurró su hermano Axbalor poniendo su delicada mano sobre el hombro del más corpulento—. Ahora que Kashiri ha caído, ¿no ha llegado el momento de que los demonios vuelvan a gobernar el Inframundo que les vió nacer?

—Siempre tan codicioso… —susurró la hermosa Luxanna, la más bella de entre los súcubos con un gesto de desprecio—. ¿Te has olvidado del juramento? Vamos, Axbalor, ya hemos pasado por esto.

—No lo he olvidado, es solo que hoy me he levantado, creativo… —dijo el demonio con una sonrisa encantadora.

—Aunque ellos no lo sepan, los emperadores y emperatrices del inframundo son en realidad nuestros sirvientes —apostilló Axbalor lanzando una mirada condenatoria a su hermano

—Como sin duda recordarás, hay dos razones principales —explicó Xezbet, el hermano pequeño, con gesto didáctico. Una es el alimento —añadió mientras parecía empezar a salivar—. Los demonios comunes pueden alimentarse del tormento de un alma cualquiera, pero un Alto Demonio requiere de platos más elaborados.

—Lo sé, lo sé —admitió Axbalor con tono de estar cansado de oír la misma cantinela—. Mis refinados hermanos no degluten cualquier cosa. Tienen que alimentarse del néctar del sufrimiento humano mejor destilado. 

—Exacto —añadió Xanthara, la inteligente súcubo, con su rostro pálido y los ojos muy abiertos—. Recuerdo que fue idea mía, hace milenios. Hartos de pasarnos la eternidad seleccionando las almas más puras y luego atomentándolas y consumiéndolas, inventamos nuestra propia cosecha. ¡Un plan genial!

—Encontrar un alma, una sola, que fuera lo suficientemente pura, tierna y cándida… —apostilló Xezbet—. Y provocar en ella el desgarro definitivo de su alma.

—Lo primero —dijo Luxanna como si recordara una antigua receta de cocina— es encontrar un corazón puro.

—Lo segundo —añadió su hermana Xanthara— es hacer de él un corazón roto.

—Y la última parte de la receta, es concederle el don de la inmortalidad —concluyó Axbalor con retintín demostrando que recordaba el procedimiento al dedillo—. Descubrimos que podíamos alimentarnos durante siglos del sufrimiento de un corazón puro si se había macerado lo suficiente en el sufrimiento. Oh, es como si todavía pudiera degustarlo… 

—Tengo hambre —suspiró Luxanna.

—Y yo —añadió Abraxas frunciendo su poblado ceño.

—Pero la parte más importante era la que yo me inventé —dijo Xezbet, señor del engaño, orgulloso de sí mismo, haciendo caso omiso del rugido de las tripas de sus hermanos—. Nombrar a nuestra víctima Emperador del Inframundo y vivir en su báculo absorbiendo poco a poco el sufrimiento de su alma inmortal. Podemos vivir siglos absorbiendo su esencia hasta que, sin saberlo, se vea completamente consumida y tengamos que deshacernos de ellos. Pero mientras nos son útiles, ordeñamos su sufrimiento mientras viven rodeadas de de una cárcel de oropeles sin saberse prisioneras.

—Es mejor para la pobre Emperatriz —le apoyó su hermana, la inocente Nexara que se había mantenido en silencio hasta entonces—. Y, además, pusimos fin a nuestra guerra gracias a esa gran idea. Fue lo mejor para todos —sonrió la súcubo buscando infructuosamente las miradas de aprobación de sus hermanos.  

—Pero en su afán, los mortales han jugado con fuego y se han terminado quemando —culminó Abraxas tomando del suelo el Báculo de la Emperatriz—. Kashiri se ha condenado a sí misma, por lo que ya no nos sirve. Y ahora…

—Ahora ha llegado el momento de encontrar una nueva víctima, supongo —sugirió Axbalor—. Perdón, quise decir “de coronar una nueva Emperatriz”. A no ser que queramos volver a rebajarnos a atormentar almas de pacotilla todos los días, para rebañar los restos de su ordinario y vulgar dolor.

—Nadie quiere eso —dijo Xezbet—. Ha llegado el momento de encontrar una nueva alma a la que entronar.

—Cierto  —convino Abraxas—. De hecho ya había pensado en ello. Pero nosotros llevamos siglos viviendo en un Báculo, no conocemos este mundo. Puede llevarnos tiempo dar con el alma adecuada.

—Altos Demonios del Inframundo, permitid que me presente ante vosotros. Soy Aurobinda, Señora de los Cuervos. Bruja y fiel sirviente de la Oscuridad.

—¿Y que te trae por nuestro reino sin ser invitada, Aurobinda? —preguntó Abraxas manteniendo las distancias.

— He sentido la presencia del báculo ante la desaparición de Kashiri. He venido a jurar lealtad a la Oscuridad que habita bajo la tierra y no he podido evitar escuchar vuestras necesidades. Necesitáis un corazón puro, ¿no es así? Yo os lo puedo proporcionar e incluso os puedo mostrar como quebrarlo de la forma más rápida y eficiente.

—Me cae bien —observó Axbalor dirigiéndose a sus hermanas.

—¿Y qué ganarías tú con ello, bruja? —inquirió  Abraxas reduciendo su suspicacia.

—Mis huestes han sido mermadas. Kashiri ha sido neutralizada, mi más fiel aprendiz ya no está entre nosotros y el alma de la reina Oscura que crearon los Consejeros ha sido purificada por culpa de ese maldito Archimago. Sinceramente, las cosas no pintan bien. Pero quizás, si las cosas se arreglan en el inframundo, juntos podamos volver a poner en jaque a esos héroes de pacotilla. Necesito un nuevo ser de oscuridad que esté a la altura de Dorna. Y solo una emperatriz del Inframundo puede estar a la altura de la Reina Oscura. Dejadme ayudaros a conseguir vuestro corazón roto: vosotros ganáis, yo gano.

—Está bien, Aurobinda, llévanos ante tan suculento manjar y serás recompensada — la apremió Luxanna relamiéndose los labios.

—Mis apreciados Altos Demonios, los más poderosos íncubos y súcubos del Inframundo —respondió la bruja con una reverencia—, estoy aquí para servir. Y no temáis, vuestro secreto sobre la verdad de las Emperatrices, estará a salvo conmigo —añadió en tono amable pero pero con un brillo siniestro en los ojos.