164 – EL FIN DE LA PESADILLA I

El sol lanzaba al aire un brillo mortecino. Su pobre luz apenas permitía a Baufren —el Duende Mayor—, Grahim —el impromago justo—, Fecu —la hortelana libertadora— y Mairim —la reina niña pirata— atisbar el camino bajo sus pies, pero ellos caminaban con toda la decisión de la que eran capaces. Las ramas que les rodeaban eran oscuras y retorcidas, como las garras de un cuervo, y parecían empeñadas en tirar de sus ropajes a la más mínima ocasión. Llevaban tiempo sin beber ni comer, pues las pocas fuentes de agua que encontraban les sabían a hiel y los escasos frutos silvestres que hallaban –además de tener un aspecto negruzco y poco apetecible– se convertían en cenizas cuando se los llevaban a la boca. La Pesadilla del Titán era sin duda el peor de los mundos imaginables y, en su interior, el tiempo transcurría de forma extraña. Parecía que llevaban andando siglos pero, en cierto modo, el recuerdo de la sonrisa macabra de Eme se les antojaba vívido, como si hubiera sucedido solo unos instantes atrás.

Ante el ojo inexperto, podría parecer que el cuarteto de héroes vagaba sin rumbo fijo, perdidos, pero, en realidad, seguían a su guía: el anciano duende, que andaba con la dificultad derivada de su avanzada edad y la decisión de quien sabe que tiene en sus manos una misión crucial. 

El Duende Mayor Baufren se detuvo de forma abrupta y su oreja se agitó espasmódicamente dos veces. El resto del equipo, que le seguía con expectación a través de la tenebrosa arboleda, se detuvo con él. Miraron a su alrededor con desazón, aquel extraño bosque era capaz de poner los pelos de punta a cualquiera. Eran una compañía pintoresca pero bien avenida: un mago, una aguerrida hortelana y una niña pirata con superpoderes. Al frente, un duende –creado por la magia de las mismísimas brujas de las que tantas veces abjuró– con instinto para captar las más sutiles señales.

 

–Duende mayor –intervino Grahim, el impromago, rompiendo el silencio–, ¿está seguro de que es por aquí?

–Recibo la señal del Titán, alto y claro, es como un tintineo. Aquí donde lo véis, este tenebroso bosque no es más que la Arboleda de Catch-Un-Sum, que todos conocemos.

–Y si estamos en la arboleda, ¿por qué todo parece tan rematadamente hostil y… diferente? –preguntó Grahim que empezaba a desesperarse. 

–Da un poquito de miedo, sí… –convino Mairim, la niña-reina de los piratas agarrándose el gorro con las dos manos y calándoselo como si eso pudiera protegerla de algún modo–. Más que la Gruta de los Murciélagos donde mi tito Efraín esconde los tesoros.

–El Titán nos ha hecho venir hasta aquí, porque en este punto es donde todo comenzó, donde el perverso deseo de Eme vio la luz, donde comenzó la oscuridad –explicó Baufren–. Todos hemos recibido la señal, ¿no es así?

Fecu y Grahim asintieron con gesto grave.

–Un patriarca zíngaro se me ha aparecido en sueño varias veces y también escuché el tintineo de una campana. Todas las señales me llevaban hacia esta dirección, por eso emprendí el camino –explicó Grahim.

–Yo, como os dije, seguí el tintineo en la oscuridad de la noche y dí con vosotros –explicó Fecu visiblemente afectada–. A mi pueblo se le robó la libertad cuando Eme nos arrebató la Esencia de la Divinidad. Nunca imaginé que el poder que iba a concedernos el don más preciado, nuestra ansiada libertad, pudiera ser utilizado para hacer tanto mal –añadió con la mirada perdida. 

–¡Yo la he recibido y me ha dado un susto de muerte! –explicó divertida Mairim. ¡Cuando ha sonado la campana en mi cabeza se me han salido todos los cereales por la nariz!

Todos esbozaron una leve sonrisa ante la ocurrencia de la niña-reina de Isla Calzaria que, ni en las peores situaciones, parecía capaz de tomarse la vida en serio. “Dichosa juventud”, pensó para sí el Duende Mayor. Los cuatro héroes siguieron avanzando en la casi penumbra hasta encontrar un claro. Un sitio que, a algunos, les resultó familiar.

–¡Mirad, ese es el tocón donde se apoyaba la esencia de la divinidad! –señaló Fecu sorprendida–. Estamos en el punto exacto. Pero todo es tan diferente… sombrío y retorcido…

–Es como si la Pesadilla ya no solo estuviera en las mentes de los que duermen, sino que estuviera invadiendo el mundo real –apuntó Baufren, el Duende Mayor que, aunque familiarizado con la magia negra, nunca dejaba de sentir un nudo en el estómago cada vez que se encontraba cerca de ella.

–Y así será si no lo detenemos… –una pequeña y delicada figura apareció de entre las sombras. Se trataba de Níniel, la longeva elfa, cuya voz sonaba dulce y triste como el llanto del viento otoñal–. El bosque está sufriendo. Se muere poco a poco.

–¡Una elfa! ¡Habrá acudido también ante la llamada del Titán! –dedujo Grahim.

–Así es, los Siete Seres de Luz han sido convocados a la arboleda para detener la Pesadilla –profirió una regia voz mientras una silueta cubierta de ropajes blancos aparecía ante ellos, posándose sobre el suelo con gaseosa delicadeza–. Nos enfrentaremos a los Siete Seres de Oscuridad y pondremos fin a este infierno, aunque nos cueste la vida.

Era el regio timbre de la mismísima reina de los aiseos, Galerna, que también había sido convocada por la misma señal y había abandonado su lejano trono de Caelum para sumirse en las sombras de la Pesadilla del Titán. Su rostro de guerrera era duro y hermoso, pero en sus ojos no había miedo sino la decisión del que sabe que la batalla final está cerca. Para la naturaleza inmortal de los aiseos, la posibilidad de perder la vida adquiría siempre una redoblada trascendencia, pero aún era más grave, si cabe, en ella ahora que sabía que estaba en cinta y, fruto del más sincero amor, crecía en sus entrañas el futuro rey de los seres del aire. Acarició su vientre, ligeramente abultado, mientras pensaba en ello. Luego levantó la vista con la decisión de una reina que busca a sus soldados. Todos los presentes la saludaron con una reverencia, pues su elegante y regia presencia no podía dejar a nadie, ser humano o mágico, indiferente.

–Los elegidos se están congregando… –anunció la elfa Níniel cerrando los ojos como si se estuviera concentrando–. Todos los aquí presentes somos Seres de Luz, elegidos del Titán. 

–Pero hay algo que no entiendo, Duende Mayor… –observó Mairim algo confusa–. Se supone que deberíamos ser siete. Uno, dos, cuatro, seis, tres… ¡Siete Seres de luz contra Siete Seres de Oscuridad!

–Así es, o al menos eso fue lo que las ancianas Nornas anunciaron en su profecía –asintió Baufren pensativo.

–Pues ahora solo somos seis –se lamentó Grahim el Mago.

–Es cierto –afirmó la elfa–, no estamos todos. Falta uno. Si no estamos los siete, nunca podremos vencer a la oscuridad. Está escrito en el viento… lo siento en los árboles… ¡Un momento, mis sentidos de elfa detectan intrusos! –exclamó de repente.

–Yo también noto su poder, ¡y es inmenso! –confirmó seriamente preocupado el Duende Mayor mirando en derredor.

En ese instante, de entre las sombras de la arboleda aparecieron seis sombras. Una de ellas, portaba una luz rojiza que alumbró su rostro. Era un báculo demoníaco que todos conocían bien y que representaba el poder del inframundo.

–Pero mira a quién tenemos aquí. Si son los pobres defensores de la luz –sonrió Evolet, la Emperatriz Tenebrosa.

–Dí que sí, querida Emperatriz del Inframundo –murmuró el resurrecto Rodrigo IV que no dejaba de mirar asombrado a la nueva señora del reino de los infiernos. 

A su lado, otra de las formas dio un paso al frente. Era Kaila, la maga oscura, que alzaba su varita cuya punta resplandecía en tonos verdosos, lista para el combate. Con una mueca parecida a una sonrisa, murmuró:

–Cada vez eligen a paladines más patéticos –dijo henchida de orgullo por haber sido elegida como uno de los Siete Seres de Oscuridad.

Tras ella, una sombra de ágiles movimientos cubrió el otro flanco de la Emperatriz, sus hojas relampaguearon con la luz roja del Báculo de su señora. Era Vandala, el oscuro zíngaro. Al instante todos pudieron contemplar las tétricas sonrisas de los Consejeros Umbríos de cuyos ojos, izquierdo y derecho respectivamente, emanaban zarcillos de pura oscuridad. Emitieron una risa macabra capaz de helar la sangre a cualquier mortal.

–¡Los Consejeros!¡Sabía que estabais detrás de todo esto! –espetó Grahim el impromago alzando su varita.

–¡Por las raíces de la gran Papa gigante! ¡Solo son seis! –se percató Fecu, la avispada hortelana.

–Si es así, nuestras fuerzas están igualadas – sonrió el duende Baufren que ahora veía una oportunidad de vencer al mal de una vez por todas.

–¡Cada uno de nosotros vale por veinte de los vuestros! –lanzó Vandala raudo como el restallido de un látigo.

–Pero es verdad –resaltó Mairim que aún estaba haciendo cuentas con los dedos, para lo que se había levantado el parche del ojo, que le impedía contar cómodamente–. ¡Seis contra seis! ¡Iguales! ¡Les vamos a machacar!

–No tan deprisa, pequeñín –sentenció Érebos el consejero con una amplia y turbadora sonrisa.

–Quizás ya no tengamos a Dorna con nosotros, pero hemos podido recoger su oscuridad antes de que se disipara y la hemos metido en este orbe. He de decir que ha sido una cosecha generosa –explicó Barastyr con la misma expresión que su compañero y paladeando cada palabra mientras sacaba de su amplia manga un orbe de cristal. En su interior parecía flotar una densa nube de humo azabache.

–Y como estábamos tan tristes tras la pérdida de nuestra amada Reina Oscura, Van Bakari, nuestro Traficante de Almas de cabecera, nos ha prestado un cuerpo capaz de albergarla –añadió Érebos con un aire cínicamente didáctico.

–¡Lord William, es su turno! Háganos el honor de venir a jugar un rato con los vivos –pronunció Barastyr como quien llama a un viejo amigo.

En ese mismo instante, el suelo comenzó a temblar. Poco a poco la tierra se resquebrajó y, ante la sorpresa de los presentes, una mano huesuda salió de ella. Todos eran conscientes de estar presenciando el más abyecto acto de nigromancia. El cuerpo del finado noble Lord William Von Vondra salió completamente de las entrañas del claro y se sacudió el polvo. Parecía tan pletórico como lo estaba años atrás, antes de su muerte.

–En vida no me perdí una fiesta. ¿Creéis que me la iba a perder ahora? –exclamó justo antes de aullar de placer por el vigor recobrado.

–Ese tipo es una leyenda – sentenció Rodrigo IV en tono jocoso–. Si la mitad de cosas que se cuentan de él son ciertas…

–Un buen receptáculo lo es todo– se congratuló Érebos, el Consejero Umbrío y ambos empezaron a pronunciar un extraño y oscuro conjuro.

El orbe comenzó a levitar y a girar sobre sí mismo mientras la oscuridad salía de él como arrancada por la fuerza centrífuga e iba metiéndose en el cuerpo del difunto Lord William.

–Me siento tan… ¡lleno de vida! –rió el Redivivo mientras se miraba las manos contemplando su nuevo poder.

Los seis seres de luz temblaron ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, pero ninguno de ellos pensó ni por un instante en abandonar al resto. Estaban claramente en inferioridad numérica, pero eran los elegidos del Titán y cumplirían su misión, aunque les costara la vida. El futuro de Calamburia estaba en sus manos.


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