253 – EL PASO DE LAS ARENAS

Personajes que aparecen en este relato

EL PASO DE LAS ARENAS

El desierto de Al-Yavist tenía memoria. De los vivos y de los muertos.

Allí, entre crestas de arena deshilachada y grietas que exhalaban calor desde las entrañas del mundo, avanzaba una criatura que no dejaba huella: un caballo mágico, invocado por necesidad, guiado por voluntad. Sobre su lomo cabalgaban dos figuras. Una delante, la otra detrás.

Periandro Sybila, erguido, mantenía la vista clavada en un horizonte donde la tierra parecía doblarse sobre sí misma. Carmélida, sentada tras él, sostenía su cintura con las manos enguantadas, no por afecto, sino por necesidad. La cercanía física no disolvía la distancia emocional.

El manto de ella ondeaba al ritmo del galope, aún marcado por sangre seca y alquimia resquebrajada. El de él apenas se movía, como si ni el viento se atreviera a tocarle los hombros.

—Me mentiste —dijo ella, sin moverse, con la boca cerca de su oído.

El viento le arrastró la voz, pero no el reproche.

Periandro no contestó enseguida. El silencio entre ellos no era tenso: era un viejo amigo al que habían aprendido a temer.

—No lo hice para herirte —acabó diciendo—. Lo hice para protegerte.

—¿Protegerme de qué? ¿De ti?

—Efélide no era hija mía.

Los dedos de Carmélida se hundieron en la tela de su túnica. Aunque ya había comprendido que aquella era la mentira, necesitaba escuchar el resto de sus labios.

—Entonces, ¿de quién era?

—De Rodrigo y Elora. Efélide es una de las dos gemelas que nacieron en secreto. Una de las legítimas herederas del Trono de Ámbar.

—¿Sabes cuántas veces me preguntó por su padre? —añadió Carmélida, con la voz controlada—. Efélide. Me miraba como si yo pudiera darle las respuestas que tú le negaste. Me preguntó si su padre era un cobarde… o un héroe muerto. Le dije que no sabía. Porque eso fue lo que tú me dijiste a mí.

Periandro tragó saliva. El caballo mágico continuó su galope sin errar el paso, ajeno a la carga invisible que transportaba.

—Minerva las separó nada más nacer. Cuantas menos personas conocieran el plan completo, más difícil sería encontrarlas. A mí me confió a una de las niñas y me ordenó entregártela ocultando su verdadero linaje. De la otra solo supe que seguiría un camino distinto.

El cuerpo de Carmélida se tensó tras él, pero no aflojó la sujeción. Seguía aferrada a su cintura por necesidad, por rabia y por esa lealtad contrariada que no pide permiso para doler.

—Entonces era cierto —murmuró—. Dos niñas. Dos destinos. Dos mentiras. Y tú fuiste quien colocó las piezas.

—Coloqué una —admitió Periandro—. Minerva se aseguró de que ninguno de nosotros pudiera contemplar el tablero completo.

—La crié como hija de un hombre ausente —dijo Carmélida—. Y resulta que era heredera de todo un reino.

—Precisamente por eso debía dejar de serlo ante los ojos del mundo.

El viento silbó entre las dunas. Durante unos instantes, ninguno de los dos encontró nada más que decir.

—¿Dónde está Efélide? —preguntó Periandro.

—Con el Primer Hermano.

Periandro giró ligeramente la cabeza.

—¿Cómo puedes saberlo?

—En el Monasterio Cóncavo me esperaba un mensaje de Clemente.

—¿Qué decía?

Carmélida llevó una mano hasta el pergamino que guardaba junto al pecho.

—«La Tercera Hermana permanece conmigo».

—¿Nada más?

—Nada que revelara su paradero. Clemente sabe que cualquier mensaje puede terminar en manos equivocadas.

—Entonces no sabes si están a salvo.

—Sé que están juntos. Clemente moriría antes que abandonar a una de sus hermanas.

—Eso no significa que pueda protegerla.

—Significa que no tendrá que enfrentarse sola a lo que haya al otro lado. Por ahora, es la única certeza que tenemos.

—No me basta.

—A mí tampoco.

Periandro volvió la vista hacia el horizonte. Había esperado que la verdad pusiera fin a tantos años de incertidumbre, pero algunas respuestas solo servían para formular nuevas preguntas.

Y mientras el silencio se asentaba entre ellos, el paisaje comenzó a reflejarlo.

El desierto se cerraba sobre sí mismo. La arena se alzaba como vapor envenenado y las dunas, cada vez más altas, se erguían como olas muertas a punto de tragarlos.

El viento arreció, ciego y abrasador. Los granos de arena les golpeaban el rostro y apenas podían ver más allá del hocico del caballo mágico.

—Tendremos que detenernos —dijo Carmélida, alzando la voz sobre el vendaval—. No podemos continuar sin ver el camino. Si seguimos así, acabaremos sepultados bajo una duna… o encontraremos algo mucho peor.

Periandro no respondió. Bajó la mirada, tanteó el cinto y extrajo su varita.

—Descuida. Sé adónde ir.

Susurró una orden breve que el viento se tragó. De la punta de la varita surgió una pequeña criatura de luz temblorosa, parecida a una luciérnaga, pero con alas facetadas como vidrio cálido. Comenzó a volar despacio, dejando tras de sí un hilo ámbar, un sendero en mitad del caos.

Carmélida entrecerró los ojos al verla.

—¿Un Espinafoco de Reencuentro? —dijo, con una risa apenas audible—. Cuántas veces intentaste conjurarlo de pequeño… Siempre lo hacías al revés. Te salía un escarabajo sin patas, ¿recuerdas?

Periandro observó la estela de luz avanzar entre la arena.

—Ahora las cosas me salen mejor.

Periandro hizo descender la varita. El insecto giró varias veces sobre sí mismo, orientándose.

—Espero que, al menos ahora, tus escarabajos estén de cuerpo entero y hagan bien su trabajo.

La pequeña invocación mágica abrió los élitros y emprendió el vuelo hacia el interior de la tormenta.

Los Espinafocos de Reencuentro no encontraban lugares. Buscaban personas. Se alimentaban de los recuerdos de quien los invocaba y seguían el rastro de alguien con quien hubiera compartido un momento imposible de olvidar.

—¿A quién esperas encontrar en mitad de este desierto? —preguntó Carmélida.

—A alguien que conozca las arenas mejor que nosotros.

—¿Y si no queda nadie?

—Entonces la luz se apagará.

Carmélida contempló la frágil criatura, zarandeada por un viento capaz de enterrarlos a ambos.

Siguieron al Espinafoco, envueltos en silencio y arena, guiados por la única criatura de aquel desierto que parecía saber adónde se dirigía.

La criatura los condujo entre formaciones rocosas erosionadas, estrechas como las costillas de un animal enterrado. A cada paso, la arena cedía bajo los cascos del caballo y los obligaba a avanzar con mayor lentitud. Allí el viento ya no silbaba. Murmuraba.

Carmélida mantenía la vista alerta. El Espinafoco flotaba por delante y su luz ámbar apenas lograba atravesar la bruma arenosa. Cada vez que rozaba una piedra, dejaba un destello que tardaba varios segundos en apagarse. El sendero aparecía detrás de ellos y desaparecía poco después, borrado por el desierto.

Periandro cabalgaba con la varita aún empuñada. La montura avanzaba con paso firme y ninguno de los dos quiso imaginar qué encontrarían más allá de la siguiente colina.

Cuando coronaron la última duna, el terreno se abrió ante ellos: una vaguada oculta entre paredes de roca oscura. El sol del ocaso teñía la arena de cobre y las sombras se alargaban entre las tiendas y los estandartes negros.

Uno de los campamentos de los Nómadas de las Arenas se alzaba ante ellos, silencioso… demasiado silencioso.

Las tiendas, negras como tinta antigua, estaban reforzadas con cuerdas trenzadas y remates dorados. Entre los mástiles ondeaban trozos de tela cubiertos de símbolos y colgantes de hueso. Cada ornamento parecía contar una historia. Pero ninguno hablaba.

El Espinafoco se detuvo en el aire.

Su luz palpitó tres veces y se apagó.

—No hay vigilantes —dijo Carmélida, con el ceño fruncido—. No hay nadie fuera. Solo humo.

Entonces llegó el rugido.

No era un grito humano. Tampoco pertenecía a ningún animal conocido. Era una vibración hueca que resonaba en el pecho con mayor fuerza que en los oídos. Una nota procedente de otro plano.

Del corazón del campamento surgieron sombras deformes. Algunas reptaban sobre numerosos miembros; otras avanzaban a saltos, cubiertas de espinas y bocas que se abrían allí donde debería haber habido ojos.

Demonios.

La arena tembló bajo su avance. Las tiendas comenzaron a desgarrarse desde dentro y varias de las jaimas se desplomaron envueltas en llamas negras.

Periandro detuvo el caballo de un tirón. Él y Carmélida descendieron por lados opuestos. La punta de la varita comenzó a brillar mientras la alquimista extraía dos frascos de su cinturón y aflojaba los tapones con los pulgares.

Los demonios repararon en ellos. Varias de aquellas cabezas deformes se volvieron al mismo tiempo y las criaturas cambiaron de dirección.

Periandro trazó en el aire el primer signo de un encantamiento. Carmélida levantó uno de los frascos, preparada para lanzarlo.

Un silbido agudo cortó el aire.

Era una señal larga y precisa que rebotó entre las paredes del desfiladero y atravesó el campamento como una cuerda tensada.

Tras aquel silbido, las arenas respondieron.

Desde lo alto de la jaima central se alzó una figura vestida de negro y oro. Shuleyma, la Pinza de Jaspe, saltó sobre el primer demonio y lo recibió con una estocada bajo la mandíbula. Su espada de hoja estrecha evitaba las placas de las criaturas, encontraba sus junturas y volvía a salir cubierta de sangre. En sus movimientos permanecía el ritmo aprendido en la música y la danza, sostenido por la disciplina de una guerrera curtida en el combate. Se mantuvo en el centro de la vaguada, visible para todos, y obligó a los demonios a concentrarse en ella.

Apenas un suspiro después, desde el lado opuesto, entre dos montones de telas rasgadas, emergió su hermana: Shuaila, el Aguijón de la Noche. Sus dagas cortaban el aire en arcos cerrados, bajos y certeros. Mientras Shuleyma obligaba a sus enemigos a mirarla, Shuaila los alcanzaba desde los ángulos que habían olvidado proteger.

Del interior de un carro cubierto, entre cántaros rotos y polvo de especias, se alzó lentamente una tercera figura. Su rostro estaba marcado con trazos oscuros y sus manos aparecían manchadas de sangre. Con la serenidad de quien todavía dispone de todo el tiempo del mundo, Ralish, la Espina Venenosa, deslizó el filo por la cara interna de su antebrazo y abrió un corte superficial. Su propia sangre se extendió sobre el cuchillo. Observaba a los demonios con la curiosidad de quien está a punto de comprobar el resultado de un experimento.

Por último, desde un saliente casi pegado a la tierra, Talisha, el Susurro de las Dunas, apareció sin pronunciar palabra. Sus ojos eran dos carbones encendidos y cada uno de sus pasos estaba calculado. En una mano sostenía una daga curva. La otra permanecía libre. La utilizaba para romper huesos.

Las cuatro ocuparon sus posiciones al instante, sin necesidad de hablarse, con la precisión de quienes parecían haber ensayado aquella emboscada cien veces. Habían fingido abandonar el campamento para atraer a los demonios hasta el centro de la vaguada, y las criaturas, convencidas de haber encontrado unas jaimas desprotegidas, se adentraron en la trampa sin comprender que el campamento nunca había estado dormido.

Las hijas de Arishai jamás dormían cuando el enemigo estaba cerca.

El rugido de la lucha lo devoraba todo. Las Hijas del Escorpión combatían sin tregua, pero los demonios eran muchos. Demasiados. La arena ya no era solo arena: estaba empapada en sangre, y las jaimas, antes orgullosas, ardían como si el propio desierto las estuviera devorando.

Periandro y Carmélida se lanzaron al combate, sorteando piedras y escombros sin dudar. Él conjuró una esfera de fuego que se expandió como un latido: la magia se dobló sobre sí misma y arrasó a tres criaturas que se aproximaban por el flanco. Sus ojos brillaban con una energía contenida. Cada fragmento de aquel fuego obedecía a su voluntad y alcanzaba exactamente el lugar al que había sido dirigido.

Carmélida arrojó uno de sus frascos.

El cristal se rompió contra el pecho de otra criatura y liberó un líquido transparente. La sustancia se filtró entre las placas de su cuerpo. El demonio lanzó un alarido mientras la carne se disolvía bajo su coraza y cayó sobre la arena envuelto en una nube de vapor.

—Sigues utilizando demasiado ácido —dijo Periandro.

—Y tú sigues dejando demasiados vivos.

Un demonio se abalanzó sobre ellos. Periandro desvió sus garras con la varita y Carmélida introdujo el segundo frasco entre sus mandíbulas. La criatura apenas tuvo tiempo de cerrarlas antes de que una explosión apagada le reventara la cabeza.

—¡A tu izquierda! —gritó ella.

Periandro se giró justo a tiempo. Alzó una barrera mágica. Las garras del enemigo se estrellaron contra un muro de luz que crepitó como una muralla encantada.

Durante unos instantes volvieron a luchar espalda contra espalda, con la coordinación de otros tiempos. Los años, la traición y el silencio todavía se interponían entre ellos, pero sus cuerpos recordaban cada movimiento compartido.

Las cuatro hermanas seguían luchando cerca, pero incluso ellas comenzaban a retroceder. Ralish sangraba por una ceja, aunque seguía dosificando veneno con precisión científica. Shuaila jadeaba entre los pasos. Talisha tenía el brazo izquierdo colgando, pero seguía golpeando con el derecho. Solo Shuleyma conseguía mantener la línea, aunque el cansancio había ralentizado su espada y cada golpe comenzaba a exigirle un esfuerzo mayor.

Entonces, un grito distinto.

—¡No… no, por favor! ¡Yo no… yo no tengo armas!

Desde debajo de una lona chamuscada, Froilán de Lavigne Colby gateaba hacia atrás, cubriéndose la cabeza con los brazos. Un demonio esquelético, con la mandíbula desencajada y una lengua cubierta de cuchillas, se cernía sobre él con una lentitud cruel, relamiendo su miedo como un manjar.

Froilán —camisa rasgada, botas desparejadas y el cinturón mal abrochado— parecía más fuera de lugar que nunca. Hombre campechano, amante del vino, de la taberna y del «invito yo», siempre había escapado de sus deudas más rápido de lo que tardaban en servirle una copa. Pero de aquel demonio no lograría salir corriendo.

—Mira que se lo advertí —gruñó Talisha, golpeando con el codo la mandíbula de otra criatura.

—Los Colby hablan más rápido de lo que corren —murmuró Ralish, limpiando su hoja con una mirada fulminante.

Froilán continuó retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el eje de un carro volcado. Ya no tenía espacio para escapar. La lengua del demonio salió disparada y las cuchillas desgarraron la lona a escasos centímetros de su rostro. Froilán intentó arrojarse a un lado, pero una de las garras atravesó su camisa y lo dejó clavado contra la arena.

La segunda garra se alzó sobre su pecho.

Periandro lo vio, pero tres criaturas le cerraban el paso. Carmélida sostuvo uno de sus frascos en alto, incapaz de arrojarlo sin alcanzar también a Froilán. Las Hijas del Escorpión intentaron acudir, pero los demonios las mantenían cercadas.

Nadie llegó a tiempo.

Nadie logró alcanzarlo.

Salvo una.

Un látigo silbó en el aire, se enroscó alrededor del antebrazo del demonio y apartó la garra un instante antes de que alcanzara a Froilán. El tirón desvió a la criatura y sus uñas se hundieron en la arena junto al pecho del Colby. El demonio rugió y siguió con la mirada el látigo tensado hasta su origen.

Sobre una roca que dominaba la vaguada, con el polvo bailándole alrededor de los pies, estaba Andamana. Su brazo aún permanecía extendido tras el latigazo. Su mirada estaba fija en la criatura y su cuerpo se mantenía erguido, preparado para volver a atacar.

A su espalda, una decena de amazonas descendía con las lanzas en alto. Sus movimientos eran coordinados, silenciosos y mortales. En el centro de todas ellas, montada sobre una criatura moteada de ojos negros, envuelta en una capa gris malva y coronada por joyas oscuras, descendía Elora, la reina de Calamburia.

En una mano llevaba su sable pirata, curtido en sangre y tormentas. En la otra, un trabuco corto de cañón pulido, cuyas balas llevaban grabados los nombres de los piratas caídos en la guerra.

No dijo palabra. Solo disparó.

La criatura que había intentado devorar a Froilán se desplomó sin rostro. Atraído por el disparo, otro demonio se abalanzó sobre la montura de Elora y le abrió el costado con una de sus garras. El animal se encabritó. La reina desmontó de un salto antes de que pudiera derribarla y una de las amazonas condujo a la criatura herida hacia la retaguardia. Elora levantó entonces su sable. Las amazonas chocaron sus lanzas al unísono y emitieron su grito de guerra: un alarido agudo e intermitente que helaba la sangre.

Aquel gesto fue una señal. Las Hijas del Escorpión respondieron con un silencioso saludo marcial.

Los dos clanes, unidos por antiguas alianzas y generaciones de sangre derramada, se encontraron espalda contra espalda. Amazonas y escorpionas giraban al mismo ritmo, cubrían los mismos ángulos y defendían los mismos silencios. El clan de la serpiente y el del escorpión volvían a luchar juntos.

Y el desierto, que hasta entonces solo les había ofrecido derrota, recordó el sabor de la esperanza.

La señal de Elora fue la chispa, pero la verdadera explosión fue la respuesta conjunta. Las amazonas se desplegaron entre las tiendas como si conocieran cada rincón del campamento. Algunas se unieron al frente de combate con las escorpionas, otras rodearon los flancos, y tres más formaron una línea defensiva alrededor de Froilán, que seguía jadeando entre telas quemadas.

El primero de los demonios en reorganizarse lanzó un zarpazo brutal hacia Shuleyma. Shuaila advirtió el ataque y embistió a su hermana desde un costado para apartarla. El movimiento evitó que las garras alcanzaran el pecho de Shuleyma, pero una de sus puntas le rozó la pierna derecha durante la caída y abrió un corte profundo. Shuaila rodó en la dirección contraria y se levantó para interponerse entre ella y el demonio.

La sangre brotó al instante.

—¿Qué haces? —gritó Shuleyma, llevándose una mano a la herida.

—Evitar que te abriera el pecho —respondió Shuaila entre dientes, sin soltar las dagas.

No había lugar para dramatismos, únicamente para seguir luchando.

Del otro lado del campamento, un demonio alado extendió sus alas membranosas y comenzó a concentrar entre ellas una masa de energía oscura. Ralish lo vio y gritó:

—¡Carmélida! ¡Por la izquierda!

Sin preguntar, Carmélida lanzó una esfera azulada. Ralish rozó el filo de su cuchillo contra la sangre que aún brotaba de su antebrazo y lo arrojó. La punta alcanzó la esfera en pleno vuelo y la fragmentó en cientos de agujas de cristal, sobre las que se extendió el veneno.

La lluvia envenenada atravesó las alas y el pecho del demonio antes de que pudiera liberar su ataque. La criatura cayó convulsionando y terminó deshaciéndose sobre la arena en un charco oscuro.

—No está mal para una alquimista —dijo Ralish, sonriendo entre sangre.

—No está mal para una bruja —replicó Carmélida.

Mientras tanto, dos amazonas del flanco derecho cayeron bajo un asalto brutal. Una fue abatida por un demonio que le quebró el cuello con un golpe de su espinosa cola. La segunda recibió una garra en el costado, pero antes de caer arrojó su lanza contra otra criatura que estaba a punto de alcanzar a una de sus hermanas. El arma atravesó al demonio y la amazona a la que había salvado pudo rematarlo. Sus cuerpos quedaron sobre la arena, testigos silenciosos de una victoria que aún no estaba asegurada.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

Un demonio gigantesco —con cuerpo serpenteante y ojos por toda la espalda— se alzó tras Elora, que acababa de derribar a su tercer enemigo. No tuvo tiempo de girarse.

—¡Majestad! —gritó alguien.

Periandro reaccionó. Alzó la varita y trazó un círculo repentino. Una columna de viento surgió bajo los pies de Elora un instante antes de que las garras la alcanzaran y la elevó fuera de su trayectoria.

La reina comprendió la intención del mago y no se resistió al impulso. Giró en el aire, dirigió la punta del sable hacia el demonio y se dejó caer sobre él. La hoja penetró entre dos de los ojos que cubrían su espalda y descendió a lo largo de la columna vertebral. La criatura se desplomó mientras Elora aterrizaba junto a ella con una rodilla sobre la arena.

—Gracias, mago-erudito —susurró.

A unos pasos de allí, Talisha y Andamana combatían espalda contra espalda. La amazona lanzaba su látigo con precisión, atrapando extremidades y desviando mordiscos. La escorpiona combinaba rodillazos y estocadas con los cortes secos de su daga curva. Ninguna imitaba a la otra: cada movimiento respondía al ataque que su compañera acababa de desviar y ambas terminaron acompasando la respiración y los golpes.

—Aguantas bien para ser una serpiente de las marismas —dijo Talisha, con la voz entrecortada por el esfuerzo.

—Y tú golpeas mejor de lo que esperaría de una escorpiona de las arenas —replicó Andamana mientras enroscaba el látigo alrededor del cuello de un demonio y desviaba su embestida.

No hubo tiempo para más palabras, porque el combate seguía y ambas sabían que no podían permitirse nada menos que la victoria.

El combate se prolongó mientras la noche se cerraba sobre la vaguada. Cada oleada de demonios era rechazada, pero otra ocupaba inmediatamente su lugar y, cuando ambos clanes comenzaban a alcanzar el límite de sus fuerzas, el horizonte oriental empezó a clarear.

El amanecer comenzaba a abrirse paso con lentitud, empujando la noche hacia los bordes del mundo. La luz no irrumpió con violencia, sino que se deslizó como un suspiro largo sobre la arena, tiñéndolo todo con un resplandor pálido, como si el día dudara todavía si merecía nacer.

Los demonios que quedaban, pocos ya, se agitaban como brasas húmedas a punto de apagarse. Sus movimientos se volvían erráticos y su fuerza comenzaba a abandonarlos. La claridad penetraba en las heridas abiertas durante la batalla y resquebrajaba la materia oscura que sostenía sus cuerpos.

Periandro, cubierto de polvo y sangre ajena, dio un paso al frente. Sostenía la varita con suavidad, dispuesto a utilizarla como canal. Alzó la mirada hacia la línea por la que comenzaba a emerger el sol y levantó el brazo sin pronunciar palabra.

La primera luz del día cayó sobre él, recorrió su brazo como una corriente viva y se concentró en la punta de la varita. Periandro no creó aquella claridad; se limitó a conducirla hacia las grietas que la batalla había abierto en los cuerpos de los demonios.

—Lux prima, tenebras pelle.

Entonces la liberó.

Una oleada de luz se desplegó en abanico sobre la arena, sin fuego ni estruendo. Los demonios no ardieron ni gritaron. La claridad atravesó sus heridas, quebró el vínculo que los mantenía en aquel mundo y deshizo sus cuerpos en fragmentos de sombra que se hundieron en la arena.

Cuando todo terminó, el silencio regresó, pero esta vez no oprimía: respiraba.

El viento se llevaba con suavidad el humo de las tiendas y agitaba los jirones de tela aún colgados entre las lanzas. Sobre la arena, las figuras que seguían en pie no parecían vencedoras, sino testigos.

Elora bajó el sable con lentitud. Caminaba entre cuerpos enemigos con paso firme, la capa gris malva aún salpicada de combate y la corona de joyas oscuras asentada sobre su frente como si la batalla no la hubiera rozado.

A su lado, Andamana recogía el látigo con calma, envuelto alrededor del antebrazo como una serpiente en reposo. No hablaba, pero observaba cada rincón del campamento con la atención de quien aún espera otro ataque.

Entre las sombras del refugio improvisado, Ralish se puso en pie. En su rostro brillaban gotas de sudor y sangre, y entre los mechones de su cabello liso destacaban vetas de un verde profundo. Se limpió las manos y anudó una tira de tela alrededor del corte que se había practicado en el antebrazo. Bajo aquel vendaje seguía latiendo el arma más peligrosa de la Espina Venenosa.

Talisha, más al centro, se dejó caer sobre un tronco calcinado. El cabello liso le caía sobre los hombros, suelto y cubierto de polvo, pero su expresión seguía atenta. Sus brazos, doloridos, descansaban por fin, aunque sus ojos no se apartaban del horizonte.

Shuleyma, arrodillada sobre la arena, tenía el rostro tenso. Sujetaba con fuerza la venda que Shuaila, aún respirando con dificultad, le apretaba sobre la pierna herida. La sangre había empapado parte del tejido, pero ambas permanecían en silencio, con la misma determinación que habían traído a la batalla.

No lejos de ellas, Carmélida se arrodilló ante los cuerpos inmóviles de las dos amazonas caídas. Periandro cerró los ojos de una de las guerreras con gesto sereno mientras su hermana extraía de su cinturón un pequeño recipiente de plata.

En su interior guardaba Ceniza del Umbral: sal negra, hojas de tejo calcinadas, azabache e incienso funerario mezclados con una pequeña cantidad de amatista. Carmélida dejó caer una pizca sobre el pecho de cada cadáver y trazó con el pulgar la C del Titán Oscuro. El polvo adquirió un tenue resplandor violáceo.

—Que la carne permanezca en la tierra y el alma descienda al Inframundo. Que ninguna voluntad la reclame de vuelta ni ninguna sombra ocupe lo que ha dejado atrás. Los vivos con los vivos; los muertos con los muertos. Así lo ordena el Titán Oscuro.

El resplandor se extinguió y dejó una marca oscura sobre la piel. La Ceniza del Umbral no abría el camino de los muertos: lo cerraba tras ellos.

A su alrededor, las guerreras que habían sobrevivido permanecían sentadas o recostadas junto a las lanzas aún humeantes, recuperando el aliento, frotándose los músculos doloridos o cerrando heridas con vendajes improvisados. En sus gestos todavía ardía la fatiga y, en sus ojos, la gravedad de haber sobrevivido.

Entonces, como si nada de todo aquello hubiera sucedido, una voz rompió el momento como una grieta:

—Pues al final… no ha sido tan difícil, ¿eh? Mira que cuando me materialicé aquí, arrastrado por la maldición de ese Orbe demoníaco, no imaginé que acabaría viviendo semejante aventura. Por suerte, estas viejas amigas escorpionas me dieron cobijo y un lecho en una de sus jaimas. Al menos, mis conocimientos sobre guerra y estrategia han servido de algo: ningún demonio ha conseguido siquiera rozarme. Y no puedo decir lo mismo de todo el mundo —añadió Froilán, mirando de reojo la pierna vendada de Shuleyma.

Las escorpionas le dirigieron una mirada gélida, cargada de desdén, como si en aquel instante contemplaran a un intruso más que a un invitado.

—Soy todo un portento. El mejor de los cinco hermanos Colby. Yo digo que lo celebremos con una botella de fuego de escama. Tengo una, o tenía, en alguna parte…

Froilán conservaba la cara negra de polvo y la sonrisa torcida prendida al rostro, su particular manera de aferrarse a la vida. Se sacudió la arena del hombro con la despreocupación de quien solo hubiera sobrevivido a una tormenta menor.

Periandro lo contempló sin enfado ni juicio, con la expresión que se reserva para las constantes inevitables de la historia. Durante un instante creyó ver en él a todos los Colby que habían existido y a cuantos aún estaban por llegar, porque a veces, incluso en el corazón del desierto, lo más difícil no era sobrevivir, sino recordar por qué uno seguía vivo.

El viento del amanecer seguía soplando cuando Elora se detuvo en medio del campamento. Su voz no necesitó elevarse. Bastó con que hablara para que todas la escucharan. Amazonas y escorpionas volvieron el rostro hacia ella mientras el humo de las jaimas incendiadas se alzaba a sus espaldas.

—Hijas del Escorpión… he venido en busca de vuestra fuerza.

La petición de una reina podía convertirse fácilmente en una orden. Elora la pronunció como el comienzo de un pacto.

—A las amazonas les han arrebatado su Orbe sagrado. Mientras permanezca en manos del caos, ningún reino, clan o refugio estará a salvo. Vuestra sangre conoce estas arenas y vuestra voluntad ha resistido tempestades que habrían enterrado a pueblos enteros. Calamburia se está quebrando bajo nuestros pies y, si permitimos que el miedo nos separe, caeremos una tras otra.

Talisha entrecerró los ojos. Se incorporó sin prisa, con la voz aún cargada por el esfuerzo de la lucha. La sangre le recorría uno de los brazos, pero sostuvo la mirada de Elora sin inclinar la cabeza.

—Antes de entregar nuestra sangre, quiero saber junto a quién nos pides derramarla —declaró, señalando a Carmélida—. Esa mujer lleva los emblemas de la Santa Hermandad. Huele a alquimia, a mazmorras y a demasiadas confesiones arrancadas mediante el dolor. Dime, reina: ¿buscamos el Orbe junto a ella o tendremos que vigilarla mientras lo hacemos?

El campamento enmudeció. Carmélida soportó la acusación sin defenderse. Elora no respondió de inmediato. Sus ojos buscaron a Periandro, exigiendo una explicación.

Él avanzó con paso firme.

—Carmélida es mi hermana. No pretendo justificar cuanto ha hecho ni borrar la sangre que pesa sobre sus manos. Pero conozco la diferencia entre sus pecados y su lealtad. Su lealtad pertenece a Calamburia. Si llega el momento de elegir entre este reino y las huestes del inframundo, pondrá su vida delante de ellas. Y yo pondré la mía delante de la suya.

Shuleyma, con la pierna vendada y los brazos cruzados, alzó la voz.

—Yo luché junto a él en Palacio. Lo vi permanecer en pie cuando los demás solo buscaban una salida.

A su lado, Shuaila la secundó sin dudar.

—Protegíamos a la reina Melindres, nuestra hermana. Periandro se enfrentó a los demonios cuando las defensas habían caído y ya no quedaba nadie capaz de contenerlos. Intentó salvar a los infantes, a los nuestros… y estuvo a punto de conseguirlo. Aquel día nadie podía fingir valor ni lealtad. Si ahora responde por Carmélida, su palabra es suficiente para nosotras.

Elora dejó que el silencio recogiera aquel testimonio. Miró a Talisha, a las hermanas heridas y a las dos amazonas que yacían sobre la arena. La sangre de ambos pueblos ya se había mezclado antes de que pudieran acordar una alianza.

Finalmente, asintió.

—Entonces la sangre ha hablado antes que nosotras. Escucharemos.

Periandro comprendió que aquel asentimiento les concedía algo más valioso que la confianza: les concedía tiempo. Avanzó antes de que el silencio pudiera cerrarse de nuevo.

—Mi reina, hay algo más. El plan de Minerva para proteger a vuestras hijas se ha visto comprometido. Alguien ha abierto una brecha y debemos regresar cuanto antes a la Torre Arcana de Skuchaín para advertirla. Si Minerva no actúa, todo cuanto hemos sacrificado para mantenerlas a salvo habrá sido inútil.

Ralish, que recogía los restos de una de sus mezclas venenosas, levantó la cabeza con brusquedad.

—¿Y el rey? ¿Dónde está Rodrigo?

Periandro la miró con gravedad.

—Rodrigo se dirige a Instantalor. El Bastión de los Colby ha caído.

La sonrisa desapareció del rostro de Froilán. Cerró los puños y avanzó hacia Periandro con una rabia que ninguno de los presentes le había visto hasta entonces.

—¿Cómo que ha caído? —estalló—. ¡Ese bastión pertenece a mi familia desde hace generaciones! ¡Lleva nuestro nombre! Dime quién sigue con vida… y a quién debo culpar por haberlo perdido. ¡Porque yo, por mi bastión, ma-to!

Froilán separó las dos últimas sílabas con la solemnidad de un juramento. La frase habría resultado cómica en otro momento, pero la rabia que endurecía su rostro era auténtica.

Elora arqueó una ceja.

—Espero que se te dé mejor matar que esconderte.

Froilán abrió la boca para defenderse, pero Periandro no le concedió la oportunidad. Dirigió de nuevo la mirada hacia Elora.

—Si no os movéis deprisa, perderéis la oportunidad de reuniros con él y regresar a Kalzaria para preparar una nueva ofensiva. Cada hora que permanezcamos aquí permite que los demonios cierren otro camino. El tiempo ya no está de nuestro lado.

Elora asintió. Después miró a la criatura moteada que la había llevado hasta el campamento. El animal respiraba con dificultad y una herida abierta le recorría el costado, recuerdo de alguna garra recibida durante la batalla. No podría soportar el viaje hasta Instantalor.

La reina caminó hacia Talisha.

—Prestadme una montura. Lo que queda de las fuerzas de la Corona todavía puede resistir, pero debo llegar a tiempo.

Talisha no pidió explicaciones. Asintió con un leve gesto y llamó a su hermana con un chasquido de lengua.

Ralish comprendió la señal, se internó entre las tiendas y regresó poco después guiando una criatura de patas firmes y pelaje corto. De sus arreos colgaban cintas doradas y negras junto a pequeñas cuentas talladas con la forma del escorpión.

—Esta es Circek —dijo—. Resiste la sed mejor que muchas reinas.

Elora sostuvo la mirada de Ralish y aceptó la provocación con una leve sonrisa.

—Entonces procuraremos estar a su altura.

Durante el tiempo imprescindible para vendar las heridas y preparar las monturas, los dos grupos se reorganizaron. Periandro comenzó a invocar de nuevo al caballo mágico mientras Carmélida aguardaba junto a él, en silencio. A pocos pasos, amazonas y escorpionas rodeaban a Elora y Talisha para marcar rutas, establecer señales y fijar puntos de encuentro.

Talisha distribuyó a sus mejores rastreadoras entre los caminos que atravesaban el desierto. Cuando las heridas permitieran levantar el campamento, las Hijas del Escorpión se unirían formalmente a la búsqueda del Orbe. El pacto pronunciado ante las caídas comenzaba a adquirir forma.

El hechizo de Periandro se completó y el corcel emergió de la niebla con un estremecimiento. Sus cascos apenas se hundían en la arena y su cuerpo parecía deshacerse por los bordes cada vez que el viento lo alcanzaba. Carmélida montó detrás del mago sin cruzar palabra con él.

Periandro espoleó la montura hacia el este. Carmélida volvió una última vez la mirada hacia las tiendas ennegrecidas y hacia las guerreras que habían sobrevivido para reconstruirlas.

Desde lo alto de una duna, Elora observó su partida. Montó con naturalidad sobre Circek, tomó las riendas y, antes de que el caballo mágico se perdiera en la tormenta, alzó la voz:

—Advertid a Minerva. Después, encontrad ese Orbe. Cueste lo que cueste.

Periandro levantó una mano para confirmar que la había oído y continuó cabalgando sin volver la cabeza.

Elora dirigió entonces un gesto hacia Froilán.

—Tú vienes conmigo.

—¿Yo? —balbuceó, mirando alrededor en busca de alguna excusa—. Bueno, claro, claro… La reina llama y uno no puede negarse. Nobleza obliga.

Froilán subió a la parte trasera de la montura con más esfuerzo que elegancia. Estuvo a punto de caer de espaldas, se aferró a los arreos y consiguió estabilizarse cuando Circek ya comenzaba a avanzar.

Elora dio media vuelta y emprendió el camino hacia Instantalor. Las amazonas que aún podían combatir se desplegaron a su alrededor, con las lanzas en alto y la mirada fija en el horizonte.

Froilán volvió la cabeza justo antes de desaparecer tras la primera duna.

—¡Pues al final no ha durado tanto la fiesta! ¡Muchas gracias por el hospicio, hijas del Escorpión! ¡Os debo una ronda, amigas!

Después se inclinó hacia Elora y añadió en voz más baja:

—Eso sí… En Instantalor hay buena cerveza. La Taberna de las Dos Jarras nunca defrauda.

El eco de su voz se perdió entre los pliegues del viento. Cuando también desapareció el último estandarte de las amazonas, el campamento quedó por fin en calma y, entre el humo de las jaimas y la sangre derramada sobre la arena, comenzó lentamente a respirar de nuevo.

252 – NI SANADOR, NI VERDUGO

Personajes que aparecen en este relato

NI SANADOR, NI VERDUGO

Al sur de Calamburia, cerca de la comarca de Azarcón y a la sombra de la Piedra de la Ladera, se alzaba el Monasterio Cóncavo, solemne y solitario, fundido con la roca sobre la que había sido construido. Elevado entre lomas silenciosas y humedales dormidos, guardaba desde hacía siglos los secretos más oscuros de la fe calamburiana.

A su alrededor, las Marismas de la Confusión envolvían el terreno en una bruma perpetua. A cierta distancia, el Bastión de los Colby resistía aún, orgulloso y ajeno a cuanto sucedía entre aquellos muros. En el monasterio perduraban otras cosas: el silencio, la fe y la culpa.

Siglos atrás, había sido uno de los templos más antiguos consagrados al Titán, cuando todavía nadie consideraba necesario añadirle un adjetivo. Todo cambió cuando Trai y Grahim utilizaron el Códice Oscuro para viajar al pasado e intentaron reescribir la historia. Su intervención provocó que Inocencio abrazara el culto al Titán Oscuro y condenó a Calamburia a regresar a un presente distinto. Desde entonces —o desde siempre, si se daba crédito a los archivos corregidos por el tiempo—, la fe se había vuelto más grave, las ceremonias más sombrías y las capas bastante más negras.

Durante generaciones, el monasterio había sido el hogar de los Acólitos del Titán. Irving van der List y Mitt Clementis habían recorrido sus claustros mucho antes de que la Alta Curia se hiciera con el control de la Iglesia y de que la Santa Hermandad transformara el lugar en su fortaleza espiritual. Sus pasillos albergaban todavía mazmorras, cámaras de tortura y celdas de reclusión eclesiástica, donde la fe se invocaba para purgar el alma o para doblegarla.

Sus portones, reforzados con gruesos herrajes y numerosos cerrojos, se mantenían cerrados día y noche. Nadie deseaba que entrara aquello que rondaba por el mundo: demonios, visiones y recuerdos que podían resultar aún peores.

En tiempos de paz, el monasterio había servido de retiro para quienes buscaban olvidar. Ahora ofrecía refugio a quienes aún no habían muerto y necesitaban algo más sólido que la fe: una puerta cerrada entre ellos y los demonios que arrasaban Calamburia.

En una de sus cámaras, la luz llegaba tamizada por cortinas de lino y arrancaba un fulgor apagado a los cálices de cobre. Juana hablaba en voz baja, aunque cada palabra golpeaba la estancia con la fuerza de una acusación.

—Nos está castigando. El Titán Oscuro ha retirado su bendición. El Orbe de la Confusión fue una advertencia clara y nosotros, ciegos, no supimos verla. Clemente puso su fe en Carmélida, y Carmélida ha abierto grietas donde antes había dogma.

Níobe Klausen, arrodillada junto a una camilla, no respondió de inmediato. La sanadora mantenía las manos firmes sobre una herida abierta, que trataba de sellar con sal negra y palabras suaves, casi convertidas en plegarias. Frente a ella, Katrina, envuelta en una túnica blanca desgastada que simbolizaba su voto de silencio, observaba cada movimiento con atención reverencial. Sus ojos parecían buscar en los gestos de Níobe aquello que su alma ya no se atrevía a preguntar.

—Tú ves castigos donde yo solo veo consecuencias —susurró Níobe sin apartar la mirada de la herida—. Este desastre lo hemos causado nosotros: nuestras guerras, nuestras ambiciones y las alianzas equivocadas que hemos aceptado. Si Comosu hubiese gobernado con justicia, quizá Sancho I habría heredado un reino distinto. Pero eligió la codicia. Prefirió vencer antes que gobernar.

Juana frunció el ceño y se irguió con un gesto crispado.

—¡Sancho I fue maldecido! ¡Todo su linaje lo estuvo! Desde esa rama podrida de los Rodrigo no ha florecido nada. ¡Nada! Su madre, su abuela… Todas fueron instigadoras. Melindres fue una aberración con infinitas ansias de poder.

Níobe levantó la cabeza con gesto pausado, pero la firmeza de su voz no dejó dudas.

—Todos dicen que Melindres acabó con él. Pero aquel pobre niño ya estaba roto cuando Sancha y Urraca se lo arrebataron a su verdadera madre. Yo lo cuidé. Velé sus fiebres, curé sus heridas y le prometí que nunca permitiría que le hicieran daño. Después vi cómo se quebraba cada vez que lo obligaban a cometer una injusticia, y aun así obedecí. Cuando se acercó su boda con la marquesa Melindres, la corte decidió que debía llegar preparado al lecho nupcial. Fui yo quien mandó traer a aquellas mujeres del lupanar. Yo las conduje hasta sus aposentos y las hice pasar una tras otra. Ni siquiera les pregunté sus nombres. Temía que conocerlas las convirtiera en personas y me obligara a mirar de frente lo que estaba haciendo. Lo llamé educación, deber, servicio a la Corona… Elegí palabras respetables para esconder mi vergüenza. Después tampoco quise saber qué había sido de ellas ni qué consecuencias tuvo mi obediencia. Que el Titán Oscuro me perdone, porque yo todavía no he conseguido hacerlo.

Katrina bajó los ojos y se acercó a otra camilla. Tomó un paño mojado y comenzó a limpiar una herida demoníaca, atravesada por vetas negras que palpitaban bajo la piel. Sus manos temblaron al entrar en contacto con ella. Níobe se levantó y la corrigió con dulzura.

—Así no, Katrina. El agua hará que el daño se extienda. Cuando la herida tiembla, hay que usar el ungüento de zarcillo rojo. Escuece, sí, pero cierra.

Katrina asintió con lentitud y tomó uno de los pequeños tarros dispuestos junto a la camilla.

Había pasado años dividiendo su vida entre el monasterio y el mar. Para Inocencio había sido una acólita obediente; para Walter Kennedy, el grumete Cameron. A bordo de su navío esperaba alcanzar algún día la isla de Kalzaria y conocer a Mairim, la mujer que ocupaba todos sus pensamientos.

Después desapareció Walter. Katrina lo buscó por lealtad y buscó también a Mairim, aunque a ella la guiaba un sentimiento mucho más profundo. No encontró a ninguno de los dos. Entonces regresó al hábito del que tantas veces había escapado y dejó de hablar. Su silencio no era un castigo impuesto por la Iglesia. Era el único refugio que había conseguido construir para sí misma.

En un rincón de aquella misma enfermería, bajo las lámparas que ardían día y noche, otro hombre velaba. No hablaba ni dormía. Las vendas que cubrían parte de su rostro ocultaban moratones y heridas abiertas. La sangre había teñido de bermellón la tela de su sien. También llevaba las manos vendadas, aunque todavía las utilizaba para ordenar frascos de incienso, plantas secas y tazones humeantes.

En el monasterio respondía al nombre de Aelius. Mucho tiempo atrás había sido Illia, el impositor de manos, aquel sanador de origen desconocido del que se decía que había sido príncipe.

La noche en que Kashiri desapareció, atrapada en el vacío y lejos del tiempo, Illia soñó con ella por última vez. En el sueño, Kashiri le tomó la mano con dulzura y le pidió que no intentara seguirla. Cuando despertó, ella ya no estaba y una parte de él se había marchado con ella.

Dormir se convirtió en un castigo. Cuando el sueño conseguía vencerlo, podía permanecer inconsciente durante días, incluso semanas. Despertaba entre jadeos, cubierto de sudor y recitando nombres que no existían en lenguas que nadie recordaba.

Para evitarlo, Illia —ahora Aelius— había adquirido el hábito de golpearse la cabeza contra las paredes del monasterio. Lo hacía con una precisión aterradora, hasta que el dolor agotaba su cuerpo y le impedía soñar.

Durante años, Níobe e Illia habían trabajado juntos dentro de la orden de los sanadores. Ella era experta en herbología y anatomía. Él poseía una habilidad para curar que muchos consideraban sobrenatural. Juntos recorrían Calamburia como un símbolo de esperanza y neutralidad. Allí donde llegaban, hasta los ejércitos aceptaban una tregua. Níobe encontraba la planta precisa. Illia imponía las manos. La ciencia y el milagro avanzaban juntos por los caminos.

Pero aquellos tiempos quedaban muy lejos.

Tres campanadas desacompasadas sacudieron el Monasterio Cóncavo.

Los heridos se sobresaltaron. Níobe levantó la cabeza. Juana interrumpió su diatriba y Katrina dejó el ungüento junto a la camilla.

Un instante después, el portón de piedra retumbó y se abrió.

Una figura empapada irrumpió en el refugio, cubierta de barro, ceniza y sangre. Llevaba los ojos encendidos por el combate y apenas podía recuperar el aliento.

Era Carmélida Sibyla.

Tras ella, al otro lado del umbral, algo rugió.

El bramido recorrió el vestíbulo y arrancó polvo de las bóvedas. Una criatura emergió de la bruma exterior avanzando sobre cuatro extremidades demasiado largas. Tenía el torso quebrado en un ángulo imposible, las garras cubiertas por una costra negra y tantos ojos abiertos sobre el rostro que ninguno parecía mirar en la misma dirección.

Carmélida volvió la cabeza y calculó la distancia. Su respiración era trabajosa. Una manga del hábito colgaba hecha jirones y la sangre le bajaba desde el hombro hasta la punta de los dedos. Aun así, no había miedo en su mirada. Había estado contando los pasos.

Había permitido que el demonio la siguiera hasta allí.

—¡Apartaos! —ordenó.

Níobe tiró de la camilla más cercana. Katrina se arrojó sobre uno de los heridos para protegerlo y Juana retrocedió mientras trazaba apresuradamente la C del Titán Oscuro sobre su pecho.

Carmélida extrajo de su cinturón un frasco de cristal negro, lo agitó una sola vez y esperó. La criatura se abalanzó hacia el umbral. Una de sus garras atravesó la entrada y arañó la piedra a escasos centímetros del rostro de la alquimista.

Solo entonces lanzó el frasco.

El cristal entró directamente en las fauces del demonio y estalló en su interior. Un resplandor violeta recorrió el cuerpo de la criatura bajo la piel, iluminando uno por uno todos sus ojos. Las llamas brotaron hacia dentro, devorando primero la sombra que la sostenía. El demonio se retorció y golpeó el portón con tal violencia que toda la fachada tembló.

Carmélida no cedió terreno. Sacó un segundo recipiente, lo quebró contra el suelo y arrastró la bota sobre el líquido plateado hasta completar una línea frente a la entrada. En cuanto la sangre demoníaca tocó la mezcla, una barrera de fuego se levantó desde las losas.

La criatura volvió a embestir.

Carmélida aguardó hasta que la tuvo encima y golpeó el portón con ambas manos. Las hojas de piedra se cerraron sobre el rugido. Durante un instante, unas garras negras quedaron atrapadas entre ellas, sacudiéndose con furia. La alquimista apoyó un hombro contra la puerta y empujó hasta que los cerrojos encajaron. Las garras se deshicieron en una ceniza espesa que cayó a sus pies.

Al otro lado todavía se escuchó un último alarido. Después llegó el silencio.

Carmélida permaneció apoyada contra la piedra, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. El humo escapaba de su ropa y la sangre continuaba descendiendo por su brazo. Cuando recuperó el aliento, recogió del suelo un fragmento del frasco y examinó el filo con aparente tranquilidad.

—El Infierno se ha quedado sin plazas —dijo—. Y Calamburia está construyendo otras nuevas.

Nadie respondió.

Durante semanas, la Santa Hermandad no había sabido nada de su Segunda Hermana. Clemente se había negado a buscarla: si Carmélida había muerto, el Titán Oscuro la habría juzgado; si seguía viva, encontraría sola el camino de regreso.

Y lo había encontrado.

El Monasterio Cóncavo servía también como punto de encuentro cuando los miembros de la Hermandad quedaban dispersos. Todas las noticias debían enviarse allí. Carmélida había regresado con la esperanza de averiguar qué había sido de quienes dejó en Catch-Unsum.

Katrina fue la primera en moverse. Extrajo de su hábito un pequeño pergamino cerrado con cera negra y se lo tendió sin pronunciar palabra. Carmélida reconoció el sello del Primer Hermano.

—Llegó hace varios días —explicó Níobe—. Estábamos esperando que regresaras.

Carmélida rompió la cera y leyó el mensaje en silencio. Sus ojos recorrieron una única línea. Después dobló cuidadosamente el pergamino y lo guardó junto al pecho.

—¿Buenas noticias? —preguntó Níobe.

—Las únicas que podía esperar.

Katrina regresó junto al herido al que había protegido. Níobe observó la sangre que empapaba la manga de Carmélida, pero la recién llegada rechazó su ayuda con un movimiento de la cabeza.

Juana rompió el breve silencio. Se persignó con firmeza, dibujando la C del Titán Oscuro sobre su pecho.

—Afortunados los ojos que vuelven a contemplarte, Segunda Hermana —declaró Juana—. Empezábamos a pensar que habías olvidado el camino hasta este lugar. Aunque, bien mirado, solo visitas el monasterio cuando necesitas sus mazmorras para torturar a alguien o sus muros para esconderte.

Carmélida se agachó y comenzó a recoger los restos de cristal.

—¿Has terminado?

—Este es un lugar sagrado —continuó Juana—. No un bastión que puedas utilizar a tu conveniencia.

La alquimista guardó los fragmentos en una bolsa de cuero y se incorporó. Aunque tenía el rostro manchado de sangre y ceniza, su voz permaneció serena.

—Acabo de impedir que un demonio entre en tu lugar sagrado. Aceptaré el agradecimiento cuando hayas terminado el sermón.

Juana avanzó un paso. La devoción solemne de su rostro se resquebrajó y dejó al descubierto una rabia alimentada durante años.

—¡Nos lo arrebatasteis todo! —espetó—. Es cierto que la Alta Curia apartó a los Capellanes. Yo misma participé en su caída porque creí que una doctrina más firme devolvería el orden a la Iglesia. Tal vez nos equivocamos, pero nuestro error nació de la fe.

Señaló los frascos que colgaban del cinturón de Carmélida.

—Después llegasteis vosotros. La Santa Hermandad. Os cubristeis con los hábitos del Titán Oscuro, ocupasteis nuestros altares y llenasteis las mazmorras de alquimia, instrumentos de tortura y tratados de anatomía. Convertisteis la fe en un experimento.

—Gracias a uno de esos experimentos sigues viva.

—¡Tú no crees! —rugió Juana—. Mides, cortas y mezclas sustancias. Observas el dolor y tomas notas. Vienes de Skuchaín y llevas la ciencia de esa torre allí donde debería bastar la palabra del Titán Oscuro. ¡Maldigo a los Sibyla y a toda su prole!

Carmélida levantó por fin la mirada.

—Sí, vengo de Skuchaín. Allí me enseñaron que las preguntas suelen ser más útiles que los dogmas y que una herida no se cierra rezándole. También aprendí a reconocer la hipocresía cuando la tengo delante.

Juana palideció.

—¿Cómo te atreves?

—Te atreves tú a hablar de usurpaciones —replicó Carmélida, limpiándose la sangre de la mejilla con la manga—. Ayudaste a derribar a los Capellanes y después ocupaste su altar. Silenciaste sus voces, te adueñaste del púlpito y te proclamaste intérprete del Titán Oscuro sin que nadie te concediera ese derecho. La diferencia entre nosotras es que yo nunca he llamado plegaria a uno de mis cuchillos.

—¡Porque nadie más defendía la verdad! —gritó Juana—. Inocencio callaba. La Iglesia se desmoronaba y alguien tenía que hablar. Yo sostuve la fe mientras todos los demás negociaban con ella.

Su voz se quebró. Durante un instante dejó de parecer una dirigente destronada y mostró el rostro de una mujer abandonada.

—Y ahora la Iglesia ha hecho conmigo lo mismo que nosotros hicimos con los Capellanes. Me ha apartado como a un animal viejo. Ha elegido nuevos hermanos, nuevas voces, nuevos fieles… y entre ellos estás tú.

Carmélida no respondió de inmediato. La furia de Juana había perdido fuerza al revelar la herida que ocultaba.

—Yo sí creía —continuó Juana—. Cada palabra que prediqué y cada herida que limpié nacieron de mi fe. No necesitaba fórmulas ni experimentos para saber que el Titán Oscuro estaba conmigo. Ahora me he quedado sin altar, sin guía y sin un lugar en su Iglesia. Todo desde que apareciste tú.

—Yo no te arrebaté el altar.

—¡Ocupaste mi lugar!

—Porque estaba vacío.

Juana recibió aquellas palabras con la violencia de una bofetada.

Carmélida bajó el tono.

—Quieres odiarme porque resulta más sencillo que aceptar la verdad. Fue Inocencio quien te apartó. Él decidió que tu voz ya no le servía y buscó otras que obedecieran mejor. Yo no provoqué tu caída, Juana. Solo llegué después.

El silencio se tensó entre ambas.

—¡Ya basta! —intervino Níobe.

La sanadora se colocó entre ellas, todavía con las manos manchadas de sangre y sal negra.

—Mientras discutís sobre quién posee la voz del Titán Oscuro, hay personas intentando conservar la suya. Este lugar no es ahora vuestro altar ni vuestra sala capitular. Es una enfermería. Aquí no me importan vuestros rangos, vuestras doctrinas ni quién le arrebató el poder a quién. Solo me importan los que todavía respiran.

Señaló las camillas.

—Así que, si el Titán Oscuro desea continuar esta disputa, tendrá que esperar. Mis heridos no pueden hacerlo.

Carmélida cerró los ojos y asintió. Juana se apartó con la respiración entrecortada, incapaz de responder.

Entonces unos pasos apresurados resonaron en la galería.



Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.

Un hombre apareció en el umbral de la enfermería. Llevaba la capa empapada y cubierta de polvo, el cabello pegado a la frente y el rostro endurecido por un cansancio que parecía haber comenzado muchos años atrás. Entró despacio, sin la violencia con la que había irrumpido Carmélida. Tampoco la necesitaba. Había en su manera de observar la sala una serenidad incómoda, la calma de quien ya había sobrevivido a aquello que debía matarlo.

Carmélida lo reconoció. La mano sana descendió hacia uno de los frascos de su cinturón.

—Tú…

El recién llegado apenas le prestó atención.

—Todo esto empezó contigo —continuó Carmélida—. Tú ayudaste a activar el Orbe. Mantuviste con vida a Ona mientras esa reliquia desgarraba la realidad y separaba a media Calamburia. ¿De verdad pensabais que estabais salvando el mundo?

El hombre recorrió las camillas con la mirada. Vio la sangre, las vendas y los cuerpos estremecidos por las heridas demoníacas. Cuando habló, su voz carecía de desafío. Solo contenía una angustia antigua.

—¿Dónde está mi madre?

A Níobe se le aflojaron los dedos y la venda que estaba anudando comenzó a deslizarse. Katrina la recogió antes de que cayera al suelo y terminó de sujetarla alrededor del brazo del herido. Níobe, en cambio, permaneció inmóvil. Había reconocido aquella voz antes de reunir el valor necesario para mirar su rostro.

—No puede ser… —murmuró.

El hombre giró la cabeza.

—Aldric —logró decir Níobe.

Su nombre atravesó la estancia con la fragilidad de una plegaria pronunciada demasiado tarde. Níobe dio un paso hacia él, pero sus piernas se negaron a llevarla más lejos.

—Te creí muerto.

—Esa era la consecuencia más probable del destierro.

—Yo impedí que te quemaran.

—Y después aceptaste que me arrojaran al mundo sin familia, sin alimento y sin un lugar al que regresar.

—Intenté salvarte.

Aldric la observó durante unos instantes.

—Me llamaste aberración.

Níobe abrió los labios, pero no encontró ninguna palabra con la que defenderse.

—Tenía miedo —admitió finalmente.

—Yo también. La diferencia es que yo era un muchacho y tú eras mi madre.

Níobe recibió aquellas palabras sin apartar la mirada. El dolor le contrajo el rostro, aunque se obligó a permanecer erguida.

—Lo siento.

Aldric dejó pasar la disculpa entre ambos. No la rechazó, pero tampoco hizo ademán de aceptarla.

—El Titán Oscuro no permitió que muriera —dijo—. Durante meses vagué por los bosques alimentándome de raíces, huevos y cualquier planta que pudiera reconocer. Descubrí que los animales sanaban bajo mis manos. Todos ellos. No importaba lo profunda que fuera la herida.

Miró sus propios dedos.

—Después encontré a alguien que me enseñó a comprender mi don.

Se volvió hacia las camillas. Níobe advirtió su intención y avanzó para cerrarle el paso.

—Aldric, espera. Estas personas están demasiado débiles.

—Entonces no les queda tiempo para esperar.

Se acercó a un joven cuyo rostro estaba atravesado por cicatrices recientes. El herido respiraba con dificultad y apretaba los párpados cada vez que el dolor recorría su cuerpo. Aldric se inclinó sobre él y mantuvo una mano a escasos centímetros de su pecho.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Níobe.

—Lo mismo que me enseñaste.

Cerró los ojos y apoyó la palma.

Durante un instante no sucedió nada. Después, el joven arqueó la espalda y lanzó un alarido. Un resplandor anaranjado apareció bajo su piel y avanzó por las venas desde el pecho hasta el cuello. El olor a carne quemada invadió la enfermería. Níobe intentó apartar la mano de Aldric, pero el calor la obligó a retroceder.

Las cicatrices del herido se iluminaron. Sus labios se abrieron buscando aire y de su garganta escapó una bocanada de humo. Cuando Aldric retiró la mano, el cuerpo cayó sobre la camilla, ennegrecido e inmóvil.

Un murmullo de horror recorrió la sala.

—¿Qué has hecho? —preguntó Níobe.

Aldric contempló al muerto sin satisfacción.

—Lo que hacen mis manos.

—¡Lo has asesinado! —exclamó Juana.

Aldric se dirigió hacia otra camilla. Allí yacía una mujer que había perdido tanta sangre que su piel parecía hecha de cera. Cada respiración le exigía un esfuerzo que ya no podía sostener.

Níobe amagó con detenerlo, pero no llegó a tocarlo.

Aldric colocó la mano sobre el vientre de la mujer. Esta vez, una luz cálida se extendió entre sus dedos. La sangre dejó de manar. Los bordes de la herida se aproximaron hasta cerrarse y el color regresó lentamente a las mejillas de la paciente. La mujer inspiró con fuerza y abrió los ojos.

Katrina se acercó para sostenerla. La recién despertada miró alrededor, desconcertada, y después se llevó las manos a la herida desaparecida.

Aldric se incorporó. Sus ojos buscaron los de Níobe.

—Los animales siempre sanaban porque no conocían la crueldad. Fue el viejo Mora quien me reveló la verdadera naturaleza de mi don. Mis manos reconocen aquello que se oculta bajo la carne: cuando las impongo sobre una persona justa, sus heridas se cierran; cuando tocan a alguien corrompido, el fuego consume cuanto encuentra.

—¿Y quién decide qué significa ser justo? —preguntó Níobe.

—La decisión ya está tomada antes de que yo los toque.

—¿Por quién?

Aldric miró un instante hacia la bóveda del monasterio.

—Esa misma pregunta deberíais hacérsela al Titán Oscuro al que recurristeis cuando me condenasteis.

Juana avanzó entre las camillas.

—Eso no es un don. Es una blasfemia.

—Para la Santa Hermandad también lo era cuando quisieron quemarme.

—¡Estás utilizando el nombre del Titán Oscuro para justificar una ejecución!

—Yo no pronuncio ninguna condena. Mis manos revelan lo que ya existe.

—Y después de haber visto morir a ese hombre, ¿todavía te atreves a llamarte sanador?

Aldric bajó la mirada hacia sus manos.

—Hace tiempo que dejé de saber qué soy.


En la parte más alta del Monasterio Cóncavo, una sombra permanecía oculta tras una antigua celosía. Había ascendido por el muro exterior aprovechando las grietas de la piedra y llevaba varios minutos observando cuanto sucedía en la enfermería.

Allí, agazapada entre los sillares resquebrajados, Kiajají, una de las temibles Amazonas de la Triarquía, contemplaba la escena con los ojos encendidos de furia. Su cuerpo, forjado por la disciplina salvaje del clan, estaba cubierto de símbolos tribales tatuados y cicatrizados. Una franja de pintura negra ocultaba parte de su rostro a modo de antifaz: la marca de aquellas que habían vencido en combate ritual.

La lanza que sostenía junto al rostro tenía la punta de obsidiana y el asta envuelta en cuero animal. Aquella arma había atravesado innumerables corazones y se había convertido en la prolongación de su juicio.

Kiajají recordaba perfectamente al hombre que ahora se encontraba junto a las camillas. Durante la final de Catch-Unsum, Aldric había permanecido tras la barrera violeta que protegía el Orbe robado. Lo vio imponer sus manos sobre Ona para mantenerla con vida mientras la traficante de almas sometía la reliquia y Ramia alimentaba su poder. También contempló cómo su propia lanza rebotaba contra aquella defensa sin conseguir alcanzarlos.

Desconocía quién había sustraído el Orbe de las Marismas de la Confusión. Lo único que sabía era que los Cazademonios lo habían ocultado, protegido y utilizado. Para Kiajají, los tres habían actuado juntos. Los tres habían profanado el legado de Akanni y destruido la unidad de la Triarquía.

Había jurado recuperar la reliquia y atravesar con su lanza los corazones de quienes se la arrebataron a su pueblo. Aldric sería el primero.

Cambió el peso de una pierna a la otra y apoyó la espalda contra la piedra. Desde aquella altura podía ver el pecho del cazademonios entre dos columnas. La distancia era grande, aunque no para una guerrera adiestrada por Majají. Su lanza había atravesado más de mil corazones. Aquel no sería diferente.

Inspiró lentamente.

Dentro de la enfermería, Juana continuaba avanzando hacia Aldric.

—¡No permitiré que conviertas este monasterio en una sala de ejecuciones! —proclamó—. Mientras yo conserve la voz, aquí no volverás a tocar a nadie.

Kiajají apoyó el pie contra la piedra, echó el brazo hacia atrás y fijó la mirada en el pecho del cazademonios.

Lanzó la lanza.

El arma atravesó la celosía con un silbido. Aldric percibió el destello de la obsidiana y retrocedió por instinto. Juana, concentrada en su acusación, avanzó otro paso y se interpuso en la trayectoria.

La lanza se clavó en su pecho.

El impacto la levantó apenas del suelo. Juana abrió los brazos, sorprendida, y cayó de rodillas. La punta había atravesado exactamente la C del Titán Oscuro bordada sobre su hábito.

Desde la celosía, Kiajají comprendió que había perdido el arma, la oportunidad y el factor sorpresa. No desperdició tiempo lamentando el error. Se deslizó hacia el exterior, descendió sobre el tejado y desapareció entre la bruma hacia las marismas antes de que nadie pudiera descubrir desde dónde había atacado.

Aldric seguía vivo. Su juramento tendría que esperar.

Un estremecimiento recorrió la sala. Níobe, sin pensarlo, corrió hasta ella.

—¡Aldric! —gritó, la voz deshecha—. ¡Por favor… sálvala!

Aldric avanzó, aunque la determinación con la que había cruzado la enfermería se quebró al llegar ante Juana. Observó sus manos. Todavía conservaban las cenizas del hombre al que acababa de condenar.

Juana, con la poca fuerza que le quedaba, alzó la mirada hacia él.

—Hazlo… —susurró—. Si tu don es un juicio, deja que el Todopoderoso Titán Oscuro me mire a través de ti.

Aldric se arrodilló y posó los dedos junto a la herida. El resplandor anaranjado apareció de inmediato bajo la piel de Juana. Níobe comprendió lo que iba a suceder antes de que el primer hilo de humo escapara de su hábito.

La herida no se cerró. El fuego se extendió por el pecho y ascendió por las venas hasta alcanzar su cuello. Juana apretó los dientes para contener el grito. Durante un instante sonrió, convencida de que el Titán Oscuro reconocería todos los tormentos que había infligido en nombre de la fe.

Entonces las llamas alcanzaron su rostro.

—Su voluntad… —alcanzó a murmurar.

Aldric retiró la mano, pero el fuego continuó consumiéndola hasta dejar su cuerpo ennegrecido e inmóvil. Su don no había vacilado. Juana había pasado demasiados años torturando, mutilando y arrancando confesiones a quienes Inocencio señalaba como impíos. Aquella era la sentencia.

Carmélida permaneció arrodillada junto al cadáver. Había compartido con Juana las salas de interrogatorio y conocía el origen de muchos de los gritos que acababan de condenarla. Durante años habían llamado devoción a la crueldad y pureza a las confesiones obtenidas mediante el dolor. Por primera vez, Carmélida se preguntó qué encontrarían las manos de Aldric si llegaban a tocarla.

En ese preciso instante, el portón del monasterio se abrió con un crujido largo, como si los propios muros hubiesen contenido la respiración.

El viento entró como un presagio, barriendo el polvo y el incienso.

Sobre un caballo mágico, cuyas crines flotaban como hilos de niebla encantada, se alzaba la figura de Periandro Sibyla. Su capa estaba rasgada por el viaje, su rostro endurecido por la prisa, pero sus ojos eran inconfundibles: traía noticias, urgencia… y pasado.

—¡Carmélida! —llamó desde el umbral, con voz clara—. Debemos partir. Ahora.

Ella alzó la vista desde el cuerpo de Juana, aún de rodillas. Miró a su hermano, pero las palabras no le salieron. Solo asintió con lentitud.

Periandro desmontó y le tendió una mano.

—Tengo que contarte toda la verdad —dijo con un tono más bajo, más íntimo—. Sobre la niña que un día puse en tus brazos… y la mentira con la que te pedí que la protegieras. Pero no aquí. Todo está en peligro. Súbete. Te lo contaré de camino a Skuchaín.

Carmélida subió al caballo sin mirar atrás. La montura relinchó con fuerza, se alzó sobre sus patas traseras y ambos partieron a toda velocidad entre la bruma.

El viento golpeaba el rostro de Carmélida mientras Periandro guiaba el corcel. La imagen de Juana ardiendo bajo las manos de Aldric la acompañó durante todo el camino. Hasta entonces había confiado en que el Titán Oscuro comprendería los sacrificios realizados en su nombre. Ahora comenzaba a sospechar algo mucho más terrible: quizá el Titán Oscuro fuese verdaderamente justo.

En el monasterio solo quedaron el murmullo de los heridos, el roce de los vendajes y el olor a sangre y ceniza.

Níobe se volvió lentamente hacia su hijo. Aldric seguía inmóvil en mitad de la sala, como si aún escuchara el último suspiro de Juana flotando entre las lámparas. Ella dio un paso. Luego otro. No dijo nada.

Y lo abrazó.

No fue un gesto simbólico ni teatral. Fue un abrazo humano, tibio, frágil. Y Aldric, tras una breve vacilación, lo devolvió. Posó sus manos sobre la espalda de su madre.

Níobe esperó el fuego.

Nada ocurrió.
No hubo oscuridad.
No hubo juicio.
Níobe no murió.

Aldric mantuvo las manos sobre la espalda de su madre. Cuando habló, su voz apenas fue un murmullo junto a su oído.

—No sé si algún día podré perdonarte.

—No te lo pediré —respondió Níobe—. Ya te exigí demasiado cuando eras un niño.

Aldric estuvo a punto de apartarse, pero sus dedos se aferraron a la tela de su hábito.

—Pero quiero intentarlo.

Níobe lo abrazó con más fuerza. Cuando se separaron, el destierro, el hambre y aquella palabra —aberración— continuaban entre ellos. Un abrazo no podía borrar tantos años de dolor, aunque sí ofrecerles algo que ambos creían perdido.

El perdón aún quedaba lejos. Esta vez, ninguno abandonaría al otro.

A unos pasos, Katrina permanecía de rodillas junto al cuerpo inmóvil de Juana. Con manos suaves, cubrió su rostro con un paño limpio. No dijo una palabra. No lloró. No rezó.

La contempló en silencio. Porque, aunque nunca lo expresó en voz alta, aunque jamás se atrevió a confesarlo ni siquiera a sí misma, Juana había sido lo más parecido a una madre que jamás tuvo.

Y a veces, la muerte no se llora.

A veces, simplemente se respeta.

Níobe respiró hondo y recorrió lentamente la sala con la mirada: los heridos, las vendas, el humo espeso de las pócimas hirviendo… y, en un rincón casi oculto entre las sombras, Illia.

El hombre con las manos vendadas la observaba en silencio, con la mirada hueca y los ojos perdidos en un tiempo que solo él conocía. Parecía que no había parpadeado en horas.

Níobe lo miró a él también. Y en esa mirada no había juicio, solo una compasión que ya no necesitaba palabras.

—Illia —lo llamó.

El hombre alzó la cabeza. Hacía años que nadie pronunciaba aquel nombre. En el monasterio todos lo llamaban Aelius, y él había terminado por aceptar que Illia pertenecía a otra vida.

Aldric se volvió hacia las camillas.

—Antes de reunirme con mis compañeras de los Cazademonios —dijo, recorriendo a los heridos con la mirada—, me quedaré aquí un tiempo. Aún queda mucho por sanar.

Illia bajó la mirada hacia sus manos. Desató uno de los vendajes con los dientes y dejó caer la tela. Bajo ella aparecieron unos dedos cubiertos de heridas y cicatrices. A pesar de todo, el don seguía latiendo en su interior.

Se acercó a una de las camillas y se arrodilló junto al herido.

—¿Vas a curarlo sin saber qué clase de hombre es? —preguntó Aldric.

—Sí.

—Podría no merecerlo.

Illia apoyó las palmas sobre el pecho del hombre. Una claridad blanca se extendió bajo sus dedos y las heridas comenzaron a cerrarse.

—Yo no pregunto quién lo merece —respondió—. Curo lo que duele.

251 – ES DIFÍCIL ELEGIR MIENTRAS LOS DIOSES DUERMEN

Personajes que aparecen en este Relato

ES DIFÍCIL ELEGIR MIENTRAS LOS DIOSES DUERMEN

Desde que el Orbe de la Confusión fue activado, la realidad misma había comenzado a fragmentarse. El cielo había dejado de seguir la sucesión del día y la noche. Las estaciones se fundían, los relojes se detenían y los vientos traían consigo un susurro frío que erizaba la piel de los vivos y hacía estremecer a los muertos.

Muy lejos del Palacio de Ámbar, se alzaba un bastión nacido del abismo mismo: Cuna de Oscuridad. La fortaleza era joven, aunque las tinieblas que la sostenía pertenecían a otra edad. Surgida tras un ritual ancestral, en el que fue invocada la oscuridad pura mediante la Esencia de la Divinidad y la voluntad de un umbrío conciliábulo, la Cuna se alzó con el ímpetu de una exhalación salida de las entrañas del mundo. Hubo un tiempo en que incluso Dorna se sentó en su trono de sombra, corrompida por la pérdida de su hijo y deshecha por el vacío que la maternidad rota había dejado en su alma. Fue el dolor lo que la empujó a abrazar la tiniebla; eligió el culto porque la desesperación tomó el lugar de la fe y el luto aprendió a pronunciar conjuros. Pero eso había quedado atrás. Aquella fortaleza ahora era morada de los más oscuros seres, una sima de castigo y dolor al servicio del mal.

Allí, entre pasillos de piedra llorosa y celdas de hierro ensangrentado, avanzaban dos figuras vestidas con los hábitos marrones de la Santa Hermandad. Una, erguida y inquebrantable, caminaba con paso marcial y con la mirada fija en la eternidad. La otra, más joven, temblaba al escuchar los lamentos que emergían de las paredes, porque las almas mismas gritaban por una redención imposible.

—Mantén la vista al frente, Efélide —gruñó el Primer Hermano sin girarse—. Cada grito que escuchas es una plegaria. Cada mutación, un castigo. Y cada uno de estos pecadores… una advertencia para el resto.

Atravesaban galerías repletas de celdas donde prisioneros sin rostro golpeaban los barrotes con garras afiladas. Había niños encorvados por alas huesudas, a punto de romperse en mil aullidos. Había monstruos de carne y magia, hechiceros deformes que habían olvidado sus nombres y conservaban el sabor del poder.

En medio de aquel descenso entre el horror, el Primer Hermano —Clemente de Duff Colby— parecía ajeno a todo. El resplandor intermitente de las antorchas de llama negra recortaba su silueta contra los muros. Un hedor a incienso quemado y sangre seca impregnaba cada recoveco del aire.

Su paso era firme, su perfil erguido, como si llevara consigo el peso de un templo entero. Atrás quedaban los días en que compartía mesa con nobles, las cacerías en las tierras del vizcondado, los banquetes que su madre organizaba con arrogancia. Él había renunciado a todo: al apellido, al linaje, al oro… Lo había entregado por fe. Inocencio le mostró que la nobleza terrenal era un espejismo y que solo la verdad del Titán Oscuro ofrecía sentido al sufrimiento del mundo. Desde entonces, su voz no era suya, sino eco de la voluntad divina.

Pasaron ante un espejo ennegrecido incrustado en una hornacina. Por un instante, Efélide creyó ver su propio reflejo responderle con una sonrisa torcida. Cerró los ojos, respiró y siguió andando.

Más allá, varios impromagos oscuros avanzaban entre los claros y las sombras, con paso tranquilo, casi disciplinado. Las túnicas les caían pesadas y estaban más negras que antes, aunque no por descuido: aquella negrura parecía recién ganada, pegada a la tela por el mismo poder que les recorría la piel.

En otros tiempos habían sido alumnos de la Casta Tenebris. Entonces eran chavales con hambre de aprender, de tocar lo prohibido solo para ver qué pasaba. Ahora caminaban distintos: hechiceros hechos a base de miedo y de órdenes, tan acostumbrados a obedecer que ya ni se les notaba la duda. Habían afinado su magia hasta dejarla lista para matar.

Y cuando hablaban, apenas levantaban la voz. Las palabras les salían lentas y medidas, y el silencio, a su alrededor, parecía obedecerlas, abriéndose con docilidad para dejarles paso. Se decían cosas entre dientes, encadenando trozos de conjuros prohibidos como quien repasa una lección. No necesitaban alardear porque su poder se notaba en la calma tensa que imponían, en el filo de sus miradas y en esa devoción cerrada que convertía todo lo demás en algo sin valor frente al Titán Oscuro.

—¿Son impromagos… de Skuchaín? —preguntó Efélide, y el escalofrío le subió hasta la nuca.

—Lo fueron —respondió el Primer Hermano—. En otro tiempo. Donde otros buscaron gloria, ellos encontraron una verdad que no pide permiso. Su lealtad es absoluta. Y su fe resulta más férrea que cualquier espada.

Desde que el orbe fue activado, no habían vuelto a ver a la Segunda Hermana. Nadie hablaba de ello. Nadie se atrevía a preguntar. Hasta que Efélide rompió el silencio, con la voz apenas audible:

—¿Y la Segunda Hermana? ¿Creéis que Carmélida sigue viva?

Clemente no la miró. Su paso no se detuvo. Pero su voz retumbó, lenta y pesada:

—Los caminos del Titán Oscuro exigen firmeza y no están hechos para los temerosos. Si ha caído, fue por su debilidad. Si vive, será porque su fe era firme. En ambos casos, el Titán la habrá juzgado. Y eso basta.

Finalmente, llegaron ante una puerta sin bisagras, hecha de madera negra y raíces vivas que palpitaban al ritmo de una respiración profunda. Allí esperaron.

—Recuerda —sentenció el Primer Hermano, con la voz teñida de sermón—: no estamos aquí para negociar, estamos aquí para obedecer. Ella te ha llamado, y por eso hemos acudido. Quien sirve al Titán no pregunta, obedece. Quien duda, se quiebra. Y tú… no te quebrarás.

Efélide tragó saliva y asintió. En su pecho, la fe ardía. Pero en sus ojos aún quedaba un atisbo de humanidad.

La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al grito de un niño recién nacido.

El sonido rasgó el silencio como un alarido primigenio y el aire que lo siguió olía a ceniza, brea y flores marchitas. Del umbral surgió una silueta erguida. Avanzaba con determinación, con las caderas firmes y los tacones resonando en el mármol como una sentencia. El cabello, rojo como el fuego, caía en espirales salvajes sobre sus hombros. Sus ojos, pintados con precisión implacable, iban directos al blanco; exigían. Sus labios, dibujados como un corazón rojo carmesí, recordaban más a un sello de condena que a una promesa de amor.

Llevaba un cetro rematado en cristal oscuro y una capa granate que se arrastraba como una sombra espesa. Cada paso hacía parpadear las antorchas, más por su presencia que por su magia.

—Llegáis tarde —dijo Aurobinda.

La voz era humana, pero cargada de algo más antiguo que la sangre: desprecio cultivado, inteligencia siniestra y el arte de dominar sin necesidad de alzar el tono.

Efélide se encogió, incapaz de sostener la mirada. Clemente se mantuvo firme.

—Nos detuvimos para rezar ante los condenados, señora de los cuervos —dijo con solemnidad.

El interior era una cámara circular sin ventanas, cuyas paredes estaban cubiertas por símbolos arcanos, marcas de sangre reseca y restos de velas consumidas hace semanas. Un brasero ennegrecido en el centro ardía sin llama visible, exhalando un humo espeso que sabía a hierro y a juramento.

Aurobinda avanzó hasta el centro de la sala y se volvió con lentitud. Su cabello rojo brillaba con furia bajo la cúpula agrietada. Dejó el silencio a su espalda y mantuvo el espacio vacío de cortesías, sin un saludo y sin un gesto que invitara a sentarse.

—No os he hecho llamar para escuchar sermones —dijo, clavando los ojos en Clemente—. Y menos aún para aguantar titubeos.

Efélide, que le seguía dos pasos por detrás, se estremeció. Clemente, firme, respondió:

—No venimos a consolar ni a ser consolados. Venimos a servir.

Aurobinda lo ignoró.

—¿Es cierto lo que se dice de ella? —preguntó sin matices. 

Clemente tardó un instante en responder. Aurobinda giró su mirada hacia Efélide, que sostenía el temblor de su cuerpo como quien contiene una inundación.

—Dicen que brillaste en mitad del combate. Que tu cuerpo expulsó una luz que las hadas no pudieron resistir. ¿Qué fue eso, niña? ¿Un milagro? ¿Una traición?

—Fue miedo —susurró Efélide—. Miedo de morir, y sobre todo, miedo de fallar al Titán.

—El miedo no alumbra —replicó Aurobinda, y acortó la distancia hasta dejar su aliento a un paso de la piel de Efélide—. El miedo carcome. El miedo ensucia por dentro, pero no derrama luz. Lo que llevas dentro se llama de otra manera.

Aurobinda se apartó con una calma estudiada y volvió los ojos hacia el Primer Hermano.

—Os creo. Aun así, necesito certeza. Si esa luz vuelve a nacer, debe hacerlo delante de mí.

Clemente asintió.

—Decid cómo y cuándo.

—Ahora —respondió Aurobinda—. Y entonces veremos si vuestra hermana se enciende por fe… o si arde por miedo.

La cámara guardó el aliento. El brasero exhalaba su humo espeso y el aire sabía a hierro viejo. Aurobinda alzó la mano y chasqueó los dedos tres veces. El sonido seco quedó clavado en la piedra, con la autoridad de un veredicto.

Desde la penumbra se abrieron tres compuertas laterales, invisibles hasta entonces. De cada abertura surgió una niña con capucha negra. Caminaban despacio, obedientes al empuje de figuras envueltas en sombra, formas sin sexo y sin rostro, más cercanas a una ausencia que a un cuerpo. Las condujeron hasta el centro, las alinearon frente a Efélide y se disolvieron de nuevo en los laterales, sin dejar más ruido que el roce de la tela.

—Tres niñas —anunció Aurobinda, con voz baja y fría—. Cuervos, o casi. Aún están a medio paso del cruce, pero la transformación ya está en marcha. Sus mentes tiemblan. Sus cuerpos ceden. Lo que queda de ellas se irá deshaciendo en los próximos minutos. A Efélide le costaba respirar. Sus ojos recorrieron aquellas siluetas, todavía humanas a la fuerza.

La de la izquierda sollozaba con un hilo de voz. Sus hombros temblaban y sus pies, manchados de sangre seca, apenas la sostenían.

Otra, en el centro, permanecía rígida, como si ya hubiera sido vaciada. No lloraba. Solo existía.

La tercera, a la derecha, murmuraba para sí palabras rotas, como si intentara mantener a raya el delirio. Tenía una herida en la frente y, cuando alzó los ojos, dejó ver dos pupilas desiguales. En esa mirada ardía algo más que locura: rabia y voluntad, vivas todavía.

Aurobinda caminó entre ellas con una elegancia afilada, la de quien ha repetido el gesto tantas veces que ya lo convierte en rito.

—No puedes salvarlas a todas —dijo la bruja, con una paciencia sombría, casi de maestra—. Solo una. Decide deprisa. Si no actúas, tú también serás convertida en cuervo, con ellas. Si eliges, podrás salvar a una… y te salvarás tú. Las otras dos, en cambio, se quedarán aquí, y la transformación seguirá su curso entre dolores terribles, hasta que sus cuerpos se llenen de plumas oscuras y acaben como cuervos de mi colección.

Aurobinda se volvió hacia Efélide y le tendió una daga. El metal no devolvía la luz; tenía un brillo muerto, opaco y denso, con signos grabados que herían la vista con solo mirarlos.

—Esta hoja no corta carne —explicó, con voz áspera—. Corta el destino, pero solo puede usarse una vez. Las niñas están atadas por cuerdas invisibles, encantamientos de conversión. Con esta daga puedes liberar a una. A una, nada más.

Efélide no se movía. La daga pesaba más que el aire. Cuando por fin la sostuvo, notó el calor en el mango, como si miles de manos antes que la suya hubieran impregnado allí su decisión.

Cerró los ojos un instante. En su pecho la fe ardía y aún su cuerpo temblaba. Rezó en silencio. Buscó un signo, una palabra, una sombra de certeza. Clamó al Titán Oscuro, como tantas veces había hecho, pidiendo guía.

Pero la respuesta divina no llegó. Ni una imagen. Ni un susurro. Solo el peso de la daga en su mano.

Comprendió, entonces, que habría decisiones que tendría que tomar sola.

—Primer hermano, no quiero hacerlo—susurró.

—No tienes opción —dijo Clemente. Su voz era firme, pero sus ojos… sus ojos se quebraban. Por primera vez, no parecía un centinela de piedra. Parecía un hermano. Uno que temía perderla.

—Elige rápido —dijo Aurobinda—. O todas se transformarán. Incluida tú.

Efélide dio un paso. Las niñas respiraban de forma desigual. Los lazos encantados comenzaban a tensarse. Una tras otra, sus cuerpos se estremecían. Aquello no nacía del frío. Aquello era el avance de la oscuridad.

Se detuvo primero ante la que lloraba. Le apartó la capucha. Era pequeña, de rostro redondo y piel amoratada. Las lágrimas le bajaban por las mejillas como cuchillas invisibles. La miraba con súplica. No decía una palabra, pero sus labios temblaban de puro miedo.

Efélide se llevó una mano al pecho. Sintió que se rompía por dentro.

Luego se volvió hacia la segunda. Alzó su capucha. Aquella niña tenía los ojos perdidos, apagados. Ya no sentía nada. La oscuridad se había instalado en ella como un huésped definitivo. Respiraba. El cuerpo seguía allí de pie, pero la niña ya no estaba viva.

Finalmente, la tercera: la que murmuraba. Tenía el rostro cubierto de arañazos y los dientes apretados, y cuando Efélide la tocó, el murmullo se quebró. Abrió los ojos. Desiguales. Intactos. Llenos de algo que no era pureza, pero sí era resistencia.

Y Efélide lo supo.

No porque le pidiera ayuda. Sino porque no lo hacía. Lo supo por la forma en que aquella niña se negaba a pedir. La miraba con rabia y vergüenza, como si odiara deberle la vida a nadie. Y, aun así, seguía allí, sostenida por un hilo de voluntad.

La eligió.

La daga ardió. El mango le quemó la mano y le dejó una marca con forma de raíz. El metal se deshizo en humo al cortar los lazos mágicos. La niña cayó a sus pies. Jadeaba, como si hubiera salido de un naufragio.

Las otras dos empezaron a cambiar.

 La que lloraba se partió en un alarido. Gritó con el cuerpo entero, como si le arrancaran los huesos desde dentro y la carne intentara huir de sí misma. Su rostro se alargó en espasmos y sus ojos se volvieron completamente negros. Un líquido oscuro le brotó por las uñas, y las uñas crecieron hasta volverse cuchillas.

La del centro guardó el silencio. Cayó de rodillas, y su cuerpo comenzó a deformarse con una paciencia cruel, lenta y deliberada. Las venas se le marcaron bajo la piel, negras y profundas. De la espalda le brotaron plumas, primero dispersas, luego compactas. Su mirada apagada volvió a abrirse. Ya no miraba como una niña. Ya no era humana.

Efélide apretó los dientes. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no retrocedió. Abrazó a la niña salvada. La sintió temblar. La sintió respirar.

Pero no bajó la mirada. No esta vez.

La Segunda Hermana le había enseñado a mirar el dolor de frente, a mantener los ojos sobre aquello que quería arrancarle la fe. «Mírales atentamente. Si cierras los ojos, no aprenderás. Si huyes, no volverás a levantarte”. Lo recordaba con nitidez, como si la voz de Carmélida aún le susurrara al oído desde el otro lado del mundo.

Y así lo hizo.

Miró a las otras dos niñas y vio la conversión. La oscuridad se abrió paso por sus cuerpos con una paciencia cruel: les cerró la boca, les hundió los labios y, donde antes había un grito, hizo brotar un pico deformado. Los dedos se les alargaron hasta volverse garras, y la piel se tensó alrededor de huesos que cambiaban de forma. Una de ellas alcanzó a maldecirla con la mirada, con un odio nítido, antes de perderse del todo en aquel negro definitivo.

Efélide sintió que una parte de ella moría con cada gemido y que otra parte… se endurecía. No era crueldad. Era supervivencia.

Entonces se giró hacia Clemente. El Primer Hermano la miraba, más humano que nunca. No dijo nada. Solo aguardaba.

Efélide tragó saliva, sostuvo a la niña con un brazo.

Entonces Clemente habló, decidido:

—Si le parece, mi señora de los cuervos, ambas podrían peinar la zona.

Aurobinda no se inmutó, pero la sala se tensó.

—Es innegable —continuó Efélide, con una voz que no sabía que tenía— que hay una conexión especial entre nosotras. No sé de dónde viene. Pero está. Y parece… parece que ha sido bendecida por el mismísimo Titán Oscuro.

Hubo un murmullo ahogado en el aire. Quizá era el brasero. Quizá era la sala misma, aprobando.

—Son pequeñas, fuertes y silenciosas —añadió Clemente, dando un paso al frente con el tono sereno de quien ofrece una estrategia, no una súplica—. Pueden acercarse a lugares donde nosotros solo provocaríamos alarma. Hemos percibido movimientos sospechosos en las tierras del condado de Azarcón. Podrían descubrir lo que los rebeldes están intentando. Pasarían inadvertidas.

Calló.

No añadió lo más importante: aquella propuesta era la única manera de sacar a Efélide y a la niña de allí con vida. Y ambos hermanos lo sabían.

Aurobinda alzó el rostro, los ojos brillando como carbones húmedos. Los observó a ambos como quien evalúa piezas en un tablero que conoce demasiado bien. Luego habló con una voz que no necesitaba elevarse:

—Es buena idea, Primer Hermano… pero si sale mal, serás castigado.

La amenaza quedó completa sin alzar el tono, y el peso de esas palabras se suspendió sobre sus cabezas, afilado.

Entonces Aurobinda se volvió y desapareció sin hacer un solo gesto, como si la oscuridad hubiera decidido tragársela por completo.

Durante unos segundos, nadie se movió. Ni siquiera las llamas que crepitaban en las antorchas.

Clemente inspiró profundamente. Luego colocó una mano sobre el hombro de Efélide, sin presión, sin orden.

—Vamos.

Salieron por el mismo pasillo por donde habían venido. La piedra seguía rezumando humedad y los ecos de los gritos aún flotaban entre los arcos, pegados al aire, tercos, como si la Cuna se negara a cerrar la herida.

Y entonces lo oyeron. 

Primero llegó un aleteo seco. Después, el murmullo de alas cortando la oscuridad. Por encima de ellos, desde la cámara que acababan de dejar atrás, dos sombras aladas cruzaron el techo con una violencia contenida. Volaban bajo, afiladas, en silencio. Sus cuerpos alargados conservaban el recuerdo de una forma humana, y en sus ojos ya mandaba otra cosa. Las niñas que no fueron elegidas habían dejado atrás la infancia.

Eran cuervos.

Pasaron sobre sus cabezas como un augurio. El aire se abrió a su paso y el pasillo se quedó más frío. Se deslizaron hacia una grieta de sombra y desaparecieron con la naturalidad de algo que ha nacido para habitarla.

Efélide guardó las palabras. Apretó con más fuerza la mano de la niña que había salvado cuando sintió el roce del aire tajado por aquellas alas. Solo entonces la miró de nuevo. Caminaba a su lado, descalza pero erguida. El silencio seguía en su boca, y el temblor ya no la gobernaba.

Todavía no sabía que se llamaba Gorrión. Efélide tampoco sabía que aquella niña, con la que compartía el paso y el aliento, había nacido la misma noche que ella, en la misma isla, del mismo vientre. Habían llegado al mundo entre cuerdas de barco y cantos de ron, mientras la luna mordía las olas y los piratas brindaban por vidas que no sabrían criar.

Ninguna de las dos lo sabía, pero el viento que las rozaba parecía recordarlo. El eco de sus pasos repetía un ritmo que ya había sonado una vez, muchos años atrás, entre la pólvora y la sal. El Titán no había inventado ese vínculo. Solo lo había reclamado, igual que otros antes habían intentado quebrarlo.

Porque ni siquiera aquellos eran sus nombres verdaderos, sino los que les dejaron quienes creyeron que separarlas bastaría para protegerlas.

Y, aun así, allí estaban.

Unidas por aquello de lo que debían haber huido.

Dos hermanas nacidas en la niebla, fragmentos de una misma historia quebrada, separadas por un plan que no habían elegido, ideado para alejarlas de la oscuridad. El destino, sin embargo, las arrastró hacia el extremo opuesto. Ahora caminaban juntas, sirviendo a aquello que debían evitar, sin comprender todavía por qué sus respiraciones dolían al mismo compás.

Avanzaron hasta el final del pasillo, donde la piedra, por fin, empezaba a ceder a la bruma exterior. Allí la luz tenía una cualidad extraña: un resplandor lechoso y pesado, anuncio del umbral entre lo profundo y lo que aún quedaba por recorrer.

Y lo cruzaron, sin saber que su destino ya estaba sellado con la sangre de otros.

Mientras tanto, a cientos de leguas de allí, en lo más alto de la Torre de Skuchaín, otra mujer también resistía. Sus alaridos, arrancados con hierro y hechizos, actuaban como castigo y como presagio a la vez. Cada grito que Minerva era incapaz de contener viajaba como un eco invisible, marcando un camino que, tarde o temprano, terminaría por alcanzarlas.

Porque hay hilos que no se cortan.

Solo se tensan.

Hasta romperse.

250 – ATAQUE AL FARO PARTIDO II

Personajes que aparecen en este Relato

ATAQUE AL FARO PARTIDO II

El corazón del Faro, una gran sala circular con muros agrietados y conductos de prolita vibrando al límite, era ya un campo de batalla. En el centro de aquella cúpula, junto a la grieta que seguía escupiendo niebla y fuego, Abraxas permanecía erguido, rodeado de ceniza flotante. Su mera presencia deformaba el aire. A su alrededor, criaturas demoníacas reptaban por las paredes, espectros se colaban entre las grietas del techo, y el suelo comenzaba a resquebrajarse bajo cada nueva detonación de energía.

La presión dentro del Faro era ya insostenible. Las criaturas surgían de la grieta como si hubieran estado esperando siglos este instante. Fue entonces cuando el grupo, sin necesidad de palabras, se dividió para defender las zonas clave del recinto. No fue una estrategia planeada. Fue instinto. Kurian se mantuvo en la sala inferior, protegiendo el núcleo KAT con sus manos sobre los controles. Anaid y Kórux sostuvieron el perímetro inmediato, lanzando hechizos y sellos. Minerva, en el centro, contenía lo que podía desde su círculo de defensa. Y Naruik, acosada por un grupo de demonios que trepaban la pared este, desplegó sus alas mecánicas de viento y ascendió hacia el observatorio, buscando altura para proteger desde allí los flancos más vulnerables.

Desde un extremo de la sala, Anaid resistía. La capa naranja ondeaba con cada estallido. Su varita escupía fuego y luz sin descanso. Había trazado un círculo de protección sobre el suelo y lo mantenía activo a base de voluntad, no de energía. Su rostro, empapado de sudor y sangre, mostraba más determinación que miedo.

—¡Ignis concisum! —gritó, y una lanza llameante atravesó a un demonio que trepaba por una columna.

Cerca del núcleo, Kurian se mantenía firme. El núcleo KAT emitía chispazos irregulares. Cada uno parecía una advertencia. Sus manos danzaban sobre los nodos mientras lanzaba descargas calibradas por los conductos laterales. Golpeó un pulsador de descarga: una explosión eléctrica recorrió el subsuelo y levantó del suelo a dos espectros. Luego dirigió un haz de luz por la espina dorsal del Faro, que impactó contra una criatura a punto de atravesar la defensa de Ukarin.

—Velocidad, precisión, presión constante —murmuraba para sí, operando con la exactitud del que sabe que un error puede destruirlo todo.

A un lado, Ukarin lanzaba artefactos explosivos con una precisión feroz. Cada dispositivo era distinto: unos explotaban en ondas sónicas, otros en vacío. Su chaleco chisporroteaba, el cabello alborotado, las gafas manchadas de sangre. Cuando uno de los demonios la rodeó, sacó un orbe de prolita y lo arrojó a los pies del enemigo. El estallido lo borró del plano.

—¿Te gusta el fuego? —le gritó a Abraxas—. Pues prueba el mío, íncubo.

Abraxas giró la cabeza. Solo un segundo. 

Y entonces lo hizo.

Levantó la mano. Sin conjuro. Sin aviso. Una implosión invisible colapsó el aire en torno a Ukarin. El espacio se cerró sobre sí mismo. Fue proyectada como un muñeco hacia una columna. Cayó mal. Tosió sangre. Se arrastró. Y aun así, sin mirar, lanzó una bomba. El impacto pulverizó al espectro que se acercaba a rematarla.

Desde lo alto del observatorio, Naruik giraba en el aire con sus dispositivos de vuelo activados. Las alas mecánicas de viento comprimido rugían con cada giro. Lanzaba ráfagas de presión contra los enemigos, proyectiles giratorios que abrían espacio entre el caos. Uno de los alerones se partió. Comenzó a perder altitud, pero aún pudo detener a un demonio con una descarga lateral.

—¡El núcleo va a saturarse! —gritó, observando las lecturas desde su visor.

Kórux, en la plataforma central, mantenía su varita elevada. Había creado un sello en espiral sobre el suelo, del que descendía una columna de luz que contenía a tres criaturas en el borde de la grieta. Una garra espectral lo alcanzó por la espalda, desgarrando su túnica. No se detuvo. Reajustó el círculo. La sangre le bajaba por el hombro, pero su mirada no se desvió.

Minerva permanecía junto a él. En medio de su pequeño círculo defensivo, con la media varita sostenida por una estructura de prolita vibrante, leía los conjuros uno a uno desde su grimorio abierto. No lanzaba ofensiva: lanzaba escudos. Cada hechizo era un murmullo preciso, cada palabra, un muro entre la vida y el fuego.

Entonces el aire se volvió más denso.

Abraxas bajó ambos brazos.

La grieta rugió.

Una columna de fuego estalló desde el suelo y barrió media sala. Kórux cayó de rodillas. Naruik fue lanzada contra el muro. El observatorio se fracturó. Los paneles se apagaron uno tras otro. El núcleo emitió una vibración aguda, irregular. Como un corazón a punto de fallar.

Kurian vio la lectura. Supo lo que significaba.

—¡Minerva! —gritó, sin dejar su puesto.

Ella no respondió. Pasó una página más del grimorio.

Y entonces ocurrió.

—Primero aplastaré al Archimago y a sus pequeños amigos —escupió Abraxas, con la voz tan honda que parecía brotar del centro mismo de la tierra—. Luego tomaré el Inframundo. Y después… el infierno será mío.

Alzó una mano envuelta en llamas y de su palma surgió una lanza de fuego negro, candente como magma sellado durante siglos.

—Y tú serás la primera en arder —añadió, mirando directamente a Minerva.

El proyectil descendió con violencia, rugiendo mientras atravesaba la grieta.

Anaid lo vio. No dudó. Corrió. Se interpuso entre su tía y la lanza ardiente. Pronunció un conjuro, pero la varita no respondió a tiempo. 

El impacto la alcanzó de lleno.

Cayó.

La túnica naranja se plegó como una bandera rota.

Kurian dio un paso.

—¡Anaid! —rugió.

—¡No puedes dejar el núcleo! —gritó Naruik desde el suelo, con una de sus alas mecánicas deshecha.

Kurian se detuvo. Cerró los puños. Respiró con violencia. Luego regresó al panel, reconfiguró el aislamiento y se quedó allí. Sosteniéndolo todo. Solo.

Y en el centro del caos, Abraxas respiró. Solo eso. Y todo volvió a romperse.

Y al alzarse por completo dentro del Faro, el suelo tembló por última vez. Porque esta vez… no volvería a sostenerse.

La grieta se abría a los pies de Abraxas como una herida aún sangrante. El demonio de la destrucción permanecía inmóvil, con los brazos extendidos y sus ojos, invisibles tras la franja carmesí que le sellaba el rostro, parecían absorber el calor de toda la estancia. A su alrededor, el aire se deformaba. El núcleo KAT latía con irregularidad. El Faro crujía desde sus entrañas. Era como si la realidad se doblegara a su mera presencia.

Kurian, Naruik y Ukarin habían resistido cuanto pudieron. Habían descargado toda su energía en mantener el equilibrio, en detener el avance de los demonios, en impedir que la sala se convirtiera en un infierno irrecuperable.

Minerva, al borde del agotamiento, sujetaba la varita mecánica ensamblada a su grimorio. No había margen para improvisaciones: cada hechizo debía leerse, cada gesto debía coincidir con la inscripción exacta. Sus labios, resecos, pronunciaban encantamientos defensivos sostenidos por la última chispa de prolita que su varita aún podía canalizar. A un lado, Anaid yacía inconsciente, envuelta en una cúpula mágica creada por Kórux, que resistía el colapso con una serenidad antinatural. El Archimago había dirigido su último hechizo directamente al pecho de Abraxas. Había logrado hacerlo retroceder, incluso tambalear. Pero no lo había derribado.

Hasta que lo hizo.

Un zumbido emergió del núcleo KAT. No era una alarma. Era una vibración profunda, con la cual todo el Faro parecía contener la respiración. Los inventores se miraron. No necesitaron palabras. Kurian asintió. Naruik confirmó desde arriba. Ukarin sonrió sin alegría. Y entonces, lo hicieron.

Activaron al unísono sus núcleos portátiles, acoplados a esferas de prolita secundarias. El fulgor azulado llenó la estancia como una marea suspendida. El aire se volvió más denso, más pesado, cargado de una memoria que no era de este mundo. La tecnología del multiverso que habían desarrollado no era solo ciencia: era herencia. Era el legado de generaciones de inventores que se habían enfrentado a realidades imposibles. Y ahora, ellos iban a abrir una grieta.

—¡Ahora! —gritó Naruik.

Ukarin lanzó su último artefacto: una esfera de metal oscura, que giró en el aire, desplegando anillos concéntricos, hasta convertirse en una espiral viva. El centro del Faro, ya destrozado, se contrajo de pronto… y algo se abrió. No era un portal. No era un vórtice. Era una herida. Una brecha multiversal.

Los demonios comenzaron a ser absorbidos. Los más pequeños chillaron antes de desaparecer. Los espectros flotantes se deshicieron sin forma. Los medianos, aún combatiendo, fueron arrancados del suelo por una fuerza más antigua que el tiempo. Los muros vibraban. Las vigas se desgajaban. El suelo se partía bajo sus pies.

Minerva se inclinó hacia Anaid, intentando alcanzarla. Pero la plataforma que las unía se resquebrajaba. Fue Kórux quien saltó y la sostuvo. Naruik batió sus alas de viento para sujetarse al marco de una cristalera. Kurian, con los nudillos en carne viva, reforzó la sujeción del núcleo. Ukarin disparó un cable anclado al techo y rodeó el cuerpo de Anaid, amarrándola a una columna lateral.

Todos se sujetaban. Todos luchaban contra la succión.

Y en medio de todo… Abraxas.

El demonio permanecía en pie. Su cuerpo tambaleaba. La franja carmesí ardía con un resplandor desquiciado. Las ondas de su poder parecían resistirse a la fuerza que lo llamaba. Pero sus rodillas cedieron. Sus brazos cayeron. Fragmentos de su piel, hecha de ceniza, comenzaron a desprenderse.

Y fue entonces cuando ocurrió lo imposible.

Una sombra cayó sobre él. Una figura emergió desde el humo, con un sombrero de copa y una presencia que no parecía obedecer las leyes de ese mundo. No llegó caminando ni volando: simplemente estaba allí. Como si se hubiese deslizado entre los huecos de la realidad, aprovechando el caos para manifestarse. Flotaba con una calma espeluznante, moviéndose con la velocidad de un susurro perdido, como si lo transportaran almas errantes.

Bajo el ala del sombrero, un solo ojo.

Un ojo imponente, envuelto en humo violeta. No brillaba: ardía. No miraba: perforaba. Como si en su interior se agitara un poder colosal, demasiado antiguo para tener nombre, demasiado personal para describirse. Era rencor. Era castigo. Era juicio.

La figura alzó la mano. Y en su palma, una piedra negra con reflejos rojizos palpitó una sola vez.

Abraxas no tuvo tiempo de resistirse.

No cayó. No fue vencido. Fue contenido. La gema lo atrapó como si hubiese sido creada para él, como si su destino hubiese estado sellado desde antes de su primera guerra. Fue una absorción absoluta, sin explosión, sin grito, sin rastro.

La figura bajó lentamente la mano. Dio media vuelta. Y desapareció.

El portal se cerró tras ella con un rugido invertido. Los últimos demonios fueron arrastrados por la brecha. El aire se alisó. El núcleo seguía vibrando. Y el Faro… se partió en dos.

La torre superior se quebró con un estallido seco y se derrumbó sobre el mar. Pero, por un milagro incomprensible, el núcleo KAT quedó intacto, suspendido entre los restos de acero, piedra y humo. Una burbuja de energía lo envolvía. Kurian se desplomó. Naruik aterrizó con las alas desactivadas. Ukarin se sentó junto al cuerpo de Anaid. Minerva, entre escombros, con la piedra rota de su varita en las manos, murmuró:

—La batalla aún no ha terminado.

Los escombros tapaban media sala. El Núcleo-KAT brillaba de forma tenue, incrustado aún en el corazón de la estructura, milagrosamente indemne. A su alrededor, las figuras empezaban a moverse otra vez. Minerva se había dejado caer contra uno de los pilares laterales, con su varita partida aún colgando de su mano. Kurian, con las manos ensangrentadas, tanteaba el panel de contención para asegurarse de que el núcleo seguía sellado. Naruik se sentó en los escombros, visiblemente agotada. Ukarin se tumbó sobre un tramo de viga como si el metal fuera cama.

Y entonces, la vieron. Anaid.

Seguía inmóvil, bajo el campo de energía que Kórux había mantenido activo hasta el último segundo. La cúpula de contención ya se había desvanecido. Su cuerpo, cubierto de polvo y hollín, apenas se distinguía entre las sombras. Amestrys fue el primero en llegar. Había descendido corriendo por la escalinata tras llegar junto a Cristóforo y Drawets, todos ellos demasiado tarde para participar en la batalla. Cayó de rodillas junto a su hermana, con el rostro desencajado.

—Anaid… —susurró.

No hubo respuesta. Le retiró el pelo de la frente con manos temblorosas, incapaz de articular palabra. Durante un instante, pareció que la piel de Anaid perdía todo color, que su aliento se detenía. Y entonces, como un suspiro débil que se niega a extinguirse, su marca arcana volvió a latir. Tenuemente. Pero latía. Fue entonces cuando ella, aún con los ojos cerrados, murmuró apenas audible:

—Ya era hora… de que te dignaras a volver, querido hermanito.

Amestrys rió, y en su risa había alivio, rabia y el amor más terco que un hermano puede sentir.

—No vuelvas a asustarme así —dijo, abrazándola con cuidado—. No otra vez, o tendré que decirle a nuestros padres que mi hermana no es la maga más poderosa de la Torre.

Amestrys contuvo el aliento. Solo se atrevió a sonreír. Solo sostuvo su mano, como si ese gesto bastara para mantenerla anclada al mundo.

—Eso… eso ha sido una señal —susurró Drawets, acercándose por detrás, visiblemente afectado—. No sé cómo llamarlo. Pero a mí no me engañáis, yo he visto la muerte. Y esto… esto era otra cosa. Esa niña sigue aquí.

Cristóforo, a su lado, observaba en silencio, la mano en el cinto, con la expresión de quien se ha pasado media vida preparando una defensa… y de pronto se encuentra ante algo que no sabe cómo proteger.

Kurian se acercó al núcleo. La energía restante apenas era suficiente para mantener los sistemas básicos.

—Hemos gastado demasiado —dijo, observando las grietas en la carcasa del KAT—. La estructura ha aguantado, pero no podemos quedarnos aquí.

Naruik, aún desde la altura, asintió.

—La brecha está cerrada. Los demonios han desaparecido. Pero volverán. Siempre vuelven.

Ukarin, exhausta, sacó un pequeño visor de su chaleco. Lo encendió y observó los datos con el ceño fruncido.

—Sin energía suficiente, no podemos abrir otro portal. Pero al menos… no nos han destruido.

Fue entonces cuando un zumbido de energía recorrió el aire. Desde uno de los cristales estabilizadores, aún en pie en el ala este del Faro, un pequeño cubo de comunicación mágica proyectó un haz de luz. La voz que surgió era la de Periandro, clara y urgente:

—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchain. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.

Minerva asintió lentamente. Parecía haber envejecido diez años en diez minutos.

—El plan no ha fallado. Pero está lleno de brechas. Y las brechas son puertas… por donde pueden entrar muchas cosas.

—No puedes marcharte sola —dijo Drawets, dando un paso al frente. Su voz no era valiente, ni heroica. Solo sincera—. Si alguien más intenta entorpecer este plan, quiero estar allí para verlo… y para impedirlo. Al fin y al cabo, esto también es culpa mía.

Cristóforo asintió con gravedad, sin apartar la vista de los restos del Faro.

—Y yo también iré contigo —añadió el pirata—. No solo para protegerte de los demonios… sino para descubrir quién fue esa sombra que se llevó a Abraxas. Ese ojo brillante no vino del Inframundo. Ni del Multiverso. Y hasta que sepamos qué es… prefiero que no estés sola.

Kurian se aproximó al grupo. Acariciaba el marco del núcleo como si fuera un paciente en convalecencia.

—Hemos salvado esta realidad. El núcleo ha resistido. Pero ha perdido mucha energía. No aguantará otro ataque.

Minerva cerró los ojos. Cuando los abrió, su mirada era cristalina.

—Entonces es hora de ir donde aún podamos reconstruir lo que queda.

Kórux, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se adelantó.

—Yo me quedaré. Con Amestrys. Y con los inventores. Tenemos trabajo aquí. Anaid debe sanar y el núcleo debe recuperarse. No podemos permitir que otra brecha se forme en este lugar. No otra vez.

—¿Podrás activar un transporte hasta Skuchaín sin que nos detecten? —preguntó Minerva.

Kórux asintió con convicción.

—Por supuesto. La Torre está anclada a planos seguros gracias al trabajo de los alquimistas. Amestrys, Caelen y los demás han hecho un esfuerzo titánico.

Amestrys, que se encontraba a su lado, intervino con serenidad:

—Desde hace un tiempo hemos creado varios canales de teleportación protegidos por magia. Están diseñados únicamente para emergencias: no permiten tránsito continuo, solo una llegada puntual y directa a la Torre. Requieren una marca arcana para activarse, igual que el acceso que hemos establecido durante la defensa. Nada entra sin nuestra autorización. Ni siquiera el caos.

Naruik levantó una ceja.

—¿Y eso incluye a nuestros enemigos de siempre?

—Y a nuestros amigos de a ratos —respondió Kórux, con una media sonrisa.

Los inventores compartieron una última mirada. Naruik rió levemente.

—¿Sabes? En algunos de nuestros universos, los hermanos nunca se separaron. Ni siquiera hubo fusión. No necesitaron salvar nada, porque nunca se dejaron perder.

Kurian le lanzó una mirada.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada —respondió Naruik—. Solo que me parecía un buen momento para decirlo.

Ukarin carraspeó.

—Y porque nosotros tres siempre nos despedimos así, con alguna frase ambigua y cara de misterio.

Minerva sonrió con los ojos.

—Hacedlo.

Y Kórux abrió el portal.

Una luz blanca los envolvió. Uno a uno, fueron atravesando el umbral, desdibujándose en la claridad. Minerva fue la última. Al cruzar, miró por última vez los restos del Faro. El lugar donde todo casi termina. Donde el futuro había comenzado.

La grieta ya no sangraba. Pero el peligro no había desaparecido.


Muy lejos de allí, en una tienda de antigüedades iluminada por velas tenues, una figura joven cruzó el umbral. Llevaba un sombrero de copa. Y en su mano enguantada, una piedra humeante, aún vibrando de poder.

Se detuvo junto a una vitrina.

—Madre —dijo con voz tranquila—. Lo he conseguido.

Apoyó la piedra con delicadeza sobre una bandeja de cristal.

—Tenemos a Abraxas.

El humo de la piedra se agitó levemente.
Y en el silencio que siguió… pareció que una sombra sonreía.