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ATAQUE AL FARO PARTIDO II
El corazón del Faro, una gran sala circular con muros agrietados y conductos de prolita vibrando al límite, era ya un campo de batalla. En el centro de aquella cúpula, junto a la grieta que seguía escupiendo niebla y fuego, Abraxas permanecía erguido, rodeado de ceniza flotante. Su mera presencia deformaba el aire. A su alrededor, criaturas demoníacas reptaban por las paredes, espectros se colaban entre las grietas del techo, y el suelo comenzaba a resquebrajarse bajo cada nueva detonación de energía.
La presión dentro del Faro era ya insostenible. Las criaturas surgían de la grieta como si hubieran estado esperando siglos este instante. Fue entonces cuando el grupo, sin necesidad de palabras, se dividió para defender las zonas clave del recinto. No fue una estrategia planeada. Fue instinto. Kurian se mantuvo en la sala inferior, protegiendo el núcleo KAT con sus manos sobre los controles. Anaid y Kórux sostuvieron el perímetro inmediato, lanzando hechizos y sellos. Minerva, en el centro, contenía lo que podía desde su círculo de defensa. Y Naruik, acosada por un grupo de demonios que trepaban la pared este, desplegó sus alas mecánicas de viento y ascendió hacia el observatorio, buscando altura para proteger desde allí los flancos más vulnerables.
Desde un extremo de la sala, Anaid resistía. La capa naranja ondeaba con cada estallido. Su varita escupía fuego y luz sin descanso. Había trazado un círculo de protección sobre el suelo y lo mantenía activo a base de voluntad, no de energía. Su rostro, empapado de sudor y sangre, mostraba más determinación que miedo.
—¡Ignis concisum! —gritó, y una lanza llameante atravesó a un demonio que trepaba por una columna.
Cerca del núcleo, Kurian se mantenía firme. El núcleo KAT emitía chispazos irregulares. Cada uno parecía una advertencia. Sus manos danzaban sobre los nodos mientras lanzaba descargas calibradas por los conductos laterales. Golpeó un pulsador de descarga: una explosión eléctrica recorrió el subsuelo y levantó del suelo a dos espectros. Luego dirigió un haz de luz por la espina dorsal del Faro, que impactó contra una criatura a punto de atravesar la defensa de Ukarin.
—Velocidad, precisión, presión constante —murmuraba para sí, operando con la exactitud del que sabe que un error puede destruirlo todo.
A un lado, Ukarin lanzaba artefactos explosivos con una precisión feroz. Cada dispositivo era distinto: unos explotaban en ondas sónicas, otros en vacío. Su chaleco chisporroteaba, el cabello alborotado, las gafas manchadas de sangre. Cuando uno de los demonios la rodeó, sacó un orbe de prolita y lo arrojó a los pies del enemigo. El estallido lo borró del plano.
—¿Te gusta el fuego? —le gritó a Abraxas—. Pues prueba el mío, íncubo.
Abraxas giró la cabeza. Solo un segundo.
Y entonces lo hizo.
Levantó la mano. Sin conjuro. Sin aviso. Una implosión invisible colapsó el aire en torno a Ukarin. El espacio se cerró sobre sí mismo. Fue proyectada como un muñeco hacia una columna. Cayó mal. Tosió sangre. Se arrastró. Y aun así, sin mirar, lanzó una bomba. El impacto pulverizó al espectro que se acercaba a rematarla.
Desde lo alto del observatorio, Naruik giraba en el aire con sus dispositivos de vuelo activados. Las alas mecánicas de viento comprimido rugían con cada giro. Lanzaba ráfagas de presión contra los enemigos, proyectiles giratorios que abrían espacio entre el caos. Uno de los alerones se partió. Comenzó a perder altitud, pero aún pudo detener a un demonio con una descarga lateral.
—¡El núcleo va a saturarse! —gritó, observando las lecturas desde su visor.
Kórux, en la plataforma central, mantenía su varita elevada. Había creado un sello en espiral sobre el suelo, del que descendía una columna de luz que contenía a tres criaturas en el borde de la grieta. Una garra espectral lo alcanzó por la espalda, desgarrando su túnica. No se detuvo. Reajustó el círculo. La sangre le bajaba por el hombro, pero su mirada no se desvió.
Minerva permanecía junto a él. En medio de su pequeño círculo defensivo, con la media varita sostenida por una estructura de prolita vibrante, leía los conjuros uno a uno desde su grimorio abierto. No lanzaba ofensiva: lanzaba escudos. Cada hechizo era un murmullo preciso, cada palabra, un muro entre la vida y el fuego.
Entonces el aire se volvió más denso.
Abraxas bajó ambos brazos.
La grieta rugió.
Una columna de fuego estalló desde el suelo y barrió media sala. Kórux cayó de rodillas. Naruik fue lanzada contra el muro. El observatorio se fracturó. Los paneles se apagaron uno tras otro. El núcleo emitió una vibración aguda, irregular. Como un corazón a punto de fallar.
Kurian vio la lectura. Supo lo que significaba.
—¡Minerva! —gritó, sin dejar su puesto.
Ella no respondió. Pasó una página más del grimorio.
Y entonces ocurrió.
—Primero aplastaré al Archimago y a sus pequeños amigos —escupió Abraxas, con la voz tan honda que parecía brotar del centro mismo de la tierra—. Luego tomaré el Inframundo. Y después… el infierno será mío.
Alzó una mano envuelta en llamas y de su palma surgió una lanza de fuego negro, candente como magma sellado durante siglos.
—Y tú serás la primera en arder —añadió, mirando directamente a Minerva.
El proyectil descendió con violencia, rugiendo mientras atravesaba la grieta.
Anaid lo vio. No dudó. Corrió. Se interpuso entre su tía y la lanza ardiente. Pronunció un conjuro, pero la varita no respondió a tiempo.
El impacto la alcanzó de lleno.
Cayó.
La túnica naranja se plegó como una bandera rota.
Kurian dio un paso.
—¡Anaid! —rugió.
—¡No puedes dejar el núcleo! —gritó Naruik desde el suelo, con una de sus alas mecánicas deshecha.
Kurian se detuvo. Cerró los puños. Respiró con violencia. Luego regresó al panel, reconfiguró el aislamiento y se quedó allí. Sosteniéndolo todo. Solo.
Y en el centro del caos, Abraxas respiró. Solo eso. Y todo volvió a romperse.
Y al alzarse por completo dentro del Faro, el suelo tembló por última vez. Porque esta vez… no volvería a sostenerse.
La grieta se abría a los pies de Abraxas como una herida aún sangrante. El demonio de la destrucción permanecía inmóvil, con los brazos extendidos y sus ojos, invisibles tras la franja carmesí que le sellaba el rostro, parecían absorber el calor de toda la estancia. A su alrededor, el aire se deformaba. El núcleo KAT latía con irregularidad. El Faro crujía desde sus entrañas. Era como si la realidad se doblegara a su mera presencia.
Kurian, Naruik y Ukarin habían resistido cuanto pudieron. Habían descargado toda su energía en mantener el equilibrio, en detener el avance de los demonios, en impedir que la sala se convirtiera en un infierno irrecuperable.
Minerva, al borde del agotamiento, sujetaba la varita mecánica ensamblada a su grimorio. No había margen para improvisaciones: cada hechizo debía leerse, cada gesto debía coincidir con la inscripción exacta. Sus labios, resecos, pronunciaban encantamientos defensivos sostenidos por la última chispa de prolita que su varita aún podía canalizar. A un lado, Anaid yacía inconsciente, envuelta en una cúpula mágica creada por Kórux, que resistía el colapso con una serenidad antinatural. El Archimago había dirigido su último hechizo directamente al pecho de Abraxas. Había logrado hacerlo retroceder, incluso tambalear. Pero no lo había derribado.
Hasta que lo hizo.
Un zumbido emergió del núcleo KAT. No era una alarma. Era una vibración profunda, con la cual todo el Faro parecía contener la respiración. Los inventores se miraron. No necesitaron palabras. Kurian asintió. Naruik confirmó desde arriba. Ukarin sonrió sin alegría. Y entonces, lo hicieron.
Activaron al unísono sus núcleos portátiles, acoplados a esferas de prolita secundarias. El fulgor azulado llenó la estancia como una marea suspendida. El aire se volvió más denso, más pesado, cargado de una memoria que no era de este mundo. La tecnología del multiverso que habían desarrollado no era solo ciencia: era herencia. Era el legado de generaciones de inventores que se habían enfrentado a realidades imposibles. Y ahora, ellos iban a abrir una grieta.
—¡Ahora! —gritó Naruik.
Ukarin lanzó su último artefacto: una esfera de metal oscura, que giró en el aire, desplegando anillos concéntricos, hasta convertirse en una espiral viva. El centro del Faro, ya destrozado, se contrajo de pronto… y algo se abrió. No era un portal. No era un vórtice. Era una herida. Una brecha multiversal.
Los demonios comenzaron a ser absorbidos. Los más pequeños chillaron antes de desaparecer. Los espectros flotantes se deshicieron sin forma. Los medianos, aún combatiendo, fueron arrancados del suelo por una fuerza más antigua que el tiempo. Los muros vibraban. Las vigas se desgajaban. El suelo se partía bajo sus pies.
Minerva se inclinó hacia Anaid, intentando alcanzarla. Pero la plataforma que las unía se resquebrajaba. Fue Kórux quien saltó y la sostuvo. Naruik batió sus alas de viento para sujetarse al marco de una cristalera. Kurian, con los nudillos en carne viva, reforzó la sujeción del núcleo. Ukarin disparó un cable anclado al techo y rodeó el cuerpo de Anaid, amarrándola a una columna lateral.
Todos se sujetaban. Todos luchaban contra la succión.
Y en medio de todo… Abraxas.
El demonio permanecía en pie. Su cuerpo tambaleaba. La franja carmesí ardía con un resplandor desquiciado. Las ondas de su poder parecían resistirse a la fuerza que lo llamaba. Pero sus rodillas cedieron. Sus brazos cayeron. Fragmentos de su piel, hecha de ceniza, comenzaron a desprenderse.
Y fue entonces cuando ocurrió lo imposible.
Una sombra cayó sobre él. Una figura emergió desde el humo, con un sombrero de copa y una presencia que no parecía obedecer las leyes de ese mundo. No llegó caminando ni volando: simplemente estaba allí. Como si se hubiese deslizado entre los huecos de la realidad, aprovechando el caos para manifestarse. Flotaba con una calma espeluznante, moviéndose con la velocidad de un susurro perdido, como si lo transportaran almas errantes.
Bajo el ala del sombrero, un solo ojo.
Un ojo imponente, envuelto en humo violeta. No brillaba: ardía. No miraba: perforaba. Como si en su interior se agitara un poder colosal, demasiado antiguo para tener nombre, demasiado personal para describirse. Era rencor. Era castigo. Era juicio.
La figura alzó la mano. Y en su palma, una piedra negra con reflejos rojizos palpitó una sola vez.
Abraxas no tuvo tiempo de resistirse.
No cayó. No fue vencido. Fue contenido. La gema lo atrapó como si hubiese sido creada para él, como si su destino hubiese estado sellado desde antes de su primera guerra. Fue una absorción absoluta, sin explosión, sin grito, sin rastro.
La figura bajó lentamente la mano. Dio media vuelta. Y desapareció.
El portal se cerró tras ella con un rugido invertido. Los últimos demonios fueron arrastrados por la brecha. El aire se alisó. El núcleo seguía vibrando. Y el Faro… se partió en dos.
La torre superior se quebró con un estallido seco y se derrumbó sobre el mar. Pero, por un milagro incomprensible, el núcleo KAT quedó intacto, suspendido entre los restos de acero, piedra y humo. Una burbuja de energía lo envolvía. Kurian se desplomó. Naruik aterrizó con las alas desactivadas. Ukarin se sentó junto al cuerpo de Anaid. Minerva, entre escombros, con la piedra rota de su varita en las manos, murmuró:
—La batalla aún no ha terminado.
Los escombros tapaban media sala. El Núcleo-KAT brillaba de forma tenue, incrustado aún en el corazón de la estructura, milagrosamente indemne. A su alrededor, las figuras empezaban a moverse otra vez. Minerva se había dejado caer contra uno de los pilares laterales, con su varita partida aún colgando de su mano. Kurian, con las manos ensangrentadas, tanteaba el panel de contención para asegurarse de que el núcleo seguía sellado. Naruik se sentó en los escombros, visiblemente agotada. Ukarin se tumbó sobre un tramo de viga como si el metal fuera cama.
Y entonces, la vieron. Anaid.
Seguía inmóvil, bajo el campo de energía que Kórux había mantenido activo hasta el último segundo. La cúpula de contención ya se había desvanecido. Su cuerpo, cubierto de polvo y hollín, apenas se distinguía entre las sombras. Amestrys fue el primero en llegar. Había descendido corriendo por la escalinata tras llegar junto a Cristóforo y Drawets, todos ellos demasiado tarde para participar en la batalla. Cayó de rodillas junto a su hermana, con el rostro desencajado.
—Anaid… —susurró.
No hubo respuesta. Le retiró el pelo de la frente con manos temblorosas, incapaz de articular palabra. Durante un instante, pareció que la piel de Anaid perdía todo color, que su aliento se detenía. Y entonces, como un suspiro débil que se niega a extinguirse, su marca arcana volvió a latir. Tenuemente. Pero latía. Fue entonces cuando ella, aún con los ojos cerrados, murmuró apenas audible:
—Ya era hora… de que te dignaras a volver, querido hermanito.
Amestrys rió, y en su risa había alivio, rabia y el amor más terco que un hermano puede sentir.
—No vuelvas a asustarme así —dijo, abrazándola con cuidado—. No otra vez, o tendré que decirle a nuestros padres que mi hermana no es la maga más poderosa de la Torre.
Amestrys contuvo el aliento. Solo se atrevió a sonreír. Solo sostuvo su mano, como si ese gesto bastara para mantenerla anclada al mundo.
—Eso… eso ha sido una señal —susurró Drawets, acercándose por detrás, visiblemente afectado—. No sé cómo llamarlo. Pero a mí no me engañáis, yo he visto la muerte. Y esto… esto era otra cosa. Esa niña sigue aquí.
Cristóforo, a su lado, observaba en silencio, la mano en el cinto, con la expresión de quien se ha pasado media vida preparando una defensa… y de pronto se encuentra ante algo que no sabe cómo proteger.
Kurian se acercó al núcleo. La energía restante apenas era suficiente para mantener los sistemas básicos.
—Hemos gastado demasiado —dijo, observando las grietas en la carcasa del KAT—. La estructura ha aguantado, pero no podemos quedarnos aquí.
Naruik, aún desde la altura, asintió.
—La brecha está cerrada. Los demonios han desaparecido. Pero volverán. Siempre vuelven.
Ukarin, exhausta, sacó un pequeño visor de su chaleco. Lo encendió y observó los datos con el ceño fruncido.
—Sin energía suficiente, no podemos abrir otro portal. Pero al menos… no nos han destruido.
Fue entonces cuando un zumbido de energía recorrió el aire. Desde uno de los cristales estabilizadores, aún en pie en el ala este del Faro, un pequeño cubo de comunicación mágica proyectó un haz de luz. La voz que surgió era la de Periandro, clara y urgente:
—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchain. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.
Minerva asintió lentamente. Parecía haber envejecido diez años en diez minutos.
—El plan no ha fallado. Pero está lleno de brechas. Y las brechas son puertas… por donde pueden entrar muchas cosas.
—No puedes marcharte sola —dijo Drawets, dando un paso al frente. Su voz no era valiente, ni heroica. Solo sincera—. Si alguien más intenta entorpecer este plan, quiero estar allí para verlo… y para impedirlo. Al fin y al cabo, esto también es culpa mía.
Cristóforo asintió con gravedad, sin apartar la vista de los restos del Faro.
—Y yo también iré contigo —añadió el pirata—. No solo para protegerte de los demonios… sino para descubrir quién fue esa sombra que se llevó a Abraxas. Ese ojo brillante no vino del Inframundo. Ni del Multiverso. Y hasta que sepamos qué es… prefiero que no estés sola.
Kurian se aproximó al grupo. Acariciaba el marco del núcleo como si fuera un paciente en convalecencia.
—Hemos salvado esta realidad. El núcleo ha resistido. Pero ha perdido mucha energía. No aguantará otro ataque.
Minerva cerró los ojos. Cuando los abrió, su mirada era cristalina.
—Entonces es hora de ir donde aún podamos reconstruir lo que queda.
Kórux, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se adelantó.
—Yo me quedaré. Con Amestrys. Y con los inventores. Tenemos trabajo aquí. Anaid debe sanar y el núcleo debe recuperarse. No podemos permitir que otra brecha se forme en este lugar. No otra vez.
—¿Podrás activar un transporte hasta Skuchaín sin que nos detecten? —preguntó Minerva.
Kórux asintió con convicción.
—Por supuesto. La Torre está anclada a planos seguros gracias al trabajo de los alquimistas. Amestrys, Caelen y los demás han hecho un esfuerzo titánico.
Amestrys, que se encontraba a su lado, intervino con serenidad:
—Desde hace un tiempo hemos creado varios canales de teleportación protegidos por magia. Están diseñados únicamente para emergencias: no permiten tránsito continuo, solo una llegada puntual y directa a la Torre. Requieren una marca arcana para activarse, igual que el acceso que hemos establecido durante la defensa. Nada entra sin nuestra autorización. Ni siquiera el caos.
Naruik levantó una ceja.
—¿Y eso incluye a nuestros enemigos de siempre?
—Y a nuestros amigos de a ratos —respondió Kórux, con una media sonrisa.
Los inventores compartieron una última mirada. Naruik rió levemente.
—¿Sabes? En algunos de nuestros universos, los hermanos nunca se separaron. Ni siquiera hubo fusión. No necesitaron salvar nada, porque nunca se dejaron perder.
Kurian le lanzó una mirada.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Nada —respondió Naruik—. Solo que me parecía un buen momento para decirlo.
Ukarin carraspeó.
—Y porque nosotros tres siempre nos despedimos así, con alguna frase ambigua y cara de misterio.
Minerva sonrió con los ojos.
—Hacedlo.
Y Kórux abrió el portal.
Una luz blanca los envolvió. Uno a uno, fueron atravesando el umbral, desdibujándose en la claridad. Minerva fue la última. Al cruzar, miró por última vez los restos del Faro. El lugar donde todo casi termina. Donde el futuro había comenzado.
La grieta ya no sangraba. Pero el peligro no había desaparecido.
Muy lejos de allí, en una tienda de antigüedades iluminada por velas tenues, una figura joven cruzó el umbral. Llevaba un sombrero de copa. Y en su mano enguantada, una piedra humeante, aún vibrando de poder.
Se detuvo junto a una vitrina.
—Madre —dijo con voz tranquila—. Lo he conseguido.
Apoyó la piedra con delicadeza sobre una bandeja de cristal.
—Tenemos a Abraxas.
El humo de la piedra se agitó levemente.
Y en el silencio que siguió… pareció que una sombra sonreía.
