252 – NI SANADOR, NI VERDUGO

Personajes que aparecen en este relato

NI SANADOR, NI VERDUGO

Al sur de Calamburia, cerca de la comarca de Azarcón y a la sombra de la Piedra de la Ladera, se alzaba el Monasterio Cóncavo, solemne y solitario, fundido con la roca sobre la que había sido construido. Elevado entre lomas silenciosas y humedales dormidos, guardaba desde hacía siglos los secretos más oscuros de la fe calamburiana.

A su alrededor, las Marismas de la Confusión envolvían el terreno en una bruma perpetua. A cierta distancia, el Bastión de los Colby resistía aún, orgulloso y ajeno a cuanto sucedía entre aquellos muros. En el monasterio perduraban otras cosas: el silencio, la fe y la culpa.

Siglos atrás, había sido uno de los templos más antiguos consagrados al Titán, cuando todavía nadie consideraba necesario añadirle un adjetivo. Todo cambió cuando Trai y Grahim utilizaron el Códice Oscuro para viajar al pasado e intentaron reescribir la historia. Su intervención provocó que Inocencio abrazara el culto al Titán Oscuro y condenó a Calamburia a regresar a un presente distinto. Desde entonces —o desde siempre, si se daba crédito a los archivos corregidos por el tiempo—, la fe se había vuelto más grave, las ceremonias más sombrías y las capas bastante más negras.

Durante generaciones, el monasterio había sido el hogar de los Acólitos del Titán. Irving van der List y Mitt Clementis habían recorrido sus claustros mucho antes de que la Alta Curia se hiciera con el control de la Iglesia y de que la Santa Hermandad transformara el lugar en su fortaleza espiritual. Sus pasillos albergaban todavía mazmorras, cámaras de tortura y celdas de reclusión eclesiástica, donde la fe se invocaba para purgar el alma o para doblegarla.

Sus portones, reforzados con gruesos herrajes y numerosos cerrojos, se mantenían cerrados día y noche. Nadie deseaba que entrara aquello que rondaba por el mundo: demonios, visiones y recuerdos que podían resultar aún peores.

En tiempos de paz, el monasterio había servido de retiro para quienes buscaban olvidar. Ahora ofrecía refugio a quienes aún no habían muerto y necesitaban algo más sólido que la fe: una puerta cerrada entre ellos y los demonios que arrasaban Calamburia.

En una de sus cámaras, la luz llegaba tamizada por cortinas de lino y arrancaba un fulgor apagado a los cálices de cobre. Juana hablaba en voz baja, aunque cada palabra golpeaba la estancia con la fuerza de una acusación.

—Nos está castigando. El Titán Oscuro ha retirado su bendición. El Orbe de la Confusión fue una advertencia clara y nosotros, ciegos, no supimos verla. Clemente puso su fe en Carmélida, y Carmélida ha abierto grietas donde antes había dogma.

Níobe Klausen, arrodillada junto a una camilla, no respondió de inmediato. La sanadora mantenía las manos firmes sobre una herida abierta, que trataba de sellar con sal negra y palabras suaves, casi convertidas en plegarias. Frente a ella, Katrina, envuelta en una túnica blanca desgastada que simbolizaba su voto de silencio, observaba cada movimiento con atención reverencial. Sus ojos parecían buscar en los gestos de Níobe aquello que su alma ya no se atrevía a preguntar.

—Tú ves castigos donde yo solo veo consecuencias —susurró Níobe sin apartar la mirada de la herida—. Este desastre lo hemos causado nosotros: nuestras guerras, nuestras ambiciones y las alianzas equivocadas que hemos aceptado. Si Comosu hubiese gobernado con justicia, quizá Sancho I habría heredado un reino distinto. Pero eligió la codicia. Prefirió vencer antes que gobernar.

Juana frunció el ceño y se irguió con un gesto crispado.

—¡Sancho I fue maldecido! ¡Todo su linaje lo estuvo! Desde esa rama podrida de los Rodrigo no ha florecido nada. ¡Nada! Su madre, su abuela… Todas fueron instigadoras. Melindres fue una aberración con infinitas ansias de poder.

Níobe levantó la cabeza con gesto pausado, pero la firmeza de su voz no dejó dudas.

—Todos dicen que Melindres acabó con él. Pero aquel pobre niño ya estaba roto cuando Sancha y Urraca se lo arrebataron a su verdadera madre. Yo lo cuidé. Velé sus fiebres, curé sus heridas y le prometí que nunca permitiría que le hicieran daño. Después vi cómo se quebraba cada vez que lo obligaban a cometer una injusticia, y aun así obedecí. Cuando se acercó su boda con la marquesa Melindres, la corte decidió que debía llegar preparado al lecho nupcial. Fui yo quien mandó traer a aquellas mujeres del lupanar. Yo las conduje hasta sus aposentos y las hice pasar una tras otra. Ni siquiera les pregunté sus nombres. Temía que conocerlas las convirtiera en personas y me obligara a mirar de frente lo que estaba haciendo. Lo llamé educación, deber, servicio a la Corona… Elegí palabras respetables para esconder mi vergüenza. Después tampoco quise saber qué había sido de ellas ni qué consecuencias tuvo mi obediencia. Que el Titán Oscuro me perdone, porque yo todavía no he conseguido hacerlo.

Katrina bajó los ojos y se acercó a otra camilla. Tomó un paño mojado y comenzó a limpiar una herida demoníaca, atravesada por vetas negras que palpitaban bajo la piel. Sus manos temblaron al entrar en contacto con ella. Níobe se levantó y la corrigió con dulzura.

—Así no, Katrina. El agua hará que el daño se extienda. Cuando la herida tiembla, hay que usar el ungüento de zarcillo rojo. Escuece, sí, pero cierra.

Katrina asintió con lentitud y tomó uno de los pequeños tarros dispuestos junto a la camilla.

Había pasado años dividiendo su vida entre el monasterio y el mar. Para Inocencio había sido una acólita obediente; para Walter Kennedy, el grumete Cameron. A bordo de su navío esperaba alcanzar algún día la isla de Kalzaria y conocer a Mairim, la mujer que ocupaba todos sus pensamientos.

Después desapareció Walter. Katrina lo buscó por lealtad y buscó también a Mairim, aunque a ella la guiaba un sentimiento mucho más profundo. No encontró a ninguno de los dos. Entonces regresó al hábito del que tantas veces había escapado y dejó de hablar. Su silencio no era un castigo impuesto por la Iglesia. Era el único refugio que había conseguido construir para sí misma.

En un rincón de aquella misma enfermería, bajo las lámparas que ardían día y noche, otro hombre velaba. No hablaba ni dormía. Las vendas que cubrían parte de su rostro ocultaban moratones y heridas abiertas. La sangre había teñido de bermellón la tela de su sien. También llevaba las manos vendadas, aunque todavía las utilizaba para ordenar frascos de incienso, plantas secas y tazones humeantes.

En el monasterio respondía al nombre de Aelius. Mucho tiempo atrás había sido Illia, el impositor de manos, aquel sanador de origen desconocido del que se decía que había sido príncipe.

La noche en que Kashiri desapareció, atrapada en el vacío y lejos del tiempo, Illia soñó con ella por última vez. En el sueño, Kashiri le tomó la mano con dulzura y le pidió que no intentara seguirla. Cuando despertó, ella ya no estaba y una parte de él se había marchado con ella.

Dormir se convirtió en un castigo. Cuando el sueño conseguía vencerlo, podía permanecer inconsciente durante días, incluso semanas. Despertaba entre jadeos, cubierto de sudor y recitando nombres que no existían en lenguas que nadie recordaba.

Para evitarlo, Illia —ahora Aelius— había adquirido el hábito de golpearse la cabeza contra las paredes del monasterio. Lo hacía con una precisión aterradora, hasta que el dolor agotaba su cuerpo y le impedía soñar.

Durante años, Níobe e Illia habían trabajado juntos dentro de la orden de los sanadores. Ella era experta en herbología y anatomía. Él poseía una habilidad para curar que muchos consideraban sobrenatural. Juntos recorrían Calamburia como un símbolo de esperanza y neutralidad. Allí donde llegaban, hasta los ejércitos aceptaban una tregua. Níobe encontraba la planta precisa. Illia imponía las manos. La ciencia y el milagro avanzaban juntos por los caminos.

Pero aquellos tiempos quedaban muy lejos.

Tres campanadas desacompasadas sacudieron el Monasterio Cóncavo.

Los heridos se sobresaltaron. Níobe levantó la cabeza. Juana interrumpió su diatriba y Katrina dejó el ungüento junto a la camilla.

Un instante después, el portón de piedra retumbó y se abrió.

Una figura empapada irrumpió en el refugio, cubierta de barro, ceniza y sangre. Llevaba los ojos encendidos por el combate y apenas podía recuperar el aliento.

Era Carmélida Sibyla.

Tras ella, al otro lado del umbral, algo rugió.

El bramido recorrió el vestíbulo y arrancó polvo de las bóvedas. Una criatura emergió de la bruma exterior avanzando sobre cuatro extremidades demasiado largas. Tenía el torso quebrado en un ángulo imposible, las garras cubiertas por una costra negra y tantos ojos abiertos sobre el rostro que ninguno parecía mirar en la misma dirección.

Carmélida volvió la cabeza y calculó la distancia. Su respiración era trabajosa. Una manga del hábito colgaba hecha jirones y la sangre le bajaba desde el hombro hasta la punta de los dedos. Aun así, no había miedo en su mirada. Había estado contando los pasos.

Había permitido que el demonio la siguiera hasta allí.

—¡Apartaos! —ordenó.

Níobe tiró de la camilla más cercana. Katrina se arrojó sobre uno de los heridos para protegerlo y Juana retrocedió mientras trazaba apresuradamente la C del Titán Oscuro sobre su pecho.

Carmélida extrajo de su cinturón un frasco de cristal negro, lo agitó una sola vez y esperó. La criatura se abalanzó hacia el umbral. Una de sus garras atravesó la entrada y arañó la piedra a escasos centímetros del rostro de la alquimista.

Solo entonces lanzó el frasco.

El cristal entró directamente en las fauces del demonio y estalló en su interior. Un resplandor violeta recorrió el cuerpo de la criatura bajo la piel, iluminando uno por uno todos sus ojos. Las llamas brotaron hacia dentro, devorando primero la sombra que la sostenía. El demonio se retorció y golpeó el portón con tal violencia que toda la fachada tembló.

Carmélida no cedió terreno. Sacó un segundo recipiente, lo quebró contra el suelo y arrastró la bota sobre el líquido plateado hasta completar una línea frente a la entrada. En cuanto la sangre demoníaca tocó la mezcla, una barrera de fuego se levantó desde las losas.

La criatura volvió a embestir.

Carmélida aguardó hasta que la tuvo encima y golpeó el portón con ambas manos. Las hojas de piedra se cerraron sobre el rugido. Durante un instante, unas garras negras quedaron atrapadas entre ellas, sacudiéndose con furia. La alquimista apoyó un hombro contra la puerta y empujó hasta que los cerrojos encajaron. Las garras se deshicieron en una ceniza espesa que cayó a sus pies.

Al otro lado todavía se escuchó un último alarido. Después llegó el silencio.

Carmélida permaneció apoyada contra la piedra, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. El humo escapaba de su ropa y la sangre continuaba descendiendo por su brazo. Cuando recuperó el aliento, recogió del suelo un fragmento del frasco y examinó el filo con aparente tranquilidad.

—El Infierno se ha quedado sin plazas —dijo—. Y Calamburia está construyendo otras nuevas.

Nadie respondió.

Durante semanas, la Santa Hermandad no había sabido nada de su Segunda Hermana. Clemente se había negado a buscarla: si Carmélida había muerto, el Titán Oscuro la habría juzgado; si seguía viva, encontraría sola el camino de regreso.

Y lo había encontrado.

El Monasterio Cóncavo servía también como punto de encuentro cuando los miembros de la Hermandad quedaban dispersos. Todas las noticias debían enviarse allí. Carmélida había regresado con la esperanza de averiguar qué había sido de quienes dejó en Catch-Unsum.

Katrina fue la primera en moverse. Extrajo de su hábito un pequeño pergamino cerrado con cera negra y se lo tendió sin pronunciar palabra. Carmélida reconoció el sello del Primer Hermano.

—Llegó hace varios días —explicó Níobe—. Estábamos esperando que regresaras.

Carmélida rompió la cera y leyó el mensaje en silencio. Sus ojos recorrieron una única línea. Después dobló cuidadosamente el pergamino y lo guardó junto al pecho.

—¿Buenas noticias? —preguntó Níobe.

—Las únicas que podía esperar.

Katrina regresó junto al herido al que había protegido. Níobe observó la sangre que empapaba la manga de Carmélida, pero la recién llegada rechazó su ayuda con un movimiento de la cabeza.

Juana rompió el breve silencio. Se persignó con firmeza, dibujando la C del Titán Oscuro sobre su pecho.

—Afortunados los ojos que vuelven a contemplarte, Segunda Hermana —declaró Juana—. Empezábamos a pensar que habías olvidado el camino hasta este lugar. Aunque, bien mirado, solo visitas el monasterio cuando necesitas sus mazmorras para torturar a alguien o sus muros para esconderte.

Carmélida se agachó y comenzó a recoger los restos de cristal.

—¿Has terminado?

—Este es un lugar sagrado —continuó Juana—. No un bastión que puedas utilizar a tu conveniencia.

La alquimista guardó los fragmentos en una bolsa de cuero y se incorporó. Aunque tenía el rostro manchado de sangre y ceniza, su voz permaneció serena.

—Acabo de impedir que un demonio entre en tu lugar sagrado. Aceptaré el agradecimiento cuando hayas terminado el sermón.

Juana avanzó un paso. La devoción solemne de su rostro se resquebrajó y dejó al descubierto una rabia alimentada durante años.

—¡Nos lo arrebatasteis todo! —espetó—. Es cierto que la Alta Curia apartó a los Capellanes. Yo misma participé en su caída porque creí que una doctrina más firme devolvería el orden a la Iglesia. Tal vez nos equivocamos, pero nuestro error nació de la fe.

Señaló los frascos que colgaban del cinturón de Carmélida.

—Después llegasteis vosotros. La Santa Hermandad. Os cubristeis con los hábitos del Titán Oscuro, ocupasteis nuestros altares y llenasteis las mazmorras de alquimia, instrumentos de tortura y tratados de anatomía. Convertisteis la fe en un experimento.

—Gracias a uno de esos experimentos sigues viva.

—¡Tú no crees! —rugió Juana—. Mides, cortas y mezclas sustancias. Observas el dolor y tomas notas. Vienes de Skuchaín y llevas la ciencia de esa torre allí donde debería bastar la palabra del Titán Oscuro. ¡Maldigo a los Sibyla y a toda su prole!

Carmélida levantó por fin la mirada.

—Sí, vengo de Skuchaín. Allí me enseñaron que las preguntas suelen ser más útiles que los dogmas y que una herida no se cierra rezándole. También aprendí a reconocer la hipocresía cuando la tengo delante.

Juana palideció.

—¿Cómo te atreves?

—Te atreves tú a hablar de usurpaciones —replicó Carmélida, limpiándose la sangre de la mejilla con la manga—. Ayudaste a derribar a los Capellanes y después ocupaste su altar. Silenciaste sus voces, te adueñaste del púlpito y te proclamaste intérprete del Titán Oscuro sin que nadie te concediera ese derecho. La diferencia entre nosotras es que yo nunca he llamado plegaria a uno de mis cuchillos.

—¡Porque nadie más defendía la verdad! —gritó Juana—. Inocencio callaba. La Iglesia se desmoronaba y alguien tenía que hablar. Yo sostuve la fe mientras todos los demás negociaban con ella.

Su voz se quebró. Durante un instante dejó de parecer una dirigente destronada y mostró el rostro de una mujer abandonada.

—Y ahora la Iglesia ha hecho conmigo lo mismo que nosotros hicimos con los Capellanes. Me ha apartado como a un animal viejo. Ha elegido nuevos hermanos, nuevas voces, nuevos fieles… y entre ellos estás tú.

Carmélida no respondió de inmediato. La furia de Juana había perdido fuerza al revelar la herida que ocultaba.

—Yo sí creía —continuó Juana—. Cada palabra que prediqué y cada herida que limpié nacieron de mi fe. No necesitaba fórmulas ni experimentos para saber que el Titán Oscuro estaba conmigo. Ahora me he quedado sin altar, sin guía y sin un lugar en su Iglesia. Todo desde que apareciste tú.

—Yo no te arrebaté el altar.

—¡Ocupaste mi lugar!

—Porque estaba vacío.

Juana recibió aquellas palabras con la violencia de una bofetada.

Carmélida bajó el tono.

—Quieres odiarme porque resulta más sencillo que aceptar la verdad. Fue Inocencio quien te apartó. Él decidió que tu voz ya no le servía y buscó otras que obedecieran mejor. Yo no provoqué tu caída, Juana. Solo llegué después.

El silencio se tensó entre ambas.

—¡Ya basta! —intervino Níobe.

La sanadora se colocó entre ellas, todavía con las manos manchadas de sangre y sal negra.

—Mientras discutís sobre quién posee la voz del Titán Oscuro, hay personas intentando conservar la suya. Este lugar no es ahora vuestro altar ni vuestra sala capitular. Es una enfermería. Aquí no me importan vuestros rangos, vuestras doctrinas ni quién le arrebató el poder a quién. Solo me importan los que todavía respiran.

Señaló las camillas.

—Así que, si el Titán Oscuro desea continuar esta disputa, tendrá que esperar. Mis heridos no pueden hacerlo.

Carmélida cerró los ojos y asintió. Juana se apartó con la respiración entrecortada, incapaz de responder.

Entonces unos pasos apresurados resonaron en la galería.



Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.

Un hombre apareció en el umbral de la enfermería. Llevaba la capa empapada y cubierta de polvo, el cabello pegado a la frente y el rostro endurecido por un cansancio que parecía haber comenzado muchos años atrás. Entró despacio, sin la violencia con la que había irrumpido Carmélida. Tampoco la necesitaba. Había en su manera de observar la sala una serenidad incómoda, la calma de quien ya había sobrevivido a aquello que debía matarlo.

Carmélida lo reconoció. La mano sana descendió hacia uno de los frascos de su cinturón.

—Tú…

El recién llegado apenas le prestó atención.

—Todo esto empezó contigo —continuó Carmélida—. Tú ayudaste a activar el Orbe. Mantuviste con vida a Ona mientras esa reliquia desgarraba la realidad y separaba a media Calamburia. ¿De verdad pensabais que estabais salvando el mundo?

El hombre recorrió las camillas con la mirada. Vio la sangre, las vendas y los cuerpos estremecidos por las heridas demoníacas. Cuando habló, su voz carecía de desafío. Solo contenía una angustia antigua.

—¿Dónde está mi madre?

A Níobe se le aflojaron los dedos y la venda que estaba anudando comenzó a deslizarse. Katrina la recogió antes de que cayera al suelo y terminó de sujetarla alrededor del brazo del herido. Níobe, en cambio, permaneció inmóvil. Había reconocido aquella voz antes de reunir el valor necesario para mirar su rostro.

—No puede ser… —murmuró.

El hombre giró la cabeza.

—Aldric —logró decir Níobe.

Su nombre atravesó la estancia con la fragilidad de una plegaria pronunciada demasiado tarde. Níobe dio un paso hacia él, pero sus piernas se negaron a llevarla más lejos.

—Te creí muerto.

—Esa era la consecuencia más probable del destierro.

—Yo impedí que te quemaran.

—Y después aceptaste que me arrojaran al mundo sin familia, sin alimento y sin un lugar al que regresar.

—Intenté salvarte.

Aldric la observó durante unos instantes.

—Me llamaste aberración.

Níobe abrió los labios, pero no encontró ninguna palabra con la que defenderse.

—Tenía miedo —admitió finalmente.

—Yo también. La diferencia es que yo era un muchacho y tú eras mi madre.

Níobe recibió aquellas palabras sin apartar la mirada. El dolor le contrajo el rostro, aunque se obligó a permanecer erguida.

—Lo siento.

Aldric dejó pasar la disculpa entre ambos. No la rechazó, pero tampoco hizo ademán de aceptarla.

—El Titán Oscuro no permitió que muriera —dijo—. Durante meses vagué por los bosques alimentándome de raíces, huevos y cualquier planta que pudiera reconocer. Descubrí que los animales sanaban bajo mis manos. Todos ellos. No importaba lo profunda que fuera la herida.

Miró sus propios dedos.

—Después encontré a alguien que me enseñó a comprender mi don.

Se volvió hacia las camillas. Níobe advirtió su intención y avanzó para cerrarle el paso.

—Aldric, espera. Estas personas están demasiado débiles.

—Entonces no les queda tiempo para esperar.

Se acercó a un joven cuyo rostro estaba atravesado por cicatrices recientes. El herido respiraba con dificultad y apretaba los párpados cada vez que el dolor recorría su cuerpo. Aldric se inclinó sobre él y mantuvo una mano a escasos centímetros de su pecho.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Níobe.

—Lo mismo que me enseñaste.

Cerró los ojos y apoyó la palma.

Durante un instante no sucedió nada. Después, el joven arqueó la espalda y lanzó un alarido. Un resplandor anaranjado apareció bajo su piel y avanzó por las venas desde el pecho hasta el cuello. El olor a carne quemada invadió la enfermería. Níobe intentó apartar la mano de Aldric, pero el calor la obligó a retroceder.

Las cicatrices del herido se iluminaron. Sus labios se abrieron buscando aire y de su garganta escapó una bocanada de humo. Cuando Aldric retiró la mano, el cuerpo cayó sobre la camilla, ennegrecido e inmóvil.

Un murmullo de horror recorrió la sala.

—¿Qué has hecho? —preguntó Níobe.

Aldric contempló al muerto sin satisfacción.

—Lo que hacen mis manos.

—¡Lo has asesinado! —exclamó Juana.

Aldric se dirigió hacia otra camilla. Allí yacía una mujer que había perdido tanta sangre que su piel parecía hecha de cera. Cada respiración le exigía un esfuerzo que ya no podía sostener.

Níobe amagó con detenerlo, pero no llegó a tocarlo.

Aldric colocó la mano sobre el vientre de la mujer. Esta vez, una luz cálida se extendió entre sus dedos. La sangre dejó de manar. Los bordes de la herida se aproximaron hasta cerrarse y el color regresó lentamente a las mejillas de la paciente. La mujer inspiró con fuerza y abrió los ojos.

Katrina se acercó para sostenerla. La recién despertada miró alrededor, desconcertada, y después se llevó las manos a la herida desaparecida.

Aldric se incorporó. Sus ojos buscaron los de Níobe.

—Los animales siempre sanaban porque no conocían la crueldad. Fue el viejo Mora quien me reveló la verdadera naturaleza de mi don. Mis manos reconocen aquello que se oculta bajo la carne: cuando las impongo sobre una persona justa, sus heridas se cierran; cuando tocan a alguien corrompido, el fuego consume cuanto encuentra.

—¿Y quién decide qué significa ser justo? —preguntó Níobe.

—La decisión ya está tomada antes de que yo los toque.

—¿Por quién?

Aldric miró un instante hacia la bóveda del monasterio.

—Esa misma pregunta deberíais hacérsela al Titán Oscuro al que recurristeis cuando me condenasteis.

Juana avanzó entre las camillas.

—Eso no es un don. Es una blasfemia.

—Para la Santa Hermandad también lo era cuando quisieron quemarme.

—¡Estás utilizando el nombre del Titán Oscuro para justificar una ejecución!

—Yo no pronuncio ninguna condena. Mis manos revelan lo que ya existe.

—Y después de haber visto morir a ese hombre, ¿todavía te atreves a llamarte sanador?

Aldric bajó la mirada hacia sus manos.

—Hace tiempo que dejé de saber qué soy.


En la parte más alta del Monasterio Cóncavo, una sombra permanecía oculta tras una antigua celosía. Había ascendido por el muro exterior aprovechando las grietas de la piedra y llevaba varios minutos observando cuanto sucedía en la enfermería.

Allí, agazapada entre los sillares resquebrajados, Kiajají, una de las temibles Amazonas de la Triarquía, contemplaba la escena con los ojos encendidos de furia. Su cuerpo, forjado por la disciplina salvaje del clan, estaba cubierto de símbolos tribales tatuados y cicatrizados. Una franja de pintura negra ocultaba parte de su rostro a modo de antifaz: la marca de aquellas que habían vencido en combate ritual.

La lanza que sostenía junto al rostro tenía la punta de obsidiana y el asta envuelta en cuero animal. Aquella arma había atravesado innumerables corazones y se había convertido en la prolongación de su juicio.

Kiajají recordaba perfectamente al hombre que ahora se encontraba junto a las camillas. Durante la final de Catch-Unsum, Aldric había permanecido tras la barrera violeta que protegía el Orbe robado. Lo vio imponer sus manos sobre Ona para mantenerla con vida mientras la traficante de almas sometía la reliquia y Ramia alimentaba su poder. También contempló cómo su propia lanza rebotaba contra aquella defensa sin conseguir alcanzarlos.

Desconocía quién había sustraído el Orbe de las Marismas de la Confusión. Lo único que sabía era que los Cazademonios lo habían ocultado, protegido y utilizado. Para Kiajají, los tres habían actuado juntos. Los tres habían profanado el legado de Akanni y destruido la unidad de la Triarquía.

Había jurado recuperar la reliquia y atravesar con su lanza los corazones de quienes se la arrebataron a su pueblo. Aldric sería el primero.

Cambió el peso de una pierna a la otra y apoyó la espalda contra la piedra. Desde aquella altura podía ver el pecho del cazademonios entre dos columnas. La distancia era grande, aunque no para una guerrera adiestrada por Majají. Su lanza había atravesado más de mil corazones. Aquel no sería diferente.

Inspiró lentamente.

Dentro de la enfermería, Juana continuaba avanzando hacia Aldric.

—¡No permitiré que conviertas este monasterio en una sala de ejecuciones! —proclamó—. Mientras yo conserve la voz, aquí no volverás a tocar a nadie.

Kiajají apoyó el pie contra la piedra, echó el brazo hacia atrás y fijó la mirada en el pecho del cazademonios.

Lanzó la lanza.

El arma atravesó la celosía con un silbido. Aldric percibió el destello de la obsidiana y retrocedió por instinto. Juana, concentrada en su acusación, avanzó otro paso y se interpuso en la trayectoria.

La lanza se clavó en su pecho.

El impacto la levantó apenas del suelo. Juana abrió los brazos, sorprendida, y cayó de rodillas. La punta había atravesado exactamente la C del Titán Oscuro bordada sobre su hábito.

Desde la celosía, Kiajají comprendió que había perdido el arma, la oportunidad y el factor sorpresa. No desperdició tiempo lamentando el error. Se deslizó hacia el exterior, descendió sobre el tejado y desapareció entre la bruma hacia las marismas antes de que nadie pudiera descubrir desde dónde había atacado.

Aldric seguía vivo. Su juramento tendría que esperar.

Un estremecimiento recorrió la sala. Níobe, sin pensarlo, corrió hasta ella.

—¡Aldric! —gritó, la voz deshecha—. ¡Por favor… sálvala!

Aldric avanzó, aunque la determinación con la que había cruzado la enfermería se quebró al llegar ante Juana. Observó sus manos. Todavía conservaban las cenizas del hombre al que acababa de condenar.

Juana, con la poca fuerza que le quedaba, alzó la mirada hacia él.

—Hazlo… —susurró—. Si tu don es un juicio, deja que el Todopoderoso Titán Oscuro me mire a través de ti.

Aldric se arrodilló y posó los dedos junto a la herida. El resplandor anaranjado apareció de inmediato bajo la piel de Juana. Níobe comprendió lo que iba a suceder antes de que el primer hilo de humo escapara de su hábito.

La herida no se cerró. El fuego se extendió por el pecho y ascendió por las venas hasta alcanzar su cuello. Juana apretó los dientes para contener el grito. Durante un instante sonrió, convencida de que el Titán Oscuro reconocería todos los tormentos que había infligido en nombre de la fe.

Entonces las llamas alcanzaron su rostro.

—Su voluntad… —alcanzó a murmurar.

Aldric retiró la mano, pero el fuego continuó consumiéndola hasta dejar su cuerpo ennegrecido e inmóvil. Su don no había vacilado. Juana había pasado demasiados años torturando, mutilando y arrancando confesiones a quienes Inocencio señalaba como impíos. Aquella era la sentencia.

Carmélida permaneció arrodillada junto al cadáver. Había compartido con Juana las salas de interrogatorio y conocía el origen de muchos de los gritos que acababan de condenarla. Durante años habían llamado devoción a la crueldad y pureza a las confesiones obtenidas mediante el dolor. Por primera vez, Carmélida se preguntó qué encontrarían las manos de Aldric si llegaban a tocarla.

En ese preciso instante, el portón del monasterio se abrió con un crujido largo, como si los propios muros hubiesen contenido la respiración.

El viento entró como un presagio, barriendo el polvo y el incienso.

Sobre un caballo mágico, cuyas crines flotaban como hilos de niebla encantada, se alzaba la figura de Periandro Sibyla. Su capa estaba rasgada por el viaje, su rostro endurecido por la prisa, pero sus ojos eran inconfundibles: traía noticias, urgencia… y pasado.

—¡Carmélida! —llamó desde el umbral, con voz clara—. Debemos partir. Ahora.

Ella alzó la vista desde el cuerpo de Juana, aún de rodillas. Miró a su hermano, pero las palabras no le salieron. Solo asintió con lentitud.

Periandro desmontó y le tendió una mano.

—Tengo que contarte toda la verdad —dijo con un tono más bajo, más íntimo—. Sobre la niña que un día puse en tus brazos… y la mentira con la que te pedí que la protegieras. Pero no aquí. Todo está en peligro. Súbete. Te lo contaré de camino a Skuchaín.

Carmélida subió al caballo sin mirar atrás. La montura relinchó con fuerza, se alzó sobre sus patas traseras y ambos partieron a toda velocidad entre la bruma.

El viento golpeaba el rostro de Carmélida mientras Periandro guiaba el corcel. La imagen de Juana ardiendo bajo las manos de Aldric la acompañó durante todo el camino. Hasta entonces había confiado en que el Titán Oscuro comprendería los sacrificios realizados en su nombre. Ahora comenzaba a sospechar algo mucho más terrible: quizá el Titán Oscuro fuese verdaderamente justo.

En el monasterio solo quedaron el murmullo de los heridos, el roce de los vendajes y el olor a sangre y ceniza.

Níobe se volvió lentamente hacia su hijo. Aldric seguía inmóvil en mitad de la sala, como si aún escuchara el último suspiro de Juana flotando entre las lámparas. Ella dio un paso. Luego otro. No dijo nada.

Y lo abrazó.

No fue un gesto simbólico ni teatral. Fue un abrazo humano, tibio, frágil. Y Aldric, tras una breve vacilación, lo devolvió. Posó sus manos sobre la espalda de su madre.

Níobe esperó el fuego.

Nada ocurrió.
No hubo oscuridad.
No hubo juicio.
Níobe no murió.

Aldric mantuvo las manos sobre la espalda de su madre. Cuando habló, su voz apenas fue un murmullo junto a su oído.

—No sé si algún día podré perdonarte.

—No te lo pediré —respondió Níobe—. Ya te exigí demasiado cuando eras un niño.

Aldric estuvo a punto de apartarse, pero sus dedos se aferraron a la tela de su hábito.

—Pero quiero intentarlo.

Níobe lo abrazó con más fuerza. Cuando se separaron, el destierro, el hambre y aquella palabra —aberración— continuaban entre ellos. Un abrazo no podía borrar tantos años de dolor, aunque sí ofrecerles algo que ambos creían perdido.

El perdón aún quedaba lejos. Esta vez, ninguno abandonaría al otro.

A unos pasos, Katrina permanecía de rodillas junto al cuerpo inmóvil de Juana. Con manos suaves, cubrió su rostro con un paño limpio. No dijo una palabra. No lloró. No rezó.

La contempló en silencio. Porque, aunque nunca lo expresó en voz alta, aunque jamás se atrevió a confesarlo ni siquiera a sí misma, Juana había sido lo más parecido a una madre que jamás tuvo.

Y a veces, la muerte no se llora.

A veces, simplemente se respeta.

Níobe respiró hondo y recorrió lentamente la sala con la mirada: los heridos, las vendas, el humo espeso de las pócimas hirviendo… y, en un rincón casi oculto entre las sombras, Illia.

El hombre con las manos vendadas la observaba en silencio, con la mirada hueca y los ojos perdidos en un tiempo que solo él conocía. Parecía que no había parpadeado en horas.

Níobe lo miró a él también. Y en esa mirada no había juicio, solo una compasión que ya no necesitaba palabras.

—Illia —lo llamó.

El hombre alzó la cabeza. Hacía años que nadie pronunciaba aquel nombre. En el monasterio todos lo llamaban Aelius, y él había terminado por aceptar que Illia pertenecía a otra vida.

Aldric se volvió hacia las camillas.

—Antes de reunirme con mis compañeras de los Cazademonios —dijo, recorriendo a los heridos con la mirada—, me quedaré aquí un tiempo. Aún queda mucho por sanar.

Illia bajó la mirada hacia sus manos. Desató uno de los vendajes con los dientes y dejó caer la tela. Bajo ella aparecieron unos dedos cubiertos de heridas y cicatrices. A pesar de todo, el don seguía latiendo en su interior.

Se acercó a una de las camillas y se arrodilló junto al herido.

—¿Vas a curarlo sin saber qué clase de hombre es? —preguntó Aldric.

—Sí.

—Podría no merecerlo.

Illia apoyó las palmas sobre el pecho del hombre. Una claridad blanca se extendió bajo sus dedos y las heridas comenzaron a cerrarse.

—Yo no pregunto quién lo merece —respondió—. Curo lo que duele.