Personajes que aparecen en este relato

EL PASO DE LAS ARENAS
El desierto de Al-Yavist tenía memoria. De los vivos y de los muertos.
Allí, entre crestas de arena deshilachada y grietas que exhalaban calor desde las entrañas del mundo, avanzaba una criatura que no dejaba huella: un caballo mágico, invocado por necesidad, guiado por voluntad. Sobre su lomo cabalgaban dos figuras. Una delante, la otra detrás.
Periandro Sybila, erguido, mantenía la vista clavada en un horizonte donde la tierra parecía doblarse sobre sí misma. Carmélida, sentada tras él, sostenía su cintura con las manos enguantadas, no por afecto, sino por necesidad. La cercanía física no disolvía la distancia emocional.
El manto de ella ondeaba al ritmo del galope, aún marcado por sangre seca y alquimia resquebrajada. El de él apenas se movía, como si ni el viento se atreviera a tocarle los hombros.
—Me mentiste —dijo ella, sin moverse, con la boca cerca de su oído.
El viento le arrastró la voz, pero no el reproche.
Periandro no contestó enseguida. El silencio entre ellos no era tenso: era un viejo amigo al que habían aprendido a temer.
—No lo hice para herirte —acabó diciendo—. Lo hice para protegerte.
—¿Protegerme de qué? ¿De ti?
—Efélide no era hija mía.
Los dedos de Carmélida se hundieron en la tela de su túnica. Aunque ya había comprendido que aquella era la mentira, necesitaba escuchar el resto de sus labios.
—Entonces, ¿de quién era?
—De Rodrigo y Elora. Efélide es una de las dos gemelas que nacieron en secreto. Una de las legítimas herederas del Trono de Ámbar.
—¿Sabes cuántas veces me preguntó por su padre? —añadió Carmélida, con la voz controlada—. Efélide. Me miraba como si yo pudiera darle las respuestas que tú le negaste. Me preguntó si su padre era un cobarde… o un héroe muerto. Le dije que no sabía. Porque eso fue lo que tú me dijiste a mí.
Periandro tragó saliva. El caballo mágico continuó su galope sin errar el paso, ajeno a la carga invisible que transportaba.
—Minerva las separó nada más nacer. Cuantas menos personas conocieran el plan completo, más difícil sería encontrarlas. A mí me confió a una de las niñas y me ordenó entregártela ocultando su verdadero linaje. De la otra solo supe que seguiría un camino distinto.
El cuerpo de Carmélida se tensó tras él, pero no aflojó la sujeción. Seguía aferrada a su cintura por necesidad, por rabia y por esa lealtad contrariada que no pide permiso para doler.
—Entonces era cierto —murmuró—. Dos niñas. Dos destinos. Dos mentiras. Y tú fuiste quien colocó las piezas.
—Coloqué una —admitió Periandro—. Minerva se aseguró de que ninguno de nosotros pudiera contemplar el tablero completo.
—La crié como hija de un hombre ausente —dijo Carmélida—. Y resulta que era heredera de todo un reino.
—Precisamente por eso debía dejar de serlo ante los ojos del mundo.
El viento silbó entre las dunas. Durante unos instantes, ninguno de los dos encontró nada más que decir.
—¿Dónde está Efélide? —preguntó Periandro.
—Con el Primer Hermano.
Periandro giró ligeramente la cabeza.
—¿Cómo puedes saberlo?
—En el Monasterio Cóncavo me esperaba un mensaje de Clemente.
—¿Qué decía?
Carmélida llevó una mano hasta el pergamino que guardaba junto al pecho.
—«La Tercera Hermana permanece conmigo».
—¿Nada más?
—Nada que revelara su paradero. Clemente sabe que cualquier mensaje puede terminar en manos equivocadas.
—Entonces no sabes si están a salvo.
—Sé que están juntos. Clemente moriría antes que abandonar a una de sus hermanas.
—Eso no significa que pueda protegerla.
—Significa que no tendrá que enfrentarse sola a lo que haya al otro lado. Por ahora, es la única certeza que tenemos.
—No me basta.
—A mí tampoco.
Periandro volvió la vista hacia el horizonte. Había esperado que la verdad pusiera fin a tantos años de incertidumbre, pero algunas respuestas solo servían para formular nuevas preguntas.
Y mientras el silencio se asentaba entre ellos, el paisaje comenzó a reflejarlo.
El desierto se cerraba sobre sí mismo. La arena se alzaba como vapor envenenado y las dunas, cada vez más altas, se erguían como olas muertas a punto de tragarlos.
El viento arreció, ciego y abrasador. Los granos de arena les golpeaban el rostro y apenas podían ver más allá del hocico del caballo mágico.
—Tendremos que detenernos —dijo Carmélida, alzando la voz sobre el vendaval—. No podemos continuar sin ver el camino. Si seguimos así, acabaremos sepultados bajo una duna… o encontraremos algo mucho peor.
Periandro no respondió. Bajó la mirada, tanteó el cinto y extrajo su varita.
—Descuida. Sé adónde ir.
Susurró una orden breve que el viento se tragó. De la punta de la varita surgió una pequeña criatura de luz temblorosa, parecida a una luciérnaga, pero con alas facetadas como vidrio cálido. Comenzó a volar despacio, dejando tras de sí un hilo ámbar, un sendero en mitad del caos.
Carmélida entrecerró los ojos al verla.
—¿Un Espinafoco de Reencuentro? —dijo, con una risa apenas audible—. Cuántas veces intentaste conjurarlo de pequeño… Siempre lo hacías al revés. Te salía un escarabajo sin patas, ¿recuerdas?
Periandro observó la estela de luz avanzar entre la arena.
—Ahora las cosas me salen mejor.
Periandro hizo descender la varita. El insecto giró varias veces sobre sí mismo, orientándose.
—Espero que, al menos ahora, tus escarabajos estén de cuerpo entero y hagan bien su trabajo.
La pequeña invocación mágica abrió los élitros y emprendió el vuelo hacia el interior de la tormenta.
Los Espinafocos de Reencuentro no encontraban lugares. Buscaban personas. Se alimentaban de los recuerdos de quien los invocaba y seguían el rastro de alguien con quien hubiera compartido un momento imposible de olvidar.
—¿A quién esperas encontrar en mitad de este desierto? —preguntó Carmélida.
—A alguien que conozca las arenas mejor que nosotros.
—¿Y si no queda nadie?
—Entonces la luz se apagará.
Carmélida contempló la frágil criatura, zarandeada por un viento capaz de enterrarlos a ambos.
Siguieron al Espinafoco, envueltos en silencio y arena, guiados por la única criatura de aquel desierto que parecía saber adónde se dirigía.
La criatura los condujo entre formaciones rocosas erosionadas, estrechas como las costillas de un animal enterrado. A cada paso, la arena cedía bajo los cascos del caballo y los obligaba a avanzar con mayor lentitud. Allí el viento ya no silbaba. Murmuraba.
Carmélida mantenía la vista alerta. El Espinafoco flotaba por delante y su luz ámbar apenas lograba atravesar la bruma arenosa. Cada vez que rozaba una piedra, dejaba un destello que tardaba varios segundos en apagarse. El sendero aparecía detrás de ellos y desaparecía poco después, borrado por el desierto.
Periandro cabalgaba con la varita aún empuñada. La montura avanzaba con paso firme y ninguno de los dos quiso imaginar qué encontrarían más allá de la siguiente colina.
Cuando coronaron la última duna, el terreno se abrió ante ellos: una vaguada oculta entre paredes de roca oscura. El sol del ocaso teñía la arena de cobre y las sombras se alargaban entre las tiendas y los estandartes negros.
Uno de los campamentos de los Nómadas de las Arenas se alzaba ante ellos, silencioso… demasiado silencioso.
Las tiendas, negras como tinta antigua, estaban reforzadas con cuerdas trenzadas y remates dorados. Entre los mástiles ondeaban trozos de tela cubiertos de símbolos y colgantes de hueso. Cada ornamento parecía contar una historia. Pero ninguno hablaba.
El Espinafoco se detuvo en el aire.
Su luz palpitó tres veces y se apagó.
—No hay vigilantes —dijo Carmélida, con el ceño fruncido—. No hay nadie fuera. Solo humo.
Entonces llegó el rugido.
No era un grito humano. Tampoco pertenecía a ningún animal conocido. Era una vibración hueca que resonaba en el pecho con mayor fuerza que en los oídos. Una nota procedente de otro plano.
Del corazón del campamento surgieron sombras deformes. Algunas reptaban sobre numerosos miembros; otras avanzaban a saltos, cubiertas de espinas y bocas que se abrían allí donde debería haber habido ojos.
Demonios.
La arena tembló bajo su avance. Las tiendas comenzaron a desgarrarse desde dentro y varias de las jaimas se desplomaron envueltas en llamas negras.
Periandro detuvo el caballo de un tirón. Él y Carmélida descendieron por lados opuestos. La punta de la varita comenzó a brillar mientras la alquimista extraía dos frascos de su cinturón y aflojaba los tapones con los pulgares.
Los demonios repararon en ellos. Varias de aquellas cabezas deformes se volvieron al mismo tiempo y las criaturas cambiaron de dirección.
Periandro trazó en el aire el primer signo de un encantamiento. Carmélida levantó uno de los frascos, preparada para lanzarlo.
Un silbido agudo cortó el aire.
Era una señal larga y precisa que rebotó entre las paredes del desfiladero y atravesó el campamento como una cuerda tensada.
Tras aquel silbido, las arenas respondieron.
Desde lo alto de la jaima central se alzó una figura vestida de negro y oro. Shuleyma, la Pinza de Jaspe, saltó sobre el primer demonio y lo recibió con una estocada bajo la mandíbula. Su espada de hoja estrecha evitaba las placas de las criaturas, encontraba sus junturas y volvía a salir cubierta de sangre. En sus movimientos permanecía el ritmo aprendido en la música y la danza, sostenido por la disciplina de una guerrera curtida en el combate. Se mantuvo en el centro de la vaguada, visible para todos, y obligó a los demonios a concentrarse en ella.
Apenas un suspiro después, desde el lado opuesto, entre dos montones de telas rasgadas, emergió su hermana: Shuaila, el Aguijón de la Noche. Sus dagas cortaban el aire en arcos cerrados, bajos y certeros. Mientras Shuleyma obligaba a sus enemigos a mirarla, Shuaila los alcanzaba desde los ángulos que habían olvidado proteger.
Del interior de un carro cubierto, entre cántaros rotos y polvo de especias, se alzó lentamente una tercera figura. Su rostro estaba marcado con trazos oscuros y sus manos aparecían manchadas de sangre. Con la serenidad de quien todavía dispone de todo el tiempo del mundo, Ralish, la Espina Venenosa, deslizó el filo por la cara interna de su antebrazo y abrió un corte superficial. Su propia sangre se extendió sobre el cuchillo. Observaba a los demonios con la curiosidad de quien está a punto de comprobar el resultado de un experimento.
Por último, desde un saliente casi pegado a la tierra, Talisha, el Susurro de las Dunas, apareció sin pronunciar palabra. Sus ojos eran dos carbones encendidos y cada uno de sus pasos estaba calculado. En una mano sostenía una daga curva. La otra permanecía libre. La utilizaba para romper huesos.
Las cuatro ocuparon sus posiciones al instante, sin necesidad de hablarse, con la precisión de quienes parecían haber ensayado aquella emboscada cien veces. Habían fingido abandonar el campamento para atraer a los demonios hasta el centro de la vaguada, y las criaturas, convencidas de haber encontrado unas jaimas desprotegidas, se adentraron en la trampa sin comprender que el campamento nunca había estado dormido.
Las hijas de Arishai jamás dormían cuando el enemigo estaba cerca.
El rugido de la lucha lo devoraba todo. Las Hijas del Escorpión combatían sin tregua, pero los demonios eran muchos. Demasiados. La arena ya no era solo arena: estaba empapada en sangre, y las jaimas, antes orgullosas, ardían como si el propio desierto las estuviera devorando.
Periandro y Carmélida se lanzaron al combate, sorteando piedras y escombros sin dudar. Él conjuró una esfera de fuego que se expandió como un latido: la magia se dobló sobre sí misma y arrasó a tres criaturas que se aproximaban por el flanco. Sus ojos brillaban con una energía contenida. Cada fragmento de aquel fuego obedecía a su voluntad y alcanzaba exactamente el lugar al que había sido dirigido.
Carmélida arrojó uno de sus frascos.
El cristal se rompió contra el pecho de otra criatura y liberó un líquido transparente. La sustancia se filtró entre las placas de su cuerpo. El demonio lanzó un alarido mientras la carne se disolvía bajo su coraza y cayó sobre la arena envuelto en una nube de vapor.
—Sigues utilizando demasiado ácido —dijo Periandro.
—Y tú sigues dejando demasiados vivos.
Un demonio se abalanzó sobre ellos. Periandro desvió sus garras con la varita y Carmélida introdujo el segundo frasco entre sus mandíbulas. La criatura apenas tuvo tiempo de cerrarlas antes de que una explosión apagada le reventara la cabeza.
—¡A tu izquierda! —gritó ella.
Periandro se giró justo a tiempo. Alzó una barrera mágica. Las garras del enemigo se estrellaron contra un muro de luz que crepitó como una muralla encantada.
Durante unos instantes volvieron a luchar espalda contra espalda, con la coordinación de otros tiempos. Los años, la traición y el silencio todavía se interponían entre ellos, pero sus cuerpos recordaban cada movimiento compartido.
Las cuatro hermanas seguían luchando cerca, pero incluso ellas comenzaban a retroceder. Ralish sangraba por una ceja, aunque seguía dosificando veneno con precisión científica. Shuaila jadeaba entre los pasos. Talisha tenía el brazo izquierdo colgando, pero seguía golpeando con el derecho. Solo Shuleyma conseguía mantener la línea, aunque el cansancio había ralentizado su espada y cada golpe comenzaba a exigirle un esfuerzo mayor.
Entonces, un grito distinto.
—¡No… no, por favor! ¡Yo no… yo no tengo armas!
Desde debajo de una lona chamuscada, Froilán de Lavigne Colby gateaba hacia atrás, cubriéndose la cabeza con los brazos. Un demonio esquelético, con la mandíbula desencajada y una lengua cubierta de cuchillas, se cernía sobre él con una lentitud cruel, relamiendo su miedo como un manjar.
Froilán —camisa rasgada, botas desparejadas y el cinturón mal abrochado— parecía más fuera de lugar que nunca. Hombre campechano, amante del vino, de la taberna y del «invito yo», siempre había escapado de sus deudas más rápido de lo que tardaban en servirle una copa. Pero de aquel demonio no lograría salir corriendo.
—Mira que se lo advertí —gruñó Talisha, golpeando con el codo la mandíbula de otra criatura.
—Los Colby hablan más rápido de lo que corren —murmuró Ralish, limpiando su hoja con una mirada fulminante.
Froilán continuó retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el eje de un carro volcado. Ya no tenía espacio para escapar. La lengua del demonio salió disparada y las cuchillas desgarraron la lona a escasos centímetros de su rostro. Froilán intentó arrojarse a un lado, pero una de las garras atravesó su camisa y lo dejó clavado contra la arena.
La segunda garra se alzó sobre su pecho.
Periandro lo vio, pero tres criaturas le cerraban el paso. Carmélida sostuvo uno de sus frascos en alto, incapaz de arrojarlo sin alcanzar también a Froilán. Las Hijas del Escorpión intentaron acudir, pero los demonios las mantenían cercadas.
Nadie llegó a tiempo.
Nadie logró alcanzarlo.
Salvo una.
Un látigo silbó en el aire, se enroscó alrededor del antebrazo del demonio y apartó la garra un instante antes de que alcanzara a Froilán. El tirón desvió a la criatura y sus uñas se hundieron en la arena junto al pecho del Colby. El demonio rugió y siguió con la mirada el látigo tensado hasta su origen.
Sobre una roca que dominaba la vaguada, con el polvo bailándole alrededor de los pies, estaba Andamana. Su brazo aún permanecía extendido tras el latigazo. Su mirada estaba fija en la criatura y su cuerpo se mantenía erguido, preparado para volver a atacar.
A su espalda, una decena de amazonas descendía con las lanzas en alto. Sus movimientos eran coordinados, silenciosos y mortales. En el centro de todas ellas, montada sobre una criatura moteada de ojos negros, envuelta en una capa gris malva y coronada por joyas oscuras, descendía Elora, la reina de Calamburia.
En una mano llevaba su sable pirata, curtido en sangre y tormentas. En la otra, un trabuco corto de cañón pulido, cuyas balas llevaban grabados los nombres de los piratas caídos en la guerra.
No dijo palabra. Solo disparó.
La criatura que había intentado devorar a Froilán se desplomó sin rostro. Atraído por el disparo, otro demonio se abalanzó sobre la montura de Elora y le abrió el costado con una de sus garras. El animal se encabritó. La reina desmontó de un salto antes de que pudiera derribarla y una de las amazonas condujo a la criatura herida hacia la retaguardia. Elora levantó entonces su sable. Las amazonas chocaron sus lanzas al unísono y emitieron su grito de guerra: un alarido agudo e intermitente que helaba la sangre.
Aquel gesto fue una señal. Las Hijas del Escorpión respondieron con un silencioso saludo marcial.
Los dos clanes, unidos por antiguas alianzas y generaciones de sangre derramada, se encontraron espalda contra espalda. Amazonas y escorpionas giraban al mismo ritmo, cubrían los mismos ángulos y defendían los mismos silencios. El clan de la serpiente y el del escorpión volvían a luchar juntos.
Y el desierto, que hasta entonces solo les había ofrecido derrota, recordó el sabor de la esperanza.
La señal de Elora fue la chispa, pero la verdadera explosión fue la respuesta conjunta. Las amazonas se desplegaron entre las tiendas como si conocieran cada rincón del campamento. Algunas se unieron al frente de combate con las escorpionas, otras rodearon los flancos, y tres más formaron una línea defensiva alrededor de Froilán, que seguía jadeando entre telas quemadas.
El primero de los demonios en reorganizarse lanzó un zarpazo brutal hacia Shuleyma. Shuaila advirtió el ataque y embistió a su hermana desde un costado para apartarla. El movimiento evitó que las garras alcanzaran el pecho de Shuleyma, pero una de sus puntas le rozó la pierna derecha durante la caída y abrió un corte profundo. Shuaila rodó en la dirección contraria y se levantó para interponerse entre ella y el demonio.
La sangre brotó al instante.
—¿Qué haces? —gritó Shuleyma, llevándose una mano a la herida.
—Evitar que te abriera el pecho —respondió Shuaila entre dientes, sin soltar las dagas.
No había lugar para dramatismos, únicamente para seguir luchando.
Del otro lado del campamento, un demonio alado extendió sus alas membranosas y comenzó a concentrar entre ellas una masa de energía oscura. Ralish lo vio y gritó:
—¡Carmélida! ¡Por la izquierda!
Sin preguntar, Carmélida lanzó una esfera azulada. Ralish rozó el filo de su cuchillo contra la sangre que aún brotaba de su antebrazo y lo arrojó. La punta alcanzó la esfera en pleno vuelo y la fragmentó en cientos de agujas de cristal, sobre las que se extendió el veneno.
La lluvia envenenada atravesó las alas y el pecho del demonio antes de que pudiera liberar su ataque. La criatura cayó convulsionando y terminó deshaciéndose sobre la arena en un charco oscuro.
—No está mal para una alquimista —dijo Ralish, sonriendo entre sangre.
—No está mal para una bruja —replicó Carmélida.
Mientras tanto, dos amazonas del flanco derecho cayeron bajo un asalto brutal. Una fue abatida por un demonio que le quebró el cuello con un golpe de su espinosa cola. La segunda recibió una garra en el costado, pero antes de caer arrojó su lanza contra otra criatura que estaba a punto de alcanzar a una de sus hermanas. El arma atravesó al demonio y la amazona a la que había salvado pudo rematarlo. Sus cuerpos quedaron sobre la arena, testigos silenciosos de una victoria que aún no estaba asegurada.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
Un demonio gigantesco —con cuerpo serpenteante y ojos por toda la espalda— se alzó tras Elora, que acababa de derribar a su tercer enemigo. No tuvo tiempo de girarse.
—¡Majestad! —gritó alguien.
Periandro reaccionó. Alzó la varita y trazó un círculo repentino. Una columna de viento surgió bajo los pies de Elora un instante antes de que las garras la alcanzaran y la elevó fuera de su trayectoria.
La reina comprendió la intención del mago y no se resistió al impulso. Giró en el aire, dirigió la punta del sable hacia el demonio y se dejó caer sobre él. La hoja penetró entre dos de los ojos que cubrían su espalda y descendió a lo largo de la columna vertebral. La criatura se desplomó mientras Elora aterrizaba junto a ella con una rodilla sobre la arena.
—Gracias, mago-erudito —susurró.
A unos pasos de allí, Talisha y Andamana combatían espalda contra espalda. La amazona lanzaba su látigo con precisión, atrapando extremidades y desviando mordiscos. La escorpiona combinaba rodillazos y estocadas con los cortes secos de su daga curva. Ninguna imitaba a la otra: cada movimiento respondía al ataque que su compañera acababa de desviar y ambas terminaron acompasando la respiración y los golpes.
—Aguantas bien para ser una serpiente de las marismas —dijo Talisha, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—Y tú golpeas mejor de lo que esperaría de una escorpiona de las arenas —replicó Andamana mientras enroscaba el látigo alrededor del cuello de un demonio y desviaba su embestida.
No hubo tiempo para más palabras, porque el combate seguía y ambas sabían que no podían permitirse nada menos que la victoria.
El combate se prolongó mientras la noche se cerraba sobre la vaguada. Cada oleada de demonios era rechazada, pero otra ocupaba inmediatamente su lugar y, cuando ambos clanes comenzaban a alcanzar el límite de sus fuerzas, el horizonte oriental empezó a clarear.
El amanecer comenzaba a abrirse paso con lentitud, empujando la noche hacia los bordes del mundo. La luz no irrumpió con violencia, sino que se deslizó como un suspiro largo sobre la arena, tiñéndolo todo con un resplandor pálido, como si el día dudara todavía si merecía nacer.
Los demonios que quedaban, pocos ya, se agitaban como brasas húmedas a punto de apagarse. Sus movimientos se volvían erráticos y su fuerza comenzaba a abandonarlos. La claridad penetraba en las heridas abiertas durante la batalla y resquebrajaba la materia oscura que sostenía sus cuerpos.
Periandro, cubierto de polvo y sangre ajena, dio un paso al frente. Sostenía la varita con suavidad, dispuesto a utilizarla como canal. Alzó la mirada hacia la línea por la que comenzaba a emerger el sol y levantó el brazo sin pronunciar palabra.
La primera luz del día cayó sobre él, recorrió su brazo como una corriente viva y se concentró en la punta de la varita. Periandro no creó aquella claridad; se limitó a conducirla hacia las grietas que la batalla había abierto en los cuerpos de los demonios.
—Lux prima, tenebras pelle.
Entonces la liberó.
Una oleada de luz se desplegó en abanico sobre la arena, sin fuego ni estruendo. Los demonios no ardieron ni gritaron. La claridad atravesó sus heridas, quebró el vínculo que los mantenía en aquel mundo y deshizo sus cuerpos en fragmentos de sombra que se hundieron en la arena.
Cuando todo terminó, el silencio regresó, pero esta vez no oprimía: respiraba.
El viento se llevaba con suavidad el humo de las tiendas y agitaba los jirones de tela aún colgados entre las lanzas. Sobre la arena, las figuras que seguían en pie no parecían vencedoras, sino testigos.
Elora bajó el sable con lentitud. Caminaba entre cuerpos enemigos con paso firme, la capa gris malva aún salpicada de combate y la corona de joyas oscuras asentada sobre su frente como si la batalla no la hubiera rozado.
A su lado, Andamana recogía el látigo con calma, envuelto alrededor del antebrazo como una serpiente en reposo. No hablaba, pero observaba cada rincón del campamento con la atención de quien aún espera otro ataque.
Entre las sombras del refugio improvisado, Ralish se puso en pie. En su rostro brillaban gotas de sudor y sangre, y entre los mechones de su cabello liso destacaban vetas de un verde profundo. Se limpió las manos y anudó una tira de tela alrededor del corte que se había practicado en el antebrazo. Bajo aquel vendaje seguía latiendo el arma más peligrosa de la Espina Venenosa.
Talisha, más al centro, se dejó caer sobre un tronco calcinado. El cabello liso le caía sobre los hombros, suelto y cubierto de polvo, pero su expresión seguía atenta. Sus brazos, doloridos, descansaban por fin, aunque sus ojos no se apartaban del horizonte.
Shuleyma, arrodillada sobre la arena, tenía el rostro tenso. Sujetaba con fuerza la venda que Shuaila, aún respirando con dificultad, le apretaba sobre la pierna herida. La sangre había empapado parte del tejido, pero ambas permanecían en silencio, con la misma determinación que habían traído a la batalla.
No lejos de ellas, Carmélida se arrodilló ante los cuerpos inmóviles de las dos amazonas caídas. Periandro cerró los ojos de una de las guerreras con gesto sereno mientras su hermana extraía de su cinturón un pequeño recipiente de plata.
En su interior guardaba Ceniza del Umbral: sal negra, hojas de tejo calcinadas, azabache e incienso funerario mezclados con una pequeña cantidad de amatista. Carmélida dejó caer una pizca sobre el pecho de cada cadáver y trazó con el pulgar la C del Titán Oscuro. El polvo adquirió un tenue resplandor violáceo.
—Que la carne permanezca en la tierra y el alma descienda al Inframundo. Que ninguna voluntad la reclame de vuelta ni ninguna sombra ocupe lo que ha dejado atrás. Los vivos con los vivos; los muertos con los muertos. Así lo ordena el Titán Oscuro.
El resplandor se extinguió y dejó una marca oscura sobre la piel. La Ceniza del Umbral no abría el camino de los muertos: lo cerraba tras ellos.
A su alrededor, las guerreras que habían sobrevivido permanecían sentadas o recostadas junto a las lanzas aún humeantes, recuperando el aliento, frotándose los músculos doloridos o cerrando heridas con vendajes improvisados. En sus gestos todavía ardía la fatiga y, en sus ojos, la gravedad de haber sobrevivido.
Entonces, como si nada de todo aquello hubiera sucedido, una voz rompió el momento como una grieta:
—Pues al final… no ha sido tan difícil, ¿eh? Mira que cuando me materialicé aquí, arrastrado por la maldición de ese Orbe demoníaco, no imaginé que acabaría viviendo semejante aventura. Por suerte, estas viejas amigas escorpionas me dieron cobijo y un lecho en una de sus jaimas. Al menos, mis conocimientos sobre guerra y estrategia han servido de algo: ningún demonio ha conseguido siquiera rozarme. Y no puedo decir lo mismo de todo el mundo —añadió Froilán, mirando de reojo la pierna vendada de Shuleyma.
Las escorpionas le dirigieron una mirada gélida, cargada de desdén, como si en aquel instante contemplaran a un intruso más que a un invitado.
—Soy todo un portento. El mejor de los cinco hermanos Colby. Yo digo que lo celebremos con una botella de fuego de escama. Tengo una, o tenía, en alguna parte…
Froilán conservaba la cara negra de polvo y la sonrisa torcida prendida al rostro, su particular manera de aferrarse a la vida. Se sacudió la arena del hombro con la despreocupación de quien solo hubiera sobrevivido a una tormenta menor.
Periandro lo contempló sin enfado ni juicio, con la expresión que se reserva para las constantes inevitables de la historia. Durante un instante creyó ver en él a todos los Colby que habían existido y a cuantos aún estaban por llegar, porque a veces, incluso en el corazón del desierto, lo más difícil no era sobrevivir, sino recordar por qué uno seguía vivo.
El viento del amanecer seguía soplando cuando Elora se detuvo en medio del campamento. Su voz no necesitó elevarse. Bastó con que hablara para que todas la escucharan. Amazonas y escorpionas volvieron el rostro hacia ella mientras el humo de las jaimas incendiadas se alzaba a sus espaldas.
—Hijas del Escorpión… he venido en busca de vuestra fuerza.
La petición de una reina podía convertirse fácilmente en una orden. Elora la pronunció como el comienzo de un pacto.
—A las amazonas les han arrebatado su Orbe sagrado. Mientras permanezca en manos del caos, ningún reino, clan o refugio estará a salvo. Vuestra sangre conoce estas arenas y vuestra voluntad ha resistido tempestades que habrían enterrado a pueblos enteros. Calamburia se está quebrando bajo nuestros pies y, si permitimos que el miedo nos separe, caeremos una tras otra.
Talisha entrecerró los ojos. Se incorporó sin prisa, con la voz aún cargada por el esfuerzo de la lucha. La sangre le recorría uno de los brazos, pero sostuvo la mirada de Elora sin inclinar la cabeza.
—Antes de entregar nuestra sangre, quiero saber junto a quién nos pides derramarla —declaró, señalando a Carmélida—. Esa mujer lleva los emblemas de la Santa Hermandad. Huele a alquimia, a mazmorras y a demasiadas confesiones arrancadas mediante el dolor. Dime, reina: ¿buscamos el Orbe junto a ella o tendremos que vigilarla mientras lo hacemos?
El campamento enmudeció. Carmélida soportó la acusación sin defenderse. Elora no respondió de inmediato. Sus ojos buscaron a Periandro, exigiendo una explicación.
Él avanzó con paso firme.
—Carmélida es mi hermana. No pretendo justificar cuanto ha hecho ni borrar la sangre que pesa sobre sus manos. Pero conozco la diferencia entre sus pecados y su lealtad. Su lealtad pertenece a Calamburia. Si llega el momento de elegir entre este reino y las huestes del inframundo, pondrá su vida delante de ellas. Y yo pondré la mía delante de la suya.
Shuleyma, con la pierna vendada y los brazos cruzados, alzó la voz.
—Yo luché junto a él en Palacio. Lo vi permanecer en pie cuando los demás solo buscaban una salida.
A su lado, Shuaila la secundó sin dudar.
—Protegíamos a la reina Melindres, nuestra hermana. Periandro se enfrentó a los demonios cuando las defensas habían caído y ya no quedaba nadie capaz de contenerlos. Intentó salvar a los infantes, a los nuestros… y estuvo a punto de conseguirlo. Aquel día nadie podía fingir valor ni lealtad. Si ahora responde por Carmélida, su palabra es suficiente para nosotras.
Elora dejó que el silencio recogiera aquel testimonio. Miró a Talisha, a las hermanas heridas y a las dos amazonas que yacían sobre la arena. La sangre de ambos pueblos ya se había mezclado antes de que pudieran acordar una alianza.
Finalmente, asintió.
—Entonces la sangre ha hablado antes que nosotras. Escucharemos.
Periandro comprendió que aquel asentimiento les concedía algo más valioso que la confianza: les concedía tiempo. Avanzó antes de que el silencio pudiera cerrarse de nuevo.
—Mi reina, hay algo más. El plan de Minerva para proteger a vuestras hijas se ha visto comprometido. Alguien ha abierto una brecha y debemos regresar cuanto antes a la Torre Arcana de Skuchaín para advertirla. Si Minerva no actúa, todo cuanto hemos sacrificado para mantenerlas a salvo habrá sido inútil.
Ralish, que recogía los restos de una de sus mezclas venenosas, levantó la cabeza con brusquedad.
—¿Y el rey? ¿Dónde está Rodrigo?
Periandro la miró con gravedad.
—Rodrigo se dirige a Instantalor. El Bastión de los Colby ha caído.
La sonrisa desapareció del rostro de Froilán. Cerró los puños y avanzó hacia Periandro con una rabia que ninguno de los presentes le había visto hasta entonces.
—¿Cómo que ha caído? —estalló—. ¡Ese bastión pertenece a mi familia desde hace generaciones! ¡Lleva nuestro nombre! Dime quién sigue con vida… y a quién debo culpar por haberlo perdido. ¡Porque yo, por mi bastión, ma-to!
Froilán separó las dos últimas sílabas con la solemnidad de un juramento. La frase habría resultado cómica en otro momento, pero la rabia que endurecía su rostro era auténtica.
Elora arqueó una ceja.
—Espero que se te dé mejor matar que esconderte.
Froilán abrió la boca para defenderse, pero Periandro no le concedió la oportunidad. Dirigió de nuevo la mirada hacia Elora.
—Si no os movéis deprisa, perderéis la oportunidad de reuniros con él y regresar a Kalzaria para preparar una nueva ofensiva. Cada hora que permanezcamos aquí permite que los demonios cierren otro camino. El tiempo ya no está de nuestro lado.
Elora asintió. Después miró a la criatura moteada que la había llevado hasta el campamento. El animal respiraba con dificultad y una herida abierta le recorría el costado, recuerdo de alguna garra recibida durante la batalla. No podría soportar el viaje hasta Instantalor.
La reina caminó hacia Talisha.
—Prestadme una montura. Lo que queda de las fuerzas de la Corona todavía puede resistir, pero debo llegar a tiempo.
Talisha no pidió explicaciones. Asintió con un leve gesto y llamó a su hermana con un chasquido de lengua.
Ralish comprendió la señal, se internó entre las tiendas y regresó poco después guiando una criatura de patas firmes y pelaje corto. De sus arreos colgaban cintas doradas y negras junto a pequeñas cuentas talladas con la forma del escorpión.
—Esta es Circek —dijo—. Resiste la sed mejor que muchas reinas.
Elora sostuvo la mirada de Ralish y aceptó la provocación con una leve sonrisa.
—Entonces procuraremos estar a su altura.
Durante el tiempo imprescindible para vendar las heridas y preparar las monturas, los dos grupos se reorganizaron. Periandro comenzó a invocar de nuevo al caballo mágico mientras Carmélida aguardaba junto a él, en silencio. A pocos pasos, amazonas y escorpionas rodeaban a Elora y Talisha para marcar rutas, establecer señales y fijar puntos de encuentro.
Talisha distribuyó a sus mejores rastreadoras entre los caminos que atravesaban el desierto. Cuando las heridas permitieran levantar el campamento, las Hijas del Escorpión se unirían formalmente a la búsqueda del Orbe. El pacto pronunciado ante las caídas comenzaba a adquirir forma.
El hechizo de Periandro se completó y el corcel emergió de la niebla con un estremecimiento. Sus cascos apenas se hundían en la arena y su cuerpo parecía deshacerse por los bordes cada vez que el viento lo alcanzaba. Carmélida montó detrás del mago sin cruzar palabra con él.
Periandro espoleó la montura hacia el este. Carmélida volvió una última vez la mirada hacia las tiendas ennegrecidas y hacia las guerreras que habían sobrevivido para reconstruirlas.
Desde lo alto de una duna, Elora observó su partida. Montó con naturalidad sobre Circek, tomó las riendas y, antes de que el caballo mágico se perdiera en la tormenta, alzó la voz:
—Advertid a Minerva. Después, encontrad ese Orbe. Cueste lo que cueste.
Periandro levantó una mano para confirmar que la había oído y continuó cabalgando sin volver la cabeza.
Elora dirigió entonces un gesto hacia Froilán.
—Tú vienes conmigo.
—¿Yo? —balbuceó, mirando alrededor en busca de alguna excusa—. Bueno, claro, claro… La reina llama y uno no puede negarse. Nobleza obliga.
Froilán subió a la parte trasera de la montura con más esfuerzo que elegancia. Estuvo a punto de caer de espaldas, se aferró a los arreos y consiguió estabilizarse cuando Circek ya comenzaba a avanzar.
Elora dio media vuelta y emprendió el camino hacia Instantalor. Las amazonas que aún podían combatir se desplegaron a su alrededor, con las lanzas en alto y la mirada fija en el horizonte.
Froilán volvió la cabeza justo antes de desaparecer tras la primera duna.
—¡Pues al final no ha durado tanto la fiesta! ¡Muchas gracias por el hospicio, hijas del Escorpión! ¡Os debo una ronda, amigas!
Después se inclinó hacia Elora y añadió en voz más baja:
—Eso sí… En Instantalor hay buena cerveza. La Taberna de las Dos Jarras nunca defrauda.
El eco de su voz se perdió entre los pliegues del viento. Cuando también desapareció el último estandarte de las amazonas, el campamento quedó por fin en calma y, entre el humo de las jaimas y la sangre derramada sobre la arena, comenzó lentamente a respirar de nuevo.
