257 – EL PACTO DE LA RAÍZ SERENA I

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PENTANDRA RECUERDA

Pocas cosas en el mundo se abren con tanta violencia como lo vivo que se niega a morir.

El conjuro nació imperfecto, sacudido por la urgencia. Ramia continuaba prisionera de la parálisis que Karkaddan había hundido en su cuerpo, pero un dedo todavía le obedecía. Lo alzó con un esfuerzo que le encendió de dolor hasta los párpados. Aquel movimiento mínimo bastó para despertar la vara floral, que vibró junto a ella. El aire sobre el claro se contrajo, apareció una fisura y el mundo terminó por rasgarse.

Los portales de Skuchaín nacían de círculos precisos y geometrías trazadas con magia. El que Ramia acababa de invocar tenía otro origen: respondía a un conocimiento ancestral de los guardabosques, ligado a las fuerzas vivas. Ante ellos se desgarró una boca de savia y viento, cercada por ramas que crecían, se entrelazaban y volvían a quebrarse. En su interior palpitaban nervaduras de luz verde. Ramia había aprendido a abrir aquellos pasos, aunque jamás lo había intentado con tan poco dominio sobre su propio cuerpo.

Deralya, la verdiplumas de Quercus, no esperó ninguna orden. Batió las alas, ganó altura y se lanzó hacia la grieta antes de que el esfuerzo agotara a Ramia y el portal se cerrase.

Los tres viajeros se aferraban a su lomo en un equilibrio precario. Ramia permanecía tendida entre las plumas, rígida por el hechizo, con los ojos abiertos y conscientes. Grahim maldecía mientras trataba de sujetarse con la túnica hecha jirones. Detrás de ambos, Quercus los mantenía unidos: un brazo rodeaba el pecho de Ramia y el otro aprisionaba a Grahim contra el lomo de la verdiplumas. En plena tormenta mágica, su fuerza tenía la obstinación de una raíz aferrada a la tierra. Soltar a cualquiera de ellos nunca llegó a ser una posibilidad.

Deralya plegó las alas y los cuatro desaparecieron en la grieta.

El interior del portal natural era una corriente viva entre lugares que nunca deberían haberse tocado. Allí, la magia avanzaba sin caminos ni reglas reconocibles. El espacio se retorció alrededor de ellos antes de que pudieran tomar aire; siluetas de ramas sin tronco atravesaron la oscuridad y violentas corrientes los golpearon desde todas las direcciones. El peso pasó de sus cabezas a sus estómagos y regresó a sus huesos. Sus gritos quedaron ahogados por un zumbido profundo que parecía brotar del propio portal.

Una sacudida arrancó a Grahim de las plumas. Su pierna resbaló y el resto del cuerpo quedó suspendido en el vacío. Quercus alcanzó a agarrarlo por la túnica mientras apretaba a Ramia contra su pecho. Un latigazo de luz verde les cruzó el rostro y, ante Deralya, una raíz luminosa surgió de la oscuridad y cerró el paso.

La verdiplumas giró sobre sí misma para esquivarla. Una de sus alas rozó una trenza de energía y la herida derramó un fulgor verdoso entre las plumas. Deralya lanzó un chillido que el portal devoró de inmediato.

Quercus encajó las piernas alrededor de su lomo. Había perdido cualquier punto de apoyo y sus brazos comenzaban a ceder, pero continuó sosteniendo a sus compañeros mientras la corriente trataba de separarlos. Grahim consiguió recuperar una pluma. Ramia seguía inmóvil. Solo sus ojos revelaban que comprendía cuánto faltaba para que las fuerzas de Quercus se agotaran.

La grieta comenzó a cerrarse antes de que alcanzaran la salida. Las ramas del umbral se estrecharon alrededor de Deralya y arañaron sus alas. Ella reunió el último impulso, batió con violencia y atravesó la abertura un instante antes de que el portal los encerrase en su interior.

La Jungla Esmeralda apareció bajo ellos a más de diez metros de distancia. Deralya salió despedida sobre el dosel y tuvo que desplegar las alas heridas para frenar la caída. Esquivó una ceiba, quebró una liana y pasó entre dos ficus milenarios mientras las ramas golpeaban a los viajeros y trataban de arrancarlos de su lomo.

El aire olía a humedad, raíces y flores que todavía no habían despertado. Deralya descendió con dificultad, extendió las garras y golpeó el suelo con fuerza suficiente para abrir cuatro surcos en el musgo.

Habían caído en una concavidad perfecta entre los árboles. Los helechos crecían inclinados hacia el exterior y las raíces formaban un círculo alrededor de un suelo cubierto de musgo. No había huellas ni señales de animales. Cada planta parecía orientada hacia el centro, aguardando aquello que acababa de llegar.

Durante unos segundos, solo se escucharon sus respiraciones. El eco del portal se extinguió y dejó tras de sí un silencio húmedo, cargado de savia. Deralya plegó las alas con lentitud. Un temblor le recorrió el lomo exhausto, y la verdiplumas terminó por inclinar la cabeza hasta apoyar el pico sobre la tierra.

Quercus fue el primero en moverse. Descendió con un salto torpe y las piernas le fallaron al tocar el suelo, pero consiguió mantenerse erguido. Después alzó a Ramia entre sus brazos y la depositó con cuidado sobre el musgo. Las hojas se apartaron de su cuerpo y varias raíces se hundieron para ofrecerle un lecho liso. La vegetación no reaccionaba ante ellos con alarma. Los había reconocido.

Ramia permaneció rígida sobre la tierra, incapaz de hablar o mover las extremidades. Su mirada siguió el desplazamiento de las raíces y, por primera vez desde que Karkaddan la paralizara, el miedo que oscurecía sus ojos cedió un poco. La vara floral emitió un débil pulso junto a su mano y volvió a quedar inmóvil.

Grahim cayó del lomo de Deralya un instante después. Rodó hasta quedar boca abajo y se aferró al suelo con ambas manos, asegurándose de que la tierra no fuera a desaparecer de nuevo.

—He vivido… —murmuró contra el musgo.

Le faltó el aliento para rematar la frase. Por primera vez, no hubo chiste, burla ni protesta. Grahim se limitó a respirar mientras su cuerpo decidía si aquel temblor pertenecía al alivio o al agotamiento.

Entonces, sin advertencia, aparecieron ellas.

Los helechos del lindero se abrieron al mismo tiempo. De la espesura emergieron tres mujeres fauno, envueltas en corteza flexible, pétalos marchitos y lianas trenzadas. El barro rojo dibujaba signos sobre sus mejillas y de sus cuellos pendían collares de hueso y semillas que apenas sonaban al caminar. Sus rostros mostraban una edad difícil de calcular, curtidos por una sabiduría que parecía anterior a ellas.

Quercus inclinó la cabeza al reconocerlas.

—Las Portadoras de la Savia…

Pentandra había sentido la apertura del paso natural en cuanto Ramia desgarró la distancia entre ambos lugares. Su llamada se había extendido bajo la tierra, de raíz en raíz, hasta alcanzar a las tres mujeres fauno y conducirlas hacia el claro. Habían acudido para recibir a quienes la Jungla Esmeralda había permitido entrar y auxiliar a los heridos.

El pueblo fauno confiaba a aquella antigua hermandad la llegada de los recién nacidos, el tránsito de los moribundos y las dolencias que hundían sus raíces más allá del cuerpo. Las Portadoras vivían cerca de Pentandra y respondían a sus llamadas cuando la vida de una criatura corría peligro.

Las tres se aproximaron sin pronunciar palabra. Un aroma intenso a flor madura, fruta fermentada y tierra mojada avanzó con ellas. Los trazos rojizos de sus rostros comenzaron a oscurecerse cuando alcanzaron el cuerpo inmóvil de Ramia.

Una de ellas se arrodilló y apoyó la palma sobre su pecho. Después la deslizó hasta el vientre y mantuvo allí los dedos, atenta a un pulso que nadie más podía percibir. La flor que llevaba detrás de la oreja cerró los pétalos y perdió el color hasta adquirir un tono ceniciento.

Las otras dos atendieron a Grahim y Deralya. Una hizo girar al impromago y sopló sobre sus labios un polvo dorado que le despejó la respiración y calmó las náuseas del viaje. La tercera examinó el ala herida de la verdiplumas. Extendió savia sobre las plumas desgarradas y el fulgor que brotaba de la herida fue apagándose, aunque Deralya no dejó de temblar.

La Portadora que examinaba a Ramia levantó la mirada.

—Esta inmovilidad no ha nacido en su cuerpo —dijo con una voz áspera y serena—. Una voluntad ajena ha cerrado los caminos que unen su pensamiento con la carne.

—Karkaddan —respondió Quercus—. El consorte de Kárida, la Dama Negra. Él la dejó así.

La revelación alteró a las tres. Los signos de barro rojo adquirieron sobre sus mejillas el color oscuro de la sangre seca.

—Su poder es antiguo —continuó la Portadora—. Le ha impuesto la quietud de la piedra. Podemos recordar a su cuerpo que nació para moverse, pero tendrá que soportar el regreso.

Las otras dos abandonaron sus tareas y se reunieron alrededor de Ramia. La primera mezcló barro y savia en la palma de su mano y trazó cuatro líneas sobre la guardabosques: una ascendió desde el pecho hasta la garganta; las otras descendieron por sus brazos y se dividieron al alcanzar las muñecas. La segunda sostuvo la cabeza de Ramia. La tercera hundió los dedos en el musgo.

Del suelo brotaron raíces tan finas como cabellos. Se enroscaron alrededor de los tobillos y los antebrazos de Ramia y buscaron los puntos donde la parálisis se había aferrado con mayor fuerza. Entonces las Portadoras comenzaron a cantar. Sus voces eran bajas y desiguales, pero compartían un mismo pulso, profundo y constante.

La primera nota estremeció la respiración de Ramia. Con la segunda, uno de sus dedos se contrajo. La tercera le devolvió una punzada de dolor a las piernas. Las raíces transmitían el ritmo de la canción hacia el interior de su cuerpo, obligando a los músculos a despertar después de tantos días sometidos a la voluntad de Karkaddan.

Ramia apretó los dientes. Una lágrima resbaló hacia su sien, aunque sus ojos permanecieron abiertos. Cada porción de movimiento regresaba acompañada de un ardor insoportable. El pecho se le alzó de pronto y una bocanada de aire irrumpió en sus pulmones.

Quercus avanzó al verla arquearse, pero una de las Portadoras levantó la mano y lo detuvo. El fauno obedeció. Cerró los puños y permaneció a pocos pasos de ella, obligado a contemplar una batalla en la que su fuerza no podía intervenir.

La canción cesó. Ramia tosió varias veces y trató de mover los labios. La voz tardó en obedecerla.

—Deralya…

La verdiplumas abrió los ojos al escuchar su nombre y emitió un gorjeo débil.

—Está viva —le aseguró Quercus—. Todos lo estamos.

Ramia intentó levantar un brazo. Apenas consiguió separarlo unos centímetros del musgo antes de que comenzara a temblarle. La Portadora retiró las raíces y limpió con el pulgar la línea de savia que atravesaba su garganta.

—Hemos aflojado las ataduras —explicó—. La magia de Karkaddan todavía permanece dentro de ella. Si forzamos la cura, su cuerpo podría quebrarse antes que el hechizo.

—¿Podrá caminar? —preguntó Grahim mientras se incorporaba con dificultad.

—Podrá hacerlo con ayuda. Cada paso tendrá que conquistarlo.

Entre las tres sentaron a Ramia. El cambio de postura le arrancó un gemido y le devolvió la sensibilidad con una oleada de alfileres ardientes. Quercus se colocó a su lado y le ofreció el brazo.

—No hace falta correr. No hay prisa —dijo.

Ramia cerró la mano alrededor de su antebrazo. Aquel gesto mínimo agotó buena parte de sus fuerzas, pero consiguió sostenerlo.

—Sí tenemos —respondió con un hilo de voz—. Ayúdame a levantarme.

Quercus la alzó despacio. Las piernas de Ramia cedieron al recibir su peso y Grahim tuvo que sujetarla por el otro costado. Ella respiró hondo, esperó a que el temblor disminuyera y volvió a intentarlo. Esta vez permaneció erguida.

Una de las Portadoras giró la cabeza hacia el noroeste. En aquella dirección, las raíces surgían de la tierra y se elevaban entre las sombras. Sus compañeras repitieron el gesto.

Quercus comprendió la llamada.

—Pentandra nos llama.

Ramia adelantó un pie. El primer paso le arrancó un gesto de dolor; el segundo resultó algo más firme. Al dar el tercero, comprendió que Karkaddan todavía habitaba en sus músculos, pero ya no gobernaba por completo su cuerpo.

Las Portadoras de la Savia emprendieron la marcha. Quercus sostuvo a Ramia por un costado y Grahim se mantuvo cerca del otro, preparado para sujetarla cuando las piernas volvieran a fallarle. Ella aceptó aquella ayuda con una condición: ninguno de los dos debía cargar con su peso mientras pudiera avanzar por sí misma.

Deralya cerraba el grupo. Caminaba con el ala herida plegada contra el cuerpo y hundía las garras con cautela en la tierra blanda. El ungüento de savia había apagado el fulgor de la herida, pero algunas plumas todavía se estremecían cada vez que una rama rozaba su costado.

El trayecto obligó a Ramia a conquistar muchos más de aquellos primeros pasos. En algunos, la pierna se le endurecía y el hechizo de Karkaddan volvía a tensarse dentro de sus músculos. Entonces se detenía, respiraba hasta dominar el dolor y obligaba al pie a avanzar. Las Portadoras nunca redujeron el ritmo para esperarla. Tampoco se alejaron. Parecían conocer con exactitud la distancia que Ramia era capaz de recorrer sin rendirse.

A medida que se adentraban en la Jungla Esmeralda, los árboles crecían más juntos y sus copas ocultaban el cielo. Las Portadoras avanzaban sin necesidad de buscar un sendero. Apartaban una hoja, rozaban una raíz o apoyaban la palma sobre un tronco, y la espesura les concedía el espacio suficiente para pasar. Tras ellos, las plantas regresaban a su posición y cerraban cualquier huella de su recorrido.

Grahim contempló una liana que se elevaba para dejarlo pasar.

—He dedicado años a estudiar la magia de los bosques —murmuró—. Nunca había sentido que uno de ellos me estudiara a mí.

—Pentandra recuerda cuanto alcanza con sus raíces —respondió Quercus—. Y sus raíces alcanzan muy lejos.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

La respuesta arrancó a Grahim una sonrisa cansada. Ramia también la escuchó, aunque tuvo que concentrar sus fuerzas en el siguiente paso. Aquel breve intercambio le permitió avanzar sin pensar en el dolor que ascendía desde sus tobillos.

Pronto comenzó a percibirse una presencia distinta entre la vegetación. Pequeñas aves saltaban de rama en rama sobre el grupo. Insectos de alas brillantes se detenían en los troncos a su paso, y varios animales diminutos asomaban el hocico entre las raíces antes de desaparecer en la espesura. Sus movimientos parecían dispersos, pero todos se adelantaban en la misma dirección.

Llevaban noticias.

Las Portadoras se detuvieron ante un muro de raíces entrelazadas. La mayor apoyó las dos manos sobre ellas y el entramado se abrió con lentitud. Al otro lado se extendía un claro recogido, protegido bajo una bóveda de ramas tan espesa que la luz descendía teñida de verde.

Pentandra se alzaba en el centro.

El árbol primigenio superaba en altura a cuantos lo rodeaban. Su tronco necesitaba decenas de brazos para ser rodeado y la corteza negra estaba surcada por vetas rojizas que ascendían hasta perderse entre las ramas. De su copa pendían flores de numerosos colores: algunas rojas y abiertas, otras amarillas y encogidas sobre sí mismas; también había unas pocas tan oscuras que apenas podían distinguirse entre las hojas.

Cada una había nacido de una confidencia entregada a Vandrell. Pentandra se alimentaba de cuanto los habitantes de la Jungla se atrevían a contar y conservaba sus secretos convertidos en flores.

Las Portadoras inclinaron la cabeza. Su cometido terminaba ante las raíces del árbol primigenio. Una de ellas ayudó a Ramia a mantener el equilibrio mientras las otras comprobaban que Deralya pudiera sostenerse sin dificultad. Después retrocedieron y se internaron en la espesura. Los collares de semillas dejaron de sonar mucho antes de que sus figuras desaparecieran.

Durante unos instantes, nadie se movió.

Las pequeñas criaturas que los habían acompañado fueron reuniéndose alrededor del claro. Un pájaro se posó sobre una de las raíces; dos roedores se asomaron entre el musgo y una mariposa de alas transparentes quedó suspendida frente a la hendidura que recorría la base de Pentandra.

Entonces la corteza se abrió.

De aquella profundidad emergió una figura alta, encarnada en madera viva. Su cuerpo tenía la forma retorcida de un tronco antiguo, aunque de sus hombros brotaban ramas jóvenes cargadas de hojas. El musgo cubría parte de su rostro y en el centro brillaban dos ojos de ámbar. Cada movimiento hacía crujir su corteza y liberaba un aroma a lluvia reciente.

Era Vandrell, el Espíritu Protector de los faunos, el Espíritu Arbóreo que habitaba en Pentandra y guardaba los secretos de la Jungla Esmeralda.

Vandrell inclinó la cabeza hacia las criaturas congregadas. Escuchó sus gorjeos, chillidos y roces con una atención absoluta. Uno tras otro, los animales le entregaron cuanto habían visto desde la apertura del paso natural. Cuando el último pájaro terminó su canto, el Espíritu clavó sus ojos en los recién llegados.

—Pentandra sintió vuestra llegada antes de que tocarais su tierra —dijo—. Las raíces me hablaron del umbral. Las Portadoras, del veneno antiguo que sometía este cuerpo. Los animales me han contado el resto.

Su mirada se detuvo en cada uno de ellos.

—Ramia, la guardabosques que abrió un sendero vivo con un solo dedo. Grahim, el impromago Natura que enseña entre los muros de una torre. Quercus, Pezuña de Roble, que ha regresado sosteniendo las vidas que se negaba a abandonar. Y Deralya, cuyas alas continuaron batiendo cuando la magia trató de quebrarlas.

La verdiplumas bajó la cabeza al escuchar su nombre.

—Cuatro llegasteis —continuó Vandrell— y ninguno ha pasado inadvertido. La Jungla ya me ha contado lo que habéis sufrido. Ahora quiero conocer aquello que ella no puede descubrir por vosotros: qué buscáis y qué verdad habéis traído hasta Pentandra.

Ramia soltó el brazo de Quercus. Las piernas le temblaron, pero consiguió permanecer erguida frente al Espíritu.

—Nadie nos envió —respondió. Su voz todavía era débil y cada palabra le exigía aire—. Huíamos de Karkaddan. Abrí el paso porque este era el único lugar al que podía conducirnos.

Vandrell aguardó. El silencio se prolongó hasta que Ramia comprendió que aquella explicación no bastaba.

—Pentandra nos ha salvado —añadió—. Sin embargo, una parte del hechizo continúa dentro de mí. Temo que Karkaddan pueda cerrarme el cuerpo otra vez y que, la próxima vez, no quede ningún dedo capaz de obedecerme.

En algún lugar de la copa se escuchó el chasquido de una rama. Un capullo nuevo brotó entre las hojas y comenzó a abrirse.

Vandrell alzó la vista hacia él.

—Ahora sí has respondido. Una verdad entregada conserva más valor que una deuda pronunciada con solemnidad. Pentandra recordará la tuya.

Después dirigió su atención hacia Grahim.

El impromago se irguió cuanto le permitieron las fuerzas.

—Mi nombre es Grahim. Soy impromago de la casta Natura y profesor en la Torre Arkhana e impromago por convicción y, en ocasiones, también por defecto.

Los ojos de ámbar se estrecharon ligeramente. Grahim sospechó que aquello era lo más parecido a una sonrisa que iba a recibir.

—No tengo un mandato del Archimago —continuó— y no puedo comprometer a la Torre en su nombre. Puedo llevar hasta Kórux cuanto averigüe aquí, ofrecer mi testimonio y defender ante él la necesidad de actuar. Si eso os sirve, la Torre no permanecerá ignorante por mi silencio.

—Una voz no adquiere autoridad porque sea la única presente —señaló Vandrell.

—Lo sé.

—Entonces conservaré esa diferencia junto a tus palabras. Los secretos pierden su utilidad cuando alguien los adorna para hacerlos más importantes.

Grahim asintió.

—En ese caso, nos entenderemos bastante bien.

Por último, Vandrell miró a Quercus. El fauno separó los pies, enderezó la espalda y sostuvo su mirada. El Espíritu no le preguntó quién era ni a quién servía. Édera lo había escogido para representarla ante la Dama Blanca en la Aguja de Nácar. Quercus había ocupado aquel lugar sin apartar la atención de los peligros que amenazaban el equilibrio faérico. Su lealtad ya había sido puesta a prueba lejos de la Jungla.

—A ti te conocemos —dijo Vandrell—. Pentandra recuerda el día en que Édera confió su voz a Pezuña de Roble y lo envió más allá de sus raíces. También sabe que has regresado.

Quercus inclinó la cabeza.

—Sigo siendo leal a mi pueblo.

—La lealtad debe permanecer despierta para conservar su valor. Pronto tendrás ocasión de demostrarlo.

Una rama se inclinó sobre Vandrell. El Espíritu alzó la mano y permitió que una hoja se apoyara en sus dedos. Su expresión se endureció al recibir el mensaje que circulaba por ella.

—Édera os espera en la Raíz Serena. La Dama Esmeralda tolera mal que las respuestas tarden en llegar y detesta aún más sospechar que alguien pretende administrárselas. Conviene que no le ofrezcamos ninguna de las dos cosas.

Vandrell extendió los brazos. De sus dedos brotaron lianas delgadas que se deslizaron por el aire y formaron un círculo alrededor de Ramia, Grahim, Quercus y Deralya. La verdiplumas agitó las alas con inquietud. Quercus apoyó una mano sobre su cuello para tranquilizarla.

El Espíritu entonó un canto grave e irregular. Cada nota se transmitió a Pentandra y descendió por su tronco hasta alcanzar las raíces. El suelo cedió bajo los viajeros, aunque ninguno llegó a caer. Una envoltura de corteza y hojas se cerró alrededor de ellos, los condujo por la red viva del árbol primigenio y volvió a abrirse apenas un latido después.

Los cuatro aparecieron juntos en el corazón del territorio fauno. El barro del camino continuaba adherido a sus pies y el temblor de Ramia no había desaparecido: Vandrell los había trasladado físicamente a través de las raíces de Pentandra.

Ante ellos se alzaba la Raíz Serena.


256 – SIGUIENDO LAS REGLAS AL PIE DE LA LETRA

Personajes que aparecen en este relato

SIGUIENDO LAS REGLAS AL PIE DE LA LETRA

Sámara corría sin aliento. El dolor le trepaba por las piernas. Tropezaba, recuperaba el equilibrio y seguía adelante, empujada por las risas que sonaban cada vez más cerca. Si caía, la alcanzarían. A su paso, las raíces y las ramas que tantas veces habían protegido al clan permanecían inmóviles. El Bosque Perdido de la Desconexión la estaba dejando sola.

Aquel bosque había sido su hogar, su refugio y la cuna de las historias del clan. Pero desde el despertar del Inframundo, ya no todo el bosque era suyo. Había zonas donde la magia zíngara no penetraba, donde los árboles élficos —seres ancestrales transformados en árboles, cuya esencia alimentaba el poder oscuro de los zíngaros— habían muerto o desaparecido. Eran heridas abiertas en el corazón del bosque, lugares en los que los zíngaros ya no entraban sin miedo.

Y Sámara acababa de cruzar uno de esos lugares.

La quietud entre los troncos resultaba antinatural. El canto de las aves había cesado y las hojas permanecían rígidas, ajenas al viento. Solo quedaban la bruma pegajosa y el eco de unas risas nacidas de algo profundo y miserable.

Eran pocos, pero bastaban. Bandidos sin patria ni memoria. El Orbe de la Confusión los había arrancado de cuevas, mazmorras y rincones olvidados de Calamburia y del Inframundo para arrojarlos en mitad del bosque, lejos de cuanto conocían. Llevaban demasiado tiempo desorientados y hambrientos. Poco a poco, el miedo había consumido los últimos restos de humanidad que conservaban. Sus miradas vidriosas, los labios entreabiertos y las manos extendidas revelaban sus intenciones. Corrían tras ella empujados por un ansia ciega, sin órdenes ni conciencia.

Uno de ellos se lanzó sobre ella. Sámara se zafó con un giro torpe y alcanzó la vara de sonajas que llevaba sujeta al cinturón. Logró sacarla, pero tropezó antes de afianzarla entre los dedos. La vara cayó y rebotó pendiente abajo. Sámara perdió el equilibrio, cayó de lado y rodó tras ella hasta un claro donde no crecía nada.

La tierra estaba húmeda y caliente. Entre las piedras dispersas se filtraba un intenso olor a azufre.

Y allí estaba él.

Una figura alta, erguida sobre una roca baja, envuelta en una jopula oscura que ondeaba sin viento. Dos cuernos curvos sobresalían de su frente y sus ojos, rojos y encendidos, seguían cada movimiento de la joven. Una sonrisa cruel tensaba sus labios. A su alrededor, los bandidos se detenían… y esperaban. Aguardaban su permiso.

Sámara se arrastró hacia atrás con la respiración entrecortada y buscó la vara de sonajas. Estaba allí, a un par de metros, medio hundida en la tierra.

Uno de los hombres descendió hasta el claro. Los demás lo siguieron. Sámara intentó levantarse, pero una punzada le atravesó el tobillo y volvió a caer. El primero la alcanzó y le agarró la falda. Otro se inclinó sobre ella con las manos extendidas.

Sámara comprendió lo que pretendían.

Un grito le desgarró la garganta y atravesó el claro con la fuerza de las voces que acompañaban los funerales, los nacimientos y las danzas de defensa del clan.

Clavó los dedos en la tierra y se impulsó hacia la vara. La alcanzó cuando una mano ya se cerraba sobre su tobillo. Aferró el mango y la sacudió con todas sus fuerzas.

Las sonajas metálicas rompieron la quietud con un golpe seco.

El eco metálico se extendió por el claro y se perdió entre los árboles. Sámara sintió una punzada junto al ojo izquierdo. Un ardor repentino le recorrió la sien.

La marca arcana —el sello de quienes nacían con el don de la magia— se iluminó sobre su piel. Aquella señal había crecido con ella, distinguiéndola de los demás zíngaros. Los del clan del Cuervo se habían encargado de convertir esa diferencia en motivo de burla y desprecio. Sámara había aprendido a odiarla, aunque también le recordaba que los suyos habían luchado para que nadie pudiera apartarla de ellos.

Una luz blanca recorrió las líneas de la marca y ascendió hacia la frente. Aquel resplandor no pertenecía a la magia oscura de los zíngaros.

Por primera vez, la marca actuó por su cuenta.

Las sonajas temblaron dentro de su puño, aunque Sámara ya había dejado de moverlas. El aire se volvió denso a su alrededor. Los bandidos retrocedieron, desconcertados, mientras la energía crecía dentro de ella hasta resultar insoportable.

Y entonces, su poder se desató.

La tierra se sacudió. Una onda de energía barrió el claro. Los cuerpos salieron despedidos antes de poder gritar. Sámara sintió que la vara escapaba de sus dedos. La luz desapareció de golpe y el mundo se apagó con ella.

Todos perdieron el sentido. Incluida la joven zíngara.

—Vaya, por fin —dijo una voz desde un extremo del claro.

Apoyado contra el tronco de un árbol oscuro, Barastyr la observaba con los brazos cruzados y las manos ocultas en las anchas mangas de su túnica. El brocado negro y granate formaba dibujos intrincados sobre la tela, y una gruesa banda de pelo negro le cruzaba el pecho. La oscuridad que cubría su ojo derecho endurecía aún más sus facciones, enmarcadas por una barba corta y canosa.

Caminó hacia la figura de la roca con pasos firmes. El ser cornudo no se movió. Su sonrisa permaneció intacta.

—Compórtate, Áxbalor —dijo Barastyr, con voz grave—. No estás en tu báculo.

El demonio ladeó la cabeza, divertido.

—Solo la estaba ayudando a recordar quién es.

Barastyr soltó un leve resoplido de desaprobación y dirigió la mirada hacia Sámara.

Ella estaba en el suelo. Inconsciente. La vara de sonajas había quedado junto a su mano y la marca aún despedía débiles destellos.

Barastyr la miró largo rato. Cuando se acercó a ella, su rostro adquirió una expresión serena, casi paternal. Se inclinó y le ofreció la mano.

—Vamos, joven zíngara —dijo con un susurro grave—. Tu madre te espera en casa.

Las palabras penetraron poco a poco en su aturdimiento. Sámara abrió los ojos sin comprender qué había sucedido. Al reconocer al consejero, aceptó su mano, se incorporó con dificultad y echó a andar junto a él.

El sendero se estrechaba entre troncos nudosos y raíces que parecían emerger para poner a prueba cada paso. Barastyr avanzaba en silencio, sin mirar atrás. Sámara lo seguía con la vara de sonajas apretada contra el pecho, todavía aturdida y sin atreverse a hacer preguntas.

Había sacudido la vara con la esperanza de que el bosque acudiera a su llamada, pero este no había respondido. Algo había sofocado la magia de aquel lugar. Los hombres, mientras tanto, parecían dominados por una violencia y un deseo enfermizos, despojados de cualquier límite. Sámara había comprendido entonces que no podía defenderse.

Sin embargo, algo distinto había despertado bajo su piel. El ardor persistía junto al ojo izquierdo, en la marca que su madre se había esforzado por ocultar desde su nacimiento. Aquel poder había brotado sin pedirle permiso.

Desde que le arrebató a un mago el libro titulado Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, escrito por Ailfrid, practicaba a escondidas cada uno de sus hechizos. Ninguno había respondido. Con el tiempo, había llegado a creer que su don solo podía manifestarse a través de la magia zíngara.

Lo sucedido en el claro acababa de demostrarle que estaba equivocada.

Aquella descarga no pertenecía a la magia zíngara. Sámara reconoció en ella algo que había leído una y otra vez en el tratado de Ailfrid, aunque hasta entonces nunca hubiera comprendido sus palabras.

«A veces, la polimorfosis no elige cuerpo, sino impulso. No crea figura, sino intención. Cuando la voluntad no sabe qué ser… se convierte en lo que necesita ser. Y eso —aunque no tenga forma— sigue siendo magia viva».

—Ailfrid, Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, capítulo VI.

En el claro, su miedo había respondido antes que ella. Se había convertido en una fuerza capaz de apartar cuanto trataba de someterla.

Cuando el bosque empezó a despejarse, Sámara reconoció el lugar antes de alcanzar a verlo. El olor de los braseros y el tintineo de las cuentas rituales llegaban hasta el sendero. El poblado zíngaro surgía entre los árboles: tiendas bajas de tela teñida con colores vibrantes, braseros encendidos con fuego azul, tótems de hueso y cuentas, círculos rituales trazados en la tierra que nadie debía cruzar sin permiso. Era su hogar, el lugar donde había nacido.

Los zíngaros que custodiaban la entrada no se acercaron. Vieron a Barastyr y se hicieron a un lado. Uno de ellos entonó algo en voz baja —una frase ritual, una bienvenida o quizás una advertencia— y luego se alejó sin dar la espalda.

Una expectación solemne cubría el campamento. Nadie se cruzó en su camino, pero las miradas los siguieron desde las tiendas y los braseros. Sámara sintió que todos esperaban algo.

Y entonces la vio.

De pie junto al fuego central, con la espalda recta y los ojos firmes, estaba Kálima, su madre.

Las llamas iluminaban sus facciones. Llevaba la pandereta apoyada contra la cadera y el cabello oscuro le caía suelto por la espalda. Al ver a su hija cubierta de tierra, algo vaciló en sus ojos, aunque su cuerpo permaneció inmóvil.

Sámara se detuvo un instante y luego corrió hacia ella. La vara de sonajas pendía de una mano; tendió la otra hacia su madre, buscando el refugio que había imaginado durante todo el camino.

Pero Kálima no la abrazó.

Durante un segundo pareció dispuesta a hacerlo. Entonces miró a la figura que aguardaba tras ella y retrocedió.

Amunet, emperatriz de los Dos Mundos, contemplaba la escena en silencio. La antigua corona de los reyes de Ámbar ceñía su cabeza. Mantenía una mano a la espalda y con la otra sostenía su báculo, en cuya punta se agitaba una luz rojiza.

Sámara quedó inclinada hacia su madre, con la mano todavía extendida y los ojos húmedos. El gesto de Kálima le dolió más que la caída en el bosque.

Arnaldo apareció a su lado.

Su hermano, siempre serio, la rodeó con los brazos antes de que pudiera reaccionar. No dijo nada. La sostuvo con fuerza y Sámara escondió el rostro en su hombro. Al fin se permitió temblar.

A su alrededor, nadie se movió. Todos sabían que el trato estaba a punto de cerrarse.

El fuego central crepitaba, y su luz alargaba sobre la tierra las sombras de los zíngaros reunidos.

Amunet permanecía erguida bajo la noche. Cada vez quedaba menos en ella de la niña que un día había alzado la voz para proclamarse emperatriz del Inframundo.

Dentro de ella, Nexara, señora de la intromisión, extendió sus sentidos. Gracias al poder de la súcuba, Amunet podía deslizarse en una mente ajena sin pronunciar una sola palabra. Cerró los ojos y buscó la conciencia de Áxbalor.

—¿Áxbalor? —lo llamó desde el pensamiento—. ¿Sigues ahí?

Una risa leve, casi perezosa, respondió en su mente.

—Siempre estoy, mi reina. Observaba cómo cada pieza ocupaba su lugar.

—No te demores en llegar. El plan ha funcionado.

—Lo sé. Barastyr ha silenciado el bosque y yo he avivado la violencia y el deseo de esos hombres. El miedo ha despertado la marca, tal y como esperábamos. Los zíngaros creen que Barastyr ha salvado a la muchacha y la deuda ya empieza a pesar sobre ellos. Sámara puede ser la llave que necesitamos.

—¿Y los suyos?

—Han visto exactamente lo que queríamos que vieran. Nadie desconfía del héroe que aparece en el último instante. Y menos si es el bueno de Barastyr. El engaño ha sido perfecto.

Amunet asintió una sola vez. Nexara retiró sus sentidos y las voces desaparecieron de su cabeza. Cuando abrió los ojos, el poblado continuaba expectante.

Kálima fue la primera en moverse. Mantuvo el mentón alto, aunque su mirada se detuvo un instante en Sámara, que aún permanecía entre los brazos de Arnaldo.

—Gracias, consejero —dijo, mirando a Barastyr—. Habéis salvado a mi hija. Como matriarca, os aseguro que el pueblo zíngaro no olvidará lo que habéis hecho.

Barastyr inclinó la cabeza, y su sonrisa no dejaba claro si era cortesía o sentencia.

—No hay nada que agradecer, matriarca. Solo soy un pobre consejero que pasaba por ahí. Apenas hice nada. Vuestra hija ha demostrado ser muy valiente… y poseer un talento poco común para la magia. —Entonces bajó la voz hasta casi un susurro, lo justo para que solo Kálima pudiera oírlo—. Una suerte que no hayáis tenido que entregarla a la Torre… todavía.

Amunet no intervino. Observaba. Medía. Calculaba.

Los dedos de Kálima se cerraron alrededor del mango de su pandereta. Durante años había mantenido a Sámara lejos de la Torre Arkhana, pero aquella amenaza nunca había desaparecido. Alzó el mentón y sostuvo la mirada del consejero.

—Mi hija responderá como pedís. Si su marca puede serviros, Sámara cumplirá con su deber. No hay deuda que un zíngaro no pague.

—¡Pero madre…! —Sámara se apartó de Arnaldo y se atrevió a intervenir—. Yo no quiero irme. No otra vez.

Barastyr entornó los ojos.

—Qué honorables sois cuando os conviene, matriarca.

Kálima lo ignoró. Se giró hacia Amunet con la dignidad intacta.

—Mi hijo ya ha demostrado su valía. En el Bastión Colby sostuvo el foco arcano que permitió vuestro traslado. Entregamos el Zafiro Vincular, una reliquia de nuestros ancestros, y no dudamos en ponerlo al servicio de vuestra causa.

Arnaldo dio un paso al frente.

—Para mí fue un honor servir como salvoconducto a la emperatriz. Mi hermana cumplirá ahora con su deber. Somos hijos del Cuervo. Caminamos entre las sombras y ponemos nuestro poder al servicio de vuestra causa. Como futuro patriarca, os aseguro que nuestro pueblo no os fallará. Ya logramos que el rey Rodrigo revelara quién estaba detrás de todo: la directora Minerva.

Sámara aún sentía en los hombros la fuerza con la que Arnaldo la había abrazado. Escucharlo decidir por ella le dolió más de lo que esperaba.

—¡Hermano, por favor…! —protestó Sámara—. Yo no soy como tú. No estoy preparada. No sé qué hacer con esto que me pasa.

Arnaldo la miró con firmeza.

—Tienes que ser valiente. La emperatriz sabrá valorar tu gesto.

Kálima se acercó a Sámara.

—Mi hijo ha sido fiel a la causa. Mi hija lo será también. Cumpliremos cuanto se nos pida. Los zíngaros no olvidan… ni incumplen su palabra.

Amunet se volvió hacia Kálima y asintió con lentitud, complacida.

—Entonces está decidido. Sámara vendrá conmigo. Su marca será la llave que nos permita entrar en la Torre y encontrar a esa metomentodo de Minerva.

Barastyr dejó escapar una risa breve.

—En ese caso, yo mismo os guiaré. —Se acomodó las mangas con gesto teatral—. Dicen que nadie conoce la Torre como los eruditos de antaño. Yo me limito a conocer sus trampas. Recorrí los sótanos de Skuchaín y caminé junto a Érebos cuando su nombre todavía no inspiraba miedo. —Hizo una pausa y ladeó la sonrisa—. Me seduce la idea de volver a ver aquellos pasillos.

Amunet esperó a que Barastyr terminara. Después, volvió a mirar a Kálima.

—Tu hijo también vendrá con nosotros. Ese muchacho —añadió, posando sobre Arnaldo una mirada cargada de malicia— tiene que aprender lo que significa ser patriarca.

255 – LA INFRANQUEABLE TORRE DE MAGIA

Personajes que aparecen en este relato

LA INFRANQUEABLE TORRE DE MAGIA

—¿Y cómo habéis conseguido entrar?

La voz de Aurora Sibyla cortó el aire sin ceremonias. Los tres hermanos estaban reunidos en lo más alto de la Torre Arkhana, sobre una de las terrazas circulares que dominaban las tierras de Skuchaín, rodeados de viento y piedra encantada. Las nubes reptaban por debajo de sus pies y el cielo mostraba el azul opaco de los lugares saturados de magia.

Periandro no respondió enseguida. Miró el horizonte durante un instante. En la lejanía, la luz curvaba sus límites y Calamburia parecía contraerse bajo el peso de lo que se avecinaba.

—Con mi marca —dijo al fin, llevándose dos dedos a la frente, donde el dibujo arcano permanecía grabado en su piel—. Al cruzar las defensas, volvió a brillar y me abrió el paso. La Torre todavía me reconoce.

Aurora siguió el gesto de su hermano. Por instinto, se tocó el mismo lugar, pero bajo sus dedos solo encontró piel. Retiró la mano enseguida.

—¿Y ella? —añadió, señalando con un leve gesto a Carmélida—. Porque te recuerdo que solo a ti te brotó la marca. ¿No recuerdas? Siempre has sido el especial.

El tono arrastraba años de agravios que ninguno necesitaba nombrar y que todavía dolían al menor roce. 

Carmélida no pareció sorprendida.

—¿En serio preguntas eso? —respondió con calma—. No atravesé las defensas a ciegas. Las entendí. ¿O ya has olvidado que las diseñamos juntas?

Aurora la observó sin moverse, sin asentir.

—Sí, ahora están reforzadas con una piedra mágica —añadió Carmélida—. Lo noté. Es una mejora elegante. Pero la estructura sigue siendo la misma. El conjuro base no ha cambiado, y una alquimista que conoce el corazón de un hechizo siempre puede descifrar las capas que lo protegen.

Una ráfaga más violenta barrió la terraza y agitó sus ropas.

—Creí que nunca volverías a pisar este lugar —murmuró entonces Aurora, sin mirarles.

—Yo también lo creí —dijo Carmélida—. Pero hemos dejado atrás el tiempo de las promesas rotas. Ahora debemos actuar.

Ninguno añadió nada más. El silencio espesó aún más la tensión entre ellos. El viento seguía rugiendo alrededor de las almenas, pero los Sibyla ya descendían por la espiral de piedra que conectaba la terraza con los niveles interiores. Nadie les dirigió la palabra. Nadie osó detenerlos.

Poco después, entraron en el salón superior.

Aurora se detuvo junto a una de las columnas centrales. La luz hechizada de los vitrales parpadeaba sobre sus mejillas. Un zumbido leve recorría los muros, señal de que la Torre seguía conteniendo los embates mágicos del exterior. Cada vez que la vibración aumentaba, alzaba la vista hacia la bóveda.

—La situación es insostenible —dijo sin rodeos—. Judäthyn y los demás druidas contienen los flujos de magia natural que rodean la Torre. Mantienen el equilibrio con todas sus fuerzas, pero desde la traición de Drëgo no nos fiamos de ninguna conexión con el Reino Faérico. Aodhan y los guardabosques vigilan los portales. Allí también están en guerra; cualquier alteración en los anclajes podría abrir una brecha y hacernos perderlo todo.

Periandro frunció el ceño. Desde hacía semanas, el nombre de Drëgo contaminaba cada informe que recibía. Aurora continuó con mayor gravedad.

—Los profesores Férula y Gónagan siguen activos. Se han hecho cargo de los estudiantes y coordinan al resto de profesores y eruditos. Custodian la biblioteca de conjuros menores, vigilan los portales internos y tratan de mantener la calma como pueden. No descansan desde hace días. Los jóvenes tienen miedo, Periandro. Un miedo que ya no saben ocultar. En esta Torre todavía hay niños que jamás deberían haber conocido una guerra y que ahora ni siquiera pueden marcharse.

Aurora tomó aire antes de continuar.

—Ramia cruzó al Reino Faérico con Grahim. Sabemos que llegaron a la Jungla Esmeralda acompañados por un fauno, pero allí perdimos su rastro. Nadie ha vuelto a verlos. Ignoramos si se ocultaron por voluntad propia o si algo salió mal.

Carmélida apretó la mandíbula y apartó la mirada. El nombre de Ramia avivó una rabia que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

—Esa niñata… —masculló Carmélida, apenas audible—. Por su culpa. Y por la de los otros dos…

Guardó silencio el tiempo justo para tragarse la rabia.

—¿Y la red de alquimia? —preguntó entonces, con tono firme, ya recompuesta.

—Caelen y Calum la sostienen como pueden —respondió Aurora—. La red de viales de contención sigue operativa, aunque las reservas de ingredientes menguan cada día. Aun así, consiguen improvisar defensas. Se mantienen en contacto con Amestrys, que sigue enviando señales desde el Faro, donde se encuentra nuestra tía Minerva. Gracias a su trabajo conjunto, la Torre sigue anclada a planos seguros. Han hecho un esfuerzo titánico, Carmélida. Tú lo sabes mejor que nadie: sin ese anclaje, ya habríamos sido arrastrados por la distorsión. Pero no durará.

Periandro alzó una mano con un gesto brusco y la interrumpió.

—Podrías haberlo resumido. No tenemos tiempo para informes de aula. Hay una sola urgencia. Minerva debe saber lo que pasa.

Aurora lo miró. Durante un instante, pareció contenerse, pero la furia terminó por abrirse paso. Cuando respondió, su voz había perdido el temple de la hermana sensata.

—Claro. Ahora también decides cuándo y cómo debemos informar. Como siempre: das órdenes desde tu pedestal sin saber lo que cuesta sostener este lugar mientras todo se desmorona. ¿Y sabes lo que eres, Periandro? Un arrogante y un cretino. Nunca has consolado a un alumno aterrorizado ni has tenido que enterrar a uno de los nuestros. Caminas por encima de todos, convencido de que tu marca te convierte en el único capaz de salvarnos. Solo apareces cuando toca pronunciar un discurso y fingir que eres un héroe. Y ni siquiera eso sabes hacerlo bien.

Carmélida dejó escapar una risa seca.

—Qué carácter, hermana. Y yo que pensaba que eras una mosquita muerta. ¿Será que la Torre también te está cambiando?

Aurora se cruzó de brazos. La tensión de sus hombros revelaba que la ira seguía allí, buscando una nueva salida. Periandro la ignoró y caminó hacia el altar de comunicación. En el pedestal central reposaba un pequeño cubo de cuarzo azul. Apoyó la varita junto a él y extendió la mano izquierda sobre su superficie encantada.

La sala se inundó de luz azul. El cubo palpitó bajo la mano de Periandro y una presión invisible recorrió las grietas de los muros. La magia parecía a punto de desbordarse.

Cuando iba a pronunciar la primera sílaba del encantamiento, la puerta se abrió con un chirrido. Baufren, el duende mayor, entró en el salón.

—¡Qué alegría veros juntos! —exclamó Baufren sin perder la sonrisa—. Desde que resolvimos lo de Eme y la piedra oscura no os veía reunidos. Los tres hermanos Sibyla, juntos otra vez. Vuestra tía debe de estar orgullosa. Me alegra el alma, de verdad. La Torre os necesita a los tres.

—¡Fuera! —gruñó Periandro, sin girarse.

Baufren se detuvo en el umbral. La sonrisa se le borró del rostro.

—Pero, Periandro… ¿no me reconoces? Soy Baufren, miembro del claustro. Fui profesor tuyo. Te puse dos matrículas de honor… ¡dos! Y te recomendé para este puesto, ¿lo has olvidado?

Periandro se giró por fin. Las palabras de Baufren habían encendido aún más su ira.

—¡Márchate de una vez! ¡Eres un maldito duende, una creación mágica defectuosa! No eres natural y nadie te necesita aquí.

Periandro alzó la varita.

—¡Vis repulsionis!

La descarga brotó con un golpe seco. Una ráfaga de energía envolvió a Baufren y lo arrojó de espaldas fuera del salón. La puerta se cerró tras él con un portazo que resonó por toda la planta.

El eco se extinguió y nadie habló.

—Ya era hora —escupió Periandro, casi sin aire.

Luego respiró hondo y dictó el mensaje mientras la magia volvía a concentrarse en el cubo de cuarzo del altar.

—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchaín. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.

La luz se extinguió. El cubo de cuarzo quedó inmóvil bajo la mano de Periandro y ninguno de los tres dijo nada.

El aire permaneció denso, impregnado de una inquietud que el mensaje no había logrado disipar.

Un crujido seco quebró el silencio.

El sonido nació en las alturas del salón. El tejido mágico de la Torre se tensó y una fisura invisible recorrió la bóveda. Algo había atravesado sus defensas por un punto imposible de localizar.

Y entonces se oyó la voz.

—No es forma de tratar a los que más te quieren…

El sonido descendió desde la bóveda, suave y burlón, cargado de la calma de quien llevaba siglos esperando aquel momento.

—Qué vergüenza sentiría vuestra tía de vosotros tres.

Periandro, Aurora y Carmélida alzaron la vista al mismo tiempo. Una figura surgió de las sombras de la bóveda y descendió envuelta en un humo denso de color vino. Se deslizó hacia ellos ajena a la gravedad, con una lentitud calculada.

Áxbalor.

Era uno de los Seis Altos Demonios, señor de la seducción, corruptor de voluntades y artífice del caos emocional. Su presencia avivaba las pasiones, quebraba las lealtades y transformaba los vínculos más profundos en armas contra quienes los habían forjado.

De su cabeza surgían dos cuernos retorcidos y simétricos, de marfil ennegrecido, recorridos por vetas de sombra que latían al ritmo de su respiración. Una franja de ceniza atravesaba su rostro desde la sien derecha hasta la comisura de los labios y dibujaba una equis quebrada, demasiado precisa para ser una cicatriz.

En sus manos, una esfera de fuego latente palpitaba sin emitir sonido. Con cada pulsación, las sombras del salón adquirían un resplandor rojizo.

A su lado aparecieron dos zíngaras.

La primera avanzó con paso firme y la mirada resuelta. El cabello oscuro le caía suelto sobre los hombros, agitado por el aire espeso del salón. En una mano empuñaba una pandereta en forma de luna, decorada con aros metálicos y jirones de tela. La sostenía a la altura del pecho, preparada para utilizarla.

La segunda caminaba unos pasos por detrás. Sus movimientos eran tensos y mantenía los ojos demasiado abiertos. El cabello le caía desordenado sobre el rostro y apretaba los labios para contener el temblor de su respiración. A pesar del miedo, continuó avanzando.

Eran Kálima, la matriarca zíngara, y Sámara, su hija.

Kálima extendió la mano y dejó caer un puñado de polvo gris azulado. Una corriente invisible lo dispersó por el salón con precisión ritual.

Carmélida trató de retroceder, pero sus piernas dejaron de responder. Periandro quiso alzar la varita, aunque los dedos habían perdido la fuerza necesaria para manejarla. Aurora alcanzó a pronunciar una maldición antes de que las rodillas le cedieran.

Kálima recitó el conjuro zíngaro en un susurro mientras hacía sonar la pandereta con un ritmo suave y melódico. Las palabras fluían en una lengua ancestral con la cadencia de una vieja canción de cuna. Cada sílaba se aferraba a sus mentes y tejía alrededor de ellas una red invisible.

Los hermanos Sibyla fueron cediendo uno tras otro, aplastados por un peso interior. El odio avivado por Áxbalor había consumido sus fuerzas y apenas les quedaba voluntad para sostenerse.

—Tu don es extraordinario —murmuró Kálima a Áxbalor, sin apartar la mirada de los cuerpos que se desplomaban lentamente—. Les has hecho odiarse en cuestión de minutos.

—No ha sido difícil —respondió él, complacido—. Solo había que empujar lo que ya existía.

Áxbalor fijó la mirada en Sámara. La joven temblaba con los ojos clavados en el suelo y la respiración entrecortada. Evitaba mirar a los hermanos derribados.

El demonio sonrió y liberó su poder.

Sámara alzó la barbilla. El temblor cesó y un orgullo ajeno endureció sus facciones. Contempló los cuerpos tendidos con una seguridad nueva, convencida de que lo que acababan de hacer había sido necesario y justo.

En ese momento, dos nuevas figuras cruzaron el umbral.

Caila entró primero, con el porte sobrio y el rostro indescifrable. En una mano llevaba un zafiro envuelto en cadenas de cobre. Tras ella caminaba Tesejo, un mago de movimientos elegantes y mirada condescendiente. Un arañazo reciente le cruzaba la mejilla. Caila reparó en él.

—Eurídyce —explicó Tesejo, rozándose la herida—. No se ha tomado demasiado bien que la dejara en la Cuna de la Oscuridad.

Aurora, consciente a medias, lo reconoció. El mago oscuro se inclinó hasta acercarse a su oído.

—Qué pena, ¿verdad? Tú y yo podríamos haberlo tenido todo. Dos prodigios de la magia, guapos y poderosos. Habríamos tenido hijos perfectos: guapos como su madre y listos como su padre.

Aurora giró el rostro lo suficiente para mirarlo.

—Antes prefiero enamorarme del Leviatán. Eres un mago ridículo, ignorante y de pacotilla.

Tesejo recibió el insulto con la satisfacción de quien había obtenido exactamente la respuesta que esperaba.

Caila avanzó en silencio hasta el pedestal de comunicaciones. Sin pedir permiso, introdujo la mano entre los engarces y extrajo una de las piedras ancladas. En su lugar encajó el zafiro ceñido por cadenas de cobre, idéntico en tamaño, aunque destinado a otro propósito.

El brillo del pedestal varió apenas: un matiz distinto, una desviación mínima.

Lo justo para desviar el traslado.

—La tía Minerva no va a tener un viaje tan cómodo como ella creía —musitó Caila, sin levantar la mirada—. Qué disgusto se va a llevar el Archimago…

El sueño ya doblegaba a los tres hermanos. Periandro respiraba despacio; Carmélida, a tirones. Aurora aún luchaba por mantenerse consciente y, aferrándose al último resto de lucidez, murmuró:

—Pero… ¿cómo es posible… que hayáis entrado?

Áxbalor se limitó a sonreír con una serenidad aterradora.

—¿Nosotros? Nosotros solo hemos seguido las reglas… al pie de la letra.


Unos días antes, muy lejos de allí, una joven corría sin aliento por el corazón del Bosque Perdido de la Desconexión. Ignoraba que Áxbalor ya la esperaba entre los árboles.

254 – UNA CELESTINA PARA LA OSCURIDAD

Personajes que aparecen en este relato

UNA CELESTINA PARA LA OSCURIDAD

Nadie volvía al viejo molino de las afueras de Instántalor.

Desde que la Santa Hermandad declaró heréticos a Benedi Turuncu y don Juancho y quemó sus cuerpos en la rueda, aquel edificio de piedra quedó a merced del tiempo, cubierto de musgo, eco y polvo de huesos. Los pocos que se atrevían a cruzar aquellos campos evitaban siquiera mirarlo. Decían que al atardecer, cuando el sol sangraba sobre la veleta oxidada, podía escucharse el llanto de los niños que allí fueron explotados.

Tras la muerte de sus dueños, el molino se había vaciado de niños. Sin embargo, su ejemplo no desapareció con ellos. En otros rincones de Calamburia, algunos molineros continuaban ofreciendo techo a los huérfanos —o secuestrando a quienes nadie reclamaría— para obligarlos a trabajar de sol a sol.

Pero Eurídyce dormía en su interior sin miedo alguno.

Su cuerpo, envuelto en una manta vieja que olía a humedad y harina rancia, reposaba sobre un camastro improvisado con sacos de grano apelmazado por la humedad. Tenía el sueño tranquilo. Respiraba con la boca entreabierta y las manos cruzadas sobre el vientre, protegiendo algo más que su propio descanso. Su melena, un revoltijo de rizos negros y espesos, caía desordenada sobre la almohada improvisada. El caos del mundo dormía con ella.

Había aparecido allí después del estallido del Orbe de la Confusión. Nadie la había visto llegar, pero el molino no la asustaba. Al contrario: le resultaba familiar. Ella también venía de un lugar donde nadie preguntaba por los niños.

Había crecido en los rincones húmedos de un lupanar, entre madres con nombre de perfume barato y clientes con monedas herrumbrosas. Allí había aprendido a mirar sin ser vista, a hablar sin revelar, a usar la belleza como un arma y la piel como un escudo. Nunca conoció a su padre. Nunca le hizo falta.

Pero esa noche, el sueño de Eurídyce no fue plácido.

Las sombras llegaron sin viento. Entraron por los resquicios de las maderas como humo sin fragancia, como niebla sin agua. Y en cuanto se posaron sobre sus párpados cerrados, el recuerdo se quebró.

Vio a su madre, joven aún, caminando con los pies desnudos sobre barro y piedras. Lloraba. Sangraba. Huía. Y detrás, las voces. Voces de hombres. Voces de hermanas. Entre ellas se alzó la de Kálaba, pronunciando la maldición que condenaría a Kávila a envejecer al ritmo de las mujeres mortales.

—Has traicionado al clan —decía Kálaba, con la voz rota por el odio—. Y el destino te va a devolver el golpe.

El bosque se cerraba. El dolor crecía. Kávila corría, embarazada, escapando de Arnaldo, el patriarca que gobernaba entonces el clan del Cuervo y que la había obligado a beber el veneno que ella misma había preparado. Y fue en esa huida, sola y marcada, cuando su cuerpo dijo basta. Se llevó las manos al vientre, notó la sangre entre las piernas y cayó de rodillas, gritando hacia un cielo que no escuchó. El hijo que llevaba en su interior se desvanecía, arrancado por la crueldad de Arnaldo, borrado antes de ser.

Y aunque Eurídyce nunca lo supo, algo de esa vida perdida siempre la había acompañado. En la fiebre, en los silencios, en las pesadillas. Como si en algún rincón del alma le faltara una mitad no nombrada. Un hermano. Una hermana. Alguien que pudo haber nacido antes que ella. Alguien que ahora volvía, solo en sueños.

La visión cambió.

Ahora era niña de nuevo, agazapada entre las cortinas polvorientas del lupanar. Observaba, en silencio, cómo entraban los hombres: altos, bajos, viejos, nerviosos, crueles o ebrios. Uno tras otro. Y cada uno de ellos —durante un instante fugaz, infantil, desesperado— podía ser su padre. Imaginaba que uno se agachaba, que la miraba con ternura, que la tomaba en brazos y le decía que por fin había venido a buscarla. Que lo sentía. Que la había echado de menos.

Nunca ocurrió.

Los abrazos que anhelaba no estaban hechos para ella. Eran de otros. Pagados. Fingidos. Por eso aprendió a no esperar, a no preguntar. A vivir con ese hueco tibio en el pecho como quien aprende a andar descalza sobre brasas.

Y entonces, en mitad de la visión, apareció un rostro que Eurídyce no reconocía. Era oscuro como el abismo, y sus ojos eran dos brasas húmedas.

—Eres fuerte —susurró Érebos—. Pero todo poder sin causa se pudre. Ha llegado el momento de recordar lo que eres. Y lo que podrías ser.

Las sombras se retorcieron sobre sí mismas. Eurídyce despertó con un sobresalto. La veleta del molino chirriaba lentamente. El aire estaba quieto. El silencio, espeso.

Entonces lo sintió. El primer demonio ya estaba dentro.

Al principio fue solo un crujido.

Uno breve e insignificante, como una tabla vieja cediendo bajo el peso del polvo. Eurídyce permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, fingiendo que aún dormía.

Entonces la presencia se hizo más densa.

Era algo ajeno al frío y al calor: una presión, un peso en el aire. El molino parecía respirar con una boca que no tenía. Algo —o alguien— había sellado las puertas desde fuera.

Abrió los ojos. El interior era oscuro, salvo por una rendija de luz que se colaba entre las maderas. El polvo flotaba inmóvil, como suspendido en un tiempo que ya no avanzaba. Fue en ese silencio donde los oyó: unos pasos lentos, acompañados de un roce húmedo; no eran botas, sino pezuñas.

Se incorporó sin hacer ruido ni apresurarse. Deslizó la mano hasta su muslo izquierdo. Allí, bajo la tela del liguero, esperaba una daga. Y en el otro muslo, otra más. Siempre llevaba una en cada pierna, por si el enemigo era doble… o venía disfrazado de salvador.

Entonces la puerta se abrió sin violencia ni ruido. Simplemente… se deshizo.

Una sombra entró reptando. No tenía forma. No tenía rostro. Pero traía consigo la memoria de algo que no era humano.

Eurídyce no retrocedió.

—¿Venís a por mi alma? Os advierto que no la uso —espetó con voz seca.

La sombra se estremeció. Luego se alzó. Y cuando lo hizo, adquirió figura: astas retorcidas, ojos vacíos, un cuerpo que parecía hecho de humo y hueso. Tenía una boca, pero de ella no salía palabra alguna. Solo desprendía un olor a azufre, a tierra removida… y a infancia rota.

Eurídyce lanzó el primer golpe. No esperó a que atacara. Fue a la garganta —si es que tenía una—. La daga atravesó la sombra y, durante un segundo, pareció funcionar. Pero el demonio no gritó. No se encogió. Solo se curvó hacia ella… como si sonriera.

—Mierda —murmuró.

Saltó hacia atrás, rodó sobre el suelo, cogió otro saco y lo lanzó a la figura. El demonio lo ignoró. Otro apareció por la rendija. Y otro más, por el techo resquebrajado.

Los demonios pretendían rendirla mediante el agotamiento, la lentitud y el recuerdo de todas las veces que nadie había acudido a salvarla.

Entonces se escuchó un susurro bajo y áspero, apenas audible. Una lengua muerta, pero viva en cada consonante. Un canto zíngaro que hacía vibrar la madera. El ritmo arcano penetró en las rendijas del molino y estremeció hasta sus cimientos.

Un humo denso de color verde esmeralda se deslizó a través de la puerta deshecha. Giraba y danzaba bajo el mandato de una voluntad invisible. En su centro avanzaba una figura erguida, con el rostro enmarcado por dos hermosos mechones rubios y los ojos encendidos por algo más profundo que la edad. Su capa ondeaba en silencio y sus pies ni siquiera rozaban el suelo. Venía envuelta en un hechizo.

Eurídyce parpadeó.

—Kávila —susurró.

No “madre”. No “mamá”. Solo su nombre completo. Porque los nombres, como los cuchillos, también cortan.

Kávila avanzó entre el humo, alzó los brazos y, al abrazar a su hija, murmuró unas palabras en zíngaro. Solo ellas las entendieron, pero el efecto fue inmediato.

Una explosión de luz hirió la estancia y todas las sombras se deshicieron.

Uno a uno, los demonios se evaporaron como aliento sobre cristal. El molino volvió a temblar y el polvo, liberado del hechizo, volvió a caer. En el centro de la estancia solo quedaron ellas dos.

—Pensé que no volvería a verte —dijo Eurídyce, sin aflojar la daga.

—Una madre siempre encuentra a su hija —respondió Kávila, sin soltar el abrazo.

Y entonces, sin anuncio, sin pasos, sin ruido… apareció Érebos.

Cruzó el umbral como un eco que nunca se había marchado. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, los ojos clavados en la escena con una sonrisa casi respetuosa.

—Qué momento tan… conmovedor —murmuró Érebos—. Pero me temo que la oscuridad no perdona la ternura.

A su espalda, como si emergieran de la grieta misma que lo había traído, aparecieron dos figuras.

La primera era Tesejo. Caminaba con aplomo, la varita al cinto y una sonrisa apenas insinuada en el rostro. Su porte era arrogante y su elegancia, casi insultante. Llevaba una túnica negra, ceñida al cuerpo como un juramento. Había en él algo peligroso, pero seductor, como si la sombra se hubiese vestido de Impromago para acudir a una fiesta prohibida.

La segunda figura era peor.

Xezbet.

El alto demonio, Señor del Engaño y consorte de la Emperatriz de los Dos Mundos, avanzaba sin tocar el suelo, cubierto con una capa de oscuridad hilada en los telares del Inframundo. Su rostro era pálido, bellamente atroz, y sus ojos, como pozos sin fondo, parecían contener las palabras que aún no habían sido pronunciadas.

—Mi señora Kávila —dijo con una reverencia cargada de veneno—. Por fin.

Kávila no respondió. Se mantuvo firme, interponiéndose entre Eurídyce y los recién llegados.

—¿Qué queréis? Ya cumplí mi parte del trato. Le di a vuestra Emperatriz la información sobre las niñas. Amunet, en agradecimiento, me indicó dónde encontrar a mi hija: en este molino. Ahí terminaba nuestro trato. Dejadnos volver a nuestro lupanar.

Érebos alzó una ceja, divertido.

—No vinimos a atacaros ni a reteneros. Vinimos a ofrecer una oportunidad. La Emperatriz os ha observado, Kávila. Vuestra sangre, vuestro linaje, vuestra voluntad. No os teme. Os desea.

Xezbet avanzó un paso, sin apartar los ojos de ella.

—Queremos asociarnos contigo. Sirve a Amunet, Emperatriz de los Dos Mundos. Entrégale tu sangre y tu alma, y la oscuridad correrá por tus venas. Serás su aliada, su voz en la grieta. Podrás vagar entre los reinos… e incluso volver al Bosque Perdido de la Desconexión.

Kávila tragó saliva. Eurídyce habló:

—Ese bosque nos expulsó. Y no tenemos ningún interés en pactar con nadie.

Kávila la miró.

—Pero si hacemos este pacto… podríamos ser libres. Dejaríamos de ser proscritas.

—Madre, no lo hagas —dijo Eurídyce, firme.

—La oscuridad puede darte todo eso —susurró Xezbet, ya junto a ellas—, y a cambio solo exige una ofrenda. Un precio justo.

Eurídyce apretó los dientes.

—¿Qué precio?

Fue Tesejo quien lo dijo desde las sombras.

—Tú.

Una decena de demonios se materializó al instante. Eurídyce se revolvió, hundió una daga en el brazo que intentaba cerrarse alrededor de su garganta y lanzó una patada contra la mandíbula de otra criatura. Sin embargo, cada enemigo que conseguía apartar era sustituido por dos más. Brazos de humo y garras infernales terminaron por alzarla del suelo e inmovilizarla. Xezbet levantó una mano y susurró una palabra inaudible. El silencio cayó como una losa.

Del interior de su capa, extrajo un pequeño cuenco de obsidiana.

Con un gesto ágil, pasó su uña afilada por el brazo de Eurídyce. Una sola gota de sangre cayó en el cuenco y comenzó a latir con pulso propio.

El poder de Xezbet se activó.

Aquello trascendía la magia convencional. Era una habilidad más profunda: el dominio de la voluntad. Cuando Xezbet hablaba, no convencía: redefinía la verdad. Sus palabras tejían redes invisibles que se adherían al juicio de los demás. Nadie notaba el momento exacto en que empezaba a obedecerle. Pero cuando lo hacían, ya no recordaban haber pensado otra cosa.

Se inclinó hacia Kávila y susurró al oído de la zíngara. Las palabras de Xezbet se deslizaron por su mente hasta ocupar el lugar de sus propios pensamientos.

Y Kávila empezó a creer.

—Si traicionas a la Emperatriz de los Dos Mundos, tu hija morirá en el acto —dijo Érebos, sin emoción.

—Pero si sellas el pacto —añadió Xezbet, acariciando el borde del cuenco—, ella vivirá. Tú ascenderás. Seréis intocables. Ningún demonio volverá a atacaros y contaréis con la protección de Amunet.

Hizo una pausa. Sus ojos brillaron con una oscura ternura fingida.

—Y, sobre todo, te liberaremos de la maldición de Kálaba. El envejecimiento dejará de consumirte. Volverás a envejecer con la lentitud y la dignidad del linaje zíngaro. Esa condena que te hace marchitarte antes de tiempo será extirpada. Tu cuerpo, tu poder, tu nombre: todo te será devuelto.

Kávila respiraba con dificultad. Sus ojos ya no eran suyos.

—¡No escuches! ¡No los mires! ¡Recuerda quién eres! —gritó Eurídyce—. ¡Estás siendo controlada!

Pero la mano de Kávila ya estaba extendida.

Una de las uñas de Xezbet le abrió la palma derecha. La sangre brotó lentamente y cayó en el cuenco.

Nadie supo si Kávila había extendido la mano bajo el influjo de Xezbet… o si había decidido proteger a su hija a cualquier precio.

La sangre, al tocar la obsidiana, comenzó a burbujear y a latir. Después se evaporó en un suspiro carmesí que ascendió hacia el techo y alimentó el pacto recién invocado.

Entonces el aire cambió.

El humo verde de Kávila se alzó en una columna y se mezcló con la sombra densa de la oscuridad. Cuando el vórtice se cerró, el pacto quedó sellado.

La oscuridad entró en Kávila.

Y ella la recibió.

Sus ojos brillaron. Su espalda se enderezó y la oscuridad inundó sus venas. Bajo su piel, aquel poder echó raíces con la ferocidad del Bosque Perdido de la Desconexión.

Una sacudida partió el suelo. Un chirrido atravesó las vigas y arrancó astillas de los soportes. El aire se espesó hasta volver difícil cada respiración.

—No… —murmuró Xezbet, retrocediendo con los ojos desorbitados—. Esto no es parte del ritual…

El aire se rasgó.

Un remolino oscuro emergió del suelo. Carecía de viento y origen. La realidad se curvó y comenzó a temblar, a punto de quebrarse. En el centro de aquella deformación apareció una piedra negra y sólida. Unas vetas rojas palpitaban bajo su superficie y varios símbolos grabados cubrían sus bordes. Era idéntica a la que había devorado a Abraxas.

Xezbet dio un paso atrás.

No bastó.

La piedra latió y el remolino arrancó a Xezbet del suelo. Su cuerpo perdió los contornos y se disolvió dentro de la espiral hasta desaparecer en la superficie negra. Sin grito. Sin rastro. Solo quedó el cuenco, rodando hasta quedar boca arriba. Vacío.

La piedra cayó al suelo con un golpe sordo.

A los pies de Eurídyce.

Ella seguía atrapada entre los brazos de los demonios, pero la desaparición de Xezbet había debilitado su agarre. Con un último tirón de rabia, consiguió liberarse y se lanzó hacia la piedra.

No dudó. Se agachó para recogerla, pero en cuanto sus dedos tocaron su superficie, un calor abrasador le recorrió la palma. Gritó y la soltó de inmediato mientras el ardor le trepaba por las venas.

—¡Coño! ¡La puta piedra, cómo quema!

Una figura se agachó junto a ella con absoluta calma. Era un hombre alto y delgado, con los ojos de distinto color. Vestía un abrigo largo de paño desgastado y un sombrero de copa que parecía haber atravesado demasiados inviernos. Recogió la piedra con delicadeza y la sostuvo entre sus largos dedos.

—Unas manos tan lindas no están hechas para sostener algo tan ardiente —dijo con una voz serena, casi burlona, mirando a Eurídyce sin prisa.

Ella entrecerró los ojos, con la palma enrojecida por la quemadura.

—Tendrás que conocerme mejor —espetó—. Quédate cinco minutos a solas conmigo y luego hablamos de brasas, cariño. Yo he quemado a hombres solo con una caricia.

Una chispa cruzó los ojos del desconocido.

Fue entonces cuando Érebos reaccionó.

—¡No! —rugió, y su voz hizo vibrar las vigas del molino.

Alzó la mano y lanzó un zarzillo de oscuridad. La estela negra serpenteó entre las vigas y alcanzó al hombre en el brazo cuando estaba a punto de levantarse.

El desconocido giró ligeramente el rostro hacia Érebos. Su expresión permaneció ajena al miedo y la rabia. Una sonrisa mínima tensó la comisura de sus labios. Inclinó el sombrero con un leve ademán… y desapareció ante los ojos de todos.

Érebos bajó lentamente el brazo. Su expresión era una mezcla de furia contenida y humillación.

—¿De verdad? —dijo, girándose hacia Tesejo—. ¿Y tú no pensaste en usar la varita?

Tesejo encogió los hombros con fingida inocencia.

—No me pareció cortés interrumpir.

Fue entonces cuando Kávila recobró el dominio de sus pensamientos. Parpadeó varias veces y la voluntad de Xezbet comenzó a retirarse de su mente. El temblor de sus manos cesó, aunque el poder del pacto continuaba ardiendo bajo su piel. Miró su palma ensangrentada. Miró a Eurídyce. Y comprendió lo que había hecho.

Pero ya era tarde.

El pacto se había sellado.

Érebos alzó la vista, respirando hondo. Luego, sin una palabra más, se giró y comenzó a caminar hacia la salida con la misma calma con la que había llegado.

—La Emperatriz… —murmuró en voz baja—. Se va a poner furiosa cuando se entere de que alguien ha capturado a su… «cariñín».

Se volvió hacia Kávila y Eurídyce. La humillación había desaparecido de su rostro, sustituida por una frialdad implacable.

—Daños colaterales —añadió, seco—. Todo pacto tiene un precio, y hoy hemos ganado algo muy valioso: una nueva celestina para la oscuridad.

Adoptó entonces el tono reservado para las órdenes de guerra.

—Tesejo —dijo sin volverse—. Intenta ser de utilidad y llévate a Eurídyce a la Cuna de la Oscuridad. Luego ve con Caila. Juntos prepararéis la entrada a la Torre Arcana de Skuchaín con los zíngaros. Barastyr ya habrá hecho su parte.

La voz de Eurídyce, cargada de furia, impotencia y sorna, brotó sin permiso:

—¡Madre, no me jodas! ¡No puedes dejar que me lleven! Y menos él, que cuando hubo que moverse prefirió no despeinarse ese pelo relamido.

Kávila se giró hacia ella. En sus ojos aún ardía el fuego verde del pacto, pero su voz temblaba lo justo para dejar entrever la grieta.

—Haz lo que te dicen —dijo, intentando parecer firme—. Estaremos bien. El pacto me ha dado más poder del que jamás había sentido. Y ahora estarás protegida. Ningún demonio te tocará.

—Acaba rápido y ven a buscarme —susurró Eurídyce, aferrándose a su mirada, la última cuerda que todavía las mantenía unidas.

Kávila asintió, apenas.

—Eso haré, hija —respondió. Sin embargo, la culpa quebró la firmeza de aquellas palabras hasta reducirlas a una confesión muda: lo intentaré.

Tesejo se acercó arrastrando tras de sí el vuelo oscuro de su túnica. Tomó a Eurídyce por el brazo con una delicadeza casi teatral, y su sonrisa era una mezcla de cortesía y veneno.

—No te preocupes, preciosa —le dijo, en tono confidencial—. Sé cuidar muy bien de lo que me encargan.

Eurídyce lo miró con frialdad, y su voz adquirió el filo de sus dagas.

—Ponme un dedo encima y te haré tragar tu varita.

Tesejo rió, encantado por el desafío.

Desde el umbral, Érebos se detuvo una última vez. Su silueta, recortada contra la bruma del molino, parecía aún más alta, más vieja, más inevitable.

—Y tú, Kávila… —dijo con voz grave—, ven conmigo. Tenemos que torturar a una profesora que tuve en Skuchaín.