249 – ATAQUE AL FARO PARTIDO I

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ATAQUE AL FARO PARTIDO I

El Faro Partido tembló aquella madrugada.

No por el viento, ni por el eco de las olas rompiendo abajo, contra los acantilados. Fue un temblor más íntimo, más profundo. Una vibración que ascendió desde las entrañas del subsuelo, colándose por entre las piedras, por las vetas de hierro y prolita que aún dormían bajo las tablas torcidas del suelo. Era como si algo antiguo, largamente contenido, hubiese comenzado a respirar.

No era la primera vez que ocurría.

Porque el Faro Partido, mucho antes de ser refugio, mucho antes de ser bastión, fue un almacén de secretos. En su interior —ocultas bajo trampas mecánicas, runas borradas y placas oxidadas— descansaban desde hacía generaciones piezas de relojería sin origen, esferas codificadas y fragmentos de máquinas del tiempo que nadie sabía construir. Y que nadie se atrevía a destruir.

Se decía que algunas de esas piezas habían sido creadas por los antiguos hermanos Teslo y Katurian Flemer, los primeros grandes Inventores de Calamburia.

Teslo, el visionario, murió luchando en el Vacío contra las antiguas guardianas del Inframundo: Kashiri y Ventisca. Katurian, el superviviente, desapareció entre planos para custodiar los secretos del tiempo. De ellos se decía que no solo habían descubierto cómo canalizar la prolita, sino que habían dejado atrás un legado oculto, disperso en múltiples variantes, en espera de que alguien digno supiera activarlo.

Y ahora, en medio de la niebla y del miedo, el Faro Partido era el último lugar donde ese legado seguía palpitando.

Allí se alzaba, en el centro de la torre, el Núcleo-KAT: una esfera de prolita pura. Un corazón vivo, sellado en los cimientos del Faro y vigilado por los únicos que aún sabían escuchar su pulso.

Kurian lo notó primero. El panel de vigilancia mostró una distorsión en el flujo de energía: una oscilación suave, pero sostenida. Sus dedos se movieron sobre los cables como si estuviera tocando un instrumento roto. Las luces de su pecho chispeaban con más frecuencia. No dijo nada. Solo parpadeó tras sus gafas empañadas y volvió a comprobar los niveles del núcleo.

Desde el nivel superior, Anaid bajaba los escalones de hierro. El pelo le caía suelto, mojado por la niebla. En sus botas aún brillaban gotas de escarcha oscura. Había estado reforzando los sellos externos.

Vestía con la túnica naranja de los impromagos, recortada a su gusto, las mangas arremangadas, la varita sujeta con una tira de tela roja al cinturón. Sus ojos eran oscuros, atentos y su mandíbula, siempre tensa.

Había heredado el talento de sus padres —dos figuras de renombre en la Torre Arkhana—, pero también algo más difícil de sostener: las expectativas. Sabía hacer todo bien. Lo que no sabía era qué hacer cuando nadie esperaba que fallara.

Su relación con Amestrys, su hermano, era difícil de descifrar desde fuera. Se entendían sin hablar, pero también se evitaban sin decirlo. Cuando él se marchó del Faro, no se despidió. Y Anaid no preguntó cuándo volvería. Pero desde entonces, revisaba cada noche el mapa energético del subsuelo. Y dormía mal.

Y aunque a veces no lo supiera, la única razón por la que el Faro Partido aún resistía, era porque ella no lo había dejado caer.

—Han alcanzado los sellos en su último ataque —dijo al llegar—. Aún no los han atravesado, pero no podemos bajar la guardia.

Minerva levantó la mirada desde su grimorio. Llevaba la túnica roja cruzada sobre los hombros y la gorguera blanca deshilachada caía por un lado. Su rostro, delgado y vigilante, parecía aún más afilado bajo la luz azulada del núcleo.

—¿Y el núcleo? —preguntó sin levantar la voz.

Naruik se quitó las gafas de aviadora y las dejó sobre la mesa. Estaba cubierta de polvo y de metal viejo. Llevaba una llave colgada del cinturón y una mirada que no sabía fingir calma.

—Late más rápido. Kurian dice que está reaccionando.

Kurian asintió.

—Está emitiendo señales. Y recibiendo.

Minerva cerró el libro.

—¿Hacia dónde?

—Hacia todas partes.

Bajaron la mirada al Núcleo-KAT, alojado en la cámara subterránea. Era una esfera de prolita pura, brillante y densa, que vibraba al ritmo de una vida propia. Ese artefacto no era solo un milagro técnico. Era una anomalía consciente, un legado de los antiguos Inventores, diseñado para alimentar máquinas capaces de frenar la oscuridad. O liberarla.

Desde que lo escondieron en el Faro, habían vivido con la certeza de que Amunet lo buscaba. No por codicia, sino porque si llegaba a tocarlo, el Umbral caería. Y con él, no solo Calamburia, sino los 72 multiversos que orbitaban en su red.

—Si Amunet accede al núcleo —dijo Kurian en voz baja—, podrá proyectarse al Umbral. 

—Y convertirse en la emperatriz de todo el multiverso —añadió Naruik.

Anaid no dijo nada. Seguía en pie, con los brazos cruzados, la vista fija en el suelo. No pensaba en el Umbral. Pensaba en su hermano. En si habría llegado a Dos Jarras. En si habría conseguido lo que necesitaban.

Minerva se acercó al ventanal. Afuera, la niebla lo cubría todo. Pero ella sabía que al otro lado los demonios se estaban organizando.

—Están esperando que lo abandonemos —murmuró—. Que cometamos el error de distraernos. Pero esto no es solo un refugio. Es una trampa.

El silencio cayó sobre los cuatro. No era el silencio de los que han aceptado la derrota. Era el silencio de los que entienden que ya no pueden protegerlo todo.

—Esta noche —dijo Minerva al fin— tomaré una decisión.

No llegó a cerrarse el eco de su voz cuando el Faro se estremeció con un quejido profundo. Las vigas crujieron. El suelo vibró. Un zarcillo de niebla oscura trepó por la pared como si escuchara.

Una horda de demonios había llegado.

El Faro Partido ya no respiraba, jadeaba.

Los muros crujían bajo los impactos. Las defensas exteriores, trazadas con esmero por Anaid semanas atrás, apenas resistían. Las runas ardían con una luz débil, intermitente. La niebla demoníaca, densa como sangre vieja, se deslizaba entre las piedras como si buscara rendijas por las que entrar.

Desde el observatorio, Naruik controlaba los sensores de energía. Su rostro estaba tenso, los dedos manchados de aceite y prolita. A cada nuevo zumbido, respondía con una maldición. No había tiempo para reparaciones. Ni para dudas.

Kurian, en la sala inferior, intentaba mantener la frecuencia estable del núcleo. Las chispas saltaban a su alrededor, los tubos de conducción vibraban como venas bajo tensión. El Núcleo-KAT palpitaba más fuerte con cada embestida. Como si respondiera. Como si también sintiera miedo.

Anaid recorría los pasillos a paso rápido, con la varita en la mano y el ceño fruncido. No se detenía con nadie ni alzaba la voz para dar órdenes. Se limitaba a reparar: sello tras sello, barrera tras barrera.

Y Minerva seguía en el círculo central, sentada a ras de suelo, con el pergamino extendido sobre las rodillas. La pluma avanzaba con paciencia y con precisión. Encadenaba fórmulas, levantaba símbolos, volvía a escribir un nombre hasta dejarlo exacto. Las paredes vibraban con cada embate y la tinta temblaba un instante, pero ella no soltaba el trazo.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un pequeño cubo de cristal, oculto entre los tomos de la biblioteca mágica, comenzó a brillar. Un resplandor ámbar se extendió desde su centro, proyectando sobre la pared una runa suspendida en el aire, palpitante.

Anaid lo vio primero. Corrió hasta él. Lo tocó. Y la voz emergió, clara, nítida, reconocible.

Periandro.

Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.

La voz se apagó.

Kurian dejó caer una herramienta. Naruik tardó un segundo en reaccionar, con la mirada fija en el suelo. Anaid se volvió hacia Minerva.

—¿Qué plan? —preguntó la impromaga, sin alzar la voz.

Minerva no respondió. Solo bajó la pluma y cerró el grimorio con una lentitud ceremoniosa.

—Hay cosas que solo deben saberse cuando no queda otra opción.

—¿Y no crees que esta lo es? —insistió Anaid.

Pero Minerva ya había vuelto a sentarse. No dijo más.

Y entonces, un estruendo.

Uno de los círculos de energía situados en la entrada del Faro parpadeó, vibró… y cayó. El sello se apagó con un lamento sordo, como si la magia que lo sostenía se hubiese rendido.

Y fue suficiente.

Desde la niebla surgieron las siluetas. Primero cuatro, luego ocho. Demonios de ojos blanquecinos, piel desgarrada y alas rotas, armados con lanzas que no se clavaban en la carne, sino en la mente. No avanzaban con prisa, lo hacían con hambre, dispuestos a saciarse con el dolor ajeno.

Desde el observatorio, Naruik se levantó de golpe. Agarró un cilindro metálico, lo encajó en un cañón montado sobre la barandilla y disparó una ráfaga de partículas prolíticas. El primer demonio se deshizo con un chillido seco. El segundo reculó. Pero la niebla no dejaba de escupir nuevos cuerpos.

—¡Kurian, contención en la cámara dos! —gritó desde arriba.

Kurian pulsó varios botones. Una barrera de energía circular se alzó durante unos segundos… pero volvió a caer. El núcleo-KAT vibraba demasiado. Los canales de transmisión no daban abasto.

—¡No puedo mantenerlas! ¡O protegemos el núcleo o el Faro! —gritó.

Anaid corrió hacia el pasillo principal. La túnica naranja ondeaba a su paso y su varita resplandecía con cada gesto. Apuntó a los dos primeros demonios que cruzaron el umbral.

—¡Vindicatio! —gritó.

Un arco de fuego salió disparado, atravesando al primero. El segundo se lanzó hacia ella. Anaid giró sobre sí misma y trazó un círculo en el aire:

—¡Fractus membrum!

El demonio se rompió como un jarrón cayendo contra el suelo.

—¡No os acerquéis a Minerva! —gritó.

Porque en medio de todo, Minerva se había puesto en pie.

Llevaba una varita vieja, reparada, de madera resquebrajada, con un soporte de metal abrazando su extremo. En su interior, una piedra de prolita palpitaba, sostenida por un diminuto mecanismo diseñado por Amestrys semanas atrás.

Minerva alzó la varita, la sujetó con firmeza y abrió su grimorio.

—Orbis defendere —pronunció.

Del libro salió un rayo celeste que formó una cúpula defensiva en torno a su posición. No mágica, sino canalizada a través del núcleo de la piedra. Cada conjuro lo debía leer. Cada hechizo lo debía pronunciar con exactitud. No había margen para el error.

Un demonio voló hacia ella. Naruik lo interceptó desde las alturas con un disparo cargado de vapor incandescente.

—¡Minerva, cuidado!

—Estoy bien —dijo la erudita, sin alzar la voz.

Anaid regresó a su lado, cubriéndola. Su varita aún humeaba.

—No puedes seguir mucho más —le susurró la impromaga.

—No tengo que seguir —respondió Minerva—. Solo tengo que aguantar lo suficiente.

Un segundo grupo de demonios se estrelló contra los sellos interiores. Kurian cayó de rodillas. Sangraba de una ceja, pero mantenía la mano firme sobre el control central.

—No podemos aguantar —dijo Kurian, con la voz quebrada—. No sin refuerzos.

Y fue entonces cuando, en medio del caos, algo se alzó sobre la niebla. Desde el sur, una docena de luces encendidas, incandescentes, surcando el aire como si fueran cometas malditos, comenzaron a acercarse a gran velocidad hacia el Faro.

Anaid fue la primera en verlas. Desde el corredor oriental, donde acababa de restaurar un sello, alzó la vista y se quedó paralizada.

—¿Qué…? —susurró.

Las luces no eran naturales. Eran compactas, irregulares, rotando sobre sí mismas. Algunas chorreaban humo verdoso. Otras se partían en mitad del aire y se recomponían con un chasquido.

Eran bombas. Y venían hacia ellos.

—¡Arriba! ¡Vienen proyectiles! —gritó Anaid.

Naruik giró sobre sus talones en el observatorio. Se asomó por la abertura principal y, por primera vez, palideció.

—No… no puede ser…

Kurian, en la sala del núcleo, corrió hacia el ventanal y miró con los ojos muy abiertos.

—¡Están apuntando al faro!

Las bombas descendían deprisa, cada una con su trayectoria caprichosa. Unas venían dando vueltas sobre sí mismas; otras caían en línea, obedientes y terribles. Tras ellas quedaba un rugido que sonaba a engranajes de hierro sin aceite, a placas metálicas rozándose y a remaches temblando bajo presión.

Nadie se movía. Nadie respiraba.

—Tres… —dijo Kurian, más para sí mismo que para los demás.

—…dos… —susurró Naruik, con las manos aferradas al borde.

—¡UNO! —chilló Anaid.

K-BOOOOM.

Pero las bombas no impactaron contra el Faro, se detuvieron a pocos metros, flotaron, se dispersaron y se quedaron suspendidas en el aire y entonces, desde el centro de la humareda luminosa, emergieron dos figuras.

Kórux avanzaba primero, con paso lento, seguro, como si no temiera a nada. Su túnica, pesada y surcada de costuras irregulares, se abría al caminar, dejando entrever pantalones de cuero curtido y botas manchadas de barro antiguo. A diferencia de otros magos, no parecía recién salido de una torre: olía a bosque y a tormenta, como si hubiera cruzado media Calamburia a pie. Su varita, tallada a mano con una curva en espiral, pendía de su cinto como si fuera parte de su cuerpo. No habló al llegar, pero su sola presencia pareció detener durante un instante el avance de la oscuridad.

A su lado, Ukarin K-Bum se sacudía los restos de la explosión de los hombros, como quien ha hecho esto demasiadas veces. Sus ropas eran un caos funcional: camisa remendada, tirantes cruzados sobre un chaleco blindado, y una falda con bolsillos ocultos de donde colgaban piezas giratorias y tubos de presión. Tenía las mejillas manchadas de aceite y un leve tic en la comisura del labio, como si siempre estuviera a punto de decir algo pero nunca lo creyera necesario. Sus botas eran tan pesadas que cada paso parecía cronometrado. En la mano llevaba una bomba, girando sobre su eje como un péndulo de bienvenida.

Los demonios, atrapados en mitad del asalto, no lo vieron venir.

La explosión no fue una explosión. Las bombas suspendidas en el aire dejaron escapar un fuerte destello de luz azulada, un fogonazo que iluminó la niebla como si el cielo hubiera sido atravesado por una grieta de otro mundo. El sonido que la acompañó fue seco, envolvente, profundo: no hubo fuego ni fragmentos. Solo un pulso de energía pura.

Los demonios más grandes cayeron inconscientes y se derrumbaron como marionetas a las que les han cortado los hilos. Se les apagó la mirada, se les escurrieron las armas de las manos y colapsaron sin un solo grito. Los más pequeños, de contornos inestables y piel cambiante, se deshicieron al instante, barridos por una onda de energía que peinó el aire como una marea súbita. Después solo quedó el silencio.

Ambos recién llegados se detuvieron al pie del Faro. La bruma aún se disipaba a su alrededor.

—Avisamos, ¿eh? —dijo Ukarin, con media sonrisa.

Naruik soltó una carcajada incrédula desde lo alto.

—¡Lo sabía! ¡Ese patrón de giro era suyo! Solo Ukarin lanza bombas para anunciarse.

Kurian exhaló todo el aire de golpe. Luego se dejó caer contra la pared con una mano en el pecho.

—Casi muero del susto.

Anaid, aún con la varita encendida en la mano, bajó los brazos lentamente.

Kórux alzó la vista hacia el Faro. Su voz, grave y medida, se alzó como un conjuro bien pronunciado:

—¿Siguen vivos ahí dentro?

Minerva, desde el centro del círculo de defensa, sonrió por primera vez en días.

—Por ahora.

Kórux y Ukarin subieron las escaleras, aún envueltos por la bruma de su irrupción. El aire a su alrededor conservaba la electricidad del impacto y las runas del Faro chispeaban débilmente, como si se ajustaran a su llegada. Ambos cruzaron el umbral sin decir palabra, con los ojos recorriendo la escena, registrando rostros, heridas, muros agrietados y silencios suspendidos en el aire.

El silencio que los envolvía no era el mismo de antes. No era de derrota ni de espera. Era un silencio reverente, como el que antecede a una verdad demasiado grande para ser dicha en voz alta. El tipo de silencio que se instala cuando el destino entra en la habitación, pero aún no ha hablado.

Entonces, Korux se acercó a Minerva. No dijo nada. No hizo ademán de imponerse. Solo caminó, con la gravedad de quien porta algo más pesado que su propio cuerpo. Cuando se detuvo frente a ella, metió la mano en el interior de su túnica con un gesto lento, casi ceremonial. Su brazo temblaba apenas, como si el objeto que sacaba no fuera un simple pergamino, sino una promesa.

De entre los pliegues extrajo una carta cuidadosamente doblada. No tenía sello visible, pero en la superficie del papel aún quedaban restos de un brillo ámbar, apagado, pero latente, como si la magia que lo había activado siguiera respirando en su interior. Y allí, grabada con esa misma luz dorada —aún temblorosa, como si acabara de escribirse— se leía la frase: Entregar al Archimago si el mundo se inclina hacia la sombra antes de tiempo.

Minerva la reconoció en cuanto la vio, y su respiración se suspendió. Aun así preguntó, más por necesidad que por duda.

—¿Dónde…?

Kórux no respondió al principio. Fue Ukarin quien lo hizo, cruzando los brazos con el rostro manchado de hollín y la voz áspera, aunque firme.

—Nos la dio Tinín. Vino a Skuchaín con la determinación de quien ha cruzado el mundo con un tirachinas. Dijo que su padre se la había dado. Que la había guardado desde hacía años. Y cuando la carta brilló, no hizo preguntas. Solo la trajo. Le prometimos que encontariamos encontraríamos a su hermana.

Minerva alzó la vista, incrédula. Kórux asintió con gravedad.

—Drawets la recibió cuando se le entregó la niña. Al desaparecer ella, la carta se activó. Como si hubiese estado esperando ese momento exacto.

Kurian se acercó y observó la carta con una mezcla de respeto y desconcierto. Pasó los dedos con suavidad por el borde del pergamino y murmuró, casi para sí:

—Curioso… en otros universos donde yo he trabajado también existe una Minerva. Siempre tiene un plan. A veces demasiado bueno. A veces peligrosamente acertado.

Naruik, desde la galería superior, asintió sin apartar la vista del brillo ámbar.

—Sí. Hemos recibido información procedente de diversos  nodos del multiverso en los que distintas versiones de ella se infiltran en sistemas de poder, e incluso en dimensiones temporales. A veces actúa como líder; otras, como sombra. Pero siempre con planes.

Anaid se adelantó unos pasos. Había estado observando la carta con atención, pero también con cierta admiración. Sus ojos recorrían el fulgor que aún latía en el papel.

—Este hechizo no es común. No es un mensaje. Es un vínculo reactivo, sensible. Está ligado al estado vital de una persona. No se activa por tiempo, ni por orden directa, sino por ausencia. Por desaparición. Eso requiere una magia poderosa y emocional. Es más que una señal: es un pacto que se cumple cuando ya no queda otra forma de aviso.

Después bajó la mirada y habló en voz baja, como si atara todos los hilos de un tejido antiguo.

—Y está el mensaje de Periandro. Todavía lo oigo. Rodrigo se ha ido de la lengua. Amunet conoce el plan. Una de las niñas ha desaparecido. Y ahora esta carta… Todo ha empezado.

Todos lo comprendieron. Todos lo sintieron.

Minerva no necesitaba leerla. La conocía palabra por palabra. Ella misma la había escrito, una década atrás, como quien siembra un conjuro en el futuro. Un recordatorio sellado con tiempo y miedo. El simple hecho de que la carta hubiera recorrido tantas manos y ahora estuviera de vuelta —tras la desaparición de la niña, tras la señal dorada que brotó del pliegue— solo podía significar una cosa: el plan amenazaba con resquebrajarse. Una de las princesas estaba en peligro.

Minerva cerró los ojos. No por cansancio, sino para sostener en la memoria lo que acababa de encajar. La carta, el mensaje, la niña. La promesa que tantos habían intentado custodiar. Cuando los abrió, ya no había duda en su mirada. Tampoco tristeza. Solo una resolución firme, callada, inquebrantable.

Guardó la carta con un gesto suave y alzó la vista. Miró a Anaid. Luego a Kurian. Después a Naruik. Finalmente a Ukarin y Kórux.

—Sé que tenéis preguntas —dijo, con la voz serena de quien ya no puede volver atrás—. Y prometo que, en cuanto pueda, responderé a cada una de ellas. Pero antes necesito unir todos los datos. Esta carta, el mensaje de Periandro, la desaparición de la niña… hay demasiadas brechas en el plan que diseñé hace una década. Brechas de seguridad que no puedo ignorar. Tengo que sopesar los daños antes de decidir cuáles deben ser los siguientes movimientos.

La palabra brechas aún estaba en el aire cuando el suelo crujió.

No fue un temblor de esos que hacen vibrar las paredes. Fue un sonido profundo, íntimo, como un susurro que nacía desde las entrañas de la piedra. Las runas de contención, ya debilitadas, parpadearon una vez. Dos. Luego se apagaron. La base del Faro exhaló un vapor denso, caliente, teñido de rojo. Y entonces, con un sonido seco como el crujido de una promesa rota, el suelo se abrió.

Lo hizo con la lentitud cruel de lo inevitable. Las losas se separaron, los anillos protectores se quebraron como cerámica agrietada y, de esa grieta, como el aliento de una fosa sellada demasiado tiempo, comenzó a ascender una niebla espesa, negruzca, cargada de azufre, con un olor húmedo, mineral, como de hierro viejo y oraciones olvidadas.

Un pie emergió primero. Una bota de cuero oscuro, rajada por el uso, recosida de forma tosca, como si cada costura sellara un pacto imposible. Le siguió una pierna alta, cubierta por un abrigo largo, sin brillo, de peso ancestral. No parecía que lo llevara: parecía que lo arrastraba desde otro plano. A medida que ascendía su figura, el aire a su alrededor se fue tensando. Las paredes del Faro crujieron, no por el movimiento, sino por la presión.

El torso era amplio, cruzado por correas que sujetaban piezas sueltas, retorcidas, de metal y cuero endurecido. Cada hebilla parecía forjada a mano, no con arte, sino con ira. No decoraban: contenían. Era una armadura sin nobleza, sin estética, creada para sobrevivir a lo inmortal.

Y entonces, alzó la cabeza.

El rostro era humano. Pero no humano como lo entendían los presentes. Era el recuerdo de una humanidad extinta. Desnudo de cabello, la piel de la calva mostraba marcas oscuras cicatrizadas sobre otras más antiguas. Su barba, negra y cerrada, parecía la única parte intacta de un rostro construido a base de fracturas. Pero lo que dominaba su rostro era la franja. Una herida abierta desde la frente hasta el final de las mejillas, roja, viva, palpitante. No era una venda ni un tatuaje. Era una grieta en la carne, una hendidura mágica y orgánica que no ocultaba los ojos: los sellaba. Porque detrás de esa carne no había mirada… había poder.

No fue creada para protegerlo a él, sino para proteger el mundo de lo que él era.

Sus botas, al avanzar un solo paso más, emitieron un sonido seco, firme, como si pisaran la voluntad misma del lugar. Y la niebla se apartó de su camino. Las brasas del subsuelo, inertes durante semanas, se encendieron a su paso. Las paredes no resistieron: se replegaron.

El Señor de mil legiones.
El arma y verdugo de Évolet.
El demonio de la destrucción.

Abraxas.

Y al alzarse por completo dentro del Faro, el suelo tembló por última vez.

Porque esta vez… no volvería a sostenerse.

248 – SOMBRAS EN LAS DOS JARRAS

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SOMBRAS EN LAS DOS JARRAS

El ruido de las jarras chocando no lograba acallar los murmullos. En la Taberna de las Dos Jarras, el aire olía a cerveza agria, a madera vieja y a problemas que no terminaban de irse. Aquel rincón de Instántalor, hasta hacía poco considerado seguro incluso para los más perseguidos, parecía ahora al borde de algo.

Al fondo del salón, tras la barra de nogal combado, estaba Edmundo, el tabernero. Hombre de pocas palabras y muchos gestos, de espalda encorvada y manos curtidas. Había sido criado de la familia Colby en su juventud, luego tabernero y, por un breve periodo, puso en marcha el fracasado proyecto de “Edmundo por el Mundo”, probando suerte como minero. Volvió a la taberna más flaco que cuando se fue. Se decía que había visto cosas bajo tierra que nadie más se atrevía a nombrar y, desde entonces, hablaba poco… pero sabía mirar.

La taberna no era suya en origen. Pertenecía a Yangin Var y su esposa, Ébedi, los legendarios posaderos de Instántalor. Yangin era un tabernero alegre y jugón, tal vez demasiado suelto de manos. Se decía que su matrimonio con Ébedi fue forzado. Pero cuando un cataclismo sacudió Calamburia, Yangin aprovechó para desaparecer. Ébedi, fuerte como la madera de la barra que regentaba, continuó sola hasta que apareció Edmundo. Antiguo escudero de Sir Finnegan, hijo de los Archiduques, llegó con mirada perdida y manos dispuestas. Entre ellos surgió un amor silencioso, sin promesas, sin juramentos. 

Durante un tiempo, la taberna volvió a latir. Hasta que, una mañana, Ébedi desapareció con la criatura que había tenido con Edmundo. No dejó carta, ni mensaje, ni ruido. Solo una jarra sin terminar sobre la barra… y el eco de una última risa flotando entre los barriles. La taberna nunca jamás olvidaría esa risa. Ni su fuerza, ni su belleza. En los días más grises, todavía parecía resonar entre los pilares de madera, como si se negara a marcharse del todo. Había sido una carcajada de esas que lo llenaban todo, que daban calor, que convertían la noche en hogar.

Edmundo nunca habló de ello. No se quejó. No culpó. Siguió sirviendo cerveza con esa mezcla de silencio y ternura que solo tienen los que han amado de verdad.

Con los años, Edmundo se convirtió en el dueño de facto. No porque lo hubiera comprado, sino por una antigua Ley de Don Beltrán, el Comendador de Instántalor, quien dictó que si un negocio cerraba y sus propietarios no regresaban en el plazo de diez años —ni muertos, ni vivos, ni en sueños—, el último trabajador en activo pasaba a ser su legítimo heredero.

Así pues, Edmundo había heredado Las Dos Jarras por abandono. Y, aunque nunca lo diría en voz alta, la cuidaba con más celo que cualquier otro tabernero de la ciudad.

Aquel día, el aire estaba más denso que nunca.

—Penélope ya no va a volver —dijo Jack el Enterrador, con la vista fija en el fondo de su jarra—. Se fue, Cristóforo. Hace años. Quizá se ha casado con otro. Quizá vive en otra ciudad. Pero ni siquiera el orbe ha sido capaz de traerla de vuelta.

Cristóforo bebía despacio mientras le escuchaba. No prestaba demasiada atención a las batallitas de Jack el Enterrador, aunque las dejaba correr. Sabía que, a veces, lo más importante no era lo que se decía, sino lo que se callaba entre frase y frase. 

El pirata vestía siempre con sobriedad, pese al sombrero ladeado y la cinta color ámbar ceñida a la cabeza. Su porte fuerte, su barba pirata y la firmeza de su mirada delataban a un hombre que conocía la guerra. Había sido enviado años atrás por la Corona Pirata para proteger a la infanta. Una misión que, para su pesar, no logró llevar a buen puerto. Ahora, años más tarde, y aunque los mares habían cambiado, él seguía oliendo a sal, acero y lealtad.

A su lado, Edmundo asentía en silencio, marcando el ritmo del tiempo con un dedo sobre la madera.

—Bueno, al menos mis hijos siguen en el negocio familiar. Enterradores, como yo. Aunque últimamente, más que enterrar, desentierran. Se están quedando sin clientes… y sin cadáveres. La mitad de las tumbas del Túmulo Desordenado han quedado vacías. ¡Y los que estaban muertos dentro han vuelto afuera! El orbe los ha sacado de sus nichos, como si la tierra ya no supiera retener a los suyos.—Jack hizo una pausa, como si aún no creyera lo que estaba diciendo.

Jack Roslin, el enterrador, vestía siempre de negro, con la cuerda del trabajo enroscada al cuerpo como si fuera parte de él. Su rostro pálido parecía esculpido por la fatiga y las madrugadas, y una barba de sombra mal afeitada enmarcaba su gesto eternamente resignado. Llevaba consigo una pala negra, afilada como una sentencia, que no soltaba ni en los momentos de descanso. Algunos decían que amaba más a esa pala que a su propia mujer, y no faltaba quien asegurase que la pala, al menos, nunca lo había abandonado.

—Muchos que no conocen la verdad sobre la magia del orbe amazónico piensan que han vuelto a la vida. Pero no es así. No están vivos. Solo son cadáveres que han cambiado de lugar. Algunos aparecen en las casas donde vivieron, aparecen sentados a la mesa o tumbados en sus antiguas camas. ¡Imagina cuando hay alguien nuevo que las ocupa! Y en el pueblo piensan que se han levantado de sus tumbas para reclamar sus deudas… A exigir el oro de sus funerales. ¿Te imaginas?

Edmundo se llevó las manos a la cabeza y luego hizo el gesto de vaciar una copa sobre la mesa. Era su forma de decir: “Esto ya supera cualquier historia que haya oído aquí”.

—Y tú preocupándote por fantasmas, mientras yo me asfixio por la falta de trabajo —continuó Jack—. Gracias al Titán Oscuro que a mis hijos no se los ha llevado el orbe.

—Sí, gracias al Titán… —murmuró Cristóforo, con el ceño fruncido—. Lo cierto es que ni siquiera sabemos qué ha hecho exactamente ese artefacto. Hay soldados que han desaparecido del bastión. Y no cualquier soldado. Dicen que que entre ellos podría estar el mismísimo Rodrigo. Que lo vieron por allí. Que Periandro está intentando protegerlo. Pero yo estoy aquí. Brindando. De soldado, sí, pero sin ejército. Representando a la Corona Pirata en Instántalor, mientras el resto del mundo se hunde.

Hacía ya un par de semanas que Instántalor había sido liberada del dominio de Amunet con la colaboración de los barcos piratas, el ejército real y los propios aldeanos. Pero, tras la activación del orbe, el momentáneo gozo de sus gentes se había interrumpido por las repentinas pérdidas.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Drawets entró como una ráfaga, con el rostro desencajado.

—¿Dónde está? —dijo sin saludar—. ¿La habéis visto? Pequeña, pelo enmarañado, mirada viva. Gorrión. Mi hija.

Jack se encogió de hombros y se giró hacia el recién llegado con cara de estar aguantándose la risa.

—¿Una niña? ¿Desde cuándo tienes tú una hija, Drawets? El orbe te ha dejado más chalado que un cambiaformas con fiebre. Que yo sepa, tú tenías tres niños reconocidos. Tinín, el de los callejones, el del rabito de cerdo; Gorrión, el alto de las azoteas, y otro más —bajó la voz ligeramente, pero no lo suficiente—. Ese tuve que enterrarlo yo mismo hace años.

Se giró hacia Cristóforo y lo soltó sin el más mínimo tacto:

—Lo mataron sus amigos, que se convirtieron en cuervos.

Edmundo, al escuchar eso, se cubrió los ojos con ambas manos. Un gesto seco, como quien no quiere ver ni oír una pena que aún huele a reciente.

—Qué tristeza… Qué tiempos aquellos —continuó Jack, revolviendo el fondo de su jarra con aire resignado—. Si ese mismo cadáver ha vuelto a casa por culpa del orbe, no te preocupes. Lo entierro otra vez. Aunque estará hecho un… —hizo una pausa buscando la palabra— un destrozo. Le doy sepultura sin coste. Servicio de la casa. Como a los clientes fieles.

Drawets negó con la cabeza, exasperado.

—No… no entiendes, Jack. No es ninguno de esos. Era una niña. Pequeña, lista como el hambre. Si la habéis visto… sería como la recordáis, pero sin bigote postizo.

Cristóforo frunció el ceño.

—¿Bigote postizo?

Antes de que Jack pudiera responder, Edmundo, que había estado en silencio todo el tiempo, se inclinó hacia el brasero apagado del rincón, tomó un trozo de carbón con toda naturalidad y, con movimientos certeros, se dibujó un bigote en el labio superior. Luego levantó ambas cejas y se dio unos golpecitos en el pecho con gesto heroico.

Jack se carcajeó.

—¡Desde que trabajó en la mina no ha faltado el carbón en esta taberna! —rió—. ¿Lo ves, Drawets? Si querías camuflarla con un mostacho, al menos podrías haber avisado. Igual Edmundo la ha visto y no lo ha dicho, porque en esta casa nadie le pregunta nada.

Edmundo hizo una reverencia exagerada, con una mano en el corazón y otra extendida, como si presentara a una artista invisible sobre el escenario.

—¡Basta! —interrumpió Drawets, que ya no sabía si estaba más furioso o más desesperado—. ¡No estoy hablando de una comedia! Es mi hija. La perdí. ¡Se desvaneció delante de mí! Como si el viento se la hubiera llevado. Como si la tierra misma hubiera decidido que ya no tenía derecho a estar conmigo. Yo mismo volví varias veces a la arboleda a buscarla. Ella sabía desde bien pequeña a dónde ir si se extraviaba. También Tinín fue en su búsqueda a implorar ayuda al Archimago… pero no la hemos encontrado.

Jack alzó las manos, conciliador.

—Está bien, está bien. No te sulfures. Pero no te extrañe que nadie la recuerde. Con lo que ha pasado con el orbe, todos andamos algo perdidos. Lo mismo ha cambiado el pasado y tú nunca la tuviste. O sí y ahora está en otra parte. Hay quien ha despertado en camas que no reconoce y hay quien cena con padres con los que no se hablaba hace años. Yo a veces pienso que mi mujer está en casa y no… Penélope no está… Esto ya no es Calamburia. Es un mal sueño con puntos de fuga.

Cristóforo no había dejado de observar a Drawets. Y al escucharlo, una sombra cruzó por su rostro.

Se levantó con lentitud, llevando la mano al cinto.

—¿Y si no fue el orbe? —dijo, con voz baja.

Drawets lo miró, sin comprender.

—¿Cómo dices?

Cristóforo desenvainó apenas un dedo de su espada. Lo justo para que brillara en la penumbra de la taberna.

—¿Y si no fue el orbe el que te la arrebató? ¿Y si fue tu negligencia?

El silencio se volvió denso. Ni siquiera Jack se atrevió a hablar. Edmundo bajó la mano teatralmente, como si cerrara el telón de una función que nadie quería ver.

Cristóforo dio un paso más.

—Tú no lo recuerdas… pero yo sí —dijo, con los ojos fijos en los de Drawets—. Yo era el encapuchado. Fui yo quien te la entregó. Envuelta. Protegida. Te confié lo único que aún podía salvarse.

Se le quebró la voz un instante. Luego, apretó los dientes.

—Y tú… tú la perdiste.

Drawets bajó la mirada. No dijo nada.

El silencio lo llenaba todo.

Cristóforo respiró hondo, como si aún hubiera algo más que necesitara confirmar.

—¿Y la carta? —preguntó entonces, con un tono más bajo, pero más peligroso.

Drawets parpadeó, desconcertado.

—¿Qué carta?

—La que iba con la niña, Drawets —dijo Cristóforo, y su voz, aunque no subió, pesaba como una espada envainada—. ¡La carta que te entregué con ella! ¿Dónde está?

Drawets dudó. Se mojó los labios. Cuando habló, en su voz había más temblor que palabra:

—Se la di a su hermano. A Tinín. Esa era la orden. El sobre no tenía nombre. Ningún sello. Pero cuando desapareció Gorrión… una luz dorada brotó del pliegue. No cegaba, pero parecía antigua, viva. Como si alguien muy lejos, muy viejo, me estuviera dando un mensaje a través de ella. Y entonces, una línea apareció. Como si acabara de ser escrita:

“Entregar al Archimago si el mundo se inclina hacia la sombra antes de tiempo.”

Cristóforo no respondió. Solo frunció el ceño.

—¿Y la leíste?

—No pensaba abrirla —continuó Drawets—. No era para mí. Pero cuando desapareció Gorrión… no sé cómo explicarlo… la carta vibró.

Cristóforo se irguió de golpe. Con un movimiento seco, desenvainó su espada. El acero silbó en el aire y su filo se detuvo justo en el hueco del cuello de Drawets.

—¿La leíste, pícaro?

—No…

Pero su rostro lo traicionó.

—¡Mentiroso! —bramó Cristóforo y lo empujó con violencia contra una mesa. Varias jarras cayeron al suelo y Jack se apartó de un salto. El murmullo de la taberna murió al instante.

Drawets levantó las manos, tembloroso.

—No la leí entera… Solo una frase. Se me quedó grabada…

—¿Qué frase?

—“Archimago, si esta carta se te entrega es que mi plan está en peligro. La niña que entregamos al pícaro es la esperanza de la Corona de Calamburia.”

El silencio cayó de golpe. Ni una respiración. Ni un crujido. Solo el peso de esas palabras llenando la taberna.

Cristóforo aflojó el puño. Dio un paso atrás, como si acabara de comprender la magnitud de todo.

—La esperanza…

—Es una Rodrigo —murmuró Drawets.

Y entonces, una voz surgió desde la penumbra del local.

—Y ahora, si queréis salvarla, vais tarde.

Una figura encapuchada se alzó junto a la chimenea. La túnica que vestía caía recta, disciplinada, y acompañaba cada paso sin delatarlo. Caminó con la calma de quien sabe que todos los ojos le siguen.

—¿Quién eres? —inquirió Cristóforo.

La figura avanzó, emergiendo del resplandor de las brasas. Su capa —más cercana al dorado apagado que al turquesa— relucía incluso bajo la escasa luz de la taberna. Sus pasos eran lentos, medidos. Cada crujido del suelo parecía apartarse para dejarle pasar.

Se detuvo junto a la mesa y con un gesto pausado, se retiró la capucha.

Era joven, de piel clara y mirada aguda, como si todo lo que viera quedara clasificado de inmediato en algún rincón de su mente. Sus ojos, de un tono claro e indescifrable, brillaban con una intensidad que no parecía de este tiempo. No llevaba armadura, pero su porte infundía respeto. Bajo la túnica turquesa con ribetes dorados, colgaban frascos llenos de líquido iridiscente. En el cinturón, una esfera azulada descansaba como si custodiara secretos. Y sobre su mano enguantada, brillaba un dispositivo con luces que parpadeaban en silencio, como si respondieran a sus pensamientos.

Alzó esa misma mano con calma, dejando ver también un tatuaje negro, como la huella de un dragón dormido.

—Mi nombre es Amestrys. Alquimista de batalla. Hijo de Férula y Gónagan Clamil. Y protector de Minerva.

Cristóforo lo miró fijamente.

—¿Protector… cómo?

 —Porque ella está en peligro —respondió Amestrys, con la voz firme, sin dejar de mirar a Cristóforo—. Oculta en el Faro Partido, bajo nuestra vigilancia. Somos un pequeño reducto, casi un suspiro, pero nos mantenemos firmes. Allí también se encuentra Kurian, el inventor multiversal, mi hermana Anaid, impromaga de la Torre y, desde hace poco, Naruik, otra inventora llegada de una realidad lejana.

Hizo una pausa. La piedra en su guante brilló como si compartiera su preocupación.

—Los inventores aseguran que su misión no es solo calamburiana… sino multiversal. El Faro resguarda un artilugio creado por los desaparecidos inventores de este mundo, una fuente de poder que, si cae en manos de los demonios, no solo destruirá este mundo, sino que podría arrastrar todos los universos conectados. No es una conjetura, ni una profecía: lo han visto. Lo han vivido.

Se volvió ligeramente hacia Drawets y luego volvió a Cristóforo.

—Están haciendo todo lo posible. Pero no resistirán mucho más sin ayuda. Ni Minerva, ni los inventores, ni el Faro.

—Y entonces… ¿por qué vienes aquí? —preguntó Drawets.

—Porque necesitábamos algo que solo puede encontrarse en los túneles mineros de Instántalor.

Entonces miró a Edmundo.

—Stinker. Turno rojo. Galería quince. Tú sabes de qué hablo.

Edmundo, que había estado en silencio todo el rato, asintió con gesto escueto y bajó las escaleras en dirección a la bodega.

Amestrys sacó un pequeño estuche cubierto por un paño de cuero negro. Lo abrió con cuidado. Dentro reposaba una minúscula piedrecita grisácea, de superficie rugosa, con vetas que titilaban en todos los colores, como si en su interior habitara una luz líquida, viva.

El alquimista contuvo el aliento.

—Esto es un pequeño trozo de Prolita —dijo, levantando el diminuto fragmento de mineral con su guante—. No hay defensa posible sin esto. No una como la que necesitamos. Pero es un bien escaso.

Cristóforo entrecerró los ojos.

—¿Qué está pasando en el Faro? —preguntó, en voz baja.

—Los demonios la han localizado. A Minerva. Atacan el faro cada noche. Quieren quebrarla, aislarla, borrarla. Y apenas resistimos. Esta piedra es lo único que puede activar el último anillo de contención. El último muro entre ella… y ellos.

La piedra brilló, como si respondiera al eco de sus palabras.

—Es un material extremadamente valioso —continuó—. Pocos fuera del gremio minero conocen su existencia. Se empleó en la construcción de la Puerta del Este y, aún así, nadie sabe realmente cómo se forjó. Algunos aseguran que son fragmentos desprendidos del mismísimo Titán, caídos cuando fue arrojado sobre Calamburia.

Jack frunció el ceño, fascinado.

—¿Y eso lo has sacado tú de la tierra?

Amestrys sonrió levemente.

—No se oxida. No se corrompe. No se rinde al tiempo. Es más ligera que el agua y más resistente que el hierro. Los Inventores del Multiverso nos están enseñando a utilizarla. Dicen que tiene más de cien usos: canales de energía, sellos dimensionales, circuitos de precisión, contención de entidades…

Elevó la piedra, dejándola flotar apenas entre sus dedos.

—Esto no es solo una roca. Es el límite entre el saber y la magia.

Jack tragó saliva.

—¿Y cómo la has conseguido?

Amestrys se volvió hacia él, con una chispa divertida en los ojos.

— Edmundo y yo tenemos un pequeño acuerdo. Yo le ayudo a mejorar sus bebidas y licores con truquitos alquímicos,y él me consigue lo que necesito, sin hacer preguntas.

Se volvió hacia el tabernero que acababa de regresar de la bodega trayendo un pequeño hatillo en sus manos.

—Stinker aún te debe favores, ¿verdad, Edmundo?

Edmundo desenvolvió el paquete y todos pudieron admirar una piedra que parecía un fragmento de noche estrellada: grisácea, con destellos dorados, azules y malvas que danzaban en su interior.

La depositó sobre la mesa, en silencio.

Amestrys la tomó entre sus manos enguantadas.

—Gracias, viejo amigo. Con estos dos fragmentos tendremos una oportunidad. Nada más. Nada menos.

—¿Y Minerva? —preguntó Drawets.

—Sigue resistiendo —respondió Amestrys, con la mirada fija en la piedra—. Pero no por mucho tiempo. Si no llegamos pronto, será demasiado tarde. Y no quedará nadie a quien proteger.

Cristóforo se incorporó de golpe. Se ajustó el cinto, comprobó su espada y asintió.

—Vamos. No hay tiempo que perder, hay que proteger el Faro.

Drawets se levantó tras él.

—Te acompaño. No pienso dejar que le pase nada a Minerva, ella es la llave para recuperar a Gorrión.

Amestrys los miró uno a uno. En sus ojos se leía más que urgencia. Se leía fe.

—Preparaos. El camino no está limpio de demonios ni fuerzas infernales. Pero os guiaré por una ruta segura. Y si llegamos a tiempo… quizás tengamos un rayo de luz. Una esperanza para Calamburia.

Los tres se dirigieron a la puerta, sin mirar atrás.

Regresad cuando todo acabe —dijo Jack desde la barra—. Alguien tendrá que contarlo. Pero hacedme un favor: no muráis. No quiero ser yo quien os entierre.

Y así, con la piedra en manos del alquimista, Drawets, Cristóforo y Amestrys salieron a la noche.Fuera, la bruma temblaba con los rumores de guerra contra las huestes infernales.

Pero, al menos, sabían por dónde empezar.

247 – EL OSCURO AVANCE FAÉRICO II

Personajes que aparecen en este Relato

EL OSCURO AVANCE FAÉRICO II

El claro donde se habían citado quedaba cerca de la Torre de Skuchaín. Estaba lo bastante próximo como para que la magia de la escuela siguiera flotando entre los helechos, pero también lo bastante apartado como para mantener lejos cualquier mirada curiosa. El bosque, allí, se cerraba con humedad y sombra, y el aire parecía moverse con un murmullo mágico que nadie se detenía a descifrar.

Karkaddan escarbaba el suelo con una pezuña. Cada golpe del unicornio levantaba piedrecillas que caían sobre el musgo con un sonido leve, irritante. La impaciencia le tensaba la mirada mientras caminaba en círculos y olfateaba el aire, atento a cualquier cambio, a cualquier señal de traición entre los árboles. La blancura de su pelaje devolvía reflejos añiles, y sus crines nacaradas parecían moverse incluso cuando el viento se quedaba quieto.

Entonces se detuvo.

Un destello azul plateado lo envolvió, espeso, y la luz se plegó a su voluntad. La figura del unicornio empezó a desdibujarse en una transición suave: el lomo perdió altura, las pezuñas se estiraron hasta convertirse en pies, el hocico se recogió y los músculos se recolocaron con precisión. Ante la mirada invisible del bosque, Karkaddan adoptó su forma humana.

Donde antes había un animal, quedó un hombre de presencia abrumadora: alto, elegante, con una belleza peligrosa. Llevaba un chaleco de brocado celeste, con matices añiles, sobre una camisa de lino blanco rematada en puños bordados. Una gorguera translúcida le rodeaba el cuello y vibraba con cada movimiento. En la frente, aún erguido, brillaba un cuerno plateado, señal indiscutible de lo que era.

Sus rasgos eran finos, pero la expresión se sostenía en la altanería. Tenía esa belleza que atrae y molesta al mismo tiempo, porque parece prohibida incluso cuando se muestra a plena luz. Caminaba con la seguridad de quien no se siente ajeno en ningún lugar, con la calma de un depredador educado.

Con un gesto pausado, Karkaddan se sacudió el polvo del hombro y carraspeó.

—Demasiado cerca de Skuchaín para mi gusto —gruñó—. Y no me gusta cómo nos mira este bosque. Juro que hace un rato he visto al cabritillo ese entre los árboles… el fauno.

Drëgo, apoyado contra el tronco de un olmo viejo, giró apenas el rostro.

—Quercus no sería una sorpresa. Siempre supo colarse donde no le corresponde.

—No me molesta que nos espíen —bufó el unicornio— Me molesta que no se escondan mejor. Si nos siguen, que lo hagan con estilo.

Drëgo no respondió. O no lo consideró necesario. Allí no buscaba compañía. Buscaba poder.

Entonces la luz del claro se empobreció. El aire cambió de densidad, y una humedad distinta descendió entre las raíces. No cayó una sombra: el ambiente se torció, como si alguien hubiera apretado el mundo con la mano.

Sin crujidos ni aviso, Érebos cruzó el umbral del claro.

No caminaba deprisa. Tampoco caminaba lento. Avanzaba con una calma que no pedía permiso. Su presencia no necesitaba adornos

—Karkaddan. Drëgo —dijo Érebos, y se detuvo en el centro del claro con una calma que bastaba—. Qué curioso veros tan cerca de la Torre… y tan lejos de la prudencia. Acabo de reencontrarme con Barastyr, y me ha costado separarme de nuevo de él. Más os vale que esto merezca la pena.

Drëgo alzó el mentón, con esa dignidad retorcida que se había vuelto parte de su piel.

—Drëgo no habla con cautela cuando habla en nombre de la Dama Negra. La Morada de los Druidas ya le pertenece. Skuchaín resiste, y Drëgo ha venido a decir lo evidente: debemos sumar fuerzas.

—La Dama Negra necesita aliados más allá del bosque —añadió Karkaddan—. Si queremos que Skuchaín caiga, hará falta algo más que raíces y hechizos. Necesitamos el apoyo de Cuna de Oscuridad. Y de las huestes infernales.

Érebos entrecerró los ojos, atento, como si estuviera escuchando algo más allá de las palabras.

—Habéis elegido un mal momento para pedir —dijo al fin—. El Orbe de la Confusión ha hecho estragos. Algunos vínculos se han roto. Otros se han dispersado. Ya no puedo garantizar el plan tal como lo habíamos trazado. La Emperatriz ha perdido a gran parte de sus demonios.

El silencio se alargó un instante. Pero Érebos no había terminado.

—Aun así, la Dama Negra podría contar con el favor de la Oscuridad… aunque no con todo el poder de sus huestes.

—Eso bastará —afirmó Drëgo—. Compartimos objetivo: el proyecto de Aurobinda. Si Drëgo y los suyos logran corromper a suficientes criaturas faéricas, los canales mágicos acrecentarán nuestro poder de forma inimaginable. Esa ganancia compensará la pérdida de los demonios de Amunet.

Érebos no asintió, pero tampoco lo rechazó. Se limitó a sostenerlos con la mirada, evaluando.

—Nuestra Señora de los Cuervos estará contenta. Le satisface muchísimo ver cómo estamos logrando corromper almas puras. Acabo de hacerle entrega de una Pícara que ha sucumbido al poder de la oscuridad. Será su nueva mascota, la he llamado Cuervo —dijo Érebos satisfecho de sí mismo.

Entonces crujió algo al oeste del claro.

Los tres se giraron a la vez. La tensión que ya saturaba el aire se apretó todavía más, y el bosque se estremeció alrededor del sonido. Érebos usó su magia, se deshizo en humo oscuro y se fundió con las sombras de los árboles, atento, dispuesto a observar sin ser visto.

Ramia, Quercus y Grahim cruzaron la línea de árboles.

Ramia iba al frente, con la vara floral bien sujeta en la mano izquierda, los pasos firmes y la mirada tensa.

—Sabía que no me equivocaba. Esa energía no pertenece al bosque. Ni al Reino Faérico. Sentí cómo se abría el portal… y estaba demasiado cerca del canal mágico principal que conecta la Torre con la Aguja de Nácar.

Quercus caminaba tras ella, y olfateaba el aire con expresión torva.

—Lo olí. Es magia sin tierra. Descompensada. Una mezcla oscura, retorcida… y vieja. Aquí se ha abierto algo que no debería estar.

Grahim los seguía con la varita desenfundada. No porque pensara usarla de inmediato, sino porque confiaba menos en Drëgo que en los jabalíes demoníacos del pantano de Azalia.

Karkaddan bufó, satisfecho.

—Lo sabía. ¡Sabía que te había visto entre los árboles, cabritillo! El guerrero de la Dama Esmeralda paseándose como si nada por un mundo que no es el suyo.

Drëgo alzó la barbilla con desdén, y su voz llegó, como siempre, en tercera persona.

—Drëgo no se sorprende. Donde hay confusión, aparecen los idealistas. Aunque esta vez hay rostros que Drëgo hacía tiempo que no veía.

Clavó los ojos en Ramia.

—Vaya, vaya. Ramia Laforet. No esperaba verte tan cerca de la Torre de la que te expulsaron.

Ella no se detuvo.

—La Torre no me expulsó. Tú provocaste que lo hicieran. Manipulaste el sistema, corrompiste los exámenes y, cuando quise denunciarlo, Aurobinda me desvió al cuerpo de Guardabosques como castigo —rememoró, con la voz temblorosa—. ¡Me relegaron por decir la verdad!

—Drëgo no recuerda tanto drama. Drëgo solo recuerda que causabas demasiados problemas, y que nadie te echó de menos cuando te fuiste por la puerta de atrás.

Ramia sostuvo la mirada.

—Intenté detenerte. Sabes que fui la única que te vio venir. Lo intenté… pero el sistema te protegió.

Grahim dio un paso al frente. La voz le salió baja, pero cargada.

—El sistema te protegía, sí. Entonces. Pero ya no. En la Torre lo descubrimos todo: tu alianza con la Oscuridad, el robo de magia del Entremundo, los portales prohibidos… y los ataques a tus propios compañeros.

Drëgo no negó nada. La sonrisa le bastó. Ladeó el rostro, satisfecho de la herida que había abierto.

—Drëgo recuerda ese día. Fue cuando Drëgo comprendió que los impromagos aún se cuentan cuentos sobre el equilibrio. Qué conmovedor. Solo importa el poder, Grahim. Algún día lo entenderás. Öthyn lo entendió… aunque le pudo la avaricia.

Grahim se tensó, y el destello en la mirada fue inmediato.

—¡No mancilles el nombre de Öthyn! Fue el primer Druida Supremo y el fundador de la casta Natura.

Drëgo dejó escapar una risa corta, casi un escupitajo.

—Tu fundador se daba buenos atracones de magia faérica, ¿lo sabías? Así murió. Hinchado de poder, como una sanguijuela demasiado harta para moverse.

—Todo lo que sale de tu boca son mentiras —respondió Grahim, con la incredulidad clavada en la voz.

Ramia respiró hondo. La presencia de Drëgo le removía el pasado, y el recuerdo le apretó el pecho.

—Maldito druida. Nunca te perdonaré lo que le hiciste a Skuchaín —sentenció, con el puño cerrado—. Tú y tu querida Aurobinda convertisteis ese paraíso en el peor lugar del mundo.

El humo oscuro se arremolinó entre los troncos y, en un parpadeo, volvió a tomar forma. Érebos apareció con la misma tranquilidad con la que una sombra regresa a su sitio.

—Bueno, bueno… —intervino—. Mejor, peor… ¿quién puede decidirlo?

Grahim lo vio, y algo le encajó de golpe. Aquella presencia era la pieza que llevaba días siguiendo, la pista que buscaba entre portales y rastros torcidos. Alzó la voz, directa, sin rodeos.

—¿Y Gorrión? ¿Qué habéis hecho con ella?

La pregunta interrumpió la acalorada conversación. Por un momento, el claro mismo pareció contener el aliento.

Érebos alzó levemente el mentón:

—Está en un lugar seguro. En la Cuna de Oscuridad. Aurobinda le ha preparado un rincón especial. Le ha comprado alpiste y le ha conjurado un jergón de paja, a modo de nido. Creo que empieza a cogerle cariño. Dice que le recuerda a cuando ella misma era joven.

—Eso no responde a mi pregunta —replicó Grahim—. ¿Qué le habéis hecho? ¿La habéis corrompido? ¿Está bajo vuestro control?

—No lo necesita —dijo Érebos—. No hace falta obligarla. Su nombre de Gorrión ya empieza a desvanecerse. Pronto habrá asumido el nuevo. Y cuando lo acepte… ya no se reconocerá ni ella misma y mucho menos a vosotros.

Quercus alzó la voz, clara y sin teatralidad. Ya no miraba a Érebos ni a Drëgo. Miraba a Karkaddan.

—Vuestro tiempo se ha acabado. Alguien os tiene que detener, porque si no se os para los pies ahora, lo siguiente que caerá será la Aguja de Nácar. No os vamos a dejar seguir sembrando el mundo de oscuridad.

Y sin decir más, sin dar aviso, sin conjuros ni invocaciones, se lanzó hacia Karkaddan.

El fauno se impulsó con una fuerza brutal, embistiendo con todo el cuerpo. El unicornio intentó retroceder, buscar el cambio de forma, pero no llegó a tiempo.

La carga de Quercus derribó a Karkaddan de costado, pero no fue suficiente para detenerlo. El unicornio, en su forma humana, cayó con elegancia violenta y, desde el suelo, golpeó con fuerza el talón contra la tierra.

El impacto no fue solo físico. Un temblor mágico sacudió el claro, como si hubiese despertado una grieta bajo la superficie. El musgo se resquebrajó, las raíces crujieron y un estallido de energía azulada brotó del suelo en forma de ondas circulares.

—¡Cabra estúpida! —escupió Karkaddan mientras se incorporaba—. No te haces idea de lo que acabas de empezar.

—Ya veremos —replicó Quercus, retrocediendo con los codos altos y el cuerpo girado, listo para una nueva carga.

Karkaddan se irguió por completo. La luz azul le recorrió las extremidades, y su figura humana empezó a contraerse, envuelta en una carcasa brillante de magia.

—¿Queréis bosque? —rugió, y su voz ya no sonó del todo humana—. Os daré bosque.

Y entonces, se transformó.

La forma humana se replegó y dio paso al unicornio: blanco, con reflejos añiles, crines nacaradas y los ojos encendidos de furia. Alto, esbelto, vibrante, avanzó con una elegancia letal. El cuerno plateado que emergía de su frente era más largo, más afilado, y latía con un pulso que parecía responder al mismo claro que lo rodeaba.

Karkaddan Golpeó el suelo con ambas patas delanteras, invocando la furia de la tierra como solo un unicornio podía hacerlo.

La tierra respondió con violencia. Una onda expansiva se alzó desde el centro del claro y lanzó por los aires a Grahim y a Quercus como muñecos de trapo.

Ramia se cubrió con su vara floral. Los pétalos mágicos que lo recubrían se plegaron con un chasquido seco, como una flor que se protege de la tormenta. El estallido no la alcanzó de lleno, pero la empujó hacia atrás, haciéndola trastabillar.

Grahim intentó alzar una barrera en plena caída, por puro instinto, pero el golpe le arrancó el aire del pecho. Quercus cayó de rodillas, aturdido, y el hacha de huesos le quedó lejos, vibrando sobre el musgo. Pero aún respiraba. Aún gruñía.

—¡Pezuña de Roble! —rugió a modo de grito de batalla, tambaleante, y se lanzó una vez más, el cuerpo por delante del arma, como si la rabia pudiera suplir lo que el aire ya no le daba.

Drëgo observaba. Sus manos se movían con precisión letal. Sus ojos, encendidos por la corrupción, destilaban un fulgor púrpura.

—Drëgo no necesita más fuerza —dijo, con voz serena—. Solo tiempo.

Una lengua de niebla negra brotó de su palma y se enroscó con violencia alrededor del cuello y los brazos de Quercus. El fauno se detuvo en seco. El hacha le resbaló entre los dedos y cayó. Sus pupilas se dilataron. La magia le golpeaba por dentro, como una mordedura interior.

—¡Quercus! —gritó Ramia, volviéndose hacia él, aún jadeante.

—Drëgo ha aprendido que a veces es más útil convertir… que destruir —añadió el druida, con esa calma terrible que le era propia.

Quercus tembló. Las piernas le flaquearon. Pero entonces murmuró, con voz apenas audible:

—Deralya…

La marca del verdiplumas, tatuada en su brazo, centelleó débilmente. No rompió el hechizo, pero algo en su mirada se encendió. La niebla vaciló. El corazón del bosque, aún agazapado en su pecho, no se rendía.

En un extremo del claro, Érebos los observaba. No intervenía. Solo estaba. O parecía estar.

—¿Y tú? —le espetó Grahim desde el suelo—. ¿No vas a hacer nada?

—Esto no es asunto mío. De momento —respondió el consejero.

Grahim no dudó. Apuntó a los cielos.

—Luxor cor venum! —gritó.

Un haz de energía pura cayó con violencia y estalló justo frente a Érebos. El consejero ni se inmutó. Extendió una mano y desvió el golpe con un giro mínimo de muñeca, como si apartara una brizna de humo.

—Mal cálculo, muchacho.

Y entonces se deshizo en humo oscuro, fundiéndose con la sombra de los árboles como si nunca hubiese estado allí.

Karkaddan no necesitó órdenes. La retirada de Érebos no lo enfrió; al contrario, encendió en él aún más su furia. Avanzó sin vacilaciones y, en su cuerno —afilado como un relámpago contenido—, vibraba una magia paralizante.

Ramia apenas tuvo tiempo de girarse. El unicornio apuntó con la cabeza y descargó el hechizo a distancia. Un fulgor añil brotó del cuerno y la envolvió al instante.

Un hechizo de parálisis tan antiguo como las praderas añiles, canalizado a través de una criatura que había nacido en sus pastos.

El cuerpo de Ramia quedó inmóvil, congelado en el momento del giro, con los labios entreabiertos y los dedos aún aferrados a la vara floral.

Drëgo, por su parte, avanzaba hacia Quercus, que temblaba de rodillas, a punto de ceder. La niebla aún lo envolvía. La sombra seguía viva.

—Drëgo tendrá un nuevo espécimen oscuro para su colección —murmuró, relamiéndose con una satisfacción que daba asco—. Un fuerte fauno oscuro. Oh, sí… Drëgo termina lo que empieza.

Pero no lo hizo.

Algo cambió de repente.

El aire silbó. No sonó como el viento, sino como un canto. Un zumbido armónico, casi invisible, rasgó la atmósfera por encima del claro. El sonido era cálido y vegetal, como si las hojas susurraran juntas un nombre.

Un portal de luz esmeralda se abrió entre las ramas. No era uno cualquiera. No olía a entremundo ni a magia académica. Olía a jungla húmeda y savia fresca.

Y de él emergió Deralya.

Quercus sonrió, incluso con la niebla oscura apretándole el cuello. La llamada había llegado. Era Deralya, su verdiplumas: un ave faérica grande y veloz, de plumaje verde y acoralado, con los colores encendidos entre el viento y el ramaje. Quercus compartía con ella un vínculo desde la infancia, desde que lo abandonaron en un nido y aquellas alas lo cubrieron cuando nadie más lo hizo. Ese lazo traspasaba los mundos.

Quercus forcejeó. La niebla le apretaba el cuello y los brazos, y aun así consiguió sacar el mentón, arañar un hilo de aire y separar los labios.

Silbó.

El sonido fue breve, con una nota de raíz, una orden fáunica que solo las criaturas vinculadas sabían entender.

Deralya cayó en picado, alas extendidas. El plumaje encendía el claro con verde y rojo, y dejaba destellos añiles al girar. No gritó. Solo golpeó.

Drëgo cayó al suelo, sorprendido por el impacto. El hechizo se cortó de golpe, y la niebla se deshizo alrededor de Quercus.

El fauno tosió, tragó aire con dificultad y murmuró, ronco:

—Deralya…

El verdiplumas aterrizó entre ellos y abrió las alas, firme, protegiéndolo.

Quercus se subió al lomo con un salto y señaló hacia el claro. La voz le salió rota, pero clara.

—¡Archimago! ¡Ramia!

Grahim, aturdido pero consciente, se arrastró hasta el ave. Se agarró a una pluma firme del costado y jadeó.

—Verás, Quercus, sigues equivocado, yo no soy…

—¡Agárrate fuerte! ¡No la dejaremos aquí! —lo cortó el fauno, sin mirarlo siquiera.

Grahim resopló, colgando ya de la montura.

—No me importaría que lo de archimago se me quedara como apodo, la verdad. Sin ánimo de ofender a Kórux.

Deralya se lanzó en picado. Quercus, sin soltar el agarre, estiró el brazo y subió a Ramia a la espalda del verdiplumas. La sostuvo con cuidado. El hechizo de parálisis seguía ahí, duro, pero los ojos de ella brillaban: estaba consciente.

Deralya batió las alas.

El claro tembló. Karkaddan relinchó y giró para embestirlos de nuevo. Drëgo, desde el suelo, alzó la varita.

En la punta, un rayo negro, más afilado, más letal, crepitó con hambre.

Ramia no podía hablar. Aún así, alzó un brazo con dificultad y movió el índice.

La vara floral respondió.

La luz giró en el aire, y el vórtice tomó forma.

Un portal.

Abrir portales era una de las artes de los guardabosques. Magia práctica, antigua, aprendida lejos de los mármoles académicos. Y Ramia, entre todos, la dominaba como nadie. Sabía leer las grietas entre planos como quien sigue un rastro en la maleza. Incluso paralizada, todavía podía empujar la magia por dentro y conducirla hasta su vara floral. No necesitaba gesto: le bastaba con la intención, y la rama ritual obedecía. 

La invocación de ese portal en el aire se lo había enseñado Ahodan en su segundo año de formación, cuando la enviaron al cuerpo de Guardabosques. Algo bueno tenía que haber tenido que la expulsaran de la Torre.

El portal se abrió justo frente a ellos. Flotaba en el aire, redondo, con bordes de ramaje verdoso que susurraban igual que hojas agitadas por un viento mágico.

—¡Aguanta! —gritó Quercus.

Abrazó a Ramia con un brazo y a Grahim con el otro, y se aferró con las patas al lomo de su montura.

Deralya batió las alas con toda su fuerza y se lanzó hacia el vórtice en el mismo instante en que el rayo de Drëgo salía disparado.

El portal se cerró tras ellos. El relámpago oscuro impactó en el aire vacío donde habían estado un segundo antes.

No quedó ni una pluma flotando. Solo el silencio.

Karkaddan resopló, con las pezuñas humeando. Drëgo apretó los dientes. La varita le temblaba. El claro recuperó el silencio, pero la calma no volvió.

El fauno y su ave habían escapado, y no lo hicieron solos. Ramia y Grahim se fueron con ellos: los cuatro, juntos, tan unidos que ni la oscuridad había logrado quebrarlos.

Drëgo los había observado. No con ira, sino con atención. Había visto cómo el verdiplumas descendía. Cómo respondía a un silbido. Cómo un simple gesto bastaba para invocar una lealtad ciega.

—Drëgo lo ha comprendido —murmuró, con los ojos aún clavados en el hueco del aire donde el portal se había cerrado—. No fue el poder lo que los salvó. Fue el vínculo.

Karkaddan bufó suavemente, sacudiendo una mota de ceniza de su chaleco celeste, como quien no necesita más guerra para sentirse satisfecho.

Drëgo bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Drëgo se pregunta si, para debilitar al enemigo, bastará con romper esos vínculos. Con arrancarlos de raíz.

Drëgo giró lentamente la cabeza hacia el unicornio. Lo miró en silencio, largo, medido, con la misma atención con la que se mide una grieta antes de decidir dónde golpear.

—Un lazo bien tejido desde la infancia puede resistir cualquier hechizo. Un lazo tan profundo como el de un fauno con su ave puede convertir a un simple guerrero en un escudo impenetrable.

Karkaddan se giró con lentitud y en su sonrisa se adivinó cierta curiosidad.

—¿Estás pensando en mí o en otro?

Drëgo no respondió. Pero sus ojos no se apartaban de él.

—Drëgo piensa en lo que se necesita para crear una criatura eterna. Lealtad, poder… y una chispa de oscuridad.

Giró la varita entre los dedos, pensativo.

—Y si en el proceso se apaga otra luz, tanto mejor.

Karkaddan alzó una ceja con fingida indiferencia.

—Si a mi potrilla oscura le parece bien, estaré donde se me necesite —dijo—. Para ella… y para ti.

Drëgo asintió, con ese brillo púrpura que nunca prometía nada bueno.

—Drëgo tiene una canción. Solo necesita encontrar la cuna… y el instante exacto para susurrarla.

Y con pasos lentos, ambos se adentraron en la espesura.

Uno, con la elegancia venenosa de quien sabe que el mundo le debe una reverencia. El otro avanzó a su lado, afinando en silencio la nota exacta: la que, cuando llegue el momento, sonará dulce como una nana y oscurecerá un linaje para siempre.

246 – EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

Personajes que aparecen en este Relato

EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

Nadie recorre solo los caminos del bosque si no tiene algo que perder o algo que recordar. Ramia Laforet avanzaba en silencio. El musgo cedía bajo sus botas y el claro se quedaba quieto, atento a su paso. Allí no era una extraña. El bosque la conocía, aunque ya no la recibiera con susurros.

La marca arcana nacía en su ojo izquierdo y subía por la sien con forma de hiedra luminosa. No la había aprendido en ningún libro. Le había brotado. Cada hebra vibraba con su magia y esa vibración se extendía por la corteza cercana, por la tierra húmeda, por las hojas que aún se aferraban a las ramas. Desde entonces, cada hechizo que tejía estaba anclado a esa floritura sagrada.

Ramia no necesitaba alzar la voz ni recitar palabras solemnes. El bosque la entendía porque su magia hablaba su idioma: el de la hoja seca que cruje, el de la raíz que abraza la piedra, el de la flor que se askbre al caer la tarde. Su rama ritual, cubierta de campanillas moradas, parecía más un tallo cuidado durante años que un arma forjada. Aun así, en sus manos tenía peso de mando. Era su vara floral: un canal vivo entre savia y conjuro.

La capa gris le caía sobre la espalda con suavidad.

Ramia ya no tenía la ligereza de la adolescencia, pero la edad tampoco le pesaba. Había dejado atrás suficientes inviernos para conocer el frío de cerca, y aun así su voz conservaba una firmeza serena, de esas que no se quiebran cuando el mundo aprieta. Podía haber sido maestra, guerrera, druida o impromaga de batalla. Pero eligió otra senda: la de quienes no piden permiso para seguir vivos.

—¿Aldric? ¿Ona…? —dijo, casi sin aire.

El claro no respondió.

Un crujido sonó a su izquierda.

Ramia giró y alzó su vara. No lanzó el conjuro, pero lo sostuvo listo, con la punta señalando la oscuridad entre los troncos. La tensión le trepó por los brazos y se le clavó en el pecho. El bosque respondió a ese aviso: las ramas se inclinaron, el aire se espesó y el claro se estrechó, como si el bosque cerrara un círculo alrededor de ella.

Entre los troncos apareció una figura.

El atuendo le resultó familiar.

Una túnica anaranjada le ondeaba sobre los hombros a un hombre de complexión firme. Debajo asomaba el uniforme negro, ceñido, de la escuela de magia de Skuchaín, con el emblema del dragón bordado en ámbar a la altura del corazón. Llevaba brazaletes verdes en las muñecas, cuero gastado y deshilachado por el uso. Y en los pies no llevaba nada. Iba descalzo, no por descuido, sino por elección, como la mayoría de los impromagos de la casta Natura. 

—¿Ramia Laforet? —preguntó Grahim. La voz le salió medida y contenida, con un temblor leve que delataba algo pendiente desde hacía años.

Ramia no bajó el arma mágica al instante, pero la rigidez del gesto cedió cuando lo reconoció.

—Grahim. Del Cataclismo. Claro que me acuerdo. Me alegra ver que sigues vivo… aunque no esperaba encontrarte en este claro.

—Ni yo a ti —respondió él, y dejó aparecer una sonrisa breve, casi incrédula, que se le apagó enseguida—. He vuelto a estos bosques porque aquí, junto a los canales de la Torre, se están abriendo portales. Algunos dejan rastro de magia oscura. Estoy siguiendo esa pista, porque busco a una niña que se llevaron… pero me falta oficio para leer bien estas grietas. En Skuchaín sabemos levantar barreras y fórmulas, pero de portales en terreno vivo sabemos poco. Necesito a un guardabosques.

Ramia sostuvo la vara con más calma. La marca de su sien palpitó con un brillo tenue.

—Un portal siempre deja un rastro —dijo—. Aunque lo cierren bien. La tierra se queda tibia, y el musgo tarda en asentarse. Las raíces se apartan un poco, y cuando vuelven, lo hacen con prisa. Si ha habido magia oscura, el olor se pega: humedad agria, savia revuelta. Y si te acercas sin miedo… lo oyes. No con los oídos. Con el cuerpo.

Grahim abrió los ojos, atento, con esa devoción del alumno que por fin entiende una pieza que le faltaba.

—Eso es justo lo que me pasaba —murmuró—. Notaba algo, pero no sabía ponerle nombre. En la Torre solo hablamos de estructuras, de límites, de fórmulas… y aquí todo se mueve distinto.

Ramia inclinó la cabeza hacia el suelo del claro.

—Busca los bordes —añadió—. Las zonas donde la hierba crece torcida o donde el aire se queda quieto. Si quieres confirmar, deja caer una chispa de Natura cerca. Una sola. Si la magia se la traga, ahí hubo abertura y todavía se puede seguir el rastro. Si la chispa rebota y vuelve hacia ti con fuerza, es que el lugar está sellado, abrieron un portal pero lo cerraron cuidadosamente. Y si se queda flotando, sin inclinarse a ningún lado, es que no hay nada que la guíe: no se ha abierto ningún portal ahí, o no lo han hecho recientemente.

Grahim asintió con una intensidad casi infantil, y la tensión de su cara se aflojó un instante.

—Ramia, esto… esto me sirve —dijo, y la gratitud se le notó en el pecho—. De verdad.

Se quedó un segundo callado, y la mirada se le fue lejos, hacia un recuerdo que volvía con fuerza.

—En el Cataclismo —añadió—, cuando el cielo se rompía sobre nosotros… tú no mirabas arriba. Tú mirabas el suelo. Y cuando todos retrocedíamos, tú encontrabas dónde plantar el hechizo para que aguantara. Yo lo vi. Y lo recuerdo.

Se detuvo un instante, como si buscara las palabras que no sonaran a adorno.

—Luchamos codo con codo y aun así me quedé callado. Allí no fui capaz de decirte lo que pensaba. Sé que no era el momento, pero necesito que lo sepas ahora. Yo te admiraba desde antes. Cuando era pequeño y conseguí escapar de aquel molino terrible, llegué a Skuchaín y tu nombre ya corría por los pasillos. La gente lo pronunciaba con ese respeto que se guarda para lo que no se discute. Te vi en el invernadero, ¿te acuerdas? Hiciste florecer la cúpula con un giro de muñeca. Aquello no fue solo poder. Era belleza. Todos los de la casta Natura queríamos ser como tú, por tu manera brillante de entender la magia natural.

Ramia entrecerró los ojos. En su gesto no había recelo; había un respeto atento, casi cuidadoso.

—Nunca es el momento para decir esas cosas —respondió—. Pero gracias. Aunque… ya no soy exactamente la misma impromaga que era entonces.

Grahim dejó escapar el aire, despacio, y miró un punto del claro que no parecía tener nada.

—A veces me pregunto si, después de todo lo que hemos vivido, alguien ha salido intacto —murmuró Grahim.

—Pocos —dijo Ramia—. Y ahora… busco a mis compañeros: Aldric y Ona.

El nombre de Ona le cayó a Grahim con un peso inmediato. Bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla ya se le habían endurecido los hombros. La voz le salió más baja, con un cuidado tenso.

—Ona… la hija de Van Bakari —dijo, y la frase le raspó la garganta—. Todo esto huele a él. Y ella huele igual.

Ramia sostuvo su mirada.

—Yo también estoy analizando portales —añadió—, pero no de los que deja un hechizo normal. Esto es otra cosa. Con la magia del Orbe, el rastro es casi imperceptible. No calienta la tierra, no aparta raíces, no deja olor. Pero queda una marca, sutil, antigua… como el mismo orbe.

Se llevó los dedos, apenas, hacia la sien, donde la luz arcana seguía viva.

—Es ancestral. Muy poderosa. Y cuando aparece, el bosque la nota… pero no sabe señalarla. Por eso estoy aquí. Si Aldric y Ona han cruzado algo así, no los voy a encontrar siguiendo pisadas. Los voy a encontrar siguiendo esa marca.

Grahim tragó saliva.

—La magia del Orbe nos ha separado a todos. Yo tampoco sé dónde está Trai —dijo—. El Archimago insiste en que ahora mismo es indetectable. Y si de verdad buscas a Ona… Ramia, piénsalo. Es la hija de Van Bakari. Todo esto huele a él. Siempre está haciendo de las suyas. Por tu bien, no te acerques. Esa chica es retorcida y venenosa. De tal palo, tal astilla.

A Ramia le ardió el pecho al escucharlo. Se le tensó la mandíbula. La marca de la sien brilló un poco más y la vara respondió con un pulso visible, contenido, firme.

—No vuelvas a hablar así de ella —murmuró. La frase no buscaba pelea. Marcaba un límite.

Grahim dio un paso atrás, y el borde de su túnica anaranjada rozó el musgo. El movimiento le salió torpe, casi un tropiezo.

—¿Ona…?

Ramia bajó el báculo muy despacio. La luz de su marca arcana palpitó con un ritmo distinto, menos defensivo y más desnudo. Cuando habló, lo hizo sin protegerse detrás de nada.

—Yo estaba con ella. En el momento del Orbe. Y no… no fue solo cosa de Amatís de Mora.

En la mirada de Grahim volvió a encenderse la cautela.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que fui parte de su plan —respondió Ramia—. Fui una de las que lo activaron. Y yo lo potencié con magia arcana. Antigua. Prohibida.

El claro se sumió en un silencio seco, tan profundo que hasta las hojas dejaron de moverse.

—Ramia… —dijo Grahim, más bajo—. Si hiciste eso… si de verdad amplificaste el Orbe con magia arcana… tendríais que haber muerto.

—Lo sé —contestó ella—. Y habríamos muerto, si Aldric no hubiera estado con nosotras.

Grahim frunció el ceño.

—Aldric…

—Canalizó sus dones de sanación —continuó Ramia—. Mientras el Orbe se desbordaba, él nos mantuvo atados a esta tierra. Cada golpe de magia que nos atravesaba encontraba su respuesta en él. Nos sostuvo el tiempo justo.

—Eso es imposible —dijo Grahim, aunque la palabra le salió con menos fuerza de la que pretendía—. Ningún sanador podría contener una energía así.

—Aldric pudo. Durante el tiempo justo.

Ramia alzó la vista. No buscaba compasión, y en su voz tampoco había orgullo.

—Creímos que el Orbe traería equilibrio. Creímos que separaría a los demonios de su emperatriz. Pero lo que ha hecho… ha sido separarnos a nosotros.

—¿Y Ona? —preguntó Grahim.

Ramia bajó la mirada. La luz de la marca en su sien se atenuó un poco, como si también escuchara ese nombre.

—No lo sé. Todo se volvió inestable. El Orbe soltó su poder y el mundo se desordenó. Lo siguiente que recuerdo es este bosque, a las afueras de la Torre de Skuchaín. Apenas podía sostenerme; me quedé sin energía y no sé cómo llegué hasta aquí.

Tragó saliva y dejó que el silencio ocupara el claro un instante.

—Tiene algo… extraño volver aquí. Este lugar me trae recuerdos, y algunos todavía duelen.

Se calló. No necesitó llorar para que doliera.

—Solo espero que, al menos, esa Emperatriz se haya quedado sin el poder de sus demonios. Que el hechizo hiciera algo más que destrozarnos. Que aún podamos recuperar Calamburia.

Grahim no respondió con palabras. Se le notó en la forma en que apretó la mandíbula y en cómo fijó la vista en la espesura, como si escuchara algo que todavía no se había decidido a mostrar la cara.

La niebla se agitó.

Entre los helechos, una vibración levantó el aire. La tierra respondió primero: las raíces se separaron con un crujido húmedo y el suelo dejó escapar un aliento de magia vegetal. Empezó a dibujarse un círculo de energía, irregular, vivo en sus pulsos, con destellos verdes que subían y bajaban como una respiración descompasada.

Ramia alzó su vara recubierta de flores. Grahim empuñó su varita con firmeza.

—¿Lo estás sintiendo? —murmuró él—. Lo están abriendo desde el otro lado.

—Sí —respondió Ramia, con los ojos entornados—. Y no suena hostil… pero esto no se parece a un portal de protocolo.

El vórtice crujió una última vez y se abrió con un destello verdoso y un soplo de tierra húmeda.

De pronto, salió disparado un fauno de aspecto salvaje. Llevaba los cuernos bien altos, con la luz atrapada en el relieve. Tenía una cresta rosa, desordenada, y un arnés de cuero lleno de frascos que tintineaban al chocar entre sí. El zurrón le colgaba cargado, a punto de reventar. En el brazo derecho, tatuado con tinta vegetal, destacaba la silueta de un verdiplumas alado en pleno vuelo.

—¡Ah! ¡Ahí está! ¡La varita! ¡La varita brillante! —gritó, y señaló la mano de Grahim.

Grahim se quedó tieso, con la varita en alto y los ojos abiertos de par en par.

—¿Perdón? —murmuró, desconcertado.

El fauno se lanzó de rodillas con una teatralidad impecable, como si el claro se hubiera convertido en escenario.

—¡Oh, todopoderoso archimago! —exclamó—. ¡Por fin os encuentro! Gracias a la Dama Esmeralda y su red de portales menores, he podido localizaros. ¡La Torre de Magia debe apoyar a la Dama Blanca!

Grahim miró a Ramia de reojo, con una mezcla de vergüenza y alarma.

—A ver… esto es un poco incómodo —dijo—. ¿Archimago? No. Eso es un malentendido. Yo no soy Kórux.

Ramia frunció el ceño, entre la alerta y el asombro, pero en sus ojos asomó una chispa de reconocimiento.

—Tú eres Quercus. El legendario jinete de verdiplumas que luchó en el Cataclismo. Nosotros estábamos en la Torre Arkhana de Skuchaín, conteniendo el flujo de magia desde los canales.

Quercus se cuadró al instante. El gesto quiso ser solemne, pero se le fue un poco el peso hacia un lado y terminó pareciendo más un amago de tropezón que una postura militar.

—¡A vuestro servicio! Y gracias. A los dos. De verdad… gracias —dijo, y la reverencia le salió torpe, aunque le brotaba del pecho—. La Dama Esmeralda y la mismísima Dama Blanca estarán eternamente agradecidas con los guerreros de la Torre de Magia.

Grahim bajó por fin la varita, aunque se la quedó cerca, por costumbre y por prudencia.

—¿Qué ha ocurrido, Quercus? ¿Por qué vienes tú… y por qué en un portal secundario?

El fauno se incorporó y se sacudió ramas y briznas del pelaje. Esta vez ya no hubo exageración en sus ademanes. La voz le cambió, por primera vez, era la de alguien que había visto demasiado.

—Kárida ha sucumbido a la oscuridad. Ya no es la Dama Añil. Drëgo le entregó el báculo de Öthyn. Con eso la convenció… o la transformó. O ambas cosas. El caso es que ahora se hace llamar la Dama Negra.

Ramia bajó la vara lentamente. No movió un músculo, pero el miedo le cruzó la mirada y le dejó el pulso más tenso.

—Eso no puede ser…

—Pero lo es —dijo Quercus—. Yo estaba allí. Vi cómo Karianna intentó detenerla. Vi cómo las Damas del Fuego, el Acero y el Aire la traicionaron. Y vi a Kárida alzar el báculo de Öthyn como si le perteneciera. Drëgo no dudó: juró lealtad a la unicornia oscura en cuanto sintió el poder de esa nueva… creación.

Grahim negó con la cabeza, incrédulo, y apretó la varita entre los dedos.

—El báculo del Druida Supremo… ¿cómo lo consiguió?

—Drëgo lo guardaba —dijo Quercus—. Desde hace tiempo. Esperaba su momento. Y lo ha encontrado.

Bajó la voz, y el claro pareció acercarse para escucharle.

—Ahora la Morada de los Druidas está bajo el mando de Kárida. Están reorganizando sus fuerzas. Nadie lo dice en voz alta, pero todos sabemos cuál será el siguiente paso: tomar la Aguja de Nácar.

Ramia inspiró despacio, con una calma que le costó.

—¿Y la Dama Blanca?

Quercus negó con firmeza.

—Resiste. Y no está sola. La apoyamos los faunos, las ondinas, las ancianas y su madre, la antigua Dama Blanca. Breena, el espíritu del bosque, también ha despertado para protegerla. Pero no basta. Si Kárida toma la Aguja de Nácar, no habrá equilibrio posible.


Grahim bajó la mirada. Había oído rumores, pero aquello era otra cosa.

—Entonces Skuchaín no puede quedarse al margen —murmuró.

—Exacto, archimago —afirmó Quercus, y la palabra le salió redonda, convencida.

—No, si yo no soy… —empezó Grahim.

—Y vuestra sabiduría será clave —siguió Quercus, sin dejarle sitio—. La Dama Esmeralda me ha enviado por eso. Vuestra magia aún puede inclinar la balanza. Y el tiempo se agota.

Por primera vez, Ramia esbozó una sonrisa. No porque la situación diera tregua, sino porque había algo extrañamente cómico en ver a Grahim atrapado en un título que no sabía sacudirse. La solemnidad del fauno, la incomodidad del Natura, y aquel anuncio terrible cosidos en mitad del bosque era, sencillamente, absurdo.

Grahim soltó el aire y murmuró, casi para sí:

—Esto no va a arreglarse pronto…

Luego se giró un poco hacia Ramia, con la voz más baja.

—Lo de los druidas se veía venir. No hace mucho encontramos a Drëgo confraternizando con el enemigo. Kórux avisó a la Dama Blanca, pero no imaginé que Drëgo arrastraría con él a la mitad de las Damas.

Volvió a mirar a Quercus, ya con el tono de quien se obliga a estar a la altura.

—Es una noticia terrible. Pero no te preocupes, valiente fauno: Skuchaín responderá. Tenemos que reagruparnos cuanto antes, reforzar los canales mágicos activos y alertar al resto de castas. Esto va a exigir algo más que ganas. Vamos a necesitar estrategia, coordinación… y fe en lo que aún no se ha torcido.

Los ojos de Quercus se iluminaron.

—¡Oh! ¡Muchísimas gracias, señor archimago!

Grahim apretó los labios, sostuvo el gesto con una resignación casi digna y dejó escapar un murmullo entre dientes:

—Encuentro esta confusión… turbadoramente gratificante…