Personajes que aparecen en este relato

LA INFRANQUEABLE TORRE DE MAGIA
—¿Y cómo habéis conseguido entrar?
La voz de Aurora Sibyla cortó el aire sin ceremonias. Los tres hermanos estaban reunidos en lo más alto de la Torre Arkhana, sobre una de las terrazas circulares que dominaban las tierras de Skuchaín, rodeados de viento y piedra encantada. Las nubes reptaban por debajo de sus pies y el cielo mostraba el azul opaco de los lugares saturados de magia.
Periandro no respondió enseguida. Miró el horizonte durante un instante. En la lejanía, la luz curvaba sus límites y Calamburia parecía contraerse bajo el peso de lo que se avecinaba.
—Con mi marca —dijo al fin, llevándose dos dedos a la frente, donde el dibujo arcano permanecía grabado en su piel—. Al cruzar las defensas, volvió a brillar y me abrió el paso. La Torre todavía me reconoce.
Aurora siguió el gesto de su hermano. Por instinto, se tocó el mismo lugar, pero bajo sus dedos solo encontró piel. Retiró la mano enseguida.
—¿Y ella? —añadió, señalando con un leve gesto a Carmélida—. Porque te recuerdo que solo a ti te brotó la marca. ¿No recuerdas? Siempre has sido el especial.
El tono arrastraba años de agravios que ninguno necesitaba nombrar y que todavía dolían al menor roce.
Carmélida no pareció sorprendida.
—¿En serio preguntas eso? —respondió con calma—. No atravesé las defensas a ciegas. Las entendí. ¿O ya has olvidado que las diseñamos juntas?
Aurora la observó sin moverse, sin asentir.
—Sí, ahora están reforzadas con una piedra mágica —añadió Carmélida—. Lo noté. Es una mejora elegante. Pero la estructura sigue siendo la misma. El conjuro base no ha cambiado, y una alquimista que conoce el corazón de un hechizo siempre puede descifrar las capas que lo protegen.
Una ráfaga más violenta barrió la terraza y agitó sus ropas.
—Creí que nunca volverías a pisar este lugar —murmuró entonces Aurora, sin mirarles.
—Yo también lo creí —dijo Carmélida—. Pero hemos dejado atrás el tiempo de las promesas rotas. Ahora debemos actuar.
Ninguno añadió nada más. El silencio espesó aún más la tensión entre ellos. El viento seguía rugiendo alrededor de las almenas, pero los Sibyla ya descendían por la espiral de piedra que conectaba la terraza con los niveles interiores. Nadie les dirigió la palabra. Nadie osó detenerlos.
Poco después, entraron en el salón superior.
Aurora se detuvo junto a una de las columnas centrales. La luz hechizada de los vitrales parpadeaba sobre sus mejillas. Un zumbido leve recorría los muros, señal de que la Torre seguía conteniendo los embates mágicos del exterior. Cada vez que la vibración aumentaba, alzaba la vista hacia la bóveda.
—La situación es insostenible —dijo sin rodeos—. Judäthyn y los demás druidas contienen los flujos de magia natural que rodean la Torre. Mantienen el equilibrio con todas sus fuerzas, pero desde la traición de Drëgo no nos fiamos de ninguna conexión con el Reino Faérico. Aodhan y los guardabosques vigilan los portales. Allí también están en guerra; cualquier alteración en los anclajes podría abrir una brecha y hacernos perderlo todo.
Periandro frunció el ceño. Desde hacía semanas, el nombre de Drëgo contaminaba cada informe que recibía. Aurora continuó con mayor gravedad.
—Los profesores Férula y Gónagan siguen activos. Se han hecho cargo de los estudiantes y coordinan al resto de profesores y eruditos. Custodian la biblioteca de conjuros menores, vigilan los portales internos y tratan de mantener la calma como pueden. No descansan desde hace días. Los jóvenes tienen miedo, Periandro. Un miedo que ya no saben ocultar. En esta Torre todavía hay niños que jamás deberían haber conocido una guerra y que ahora ni siquiera pueden marcharse.
Aurora tomó aire antes de continuar.
—Ramia cruzó al Reino Faérico con Grahim. Sabemos que llegaron a la Jungla Esmeralda acompañados por un fauno, pero allí perdimos su rastro. Nadie ha vuelto a verlos. Ignoramos si se ocultaron por voluntad propia o si algo salió mal.
Carmélida apretó la mandíbula y apartó la mirada. El nombre de Ramia avivó una rabia que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—Esa niñata… —masculló Carmélida, apenas audible—. Por su culpa. Y por la de los otros dos…
Guardó silencio el tiempo justo para tragarse la rabia.
—¿Y la red de alquimia? —preguntó entonces, con tono firme, ya recompuesta.
—Caelen y Calum la sostienen como pueden —respondió Aurora—. La red de viales de contención sigue operativa, aunque las reservas de ingredientes menguan cada día. Aun así, consiguen improvisar defensas. Se mantienen en contacto con Amestrys, que sigue enviando señales desde el Faro, donde se encuentra nuestra tía Minerva. Gracias a su trabajo conjunto, la Torre sigue anclada a planos seguros. Han hecho un esfuerzo titánico, Carmélida. Tú lo sabes mejor que nadie: sin ese anclaje, ya habríamos sido arrastrados por la distorsión. Pero no durará.
Periandro alzó una mano con un gesto brusco y la interrumpió.
—Podrías haberlo resumido. No tenemos tiempo para informes de aula. Hay una sola urgencia. Minerva debe saber lo que pasa.
Aurora lo miró. Durante un instante, pareció contenerse, pero la furia terminó por abrirse paso. Cuando respondió, su voz había perdido el temple de la hermana sensata.
—Claro. Ahora también decides cuándo y cómo debemos informar. Como siempre: das órdenes desde tu pedestal sin saber lo que cuesta sostener este lugar mientras todo se desmorona. ¿Y sabes lo que eres, Periandro? Un arrogante y un cretino. Nunca has consolado a un alumno aterrorizado ni has tenido que enterrar a uno de los nuestros. Caminas por encima de todos, convencido de que tu marca te convierte en el único capaz de salvarnos. Solo apareces cuando toca pronunciar un discurso y fingir que eres un héroe. Y ni siquiera eso sabes hacerlo bien.
Carmélida dejó escapar una risa seca.
—Qué carácter, hermana. Y yo que pensaba que eras una mosquita muerta. ¿Será que la Torre también te está cambiando?
Aurora se cruzó de brazos. La tensión de sus hombros revelaba que la ira seguía allí, buscando una nueva salida. Periandro la ignoró y caminó hacia el altar de comunicación. En el pedestal central reposaba un pequeño cubo de cuarzo azul. Apoyó la varita junto a él y extendió la mano izquierda sobre su superficie encantada.
La sala se inundó de luz azul. El cubo palpitó bajo la mano de Periandro y una presión invisible recorrió las grietas de los muros. La magia parecía a punto de desbordarse.
Cuando iba a pronunciar la primera sílaba del encantamiento, la puerta se abrió con un chirrido. Baufren, el duende mayor, entró en el salón.
—¡Qué alegría veros juntos! —exclamó Baufren sin perder la sonrisa—. Desde que resolvimos lo de Eme y la piedra oscura no os veía reunidos. Los tres hermanos Sibyla, juntos otra vez. Vuestra tía debe de estar orgullosa. Me alegra el alma, de verdad. La Torre os necesita a los tres.
—¡Fuera! —gruñó Periandro, sin girarse.
Baufren se detuvo en el umbral. La sonrisa se le borró del rostro.
—Pero, Periandro… ¿no me reconoces? Soy Baufren, miembro del claustro. Fui profesor tuyo. Te puse dos matrículas de honor… ¡dos! Y te recomendé para este puesto, ¿lo has olvidado?
Periandro se giró por fin. Las palabras de Baufren habían encendido aún más su ira.
—¡Márchate de una vez! ¡Eres un maldito duende, una creación mágica defectuosa! No eres natural y nadie te necesita aquí.
Periandro alzó la varita.
—¡Vis repulsionis!
La descarga brotó con un golpe seco. Una ráfaga de energía envolvió a Baufren y lo arrojó de espaldas fuera del salón. La puerta se cerró tras él con un portazo que resonó por toda la planta.
El eco se extinguió y nadie habló.
—Ya era hora —escupió Periandro, casi sin aire.
Luego respiró hondo y dictó el mensaje mientras la magia volvía a concentrarse en el cubo de cuarzo del altar.
—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchaín. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.
La luz se extinguió. El cubo de cuarzo quedó inmóvil bajo la mano de Periandro y ninguno de los tres dijo nada.
El aire permaneció denso, impregnado de una inquietud que el mensaje no había logrado disipar.
Un crujido seco quebró el silencio.
El sonido nació en las alturas del salón. El tejido mágico de la Torre se tensó y una fisura invisible recorrió la bóveda. Algo había atravesado sus defensas por un punto imposible de localizar.
Y entonces se oyó la voz.
—No es forma de tratar a los que más te quieren…
El sonido descendió desde la bóveda, suave y burlón, cargado de la calma de quien llevaba siglos esperando aquel momento.
—Qué vergüenza sentiría vuestra tía de vosotros tres.
Periandro, Aurora y Carmélida alzaron la vista al mismo tiempo. Una figura surgió de las sombras de la bóveda y descendió envuelta en un humo denso de color vino. Se deslizó hacia ellos ajena a la gravedad, con una lentitud calculada.
Áxbalor.
Era uno de los Seis Altos Demonios, señor de la seducción, corruptor de voluntades y artífice del caos emocional. Su presencia avivaba las pasiones, quebraba las lealtades y transformaba los vínculos más profundos en armas contra quienes los habían forjado.
De su cabeza surgían dos cuernos retorcidos y simétricos, de marfil ennegrecido, recorridos por vetas de sombra que latían al ritmo de su respiración. Una franja de ceniza atravesaba su rostro desde la sien derecha hasta la comisura de los labios y dibujaba una equis quebrada, demasiado precisa para ser una cicatriz.
En sus manos, una esfera de fuego latente palpitaba sin emitir sonido. Con cada pulsación, las sombras del salón adquirían un resplandor rojizo.
A su lado aparecieron dos zíngaras.
La primera avanzó con paso firme y la mirada resuelta. El cabello oscuro le caía suelto sobre los hombros, agitado por el aire espeso del salón. En una mano empuñaba una pandereta en forma de luna, decorada con aros metálicos y jirones de tela. La sostenía a la altura del pecho, preparada para utilizarla.
La segunda caminaba unos pasos por detrás. Sus movimientos eran tensos y mantenía los ojos demasiado abiertos. El cabello le caía desordenado sobre el rostro y apretaba los labios para contener el temblor de su respiración. A pesar del miedo, continuó avanzando.
Eran Kálima, la matriarca zíngara, y Sámara, su hija.
Kálima extendió la mano y dejó caer un puñado de polvo gris azulado. Una corriente invisible lo dispersó por el salón con precisión ritual.
Carmélida trató de retroceder, pero sus piernas dejaron de responder. Periandro quiso alzar la varita, aunque los dedos habían perdido la fuerza necesaria para manejarla. Aurora alcanzó a pronunciar una maldición antes de que las rodillas le cedieran.
Kálima recitó el conjuro zíngaro en un susurro mientras hacía sonar la pandereta con un ritmo suave y melódico. Las palabras fluían en una lengua ancestral con la cadencia de una vieja canción de cuna. Cada sílaba se aferraba a sus mentes y tejía alrededor de ellas una red invisible.
Los hermanos Sibyla fueron cediendo uno tras otro, aplastados por un peso interior. El odio avivado por Áxbalor había consumido sus fuerzas y apenas les quedaba voluntad para sostenerse.
—Tu don es extraordinario —murmuró Kálima a Áxbalor, sin apartar la mirada de los cuerpos que se desplomaban lentamente—. Les has hecho odiarse en cuestión de minutos.
—No ha sido difícil —respondió él, complacido—. Solo había que empujar lo que ya existía.
Áxbalor fijó la mirada en Sámara. La joven temblaba con los ojos clavados en el suelo y la respiración entrecortada. Evitaba mirar a los hermanos derribados.
El demonio sonrió y liberó su poder.
Sámara alzó la barbilla. El temblor cesó y un orgullo ajeno endureció sus facciones. Contempló los cuerpos tendidos con una seguridad nueva, convencida de que lo que acababan de hacer había sido necesario y justo.
En ese momento, dos nuevas figuras cruzaron el umbral.
Caila entró primero, con el porte sobrio y el rostro indescifrable. En una mano llevaba un zafiro envuelto en cadenas de cobre. Tras ella caminaba Tesejo, un mago de movimientos elegantes y mirada condescendiente. Un arañazo reciente le cruzaba la mejilla. Caila reparó en él.
—Eurídyce —explicó Tesejo, rozándose la herida—. No se ha tomado demasiado bien que la dejara en la Cuna de la Oscuridad.
Aurora, consciente a medias, lo reconoció. El mago oscuro se inclinó hasta acercarse a su oído.
—Qué pena, ¿verdad? Tú y yo podríamos haberlo tenido todo. Dos prodigios de la magia, guapos y poderosos. Habríamos tenido hijos perfectos: guapos como su madre y listos como su padre.
Aurora giró el rostro lo suficiente para mirarlo.
—Antes prefiero enamorarme del Leviatán. Eres un mago ridículo, ignorante y de pacotilla.
Tesejo recibió el insulto con la satisfacción de quien había obtenido exactamente la respuesta que esperaba.
Caila avanzó en silencio hasta el pedestal de comunicaciones. Sin pedir permiso, introdujo la mano entre los engarces y extrajo una de las piedras ancladas. En su lugar encajó el zafiro ceñido por cadenas de cobre, idéntico en tamaño, aunque destinado a otro propósito.
El brillo del pedestal varió apenas: un matiz distinto, una desviación mínima.
Lo justo para desviar el traslado.
—La tía Minerva no va a tener un viaje tan cómodo como ella creía —musitó Caila, sin levantar la mirada—. Qué disgusto se va a llevar el Archimago…
El sueño ya doblegaba a los tres hermanos. Periandro respiraba despacio; Carmélida, a tirones. Aurora aún luchaba por mantenerse consciente y, aferrándose al último resto de lucidez, murmuró:
—Pero… ¿cómo es posible… que hayáis entrado?
Áxbalor se limitó a sonreír con una serenidad aterradora.
—¿Nosotros? Nosotros solo hemos seguido las reglas… al pie de la letra.
Unos días antes, muy lejos de allí, una joven corría sin aliento por el corazón del Bosque Perdido de la Desconexión. Ignoraba que Áxbalor ya la esperaba entre los árboles.
