243 – EL HAYA DE LOS LAZOS

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EL HAYA DE LOS LAZOS

La humedad de la arboleda la envolvía como una promesa. Gorrión conocía bien aquel lugar. Había acampado allí con su familia más de una vez, en los veranos o en las estaciones confusas, cuando los pícaros regresaban a Catch-Unsum para ocultarse de los impuestos, del pasado o del peso de la justicia sobre sus propios nombres.

Su padre, el pícaro Drawets, le había enseñado los caminos ocultos entre los arbustos, el modo en que el musgo crece siempre en el lado más fresco de los troncos y cómo orientarse si las estrellas aparecían entre las copas.

—Si te pierdes —le decía mientras la cargaba sobre los hombros, hablando hacia el cielo, hacia ella—, sigue el olor a savia. El musgo te guiará. Y si ves fuego sin humo… es que alguien te está esperando.

Ella no respondía. Estaba muy atenta, aunque sus manos se entretenían jugando con los rizos de su padre, enredando los dedos en su cabello revuelto como si fueran lianas o crines de un animal fantástico. A veces se los trenzaba sin que él se diera cuenta; otras, simplemente los acariciaba, concentrada en su voz, como quien escucha una historia que quiere recordar para siempre.

—¿Y si no hay fuego? —preguntaba Gorrión siempre, con la seriedad de quien desea todas las respuestas del mundo.

—Entonces ve al claro de la Daga Rota —decía él, bajando la voz como si compartiera un secreto ancestral—. ¿Ves? Está escondido tras tres robles y un zarzal torcido, el que huele a canela mojada. Nadie va allí si no es de los nuestros. Ni siquiera los espíritus.

Avanzaban juntos hacia allí en sus paseos, y él le mostraba las raíces entrelazadas de los árboles más viejos, hasta llegar a una en particular: dos hayas que habían nacido separadas pero, con los años, sus troncos se habían fundido en uno solo. La llamaban el Haya de los Lazos.

—En medio del claro crece este haya —le decía su padre—. Allí podrás esconderte. Su tronco tiene un hueco donde cabes tú entera y el musgo es tan blando que parece respirarte mientras duermes.

—¿Por qué se llama así? —preguntaba ella, tocando la corteza unida de los árboles.

Drawets sonreía y contestaba:

—Porque son dos árboles que decidieron no separarse nunca más. Nacieron lejos, pero el bosque los trajo de vuelta. Se abrazaron. Y ahora ya no pueden vivir el uno sin el otro. ¿Ves? Algunas cosas están hechas para reencontrarse. Incluso si el bosque las separa.

—¿Y tú me buscarás si me pierdo? —preguntaba Gorrión en voz baja.

—Siempre —respondía él sin dudar, apretándola contra su nuca—. Siempre sabré cómo volver a ti.

Y luego la abrazaba fuerte, como si temiera que algún día olvidara el camino.

Ahora estaba sola. 

Desde que los cazademonios despertaron el Orbe de la Confusión, el mundo se le había partido en dos y su hermano y su padre habían quedado al otro lado, lejos, fuera de alcance.

Estaba viendo la entrada del claro de la Daga Rota. Allí, en el centro, el Haya de los Lazos seguía en pie. Majestuosa. Su tronco fusionado abría un hueco natural a ras de suelo, cubierto de hojas secas. Un escondrijo seguro. Un corazón hueco donde, alguna vez, una niña se acurrucó a cantar con los ojos cerrados, creyendo que todo estaría bien.

La noche descendía despacio. El bosque se había vuelto más denso, más vertical. El cielo se asomaba entre ramas y las estrellas dibujaban sendas que solo los pícaros sabían leer.

Gorrión estaba acurrucada en el corazón del haya cuando un sonido seco, casi un crujido contenido, le hizo girar la cabeza de golpe.

Fue entonces cuando, a lo lejos, lo vio.

—Papá… —susurró.

Una figura avanzaba entre los árboles. Era alta, de hombros estrechos, con una túnica oscura que le caía hasta el suelo. Caminaba sin prisa y, aun así, la hojarasca crujía solo lo justo, como si el bosque le concediera ese ruido. La luz de las estrellas no alcanzaba su rostro.

Gorrión se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.

—¿Papá? —preguntó, con un hilo de voz.

La figura se detuvo.

Por un instante, el bosque contuvo el aliento. Y la niña, sin pensarlo, echó a correr hacia él.

—¡Papá! Sabía que me encontrarías. Sabía que… —la voz se le quebró—. Estoy siguiendo el musgo, como dijiste. No me he ido lejos, lo juro. Solo un poco.

Cuando estuvo a un paso, alzó la mirada.

Los ojos que la observaban no eran los de su padre. Eran más hondos. Más viejos. Y estaban demasiado quietos.

—Gorrión —dijo el hombre, y pronunció el nombre como si lo hubiera guardado para este momento.

La niña frenó en seco y retrocedió un paso.

—Tú… no eres él.

El desconocido sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue una señal.

—No —admitió—. Y aun así has venido.

Gorrión tragó saliva. Le temblaron los dedos sobre la tela de la capa.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Porque Drawets lo pronunció aquí por primera vez —respondió Érebos—. Y la arboleda recuerda.

Gorrión apretó los dientes.

—No lo nombres.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz sonó limpia, casi cordial—. ¿Porque es tu padre… o porque te duele que alguien lo desenmascare? Drawets convierte el peligro en un cuento y el cuento en un truco. Hace reír cuando el suelo arde, desaparece cuando conviene y vuelve con una frase bonita para que todo parezca parte del plan. Incluso cuando juega a ser enviado del Titán, se le hincha el pecho con el título… y se le olvida mirar si los suyos siguen detrás.

Gorrión dio otro paso atrás. El hueco del haya le rozó la espalda, y la madera dejó de sentirse cálida.

—Me va a encontrar.

Érebos dejó la frase suspendida un instante, como si escuchara algo que no estaba allí.

—Ojalá —dijo al fin—. Porque entonces podría mirarte y explicarte por qué sus promesas no valen de nada. Pero me parece a mí que llega tarde… porque yo te he encontrado antes.

El silencio se apretó. El claro se volvió más estrecho.

—¿Quién eres? —preguntó Gorrión, con la voz rota.

Érebos miró un segundo hacia los árboles, con una contrariedad breve, como si aquel lugar no estuviera en su ruta. Después volvió a ella y la miró de otra manera: ya no evaluaba el camino; evaluaba la oportunidad.

—Me llamo Érebos —dijo—. Y no tendría que estar aquí. El Orbe ha mezclado los anclajes y me ha arrojado donde no tocaba.

Hizo una pausa.

—Pero ya que estoy… —añadió, y su tono bajó un grado— voy a aprovecharlo.

Gorrión sintió el peligro antes de entenderlo.

—No…

—Dime tu nombre… —ordenó él.

Los zarcillos oscuros que le nacían desde el contorno del ojo empezaron a moverse, lentos, como si buscaran una grieta en ella.

—Pero ahora, el de verdad.

—Ya te lo he dicho. Soy Gorrión.

Érebos sonrió despacio, como si eso confirmara algo.

—Ese es el nombre que te dieron para que fueras una pícara de callejones —dijo Érebos—. Para que pasaras desapercibida, para que corrieras cuando tocaba y para que sobrevivieras con poco ruido. Tú tienes otro. Lo has tenido siempre. Y si no quieres decirlo, no pasa nada: me encargaré yo de ponértelo. Aurobinda va a estar encantada.

El nombre de Aurobinda apagó algo en el aire. Gorrión había oído ese nombre en cuentos para asustar a los niños, y siempre había pensado que servía para que se callaran. Ahora lo escuchaba en la boca de Érebos y el miedo le subió por la espalda, frío y rápido, porque sonó a verdad. El claro se oscureció un grado, las estrellas quedaron más lejos, y el consejero alzó la mano.

Tenebris… —susurró.

La tierra respondió. Entre raíces y hojas, una sombra más densa que la noche se deslizó hacia su palma, y una hebra negra se enroscó en su muñeca, viva, obediente.

…nomen ligare.

Gorrión sintió que algo le tiraba de la lengua desde dentro, como si una palabra empezara a formarse sin pedirle permiso.

Érebos se inclinó hacia ella.

—Dilo —susurró—. Di: “Soy Cuervo”.

La niña negó con la cabeza, pero el temblor ya le había tomado la garganta.

—Soy… —logró decir, con la voz rota—. Cu…

Entonces, una chispa de luz cortó el aire.

—¡Praesidium lux! —gritó Kórux, y una barrera de energía dorada brotó entre ellos.

Érebos retrocedió justo a tiempo y el resplandor del conjuro le quemó la mano. Gorrión cayó de espaldas, sin aliento.

—¡Ahora, Grahim! —ordenó el Archimago, alzando la varita.

—¡Exspiravit tenebris! —recitó Grahim, conjurando un rayo plateado que rozó la túnica de Érebos, haciéndola arder por un instante.

Desde un lateral, Ukarin activó un artefacto con tres dientes metálicos.

—¡A ver cómo resistes esto, sombra con patas! —y lo lanzó.

El artefacto rodó hasta Érebos, soltando un clic seco. Una esfera de energía se expandió con un estruendo sordo, como si la arboleda entera se quejara de aquel estallido.

—¡Archimago, ya! —gritó Ukarin—. ¡Ahora puedes acabar con él!

Kórux avanzó. Tenía la varita empuñada con fuerza. Las runas brillaban en su madera antigua. Apuntó directo al pecho de Érebos.

—¡Reductum vitalis! —exclamó.

Pero no llegó a lanzar el hechizo.

Desde el borde del claro, una silueta emergió entre los helechos.

—¡Eh, maguito! —dijo una voz ronca y burlona.

BOOM.

El disparo retumbó. Un proyectil de pólvora impactó en el hombro del Archimago. Kórux cayó al suelo con un gemido ahogado.

—¡Kórux! —chilló Grahim.

Morgana, con el trabuco aún humeante, se acomodó el cinturón y le guiñó un ojo a Érebos.

—Espero que esto suba el precio. Dicen que herir a un Archimago cuesta el doble.

Érebos no perdió más tiempo. Se giró hacia la niña.

—¿Cuál es tu nombre? —susurró.

Ella lo miró. Desnuda de certezas. Hueca.

—No lo sé… —musitó.

De su espalda brotaron las primeras plumas. Negras, lustrosas. Pequeñas al principio, apenas asomando por la piel, como si los huesos bajo la carne buscaran una nueva forma. Sus pupilas se dilataron hasta ocupar casi todo el ojo. Su cuerpo tembló. Se dobló ligeramente, como si sus costillas intentaran replegarse hacia el centro.

Era el principio del proceso. El sendero hacia Yatagarami. Aquello que Aurobinda había ideado para transformar niños en heraldos oscuros, a través de un conjuro que desgajaba poco a poco la humanidad y la reemplazaba por obediencia animal. En los viejos relatos se decía que, con cada día al servicio de la oscuridad, las palabras se volvían graznidos, las uñas en garras, y los recuerdos en ecos que no sabían pronunciar nombres.

Érebos sonrió.

—¿Quién eres?

Y ella respondió:

—Soy Cuervo, mi señor consejero. Y solo sirvo al Titán Oscuro.

Pero justo en ese momento, algo inesperado ocurrió.

Una luz brotó desde su hombro izquierdo. No fue un hechizo aprendido ni una defensa mágica conocida. Fue… una respuesta. Instintiva. Antigua. Algo que no procedía de la voluntad, sino de un lugar más profundo: como si una llama remota, escondida desde el nacimiento, hubiese sentido el peligro y decidido arder.

Durante un segundo, la piel brilló con un resplandor suave, de tono ámbar, casi dorado. No quemaba, no cegaba, pero lo atravesaba todo. Su fulgor parecía pulsar al ritmo de un corazón lejano, de una fuerza que no pertenecía ni al bosque ni al mundo visible.

Érebos se detuvo, frunciendo el ceño.

Ukarin, desde la distancia, murmuró:

—¿Eso… ha salido de ella?

Nadie supo qué era.

La luz no deshizo el ritual.

Solo dejó claro que alguien —o algo— aún se resistía.

A Érebos no pareció molestarle. Observó los restos de ese brillo fugaz y sonrió con aún más interés.

—Vaya… parece que alguien no ha terminado de vaciarse —murmuró.

Grahim intentó correr hacia ella, pero una red de espinas mágicas emergió de los árboles, impidiéndole el paso.

Kórux sangraba. Ukarin se arrodilló junto a él. Su guantelete emitió un pitido suave, su mecanismo de emergencia activado.

—No podemos quedarnos —dijo ella—. Grahim, agarra mi hombro.

—¿Qué? ¡Tenemos que rescatar a esa niña!

—Confía en mí. ¡Ahora!

La inventora golpeó el suelo con el puño, activando un mecanismo inserto en su brazal. El mineral brilló con un fulgor azulado y crujiente: prolita pura, tallada con precisión para romper el espacio-tiempo.

Un estallido de luz cegó el claro. Y cuando la niebla se disipó… ellos ya no estaban.

Érebos se giró hacia Morgana, mientras Cuervo le tomaba la mano con docilidad.

—Gracias por el favor, mercenaria.

—Lo apuntaré en tu cuenta  —respondió ella—. Aunque me parece que esta chiquilla va a valer más que todos los tesoros de Kalzaria.

Érebos asintió, y su sonrisa se torció apenas.

—Aunque llegas tarde.

—Tú también me prometiste que estarías aquí antes de que se ocultara el sol —replicó Morgana—. Dijiste que me esperarías en el claro.

—Intenté llegar —gruñó él—. Pero el orbe ha confundido los anclajes. Mirad.

Se agachó y apoyó una mano sobre la tierra. El suelo, envenenado por la magia residual del orbe, exhalaba sombra.

Tenebris surrectum…

Una espiral negra brotó del suelo. Vibró, se tensó… y colapsó en silencio.

—Todo está roto —dijo—. El teletransporte no funciona. No puedo llegar a Barastyr y mi poder es menor cuando no estamos juntos.

Morgana lo observó en silencio y alzó una ceja.

—¿Y ahora?

Érebos miró hacia el oeste, donde las ramas del bosque se volvían más espesas, y un soplo de aire frío salía de un claro oculto.

—El Palacio de Ámbar.

—Un camino peligroso —advirtió Morgana— pero necesario.

—Barastyr me espera. El orbe nos ha separado, y no nos gusta estar el uno sin el otro demasiado tiempo.

Érebos bajó la mirada hacia Cuervo, que seguía aferrada a su mano, con las plumas negras creciendo en la piel.

 —Y este será el regalo para mi señora Aurobinda —dijo—, para que recuerde que sigo a su servicio. Un consejero nunca pone todos los huevos en la misma cesta.

Y juntos se alejaron del claro de la Daga Rota, dejando atrás la majestuosa haya sobre la que el tiempo parecía haberse dormido.

Cuervo mantenía la expresión ausente, los ojos ennegrecidos y fijos en algún punto que no existía. Pero sus labios, apenas perceptiblemente, murmuraron un nombre.

—…Tinín…

El viento se lo llevó antes de que nadie pudiera oírlo.

242 – LA CARTA QUE CRUZA LAS DUNAS

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LA CARTA QUE CRUZA LAS DUNAS

El desierto de Al-Yavist no perdona. Bajo su sol abrasador, incluso las piedras parecen susurrar advertencias a los viajeros. Y allí, entre dunas infinitas y caminos desdibujados, avanzaba un niño con la capa raída, las sandalias llenas de arena y la determinación ardiente en el pecho.

—Debes encontrarla, Tinín… —le había dicho su padre, Drawets, en un susurro que aún resonaba con claridad en su mente—. Cuando la tormenta lo cubre todo, las pequeñas aves se esconden, y cuesta volver a verlas. Recuerda lo que pasó con el Maelström… o con la maldición de las brujas. No podemos perderla también a ella.

Le había entregado entonces una carta. No le explicó su contenido, solo le pidió que la guardara bien, como si fuera más valiosa que el agua del desierto o el último recuerdo de una noche feliz. La había doblado con cuidado, la había protegido con un pañuelo bordado por su madre y la había escondido, entre sus ropas, junto a su pecho.

— Cuando encuentres al Archimago, dásela tú mismo. No confíes en nadie más. Él sabrá qué hacer.

Tinín había asentido, con la garganta cerrada.

—Y si… si vieras a tu madre —añadió Drawets en voz aún más baja—. Si la vieras por ahí, dile que se esfuerce en volver a casa. Que se lo digo yo. Que anda por todos lados, menos donde tiene que estar.

No hubo reproche en sus palabras, solo un cansancio sereno, como quien ya ha amado demasiado tiempo en silencio. Tinín no entendía del todo aquel tono, pero lo grabó en su memoria como grababa los mapas del cielo.

Desde que Gorrión desapareció tras la activación del Orbe de la Confusión, Tinín no había dejado de caminar. Su padre le había dicho que si alguien sabía algo, era el Archimago, y que la Torre Arkhana de Skuchaín debía ser informada cuanto antes. Nadie más había desaparecido tan rápido, tan silenciosamente, tan… sin rastro. Era como si se la hubiese llevado el mismísimo viento. El mismo viento que ahora golpeaba su rostro con ráfagas secas. 

El joven pícaro caminaba encorvado, con su tirachinas amarrado al cinto y la cabeza cubierta por una bufanda deshilachada. Su sombra apenas se dibujaba sobre la arena abrasadora cuando un grito le hizo detenerse en seco.

Se asomó tras una duna. Abajo, un grupo de bandidos de las arenas rodeaban una figura translúcida que flotaba a unos centímetros del suelo. Llevaba una capa ajada, una espada ceremonial… y una expresión entre asustada y ofendida.

—¡Dejadme en paz, bellacos! ¿Sabéis con quién estáis tratando? ¡Soy Lord Gadeslao Colby, vizconde de la comarca de Azarcón!

Pero los bandidos reían. El hecho de que fuese incorpóreo no parecía disuadirles de burlarse. Uno, con un tatuaje de escorpión en el cuello, lanzó una red que brillaba con polvo de obsidiana.

—¿Y este qué es? —se burló otro, mientras afilaba su alfanje—. ¿Un djinn del viento? ¿O un efreet sin fuego?

—Sea lo que sea, si lo atrapamos y lo vendemos en la Plaza del Eclipse, nos forramos —rió otro, relamiéndose.

Tinín apretó los puños. Sabía que no debía intervenir, pero aquella escena le revolvía el estómago.

Se deslizó por la duna y se escondió tras un promontorio. Sacó su tirachinas y apuntó con una piedrecita envuelta en trapo. Zaz. Un golpe certero a uno de los bandidos en la frente. Recargó rápidamente y Zaz. Otro más, esta vez al que blandía la red.

—¿Eh? ¿Qué ha sido eso?

Pero antes de que pudiera disparar una tercera vez, Tinín lo sintió en la nuca: una presencia pegada a su espalda. La sombra del bandido se deslizó sobre la arena y el brillo del cuchillo apareció por encima de su hombro, listo para caerle en el cuello.

Tinín se giró a medias. El aire se le atascó en la garganta. No tuvo tiempo de gritar.

El golpe no llegó.

Una figura surgió de entre las dunas, vestida con ropajes negros y dorados. El velo le enmarcaba el rostro y sus pasos dibujaban una danza precisa, ardiente, con la belleza peligrosa de una flor de fuego. Su daga cruzó el aire en un arco limpio, y el bandido que iba a matar a Tinín se desplomó sin emitir un solo sonido.

Después, la mujer se movió entre los demás con la misma calma feroz. Un corte. Un giro. Otro destello. Uno tras otro, los atacantes fueron cayendo hasta que el silencio volvió a ocupar la hondonada.

No dejó a ninguno en pie.

—Vaya —dijo la recién llegada, mientras limpiaba la hoja de su daga en la túnica del último asaltante—. Creía que eran demonios… y solo eran idiotas con ambición y poca cabeza.

—¡Nashel! —exclamó Tinín, aún con la respiración entrecortada.

—En carne y hueso —respondió ella—, aunque cada vez cueste más encontrar algo así en este mundo. Desde que el Inframundo se desbordó, hay demonios en caminos, aldeas y fronteras. La gente huye, se esconde o vende lo que sea por sobrevivir, y hasta los vivos empiezan a parecer sombras.

Nashel le recorrió el rostro con la mirada, rápida y calculadora.Luego el gesto se le endureció y la vista se le fue al horizonte, clavada en las dunas.

—Has tenido suerte de encontrarme, joven pícaro —añadió—. No suelo caminar por las inmediaciones de estas ruinas… pero hoy busco a unas de las mías. Desde lo del Orbe han desaparecido varias hermanas. Algo se ha roto.

Nashel lo miró de arriba abajo, como si midiera el polvo de su capa y el cansancio de sus ojos.

—¿No te habrás cruzado con ninguna Hija del Escorpión?

Tinín negó con la cabeza, aún intentando que el corazón le bajara de la garganta.

—No. No he vizto a nadie dezde hace horaz —dijo Tinín—. Zolo arena… y viento.

A unos pasos de allí, la figura translúcida se irguió con dignidad recuperada. Levantó la barbilla, avanzó flotando hacia ellos y se recolocó la capa con solemnidad, con un movimiento amplio, propio de un escenario y no de una emboscada.

—Mi buena dama de las arenas, permítame agradecerle su oportuna intervención. Estaba a punto de ser reducido a polvo por una pandilla de salvajes sin decoro.

La voz de Gadeslao sonó clara y medida, como si cada palabra hubiera sido recitada cientos de veces en salones de gala y tribunales de poesía. Hablaba con seguridad, con el ritmo cadencioso de los grandes oradores, modulando cada sílaba como si se tratase de una nota en una sinfonía.

—La verdad es que me hallaba en la mansión de los Von Vondra, recitando una elegía dedicada a mi palomita, la noble Lady Tilaria, en el salón de los espejos. Todo transcurría con decoro y sentimiento cuando un zumbido quebró el aire.

Hizo una pausa, llevándose una mano al pecho como quien revive una tragedia personal.

—Yo creí que era una bofetada de mi esposa, lo confieso… Ella es una mujer hermosísima, y su furia le queda tan bien que hasta da miedo; además tiene un temperamento tan resuelto que a veces me “premia” la elocuencia con un aplauso en la cara, con la mano abierta y sin previo aviso. Pero aquella sacudida no venía de su muñeca: era una fuerza desconocida. Un remolino de energía me rodeó y, sin entender cómo, fui proyectado más allá del velo de la muerte y de la lógica. No fui llevado por voluntad propia a las ruinas del Templo del Viento de las Arenas, sino arrancado de un instante poético por una fuerza desconocida.

Al decir esto, Gadeslao extendió ambos brazos y giró sobre sí mismo con lentitud, dibujando un remolino en el aire. Su capa se agitó con el gesto y añadió un leve bufido final, como si la energía invisible aún lo persiguiera. El efecto fue inmediato: Nashel, que le observaba con recelo, dio un pequeño respingo y posó la mano sobre el mango de su arma, confundida entre la actuación y una posible amenaza. No obstante, cuando el hombre se quedó quieto de nuevo, con la pose de un cisne herido por la melancolía, no pudo evitar quedarse escuchando. Su historia, absurda y fascinante, le tenía atrapada.

—Me vi de pronto allí, sobre una columna rota, en mitad de aquel sol cegador, sin más compañía que mi lira, mi capa de poeta y el eco de mis propios versos. Fue entonces cuando apareció un sanador errante. Iluso él, trató de devolverme a la vida. Me hizo beber pociones amargas, me cubrió con vendas de loto negro pronunciando letanías que habrían hecho reír a cualquier espíritu decente.

Suspiró, dramático.

—Mi hermano Clemente ya me había advertido de que el Titán Oscuro no permitiría tal cosa. “Lo que ha muerto, muerto debe permanecer”, me decía. Pero… ¿cómo iba a desperdiciar la oportunidad? Yo solo quería volver con mi pichoncito, abrazarla una vez más o, al menos, oírla reír.

Un leve temblor recorrió su voz, aunque era evidente que lo fingía . Un actor sabe cuándo flaquear.

—Por desgracia, todo salió mal. Agradecí al sanador su esfuerzo y, mientras recogía sus ungüentos, me confesó que buscaba a su grupo, al que él llamaba los Cazademonios. Se habían separado porque un tal Amatís de Mora les había tendido una trampa… o eso entendí, porque no le presté demasiada atención: el hombre hablaba con la pasión de quien espera que el mundo se impresione, y a mí me cuesta fingir interés cuando no hay, al menos, un poco de belleza, un buen verso o una tragedia con estilo. Apenas nos habíamos despedido cuando estos bellacos me emboscaron. Me insultaron, intentaron atraparme, ¡y uno me llamó “efreet frustrado”! ¡Efreet, a mí! Y yo ahí, entre esos bandidos, sin más delito que existir con este porte elevado y esta elegancia natural… Yo solo quería que me dejaran tranquilo para poder volver con mi pichoncito…!

Y entonces, con un lamento etéreo que parecía arrastrar siglos de desdicha, rompió a llorar. Se cubrió el rostro con ambas manos y dejó escapar un sollozo contenido, agudo y dolorosamente artificioso.

Tinín asintió con los ojos muy abiertos. —Zería Aldric, el zanador. Él, junto a Ona y Ramia, activó el Orbe  que robaron a laz Amazonaz, el de la Confuzión… 

Nashel alzó una ceja. —Ese orbe… lo conozco. Es ancestral, sagrado para las Amazonas del clan de la Serpiente. Siempre ha estado custodiado por ellas. Su poder nunca debió liberarse.

—Por ezo te dezvanecizte —dijo Tinín, mirando a Gadeslao—. Pero zi dezaparezizte y ahora eztáz aquí… entoncez hay ezperanza para Gorrión.

Luego lo observó en silencio y algo en su interior se quebró. Pensó en Gorrión, en sus risas, en su manera de inventarse palabras y en cómo le daba miedo la oscuridad. Las lágrimas acudieron sin pedir permiso y él no hizo nada por contenerlas.

Nashel los observó a ambos. Se acercó, se arrodilló entre ellos y, sin decir nada, sacó de su zurrón unos dátiles, pan seco y un odre de agua fresca. Les ofreció comida y compañía, y su gesto, sencillo y humano, fue el primer consuelo verdadero en medio de aquel desierto implacable.

—Os escoltaré hasta Skuchaín —dijo por fin—. No podemos permitir que la desesperanza se instale en nuestros corazones. Si hay alguien que tiene respuestas, está en esa torre.

Y así, los tres —el niño con el corazón de oro, el fantasma altivo y la flor del fuego— se adentraron juntos en las arenas, con rumbo a la Torre de Skuchaín. La noche les cayó encima con un frío cortante, y el día siguiente volvió a encender el horizonte. Caminaron entre dunas que cambiaban de forma, compartieron dátiles y silencios, y dejaron atrás un rastro que el viento borró con la misma rapidez con la que lo habían dibujado. Porque cuando la oscuridad amenaza con tragarlo todo, es en las alianzas más inesperadas donde nace la esperanza.


Tras horas de camino, el desierto cedió de pronto, y ante ellos se alzó una torre de magia majestuosa. A su alrededor brillaban estanques de agua quieta, y una arboleda fresca extendía sombras verdes, algo tan inesperado en mitad de Al-Yavist que Tinín se quedó clavado un instante, con la boca entreabierta. La humedad le acarició la piel y el olor a hojas vivas le pareció un milagro. Tinín la contempló con fascinación. Él nunca había pisado una escuela y mucho menos un lugar tan grande, tan distinto a los caminos de polvo y a los refugios improvisados. 

Al llegar a las puertas de Skuchaín, los tres caminantes fueron recibidos por un joven mago de capa verde. Era menudo, con un aspecto frágil y unos ojos decididos. Tenía el cabello azabache, la piel dorada por el sol y una varita que apenas sabía usar, aunque la sostenía con dignidad.

—Mi nombre es Zïru —dijo con una voz más grave de lo que uno esperaría de su cuerpo—. Soy impromago de la casta Natura y de mayor seré un famoso druida. El Archimago me envía a escoltaros.

Era muy pequeño, pero tenía una ilusión desbordante y unos ojos verdes enormes que brillaban como hojas recién nacidas. Apretaba entre sus dedos una varita bastante corta, con la madera aún por pulir, como si acabara de salir del tallado mágico. Su capa verde le caía un poco grande, lo que le daba un aspecto todavía más tierno.

Tinín parpadeó. Gadeslao murmuró algo sobre «si mi hermano Hilario de Duff viera esos ropajes se desmayaría y no podríamos despertarle ni con todos los soplidos de un leviatán borracho…» Nashel se limitó a asentir.

La Torre de Skuchaín era aún más imponente de cerca: sin puertas, sin ventanas, sin sombra. Solo un temblor sutil en el aire marcaba el acceso.

Zïru levantó su varita, la apoyó contra la piedra y susurró una palabra antigua. El muro tembló. Los ladrillos comenzaron a desplazarse con un sonido sordo y profundo, y un portal se abrió ante ellos. Entraron.

Al fondo de una sala cubierta de runas, iluminada por orbes flotantes, aguardaban tres figuras.

Kórux, el Archimago de Skuchaín, con su túnica granate bordada en hilos dorados, observaba un mapa astral suspendido en el aire. Su cabellera rubia, recogida hacia atrás, quedaba sujeta por una cinta de pelo natural oscuro, ceñida a la frente como un lazo salvaje que ondeaba ligeramente con cada movimiento. A juego, llevaba unos brazales formados por mechones del mismo pelo, unidos por una base firme que los mantenía agrupados. Ambos elementos, rudos y primitivos, hablaban de su herencia salvaje, latente bajo la compostura de su figura arcana. A su costado colgaba su varita: un mango en espiral blanco, semejante al nácar. Su porte era imponente, pero su mirada, surcada de cansancio, hablaba de décadas de estudio y vigilancia mágica.

A su derecha, Ukarin K-bum —la viajera del multiverso— ajustaba un artefacto repleto de engranajes y anillos rotatorios. Su rostro estaba cubierto de manchas de hollín y grasa. Llevaba unas gafas de cristal grueso, con montura de latón y correa, apoyadas sobre un gorro de cuero negro y su pelo castaño oscuro caía sobre los hombros, electrizado por algún fallo cuántico reciente. Vestía camisa blanca arrugada, un chaleco marrón con reflejos dorados y correas que sujetaban extrañas herramientas multiversales, y una falda-pantalón robusta. Cruzaba los brazos con firmeza, como quien ya ha sobrevivido a varios cataclismos y no tiene tiempo para explicarlos.

A la izquierda, Grahim, joven impromago con la marca arcana trepando por su sien, giraba entre los dedos una semilla grande y cambiante, cuyo color mutaba con el pulso de la sala. Su túnica era naranja con ribetes negros. Estaba tenso, los labios apretados, los ojos encendidos por la incertidumbre y una determinación que solo quienes conocen el caos pueden cultivar.

Grahim miró a Zïru y le dedicó una sonrisa leve, aunque algo condescendiente.

—Gracias por traerlos, pequeño aprendiz —le dijo—. Sé que la torre puede ser imponente, pero lo has hecho bien. Quédate cerca. Escuchar también es parte del aprendizaje.

Zïru enrojeció, bajó un instante la mirada… y luego la volvió a alzar con dignidad.

—Sí, maestro Grahim —respondió con voz contenida.

—Ha llegado más gente afectada —dijo entonces el Archimago, sin girarse.

—Y cada nuevo caso parece más imposible que el anterior —añadió Ukarin, con voz cansada—. He revisado todas las realidades posibles. El orbe ha creado fisuras incluso en líneas que jamás debieron cruzarse.

—No es el orbe —intervino Grahim con gravedad, sin dejar de observar la semilla—. Es lo que hicieron con él. Nadie lo activó con respeto. Lo forzaron. Y eso tiene consecuencias.

Tinín dio un paso al frente y  sacó un pergamino, cuidadosamente doblado.

—Ezta carta me la dio mi papá, Drawets el pícaro —dijo, extendiéndola al Archimago—. Me dijo que confiara en zu palabra. Que uzted no le debía nada a nadie… ezcepto a él.

El Archimago tomó la carta. La leyó en silencio. Sus labios se apretaron y, por un instante, el brillo de sus ojos pareció más antiguo que la torre misma. Luego, se agachó un poco y sostuvo la mirada del niño.

—Esa niña… Gorrión —dijo al fin—. Si está en algún lugar de este mundo o de los otros, la encontraré.

—¿Lo promete? —susurró Tinín.

—Lo juro por todo lo que aún tiene sentido en este plano —respondió el Archimago—. Lo juro como deuda antigua. Y como viejo amigo de tu padre.

Los presentes guardaron silencio. Incluso Zïru, que no entendía del todo lo que ocurría, bajó la mirada con respeto.

—No estás solo —dijo Nashel, posando con suavidad una mano en el hombro de Tinín—. Tu padre debe saber que estás bien. Y tú necesitas descansar. Yo te escoltaré hasta el final del desierto. No dejaré que nada te ocurra.

Tinín bajó la mirada, indeciso. Le costaba soltar la esperanza recién encendida. Pero, tras unos segundos, asintió en silencio. Luego giró el rostro hacia Zïru. Se acercó a él y lo abrazó con torpeza, pero con un afecto sincero.

—Volverás pronto —dijo el pequeño impromago, aferrándolo con fuerza—. Y yo… yo habré crecido.

Nashel se ajustó el pañuelo sobre la cabeza y, antes de marcharse, alzó la vista hacia la gran cúpula de Skuchaín. Por un instante, se permitió contemplar la majestuosidad de la torre. Luego, con gesto resuelto, tomó a Tinín en brazos, caminó hasta la ventana y, sin pensarlo dos veces, saltó al vacío.

No hubo grito. Solo el sonido de su cuerpo deslizándose con precisión por la pared encantada, rebotando con agilidad entre los salientes mágicos, con una certeza que parecía guiada por la propia torre. Unos segundos después, desaparecieron entre la bruma cálida del amanecer.

El desierto les aguardaba.

—Por mi parte, puedo ayudar también —intervino Ukarin—. Tengo un dispositivo dimensional de recogida retardada. Si lo ajusto bien, puedo devolver a nuestro caballero incorpóreo a la Comarca de Azarcón. Su cuerpo quizá no… pero sí su esencia.

—¿Volver con mi pichoncito? —interrumpió Gadeslao, alzando ambas manos—. ¡Oh, Ukarin! Que el Titán bendiga tus tornillos y resortes. ¡Llévame, sí, llévame ya!

—No es inmediato —puntualizó la inventora—. Tardarás un día o dos en materializarte… pero estarás en casa.

Gadeslao hizo una reverencia flotante, algo exagerada. Luego, desapareció poco a poco entre destellos azulados, como una promesa difuminada por el viento.

El Archimago se volvió entonces hacia Grahim.

—Tú vienes conmigo, partimos al amanecer. Y también tú, Ukarin. Hay cosas que solo podremos resolver sobre el terreno.

Grahim inclinó la cabeza, serio.

—¿Y hacia dónde vamos?

El Archimago giró su varita lentamente entre los dedos. Cuando habló, lo hizo con voz profunda, como si la torre misma hablara a través de él:

—A donde se cruzan las huellas de la confusión con las del alma. Donde se gestó la primera separación.

Ukarin sonrió, encajando sus gafas de aviador sobre los ojos.

—Perfecto. Me encantan los sitios inestables.

Los tres se quedaron en silencio, contemplando cómo la runa de la carta que Drawets había entregado a Tinín comenzaba a desvanecerse en el aire, dejando una estela de ceniza dorada.

Zïru se quedó en el fondo, observando. Sabía que no lo llevarían aún, pero los contempló con los ojos muy abiertos, grabando cada gesto, cada palabra. En su interior, la promesa de convertirse en druida latía más fuerte que nunca.El amanecer traería respuestas.

O nuevas preguntas.

241 – EL PALACIO DE LA CONFUSIÓN

Personajes que aparecen en este Relato

EL PALACIO DE LA CONFUSIÓN

El crepúsculo se mantenía aferrado al cielo. Hacía días que el sol no volvía a Calamburia. Las estaciones se confundían, los relojes dejaban de marcar lo mismo para todos y, de aldea en aldea, se extendía un susurro contenido, dicho a media voz y con el temor clavado en los ojos: el Palacio de Ámbar, corazón de la capital, latía ahora al ritmo de otra soberana.

Sobre sus torres ondeaba un estandarte negro, liso, sin escudo ni emblema. Tampoco lo necesitaba. En cuanto alguien lo veía, comprendía quién había ocupado el poder.

Amunet. Hija de Rodrigo IV y de Evolet, la Guardiana. Heredera del Inframundo. Emperatriz de los Dos Mundos.

Desde que su ejército infernal tomó la capital, el palacio permanecía en vigilia constante. Durante la noche, los pasillos se poblaban de sombras alargadas. Las puertas crujían sin manos que las empujaran. Los sirvientes avanzaban con pasos contenidos, evitando alzar la mirada. Quien cruzaba el umbral del gran salón comprendía de inmediato que había dejado atrás Calamburia… y que había entrado en algo mucho más oscuro.

Amunet permanecía sentada en el trono, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo. Sostenía la mirada sin prisa, como si el tiempo en aquella sala le perteneciera. Su presencia marcaba la distancia: nadie se acercaba más de lo necesario, nadie alzaba la voz más de la cuenta.

Frente a ella, reunido en consejo, se encontraba su círculo más cercano.

A su derecha, Rodrigo IV observaba a su hija con una admiración quieta, casi orgullosa. El que había sido rey de Calamburia seguía ahí, entero y altivo, con el aplomo de quien ha visto cambiar las tornas más de una vez. No alardeaba. Bastaba con que estuviera para recordar lo que fue… y lo que aún podía pesar en los cimientos del palacio.

A un lado del salón, de pie, aguardaban Xezbet y Áxbalor. Xezbet, demonio de la mentira y la manipulación y esposo de Amunet, mantenía un gesto sellado, difícil de leer, pero su palabra permanecía siempre a punto, preparada para sembrar duda o forjar convicción según conviniera. Áxbalor, en cambio, no se imponía con discursos: se imponía con pulsos. Tenía el don de inocular emociones en los humanos, de encender la lujuria o el odio, de hundir el miedo hasta volverlo instinto, y lo hacía de una forma visceral, desbordada, sin delicadeza ni control.

Fue el único al que la Emperatriz liberó del báculo. Su regreso no formó parte de un plan trazado con calma: lo invocó Xezbet en un arrebato de necesidad, cuando sintió que el control amoroso sobre Amunet empezaba a resbalarle entre los dedos.

Detrás, en la penumbra, aguardaban los consejeros Barastyr y Érebos. No necesitaban presentación. Siempre atentos, siempre al margen, sabían cuándo hablar y cuándo desaparecer. Su lealtad era práctica. Y, hasta el momento, útil.

Amunet alzó la voz. Lo hizo con calma. Sin necesidad de gritar.

—El VII Torneo se celebra en este momento. Que se diviertan. La Santa Hermandad será quien obtenga la victoria y extienda nuestra fe en el Titán Oscuro y mi poder por toda Calamburia. Clemente y Carmélida no pueden fallar. Y si esas hadas de colores creen que podrán detenerlas con polvo brillante y frases bonitas… están muy equivocadas.

Xezbet sonrió. Áxbalor soltó una breve carcajada.

—¿Y si pierden? —preguntó Erebos, alzando apenas la voz.

—Siempre nos quedará la vasija de cristal que requisamos juntos en el anterio torneo. Ahora está en el palacio del Inframundo, sobre el antiguo asiento de nuestra señora. Dentro permanece intacta la esencia de la divinidad —dijo Barastyr, como si ese detalle bastara para espantar la derrota.

—No lo harán. No perderán —respondió Amunet—. Su fe y su lealtad hacia mí son inquebrantables.

Barastyr dio un paso adelante. Su voz, como siempre, era baja pero firme.

—Hay un asunto que no podemos seguir posponiendo —dijo—. El príncipe Rodrigo.

Rodrigo VII. El último descendiente legítimo. El único que no ha muerto, ni ha sido doblegado, ni se ha arrodillado. El único que aún puede reclamar el trono.

—Debemos encontrarlo —insistió Érebos—. Capturarlo. Y cuando lo tengamos, traerlo aquí. Que vea con sus propios ojos cómo su linaje ha sido arrastrado al Inframundo. Que vea cómo su madre, Melindres, se consume en la Sala del Lamento.

Barastyr inclinó apenas la cabeza, como si la imagen le resultara agradable.

—Permanece encerrada allí —murmuró, y su satisfacción se le notó en la calma—. Luxanna le robó la voz, pero el golpe verdadero está en lo demás: Melindres ve a su hijo. Lo tiene a unos pasos, lo mira moverse, lo mira esperar, y no puede llamarlo. Cada vez que Sancho se acerca a esa puerta, ella se tensa con una esperanza torpe, casi infantil, y cada vez esa esperanza se le rompe dentro. El cuerpo sigue respirando, pero por dentro se va quedando vacía.

—Y ahí entra Zoraida —añadió Érebos, con una sonrisa leve—. Entra cada día, le sujeta la mano, le habla al oído, le insiste en que aguante, le trae recuerdos de Ámbar y de días más sencillos… y al mismo tiempo le señala a Sancho, porque Sancho está ahí. Siempre ahí. Lo nombra, lo llama, le suplica que mire.

—Y Melindres lo mira —retomó Barastyr—, porque ella sí puede verlo. Pero solo le alcanza con los ojos. Tiene esa mirada rota de madre que no llega a tocar a su hijo ni con la voz.

—Sancho cruza el umbral —continuó Érebos— y solo percibe una sala vacía. Luxanna lo dejó ciego a la presencia de su madre, así que oye a su hermana jurar una y otra vez que Melindres está delante… y lo único que recibe es silencio.

—Ese silencio lo muerde por dentro —concluyó Barastyr—. Le hace dudar de sí mismo, de la sala, y acaba dejándolo incapaz de creer a Zoraida. Cada día se aferra a la idea de que su hermana se ha quebrado, y cada día se hunde un poco más.

Barastyr suspiró y alzó la vista hacia Amunet, y su admiración sonó casi devota.

—Emperatriz… vuestro plan es exquisito. Una madre viendo a su hijo sin poder alcanzarlo, y un hijo viviendo a un palmo de su madre sin poder creer a su hermana. No hace falta un verdugo cuando la esperanza trabaja para vos.

—Podríamos mostrarle eso —añadió Erebos, con una sonrisa apenas contenida—. Podríamos hacer que Rodrigo vea a su madre rota, a su hermana desesperada, a su hermano perdido. Solo entonces entenderá que no queda nada por lo que luchar.

Amunet no contestó de inmediato. Apoyó una mano sobre el brazo del trono. Los demonios la miraron, esperando.

—Lo he intentado —dijo por fin—. Muchas veces.

El silencio fue inmediato. Todos sabían a qué se refería.

—Nexara, una de las súcubas que habita en mi báculo, me permite entrar en los pensamientos y deslizarme por los sueños de mis enemigos. Puedo atrapar a los débiles mientras duermen… —expuso, y sus dedos recorrieron el arma con una caricia lenta, casi propietaria—. Pero con Rodrigo no funciona. He tanteado su mente, he seguido su rastro en la oscuridad del sueño, y cada vez que estoy a punto de alcanzarlo…

La frase se le quedó suspendida. Amunet apretó apenas la mandíbula y retomó la voz con un control aún más frío.

—Algo lo oculta. Algo lo protege. Hay una barrera, un hechizo arcano, trazado con una magia demasiado precisa para ser fruto del azar. Tal vez sea obra del maldito Archimago… o de esa guardiana elemental que se los arrancó de delante de mí cuando ya tenía a la estirpe entera al alcance.

Fue Áxbalor quien rompió el silencio.

—Podríamos dejar de perder el tiempo con hechizos y sueños —gruñó—. Si el príncipe se oculta, que se esconda. Hay formas más rápidas de terminar esta guerra.

Amunet lo observó con un interés sereno, midiendo la propuesta antes de abrirle la puerta.

—¿A qué te refieres?

—A Abraxas —intervino Xezbet, recogiendo la idea con una calma afilada—. Si devolvemos a mi hermano al plano material, la resistencia se va a deshacer. Ni torneos, ni guardianes, ni elementos. Con él podríamos arrasar naciones enteras antes de que la primera muralla termine de levantarse.

Rodrigo IV alzó una ceja. Por primera vez desde el inicio del consejo, el gesto le ensució el aplomo.

—Traer de vuelta a Abraxas es peligroso. Sabéis, hija mía, que desde que lo encerrasteis en el báculo ha tenido tiempo de sobra para fermentar rencor. Es poderoso, y su ambición no conoce límites. Acompañó a tu madre como mano derecha en más de una batalla… y, en cuanto vio una oportunidad, encabezó un complot contra ella.

—Lo sabemos —respondió Xezbet, sin alterar su voz, recordando que en realidad fue él mismo quien convenció con sus artimañas a sus odiosos hermanos para asesinar a la anterior Emperatriz—. Y también sabemos cómo controlarlo. Esta vez no será como antes.

—¿Y si se vuelve contra nosotros? —preguntó Barastyr.

—No lo hará —afirmó Áxbalor—. Nos tendrá a nosotros.

—Yo haré que crea que es el más fiel de vuestros sirvientes —afirmó rotundo Xezbet.

—Y yo haré que os ame —dijo Áxbalor, dejando caer las palabras como quien ofrece un dulce envenenado—. No sería la primera vez que alguien confunde su voluntad con la mía.

Amunet se incorporó en el trono, pensativa.

—No me asusta Abraxas. Pero tampoco soy estúpida.Si lo traemos de vuelta, será bajo nuestras condiciones. En cuanto se manifieste, lo encerraremos en un círculo de anclaje. No dará un paso sin permiso.

—Déjalo en nuestras manos —dijo Xezbet, acercándose un paso—. Áxbalor y yo lo sujetaremos. Lo guiaremos. Y, si hace falta, lo alimentaremos.

—Y si intenta resistirse —añadió Áxbalor—, aprenderá quién manda ahora en el Inframundo.

Hubo un silencio. Uno largo. Uno que pesó sobre todos los presentes.

Amunet asintió despacio y se levantó. Descendió del trono con una calma medida. Su rostro no ofrecía emoción alguna; sostenía una ferrea determinación.

—Ha llegado el momento —dijo.

El gran salón quedó en silencio. Rodrigo IV no se movió. Barastyr entrecerró los ojos. Y el báculo de Amunet empezó a vibrar con un zumbido grave, denso, como si algo en su interior hubiese reconocido la llamada incluso antes de oírla.

Amunet avanzó hasta el centro de la sala con una calma segura. Clavó el cetro contra el suelo con una delicadeza medida y dejó los dedos reposando un instante sobre el metal, recreándose en el temblor que le devolvía, lento y constante, como una confirmación. Sabía que era arriesgado. Precisamente por eso, el gesto le despertó un placer contenido, una chispa íntima que le tensó la sonrisa. Cuando habló, lo hizo con una voz dulce y susurrante, casi cercana, como si le recordara al mundo cuál era su lugar. En su mirada se asentó un brillo tibio y complacido: no buscaba una victoria puntual, sino un poder que no tuviera que disputarse nunca más.

—Abraxas… despierta —susurró Amunet, con una dulzura medida. Pronunció el nombre despacio, paladeando el riesgo que llevaba dentro, y dejó que la última sílaba quedara suspendida en el aire, como un anzuelo.

Las luces palidecieron, una a una. Las sombras se alargaron por las paredes y treparon por las columnas con una lentitud deliberada. Del suelo se alzó una niebla roja, espesa, que empezó a girar en espiral alrededor del báculo, cada vuelta más cerrada, más cercana. La magia oscura no estalló: latió. Su pulso, grave e invisible, golpeó el pecho de los presentes y les robó el aire un instante.

Y entonces, desde el centro del vórtice, surgió una voz cavernosa, profunda, cargada de rencor.

—He esperado tanto tiempo…

Un hombre alto emergió entre la niebla como si el mismo Inframundo se abriera en la sala. Su figura imponía un respeto inmediato: la cabeza desnuda, sin un solo cabello, como si el fuego la hubiese purificado; la mirada dura; la barba cerrada. Vestía un abrigo negro, de cuero bruñido, con correas cruzadas que caían hasta las botas. En los hombros, detalles rojos como runas selladas con sangre vibraban con energía oscura, como si latieran al ritmo de una guerra lejana.

Pero lo más sobrecogedor era la franja carmesí que le cubría los ojos. No era una máscara ni un adorno de batalla, sino carne viva, desgarrada y transformada por la magia: una venda sangrante que palpitaba como un corazón maldito. Era el castigo de un traidor. Una cicatriz abierta, sellada sobre sus ojos, no por haber fallado… sino por haber tenido éxito.

Abraxas había mirado al abismo, lo había comprendido… y lo había dominado. Y fue entonces cuando los suyos, temerosos de su poder, lo encerraron. Aquella franja no ocultaba sus ojos. Los contenía.

Abraxas. Señor de mil legiones. Ejecutor de Evolet. El general de las antiguas campañas. Aquel que fue sellado por los suyos… porque su poder ya no servía a nadie salvo a sí mismo.

Sus botas resonaron con firmeza al dar el primer paso.

—¿Otra vez vosotros? —murmuró con desprecio.

Su voz era grave. Humana. Pero cargada de algo que no pertenecía a este mundo.

Se detuvo frente a Amunet, sin inclinar la cabeza.

—Así que eres tú la que se sienta ahora en el Trono de Ámbar.

—He pronunciado tu nombre y has venido. Eso te basta para entender quién manda. Y tu, demonio de la guerra, me obedecerás.

Una sonrisa lenta, torcida.

—¿Obedecerte…? —Abraxas bajó la mirada al báculo—. Ese báculo era de ella. Y ahora… lo sostienes tú.

Xezbet dio un paso, tenso.

—No estás en condiciones de elegir.

—No —dijo Abraxas, girando lentamente la cabeza—. Pero tampoco vosotros, lo sé porque si no nunca me hubieseis liberado.

Fue entonces cuando ocurrió.

Sin previo aviso, el aire del salón comenzó a doblarse. Las imágenes se distorsionaron. Amunet se duplicó por un instante. El trono pareció fundirse con la pared.

—¿Qué es esto? —gruñó Abraxas, alzando la voz—. ¿Quién osa…?

Pero no pudo terminar la frase.

Xezbet fue el primero en ser arrastrado. Apenas tuvo tiempo de mirar a Amunet antes de desvanecerse como si alguien hubiera arrancado su esencia del plano material.

Áxbalor intentó sostenerse, resistir la fuerza de la distorsión, pero fue en vano. Su cuerpo se evaporó en un remolino de sombras.

Érebos se descompuso entre destellos violetas, tragado por la fractura. Y por último, Abraxas, con el rostro encendido de furia, fue absorbido en silencio.

Todo ocurrió en un instante. Y después… nada.

El gran salón quedó inmóvil. El mármol, agrietado. El báculo de Amunet, todavía humeante.

Rodrigo IV se llevó una mano al pecho. Barastyr no se atrevía a respirar.

Amunet permanecía de pie, sola mientras la niebla se disipaba lentamente.

—¿Qué ha pasado? —susurró Barastyr.

Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, fijos en el vacío.

Finalmente, en voz baja, lo dijo:

—No lo sé… pero no ha sido obra mía.

Ninguno de ellos lo sabía aún, pero la explicación no estaba en el báculo, ni en Abraxas, ni siquiera en Amunet.

Muy lejos de allí, en el corazón de la arboleda de Catch-Unsum, Ona Bakari actuaba junto a los Cazademonios. Cumplía, paso por paso, el verdadero plan de Van Bakari. Habían robado la reliquia de las Amazonas y la habían activado sin titubeos: el Orbe de la Confusión.

El poder del orbe seguía activo. No se veía. No se oía. Se colaba. Alteraba el flujo de la realidad con una paciencia inquietante y mantenía abierta la grieta que nació en el Torneo, invisible pero viva. Y esa grieta ya no obedecía a un lugar: rozaba las leyes más profundas del mundo, deformaba el aire, partía los conjuros y se llevaba a los poderosos con la misma facilidad con la que arrastra a los débiles.



Pasaron los días. El Palacio de Ámbar se mantenía en pie, pero había perdido su pulso. Las sombras ya no se movían como antes. Las puertas cerradas de los aposentos infernales continuaban sin abrirse. Xezbet. Áxbalor. Érebos. Abraxas. Todos habían desaparecido, sin dejar más rastro que el eco de sus nombres. Y como si el destino quisiera cebarse aún más con los que quedaban, llegó un mensaje de su otro palacio: la esencia de la divinidad arrebatada antaño a los unicornios también había desaparecido del Inframundo.

Amunet fingía serenidad, pero el silencio se estaba volviendo una presencia en sí mismo, denso, casi material. Un murmullo sin voz comenzaba a horadar su pensamiento. No era miedo. Aún no. Pero sí la sospecha de que algo estaba ocurriendo más allá de su mirada. Algo que escapaba a su control.

Fue entonces cuando el aire cambió.

No hubo un estruendo, ni un crujido de puertas. Fue más sutil: una vibración mínima, como el leve roce de un pensamiento no propio. Las antorchas titilaron. No por viento, sino por algo más profundo, más arcano. El palacio, por un instante, pareció respirar distinto.

Y Amunet lo supo.

Antes de que se oyera nada, antes de que el eco se posara entre los muros, ya había comprendido que no estaba sola.

No eran pasos lo que se acercaban. Era una presencia que arrastraba consigo el peso de los años, de las deudas sin saldar. Una presencia con nombre.

Kávila.

La Emperatriz no se levantó. La observó desde lo alto del trono. Ambas mujeres eran rubias, pero en Kávila el cabello caía como un velo fatigado, sin brillo. Las huellas de la maldición zíngara comenzaban a marcar su rostro: arrugas en la comisura de los ojos, venas apagadas bajo la piel clara. No era solo el precio de una vida errante, sino el castigo de su hermana Kálaba, quien la había condenado a envejecer más rápido que el resto del clan.

—No esperaba visitas del lupanar, desterrada —dijo Amunet, sin apartar la mirada.

—Y yo no esperaba que la hija de Evolet necesitara llenar de silencio un trono que aún no domina —replicó Kávila, sin elevar la voz.

Amunet entrecerró los ojos.

—¿Vienes a tentar mi paciencia o a ofrecer algo que valga la pena?

—Conocimiento —respondió Kávila—. Del tipo que no se encuentra ni en tu báculo, ni en el poder de tus demonios, ni en el mismísimo Inframundo.

Amunet hizo un leve gesto con la mano y Kávila comprendió.

—Van Bakari te utilizó. El Orbe activado en Catch-Unsum no fue casualidad. Fue su plan. Quería a tus demonios lejos. Tu poder era demasiado para él.

Amunet bajó ligeramente la mirada.

—No debí confiar en ese mísero traficante.

Kávila se encogió de hombros.

—A veces, la traición es solo una forma más directa de llegar al núcleo del poder.

—¿Y tú qué quieres, entonces?

—A mi hija. Eurídyce ha desaparecido. No me dejaron despedirme. Encuéntrala… y tendrás mi lealtad.

Amunet arqueó una ceja.

—¿Y por qué habría de creerte?

Kávila dio un paso más.

—Porque puedo darte algo que nadie más sabe. Rodrigo, el joven infante, tuvo dos hijas hace años. Dos niñas. Herederas legítimas al trono. Están ocultas. Ni siquiera él las ha vuelto a ver.

—¿Cómo lo sabes?

—Una noche, en el lupanar, el viejo Capitán Flick bebió más de la cuenta. Habló de su nieta, embarazada en algún rincón escondido. Dijo que sería abuelo de las futuras herederas del Trono de Ámbar. Que no le dejaron verlas, pero que él lo sabía…  porque escuchó el grito de Elora al parir. Un grito tan fiero, tan vivo, que no podía venir de otra sangre que no fuera la suya. El eco de ese alarido aún resuena en la memoria de los piratas.

Amunet no dijo nada durante varios segundos.

Entonces se incorporó, despacio. Una nueva certeza comenzaba a nacer en su interior.

—Tendrás a tu hija —dijo finalmente—. Y tú me ayudarás a encontrar a las que se denominan verdaderas herederas del trono.

Kávila asintió y esta vez no hubo arrogancia. Solo el pacto implícito entre dos mujeres que conocían el precio de la pérdida.

Después se marchó sin añadir nada.

Amunet se quedó sola de nuevo. Pero ya no había oscuridad en su gesto. Tenía una aliada para la guerra, una nueva pieza en el tablero. Y al menos, por ahora, no todo estaba perdido.