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ATAQUE AL FARO PARTIDO I
El Faro Partido tembló aquella madrugada.
No por el viento, ni por el eco de las olas rompiendo abajo, contra los acantilados. Fue un temblor más íntimo, más profundo. Una vibración que ascendió desde las entrañas del subsuelo, colándose por entre las piedras, por las vetas de hierro y prolita que aún dormían bajo las tablas torcidas del suelo. Era como si algo antiguo, largamente contenido, hubiese comenzado a respirar.
No era la primera vez que ocurría.
Porque el Faro Partido, mucho antes de ser refugio, mucho antes de ser bastión, fue un almacén de secretos. En su interior —ocultas bajo trampas mecánicas, runas borradas y placas oxidadas— descansaban desde hacía generaciones piezas de relojería sin origen, esferas codificadas y fragmentos de máquinas del tiempo que nadie sabía construir. Y que nadie se atrevía a destruir.
Se decía que algunas de esas piezas habían sido creadas por los antiguos hermanos Teslo y Katurian Flemer, los primeros grandes Inventores de Calamburia.
Teslo, el visionario, murió luchando en el Vacío contra las antiguas guardianas del Inframundo: Kashiri y Ventisca. Katurian, el superviviente, desapareció entre planos para custodiar los secretos del tiempo. De ellos se decía que no solo habían descubierto cómo canalizar la prolita, sino que habían dejado atrás un legado oculto, disperso en múltiples variantes, en espera de que alguien digno supiera activarlo.
Y ahora, en medio de la niebla y del miedo, el Faro Partido era el último lugar donde ese legado seguía palpitando.
Allí se alzaba, en el centro de la torre, el Núcleo-KAT: una esfera de prolita pura. Un corazón vivo, sellado en los cimientos del Faro y vigilado por los únicos que aún sabían escuchar su pulso.
Kurian lo notó primero. El panel de vigilancia mostró una distorsión en el flujo de energía: una oscilación suave, pero sostenida. Sus dedos se movieron sobre los cables como si estuviera tocando un instrumento roto. Las luces de su pecho chispeaban con más frecuencia. No dijo nada. Solo parpadeó tras sus gafas empañadas y volvió a comprobar los niveles del núcleo.
Desde el nivel superior, Anaid bajaba los escalones de hierro. El pelo le caía suelto, mojado por la niebla. En sus botas aún brillaban gotas de escarcha oscura. Había estado reforzando los sellos externos.
Vestía con la túnica naranja de los impromagos, recortada a su gusto, las mangas arremangadas, la varita sujeta con una tira de tela roja al cinturón. Sus ojos eran oscuros, atentos y su mandíbula, siempre tensa.
Había heredado el talento de sus padres —dos figuras de renombre en la Torre Arkhana—, pero también algo más difícil de sostener: las expectativas. Sabía hacer todo bien. Lo que no sabía era qué hacer cuando nadie esperaba que fallara.
Su relación con Amestrys, su hermano, era difícil de descifrar desde fuera. Se entendían sin hablar, pero también se evitaban sin decirlo. Cuando él se marchó del Faro, no se despidió. Y Anaid no preguntó cuándo volvería. Pero desde entonces, revisaba cada noche el mapa energético del subsuelo. Y dormía mal.
Y aunque a veces no lo supiera, la única razón por la que el Faro Partido aún resistía, era porque ella no lo había dejado caer.
—Han alcanzado los sellos en su último ataque —dijo al llegar—. Aún no los han atravesado, pero no podemos bajar la guardia.
Minerva levantó la mirada desde su grimorio. Llevaba la túnica roja cruzada sobre los hombros y la gorguera blanca deshilachada caía por un lado. Su rostro, delgado y vigilante, parecía aún más afilado bajo la luz azulada del núcleo.
—¿Y el núcleo? —preguntó sin levantar la voz.
Naruik se quitó las gafas de aviadora y las dejó sobre la mesa. Estaba cubierta de polvo y de metal viejo. Llevaba una llave colgada del cinturón y una mirada que no sabía fingir calma.
—Late más rápido. Kurian dice que está reaccionando.
Kurian asintió.
—Está emitiendo señales. Y recibiendo.
Minerva cerró el libro.
—¿Hacia dónde?
—Hacia todas partes.
Bajaron la mirada al Núcleo-KAT, alojado en la cámara subterránea. Era una esfera de prolita pura, brillante y densa, que vibraba al ritmo de una vida propia. Ese artefacto no era solo un milagro técnico. Era una anomalía consciente, un legado de los antiguos Inventores, diseñado para alimentar máquinas capaces de frenar la oscuridad. O liberarla.
Desde que lo escondieron en el Faro, habían vivido con la certeza de que Amunet lo buscaba. No por codicia, sino porque si llegaba a tocarlo, el Umbral caería. Y con él, no solo Calamburia, sino los 72 multiversos que orbitaban en su red.
—Si Amunet accede al núcleo —dijo Kurian en voz baja—, podrá proyectarse al Umbral.
—Y convertirse en la emperatriz de todo el multiverso —añadió Naruik.
Anaid no dijo nada. Seguía en pie, con los brazos cruzados, la vista fija en el suelo. No pensaba en el Umbral. Pensaba en su hermano. En si habría llegado a Dos Jarras. En si habría conseguido lo que necesitaban.
Minerva se acercó al ventanal. Afuera, la niebla lo cubría todo. Pero ella sabía que al otro lado los demonios se estaban organizando.
—Están esperando que lo abandonemos —murmuró—. Que cometamos el error de distraernos. Pero esto no es solo un refugio. Es una trampa.
El silencio cayó sobre los cuatro. No era el silencio de los que han aceptado la derrota. Era el silencio de los que entienden que ya no pueden protegerlo todo.
—Esta noche —dijo Minerva al fin— tomaré una decisión.
No llegó a cerrarse el eco de su voz cuando el Faro se estremeció con un quejido profundo. Las vigas crujieron. El suelo vibró. Un zarcillo de niebla oscura trepó por la pared como si escuchara.
Una horda de demonios había llegado.
El Faro Partido ya no respiraba, jadeaba.
Los muros crujían bajo los impactos. Las defensas exteriores, trazadas con esmero por Anaid semanas atrás, apenas resistían. Las runas ardían con una luz débil, intermitente. La niebla demoníaca, densa como sangre vieja, se deslizaba entre las piedras como si buscara rendijas por las que entrar.
Desde el observatorio, Naruik controlaba los sensores de energía. Su rostro estaba tenso, los dedos manchados de aceite y prolita. A cada nuevo zumbido, respondía con una maldición. No había tiempo para reparaciones. Ni para dudas.
Kurian, en la sala inferior, intentaba mantener la frecuencia estable del núcleo. Las chispas saltaban a su alrededor, los tubos de conducción vibraban como venas bajo tensión. El Núcleo-KAT palpitaba más fuerte con cada embestida. Como si respondiera. Como si también sintiera miedo.
Anaid recorría los pasillos a paso rápido, con la varita en la mano y el ceño fruncido. No se detenía con nadie ni alzaba la voz para dar órdenes. Se limitaba a reparar: sello tras sello, barrera tras barrera.
Y Minerva seguía en el círculo central, sentada a ras de suelo, con el pergamino extendido sobre las rodillas. La pluma avanzaba con paciencia y con precisión. Encadenaba fórmulas, levantaba símbolos, volvía a escribir un nombre hasta dejarlo exacto. Las paredes vibraban con cada embate y la tinta temblaba un instante, pero ella no soltaba el trazo.
Fue entonces cuando ocurrió.
Un pequeño cubo de cristal, oculto entre los tomos de la biblioteca mágica, comenzó a brillar. Un resplandor ámbar se extendió desde su centro, proyectando sobre la pared una runa suspendida en el aire, palpitante.
Anaid lo vio primero. Corrió hasta él. Lo tocó. Y la voz emergió, clara, nítida, reconocible.
Periandro.
Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.
La voz se apagó.
Kurian dejó caer una herramienta. Naruik tardó un segundo en reaccionar, con la mirada fija en el suelo. Anaid se volvió hacia Minerva.
—¿Qué plan? —preguntó la impromaga, sin alzar la voz.
Minerva no respondió. Solo bajó la pluma y cerró el grimorio con una lentitud ceremoniosa.
—Hay cosas que solo deben saberse cuando no queda otra opción.
—¿Y no crees que esta lo es? —insistió Anaid.
Pero Minerva ya había vuelto a sentarse. No dijo más.
Y entonces, un estruendo.
Uno de los círculos de energía situados en la entrada del Faro parpadeó, vibró… y cayó. El sello se apagó con un lamento sordo, como si la magia que lo sostenía se hubiese rendido.
Y fue suficiente.
Desde la niebla surgieron las siluetas. Primero cuatro, luego ocho. Demonios de ojos blanquecinos, piel desgarrada y alas rotas, armados con lanzas que no se clavaban en la carne, sino en la mente. No avanzaban con prisa, lo hacían con hambre, dispuestos a saciarse con el dolor ajeno.
Desde el observatorio, Naruik se levantó de golpe. Agarró un cilindro metálico, lo encajó en un cañón montado sobre la barandilla y disparó una ráfaga de partículas prolíticas. El primer demonio se deshizo con un chillido seco. El segundo reculó. Pero la niebla no dejaba de escupir nuevos cuerpos.
—¡Kurian, contención en la cámara dos! —gritó desde arriba.
Kurian pulsó varios botones. Una barrera de energía circular se alzó durante unos segundos… pero volvió a caer. El núcleo-KAT vibraba demasiado. Los canales de transmisión no daban abasto.
—¡No puedo mantenerlas! ¡O protegemos el núcleo o el Faro! —gritó.
Anaid corrió hacia el pasillo principal. La túnica naranja ondeaba a su paso y su varita resplandecía con cada gesto. Apuntó a los dos primeros demonios que cruzaron el umbral.
—¡Vindicatio! —gritó.
Un arco de fuego salió disparado, atravesando al primero. El segundo se lanzó hacia ella. Anaid giró sobre sí misma y trazó un círculo en el aire:
—¡Fractus membrum!
El demonio se rompió como un jarrón cayendo contra el suelo.
—¡No os acerquéis a Minerva! —gritó.
Porque en medio de todo, Minerva se había puesto en pie.
Llevaba una varita vieja, reparada, de madera resquebrajada, con un soporte de metal abrazando su extremo. En su interior, una piedra de prolita palpitaba, sostenida por un diminuto mecanismo diseñado por Amestrys semanas atrás.
Minerva alzó la varita, la sujetó con firmeza y abrió su grimorio.
—Orbis defendere —pronunció.
Del libro salió un rayo celeste que formó una cúpula defensiva en torno a su posición. No mágica, sino canalizada a través del núcleo de la piedra. Cada conjuro lo debía leer. Cada hechizo lo debía pronunciar con exactitud. No había margen para el error.
Un demonio voló hacia ella. Naruik lo interceptó desde las alturas con un disparo cargado de vapor incandescente.
—¡Minerva, cuidado!
—Estoy bien —dijo la erudita, sin alzar la voz.
Anaid regresó a su lado, cubriéndola. Su varita aún humeaba.
—No puedes seguir mucho más —le susurró la impromaga.
—No tengo que seguir —respondió Minerva—. Solo tengo que aguantar lo suficiente.
Un segundo grupo de demonios se estrelló contra los sellos interiores. Kurian cayó de rodillas. Sangraba de una ceja, pero mantenía la mano firme sobre el control central.
—No podemos aguantar —dijo Kurian, con la voz quebrada—. No sin refuerzos.
Y fue entonces cuando, en medio del caos, algo se alzó sobre la niebla. Desde el sur, una docena de luces encendidas, incandescentes, surcando el aire como si fueran cometas malditos, comenzaron a acercarse a gran velocidad hacia el Faro.
Anaid fue la primera en verlas. Desde el corredor oriental, donde acababa de restaurar un sello, alzó la vista y se quedó paralizada.
—¿Qué…? —susurró.
Las luces no eran naturales. Eran compactas, irregulares, rotando sobre sí mismas. Algunas chorreaban humo verdoso. Otras se partían en mitad del aire y se recomponían con un chasquido.
Eran bombas. Y venían hacia ellos.
—¡Arriba! ¡Vienen proyectiles! —gritó Anaid.
Naruik giró sobre sus talones en el observatorio. Se asomó por la abertura principal y, por primera vez, palideció.
—No… no puede ser…
Kurian, en la sala del núcleo, corrió hacia el ventanal y miró con los ojos muy abiertos.
—¡Están apuntando al faro!
Las bombas descendían deprisa, cada una con su trayectoria caprichosa. Unas venían dando vueltas sobre sí mismas; otras caían en línea, obedientes y terribles. Tras ellas quedaba un rugido que sonaba a engranajes de hierro sin aceite, a placas metálicas rozándose y a remaches temblando bajo presión.
Nadie se movía. Nadie respiraba.
—Tres… —dijo Kurian, más para sí mismo que para los demás.
—…dos… —susurró Naruik, con las manos aferradas al borde.
—¡UNO! —chilló Anaid.
K-BOOOOM.
Pero las bombas no impactaron contra el Faro, se detuvieron a pocos metros, flotaron, se dispersaron y se quedaron suspendidas en el aire y entonces, desde el centro de la humareda luminosa, emergieron dos figuras.
Kórux avanzaba primero, con paso lento, seguro, como si no temiera a nada. Su túnica, pesada y surcada de costuras irregulares, se abría al caminar, dejando entrever pantalones de cuero curtido y botas manchadas de barro antiguo. A diferencia de otros magos, no parecía recién salido de una torre: olía a bosque y a tormenta, como si hubiera cruzado media Calamburia a pie. Su varita, tallada a mano con una curva en espiral, pendía de su cinto como si fuera parte de su cuerpo. No habló al llegar, pero su sola presencia pareció detener durante un instante el avance de la oscuridad.
A su lado, Ukarin K-Bum se sacudía los restos de la explosión de los hombros, como quien ha hecho esto demasiadas veces. Sus ropas eran un caos funcional: camisa remendada, tirantes cruzados sobre un chaleco blindado, y una falda con bolsillos ocultos de donde colgaban piezas giratorias y tubos de presión. Tenía las mejillas manchadas de aceite y un leve tic en la comisura del labio, como si siempre estuviera a punto de decir algo pero nunca lo creyera necesario. Sus botas eran tan pesadas que cada paso parecía cronometrado. En la mano llevaba una bomba, girando sobre su eje como un péndulo de bienvenida.
Los demonios, atrapados en mitad del asalto, no lo vieron venir.
La explosión no fue una explosión. Las bombas suspendidas en el aire dejaron escapar un fuerte destello de luz azulada, un fogonazo que iluminó la niebla como si el cielo hubiera sido atravesado por una grieta de otro mundo. El sonido que la acompañó fue seco, envolvente, profundo: no hubo fuego ni fragmentos. Solo un pulso de energía pura.
Los demonios más grandes cayeron inconscientes y se derrumbaron como marionetas a las que les han cortado los hilos. Se les apagó la mirada, se les escurrieron las armas de las manos y colapsaron sin un solo grito. Los más pequeños, de contornos inestables y piel cambiante, se deshicieron al instante, barridos por una onda de energía que peinó el aire como una marea súbita. Después solo quedó el silencio.
Ambos recién llegados se detuvieron al pie del Faro. La bruma aún se disipaba a su alrededor.
—Avisamos, ¿eh? —dijo Ukarin, con media sonrisa.
Naruik soltó una carcajada incrédula desde lo alto.
—¡Lo sabía! ¡Ese patrón de giro era suyo! Solo Ukarin lanza bombas para anunciarse.
Kurian exhaló todo el aire de golpe. Luego se dejó caer contra la pared con una mano en el pecho.
—Casi muero del susto.
Anaid, aún con la varita encendida en la mano, bajó los brazos lentamente.
Kórux alzó la vista hacia el Faro. Su voz, grave y medida, se alzó como un conjuro bien pronunciado:
—¿Siguen vivos ahí dentro?
Minerva, desde el centro del círculo de defensa, sonrió por primera vez en días.
—Por ahora.
Kórux y Ukarin subieron las escaleras, aún envueltos por la bruma de su irrupción. El aire a su alrededor conservaba la electricidad del impacto y las runas del Faro chispeaban débilmente, como si se ajustaran a su llegada. Ambos cruzaron el umbral sin decir palabra, con los ojos recorriendo la escena, registrando rostros, heridas, muros agrietados y silencios suspendidos en el aire.
El silencio que los envolvía no era el mismo de antes. No era de derrota ni de espera. Era un silencio reverente, como el que antecede a una verdad demasiado grande para ser dicha en voz alta. El tipo de silencio que se instala cuando el destino entra en la habitación, pero aún no ha hablado.
Entonces, Korux se acercó a Minerva. No dijo nada. No hizo ademán de imponerse. Solo caminó, con la gravedad de quien porta algo más pesado que su propio cuerpo. Cuando se detuvo frente a ella, metió la mano en el interior de su túnica con un gesto lento, casi ceremonial. Su brazo temblaba apenas, como si el objeto que sacaba no fuera un simple pergamino, sino una promesa.
De entre los pliegues extrajo una carta cuidadosamente doblada. No tenía sello visible, pero en la superficie del papel aún quedaban restos de un brillo ámbar, apagado, pero latente, como si la magia que lo había activado siguiera respirando en su interior. Y allí, grabada con esa misma luz dorada —aún temblorosa, como si acabara de escribirse— se leía la frase: Entregar al Archimago si el mundo se inclina hacia la sombra antes de tiempo.
Minerva la reconoció en cuanto la vio, y su respiración se suspendió. Aun así preguntó, más por necesidad que por duda.
—¿Dónde…?
Kórux no respondió al principio. Fue Ukarin quien lo hizo, cruzando los brazos con el rostro manchado de hollín y la voz áspera, aunque firme.
—Nos la dio Tinín. Vino a Skuchaín con la determinación de quien ha cruzado el mundo con un tirachinas. Dijo que su padre se la había dado. Que la había guardado desde hacía años. Y cuando la carta brilló, no hizo preguntas. Solo la trajo. Le prometimos que encontariamos encontraríamos a su hermana.
Minerva alzó la vista, incrédula. Kórux asintió con gravedad.
—Drawets la recibió cuando se le entregó la niña. Al desaparecer ella, la carta se activó. Como si hubiese estado esperando ese momento exacto.
Kurian se acercó y observó la carta con una mezcla de respeto y desconcierto. Pasó los dedos con suavidad por el borde del pergamino y murmuró, casi para sí:
—Curioso… en otros universos donde yo he trabajado también existe una Minerva. Siempre tiene un plan. A veces demasiado bueno. A veces peligrosamente acertado.
Naruik, desde la galería superior, asintió sin apartar la vista del brillo ámbar.
—Sí. Hemos recibido información procedente de diversos nodos del multiverso en los que distintas versiones de ella se infiltran en sistemas de poder, e incluso en dimensiones temporales. A veces actúa como líder; otras, como sombra. Pero siempre con planes.
Anaid se adelantó unos pasos. Había estado observando la carta con atención, pero también con cierta admiración. Sus ojos recorrían el fulgor que aún latía en el papel.
—Este hechizo no es común. No es un mensaje. Es un vínculo reactivo, sensible. Está ligado al estado vital de una persona. No se activa por tiempo, ni por orden directa, sino por ausencia. Por desaparición. Eso requiere una magia poderosa y emocional. Es más que una señal: es un pacto que se cumple cuando ya no queda otra forma de aviso.
Después bajó la mirada y habló en voz baja, como si atara todos los hilos de un tejido antiguo.
—Y está el mensaje de Periandro. Todavía lo oigo. Rodrigo se ha ido de la lengua. Amunet conoce el plan. Una de las niñas ha desaparecido. Y ahora esta carta… Todo ha empezado.
Todos lo comprendieron. Todos lo sintieron.
Minerva no necesitaba leerla. La conocía palabra por palabra. Ella misma la había escrito, una década atrás, como quien siembra un conjuro en el futuro. Un recordatorio sellado con tiempo y miedo. El simple hecho de que la carta hubiera recorrido tantas manos y ahora estuviera de vuelta —tras la desaparición de la niña, tras la señal dorada que brotó del pliegue— solo podía significar una cosa: el plan amenazaba con resquebrajarse. Una de las princesas estaba en peligro.
Minerva cerró los ojos. No por cansancio, sino para sostener en la memoria lo que acababa de encajar. La carta, el mensaje, la niña. La promesa que tantos habían intentado custodiar. Cuando los abrió, ya no había duda en su mirada. Tampoco tristeza. Solo una resolución firme, callada, inquebrantable.
Guardó la carta con un gesto suave y alzó la vista. Miró a Anaid. Luego a Kurian. Después a Naruik. Finalmente a Ukarin y Kórux.
—Sé que tenéis preguntas —dijo, con la voz serena de quien ya no puede volver atrás—. Y prometo que, en cuanto pueda, responderé a cada una de ellas. Pero antes necesito unir todos los datos. Esta carta, el mensaje de Periandro, la desaparición de la niña… hay demasiadas brechas en el plan que diseñé hace una década. Brechas de seguridad que no puedo ignorar. Tengo que sopesar los daños antes de decidir cuáles deben ser los siguientes movimientos.
La palabra brechas aún estaba en el aire cuando el suelo crujió.
No fue un temblor de esos que hacen vibrar las paredes. Fue un sonido profundo, íntimo, como un susurro que nacía desde las entrañas de la piedra. Las runas de contención, ya debilitadas, parpadearon una vez. Dos. Luego se apagaron. La base del Faro exhaló un vapor denso, caliente, teñido de rojo. Y entonces, con un sonido seco como el crujido de una promesa rota, el suelo se abrió.
Lo hizo con la lentitud cruel de lo inevitable. Las losas se separaron, los anillos protectores se quebraron como cerámica agrietada y, de esa grieta, como el aliento de una fosa sellada demasiado tiempo, comenzó a ascender una niebla espesa, negruzca, cargada de azufre, con un olor húmedo, mineral, como de hierro viejo y oraciones olvidadas.
Un pie emergió primero. Una bota de cuero oscuro, rajada por el uso, recosida de forma tosca, como si cada costura sellara un pacto imposible. Le siguió una pierna alta, cubierta por un abrigo largo, sin brillo, de peso ancestral. No parecía que lo llevara: parecía que lo arrastraba desde otro plano. A medida que ascendía su figura, el aire a su alrededor se fue tensando. Las paredes del Faro crujieron, no por el movimiento, sino por la presión.
El torso era amplio, cruzado por correas que sujetaban piezas sueltas, retorcidas, de metal y cuero endurecido. Cada hebilla parecía forjada a mano, no con arte, sino con ira. No decoraban: contenían. Era una armadura sin nobleza, sin estética, creada para sobrevivir a lo inmortal.
Y entonces, alzó la cabeza.
El rostro era humano. Pero no humano como lo entendían los presentes. Era el recuerdo de una humanidad extinta. Desnudo de cabello, la piel de la calva mostraba marcas oscuras cicatrizadas sobre otras más antiguas. Su barba, negra y cerrada, parecía la única parte intacta de un rostro construido a base de fracturas. Pero lo que dominaba su rostro era la franja. Una herida abierta desde la frente hasta el final de las mejillas, roja, viva, palpitante. No era una venda ni un tatuaje. Era una grieta en la carne, una hendidura mágica y orgánica que no ocultaba los ojos: los sellaba. Porque detrás de esa carne no había mirada… había poder.
No fue creada para protegerlo a él, sino para proteger el mundo de lo que él era.
Sus botas, al avanzar un solo paso más, emitieron un sonido seco, firme, como si pisaran la voluntad misma del lugar. Y la niebla se apartó de su camino. Las brasas del subsuelo, inertes durante semanas, se encendieron a su paso. Las paredes no resistieron: se replegaron.
El Señor de mil legiones.
El arma y verdugo de Évolet.
El demonio de la destrucción.
Abraxas.
Y al alzarse por completo dentro del Faro, el suelo tembló por última vez.
Porque esta vez… no volvería a sostenerse.
