248 – SOMBRAS EN LAS DOS JARRAS

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SOMBRAS EN LAS DOS JARRAS

El ruido de las jarras chocando no lograba acallar los murmullos. En la Taberna de las Dos Jarras, el aire olía a cerveza agria, a madera vieja y a problemas que no terminaban de irse. Aquel rincón de Instántalor, hasta hacía poco considerado seguro incluso para los más perseguidos, parecía ahora al borde de algo.

Al fondo del salón, tras la barra de nogal combado, estaba Edmundo, el tabernero. Hombre de pocas palabras y muchos gestos, de espalda encorvada y manos curtidas. Había sido criado de la familia Colby en su juventud, luego tabernero y, por un breve periodo, puso en marcha el fracasado proyecto de “Edmundo por el Mundo”, probando suerte como minero. Volvió a la taberna más flaco que cuando se fue. Se decía que había visto cosas bajo tierra que nadie más se atrevía a nombrar y, desde entonces, hablaba poco… pero sabía mirar.

La taberna no era suya en origen. Pertenecía a Yangin Var y su esposa, Ébedi, los legendarios posaderos de Instántalor. Yangin era un tabernero alegre y jugón, tal vez demasiado suelto de manos. Se decía que su matrimonio con Ébedi fue forzado. Pero cuando un cataclismo sacudió Calamburia, Yangin aprovechó para desaparecer. Ébedi, fuerte como la madera de la barra que regentaba, continuó sola hasta que apareció Edmundo. Antiguo escudero de Sir Finnegan, hijo de los Archiduques, llegó con mirada perdida y manos dispuestas. Entre ellos surgió un amor silencioso, sin promesas, sin juramentos. 

Durante un tiempo, la taberna volvió a latir. Hasta que, una mañana, Ébedi desapareció con la criatura que había tenido con Edmundo. No dejó carta, ni mensaje, ni ruido. Solo una jarra sin terminar sobre la barra… y el eco de una última risa flotando entre los barriles. La taberna nunca jamás olvidaría esa risa. Ni su fuerza, ni su belleza. En los días más grises, todavía parecía resonar entre los pilares de madera, como si se negara a marcharse del todo. Había sido una carcajada de esas que lo llenaban todo, que daban calor, que convertían la noche en hogar.

Edmundo nunca habló de ello. No se quejó. No culpó. Siguió sirviendo cerveza con esa mezcla de silencio y ternura que solo tienen los que han amado de verdad.

Con los años, Edmundo se convirtió en el dueño de facto. No porque lo hubiera comprado, sino por una antigua Ley de Don Beltrán, el Comendador de Instántalor, quien dictó que si un negocio cerraba y sus propietarios no regresaban en el plazo de diez años —ni muertos, ni vivos, ni en sueños—, el último trabajador en activo pasaba a ser su legítimo heredero.

Así pues, Edmundo había heredado Las Dos Jarras por abandono. Y, aunque nunca lo diría en voz alta, la cuidaba con más celo que cualquier otro tabernero de la ciudad.

Aquel día, el aire estaba más denso que nunca.

—Penélope ya no va a volver —dijo Jack el Enterrador, con la vista fija en el fondo de su jarra—. Se fue, Cristóforo. Hace años. Quizá se ha casado con otro. Quizá vive en otra ciudad. Pero ni siquiera el orbe ha sido capaz de traerla de vuelta.

Cristóforo bebía despacio mientras le escuchaba. No prestaba demasiada atención a las batallitas de Jack el Enterrador, aunque las dejaba correr. Sabía que, a veces, lo más importante no era lo que se decía, sino lo que se callaba entre frase y frase. 

El pirata vestía siempre con sobriedad, pese al sombrero ladeado y la cinta color ámbar ceñida a la cabeza. Su porte fuerte, su barba pirata y la firmeza de su mirada delataban a un hombre que conocía la guerra. Había sido enviado años atrás por la Corona Pirata para proteger a la infanta. Una misión que, para su pesar, no logró llevar a buen puerto. Ahora, años más tarde, y aunque los mares habían cambiado, él seguía oliendo a sal, acero y lealtad.

A su lado, Edmundo asentía en silencio, marcando el ritmo del tiempo con un dedo sobre la madera.

—Bueno, al menos mis hijos siguen en el negocio familiar. Enterradores, como yo. Aunque últimamente, más que enterrar, desentierran. Se están quedando sin clientes… y sin cadáveres. La mitad de las tumbas del Túmulo Desordenado han quedado vacías. ¡Y los que estaban muertos dentro han vuelto afuera! El orbe los ha sacado de sus nichos, como si la tierra ya no supiera retener a los suyos.—Jack hizo una pausa, como si aún no creyera lo que estaba diciendo.

Jack Roslin, el enterrador, vestía siempre de negro, con la cuerda del trabajo enroscada al cuerpo como si fuera parte de él. Su rostro pálido parecía esculpido por la fatiga y las madrugadas, y una barba de sombra mal afeitada enmarcaba su gesto eternamente resignado. Llevaba consigo una pala negra, afilada como una sentencia, que no soltaba ni en los momentos de descanso. Algunos decían que amaba más a esa pala que a su propia mujer, y no faltaba quien asegurase que la pala, al menos, nunca lo había abandonado.

—Muchos que no conocen la verdad sobre la magia del orbe amazónico piensan que han vuelto a la vida. Pero no es así. No están vivos. Solo son cadáveres que han cambiado de lugar. Algunos aparecen en las casas donde vivieron, aparecen sentados a la mesa o tumbados en sus antiguas camas. ¡Imagina cuando hay alguien nuevo que las ocupa! Y en el pueblo piensan que se han levantado de sus tumbas para reclamar sus deudas… A exigir el oro de sus funerales. ¿Te imaginas?

Edmundo se llevó las manos a la cabeza y luego hizo el gesto de vaciar una copa sobre la mesa. Era su forma de decir: “Esto ya supera cualquier historia que haya oído aquí”.

—Y tú preocupándote por fantasmas, mientras yo me asfixio por la falta de trabajo —continuó Jack—. Gracias al Titán Oscuro que a mis hijos no se los ha llevado el orbe.

—Sí, gracias al Titán… —murmuró Cristóforo, con el ceño fruncido—. Lo cierto es que ni siquiera sabemos qué ha hecho exactamente ese artefacto. Hay soldados que han desaparecido del bastión. Y no cualquier soldado. Dicen que que entre ellos podría estar el mismísimo Rodrigo. Que lo vieron por allí. Que Periandro está intentando protegerlo. Pero yo estoy aquí. Brindando. De soldado, sí, pero sin ejército. Representando a la Corona Pirata en Instántalor, mientras el resto del mundo se hunde.

Hacía ya un par de semanas que Instántalor había sido liberada del dominio de Amunet con la colaboración de los barcos piratas, el ejército real y los propios aldeanos. Pero, tras la activación del orbe, el momentáneo gozo de sus gentes se había interrumpido por las repentinas pérdidas.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Drawets entró como una ráfaga, con el rostro desencajado.

—¿Dónde está? —dijo sin saludar—. ¿La habéis visto? Pequeña, pelo enmarañado, mirada viva. Gorrión. Mi hija.

Jack se encogió de hombros y se giró hacia el recién llegado con cara de estar aguantándose la risa.

—¿Una niña? ¿Desde cuándo tienes tú una hija, Drawets? El orbe te ha dejado más chalado que un cambiaformas con fiebre. Que yo sepa, tú tenías tres niños reconocidos. Tinín, el de los callejones, el del rabito de cerdo; Gorrión, el alto de las azoteas, y otro más —bajó la voz ligeramente, pero no lo suficiente—. Ese tuve que enterrarlo yo mismo hace años.

Se giró hacia Cristóforo y lo soltó sin el más mínimo tacto:

—Lo mataron sus amigos, que se convirtieron en cuervos.

Edmundo, al escuchar eso, se cubrió los ojos con ambas manos. Un gesto seco, como quien no quiere ver ni oír una pena que aún huele a reciente.

—Qué tristeza… Qué tiempos aquellos —continuó Jack, revolviendo el fondo de su jarra con aire resignado—. Si ese mismo cadáver ha vuelto a casa por culpa del orbe, no te preocupes. Lo entierro otra vez. Aunque estará hecho un… —hizo una pausa buscando la palabra— un destrozo. Le doy sepultura sin coste. Servicio de la casa. Como a los clientes fieles.

Drawets negó con la cabeza, exasperado.

—No… no entiendes, Jack. No es ninguno de esos. Era una niña. Pequeña, lista como el hambre. Si la habéis visto… sería como la recordáis, pero sin bigote postizo.

Cristóforo frunció el ceño.

—¿Bigote postizo?

Antes de que Jack pudiera responder, Edmundo, que había estado en silencio todo el tiempo, se inclinó hacia el brasero apagado del rincón, tomó un trozo de carbón con toda naturalidad y, con movimientos certeros, se dibujó un bigote en el labio superior. Luego levantó ambas cejas y se dio unos golpecitos en el pecho con gesto heroico.

Jack se carcajeó.

—¡Desde que trabajó en la mina no ha faltado el carbón en esta taberna! —rió—. ¿Lo ves, Drawets? Si querías camuflarla con un mostacho, al menos podrías haber avisado. Igual Edmundo la ha visto y no lo ha dicho, porque en esta casa nadie le pregunta nada.

Edmundo hizo una reverencia exagerada, con una mano en el corazón y otra extendida, como si presentara a una artista invisible sobre el escenario.

—¡Basta! —interrumpió Drawets, que ya no sabía si estaba más furioso o más desesperado—. ¡No estoy hablando de una comedia! Es mi hija. La perdí. ¡Se desvaneció delante de mí! Como si el viento se la hubiera llevado. Como si la tierra misma hubiera decidido que ya no tenía derecho a estar conmigo. Yo mismo volví varias veces a la arboleda a buscarla. Ella sabía desde bien pequeña a dónde ir si se extraviaba. También Tinín fue en su búsqueda a implorar ayuda al Archimago… pero no la hemos encontrado.

Jack alzó las manos, conciliador.

—Está bien, está bien. No te sulfures. Pero no te extrañe que nadie la recuerde. Con lo que ha pasado con el orbe, todos andamos algo perdidos. Lo mismo ha cambiado el pasado y tú nunca la tuviste. O sí y ahora está en otra parte. Hay quien ha despertado en camas que no reconoce y hay quien cena con padres con los que no se hablaba hace años. Yo a veces pienso que mi mujer está en casa y no… Penélope no está… Esto ya no es Calamburia. Es un mal sueño con puntos de fuga.

Cristóforo no había dejado de observar a Drawets. Y al escucharlo, una sombra cruzó por su rostro.

Se levantó con lentitud, llevando la mano al cinto.

—¿Y si no fue el orbe? —dijo, con voz baja.

Drawets lo miró, sin comprender.

—¿Cómo dices?

Cristóforo desenvainó apenas un dedo de su espada. Lo justo para que brillara en la penumbra de la taberna.

—¿Y si no fue el orbe el que te la arrebató? ¿Y si fue tu negligencia?

El silencio se volvió denso. Ni siquiera Jack se atrevió a hablar. Edmundo bajó la mano teatralmente, como si cerrara el telón de una función que nadie quería ver.

Cristóforo dio un paso más.

—Tú no lo recuerdas… pero yo sí —dijo, con los ojos fijos en los de Drawets—. Yo era el encapuchado. Fui yo quien te la entregó. Envuelta. Protegida. Te confié lo único que aún podía salvarse.

Se le quebró la voz un instante. Luego, apretó los dientes.

—Y tú… tú la perdiste.

Drawets bajó la mirada. No dijo nada.

El silencio lo llenaba todo.

Cristóforo respiró hondo, como si aún hubiera algo más que necesitara confirmar.

—¿Y la carta? —preguntó entonces, con un tono más bajo, pero más peligroso.

Drawets parpadeó, desconcertado.

—¿Qué carta?

—La que iba con la niña, Drawets —dijo Cristóforo, y su voz, aunque no subió, pesaba como una espada envainada—. ¡La carta que te entregué con ella! ¿Dónde está?

Drawets dudó. Se mojó los labios. Cuando habló, en su voz había más temblor que palabra:

—Se la di a su hermano. A Tinín. Esa era la orden. El sobre no tenía nombre. Ningún sello. Pero cuando desapareció Gorrión… una luz dorada brotó del pliegue. No cegaba, pero parecía antigua, viva. Como si alguien muy lejos, muy viejo, me estuviera dando un mensaje a través de ella. Y entonces, una línea apareció. Como si acabara de ser escrita:

“Entregar al Archimago si el mundo se inclina hacia la sombra antes de tiempo.”

Cristóforo no respondió. Solo frunció el ceño.

—¿Y la leíste?

—No pensaba abrirla —continuó Drawets—. No era para mí. Pero cuando desapareció Gorrión… no sé cómo explicarlo… la carta vibró.

Cristóforo se irguió de golpe. Con un movimiento seco, desenvainó su espada. El acero silbó en el aire y su filo se detuvo justo en el hueco del cuello de Drawets.

—¿La leíste, pícaro?

—No…

Pero su rostro lo traicionó.

—¡Mentiroso! —bramó Cristóforo y lo empujó con violencia contra una mesa. Varias jarras cayeron al suelo y Jack se apartó de un salto. El murmullo de la taberna murió al instante.

Drawets levantó las manos, tembloroso.

—No la leí entera… Solo una frase. Se me quedó grabada…

—¿Qué frase?

“Archimago, si esta carta se te entrega es que mi plan está en peligro. La niña que entregamos al pícaro es la esperanza de la Corona de Calamburia.”

El silencio cayó de golpe. Ni una respiración. Ni un crujido. Solo el peso de esas palabras llenando la taberna.

Cristóforo aflojó el puño. Dio un paso atrás, como si acabara de comprender la magnitud de todo.

—La esperanza…

—Es una Rodrigo —murmuró Drawets.

Y entonces, una voz surgió desde la penumbra del local.

—Y ahora, si queréis salvarla, vais tarde.

Una figura encapuchada se alzó junto a la chimenea. La túnica que vestía caía recta, disciplinada, y acompañaba cada paso sin delatarlo. Caminó con la calma de quien sabe que todos los ojos le siguen.

—¿Quién eres? —inquirió Cristóforo.

La figura avanzó, emergiendo del resplandor de las brasas. Su capa —más cercana al dorado apagado que al turquesa— relucía incluso bajo la escasa luz de la taberna. Sus pasos eran lentos, medidos. Cada crujido del suelo parecía apartarse para dejarle pasar.

Se detuvo junto a la mesa y con un gesto pausado, se retiró la capucha.

Era joven, de piel clara y mirada aguda, como si todo lo que viera quedara clasificado de inmediato en algún rincón de su mente. Sus ojos, de un tono claro e indescifrable, brillaban con una intensidad que no parecía de este tiempo. No llevaba armadura, pero su porte infundía respeto. Bajo la túnica turquesa con ribetes dorados, colgaban frascos llenos de líquido iridiscente. En el cinturón, una esfera azulada descansaba como si custodiara secretos. Y sobre su mano enguantada, brillaba un dispositivo con luces que parpadeaban en silencio, como si respondieran a sus pensamientos.

Alzó esa misma mano con calma, dejando ver también un tatuaje negro, como la huella de un dragón dormido.

—Mi nombre es Amestrys. Alquimista de batalla. Hijo de Férula y Gónagan Clamil. Y protector de Minerva.

Cristóforo lo miró fijamente.

—¿Protector… cómo?

 —Porque ella está en peligro —respondió Amestrys, con la voz firme, sin dejar de mirar a Cristóforo—. Oculta en el Faro Partido, bajo nuestra vigilancia. Somos un pequeño reducto, casi un suspiro, pero nos mantenemos firmes. Allí también se encuentra Kurian, el inventor multiversal, mi hermana Anaid, impromaga de la Torre y, desde hace poco, Naruik, otra inventora llegada de una realidad lejana.

Hizo una pausa. La piedra en su guante brilló como si compartiera su preocupación.

—Los inventores aseguran que su misión no es solo calamburiana… sino multiversal. El Faro resguarda un artilugio creado por los desaparecidos inventores de este mundo, una fuente de poder que, si cae en manos de los demonios, no solo destruirá este mundo, sino que podría arrastrar todos los universos conectados. No es una conjetura, ni una profecía: lo han visto. Lo han vivido.

Se volvió ligeramente hacia Drawets y luego volvió a Cristóforo.

—Están haciendo todo lo posible. Pero no resistirán mucho más sin ayuda. Ni Minerva, ni los inventores, ni el Faro.

—Y entonces… ¿por qué vienes aquí? —preguntó Drawets.

—Porque necesitábamos algo que solo puede encontrarse en los túneles mineros de Instántalor.

Entonces miró a Edmundo.

—Stinker. Turno rojo. Galería quince. Tú sabes de qué hablo.

Edmundo, que había estado en silencio todo el rato, asintió con gesto escueto y bajó las escaleras en dirección a la bodega.

Amestrys sacó un pequeño estuche cubierto por un paño de cuero negro. Lo abrió con cuidado. Dentro reposaba una minúscula piedrecita grisácea, de superficie rugosa, con vetas que titilaban en todos los colores, como si en su interior habitara una luz líquida, viva.

El alquimista contuvo el aliento.

—Esto es un pequeño trozo de Prolita —dijo, levantando el diminuto fragmento de mineral con su guante—. No hay defensa posible sin esto. No una como la que necesitamos. Pero es un bien escaso.

Cristóforo entrecerró los ojos.

—¿Qué está pasando en el Faro? —preguntó, en voz baja.

—Los demonios la han localizado. A Minerva. Atacan el faro cada noche. Quieren quebrarla, aislarla, borrarla. Y apenas resistimos. Esta piedra es lo único que puede activar el último anillo de contención. El último muro entre ella… y ellos.

La piedra brilló, como si respondiera al eco de sus palabras.

—Es un material extremadamente valioso —continuó—. Pocos fuera del gremio minero conocen su existencia. Se empleó en la construcción de la Puerta del Este y, aún así, nadie sabe realmente cómo se forjó. Algunos aseguran que son fragmentos desprendidos del mismísimo Titán, caídos cuando fue arrojado sobre Calamburia.

Jack frunció el ceño, fascinado.

—¿Y eso lo has sacado tú de la tierra?

Amestrys sonrió levemente.

—No se oxida. No se corrompe. No se rinde al tiempo. Es más ligera que el agua y más resistente que el hierro. Los Inventores del Multiverso nos están enseñando a utilizarla. Dicen que tiene más de cien usos: canales de energía, sellos dimensionales, circuitos de precisión, contención de entidades…

Elevó la piedra, dejándola flotar apenas entre sus dedos.

—Esto no es solo una roca. Es el límite entre el saber y la magia.

Jack tragó saliva.

—¿Y cómo la has conseguido?

Amestrys se volvió hacia él, con una chispa divertida en los ojos.

— Edmundo y yo tenemos un pequeño acuerdo. Yo le ayudo a mejorar sus bebidas y licores con truquitos alquímicos,y él me consigue lo que necesito, sin hacer preguntas.

Se volvió hacia el tabernero que acababa de regresar de la bodega trayendo un pequeño hatillo en sus manos.

—Stinker aún te debe favores, ¿verdad, Edmundo?

Edmundo desenvolvió el paquete y todos pudieron admirar una piedra que parecía un fragmento de noche estrellada: grisácea, con destellos dorados, azules y malvas que danzaban en su interior.

La depositó sobre la mesa, en silencio.

Amestrys la tomó entre sus manos enguantadas.

—Gracias, viejo amigo. Con estos dos fragmentos tendremos una oportunidad. Nada más. Nada menos.

—¿Y Minerva? —preguntó Drawets.

—Sigue resistiendo —respondió Amestrys, con la mirada fija en la piedra—. Pero no por mucho tiempo. Si no llegamos pronto, será demasiado tarde. Y no quedará nadie a quien proteger.

Cristóforo se incorporó de golpe. Se ajustó el cinto, comprobó su espada y asintió.

—Vamos. No hay tiempo que perder, hay que proteger el Faro.

Drawets se levantó tras él.

—Te acompaño. No pienso dejar que le pase nada a Minerva, ella es la llave para recuperar a Gorrión.

Amestrys los miró uno a uno. En sus ojos se leía más que urgencia. Se leía fe.

—Preparaos. El camino no está limpio de demonios ni fuerzas infernales. Pero os guiaré por una ruta segura. Y si llegamos a tiempo… quizás tengamos un rayo de luz. Una esperanza para Calamburia.

Los tres se dirigieron a la puerta, sin mirar atrás.

Regresad cuando todo acabe —dijo Jack desde la barra—. Alguien tendrá que contarlo. Pero hacedme un favor: no muráis. No quiero ser yo quien os entierre.

Y así, con la piedra en manos del alquimista, Drawets, Cristóforo y Amestrys salieron a la noche.Fuera, la bruma temblaba con los rumores de guerra contra las huestes infernales.

Pero, al menos, sabían por dónde empezar.