265 – LA TORTURA DE MINERVA VII

Personajes que aparecen en este relato

LA CÁMARA DEL ESPEJO

Unos minutos antes de que el grito de Minerva atravesara los muros y alcanzara a quienes descendían en su busca, la antigua cámara del Espejo permanecía en silencio bajo la Torre Arkhana. No entraba luz natural y ninguna vibración mágica reconocible atravesaba sus muros. Solo las antorchas clavadas en las paredes derramaban su llama violácea sobre las piedras húmedas y arrancaban destellos dispersos a los fragmentos del antiguo Espejo. El estruendo de la batalla que sacudía las plantas superiores apenas conseguía llegar hasta allí.

Kávila, erguida junto al estrado central, no se movía.

Su silueta, perfilada por la luz trémula del fuego, conservaba la elegancia de quien había aprendido a no suplicar. La melena rubia le caía sobre los hombros y sus ojos de iris felino escudriñaban la penumbra. Llevaba demasiado tiempo esperando, y no era una mujer acostumbrada a permitir que otros decidieran por ella.

El pacto con Amunet era lo único que la retenía en aquel lugar.

Amunet le había asegurado que Eurýdice estaba a salvo en Cuna de Oscuridad, acompañada por un impromago Ténebris. Kávila no la había seguido. Le correspondía permanecer en la Torre, cumplir la parte que había aceptado y preparar la última fase del plan.

Las amenazas permitían reconocer el peligro. Las promesas, en cambio, obligaban a confiar en que otra persona decidiera cumplirlas.

Érebos la había dejado allí, sola, en la antigua cámara del Espejo, y aún no había regresado. Kávila sabía que la directora estaba en camino y que muy pronto comenzaría el interrogatorio sobre el paradero de las princesas. En cuanto la Emperatriz averiguara dónde estaban las niñas, ella podría volver con su hija.

Unos pasos descendieron por el corredor.

Kávila giró la cabeza.

Una figura emergió de la penumbra con paso firme. Era joven, de piel morena y ojos oscuros. Llevaba una daga curvada en el cinto y el cabello cubierto por telas entrelazadas en un turbante zíngaro de tonos morados, turquesas y naranjas.

Su rostro, de pómulos marcados y barbilla firme, conservaba todavía algunos rasgos juveniles. La barba recortada perfilaba su mandíbula y el maquillaje ahumado bajo los ojos endurecía su expresión, otorgándole un aire ceremonioso que parecía cuidadosamente aprendido.

Kávila lo miró con el mentón levantado. Reconocía aquellos rasgos.

—Arnaldo —se presentó—. Hijo de Kálima. Nos conocimos en la final del Torneo.

Kávila entrecerró los ojos.

—Te recuerdo.

Arnaldo se detuvo a pocos pasos del estrado y observó los fragmentos del Espejo.

—Esperaba un lugar más impresionante.

—Los lugares importantes rara vez necesitan parecerlo.

Kávila descendió del estrado y se aproximó al joven. La firmeza de su mandíbula y la manera en que mantenía una mano cerca de la daga le resultaban familiares.

—Aquel cuya esencia te dio la vida también se llamaba Arnaldo: Arnaldo Zin-Garth. Era un hombre terco y valeroso. Inspiró a muchos. Tú cargas con su nombre y con el peso de su linaje.

Durante unos segundos, solo se escuchó el crepitar de las antorchas.

Él dio un paso más. Kávila ladeó ligeramente la cabeza, evaluándolo.

—¿Cómo has entrado en la Torre?

—Gracias a mi hermana, Sámara —respondió sin rodeos—. Fue la primera en pasar. Su marca Arkhana abrió el canal. La Torre la reconoció. Los demás cruzamos tras ella. Una vez dentro, activé el Zafiro Vincular y abrí los umbrales hacia el Inframundo.

Kávila soltó una carcajada breve y seca.

—Así que los rumores eran ciertos. Una marca Arkhana en el rostro de una joven zíngara.

Arnaldo apoyó la mano sobre el mango de la daga.

—Mi hermana no es asunto tuyo.

—Tu hermana acaba de abrir una de las fortalezas más protegidas de Calamburia. Se ha convertido en asunto de mucha gente.

Kávila observó la penumbra bajo el turbante del muchacho.

—Una marca Arkhana en una hija de Kálima solo puede proceder de Ailfrid.

Los dedos de Arnaldo se cerraron sobre la daga.

—No sabes de qué estás hablando, vieja arpía.

—Más de lo que imaginas. Conocí bien a Ailfrid cuando todavía vivía en el poblado. Nunca perteneció por completo al clan, aunque aprendió nuestra lengua y nuestras costumbres. También aprendió a mirar a Kálima cuando creía que nadie reparaba en ellos.

Arnaldo no respondió.

—Mi madre jamás ha hablado de él.

—Eso no significa que lo haya olvidado.

Los ojos de Kávila se oscurecieron, alcanzados por un recuerdo que no compartió.

—La marca de Sámara no es solo sangre. Es memoria impresa sobre la piel. Tu madre debió de comprender de quién procedía en cuanto apareció.

—No vuelvas a hablar de mi familia como si la conocieras.

—También es la mía.

La respuesta detuvo cualquier réplica inmediata.

Arnaldo apartó la mano de la daga, aunque la desconfianza permaneció en su mirada.

Kávila regresó junto al estrado.

—Veo que Amunet te ha reclutado. Y que tu madre ha obligado al clan a rendir pleitesía a la Emperatriz de los Dos Mundos. Lo que aún no entiendo es por qué te ha elegido a ti para esta reunión.

—Yo seré el próximo patriarca zíngaro —replicó Arnaldo sin dudar—. ¿O qué crees que soy?

—Aún no lo sé. Un título futuro no demuestra que estés preparado para ocuparlo.

El joven dio un paso hacia ella.

—Mi madre no me ha enviado para recibir lecciones.

—Kálima y yo compartimos sangre desde mucho antes de que tú aprendieras a blandir esa daga. Sé qué clase de lecciones se niega a dar.

Arnaldo soltó una risa breve.

—Empiezo a entender por qué lleváis tantos años enfrentadas.

—Nos parecemos demasiado.

La respuesta borró parte de la sonrisa del muchacho.

Kávila volvió la mirada hacia el corredor.

—Espero que podamos acabar esto cuanto antes. Mi hija me está esperando.

—Eurýdice está en Cuna de Oscuridad —dijo Arnaldo.

Kávila se volvió hacia él.

—¿La has visto?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Kávila bajó del estrado y se detuvo frente al joven.

—Entonces no vuelvas a pronunciar su nombre como si supieras que está a salvo.

Arnaldo sostuvo su mirada, pero no contestó.

El arrastre de unas cadenas llegó desde el extremo opuesto de la cámara.

Al fondo de la cámara, la oscuridad a la que Barastyr había arrastrado a Minerva se abrió de nuevo.

El consejero emergió primero. La túnica granate se deslizaba tras él sin rozar las losas y su rostro, endurecido por los años, conservaba la sonrisa de quien había previsto aquel desenlace. Alrededor de su ojo derecho se extendían varios zarcillos de oscuridad que palpitaban bajo la piel.

A su lado, sujeta por una cadena hecha de sombras, venía Minerva.

La directora de la Torre Arkhana tenía las manos atadas a la espalda. Una mordaza ritual, tejida con los mismos hilos oscuros que formaban la cadena, le sellaba los labios. Una herida estrecha le atravesaba la frente; la sangre se había secado junto a la sien, aunque un hilo más reciente descendía por su mejilla.

Sus rodillas cedieron al alcanzar el estrado. Barastyr tiró de la cadena y la obligó a continuar.

Kávila la observó sin pestañear.

—Llegas tarde —dijo, sin emoción.

—No hay prisa cuando el silencio coopera —replicó Barastyr. 

Condujo a Minerva hasta el centro de la cámara, tiró de la cadena y la dejó caer de rodillas junto al estrado.

—Nuestra invitada ha intentado darme órdenes durante todo el trayecto. He tenido que recordarle que ya no estamos en una de sus clases.

La mirada de Minerva se clavó en su antiguo alumno. La sonrisa de Barastyr perdió fuerza durante un instante.

Arnaldo entrecerró los ojos. Contempló a la prisionera con un interés que no trató de ocultar. Había escuchado hablar de Minerva desde niño: la erudita que había burlado a reyes, demonios y zíngaros para ocultar a las herederas. Ahora la tenía arrodillada ante él.

Barastyr le retiró la mordaza con un gesto seco. Minerva inspiró con dificultad. La tela oscura había dejado marcas en las comisuras de sus labios, pero no pidió agua ni trató de recuperar el aliento. Miró primero a Kávila, después a Arnaldo y, por último, a Barastyr.

—Os vais a arrepentir.

Nadie respondió.

Desde el fondo del corredor, Érebos apareció.

Vestía una túnica granate de brocado oscuro, similar a la de Barastyr, con detalles en negro que absorbían la luz. Una banda de terciopelo le cruzaba el pecho y el corte severo del atuendo acentuaba su porte ceremonial. Su cabello, corto y gris acero, contrastaba con la mancha negra que le surcaba el rostro: una grieta que nacía en el ojo izquierdo y parecía extenderse lentamente bajo la piel.

En sus manos brillaba el Zafiro Vincular. Después de activar los umbrales, Arnaldo se la había confiado a Érebos para que la trasladara hasta el círculo de anclaje. La gema no permanecía inerte: cada pulsación azul recorría la red de umbrales que había proyectado por la Torre. En las galerías superiores, los círculos que continuaban abiertos respondían a aquel latido y daban paso a nuevas criaturas del Inframundo.

Érebos cruzó la cámara y depositó el Zafiro en el centro del círculo.

El Zafiro llevaba activo desde la irrupción en Skuchaín. Al entrar en contacto con el círculo, su pulso despertó las runas de la cámara. La luz se extendió por ellas una tras otra hasta formar un anclaje completo alrededor del estrado.

Arnaldo se acercó y apoyó dos dedos sobre la superficie azul. Murmuró las palabras que Kálima le había enseñado. El Zafiro reconoció la sangre de su linaje y una vibración recorrió la cámara. A través de ella, todos los portales que seguían abiertos en Skuchaín respondieron con un mismo latido.

Acto seguido, el zíngaro dio un paso adelante, con la daga curvada brillando bajo la luz violácea de las antorchas.

—Eres más dura de lo que pensaba, erudita —dijo con voz áspera y juvenil—. Estás ante el futuro patriarca de los zíngaros. Esta hoja ha robado más almas de las que puedo contar.

Acercó el filo al cuello de Minerva.

Ella no retrocedió.

—Entonces deberías haber aprendido a contar antes de presumir de ellas.

Los dedos de Arnaldo se tensaron alrededor de la empuñadura.

Barastyr sonrió.

—Ya hubo un Arnaldo y era de armas tomar —comentó—. También sabía esperar antes de utilizar una daga.

Arnaldo apartó el filo, aunque no guardó el arma.

Érebos ajustó las runas del círculo. Podía dirigir el anclaje, pero no crear el vínculo: el Zafiro ya había obedecido a Arnaldo y conservaba la huella mágica de su linaje.

Minerva inspiró profundamente. Su cuerpo temblaba, pero mantuvo la espalda erguida.

—No sé cómo habéis atravesado las defensas de la Torre Arkhana —dijo con voz ronca—. Pero no os diré nada. Tendréis que matarme.

Kávila se agachó a su lado. Su tono se volvió más suave, revestido de una amabilidad calculada.

—Esto es innecesario, Minerva. Dinos dónde están las niñas y evitaremos que Arnaldo tenga que demostrar cuánto merece el título que todavía no posee.

El joven volvió el rostro hacia ella.

—No necesito que hables por mí.

—Precisamente por eso lo hago.

Kávila se inclinó un poco más hacia Minerva.

—Puedo contenerlo mientras me convenga. No esperes que siga haciéndolo si decides aburrirnos.

Minerva dejó de jadear.

Una risa seca escapó de su garganta. La herida de la frente volvió a sangrar, pero ella no apartó los ojos de Kávila.

Todos se detuvieron.

—¿Colaborar? —repitió—. Nunca revelaré el paradero de las princesas. Las herederas están fuera de vuestro alcance. Podéis matarme, podéis triturar mis huesos… pero no puedo decir lo que desconozco.

Arnaldo apretó la mandíbula.

Kávila abandonó la sonrisa.

—¿Pretendes que creamos que no sabes dónde están?

—No me importa lo que creáis.

Kávila se incorporó sin dejar de observarla. Minerva sostenía su mirada con demasiada firmeza para estar improvisando aquella respuesta.

—Maldita rata de biblioteca —bufó Arnaldo, dando un paso más hacia ella—. Está claro que tratas de confundirnos. Pero si no hablas ante nosotros…

Se volvió hacia el Zafiro, que ahora latía con fuerza.

—…lo harás ante ella.

Minerva se tensó. El movimiento apenas recorrió sus hombros, pero Kávila lo advirtió.

—¿Ha venido en persona? —preguntó Kávila, dirigiéndose a Érebos con fingida sorpresa.

El erudito mantuvo las manos sobre las runas.

—Está esperando al otro lado.

Entonces el círculo se cerró por completo.

Barastyr y Érebos retrocedieron un paso. Kávila permaneció junto a Minerva.

Una presión atravesó la cámara. Minerva bajó la mirada hacia el Zafiro mientras la luz azul ascendía por las cadenas que la retenían.

El aire cambió. Las antorchas se inclinaron hacia el centro, atraídas por una corriente que no alcanzaba a agitar las ropas de los presentes.

El Zafiro emitió una pulsación más profunda. La misma vibración recorrió los umbrales abiertos en Skuchaín.

Sobre la gema se abrió un vórtice de humo oscuro y Amunet comenzó a tomar forma en su interior. Primero se definió el rostro; después, el báculo y los pliegues de los ropajes carmesíes.

Su manifestación no proyectaba sombra. La oscuridad se reunía alrededor de ella y reducía el resto de la cámara a un espacio insignificante.

La Emperatriz de los Dos Mundos ya estaba allí.

Nadie osó hablar.

Un impacto sacudió las plantas superiores. El Zafiro respondió con una pulsación azul y, a través de los muros, los umbrales que continuaban abiertos en Skuchaín devolvieron aquel mismo latido.

Arnaldo apoyó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza. Barastyr y Érebos inclinaron el rostro con una obediencia más prudente que devota. Kávila se limitó a ofrecer una breve reverencia.

Minerva ya estaba arrodillada, aunque las cadenas dejaban claro que su postura no contenía sumisión alguna.

Amunet dio un paso al frente.

—Arnaldo —pronunció—. Has llevado el Zafiro hasta el corazón de una fortaleza que se creía inaccesible. Tu linaje todavía conserva cierta utilidad.

El joven mantuvo la cabeza inclinada, aunque la satisfacción endureció sus facciones.

Amunet dirigió después la mirada hacia Kávila.

—Y tú has cumplido la parte que te correspondía. Confío en que no me obligues a arrepentirme de nuestra alianza.

Kávila recibió la advertencia sin alterar la expresión.

Minerva bajó la mirada por un instante. Solo un instante. Para reunir fuerzas.

Amunet se detuvo frente a la directora. Apoyó ambas manos sobre el báculo y examinó la sangre seca que recorría su rostro.

—Ahora vas a decirme dónde están las hijas de Rodrigo y Elora.

—Se niega a colaborar —informó Kávila—. Asegura que desconoce el paradero de las niñas.

Arnaldo se incorporó.

—Miente. Nadie habría construido un plan semejante sin reservarse el secreto.

Minerva levantó la mirada. Su respiración era inestable, pero consiguió mantener la voz firme.

—Ese es el error que lleváis años cometiendo. Mi plan nunca dependió de que yo conservase el secreto. No sé dónde están las princesas y, por tanto, tampoco podéis arrancarme su paradero.

Amunet apoyó lentamente el báculo en el suelo. De su extremo superior comenzó a emanar un brillo enfermizo.

—Tres súcubas aguardan dentro de este báculo. Nexara puede penetrar en tu mente; Luxanna, privarte de cuanto te permite reconocer el mundo; Xantara, convertir tu cuerpo en un instrumento contra quienes amas.

La luz carmesí ascendió por el metal.

—Y Xezbet, Abraxas y Áxbalor responderán en cuanto los invoque. ¿Deseas comprobar cuánto tiempo puede resistir tu voluntad ante los seis?

Minerva no respondió. Había visto a Abraxas desaparecer dentro de una piedra rúnica durante la batalla del Faro Partido. Amunet ignoraba que uno de sus demonios ya no podía acudir a su llamada, y ella no pensaba corregirla.

Kávila buscó los ojos de Érebos. Ambos habían presenciado la captura de Xezbet en el molino y sabían que tampoco respondería. Ignoraban qué había ocurrido con los otros dos.

Lo que ninguno de los presentes sabía era que, apenas unos minutos antes, Áxbalor también había sido atrapado dentro de una piedra rúnica en las plantas superiores de la Torre. Los tres demonios a los que Amunet confiaba su victoria ya estaban fuera de su alcance.

Kávila apartó la mirada. La seguridad de Eurýdice todavía dependía de la palabra de Amunet.

Minerva sostuvo la mirada.

—Puedes enviar contra mí a cuantos demonios desees. No encontrarán un conocimiento que ya no poseo.

Amunet permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después se volvió hacia Érebos.

—Compruébalo.

Érebos sacó de su túnica un orbe cubierto por terciopelo. Al retirarlo, un resplandor negro y plateado inundó la sala.

Las vetas plateadas que atravesaban el cristal comenzaron a desplazarse bajo su superficie.

—El Orbe del Titán no escucha las palabras —explicó Érebos—. Responde a aquello que la mente reconoce como verdadero.

Murmuró la fórmula y acercó la esfera a la herida de la frente de Minerva. Varios filamentos de sombra brotaron del cristal y penetraron en el corte.

Minerva arqueó la espalda. El grito quedó atrapado entre sus dientes mientras las cadenas se tensaban alrededor de sus brazos. Las sombras recorrieron sus recuerdos, apartando imágenes, nombres y lugares en busca de una certeza que pudieran reconocer.

El resplandor del orbe se estabilizó. Érebos observó durante unos segundos el movimiento de las vetas y retiró los filamentos.

Minerva cayó hacia delante, retenida únicamente por las cadenas.

—Dice la verdad —concluyó el erudito—. No existe en su memoria ningún paradero que esté intentando ocultarnos.

Barastyr perdió la sonrisa. Se aproximó a Minerva y observó el orbe por encima del hombro de Érebos.

—La información no se ha perdido —dedujo—. La directora se aseguró de no conservarla.

Amunet volvió el rostro hacia él.

Barastyr señaló a Minerva con un movimiento breve de la mano.

—Entregó a cada niña a un custodio distinto y permitió que el siguiente paso se decidiera sin su intervención. Cada eslabón conocía únicamente a quien debía entregársela. Nadie conserva el recorrido completo.

Minerva levantó el rostro con esfuerzo.

—Por fin lo has entendido, Barastyr.

Amunet golpeó el suelo con el báculo. Las runas del Zafiro parpadearon y una onda carmesí recorrió el círculo.

—He derribado ciudades, quebrado ejércitos y ocupado el trono de Ámbar mientras perseguía un secreto que nadie conserva.

La presión de su magia hizo crujir los fragmentos del antiguo Espejo.

—Pero alguien tuvo que recibir a esas niñas. Alguien inició la cadena.

Minerva sonrió. La sangre le había alcanzado los labios, aunque la satisfacción de su mirada permanecía intacta.

Kávila alzó la voz con delicadeza calculada.

—Si me lo permite, excelentísima Emperatriz de los Dos Mundos… aún conservo ciertos dones zíngaros.

Amunet la observó.

—¿Puedes encontrarlas?

—No. La directora no guarda sus destinos en la memoria. Pero tal vez conserve la huella de quienes recibieron a las niñas de sus propias manos.

La expresión de Minerva cambió.

Kávila lo advirtió.

—Eso bastará —decidió Amunet—. Encuentra el primer eslabón.

Kávila alzó la vista. Las pupilas se dilataron hasta cubrir casi por completo sus iris. Después comenzó a entonar un salmo en la lengua de su clan.

—T’ziru alámen, shala… irkád ushtalla…

La magia no penetró en los pensamientos actuales de Minerva. Retrocedió por su memoria hasta el momento en que la cadena se había dividido y buscó las dos presencias vinculadas a aquella decisión.

Los ojos de la directora se cubrieron de blanco. Kávila cerró los suyos y siguió el rastro.

—Dos custodios —murmuró—. Las niñas fueron separadas desde el principio.

Minerva tiró de las cadenas.

—No te resistas, directora… solo conseguirás afianzar el recuerdo.

Sus manos dibujaron círculos en el aire.

—El primero vestía la capa amarilla de los Primus y llevaba un birrete azul. Minerva le entregó una de las niñas. Confiaba en su inteligencia, aunque también temía su orgullo.

Kávila frunció el ceño mientras el segundo recuerdo tomaba forma.

—El otro llevaba sombrero emplumado y una casaca con los emblemas de Kalzaria y Ámbar. Un corsario al servicio de la Corona. El mismo hombre que protegió a la infanta Zoraida.

Minerva forcejeó con mayor violencia. Una de las cadenas le abrió la piel de la muñeca.

Kávila sostuvo la visión hasta distinguir los nombres asociados a ambos rostros. Cuando abrió los ojos, la certeza había sustituido al esfuerzo.

—Los primeros custodios fueron Periandro Sibyla y el capitán Cristóforo.

Minerva se tensó. El grito brotó de su garganta como un relámpago:

—¡No, maldita insensata! ¡Si supieras lo que acabas de hacer!

Se lanzó hacia Kávila, aunque las cadenas cortaron el movimiento y volvieron a arrastrarla de rodillas. La sangre de sus muñecas descendió hasta sus dedos.

Kávila retrocedió un paso. La violencia de aquella reacción confirmó que la visión había alcanzado el recuerdo correcto.

Amunet se giró lentamente hacia ella con una sonrisa que no llegó a suavizar su mirada.

—Me has servido bien.

—Debí recurrir antes a una zíngara capaz de obtener resultados.

Lanzó una mirada cargada de juicio hacia Érebos y Barastyr.

—Periandro y Cristóforo conocen el siguiente eslabón. Los encontraremos, y esta vez ninguno tendrá la oportunidad de desprenderse de lo que sabe.

Amunet giró el báculo hacia el Zafiro. La gema respondió con un pulso que recorrió los umbrales abiertos en la Torre.

—Xezbet puede seguir una mentira hasta la verdad que protege. Abraxas quebrará cualquier protección que los rodee. Áxbalor conseguirá que entreguen la verdad por voluntad propia. Los llamaré y los enviaré tras ellos.

Kávila volvió a cruzar una mirada rápida con Érebos. El erudito mantuvo el rostro inmóvil. Había presenciado lo mismo que ella en el molino y, aun así, no parecía dispuesto a ser quien comunicara la noticia.

Kávila se adelantó un paso.

—Mi señora… quizá deba conocer cierta información. En el molino, Xezbet…

Un estruendo cortó la frase.

La bóveda tembló. Una descarga atravesó el acceso a la cámara y arrancó varias piedras del arco. El polvo cayó sobre el círculo de anclaje, pero las runas continuaron encendidas alrededor del Zafiro.

Amunet alzó la vista.

Barastyr extendió una mano y reunió las sombras frente al umbral. Érebos protegió el Zafiro con una barrera translúcida, mientras Arnaldo desenvainaba la daga y se colocaba delante de Kávila.

Minerva alzó la cabeza. Entre el estrépito distinguió varias pisadas descendiendo a toda velocidad. Una culata golpeó de manera irregular contra los peldaños de piedra.

Un segundo estallido rasgó el umbral. La barrera de Barastyr se abrió por el centro. La humareda invadió la cámara y varias siluetas avanzaron entre los fragmentos de piedra.

Habían llegado.

264 – LA TORTURA DE MINERVA VI

Personajes que aparecen en este relato

EL SELLO DE SANGRE VELADA

Los peldaños crujían bajo sus pies, castigados por la violencia que sacudía la Torre.

Baufren, duende mayor del claustro, ascendía a grandes zancadas por la escalera de piedra. Su sombrero alto, morado y ladeado rozaba las paredes abovedadas en cada giro, mientras la chaqueta roja, de paño aterciopelado y botones desparejados, ondeaba tras él. Llevaba el Libro de la Sabiduría sujeto contra el pecho y lo apretaba con tanta fuerza que su temblor se confundía con el de sus manos.

Los duendes no utilizaban varitas. Su magia se sostenía mediante la voz, la memoria y ciertos objetos capaces de conservar una voluntad durante siglos. La de Baufren poseía un poder considerable, aunque pagaba por él con lagunas cada vez más frecuentes. A veces olvidaba los nombres de sus propios conjuros; otras, se perdía en pasillos que él mismo había ayudado a diseñar.

Sin embargo, todavía conservaba recuerdos que ninguna defensa de su mente había logrado borrar. Entre ellos permanecían el rostro de Periandro y las palabras que le había dirigido unas horas antes.

Tres duendes más jóvenes trataban de seguirle el ritmo. El primero portaba las piedras luminosas necesarias para el ritual; el segundo cargaba varios frascos de protección, cuyo contenido tintineaba con cada tropiezo, y el tercero repetía en voz baja las fórmulas que tendría que sostener si la memoria del duende mayor llegaba a traicionarlo.

Antes de iniciar el ascenso, Baufren había encontrado a Viriato en los niveles inferiores. El erudito comprendió la gravedad de la situación en cuanto supo que Periandro no parecía dueño de sí mismo y que ninguno de los tres hermanos había regresado del Salón de Evaluaciones.

Viriato no podía proteger el ritual mediante la magia, pero todavía podía reunir a quienes protegieran el ritual. Baufren le pidió que enviara ayuda y emprendió la subida sin esperarla. Si los Sibyla continuaban allí, cada minuto podía fortalecer aquello que los retenía.

Uno de los jóvenes miró el Libro antes de atreverse a hablar.

—Duende mayor, ¿está seguro de que siguen en el salón? A veces recuerda cosas que no han pasado.

—Quizá lo de antes fue un malentendido —añadió otro—. O un recuerdo antiguo. ¿Y si solo se lo ha imaginado?

La pregunta quedó suspendida entre ellos. Baufren todavía escuchaba la voz de Periandro.

«Eres solo un maldito duende. Una creación mágica defectuosa. Nada natural. Nada necesario».

Apretó el Libro hasta que los nudillos le crujieron.

—No fue un recuerdo inventado ni una alucinación. Era Periandro, mi antiguo alumno, el más brillante de cuantos han pasado por esta Torre.

Sus ojos se perdieron durante unos instantes, atrapados por una escena que ya no pertenecía al presente.

Lo recordó de pie frente a él, todavía joven, con la túnica amarilla desordenada sobre los hombros. La vestían los descendientes de los primeros discípulos de Theodus, aunque aquel atuendo no representaba un privilegio. Pertenecer a la casta Primus exigía una mente capaz de estudiar la magia hasta alcanzar sus fundamentos.

Pocos eran admitidos, y Periandro había sido uno de ellos.

Era el sobrino de Minerva, el muchacho que no abandonaba el aula al terminar las clases y permanecía allí para formular preguntas que los libros aún no habían contestado.

Entre todos aquellos recuerdos, Baufren conservaba con especial claridad una tarde en la que el adolescente regresó cubierto de polvo y sol. Había descendido hasta los límites donde la Torre rozaba el desierto de Al-Yavist y traía una raíz seca atravesada por un tenue resplandor azul. La depositó sobre la mesa con el cuidado reservado a las incógnitas.

—Maestro, si algo ha crecido fuera de toda lógica, ¿significa eso que la lógica está incompleta?

No buscaba provocar ni cuestionar cuanto había aprendido. Necesitaba comprender aquello que escapaba a las clasificaciones y llevar la magia más allá de su uso, hacia el saber.

Aquella tarde, Baufren comprendió que Periandro no se conformaría con ser mago. También sería erudito.

De aquellos años conservaba el respeto silencioso que se había tejido entre quien enseñaba y quien deseaba aprender. Sin embargo, el fuego que había conocido en los ojos de Periandro se había convertido en hielo unas horas antes.

—Era su cuerpo —murmuró mientras los jóvenes aguardaban una explicación—, pero él no estaba allí. Me expulsó y me humilló. Me miró como a un estorbo, como si ya no quedara en mí nada digno de su atención.

Los tres bajaron la mirada. El menor tardó unos segundos en reunir el valor necesario.

—¿Y por qué no hizo nada?

Baufren levantó ligeramente el Libro. Las runas de la portada proyectaron un resplandor tenue sobre su rostro.

—Porque entonces no tenía esto. No pude detenerlo, pero quizá todavía pueda traerlo de vuelta.

Reanudó el ascenso. Viriato enviaría ayuda; él debía asegurarse de que, cuando llegara, aún quedara alguien a quien proteger.

Las escaleras desembocaron en un rellano amplio, flanqueado por ventanales rotos que dejaban entrar la luz incierta del crepúsculo. El aire olía a ozono y a piedra herida. Frente a ellos, la puerta del Salón de Evaluaciones —habilitado días atrás como nueva cámara de teleportación— estaba entreabierta.

Más allá del umbral reinaba un silencio impropio de una Torre asediada.

Baufren levantó una mano arrugada y los jóvenes se detuvieron al instante. Después se acercó a la puerta y empujó la hoja con cautela.

La madera cedió sin oponer resistencia.

Dentro, el círculo arkhano seguía grabado en el suelo. Sus runas permanecían intactas, aunque el brillo del contorno se había vuelto opaco, debilitado por una magia que había consumido su energía sin destruirlo.

En el centro, sobre el mármol gastado por generaciones de exámenes, yacían los tres cuerpos.

Aurora, Periandro y Carmélida permanecían tendidos unos junto a otros, sin heridas visibles ni señal alguna de conciencia.

—Por las ramas del primer Roble… —murmuró uno de los duendes.

Baufren cruzó la estancia y se arrodilló junto a Periandro. Los rizos plateados le caían empapados de sudor y la chaqueta roja estaba cubierta de polvo. Apoyó una mano temblorosa sobre la frente de su antiguo alumno.

—No están muertos, pero sus conciencias ya no permanecen en sus cuerpos.

—¿Entonces…?

—Las han desplazado y encerrado en otro lugar.

Rozó la muñeca de Carmélida y percibió un pulso lento. Aurora tenía los labios entreabiertos, detenidos en el intento de pronunciar una palabra que nunca llegaba a formarse.

Baufren cerró los ojos para examinar los residuos mágicos adheridos a los tres.

—Hay dos fuerzas entrelazadas. Una voluntad demoníaca ha deformado sus vínculos, y una magia zíngara ha utilizado esas emociones para encerrarlos.

El joven que sostenía los frascos observó los cuerpos.

—¿Puede liberarlos?

Baufren depositó el Libro de la Sabiduría sobre la losa y abrió la cubierta con cuidado. Las páginas se resistieron al movimiento. Bajo sus dedos, la tinta comenzó a desplazarse por los pergaminos en busca de la fórmula adecuada.

Entre todos los duendes de la Torre, él era quien mejor comprendía aquella clase de magia, aunque nunca la hubiera estudiado. Su propia existencia había nacido de fuerzas semejantes.

Defendra y Aurobinda, hermanas de Theodus, lo habían creado durante su juventud, cuando todavía jugaban con poderes cuyo alcance no comprendían. Baufren había conocido la oscuridad desde dentro y, cuando consiguió liberarse, selló parte de sus recuerdos para conservar la cordura.

Muchos atribuían sus olvidos a la edad. En realidad, eran las defensas que había levantado contra su pasado.

La tinta se detuvo sobre una página atravesada por tres círculos. Cada uno se cerraba sobre sí mismo y se alimentaba de una emoción distinta.

—El Sello de Sangre Velada.

Antes de que pudiera examinarlo con mayor detenimiento, unos pasos precipitados resonaron al otro lado de la puerta.

Drawets apareció cubierto de ceniza y sangre seca, con la daga todavía en la mano. Cristóforo entró detrás de él y apoyó el trabuco contra el hombro mientras inspeccionaba cada rincón del salón.

—Viriato nos ha enviado —explicó el pirata—. Ha dicho que necesitarías protección.

La tensión cedió ligeramente en los hombros de Baufren. Viriato había cumplido su promesa.

Drawets vio los cuerpos y perdió toda ligereza.

—¿Qué les han hecho?

—Continúan vivos, pero están atrapados en una prisión construida con sus propias emociones. Si intento abrirla, no podré defender el círculo.

Cristóforo observó las líneas de tinta sin apartarse de la entrada.

—¿Cómo funciona?

—Alguien deformó los vínculos que existían entre ellos: el orgullo, el resentimiento, la culpa y los años de silencio. Después utilizó esas emociones para encerrarlos. El Libro puede abrir una grieta, pero ellos tendrán que atravesarla.

Drawets recorrió con la mirada los tres cuerpos y después examinó los accesos.

—Entonces procura traerlos a los tres. No hemos subido hasta aquí para elegir a quién dejamos atrás.

Cristóforo cerró la puerta y atravesó los tiradores con una barra desprendida de uno de los pupitres.

—Haz lo tuyo, duende. Nosotros impediremos que nadie lo interrumpa.

Drawets se apostó frente a los ventanales rotos, desde donde podía vigilar las galerías superiores.

Baufren pidió a los tres jóvenes que ocuparan sus posiciones. El primero distribuyó las piedras luminosas alrededor del círculo arkhano; el segundo vertió las protecciones sobre las runas dañadas, y el tercero se situó junto al duende mayor, preparado para repetir las fórmulas si su memoria llegaba a fallar.

El más joven observó a los hermanos.

—¿Y si no pueden oírnos?

Baufren mantuvo los ojos sobre el Libro.

—Entonces los llamaremos hasta que recuerden que todavía existe un camino de regreso.

Las piedras comenzaron a emitir un resplandor débil. La magia duende no descendía en forma de rayos ni estallaba entre llamas; nacía de voces bajas, objetos cargados de memoria y antiguos acuerdos entre la voluntad y la materia.

Baufren apoyó ambas manos sobre los márgenes de la página.

—Cuando empiece, no rompáis el círculo, aunque escuchéis sus voces o creáis que os piden que os detengáis.

Los tres asintieron.

Las páginas se agitaron con violencia y solo se detuvieron al alcanzar un pergamino cuyos signos cambiaban de posición. Baufren pronunció la primera fórmula con una fuerza que hizo vibrar los cristales rotos de los ventanales.

Las piedras se encendieron y una línea de luz rodeó a los hermanos Sibyla.

El sello respondió mediante una presión oscura que obligó a Baufren a inclinarse sobre el volumen. Las letras comenzaron a desaparecer bajo sus dedos y una de las piedras perdió intensidad.

—¡Mantened la luz!

Los jóvenes afirmaron sus posiciones. El tercero repitió la última fórmula mientras Baufren buscaba las palabras siguientes en su memoria. El Libro trató de cerrarse, pero el duende mayor clavó los dedos en la cubierta y elevó la voz hasta recuperar el control.

La resistencia cedió con una sacudida que abrió una grieta bajo sus rodillas. La tinta se extendió por la página y dibujó tres trazados, uno por cada cuerpo.

Cada fórmula arrancaba una pulsación de luz al círculo y consumía parte de sus fuerzas. Al alcanzar la última, Baufren tuvo que apoyarse sobre el Libro para no caer.

—Abrid el camino —pronunció con la voz quebrada—. Yo los traeré de vuelta.

La luz de las piedras y el resplandor del Libro lograron enlazarse. Un latido recorrió las losas y la primera línea de tinta se desplegó sobre la página.

La tinta dibujó a un hombre con una túnica amarilla, aislado en lo alto de una Torre vacía. Las puertas permanecían abiertas a su paso y los libros que lo rodeaban mostraban páginas sin palabras. Tras el único umbral cerrado aguardaba una figura pequeña con un sombrero ladeado.

Baufren reconoció a Periandro.

Dentro del sello, las palabras con las que había expulsado a su antiguo maestro resonaban una y otra vez.

«Eres solo un maldito duende. Una creación mágica defectuosa. Nada natural. Nada necesario».

La prisión había convertido su orgullo en desprecio y lo había encerrado en una Torre construida para él solo.

No había alumnos ni profesores. Tampoco quedaban hermanas capaces de discutir sus decisiones. Cada pasillo respondía a su voluntad y cada puerta se abría antes de que la tocara.

Al principio, aquella obediencia le había producido alivio.

Nadie cuestionaba el plan. Nadie le recordaba cuánto tiempo había permanecido lejos ni cuántos problemas habían surgido durante su ausencia. Podía proteger la Torre sin soportar la lentitud de quienes no comprendían lo que debía hacerse.

Sin embargo, la soledad creció con cada corredor.

Las aulas estaban vacías, los retratos apartaban la mirada cuando él pasaba y las páginas de los libros se volvían blancas en cuanto intentaba leerlas. Todo cuanto había pretendido salvar permanecía allí, pero ya no quedaba nadie con quien compartirlo.

Entonces escuchó la voz de Baufren.

Al principio creyó que formaba parte del hechizo. Después regresaron las tardes que había pasado en su aula, las preguntas que el duende nunca se cansaba de responder y la confianza con la que defendió que él podía llegar a ser erudito.

Las palabras pronunciadas contra su maestro volvieron a cercarlo. La voz que sostenía la prisión insistía en que nadie estaba a su altura y en que solo él podía salvar la Torre.

Baufren continuó llamándolo desde el otro lado.

Periandro dejó de combatir la oscuridad y pronunció las palabras que su orgullo le había impedido decir cuando el duende cruzó por primera vez aquella puerta.

—Ayúdame, maestro.

La oscuridad se agrietó alrededor de su voz. El desprecio perdió consistencia y, a través de la abertura, Periandro alcanzó la luz del ritual.

En el centro del círculo, su cuerpo se arqueó bajo el empuje de una fuerza invisible. Una bocanada de aire regresó a su pecho y le arrancó una tos áspera. Sus ojos se abrieron mientras intentaba distinguir dónde terminaba la prisión y comenzaba la realidad.

Cuando reconoció al duende, trató de incorporarse, pero los brazos no lograron sostenerlo.

—Maestro…

Baufren mantuvo una mano sobre la página y utilizó la otra para impedir que se levantara.

—Permanece dentro del círculo.

Periandro obedeció. La vergüenza lo obligó a apartar la mirada, aunque solo consiguió hacerlo durante unos segundos.

—Recuerdo lo que te dije. Estaba dentro de mi propia cabeza, escuchándolo todo, y aun así no pude detenerme.

El rostro del anciano se tensó.

—Entonces procura que lo próximo que digas te pertenezca.

Periandro asintió. Baufren no lo había absuelto, pero tampoco retiró la mano de su hombro.

La segunda línea de tinta comenzó a moverse.

Sobre la página apareció la silueta de una niña pequeña sostenida entre dos brazos. A cierta distancia, un hombre permanecía oculto tras una sombra que no llegaba a alcanzarlas.

Dentro del hechizo, Carmélida reconoció a Efélide y se encontró de nuevo en el Monasterio Cóncavo.

Efélide volvía a ser una niña y caminaba tras ella por los corredores, formulando las mismas preguntas que Carmélida nunca había podido responder.

«¿Por qué mi padre no viene a verme?».

«¿Era un cobarde?».

«¿Está muerto?».

Cada pregunta conducía hasta Periandro, que aguardaba al final del pasillo y repetía que todo había sido necesario. La seguridad de su voz alimentaba la ira de Carmélida, porque detrás de aquella necesidad permanecían los años durante los que ella había consolado a la niña con respuestas falsas.

El sello insistía en una sola idea: Efélide había sido una pieza del plan y Carmélida, el escondite elegido para protegerla.

La voz de Baufren consiguió alcanzarla cuando el resentimiento ya ocupaba todo el corredor.

Carmélida miró a la niña aferrada a su hábito. Efélide seguía esperando una respuesta, pero la alquimista dejó de mirar hacia Periandro y se arrodilló ante ella.

Recordó las noches que había permanecido despierta junto a su cama, las lecciones, las reprimendas y la forma en que la niña buscaba su mano cuando tenía miedo. Periandro había elegido el engaño. Aquellas noches y el amor con el que Carmélida había criado a Efélide le pertenecían únicamente a ella.

Al incorporarse, sostuvo la mirada de su hermano.

—Tú me engañaste, Periandro. Pero el amor con el que crié a Efélide fue verdadero.

El pasillo se agrietó de un extremo al otro. La prisión intentó devolverle la rabia, pero ya no pudo confundirla con cuanto había sentido por Efélide.

—Fue mi hija en todo cuanto importaba. Ningún plan puede arrebatarme eso.

La segunda línea de tinta se abrió.

Carmélida jadeó dentro del círculo. Su cuerpo se agitó y se incorporó bruscamente, con los ojos desorientados.

—¡La niña…! ¿Dónde está?

—Carmélida —la llamó Baufren—. Estás en la Torre. No abandones el círculo.

La alquimista recobró poco a poco la conciencia. Su mirada encontró a Periandro y permaneció fija en él.

—Eso no significa que te haya perdonado.

—Lo sé.

Baufren cerró los dedos alrededor del borde del Libro.

—No necesitabas perdonarlo para regresar. Solo debías impedir que su mentira decidiera también qué había sido Efélide para ti.

Carmélida no añadió nada. Recorrió el salón con la mirada hasta reparar en el tercer cuerpo.

—Aurora…

Se arrastró hasta su hermana y le tomó la mano. Pronunció su nombre y aguardó, apretándole los dedos con creciente fuerza. Al no recibir respuesta, acercó aquella mano a sus labios y apoyó la frente sobre sus nudillos.

—No me hagas esto. Todavía no hemos terminado de hablar.

La luz de las runas alcanzaba la piel de Aurora, pero se debilitaba antes de penetrar en ella.

—¿Por qué no despierta? Está viva. Puedo sentirlo.

Baufren examinó la tercera línea. Las otras dos comenzaban a deshacerse, pero aquella permanecía cerrada sobre sí misma.

La tinta trazó una bóveda agrietada sostenida por dos manos. Bajo ella se amontonaban figuras pequeñas, mientras otras dos aguardaban a cierta distancia.

—¿Qué han utilizado contra ella? —preguntó Carmélida.

Baufren mantuvo la mirada sobre el dibujo.

—Todo cuanto tuvo que soportar mientras vosotros estabais lejos: la Torre, los alumnos, las muertes y la certeza de que, cuando algo se derrumbaba, ella era quien permanecía para recoger los restos. Convirtieron esa resistencia en una prisión y la convencieron de que aceptar ayuda borraría cuanto había conseguido sostener.

Periandro frunció el ceño.

—Aurora nunca ha presumido de nada de eso.

—No necesita hacerlo —aclaró Baufren—. El sello ha unido su valor a la idea de que debe soportarlo todo sola. Para ella, aceptar vuestra ayuda significa ceder de nuevo el lugar que tanto le ha costado conservar.

Periandro recibió las palabras sin defenderse.

La tercera línea se abrió lo suficiente para que la voz de Baufren penetrara en la prisión.

Aurora se encontraba bajo la bóveda central de la Torre. La piedra descendía sobre ella y las grietas avanzaban por los pilares mientras, a su espalda, se amontonaban alumnos heridos, pupitres rotos y nombres que ya solo podían pronunciarse durante los funerales.

Sostenía el arco con ambas manos.

Al otro lado del salón aparecían Periandro y Carmélida. Los dos se acercaban para ayudarla, pero el hechizo le devolvía cuanto había acumulado durante años: la marca que nunca apareció en su frente, las ausencias, las decisiones tomadas sin contar con ella y el tono de Periandro al reducir la defensa de la Torre a un informe demasiado largo.

Cada vez que sus hermanos extendían las manos, Aurora pronunciaba las mismas palabras:

—No os necesito.

Periandro y Carmélida desaparecían. La bóveda descendía un poco más y todo comenzaba de nuevo.

Durante la última repetición, la voz de Baufren consiguió alcanzarla.

«No tienes que apartarte, Aurora. Solo debes permitir que compartan el peso».

Ella lo oyó.

Sus brazos dejaron de temblar durante un instante y volvió el rostro hacia sus hermanos. Periandro y Carmélida aguardaban a pocos pasos, con las manos preparadas para sostener la piedra junto a ella.

Aurora abrió la boca, pero el orgullo que el sello había levantado alrededor de su dolor cerró de nuevo la salida.

—No os necesito.

La bóveda descendió hasta obligarla a doblar las rodillas.

En el Salón de Evaluaciones, la tercera línea de tinta se contrajo con violencia. Aurora movió apenas los dedos dentro de la mano de Carmélida, aunque sus ojos permanecieron cerrados.

—Nos escucha —explicó Baufren—. Ha visto la salida, pero todavía no puede atravesarla.

—¿Qué tiene que hacer?

El duende levantó la vista hacia los dos hermanos.

—Aceptar que la ayudéis sin creer que eso borra cuanto ha sostenido.

Periandro observó la mano de Aurora.

—¿Cómo rompe el sello?

—Cuando consiga miraros y decir «sostenedla conmigo», dejará de cargar sola con la bóveda.

Carmélida estrechó la mano de su hermana contra el pecho.

—Entonces dile que estamos aquí.

—Ya lo sabe —respondió Baufren—. Lo que todavía no consigue creer es que esta vez vayáis a quedaros.

La tercera línea de tinta se contrajo sobre la página y el círculo de runas respondió con una última pulsación. La luz recorrió el cuerpo de Aurora, se detuvo sobre su frente y terminó por extinguirse mientras Baufren se apoyaba en la losa para no caer.

Cuando el zumbido de la magia cesó, Aurora seguía respirando, pero no había regresado.

Periandro y Carmélida habían conseguido romper sus prisiones. Aurora continuaba bajo la bóveda.

Con la luz desapareció cualquier esperanza de recuperarla aquella noche. En el Salón de Evaluaciones solo quedaron las respiraciones contenidas y Baufren inclinado sobre un Libro que ya no podía ofrecerles nada más.

Carmélida continuaba sujetando la mano de Aurora.

—Dijiste que había visto la salida.

—La ha visto, pero eso no significa que pueda alcanzarla.

La alquimista dejó la mano de su hermana sobre la losa, se levantó de golpe y cruzó la distancia que la separaba de Baufren. Le aferró las solapas de la chaqueta roja y tiró de él hasta obligarlo a mirarla.

—Entonces vuelve a entrar y sácala de ahí.

El duende no trató de apartarla. Tenía los ojos enrojecidos por el ritual y las manos todavía le temblaban sobre el Libro.

—Ya he entrado una vez. Abrí una grieta en el sello y llevé mi voz hasta vosotros, pero he gastado toda mi fuerza. Aunque lo intentara, no conseguiría llegar hasta ella.

Los dedos de Carmélida se tensaron sobre la tela.

—La has dejado allí dentro sabiendo que no puedes volver.

—Abrí el paso hasta donde alcanzaba mi magia. Lo que queda depende de ella.

Carmélida lo soltó con tal brusquedad que Baufren tuvo que apoyar una mano en la losa. Después regresó junto a Aurora, se arrodilló y le sostuvo el rostro entre las manos.

—Aurora, abre los ojos.

La inmovilidad de su hermana dejó la orden sin respuesta. Carmélida le sacudió una vez el hombro y se detuvo al advertir cómo la cabeza cedía bajo sus dedos. La depositó de nuevo sobre la piedra con un cuidado desesperado y descargó el puño contra el suelo.

El golpe le abrió la piel de los nudillos.

—¡No puedes hacerme esto! —La sangre descendía por su mano mientras la voz se le quebraba—. No puedes obligarme a comprenderlo todo cuando ya no puedo alcanzarte.

Aurora continuó respirando con la misma levedad.

Carmélida apoyó la frente contra la de su hermana.

—Me quedaré. Seguiré hablándole hasta que responda.

—Quedarte no cambiará nada —le advirtió Baufren—. Su cuerpo está aquí, pero su conciencia continúa dentro del sello. Puedes hablarle y velarla durante años; la decisión seguirá dependiendo de ella.

Carmélida levantó la cabeza. La furia había desaparecido de su rostro y había dejado una expresión mucho más difícil de sostener.

—¿Cuánto tiempo puede permanecer así?

Baufren cerró el Libro con ambas manos.

—No lo sé. No debéis esperar que despierte pronto. Podrían pasar años antes de que consiga salir.

Carmélida miró a Aurora y calculó cuanto podía perderse durante aquella ausencia: la guerra, la Torre, los rostros conocidos y la vida que su hermana había defendido hasta quedar atrapada en ella.

—Cuando vuelva, quizá ya no reconozca nada.

Baufren no intentó contradecirla.

Carmélida se llevó los nudillos heridos a los labios para contener el sonido que amenazaba con escapar. Después volvió a tomar la mano de Aurora, aunque esta vez no le pidió que reaccionara.

El duende mayor recogió el Libro y tuvo que sostenerlo contra el pecho para que el agotamiento no se lo arrancara de las manos.

—No podemos dejarla sola —murmuró Carmélida.

—Permanecer junto a ella no la ayudará, pero su cuerpo necesita protección. Yo me quedaré para custodiar el círculo, y los tres duendes permanecerán conmigo.

Los jóvenes ocuparon sus puestos alrededor de las piedras que ya delimitaban el círculo. La luz bastaría para proteger el cuerpo de Aurora, aunque no podía penetrar en el lugar donde seguía encerrada.

Cristóforo cargó el trabuco y se acercó a los hermanos.

—¿Y ahora qué hacemos?

Periandro consiguió ponerse en pie.

—Minerva está aquí, en algún lugar de la Torre. Tenemos que encontrarla.

Drawets apretó la empuñadura de la daga.

—¿Estás seguro?

—El círculo debía traeros a los tres hasta este salón. Alguien desvió la llegada de Minerva.

Carmélida se inclinó una vez más sobre su hermana y le apartó un mechón de la frente.

—Vamos a encontrar a la tía Minerva. Cuando consigas salir, vuelve a nosotros, aunque para entonces todo haya cambiado.

Permaneció junto a ella unos segundos más, con los labios apoyados sobre su frente, hasta que tuvo que separar por sí misma los dedos de los de Aurora.

El mago-erudito, la alquimista, el pícaro y el pirata se reunieron junto a la puerta. Ninguno podía hacer nada por Aurora desde aquel lado del sello, mientras Minerva continuaba en manos de quienes habían invadido la Torre.

—Vamos —ordenó Drawets.

Periandro se volvió una última vez hacia Baufren.

—¿Estará bien?

El duende mayor tomó la mano de Aurora entre las suyas, aunque no asintió ni intentó tranquilizarlo.

—Su cuerpo estará protegido. En cuanto a ella, ya no puedo alcanzarla. Tendrá que encontrar sola el camino, y puede tardar mucho tiempo.

Periandro sostuvo su mirada con la mandíbula tensa.

—Cuídala.

—Es lo único que todavía puedo hacer.

Los cuatro cruzaron la puerta astillada del salón. A sus espaldas, la luz de las piedras continuó rodeando el cuerpo de Aurora sin conseguir alcanzarla.

El eco de sus pasos los acompañó durante el descenso. El aire se espesaba con cada peldaño, mientras las antorchas se encendían una tras otra y proyectaban sombras inquietas sobre los muros. La Torre respiraba a su alrededor mediante crujidos, susurros y gemidos que parecían surgir de la propia piedra.

Una voz atravesó el muro, cargada con una acusación nacida del miedo.

—¡No, maldita insensata! ¡Si supieras lo que acabas de hacer!

Los cuatro se detuvieron, alcanzados por la misma descarga.

Carmélida alzó la cabeza.

—Es ella.

Periandro echó a correr antes de que su hermana terminara de hablar, y los otros tres se lanzaron tras él. Minerva seguía viva, pero el terror contenido en su voz anunciaba que lo peor aún no había comenzado.

263 – LA TORTURA DE MINERVA V

Personajes que aparecen en este relato

EL SALMO PROHIBIDO

El golpe de la pandereta de Kálima aún vibraba entre las raíces de la Sala Faérica.

Áxbalor acababa de desaparecer dentro de la piedra del desconocido y la fascinación que ejercía sobre los defensores se había roto. Sin embargo, los demonios todavía ocupaban las galerías, varios estudiantes apenas podían sostenerse y Sámara permanecía junto a su madre, sin la vara de sonajas y con una mano sobre la marca arcana.

La matriarca zíngara cerró los ojos y dejó que el ritmo se asentara sobre el fragor del combate. Los platillos repicaron de nuevo y su voz descendió por la sala con unas palabras que parecían haber aguardado durante generaciones a que alguien se atreviera a pronunciarlas.

—On suuri sun rantas autius… —entonó.

La primera sílaba erizó la piel de todos los presentes.

Drawets palideció.

—¡El salmo prohibido…!

Lanzó el puñal antes de terminar la advertencia, pero la energía acumulada alrededor de la pandereta lo rechazó con violencia. La hoja regresó en un ángulo imposible. Drawets alcanzó a apartarse, aunque el filo le abrió el pantalón a la altura del muslo.

Las raíces temblaron bajo los pies de los combatientes.

Kálima ni siquiera abrió los ojos.

—Sitä sentään ikävöin… Patriarca del Clan, voz del linaje perdido, espíritu que no recibió sepultura… ven.

Una ráfaga oscura barrió la Sala Faérica. Las runas trazadas sobre el suelo se agrietaron y un lamento atravesó los muros, profundo y prolongado, hasta imponerse a los rugidos de los demonios. Quienes defendían la Torre comenzaron a encorvarse bajo el peso de una pena que no les pertenecía.

La llamada de Kálima había alcanzado al espíritu de Arnaldo Zin-Garth, antiguo patriarca del Clan del Cuervo.

El poder de Zin-Garth penetró en la estancia y abrió las grietas por las que acudieron los muertos de su linaje. Entre las raíces surgieron siluetas humanas envueltas en humo ceniciento, con los rostros consumidos por la pérdida y cadenas de fuego oscuro prendidas a los brazos. Eran zíngaros arrancados de su descanso, obligados a responder una vez más a la voz de su matriarca.

Los más jóvenes cayeron de rodillas. Alena intentó levantar la varita, pero uno de los espectros cerró una cadena alrededor de su muñeca y la obligó a retroceder.

—¡No aguantaremos así! —advirtió mientras trataba de liberar el brazo.

Un crujido profundo recorrió las paredes de la Sala Faérica.

Las raíces brotaron entre las losas y se entrelazaron hasta formar un gran arco. Antes de que terminara de abrirse, el entramado se ramificó por los distintos niveles de la estancia y levantó otros seis umbrales. Algunas ramas nacieron ennegrecidas, pero una corriente verde recorrió la madera y cubrió las grietas con raíces nuevas.

Los siete portales se abrieron al mismo tiempo.

Deralya atravesó el portal central con las alas recogidas y aterrizó entre los espectros arrastrando una de sus garras. El ala herida se estremeció al plegarse contra su cuerpo. Ramia viajaba delante de Grahim, demasiado débil para sostenerse por sí sola, mientras el impromago la sujetaba por la cintura y mantenía la varita dirigida hacia los portales para impedir que las raíces se quebrasen.

Quercus cruzó junto a ellos al frente de los primeros lanceros. Tras él, siete columnas de guerreros irrumpieron por los distintos umbrales, acompañadas por arqueros y verdiplumas que se desplegaron por las galerías.

Aodhan cerró la marcha. Atravesó uno de los portales con el báculo aferrado entre ambas manos y varios relámpagos azulados recorriendo la madera. Conservaba el barro y la sangre con los que había llegado a la Raíz Serena; los cortes de sus brazos continuaban abiertos y la ropa seguía desgarrada sobre el pecho. Había abandonado aquella batalla para pedir auxilio y regresaba antes de que sus heridas hubieran dejado de sangrar.

Quercus alzó su hacha tribal hacia los espectros.

—¡Devolvedlos a su descanso! —ordenó.

Los guerreros faunos arremetieron contra las sombras con una determinación feroz. Sus armas atravesaron el humo ceniciento y quebraron las cadenas de fuego oscuro que sometían a los muertos. Cada impacto liberaba un alma y apagaba uno de los lamentos que recorrían la Sala Faérica. Las siluetas se deshacían entre las raíces con los rostros recobrando, durante un instante, la serenidad que Kálima les había arrebatado.

La matriarca comenzó a debilitarse a medida que perdía el dominio sobre ellos. Cayó de rodillas, empapada en sudor, pero mantuvo la pandereta en alto y obligó a los platillos a sostener el ritmo. Cada sacudida le costaba más que la anterior.

Entonces Fagus levantó la cabeza entre la marea del combate. El anciano profesor fauno permanecía apoyado contra las raíces, con uno de sus largos cuernos astillado y la túnica manchada de sangre. Cuando fijó la mirada en Sámara, sus ojos se cubrieron de blanco.

—Ahora que el canto se debilita… puedo verte, niña del velo —dijo con la respiración entrecortada—. Tu alma no pertenece únicamente al linaje zíngaro.

Sámara se volvió hacia él. La mano con la que cubría su marca descendió muy despacio.

—Eres hija de aquel que no debía regresar —prosiguió Fagus, estremecido por su propia visión—. Hija de Ailfrid… el archimago…

—¡No! —rugió Kálima.

Apretó la pandereta hasta clavarse el borde en la palma. En aquel gesto reunió la humillación sufrida por su clan, el odio contra quienes habían perseguido su sangre y el miedo a que Sámara escuchara la verdad que ella había enterrado durante años. Toda la rabia que aún sostenía el conjuro acudió a sus manos.

Kálima alzó la pandereta hacia Fagus y descargó sobre ella un último golpe.

—¡On suuri sun rantas autius! —entonó contra el fauno.

Los platillos chocaron con un estruendo que ahogó el fragor de la batalla. De la piel tensada del instrumento brotó un rayo zíngaro, rojo y negro, que atravesó la sala arrancando hojas y haciendo retroceder las sombras a su paso. Fagus apenas tuvo tiempo de mirar a Sámara antes de que la descarga le atravesara el corazón y lo arrojara contra las raíces.

El profesor cayó sin emitir un grito. Sus ojos permanecieron abiertos, todavía cubiertos por el blanco de la visión.

Los platillos vibraron una última vez y quedaron inmóviles. Kálima no volvió a golpearlos: había vaciado contra Fagus toda la rabia que mantenía vivo el salmo. El instrumento continuó alzado durante unos segundos entre sus manos temblorosas, pero ya no quedaba ritmo en él.

Las cadenas de fuego oscuro se extinguieron. Libres de la voluntad que las retenía, las almas zíngaras se deshicieron en una corriente de humo ceniciento que ascendió entre las galerías y desapareció entre las raíces.

Sámara contempló el cuerpo de Fagus. Después miró a su madre.

En ese instante, todo el campo de batalla se volvió contra ellas.

Las armas y las varitas se alzaron hacia la galería. Kálima intentó incorporarse, pero una de sus rodillas cedió y tuvo que apoyarse en el marco de la pandereta. Sámara permanecía inmóvil a su lado, con los ojos clavados en Fagus. Sus labios reprodujeron en silencio el nombre que el profesor había dejado suspendido entre ambas.

Ailfrid.

Kálima le aferró la muñeca. Sámara trató de apartarse, pero la matriarca tiró de ella y la obligó a internarse en el entramado de raíces que rodeaba la galería. La pandereta golpeaba contra su pierna a cada paso, muda después de haber consumido toda su magia. Antes de desaparecer, Sámara volvió el rostro hacia Fagus y sostuvo durante unos segundos la mirada blanca del cadáver.

Las raíces se cerraron tras Kálima y Sámara, ocultándolas en el entramado de la Torre antes de que nadie pudiera alcanzarlas.

Quercus soltó un gruñido, pero no las persiguió. Aún quedaban criaturas en la Sala Faérica y varios estudiantes apenas podían sostener sus defensas.

Alzó el hacha hacia los lanceros que habían cruzado con él.

—¡Conmigo! ¡Sacad a esas cosas de la sala!

Los faunos reorganizaron sus filas a su alrededor. Ramia acudió junto a los heridos, mientras Grahim y Aodhan permanecían cerca de los portales para impedir que la corrupción alcanzara las raíces.

Mientras la defensa recuperaba posiciones, un hombre irrumpió desde uno de los corredores inferiores. Avanzaba sin varita entre los restos del combate, con las ropas de erudito de Skuchaín cubiertas de polvo y la respiración quebrada por la carrera.

Era Viriato.

A su alrededor, los últimos conjuros golpeaban a las criaturas que aún resistían. Viriato reconoció las runas de contención, las alteraciones provocadas por el salmo y las fisuras que la magia demoníaca había abierto en las defensas de la Torre.

Había sido uno de los alumnos más aventajados de Minerva. Podía descomponer un hechizo con una sola mirada, anticipar sus fallos y reconstruir en su mente cada línea de energía. Sabía qué gesto debía realizarse, qué palabra debía pronunciarse y en qué instante exacto había que liberar el poder.

Pero sus manos no podían ejecutar nada de aquello.

Viriato las cerró mientras cruzaba la sala. El movimiento fue rápido, casi imperceptible. Había aprendido a ocultarlo antes de que los demás confundieran su rabia con miedo o, peor aún, con una petición de compasión.

Buscó a Drawets y Cristóforo entre los combatientes.

—¡Baufren ha subido al Salón de Evaluaciones! —anunció—. Teme que algo les haya ocurrido a Periandro, Carmélida y Aurora. Se ha llevado el Libro de la Sabiduría y tres duendes para intentar ayudarlos.

Drawets se volvió de inmediato.

—Enona nos dijo que los Sibyla no habían regresado de la sala donde prepararon la teleportación de Minerva.

—Baufren estuvo allí antes del ataque —continuó Viriato—. Cree que Periandro no era dueño de sí mismo. Me ha pedido que reúna combatientes y los envíe arriba. Si encuentra a los tres sometidos, necesitará abrir el Libro y no podrá protegerse mientras lo hace.

Cristóforo recargó el trabuco.

—Entonces subimos.

Una runa dañada estalló junto a ellos. Una lengua de fuego oscuro comenzó a extenderse entre las raíces y obligó a varios combatientes a retroceder.

Viriato reconoció el trazado en cuanto apareció.

Su brazo se alzó por reflejo.

Los dedos dibujaron en el aire el primer movimiento del contraconjuro, limpio y exacto, tal como Minerva se lo había enseñado. Durante una fracción de segundo, esperó sentir la respuesta de la magia.

No ocurrió nada.

El fuego siguió creciendo.

—¡No cerréis el círculo! —gritó, bajando la mano—. ¡Romped primero el tercer enlace o alimentaréis la grieta!

Alena corrigió el movimiento de su varita y dirigió el hechizo hacia el punto que Viriato señalaba. La línea central se quebró. El fuego se contrajo sobre sí mismo y terminó extinguiéndose entre las losas.

Varios combatientes respiraron aliviados.

Viriato contempló el humo. La fórmula había respondido exactamente como había previsto. Alena había realizado el gesto adecuado, pronunciado la inflexión precisa y liberado la magia en el momento que él había señalado.

Había funcionado.

Aquello no le produjo orgullo.

Solo consiguió recordarle que incluso sus mayores aciertos necesitaban el cuerpo de otra persona para existir.

Drawets recuperó la daga que Kálima había desviado y señaló la escalera de mármol carmesí.

—Cristóforo, conmigo. Llegaremos hasta Baufren y le cubriremos la espalda. Después sacaremos de allí a los Sibyla.

—Procura seguirme el ritmo —respondió el pirata.

—Procura no derribar la Torre antes de que lleguemos.

Ambos corrieron hacia los niveles superiores.

El impulso de acompañarlos tensó todo el cuerpo de Viriato. Dio un paso tras ellos, pero otro temblor recorrió las runas de la sala. Bajo la galería oriental, una segunda fractura comenzó a abrirse entre las raíces.

Viriato se volvió.

Alzó la mano una vez más, aunque ya sabía que nada acudiría a ella.

—La siguiente grieta está bajo la galería oriental —indicó—. Necesito dos varitas y alguien capaz de sostener un hechizo de contención.

Los magos se colocaron donde les ordenaba.

Viriato comenzó a explicar el trazado. Su voz era firme; sus manos, precisas. 

Esta vez no esperó que la magia acudiera a sus dedos. Señaló dónde debían colocarse las varitas y continuó dando instrucciones.

Y esa era, precisamente, la herida.

262 – LA TORTURA DE MINERVA IV

Personajes que aparecen en este relato

EL INFLUJO DE ÁXBALOR

La escalera hacia las almenas ascendía en torno al corazón de la Torre. A cada vuelta, los sonidos del combate llegaban con mayor claridad: carreras sobre los pisos superiores, órdenes interrumpidas y golpes capaces de estremecer los peldaños bajo sus botas.

Drawets alzó la vista hacia el siguiente tramo.

—¿Siempre ha sido tan alta esta maldita Torre?

—Hoy tenemos más prisa por llegar arriba —respondió Cristóforo.

El corsario mantenía el trabuco apoyado contra el hombro. Drawets avanzaba unos pasos por delante. La calavera labrada en el pomo de su daga vibraba contra su palma desde que habían iniciado el ascenso, pero él no aflojó los dedos. Mantuvo la atención puesta en cada arco que atravesaban hasta alcanzar una puerta rodeada de hiedra y pétalos de cristal.

La reconocieron al instante.

Más allá se encontraba la Sala Faérica, un espacio consagrado al encuentro entre la magia de la Torre y las criaturas del Reino Faérico. Las paredes de piedra se fundían allí con gruesas raíces entrelazadas; del techo abovedado pendían hojas que nunca tocaban el suelo, y el musgo luminoso extendía sobre los muros un resplandor semejante al de una noche estrellada.

Aquella vez, la sala apenas conservaba nada de su serenidad.

Varias raíces habían sido arrancadas de la piedra y se retorcían sobre el suelo. Los cristales del techo se precipitaban con cada impacto y estallaban entre los combatientes. En el centro del recinto, profesores y estudiantes resistían el avance de unas criaturas demoníacas que habían logrado atravesar las protecciones.

Drawets se detuvo bajo la arcada.

—La Dama de Acero y el Archimago sellaron este lugar juntos.

Cristóforo examinó las cicatrices negras que recorrían el marco de la entrada.

—Entonces alguien les ha abierto el camino.

Un grito surgió del interior.

Drawets cruzó el umbral sin esperar respuesta. Cristóforo entró tras él y levantó el trabuco.

Ante ellos, la sala circular ascendía entre galerías y balcones cubiertos de raíces. Los invasores dominaban ya las alturas.

Un demonio de dos cabezas se abalanzó sobre un grupo de estudiantes. Trai, una excelsit de cabello rubio que llevaba prendida una estrella de mar azul, se adelantó antes de que pudiera alcanzarlos. El adorno brilló cuando alzó la varita, y varias líneas de luz prismática surgieron de su punta.

—¡Tasac!

El ferox que combatía a su lado ya corría hacia ella. Sus brazos se alargaron durante la carrera, las uñas crecieron hasta convertirse en garras y varias placas óseas brotaron de su espalda. Sus ojos adquirieron un fulgor salvaje mientras su cuerpo abandonaba la forma humana. Trai dirigió el haz de luz hacia él. La energía se adhirió a su piel transformada y envolvió sus zarpas en un resplandor azul.

Tasac saltó.

El impacto hizo temblar la sala, pero el demonio resistió. Una de sus cabezas lanzó una dentellada contra el ferox mientras la otra abría la boca para expulsar una llamarada.

Alena, una Redigit de media melena negra y gafas oscuras, giró con elegancia, alzando su varita carmesí desde la retaguardia. Las runas que trazó quedaron suspendidas alrededor de la criatura y frenaron sus movimientos. Durante unos segundos, el demonio pareció luchar contra el propio aire.

Tasac hundió las garras entre sus dos pechos.

La criatura se desplomó sobre las raíces.

Trai apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento.

—¡A tu izquierda!

Tasac se volvió y recibió sobre el hombro el golpe de otro demonio.

Cristóforo disparó antes de que la criatura pudiera atacar de nuevo. El proyectil le atravesó el costado y la hizo girar. Drawets cruzó la distancia que los separaba, hundió la daga bajo su mandíbula y la retiró con un movimiento seco.

El cuerpo cayó a sus pies.

—Llegáis tarde —dijo Alena mientras se acercaba a ellos—. Han tomado los accesos superiores.

Vestía los colores rojos de los Redigit. Tenía un corte sobre una ceja y respiraba con dificultad, pero no bajó la varita.

—¿Cuántos? —preguntó Cristóforo.

—Demasiados.

Trai llegó junto a Tasac y examinó el golpe de su hombro.

—Y siguen entrando —añadió, sin dejar de vigilar las galerías.

Un estruendo los obligó a mirar hacia el balcón elevado. Férula mantenía ambos brazos extendidos sobre el campo de batalla. Frente a ella, una barrera formada por pétalos translúcidos contenía a varias criaturas que arañaban su superficie desde el otro lado.

Gónagan golpeó el suelo con su bastón de obsidiana.

—¡Columnae vivae!

Las raíces que sostenían el balcón se desprendieron de la piedra y atravesaron la barrera. Se enroscaron alrededor de los demonios, les cerraron las mandíbulas y los arrastraron hacia las paredes. Férula aprovechó aquel instante para reforzar el conjuro, pero los pétalos comenzaron a resquebrajarse casi de inmediato.

—¡No aguantará! —advirtió.

Cristóforo volvió a cargar el trabuco.

—No tiene que hacerlo. Solo necesitamos que los mantengas quietos.

Férula lo reconoció al oír su voz. Su concentración vaciló y uno de los demonios consiguió introducir una garra entre los pétalos.

—¿Sabéis algo de Anaïd y Amestrys?

Cristóforo disparó contra la extremidad. El demonio la retiró con un alarido.

—Están en el Faro. Los dos están a salvo junto a Kórux.

Gónagan dejó escapar el aire que llevaba conteniendo. Buscó a Férula con la mirada, pero ella ya había vuelto a concentrarse en la barrera. Solo el temblor de sus manos reveló que había escuchado la respuesta.

—Entonces procuremos que tengan una Torre a la que regresar —dijo.

Hundió de nuevo el bastón entre las losas.

Las raíces respondieron a su llamada, pero se detuvieron antes de alcanzar a las criaturas.

Un golpe de pandereta descendió desde la galería vegetal. Fue un sonido tenue, casi delicado, pero bastó para que los pétalos de la barrera perdieran parte de su brillo.

Un repiqueteo de sonajas respondió desde el extremo opuesto de la galería.

Los demonios dejaron de forcejear. Los estudiantes buscaron el origen de aquel ritmo y las raíces se contrajeron contra la piedra. Incluso la luz del musgo pareció debilitarse con cada nuevo golpe de los platillos.

Dos mujeres descendían por la galería.

Kálima avanzaba primero, con su pandereta en forma de luna alzada y los ojos fijos en quienes defendían la sala. Sámara caminaba unos pasos detrás y marcaba un ritmo más lento con su alargada vara de sonajas de madera negra. Los salmos que entonaba pertenecían a la lengua antigua de su clan, pero su magia atravesó el recinto antes de que nadie necesitara comprender las palabras.

Drawets apretó la daga. La calavera volvió a estremecerse bajo sus dedos.

—No la escuchéis.

Trai se llevó una mano a la sien. A su lado, uno de los estudiantes arqueó la espalda. Una chispa negra brotó de su pecho y ascendió por su garganta hasta alcanzar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba nada humano en su mirada.

El estudiante se abalanzó sobre Trai.

El profesor Fagus, un fauno de largos cuernos que impartía Adivinación, intentó detenerlo. El muchacho se revolvió con una fuerza desmedida y lo arrojó contra las raíces.

A su alrededor, otros alumnos comenzaron a arquear la espalda. En una de las galerías, Kurlion, el profesor unicornio de Magia Faérica, se tambaleó. Su cuerno emitió un último destello antes de ennegrecerse desde la punta. El relincho que escapó de su garganta hizo estremecer la sala.

—¡Están usando magia de vínculo! —advirtió Alena—. ¡Retuercen sus emociones para volverlos contra nosotros!

Sámara alzó la vara de sonajas y giró sobre sí misma. El canto creció con cada sacudida del instrumento.

Trai apuntó la varita hacia la galería.

—¡Fac eam tacere!

Un haz prismático salió disparado al mismo tiempo que Tasac clavaba las garras en una raíz y lanzaba una llamarada hacia Sámara.

Kálima pronunció una palabra en la lengua de su clan. La luz y el fuego se deshicieron antes de alcanzar a su hija, cuya voz continuó extendiendo el salmo por la sala.

Cristóforo apoyó la culata del trabuco contra el hombro.

—¿Qué hacemos?

Drawets observó los instrumentos de ambas zíngaras.

—Golpear antes de que pregunten.

Cristóforo disparó.

El proyectil alcanzó la vara de sonajas de Sámara y se la arrancó de las manos. El instrumento chocó contra una raíz y cayó a la planta inferior con un último tintineo.

El canto se interrumpió.

Los estudiantes sometidos se estremecieron. Algunos cayeron de rodillas; otros permanecieron inmóviles, con las vetas negras detenidas sobre el rostro.

Sámara retrocedió. La seguridad con la que había entonado los salmos desapareció al mirar sus manos vacías. Durante unos segundos, pareció no comprender qué hacía allí.

Después se volvió para regresar por donde había venido.

Kálima golpeó la pandereta.

El cuerpo de Sámara se tensó. Sus pies se detuvieron y, contra su voluntad, deshicieron los últimos pasos hasta devolverla al lugar que ocupaba junto a su madre.

Entonces, la bruma se abrió a su espalda.

Áxbalor surgió de ella con una sonrisa.

—Otra vez rebelándote, pequeña zíngara.

Sámara bajó la mirada. Áxbalor se deslizó a su alrededor, complacido por el efecto que su presencia ejercía sobre ella.

—¿Todavía no lo entiendes? Tu poder es colosal, y esa marca solo es una parte.

Se detuvo a su espalda y acercó el rostro al suyo.

—Papi Áxbalor va a darte otro empujoncito —murmuró con una dulzura desagradable—. Si tú no eres capaz de ver lo que puedes llegar a ser, haré que lo vean los demás.

Chasqueó los dedos.

El hechizo atravesó la sala.

Profesores, impromagos, alquimistas y duendes interrumpieron sus movimientos. Algunas varitas descendieron. Varios combatientes se volvieron hacia Sámara mientras una fascinación febril desplazaba el miedo de sus rostros.

Las primeras voces surgieron bajo la galería.

—¡Sámara, tu voz hace temblar la Torre!

—¡Tu belleza eclipsa a los astros!

—¡Esa marca es la señal de un poder ancestral!

Sámara trató de apartarse, pero los elogios continuaron. Cada nueva voz reclamaba su atención con mayor vehemencia que la anterior. Había pasado demasiado tiempo soportando miradas que se detenían en la marca antes de alcanzar sus ojos. Ahora la contemplaban con un deseo absoluto.

Su respiración se serenó.

Áxbalor sonrió al advertirlo.

—Eso es. Deja que te vean.

Sámara alzó el rostro. Durante unos instantes escuchó sin moverse, atrapada entre el rechazo que aún la empujaba a huir y el placer de ocupar por fin todas las miradas.

Después buscó a Kálima.

—Madre… —pronunció con un hilo de voz.

La zíngara permanecía detrás de ella, con la pandereta aferrada entre ambas manos.

Sámara sostuvo su mirada.

—Madre, sácame de aquí.

Kálima no respondió. Sus dedos se cerraron con mayor fuerza alrededor de la pandereta mientras, bajo la galería, Tasac se abalanzaba sobre otra criatura con las zarpas envueltas en fuego azul. Trai avanzó tras él, abriendo entre los demonios un surco de luz prismática, y Cristóforo y Drawets contuvieron a cuantos lograban atravesar aquella línea.

Áxbalor contemplaba el combate sin intervenir. Le bastaba con mover los dedos para acrecentar la fascinación que dominaba la sala: una varita descendía, un conjuro quedaba incompleto y otra voz se sumaba a las que reclamaban la atención de Sámara.

La muchacha se cubrió la marca arcana con una mano.

—Ahora te miran y todavía quieres esconderte —se burló el demonio.

Al volverse hacia ella, Áxbalor reparó en una figura inmóvil entre la bruma. Aquel hombre era el único que no contemplaba a Sámara. Alto y delgado, vestía un largo abrigo negro y un sombrero de copa desgastado. Bajo el ala, un ojo violeta permanecía fijo en el demonio, inmune al deseo con el que había sometido al resto de la sala.

La sonrisa de Áxbalor vaciló.

—Tú… ¿quién eres? —preguntó mientras retrocedía.

El desconocido extrajo del abrigo una piedra negra, recorrida por vetas rojizas que palpitaban bajo su superficie. Varios símbolos antiguos cubrían sus bordes.

—Tu jueguecito —dijo el forastero con voz grave, sin necesidad de elevarla— termina aquí.

Áxbalor alzó una mano y la bruma comenzó a agitarse a su alrededor, dispuesta a ocultarlo. La piedra latió antes de que pudiera desaparecer y el aire se curvó en torno a su cuerpo.

La fuerza del remolino lo arrancó del suelo. Áxbalor trató de aferrarse a la galería mientras sus facciones perdían nitidez y la oscuridad comenzaba a devorar sus contornos.

—Espera… Podemos llegar a un acuerdo —suplicó. Su voz había perdido toda seducción—. Puedo ofrecerte cualquier cosa que desees.

El ojo violeta resplandeció bajo el sombrero.

—Ya tengo lo que quiero.

El remolino se contrajo. Áxbalor se deformó dentro de la espiral hasta quedar reducido a una silueta temblorosa, que la piedra absorbió por completo. El desconocido cerró los dedos alrededor de ella y volvió a guardarla en el interior de su abrigo.

Con la desaparición del demonio, la fascinación se quebró. Las voces que ensalzaban a Sámara callaron y los combatientes recuperaron el control de sus cuerpos, desconcertados ante los segundos que acababan de perder. Ella bajó la mano de su rostro y observó cómo aquellas mismas personas apartaban ahora la mirada.

Durante un instante, la Sala Faérica pareció recuperar el aliento.

Kálima contempló a su hija. Sámara seguía junto a ella, desarmada, con la marca descubierta y la súplica que su madre no había atendido todavía suspendida entre ambas.

La matriarca avanzó hasta el centro de la galería y alzó la pandereta. Los platillos chocaron. Algo al otro lado de la muerte respondió.