188 – DEFENDIENDO LA LEY DRUÍDICA

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DEFENDIENDO LA LEY DRUÍDICA

El majestuoso lobo cruzó la entrada de la Sala Añil, donde Kárida, la Dama Añil, aguardaba en su trono de cristal cerúleo. Habían transcurrido muchos años desde su último encuentro, aquella vez en que le otorgó el título de dama. La figura de la unicornio conservaba su esplendor de antaño, su pelaje brillaba con un matiz celeste bajo la luz clara del salón. No obstante, en sus ojos yacía un velo de nostalgia y furia, testimonio de los desafíos enfrentados y las batallas internas libradas. ¿Qué le habría ocurrido a la jovial e ilusionada potrilla que había acudido a su cueva tiempo atrás?

—Mi señora —anunció el lobo mientras adquiria su corporalidad humanoide. Su voz resonaba en los altos arcos de la sala—, os traigo buenas nuevas. El Titán ha tenido a bien otorgaros a vos y a vuestro consorte una invitación para participar en el VI Torneo de Calamburia.

—¡Qué gran noticia, querida! —exclamó Karkaddan, el indiscreto marido de la dama, con un entusiasmo poco sutil.

—Sin duda es un honor —respondió Kárida, cortando a su compañero con una voz llena de soberbia. Aunque reconocía el gesto como un premio de consolación por no haber sido escogida Dama Blanca, la invitación no era algo que pudiera rechazar fácilmente. Observando a su alrededor, vio el rostro emocionado de su marido y la expresión expectante de Morrok, espiritu lupino. Sin embargo, en su propio corazón, la emoción era un eco distante, una melodía olvidada.

Un susurro de viento atravesó la sala, llevando consigo el aroma de las flores silvestres del Bosque Mágico, aquel lugar que se vislumbraba en el horizonte donde pasó incontables días de su juventud. El olor la transportó a un tiempo en que la vida era más simple, donde su único cuidado era correr a través de las praderas al lado del fauno más travieso y alegre que había conocido: Yrret. Recordó cómo solían jugar entre las hayas y los fresnos, riendo bajo la sombra danzante de las hojas, bailando acompañados de las melodiosas notas que entonaba su flauta de pan y, sobre todo, soñando con un futuro en el que ambos podrían cambiar el mundo juntos.

Cerró los ojos por un instante, permitiendo que la imagen del fauno, con sus ojos chispeantes y su sonrisa contagiosa, la invadiera por completo. Era un recuerdo que traía consigo tanto alegría como dolor.

Desde su más tierna infancia, Kárida había sido criada por su tía Kora en el sereno Casco Añil, lejos del entramado político de la Corte de Nácar. Kora, ferviente admiradora del vasto mundo faérico y sus encantadoras criaturas, anhelaba que su sobrina heredase su pasión y, algún día, asumiera el poder con el Báculo de Nácar en mano, gobernando con sabiduría y justicia. Soñaba con que Kárida fuera la luz que disiparía los antiguos rencores entre las razas, uniendo a todos bajo un estandarte común de paz y armonía.

Juntas, tía y sobrina solían adentrarse en las profundidades del Bosque Mágico, el rincón favorito de Kora. Allí, el verdor se entremezclaba con la magia pura, creando un lienzo vivo de flora y fauna fantástica. Era en este bosque donde se encontraban a menudo con Tyria, la Dama Esmeralda, cuya vida estaba dedicada a la custodia de aquel santuario natural.

El bosque rebosaba constantemente de vida. En ocasiones, pequeños faunos provenientes de la Jungla Esmeralda danzaban entre los árboles, tocando ocarinas y flautas de pan, cuyas melodías mágicas hacían brotar las flores y esparcían un dulce perfume a lo largo del sotobosque. Otras veces, las hadas de los Jardines Irisados acudían a sumergirse en la magia del lugar, y se rumoreaba que en sus pequeños lagos se podían avistar ondinas. El Bosque Mágico, corazón del mundo faérico, era el único territorio franco en el que todas las razas eran bienvenidas y podían campar a sus anchas bajo la protección del siempre amable Espíritu del Bosque. Kárida, con su corazón puro y curioso, se enamoró profundamente de la alegría y la libertad de estos seres mágicos, especialmente de Yrret, el más travieso y vivaz de los faunos.

Yrret, con su incansable energía y su sonrisa contagiosa, se convirtió pronto en el compañero de aventuras predilecto de la unicornio. Juntos exploraban los secretos más recónditos del bosque: trepaban a los árboles más altos para tratar de tocar el cielo con sus manos, buscaban las bayas más dulces y jugosas escondidas entre la maleza y compartían sueños de un futuro en el que reinaban la justicia y la felicidad en su mundo. Su amistad se forjó en la inocencia de la juventud, libre de prejuicios y restricciones, en un lugar donde todo parecía posible. No pasaba una semana sin que ambos, impulsados por su espíritu aventurero, se deslizaran fuera de la vista de los adultos para sumergirse en su pequeño paraíso personal, donde el tiempo y las preocupaciones del mundo exterior parecían disolverse entre los árboles y los sonidos de la naturaleza.

Esta amistad plantó en el corazón de Kárida una semilla de amor y comprensión hacia todas las criaturas del reino faérico, inspirándola a soñar con un día en el que podría hacer realidad la visión de su tía de un reino unido y pacífico.

Como cada luna nueva, bajo el silencioso manto de un cielo estrellado, Kárida se deslizaba fuera de sus aposentos en el Casco Añil con el corazón palpitante de anticipación. Sus pasos la llevaban inevitablemente hacia el Bosque Mágico, ese reino de juegos y aventuras, ese hermoso espacio de libertad infantil. Mientras avanzaba entre los senderos apenas iluminados por la luz de la luna, su mente tejía sueños de un futuro idílico junto a su amigo fauno. Imaginaba un reino donde ambos, desde un trono resplandeciente en la Aguja de Nácar, liderarían aventuras épicas: extinguirían las llamas voraces de las Salamandras de lava, domarían a los caprichosos hipocampos marinos, repararían las grietas de los túneles encantados, cabalgarían los vientos a lomos de los verdiplumas y dispersarían las ominosas nubes que ensombrecían su reino.

Absorta en sus visiones, Kárida apenas notó el cambio en el ambiente del bosque hasta que un zumbido siniestro y creciente rompió el hechizo de sus fantasías. El cielo, antes salpicado de estrellas, se oscurecía rápidamente mientras una masa amenazante de dracovispas surgía, oscilando ominosamente sobre la copa de los árboles. El miedo se apoderó de ella, y con un estremecimiento que recorrió su espinazo, la unicornio instintivamente se adentró entre las robustas hayas, su galope resonando al compás de su corazón acelerado.

En medio del caos, una voz familiar cortó el aire; era Kirta, la hermana de Yrret. El timbre urgente de su llamado guió a Kárida a través del bosque hacia un claro donde un grupo de faunos se había congregado. No eran las criaturas alegres y despreocupadas que conocía; algunos vestían túnicas blancas, otros capas de hojas y algunos más portaban armaduras improvisadas, formando un ejército de miradas sombrías y gestos tensos. Estaban en medio de una emboscada.

—¡Kárida! —Yrret emergió entre ellos, su rostro marcado por la preocupación—. ¿Qué hacéis aquí? ¡Es peligroso!

—¿Qué está pasando? —inquirió ella, su voz temblorosa por la mezcla de miedo y desconcierto.

El joven fauno se acercó, su expresión grave bajo el oscurecer del cielo ahora casi negro.

—Melusina ha conjurado un ejército de dracovispas. Su ambición la ha llevado a desafiar el poder de la Aguja de Nácar; pretende usurpar el trono y reclamar el reino para sí —explicó con rapidez—. Hemos planeado atraerlas al corazón del bosque, donde podemos combatirlas con mayor ventaja.

La noticia cayó sobre Kárida como un manto de plomo: sus sueños de aventuras compartidas se transformaban ahora en una pesadilla viviente. La realidad de la guerra, tan distante en sus fantasías infantiles, ahora la confrontaba con toda su brutalidad y urgencia. Sin embargo, en medio del temor, una chispa de coraje comenzó a arder dentro de ella. Al lado de Yrret y los demás faunos, se preparó para enfrentar la tempestad que se avecinaba, decidida a proteger el hogar que tanto amaba.

Un repentino vendaval sacudió el bosque, y las dracovispas, azuzadas por el viento, se alinearon en formación de ataque. El corazón de Kárida palpitaba aceleradamente mientras tomaba la decisión instintiva de retornar al Casco Añil en busca de auxilio. Alzó la vista hacia el cielo oscurecido y suplicó el socorro de Marrok, el guardián espiritual de los unicornios. Un aullido lejano confirmó que su plegaria había sido escuchada y el brillo de su cuerno aumentó, reflejando la claridad del cuarzo más puro. Con el aliento renovado y acompañada por el lobo, la unicornio embistió a través de la maleza hacia el palacio de la Dama Añil. Sin embargo, mientras avanzaba velozmente, un árbol derribado por el vendaval cayó sobre ella, sumiéndola en la oscuridad del desmayo.

Cuando Kárida abrió los ojos, la confusión se apoderó de ella momentáneamente, hasta que reconoció el salón del trono de los unicornios, con Marrok a su lado y su tía, la Dama Añil, cuidándola. Había sido salvada por el espíritu faérico del lobo en medio del tumulto de la batalla.

En aquel instante, se le informó que la guerra había concluido. La resolución del enfrentamiento se zanjó con la decisión de que Melusina, la Dama Irisada, se retirara de por vida al círculo faérico, renunciando a su título tras la derrota y la correspondiente firma del tratado de paz.

Justo entonces, un haz de luz blanca inundó la estancia anunciando la llegada de Kyara, la Dama Blanca, madre de Kárida y hermana mayor de Kora, acompañada de Breena, el Espíritu del Bosque. Kyara, portando una expresión severa, inspeccionó el salón con una mirada que mezclaba autoridad y un cierto alivio.

—¿Cómo ha podido suceder esto? —exclamó con indignación, resonando su voz por el palacio.

—Lo lamento, hermana —respondió Kora, su voz teñida de pesar—. Nunca creí que las hadas pudiesen alcanzar tal extremo; no percibí la maldad en Melusina. Tyria, la Dama Esmeralda de los faunos, me advirtió, pero me negué a creerlo.

—¡¿Y tú qué hacías allí?! ¡Podrías haber muerto! —Kyara arqueó las cejas, su mirada acusadora clavada en su hija.

—Lo siento, madre —intervino Kárida, buscando apaciguar los ánimos. Su voz se quebró ligeramente revelando la profundidad de sus emociones—. Solo iba en busca de un amigo, pero…

—¿Qué amigo? —la voz de Kyara cortó el aire como un tajo, tensa y expectante.

La joven vaciló, sintiendo cómo el peso de su secreto amenazaba con desbordar el delicado equilibrio que había mantenido hasta ahora.

—Yrret, un buen amigo que… —empezó, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

—¿Qué es…? —interrumpió la Dama Blanca intuyendo la respuesta pero esperando ser desmentida.

Con un suspiro que pareció llevarse parte de su alma, Kárida finalmente admitió su derrota, levantando la mirada para enfrentar las consecuencias de su verdad:

—Es un fauno —confesó, y luego agregó en un susurro casi inaudible—. Y estoy enamorada de él.

Ante tal confesión, el aire de la sala se tensó instantáneamente. Kyara, con su rostro transformado por una mezcla de incredulidad y cólera, tomó un momento para procesar la noticia antes de responder con una frialdad que parecía helar el ambiente.

—¿Enamorada? —Kyara repitió con una mezcla de desdén y furia, su voz elevándose con cada sílaba—. ¡No puedes permitirte tales debilidades! Las leyes de nuestro mundo prohíben tales uniones, y tú, como futura Dama Añil, debes ser un ejemplo de integridad y disciplina.

La Dama Blanca se acercó a su hija, su presencia imponente. La severidad de sus ojos era un claro reflejo del peso de las responsabilidades que llevaba sobre sus hombros.

—Debo recordarte que la paz y la estabilidad de nuestro reino dependen de nuestra capacidad para mantener el orden establecido por las leyes druídicas —continuó Kyara con  voz firme, pronunciando cada palabra con precisión—. Tu indulgencia personal no puede y no debe socavar la seguridad de todos. No permitiré que tu capricho sentimental destruya lo que hemos trabajado tan arduamente por proteger y mantener.

Kárida sintió cómo cada palabra de su madre la golpeaba como una física afrenta. La joven bajó la cabeza, luchando por mantener la compostura ante la severidad de la reprimenda.

—Madre, entiendo la importancia de las leyes, pero Yrret no es solo un capricho —dijo finalmente en un tembloroso murmullo—. Lo que siento por él es real y profundo. ¿Acaso el amor debe ser siempre sacrificado en el altar de la política?

—El amor no tiene cabida cuando contraviene el tejido mismo de nuestra sociedad —respondió Kyara sin titubear—. Debes olvidarte del fauno y concentrarte en tus deberes. No habrá más discusiones sobre este asunto. Haré lo necesario para asegurarme de que te adhieras a tu camino y a tus obligaciones.

La Dama Blanca tomó aire y trató de sosegarse. El recuerdo del Gran Cataclismo aún pesaba sobre el reino. En aquel entonces, el Primer Archimago, había tenido que intervenir para restablecer el orden tras la incapacidad de Kharma, la madre de Kyara y predecesora en el trono, para mantener la paz entre las razas. El hechicero estableció un nuevo sistema de gobierno, redactó la Ley Druídica y designó a Othÿn como Druida Supremo, encargado de hacer cumplir las estrictas normas que regirían el mágico mundo. En ellas, se prohibía la unión entre las diferentes razas faéricas.

Kyara había trabajado incansablemente para superar el oscuro legado de su madre y restaurar el honor de los unicornios. La revelación de que su propia hija pudiera estar socavando esos esfuerzos con un amor prohibido la llenó de un temor y una ira profundas. Antes de abandonar la sala sentenció de forma clara y concisa:

—No podemos permitir que vuestra imprudencia comprometa todo por lo que hemos trabajado —declaró la Dama Blanca mirando a las dos con una voz cargada de un pesar endurecido por la resolución.

Kora sabía exactamente lo que esas palabras significaban. Era consciente de que tendría que renunciar a su cargo y dar paso a la siguiente Dama Añil. Las circunstancias le habían mostrado que era el momento adecuado para ceder su lugar, y el sentimiento de culpa por llaxitud, que había permitido que las fuerzas de Melusina acabaran convirtiéndose en una amenaza, la llevó a una noche de profunda reflexión. A la luz del alba, con su determinación renovada, comunicó su decisión a Kyara y juntas planificaron la ceremonia de elección que se llevaría a cabo durante el solsticio de invierno. Lo que más le dolería de su renuncia sería separarse de Marrok, el espíritu lobo que había sido su compañero y guardián durante su mandato, y entre ellos existía un vínculo inquebrantable.

Para Kárida, el castigo no era menos severo. Sería obligada a someterse a un riguroso entrenamiento a fin de postularse para el cargo de Dama Añil. Era el fin tanto de su existencia despreocupada como de cualquier contacto con el exterior; su vida estaría ahora completamente dedicada a prepararse para liderar, bajo el yugo de las expectativas de su madre y de las restricciones impuestas por las leyes del reino faérico.

El solsticio de invierno marcaba el día de la ceremonia de elección de la nueva Dama de los unicornios. El desafío para las aspirantes no era menor; debían escalar las escarpadas montañas para responder a la llamada de Marrok, el espíritu faérico cuyo favor debían ganar para asegurar su posición como la próxima Dama Añil. Kárida, movida tanto por su lealtad a la familia como por el deseo de restaurar su honor perdido, se adentró en la Cueva de Cristal, un santuario natural cuyas paredes estaban adornadas con miles de cristales de cuarzo que brillaban con la luz de un millar de estrellas.

Dentro de la cueva, Kárida se encontró fascinada no solo por la belleza del lugar, sino también por los misterios que encerraba. Al observar los cristales descubrió las constelaciones que narraban antiguas historias del reino faérico: el Panda Rojo, el Fuego Fatuo, el Pegaso, Pentandra, la Hidra, y finalmente, la del lobo. La constelación de Marrok, un cachorro aullando a la luna con una lágrima resplandeciente, era un recordatorio del dolor y la pérdida que también formaban parte de su mundo. Siguiendo la dirección que indicaban estos signos celestiales, Kárida encontró al lobo en el corazón de la cueva, y con ello, selló su destino como la nueva Dama Añil.

Tras su nombramiento, Kyara tomó medidas para asegurar que su hija estuviera bien versada en la Ley Druídica, llevándola a la Aguja de Nácar para una formación más rigurosa. Mientras, Karianna, la más joven de la familia, quedó bajo el cuidado de Kora, aprendiendo las responsabilidades de su futuro rol desde una temprana edad.

A su llegada a la Aguja de Nácar, las familias más nobles del reino les esperaban con un gran festín. Entre ellas se encontraban los Kob, una antigua yeguada de renombre, recibieron a Kárida. Karkaddan, heredero de la yeguada y notable por el resplandor de su cuerno, se comprometió a colaborar en la formación de Kárida. Bajo su tutela, ella aprendería los protocolos de la corte y las complejidades de la Ley Druídica, moldeando su espíritu libre en uno más conformista a las tradiciones de su mundo.

Los años de estudio y vida cortesana suavizaron el indómito espíritu de la unicornio que, a pesar de sus dudas iniciales, aceptó casarse con Karkaddan, fortaleciendo así los lazos entre las dos poderosas familias. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir a la próxima Dama Blanca, el espíritu de Breena, en un giro inesperado, eligió a su hermana menor, quien había osado desafiar las normas al entablar una relación con un hado.
Tras revivir su propia historia, la mente de Kárida volvió al presente, frente a Marrok. El que un día la nombró Dama Añil le traía ahora un premio de consolación. ¿Qué debía hacer? La dama despidió al lobo y se quedó con su esposo. La decisión pesaba en su corazón mientras caminaba por los jardines del palacio, intentando encontrar solaz en la fragancia de las flores que crecían abundantemente a su alrededor.

De pronto, una voz familiar interrumpió sus pensamientos:

—Kárida…

Era Yrret. Su corazón dio un vuelco al verlo; su viejo amigo, el fauno con el que había compartido tantas aventuras, corría velozmente hacia ella con una sonrisa. Por un momento su mundo se llenó de la ilusión de reencontrarse con aquel que había marcado su juventud con alegría y despreocupación. Se apresuró a su encuentro, pero su alegría se transformó rápidamente en consternación cuando, detrás de él, apareció un guardia de la Orden Blanca.

El soldado atrapó a Yrret con firmeza, cortando cualquier intento de fuga. Kárida comprendió entonces que no se trataba de una visita amistosa; su amigo había sido capturado. No solo él, sino también Kirta y Lien, quienes en una época pasada habían cruzado a Calamburia, contraviniendo las estrictas leyes establecidas por la Dama Blanca y los clanes Esmeralda. Estos tres audaces jóvenes habían suplantado a los guerreros originalmente elegidos para participar en el Torneo, y tras el evento, habían logrado permanecer varios años ocultos como fugitivos en Calamburia. Sin embargo, con la reciente apertura de las fronteras para viajar entre mundos, la Guardia Blanca logró dar con su rastro. Les habían seguido durante días y, finalmente, habían dado con ellos.

La unicornio sintió cómo el peso de su cargo caía sobre sus hombros una vez más. La ley era clara, y como Dama Añil, su deber era mantener el orden y la justicia en el Mundo Faérico, incluso si eso significaba condenar a su antiguo amigo.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Kárida, aunque en su corazón ya conocía la respuesta.

—Han sido capturados por violar las leyes de la antigua Dama Blanca y de sus propios clanes. Ahora deben enfrentar la justicia —explicó el guardia sin un ápice de emoción en su voz.

—¿La Dama Blanca no se ha pronunciado al respecto? —preguntó la Kárida con la esperanza de que su hermana tomara la decisión en su lugar.

—Lo ha dejado a vuestro parecer —declaró el guardia—, al fin y al cabo han sido atrapados en el territorio que vos tuteláis como Dama Añil.

—Veníamos a verte, a pedirte que, ahora que eres Dama, nos ayudaras a obtener el perdón de tu hermana. Eres nuestra última esperanza.—exclamó Yrret, con una mezcla de desesperación y esperanza en su voz.

Con el corazón hundido al saber que la decisión recaía completamente sobre sus hombros, Kárida sintió cómo un torbellino de emociones la invadía. Miró a Yrret, cuyos ojos reflejaban tanto arrepentimiento como resignación. La amistad que habían compartido palpitaba dolorosamente en su memoria, pero su deber como guardiana de la ley y el orden en el Mundo Faérico era claro. Como líder, debía ejercer la justicia; como amiga, su corazón se desmoronaba.

«Espero que allá dónde vayas me puedas perdonar», pensó la unicornio mientras firmaba la sentencia de ejecución con disimuladas lágrimas en los ojos. Luego, con voz firme y llena de determinación, declaró ante los presentes:

—Serán ejecutados al amanecer. Se hará justicia según las leyes del Mundo Faérico.

Yrret quedó absorto, como si su pequeño corazón de fauno se hubiera roto, y mientras los guardias se lo llevaban, sus miradas se cruzaron una última vez, llenas de recuerdos y un adiós no pronunciado. Los ojos del fauno, decepcionados y vacíos, eran una imagen que Kárida sabía que no olvidaría en el resto de sus días. La Dama se quedó sola en el jardín, con el aroma de las flores como único consuelo y las lágrimas finalmente brotaron marcando el doloroso precio del título que ahora ostentaba.

Mientras Kárida permanecía sumida en sus pensamientos y en la tristeza de las decisiones tomadas, Karkaddan se acercó a ella, notando las lágrimas que delicadamente marcaban su rostro.

—¿Por qué lloras, querida? Has hecho lo que tenías que hacer. Esos sucios bicuernos, por fín, tras años de búsqueda, han sido capturados… —comenzó a decir Karkaddan con un tono despreocupado que revelaba su completo desdén por la situación de Yrret y los otros faunos.

Kárida levantó la vista hacia él, sus ojos aún humedecidos, pero su expresión endureciéndose con la determinación que su cargo exigía. Con la dignidad de su posición, respondió reafirmando su compromiso no solo con las leyes del Mundo Faérico sino también con sus propios ideales de justicia y orden:

—Iremos al torneo, ganaremos y devolveremos el orden al Mundo Faérico.

Su voz resonaba con firmeza: una clara indicación de que, aunque el corazón le doliera, su deber como Dama Añil prevalecía sobre cualquier tormenta emocional personal. Karkaddan, escuchando la resolución en sus palabras, asintió. No comprendía el conflicto interno de su esposa, pero sí reconocía la fuerza de su decisión.

Kárida, tras reafirmar su compromiso, volvió su mirada hacia el jardín, permitiendo que la belleza y la tranquilidad del lugar suavizaran la aspereza de su reciente decisión. La carga de su corona podía ser pesada, pero estaba resuelta a llevarla con la gracia y la fortaleza que su rol demandaba.

187 – AGÁRRAME ESOS TOPOS

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AGÁRRAME ESOS TOPOS

Sentados en el suelo, los dos hermanos enanos, escuchaban cabizbajos y contritos el constante flujo de improperios que brotaban de la boca de su madre. Elga, la mismísima Dama de Acero, agitaba las manos incrédula ante la historia que sus dos hijos le contaban para justificar la rotura de su taburete favorito, el que utilizaba para aceitar sus armas y mantenerlas en perfecto estado.

Dagaz e Isaz, que así se llamaban, le habían contado a su madre una historia de lo más inverosímil cuando, tras regresar de su misión diplomática, había hallado su querido taburete en un estado lamentable. La base de una de sus cuatro patas estaba astillada lo que, para Elga, le hacía perder su perfecta estabilidad. 

Harta de escuchar inventivas historias de fantasía, se enfureció tanto que agarró a sus dos hijos por las orejas y los arrastró frente al yunque principal de la Forja Arcana, ante el cual, ningún enano debía mentir jamás.

Isaz miraba a su madre en silencio, con cierta expresión de rabia, aunque sin atreverse a levantar ni un milímetro su barba, mientras Dagaz, el más inteligente de los dos, intentaba convencer a su madre de que la historia era mucho más que cierta pues, ciertamente, era exactamente la más pura de las verdades, más pura que la pura magia que alimentaba las imperecederas llamas de la Forja Arcana.

Veinte cuernos antes…

El sonido del cuerno recorría el hogar de los enanos censurando todos los demás ruidos: las incesante goteo de las estalactitas, los pequeños lagartos de magma correteando por las paredes con sus afiladas garritas, los ronquidos de los enanos, el sonido de la gravilla bajo los pesados cuerpos de las culebras de piedra… El grave bramido del cuerno, bien conocido por todos los miembros del antiguo pueblo subterráneo, marcaba el cambio de día, y hacerlo sonar era una de las labores más importantes de los miembros del clan, pues sin ese sonido, la gestión del tiempo sería imposible para el enano medio, alejado del cielo, el sol y las estrellas.

Aquella mañana, Isaz y Dagaz ya hacía horas que se encontraban absortos en sus respectivas labores, que al mismo tiempo eran sus principales pasiones. Dagaz, herrero mayor de la Forja Arcana y heredero al título de Señor de los Túneles, practicaba el grabado de runas, un arte milenario y casi místico conocido solo por una pequeña y selecta parte de su pueblo. El grabado rúnico era lo que diferenciaba a los herreros enanos de cualquier otro tipo de forjadores de cualquier reino, pues al grabar runas en los objetos, estos adquirían habilidades mágicas de lo más poderosas y variopintas. A Dagaz siempre le llamó la atención este arte, lo cultivaba e investigaba llegando a descubrir nuevas runas con efectos nunca antes vistos. Su máxima aspiración, era crear un día la que él pretendía bautizar como la Runa Titánica: una marca capaz de otorgar el poder del titán al arma que grabara con ella.

Por otra parte, su hermano menor se había decantado por el lado más físico de la forja, aunque no por ello menos importante. Isaz se había entregado en cuerpo y alma al forjado de armas, escudos y armaduras. Meticuloso y detallista, había perfeccionado las técnicas del clan, recuperando antiguos métodos de forjado y temple e incluso creando los suyos propios los cuales, en ocasiones, sorprendían a su mismísima madre, aunque ella nunca lo admitiera.

Cuando los últimos ecos del cuerno cesaron, el sonido de otro cuerno empezó a recorrer los túneles en respuesta, era el anuncio de que la figura más importante entre los enanos en ausencia de Elga, acudía raudo a la llamada. No era otro que su primo, marido y padre de sus hijos, Otalan, Señor de los Túneles. 

Como cada día, Otalan se levantó con el sonido del cuerno, ni un momento antes ni un momento después. En las ocasiones en la que su mente lo despertaba antes del sonido, permanecía en su lecho, inmóvil, con la mirada fija en la roca sobre él, hasta que el cuerno sonaba, y entonces se levantaba. Era un hombre de costumbres.

Descendiente del clan de los tuneladores y experto en la excavación y explotación sostenible del subsuelo, Otalan se había ganado desde joven el respeto entre su tribu. Nadie más habría sido capaz de llevar a cabo con tanta precisión la ardua tarea que supuso excavar los túneles exactamente como Theodus, el primer archimago, había dibujado, pues aquel endiablado diseño dejaba al más complicado de los laberintos a la altura de la escoria. La excavación de dichas galerías abrió una vía de escape de la magia que se estaba concentrando en exceso en el Reino Faérico, afectando a su equilibrio. Se ahí que fuera una tarea tan importante ya que suponía salvar al reino faérico de su segura destrucción. El proceso era conocido vulgarmente como “ventilación mágica” y, además de alimentar la propia llama de la Forja Arcana, era tan imprescindible como delicado.

Sin embargo ese día no era un día más. Mientras el Señor de los Túneles llevaba a cabo su limpieza matutina a base de gravilla notó que aquel cuerno sonaba con una nota ligeramente más aguda a la que solía escuchar, a la que llevaba millares de días escuchando. Enseguida se dio cuenta del porqué: aquel día, corría una refrescante brisa en el reino subterráneo.

Alarmado corrió en busca de sus arquitectos tuneladores e hizo llamar a sus hijos para investigar de manera inmediata y exhaustiva la procedencia de aquel inesperado viento. Decenas de enanos se dedicaron a recorrer los túneles en busca de alguna posible fuga, Hacía tan solo unos meses se les había ordenado sellar los túneles para controlar el flujo de magia que transcurría entre el Reino Faérico y Calamburia, labor que Otalan, Señor de los Túneles, se tomó tan en serio como su limpieza matutina a base de gravilla. Lo que más preocupaba al Señor de los Túneles no era el flujo de la magia, tampoco que alguien hubiese manipulado sus túneles o que sus túneles estuviesen sellados erróneamente. Todos ellos eran supuestos horribles, pero lo que más temía Otalan era la ira de su prima, mujer y madre de sus hijos, Elga, la Dama de Acero.

El sellado de los túneles se realizó de manera minuciosa mediante la demolición controlada de los codos y encrucijadas que permiten el paso del flujo de la magia entre ambos mundos. Para garantizar la correcta reparación de los canales mágicos, Otalan y sus dos hijos se encargaron personalmente de esta tarea. Dagaz y su padre señalaban los puntos concretos en los que se debían realizar las demoliciones, e Isaz golpeaba la roca en dichos puntos para derruir los muros con gran precisión y control de la fuerza. 

Tras tres cuernos e incontables kilómetros recorridos, finalmente Dagaz halló una grieta, una minúscula y casi imperceptible a ojos inexpertos, pero no ante la avezada mirada de un enano con sangre del antiguo clan de los tuneladores. Alrededor de la pequeña grieta, había unas marcas lineales, fundidas entre los pliegues de la roca pero claramente visibles. Dagaz no reconoció dichas señales pues la última vez que las vio era apenas un tierno retoño, pequeño y barbudo, pero su padre reflejó en su rostro una indudable preocupación, y no era para menos. Se encontraban ante el signo de algo que llevaba siglos exiliado de aquellos túneles. Topos.

Uno puede pensar que un topo, o incluso una colonia entera de topos, no es nada para toda la tribu enana experta en trabajar el subsuelo. Sin embargo, Otalan sabía que estos topos no eran topos corrientes que uno encontrara en su jardín. Aquellos estos topos eran Topos Arcanos, topos que llevan milenios habitando la tierra entre ambos mundos, topos que se nutrían de la tierra rica en magia pura hasta el punto de haber evolucionado fusionándose con el poder arcano y siendo este parte de ellos.

Durante decenas de cuernos, Otalan se dedicó a recorrer él mismo los túneles en busca de más grietas o marcas de topos. De vez en cuando escuchaba, o creía escuchar, arañazos en las paredes de los túneles y ese ligero pero inconfundible ruido que hacen los topos con sus naricillas mientras buscan resquicios de magia. Aunque sus hijos, al principio, parecieron no darle importancia al asunto, creyendo que su padre exageraba y seguramente se trataría de topos comunes e inofensivos, pronto empezaron a preocuparse al ver el comportamiento del Señor de los Túneles.

Otalan era un hombre orgulloso y siempre evitaba pedir ayuda. Se solía vanagloriar de ser capaz de manejar cualquier situación que sucediera en sus túneles. Sus hijos, sin embargo,  que aún eran jóvenes, pues apenas contaban unos pocos cientos de años, creyeron que lo mejor sería solicitar apoyo.

Al principio, Isaz y Dagaz pensaron en su madre, pero lo descartaron casi inmediatamente pues sabían bien que Elga no aparecería para socorrerles ya que los asuntos de gobierno eran para ella mucho más importantes que la forja, los túneles o incluso ellos mismos. Los asuntos de alta política la mantenían alejada de casa a menudo durante cientos de cuernos Por ello, y a pesar de la negativa de su padre, decidieron atravesar los túneles hacia Calamburia y solicitar el socorro de la Torre Arcana. Los dos enanos viajaron, a través de las galerías, en busca del mismísimo Archimago.

Kórux tampoco pareció darle demasiada importancia a esa supuesta y no comprobada presencia de “topos arcanos”, de los que nunca había escuchado hablar. Sin embargo, para contentar a los herederos de los túneles, a los que necesitaba para que la magia siguiera fluyendo entre los dos reinos, decidió actuar. Envió en su ayuda a uno de sus más diligentes y hábiles alumnos, Grahim el impromago, el cual permaneció varios cuernos en los túneles colaborando con los hermanos en la búsqueda, realizando magia de desvelamiento y de rastreo para intentar localizar, sin éxito, alguno de esos topos. Otalan, por su parte, empezó a emplear sus propias técnicas para hacer salir a las criaturas de sus escondrijos, colocando rocas y gemas cargadas de magia a modo de cebo, aunque tampoco obtuvo resultados.

Finalmente, Isaz, Dagaz y Grahim terminaron por convencerse de que se trataba solo de un hecho fortuito que su padre había exagerado y que las sospechosas marcas bien podrían haber sido realizadas por otro pequeño animal o por algún desprendimiento fortuito. Dando por concluida la búsqueda, los hermanos decidieron acompañar a Grahim de vuelta a la superficie.

Dagaz abría la marcha e Isaz la cerraba, mientras el mago caminaba entre ambos con la punta de su varita encendida. Él, a diferencia de los enanos, necesitaba una fuente de luz suficiente para guiarse en el camino y no tropezar. Todo parecía normal en su camino de retorno por las amplias galerías del Señor de los Túneles. No había rastro de la corriente detectada cuernos atrás pero, al pasar por una encrucijada, Isaz notó un movimiento tras ellos. Se giró y allí estaba, tan grande como el mismísimo túnel, con un pelo duro como el de su cepillo de barba, la nariz más grande que habían visto en su vida y unas garras puntiagudas como picos. Era un inmenso topo arcano.

Los tres se quedaron totalmente inmóviles mientras el topo olisqueaba a escasos metros, el animal se acercaba lentamente, tanteando, sabiendo que tenía algo delante de él pero sin terminar de reconocer el qué, como si tuviera que recordarlo. Enseguida se percataron de que el topo era ciego, pero no por ello menos peligroso. Empezaron a retroceder despacio desandando el camino con el topo siguiéndoles de cerca, siempre olisqueando el aire. Al llegar a una de las encrucijadas empezaron a percibir los mismos sonidos que emitía el topo multiplicados, venían de todas partes e iban haciéndose cada vez más audibles, más cercanos.

—¿Qué hacemos, enanos? —preguntó el mago mientras tragaba saliva, varita en mano.

—Calma, sin movimientos bruscos, puede que podamos colarnos entre ellos y llegar a la forja para avisar al resto y expulsarlos entre todos —susurró Dagaz.

—Si esto es lo que tiene tan preocupado a padre, habrá que acabar con ello, son grandes pero tampoco parecen nada del otro mundo —dijo Isaz enarbolando el martillo.

—No, hermano, he leído sobre ellos en los manuales de tunelación de padre —respondió el hermano mayor con cautela—, son muy rápidos y fuertes, sus arañazos absorben la energía vital y te vuelven más débil, y la fuerza de sus mandíbulas es incluso capaz de romper el granito. Un topo arcano es una amenaza que hay que tomarse en serio.

—No has dicho que sus cráneos aguanten mis martillazos —apuntó Isaz mirando con cariño su pesado martillo.

Isaz, gritando en un estallido de ira enana, se abalanzó sobre uno de los gigantes roedores, asestándole un contumartillazo tal que hizo vibrar las paredes de la galería y habría aplastado el cráneo de cualquier mortal convirtiéndolo en puré de sesos. El topo retrocedió, pero no pareció haber sufrido daño alguno, como si algo lo hubiese protegido. Lanzó un chillido y de pronto todos los topos saltaron sobre los tres incautos, con garras y dientes por delante.

Los tres miembros de la compañía se defendían haciendo uso de toda su habilidad: Isaz rechazando golpes con su martillo, Dagaz desviando mordiscos y zarpazos con sus hachas y Grahim lanzando hechizos de bloqueo y repulsión para evitar ser devorado por tan violentas criaturas. La batalla se sucedía y los topos atacaban con ferocidad, obligando a los enanos y al mago a retroceder poco a poco. Tras varias arremetidas, se vieron ocupando una serie de galerías que hacía tiempo que estaban en desuso. De pronto Dagaz, recordando los diseños, se dio cuenta de que habían entrado en un túnel sin salida. Trataron de resistir, pues estaban atrapados y era la única opción que les quedaba.

Tras un tiempo que se les hizo eterno, parecía que las subterráneas bestias no se quedaban sin energías, sino que parecían acrecentar su poder absorbiendo su energía vital con cada zarpazo. Por su parte, la compañia cada vez se encontraba más cerca del límite de sus fuerzas, tanto físicas como mentales. Por más que lo intentaban, no hallaban el modo de dañar a esos seres cuya piel había sido endurecida por la magia arcana. La situación era crítica, uno de los topos se peleaba con Isaz por el martillo como un perro tirando de una cuerda, otro rasgaba el escudo mágico de Grahim, y parecía hacerse aún más grande al contacto con su magia, y un tercero tenía sus garras casi sobre la cara de Dagaz, cuando oyeron un derrumbe bajo ellos.

Algunos topos cayeron al vacío y, tras el estruendo del derrumbe, por un instante todo quedó en silencio. La compañía se asomó al agujero y contempló al mismísimo Otalan luchando con sus manos desnudas contra las criaturas. Les gritó en pocas palabras la estrategia ancestral y definitiva que le permitía herir y derrotar a los topos:

—¡A la tripa!

Los hermanos y el mago aprovecharon el agujero para correr, atrayendo a los topos, hacia una cavidad lo bastante grande. Los dos enanos, llenos de valor, decisión, el consejo de Otalan, el entrenamiento de batalla de sus padres y la locura que te genera ser asediado durante horas por unos topos mágicos gigantes, supieron exactamente lo que tenían que hacer con una mirada.

—Mago, ¿puedes parar en seco a un topo? —preguntó Isaz.

—Solo durante un instante —explicó Grahim cuya magia, tras hacer efecto, acababa siendo absorbida por aquellos glotones seres.

—¡Suficiente! —sentenció Dagaz.

—¡Formación raja y arrea! —añadió su hermano pequeño.

Los dos hermanos se colocaron delante del mago en una formación estudiada y claramente entrenada: Isaz al frente, agachado, y Dagaz justo detrás de él, casi encima, con los brazos abiertos y elevados en perfecto ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al suelo, ambos gruñendo al unísono como un dragón enfurecido. Un topo salió del túnel, rabioso, salivando, directo hacia ellos.

—¡Ahora! —gritó Dagaz al impromago.

Grahim lanzó un hechizo de parálisis, pero como había predicho los topos arcanos tras unos instantes eran capaces de absorber su magia, por lo que el efecto duró apenas un momento, tiempo necesario para que Isaz lo golpeara de abajo a arriba con un gancho de su martillo, dejando a la vista su vientre.

En ese momento, Dagaz realizó dos rápidos, precisos y profundos cortes en forma de cruz en el estómago del animal con sus hachas, haciéndole chillar. Antes de que el topo pudiese reaccionar, Isaz volvió a la carga con un martillazo en plena intersección de los cortes, lanzando al topo contra la pared de la cavidad, reventando sus entrañas con el golpe. El inmenso animal cayó al suelo y quedó inmóvil, inerte.

Los topos se sucedían y la estrategia funcionaba, en algún momento de la algarabía su padre se había unido a la batalla, volteando a los topos y hundiendo su puño en sus tripas para derrotarlos. Él se valía solo.

Coincidiendo con el segundo sonido del cuerno desde que la batalla comenzó, las abyectas bestias se batieron en retirada, chillando, asustados ante tal despliegue de fuerza y estrategia combinadas. Los pocos supervivientes huyeron a toda prisa por los túneles hacia el exilio del que no debieron haber regresado jamás.

—Kórux me había dicho que los enanos eran feroces, pero no me imaginaba que tuvieseis tanta fuerza —admitió impresionado el impromago.

—Has luchado bien, Grahim, mereces un descanso y una jarra de la mejor cerveza enana— dijo Otalan, admirando la entereza del mago.

—Al principio casi se mea encima, pero al final ha cumplido —soltó Isaz entre risas dando un fuerte manotazo amistoso en el hombro al mago cuya varita casi cae al suelo.

—Padre, tenías que ver cómo lanzaba los hechizos justo en el momento preciso, sabe sacarle partido a las varitas que les hacemos —comentó Dagaz, estudiando con detenimiento la varita del mago—. Una pregunta, padre. ¿Cómo descubristeis que los topos arcanos eran débiles en el vientre? 

—Porque tu madre me tiró uno encima cuando éramos niños. Me dijo que era una prueba, que si no podía con él, no era lo bastante enano para casarme con ella. ¡Aquella bestia casi me come! —rió Otalan.

—¡Típico de mamá! —respondieron sonrientes casi al unísono los dos hermanos.

Exhaustos, arrastrando los pies, los cuatro guerreros volvieron a la Forja Arcana, con la intención de recuperar fuerzas y elaborar un plan para localizar y cerrar las entradas de los topos.

—Sin duda, debo informar a Kórux de que la existencia de estos seres, los topos arcanos, es real y no solo mitos olvidados en tomos antiguos. Señor Otalan, ¿habéis dicho que su tamaño se debe a la absorción de la magia presente en la tierra?

—Sí, cuando los combatía en mi juventud no eran más grandes que un perro de caza, pero claro, siglos después, han tenido tiempo para hincharse a gusto —explicó el señor de los túneles.

—¿Siglos? ¿Cuánto vive un enano? —preguntó el mago intrigado—. Creía que vivíais tanto como cualquier mortal.

—Madre dice que le hizo la varita a un tal Theodus, y creo que eso fue hace unos…trescientos… seiscientos… mil doscientos… —comenzó a contar Isaz valiéndose de sus dedos..

—Calla Isaz, sabes que a madre no le gusta que hablemos de su edad —le calló Dagaz con prudencia.

—Pero eso no puede ser… —murmuró incrédulo el mago.

—¡Callaos hijos! No habléis más de la cuenta —dijo Otalan, lanzando una inquisidora mirada a sus hijos—. No les hagas caso, les gusta gastar chanzas a los extranjeros.

En lo que el mago se desprendía de su capa hecha jirones, Otalan cogió a sus dos vástagos para recordarles una importante norma enana.

—Recordad que las demás tribus y razas no saben que mientras estamos expuestos a los flujos de magia somos prácticamente eternos, desvelar nuestro secreto podría tener graves consecuencias, como la ira de vuestra madre, por ejemplo —les susurró mientras les agarraba de las orejas.

—Bien, bueno, si no les importa me sentaré un rato a descansar —anunció Grahim— y escribiré un informe sobre lo sucedido para el archimago.

En ese momento, el impromago cogió el tan preciado taburete de Elga, la Dama de Acero, y lo colocó sobre una parte del suelo irregular frente a una mesa, haciéndolo deslizar sobre la roca, astillando una de sus patas. Tanto los hermanos como el Señor de los Túneles saltaron intentando evitar la tragedia, pero fue inevitable.

En la actualidad…

—¡NO ME PUEDO CREER QUE OS ESTÉIS INVENTANDO QUE LOS TOPOS ARCANOS HAN VUELTO SOLO PARA ECHARLE LA CULPA DE ESTO A UN MAGO QUE SOLO HA VENIDO DE VISITA! ¡TENDRÉIS POCA VERGÜENZA! ¡YO NO HE CRIADO A UNOS HIJOS MENTIROSOS! —la poderosa voz de Elga retumbaba casi tanto como el sonido del cuerno.

—Pero madre, sí han vuelto. Si hubieses estado los habrías visto, pero como nunca estás… —dijo Isaz con cierta tristeza en la voz.

—Y el mentecato de vuestro padre, ¿dónde está?

 —Padre está ahora solucionándolo —apuntó el mayor.

Dagaz era el más inteligente de los dos hermanos, pero no podía hacer sombra a Otalan, que seguro que se habría puesto el primero en la lista de los elegidos para la expedición de búsqueda y cierre de agujeros de topos arcanos. Ambos le conocían bien y sabían que prefería cien veces enfrentarse a esas bestias antes que a la ira de su mujer.

—¡SILENCIO DAGAZ! Lo que está sucediendo en el reino faérico ahora mismo es mucho más importante que unos topillos no más grandes que un perro de caza, y a saber si es cierto que han vuelto, todavía no me lo término de creer. Seguro que tu padre solo ha ido a por más cerveza. ¡Si le conoceré yo!

La dama de acero se marchó dando un portazo, dejando un aire de tensión que casi se podía cortar con un cuchillo. Elga no era mujer de medias tintas, y su partida era tan dramática como su permanencia.

Justo en ese momento, Otalan entró en la sala  por la otra puerta con aire triunfal.

—¡He arreglado el taburete!— anunció orgulloso de sí mismo mientras colocaba el objeto en el centro de la estancia con un gesto teatral.

Isaz y Dagaz, aún sobrecogidos por la partida de su madre y las recientes acusaciones, miraron a su padre y luego al taburete. Fue entonces cuando ocurrió algo extraordinario. El asiento favorito de Elga emitió un breve destello y, en la parte que Otalan había arreglado, apareció una enigmática letra “c”.

Dagaz, siempre el más perspicaz de los dos, se acercó para inspeccionar la marca.

—¿Qué significa esto?— preguntó con curiosidad.

Otalan sonrió con un brillo en los ojos. Revivía en él el ansia de gloria de sus tiempos de mocedad.

—Que estamos invitados a participar en el VI Torneo del Titán en el Reino de Calamburia —expuso agarrando con cada brazo el pescuezo de uno de sus hijos—. Parece que esta vez, el destino ha decidido que los tres tengamos una oportunidad de demostrar nuestro valor más allá de las fronteras de nuestro propio reino.

Los hermanos intercambiaron miradas, sabiendo que más allá de las criaturas arcanas y las disputas familiares, se avecinaban nuevas aventuras que jamás habrían imaginado.

—Pero de esto —añadió el señor de los túneles levantando el dedo índice para dar énfasis a su advertencia—, ni una palabra a vuestra madre, ¿entendido?

186 – EL RESURGIR DE LOS FAUNOS

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EL RESURGIR DE LOS FAUNOS

Édera, la Dama Esmeralda, paseaba por los alrededores de Pentandra, el Gran Árbol, mientras los faunos recolectores guardaban las cosechas en las cabañas.  Aquella mañana la imponente fauna brillaba con luz propia y su dulce cantar atraía a las más hermosas aves, cual verdipluma acudía a la llamada de su jinete. La semana anterior se había reunido con los coroneles más fieles de su guardia personal, antaño la Guardia del Bosque, para poner en marcha su secreto plan.  Se crió en la vasta sombra de su madre, Tyria, la anterior y venerada Dama Esmeralda, que había conseguido unir a los dispares clanes de su raza bajo un solo estandarte de paz y prosperidad. Sin embargo, ella estaba decidida a superar el legado de su progenitora y hacerse un nombre propio como Dama de los Faunos. 

—Querido Quercus, mi fiel guardián —anunció—. ¿No es acaso un precioso día?

—Yo lo veo igual que siempre, mi señora esmeralda —respondió Quercus, el poderoso y rudo guerrero fauno rascándose la cabeza.

—Mira enderredor —insistió la dama—. El verde de la jungla resplandece cual piedra preciosa, los pájaros entonan su cántico celestial y las flores se abren a la fresca brisa matutina. 

—Si mi señora lo dice, así es —respondió el fiel guardián.

La devoción de Quercus hacia su señora era inconmensurable; aún recordaba cuando lo encontró de niño, curó sus heridas y acogió bajo su ala, tiempo atrás. 

Nadie conocía el origen del fiero guerrero; se murmuraba que era el vástago de un soldado del aire y de un recolector desaparecidos durante el Gran Cataclismo. Un grupo del clan de los sanadores lo encontró llorando y desnutrido en el interior de un nido de verdiplumas abandonado que colgaba del Gran Árbol. Nadie se explicaba cómo había sobrevivido. Algunos creían que la propia Pentandra y los verdiplumas habían alimentado y cuidado del huérfano y que, por eso, llevaba sus sellos en el brazo: una preciosa flor y una majestuosa ave.

Poco importaban los orígenes del joven fauno pues, mientras ayudase en la protección del clan y el labrado de la tierra, tendría siempre un jergón en el que acurrucarse. Él fantaseaba con reencontrarse con su familia y dirigir una pequeña aldea, pero sabía que su destino distaba mucho de esa fantasía: él era un guerrero, no un líder.

Muchas lunas antes, en una preciosa mañana primaveral, el joven Quercus decidió pasear por la jungla en busca de algún manjar que llevarse a la boca. De pronto, divisó un gran panal que se le antojó apetitoso y no dudó en acercarse a catar su sabrosa miel. Tan embelesado estaba por la promesa del dulce aperitivo que no vio a un hambriento oso que despertaba de su hibernación. El animal se acercó sigiloso por detrás y le propinó un fuerte zarpazo en el brazo. Sin embargo, el joven Quercus no se amilanó y respondió con una sonora coz en la sien de la bestia que la desorientó permitiéndole huir con su panal. El oso lo persiguió entre los árboles hasta arrinconarlo contra un majestuoso guayacán. Un nuevo zarpazo hirió el costado de la mágica criatura, quien contestó con más coces. La pelea duró varios minutos hasta que, de repente, una firme liana se deslizó hacia Quercus. Éste se agarró a ella y dejó que le subiese hasta la copa del árbol.

—¿¡Cómo se te ocurre pelear contra un oso?! —gritó una niña.

—Quería comerse mi miel —afirmó el taciturno fauno dejando entrever que no había más explicación.

—Soy Édera, hija de Tyria, la Dama Esmeralda —se presentó la joven—. ¿Cómo te llamas tú?

—Quercus —respondió.

—¿Y ya está? —preguntó extrañada— ¿Nada más? ¿Ningún apodo o sobrenombre como Quercus Mataosos o Quercus Comemiel?

—Quercus —aseveró él.

—No puede ser —sentenció ella—. Todo guerrero debe tener un sobrenombre. A partir de ahora te llamarás Quercus Pezuña de Roble.

Los jóvenes faunos compartieron el panal mientras hablaban largo y tendido sobre cómo trepar a los árboles, cuáles eran sus bayas preferidas o cómo se imaginaban que serían sus vidas de adultos. El sol empezaba a ponerse por el oeste, así que decidieron volver al Gran Árbol para unirse al festín de bienvenida que habían preparado en honor a la Dama Esmeralda. Édera corrió hacia su madre y le relató la increíble aventura que había vivido con su nuevo amigo:

—Madre, por favor —suplicó la niña arrastrando al joven cabritillo hacia su madre—, ¿podría venirse con nosotras? Es fuerte e independiente y podrá escoltarme para que no me suceda nada.

—¿Cómo te llamas, joven? —preguntó Tyria.

—Quercus, mi señora —afirmó haciendo una torpe reverencia.

—¿Es cierto lo que ha contado mi hija? ¿Te has enfrentado a un oso? —quiso saber la Dama Esmeralda.

—Sí, mi señora —respondió.

—Veo que eres muy dicharachero —rió —, te llevarás bien con mi hija. Que alguien cure las heridas del pobre Quercus, lo asee y le dé de comer —ordenó—. Si ha de proteger a mi pequeña Édera deberá estar en forma.

Los años pasaron y la devoción que sentía Quercus hacia sus señoras no hizo más que crecer. No dudó ni un segundo en protegerlas cuando Melusina, la dama de las hadas, les envió a sus dracovispas; o cuando la sequía asoló la jungla y las gárgolas de espinas atacaron las aldeas; así como tampoco titubeó en protegerlas cuando el Mundo Faérico cayó bajo el influjo de los hechizos oníricos calamburianos. Él se debía a sus señoras por encima de todo. Aunque Tyria se había retirado años atrás a causa de una incipiente ceguera que le impidió proteger la jungla y sus habitantes, él se mantenía fiel a Édera, la nueva Dama Esmeralda; cuya determinación y valentía rivalizaban con las de la mismísima Dama Irisada. 

La tarde que Tyria devolvió su báculo al Gran Árbol el otoño se apoderó de la jungla: las flores se marchitaron, los nenúfares se hundieron, las hojas cayeron al suelo y los verdiplumas cesaron su vuelo. La Dama Esmeralda se había retirado y la jungla se preparaba para la llegada de una nueva dama y, por ende, una nueva primavera. 

Fueron varias las valientes que decidieron adentrarse en las raíces de Pentandra en busca del espíritu de los faunos: Peönia se presentó como líder del clan de los Sanadores, Clavelia representó al clan Danzarín, Gibre se ofreció en nombre de los hoscos  Recolectores, Usnea se presentó por los Susurradores y, por último, Édera lo hizo en nombre de los sabios Arbóreos. Las cinco aspirantes se adentraron en lo más profundo de las raíces del Gran Árbol en busca del espíritu. Según contaban las leyendas, éste era un animal esquivo que se dedicaba a observar desde la lejanía. No se dejaba ver, si no que cuando la Dama Esmeralda requería su ayuda, le susurraba desde las sombras. Cada aspirante se asentó en un lugar del majestuoso árbol desde donde poder hacerle una ofrenda típica de su clan: Peönia le preparó uno de sus famosos ungüentos curativos, Clavelia le regaló su mejor ocarina, Gibre una cesta con palo santo, Usnea le contó historias sobre los animales de la jungla y Édera le ofreció lo que sabía que el espíritu ansiaba por encima de todo: su confesión.

En el centro de la jungla,
donde el tiempo apenas pasa,
confieso mi gran secreto
al Gran Árbol que se alza.

Me presento a la gran prueba
soy Édera la que canta,
la más fuerte de las hijas
de la gran Dama Esmeralda,
la que unificó los clanes,
ya hace tiempo de esta hazaña,
porque a faunos no gobierna
pues ahora está exiliada.

Depósito aqui mi ofrenda
desde dentro de mi alma
un secreto inconfesable,
una pérfida artimaña,
para apartar a mi madre
convirtiéndome yo en Dama.
Su ceguera era evidente,
ante unicornios y hadas,
pequé contra mi señora
preparándole una trampa
de cicuta y belladona
que degustaría al alba.
Tomó ella su brebaje
y aquí comenzó la danza
en la que su aguda vista
nunca más vería quién habla,
pues creció una ceguera
por la cual del clan se aparta.

Sólo anhelo que los faunos
gobiernen sobre la razas
que habitan en nuestro Reino:
las ondinas y sus algas
los enanos bajo cuevas
en sus jardines las hadas,
las praderas de unicornios
los efreets creando llamas
y ser siempre para todos
la Gran Fauna que les manda.

Así confieso mis actos
ante vos y ante las plantas
acepta pues este obsequio
confesarlo a mi me sana.
Espero sea suficiente
para iluminar tus ramas
y que así puedas nombrarme
Édera, Dama Esmeralda
y algún día, si me ayudas,
ser la misma Dama Blanca.

Ningún fauno supo jamás qué le ofreció Édera al espíritu faérico, sólo que éste la eligió para suceder a su madre como Dama Esmeralda.

Habían pasado años desde su nombramiento y ahora debían hacer frente a nuevos problemas: varios miembros de su pueblo habían desaparecido, los arbóreos avisaban de nuevos temblores y los susurradores del avistamiento de un sinfín de portales. Por mucho que lo intentase, la Dama Esmeralda no daba con una solución. Desesperada, se adentró de nuevo en las raíces del Gran Árbol en busca de consejo del espíritu. Preguntó, rogó y aguardó durante horas, pero sólo obtuvo el silencio por respuesta. Abatida, salió del árbol. Frente a ella se hallaba Quercus mirando a uno de los arbustos que rodeaba el claro. Las luces del atardecer se filtraban por su gran cresta dotándola de un brillo anaranjado especial. Édera miró fijamente; el espíritu había accedido a su petición: los faunos participarían en el VI Torneo de Calamburia.

185 – EL ECO DE LAS ANTIGUAS BATALLAS II

Personajes que aparecen en este Relato

EL ECO DE ANTIGUAS BATALLAS II

Tras dos lunas se empezó a oír el dulce silbido de la ocarina acompañado por el tintineo de la kalimba: los clanes faunos anunciaban su llegada al llamado de la Dama Esmeralda.  Los Arbóreos, sabios conocedores de las plantas y sus raíces, y el mismo clan al que pertenecía la dama, fueron los primeros en hacer acto de presencia. Sus coloridos ropajes hechos de hojas y cortezas resaltaban en la negrura de la jungla. Tras ellos llegaron los Sanadores, sabios chamanes con habilidades para curar las heridas de las plantas y los animales. Vestían hábitos blancos y verde lima y llevaban una pequeña bolsa donde guardaban las hojas y sabias que utilizaban para sus ungüentos. Los Danzarines fueron los siguientes en aparecer entonando alegres melodías con sus ocarinas. Sus coloridas casacas tejidas de campanillas, clavelinas y crisantemos alegraban el paisaje tanto como sus cánticos. Desde los cielos descendieron decenas de verdiplumas cabalgados por Susurradores, capaces de hablar con los animales. Las finas aves de plumaje verde y rojo y pequeño pico se posaron en el suelo dejando bajar a sus jinetes. De dicho clan, los “Soldados del aire” eran siempre los primeros en llegar, pues apenas debían sortear obstáculos. Los Recolectores fueron los últimos en aparecer. Su carácter tosco y huraño los alejaba del gentío. Ellos sólo cuidaban de los árboles frutales y distribuían los alimentos que recolectaban.

—Queridos faunos —anunció Tyria— agradezco vuestra pronta respuesta. Os he hecho llamar porque un gran peligro acecha nuestro mundo; Pentandra me lo ha mostrado. La Dama Irisada está creando un ejército de engendros con el ánimo de atacar la Aguja de Nácar. Sus creaciones están envenenando el Bosque Mágico y nuestro mundo. ¡Debemos unirnos, luchar contra las hadas y demostrar la valía de nuestra raza!

Los clanes hablaron largo y tendido, organizando su estrategia y formando su nuevo ejército: la Guardia del Bosque.

Tyria llamó a Quercus, uno de sus guerreros más importantes y fieles, quien había sido acogido por ella desde su más tierna infancia y se había convertido en un gran compañero para su hija.

—Quercus, ven, necesito hablar contigo —dijo Tyria con seriedad y con voz cargada de preocupación. 

Quercus se acercó, su lealtad inquebrantable reflejada en sus ojos atentos.

—Estoy aquí, Maestra Tyria. ¿Qué os preocupa? —respondió percibiendo la gravedad del momento.

—La situación es más grave de lo que pensábamos. Las traicioneras hadas han desatado un poder que amenaza el equilibrio de nuestro mundo. Si algo me ocurriera en esta batalla que se avecina… —Tyria hizo una pausa— necesito que te asegures de que mi hija realice el ritual de la Dama Esmeralda. Es imperativo que no le pase nada y que no rechace la tradición.

—Lo haré, Maestra. Protegeré a vuestra hija con mi vida y me aseguraré de que el ritual se cumpla. Vuestra confianza en mí no será en vano— afirmó el fauno.

—Gracias, Quercus. Tu fidelidad y tu valor han sido siempre un pilar para mí. Confío en ti más que en nadie para esta tarea —dijo mientras su ojos se humedecían de gratitud.

—No hay mayor honor para mí que serviros y proteger todo lo que es querido para vos, mi señora Tyria. Nos enfrentamos a tiempos oscuros, pero juntos, y con su espíritu guiándonos, admirada Dama Esmeralda, prevaleceremos —respondió demostrando un compromiso tan firme como las raíces de los antiguos árboles que ambos veneraban.

Doce lunas habían transcurrido y,  en los Jardines Irisados, una nutrida congregación de hadas se había reunido alrededor del Estanque de la Polimorfosis. Entre ellos, soldados, aristócratas y una amplia representación del pueblo aguardaban con palpable ansiedad el día que prometía ser un antes y un después en la crónica de su raza.

Para Melusina, este evento no era solo una exhibición de su autoridad ante los líderes de sus fuerzas armadas y la élite gobernante, sino también la ocasión perfecta para que todos presenciaran el esplendor de su hija Titania, quien estaba destinada a ser su heredera. Titania, desafiando las limitaciones de su avanzada gestación, se erguía sosteniendo a su pequeño hijo Carlín en sus brazos. La pureza y felicidad del pequeño hado de otoño se reflejaban en su sonrisa, mientras que a sus pies, Hábasar, su hijo primogénito, se entretenía absorto en su propio mundo, fascinado por una mariposa que había elegido sus pequeñas alas como descanso.

Llegó el instante decisivo del ataque, y Titania dio la señal para extraer las jaulas del lago. Cuando los soldados las abrieron empezaron a salir al menos una veintena de pequeños seres voladores de cada jaula. Las hadas rompieron en vítores y extrajeron nuevas jaulas al agua. Melusina estaba satisfecha: había creado un mortífero, aunque efímero ejército de peligrosas dracoavispas.

De pronto, aquella mariposa que jugueteaba entre las alas de Hábasar se elevó rápidamente hacia el estanque y el pequeño corrió detrás de ella.

Titania, limitada por su estado de embarazo y con Carlín entre sus brazos, se encontraba incapacitada para intervenir.  Alertada por el peligro, gritó con desesperación.

—¡Hábasar, para! ¡Ven aquí! —su voz resonó con fuerza, cargada de temor por la seguridad de su hijo—¡Madre, ayuda!

Su mirada se cargaba de terror mientras observaba la escena incapaz de actuar. No podía caer en el lago y menos en ese momento.

En un acto reflejo, Melusina paró la orden de ataque y se elevó rápidamente lanzándose en picado hacia el lago, logrando capturar a Hábasar antes de que pudiera alcanzar las aguas peligrosas. A pesar del alivio que sintió al asegurar a su nieto, el esfuerzo le costó caro, sintiendo un agudo dolor en sus alas cuando tocó tierra firme.

Estaban a punto de comenzar el ataque y Melusina, consciente de las miradas de su pueblo y su familia, optó por ocultar su vulnerabilidad de su nueva situación. Sabía que mostrar cualquier signo de debilidad, especialmente una tan definitiva como la pérdida del vuelo, podría minar su autoridad y disminuir su estatus entre las hadas. El peso como Dama Irisada le exigía una compostura impecable.  En la sociedad de las hadas, las alas no eran solo un medio de transporte; sino un símbolo de poder, gracia y libertad. Un hada sin la capacidad de volar se enfrentaba, no solo a limitaciones físicas, sino también a un estigma profundo.

La dama se mantuvo imponente. Su voz, aunque marcada por un temblor imperceptible, daba órdenes claras y concisas, dirigiendo la formación de las dracovispas para el inminente ataque.

—¡Formación al alba! —ordenó con autoridad, con su mirada puesta sobre el ejército de dracovispas que zumbaban listas para el combate. A pesar de su propio tumulto interior, su tono no dejaba lugar a dudas ni a desobediencia.

Mientras su atención se dividía entre la estrategia militar y el esfuerzo por mantener su dolor en secreto, Melusina continuaba supervisando los preparativos finales del ritual en el Estanque de las Polimorfosis. 

—¡A las armas, y que el viento guíe nuestra furia! —exclamó apuntando hacia el horizonte, donde el enemigo aguardaba en una casi imperceptible torre nacarada. 

La determinación en su voz intentaba infundir coraje y furia en sus tropas, mientras en lo profundo, la incertidumbre sobre su futuro como líder sin la capacidad de volar la asaltaba. 

—¡Ahora, ataque total! —gritó, señalando el momento preciso para el asalto. Las dracovispas se lanzaron al aire en una marea de alas y zumbidos, obedeciendo las órdenes de su señora sin cuestionar.

Para los faunos también había llegado el momento, habían pasado largas semanas desde que habían comenzado el entrenamiento y la planificación, y estaban listos para marchar hacia las Praderas Añiles a hacer frente al Ejército Irisado. Como habían supuesto, Melusina avanzó desde el Estanque de la Polimosfosis hacia las azuladas heras a lomos de sus feroces dracovispas. Los unicornios, engañados y sin sospechar la traición, se encontraban desprevenidos frente a la invasión. En su desesperación, corrieron hacia el Casco Añil en busca de auxilio de su señora, aunque eran conscientes de que no estaban listos para responder al ataque.

De pronto, un escuadrón volador de verdiplumas montados por faunos susurradores salió del Bosque Mágico y sobrevoló las líneas enemigas. Los Soldados del Aire atacaron por sorpresa arrojando sus certeras jabalinas sobre las dracovispas. Al ver a algunas de sus compañeras morir ensartadas por el enemigo, los engendros alzaron el vuelo desplegando toda su agresividad. Su velocidad y control en el vuelo las hacían seres capaces de dominar los aires en la batalla, y el veneno de sus múltiples garras y colmillos era una amenaza que no se podía ignorar. El ejército de dracovispas empezó a perseguir al escuadrón de verdiplumas que simularon una huída en desbandada hacia el bosque. Pero una vez entraron en la sagrada frondosidad, un estruendo las aturdió y se detuvieron confundidas. Miles de flautas y tambores empezaron a sonar haciendo vibrar los árboles, desde las raíces hasta la punta de sus hojas. Eran los Danzarines lanzando la señal. Aunque las dracovispas se percataron tarde, se trataba de un ardid diseñado por la propia Tyria. Si los faunos no podían hacer frente a un ejército de engendros como aquel al aire libre ni a campo abierto, usarían el bosque donde los deformes insectos serían vulnerables. La emboscada se ejecutó con una asombrosa precisión que involucró a todos los clanes, por fin unidos en un solo propósito bajo el mando único de su Dama. Los recolectores habían recopilado lianas y enredaderas suficientes para que los sanadores tejieran redes, esto las habían impregnado previamente de esporas capaces de neutralizar incluso el más potente de los venenos. Los arbóreos, apostados en las copas de los gigantescos y antiguos árboles del bosque mágico, arrojaron las redes junto en el momento en que los engendros eran aturdidos por los estruendosos sonidos de los danzarines. Las dracovispas fueron atrapadas y neutralizadas en cuestión de segundos. Sin su veneno y atrapadas bajo las redes, era presa fácil. A ese ardid, le sucedió una nueva señal de los danzarines: un silbido agundo y continuo. Acto seguido, una horda de faunos de todos los clanes, armados con palos, hachas y lanzas, salieron de todos los rincones del bosque para acabar con aquel malvado y aberrante ejército de monstruos. Ninguno de los engendros sobrevivió y Melusina, que viéndose obligada a desplazarse a pié llegó a la batalla cuando ya era demasiado tarde para cambiar el sino de su ejército de engendros, no pudo si no asistir impotente a su derrota a manos de Tyria.

—Sabes que no tienes salida —declaró la Dama Esmeralda a la insurrecta señora de las hadas—. Retírate ahora y retomaremos la paz entre las razas. Pero tendrás que pagar un precio: cede tu título de dama y mantén tu honor intacto. 

Melusina, consciente de su propia debilidad física, aceptó la oferta de retiro al Círculo de las Ancianas Faéricas, pues sabía que no tenía opción. 

Tras la batalla, las hadas volvieron a su reino, claramente derrotadas. El optimismo con el que habían partido se desvaneció, dejando paso al silencio de la derrota. En el centro de Jardines Irisados, ante una multitud expectante, Melusina alzó su voz con majestuosidad, aunque internamente luchaba con una vergüenza que nadie más podía percibir ya que su exterior no mostraba más que la altivez propia de su estatus.

—Hoy, ante vosotros, me presento no solo como vuestra líder, sino como portadora de un nuevo amanecer para nuestro pueblo —comenzó Melusina con la altivez que la caracterizaba—. Hemos alcanzado un acuerdo con los faunos, un pacto sellado no por la derrota, sino por la sabiduría y la previsión. Este acuerdo nos garantiza la paz y la prosperidad futuras, marcando el comienzo de una era de unidad y fuerza renovadas entre nuestras razas.

Aunque, en su interior, el peso de haber sido perdonada por los faunos y la potencial percepción de debilidad la acosaban, Melusina se mantuvo imperturbable.

—Es por ello que hoy anuncio mi decisión de retirarme —continuó con su mirada recorriendo la multitud—. Dejo paso a una nueva generación, encarnada en mi querida hija Titania, quien se someterá a la prueba del espíritu para asumir el rango de Dama Irisada. Confío plenamente en su capacidad para guiar a nuestro pueblo hacia el esplendoroso futuro que merece.

Al concluir su discurso, el rumor comenzó a esparcirse entre los presentes. Algunos murmuraban sobre el perdón de los faunos como una señal de debilidad, mientras que otros especulaban sobre la verdadera razón detrás de la renuncia de Melusina. Susurraban acerca de su incapacidad para volar, ya que había dado el discurso desde la tierra cuando eran legendarios sus parlamentos desde el aire. 

La dama jamás admitiría abiertamente lo que le llevó a tener que renunciar a su cargo; la pérdida de una batalla y una dolorosa artritis que nació del impacto que tuvo en sus alas soportar el peso de un pequeño nieto.

En la actualidad, en el Círculo de Ancianas Faéricas

Siglos habían pasado desde sus antiguas rencillas y siglos habían tardado en comprender qué mantenía vivo al Mundo Faérico.

—Recuerdo cuando creíamos que la fuerza bruta podía decidir el destino de nuestras gentes —dijo Melusina con una sonrisa melancólica—. ¡Cuántas batallas libradas…! Y, al final, aquí estamos, más unidas que nunca.

—Sí, y pensar en todas esas estrategias elaboradas, los enemigos caídos y las victorias efímeras —asintió Tyria riendo suavemente—. Ahora entiendo que en la unión y la sabiduría estaba la verdadera fuerza.

—Y no olvidemos los errores que cometimos y de las decisiones difíciles —intervino Kyara—. A veces me pregunto si realmente fui una buena líder para el Reino Faérico, y si pude haberlo sido por más tiempo de no ser por mi sordera.

—Eso ya no importa, Kyara —dijo Melusina emocionada—. Fuiste la líder que tu pueblo necesitaba. Y ahora, nos enfrentamos a un nuevo desafío. Juntas, como en los viejos tiempos.

—Juntas de nuevo —sonrió Tyria cogiendo con afecto la mano de sus dos compañeras.

Hacía semanas que percibían algo extraño en la magia. Un terrible mal asolaba el corazón de su reino y debían averiguar lo que era. Se levantaron y cogieron los orbes Carmesí —hogar de la esencia efreet—, Turquesa —cuna de las ondinas— y de Acero —fortaleza enana— y empezaron a entonar un precioso cántico y a bailar alrededor del sagrado laurel. El arrullo del agua, el crepitar del fuego y el brillo del acero acompañaron las claras voces de las tres ancianas que se intensificaron con su propio eco, como si se hubiesen adentrado en la más inhóspita cueva. La brisa arrastró varias hojas y, de pronto, una etérea luz iluminó el arbusto. Se oyeron unas campanillas y una pequeña “C” hecha de agua, fuego, acero, luz, tierra y aire apareció ante sus ojos.