185 – EL ECO DE LAS ANTIGUAS BATALLAS II

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EL ECO DE ANTIGUAS BATALLAS II

Tras dos lunas se empezó a oír el dulce silbido de la ocarina acompañado por el tintineo de la kalimba: los clanes faunos anunciaban su llegada al llamado de la Dama Esmeralda.  Los Arbóreos, sabios conocedores de las plantas y sus raíces, y el mismo clan al que pertenecía la dama, fueron los primeros en hacer acto de presencia. Sus coloridos ropajes hechos de hojas y cortezas resaltaban en la negrura de la jungla. Tras ellos llegaron los Sanadores, sabios chamanes con habilidades para curar las heridas de las plantas y los animales. Vestían hábitos blancos y verde lima y llevaban una pequeña bolsa donde guardaban las hojas y sabias que utilizaban para sus ungüentos. Los Danzarines fueron los siguientes en aparecer entonando alegres melodías con sus ocarinas. Sus coloridas casacas tejidas de campanillas, clavelinas y crisantemos alegraban el paisaje tanto como sus cánticos. Desde los cielos descendieron decenas de verdiplumas cabalgados por Susurradores, capaces de hablar con los animales. Las finas aves de plumaje verde y rojo y pequeño pico se posaron en el suelo dejando bajar a sus jinetes. De dicho clan, los “Soldados del aire” eran siempre los primeros en llegar, pues apenas debían sortear obstáculos. Los Recolectores fueron los últimos en aparecer. Su carácter tosco y huraño los alejaba del gentío. Ellos sólo cuidaban de los árboles frutales y distribuían los alimentos que recolectaban.

—Queridos faunos —anunció Tyria— agradezco vuestra pronta respuesta. Os he hecho llamar porque un gran peligro acecha nuestro mundo; Pentandra me lo ha mostrado. La Dama Irisada está creando un ejército de engendros con el ánimo de atacar la Aguja de Nácar. Sus creaciones están envenenando el Bosque Mágico y nuestro mundo. ¡Debemos unirnos, luchar contra las hadas y demostrar la valía de nuestra raza!

Los clanes hablaron largo y tendido, organizando su estrategia y formando su nuevo ejército: la Guardia del Bosque.

Tyria llamó a Quercus, uno de sus guerreros más importantes y fieles, quien había sido acogido por ella desde su más tierna infancia y se había convertido en un gran compañero para su hija.

—Quercus, ven, necesito hablar contigo —dijo Tyria con seriedad y con voz cargada de preocupación. 

Quercus se acercó, su lealtad inquebrantable reflejada en sus ojos atentos.

—Estoy aquí, Maestra Tyria. ¿Qué os preocupa? —respondió percibiendo la gravedad del momento.

—La situación es más grave de lo que pensábamos. Las traicioneras hadas han desatado un poder que amenaza el equilibrio de nuestro mundo. Si algo me ocurriera en esta batalla que se avecina… —Tyria hizo una pausa— necesito que te asegures de que mi hija realice el ritual de la Dama Esmeralda. Es imperativo que no le pase nada y que no rechace la tradición.

—Lo haré, Maestra. Protegeré a vuestra hija con mi vida y me aseguraré de que el ritual se cumpla. Vuestra confianza en mí no será en vano— afirmó el fauno.

—Gracias, Quercus. Tu fidelidad y tu valor han sido siempre un pilar para mí. Confío en ti más que en nadie para esta tarea —dijo mientras su ojos se humedecían de gratitud.

—No hay mayor honor para mí que serviros y proteger todo lo que es querido para vos, mi señora Tyria. Nos enfrentamos a tiempos oscuros, pero juntos, y con su espíritu guiándonos, admirada Dama Esmeralda, prevaleceremos —respondió demostrando un compromiso tan firme como las raíces de los antiguos árboles que ambos veneraban.

Doce lunas habían transcurrido y,  en los Jardines Irisados, una nutrida congregación de hadas se había reunido alrededor del Estanque de la Polimorfosis. Entre ellos, soldados, aristócratas y una amplia representación del pueblo aguardaban con palpable ansiedad el día que prometía ser un antes y un después en la crónica de su raza.

Para Melusina, este evento no era solo una exhibición de su autoridad ante los líderes de sus fuerzas armadas y la élite gobernante, sino también la ocasión perfecta para que todos presenciaran el esplendor de su hija Titania, quien estaba destinada a ser su heredera. Titania, desafiando las limitaciones de su avanzada gestación, se erguía sosteniendo a su pequeño hijo Carlín en sus brazos. La pureza y felicidad del pequeño hado de otoño se reflejaban en su sonrisa, mientras que a sus pies, Hábasar, su hijo primogénito, se entretenía absorto en su propio mundo, fascinado por una mariposa que había elegido sus pequeñas alas como descanso.

Llegó el instante decisivo del ataque, y Titania dio la señal para extraer las jaulas del lago. Cuando los soldados las abrieron empezaron a salir al menos una veintena de pequeños seres voladores de cada jaula. Las hadas rompieron en vítores y extrajeron nuevas jaulas al agua. Melusina estaba satisfecha: había creado un mortífero, aunque efímero ejército de peligrosas dracoavispas.

De pronto, aquella mariposa que jugueteaba entre las alas de Hábasar se elevó rápidamente hacia el estanque y el pequeño corrió detrás de ella.

Titania, limitada por su estado de embarazo y con Carlín entre sus brazos, se encontraba incapacitada para intervenir.  Alertada por el peligro, gritó con desesperación.

—¡Hábasar, para! ¡Ven aquí! —su voz resonó con fuerza, cargada de temor por la seguridad de su hijo—¡Madre, ayuda!

Su mirada se cargaba de terror mientras observaba la escena incapaz de actuar. No podía caer en el lago y menos en ese momento.

En un acto reflejo, Melusina paró la orden de ataque y se elevó rápidamente lanzándose en picado hacia el lago, logrando capturar a Hábasar antes de que pudiera alcanzar las aguas peligrosas. A pesar del alivio que sintió al asegurar a su nieto, el esfuerzo le costó caro, sintiendo un agudo dolor en sus alas cuando tocó tierra firme.

Estaban a punto de comenzar el ataque y Melusina, consciente de las miradas de su pueblo y su familia, optó por ocultar su vulnerabilidad de su nueva situación. Sabía que mostrar cualquier signo de debilidad, especialmente una tan definitiva como la pérdida del vuelo, podría minar su autoridad y disminuir su estatus entre las hadas. El peso como Dama Irisada le exigía una compostura impecable.  En la sociedad de las hadas, las alas no eran solo un medio de transporte; sino un símbolo de poder, gracia y libertad. Un hada sin la capacidad de volar se enfrentaba, no solo a limitaciones físicas, sino también a un estigma profundo.

La dama se mantuvo imponente. Su voz, aunque marcada por un temblor imperceptible, daba órdenes claras y concisas, dirigiendo la formación de las dracovispas para el inminente ataque.

—¡Formación al alba! —ordenó con autoridad, con su mirada puesta sobre el ejército de dracovispas que zumbaban listas para el combate. A pesar de su propio tumulto interior, su tono no dejaba lugar a dudas ni a desobediencia.

Mientras su atención se dividía entre la estrategia militar y el esfuerzo por mantener su dolor en secreto, Melusina continuaba supervisando los preparativos finales del ritual en el Estanque de las Polimorfosis. 

—¡A las armas, y que el viento guíe nuestra furia! —exclamó apuntando hacia el horizonte, donde el enemigo aguardaba en una casi imperceptible torre nacarada. 

La determinación en su voz intentaba infundir coraje y furia en sus tropas, mientras en lo profundo, la incertidumbre sobre su futuro como líder sin la capacidad de volar la asaltaba. 

—¡Ahora, ataque total! —gritó, señalando el momento preciso para el asalto. Las dracovispas se lanzaron al aire en una marea de alas y zumbidos, obedeciendo las órdenes de su señora sin cuestionar.

Para los faunos también había llegado el momento, habían pasado largas semanas desde que habían comenzado el entrenamiento y la planificación, y estaban listos para marchar hacia las Praderas Añiles a hacer frente al Ejército Irisado. Como habían supuesto, Melusina avanzó desde el Estanque de la Polimosfosis hacia las azuladas heras a lomos de sus feroces dracovispas. Los unicornios, engañados y sin sospechar la traición, se encontraban desprevenidos frente a la invasión. En su desesperación, corrieron hacia el Casco Añil en busca de auxilio de su señora, aunque eran conscientes de que no estaban listos para responder al ataque.

De pronto, un escuadrón volador de verdiplumas montados por faunos susurradores salió del Bosque Mágico y sobrevoló las líneas enemigas. Los Soldados del Aire atacaron por sorpresa arrojando sus certeras jabalinas sobre las dracovispas. Al ver a algunas de sus compañeras morir ensartadas por el enemigo, los engendros alzaron el vuelo desplegando toda su agresividad. Su velocidad y control en el vuelo las hacían seres capaces de dominar los aires en la batalla, y el veneno de sus múltiples garras y colmillos era una amenaza que no se podía ignorar. El ejército de dracovispas empezó a perseguir al escuadrón de verdiplumas que simularon una huída en desbandada hacia el bosque. Pero una vez entraron en la sagrada frondosidad, un estruendo las aturdió y se detuvieron confundidas. Miles de flautas y tambores empezaron a sonar haciendo vibrar los árboles, desde las raíces hasta la punta de sus hojas. Eran los Danzarines lanzando la señal. Aunque las dracovispas se percataron tarde, se trataba de un ardid diseñado por la propia Tyria. Si los faunos no podían hacer frente a un ejército de engendros como aquel al aire libre ni a campo abierto, usarían el bosque donde los deformes insectos serían vulnerables. La emboscada se ejecutó con una asombrosa precisión que involucró a todos los clanes, por fin unidos en un solo propósito bajo el mando único de su Dama. Los recolectores habían recopilado lianas y enredaderas suficientes para que los sanadores tejieran redes, esto las habían impregnado previamente de esporas capaces de neutralizar incluso el más potente de los venenos. Los arbóreos, apostados en las copas de los gigantescos y antiguos árboles del bosque mágico, arrojaron las redes junto en el momento en que los engendros eran aturdidos por los estruendosos sonidos de los danzarines. Las dracovispas fueron atrapadas y neutralizadas en cuestión de segundos. Sin su veneno y atrapadas bajo las redes, era presa fácil. A ese ardid, le sucedió una nueva señal de los danzarines: un silbido agundo y continuo. Acto seguido, una horda de faunos de todos los clanes, armados con palos, hachas y lanzas, salieron de todos los rincones del bosque para acabar con aquel malvado y aberrante ejército de monstruos. Ninguno de los engendros sobrevivió y Melusina, que viéndose obligada a desplazarse a pié llegó a la batalla cuando ya era demasiado tarde para cambiar el sino de su ejército de engendros, no pudo si no asistir impotente a su derrota a manos de Tyria.

—Sabes que no tienes salida —declaró la Dama Esmeralda a la insurrecta señora de las hadas—. Retírate ahora y retomaremos la paz entre las razas. Pero tendrás que pagar un precio: cede tu título de dama y mantén tu honor intacto. 

Melusina, consciente de su propia debilidad física, aceptó la oferta de retiro al Círculo de las Ancianas Faéricas, pues sabía que no tenía opción. 

Tras la batalla, las hadas volvieron a su reino, claramente derrotadas. El optimismo con el que habían partido se desvaneció, dejando paso al silencio de la derrota. En el centro de Jardines Irisados, ante una multitud expectante, Melusina alzó su voz con majestuosidad, aunque internamente luchaba con una vergüenza que nadie más podía percibir ya que su exterior no mostraba más que la altivez propia de su estatus.

—Hoy, ante vosotros, me presento no solo como vuestra líder, sino como portadora de un nuevo amanecer para nuestro pueblo —comenzó Melusina con la altivez que la caracterizaba—. Hemos alcanzado un acuerdo con los faunos, un pacto sellado no por la derrota, sino por la sabiduría y la previsión. Este acuerdo nos garantiza la paz y la prosperidad futuras, marcando el comienzo de una era de unidad y fuerza renovadas entre nuestras razas.

Aunque, en su interior, el peso de haber sido perdonada por los faunos y la potencial percepción de debilidad la acosaban, Melusina se mantuvo imperturbable.

—Es por ello que hoy anuncio mi decisión de retirarme —continuó con su mirada recorriendo la multitud—. Dejo paso a una nueva generación, encarnada en mi querida hija Titania, quien se someterá a la prueba del espíritu para asumir el rango de Dama Irisada. Confío plenamente en su capacidad para guiar a nuestro pueblo hacia el esplendoroso futuro que merece.

Al concluir su discurso, el rumor comenzó a esparcirse entre los presentes. Algunos murmuraban sobre el perdón de los faunos como una señal de debilidad, mientras que otros especulaban sobre la verdadera razón detrás de la renuncia de Melusina. Susurraban acerca de su incapacidad para volar, ya que había dado el discurso desde la tierra cuando eran legendarios sus parlamentos desde el aire. 

La dama jamás admitiría abiertamente lo que le llevó a tener que renunciar a su cargo; la pérdida de una batalla y una dolorosa artritis que nació del impacto que tuvo en sus alas soportar el peso de un pequeño nieto.

En la actualidad, en el Círculo de Ancianas Faéricas

Siglos habían pasado desde sus antiguas rencillas y siglos habían tardado en comprender qué mantenía vivo al Mundo Faérico.

—Recuerdo cuando creíamos que la fuerza bruta podía decidir el destino de nuestras gentes —dijo Melusina con una sonrisa melancólica—. ¡Cuántas batallas libradas…! Y, al final, aquí estamos, más unidas que nunca.

—Sí, y pensar en todas esas estrategias elaboradas, los enemigos caídos y las victorias efímeras —asintió Tyria riendo suavemente—. Ahora entiendo que en la unión y la sabiduría estaba la verdadera fuerza.

—Y no olvidemos los errores que cometimos y de las decisiones difíciles —intervino Kyara—. A veces me pregunto si realmente fui una buena líder para el Reino Faérico, y si pude haberlo sido por más tiempo de no ser por mi sordera.

—Eso ya no importa, Kyara —dijo Melusina emocionada—. Fuiste la líder que tu pueblo necesitaba. Y ahora, nos enfrentamos a un nuevo desafío. Juntas, como en los viejos tiempos.

—Juntas de nuevo —sonrió Tyria cogiendo con afecto la mano de sus dos compañeras.

Hacía semanas que percibían algo extraño en la magia. Un terrible mal asolaba el corazón de su reino y debían averiguar lo que era. Se levantaron y cogieron los orbes Carmesí —hogar de la esencia efreet—, Turquesa —cuna de las ondinas— y de Acero —fortaleza enana— y empezaron a entonar un precioso cántico y a bailar alrededor del sagrado laurel. El arrullo del agua, el crepitar del fuego y el brillo del acero acompañaron las claras voces de las tres ancianas que se intensificaron con su propio eco, como si se hubiesen adentrado en la más inhóspita cueva. La brisa arrastró varias hojas y, de pronto, una etérea luz iluminó el arbusto. Se oyeron unas campanillas y una pequeña “C” hecha de agua, fuego, acero, luz, tierra y aire apareció ante sus ojos.


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