187 – AGÁRRAME ESOS TOPOS

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AGÁRRAME ESOS TOPOS

Sentados en el suelo, los dos hermanos enanos, escuchaban cabizbajos y contritos el constante flujo de improperios que brotaban de la boca de su madre. Elga, la mismísima Dama de Acero, agitaba las manos incrédula ante la historia que sus dos hijos le contaban para justificar la rotura de su taburete favorito, el que utilizaba para aceitar sus armas y mantenerlas en perfecto estado.

Dagaz e Isaz, que así se llamaban, le habían contado a su madre una historia de lo más inverosímil cuando, tras regresar de su misión diplomática, había hallado su querido taburete en un estado lamentable. La base de una de sus cuatro patas estaba astillada lo que, para Elga, le hacía perder su perfecta estabilidad. 

Harta de escuchar inventivas historias de fantasía, se enfureció tanto que agarró a sus dos hijos por las orejas y los arrastró frente al yunque principal de la Forja Arcana, ante el cual, ningún enano debía mentir jamás.

Isaz miraba a su madre en silencio, con cierta expresión de rabia, aunque sin atreverse a levantar ni un milímetro su barba, mientras Dagaz, el más inteligente de los dos, intentaba convencer a su madre de que la historia era mucho más que cierta pues, ciertamente, era exactamente la más pura de las verdades, más pura que la pura magia que alimentaba las imperecederas llamas de la Forja Arcana.

Veinte cuernos antes…

El sonido del cuerno recorría el hogar de los enanos censurando todos los demás ruidos: las incesante goteo de las estalactitas, los pequeños lagartos de magma correteando por las paredes con sus afiladas garritas, los ronquidos de los enanos, el sonido de la gravilla bajo los pesados cuerpos de las culebras de piedra… El grave bramido del cuerno, bien conocido por todos los miembros del antiguo pueblo subterráneo, marcaba el cambio de día, y hacerlo sonar era una de las labores más importantes de los miembros del clan, pues sin ese sonido, la gestión del tiempo sería imposible para el enano medio, alejado del cielo, el sol y las estrellas.

Aquella mañana, Isaz y Dagaz ya hacía horas que se encontraban absortos en sus respectivas labores, que al mismo tiempo eran sus principales pasiones. Dagaz, herrero mayor de la Forja Arcana y heredero al título de Señor de los Túneles, practicaba el grabado de runas, un arte milenario y casi místico conocido solo por una pequeña y selecta parte de su pueblo. El grabado rúnico era lo que diferenciaba a los herreros enanos de cualquier otro tipo de forjadores de cualquier reino, pues al grabar runas en los objetos, estos adquirían habilidades mágicas de lo más poderosas y variopintas. A Dagaz siempre le llamó la atención este arte, lo cultivaba e investigaba llegando a descubrir nuevas runas con efectos nunca antes vistos. Su máxima aspiración, era crear un día la que él pretendía bautizar como la Runa Titánica: una marca capaz de otorgar el poder del titán al arma que grabara con ella.

Por otra parte, su hermano menor se había decantado por el lado más físico de la forja, aunque no por ello menos importante. Isaz se había entregado en cuerpo y alma al forjado de armas, escudos y armaduras. Meticuloso y detallista, había perfeccionado las técnicas del clan, recuperando antiguos métodos de forjado y temple e incluso creando los suyos propios los cuales, en ocasiones, sorprendían a su mismísima madre, aunque ella nunca lo admitiera.

Cuando los últimos ecos del cuerno cesaron, el sonido de otro cuerno empezó a recorrer los túneles en respuesta, era el anuncio de que la figura más importante entre los enanos en ausencia de Elga, acudía raudo a la llamada. No era otro que su primo, marido y padre de sus hijos, Otalan, Señor de los Túneles. 

Como cada día, Otalan se levantó con el sonido del cuerno, ni un momento antes ni un momento después. En las ocasiones en la que su mente lo despertaba antes del sonido, permanecía en su lecho, inmóvil, con la mirada fija en la roca sobre él, hasta que el cuerno sonaba, y entonces se levantaba. Era un hombre de costumbres.

Descendiente del clan de los tuneladores y experto en la excavación y explotación sostenible del subsuelo, Otalan se había ganado desde joven el respeto entre su tribu. Nadie más habría sido capaz de llevar a cabo con tanta precisión la ardua tarea que supuso excavar los túneles exactamente como Theodus, el primer archimago, había dibujado, pues aquel endiablado diseño dejaba al más complicado de los laberintos a la altura de la escoria. La excavación de dichas galerías abrió una vía de escape de la magia que se estaba concentrando en exceso en el Reino Faérico, afectando a su equilibrio. Se ahí que fuera una tarea tan importante ya que suponía salvar al reino faérico de su segura destrucción. El proceso era conocido vulgarmente como “ventilación mágica” y, además de alimentar la propia llama de la Forja Arcana, era tan imprescindible como delicado.

Sin embargo ese día no era un día más. Mientras el Señor de los Túneles llevaba a cabo su limpieza matutina a base de gravilla notó que aquel cuerno sonaba con una nota ligeramente más aguda a la que solía escuchar, a la que llevaba millares de días escuchando. Enseguida se dio cuenta del porqué: aquel día, corría una refrescante brisa en el reino subterráneo.

Alarmado corrió en busca de sus arquitectos tuneladores e hizo llamar a sus hijos para investigar de manera inmediata y exhaustiva la procedencia de aquel inesperado viento. Decenas de enanos se dedicaron a recorrer los túneles en busca de alguna posible fuga, Hacía tan solo unos meses se les había ordenado sellar los túneles para controlar el flujo de magia que transcurría entre el Reino Faérico y Calamburia, labor que Otalan, Señor de los Túneles, se tomó tan en serio como su limpieza matutina a base de gravilla. Lo que más preocupaba al Señor de los Túneles no era el flujo de la magia, tampoco que alguien hubiese manipulado sus túneles o que sus túneles estuviesen sellados erróneamente. Todos ellos eran supuestos horribles, pero lo que más temía Otalan era la ira de su prima, mujer y madre de sus hijos, Elga, la Dama de Acero.

El sellado de los túneles se realizó de manera minuciosa mediante la demolición controlada de los codos y encrucijadas que permiten el paso del flujo de la magia entre ambos mundos. Para garantizar la correcta reparación de los canales mágicos, Otalan y sus dos hijos se encargaron personalmente de esta tarea. Dagaz y su padre señalaban los puntos concretos en los que se debían realizar las demoliciones, e Isaz golpeaba la roca en dichos puntos para derruir los muros con gran precisión y control de la fuerza. 

Tras tres cuernos e incontables kilómetros recorridos, finalmente Dagaz halló una grieta, una minúscula y casi imperceptible a ojos inexpertos, pero no ante la avezada mirada de un enano con sangre del antiguo clan de los tuneladores. Alrededor de la pequeña grieta, había unas marcas lineales, fundidas entre los pliegues de la roca pero claramente visibles. Dagaz no reconoció dichas señales pues la última vez que las vio era apenas un tierno retoño, pequeño y barbudo, pero su padre reflejó en su rostro una indudable preocupación, y no era para menos. Se encontraban ante el signo de algo que llevaba siglos exiliado de aquellos túneles. Topos.

Uno puede pensar que un topo, o incluso una colonia entera de topos, no es nada para toda la tribu enana experta en trabajar el subsuelo. Sin embargo, Otalan sabía que estos topos no eran topos corrientes que uno encontrara en su jardín. Aquellos estos topos eran Topos Arcanos, topos que llevan milenios habitando la tierra entre ambos mundos, topos que se nutrían de la tierra rica en magia pura hasta el punto de haber evolucionado fusionándose con el poder arcano y siendo este parte de ellos.

Durante decenas de cuernos, Otalan se dedicó a recorrer él mismo los túneles en busca de más grietas o marcas de topos. De vez en cuando escuchaba, o creía escuchar, arañazos en las paredes de los túneles y ese ligero pero inconfundible ruido que hacen los topos con sus naricillas mientras buscan resquicios de magia. Aunque sus hijos, al principio, parecieron no darle importancia al asunto, creyendo que su padre exageraba y seguramente se trataría de topos comunes e inofensivos, pronto empezaron a preocuparse al ver el comportamiento del Señor de los Túneles.

Otalan era un hombre orgulloso y siempre evitaba pedir ayuda. Se solía vanagloriar de ser capaz de manejar cualquier situación que sucediera en sus túneles. Sus hijos, sin embargo,  que aún eran jóvenes, pues apenas contaban unos pocos cientos de años, creyeron que lo mejor sería solicitar apoyo.

Al principio, Isaz y Dagaz pensaron en su madre, pero lo descartaron casi inmediatamente pues sabían bien que Elga no aparecería para socorrerles ya que los asuntos de gobierno eran para ella mucho más importantes que la forja, los túneles o incluso ellos mismos. Los asuntos de alta política la mantenían alejada de casa a menudo durante cientos de cuernos Por ello, y a pesar de la negativa de su padre, decidieron atravesar los túneles hacia Calamburia y solicitar el socorro de la Torre Arcana. Los dos enanos viajaron, a través de las galerías, en busca del mismísimo Archimago.

Kórux tampoco pareció darle demasiada importancia a esa supuesta y no comprobada presencia de “topos arcanos”, de los que nunca había escuchado hablar. Sin embargo, para contentar a los herederos de los túneles, a los que necesitaba para que la magia siguiera fluyendo entre los dos reinos, decidió actuar. Envió en su ayuda a uno de sus más diligentes y hábiles alumnos, Grahim el impromago, el cual permaneció varios cuernos en los túneles colaborando con los hermanos en la búsqueda, realizando magia de desvelamiento y de rastreo para intentar localizar, sin éxito, alguno de esos topos. Otalan, por su parte, empezó a emplear sus propias técnicas para hacer salir a las criaturas de sus escondrijos, colocando rocas y gemas cargadas de magia a modo de cebo, aunque tampoco obtuvo resultados.

Finalmente, Isaz, Dagaz y Grahim terminaron por convencerse de que se trataba solo de un hecho fortuito que su padre había exagerado y que las sospechosas marcas bien podrían haber sido realizadas por otro pequeño animal o por algún desprendimiento fortuito. Dando por concluida la búsqueda, los hermanos decidieron acompañar a Grahim de vuelta a la superficie.

Dagaz abría la marcha e Isaz la cerraba, mientras el mago caminaba entre ambos con la punta de su varita encendida. Él, a diferencia de los enanos, necesitaba una fuente de luz suficiente para guiarse en el camino y no tropezar. Todo parecía normal en su camino de retorno por las amplias galerías del Señor de los Túneles. No había rastro de la corriente detectada cuernos atrás pero, al pasar por una encrucijada, Isaz notó un movimiento tras ellos. Se giró y allí estaba, tan grande como el mismísimo túnel, con un pelo duro como el de su cepillo de barba, la nariz más grande que habían visto en su vida y unas garras puntiagudas como picos. Era un inmenso topo arcano.

Los tres se quedaron totalmente inmóviles mientras el topo olisqueaba a escasos metros, el animal se acercaba lentamente, tanteando, sabiendo que tenía algo delante de él pero sin terminar de reconocer el qué, como si tuviera que recordarlo. Enseguida se percataron de que el topo era ciego, pero no por ello menos peligroso. Empezaron a retroceder despacio desandando el camino con el topo siguiéndoles de cerca, siempre olisqueando el aire. Al llegar a una de las encrucijadas empezaron a percibir los mismos sonidos que emitía el topo multiplicados, venían de todas partes e iban haciéndose cada vez más audibles, más cercanos.

—¿Qué hacemos, enanos? —preguntó el mago mientras tragaba saliva, varita en mano.

—Calma, sin movimientos bruscos, puede que podamos colarnos entre ellos y llegar a la forja para avisar al resto y expulsarlos entre todos —susurró Dagaz.

—Si esto es lo que tiene tan preocupado a padre, habrá que acabar con ello, son grandes pero tampoco parecen nada del otro mundo —dijo Isaz enarbolando el martillo.

—No, hermano, he leído sobre ellos en los manuales de tunelación de padre —respondió el hermano mayor con cautela—, son muy rápidos y fuertes, sus arañazos absorben la energía vital y te vuelven más débil, y la fuerza de sus mandíbulas es incluso capaz de romper el granito. Un topo arcano es una amenaza que hay que tomarse en serio.

—No has dicho que sus cráneos aguanten mis martillazos —apuntó Isaz mirando con cariño su pesado martillo.

Isaz, gritando en un estallido de ira enana, se abalanzó sobre uno de los gigantes roedores, asestándole un contumartillazo tal que hizo vibrar las paredes de la galería y habría aplastado el cráneo de cualquier mortal convirtiéndolo en puré de sesos. El topo retrocedió, pero no pareció haber sufrido daño alguno, como si algo lo hubiese protegido. Lanzó un chillido y de pronto todos los topos saltaron sobre los tres incautos, con garras y dientes por delante.

Los tres miembros de la compañía se defendían haciendo uso de toda su habilidad: Isaz rechazando golpes con su martillo, Dagaz desviando mordiscos y zarpazos con sus hachas y Grahim lanzando hechizos de bloqueo y repulsión para evitar ser devorado por tan violentas criaturas. La batalla se sucedía y los topos atacaban con ferocidad, obligando a los enanos y al mago a retroceder poco a poco. Tras varias arremetidas, se vieron ocupando una serie de galerías que hacía tiempo que estaban en desuso. De pronto Dagaz, recordando los diseños, se dio cuenta de que habían entrado en un túnel sin salida. Trataron de resistir, pues estaban atrapados y era la única opción que les quedaba.

Tras un tiempo que se les hizo eterno, parecía que las subterráneas bestias no se quedaban sin energías, sino que parecían acrecentar su poder absorbiendo su energía vital con cada zarpazo. Por su parte, la compañia cada vez se encontraba más cerca del límite de sus fuerzas, tanto físicas como mentales. Por más que lo intentaban, no hallaban el modo de dañar a esos seres cuya piel había sido endurecida por la magia arcana. La situación era crítica, uno de los topos se peleaba con Isaz por el martillo como un perro tirando de una cuerda, otro rasgaba el escudo mágico de Grahim, y parecía hacerse aún más grande al contacto con su magia, y un tercero tenía sus garras casi sobre la cara de Dagaz, cuando oyeron un derrumbe bajo ellos.

Algunos topos cayeron al vacío y, tras el estruendo del derrumbe, por un instante todo quedó en silencio. La compañía se asomó al agujero y contempló al mismísimo Otalan luchando con sus manos desnudas contra las criaturas. Les gritó en pocas palabras la estrategia ancestral y definitiva que le permitía herir y derrotar a los topos:

—¡A la tripa!

Los hermanos y el mago aprovecharon el agujero para correr, atrayendo a los topos, hacia una cavidad lo bastante grande. Los dos enanos, llenos de valor, decisión, el consejo de Otalan, el entrenamiento de batalla de sus padres y la locura que te genera ser asediado durante horas por unos topos mágicos gigantes, supieron exactamente lo que tenían que hacer con una mirada.

—Mago, ¿puedes parar en seco a un topo? —preguntó Isaz.

—Solo durante un instante —explicó Grahim cuya magia, tras hacer efecto, acababa siendo absorbida por aquellos glotones seres.

—¡Suficiente! —sentenció Dagaz.

—¡Formación raja y arrea! —añadió su hermano pequeño.

Los dos hermanos se colocaron delante del mago en una formación estudiada y claramente entrenada: Isaz al frente, agachado, y Dagaz justo detrás de él, casi encima, con los brazos abiertos y elevados en perfecto ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al suelo, ambos gruñendo al unísono como un dragón enfurecido. Un topo salió del túnel, rabioso, salivando, directo hacia ellos.

—¡Ahora! —gritó Dagaz al impromago.

Grahim lanzó un hechizo de parálisis, pero como había predicho los topos arcanos tras unos instantes eran capaces de absorber su magia, por lo que el efecto duró apenas un momento, tiempo necesario para que Isaz lo golpeara de abajo a arriba con un gancho de su martillo, dejando a la vista su vientre.

En ese momento, Dagaz realizó dos rápidos, precisos y profundos cortes en forma de cruz en el estómago del animal con sus hachas, haciéndole chillar. Antes de que el topo pudiese reaccionar, Isaz volvió a la carga con un martillazo en plena intersección de los cortes, lanzando al topo contra la pared de la cavidad, reventando sus entrañas con el golpe. El inmenso animal cayó al suelo y quedó inmóvil, inerte.

Los topos se sucedían y la estrategia funcionaba, en algún momento de la algarabía su padre se había unido a la batalla, volteando a los topos y hundiendo su puño en sus tripas para derrotarlos. Él se valía solo.

Coincidiendo con el segundo sonido del cuerno desde que la batalla comenzó, las abyectas bestias se batieron en retirada, chillando, asustados ante tal despliegue de fuerza y estrategia combinadas. Los pocos supervivientes huyeron a toda prisa por los túneles hacia el exilio del que no debieron haber regresado jamás.

—Kórux me había dicho que los enanos eran feroces, pero no me imaginaba que tuvieseis tanta fuerza —admitió impresionado el impromago.

—Has luchado bien, Grahim, mereces un descanso y una jarra de la mejor cerveza enana— dijo Otalan, admirando la entereza del mago.

—Al principio casi se mea encima, pero al final ha cumplido —soltó Isaz entre risas dando un fuerte manotazo amistoso en el hombro al mago cuya varita casi cae al suelo.

—Padre, tenías que ver cómo lanzaba los hechizos justo en el momento preciso, sabe sacarle partido a las varitas que les hacemos —comentó Dagaz, estudiando con detenimiento la varita del mago—. Una pregunta, padre. ¿Cómo descubristeis que los topos arcanos eran débiles en el vientre? 

—Porque tu madre me tiró uno encima cuando éramos niños. Me dijo que era una prueba, que si no podía con él, no era lo bastante enano para casarme con ella. ¡Aquella bestia casi me come! —rió Otalan.

—¡Típico de mamá! —respondieron sonrientes casi al unísono los dos hermanos.

Exhaustos, arrastrando los pies, los cuatro guerreros volvieron a la Forja Arcana, con la intención de recuperar fuerzas y elaborar un plan para localizar y cerrar las entradas de los topos.

—Sin duda, debo informar a Kórux de que la existencia de estos seres, los topos arcanos, es real y no solo mitos olvidados en tomos antiguos. Señor Otalan, ¿habéis dicho que su tamaño se debe a la absorción de la magia presente en la tierra?

—Sí, cuando los combatía en mi juventud no eran más grandes que un perro de caza, pero claro, siglos después, han tenido tiempo para hincharse a gusto —explicó el señor de los túneles.

—¿Siglos? ¿Cuánto vive un enano? —preguntó el mago intrigado—. Creía que vivíais tanto como cualquier mortal.

—Madre dice que le hizo la varita a un tal Theodus, y creo que eso fue hace unos…trescientos… seiscientos… mil doscientos… —comenzó a contar Isaz valiéndose de sus dedos..

—Calla Isaz, sabes que a madre no le gusta que hablemos de su edad —le calló Dagaz con prudencia.

—Pero eso no puede ser… —murmuró incrédulo el mago.

—¡Callaos hijos! No habléis más de la cuenta —dijo Otalan, lanzando una inquisidora mirada a sus hijos—. No les hagas caso, les gusta gastar chanzas a los extranjeros.

En lo que el mago se desprendía de su capa hecha jirones, Otalan cogió a sus dos vástagos para recordarles una importante norma enana.

—Recordad que las demás tribus y razas no saben que mientras estamos expuestos a los flujos de magia somos prácticamente eternos, desvelar nuestro secreto podría tener graves consecuencias, como la ira de vuestra madre, por ejemplo —les susurró mientras les agarraba de las orejas.

—Bien, bueno, si no les importa me sentaré un rato a descansar —anunció Grahim— y escribiré un informe sobre lo sucedido para el archimago.

En ese momento, el impromago cogió el tan preciado taburete de Elga, la Dama de Acero, y lo colocó sobre una parte del suelo irregular frente a una mesa, haciéndolo deslizar sobre la roca, astillando una de sus patas. Tanto los hermanos como el Señor de los Túneles saltaron intentando evitar la tragedia, pero fue inevitable.

En la actualidad…

—¡NO ME PUEDO CREER QUE OS ESTÉIS INVENTANDO QUE LOS TOPOS ARCANOS HAN VUELTO SOLO PARA ECHARLE LA CULPA DE ESTO A UN MAGO QUE SOLO HA VENIDO DE VISITA! ¡TENDRÉIS POCA VERGÜENZA! ¡YO NO HE CRIADO A UNOS HIJOS MENTIROSOS! —la poderosa voz de Elga retumbaba casi tanto como el sonido del cuerno.

—Pero madre, sí han vuelto. Si hubieses estado los habrías visto, pero como nunca estás… —dijo Isaz con cierta tristeza en la voz.

—Y el mentecato de vuestro padre, ¿dónde está?

 —Padre está ahora solucionándolo —apuntó el mayor.

Dagaz era el más inteligente de los dos hermanos, pero no podía hacer sombra a Otalan, que seguro que se habría puesto el primero en la lista de los elegidos para la expedición de búsqueda y cierre de agujeros de topos arcanos. Ambos le conocían bien y sabían que prefería cien veces enfrentarse a esas bestias antes que a la ira de su mujer.

—¡SILENCIO DAGAZ! Lo que está sucediendo en el reino faérico ahora mismo es mucho más importante que unos topillos no más grandes que un perro de caza, y a saber si es cierto que han vuelto, todavía no me lo término de creer. Seguro que tu padre solo ha ido a por más cerveza. ¡Si le conoceré yo!

La dama de acero se marchó dando un portazo, dejando un aire de tensión que casi se podía cortar con un cuchillo. Elga no era mujer de medias tintas, y su partida era tan dramática como su permanencia.

Justo en ese momento, Otalan entró en la sala  por la otra puerta con aire triunfal.

—¡He arreglado el taburete!— anunció orgulloso de sí mismo mientras colocaba el objeto en el centro de la estancia con un gesto teatral.

Isaz y Dagaz, aún sobrecogidos por la partida de su madre y las recientes acusaciones, miraron a su padre y luego al taburete. Fue entonces cuando ocurrió algo extraordinario. El asiento favorito de Elga emitió un breve destello y, en la parte que Otalan había arreglado, apareció una enigmática letra “c”.

Dagaz, siempre el más perspicaz de los dos, se acercó para inspeccionar la marca.

—¿Qué significa esto?— preguntó con curiosidad.

Otalan sonrió con un brillo en los ojos. Revivía en él el ansia de gloria de sus tiempos de mocedad.

—Que estamos invitados a participar en el VI Torneo del Titán en el Reino de Calamburia —expuso agarrando con cada brazo el pescuezo de uno de sus hijos—. Parece que esta vez, el destino ha decidido que los tres tengamos una oportunidad de demostrar nuestro valor más allá de las fronteras de nuestro propio reino.

Los hermanos intercambiaron miradas, sabiendo que más allá de las criaturas arcanas y las disputas familiares, se avecinaban nuevas aventuras que jamás habrían imaginado.

—Pero de esto —añadió el señor de los túneles levantando el dedo índice para dar énfasis a su advertencia—, ni una palabra a vuestra madre, ¿entendido?


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