188 – DEFENDIENDO LA LEY DRUÍDICA

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DEFENDIENDO LA LEY DRUÍDICA

El majestuoso lobo cruzó la entrada de la Sala Añil, donde Kárida, la Dama Añil, aguardaba en su trono de cristal cerúleo. Habían transcurrido muchos años desde su último encuentro, aquella vez en que le otorgó el título de dama. La figura de la unicornio conservaba su esplendor de antaño, su pelaje brillaba con un matiz celeste bajo la luz clara del salón. No obstante, en sus ojos yacía un velo de nostalgia y furia, testimonio de los desafíos enfrentados y las batallas internas libradas. ¿Qué le habría ocurrido a la jovial e ilusionada potrilla que había acudido a su cueva tiempo atrás?

—Mi señora —anunció el lobo mientras adquiria su corporalidad humanoide. Su voz resonaba en los altos arcos de la sala—, os traigo buenas nuevas. El Titán ha tenido a bien otorgaros a vos y a vuestro consorte una invitación para participar en el VI Torneo de Calamburia.

—¡Qué gran noticia, querida! —exclamó Karkaddan, el indiscreto marido de la dama, con un entusiasmo poco sutil.

—Sin duda es un honor —respondió Kárida, cortando a su compañero con una voz llena de soberbia. Aunque reconocía el gesto como un premio de consolación por no haber sido escogida Dama Blanca, la invitación no era algo que pudiera rechazar fácilmente. Observando a su alrededor, vio el rostro emocionado de su marido y la expresión expectante de Morrok, espiritu lupino. Sin embargo, en su propio corazón, la emoción era un eco distante, una melodía olvidada.

Un susurro de viento atravesó la sala, llevando consigo el aroma de las flores silvestres del Bosque Mágico, aquel lugar que se vislumbraba en el horizonte donde pasó incontables días de su juventud. El olor la transportó a un tiempo en que la vida era más simple, donde su único cuidado era correr a través de las praderas al lado del fauno más travieso y alegre que había conocido: Yrret. Recordó cómo solían jugar entre las hayas y los fresnos, riendo bajo la sombra danzante de las hojas, bailando acompañados de las melodiosas notas que entonaba su flauta de pan y, sobre todo, soñando con un futuro en el que ambos podrían cambiar el mundo juntos.

Cerró los ojos por un instante, permitiendo que la imagen del fauno, con sus ojos chispeantes y su sonrisa contagiosa, la invadiera por completo. Era un recuerdo que traía consigo tanto alegría como dolor.

Desde su más tierna infancia, Kárida había sido criada por su tía Kora en el sereno Casco Añil, lejos del entramado político de la Corte de Nácar. Kora, ferviente admiradora del vasto mundo faérico y sus encantadoras criaturas, anhelaba que su sobrina heredase su pasión y, algún día, asumiera el poder con el Báculo de Nácar en mano, gobernando con sabiduría y justicia. Soñaba con que Kárida fuera la luz que disiparía los antiguos rencores entre las razas, uniendo a todos bajo un estandarte común de paz y armonía.

Juntas, tía y sobrina solían adentrarse en las profundidades del Bosque Mágico, el rincón favorito de Kora. Allí, el verdor se entremezclaba con la magia pura, creando un lienzo vivo de flora y fauna fantástica. Era en este bosque donde se encontraban a menudo con Tyria, la Dama Esmeralda, cuya vida estaba dedicada a la custodia de aquel santuario natural.

El bosque rebosaba constantemente de vida. En ocasiones, pequeños faunos provenientes de la Jungla Esmeralda danzaban entre los árboles, tocando ocarinas y flautas de pan, cuyas melodías mágicas hacían brotar las flores y esparcían un dulce perfume a lo largo del sotobosque. Otras veces, las hadas de los Jardines Irisados acudían a sumergirse en la magia del lugar, y se rumoreaba que en sus pequeños lagos se podían avistar ondinas. El Bosque Mágico, corazón del mundo faérico, era el único territorio franco en el que todas las razas eran bienvenidas y podían campar a sus anchas bajo la protección del siempre amable Espíritu del Bosque. Kárida, con su corazón puro y curioso, se enamoró profundamente de la alegría y la libertad de estos seres mágicos, especialmente de Yrret, el más travieso y vivaz de los faunos.

Yrret, con su incansable energía y su sonrisa contagiosa, se convirtió pronto en el compañero de aventuras predilecto de la unicornio. Juntos exploraban los secretos más recónditos del bosque: trepaban a los árboles más altos para tratar de tocar el cielo con sus manos, buscaban las bayas más dulces y jugosas escondidas entre la maleza y compartían sueños de un futuro en el que reinaban la justicia y la felicidad en su mundo. Su amistad se forjó en la inocencia de la juventud, libre de prejuicios y restricciones, en un lugar donde todo parecía posible. No pasaba una semana sin que ambos, impulsados por su espíritu aventurero, se deslizaran fuera de la vista de los adultos para sumergirse en su pequeño paraíso personal, donde el tiempo y las preocupaciones del mundo exterior parecían disolverse entre los árboles y los sonidos de la naturaleza.

Esta amistad plantó en el corazón de Kárida una semilla de amor y comprensión hacia todas las criaturas del reino faérico, inspirándola a soñar con un día en el que podría hacer realidad la visión de su tía de un reino unido y pacífico.

Como cada luna nueva, bajo el silencioso manto de un cielo estrellado, Kárida se deslizaba fuera de sus aposentos en el Casco Añil con el corazón palpitante de anticipación. Sus pasos la llevaban inevitablemente hacia el Bosque Mágico, ese reino de juegos y aventuras, ese hermoso espacio de libertad infantil. Mientras avanzaba entre los senderos apenas iluminados por la luz de la luna, su mente tejía sueños de un futuro idílico junto a su amigo fauno. Imaginaba un reino donde ambos, desde un trono resplandeciente en la Aguja de Nácar, liderarían aventuras épicas: extinguirían las llamas voraces de las Salamandras de lava, domarían a los caprichosos hipocampos marinos, repararían las grietas de los túneles encantados, cabalgarían los vientos a lomos de los verdiplumas y dispersarían las ominosas nubes que ensombrecían su reino.

Absorta en sus visiones, Kárida apenas notó el cambio en el ambiente del bosque hasta que un zumbido siniestro y creciente rompió el hechizo de sus fantasías. El cielo, antes salpicado de estrellas, se oscurecía rápidamente mientras una masa amenazante de dracovispas surgía, oscilando ominosamente sobre la copa de los árboles. El miedo se apoderó de ella, y con un estremecimiento que recorrió su espinazo, la unicornio instintivamente se adentró entre las robustas hayas, su galope resonando al compás de su corazón acelerado.

En medio del caos, una voz familiar cortó el aire; era Kirta, la hermana de Yrret. El timbre urgente de su llamado guió a Kárida a través del bosque hacia un claro donde un grupo de faunos se había congregado. No eran las criaturas alegres y despreocupadas que conocía; algunos vestían túnicas blancas, otros capas de hojas y algunos más portaban armaduras improvisadas, formando un ejército de miradas sombrías y gestos tensos. Estaban en medio de una emboscada.

—¡Kárida! —Yrret emergió entre ellos, su rostro marcado por la preocupación—. ¿Qué hacéis aquí? ¡Es peligroso!

—¿Qué está pasando? —inquirió ella, su voz temblorosa por la mezcla de miedo y desconcierto.

El joven fauno se acercó, su expresión grave bajo el oscurecer del cielo ahora casi negro.

—Melusina ha conjurado un ejército de dracovispas. Su ambición la ha llevado a desafiar el poder de la Aguja de Nácar; pretende usurpar el trono y reclamar el reino para sí —explicó con rapidez—. Hemos planeado atraerlas al corazón del bosque, donde podemos combatirlas con mayor ventaja.

La noticia cayó sobre Kárida como un manto de plomo: sus sueños de aventuras compartidas se transformaban ahora en una pesadilla viviente. La realidad de la guerra, tan distante en sus fantasías infantiles, ahora la confrontaba con toda su brutalidad y urgencia. Sin embargo, en medio del temor, una chispa de coraje comenzó a arder dentro de ella. Al lado de Yrret y los demás faunos, se preparó para enfrentar la tempestad que se avecinaba, decidida a proteger el hogar que tanto amaba.

Un repentino vendaval sacudió el bosque, y las dracovispas, azuzadas por el viento, se alinearon en formación de ataque. El corazón de Kárida palpitaba aceleradamente mientras tomaba la decisión instintiva de retornar al Casco Añil en busca de auxilio. Alzó la vista hacia el cielo oscurecido y suplicó el socorro de Marrok, el guardián espiritual de los unicornios. Un aullido lejano confirmó que su plegaria había sido escuchada y el brillo de su cuerno aumentó, reflejando la claridad del cuarzo más puro. Con el aliento renovado y acompañada por el lobo, la unicornio embistió a través de la maleza hacia el palacio de la Dama Añil. Sin embargo, mientras avanzaba velozmente, un árbol derribado por el vendaval cayó sobre ella, sumiéndola en la oscuridad del desmayo.

Cuando Kárida abrió los ojos, la confusión se apoderó de ella momentáneamente, hasta que reconoció el salón del trono de los unicornios, con Marrok a su lado y su tía, la Dama Añil, cuidándola. Había sido salvada por el espíritu faérico del lobo en medio del tumulto de la batalla.

En aquel instante, se le informó que la guerra había concluido. La resolución del enfrentamiento se zanjó con la decisión de que Melusina, la Dama Irisada, se retirara de por vida al círculo faérico, renunciando a su título tras la derrota y la correspondiente firma del tratado de paz.

Justo entonces, un haz de luz blanca inundó la estancia anunciando la llegada de Kyara, la Dama Blanca, madre de Kárida y hermana mayor de Kora, acompañada de Breena, el Espíritu del Bosque. Kyara, portando una expresión severa, inspeccionó el salón con una mirada que mezclaba autoridad y un cierto alivio.

—¿Cómo ha podido suceder esto? —exclamó con indignación, resonando su voz por el palacio.

—Lo lamento, hermana —respondió Kora, su voz teñida de pesar—. Nunca creí que las hadas pudiesen alcanzar tal extremo; no percibí la maldad en Melusina. Tyria, la Dama Esmeralda de los faunos, me advirtió, pero me negué a creerlo.

—¡¿Y tú qué hacías allí?! ¡Podrías haber muerto! —Kyara arqueó las cejas, su mirada acusadora clavada en su hija.

—Lo siento, madre —intervino Kárida, buscando apaciguar los ánimos. Su voz se quebró ligeramente revelando la profundidad de sus emociones—. Solo iba en busca de un amigo, pero…

—¿Qué amigo? —la voz de Kyara cortó el aire como un tajo, tensa y expectante.

La joven vaciló, sintiendo cómo el peso de su secreto amenazaba con desbordar el delicado equilibrio que había mantenido hasta ahora.

—Yrret, un buen amigo que… —empezó, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

—¿Qué es…? —interrumpió la Dama Blanca intuyendo la respuesta pero esperando ser desmentida.

Con un suspiro que pareció llevarse parte de su alma, Kárida finalmente admitió su derrota, levantando la mirada para enfrentar las consecuencias de su verdad:

—Es un fauno —confesó, y luego agregó en un susurro casi inaudible—. Y estoy enamorada de él.

Ante tal confesión, el aire de la sala se tensó instantáneamente. Kyara, con su rostro transformado por una mezcla de incredulidad y cólera, tomó un momento para procesar la noticia antes de responder con una frialdad que parecía helar el ambiente.

—¿Enamorada? —Kyara repitió con una mezcla de desdén y furia, su voz elevándose con cada sílaba—. ¡No puedes permitirte tales debilidades! Las leyes de nuestro mundo prohíben tales uniones, y tú, como futura Dama Añil, debes ser un ejemplo de integridad y disciplina.

La Dama Blanca se acercó a su hija, su presencia imponente. La severidad de sus ojos era un claro reflejo del peso de las responsabilidades que llevaba sobre sus hombros.

—Debo recordarte que la paz y la estabilidad de nuestro reino dependen de nuestra capacidad para mantener el orden establecido por las leyes druídicas —continuó Kyara con  voz firme, pronunciando cada palabra con precisión—. Tu indulgencia personal no puede y no debe socavar la seguridad de todos. No permitiré que tu capricho sentimental destruya lo que hemos trabajado tan arduamente por proteger y mantener.

Kárida sintió cómo cada palabra de su madre la golpeaba como una física afrenta. La joven bajó la cabeza, luchando por mantener la compostura ante la severidad de la reprimenda.

—Madre, entiendo la importancia de las leyes, pero Yrret no es solo un capricho —dijo finalmente en un tembloroso murmullo—. Lo que siento por él es real y profundo. ¿Acaso el amor debe ser siempre sacrificado en el altar de la política?

—El amor no tiene cabida cuando contraviene el tejido mismo de nuestra sociedad —respondió Kyara sin titubear—. Debes olvidarte del fauno y concentrarte en tus deberes. No habrá más discusiones sobre este asunto. Haré lo necesario para asegurarme de que te adhieras a tu camino y a tus obligaciones.

La Dama Blanca tomó aire y trató de sosegarse. El recuerdo del Gran Cataclismo aún pesaba sobre el reino. En aquel entonces, el Primer Archimago, había tenido que intervenir para restablecer el orden tras la incapacidad de Kharma, la madre de Kyara y predecesora en el trono, para mantener la paz entre las razas. El hechicero estableció un nuevo sistema de gobierno, redactó la Ley Druídica y designó a Othÿn como Druida Supremo, encargado de hacer cumplir las estrictas normas que regirían el mágico mundo. En ellas, se prohibía la unión entre las diferentes razas faéricas.

Kyara había trabajado incansablemente para superar el oscuro legado de su madre y restaurar el honor de los unicornios. La revelación de que su propia hija pudiera estar socavando esos esfuerzos con un amor prohibido la llenó de un temor y una ira profundas. Antes de abandonar la sala sentenció de forma clara y concisa:

—No podemos permitir que vuestra imprudencia comprometa todo por lo que hemos trabajado —declaró la Dama Blanca mirando a las dos con una voz cargada de un pesar endurecido por la resolución.

Kora sabía exactamente lo que esas palabras significaban. Era consciente de que tendría que renunciar a su cargo y dar paso a la siguiente Dama Añil. Las circunstancias le habían mostrado que era el momento adecuado para ceder su lugar, y el sentimiento de culpa por llaxitud, que había permitido que las fuerzas de Melusina acabaran convirtiéndose en una amenaza, la llevó a una noche de profunda reflexión. A la luz del alba, con su determinación renovada, comunicó su decisión a Kyara y juntas planificaron la ceremonia de elección que se llevaría a cabo durante el solsticio de invierno. Lo que más le dolería de su renuncia sería separarse de Marrok, el espíritu lobo que había sido su compañero y guardián durante su mandato, y entre ellos existía un vínculo inquebrantable.

Para Kárida, el castigo no era menos severo. Sería obligada a someterse a un riguroso entrenamiento a fin de postularse para el cargo de Dama Añil. Era el fin tanto de su existencia despreocupada como de cualquier contacto con el exterior; su vida estaría ahora completamente dedicada a prepararse para liderar, bajo el yugo de las expectativas de su madre y de las restricciones impuestas por las leyes del reino faérico.

El solsticio de invierno marcaba el día de la ceremonia de elección de la nueva Dama de los unicornios. El desafío para las aspirantes no era menor; debían escalar las escarpadas montañas para responder a la llamada de Marrok, el espíritu faérico cuyo favor debían ganar para asegurar su posición como la próxima Dama Añil. Kárida, movida tanto por su lealtad a la familia como por el deseo de restaurar su honor perdido, se adentró en la Cueva de Cristal, un santuario natural cuyas paredes estaban adornadas con miles de cristales de cuarzo que brillaban con la luz de un millar de estrellas.

Dentro de la cueva, Kárida se encontró fascinada no solo por la belleza del lugar, sino también por los misterios que encerraba. Al observar los cristales descubrió las constelaciones que narraban antiguas historias del reino faérico: el Panda Rojo, el Fuego Fatuo, el Pegaso, Pentandra, la Hidra, y finalmente, la del lobo. La constelación de Marrok, un cachorro aullando a la luna con una lágrima resplandeciente, era un recordatorio del dolor y la pérdida que también formaban parte de su mundo. Siguiendo la dirección que indicaban estos signos celestiales, Kárida encontró al lobo en el corazón de la cueva, y con ello, selló su destino como la nueva Dama Añil.

Tras su nombramiento, Kyara tomó medidas para asegurar que su hija estuviera bien versada en la Ley Druídica, llevándola a la Aguja de Nácar para una formación más rigurosa. Mientras, Karianna, la más joven de la familia, quedó bajo el cuidado de Kora, aprendiendo las responsabilidades de su futuro rol desde una temprana edad.

A su llegada a la Aguja de Nácar, las familias más nobles del reino les esperaban con un gran festín. Entre ellas se encontraban los Kob, una antigua yeguada de renombre, recibieron a Kárida. Karkaddan, heredero de la yeguada y notable por el resplandor de su cuerno, se comprometió a colaborar en la formación de Kárida. Bajo su tutela, ella aprendería los protocolos de la corte y las complejidades de la Ley Druídica, moldeando su espíritu libre en uno más conformista a las tradiciones de su mundo.

Los años de estudio y vida cortesana suavizaron el indómito espíritu de la unicornio que, a pesar de sus dudas iniciales, aceptó casarse con Karkaddan, fortaleciendo así los lazos entre las dos poderosas familias. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir a la próxima Dama Blanca, el espíritu de Breena, en un giro inesperado, eligió a su hermana menor, quien había osado desafiar las normas al entablar una relación con un hado.
Tras revivir su propia historia, la mente de Kárida volvió al presente, frente a Marrok. El que un día la nombró Dama Añil le traía ahora un premio de consolación. ¿Qué debía hacer? La dama despidió al lobo y se quedó con su esposo. La decisión pesaba en su corazón mientras caminaba por los jardines del palacio, intentando encontrar solaz en la fragancia de las flores que crecían abundantemente a su alrededor.

De pronto, una voz familiar interrumpió sus pensamientos:

—Kárida…

Era Yrret. Su corazón dio un vuelco al verlo; su viejo amigo, el fauno con el que había compartido tantas aventuras, corría velozmente hacia ella con una sonrisa. Por un momento su mundo se llenó de la ilusión de reencontrarse con aquel que había marcado su juventud con alegría y despreocupación. Se apresuró a su encuentro, pero su alegría se transformó rápidamente en consternación cuando, detrás de él, apareció un guardia de la Orden Blanca.

El soldado atrapó a Yrret con firmeza, cortando cualquier intento de fuga. Kárida comprendió entonces que no se trataba de una visita amistosa; su amigo había sido capturado. No solo él, sino también Kirta y Lien, quienes en una época pasada habían cruzado a Calamburia, contraviniendo las estrictas leyes establecidas por la Dama Blanca y los clanes Esmeralda. Estos tres audaces jóvenes habían suplantado a los guerreros originalmente elegidos para participar en el Torneo, y tras el evento, habían logrado permanecer varios años ocultos como fugitivos en Calamburia. Sin embargo, con la reciente apertura de las fronteras para viajar entre mundos, la Guardia Blanca logró dar con su rastro. Les habían seguido durante días y, finalmente, habían dado con ellos.

La unicornio sintió cómo el peso de su cargo caía sobre sus hombros una vez más. La ley era clara, y como Dama Añil, su deber era mantener el orden y la justicia en el Mundo Faérico, incluso si eso significaba condenar a su antiguo amigo.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Kárida, aunque en su corazón ya conocía la respuesta.

—Han sido capturados por violar las leyes de la antigua Dama Blanca y de sus propios clanes. Ahora deben enfrentar la justicia —explicó el guardia sin un ápice de emoción en su voz.

—¿La Dama Blanca no se ha pronunciado al respecto? —preguntó la Kárida con la esperanza de que su hermana tomara la decisión en su lugar.

—Lo ha dejado a vuestro parecer —declaró el guardia—, al fin y al cabo han sido atrapados en el territorio que vos tuteláis como Dama Añil.

—Veníamos a verte, a pedirte que, ahora que eres Dama, nos ayudaras a obtener el perdón de tu hermana. Eres nuestra última esperanza.—exclamó Yrret, con una mezcla de desesperación y esperanza en su voz.

Con el corazón hundido al saber que la decisión recaía completamente sobre sus hombros, Kárida sintió cómo un torbellino de emociones la invadía. Miró a Yrret, cuyos ojos reflejaban tanto arrepentimiento como resignación. La amistad que habían compartido palpitaba dolorosamente en su memoria, pero su deber como guardiana de la ley y el orden en el Mundo Faérico era claro. Como líder, debía ejercer la justicia; como amiga, su corazón se desmoronaba.

«Espero que allá dónde vayas me puedas perdonar», pensó la unicornio mientras firmaba la sentencia de ejecución con disimuladas lágrimas en los ojos. Luego, con voz firme y llena de determinación, declaró ante los presentes:

—Serán ejecutados al amanecer. Se hará justicia según las leyes del Mundo Faérico.

Yrret quedó absorto, como si su pequeño corazón de fauno se hubiera roto, y mientras los guardias se lo llevaban, sus miradas se cruzaron una última vez, llenas de recuerdos y un adiós no pronunciado. Los ojos del fauno, decepcionados y vacíos, eran una imagen que Kárida sabía que no olvidaría en el resto de sus días. La Dama se quedó sola en el jardín, con el aroma de las flores como único consuelo y las lágrimas finalmente brotaron marcando el doloroso precio del título que ahora ostentaba.

Mientras Kárida permanecía sumida en sus pensamientos y en la tristeza de las decisiones tomadas, Karkaddan se acercó a ella, notando las lágrimas que delicadamente marcaban su rostro.

—¿Por qué lloras, querida? Has hecho lo que tenías que hacer. Esos sucios bicuernos, por fín, tras años de búsqueda, han sido capturados… —comenzó a decir Karkaddan con un tono despreocupado que revelaba su completo desdén por la situación de Yrret y los otros faunos.

Kárida levantó la vista hacia él, sus ojos aún humedecidos, pero su expresión endureciéndose con la determinación que su cargo exigía. Con la dignidad de su posición, respondió reafirmando su compromiso no solo con las leyes del Mundo Faérico sino también con sus propios ideales de justicia y orden:

—Iremos al torneo, ganaremos y devolveremos el orden al Mundo Faérico.

Su voz resonaba con firmeza: una clara indicación de que, aunque el corazón le doliera, su deber como Dama Añil prevalecía sobre cualquier tormenta emocional personal. Karkaddan, escuchando la resolución en sus palabras, asintió. No comprendía el conflicto interno de su esposa, pero sí reconocía la fuerza de su decisión.

Kárida, tras reafirmar su compromiso, volvió su mirada hacia el jardín, permitiendo que la belleza y la tranquilidad del lugar suavizaran la aspereza de su reciente decisión. La carga de su corona podía ser pesada, pero estaba resuelta a llevarla con la gracia y la fortaleza que su rol demandaba.


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