90. LOS SEÑORES DEL VACÍO

Muchos calamburianos se lamentan pensando en los aciagos tiempos en los que viven. Mas si supieran cómo eran los oscuros tiempos antiguos, enmudecerían de inmediato y mirarían su jarra de cerveza con cara de pánico y desearían no haberlo sabido jamás.

Hubo una época salvaje y animal donde no existían las leyes ni criaturas como el Titán o el Dragón. La vida bullía sin control, como un caldo de cultivo borboteante que creaba criaturas y las exterminaba sin ningún tipo de orden ni de compasión. Los elementos campaban a sus anchas, cambiando el mundo a su aleatorio antojo. Fuego, Aire, Tierra y Agua, todos ellos en equilibrio en una intrincada armonía que convirtió el caos del vacío en una tierra rica y fértil y con un propósito.

Nadie sabe de dónde vienen ni si tienen realmente consciencia. Hace mucho que duermen latentes, deseando que no se les molesten. Su hogar es de donde provienen, el vacío inconmensurable que llena los huecos entre las estrellas.

Pero, por una vez, ese vacío estaba siendo ocupado por una solitaria figura. Se trataba de una muchacha con un aire sereno y elegante, cubierta de largos ropajes. Parecía una sacerdotisa. Flotaba en el vacío como una titilante y frágil vela, pero no había debilidad en la seguridad de su mirada.

– ¡Heme aquí, Señores del Vacío! ¡Mostraos ante mí y superad mi desafío! – gritó Naisha.

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Su voz rebotó por el vacío, haciendo que las estrellas titilasen. De pronto, una de ellas brilló con aún más fuerza y empezó a crecer y acercarse a la joven. Se trataba de una gigantesca bola incandescente de fuego y magma.

Naisha pareció ignorar el insoportable calor que la rodeaba y cerró los ojos mientras realizaba rápidos gestos con las manos en una secuencia imposible de seguir. Los abrió de golpe e impulsó de sus manos un torrencial chorro de agua que se ensanchó y serpenteó por el aire hasta chocar con la estrella, causando una nube expansiva de vapor que amenazaba con quemarla viva.

En ese mismo instante, conjuró un fuerte viento que le hizo esquivar un rayo que iba prácticamente a la velocidad de la luz. Al hacerlo, se propulsó directamente hacia una lluvia de asteroides congelados con amenazantes aristas. Girando sobre sí misma, unas alas de fuego se formaron a su espalda y le hicieron volar como un cometa, deshaciendo todos los pedazos de hielos en su camino.

El vacío entero parecía estar tratando de exterminarla, pero ella era elusiva como el agua, resistente como la tierra, ágil como el viento y explosiva como el mismísimo fuego. Esquivaba estrellas incandescentes, planetas, meteoritos, la totalidad del cosmos. Explotaba satélites, congelaba los proyectiles, llenaba el vacío con rayos de poder inconmensurable.

El vacío ya no era tal, estaba lleno de energía primaria, una energía antigua y poderosa.

De pronto, todas las energías parecieron retirarse para acumularse y entremezclarse entre ellas. El vacío entero fue succionado y las estrellas se apagaron. En el centro del universo se concentraba una energía de tamaño inconcebible. Una bola de fuego, entremezclada con aros de agua, rayos eléctricos y asteroides del tamaño de pequeñas galaxias que giraban sin control. Todo ello fue cogiendo velocidad y se precipitó sobre la minúscula forma de Naisha. Era como ver las olas tragarse una piedra. Como un grano de arena contra una montaña. Como una hormiga contra el más grande de los gigantes. Era imposible.

Naisha tocó su frente y empezó a gesticular rápidamente con su otra mano. Los cuatro elementos giraron en espirales alrededor de su mano hasta crear una figura con forma humana. Ya no eran energías descontroladas, tenían un propósito. Mitad humano, mitad energía ancestral: se trataba de Nimai, el guardián personal de Naisha. Ambos se miraron con calma a los ojos, se agarraron de las manos y encararon la descomunal amenaza.

Abriendo los brazos, empezaron a entonar un mantra repetitivo y rítmico que hizo relucir sus cuerpos ligeramente. No hicieron nada más que entonar y recibir el fin de sus vidas con los brazos abiertos.

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La colisión fue imperceptible, eran una mota de polvo en el firmamento. Pero de pronto, la gigantesca bola de energía empezó a ser recorrida por espasmos, como si la realidad se fuese deformando. Poco a poco, fue reduciéndose como de un globo deshinchándose se tratase, mientras meteoritos, chorros de agua y electricidad salían despedidos por los aires. La totalidad de la energía primitiva del cosmos fue absorbida por ambas figuras, que seguían repitiendo monótonamente el mantra hipnótico.

Finalmente, el silencio. Nada quedaba ya en el vacío, salvo nuestros dos visitantes. Los ojos de Naisha relucían de poder y en ellos se podía ver todas las energías que componen la vida, luchando entre sí, pero en precario equilibrio.

– Renovamos nuestro pacto una vez más, Sacerdotisa de los Elementos – dijeron cuatro voces provenientes de ningún sitio en concreto, al unísono-. Has superado todas las renovaciones del pacto hasta ahora, pero pronto se acerca la más dura de las pruebas.

Naisha frunció el ceño extrañada. Esta inesperada declaración se salía de todos los protocolos del ritual.

­– ¿A qué os referís, Señores del Vacío?

– No sabemos cuándo pasará, el tiempo no existe para nosotros. Pero nuestra misma esencia peligra. Cumple tu promesa, Sacerdotisa, honra tu pacto y salvaguarda la esencia del universo a cualquier precio.

El vacío en el que se hallaban empezó a girar de forma violenta, un huracán en el que ambos protectores se vieron inmersos y que no cesó hasta que abrieron los ojos.

La Sala del Apeiron, el núcleo central y más recóndito del Templo de los Elementos, estaba iluminado por una cálida penumbra. Naisha, Protectora de los Elementos se hallaba sentada en el centro con las piernas cruzadas en estado de meditación. A su alrededor, las cuatro esencias de los elementos descansaban en sus altares, reluciendo cada una con su color, unidas por líneas de poder que recorrían el suelo y que convergían todas donde meditaba la joven.

Sus ojos recorrieron los murales del templo que mostraban la historia de generaciones de Protectores que había realizado periódicamente el Pacto. Se trataba de un ritual en el que se renovaba los votos de protección y servidumbre para los Señores del Vacío, los cuatro elementos que componen la vida.

– No es normal. Nunca había ocurrido esto, Naisha – dijo Nimai mientras andaba alrededor de ella con un gesto de preocupación. Su figura de poderoso guerrero era imponente, pero las energías que se arremolinaban detrás de sus ojos eran aún más amedrentadoras.

– No está contemplado en los protocolos del ritual que los elementos se comuniquen conmigo, en efecto.

– Han hablado de una amenaza. Debemos investigar y descubrir qué es lo que ocurre. No creo que tenga que ver con esas patéticas mortales, las Brujas. Sus intereses son demasiado superficiales – bufó con desprecio.

– Sin duda, no deben ser ellas. Son niñas jugando con poderes ridículos y banales comparado a los elementos. No, el mal que nos acecha debe de ser mucho más artero… y antiguo.

– Busquémoslo y erradiquémoslo. ¡Acabemos con quien ose enfrentarse a la esencia de la vida!

– Calma, Nimai. No dejes que tu parte humana tome el control – le interrumpió suavemente mientras se incorporaba con gracilidad Naisha–. Somos Protectores Elementales. Nuestro deber es proteger, no atacar. Somos el escudo que protege la vida de su propia autodestrucción. Debemos conservar la serenidad.

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– Como desees, Sacerdotisa. Pero tengo un mal presentimiento sobre esto – dijo meditabundo Nimai mientras guiaba sus pasos a las profundidades del templo.

¿Sería acaso una visión sin sentido? ¿Es posible que los cuatro elementos hayan perdido la cordura tras tantos milenios de existencia? ¿Acaso una sombra más larga y oscura se disponía a hundir a Calamburia más profundamente en las tinieblas?

La respuesta no iba a tardar mucho en llegar. Para desgracia de todo Calamburia.

89. UN REGALO DIGNO DE UN PRÍNCIPE II

Kálaba amagó un golpe con una de sus peligrosas dagas y esquivó rápidamente el contragolpe brutal de Dorna. La Salvaje arremetía con todas sus fuerzas, moviendo su cayado en complejos molinetes, manteniendo siempre las dagas lejos de su cuerpo e impidiendo que la Zíngara completase ningún hechizo.

– Por eso los sureños sois tan… ¡Débiles! – resolló Dorna mientras combatía con saña -. Confiáis demasiado en la magia. Nunca sobreviviríais a un invierno en las montañas rocosas.

Kálaba no respondió a la provocación y siguió defendiéndose de los golpes mirando hacia las sombras de los árboles, buscando algún tipo de respuesta en ellos. A sus espaldas, gigante y lagarto seguían intercambiando titánicos golpes que hacían retumbar todo el claro. De pronto, la cara de la Zíngara se iluminó con una malévola sonrisa.

– Los Zíngaros no necesitamos fuerza o habilidad, porque nunca estamos solos – sentenció Kálaba.

Dorna sintió un escalofrío en su espalda y se giró rápidamente para detener un golpe de espada corta de un Zíngaro que había surgido aparentemente de la nada. Se hallaba rodeada de otros dos más, por lo que realizó un barrido espectacular a su alrededor para ganar un poco de espacio. Estaba totalmente acorralada.

– Sucias víboras traicioneras – escupió Dorna con desprecio.

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– ¡Estas sucias víboras van a acabar con tu vida!

– ¡Yo lo impediré! ¡Atrás, mi señora! – dijo Sir Finnegan, colocándose entre ambos-. El pánico me tiene prácticamente paralizado, pero cuando una damisela está en peligro, ¡no hay nada que pueda interponerse entre mí y la gloria!

Dorna puso los ojos en blanco y calculó qué ángulos le permitían usar al joven como escudo humano. Kálaba resopló con sorna y empezó a mascullar un hechizo mientras agitaba las manos.

– Oh, mequetrefe, acabas de ganarte una muerte entre terribles sufrimientos – masculló Kálaba. Terminó el hechizo y apuntó hacia su víctima, soltando un chorro de energía verde. En el último instante, Sir Finnegan , encogido patéticamente a la espera de su muerte, fue empujado por una figura que encajó de lleno el hechizo. Cayó al suelo, muerta y humeante mientras los Zíngaros reían con malignidad.

– ¡Cuánta gente está deseosa de morir hoy! Habrá regalos para todos, sin duda – dijo Kálaba mientras se preparaba para lanzar un nuevo hechizo.

– Ay. Esto mañana va a ser peor que una resaca de vino de Sangre de Titán– dijo quejumbrosa la irreconocible figura del suelo.

Como uno solo, todos los presentes miraron con incredulidad a la persona que se iba incorporando trabajosamente del suelo. Su cuerpo empezó a brillar con un leve fulgor dorado que fue sanando todas las quemaduras y devolviendo la ropa a su estado original. Finalmente, Drawets giró el cuello hacia los lados haciendo crujir sus vértebras.

– ¡Tú! ¡Deberías estar muerto… dos veces! – exclamó incrédula Kálaba.

– Ah. ¿No lo sabes? – dijo Drawets mientras pateaba el suelo para comprobar que las piernas estaban en orden – El Titán me convocó para presentar todos los partidos de improvisación de Calamburia. No puedo morir mientras quede un partido por presentar, y por las barbas del Archimago, lo he intentado con muchas fuerzas. ¡No hay manera!

El silencio invadió al grupo. Un pedazo de piedra cayó cerca, sobresaltándolos a todos y sacándolos de su estado de estupor. Ellos se habían detenido, pero las criaturas seguían intercambiando feroces golpes.

– Generalmente no suelo implicarme en estas cosas. Pero he tenido que declinar numerosas ofertas indecentes para presentarme a esta reunión. Y habéis intentado matarme. Dos veces – dijo con una mirada peligrosa a Kálaba, mientras sacaba una daga de su cinto –. Y nadie, me oyes, ¡nadie! le roba el protagonismo a Drawets, ¡pícaro entre los picaros!

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Tras decir eso, se abalanzó sobre los Zíngaros y se enzarzaron en un cruel combate cuerpo a cuerpo. Dorna aprovechó el caos para cargar sobre Kálaba, haciéndola retroceder para que no pudiesen ayudar a sus subordinados. Sir Finnegan retiró las manos de su cabeza y descubrió que aún seguía vivo y que decididamente, ser un heroico caballero era un tanto estresante. Escuchó un grito entre los árboles y vio a Katurian, el inventor, subido a una de las ramas más altas con un extraño aparato.

– ¡Katurian! ¡Has vuelto! – gritó emocionado.

– ¡Así es! Esas brujas no van a arruinar mi día, no señor. Tuve que ir a coger un inventillo que quizás nos pueda ser útil. Lo dejé cargándose bajo una tormenta pero no sé qué tal funcionará. ¡Nunca lo he probado! – gritó entusiasmado mientras apuntaba con el alargado y extraño aparato hacia las Brujas, que seguían mirando entusiasmadas el combate titánico del centro del claro. Sin previo aviso, disparó una brutal ráfaga de energía eléctrica como si de rayos tormentosos se tratase, impactando aleatoriamente alrededor de las dos hermanas.

– ¡Funciona! ¡Eureka! No me esperaba este resultado, la energía eléctrica es fascinante aunque un tanto aleatoria – gritó Katurian dando saltitos de emoción que amenazaban su precario equilibrio sobre la rama -. Me pregunto qué pasará si trato de enviar varios a la vez.

Un racimo de rayos se precipitó sobre ambas brujas, que empezaron a desviarlos con furiosos gestos de la mano. Trataban de contraatacar, pero la maquina era inagotable y seguía escupiendo rayos sin ningún tipo de control ni puntería, pero suponía una amenaza que no podían desestimar.

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– Oh, hermana. Ya no me estoy divirtiendo. Me aburro, vámonos ya de aquí – dijo con voz somnolienta Defendra mientras desviaba los rayos que más se acercaban a ella.

– De acuerdo. Pero no nos olvidemos de nuestro regalo. Cúbreme, hermana.

Aurobinda fue presa de terribles arcadas que la hicieron encogerse y derrumbarse. Los sonidos guturales eran horrendos, hasta que finalmente expulsó una pequeña y alargada serpiente negra. En cuanto tocó el suelo, la serpiente empezó a deslizarse con una rapidez espeluznante hacia el campo de batalla. Pasó entre la hierba quemada y pisoteada de la Arboleda. Serpenteó con agilidad entre las piernas del gigante de piedra. Esquivó Drawets y sus contrincantes y rodeó el cuerpo tembloroso de Sir Finnegan, hasta llegar a la pierna de Dorna, mordiéndola con maligna avidez.

El grito de Dorna fue desgarrador. Aplastó la serpiente con su cayado pero sintió como sus fuerzas se esfumaban y se quedaba paralizada en el acto, dejando caer su cayado. Kálaba aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre la Reina de Calamburia, posando su mano en su vientre.

– Este será nuestro regalo, oh mi reina. No deseamos tu muerte, eres demasiado útil viva. Ahora la luz que portas en tu interior, el futuro de Calamburia, está maldito. Crecerá sano y fuerte, pero nunca jamás podrá tomar la decisión correcta. Está condenado a seguir propagando el caos y el descontrol, y lo mejor de todo, es que lo hará siempre desde la mejor de las intenciones.

La mano de Kálaba palpitó con una energía verdosa y produjo una serie de espasmos incontrolados en el cuerpo de Dorna, haciéndola caer como un fardo.

– Bueno, vámonos de aquí. Creo que nadie ha llegado a escuchar eso –dijo Defendra tirando de su manga-. Ya se darán cuenta cuando nazca. ¡Vamos a cazar algún Duende para entretenernos!

Entre risas, sus formas empezaron a difuminarse y a girar creando un oscuro vórtice. El vórtice succionó la figura de Kálaba , que se despidió de sus contrincantes con una sonrisa de suficiencia y victoria, cerrándose sobre sí mismo. Los Zíngaros dieron un salto hacia atrás, lanzaron una especie de nube de humo que extrajeron de unos sacos que colgaban de sus caderas y desaparecieron. La criatura escamosa miró hacia el cielo y batió sus alas furiosamente para elevarse entre rugidos y desaparecer por entre las copas de los árboles. Una extraña calma invadió el claro, como después de una tormenta, dejando al guardián de piedra inmóvil a la espera de nuevos peligros. Sir Finnegan trataba de despertar a su Reina, pero poco sabían que el despertar de Dorna no iba a traer más que tristeza y miseria a Calamburia.

¿Es que la maligna influencia de las Brujas nunca iba a tener fin?

88. UN REGALO DIGNO DE UN PRÍNCIPE I

La Reina Dorna miraba a su alrededor con ceño fruncido, como si pudiese taladrar los árboles de bosque con su mirada. A su alrededor, una partida de guardias del Palacio de Ámbar descansaban ociosos, tratando de pasar el tiempo como podían.

–¡Guardias! ¿A qué se debe esta impuntualidad? ¿Dónde está Drawest? ¿Y ese mequetrefe de Finnegan? Una Reina no puede perder el tiempo de esta manera –gruñó peligrosamente la Salvaje

–No lo sé mi señora. Ha dicho que era la tarea de un héroe explorar los alrededores y no ha vuelto desde entonces –contestó un nervioso guardia.

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Dorna suspiró con desagrado. Su plan para reunirse con aquel pícaro estaba resultando ser mucho menos provechoso de lo que pensaba en un principio. Sus opciones empezaban a agotarse y ya solo le quedaba las medidas desesperadas. Alguien tenía que hacer algo contra las Bruja, algo contundente.

–Como tenga que esperar un minuto más, empezaré a cortar cabezas, como hacía en sus tiempos de cordura mi querido marido, el Rey Comosu –sentenció la Reina.

De pronto, un grito surgió de entre los árboles. Una figura se acercó trastabillando hacia el pequeño grupo: se trataba de Sir Finnegan, cuya frente sudorosa y respiración agitada denotaba una extraña urgencia en un personaje tan tranquilo.

–¡Mi reina! –chilló con un timbre ridículamente agudo– ¡Las brujas! ¡Ellas….!

En el mismo instante, unas macabras risotadas sonaron por todo el claro, disipando el último rayo de luz que se retiró junto al sol detrás de las Montañas Rocosas. Una espesa neblina empezó a surgir de la nada y envolvió la arboleda como una pesada mortaja. Las sombras de los árboles parecieron convertirse en gigantes despiadados, provocando que todos los guardias se girasen desesperadamente hacia la reina en busca de apoyo y seguridad.

Más la reina tenía otras preocupaciones en mente que la seguridad de su pueblo, ya que enfrente suya, entre las raíces nudosas de los arboles, la niebla empezó a tomar la forma cruel y despiadada de Aurobinda y Defendra, escoltadas por Kálaba, que ostentaba una pequeña sonrisa de suficiencia.

– Vaya, qué inocente e inusitado encuentro. Somos muy afortunadas, hermana – dijo sonriendo Aurobinda.

– Ah…esto es mejor que en mis sueños, hermana. Y eso que mis sueños ya son fantásticos – le respondió relamiéndose Defendra.

– ¿A quién pensáis que vais a amedrentar con esa entrada triunfal? Hace falta mucho más para impresionar a una auténtica Hija de la Tierra – dijo Dorna, tensando la mandíbula. A su alrededor, los guardias empuñaron temblorosamente sus armas, apuntando a las Brujas sin mucha convicción.

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– Querida, nos conocemos desde hace tanto tiempo ya… – dijo maliciosamente Kálaba-. Hemos oído que últimamente estás hablando con mucha gente problemática. Pero eso no es lo que nos atañe ahora mismo; sólo hemos venido a felicitarte por tu hijo aún no nacido. Yo he traído a muchos a este mundo, y créeme, es toda una experiencia.

– ¡Y queríamos dar un regalo! Por el bien de la monarquía de Calamburia. Tengo entendido que es una nueva pieza clave en la estabilidad del Reino. Sería una pena que le ocurriese algo – dijo con voz peligrosa Aurobinda.

– ¿A qué sabrán los sueños de esa criatura? Quiero devorarlos – aportó Defendra con voz distraída.

– ¡Mi señora, no se deje engañar! Han dispersado a todos los campeones que se iban a reunir hoy en nuestra reunión secreta. ¡Sólo quedo yo! Iban a desterrarme al Titán sabe dónde, pero Drawest se interpuso y me salvó. ¡Pero ahora está muerto! ¡Por mi culpa! ¡Soy una vergüenza de caballero, mis gestas nunca serán recordadas! – lloró Finnegan mientras se agarraba al dobladillo de la capa de Dorna.

Las brujas se echaron a reír mientras los guardias cargaban contra ellas, pero los iban apartando con simples movimientos de las palmas de las manos. Los pobres mortales volaban por los aires como muñecos, estampándose contra los árboles.

– Ya no existen los modales. ¡Si sólo queremos dar un regalo! – gritó Kálaba mientras iba acortando distancias con Dorna.

– Oh oh…esto no es nada bueno – gimió Finnegan.

Dorna miró a su alrededor pero entendió que no iba a recibir ayuda de aquel joven petimetre. Apretando fuerte los dientes, tiró de su collar de piedras y amuletos y se lo arrancó del cuello. Acto seguido, se rajó la palma de la mano con una de esas piedras y froto vigorosamente el collar entre ambas palmas, empapándolo todo con sangre.

– Una Salvaje jamás está indefensa. La tierra, el cuerpo del Titán, siempre me protege. Corugan me entregó este amuleto para casos de emergencia. ¡Sufrid la ira de los salvajes!

De un fluido movimiento, Dorna aplastó el collar contra el suelo con la palma de su mano. Al impactar, el suelo empezó a temblar y las piedras del claro fueron arrancadas del suelo con una fuerza invisible e implacable. Emergían de la tierra con pequeñas explosiones de polvo y musgo, girando las unas sobre otras hasta formar una figura vagamente humanoide de varios metros de alto. La criatura no tenía cara, pero de alguna manera se giró encarando a sus enemigas.

Unos tímidos vítores emergieron entre los guardias supervivientes ante la aparición de un guardián de piedra. Kálaba retrocedió unos pasos, inclinando la cabeza hacia arriba y calculando fríamente sus posibilidades.

– Ah, pelea de mascotas. Siempre he preferido ver a otros pelear por mí. ¡Me recuerda a los campeonatos de nuestros tiempos mozos, en la torre de Scuchaín! Acércate, hermana – dijo Aurobinda dando una palmada de entusiasmo.

– ¿Pero no usaremos las mismas mascotas que en esa época verdad? – dijo Defendra con un brillo ávido en los ojos -. Quiero llamar al amiguito que nos hicimos en aquella dimensión cuando estuvimos atrapadas.

Aurobinda asintió con la cabeza y ambas se agarraron de las manos y comenzaron a salmodiar en una lengua maldita. El aire a su alrededor osciló como si la temperatura hubiese aumentado drásticamente. Una especie de nube oscura empezó a surgir de las bocas de ambas brujas, dando vueltas sobre sí, expandiéndose y ensanchándose hacia el firmamento como un horrible humo corrosivo. Se fue definiendo hasta tomar la forma de un repulsivo lagarto con correosas alas descomunales. La criatura cayó pesadamente, hundiendo sus garras en la tierra y saboreando el aire con rápidos movimientos de su bífida lengua. Sus malignos ojos negros se fijaron en su pétreo contrincante y ambos cargaron el uno contra el otro mientras Defendra aplaudía alegremente.

El choque fue brutal y dejó a ambas criaturas enzarzadas en un dantesco abrazo. La criatura alada trataba de empujar con todas sus fuerzas, batiendo sus alas correosas para derribar a su oponente, pero era como tratar de empujar una montaña. El guardián levantó un brazo y encajó un descomunal puñetazo contra la cabeza de la criatura, lanzándola contra el suelo. El lagarto escamoso cayó pesadamente pero se revolvió con una rapidez espeluznante y escupió un chorro de ácido que destrozó uno de los hombros del guardián. Acto seguido, ambas criaturas volvieron a atacar, ajenas ya a sus dueños, a la Arboleda o cualquiera que se interpusiese en su camino.

Dorna sacó los dientes y miró amenazadora a Kálaba, empuñando su cayado. La Zíngara entrecerró los ojos, viendo que no iba a contar con la ayuda de las brujas para esto.

Sir Fineggan miraba nerviosamente a su alrededor, pensando en qué es lo que haría un verdadero caballero en una situación como esta y dijo susurrando:

–Que alguien me ayude…

relato-batalla-monstruosCONTINUARÁ…

 

87. EL ALMA DE LA TIERRA

Algas, desperdicios y todo tipo de restos putrefactos flotaban en las aguas de las marismas. Los arboles tapaban la luz del sol, creando un microclima de pegajosa humedad en la que una apestosa neblina dificultaba la visión. Largas y espesas lianas colgaban de las ramas como sudarios, entorpeciendo el paso de los escasos visitantes de esas envilecidas tierras.

Pero esta vez, no se trataba de un aventurero perdido o de un alma descarriada. Una barca dorada recorría con parsimonia la profundidad de las marismas. Su proa cortaba con eficacia las apestosas aguas. Hortelanos sudorosos la impulsaban usando los remos como pértigas. Sentada en un lujoso trono dorado, la Marquesa Zora Von Vondra miraba con desagrado a su alrededor, frunciendo la boca con asco. Dos forzudos Hortelanos la abanicaban rítmicamente, mientras se ocupaban en despejar las lianas a su paso.

La extraña comitiva fue abriéndose paso por las oscuras aguas de las marismas. Cada vez se adentraban más profundamente en el pantano, ahí donde ni siquiera las miserables criaturas se atrevían a pisar.

 

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La barca se detuvo junto a un destartalado muelle. Su fulgor dorado se hallaba un poco más apagado, debido a la mugre acumulada por su largo viaje. Zora bajó al muelle siempre vigilada atentamente por sus siervos, pero ella no les prestaba atención. Su mirada se encontraba fija en la mansión al final del muelle. Se trataba de una antigua casa, de varios cientos de años de edad. Sus grandes ventanas se hallaban tapiadas o rotas y faltaba una de las grandes columnas que coronaban la entrada. La casa parecía inhabitada, salvo por el hecho de que alrededor suyo, varias antorchas brillaban con una fantasmagórica luz violeta.

El grupo emprendió la marcha con la Marquesa a la cabeza, andando con firmeza y tratando de evitar el barro del camino. Fueron ascendiendo la leve colina, hasta llegar a las sombras de las gigantescas columnatas. Al plantarse frente a las puertas, estas se abrieron lentamente con un leve crujido, como por arte de magia. Zora puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua con desagrado. Con largas zancadas, se adentró en la casa, seguida por su grupo de cada vez más temerosos hortelanos.

El interior de la casa también estaba hecho un auténtico desastre, pero velas de todos los tamaños, brillando con aquella inquietante luz violeta, iban indicando un camino hacia uno de las habitaciones. Se trataba de una sala de baile gigantesca, con un agrietado suelo de mármol. Una ruinosa araña de cristal estaba medio colgada del techo, en peligroso equilibrio. Al fondo de la sala, un enorme sillón de espaldas frente a una chimenea proyectaba una larga sombra. Cientos de velas se acumulaban en las paredes y parecían llenar la oscuridad en vez de disiparla.

– ¡Llega tarde, señora Von Vondra! – dijo una voz desde el refugio de su gran sillón. Parecía estar divirtiéndose-.Supongo que estaba disfrutando de las vistas.

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– Créeme Bakari, venir aquí es como tener que pisar la corte del Trono de Ambar: ambos oléis a cloaca.

– ¡Oh! ¡Pero para mí es un halago! Se pueden encontrar tantas cosas útiles en las cloacas… se sorprendería de saber lo que la gente tira.

– No he venido para tener una distendida charla, embustero.

– Duras palabras, querida. ¡Duras palabras! Espero que hayas cumplido tu parte del trato.

– Por supuesto. Los Von Vondra siempre cumplimos lo pactado – dijo ella, con furia contenida.

– ¡Eso tengo entendido querida! Eso tengo entendido – le respondió el otro con una risa entre dientes. Chasqueó los dedos y se dirigió a un lugar oscuro de la pared-. Ya sabes lo que tienes que hacer, William.

Lo que parecía una sombra inmóvil junto a la chimenea cobro vida y empezó a andar con pasos ortopédicos. Se dirigió con su extraño andar hacia Zora, con un brazo extendido de manera poco natural. La Marquesa retrocedió solo un paso, mostrando de nuevo una mueca de desagrado, con un extraño brillo de pesar en los ojos.

– ¿Crees que te puedes reír de mi haciéndome interactuar con este…monstruo? – preguntó, escupiendo las palabras con desprecio.

– ¡Por favor, querida! ¡Ambos somos socios! Hablar con William es como hablar conmigo.

La figura se detuvo frente a la mujer, con su brazo rígidamente extendido. Sus elegantes ropajes se hallaban mohosos y destrozados, como si hubiesen pasado casi cien años sobre el cuerpo de su portador. La cara de la figura se hallaba envuelta en sombras, pero se podía apreciar una palidez casi cadavérica en sus facciones.

– Padre. Siempre es un placer volver a ver a la familia – le dijo Zora suspirando, mientras le tendía un arrugado pergamino.

La figura ni se inmutó. Agarró el pergamino con fuerza, girándose torpemente y volviendo junto al sillón. Se lo tendió a la misteriosa persona que ahí se sentaba, la cual la cogió extendiendo una mano llena de anillos y abalorios.

– ¡Ah! Maravilloso. Me costará un tiempo descifrarlo y obtener los hechizos y salvoconductos necesarios, pero esto sin duda es un gran paso hacia adelante. Gírame, William, hazme el favor.

Lo que una vez fue William Von Vondra volvió el sillón hasta dejarlo de frente a la Marquesa. En él se sentaba una turbia figura, con sus ropas oscuras llenas de abalorios, calaveras y exóticos fetiches. Su cabeza estaba coronada con un sombrero de copa y su cara, tapada por una inquietante máscara con forma de una demoniaca calavera.

– Espero que esto signifique el final de la deuda que mi familia contrajo contigo, monstruo. Creo que es más que suficiente para saldarla de una vez por todas – dijo Zora, sin parpadear ante la figura de su interlocutor.

El desconocido rió con todas sus fuerzas, una risa estridente y entrecortada. Se interrumpió súbitamente, como si nunca hubiese ocurrido.

– Querida, vuestra familia ha disfrutado de muchos de mis favores. Y yo, el honorable Van Bakari los he dispensado con suma eficiencia. ¿Acaso tus tierras no siguen reluciendo con verdor en estos tiempos difíciles? ¿Acaso tu descendencia no goza de una antinatural salud? ¿Es posible que todos los posibles detractores y las familias de las víctimas de tu sobrina han sido acallados con la máxima celeridad….para siempre? – preguntó grandilocuente, agitando las manos y haciendo tintinear sus abalorios.

– Esto es chantaje. No es lo acordado. ¡Y no se chantajea a una Von Vondra! – siseó furiosa la Marquesa.

– Creeme, sé exactamente lo que hay que hacer con los Von Vondra. ¿Verdad socio? – dijo girándose hacia William-. Oh disculpa. Siempre se me olvida.

Sacó una cajita de ébano, la cual, al abrirla, mostró una perla que relucía con una luz púrpura.

– Es cierto, Bakaris – dijo la figura con una voz sorprendentemente clara-. Los siento, hija mía. Los negocios son los negocios. Yo hice un pacto en su momento y sabía el precio. Tú también deberías saberlo.

– ¡Tú ya no eres un Von Vondra! ¡Eres un monstruo de la naturaleza! ¡Eres una aberración!¡Eres…! – empezó a gritar Zora, perdiendo el control por primera vez.

– ¡BASTA! – gritó Van Bakari, cerrando la cajita de golpe y haciendo que todos los temerosos sirvientes de la Marquesa salieran corriendo en desbandada hacia la salida de la mansión-.No tengo tiempo para riñas familiares. Por eso tengo a toda mi familia colgando del cuello. ¡Já!

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Volvió a reírse con histéricas carcajadas mientras las velas titilaban tenuemente y la Marquesa era dolorosamente consciente de lo sola que se hallaba en ese momento.

– Estoy de buen humor – afirmó Bakari-. Por lo que te prometo una cosa, Zora: pronto no necesitaré tus servicios. Pronto dejaré de rebajarme a buscar migajas en las cloacas. Pronto dejaré de mendigar por las almas de los poderosos. Mi objetivo es algo mucho más grande, mucho más que el alma de un héroe o la de un rey. Mi próximo objetivo es el alma de la tierra misma.

– Estás diciendo…¿qué quieres robarle el alma al Titán? – susurró con los ojos abiertos Zora Von Vondra.

Como un maestro de ceremonias, Bakari se incorporó de un salto y empezó a gesticular con grandes aspavientos.

– ¡Já! Eso es poco ambicioso. Voy a por más, mucho más. Quiero la esencia de lo que existía antes del Titán. Antes que el Dragón. Lo quiero todo. Gracias a este pergamino, lograré adentrarme en el Templo de los Elementos y obtendré el alma de las fuerzas más primitivas de Calamburia. La fuerza de los cuatro elementos. ¡La misma esencia de la creación! Y seré… ¡IMPARABLE!

Empezó a girar y saltar sobre sí mismo mientras las velas se agitaban y caían a su alrededor sin apagarse ni empezar incendio alguno. Las carcajadas recorrieron los pasillos de la mansión saliendo por las ventanas, hasta rebotar por las copas de los árboles muertos, recorrer las lianas moribundas y hundirse en las putrefactas aguas de las marismas.