El desierto de Al-Ya-Vist extendía sus áridas dunas hasta donde alcanzaba el horizonte. Su superficie llana se extendía a lo largo de kilómetros, donde sólo los Nómadas se atrevían a cabalgar a lomos de sus extrañas monturas, adaptadas a las inclemencias de la extrema temperatura. Solo situándose en una duna excepcionalmente grande, podía el perdido visitante de aquel desierto vislumbrar en el horizonte los brillos del Palacio de Ámbar en la lejanía, o de la imponente Torre Arcana de Skuchaín, en el centro del desierto.

La Torre había sido construida en el mayor oasis de aquel páramo, anteriormente usado por los Nómadas del Desierto. Las tierras verdes y fértiles se extendían alrededor de su base: las llanuras de Manji-Rhon, llamadas así en honor a un antiguo caudillo de tiempos pasados.

Estas llanuras, protegidas de manera natural por formaciones rocosas y la magia de la torre, se hallaban llenas de una bulliciosa actividad. Los barracones, usados para almacenamiento de comida y demás menesteres mundanos, habían sido llenados de literas y de ajetreada vida. Decenas de aspirantes a Impromagos correteaban sujetando sus refajos de pergaminos y apuntes tratando de no llegar tarde a su siguiente lección, aunque la tabla de horarios era implacable. Los prefectos tenían intención de concentrar la formación de varios meses en escasos días, y lo iban a conseguir costase lo que costase.

– ¡Vamos! ¡Más deprisa! ¡Hay gente luchando mientras vosotros estáis holgazaneando! – apremiaba Stucco con ceño fruncido a los grupos de aspirantes que se demoraban.

Según su procedencia y habilidades, habían sido designados a cada una de las ocho castas. Cada uno de esos grupos portaba una versión en miniatura de los grandes pendones que colgaban del Gran Salón. Los colores designaban el origen del aspirante, así como su varita y su marca arcana, pero toda esa clasificación desaparecería en caso de aprobar el examen de Impromagia: los Impromagos graduados portan la misma capa y varita, sin importar su origen o procedencia.

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Los Cibum se afanaban alrededor de grandes mesas de madera, con su estandarte plantado en el suelo, tratando de solucionar complejos acertijos de cálculo y lógica, su mayor habilidad. A pesar de su origen humilde, la marca arcana relucía con fuerza en sus frentes. Sirene aplaudía entusiasmada cada uno de sus logros, consultando de vez en cuando el Alphabetum.

relato-calamburia-estandarte-excelsitNo muy lejos de ahí, los Excelsit repasaban las reglas de etiqueta y decoro que debía tener todo Impromago. Eran los representantes de la diplomacia, y dado que algunas castas mostraban una clara falta de buenos modales, era el deber de los más nobles de Skuchain seguir manteniendo las normas de convivencia y decoro. Gody marcaba rítmicamente el paso con palmadas mientras sus aspirantes trataban de mantener el equilibrio sujetando diversos cubiertos.

 

relato-calamburia-estandarte-feroxTodo esto contrastaba bastante con los Ferox, una casta formada exclusivamente por descendientes de los salvajes a los que la marca arcana había elegido. El variopinto grupo trataba de acostumbrarse a llevar el uniforme de Skuchain, aunque no podían evitar que sus capas fuesen llevadas de cualquier manera y sus varitas fuesen primitivas pero brutalmente eficientes. Pese a su aparente tosquedad y sus gritos, mostraban unas singulares dotes en la asignatura de floritura de varitas. Eliz soplaba el cuerno junto a la oreja de cualquiera de sus aspirantes que osara despistarse.

relato-calamburia-estandarte-primusLa casta primigenia entre las castas, los Primus, agitaban sus varitas perfectamente conjuntadas con gestos precisos mientras diferentes palabras eran conjuradas en el aire. Los descendientes de Theodus destacaban en percepción mágica y en altivez y trataban de hacer honor a su ancestro. Stucco calculaba el tiempo mirando fijamente el reloj de las Arenas de Theodus, perdido en oscuros pensamientos.

 

relato-calamburia-estandarte-naturaNatura en cambio, fluía. La casta más pacífica de todo Skuchaín, con varitas hechas de ramas y hierbas, practicaban sus dotes de rastreo y búsqueda. Su marca arcana se asemejaba mucho a la que lucían los Duendes y a veces su comportamiento era muy parecido. Algún que otro aspirante se despistaba abrazando los árboles, generalmente acompañado por una entusiasmada Nika.

relato-calamburia-estandarte-redigisCubiertos por sus capas rojas como la sangre y con varitas con toques de dorado, los Redigis eran la casta más pura. Sus integrantes eran descendientes de magos ilustres, una sangre que jamás había sido manchada con la de otro habitante de Calamburia. Su aguda mente les permitía hacer un buen uso de la magia, pero también eran diestros en practicar otros usos menos ortodoxos con las varitas o en el combate. Tilisa, con el Anillo de Dragón brillando en su mano, anotaba cada nuevo uso para documentarlo y estudiarlo más en detalle.

relato-calamburia-estandarte-vivificaLos Vivífica confluían alrededor del distraído Eme, con caras igualmente distantes por momentos. Se trataba de aspirantes que contenían en su interior la esencia de algún mago ilustre ya fallecido. La magia podía ser improbable y aleatoria y este tipo de accidentes y reencarnaciones parciales se daba con relativa frecuencia. Esta casta destacaba por su gran capacidad de crear hechizos de la nada para asombro de ellos mismos, probablemente debido a los recuerdos de los Impromagos que residen en su cabeza.

relato-calamburia-estandarte-tenebrisA la sombra de un enorme ciprés, los Tenebris se reunían alrededor de Telina escuchando la historia de Calamburia. Descendientes de los acólitos que renegaron de Aurobinda y Defendra, el estudio de los errores pasados era el centro de su motivación por la Impromagia. La magia oscura era muy peligrosa, pero alguien debía conocerla para saber cómo luchar contra ella. Sus caras graves denotaban el peso de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.

Así fueron pasando los días, entre intensas asignaturas y con algunos momentos de descanso en los que los aspirantes podían practicar la magia de una manera más lúdica jugando al Freezeball, el deporte estrella de Skuchaín.

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Pero algo paralelo estaba ocurriendo en las llanuras de Manji-Rhon. Un propósito oculto movía los hilos del destino. Cuando llegaba el ocaso y los aspirantes iban a dormir, un grupo de ellos tenía un sueño diferente al del resto de sus compañeros. Un sueño que parecía real.

Uno a uno, fueron abriendo los ojos y estudiando con asombro el extraño lugar en el que se hallaban.Aurra, Ela, Airo, Lepif, Trai, Iruali, Alena , Slum, Grahim Susmez y Vitichín, todos ellos se hallaban en un especie de limbo, con los contornos tapados por una misteriosa niebla.

De pronto, la niebla se apartó y dos figuras aparecieron caminando lentamente. Se trataba de Theodus, el mismísimo Archimago y fundador de Skuchaín, acompañado por la inquietante figura de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa.

– Aspirantes. Gracias por acudir a mi llamada – dijo con gravedad Theodus-. Habéis sido elegidos entre los más capaces de vuestra casta para ayudarnos a encontrar la Piedra de la Resurrección.

Los 11 elegidos se miraron confusos entre ellos, todavía dudando de si se trataba de un sueño o no.

– La elección fue difícil, y muchos de vuestros compañeros casi llegan hasta aquí, pero no tenemos tiempo. No sabemos cuándo las Brujas van a dar el siguiente paso. He conseguido realizar un pacto con Kashiri….

– Alto ahí, viejo. No es ningún pacto, es a lo que me han empujado las circunstancias. Estas Brujas me acosan en sueños y se escabullen entre las sombras. ¡Si solamente se atreviesen a plantar un combate justo, las aplastaría con la punta de mi báculo como las cucarachas que son!

– Lo que quiere decir la Emperatriz Tenebrosa es que piensa ayudarnos en la búsqueda de la Piedra – dijo con voz paciente Theodus.

– La Piedra ya no se haya en mi poder. Me fue robada por una sucia rata. No suelo hacer caso de los patéticos mortales que pueblan esta miserable tierra, pero de éste recuerdo perfectamente su desagradable risa de hiena y su acento zafio y grosero.

– Al parecer la Piedra fue robada por un pícaro mercader llamado Banjuló, famoso por participar en el Torneo de Improvisación, aunque el Titán sabe dónde estará. No podemos mandar a nadie más para esta importante tarea, las Brujas estén espiando cada uno de nuestros movimientos. Pero jamás sospecharían de un grupo de aspirantes que ni siquiera han terminado su formación.

Los 11 elegidos asintieron con gravedad, agarrando con firmeza sus varitas. Ahora sabían que no se trataba de un sueño. Se trataba de algo muy real.

– Partid pronto en cuanto amanezca el sol. Juntos, representáis las habilidades más puras y excelentes de la Torre Arcana. Recordad que somos débiles por separado, pero cuando nos unimos, somos imparables. Sé que podréis conseguirlo. Ojalá pudiese ayudaros pero mis fuerzas son cada vez menores, y debo administrarlas para casos de emergencia. Que el Titán os acompañe – dijo con voz amable Theodus mientras la niebla se amontonaba a su alrededor.

– Y si no lo hace y fracasáis… yo misma os arrancaré el alma – susurró la voz de Kashiri entre la lejanía.

Uno a uno, fueron despertando en sus camastros, mirando a su alrededor. Hicieron un hatillo con sus pertenencias, y en completo silencio, fueron saliendo de las cabañas formando poco a poco una larga fila y desaparecieron entre la vegetación, rumbo al desierto y al misterioso horizonte.

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CONTINUARÁ…