Los rumores corrían de mesa en mesa, los susurros se convertían en gritos y las historias eran exageradas y deformadas hasta convertirse en leyenda. El Gran Salón de Skuchaín era un hervidero de chismorreos que nacían y morían con la velocidad de un relámpago. Los aspirantes se contaban historias los unos a los otros sobre cómo un grupo de valientes Impromagos habían viajado al Inframundo a recuperar el Orbe de la Resurrección. Cientos de pequeñas anécdotas sobre el temible combate se intercambiaban como si de pólvora encendida se tratase. Relataban el combate de Eme contra Ventisca, desatando todo su poder interior sin la intervención del Archimago Theodus. Comentaron emocionados la desaparición de la piedra y el arrojo de un grupo de aspirantes a Impromagos . Entre gritos desafiantes, explicaron que con la guía de Theodus y la ayuda de Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, descubrieron que Banjuló tenía la Piedra de la Resurrección y consiguieron recuperarla del olvido en el que se hallaba. ¡En cualquier momento iban a llegar para entregar la Piedra!

En la mesa central, los Impromagos ya graduados y los Prefectos de cada casa formaban apretados corrillos en el que trataban de separar la realidad de la ficción de entre las diferentes historias que llegaban a sus oídos. Penélope no se hallaba lejos, hablando con Felix y Minerva en tono bajo.

De pronto, los portones del Gran Salón empezaron a abrirse silenciosamente por arte de magia, por supuesto. El silencio invadió la sala y un grupo de aspirantes a Impromagos, seguidos por un temeroso Banjuló ,entraron con paso firme al Gran Salón. Vivifica, Tenebris, Redigis, Primus, Natura, Ferox, Excelsit, Cibum. Todas las castas juntas por primera vez en la historia de Skuchain, colaborando en perfecta armonía por un bien común. Lejos quedan las infantiles rencillas o la sana competitividad: cuando el poder de la Torre se concentraba en un único objetivo, los Impromagos eran imparables.

Mientras caminaban hacia el otro extremo de la sala, todos los aspirantes se apoyaban los unos sobre los otros para poder ver mejor. Los Prefectos de cada casa, Gody, Telina, Sirene, Eme, Stucco, Eliz, Tilisa y Nika esperaban pacientemente a que sus pupilos llegasen hasta ellos. Los 11 elegidos formaron un semicírculo, alzando la cabeza con orgullo para mirar a sus líderes de Casta. Eme dio un paso, pero para asombro de todos, quién habló no fue otro que el mismísimo Archimago Theodus:

– Aspirantes. Bienvenidos de nuevo a la Torre Arcana de Skuchain –dijo con voz amable que resonó por las paredes de la gigantesca sala. Todos retuvieron la respiración, viendo que los rumores habían sido confirmados. Sus ojos brillaban con una luz blanca de increíble poder-. Habéis conseguido entender los mensajes que os mandé y descifrar el paradero de la Piedra de la Resurrección, un artefacto que desciende del mismísimo Titán. Habéis superado todas y cada una de mis expectativas, y por ello…

Una carcajada terrible y gutural se coló en el Gran Salón como una maligna ventolera, provocando que todos los candelabros se apagasen de golpe. Los pendones perdieron parte de su color y la sala se vio invadida por una tenebrosa penumbra. Las carcajadas aumentaron de tono mientras los aspirantes sacaban temblorosos sus nuevas varitas y los Impromagos adoptaban posturas de combate mientras miraban a su alrededor.

Un humo negro entró por la puerta a la velocidad del rayo y saltó de pared en pared rasgando los pendones, rompiendo sus marcas arcanas y dejándolos como meros colgajos de tela, salvo el de Tenebris. El humo confluyó como un tornado en el centro de la sala, tomando la forma de Aurobinda, la Señora de los Cuervos.

– Sienta bien volver a casa – dijo con una sonrisa de suficiencia mientras se apartaba el pelo con un gesto de la cabeza.

Todos los aspirantes se apartaron horrorizados y los Impromagos formaron un perímetro de seguridad alrededor de los 11 Elegidos, apuntando amenazadoramente con sus varitas a Aurobinda. La Bruja ni siquiera se inmutó.

– El Gran Salón es tal y como recordaba. Y tú que decías que nunca íbamos a llenarlo, hermano, que estábamos pensando demasiado a lo grande. Míralo ahora: ver a tantos jóvenes juntos le encantaría a Defendra– comentó con sorna viperina Aurobinda.

– Hermana – dijo con firmeza Theodus-. No eres bienvenida aquí. Hace tiempo que perdiste el derecho de usar la Impromagia, a pesar de que esta Torre aún contiene los ecos de tus carcajadas de alegría, de cuando eras una persona diferente.

– De cuando era una persona débil, querrás decir. Pero no hablemos del pasado: he venido a por la Piedra. Tengo ganas de nuevos juguetes, y que mejor que el Ojo del Titán para engrosar mi colección.

– Tienes miedo, Aurobinda. Lo puedo ver en tus ojos. Sabes que tu Maldición está perdiendo su fuerza por los efectos conjuntos de todos los Calamburianos, y aquí se escribirá otro importante capítulo que precipitará el final de esta historia.

– No me provoques, Theodus – siseó con una mueca de ira.

– Una niña ha logrado sortear tus conjuros – dijo señalando a Sirene con gesto amable-. Es hora de que las nuevas generaciones tomen el relevo y desaparezcamos.

– ¡CÁLLATE! ¿Crees que me asustan tus cachorros? ¡Aún no me conocen! ¡Pero pronto lo harán – sentenció amenazadoramente, mientras levantaba los brazos hacia el techo.- Yo soy la que trae el ocaso a vuestras vidas, yo soy la podredumbre de esta tierra, ¡yo soy el vacío en vuestros corazones!

Aurobinda empezó a andar en círculos, mirando con hambre voraz a los aspirantes. Su figura bajo la capa empezó a temblar como si cientos de gusanos se escondiesen bajo sus ropajes. Las tinieblas parecieron arremolinarse a su alrededor cubriéndola con un siniestro abrazo se tratase. Con un fuerte sonido de desgarro, dos alas descomunales surgieron de su espalda, abriéndose hacia las vigas del techo.

– ¡Atrás! – gritó Theodus, empezando a mascullar rápidamente un hechizo y a gesticular con las manos. Aurobinda seguía moviéndose, presa de espasmos, y escupiendo furiosa sus malignas frases.

– Soy el sollozo de un niño. Soy el lamento de una viuda. Soy la brisa que surge de una tumba. Soy el rechinar de los dientes de los muertos. Soy Oscuridad. Soy Poder. Soy vuestra peor Pesadilla. Soy…. ¡LA SEÑORA DE LOS CUERVOS!

Con un horripilante graznido, el pecho de la Bruja se hinchó de manera imposible hasta tomar la forma de un monstruoso pájaro. Su cara se deformó convirtiéndose en un peligroso pico, coronado por dos ojos negros como el vacío, que relucían con una siniestra inteligencia. La horripilante criatura batió sus alas, extendiendo un olor a enfermedad y podredumbre por toda la habitación. Theodus consiguió terminar su hechizo y conjuró una enorme burbuja luminosa que cubrió a todos los aspirantes con un manto brillante y protector.

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La aberración de varios metros de altura en la que se había convertido Aurobinda graznó con frustración y cargó contra la barrera mágica, consiguiendo quemar la punta de sus plumas. Con un siseo de rabia se apartó batiendo las alas y sus inquietantes ojos negros se fijaron en los Impromagos que habían quedado fuera de la burbuja debido a su cercanía con el monstruo. Los 11 elegidos se hallaban parapetados tras los Prefectos de cada casa, que empezaron a gritar hechizos. Ocho rayos de colores surgieron de las varitas y perforaron el plumaje. Aurobinda graznó y se lanzó contra los Impromagos, acometiendo con sus patas con garras afiladas como espadas. Lanzándose al suelo, se dispersaron en varias direcciones, intentando evitar el corte de aquellas peligrosas garras.

Eliz, la Prefecta de los Ferox se adelantó y apuntándose a sí misma gritó:

– ¡Por los Salvajes y la Torre Arcana! ¡Duplicatio!

Súbitamente, decenas de copias de la Impromaga surgieron a su alrededor y se lanzaron a trepar por las patas de la criatura. Esta se debatió furiosa, pero las Elizes se agarraban con tozudez y entorpecían los movimientos de la criatura. Una de las copias se las arregló para soplar de su cuerno con fuerza. Así es como empezó el contraataque de los Impromagos.

Tilisa, la prefecta de los Redigis esquivó un golpe del ala. En su mano brillaba el Anillo del Dragón, reluciente de poder.

– ¡No te saldrás con la tuya! ¡Congelado! – gritó, apuntando con su varita al ala de la criatura. Esta se quedó paralizada durante unos instantes, pero agitándola con rabia, volvió a recobrar su fuerza original y el pájaro se lanzó contra las paredes de la habitación. Mientras varias Eliz salían despedidas por los aires, los cimientos de la Torre temblaron como una hoja agitada por el viento. Con un ominoso crujido, las vigas del techo empezaron a cuartearse y una lluvia de cascotes y piedras se precipitó sobre los Impromagos.

Telina y Nika se miraron fijamente y asintieron. No necesitaban comunicarse, habían practicado mucho juntas. Agitando su varita, Nika apuntó a Telina invocando el hechizo.

– ¡Por el poder del bosque! ¡Potentia Magicae! – gritó sosteniendo fuertemente el frasco que contenía la sustancia de los sueños. Un rayo de luz surgió de la varita que imbuyó de poder a su compañera.

– ¡No dejaremos que destruyas nuestro hogar! ¡Telekinesia! – Con un gran aspaviento de Telina, todas las vigas que caían del techo quedaron suspendidas en el aire. Los aspirantes, protegidos tras la pantalla de luz, aplaudieron con entusiasmo.

El cuervo miró a su alrededor y volvió a cargar contra los 11 elegidos. Gody se interpuso en su camino, casi tropezándose con la espada de su cinto y gritó:

– ¡Si estamos unidos, nada nos puede derrotar! Manum Apertum!

De repente, las garras del cuervo se abrieron completamente. Graznando patéticamente, cayó de bruces contra el suelo, abriendo un enorme surco con su corpachón en el suelo de madera del Gran Salón. La sala entera estalló en vítores y silbidos de entusiasmo, que enmudecieron al instante. La criatura fue imbuida por un aura rojiza que hizo brillar su cuerpo con fuerza y empezó a batir las alas hasta incorporarse del suelo, quedando en suspensión en medio de la sala.

Sirene, la Prefecta de los Cibbun, no se dejó amedrentar y cuadró sus hombros diciendo:

– ¡Somos una familia, no eres bienvenida aquí! ¡Tempus Impedimentum!

Ante los ojos de Aurobinda, la escena empezó a desarrollarse con mayor lentitud. No podía ser. ¿A caso era posible que la Impromagia hubiese superado todas sus expectativas? ¿Iba a ser derrotada en ese patético lugar, un residuo de su débil pasado? Los siglos aprisionada al otro lado del espejo pasaron ante los ojos de la Bruja, recordándole todo lo que había sacrificado y perdido para llegar hasta ahí. Vio su inocencia, mancillada y lanzada a un caldero. Vio sus sueños y esperanzas corrompidos por pesadillas. Vio su caída a un pozo de oscuridad.

El aura rojiza creció en intensidad, y abriendo su enorme pico, empezó a vomitar chorros de energía corrupta directamente surgida del vacío y la oscuridad.

– ¡Somos la nueva esperanza de Calamburia! ¡Vuelve del pozo del que has salido! ¡Annulus! – gritó Stucco saltando sobre los restos de una mesa.

El miasma de energía oscura que surgía de la boca de la criatura chocó contra una fuerza invisible. Stucco puso cara de concentración y empezó a sudar profusamente mientras el miasma oscuro avanzaba palmo a palmo. El último instante, se apartó lanzándose al suelo y perdiendo su varita en el proceso. El vómito oscuro empezó a corrroer el suelo como si de ácido se tratase. Levantándose de un salto, Stucco sacó una varita amarilla: se trataba de su varita de aspirante, ya que además de Impromago, era un Primus. Gracias a la lentitud de movimientos del monstruoso cuervo, pudo calcular su siguiente ataque y bloqueó de lleno el chorro en la boca de la criatura, invirtiendo el flujo de nuevo hacia su interior. El cuerpo del cuervo se colapsó y fue presa de terribles espasmos. Sumando la lentitud y los temblores, las alas no pudieron soportar más su peso y cayó contra el suelo con un monumental golpe que hizo temblar de nuevo toda la torre de Skuchain.

– ¡Ahora, aspirantes elegidos! ¡Confinad a la bestia! – apremió Theodus, ocupado en mantener el hechizo de protección.

Los 11 Elegidos alzaron sus varitas y gritaron todos a la vez:

– ¡Por Skuchain! ¡Telekinesia!

Uno a uno, todos los jirones de los estandartes de Calamburia salieron volando de las paredes y fueron enroscándose alrededor de las extremidades del monstruo. Los símbolos de cada una de las castas apresaron a la criatura, confinando la oscuridad en una vorágine multicolor. Graznó, se debatió, se lanzó contra las paredes de la Torre, pero nada podía hacer. El combate la había debilitado y el peso de todos los hechizos empezaba a ser demasiado incluso para la misma personificación de la oscuridad. El estandarte de Tenebris fue el último en llegar flotando etéreamente, tapando la cabeza de la criatura que se debatía con furia. Finalmente, se quedó inmóvil, provocando una marea de gritos y aplausos por parte de todos los aspirantes.

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Theodus dejó caer la barrera y se acercó orgulloso hacia sus prefectos y los 11 Elegidos. Pero Aurobinda todavía guardaba una sorpresa bajo la manga. La forma del cuervo cubierta por los telones empezó a menguar hasta desaparecer. De entre el destrozado montón, rugiendo de rabia, surgió la Bruja, apartando a patadas los jirones de tela.

– ¡Maldito seas Theodus! ¡Malditos seáis todos, ratas mugrientas! ¡Os voy a exterminar! ¡Mancillaré todo lo que amáis! ¡Condenaré vuestra alma a una locura infinita! ¡Voy a…voy a…! – se paró momentáneamente sin poder contener la rabia que la poseía – ¡Dadme la piedra!

– Has sido derrotada, hermana. Acéptalo y retírate, si no quieres volver a saborear el poder de todo Skuchaín.

La Bruja se giró hacia los 11 Elegidos y los Prefectos, que mantuvieron la posición con entereza. Cambió repentinamente de estrategia mostrando una sonrisa que rezumaba falsedad y zalamería.

– Sois fuertes para ser unos patéticos mortales. ¡Os ofrezco un sitio en mi trono de oscuridad! ¡Aceptad, y podré multiplicar vuestro poder hasta horizontes con los que ni siquiera habéis soñado!

Los 11 elegidos se miraron entre sí. El primero de ellos dio un paso, pero luego todos le siguieron.

– Somos dignos herederos – dijo Trai.

– Somos el conocimiento – dijo Vitichin.

– Somos la sangre y el honor – dijo Alena

– Somos el fluir de la tierra – dijeron al unísono Grahim y Susmez.

– Somos el legado de la furia – dijo Iruali.

– Somos la nobleza que está en el corazón – dijo Lepif

– Somos el pasado, y el presente – dijo Slum.

– Somos la oscuridad que la luz necesita para brillar – dijeron al unísono Aúrra Ela y Airo.

– ¡SOMOS SKUCHAIN! – gritaron todos a la vez.

El silencio invadió la sala de nuevo. Todos contenían la respiración, esperando una nueva escalada de violencia. Las manos se aferraron a las varitas, los pies se movieron imperceptiblemente para cambiar de peso. La tensión era tal que suponía una presión casi física.

– Lo ves, hermana. Te lo dije. Las nuevas generaciones ya nos han superado. Deja de aferrarte a tu antiguo poder, los tiempos de Oscuridad ya han pasado para Calamburia. Es hora de seguir adelante y que seamos parte de la Historia, donde tú y yo pertenecemos.

– ¡No te atrevas a juzgarme hermano! ¡Tú, que nos encerraste en un vacío infinito! ¡Tú, que te creías mejor que nosotros! Tus cachorros no saben nada sobre la oscuridad que anida en tu corazón – escupió con rabia y odio infinito.

Theodus la miró con unos ojos cargados de tristeza.

– Todos tenemos nuestra oscuridad interior. Y luchamos cada día contra ella. Por eso creé la Casta de Tenebris: para no olvidar nunca a dónde conduce el camino del odio. La magia es como una vela, necesita oscuridad para poder proyectar su luz. Vosotras, hermanas, sencillamente elegisteis el camino fácil.

– ¡Bah! – espetó Aurobinda escupiendo con desprecio al suelo -. Como siempre, sermoneando como un Capellán. ¡Esto no va a terminar, aquí, Theodus! ¡Me reuniré con mi hermana y nuestra venganza será terrible!

En un abrir y cerrar de ojos, su figura volvió a convertirse en una vorágine de humo negro, que fue subiendo en espirales hacia el techo y se escurrió por entre las grietas de la Torre como una enorme cucaracha.

Los Impromagos empezaron a lanzar débiles suspiros de alivio que dieron pasos a gritos de alegría y frenéticos aplausos. Todos se abrazaban emocionados, contentos de haber sobrevivido a semejante enfrentamiento. Theodus levantó los brazos sonriente, silenciando poco a poco la algarabía.

– No esperaba menos de todos vosotros, aspirantes e Impromagos. Sois dignos portadores de mi legado. Podría decir incluso que me habéis superado. Pero aún queda una cosa por hacer: antes de que mi poder se agote, debéis escuchar la voz de quién fue en su momento mi sucesor.

Andando con parsimonia, Theodus se acercó a la pared, y usando la palma de la mano de Eme, entró en contacto con la superficie de la Torre. Esta relució con un poder cegador y una voz empezó a hablar con voz grave y cavernosa.

– Aspirantes, si estáis escuchando mi voz, Calamburia atraviesa una época oscura, y lo que es peor, ya no puedo estar para ayudaros – dijo con gravedad una voz que los más veteranos reconocieron como la de Ailfrid, el último Archimago de la Torre Arcana -. Si habéis llegado hasta aquí, quiere decir que habéis superado con éxito las pruebas necesarias para ser auténticos Aspirantes de la Torre Arcana de Skuchaín. Para mí es un orgullo saber que a pesar de que yo ya no esté, siga llegando sangre joven y esperanzada a este hogar de magia y sueños. Aunque estos sean tiempos oscuros, os deseo que viváis la vida con todas vuestras fuerzas y nunca os arrepintáis de vuestro pasado. Vuestras raíces son importantes y por ello son la base de cada una de vuestras Castas. Antes de despedirme yo también voy a hacer un homenaje a mi pasado, a mis raíces. Sirene, mi pequeña y dulce aprendiz. He estado vigilándote durante muchos años en la sombra, pero ahora veo que ha sido un error. Es hora de que acabemos con los secretos y no suframos más por las decisiones del pasado. Delante de todos reconozco que eres hija mía: eres la descendiente de un linaje de poderosos magos y fruto del amor de dos personas que sólo querían lo mejor para ti. Nunca he dejado de quererte ni de sentirme orgulloso de ti, aunque jamás haya podido demostrártelo. Recuérdalo hija mía. Siempre estaré contigo.

Los ecos emocionados de la voz de Ailfrid se fueron difuminando por el aire, secundados por los sonoros sollozos de Sirene, que se hallaba de rodillas en el suelo.

– ¡Era…era mi padre! ¡Fue tan buen profesor! ¡Y era tan atento! – intentó secarse los ojos sin éxito, poseída por una intensa emoción- Yo pensé que no tenía familia y hace poco he conocido a mi madre y ahora resulta que… mi padre siempre estuvo conmigo y nunca lo supe. ¡Ailfrid! ¡Papá!

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Todos los Prefectos se acercaron a consolar a Sirene, con una sonrisa triste, abrazándola y formando un unido circulo que jamás podría romper magia alguna.

– ¡Ah! Finales felices y provechosos económicamente: mis favoritos – dijo Penélope acercándose a la piedra. Los Elegidos se la tendieron con aire grave y ella la cogió como si fuese un simple pedrusco -. Vaya, para todo el revuelo que hemos creado, pesa bastante poco. Me la imaginaba más… mística.

– Es un artefacto de infinito poder. Debe ser tratado con cuidado – dijo con gravedad Félix.

– Sí, sí. Dejo toda la burocracia mágica y los tejemanejes arcanos en vuestras capaces manos. Yo solo soy una inversora que impulsa esta aventura, no quiero aburrirme con los detalles.

– ¡Sí! ¡Es el momento de contraatacar! – dijo con fuerza Stucco, una vez disuelto el círculo alrededor de Sirene-. Es el momento en el que la Torre Arcana vuelve a recuperar el terreno perdido. ¿Archimago Theodus, cuál es el siguiente paso?

Todos se giraron para ver la respuesta del poderoso mago. Desgraciadamente, a quien encontraron fue al confuso Eme, que miraba a su alrededor con gran apuro.

– ¡No! ¿Me he vuelto a dormir? ¡Oh, Sirene, lo siento muchísimo, no entiendo porque me pasa tan a menudo!

Banjuló asomó su cabeza de entre la multitud, después de salir del escondrijo en el que se había metido durante el combate.

– ¡Ea! Este no parece que vaya a ser de mucha ayuda.

– No importa. Theodus confía en nosotros. Y Ailfrid también – dijo Sirene dando un paso al frente, todavía con los ojos llorosos pero con mirada decidida -. Somos su legado. Y somos el futuro. ¡Rompamos la Maldición!

Todos irrumpieron en fuertes gritos y lanzaron coloridos hechizos con sus varitas como si de fuegos artificiales se tratasen. Y mientras la luz del sol se asomaba por entre las grietas de la pared, iluminando el Gran Salón, poco a poco, de manera natural, las voces empezaron a alzarse cantando el himno de la Torre Arcana:

Es tu magia, Skuchain, la que defienden con valor,

Los impromagos en su torre con nobleza y con honor.

contra toda adversidad, nuestras varitas se alzarán

Pues nuestras castas siempre unidas combatirán

 

Únete a la ImproMagia

Hay una casta para ti

Defiende Calamburia,

siente su esencia fluir

¡Los sucesores de Theodus

crecemos aquí!

 

Es tu magia, Skuchain, la que defienden con valor,

los impromagos en su torre con nobleza y con honor.

Contra toda adversidad, nuestras varitas se alzarán

pues nuestras castas siempre unidas combatirán

 

Nuestra marca de ImproMago

Muestra nuestro corazón

Y aun siendo diferentes

Latimos al mismo son

Toda nuestra fuerza se debe a la improvisación

 

Es tu magia, Skuchain, la que defienden con valor,

los impromagos en su torre con nobleza y con honor.

Contra toda adversidad, nuestras varitas se alzarán

pues nuestras castas siempre unidas combatirán

 

El Titán es nuestro emblema

Su legado es el saber

Pues a esta escuela arcana acudimos a aprender

¡Cantemos unidos el himno hasta el amanecer!