120 – EL TIEMPO QUE FUE

En los albores del universo, antes de que el mundo fuese mundo y la existencia se abriese paso por la creación, no había nada. Era una nada infinita, palpitante, hirviendo de posibilidades y de universos esbozados. La nada se extendía más allá de cualquier tipo de percepción, cruzando dimensiones, realidades y universos. La nada era todo, y a la vez, no era.

Y de repente, la nada dejo de ser nada. Y simplemente existió.

El pasado fue, y por su simple existencia, el universo y las infinitas dimensiones de realidades iniciaron su largo y eterno camino de la existencia. Al existir un pasado, al retirarse la nada y abandonar al universo lejos de su cálido abrazo, la realidad empezó a existir. El pasado obligó a la realidad a crear vida para poder alimentar su ávida necesidad de tener un origen, y así es como nació el universo: para saciar la sed de un mecanismo imparable.

Es en esta inexorable búsqueda de posibilidades que pudiesen crear un pasado en el que nació el presente. Al contrario que el pasado, el presente no era más que el aire que sostiene el colibrí o el cauce del río que contiene el agua. No tenía ninguna sed ni ninguna necesidad, su único cometido era sostener la existencia, darle un propósito y dejarla fluir hacia su curso natural, el pasado. Gracias al presente, la materia tomó forma, las fuerzas elementales surgieron con rabia primitiva a rellenar los confines del universo.

Y en este caldo de cultivo, en esta olla primigenia de vida y muerte, surgió el futuro. Futuro no tenía la avidez insaciable del pasado ni la neutralidad infinita del presente: el futuro era el caleidoscopio de posibilidades del mañana, la fuente de crecimiento, la búsqueda del propósito. Futuro le dió sentido a la existencia, le dió una razón. Y así es como Pasado, Presente y Futuro, fueron y el universo se creó.

Pero la existencia, en su aleatoriedad y su sinfín de posibilidades, dió a luz a una vida que sobrepasaba el entendimiento del tiempo: las criaturas humanoides. Dotadas de consciencia propia, habían heredado de alguna manera la capacidad de atesorar el pasado, vivir el presente y poder soñar con el futuro. Ninguna criatura viva alcanzaba semejante potencial, e hicieron algo que alteró para siempre el curso de la existencia: hizo que Pasado, Presente y Futuro cobrasen consciencia de sí mismos. Quizás un hecho esté ligado al otro, quizás las criaturas humanoides no son un capricho de la vida sino un remanente inconsciente del tiempo, nunca lo sabremos. Pero el mismísimo tiempo se hizo verbo y adoptó un nombre: Urd, Verdandi y Skuld.

Como entes incorpóreos, se dedicaron a estudiar esos extraños seres pensantes, que no sólo entendían el concepto del tiempo, sino que además lo medían, aprisionaban y explotaban para sus propios fines. Los tres vértices del tiempo bailaban entre la fascinación y la curiosidad etérea al ver como su infinitud cósmica podía verse capturada y disecada de una manera tan banal. Tal fue su fascinación que poco a poco, el ente incorpóreo conocido como tiempo se volvió carne, sufriendo la enfermedad de la humanidad: las emociones.

Adoptaron la forma de tres mujeres encapuchadas, para poder observar el mundo con discreción, pero sólo despertó el principio de un mito. El mito se convirtió en leyenda, y no hay nada como una historia fantástica para impulsar a miles de personas a través de las eras para lograr tener un encuentro con aquellas míticas criaturas conocidas como las Nornas.

Su localización no puede definirse con la simple tinta de un mapa ya que las Nornas, como el tiempo, nunca permanece en el mismo lugar. Su aparición suele ir ligada a la curiosidad y a las personas cuya línea temporal está llena de oportunos matices. De nada sirve suplicar su nombre o implorar piedad: las Nornas son impasibles e inmutables. Solo algo puede perturbar su etérea neutralidad: los diversos intentos de asesinato que han sufrido con el paso del tiempo. La naturaleza humana, esa misma fuente de luz y oportunidades aleatorias que las atrae es capaz de destruirlas. Pero solo su forma física, que vuelven a recuperar tarde o temprano. Su venganza es implacable y justa, como el paso del tiempo. Es por eso que nadie recuerda su rostro: es inmutable y cambiante.

Muchos han acabado topándose con las Nornas, aunque en realidad, son las Nornas las que se han topado con ellos.

Uno de aquellos elegidos fue el joven Illia, que recorría el bosque a la luz de una antorcha con paso firme, mirando a su alrededor impaciente. Pasó por un claro en el que se erigían tres altos dólmenes, tallados y colocados en ese lugar desde tiempos inmemoriales. El joven se detuvo para reorientarse y dió un paso atrás asustado al darse cuenta que las piedras se habían convertido en tres damas de blanco encapuchadas.

– Sois acaso… a las que llaman… ¿Las Nornas?

– Lo fuimos – dijo Urd.

– Lo somos – dijo Verdandi.

– Y siempre lo seremos – sentenció Skald.

– ¡Gracias al Titán! Me ha guiado hasta aquí el gran Archimago Theodus, el consejero real. Al parecer ha acudido a vosotras en el pasado, y esperaba que… – empezó a suplicar Illia.

– Recordamos al Archimago. Y recordamos la caída de su familia – dijo Urd.

– Y recordamos el precio que tuvo que pagar y que seguirá pagando para siempre – dijo Skald.

– ¿Quieres tú pagar el precio de conocer tu destino? – preguntó Verdandi.

– No puedo echarme atrás y estoy desesperado. No soy un guerrero, pero me están empujando a serlo. No le queda mucho tiempo al Rey Rodrigo I, y mi padre pronto ocupará su trono. Muy pocos aprueban esta sucesión y puede que estalle una guerra civil. Temo tener que luchar contra mi propia familia. Yo sólo deseo estar con mi amadísima Cassandra…

– ¿Deseas saber cuál es tu futuro, joven con la sangre de reyes? El simple hecho de saberlo podría cambiar la propia realidad – dijo Skald.

– ‘¡No me importa! Yo… no puedo dejar de tener terribles pesadillas en las que me alejo de Cassandra y caigo en un abismo sin fin. Ansío la paz y la tranquilidad.

– Has tenido una vida cómoda y tranquila, llena de lujos y caprichos. – recordó Urd.

– Estáis pisoteando las oportunidades que os brinda Rodrigo I con vuestra pasividad y acomodamiento – sentenció Verdandi.

– Y recogerás el fruto de lo sembrado muriendo por tus heridas después de la futura guerra que tanto temes – finalizó Skald sin ningún rastro de emoción.

El silencio recorrió el claro acompañado de una leve brisa. La antorcha chisporroteaba en la mano de Illia.

– ¿Cómo? ¿Me estáis diciendo que voy a morir por culpa de una estúpida guerra civil? ¡Lo sabía! ¡Sabía que un destino aciago me esperaba! ¿Hay alguna manera de impedir este trágico final? Oh, Cassandra…

– Hay una manera. Siempre la hay. Pero hay también un pago – dijo Urd.

– Los humanos nunca consideráis el pago. Pero es elevado – recordó Velandris.

– La consecuencia de esta decisión te provocará una pérdida de memoria. Vivirás, pero no como te imaginas y sin recordar tu pasado.

– ¿Lo olvidaré todo? ¿Incluso mi amor por Cassandra? – preguntó relamiéndose los labios, sin creerse todavía que estaba negociando por su vida.

– Así es. Ella misma te salvará la vida, a un muy alto precio.

– ¿Morirá? – preguntó con voz temblorosa.

– No, no morirá. Pero anhelará la mortalidad, como una abeja anhela la miel.

– Nada podrá superar nuestro amor. Si mi decisión nos permite sobrevivir a ambos, todos precio me parece pequeño – dijo con fingida decisión, aunque la duda aleteaba a su alrededor. Lo cierto es que le aterrorizaba morir.

Las tres damas se cogieron por las manos y las alzaron hacia la pálida luna. Una a una, pronunciaron una terrible profecía.

– El pasado es inmutable, y a pesar de ello, un joven acomodado ha decidido luchar contra su destino. Pero el universo es y fue, por lo que no se puede huir del destino – dijo Urd.

– Pero sí que se puede elegir el camino que lleva hacia ese destino. Y el joven ha elegido el camino del sufrimiento y el olvido para esquivar el beso de la muerte – dijo Verdandi.

– Su amada compartirá la carga y pagará los intereses de esa decisión, mientras su amado sin recuerdos ayudará con sus propias manos a los inocentes – finalizó Skald.

– Lo que fue, será, y lo que ha sido, morirá – exclamaron las tres con un fogonazo de luz. Illia cerró los ojos con fuerza, y cuando logró abrirlos de nuevo, tres piedras silenciosas se erigían en el centro del claro.

Illia se arrebujó con fuerza en su capa, tiritando a pesar de que la temperatura era agradable. Sabía que su amada podría con todo, y no le importaba pasar su existencia ayudando a la gente con tal de evitar la muerte. Pero le inquietaba el hecho de que fuese Cassandra quien pagase los intereses de esta decisión.

Los mortales solían menospreciar el pago por conocer su porvenir. Pero todas y cada una de las veces, era mucho mayor que la primera opción que les tenía deparado el destino. Y ésta en concreto, marcaría el futuro de Calamburia y del propio Inframundo.

119 – EL NUEVO MUNDO

La tormenta zarandeaba el navío como un gigantesco niño enrabietado. Había tomado por sorpresa a la pequeña tripulación y ahora luchaban por sus vidas, tratando de aferrarse a cualquier superficie que no pudiese ser arrancada por el oleaje. Solo una figura se mantenía erguida entre aquel caos marítimo:

El Capitán.

Estoicamente plantado en la cubierta, parecía una poderosa roca, un pilar erguido orgulloso ante la ira desatada de los elementos.

– ¡Vamos, marineros de agua dulce! ¡Arriad las velas, o el viento las desgarrará! ¡Que alguien suba al palo mayor! ¡Señor Perkins! ¡Venga aquí! – ladró con fiereza Walter Kennedy, el capitán del barco.

Un marinero se acercó a él, aferrándose a cualquier obstáculo que se interponía en su camino para ganar en estabilidad.

– ¡Señor, ese no es mi nombre! Me llamo… – intentó gritar el marinero mientras su voz se perdía en la tormenta..

– ¡Lo que sea! ¡Alguien tiene que subir ahí arriba y arriar esas condenadas velas!

– Con el debido respeto, creo que nadie se va a atrever a subir ahí arriba con el tiempo que hace. Señor.

– ¿Cómo, Perkins? ¿Un motín en mi propio barco? ¿Lo voy a tener que pasar por la quilla? ¡Baje ya esas condenadas velas!

De lo alto de los mástiles sonó un estremecedor crujido y el palo mayor se partió en dos, lanzando una nube de cuerdas, maromas y fardos de vela sobre la cubierta. El capitán y el marinero fueron sepultados por una maraña de tela y desperdicios, de la que salió Walter rasgando y cortando con su espada como si estuviese poseído.

– ¡A las armas! ¡Nos atacan! ¡Cargad los cañones y las culebrinas! ¡Sangre y fuego! – gritaba mientras su sombrero chafado le tapaba la cara.

– Señor, ¿Cuenta esto como bajar las velas? – dijo el marinero, emergiendo de entre los restos, dando gracias al Titán por seguir vivo.

Walter miró a su alrededor, con sus ánimos desinflándose por momentos. Su padre siempre le dijo que la apariencia era lo más importante, y que no importaba la calidad de la tela: al final los incultos y patanes solo se fijaban en los bordados de la alfombra. Y eso intentaba hacer él, relucir como el más épico de los bordados, aunque cada vez se encontraba más mojado y dificultaba el asunto de parecer glorioso.

– Un día de estos, te pasaré por la quilla. ¡Te obligare a pasar por ese tablón a punta de espada!

– Señor, me da a mi que no sabe muy bien dónde está la quilla.

Y efectivamente, no tenía ningún tipo de idea de qué era la dichosa quilla. Ni dónde estaba el barlovento ni qué demonios eran los contretes. Cuando negociaba con marineros en el puerto, admirando embobado a los barcos y pidiendo que le dijesen el nombre de cada elemento, nunca memorizaba los nombres. Eran palabrejas que sonaban a marineril, a aventuras y hombres y mujeres sin miedo a su destino.

– Perkins, yo no puedo saberlo todo. ¡O sino, estaría desafiando al propio Titán!¿Y quieres que lo desafíe, Perkins?

– No me llamo Perkins, Señor.

– ¡Pues eso mismo! Voy a ver cómo nos saco de este desastre. ¡Yo nací en una tormenta, no temáis, grumetillos! Os guiaré hacia tierra firme.

Mientras el capitán sacaba un recargado catalejo, los marineros cercanos agitaron la cabeza con pesadumbre. Todos sabían que no era un lobo de mar, sólo se trataba de un burguesito vendedor de alfombras que había vendido todas sus pertenencias para comprarse un barco. Lo único que había evitado el motín y que lo pasasen por la verdadera quilla, es que Walter Kennedy parecía un hombre afortunado. Habían sobrevivido a tormentas, dejado atrás a navíos pirata, y todo gracias al optimismo suicida de su capitán. Su lógica desafiaba cualquier estrategia naval y permitía encontrar soluciones a problemas que parecían irresolubles. O quizás, simplemente, estaba loco de atar.

Por eso a nadie le extrañó cuando, agarrado a los restos del palo mayor, empezó a gritar como un descosido:

– ¡Tierra! ¡Tierra a la vista! ¡Tenemos a los Elementos de nuestro lado!

Era un don. Un don de la inconsciencia.

El timonel activó el motor de emergencia, un prototipo de los inventores que permitía al barco avanzar sin vela mediante tracción humana (esto es, con sudorosos marineros corriendo en una rueda en las profundidades del barco). Se fueron acercando hacia lo que efectivamente parecía una costa castigada por un implacable clima. Las olas, embravecidas, amenazaban con lanzar el barco contra la playa.

– ¡Señor, no puedo acercarme más!

– ¡Haremos el resto del trayecto remando! ¡Echad el ancla!

Mientras el gigantesco armatoste de hierro caía hacia las profundidades marinas, la tripulación se afanó en bajar los botes. Walter saltó gallardamente en uno de ellos mientras lo bajaban, pero el bote gritó de manera un tanto afeminada.

– ¡Por la espina del Leviathan, cuidado! ¿Es que un hombre no se puede echar una siesta tranquilo? – replicó una voz, escondida bajo los fardos del fondo del bote. Una cabeza malcarada se asomó de entre las telas, mirando a su alrededor dolorido.

– ¿James? ¿Pero por todas las ánimas del Inframundo, qué haces aquí?

– ¡Pues echarme una siestecita, capi! ¡Un hombre necesita descansar!

– ¿En medio del fin del mundo? ¿En medio de una tormenta de la que contarán leyendas?

– No se pase capi, que las he visto peores. Es que verá, a mi las tormentas me dan un sueñecito…

– James, estamos en una misión importantísima. ¡Si logramos descubrir que hay tierras más allá de Calamburia, la Reina Sancha nos financiará la armada mayor que ningún mortal ha soñado crear!

– Bueno, visto la manera de la que nos despachó, dudo mucho que esté tan entusiasmada como nosotros.

– Lo estará cuando vea este descubrimiento. ¡Alzate del fondo de ese bote, hombre! ¡Y contempla…un nuevo continente!

James Buen Chico Fox se levantó del zarandeado bote, que iba remando de ola en ola hasta la costa. Sus ojos se agrandaron de la sorpresa al ver aquella ignota costa, con suculentos secretos, botines y nuevas tierras que descubrir.

– ¡Lo hemos logrado, capi! ¡Un nuevo mundo! Aunque es diferente a cómo la vi yo en su momento. Esta me resulta más familiar – dijo con aire pensativo.

– Es la familiaridad de lo desconocido, amigo mío. ¡El destino nos espera! – dijo mientras ponía un pie en la proa del bote. Una ola estuvo a punto de derribarlo, pero Fox lo agarró en el último momento y lo volvió a colocar en su sitio.

Dejaron los botes en la playa y se adentraron en la arboleda que había más allá de las lindes de la playa. Según exploraban  el bosque, la tormenta empezó a amainar con sorprendente rapidez. El pequeño grupo de mojados marineros siguió adentrándose más y más en el bosque, hasta que parecieron cruzarlo y emergieron al otro lado. Campos de cultivo cuidadosamente vallados se extendían por un vasto valle, mientras el sol asomaba tímidamente por las nubes.

– ¡Una tierra fértil! ¡Domada por una misteriosa civilización! Debo decir James que algunas veces he dudado de ti. En mis momentos de mayor debilidad, he llegado a pensar que aquello que viste no fue una tierra exótica, sino delirios de marinero, como tu romance con una tritona. Pero ahora que veo esta tierra rica de promesas… – declamó el Capitán, visiblemente emocionado, al borde de las lágrimas de orgullo.

– Capi… – empezó a decir James tirándole de la manga.

– …¡Siento que todo es posible! ¡Que todas las leyendas son ciertas! ¡Que el mundo entero está a nuestro alcance! Ah, sí mi padre pudiese verme ahora…

– ¡Capi! – interrumpió más insistente, tirando con fuerza de la manga.

– ¡No interrumpas mi discurso, hombre! ¿Por donde iba? ¡Ah, sí! ¡Si mi padre…!

– ¡Oiga usté! ¡Se puede saber que haceis pisandome la descendencia?

El Capitán se giró con un rictus en el rostro al reconocer el acento. Un hortelano muy enfadado se acercaba agitando una hoz en actitud violenta.

– ¿Se creen que puede ir por ahí estropeando el trabajo de la gente honrá?

– ¿Cómo? ¿Hay hortelanos en el Nuevo Mundo? ¡Menudo descubrimiento!

– ¿Qué Nuevo Mundo ni qué puñetas? Estas tierras pertenecen al condado de Sí A Huevo de Abajo. ¡Y si no sus vais ya, llamo a la guardia de los Von Vondra a que os den una paliza!

– Le estaba intentando avisar, Capi. Que todo esto me sonaba un poco. La tormenta nos habrá desorientado un pelín.

Walter Kennedy vio con impotencia cómo sus marineros se daban la vuelta y volvían para el bosque, rezongando entre dientes. No solía dejarse vencer por el pesimismo, pero acababa de encajar un duro golpe.

– ¿Crees que lo lograremos, James? ¿Crees que un día descubriremos algo que haga historia? – dijo apesadumbrado, mientras seguía a sus hombres, hundiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta.

– Como que me llamo James Fox, Capi. El mundo está ahí fuera. ¡Yo lo ví, se lo juro! ¡Con estos ojos! Nosotros lo demostraremos. ¡Y las mozas alabarán nuestros nombres!

Walter se animó notablemente. Y resurgió el Capitán.

– ¡Sí! Es solo una cuestión de tiempo. ¡De tiempo, arrojo y valentía, James!

Y así fue como los futuros Colonos de Calamburia desandaron sus pasos y trataron de arreglar su barco lo mejor que podían para partir hacia nuevas aventuras.

118 – LA MEMORIA DEL BOSQUE

Los árboles recordaban.

No en un sentido estricto de la palabra, ya que los árboles no entendían el tiempo tal y como lo hemos troceado y compartimentado los humanos, pero entre sus anillos milenarios y sus ramas llenas de sabiduría, reposa el paso de las eras.

En la linde del bosque, un roble recordaba. Recordaba una época en la que Elfos y Salvajes coexistían en armonía, bajo el mandato del Titán. Tras la expulsión de los Hijos del Dragón de la superficie de Calamburia, los Salvajes se habían vuelto una fuerza sin control que debía ser dominada.

Los Elfos fueron creados por el Titán moldeando la realidad junto al barro y la vegetación de la mismísima tierra. Fueron tres los estamentos de Elfos que establecieron su residencia en la copa de los árboles: Los Elfos Arcanos, diestros en la magia, los Altos Elfos, diestros en la lucha y las leyes y los Elfos Sapientes, expertos en todas las áreas del saber.

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Desde lo alto de sus hogares, los elfos bajaban a la tierra de Calamburia para instruir a aquellas hordas descontroladas traían calma a sus corazones. Los Altos Elfos crearon los duelos individuales y un sistema de leyes y castigos, para canalizar la ira de los Salvajes. Los Elfos Arcanos trataron de encauzar las habilidades mágicas innatas de algunos miembros de las tribus. Los Elfos Sapientes formaban a los Salvajes más apacibles en todas las disciplinas posibles, para que extendiesen su legado.

Poco a poco, los Elfos fueron agotando su esencia mágica al ver su propósito casi alcanzado. De manera paulatina, como una flor marchitándose, se fueron alejando de sus hogares, introduciendose en el bosque para convertirse en árboles que crecerían con vigor con el paso de los siglos, por encima de sus congéneres arbóreos.

Durante cientos de años, aunque los Elfos hubiesen desaparecido misteriosamente de la faz de Calamburia, los civilizados Salvajes seguían acudiendo a la Arboleda de Catch-Un-Sum, donde los árboles palpitaban de poder y parecían susurrar palabras de aliento a sus visitantes. Pero con el paso de los años, incluso esa costumbre se olvidó. El último hombre que acudió a rendir sus respetos a las antiguas leyendas fue el Rey Rodrigo I. El árbol lo recuerda arrodillado entre sus raíces, suplicando al Titán y a los Elfos que le diesen fuerzas para unificar Calamburia.

Con un temblor en las ramas, el árbol recordó cuando fue mancillado por primera vez por un zíngaro. El mismísimo patriarca Arnaldo posó su mano contra su corteza y le sorbió su vida hasta casi matarlo. Fue una época oscura, en la que los zíngaros amenazaron con ahogar al bosque hasta que entendieron que tenían que ser más cautos con su nueva fuente de poder.

El roble recordó los diferentes combates y escaramuzas que se dieron a las lindes del bosque, en el que el Reino de Instántalor trataba de ahogar a su vecino del norte, hasta finalmente anexionarlo a él y a su Palacio de Ámbar. Trató de ocultar algún herido entre sus raíces, pero fue inútil. Todos acababan muriendo.

En uno de sus numerosos anillos, está la marca del combate entre Arnaldo y Theodus, un enfrentamiento que desenraizó a muchos de sus congéneres y del que salió milagrosamente indemne. Theodus cayó, muerto y vencido y la misma tierra lloró su pérdida. El árbol notó como todas las criaturas que vivían en su interior sollozaban de dolor. Quizás por esa razón la tierra misma dió una segunda oportunidad a Theodus, aunque no como él habría esperado.

Un trajín de personas y criaturas se adentraron y salieron del bosque con el paso de las eras, pero pocas atrajeron tanto su atención como la cruel Reina Urraca. El árbol supo que el paquete que tenía bajo los brazos contenía una pócima que cambiaría el destino de Calamburia.

Incluso cuando el árbol pensó que ya nada podía sorprenderlo, el mundo lo hizo. Una mañana se encontró con un niño llorando entre sus raíces. Trató como pudo de consolarlo con sus hojas y el vaivén de sus ramas, pero era imposible. Por suerte, dos amables molineros se lo llevaron para darle un feliz hogar.

Ninguna de esas cosas hizo que el árbol despertase de su vigilia somnolienta. Presenció todos esos sucesos como a través de una ventana, con el sopor de alguien que lucha por no dormirse. Sus pensamientos eran lentos como la melaza y su sentido del propósito se hallaba diluido en lustros de existencia. Pero un buen día…. abrió los ojos.

El gigantesco roble tembló y sus ramas vibraron con fuerza. Un ejército de ardillas y pequeños roedores bajaron a toda velocidad por su tronco. Docenas de pájaros echaron a volar con frenesí de su copa. Dos familias de conejos tuvieron que salir apresuradamente de entre sus antiguas raíces para buscarse otro hogar. El árbol empezó a encoger a una rapidez endiablada, como si estuviese siendo succionado por la tierra misma. Ya no había un árbol. En su lugar, un Alto Elfo parpadeaba lentamente mirando a su alrededor.

A su lado, un delicado sauce empezó a temblar y pasó por la misma transformación. Una Elfa Arcana miró a su alrededor con calma, a través de ojos centenarios que lo habían visto todo.

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– Han sido muchos años, Níniel – saludó con tranquilidad etérea el Alto Elfo.

Su compañera no contestó y miró lentamente a su alrededor.

– Todo ha cambiado, Dandelion – dictaminó la Elfa -. Salvo nosotros.

– No fuimos creados para cambiar. Fuimos creados para perdurar para siempre.

– Te equivocas. Fuimos creados para guiar a la humanidad lejos de su extinción y nuestro premio y consuelo fue el de descansar para toda la eternidad. Pero nos lo han arrebatado – dijo Niniel con fría calma.

Dandellion respiró hondo cerrando los ojos. Los volvió a abrir sereno.

– El Titán sólo nos ha podido llamar de vuelta por una razón: la sangre Salvaje vuelve a estar descontrolada y amenaza con volver a hundir esta tierra en sangre y violencia.

La Elfa Arcana posó sus manos sobre un árbol y susurró unas palabras. Se volvió para mirar a su compañero.

– Nadie más ha despertado. Nuestros hermanos han quedado alterados por la violación de la magia de los zíngaros. Quizás están perdidos para siempre – dijo con amargura la Elfa.

– Tendremos que curar esta tierra nosotros mismos. Es nuestro destino. Trata de investigar en la savia de nuestros hermanos si hay alguna pista que pueda orientarnos.

La Elfa volvió a posar sus manos. Frunciendo la frente, empezó a murmurar por lo bajo.

– Hubo… un asesinato. El linaje peligroso de los Salvajes terminó de manera sangrienta. Pero…hubo un hermano en su forma arbórea que vió algo. Vió a una Sanadora con un niño en brazos llegar a una de las residencias de verano de la realeza. Ahí lo ha visto crecer de una manera rápida y antinatural. Es el Don del Titán. El linaje no ha terminado.

– Temo en lo que se han convertido los hombres en nuestra ausencia. Parecen haber llegado más lejos de lo que les hemos enseñado nunca, y sin una luz que les guiase, han caído en la violencia y la obsesión.

– El Titán nos dió el poder de guiarlos, Dandellion, pero también el de eliminarlos, por si su creación se descontrolaba.

– Es difícil olvidarlo. Busquemos a ese niño; ojalá sea un parangón de justicia y bondad. Si no es así, me temo que tendremos que empezar a arrancar malas hierbas.

Níniel retiró la mano del árbol y miró con firmeza a su compañero.

– No tendré reparo alguno en hacerlo, Alto Elfo. No después de lo que he visto a lo largo de nuestros largos años y al ver lo que han sufrido nuestros compañeros. Cientos de miles de nuestros congéneres, condenados a un sueño del que quizás jamás puedan despertar. Alguien pagará por esto.

Ambos echaron a caminar por el bosque, con paso liviano y suave. Pero temed la tranquilidad de los Elfos, Calamburianos. Un árbol puede partir una piedra en pedazos si dispone del tiempo suficiente. Y los últimos Elfos tenían toda una eternidad por delante.

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116 – EL OCASO DE ÁMBAR (III)

– Calma. Concéntrate. Debes esperar hasta el último segundo.

El jabalí cargaba directamente hacia ellos, con los ojos enloquecidos y soltando espuma por la quijada. Levantaba terrones de tierra y sus colmillos parecían relucir a la luz del amanecer.

– Sujeta bien la lanza– susurró el padre de Dorna -. Y cuando esté tan cerca que puedas respirar su olor, carga hacia adelante con todas tus fuerzas.

La pequeña Dorna saltó gritando hacia el jabalí clavando la lanza debajo de su mandíbula, atravesando su cerebro y empalándolo en el acto. La criatura dio unos últimos estertores y cayó con todo su peso sobre la lanza, empalándose aún más.

– ¡Lo he conseguido, padre! ¡He sido más fuerte que el jabalí! – dijo entre risas Dorna.

– Así es, cachorro. Tus pequeños colmillos son cada vez más afilados. Pronto te volverás una loba temible a la que todos temerán – dijo con orgullo su padre, revolviéndole el pelo con cariño.

– Pero si somos tan fuertes, ¿Por qué nos atacó, padre?

– Es la lección que quería enseñarte hoy. Sígueme.

Dorna siguió los pasos de su padre por los senderos ocultos del bosque. Trataba de pisar donde el pisaba e imitar todos y cada uno de sus movimientos. El sol seguía alzándose y espantando las últimas sombras del crepúsculo.

Llegaron a una pequeña hondonada donde se hallaba un árbol arrancado del suelo, con las raíces tratando de ascender hacia el cielo. Entre ellas, se escuchaban unos pequeños gruñidos animales. Dorna se acercó, muy suavemente.

– Son sus crías – dijo mientras tocaba suavemente las pequeñas criaturas, que emitían sonidos agudos de hambre, clamando por su madre.

– Así es, hija. Sin la manada, no somos nada. Solos, no podemos enfrentarnos a ningún peligro, por muy fuerte que seamos. Algún día, serás Jefa de Clan y tendrás que tener esto muy presente.

– Sigo sin entender por qué nos atacó. ¿A caso no estaba sola? ¿No tenía todas las de perder?

– Es cierto que solos no somos nada. Pero nunca menosprecies el poder infinito y brutal que invade a una madre cuando su progenie está en peligro. Nunca lo olvides.

Las palabras de su padre aún recorrían su cabeza tras tantos años de luchas y decepciones, pero ahora cobraban un cariz diferente. Apuntalando los pies en la tierra, se tensó como un resorte y aguardó la carga de su enemigo. El gigantesco soldado acorazado continuó su carrera con su mandoble en alto, y en vez de retroceder, Dorna saltó hacia adelante y le incrustó la lanza en el pecho sin temer ningún tipo de contrataque. El golpe del soldado falló y se empaló aún más por la inercia de su carrera. Escupiendo sangre por su casco, se derrumbó como un vulgar fardo.

Se giró hacia el campo de batalla. Portales mágicos se abrían por doquier y vomitaban soldados acorazados sin ningún tipo de orden lógico. Las formaciones militares no servían de nada, solo el instinto y los reflejos, los duelos individuales, la fuerza primitiva.

Dorna rugió un grito de guerra y se lanzó a por los desorientados soldados que salían de los portales. Otro rugido hermano le contestó por las cercanías del campo de batalla y Dorna prosiguió su lucha contra los soldados desorientados que salían de la nada. A través del portal, podía ver el campamento militar de la Reina Sancha, un hervidero de actividad similar a una colmena y con batallones interminables de soldados esperando su turno para entrar a invadir el palacio.

Los Zíngaros se apresuraron a cerrar el portal, pero otros muchos se abrían por doquier. Dorna se enzarzó en un combate con otro soldado, hasta que fue rodeada por todo un escuadrón. El rugido se volvió a repetir y Corugan los lanzó a todos volando por los aires con un barrido de su cayado

– ¡CORUGAN! – gritó con toda la fuerza de sus pulmones, mientras desafiaba a sus enemigos.

Ambos salvajes se colocaron espalda contra espalda, en una posición de combate que les eran tan familiar como respirar. Justo cuando se iban a abalanzar a por sus víctimas, una joven atravesó el grupo sin detenerse. Mairim se giró y saludó a Dorna mientras proseguía su carrera, saltaba contra las columnas y se lanzaba por una de las vidrieras del palacio.

El surrealista acontecimiento sacó a Dorna de su frenesí guerrero. Parpadeó mirando a su alrededor, mientras Corugan volvía a gritar su nombre y hacía retroceder de terror a los soldados. Su memoria volvió de golpe, recordándole las horas que había estado aporreando esa puerta, todos los intentos de Corugan por abrirla y finalmente, el principio del asedio del ejército de la Reina. No había podido quedarse en el palacio protegiendo la puerta que la separaba de su hijo porque Efrain le suplicó que protegiese el patio con los pocos Salvajes que le quedaban.

Los soldados enemigos empezaron mostrar un poco más de organización y empezaron a hacer un perímetro defensivo que bloqueaba el paso al palacio. Dorna entendió que algo estaba pasando en aquella torre y que por alguna razón habían mandado a los soldados a protegerla. Arrancando una lanza de un cadáver, la alzó en alto y gritó para llamar la atención de salvajes y zíngaros supervivientes. Sin saber si la miraban o no, cargó de nuevo hacia adelante, convencida que Corugan la seguiría. Su amigo, consejero y chamán se apresuró a unirse a ella, tocando uno de sus colgantes y murmurando un hechizo con una voz rasposa. Sus rasgos se deformaron y su cuerpo se hinchó hasta alcanzar una enorme mole simiesca, con rasgos brutales y llenos de violencia.

La criatura se estrelló contra los soldados como si de una bala de cañón se tratase y empezó a dar mamporros y potentes puñetazos a todo cuanto tenía a su alrededor. Dorna siguió su estela de destrucción, pero cada vez más soldados trataban de rellenar los huecos dejados por sus compañeros. Por el rabillo del ojo, captó un movimiento en lo alto de la torre, por encima de la Sala de Audiencias. Sancha III, Reina regente de Calamburia, se erguía altaneramente en el balcón. Cómo podía haber llegado hasta ahí escapaba al conocimiento de Dorna, pero su corazón se detuvo cuando vio que portaba un fardo en brazos.

Sancha empezó a hablar, y el corazón de Dorna a bombear sangre. No podía oír lo que decía, solo podía pensar en atravesar el cerco de soldados y salvar a su hijo. Sancha siguió hablando mientras alzaba el niño entre brazos. Pum. Dorna esquivó el tajo de una espada y atravesó con su lanza a un soldado. Pum. Sancha sacó un estilete de una de sus largas mangas y lo alzó hacia el cielo. Pum. Dorna trató de zafarse del agarre de un soldado y le desgarró el cuello de un violento mordisco mientras trataba de seguir avanzando, mirando hacia arriba. Pum. Sancha gritó lo que parecían las últimas palabras de un discurso. Pum. Dorna siguió corriendo, trastabillando, con la cara cubierta de sangre y los ojos llorosos mientras extendía un brazo desesperado hacia la torre. Pum.

Sancha terminó su discurso y con un movimiento firme, apuñaló al bebé en el pecho. Lo sostuvo unos segundos en el aire y lo dejó caer. Dorna gritó, o creyó gritar, pero ya no era consciente de nada. Su cuerpo seguía matando y desgarrando a todo el que le impedía seguir corriendo, pero su mirada estaba clavada en la pequeña figura que caía en picado por hacia la plaza. La Hija de los Primeros Hombres empezó a ser rodeada de cada vez más soldados y su corazón estalló en mil pedazos cuando vio aquella pequeña forma caer a escasos metros de ella. Llorando sangre y lágrimas, se abalanzó con las manos desnudas contra la muralla acorazada de soldados, pero en el último instante recibió un descomunal empujón que la lanzó al suelo, perdiendo el conocimiento.Pum.

Fue despertada por el familiar crepitar de una hoguera. Sintiendo cada uno de los arañazos y cortes de su cuerpo, se incorporó débilmente, como si fuese un cachorrillo.

– ¿Padre? ¿Qué ha pasado? – preguntó con voz temblorosa.

La sombra situada al otro lado de la hoguera cobró forma cuando se acercó a comprobar su estado. Pudo comprobar que aquellos rasgos no pertenecían a su padre, sino a Corugan.

– Descansa, líder de manada. Has perdido mucha sangre – gruñó Corugan en su idioma salvaje.

El escozor de las heridas provocó un vuelvo en su corazón. Recordó cómo había sido noqueada.

– ¿Por qué me detuviste? ¡Quería recuperar a mi hijo! ¡Maldito seas, Corugan! – dijo abalanzándose contra su pecho y propinándole una lluvia de puñetazos. Aunque débil, los golpes hicieron gruñir al chamán.

– Estábamos rodeados, líder. No podíamos hacer nada más. Tuve que luchar por tu supervivencia ya que tu habías perdido las ganas de vivir. Era una muerte deshonrosa – dijo escupiendo contra el fuego.

– Mi hijo… han matado a mi hijo – susurró mirando fijamente el fuego. Sintió como los pedazos de su corazón se hundían en el barro, dejando un vacío hambriento e infinito.

Corugan se limitó a apartar la mirada, compartiendo el dolor de su líder y amiga.

– Ya no tengo Clan. Ya no tengo descendencia. Ya no tengo… nada – enumeró con voz inerte mientras su mirada seguía perdida en el fuego.

La hoguera crepitó, tratando de llenar el silencio.

– Aún te queda algo. Hemos recibido visita mientras estabas inconsciente. Nos siguió desde que te saqué a rastras del palacio y me interné en el bosque – dijo Corugan señalando hacia las sombras.

Dos ojos ambarinos brillaban en la noche, mirando con sosiego hacia la pareja. Una mole se movió en la oscuridad, acercándose a la hoguera y se tumbó frente a Dorna. Se trataba de un lobo negro como el carbón, pero el triple de grande que cualquier otro lobo.

– En nuestros cánticos y leyendas no hay ningún rastro de una criatura de estas características, líder de manada. Es como si la misma oscuridad hubiese cobrado vida.

Dorna miró fijamente esos ojos ambarinos, aunque no era la primera vez que los veía. Los había rechazado una vez, hace no mucho tiempo. Pero ahora, todo había cambiado.

– Es como nosotros, Corugan. Es un paria, un rechazado. Nunca podrá estar en ninguna manada y su destino es morir solo y abandonado. Pero yo no creo en ese futuro – dijo mientras seguía manteniendo contacto con la mirada lobuna.

– No me llames más líder de manada – prosiguió-. Ahora, somos iguales. No volveré a dar órdenes, dejaré que nuestro instinto nos guie, como el viento marca el camino de la hoja que cae del roble. Y mi instinto ahora solo me pide una cosa: sangre. Acompañadme o no, esa es vuestra decisión.

Dorna se levantó trabajosamente. El hueco que tenía en su corazón se encendió con una nueva antorcha. Esta vez, no se trataba de un fuego que diese energía o calor. Era una luz que proyectaba sombra, era una fogata que sólo transmitía frío y su crepitar expandía el olor a muerte.

Sus pasos tambaleantes la llevaron lejos de la fogata, hacia la oscuridad. El gran lobo negro se incorporó con suavidad y siguió sus pasos. Corugan los vio alejarse, mientras trataba de recordar la gran cadena de acontecimientos que lo habían llevado hacia allí. Gruñendo con fuerza, agarró el cayado, se incorporó y siguió a su amiga, adentrándose en la oscuridad.