07. EL SECUESTRO DE LOS IMPROMAGOS

La torre de Skuchain se hallaba rodeada por un ejército de goblins. Los habitantes del Bosque Perdido de la Desconexión golpeaban sus muros con enormes mazas. A pesar de todas las defensas mágicas, las paredes ya comenzaban a resquebrajarse.

Petequia dirigía el ejército, marcando el ritmo del asedio mediante golpes de fusta.Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.05.01

Arriba, en la cúspide de la torre, el Archimago desfallecía. Su magia era poderosa, pero nada podía hacer contra miles de enemigos atacando al unísono.

Un poderoso ariete fue lanzado contra las puertas, y éstas cedieron. Los goblins entraron saltando, riendo y aullando. Destrozaron las librerías de manuscritos arcanos, los comedores y los dormitorios. Llenaron las salas de reuniones con su inmunda presencia, y fueron, uno a uno, conquistando los pisos en los que se resguardaban cientos de estudiantes de Impromagia. Los mejores alumnos intentaron contenerlos todo lo posible. El tiempo suficiente hasta la llegada de refuerzos.

Y lo lograron… durante un tiempo.

En efecto, los goblins fueron contenidos mediante hechizos de congelación y otras estrategias de los estudiantes, pero sus escasos conocimientos de magia apenas fueron rival para el poder contenido dentro de Comosu, el hijo de petequia, autoproclamado “príncipe Comosu I de Calamburia”. La marca del Titán brillaba sobre su frente con más fuerza que nunca, desatando una energía imposible de combatir. De este modo, Comosu rompió las barreras energéticas de los estudiantes y evitó todos los poderes de congelación. Avanzó piso a piso, sin que nadie fuera capaz de hacerle pararle.

En la penúltima planta, Eme y Sirene vigilaban la entrada a los aposentos del Archimago. La estudiante había protegido la estancia con media docena de conjuros de protección, pero sabía que ni siquiera eso lograría detener al Elegido.

-¡Eme! -gritó-, siento que Comosu se acerca. ¡No podremos pararle!

-Hay que dar más tiempo al Archimago. Está muy cansado. ¡Necesita recuperar fuerzas!

-¡Pero ya no conozco más hechizos! -reconoció Sirene- Estos no serán suficientes para detener a Comosu. Y si llega a la habitación del Archimago… él no podrá defenderse del Elegido y del ejército de Petequia a la vez. ¿Qué podemos hacer?

Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.10.41            Eme se mordió los labios y tomó su varita con ambas manos. Siempre apretaba su varita cuando se ponía nervioso, o cuando tenía miedo. Intentó buscar en su memoria algo que sirviera, pero resultaba muy difícil pensar bajo tanta presión. Pero además él era siempre tan despistado. En aquel instante, a punto de enfrentarse a un combate abierto contra un enemigo superior, lamentó haberse distraído tanto durante las clases de defensa mágica.

Sí, siempre se distraía… distracción… una distracción…

-¡Provocar una distracción! -dijo, de forma tan repentina que Sirene dio un brinco- Tenemos que engañar a Comosu. No podemos vencerle, pero le conocemos muy bien. ¿Recuerdas cuando jugábamos juntos?Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.16.33

-¡Claro que lo recuerdo! Comosu era nuestro amigo antes de esta guerra.

-¿Y a qué jugábamos, Sirene?

-Nos gustaba transformarle en animales. Pero ahora no podemos utilizar ese poder contra el. Es muy poderoso y lo resistirá.

-No hablo de transformarle a él, sino a mi.

-¿A ti? -Sirene arrugó el entrecejo.

-¡Vamos, apúntame con tu varita! Vas a transformarme en el Archimago. Así engañaremos a Comosu.

-¡Eme, no funcionará! Comosu se dará cuenta. El poder del Elegido puede detectar esos engaños.

-¿Y qué otra opción nos queda? Vamos, Sirene. Transfórmame.

Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.13.22            Sirene torció el gesto, pero por el rabillo del ojo detectó cómo los goblins aporreaban la puerta de su habitación. No quedaba tiempo, así que tomó su varita, la agitó en el aire y formuló las palabras que componían en hechizo de transformación. Eme se notó cambiar. Empezó a crecer y a desarrolla barba. Un segundo antes de que los goblins echaran la puerta abajo, era idéntico al Archimago.

Tras una marea de criaturas verdes apareció Comosu. En su frente brillaba la marca del elegido. Caminó con toda paciencia, echando abajo cada una de las defensas mágicas. Sirene intentó hacerle frente, al igual que Eme, ahora oculto bajo su disfraz, pero de nada sirvió. Con un brusco movimiento de cabeza, Comosu desarmó a los dos Impromagos. A continuación se plantó frente a ellos.

-¡Archimago! -llamó- ¡He venido a por ti!

Eme intentó adoptar una postura regia y contestó:

-Pues aquí me tienes. Me rindo.

Sirene no decía ni una palabra. El miedo le impedía hablar. Comosu extendió el brazo para aferrar al falso Archimago, pero se detuvo a medio camino. Algo llamó su atención; una percepción. Entrecerró los ojos y observó con detenimiento.

-¿Archimago…?Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.16.48

-Soy yo -dijo Eme.

-No… no sé. Algo sucede.

-Comosu -intervino Sirene de repente, reuniendo el valor para hablar-. Es… es el Archimago, fíjate bien.

-No… no lo es -declaró el Elegido, contundente.

-Comosu -insistió Sirene-. Sí que es el Archimago. Por favor, Comosu. Sólo por esta vez… por el pasado.

El Elegido mantuvo un instante su expresión de enfado, pero luego la relajó. Algo se revolvía en su interior: el recuerdo de un pasado lejos de guerras, donde lo más importante era aguardar la llegada de sus amigos, los Impromagos. Los únicos que le visitaban en su destierro.

-Es… es cierto -dijo de repente-. Sí que es el Archimago. Vamos, salgamos de aquí. El ataque ha terminado.

Ordenó a los goblins que dejaran de destrozar el mobiliario y que abandonaran la torre. Así, escoltó a Eme y a Sirene fuera, donde Petequia esperaba junto al grueso del ejército.

-Mamá -llamó-. Ya tengo al Archimago. Venga, vámonos.

Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.16.11

Petequia agitó su fusta y el ejército abandonó Skuchain. Sirene y Eme fueron encadenados y encerrados en un carromato. Los goblins pusieron rumbo suroeste, directos al próximo lugar a conquistar. En Skuchain, sin embargo, había quedado el verdadero Archimago, ahora con tiempo para descansar, recuperar fuerzas y prepararse para el contraataque.

-Comosu -llamó Sirene desde el carromato-. ¿Y ahora qué? ¿Donde nos lleváis?

-Seréis presentados a las Guardianas del Inframundo. Ahora sois sus prisioneros. Ya no podré ayudaros más. Tendréis que escapar vosotros solos.

Sirene resopló. Les aguardaba un destino incierto, pero al menos habían salvado Skuchain.

-Gracias, Comosu -susurró.

-De nada -respondió este, muy bajito-… amiga.

Captura de pantalla 2014-10-13 a la(s) 15.21.22

06. EL PODER DE LA CERVEZA

Todo el mundo sabía que Yangin era un habilidoso ladrón de bolsas. De vez en cuando, el tabernero gustaba de sisar a los borrachines o a los despistados, y echar la culpa del hurto al primer rufián que se le cruzara por delante.

Cuando estaba sobrio, su maña para agarrar las monedas resultaba sorprendente, pero por extraño que parezca, Yangin era todavía mejor estando borracho. Quizás la cerveza eliminaba de su conciencia cualquier reparo, o tal vez era cuestión de mera fortuna, pero el caso era que el dueño de Las Dos Jarras robaba más y mejor con cuatro cervezas en el cuerpo. Por esa razón, Ebedi, su esposa, le obligó a beber como un loco justo antes de partir hacia el Bosque de la Desconexión. Esta vez no se trataba de robar a unos pobres incautos, sino de llevarse un artefacto de mucho valor, así que Yangin debía estar más beodo que nunca.

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Cuando el carromato en el que viajaban los posaderos se detuvo frente al bosque, Yangin iba ya por la sexta pinta. Reía con cara de bobalicón y conversaba consigo mismo sobre asuntos ininteligibles. Ebedi centró su atención de dos bofetadas, y muy bajito, susurró a su oído lo que habían venido a hacer:

-Yangin, los naipes de las Zíngaras. Tienes que robarlos. ¿Lo has entendido?

Su esposo eructó. Ebedi le cruzó la cara otra vez.

-¡Los naipes, Yangin! Como hayas bebido más de la cuenta, te juro que…

-Eso nunca -respondió el otro, alzando su jarra-. Nunca se beb… se beb… se bebe más de la cuenta.

-¡Pues corre entonces! Yo intentaré distraer a los habitantes del bosque.

Yangin respondió con media docena de asentimientos, bajó de la carreta con dificultad y echó a correr haciendo eses. Ebedi se bajó después, armada con una jarra de madera en la diestra y una sartén en la zurda. Mientras su marido esquivaba árboles de milagro, y se perdía entre la espesura, la posadera se plantó en un claro del bosque, miró a su alrededor y profirió un grito amenazador:

-¡Venid, bichos del bosque!

Los árboles crujieron como si aquella ofensa les incumbiera. Siguieron multitud de carcajadas desde distintos puntos y, al poco, Ebedi se halló rodeada por un ejército de duendes, goblins y trasgos. Los siervos de las Zíngaras, aquellos que guardaban el lugar ante la aparición de intrusos, habían caído en la trampa. Ebedi había llamado su atención, para que Yangin pudiera robar sin ser molestado.

-Son muchos… -reconoció, al comprobar que cada vez la rodeaban más criaturas inmundas- Yangin, más te vale darte prisa, o sabrás lo que es bueno.

Y tras decir esto, se lanzó hacia sus enemigos como una bestia enfurecida. Los duendes la rodearon primero, pero se los quitó de encima a sartenazos. Los goblins, más astutos, intentaron caerle encima trepando por las ramas de los árboles, pero Ebedi, acostumbrada a lidiar contra filibusteros de toda calaña, tenía ojos en todas partes. También a estos dejó fuera de combate en una combinación de jarrazos y golpes de sartén.

Las criaturas del bosque, viendo que su rival era más poderosa de lo que parecía, se organizaron para el contraataque. Esta vez lo hicieron desde diferentes flancos. Ebedi, con la sartén abollada y la jarra algo quebrada, se preparó para responder.Captura de pantalla 2014-10-07 a la(s) 18.16.52

-¡Yangin, malnacido, dónde estás! -gritó, consciente de que la situación se complicaba.

El recuerdo de su marido renovó sus ganas de repartir mamporros. Los siervos de las Zíngaras saltaron sobre ella. Ebedi logró quitarse a media docena, pero muchos más le cayeron desde todas partes, sepultándola bajo una montaña de seres verdes y narigudos.

Justo entonces, Yangin apareció por entre unos matorrales. Llevaba en sus manos un abanico de naipes, y se entretenía observando sus extraños dibujos.

-¡Mira que cartas más bonitas! -decía entre hipos- ¡Seguro que nos dan mucho dinero por ellas!

Ebedi reaccionó. Sacando fuerzas de donde no le quedaban, y con un rugido estremecedor, emergió bajo toda la montaña de goblins, duendes y trasgos, que salieron volando en todas direcciones. Buscó entonces a su marido, hasta encontrarle apoyado en un árbol. Seguía con la atención en los naipes, como si no fuera consciente del combate que se celebraba al su alrededor.

-¡Echa a correr, enclenque hijo de siete padres! -dijo, y azotó su trasero con la sartén.

Yangin pareció despertar. Dio un respingo y enfiló el sendero que conducía fuera del bosque, mientras hacía esfuerzo por mantener el equilibrio. Ebedi le siguió detrás, quitándose de en medio a los enemigos que les seguían. De lejos, las hojas de los árboles trajeron un oscuro susurro: las Zíngaras se habían dado cuenta del robo, y lanzaban hechizos para encerrar a los Taberneros. Las ramas comenzaron a agitarse, y los troncos a doblarse, pero Yangin y Ébedi fintaban, saltaban y se escurrían para esquivarlos. De este modo lograron salir y alcanzar el carromato. Un ejército de seres les perseguía. Ebedi fustigó los caballos y éstos, a todo galope, consiguieron dejar atrás el lugar.

Captura de pantalla 2014-10-07 a la(s) 18.19.40

-¿Has robado todos los naipes? -Pregunto cuando se supo a salvo.

-Todos, querida.

-¿Todos?

-Toditos todos -aseguró Yangin entre risas.

-Bien. Eso debilitará a las Zíngarás durante un tiempo.

Después de un rato, los caballos se pusieron al trote. Sólo entonces, Ebedi se permitió una mirada de soslayo hacia su marido.

-Si es que… al final siempre haces bien las cosas -dijo con una media sonrisa.

-Se me ha acabado la cerveza, querida.

-No te preocupes, tendrás mucha, mucha más. Te la has ganado.

 


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