116 – EL OCASO DE ÁMBAR (III)

– Calma. Concéntrate. Debes esperar hasta el último segundo.

El jabalí cargaba directamente hacia ellos, con los ojos enloquecidos y soltando espuma por la quijada. Levantaba terrones de tierra y sus colmillos parecían relucir a la luz del amanecer.

– Sujeta bien la lanza– susurró el padre de Dorna -. Y cuando esté tan cerca que puedas respirar su olor, carga hacia adelante con todas tus fuerzas.

La pequeña Dorna saltó gritando hacia el jabalí clavando la lanza debajo de su mandíbula, atravesando su cerebro y empalándolo en el acto. La criatura dio unos últimos estertores y cayó con todo su peso sobre la lanza, empalándose aún más.

– ¡Lo he conseguido, padre! ¡He sido más fuerte que el jabalí! – dijo entre risas Dorna.

– Así es, cachorro. Tus pequeños colmillos son cada vez más afilados. Pronto te volverás una loba temible a la que todos temerán – dijo con orgullo su padre, revolviéndole el pelo con cariño.

– Pero si somos tan fuertes, ¿Por qué nos atacó, padre?

– Es la lección que quería enseñarte hoy. Sígueme.

Dorna siguió los pasos de su padre por los senderos ocultos del bosque. Trataba de pisar donde el pisaba e imitar todos y cada uno de sus movimientos. El sol seguía alzándose y espantando las últimas sombras del crepúsculo.

Llegaron a una pequeña hondonada donde se hallaba un árbol arrancado del suelo, con las raíces tratando de ascender hacia el cielo. Entre ellas, se escuchaban unos pequeños gruñidos animales. Dorna se acercó, muy suavemente.

– Son sus crías – dijo mientras tocaba suavemente las pequeñas criaturas, que emitían sonidos agudos de hambre, clamando por su madre.

– Así es, hija. Sin la manada, no somos nada. Solos, no podemos enfrentarnos a ningún peligro, por muy fuerte que seamos. Algún día, serás Jefa de Clan y tendrás que tener esto muy presente.

– Sigo sin entender por qué nos atacó. ¿A caso no estaba sola? ¿No tenía todas las de perder?

– Es cierto que solos no somos nada. Pero nunca menosprecies el poder infinito y brutal que invade a una madre cuando su progenie está en peligro. Nunca lo olvides.

Las palabras de su padre aún recorrían su cabeza tras tantos años de luchas y decepciones, pero ahora cobraban un cariz diferente. Apuntalando los pies en la tierra, se tensó como un resorte y aguardó la carga de su enemigo. El gigantesco soldado acorazado continuó su carrera con su mandoble en alto, y en vez de retroceder, Dorna saltó hacia adelante y le incrustó la lanza en el pecho sin temer ningún tipo de contrataque. El golpe del soldado falló y se empaló aún más por la inercia de su carrera. Escupiendo sangre por su casco, se derrumbó como un vulgar fardo.

Se giró hacia el campo de batalla. Portales mágicos se abrían por doquier y vomitaban soldados acorazados sin ningún tipo de orden lógico. Las formaciones militares no servían de nada, solo el instinto y los reflejos, los duelos individuales, la fuerza primitiva.

Dorna rugió un grito de guerra y se lanzó a por los desorientados soldados que salían de los portales. Otro rugido hermano le contestó por las cercanías del campo de batalla y Dorna prosiguió su lucha contra los soldados desorientados que salían de la nada. A través del portal, podía ver el campamento militar de la Reina Sancha, un hervidero de actividad similar a una colmena y con batallones interminables de soldados esperando su turno para entrar a invadir el palacio.

Los Zíngaros se apresuraron a cerrar el portal, pero otros muchos se abrían por doquier. Dorna se enzarzó en un combate con otro soldado, hasta que fue rodeada por todo un escuadrón. El rugido se volvió a repetir y Corugan los lanzó a todos volando por los aires con un barrido de su cayado

– ¡CORUGAN! – gritó con toda la fuerza de sus pulmones, mientras desafiaba a sus enemigos.

Ambos salvajes se colocaron espalda contra espalda, en una posición de combate que les eran tan familiar como respirar. Justo cuando se iban a abalanzar a por sus víctimas, una joven atravesó el grupo sin detenerse. Mairim se giró y saludó a Dorna mientras proseguía su carrera, saltaba contra las columnas y se lanzaba por una de las vidrieras del palacio.

El surrealista acontecimiento sacó a Dorna de su frenesí guerrero. Parpadeó mirando a su alrededor, mientras Corugan volvía a gritar su nombre y hacía retroceder de terror a los soldados. Su memoria volvió de golpe, recordándole las horas que había estado aporreando esa puerta, todos los intentos de Corugan por abrirla y finalmente, el principio del asedio del ejército de la Reina. No había podido quedarse en el palacio protegiendo la puerta que la separaba de su hijo porque Efrain le suplicó que protegiese el patio con los pocos Salvajes que le quedaban.

Los soldados enemigos empezaron mostrar un poco más de organización y empezaron a hacer un perímetro defensivo que bloqueaba el paso al palacio. Dorna entendió que algo estaba pasando en aquella torre y que por alguna razón habían mandado a los soldados a protegerla. Arrancando una lanza de un cadáver, la alzó en alto y gritó para llamar la atención de salvajes y zíngaros supervivientes. Sin saber si la miraban o no, cargó de nuevo hacia adelante, convencida que Corugan la seguiría. Su amigo, consejero y chamán se apresuró a unirse a ella, tocando uno de sus colgantes y murmurando un hechizo con una voz rasposa. Sus rasgos se deformaron y su cuerpo se hinchó hasta alcanzar una enorme mole simiesca, con rasgos brutales y llenos de violencia.

La criatura se estrelló contra los soldados como si de una bala de cañón se tratase y empezó a dar mamporros y potentes puñetazos a todo cuanto tenía a su alrededor. Dorna siguió su estela de destrucción, pero cada vez más soldados trataban de rellenar los huecos dejados por sus compañeros. Por el rabillo del ojo, captó un movimiento en lo alto de la torre, por encima de la Sala de Audiencias. Sancha III, Reina regente de Calamburia, se erguía altaneramente en el balcón. Cómo podía haber llegado hasta ahí escapaba al conocimiento de Dorna, pero su corazón se detuvo cuando vio que portaba un fardo en brazos.

Sancha empezó a hablar, y el corazón de Dorna a bombear sangre. No podía oír lo que decía, solo podía pensar en atravesar el cerco de soldados y salvar a su hijo. Sancha siguió hablando mientras alzaba el niño entre brazos. Pum. Dorna esquivó el tajo de una espada y atravesó con su lanza a un soldado. Pum. Sancha sacó un estilete de una de sus largas mangas y lo alzó hacia el cielo. Pum. Dorna trató de zafarse del agarre de un soldado y le desgarró el cuello de un violento mordisco mientras trataba de seguir avanzando, mirando hacia arriba. Pum. Sancha gritó lo que parecían las últimas palabras de un discurso. Pum. Dorna siguió corriendo, trastabillando, con la cara cubierta de sangre y los ojos llorosos mientras extendía un brazo desesperado hacia la torre. Pum.

Sancha terminó su discurso y con un movimiento firme, apuñaló al bebé en el pecho. Lo sostuvo unos segundos en el aire y lo dejó caer. Dorna gritó, o creyó gritar, pero ya no era consciente de nada. Su cuerpo seguía matando y desgarrando a todo el que le impedía seguir corriendo, pero su mirada estaba clavada en la pequeña figura que caía en picado por hacia la plaza. La Hija de los Primeros Hombres empezó a ser rodeada de cada vez más soldados y su corazón estalló en mil pedazos cuando vio aquella pequeña forma caer a escasos metros de ella. Llorando sangre y lágrimas, se abalanzó con las manos desnudas contra la muralla acorazada de soldados, pero en el último instante recibió un descomunal empujón que la lanzó al suelo, perdiendo el conocimiento.Pum.

Fue despertada por el familiar crepitar de una hoguera. Sintiendo cada uno de los arañazos y cortes de su cuerpo, se incorporó débilmente, como si fuese un cachorrillo.

– ¿Padre? ¿Qué ha pasado? – preguntó con voz temblorosa.

La sombra situada al otro lado de la hoguera cobró forma cuando se acercó a comprobar su estado. Pudo comprobar que aquellos rasgos no pertenecían a su padre, sino a Corugan.

– Descansa, líder de manada. Has perdido mucha sangre – gruñó Corugan en su idioma salvaje.

El escozor de las heridas provocó un vuelvo en su corazón. Recordó cómo había sido noqueada.

– ¿Por qué me detuviste? ¡Quería recuperar a mi hijo! ¡Maldito seas, Corugan! – dijo abalanzándose contra su pecho y propinándole una lluvia de puñetazos. Aunque débil, los golpes hicieron gruñir al chamán.

– Estábamos rodeados, líder. No podíamos hacer nada más. Tuve que luchar por tu supervivencia ya que tu habías perdido las ganas de vivir. Era una muerte deshonrosa – dijo escupiendo contra el fuego.

– Mi hijo… han matado a mi hijo – susurró mirando fijamente el fuego. Sintió como los pedazos de su corazón se hundían en el barro, dejando un vacío hambriento e infinito.

Corugan se limitó a apartar la mirada, compartiendo el dolor de su líder y amiga.

– Ya no tengo Clan. Ya no tengo descendencia. Ya no tengo… nada – enumeró con voz inerte mientras su mirada seguía perdida en el fuego.

La hoguera crepitó, tratando de llenar el silencio.

– Aún te queda algo. Hemos recibido visita mientras estabas inconsciente. Nos siguió desde que te saqué a rastras del palacio y me interné en el bosque – dijo Corugan señalando hacia las sombras.

Dos ojos ambarinos brillaban en la noche, mirando con sosiego hacia la pareja. Una mole se movió en la oscuridad, acercándose a la hoguera y se tumbó frente a Dorna. Se trataba de un lobo negro como el carbón, pero el triple de grande que cualquier otro lobo.

– En nuestros cánticos y leyendas no hay ningún rastro de una criatura de estas características, líder de manada. Es como si la misma oscuridad hubiese cobrado vida.

Dorna miró fijamente esos ojos ambarinos, aunque no era la primera vez que los veía. Los había rechazado una vez, hace no mucho tiempo. Pero ahora, todo había cambiado.

– Es como nosotros, Corugan. Es un paria, un rechazado. Nunca podrá estar en ninguna manada y su destino es morir solo y abandonado. Pero yo no creo en ese futuro – dijo mientras seguía manteniendo contacto con la mirada lobuna.

– No me llames más líder de manada – prosiguió-. Ahora, somos iguales. No volveré a dar órdenes, dejaré que nuestro instinto nos guie, como el viento marca el camino de la hoja que cae del roble. Y mi instinto ahora solo me pide una cosa: sangre. Acompañadme o no, esa es vuestra decisión.

Dorna se levantó trabajosamente. El hueco que tenía en su corazón se encendió con una nueva antorcha. Esta vez, no se trataba de un fuego que diese energía o calor. Era una luz que proyectaba sombra, era una fogata que sólo transmitía frío y su crepitar expandía el olor a muerte.

Sus pasos tambaleantes la llevaron lejos de la fogata, hacia la oscuridad. El gran lobo negro se incorporó con suavidad y siguió sus pasos. Corugan los vio alejarse, mientras trataba de recordar la gran cadena de acontecimientos que lo habían llevado hacia allí. Gruñendo con fuerza, agarró el cayado, se incorporó y siguió a su amiga, adentrándose en la oscuridad.


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