Si se le pregunta, cualquier calamburiano dirá, sin miedo a equivocarse, que Calamburia no hay más que una. Más allá de su continente con forma de C hay otros, sí, pero ninguna tierra se parece a aquella en la que ellos nacieron. Calamburia es única.
No obstante, existe una pareja que afirmaría con rotundidad la existencia de, al menos, dos reinos de Calamburia. Son los hermanos Flemer.
Los Flemer, esos excéntricos eremitas que viven en el Faro Partido, han elaborado todo un relato sobre una realidad alternativa calamburiana. Para la mayoría, sus estudios no son más que una enorme fábula. ¿Universo alternativo? El calamburiano medio ni siquiera entiende lo que es eso, y para los que sí asumen tal concepto, el hecho de dos Calamburias es una locura. ¡Suficientes problemas hay ya con una sola realidad!
¿Pero están los Flemel en lo cierto? La verdad es que, de hecho, sí.
La otra Calamburia, esa realidad alternativa ubicada en un plano paralelo de no – existencia, es muy diferente al continente tal y como se le conoce. Se trata de un reino de terror y sufrimiento, en el que la malvada Zora von Vondra ha ascendido al trono como reina y señora. Zora gobierna bajo una crueldad extrema. Ha sometido a los hortelanos, prohibido las canciones y festejos, aplastado las disidencias y sometido a bárbaros y nómadas. Todos temen a su imperio, dominado por un ejército de fieles acólitos que la veneran como a una diosa.
Sin embargo, la desventaja más sangrante del reinado de Zora es la notable falta de recursos. Dado que los hortelanos son maltratados y mermados, no pueden ocuparse de las tierras todo lo bien que deberían, lo cual produce escasez. Por otro lado, Zora prefiere la conquista al comercio. No trata con mercaderes, ni con los navíos que llegan desde el extranjero. Cualquiera que no obedezca sus órdenes es su enemigo, lo cual le ha proporcionado muchas enemistades.
La Calamburia alternativa es una tierra hostil en la que zíngaros y e impromagos han sido perseguidos por escuadras inquisitoriales, sometidos, torturados y ejecutados. Ya no existe el Archimago, ni el patriarca Arnaldo. La Puerta del Este es una muralla llena de guardias que nada protege, pues los nómadas y los salvajes permanecen vigilados en diminutas reservas de terreno.
Puede que Zora von Vondra se sienta orgullosa del reino que gobierna, pero la verdad es que los pilares de su imperio se tambalean. Las revueltas por la comida se suceden en cada pueblo y ciudad grande, y ya se rumorea que han surgido varios grupos rebeldes formados por mercenarios, trovadores a los que se les ha prohibido cantar y mercaderes que no pueden ejercer su negocio. En este grupo rebelde también se encuentran los inventores, que luchan por que la inquisición no vete sus experimentos.
Y así, el grupo rebelde pelea por cambiar el mundo, por cambiar la realidad de las cosas… de forma literal.
Pocos saben que esta realidad alternativa fue la verdadera durante mucho tiempo, y que la Calamburia que conocemos hoy es el fruto de las luchas rebeldes sucedidas en aquel otro plano de existencia. ¿Cómo se logró un hecho tan extraordinario? Porque los inventores, ayudados por los demás insurrectos, elaboraron una máquina del tiempo capaz de alterar el curso del futuro.
Los detalles de esta historia se encuentran llenos de peligros, pero se sabe que al final tuvieron éxito. De otro modo, no viviríamos esta realidad más o menos confortable, sino otra muy distinta, ¿no es verdad? 
Continuará…




-¿Y arriesgarnos? –Olazir apretó los labios- Puede que el Rey no tenga demasiadas luces, pero no dudo de su crueldad. Si por casualidad la recuerda, estamos perdidos.
Y cantaron la canción más novedosa, animada, evocadora y deleitosa que se haya escuchado jamás. Cada verso parecía en sí mismo una composición única, y cada rima era más original que la anterior. Los recursos jamás se habían escuchado antes, ni la melodía que acompañaba la letra. Cuando finalizaron, no sólo el Rey tenía la boca abierta, sino los bufones y saltimbanquis que se habían pasado la mañana intentando entretenerle. Prorrumpieron todos en una estruendosa ovación; los dos trovadores respondieron con una elegante reverencia.


Acarició la caja como si ésta fuera a romperse. Paseó sus dedos por los bordes; cuando sus yemas acariciaron el cierre, no pudo evitar levantarlo. Alzó la tapa. En el interior no había nada, salvo una rueda dentada sobre la que se paseaban diferentes pelos de cobre. Aquel artilugio rudimentario producía una melodía singular. Era simple y, tal vez por eso, conseguía tocar el corazón con una confianza familiar. Casi parecía una canción de cuna, o una de esas melodías que todo el mundo parece tener en la cabeza. Era, sin duda alguna, agradable al oído; y tenía la magia de evocar instantes de felicidad.
A Banjuló se le encendió el rostro. Se puso en pie de un salto, y a punto estuvo de saltar la hoguera para caer sobre Ujaranza. Lo habría hecho de no ser porque se habría llevado el conejo por delante.
Todo era como vivir en un sueño.
Éstos no esperaban un contingente tan elevado de enemigos. Los Hortelanos apenas sabían luchar, pero eran tantos que no podía estimarse su número. Formaban una marea de hombres y mujeres rústicos, armados con horcas y rastrillos. Los Hijos del Dragón acabaron con millones de ellos; su magia los arrasó casi por completo, pero el proceso les dejó agotados. Así, cuando los Salvajes aparecieron en el horizonte, se vieron débiles para pararles… y fueron vencidos.