Tras siglos de dominio de los unicornios encarnado en la elección de las sucesivas Damas Blancas, todo apunta a que ha llegado la era de las hadas. Al menos en apariencia, las elegantes hadas no están hechas para los problemas mundanos. De ellas se dice que se pasan el día bebiendo únicamente el agua de la lluvia y alimentándose de los frutos que nunca tocan el suelo; sin embargo, Edrielle — la primera de su raza que alcanza el título de Dama Blanca— , ha cambiado la concepción que de ellas se tenía. Con su sabiduría y dedicación, de la mano de su siempre fiel enamorado, Frody, ha llevado el Reino Faérico a una nueva era de paz y prosperidad. Tras la derrota de la amenaza abisal, los seres fáericos son ahora felices y, entre ellos, las hadas son si cabe los más dichosos de todos. Pero hay una entre ellas, una especialmente poderosa, que no es capaz de compartir esa dicha. Se trata de Titania, la Dama Irisada de las hadas.
Titania creció bajo la férrea disciplina de su madre Melusina, una guerrera legendaria, orgullosa de su raza, cuyos dobles tirabuzones en el aire eran el terror de sus enemigos hasta que la artrosis de sus alas la obligó a retirarse. Titania esperaba heredar no solo el mando de las hadas, sino el trono de la Aguja de Nácar que otorgaría el poder sobre todas las razas faéricas. Sin embargo, el destino fue esquivo, al no poder estar presente en la elección, la elegida fue Edrielle, su hija y heredera, dejando a Titania consumida por un resentimiento que ni los siglos han logrado mitigar.
Edrielle y su consorte Frody tuvieron un retoño fruto de su amor al que llamaron Oberón, pero viéndose obligados a centrar su atención en el gobierno del reino, confiaron la crianza de su hijo primogénito a su abuela Titania. Fue el error más grave de sus vidas. Titania, que ya había perdido a su propio hijo Hábasar —quien además le había decepcionado apareándose con un prófuga unicornia—, vio en el pequeño Obi la oportunidad de redención y venganza. En las torres silenciosas del Palacio de Cristal, decidió moldear al príncipe a su imagen y semejanza, convirtiéndolo en el arma perfecta que siempre deseó poseer.
Bajo la tutela de su abuela, el príncipe Oberón, cariñosamente llamado Obi por sus amigos, ha vivido una dualidad trágica. Por naturaleza, Obi es un hado de verano travieso, simpático y dotado de un corazón crédulo y bondadoso. Sin embargo, Titania ha inoculado en su mente un código moral de superioridad racial absoluto. Le ha enseñado a despreciar a las «abominaciones» —las mezclas entre razas— y le ha encomendado una misión sangrienta: localizar y exterminar a las quimeras desaparecidas.
El adiestramiento de Obi ha sido implacable. Su técnica de combate es una danza mortal que combina la agilidad con la magia del aire. Utiliza sus sais, un regalo de Titania, no solo para apuñalar, sino que los maneja a distancia mediante corrientes mágicas que los hacen girar, golpear y regresar a sus manos como si tuvieran voluntad propia. Su velocidad y precisión es lo que hace más letal al joven príncipe, pero nada de eso interfiere en su particular sentido del humor. En el palacio, su presencia es temida por los sirvientes, a los que Titania llama genéricamente Ymodaváns y Jameshas para no tener que recordar sus nombres. Las pobres hadas tiemblan ante sus «bromas» y ocurrencias, que a menudo terminan con alguno de ellos al borde de la muerte por alguna chanza que implica hojas afiladas. En vez de reprimir sus peligrosas trastadas, Titania le alienta a practicar sus técnicas de emboscada para convertirse en un asesino implacable.
Pero Obi no está solo en su camino. Desde las profundidades del Estanque de la Polimorfosis, el espíritu protector de las hadas, Morphiris, ha observado con creciente alarma la deriva del príncipe. Morphiris es un panda rojo afable, amante de los acertijos y la meditación solitaria. A diferencia de Titania, que predica el orden y la pureza estática, Morphiris entiende que la verdadera esencia del mundo es el cambio y la transformación. Sus largos siglos de vida le han enseñado que la forma perfecta es la que sabe adaptarse al cambio.
Percibiendo que el corazón de Obi aún conserva destellos de bondad bajo la capa de odio de su abuela, Morphiris ha decidido intervenir. A espaldas de la Dama Irisada, el espíritu se ha convertido en el mentor secreto del príncipe. Su objetivo es ambicioso: ayudar a Obi a «desaprender» todo el mal que Titania ha sembrado en su alma. Para ello, le instruye en una técnica de lucha pacífica, diametralmente opuesta al uso sangriento de los sais. Con su bastón de madera, Morphiris le enseña a presionar puntos vitales del cuerpo del adversario para paralizarlo sin causar daño permanente, demostrando que la victoria no requiere necesariamente del exterminio.
El poder de Morphiris reside en su conexión con el Estanque de la Polimorfosis. Aunque el espíritu puede transformarse en cualquier cosa a voluntad, lleva siempre consigo una calabaza mágica llena de las aguas del estanque. Este recipiente es su herramienta más poderosa y caótica. Morphiris utiliza el agua para transformar a otros, pero advierte siempre que el estanque es caprichoso: el resultado de la polimorfosis nunca es del todo exacto y depende más del estado del alma que de la voluntad del lanzador.
La participación del Fulgor Irisado en el torneo de Calamburia es el escenario de una batalla interna por el alma del príncipe. Titania, le aconsejará vencer a toda costa para conseguir la gloria y devolver el reino a su anterior era de pureza racial. Sin embargo, Morphiris tiene su propio plan. Él acompaña a Obi para asegurarse de que el joven no cruce el punto de no retorno. En cada combate, el espíritu protector intenta equilibrar la sed de sangre del príncipe con la sabiduría de la polimorfosis, esperando que, al enfrentarse a la diversidad de los habitantes de Calamburia, Obi descubra que todas las razas —incluso las quimeras que le ordenaron odiar son, en realidad, seres con los mismos miedos y esperanzas que él.
Obi camina por una cuerda floja entre el príncipe obediente que su abuela desea y el hado bondadoso que Morphiris intenta rescatar. Su mirada, a veces fría como el cristal y otras brillante como el verano, es el reflejo de un linaje que debe elegir entre reinar a través del miedo y la pureza, o liderar a través de la comprensión y el cambio.
EL FULGOR IRISADO
Ellos representan el futuro de la noble raza de las hadas. Un joven príncipe entrenado como un asesino implacable y el espíritu protector que busca rescatar la bondad que hay en él. ¡Inclinad la cabeza ante el esplendor del Fulgor Irisado!
La pareja
Obi
Educado como un implacable asesino, maneja los sais con una combinación de destreza y magia que le hacen letal, aunque en el fondo de su corazón siga siendo un niño traviseso con ganas de jugar. ¡Cuidaos de las hojas afiladas del príncipe, Obi, el hado de verano!
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Morphiris
Él es el Espíritu protector de todas las hadas. Sabio maestro del cambio de forma, lleva siempre su calabaza mágica y un bastón que le permite vencer sin dañar ¡Abrazad el cambio ante el sabio consejo de Morphiris, el Panda Rojo!
La historia de Cuna de Oscuridad no puede entenderse sin la presencia de dos de sus pilares fundamentales: Zübyth y Zoedra. Juntos, estos dos maestros del saber prohibido han transformado una escuela de magia en decadencia en el centro neurálgico del poder tenebroso en Calamburia, devolviéndole el esplendor de su fundación. Lejos de ser una simple asociación de conveniencia, su vínculo se forja en una profunda fascinación por el saber prohibido y una admiración recíproca inquebrantable que ha devuelto el esplendor a Cuna de Oscuridad. Esta perfecta sintonía les ha permitido alcanzar hitos asombrosos en un tiempo extraordinariamente breve: no solo han consolidado el hallazgo de la Metasavia como el combustible corrupto definitivo de la nueva era, sino que han logrado restaurar el estatus de su institución mediante la firma del Concordato Umbrío con la corona. Gracias a este renacimiento estratégico, legal, místico y tecnológico, el incesante reclutamiento de nuevos aspirantes a Brujos Tenebrosos ha vuelto a llenar de vida y sombras los muros antaño ennegrecidos y silenciosos de Cuna de Oscuridad.
Mucho antes de ser conocido como el «Heraldo de la Metasavia», Zübyth fue uno de los hijos predilectos de la Torre Arkhana. En aquellos tiempos, era uno de los discípulos más aventajados de Öthyn, el primer Druida Supremo, compartiendo lecciones y secretos con su entonces compañero y amigo Judäthyn. Sin embargo, la rectitud de los druidas no lograba saciar su sed de conocimiento. Cuando se produjo la gran escisión de la Torre y Cuna de Oscuridad surgió fruto del retorcido deseo de los Consejeros Umbríos, Zübyth no dudó: abandonó la senda de la luz para posicionarse al lado de Aurobinda. Este acto de traición provocó su expulsión inmediata de Skuchaín, pero también marcó el nacimiento de su propio legado. En las sombras, Zübyth reunió a los pocos seres de la casta natura que habían apostado por las brujas, fundando la casta de los Druidas de la Noche, una orden dedicada a desentrañar los secretos más oscuros de la naturaleza.
La gran crisis llegó con la desaparición del flujo de la magia arcana en todo el reino fruto de la ambición de los pegasos en el reverso faérico del mundo. Mientras los brujos tenebrosos se volvían «peleles inservibles» y los magos de la Torre se rendían a la nueva tecnomagia fundada en el poder de la prolita, Zübyth se obsesionó con encontrar un combustible místico pero oscuro que devolviera el poder a las varitas inertes. Sus viajes lo llevaron al Bosque de la Desconexión, el hogar del pueblo zíngaro. Allí observó que los hechizos zíngaros no habían perdido su poder. Como había aprendido años antes de su antigua profesora la erudita Minerva, Zübyth sabía que habían aprendido a extraerla de la savia de los árboles sagrados que, en épocas remotas, habían sido elfos. Eso le hizo pensar que, si encontraba la forma de extraer y retener ese poder, quizás pudiera devolver Cuna de Oscuridad a su época de oscuro esplendor.
Durante meses, Zübyth vivió entre los zíngaros, aprendiendo sus costumbres y rituales de extracción de savia. Pero la paz fue interrumpida por la llegada de Judäthyn, ahora Druida Supremo, quien acudió al bosque acompañado de Níniel y Dandelion. Tras potenciar su báculo de Druida Supremo con la tecnología de la prolita, el mismísimo Archimago le había encargado ejecutar su plan para exterminar definitivamente al pueblo zíngaro, considerados desde siempre una amenaza para la Torre. Su estrategia incluía un pacto con los elfos Níniel y Dandelion. Judäthyn debía acompañarles y, utilizando el nuevo poder de la prolita, ayudarles a revivir a los elfos que dormían en forma de árbol en el Bosque de la Desconexión.
Las primeras incursiones de Judäthyn fueron exitosas y consiguió resucitar a algunos elfos. Pero finalmente el Escuadrón Sombrío, liderado por el patriarca Arnaldo, detectó sus actividades y les atacó obligándoles a huir del Bosque. En la batalla, un elfo recién revivido murió definitivamente a manos de los Zíngaros. Arnaldo llevó el cadáver ante Zübyth, para que lo estudiara. El Druida de la noche lo diseccionó y comprobó que la sustancia que corría por sus venas era la misma que la de la savia de los árboles y que cuando acercaba su varita inerte al líquido, esta brillaba con un débil halo mortecino. pero aquella noche, mientras investigaba, Judäthyn apareció frente a él utilizando un portal. El encuentro entre los antiguos amigos terminó en tragedia. Judäthyn, convencido de su superioridad, atacó a Zübyth hiriéndolo en un brazo. Fue entonces cuando Zübyth, en un acto reflejo de pura desesperación, clavó su propia varita ensangrentada en el cadáver de un elfo asesinado por el Escuadrón Sombrío.
Zübyth comprendió que la mezcla de la savia élfica con la sangre humana de seres impuros generaba un combustible de una potencia incalculable. Utilizando este nuevo poder, lanzó un rayo que convirtió a Judäthyn en un árbol inerte, reclamando su báculo como trofeo de guerra. Así nació la Metasavia, un suero que puede alimentar varitas y báculos sin necesidad del flujo mágico tradicional y que, si se ingiere directamente en su forma más pura, provoca un frenesí mágico que potencia los dones del brujo hasta límites inhumanos.
Durante su recuperación, Kálima utilizó los conocimientos antiguos de su clan para curar su brazo y, en las largas horas que implicaban los rituales, sus almas oscuras se conectaron de forma especial. El Druida de la Noche y la antigua matriarca tuvieron un romance que ninguno olvidaría jamás. Al abandonar el bosque, Zübyth no regresó solo; se llevó consigo a Sámara, la hija de Kálima, tras detectar en ella una marca arcana de gran potencial, convirtiéndola con el tiempo en profesora de su escuela.
Mientras Zübyth dominaba los fluidos mágicos, Zoedra extendía su pasión por los monstruos a los seres faéricos. Zoedra es hija de Tesejo y Ménkara, dos de los brujos tenebrosos que escaparon de Skuchaín junto a Aurobinda. Ella heredó la temida marca arcana Ténebris de sus padres como recuerdo de su origen. Su infancia fue tan oscura como su magia; se dice que una serpiente negra mecía su cuna y que creció rodeada de las criaturas más peligrosas de Calamburia. Retorcida e irónica, poseedora de una voluntad de hierro, fundó en la nueva escuela la casta de los Tenebrarios, la élite de sangre pura de Cuna de Oscuridad conformada por los hijos de los brujos originales Tenebris que apoyaron a Aurobinda en su exilio.
Zoedra es una experta inigualable en la transmutación y la corrupción. Sus investigaciones la llevaron a realizar incursiones en el Reino Faérico en busca de especímenes para sus experimentos. Allí visitó la Morada de los Druidas y descubrió los manuscritos prohibidos de Drëgo, un antiguo druida declarado enemigo de Skuchaín por sus prácticas corruptas, Zoedra logró perfeccionar el método del druida para corromper a seres de faéricos en un proceso que aumentaba aún más su poder. Su mayor éxito en este campo fue la creación de los Faunos Oscuros. Tras hacerse con una pareja de faunos —Áster y su hijo Tárcum—, los sometió a procesos de corrupción que aumentaron su fuerza, resistencia y cornamenta, transformándolos en guerreros implacables y fieles a la Oscuridad.
Sin embargo, el triunfo más audaz de Zoedra fue el engaño a la Dama Esmeralda, Édera. Aprovechando la ambición de la Dama por independizar a su pueblo y su envidia hacia la nueva Dama Blanca, Zoedra la atrajo hacia un pacto falso. A cambio de que le entregara especímenes de fauno, le prometió un ejército de faunos oscuros tan poderosos que le permitirían convertirse al fin en Dama Blanca. Sin embargo, los faunos corrompidos no solo no sirvieron a Édera sino que la secuestraron y la entregaron a su verdadera señora Zoedra. Ahora, la Dama Esmeralda está cautiva en las mazmorras de Cuna de Oscuridad mientras la bruja fantasea en utilizarla para su siguiente proyecto: la creación de las legendarias quimeras.
En la actualidad, Zübyth y Zoedra forman un frente unido que rinde cuentas únicamente ante Aurobinda y sus Consejeros. Han sabido jugar sus cartas en la política de la superficie, logrando que el Trono de Ámbar firme el Concordato Umbrío.
Este pacto de colaboración entre la corona y la Cuna se forjó al calor de la insubordinación de Skuchaín. Al perder sus huestes mágicas, la corona se sentía indefensa ante los salvajes y los piratas que apoyaban a la usurpadora Urraca. Por ello, la Reina Petequia, instigada por el Príncipe Zoran firmó este pacto para que miembros de Cuna de Oscuridad ocuparan puestos de poder en la capital, como el verdugo Akumal Roslin, en realidad un mago de Cuna de Ocuridad enviado a ejecutar la justicia real junto al juez Viriato Gaviria, un Erudito Oscuro. A cambio de su protección, Cuna obtendría un edicto que declaraba obligatorio que todo bebé que manifestara una marca arcana en los territorios controlados por la corona, fuera entregado a los brujos tenebrosos.
Sin embargo, bajo la apariencia de lealtad a la corona, el Claustro Umbrío persigue un fin mucho más oscuro. La Metasavia de Zübyth y los seres faéricos corruptos de Zoedra son las herramientas con las que pretenden someter a todas las razas de Calamburia. No ven en los humanos, piratas o pueblos primigenios más que sujetos de prueba o combustible para sus ambiciones. Su participación en el torneo será una exhibición de fuerza: una demostración de que la magia oscura, alimentada por el sacrificio y la destreza alquímica, es la única fuerza capaz de reinar cuando la luz se ha extinguido.
Zübyth continúa destilando y mejorando su suero, mientras Zoedra vigila las celdas donde la Dama Esmeralda languidece, pero entonces llega hasta ellos un mensaje anónimo que revela una nueva oportunidad del triunfo definitivo: Escila, la antigua Dama Turquesa, guardó en secreto a dos quimeras que siguen con vida. Solo deben encontrarlas y hacerse con ellas para afianzar del todo su control sobre el mundo conocido, para hacer que Cuna de Oscuridad viva una nueva Edad Dorada.
EL CLAUSTRO UMBRÍO
Desde las aulas sombrías de la escuela de magia de Cuna de Oscuridad llegan los maestros que han devuelto el esplendor a la hechicería prohibida. Unidos por su fascinación ante lo arcano, han reclutado a una nueva generación de Brujos Tenebrosos para sumir al reino de nuevo en la oscuridad. ¡Guardad con celo vuestra esencia o seréis el próximo experimento de… el Claustro Umbrío!
La pareja
Zübyth
Él es un druida de la noche obsesionado con la alquimia oscura. Su descubrimiento de un suero hecho a base de sangre de elfo y sangre corrupta le ha permitido alcanzar un nuevo nivel de poder. ¡Temblad pues aquí llega Zübyth , el heraldo de la metasavia!
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Zoedra
Ella es una experta en monstruos y heredera de una estirpe de brujos tenebrosos. Dedica su tiempo a coleccionar y corromper criaturas para servir a las sombras. ¡GUardad a vuestras mascotas porque ya está aquí el implacable látigo de Zoedra, la corruptora faérica!
La crónica de la Jungla Esmeralda ha quedado marcada por una mancha indeleble: el nacimiento de los Faunos Oscuros. Esta no es solo una historia de magia prohibida o de experimentos alquímicos, sino un relato sobre cómo el rencor familiar y la ambición política pueden pudrir las raíces del árbol más noble. Para comprender la caída de Áster y su hijo Tárcum, es necesario mirar hacia atrás, al tiempo en que el apellido Robur era sinónimo de lealtad al bosque y no de traición a su propia especie.
En el seno de la familia Robur, nació Áster, el primogénito. Su llegada al mundo hizo felices a sus padres, pues era un fauno sano y obediente. Sin embargo, el destino de la familia comenzó a torcerse con el nacimiento de Quercus, su segundo hijo. Desde que era apenas un cabritillo, Quercus demostró una naturaleza agresiva e ingobernable que aterrorizaba a su propio clan. Sus padres, Sabina Robur y su marido, ante la imposibilidad de controlar a la pequeña fiera y temiendo por la seguridad de la comunidad, tomaron una decisión desesperada que perseguiría a la estirpe por generaciones: abandonaron a Quercus a su suerte en el corazón más profundo e inhóspito del bosque, convencidos de que la naturaleza implacable reclamaría su vida.
Con la desaparición del «hermano tarado», Áster creció rodeado de privilegios. Se convirtió en el ojito derecho de su madre y, tras la muerte de su padre, asumió el rol de macho dominante de su casa. Áster era un guerrero excepcional, respetado por todos y destinado a liderar a los faunos hacia una era de prosperidad. Sin embargo, el equilibrio se rompió cuando, años más tarde, la recién nombrada Dama Esmeralda, Édera, encontró a un salvaje y poderoso guerrero fauno sobreviviendo en la espesura. Aquel fauno no era otro que Quercus, quien no solo había sobrevivido al abandono, sino que se había curtido en la lucha contra las bestias más feroces.
Édera, impresionada por la fuerza bruta de Quercus, lo nombró General de la Guardia del Bosque. El regreso del hijo pródigo fue un golpe devastador para el orgullo de Áster. Sabina Robur, consumida por el arrepentimiento, abrazó a su hijo recuperado con un orgullo que nunca antes había mostrado, desplazando a Áster a un segundo plano. El que fuera el líder indiscutible de los Robur, el siempre obediente Áster, se vio de repente viviendo a la sombra de aquel hermano al que sus padres habían despreciado.
El rencor maceró el alma de Áster hasta que la rivalidad se volvió insoportable. Finalmente, retó a Quercus a un duelo de jinetes de verdiplumas para reclamar el puesto de General. Fue un combate épico, pero Áster fue derrotado ante los ojos de todo el pueblo fauno. Según las leyes ancestrales, la derrota en tal desafío implicaba el destierro perpetuo, un destino que Áster aceptó con amargura. Pero Quercus, en un gesto que pretendía ser generoso pero que resultó ser la humillación definitiva, pidió clemencia a la Dama Esmeralda para que su hermano fuera perdonado.
Áster permaneció en la jungla no como un héroe, sino como un fracasado que debía su estancia a la lástima de su rival. Se retiró de la vida pública para alimentar su odio y, con el tiempo, se casó y engendró un hijo, Tárcum, a quien educó con un único propósito: ser el arma de su venganza. Tárcum creció fuerte y valiente, pero con una inteligencia limitada que le hacía seguir ciegamente cada orden de su padre, obsesionado con no defraudarle nunca. Áster le moldeó en la obediencia ciega y la perseverancia, convencido de que esos eran los verdaderos valores supremos de un buen fauno: los que sus padres le habían inculcado.
Tras la caída de la Madre del Abismo, hubo una relativa paz en el reino faérico, liderada por la nueva Dama Blanca. Áster y Tárcum entrenaban sin descanso en lo más profundo del bosque y la ambición de Édera comenzaba a desbordarse. Sentía una profunda envidia hacia el hada Edrielle, que había truncado su plan de convertirse de Señora de la Fronda a nueva Dama Blanca usurpando el puesto en una elección apresurada. Para canalizar su ambición, la Dama Esmeralda buscó desesperadamente una forma de obtener un poder que pusiera a la suya, al fin, por encima de las demás razas faéricas. Fue entonces cuando entró en contacto con Zoedra, la maestra de criaturas y profesora de monstruología de Cuna de Oscuridad.
En contra de las insistentes recomendaciones de Vandrell, el espíritu protector de us raza, y creyéndose más lista que los propios brujos tenebrosos, Édera urdió un plan siniestro: ofreció entregar a algunos de sus propios faunos para que Zoedra experimentara con ellos, convirtiéndolos en seres oscuros y más poderosos que servirían como su ejército privado. Por mera prudencia, no entregó a su leal general Quercus; en su lugar, sacrificó al resentido Áster y al joven Tárcum, creyendo que su afán de poder los haría sujetos ideales para la corrupción.
En los laboratorios de Zoedra, los Robur fueron sometidos a procesos atroces. Utilizando los manuscritos prohibidos de Drëgo, Zoedra comenzó a retorcer su esencia faérica. El experimento fue un éxito aterrador: Áster y Tárcum no solo sobrevivieron, sino que sus músculos aumentaron de forma antinatural y sus cornamentas se endurecieron y crecieron, volviéndose más resistentes que el acero. Dejaron de ser protectores de la naturaleza para convertirse en los primeros Faunos Oscuros, seres cuya fuerza se alimentaba del puro rencor. En su nueva forma, demostraron ser jinetes excepcionales: el padre montaba su verdiplumas cuyo plumaje se había vuelto negro como el de un cuervo, y el hijo domesticó a su propia gárgolas de espinas, una criaturas de pesadilla similar al cruce macabro de un puercoespín y un jabalí. A lomos de esta criatura, nativa del corazón de la selva más profunda, Áster realizaban embestidas imparables que hacían temblar las raíces de los árboles. Sin embargo, Édera cometió un error fatal al subestimar la naturaleza de la oscuridad: había dado por sentada la obediencia de aquellos seres.
Cuando los Faunos Oscuros regresaron ante la Dama Esmeralda, ella esperaba ver a sus nuevos siervos hincar la rodilla. En lugar de eso, Áster y Tárcum, actuando bajo las órdenes secretas de su nueva señora, Zoedra, aprovecharon el encuentro para secuestrar a Édera. La ironía del destino fue absoluta: la reina que había vendido a sus súbditos para obtener poder terminó convertida en una ofrenda entregada por esos mismos súbditos a la bruja de las sombras.
Actualmente, Áster y Tárcum custodian las profundidades de Cuna de Oscuridad, donde los brujos mantienen cautiva a la Dama Esmeralda mientras trabajan en su próximo y más oscuro experimento. Áster finalmente ha logrado su objetivo: es más poderoso que su hermano Quercus, aunque el precio haya sido renunciar a su alma y a su hogar. Tárcum, por su parte, sigue cargando en la batalla con la furia de su gárgola, siendo la mano ejecutora de un padre que solo sabe amar a través del odio y que le ha arrastrado con él a su caída a la más profunda oscuridad.
LOS FAUNOS OSCUROS
Antaño protectores de la jungla Esmeralda, hoy regresan como jinetes de pesadilla corrompidos por la oscuridad. Guerreros de fuerza hercúlea que no conocen la piedad, vienen a dar la vida por la Oscuridad. ¡Temblad ante la imparable embestida de los Faunos Oscuros!
La pareja
Áster
Él es un guerrero cegado por el rencor. Su sed de venganza, le ha llevado a entregar su alma y su cuerpo a la corrupción para recuperar su posición como macho dominante ¡Temblad ante el filo de Áster, Raíz-Negra!
Tarcum
Él es un jinete de fuerza colosal que sigue con lealtad ciega los pasos de su padre, cargando contra sus enemigos a lomos de bestias de pesadilla. ¡Apartaos sino queréis ser arrollados por Tárcum, el Jinete de Espinas!
Desde que el Orbe de la Confusión fue activado, la realidad misma había comenzado a fragmentarse. El cielo había dejado de seguir la sucesión del día y la noche. Las estaciones se fundían, los relojes se detenían y los vientos traían consigo un susurro frío que erizaba la piel de los vivos y hacía estremecer a los muertos.
Muy lejos del Palacio de Ámbar, se alzaba un bastión nacido del abismo mismo: Cuna de Oscuridad. La fortaleza era joven, aunque las tinieblas que la sostenía pertenecían a otra edad. Surgida tras un ritual ancestral, en el que fue invocada la oscuridad pura mediante la Esencia de la Divinidad y la voluntad de un umbrío conciliábulo, la Cuna se alzó con el ímpetu de una exhalación salida de las entrañas del mundo. Hubo un tiempo en que incluso Dorna se sentó en su trono de sombra, corrompida por la pérdida de su hijo y deshecha por el vacío que la maternidad rota había dejado en su alma. Fue el dolor lo que la empujó a abrazar la tiniebla; eligió el culto porque la desesperación tomó el lugar de la fe y el luto aprendió a pronunciar conjuros. Pero eso había quedado atrás. Aquella fortaleza ahora era morada de los más oscuros seres, una sima de castigo y dolor al servicio del mal.
Allí, entre pasillos de piedra llorosa y celdas de hierro ensangrentado, avanzaban dos figuras vestidas con los hábitos marrones de la Santa Hermandad. Una, erguida y inquebrantable, caminaba con paso marcial y con la mirada fija en la eternidad. La otra, más joven, temblaba al escuchar los lamentos que emergían de las paredes, porque las almas mismas gritaban por una redención imposible.
—Mantén la vista al frente, Efélide —gruñó el Primer Hermano sin girarse—. Cada grito que escuchas es una plegaria. Cada mutación, un castigo. Y cada uno de estos pecadores… una advertencia para el resto.
Atravesaban galerías repletas de celdas donde prisioneros sin rostro golpeaban los barrotes con garras afiladas. Había niños encorvados por alas huesudas, a punto de romperse en mil aullidos. Había monstruos de carne y magia, hechiceros deformes que habían olvidado sus nombres y conservaban el sabor del poder.
En medio de aquel descenso entre el horror, el Primer Hermano —Clemente de Duff Colby— parecía ajeno a todo. El resplandor intermitente de las antorchas de llama negra recortaba su silueta contra los muros. Un hedor a incienso quemado y sangre seca impregnaba cada recoveco del aire.
Su paso era firme, su perfil erguido, como si llevara consigo el peso de un templo entero. Atrás quedaban los días en que compartía mesa con nobles, las cacerías en las tierras del vizcondado, los banquetes que su madre organizaba con arrogancia. Él había renunciado a todo: al apellido, al linaje, al oro… Lo había entregado por fe. Inocencio le mostró que la nobleza terrenal era un espejismo y que solo la verdad del Titán Oscuro ofrecía sentido al sufrimiento del mundo. Desde entonces, su voz no era suya, sino eco de la voluntad divina.
Pasaron ante un espejo ennegrecido incrustado en una hornacina. Por un instante, Efélide creyó ver su propio reflejo responderle con una sonrisa torcida. Cerró los ojos, respiró y siguió andando.
Más allá, varios impromagos oscuros avanzaban entre los claros y las sombras, con paso tranquilo, casi disciplinado. Las túnicas les caían pesadas y estaban más negras que antes, aunque no por descuido: aquella negrura parecía recién ganada, pegada a la tela por el mismo poder que les recorría la piel.
En otros tiempos habían sido alumnos de la Casta Tenebris. Entonces eran chavales con hambre de aprender, de tocar lo prohibido solo para ver qué pasaba. Ahora caminaban distintos: hechiceros hechos a base de miedo y de órdenes, tan acostumbrados a obedecer que ya ni se les notaba la duda. Habían afinado su magia hasta dejarla lista para matar.
Y cuando hablaban, apenas levantaban la voz. Las palabras les salían lentas y medidas, y el silencio, a su alrededor, parecía obedecerlas, abriéndose con docilidad para dejarles paso. Se decían cosas entre dientes, encadenando trozos de conjuros prohibidos como quien repasa una lección. No necesitaban alardear porque su poder se notaba en la calma tensa que imponían, en el filo de sus miradas y en esa devoción cerrada que convertía todo lo demás en algo sin valor frente al Titán Oscuro.
—¿Son impromagos… de Skuchaín? —preguntó Efélide, y el escalofrío le subió hasta la nuca.
—Lo fueron —respondió el Primer Hermano—. En otro tiempo. Donde otros buscaron gloria, ellos encontraron una verdad que no pide permiso. Su lealtad es absoluta. Y su fe resulta más férrea que cualquier espada.
Desde que el orbe fue activado, no habían vuelto a ver a la Segunda Hermana. Nadie hablaba de ello. Nadie se atrevía a preguntar. Hasta que Efélide rompió el silencio, con la voz apenas audible:
—¿Y la Segunda Hermana? ¿Creéis que Carmélida sigue viva?
Clemente no la miró. Su paso no se detuvo. Pero su voz retumbó, lenta y pesada:
—Los caminos del Titán Oscuro exigen firmeza y no están hechos para los temerosos. Si ha caído, fue por su debilidad. Si vive, será porque su fe era firme. En ambos casos, el Titán la habrá juzgado. Y eso basta.
Finalmente, llegaron ante una puerta sin bisagras, hecha de madera negra y raíces vivas que palpitaban al ritmo de una respiración profunda. Allí esperaron.
—Recuerda —sentenció el Primer Hermano, con la voz teñida de sermón—: no estamos aquí para negociar, estamos aquí para obedecer. Ella te ha llamado, y por eso hemos acudido. Quien sirve al Titán no pregunta, obedece. Quien duda, se quiebra. Y tú… no te quebrarás.
Efélide tragó saliva y asintió. En su pecho, la fe ardía. Pero en sus ojos aún quedaba un atisbo de humanidad.
La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al grito de un niño recién nacido.
El sonido rasgó el silencio como un alarido primigenio y el aire que lo siguió olía a ceniza, brea y flores marchitas. Del umbral surgió una silueta erguida. Avanzaba con determinación, con las caderas firmes y los tacones resonando en el mármol como una sentencia. El cabello, rojo como el fuego, caía en espirales salvajes sobre sus hombros. Sus ojos, pintados con precisión implacable, iban directos al blanco; exigían. Sus labios, dibujados como un corazón rojo carmesí, recordaban más a un sello de condena que a una promesa de amor.
Llevaba un cetro rematado en cristal oscuro y una capa granate que se arrastraba como una sombra espesa. Cada paso hacía parpadear las antorchas, más por su presencia que por su magia.
—Llegáis tarde —dijo Aurobinda.
La voz era humana, pero cargada de algo más antiguo que la sangre: desprecio cultivado, inteligencia siniestra y el arte de dominar sin necesidad de alzar el tono.
Efélide se encogió, incapaz de sostener la mirada. Clemente se mantuvo firme.
—Nos detuvimos para rezar ante los condenados, señora de los cuervos —dijo con solemnidad.
El interior era una cámara circular sin ventanas, cuyas paredes estaban cubiertas por símbolos arcanos, marcas de sangre reseca y restos de velas consumidas hace semanas. Un brasero ennegrecido en el centro ardía sin llama visible, exhalando un humo espeso que sabía a hierro y a juramento.
Aurobinda avanzó hasta el centro de la sala y se volvió con lentitud. Su cabello rojo brillaba con furia bajo la cúpula agrietada. Dejó el silencio a su espalda y mantuvo el espacio vacío de cortesías, sin un saludo y sin un gesto que invitara a sentarse.
—No os he hecho llamar para escuchar sermones —dijo, clavando los ojos en Clemente—. Y menos aún para aguantar titubeos.
Efélide, que le seguía dos pasos por detrás, se estremeció. Clemente, firme, respondió:
—No venimos a consolar ni a ser consolados. Venimos a servir.
Aurobinda lo ignoró.
—¿Es cierto lo que se dice de ella? —preguntó sin matices.
Clemente tardó un instante en responder. Aurobinda giró su mirada hacia Efélide, que sostenía el temblor de su cuerpo como quien contiene una inundación.
—Dicen que brillaste en mitad del combate. Que tu cuerpo expulsó una luz que las hadas no pudieron resistir. ¿Qué fue eso, niña? ¿Un milagro? ¿Una traición?
—Fue miedo —susurró Efélide—. Miedo de morir, y sobre todo, miedo de fallar al Titán.
—El miedo no alumbra —replicó Aurobinda, y acortó la distancia hasta dejar su aliento a un paso de la piel de Efélide—. El miedo carcome. El miedo ensucia por dentro, pero no derrama luz. Lo que llevas dentro se llama de otra manera.
Aurobinda se apartó con una calma estudiada y volvió los ojos hacia el Primer Hermano.
—Os creo. Aun así, necesito certeza. Si esa luz vuelve a nacer, debe hacerlo delante de mí.
Clemente asintió.
—Decid cómo y cuándo.
—Ahora —respondió Aurobinda—. Y entonces veremos si vuestra hermana se enciende por fe… o si arde por miedo.
La cámara guardó el aliento. El brasero exhalaba su humo espeso y el aire sabía a hierro viejo. Aurobinda alzó la mano y chasqueó los dedos tres veces. El sonido seco quedó clavado en la piedra, con la autoridad de un veredicto.
Desde la penumbra se abrieron tres compuertas laterales, invisibles hasta entonces. De cada abertura surgió una niña con capucha negra. Caminaban despacio, obedientes al empuje de figuras envueltas en sombra, formas sin sexo y sin rostro, más cercanas a una ausencia que a un cuerpo. Las condujeron hasta el centro, las alinearon frente a Efélide y se disolvieron de nuevo en los laterales, sin dejar más ruido que el roce de la tela.
—Tres niñas —anunció Aurobinda, con voz baja y fría—. Cuervos, o casi. Aún están a medio paso del cruce, pero la transformación ya está en marcha. Sus mentes tiemblan. Sus cuerpos ceden. Lo que queda de ellas se irá deshaciendo en los próximos minutos. A Efélide le costaba respirar. Sus ojos recorrieron aquellas siluetas, todavía humanas a la fuerza.
La de la izquierda sollozaba con un hilo de voz. Sus hombros temblaban y sus pies, manchados de sangre seca, apenas la sostenían.
Otra, en el centro, permanecía rígida, como si ya hubiera sido vaciada. No lloraba. Solo existía.
La tercera, a la derecha, murmuraba para sí palabras rotas, como si intentara mantener a raya el delirio. Tenía una herida en la frente y, cuando alzó los ojos, dejó ver dos pupilas desiguales. En esa mirada ardía algo más que locura: rabia y voluntad, vivas todavía.
Aurobinda caminó entre ellas con una elegancia afilada, la de quien ha repetido el gesto tantas veces que ya lo convierte en rito.
—No puedes salvarlas a todas —dijo la bruja, con una paciencia sombría, casi de maestra—. Solo una. Decide deprisa. Si no actúas, tú también serás convertida en cuervo, con ellas. Si eliges, podrás salvar a una… y te salvarás tú. Las otras dos, en cambio, se quedarán aquí, y la transformación seguirá su curso entre dolores terribles, hasta que sus cuerpos se llenen de plumas oscuras y acaben como cuervos de mi colección.
Aurobinda se volvió hacia Efélide y le tendió una daga. El metal no devolvía la luz; tenía un brillo muerto, opaco y denso, con signos grabados que herían la vista con solo mirarlos.
—Esta hoja no corta carne —explicó, con voz áspera—. Corta el destino, pero solo puede usarse una vez. Las niñas están atadas por cuerdas invisibles, encantamientos de conversión. Con esta daga puedes liberar a una. A una, nada más.
Efélide no se movía. La daga pesaba más que el aire. Cuando por fin la sostuvo, notó el calor en el mango, como si miles de manos antes que la suya hubieran impregnado allí su decisión.
Cerró los ojos un instante. En su pecho la fe ardía y aún su cuerpo temblaba. Rezó en silencio. Buscó un signo, una palabra, una sombra de certeza. Clamó al Titán Oscuro, como tantas veces había hecho, pidiendo guía.
Pero la respuesta divina no llegó. Ni una imagen. Ni un susurro. Solo el peso de la daga en su mano.
Comprendió, entonces, que habría decisiones que tendría que tomar sola.
—Primer hermano, no quiero hacerlo—susurró.
—No tienes opción —dijo Clemente. Su voz era firme, pero sus ojos… sus ojos se quebraban. Por primera vez, no parecía un centinela de piedra. Parecía un hermano. Uno que temía perderla.
—Elige rápido —dijo Aurobinda—. O todas se transformarán. Incluida tú.
Efélide dio un paso. Las niñas respiraban de forma desigual. Los lazos encantados comenzaban a tensarse. Una tras otra, sus cuerpos se estremecían. Aquello no nacía del frío. Aquello era el avance de la oscuridad.
Se detuvo primero ante la que lloraba. Le apartó la capucha. Era pequeña, de rostro redondo y piel amoratada. Las lágrimas le bajaban por las mejillas como cuchillas invisibles. La miraba con súplica. No decía una palabra, pero sus labios temblaban de puro miedo.
Efélide se llevó una mano al pecho. Sintió que se rompía por dentro.
Luego se volvió hacia la segunda. Alzó su capucha. Aquella niña tenía los ojos perdidos, apagados. Ya no sentía nada. La oscuridad se había instalado en ella como un huésped definitivo. Respiraba. El cuerpo seguía allí de pie, pero la niña ya no estaba viva.
Finalmente, la tercera: la que murmuraba. Tenía el rostro cubierto de arañazos y los dientes apretados, y cuando Efélide la tocó, el murmullo se quebró. Abrió los ojos. Desiguales. Intactos. Llenos de algo que no era pureza, pero sí era resistencia.
Y Efélide lo supo.
No porque le pidiera ayuda. Sino porque no lo hacía. Lo supo por la forma en que aquella niña se negaba a pedir. La miraba con rabia y vergüenza, como si odiara deberle la vida a nadie. Y, aun así, seguía allí, sostenida por un hilo de voluntad.
La eligió.
La daga ardió. El mango le quemó la mano y le dejó una marca con forma de raíz. El metal se deshizo en humo al cortar los lazos mágicos. La niña cayó a sus pies. Jadeaba, como si hubiera salido de un naufragio.
Las otras dos empezaron a cambiar.
La que lloraba se partió en un alarido. Gritó con el cuerpo entero, como si le arrancaran los huesos desde dentro y la carne intentara huir de sí misma. Su rostro se alargó en espasmos y sus ojos se volvieron completamente negros. Un líquido oscuro le brotó por las uñas, y las uñas crecieron hasta volverse cuchillas.
La del centro guardó el silencio. Cayó de rodillas, y su cuerpo comenzó a deformarse con una paciencia cruel, lenta y deliberada. Las venas se le marcaron bajo la piel, negras y profundas. De la espalda le brotaron plumas, primero dispersas, luego compactas. Su mirada apagada volvió a abrirse. Ya no miraba como una niña. Ya no era humana.
Efélide apretó los dientes. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no retrocedió. Abrazó a la niña salvada. La sintió temblar. La sintió respirar.
Pero no bajó la mirada. No esta vez.
La Segunda Hermana le había enseñado a mirar el dolor de frente, a mantener los ojos sobre aquello que quería arrancarle la fe. «Mírales atentamente. Si cierras los ojos, no aprenderás. Si huyes, no volverás a levantarte”. Lo recordaba con nitidez, como si la voz de Carmélida aún le susurrara al oído desde el otro lado del mundo.
Y así lo hizo.
Miró a las otras dos niñas y vio la conversión. La oscuridad se abrió paso por sus cuerpos con una paciencia cruel: les cerró la boca, les hundió los labios y, donde antes había un grito, hizo brotar un pico deformado. Los dedos se les alargaron hasta volverse garras, y la piel se tensó alrededor de huesos que cambiaban de forma. Una de ellas alcanzó a maldecirla con la mirada, con un odio nítido, antes de perderse del todo en aquel negro definitivo.
Efélide sintió que una parte de ella moría con cada gemido y que otra parte… se endurecía. No era crueldad. Era supervivencia.
Entonces se giró hacia Clemente. El Primer Hermano la miraba, más humano que nunca. No dijo nada. Solo aguardaba.
Efélide tragó saliva, sostuvo a la niña con un brazo.
Entonces Clemente habló, decidido:
—Si le parece, mi señora de los cuervos, ambas podrían peinar la zona.
Aurobinda no se inmutó, pero la sala se tensó.
—Es innegable —continuó Efélide, con una voz que no sabía que tenía— que hay una conexión especial entre nosotras. No sé de dónde viene. Pero está. Y parece… parece que ha sido bendecida por el mismísimo Titán Oscuro.
Hubo un murmullo ahogado en el aire. Quizá era el brasero. Quizá era la sala misma, aprobando.
—Son pequeñas, fuertes y silenciosas —añadió Clemente, dando un paso al frente con el tono sereno de quien ofrece una estrategia, no una súplica—. Pueden acercarse a lugares donde nosotros solo provocaríamos alarma. Hemos percibido movimientos sospechosos en las tierras del condado de Azarcón. Podrían descubrir lo que los rebeldes están intentando. Pasarían inadvertidas.
Calló.
No añadió lo más importante: aquella propuesta era la única manera de sacar a Efélide y a la niña de allí con vida. Y ambos hermanos lo sabían.
Aurobinda alzó el rostro, los ojos brillando como carbones húmedos. Los observó a ambos como quien evalúa piezas en un tablero que conoce demasiado bien. Luego habló con una voz que no necesitaba elevarse:
—Es buena idea, Primer Hermano… pero si sale mal, serás castigado.
La amenaza quedó completa sin alzar el tono, y el peso de esas palabras se suspendió sobre sus cabezas, afilado.
Entonces Aurobinda se volvió y desapareció sin hacer un solo gesto, como si la oscuridad hubiera decidido tragársela por completo.
Durante unos segundos, nadie se movió. Ni siquiera las llamas que crepitaban en las antorchas.
Clemente inspiró profundamente. Luego colocó una mano sobre el hombro de Efélide, sin presión, sin orden.
—Vamos.
Salieron por el mismo pasillo por donde habían venido. La piedra seguía rezumando humedad y los ecos de los gritos aún flotaban entre los arcos, pegados al aire, tercos, como si la Cuna se negara a cerrar la herida.
Y entonces lo oyeron.
Primero llegó un aleteo seco. Después, el murmullo de alas cortando la oscuridad. Por encima de ellos, desde la cámara que acababan de dejar atrás, dos sombras aladas cruzaron el techo con una violencia contenida. Volaban bajo, afiladas, en silencio. Sus cuerpos alargados conservaban el recuerdo de una forma humana, y en sus ojos ya mandaba otra cosa. Las niñas que no fueron elegidas habían dejado atrás la infancia.
Eran cuervos.
Pasaron sobre sus cabezas como un augurio. El aire se abrió a su paso y el pasillo se quedó más frío. Se deslizaron hacia una grieta de sombra y desaparecieron con la naturalidad de algo que ha nacido para habitarla.
Efélide guardó las palabras. Apretó con más fuerza la mano de la niña que había salvado cuando sintió el roce del aire tajado por aquellas alas. Solo entonces la miró de nuevo. Caminaba a su lado, descalza pero erguida. El silencio seguía en su boca, y el temblor ya no la gobernaba.
Todavía no sabía que se llamaba Gorrión. Efélide tampoco sabía que aquella niña, con la que compartía el paso y el aliento, había nacido la misma noche que ella, en la misma isla, del mismo vientre. Habían llegado al mundo entre cuerdas de barco y cantos de ron, mientras la luna mordía las olas y los piratas brindaban por vidas que no sabrían criar.
Ninguna de las dos lo sabía, pero el viento que las rozaba parecía recordarlo. El eco de sus pasos repetía un ritmo que ya había sonado una vez, muchos años atrás, entre la pólvora y la sal. El Titán no había inventado ese vínculo. Solo lo había reclamado, igual que otros antes habían intentado quebrarlo.
Porque ni siquiera aquellos eran sus nombres verdaderos, sino los que les dejaron quienes creyeron que separarlas bastaría para protegerlas.
Y, aun así, allí estaban.
Unidas por aquello de lo que debían haber huido.
Dos hermanas nacidas en la niebla, fragmentos de una misma historia quebrada, separadas por un plan que no habían elegido, ideado para alejarlas de la oscuridad. El destino, sin embargo, las arrastró hacia el extremo opuesto. Ahora caminaban juntas, sirviendo a aquello que debían evitar, sin comprender todavía por qué sus respiraciones dolían al mismo compás.
Avanzaron hasta el final del pasillo, donde la piedra, por fin, empezaba a ceder a la bruma exterior. Allí la luz tenía una cualidad extraña: un resplandor lechoso y pesado, anuncio del umbral entre lo profundo y lo que aún quedaba por recorrer.
Y lo cruzaron, sin saber que su destino ya estaba sellado con la sangre de otros.
Mientras tanto, a cientos de leguas de allí, en lo más alto de la Torre de Skuchaín, otra mujer también resistía. Sus alaridos, arrancados con hierro y hechizos, actuaban como castigo y como presagio a la vez. Cada grito que Minerva era incapaz de contener viajaba como un eco invisible, marcando un camino que, tarde o temprano, terminaría por alcanzarlas.
Porque hay hilos que no se cortan.
Solo se tensan.
Hasta romperse.
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