La triple llama

Al sureste del Mundo Faérico, donde el sol siempre brilla con fuerza y la arena rojjiza arde como brasas eternas, se extienden las dunas del Desierto Carmesí. Justo en su llameante corazón, se alza Ciudadela de Rubí, hogar ancestral de los efreets, una de las razas mágicas más enigmáticas y orgullosas.

Estos implacables genios del fuego surgidos de la mezcla del calor y la esencia faérica, son dueños de un poder ardiente que se manifiesta tanto en su dominio sobre las llamas como en la intensidad de sus pasiones, su voluntad inquebrantable y su particular vision del honor. Su existencia está guiada por un espíritu protector ancestral, conocido como Lûmën, el Fuego Fatuo, entidad etérea y luminosa con forma de llama que representa la pureza y el equilibrio del fuego como elemento sagrado. El Espíritu es quien, a través de una prueba sagrada, elige a la nueva Dama Carmesí cuando la anterior falta, esa es su potestad y principal responsabilidad.

Durante siglos, los Efreets fueron gobernados por la sabia y majestuosa Naär, la antigua Dama Carmesí, cuya desbocada pasion llevó a amar al genio del viento Jan Akavir. Tras el rapto de Jan a manos de los zingaros, la obsesión de Näar por recuperar a su amado perdido la condujo más allá de los límites del Mundo Faérico, hasta los confines de Calamburia, donde su cordura se quebró. Allí, fue encerrada en un anillo encantado… hasta que su destino encontró un final trágico: fue asesinada accidentalmente por Karianna, la Dama Blanca, hecho que desató una cadena de acontecimientos aún envueltos en misterio y pesar.

Tras la caída de Naär, su hija, Shörk, asumió el título de nueva Dama Carmesí. Pero su ascenso no fue uno caracterizado por la armonía. Influenciada y alentada por Kárida, Shörk abrazó un camino de insubordinación, ira y venganza. Rompiendo con las normas de la Ley Druídica que rige la coexistencia faérica. Tan grande y descontrolada es su ira, que  ha llegado a aliarse con enemigos ancestrales de la Dama Blanca, sin importar cuán oscuros fuesen sus propósitos. A su lado se mantiene Sîyah, el eterno centinela y mano derecha, cuya lealtad a la estirpe Carmesí no conoce fisuras. Él apoya la cruzada de su señora sin dudar, incluso aunque ello implique desafiar los principios que durante generaciones gobernaron la estabilidad de los pueblos elementales. Pero no todos están de acuerdo con que el futuro lleve a la guerra eterna y la inexorable destrucción del mundo. Shörk ha dado a luz a dos hijas: Sîraj, la mayor, y Zähira, la pequeña. 

De todos es sabido que los altivos efreets sólo temen una cosa: ser encerrados en objetos y obligados a servir a los humanos como esclavos. Esta práctica, llevada a cabo históricamente por los zíngaros, atemoriza desde siempre a los más jóvenes efreets. Cuentan que, aprovechando la Gran Guerra Faérica, el joven Arnaldo, hijo de la matriarca Kálima, trató de cobrarse algún trofeo entre los espíritus del fuego para probar su valía ante su madre. Liderando el Escuadrón Sombrío, y usando su oscura magia para abrir portales, atacó por la noche la Ciudadela de Rubí con la intención de capturar a algún joven efreet desprevenido. La presa no fue otra que la pequeña Zähira, la hija menor de Shörk, de la que todos se reían por tener un escaso talento en el control del fuego. Al verse sorprendida, apenas pudo defenderse con una débil llama que no llegó a impedir al jóven zíngaro encerrarla en una botella y llevarla consigo a Calamburia.

Arnaldo no eligió para el cometido cualquier objeto, pues era consciente de que sólo los recipientes mágicos más especiales eran capaces de retener a un espíritu elemental. De hecho, la anciana nómada que le había vendido aquella botella le aseguró que había servido de morada y prisión a un legendario genio del viento que había sido liberado. Según contaba, ese genio, llamado Jan Akavir, había sido uno de los pocos efreets capaces de controlar el poder del viento.

La valiente pero cabal Sîraj que persiguió a través de los portales al secuestrador de su hermana hasta el Bosque de la Desconexión vio, mientras se ocultaba que Arnaldo entregaba su botín a la matriarca a la que todos llamaban Kálima y que esta celebró una fiesta en su honor. La efreet ideó un plan, introducirse furtivamente en el campamento zíngaro en mitad de la noche y recuperar el recipiente de su hermana y, luego prender fuego a todos aquellos malvados seres mientras dormían. Se introdujo en la tienda de Kálima con facilidad. La matriarca dormía plácidamente y pudo recuperar la botella mágica pero cuando se disponía a reducir a cenizas el campamento con todo el clan del cuervo dentro vio que una joven de rostro amable la miraba. Era una zíngara de ojos bondadosos que, en realidad, la había estado observando desde que entró. Tenía en su mano un instrumento pero no lo usó para dar la voz de alarma, tampoco trató de capturarla: solo parecía pedirle perdón con la mirada en nombre de los suyos. Sîraj, tras dudar un instante decidió marcharse para siempre con su hermana sin ejecutar su venganza. La joven zíngara, levantando una mano generó un portal que permitió a la efreet regresar de nuevo a su mundo. Tras liberar a su hermana Zähira, ambas regresaron a la Ciudadela de Rubí.

Tras contar la experiencia a su madre esta las reprendió con dureza. La venganza es la esencia de un efreet y no podía tolerarse que, habiendo tenido la ocasión, no hubieran acabado con todo el pueblo zíngaro. Ese fue el principio de las desavenencias entre Shörk y sus hijas, las que llevaron a que, años más tarde, trataran de derrocar a su propia madre por primera vez. La batalla fue dura, pero Shörk, con ayuda de Sîyah, la redujo y decidió castigarlas privándolas de libertad. Encerradas en una cámara de la Ciudadela de Rubí, las jóvenes aguardaron su oportunidad. Fue entonces que una joven pegasa llamada Aetheria las ayudó a escapar al quedar cautivada por la ardiente personalidad de Sîraj. Fue el primer beso que la efreet dio, pero no el primero que hubiera deseado dar. La huída de las jóvenes que mantenían intacto el rencor hacia su déspota madre, fue vista por Lûmën el Fuego Fatuo como una oportunidad. Si era capaz de manipular adecuadamente a las hijas de Shörk quizás pudiera enmendar el error que cometió años antes al elegirla como Dama Carmesí. Con dulces palabras y promesas difíciles de cumplir, las convenció de que, entre los tres, serían capaces de conseguir una nueva era para su pueblo: una en la que la pura venganza no volvería a ser ley; una en la que las dos hermanas gobernarían juntas como Damas Carmesí restaurando los lazos perdidos con las otras razas.

Sîraj es una efreet entrenada por Sîyah en el arte de la lucha ígnea. Aunque ha heredado el fuerte carácter de su madre, ha demostrado una mayor mesura que su progenitora y una menor inclinación a la venganza. Adora a su hermana a la que temió perder y por la que no dudaría en poner su vida en peligro. Siente que ha encontrado el amor en Aetheria, la pegasa que las rescató la cual, al igual que Sámara, le han enseñado que no todos los supuestos enemigos son en realidad merecedores de su ira. Un día escuchó de boca de una anciana Efreet que su madre también encontró el amor de su vida en brazos de una mujer de otra raza pero que no fue lo suficientemente valiente como para enfrentarse a la losa de la tradición de su pueblo: finalmente renunció a su amor y se unió a un espíritu de fuego al que no amaba. Sîraj no está dispuesta a repetir los errores de su madre.

Zähira tiene una naturaleza menos agresiva que la mayoría de los efreet. De pequeña, el resto de los genios de fuego se burlaban de ella y la llamaban “llamita” por ser incapaz de convocar una llama decente. Su carácter taciturno y despistado también le granjeó el desprecio de su mentor Sîyah, que la consideró siempre un caso perdido. Sin embargo, su cautiverio en aquella botella, que mantenía el vestigio mágico de un antiguo genio le ha otorgado nuevos e inesperados poderes. Ahora Zähira es capaz de domesticar las cálidas corrientes del desierto y moverlas a gran velocidad y con asombrosa precisión, como si el viento mismo obedeciera a su voluntad. Lo que desconoce es que en realidad, el recipiente mágico albergó a su propio abuelo, el legendario genio del viento Jan Akavir y que su contacto con la botella, ha hecho despertar en ella poderes que ya existían.

Las hermanas han desarrollado una curiosa forma de luchar. Juntas emplean precisos ataques combinados de viento caliente y fuego, una danza sincronizada de corrientes abrasadoras y ráfagas fulminantes que desorienta y abruma a sus enemigos. La armonía entre sus poderes es tal que cuando combaten lado a lado, sus movimientos se entrelazan con una fluidez casi instintiva, como si compartieran un solo pensamiento, un solo aliento, una sola llama. Por ello fueron las elegidas por Lûmën para devolver a la raza de los Efreets a su puesto en el orden faérico.

Lûmën, el Fuego Fatuo, es un espíritu elegante y danzarín, una chispa ancestral que surca el aire con la gracia de una llama en plena danza ritual. A pesar de su antigüedad, no siempre encarna la serena sabiduría ni el reposado sosiego que caracterizan a otros espíritus faéricos; por el contrario, a menudo se deja llevar por impulsos, arde con capricho y destella con un caos juguetón que desconcierta a sus iguales. Pero hay una certeza que le consume: elegir a Shörk como nueva Dama Carmesí fue un error. Su llama no era armonía, sino el preludio del caos, una llamarada furiosa nacida de la rabia y la pérdida. Ahora, contemplando a sus hijas, Lûmën vislumbra una nueva posibilidad. En ellas arde un fuego distinto, quizás más puro, quizás más equilibrado. Y en su fulgor, el espíritu danzante ve una oportunidad no solo para restaurar el equilibrio del mundo faérico, sino también para recuperar la admiración y el respeto de sus antiguos congéneres. Porque incluso los fuegos eternos desean, en el fondo, volver a brillar con orgullo. Y también porque el alma de Lûmën arde por culpa de algunos secretos que guarda. Fue él quien, años antes, mostró a los zíngaros el camino hacia la ciudadela, con el propósito de deshacerse de la abominación que suponía Jan Akavir. Cuando Näar se obsesionó con recuperar a Jan y se convirtió en un problema, también fue él que le susurró el paradero de su amado para que partiera en su busca y poder deshacerse de ella. Pero esos secretos arderán en la hoguera del olvido cuando, tras deponer a la desobediente y descontrolada Shörk, otorgue el poder a unas nuevas y jóvenes pupilas que poder controlar a su antojo.


LA TRIPLE LLAMA

Presentación

Ellos son la esperanza de la raza efreet: dos hermanas que luchan como una y un espíritu protector que las ha elegido para redimirse. Su elegancia solo es comparable con su ardiente ímpetu en la batalla ¡Resignaos a ser consumidos por el fuego imparable de la Triple Llama!


El trío

Sîraj

Decidida, iracunda y de carácter fuerte, ella domina el fuego con precisión y templanza*. Está acostumbrada a salirse con la suya en la batalla, así como en el amor*. ¡Arded ante la implacable voluntad de Sîraj, la llama vibrante!



Zähira

Ella es una efreet con un don inusual: moldea la corrientes cálidas con gracia y precisión. De carácter distraído, en ocasiones su atención cambia… como el impredecible viento del desierto. ¡Preparaos para sufrir ante las altas temperaturas pues aquí llega Zähira, el viento abrasador!

Lûmën

Él es el Espíritu Protector de los Efreets. Grácil y poderoso, tiene fama de ser el más impulsivo de los espíritus faéricos. Viene con la intención de recuperar el respeto de los suyos o consumirse en el intento. ¡Reverenciad la grácil y ardiente presencia de Lûmën, el Fuego Fatuo!

El secreto esmeralda

Sobre la conciencia del pueblo fauno siempre ha pendido el miedo de ser considerados la más irrelevante de las razas faéricas. Si bien su armoniosa convivencia con la naturaleza es ejemplo de equilibrio, sus poderes mágicos nunca han sido los más destructivos ni los más vistosos, ni su carácter el más social ni el más inclinado a la política. Pero todo eso cambió cuando Tyria, de los arbóreos, logró unificar a todos los clanes y convertirse en la primera Dama Esmeralda. Tras jurar lealtad a Kyara, la Primera Dama Blanca, demostró el honor y arrojo de su pueblo atajando la gran sublevación de las hadas a manos de la desbocada ambición de Melusina, Dama Irisada de las hadas. Comandando a sus ejércitos con lealtad, sabiduría y estrategia —y siempre bajo el sabio consejo de Vandrell, el Espíritu Protector de los faunos— en la batalla del Bosque Mágico, Tyria no solo logró convertir la fuerza de su pueblo en decisiva: consiguió que su raza volviera a ser respetada por el resto. 

A pesar de ser la secreta artífice del retiro de su madre —a la que causó una ceguera permanente con sus venenos—, Édera supo reconocer el potencial del proyecto que había iniciado la primera Dama Esmeralda. Se convirtió en su sucesora y trabajó duramente por llevarlo un paso más allá. Así fue cómo, tras el retorno de los pegasos, Édera vio su oportunidad. Traicionó a la Dama Blanca jurando fidelidad a Argynnis, a cambio de algo que su madre no parecía haber ambicionado nunca: la independencia del pueblo fauno. Una Jungla Esmeralda libre y gobernada por su melodiosa voz y su firme puño. Sin embargo, algo pareció no salir del todo bien. La Dama Dorada, tras lograr alterar el flujo de la magia y ebria de poder, pareció olvidar su promesa, y exigió que la recién independizada nación fauna le rindiera pleitesía.

Édera, viendo gravemente alterados los términos del acuerdo decidió ser más audaz que su antecesora y tomar la justicia por su mano. A pesar de la oposición del Espíritu Protector, que sugirió encontrar una salida diplomática al conflicto, Édera añadió a su cargo de Dama Esmeralda el de Señora de la Fronda, título usado por los antiguos líderes faunos legendarios. La fauna impuso la ley marcial, abandonó las leyes druídicas e impulsó reformas para volver a las antiguas tradiciones de los primeros faunos; costumbres ancestrales y rudas que ya solo eran mantenidas por los hoscos habitantes de la jungla más profunda. Édera tenía claro que no iba a transigir en cambiar un yugo extranjero por otro. Una pegasa no decidiría el futuro de su pueblo. No se había sacrificado haciendo todas esas cosas horribles para acabar justo como había empezado. Por ello lideró ese doble movimiento de vuelta a las raíces y férrea resistencia contra el invasor. Allí empezó una nueva era en la Jungla Esmeralda: una de orgullo y catarsis colectiva, pero también de guerra y terror.

Día y noche, los cielos se llenaron de mortíferos pegasos que atacaban a la más mínima oportunidad. La primera reacción de los faunos fue replegarse en el corazón de la Jungla donde organizaron sus defensas. Cada árbol milenario se convirtió en una atalaya desde la que los recolectores y los danzarines disparaban sus rudimentarias flechas. Ante una amenaza aérea, la fronda se activaba y los jinetes de verdiplumas salían a hacer frente a los pegasos. Los cielos de la patria fauna se convirtieron día y noche en un campo de batalla.

Fue en ese contexto en el que crecieron Lyrata y Salix. Ambos faunos eran hijos de una sanadora llamada Ilexia y de Quercus, Pezuña de Roble, legendario guerrero y líder de la Guardia de la Fronda. Lyrata había heredado la corpulencia y tozudez de su padre mientras que Salix, más enclenque y enfermizo, se había inclinado hacia la afición de su madre a curar a las bestias del bosque que resultaban heridas en la guerra. La guerra no solo dañaba al bosque sino también a sus criaturas. Ella los llamaba “las víctimas silenciosas”: pájaros, osos, roedores… 

Los pequeños faunos tuvieron una infancia relativamente feliz, cuan feliz puede ser una infancia en un país en guerra. Pero siendo uno de los dos hijos de Quercus, uno de los más grandes guerreros de su pueblo y general del ejército fauno, pronto fueron reclamados para cumplir la más ancestral de sus tradiciones: al haber nacido más de un retoño en su camada, los niños, en cuanto fueran capaces de blandir un hacha, debían batirse los dos en duelo y sólo podía quedar uno. Algunos ancianos nacidos en el corazón de la Jungla decían que esa costumbre ancestral había logrado que los faunos del corazón de la Jungla Esmeralda fueran siempre los más fuertes y preparados.

A pesar de las súplicas de Ilexia, la madre de los niños, que rogó con toda su fuerza ante Quercus, éste desoyó sus peticiones. Era el líder de la recién creada Guardia de la Fronda, y uno de aquellos niños habría de sucederle algún día. Como jefe y como seguidor de las más ancestrales tradiciones faunas, debía dejar que la llamada de la naturaleza siguiera su curso.

Cada niño recibió una pequeña hacha, que parecieron poder sostener sin problema, y fueron rodeados por un círculo de los más grandes guerreros de la jungla profunda. Sonó el cuerno y los asistentes empujaron y jalearon a los tiernos faunos incitándoles a luchar. Lyrata nunca recuerda cuánto duró aquello, pero en su mente fue todo muy rápido y a la vez pasó muy despacio. Lucharon hasta que uno de los dos cayó muerto. Cuando el pequeño cuerpo de Salix se desplomó sin vida, los guerreros vitorearon a Lyrata, reconociéndole como uno de los suyos. Entonces Quercus tomó el hacha del difunto y se la entregó al superviviente: «Lo que los muertos dejan atrás, nos hace más fuertes a los vivos», dijo repitiendo la fórmula ancestral mostrando en el rostro el orgullo de un padre afortunado.

Antes de que el cuerpo de su hermano fuera incinerado y arrojado a los pies de Pentandra, el pequeño Lyrata se las apañó para hacerse con algunas falanges de su difunto hermano. A los presentes no pareció inmortales pues mientras extraía cuidadosamente los huesos, el niño no dejaba de repetir las palabras de su padre. Adhirió los huesos de su hermano a sus mitones y a raíz de aquel episodio Lyrata se convirtió en un joven solitario. Comenzó a pasar sus días hablando con los huesos de su hermano muerto y tratando infructuosamente de sanar a los animales heridos del bosque. Fue entonces cuando Vandrell se apiadó de él. Le atrajo hasta Pentandra y se mostró ante él, le dijo que podía curar su pena pero que, a cambio, debía saber el secreto de aquello que tanto le afligía. Era de todos sabido que Vandrell, el Espíritu Árbol protector de la Raza Fauna, atesoraba los secretos de todo su pueblo y que gracias a ello lograba que pentandra creciera más fuerte y sana. Lyrata habló y Vandrell escuchó. En esa conversación logró empatizar con el pequeño fauno, que lejos de lo que se contaba sobre los sagrados rituales de lucha entre hermanos, nunca quiso matar a Salix. De hecho, cargaba con el peso de su muerte y eso le atormentaba cada día de su vida. Al terminar escuchar, el espíritu se convenció de que el proyecto de Édera había llegado demasiado lejos y se propuso utilizar a aquel pequeño fauno, destinado a ser un gran guerrero, a su favor. Lograría que la alocada deriva del pueblo fauno volviera a su sano juicio, al orden establecido: a la ancestral ley druídica que había abandonado. Para ello, Vandrell no dudaría en usar todo lo que tenía, desde aquel peón con cuernos y pezuñas, hasta los más antiguos secretos que una vez le contó la propia Dama Esmeralda.

Vandrell es tan antiguo como la propia Jungla. Posee la habilidad de comunicarse con los animalitos de la fronda que le trae constantemente información de lo que acontece en la jungla y, en la lucha, tiene el poder de aumentar el tamaño de su cuerpo, hacer crecer sus ramas y convertir su piel en corteza pura. Algunos dicen que es el más sabio de los espíritus faéricos y otros que solo solo es el más cotilla. Sin embargo, Vandrell, que ha vivido largos siglos, considera haber descubierto el verdadero secreto del orden de las cosas: la información es poder. Es por ello que, para poder llevar la riendas del pueblo que juró proteger, se ha dedicado a atesorar la información más jugosa de la Jungla Esmeralda. Además, con sus suculentos secretos mantiene frondosas las ramas de Pentandra, el enorme árbol primigenio que le sirve de cobijo y morada. Dicen que por cada misterio, confesión o confidencia que alguien le revela, en la copa del gran árbol brota una flor. Roja para los secretos pasionales, amarilla para los vergonzantes, negra para los más oscuros… 

Lyrata, en uno de sus melancólicos paseos por el bosque, en los que buscaba un polluelo de verdiplumas herido o una pequeña gárgola de espinas atrapada en una enredadera… vio un día a un extraño ser de sobrecogedora belleza. Era un joven pegaso inconsciente con un ala herida. Su madre le había aconsejado muchas veces que se alejara de los pegasos pues eran peligrosos y asesinos. Pero, a Lyrata, aquel bellísimo ser de resplandor dorado no le pareció ni lo uno, ni lo otro. Lo arrastró hasta su guarida secreta donde lo cuidó y atendió hasta que sus heridas sanaron. Al principio, el pegaso herido, que respondía al nombre de Corinthos, trató de volverse contra él, pero pronto entendió que, en realidad, el joven fauno le había salvado de lo que habría sido una muerte segura. Surgió entre ello una relación tierna y prohibida que duró hasta que el extranjero sanó sus heridas y pudo volar. Tras una tierna despedida, le dejó como recuerdo una de sus doradas plumas junto a la promesa de un futuro reencuentro. Lyrata suspiró al perder de vista en el cielo al ser más maravilloso que jamás había visto. Después de eso, visitó a Vandrell que se quejó por su larga ausencia, y le preguntó por algún secreto nuevo que llevarse a la copa. Pero Lyrata, temiendo que desvelar su secreto le llevara de nuevo a ser obligado a matar a alguien a quien amaba, mintió: Salix y yo hemos sanado a otro pájaro herido. Por deferencia al fauno que tantas veces les había sanado, ningún animal del bosque sacó a Vandrell de su error, por lo que el Espíritu no pudo descubrir que el joven guerrero al que estaba eligiendo para restaurar el Orden Sagrado, había violado flagrantemente la Ley Druídica.


EL SECRETO ESMERALDA

Ellos son la extraña pareja que ha de cambiar el destino de la raza de los faunos. Un espíritu arbóreo milenario y chismoso y un joven guerrero fauno traumatizado por su pasado deberán unirse para salvar la jungla. ¡Balad bien fuerte o agitad vuestras ramas pues aquí llega: el Secreto Esmeralda!


La pareja

Lyrata

Este joven fauno es un implacable guerrero, pero tiene un lado tierno que le hace preocuparse por los animales heridos. Arrastra heridas de su pasado que le acompañan donde quiera que va. ¡Cubríos de la embestida de Lyrata, mitones de hueso!



Vandrell

Él es el Espíritu Protector de la raza de los faunos. Encarnado en pura vegetación, dicen que es tan sabio como cotilla y que atesora todos los secretos de la jungla y de sus habitantes. ¡Soltad vuestras lenguas pues aquí llega el insaciable oído de Vandrell, el Espíritu Arbóreo!

El amanecer áureo

Según sus propios archivos, la civilización pegasa se remonta a los orígenes del mundo faérico. Se dice que su pureza proviene de su creación misma, fruto de la cristalización de la propia luz en forma de huevo primigenio. Se dice también que ante tal prodigio, incluso las nubes del cielo faérico tomaron conciencia para proteger y acunar al primer y brillante huevo. Esa conciencia celeste en forma de nube se llamó Nymborya y su destino se entretejió para siempre con el de aquella raza convirtiéndose en el Espíritu Protector de los pegasos. 

Cuentan también los Archivos del Palacio Áureo que, al eclosionar, del luminoso huevo surgieron dos gemelos: Leofontes y Quimera. Los dos primeros pegasos se unieron y generaron la gran prole áurea. Pero mientras que Leofontes fue puro y justo, Quimera fue seducida por la primigenia oscuridad y trató de subyugar a las nacientes razas inferiores. Leofontes se vio obligado a enfrentarse a su propia hermana y esposa y, tras vencerla, desterrarla para siempre. Luego, puso bajo su protección y guía a las nacientes razas faéricas formando el Imperio de Leofontes. Desde entonces, y a lo largo de los siglos siempre una hija de la estirpe de Leofontes ostentó el título de Dama Dorada y gobernó sobre el resto de razas con justicia y sabiduría. 

Durante siglos, el Gran Imperio de Leofontes logró guiar a todas las razas inferiores y evitar que se destruyeran mutuamente hasta la llegada de los Druidas. Estos seres de otra realidad que vinieron con su magia y palabrería a sembrar sus insidias. Pero, como se trataba de seres sin cuerno y que ni siquiera podían volar, los pegasos no les consideraron una amenaza. Fueron los tiempos de la Maldición del Pegaso. Nadie sabe cómo ocurrió pero, un buen día, los pegasos empezaron a desaparecer sin razón aparente. Los supervivientes se percataron de la amenaza y, tras sopesar la situación, decidieron abandonar al resto de razas a su suerte y refugiarse en la única parte del reino donde sabían que estarías seguros y podrían esquivar la maldición: el Palacio Áureo, construido sobre la propia encarnación de Nymborya.

Con el tiempo, los exiliados olvidaron los tiempos de esplendor y construyeron una sociedad perfecta, carente de conflicto y guiada por la luz, la justicia y la pureza. Sin embargo, parecía que la maldición no les había abandonado del todo. Los huevos de pegaso empezaron a ser cada vez más escasos y raramente alguno eclosionaba. Por ello, los sabios pegasos decidieron encerrarlos en la cámara Estigia donde serían preservados hasta que llegara el momento de que las nuevas generaciones vieran la luz.

Egan percibió la energía de un nuevo pegaso en la tierra firme que, tras el asesinato de Yardan a manos de su tío, se disipó. Se lo comunicó a Argynnis, que vio en el evento una posibilidad de esclarecer el misterioso declive de nacimientos. Si un pegaso había podido nacer, ¿por qué no iban a poder hacerlo los demás? Al descender, sin embargo, Egan y Argynnis se encontraron un mundo de razas inferiores en guerra y una gran Aguja de Nácar que dirigía la magia hacia otro mundo. Tras una disputa entre las dos pegasas que casi acaba con la escisión definitiva de Nymborya, el Espíritu-Nube protector de la raza, Argynnis y Egan decidieron utilizar todo su poder para invertir la polaridad del flujo de la magia y dirigirla hacia el Palacio Áureo. Este hecho tuvo como efecto la desaparición de la magia arcana de Calamburia (el mundo que se hallaba al otro lado), pero también logró que miles de huevos de pegaso eclosionaran.

El huevo de Argynnis, la Dama Dorada y Egan, era el más grande y brillante de todos. Sin embargo, lo que nadie sabía es que albergaba un asombroso secreto. Por primera vez desde la creación de la raza, había surgido un huevo con dos embriones. Con la alteración del flujo de magia, de su interior surgieron dos gemelos destinados a perpetuar la dinastía y gobernar a las generaciones futuras bajo el refundado Imperio de Leofontes.

Ha dado comienzo la nueva Era del Pegaso, en la que las razas inferiores conocerán por fin, quieran o no, la paz y la prosperidad bajo el justo e implacable dominio de los pegasos. Aunque son muchos los que han visto la esperanza en los brillantes rostros juveniles de Corinthos y Aetheria, no son pocos los que ven en el nacimiento de los gemelos un mal augurio, quizás destinado a repetir el nefasto pasado de los fundadores de su raza.

Corinthos, el Hacha Solar, es un pegaso de cuerpo robusto y alas poderosas para su aún corta edad. Fuertemente influenciado por Argos, su maestro de armas, un viejo guerrero pegaso adscrito a la Órden de la Luz Cegadora, ha sido educado en el principio de la superioridad de su raza. Considera tullido a cualquier ser que no pueda volar y sueña, al igual que su madre y referente Argynnis, con un futuro en el que los pegasos logren esclavizar a todas las razas inferiores por su propio bien.

A pesar de que sus madres les han prohibido expresamente abandonar la Ciudad Áurea por ser el único lugar seguro para la joven prole áurea, Corinthos lidera un grupo de jóvenes pegasos machos que aprovechan la oscuridad de la noche para escapar y descender a la superficie del Reino Faérico. En una de sus incursiones en las que se divertían dando caza a los jóvenes faunos de la Jungla Esmeralda, Corinthos fue abatido por un escuadrón de Verdiplumas. Al caer herido de un ala, entre la frondosa maleza de la selva, sus amigos huyeron dándolo por muerto. Sin embargo, un pequeño fauno llamado Lyrata lo encontró, lo escondió en una gruta y lo sanó con ungüentos y cuidados. Con el tiempo, el pegaso recuperó la movilidad de su ala y decidió regresar al Palacio Áureo. Antes de marchar prometió al pequeño fauno que, aunque su obligación era eliminar a todos los seres inferiores, cuando eso sucediera, respetaría su vida en pago por su ayuda. Corinthos le regaló una pluma de sus doradas alas para que nunca le olvidara. En realidad, los sentimientos de Corinthos y Lyrata en aquellos días en la cueva turbaron a los dos jóvenes generando una relación que en mucho excedía la mera amistad. De hecho, Corinthos se apresuró a marcharse cuanto antes pues notaba que sus sentimientos por el fauno eran más intensos que los que jamás había sentido por su hermana Aetheria, con la que estaba destinado a casarse. SIn embargo, decidió cumplir con su deber para no decepcionar a Argynnis y mantener sus nacientes sentimientos en secreto.

Aetheria, la Saeta de Luz, es una pegasa de presencia fulgurante: ágil y ligera como un halcón es una arquera con vista aguda e impresionante puntería. Futura Dama Dorada y ojito derecho de sus madres, posee una insaciable curiosidad y carece de la legendaria paciencia de su madre Egan. Fue educada por su tía Ifígia (hermana de Egan), una Profeta del Sueño que además de enseñarle a manejar el arco de luz, logró despertar en ella una cierta sensibilidad onírica. Fruto de su impaciente espíritu aventurero una noche descubrió las expediciones de su hermano gemelo, pero en vez de delatarlo, decidió aventurarse por su cuenta a descender contraviniendo los designios de sus madres. Aetheria aterrizó al sureste, sobre las ardientes arenas del Desierto Carmesí. Allí encontró presas a dos espíritus del fuego, dos hermanas que cumplían condena por haberse alzado contra su madre. Aetheria, empatizó con las jóvenes efreets y usó su poder para liberarlas. En agradecimiento una de las espíritus del fuego a la que llamaban Siraj, cautivada por sus resplandecientes ojos de luz, le dio un ardiente beso que despertó en ella una pasión dormida y que nunca olvidará.

De su aventura en el desierto, Aetheria obtuvo varias enseñanzas que no dejan de presentarse en sueños de un modo simbólico. La primera era que ninguna madre debería encerrar a su hija como habían hecho con las efreets y con ella misma. La segunda, que nunca sentiría por su hermano la ardorosa sensación que sintió al juntar sus labios con los labios de una genio del fuego. Y la tercera y más importante, era que quizás todas las historias que tanto Nymborya como sus madres le habían contado sobre los seres “inferiores”, fueran en realidad fruto de la cortedad de miras de los adultos. Quizás la guerra tuviera una solución al fin y al cabo. ¿Cómo podía su corazón estar equivocado? Aunque si algo tenía claro es que no se desposaría con Corinthos de quien, tras el regreso de su cautiverio, le separan más secretos.

Los dos gemelos mantienen una ambigua relación, aunque estuvieron muy unidos en la infancia y se profesan cierto aprecio, ahora en la adolescencia han empezado a dudar de si su destino es realmente unirse como dicta el orden establecido. Por otra parte discrepan fundamentalmente sobre su visión acerca del resto de razas: mientras Corinthos asume la visión de Argynnis respecto a la necesidad de someter a todos los seres inferiores, Aetheria cree haber descubierto en la diversidad que ha encontrado en sus aventuras un nuevo camino para ser otro tipo de Dama Dorada. Ambos, sin embargo, guardan el uno al otro su más profundo secreto: su amor no es algo que sean capaces de dirigir el uno hacia el otro.


EL AMANECER ÁUREO

Ellos son la esperanza de los pegasos. Jóvenes y elegantes guerreros pero mortales en la batalla. Nacieron del mismo huevo y están destinados a unirse para perpetuar la especie y someter a sus enemigos. ¡Cubríos ante el aura cegadora del Amanecer Áureo!


La pareja

Aetheria

Heredera del poder de los pegasos y futura Dama Dorada. Su arco certero es temido tanto en el cielo como en la tierra. De espíritu aventurero, aunque algo impaciente, suele disparar antes de preguntar. ¡Cuidaos del impetuoso espíritu de Aetheria, la Saeta de Luz!


Corinthos

Él es un joven pegaso de musculatura imponente y firmes principios. Sabedor de la superioridad de su raza no dudará en usar su hacha para imponer a los seres inferiores el orden del Imperio. ¡Temblad frente a Corinthos, Hacha Solar!

Las pegasas

Según su propia historia oficial, la civilización pegasa se remonta a los orígenes del mundo faérico. Se dice que su pureza proviene de su propia creación, la cristalización de la propia luz. Con la posterior aparición espontánea del resto de razas, los pegasos, justos y bondadosos, constituyeron el Gran Imperio de Leofontes guiado por la magnánima Dama Dorada para conducirles en su desarrollo y evitar que se mataran entre ellos. Durante siglos gobernaron los pegasos los designios del mundo faérico en paz y armonía, hasta la aparición de los Druidas, seres de otra realidad que vinieron con su magia y palabrería a sembrar sus insidias. Pero, como se trataba de seres inferiores que ni siquiera podían volar, los pegasos no les consideraron una amenaza. Fueron los tiempos de la Maldición del Pegaso. Nadie sabe cómo ocurrió pero, un buen día, los pegasos empezaron a desaparecer. Tras ellos solo quedaba un montón de plumas blancas. Los pegasos supervivientes se percataron de la amenaza y, tras sopesar la situación, decidieron abandonar al resto de razas a su suerte y refugiarse en la única parte del reino donde sabían que estarías seguros y podrían esquivar la maldición: el Palacio Áureo, construido sobre las propias nubes.

Con el tiempo, los exiliados olvidaron los tiempos de esplendor y construyeron una sociedad perfecta, carente de conflicto y guiada por la luz, la justicia y la pureza. Sin embargo, parecía que la maldición no les había abandonado del todo. Los huevos de pegaso empezaron a ser cada vez más escasos, muy pocas pegasas los ponían y, de aquellos que lograban poner, raramente alguno eclosionaba. ¿Qué destino funesto aguardaba a la cada vez más menguada población pegasa? Entonces fue cuando Egan, la guerrera consorte de la Dama Dorada, percibió el milagro a través de su cuerno: una nueva vida pegasa había surgido a lo lejos, en la superficie del mundo que un día abandonaron. ¿Se encontraría en la superficie del mundo faérico la solución a los problemas de su especie? Contó su hallazgo a su amada Argynnis, señora de los pegasos y ambas se dispusieron a preparar una expedición. Pero antes de poder emprenderla, Egan sintió que la vida se apagaba como una luz al ser tragada por la oscuridad. ¿Tan fugaz había sido el destello de su esperanza? Pero Argynnis, que nunca había visto el suelo, decidió que el misterio merecía ser esclarecido. Por ello decidió abandonar su único huevo y bajar a la superficie de la mano de Egan, para descifrar aquel asombroso misterio.

Egan, Alas de Sol, es una poderosa guerrera, valiente pero cándida e inocente. Posee un poder nunca antes observado en otro pegaso, la capacidad de detectar la presencia de los suyos, incluso a grandes distancias. Está enamorada de su Dama a la que protegería con su propia vida si fuera necesario, pero le recrimina constantemente que sea tan fría con ella, a lo que la esquiva Argynnis responde que se debe a su dignidad de Dama, por lo que no puede mostrar debilidad en público.

Argynnis, la Dama Dorada, adora a su pueblo y ama a su consorte, pero le cuesta mostrar sus sentimientos. Es poderosa y justa, aunque en ocasiones un poco soberbia. Nacida en el Palacio Áureo, su madre le contaba las historias de los extraños seres inferiores que poblaban la superficie. Siente curiosidad por visitarles y por, quizás, ofrecerse como guía para devolverles a los tiempos del antiguo esplendor del Imperio. ¿Estarán los seres faéricos dispuestos a recibir su don de buen grado?


LAS PEGASAS

Son una pareja de valientes guerreras y amantes incondicionales. Pertenecen a una raza que se creía extinta, pero tras siglos de exilio en el mismo cielo, han regresado a la superficie para desentrañar un misterio y, tal vez, reclamar las tierras que una vez abandonaron. ¡Dejaos cegar por el resplandor de las Pegasas!


La pareja

Egan

Ella posee una mirada cándida tras la que se esconde un poderosa guerrera. Los poderes de percepción de su cuerno la hacen única en su especie y la convierten en la pieza más importante de la expedición que ha de salvar a su raza. ¡Temblad ante la espada de Egan, Alas de Sol!


Argynnis

Ella es la señora de los Pegasos. Poderosa y justa aunque en ocasiones implacable y un poco soberbia, como buena soberana de una raza superior. Preocupada por el futuro de los suyos está dispuesta a devolver el mundo faérico su antiguo esplendor. ¡Sobrecogeos ante la sublime presencia de Argynnis, la Dama Dorada!