159 – PLEGARIAS POR LA LUZ I

Calamburia ya no era segura: la maldad gobernaba en el reino y la Oscuridad en los corazones de sus habitantes. El continente estaba sumido en el caos más absoluto; el mismo caos del que nació. Cada elemento pedía auxilio a su creador: el viento gritaba el nombre de Rea, el fuego crepitaba con el rugido del dragón, los bosques invadían las aldeas y el agua corría corriente arriba hasta alcanzar el sagrado Templo de los Elementos. Los elementos habían despertado e intentaban salir de sus orbes.

Naisha, la sabia protectora, había logrado contenerlos, pero sabía que no resistiría mucho más. Necesitaban ayuda. Fue entonces cuando tuvo una revelación: el titán los ayudaría. Sin dudarlo, mandó a su mentora a buscar al famoso pícaro, el guardián de la Esencia de la Divinidad.

La corta travesía desde el templo hasta la Arboleda de Catch-Unsum se le hizo interminable a Kesia. La Oscuridad se preparaba para su resurrección y los demonios escapaban sin control de las Cuevas del Rechazo. Además, los yatagarami de Aurobinda daban cuenta a su señora de todos los movimientos de los calamburianos y si la bruja se enteraba de los problemas que había en el templo los atacaría sin miramientos.

Nada más cruzar la entrada del majestuoso bosque, sintió un pequeño puñal clavándose en su cuello:

—Estate quieta y no te pasará nada —amenazó el pícaro—. Ahora dime quién eres y qué quieres.

—Soy Kesia, custodia y mentora de la protectora de los elementos —dijo mientras se quitaba la capucha—. Mi señora implora vuestra ayuda. Necesitamos que me acompañéis al templo.

—Perdonad señora, no os había reconocido. Esta maldita pesadilla no nos da tregua y los ejércitos de la oscuridad no cesan de atacar la arboleda. Quieren conseguir la Esencia de la Divinidad.

Kesia explicó a Drawets lo sucedido en el templo y éste, preocupado, accedió a ayudar a la sacerdotisa. No obstante, no podía abandonar el bosque; en ausencia de Laurencia el único que podía extraer y cuidar la Esencia de la Divinidad era Drawets. Tras deliberar largo y tendido decidieron mandar a Ukho —hijo del pícaro y ser de luz elegido por el Titán— a cuidar los orbes con Kaju-Dabán mientras Naisha acudía a la arboleda. Entre los dos hallarían la manera de estabilizar los orbes.

Kesia y Ukho emprendieron el camino de inmediato, pues no disponían de mucho tiempo. De nuevo, la custodia tuvo que ingeniárselas para ocultarse a ella y a su compañero de la vil mirada de los cuervos de la muerte. Tras su peligrosa travesía consiguieron llegar al templo sin incidentes. 

—Mentora —saludó Naisha— veo que no te acompaña el pícaro. ¿Acaso ha sucedido algo?

—Mi padre no puede abandonar la arboleda, señora —contestó Ukho—. Le implora que acudáis vos mientras yo me quedo a cuidar de los orbes. Soy su hijo, Ukho y poseo algunos poderes.

—Sí, eres un ser de luz. Recuerdo tu gran éxito en Cuna de Oscuridad —respondió con sorna—. No me agrada irme, pero veo que no tengo alternativa. Que te asignen unos aposentos. Aséate, come algo y luego ve a ver a Kaju-Dabán para que te explique las normas del templo. Espero que siga en pie a mi vuelta.

Ukho hizo lo que le mandó la protectora elemental: se aseó, comió y fue con Kesia a buscar al custodio. Éste paseaba tranquilamente por los jardines. En cuanto lo vio se sintió reconfortado, como si hubiese encontrado a un viejo amigo.

El custodio invitó al visitante a unirse a su paseo. Hablaron largo y tendido sobre sus aventuras y su plan para vigilar los orbes. Había una complicidad especial entre ambos.

De repente, un fuerte estruendo rompió la armonía del paseo: los orbes estaban en peligro. Los dos echaron a correr hasta llegar a la majestuosa sala donde los elementos descansaban bajo la triste mirada de Kesia. La sala se hallaba en la más triste penumbra: los orbes agonizaban. Su luz se apagaba poco a poco; apenas lograban iluminar las lágrimas que corrían por las mejillas de la mujer.

Ukho y Kaju-Dabán entraron de inmediato. Mientras el segundo consolaba a su madre adoptiva, el primero alargó la mano para coger uno de los orbes. Los custodios intentaron evitarlo, avisarle del peligro que corría, pero no escuchaba. Aterrado, Kaju-Dabán se abalanzó sobre su compañero y ambos cayeron al suelo tirando los orbes. De pronto, estos empezaron a brillar con la intensidad de mil soles: los elementos despertaban y estaban descontrolados. Tal era el descontrol que los jóvenes quedaron encerrados en dos enormes esferas elementales. Los orbes les mostraban aquello que querían ver. Ukho pensó en sus compañeros de aventuras. Llevaba tiempo buscando a Nakali y Zabyty, pero no había logrado dar con ellos. Kaju-Dabán pensaba en una misteriosa voz. No se lo había dicho a nadie, pero en sueños oía un precioso y dulce cántico al son de una pandereta. Esa voz lo hipnotizaba y, por mucho que lo intentara, no lograba acallarla. De nuevo escuchó la magnética voz, pero esta vez pudo ver a una niña que se movía grácilmente entre unos altos y siniestros árboles. Por fin la había encontrado, pero estaba en peligro. Reconoció el lugar: era el Bosque Perdido de la Desconexión, donde vivían los zíngaros absorbiendo la magia de los antiguos elfos transformados en árboles.

Kesia miraba preocupada la situación: los orbes habían aceptado su presencia y los dos parecían felices. Sin embargo, sus sonrisas se tornaron rápidamente en una mueca de terror. Algo iba mal. La mujer se puso los guantes de malla y depositó los orbes en su urna mientras a lo lejos resonaba una misteriosa voz:

La oscura noche siempre acaba con los primeros rayos de luz.

—¡No! —gritó Ukho recobrando la consciencia— ¡Zabyty! ¡Nakali! ¡Tengo que salvarlos!

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kesia.

—Una tenebrosa bruja está torturando a mis amigos en una oscura torre llena de cuervos. Van a morir. ¡Tengo que salvarlos!

—No, ¡seguro que es una trampa! —le advirtió Kesia—. Además, necesitamos tu ayuda.

—Lo siento, pero he de ir a salvar a mis compañeros. ¡Son mi familia!

Ukho se dirigió a sus aposentos, empaquetó lo imprescindible y se encaminó a Cuna de Oscuridad. No pensaba, sólo actuaba.

El Templo de los Elementos se había sumido en la desesperación más absoluta: Kaju-Dabán seguía inconsciente, los elementos se movían inquietos y Ukho se iba. Kesia estaba aterrada; ¿qué podía hacer? Empezó a rezar al Titán, le imploró ayuda. Su hijo abrió los ojos repentinamente. En ellos se podía ver fuego, ira y temor. 

—¡Gracias al Titán! —exclamó Kesia.

—Madre, he tenido una visión terrorífica —explicó— ¡Están matando a la luz! ¡Tengo que ayudar!

—Tranquilo, respira —dijo ella preocupada—. Necesitas descansar y recobrar fuerzas. 

—No, ¡tengo que salvarlos! ¡Hay que acabar con los seres de la oscuridad! ¡Sólo así terminaremos con esta pesadilla!

—No puedes dejarme sola, Ukho se ha ido. ¡Por favor!

—No, madre. Las nornas me han hablado: la solución no está en la Esencia de la Divinidad, sino en nuestras manos. Tenemos que acabar con los elegidos de la Oscuridad —declaró.

La mujer intentó detenerlo. Aunque no fuesen familia, ella había encontrado a Naisha y a su hermano cuando aún eran unos bebés. Los había rescatado de las llamas y los había acogido como si fuesen suyos. No podía perder a su pequeño, pero sabía que tampoco podía detenerlo.

El custodio preparó un pequeño hatillo mientras su madre le ofrecía algunos víveres para el viaje. Volvía a quedarse sola y con una sensación de inquietud extrema.


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