259 – LA TORTURA DE MINERVA I

Personajes que aparecen en este relato

EL CANAL CORROMPIDO

La luz del conjuro les había rodeado sin violencia, con la familiaridad que acompaña a los rituales consolidados por los años. Durante unos instantes, todo pareció estar en orden: los tres cuerpos —el de Minerva, el de Cristóforo y el de Drawets— fueron absorbidos por la magia del canal, envueltos en la misma espiral de energía que tantas veces había conectado los núcleos sagrados de Calamburia. El trayecto entre el Faro y la Torre Arkhana no debía presentar dificultad alguna; el mensaje que Periandro había enviado poco antes de caer bajo el dominio de Áxbalor era auténtico, y la urgencia que contenía no dejaba lugar a dudas.

Minerva no podía dejar de repasarlo en su mente mientras atravesaban el umbral:

«Estoy con mis hermanas. La Torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra.
Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan.
Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos».

Era la señal definitiva, la que confirmaba que Periandro, Carmélida y Aurora habían llegado con vida y habían logrado activar las protecciones. Si ella aparecía con Cristóforo y Drawets, todos los eslabones del plan estarían reunidos. Solo quedaría localizar a la hija perdida. Aún podían llegar a tiempo. Aún podían cerrar el círculo.

Pero la esperanza, en Calamburia, nunca llega sin pagar un alto precio, y Minerva no supo en qué momento comenzó a quebrarse la suya.

En algún punto del trayecto, entre el destello inicial y la vibración final, el hechizo se alteró. Fue una grieta apenas perceptible en la corriente mágica, un desvío capaz de pasar inadvertido incluso para una mente atenta. Minerva Sibyla lo percibió. Sintió que la presencia de Drawets se desviaba y que Cristóforo era arrastrado junto a él hacia un destino distinto. Trató de sostenerse, de anclarse al canal principal. No lo logró.

La alteración había alcanzado la propia estructura del conjuro: alguien había manipulado el anclaje y la arrastraba hacia otro lugar.

Cuando abrió los ojos, el suelo bajo sus pies no era el que esperaba.

No había mármol ni mosaicos dorados. No había inscripciones arcanas de la Torre ni lámparas flotando en los techos. Se hallaba bajo la Escuela de Magia, en la misma cámara de las catacumbas de Skuchaín donde los consejeros habían encontrado el Espejo. Se accedía a ella a través de los subterráneos de la Torre Arkhana, aunque aquella estancia precedía con mucho a sus cimientos y nunca había pertenecido a la Escuela. La caverna, excavada por temerosas manos humanas, se abría entre muros de piedra oscura y húmeda. Glifos profanos cubrían sus paredes en un orden aparentemente caótico y desprendían una macilenta luz azul. Las antorchas, dispuestas a intervalos irregulares, emitían una llama opaca, de color violáceo, que iluminaba sin calidez.

Minerva reconoció el lugar. Era imposible no hacerlo.

El aire estancado y aquella vibración apenas perceptible, que hacía oscilar la luz sin alterar las llamas, permanecían iguales. Habían pasado años, pero la cámara seguía allí, sepultada bajo la Torre Arkhana, con sus glifos intactos pese al paso del tiempo.

Allí, en el centro de la sala, aún se distinguían los restos del marco: cuerpos tallados en plata, atrapados en posturas antinaturales y expresiones de dolor, rodeados por cicatrices mágicas que el equipo de contención nunca logró sellar por completo. En el suelo, desperdigados entre el polvo y el musgo, quedaban fragmentos del espejo: trozos irregulares de cristal opaco que, sin embargo, seguían zarcilleando con reflejos que no pertenecían a ninguna fuente de luz.

Minerva se agachó y posó una mano cerca de uno de ellos, sin llegar a tocarlo. Aquel era el lugar donde había comenzado el horror.

Allí fue donde, años atrás, envió a Barastyr y a Érebos —entonces jóvenes eruditos— a estudiar las vibraciones de la sala, cuando aún se pensaba que contenía los restos de un conjuro fallido vinculado a Okura. Lo que encontraron fue un espejo cuyo reflejo llamaba a quienes se acercaban a él.

Los dos aseguraron que no habían encontrado nada y ella los creyó. Años después comprendió el alcance de su error.

Los eruditos se habían convertido en receptáculos humanos de la oscuridad del espejo. La Oscuridad abandonó aquella cámara oculta dentro de ellos, y Minerva, al creer sus palabras, permitió que escapara.

Frente a los restos del marco, comprendió que aquel error ya no podía deshacerse y que, sin saberlo, estaba a punto de cometer otro.

Minerva se irguió con cautela, respirando de manera lenta y medida. Conocía los canales malditos y comprendió que aquella cámara había sido preparada para retenerla. También sabía que Cristóforo y Drawets no estaban allí, de modo que contuvo el impulso de llamarlos.

La magia de transporte había sido desviada de manera deliberada. El mensaje era verdadero y el plan seguía en marcha, pero alguien, desde dentro, había torcido el conjuro y colocado en el destino una piedra distinta, una réplica perversa, idéntica en forma… pero no en intención.

Minerva creyó que se encontraba sola hasta que percibió un movimiento en la penumbra.

Una figura se deslizó desde la oscuridad sin hacer ruido ni anunciarse. Flotaba más que caminaba y su túnica arrastraba jirones de niebla por el suelo. Cuando Minerva clavó la mirada en su rostro, comprendió que aquella trampa llevaba mucho tiempo aguardándola.

—Directora Minerva Sibyla —susurró Barastyr—. Qué lejos has llegado… para acabar justo donde te esperábamos.

* * *

El hechizo los escupió sin delicadeza: una violenta sacudida mágica los arrojó al centro de una galería profunda. Aún vibraban los ecos de la conjuración cuando Cristóforo aterrizó sobre la losa agrietada con el peso de un hombre que lleva años desafiando tormentas. Su bota izquierda raspó la piedra y ya sostenía el trabuco cargado cuando terminó de abrir los ojos.

—Esto no huele a bienvenida —masculló, con la voz grave y seca como un ron añejo.

A su lado, Drawets apareció rodando por el suelo con más estilo que necesidad. Se incorporó con una voltereta breve, se recolocó el pañuelo rojo del cinturón y alzó una ceja, divertido.

—¿Y qué esperabas? ¿Al comité de honor de la Torre? Yo estoy decepcionado. No hay música, ni vino, ni nadie atractivo a quien hincar el diente. Mal augurio.

Su puñal, con una calavera de metal forjado, ya brillaba en su mano diestra.

El pasillo en el que habían caído era alto y se curvaba sobre ellos en forma de garganta. Las paredes de piedra clara rezumaban una humedad oscura y viscosa. El aire sabía a alquimia fallida y a magia corrompida. Desde algún rincón lejano de la Torre llegaba un retumbar sordo y rítmico, provocado por unos golpes que sacudían las estructuras internas.

Cristóforo avanzó unos pasos, su silueta recortada por la luz temblorosa de las antorchas. Se detuvo junto a una columna rota y tocó la grieta con la yema del dedo.

—Esto no lo han hecho los nuestros.

Drawets se acuclilló junto a una mancha oscura que se extendía desde un rincón del muro.

—Esto es reciente. Algo ha entrado en la Torre… y no ha pedido permiso.

Un crujido repentino los obligó a girarse.

Desde una puerta entreabierta emergió una figura tambaleante: túnica desgarrada, rostro tiznado por el humo y una maraña de rizos pelirrojos que relucían bajo las antorchas. La capa naranja caía deshilachada sobre sus hombros, aunque el dragón negro bordado todavía resplandecía en la solapa: el emblema inconfundible de los impromagos de Skuchaín.

Drawets se detuvo en seco.

—¿Enona?

La mujer alzó la vista. Sus ojos, astutos y vivaces, lo recorrieron apenas un instante antes de iluminarse.

—¡Drawets!

Él dio un paso al frente, aún sin bajar el puñal.

—Por todos los ecos del Orbe… —murmuró—. ¡Cómo has crecido! Casi no te reconozco.

La miró de arriba abajo, y su voz bajó una octava, más cálida, casi orgullosa.

—De lanzar chispas en los pasillos con Eme y Sirene y estar siempre castigada… a profesora de camuflaje. Y con capa oficial, nada menos.

—Pero tú sí que no has cambiado —replicó Enona, sonriendo apenas—. Ni una arruga más. ¿Es un hechizo o pura vanidad?

—Un pacto con la Calavera —respondió él, alzando el puñal con una sonrisa torcida—. Y mucho descaro.

Cristóforo los miró con un leve encogimiento de hombros.

—¿Interrumpo este momento entrañable o preferís que nos abracen los demonios?

—Tienes razón —dijo Enona, volviéndose con urgencia—. La Torre ha sido asaltada desde dentro. He visto zíngaros y Niños Cuervo en los pasillos, además de varios magos de Cuna de Oscuridad. Ignoro cómo han atravesado las defensas, pero han abierto brechas en el interior. Están empleando una magia que no les pertenece y, por momentos, parece que la propia Torre respondiera a su presencia.

—¿Y los nuestros? —preguntó Cristóforo, tenso.

—Resisten. Nika, Stucco, Alena… Férula se niega a ceder la Galería Oeste. Judäthyn ha guiado a los más jóvenes hacia el Aula de Naturaleza Arcana.

Drawets dio un paso adelante, más grave que antes:

—¿Sabes dónde están Periandro y sus hermanas?

Enona bajó la mirada un instante.

—De los Sibyla no sabemos nada. Fueron al Salón de Evaluaciones, habilitado como punto de llegada de Minerva en los niveles superiores, bajo las almenas, pero no han regresado.

De pronto, un zumbido atravesó el aire. Una sombra veloz se deslizó por un lateral. Un zíngaro emergió con cuchillo en mano.

Antes de que Drawets pudiera reaccionar, Enona alzó la varita con firmeza.

—Inverso lapidem! —exclamó.

La piedra del pasillo se replegó con un crujido. Un destello de energía serpenteó por el aire, alcanzó al atacante y lo lanzó contra el muro. El zíngaro cayó inerte sobre las losas, con los brazos extendidos.

Drawets silbó, impresionado.

—Ya no haces solo florituras, ¿eh?

—Ahora enseño a desaparecer. Y a golpear antes de que pregunten.

Cristóforo se agachó junto al cuerpo, le quitó las armas y alzó la mirada.

—¿Puedes camuflar este acceso?

—Claro. Pero no por mucho tiempo.

—Hazlo. Y si alguien pregunta, dile que el pirata ya está dentro.

Enona sonrió de lado, mientras trazaba runas invisibles en el aire.

—Entonces será mejor que no os entretengáis.

Mientras el pasillo comenzaba a desdibujarse entre la niebla, Drawets y Cristóforo se internaron en la Torre rumbo al Salón de Evaluaciones.