Personajes que aparecen en este relato

LA ÚLTIMA LECCIÓN
Las paredes del Aula de Naturaleza Arcana, antaño blancas y simétricas, estaban cubiertas de hollín, y varias columnas yacían partidas. Las runas de contención —aún visibles en el suelo circular— brillaban a intervalos bajo el humo. En el centro de la estancia, donde los estudiantes aprendían a canalizar invocaciones avanzadas, ardía un conjuro corrompido: un círculo de fuego púrpura que extendía su veneno mágico por cada grieta.
En medio de aquel caos, la batalla estaba en marcha.
Una nube de piedras alquímicas estalló cerca del umbral, lanzada por Calum, maestro alquimista de la Torre, que cubría la retaguardia junto a Judäthyn, el druida natura, y Zïru, un impromago natura que todavía no se había graduado y empuñaba con firmeza su varita de estudiante bajo la capa verde.
Calum, protegido por su capa dorada, mantenía la mirada clavada en el centro de la sala, donde el círculo del Zafiro Vincular vibraba con un pulso impuro. Sus manos manchadas de hollín sujetaban un frasco de contención entre los numerosos recipientes prendidos a los cinturones que ceñían su túnica azulada. La firmeza de su voz apenas alcanzaba a contener el pánico.
—¡No dejéis que crucen el umbral! —bramó—. ¡Si tocan el círculo y lo activan desde dentro, el portal quedará anclado!
A su lado, Caelen, su hijo —joven, brillante y tan parecido a él que dolía—, aguardaba con las manos cargadas de alquimia pura. Pese a los años de distancia emocional, en aquel instante defendían la Torre unidos por la alquimia y por una urgencia que no admitía vacilaciones.
Calum le lanzó una mirada que lo atravesó más que cualquier conjuro.
—Caelen, prepárate. La única salvación es cerrar los portales abiertos por el Zafiro Vincular. No dejes que se estabilicen. Haz lo que tengas que hacer. Cueste lo que cueste. ¿Me oyes?
Caelen asintió, tragando saliva. Sabía que su padre no exageraba. Ahora, con la Torre temblando a su alrededor y la alquimia latiendo en sus venas, comprendía por fin el peso de sus palabras.
Las llamas del círculo carecían de calor. Formaban un umbral de zafiro, una proyección mágica invocada a distancia desde la piedra que poseía Arnaldo. Aunque el Zafiro Vincular no se encontraba en aquella sala, su poder había abierto una grieta estable hacia el Inframundo.
Cada criatura que lo atravesaba fortalecía el vínculo y, si no lo cerraban pronto, el portal quedaría anclado de manera irreversible.
Desde la galería superior, Stucco, profesor de Técnica y Canalización Mágica, alzaba su varita con precisión quirúrgica. Sus ojos seguían el avance de tres demonios alados que reptaban por los muros, aprovechando las grietas de la piedra para desplazarse.
—Fractura Signata —sentenció.
Una onda invisible obedeció al gesto limpio de su varita y recorrió el aire. Al impactar, la piel de sombra del primer demonio se quebró en líneas geométricas y su cuerpo se deshizo con un alarido seco. Los otros dos se dispersaron, aullando.
Stucco descendió por la escalinata, con el ceño fruncido.
—Alguien ha roto las defensas mágicas del anillo exterior —dijo, con voz tensa y contenida—. Han atravesado uno de los accesos prohibidos utilizando como salvoconducto una marca que no figura en nuestros registros. Gracias a ella han entrado sin activar los rastreadores.
Nika, impromaga especialista en defensas naturales y compañera de estudios de Stucco, aún resollando tras desviar una onda oscura, giró la cabeza.
—¿Cómo ha podido pasar? Nadie cruza los sellos sin ser detectado.
Stucco apretó los dientes.
—O alguien ha traicionado a la Torre desde dentro…
—¿O…? —inquirió Nika.
—O ha surgido una nueva marca Arkhana, lo bastante poderosa para romper los sellos de protección sin activar los rastreadores. Algo que no debería ser posible.
Tras sus palabras, un silencio denso se apoderó del aula. El umbral situado en el centro crepitó con un pulso cada vez más rápido y su luz proyectada estremeció el suelo. El aire olía a magia quebrada y piedra quemada.
Stucco bajó la mirada hacia el núcleo encantado y luego la desvió hacia un grupo de aprendices que aguardaban entre los escombros. Estaban tensos, pero no habían huido. Vestían las capas amarillas de la casta Primus, heredera del linaje de Theodus. Se habían formado en la precisión, la estructura y la ejecución exacta de la magia.
Stucco los conocía bien. Había corregido sus posturas, afinado sus conjuros y exigido de ellos más de lo que pedía a cualquier otro. Él también había sido Primus y, para él, amar la magia significaba perseguir su ejecución perfecta.
Los jóvenes permanecían en silencio, aunque el miedo asomaba en sus ojos. Stucco se acercó y recorrió la formación con la mirada. Reconoció en aquellas capas amarillas a los aprendices que tantas veces habían abandonado sus clases maldiciendo su severidad, y también a los magos en los que estaban a punto de convertirse.
—La magia, además de pasión, es estructura. Si queréis experimentar sin sentido, ya sabéis dónde está Cibum.
Una sonrisa nerviosa recorrió la formación. Varios se miraron con aquella complicidad nacida durante años de correcciones, castigos y prácticas interminables. Stucco permitió que durase apenas un instante.
—También sabéis qué es un conjuro combinado. Os lo he hecho repetir hasta que habéis acabado odiando mi voz.
Esta vez algunos sonrieron abiertamente.
—Entonces recordadlo bien, porque ya no estamos en las aulas. Un conjuro combinado comienza antes de pronunciar la fórmula. Empieza exactamente en el último contacto visual con vuestro compañero, justo antes de que ambos os lancéis al vacío. Ese instante es el pacto. Después ya no hay tiempo para comprobar si el otro sigue ahí.
Las sonrisas desaparecieron, aunque ninguno apartó la mirada.
—Cumplid vuestra parte y confiad en que vuestro compañero cumplirá la suya. Si uno vacila, el conjuro se quiebra. Si uno abandona al otro, caen los dos. Y hoy, si caéis, procurad que aquello que tengáis delante caiga primero.
Stucco recorrió la formación. Durante años les había exigido precisión, disciplina y una entrega que muchos habían considerado despiadada. Ahora necesitaba creer que cada corrección, cada repetición y cada fracaso los había preparado para aquel momento.
—Y si alguna vez pensáis que os exijo más de lo que creéis poder dar…
Su voz se detuvo durante un instante. Un nuevo impacto estremeció las paredes del aula, pero ninguno de los Primus rompió la formación.
—Es porque sé que podéis darlo. No tengáis ninguna duda.
Stucco contempló aquellos rostros una vez más.
—Estoy orgulloso de vosotros.
Durante unos segundos, nadie respondió. Uno de los aprendices buscó los ojos de su compañera y sonrió. Ella sostuvo su mirada y asintió. A su alrededor, los demás repitieron el gesto hasta que toda la formación quedó unida por aquel acuerdo silencioso.
La firmeza regresó por completo al rostro de Stucco.
—Ahora demostrad que sois alumnos míos.
Stucco alzó la varita, giró sobre sus talones y se lanzó hacia el corredor por el que descendían los demonios. Los Primus echaron a correr tras él. Sus capas amarillas atravesaron el humo y desaparecieron entre los arcos.
En el otro extremo del aula, un chillido rasgó el estruendo de la batalla.
Un niño cuervo, con plumas en el rostro y los ojos completamente blancos, lanzó una onda de eco oscuro que hizo retumbar los muros.
Nika se interpuso en su trayectoria. Alzó su vara de corteza viva y canalizó la luz que se filtraba entre los ventanales.
—¡Prismatis Curvatura Silvarum!
Un haz prismático de tonos verdes, azules y dorados brotó de la vara. La onda oscura chocó contra él y se desvió hacia una de las columnas. El impacto hizo estallar la piedra y levantó una nube de polvo que cubrió aquel extremo del aula.
Otro niño cuervo descendió desde la galería opuesta envuelto en plumas humeantes. Extendió los brazos hacia Judäthyn y conjuró una flecha de sombra dirigida contra su pecho.
El druida logró esquivarla por muy poco. La flecha se hundió en el suelo a su espalda y abrió una grieta entre las runas de contención. Al incorporarse, buscó su varita, pero la explosión la había lanzado bajo los escombros.
El niño cuervo volvió a cargar el conjuro.
—¡Zïru! —gritó Judäthyn.
El pequeño impromago alzó su varita corta y todavía sin pulir. Le temblaban las manos, aunque mantuvo la punta dirigida hacia el atacante.
—¡Interru…!
La varita chisporroteó, expulsó una voluta de humo y se apagó.
Zïru apretó los dientes. El niño cuervo ya había liberado la segunda flecha y Judäthyn continuaba desarmado.
Entonces extendió la mano.
La magia natura respondió antes de que pudiera comprenderla. Las raíces ocultas bajo el suelo quebraron la piedra y se alzaron frente al druida. La flecha oscura se clavó en ellas y estalló en una nube de ceniza.
Zïru abrió los ojos, sorprendido. Las raíces continuaron creciendo, se enroscaron alrededor del niño cuervo y lo arrojaron contra uno de los bancos de piedra, donde quedó inmóvil.
Durante unos segundos, Zïru contempló su propia mano.
—¿Eso era magia natura?
Judäthyn recuperó su varita de entre los escombros y se acercó a él.
—Lo era.
—Pero mi varita ha fallado…
El druida apoyó una mano sobre su hombro.
—Y aun así has encontrado la forma de protegerme. Recuérdalo cuando tu varita vuelva a hacerte dudar.
El rubor encendió las mejillas de Zïru, aunque sostuvo la mirada de su maestro.
Un nuevo impacto sacudió el aula. Desde las galerías superiores descendían más enemigos y el umbral corrompido del centro latía con una cadencia cada vez más rápida.
Judäthyn escudriñó los flancos.
—Zïru, ve al herbolario. Hay pócimas que debemos proteger a toda costa.
—Puedo quedarme y luchar.
—Proteger el herbolario también es luchar.
Zïru miró hacia el corredor. La oscuridad se extendía más allá de los arcos.
—¿Tengo que ir solo?
Judäthyn sostuvo su mirada.
—Un maestro puede guiarte hasta el umbral, Zïru. Cruzarlo depende de ti.
El pequeño impromago apretó la varita apagada y asintió.
—Entonces será mejor que no pierda más tiempo.
Echó a correr. Su capa verde ondeó tras él hasta desaparecer en el corredor.
Judäthyn lo siguió con la mirada.
Una raíz ennegrecida descendió desde la galería y golpeó las losas por las que Zïru acababa de pasar. La piedra se abrió bajo el impacto.
Judäthyn alzó la varita.
—Has llegado tarde, Zubith. El chico ha sido más rápido que tú.
Un hombre apareció tras la balaustrada superior. Conservaba la capa verde de la casta Natura, aunque las manchas oscuras que recorrían el tejido casi habían borrado su color original. Varias espinas negras crecían alrededor de su antebrazo y se cerraban sobre la varita.
Zubith había egresado de Natura antes de abandonar Skuchaín con Aurobinda. Mientras la mayoría de los integrantes de aquella casta permanecían en la Escuela, él había seguido a los Ténebris y aprendido a introducir la oscuridad en los conjuros naturales. Sin embargo, la nueva magia todavía se adhería a la suya con la torpeza de un injerto reciente.
—Sigues protegiendo a esos jóvenes que apenas saben sostener una varita —dijo mientras descendía por una raíz retorcida.
—Acaba de salvarme la vida.
Zubith miró hacia el corredor por el que había desaparecido Zïru.
—Con una magia que ni siquiera comprende.
—Por eso está aprendiendo. Tú elegiste dejar de hacerlo.
Las espinas del brazo de Zubith se estremecieron.
—Entonces deja que te enseñe lo que he aprendido.
Hundió la punta de la varita entre dos losas.
—¡Spinae Tenebrarum!
Las raíces ocultas bajo el aula quebraron la piedra y se alzaron alrededor de Judäthyn. Una savia negra rezumaba de su corteza y ardía al caer sobre el suelo.
El druida observó el trazado durante un instante. La Oscuridad había acelerado el crecimiento, pero las raíces se agrietaban allí donde ambas magias trataban de imponerse.
Judäthyn dirigió la varita hacia su base.
—¡Radices Revertantur!
Un resplandor verde recorrió la corteza. Las vetas negras retrocedieron hacia las puntas y las raíces se detuvieron antes de alcanzar al druida. Después cambiaron de dirección.
Zubith intentó completar otro conjuro, pero una raíz le cerró la muñeca y otra se enroscó alrededor de su pecho. La varita escapó de sus dedos. Un último movimiento lo alzó del suelo y lo estrelló contra la balaustrada.
Judäthyn se acercó sin bajar la suya.
—Las estás forzando. Por eso se vuelven contra ti.
La humillación endureció el rostro de Zubith. Cerró la mano libre sobre la raíz que lo retenía y extendió la oscuridad por su corteza hasta quebrarla. Cayó de rodillas, recuperó el equilibrio y recogió la varita.
—Hoy las raíces te obedecen. Algún día descubrirás lo que ocurre cuando dejan de hacerlo.
Retrocedió sin apartar la mirada de Judäthyn y huyó hacia uno de los corredores laterales.
Judäthyn dio un paso para seguirlo.
Un nuevo impacto sacudió el aula. El umbral corrompido del centro se ensanchó y sus llamas ascendieron hasta rozar las galerías superiores.
El druida dejó escapar a Zubith y se volvió hacia el círculo.
Algo estaba tomando forma entre las llamas.
Una silueta que jamás debería haber atravesado aquel portal.
