247 – EL OSCURO AVANCE FAÉRICO II

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EL OSCURO AVANCE FAÉRICO II

El claro donde se habían citado quedaba cerca de la Torre de Skuchaín. Estaba lo bastante próximo como para que la magia de la escuela siguiera flotando entre los helechos, pero también lo bastante apartado como para mantener lejos cualquier mirada curiosa. El bosque, allí, se cerraba con humedad y sombra, y el aire parecía moverse con un murmullo mágico que nadie se detenía a descifrar.

Karkaddan escarbaba el suelo con una pezuña. Cada golpe del unicornio levantaba piedrecillas que caían sobre el musgo con un sonido leve, irritante. La impaciencia le tensaba la mirada mientras caminaba en círculos y olfateaba el aire, atento a cualquier cambio, a cualquier señal de traición entre los árboles. La blancura de su pelaje devolvía reflejos añiles, y sus crines nacaradas parecían moverse incluso cuando el viento se quedaba quieto.

Entonces se detuvo.

Un destello azul plateado lo envolvió, espeso, y la luz se plegó a su voluntad. La figura del unicornio empezó a desdibujarse en una transición suave: el lomo perdió altura, las pezuñas se estiraron hasta convertirse en pies, el hocico se recogió y los músculos se recolocaron con precisión. Ante la mirada invisible del bosque, Karkaddan adoptó su forma humana.

Donde antes había un animal, quedó un hombre de presencia abrumadora: alto, elegante, con una belleza peligrosa. Llevaba un chaleco de brocado celeste, con matices añiles, sobre una camisa de lino blanco rematada en puños bordados. Una gorguera translúcida le rodeaba el cuello y vibraba con cada movimiento. En la frente, aún erguido, brillaba un cuerno plateado, señal indiscutible de lo que era.

Sus rasgos eran finos, pero la expresión se sostenía en la altanería. Tenía esa belleza que atrae y molesta al mismo tiempo, porque parece prohibida incluso cuando se muestra a plena luz. Caminaba con la seguridad de quien no se siente ajeno en ningún lugar, con la calma de un depredador educado.

Con un gesto pausado, Karkaddan se sacudió el polvo del hombro y carraspeó.

—Demasiado cerca de Skuchaín para mi gusto —gruñó—. Y no me gusta cómo nos mira este bosque. Juro que hace un rato he visto al cabritillo ese entre los árboles… el fauno.

Drëgo, apoyado contra el tronco de un olmo viejo, giró apenas el rostro.

—Quercus no sería una sorpresa. Siempre supo colarse donde no le corresponde.

—No me molesta que nos espíen —bufó el unicornio— Me molesta que no se escondan mejor. Si nos siguen, que lo hagan con estilo.

Drëgo no respondió. O no lo consideró necesario. Allí no buscaba compañía. Buscaba poder.

Entonces la luz del claro se empobreció. El aire cambió de densidad, y una humedad distinta descendió entre las raíces. No cayó una sombra: el ambiente se torció, como si alguien hubiera apretado el mundo con la mano.

Sin crujidos ni aviso, Érebos cruzó el umbral del claro.

No caminaba deprisa. Tampoco caminaba lento. Avanzaba con una calma que no pedía permiso. Su presencia no necesitaba adornos

—Karkaddan. Drëgo —dijo Érebos, y se detuvo en el centro del claro con una calma que bastaba—. Qué curioso veros tan cerca de la Torre… y tan lejos de la prudencia. Acabo de reencontrarme con Barastyr, y me ha costado separarme de nuevo de él. Más os vale que esto merezca la pena.

Drëgo alzó el mentón, con esa dignidad retorcida que se había vuelto parte de su piel.

—Drëgo no habla con cautela cuando habla en nombre de la Dama Negra. La Morada de los Druidas ya le pertenece. Skuchaín resiste, y Drëgo ha venido a decir lo evidente: debemos sumar fuerzas.

—La Dama Negra necesita aliados más allá del bosque —añadió Karkaddan—. Si queremos que Skuchaín caiga, hará falta algo más que raíces y hechizos. Necesitamos el apoyo de Cuna de Oscuridad. Y de las huestes infernales.

Érebos entrecerró los ojos, atento, como si estuviera escuchando algo más allá de las palabras.

—Habéis elegido un mal momento para pedir —dijo al fin—. El Orbe de la Confusión ha hecho estragos. Algunos vínculos se han roto. Otros se han dispersado. Ya no puedo garantizar el plan tal como lo habíamos trazado. La Emperatriz ha perdido a gran parte de sus demonios.

El silencio se alargó un instante. Pero Érebos no había terminado.

—Aun así, la Dama Negra podría contar con el favor de la Oscuridad… aunque no con todo el poder de sus huestes.

—Eso bastará —afirmó Drëgo—. Compartimos objetivo: el proyecto de Aurobinda. Si Drëgo y los suyos logran corromper a suficientes criaturas faéricas, los canales mágicos acrecentarán nuestro poder de forma inimaginable. Esa ganancia compensará la pérdida de los demonios de Amunet.

Érebos no asintió, pero tampoco lo rechazó. Se limitó a sostenerlos con la mirada, evaluando.

—Nuestra Señora de los Cuervos estará contenta. Le satisface muchísimo ver cómo estamos logrando corromper almas puras. Acabo de hacerle entrega de una Pícara que ha sucumbido al poder de la oscuridad. Será su nueva mascota, la he llamado Cuervo —dijo Érebos satisfecho de sí mismo.

Entonces crujió algo al oeste del claro.

Los tres se giraron a la vez. La tensión que ya saturaba el aire se apretó todavía más, y el bosque se estremeció alrededor del sonido. Érebos usó su magia, se deshizo en humo oscuro y se fundió con las sombras de los árboles, atento, dispuesto a observar sin ser visto.

Ramia, Quercus y Grahim cruzaron la línea de árboles.

Ramia iba al frente, con la vara floral bien sujeta en la mano izquierda, los pasos firmes y la mirada tensa.

—Sabía que no me equivocaba. Esa energía no pertenece al bosque. Ni al Reino Faérico. Sentí cómo se abría el portal… y estaba demasiado cerca del canal mágico principal que conecta la Torre con la Aguja de Nácar.

Quercus caminaba tras ella, y olfateaba el aire con expresión torva.

—Lo olí. Es magia sin tierra. Descompensada. Una mezcla oscura, retorcida… y vieja. Aquí se ha abierto algo que no debería estar.

Grahim los seguía con la varita desenfundada. No porque pensara usarla de inmediato, sino porque confiaba menos en Drëgo que en los jabalíes demoníacos del pantano de Azalia.

Karkaddan bufó, satisfecho.

—Lo sabía. ¡Sabía que te había visto entre los árboles, cabritillo! El guerrero de la Dama Esmeralda paseándose como si nada por un mundo que no es el suyo.

Drëgo alzó la barbilla con desdén, y su voz llegó, como siempre, en tercera persona.

—Drëgo no se sorprende. Donde hay confusión, aparecen los idealistas. Aunque esta vez hay rostros que Drëgo hacía tiempo que no veía.

Clavó los ojos en Ramia.

—Vaya, vaya. Ramia Laforet. No esperaba verte tan cerca de la Torre de la que te expulsaron.

Ella no se detuvo.

—La Torre no me expulsó. Tú provocaste que lo hicieran. Manipulaste el sistema, corrompiste los exámenes y, cuando quise denunciarlo, Aurobinda me desvió al cuerpo de Guardabosques como castigo —rememoró, con la voz temblorosa—. ¡Me relegaron por decir la verdad!

—Drëgo no recuerda tanto drama. Drëgo solo recuerda que causabas demasiados problemas, y que nadie te echó de menos cuando te fuiste por la puerta de atrás.

Ramia sostuvo la mirada.

—Intenté detenerte. Sabes que fui la única que te vio venir. Lo intenté… pero el sistema te protegió.

Grahim dio un paso al frente. La voz le salió baja, pero cargada.

—El sistema te protegía, sí. Entonces. Pero ya no. En la Torre lo descubrimos todo: tu alianza con la Oscuridad, el robo de magia del Entremundo, los portales prohibidos… y los ataques a tus propios compañeros.

Drëgo no negó nada. La sonrisa le bastó. Ladeó el rostro, satisfecho de la herida que había abierto.

—Drëgo recuerda ese día. Fue cuando Drëgo comprendió que los impromagos aún se cuentan cuentos sobre el equilibrio. Qué conmovedor. Solo importa el poder, Grahim. Algún día lo entenderás. Öthyn lo entendió… aunque le pudo la avaricia.

Grahim se tensó, y el destello en la mirada fue inmediato.

—¡No mancilles el nombre de Öthyn! Fue el primer Druida Supremo y el fundador de la casta Natura.

Drëgo dejó escapar una risa corta, casi un escupitajo.

—Tu fundador se daba buenos atracones de magia faérica, ¿lo sabías? Así murió. Hinchado de poder, como una sanguijuela demasiado harta para moverse.

—Todo lo que sale de tu boca son mentiras —respondió Grahim, con la incredulidad clavada en la voz.

Ramia respiró hondo. La presencia de Drëgo le removía el pasado, y el recuerdo le apretó el pecho.

—Maldito druida. Nunca te perdonaré lo que le hiciste a Skuchaín —sentenció, con el puño cerrado—. Tú y tu querida Aurobinda convertisteis ese paraíso en el peor lugar del mundo.

El humo oscuro se arremolinó entre los troncos y, en un parpadeo, volvió a tomar forma. Érebos apareció con la misma tranquilidad con la que una sombra regresa a su sitio.

—Bueno, bueno… —intervino—. Mejor, peor… ¿quién puede decidirlo?

Grahim lo vio, y algo le encajó de golpe. Aquella presencia era la pieza que llevaba días siguiendo, la pista que buscaba entre portales y rastros torcidos. Alzó la voz, directa, sin rodeos.

—¿Y Gorrión? ¿Qué habéis hecho con ella?

La pregunta interrumpió la acalorada conversación. Por un momento, el claro mismo pareció contener el aliento.

Érebos alzó levemente el mentón:

—Está en un lugar seguro. En la Cuna de Oscuridad. Aurobinda le ha preparado un rincón especial. Le ha comprado alpiste y le ha conjurado un jergón de paja, a modo de nido. Creo que empieza a cogerle cariño. Dice que le recuerda a cuando ella misma era joven.

—Eso no responde a mi pregunta —replicó Grahim—. ¿Qué le habéis hecho? ¿La habéis corrompido? ¿Está bajo vuestro control?

—No lo necesita —dijo Érebos—. No hace falta obligarla. Su nombre de Gorrión ya empieza a desvanecerse. Pronto habrá asumido el nuevo. Y cuando lo acepte… ya no se reconocerá ni ella misma y mucho menos a vosotros.

Quercus alzó la voz, clara y sin teatralidad. Ya no miraba a Érebos ni a Drëgo. Miraba a Karkaddan.

—Vuestro tiempo se ha acabado. Alguien os tiene que detener, porque si no se os para los pies ahora, lo siguiente que caerá será la Aguja de Nácar. No os vamos a dejar seguir sembrando el mundo de oscuridad.

Y sin decir más, sin dar aviso, sin conjuros ni invocaciones, se lanzó hacia Karkaddan.

El fauno se impulsó con una fuerza brutal, embistiendo con todo el cuerpo. El unicornio intentó retroceder, buscar el cambio de forma, pero no llegó a tiempo.

La carga de Quercus derribó a Karkaddan de costado, pero no fue suficiente para detenerlo. El unicornio, en su forma humana, cayó con elegancia violenta y, desde el suelo, golpeó con fuerza el talón contra la tierra.

El impacto no fue solo físico. Un temblor mágico sacudió el claro, como si hubiese despertado una grieta bajo la superficie. El musgo se resquebrajó, las raíces crujieron y un estallido de energía azulada brotó del suelo en forma de ondas circulares.

—¡Cabra estúpida! —escupió Karkaddan mientras se incorporaba—. No te haces idea de lo que acabas de empezar.

—Ya veremos —replicó Quercus, retrocediendo con los codos altos y el cuerpo girado, listo para una nueva carga.

Karkaddan se irguió por completo. La luz azul le recorrió las extremidades, y su figura humana empezó a contraerse, envuelta en una carcasa brillante de magia.

—¿Queréis bosque? —rugió, y su voz ya no sonó del todo humana—. Os daré bosque.

Y entonces, se transformó.

La forma humana se replegó y dio paso al unicornio: blanco, con reflejos añiles, crines nacaradas y los ojos encendidos de furia. Alto, esbelto, vibrante, avanzó con una elegancia letal. El cuerno plateado que emergía de su frente era más largo, más afilado, y latía con un pulso que parecía responder al mismo claro que lo rodeaba.

Karkaddan Golpeó el suelo con ambas patas delanteras, invocando la furia de la tierra como solo un unicornio podía hacerlo.

La tierra respondió con violencia. Una onda expansiva se alzó desde el centro del claro y lanzó por los aires a Grahim y a Quercus como muñecos de trapo.

Ramia se cubrió con su vara floral. Los pétalos mágicos que lo recubrían se plegaron con un chasquido seco, como una flor que se protege de la tormenta. El estallido no la alcanzó de lleno, pero la empujó hacia atrás, haciéndola trastabillar.

Grahim intentó alzar una barrera en plena caída, por puro instinto, pero el golpe le arrancó el aire del pecho. Quercus cayó de rodillas, aturdido, y el hacha de huesos le quedó lejos, vibrando sobre el musgo. Pero aún respiraba. Aún gruñía.

—¡Pezuña de Roble! —rugió a modo de grito de batalla, tambaleante, y se lanzó una vez más, el cuerpo por delante del arma, como si la rabia pudiera suplir lo que el aire ya no le daba.

Drëgo observaba. Sus manos se movían con precisión letal. Sus ojos, encendidos por la corrupción, destilaban un fulgor púrpura.

—Drëgo no necesita más fuerza —dijo, con voz serena—. Solo tiempo.

Una lengua de niebla negra brotó de su palma y se enroscó con violencia alrededor del cuello y los brazos de Quercus. El fauno se detuvo en seco. El hacha le resbaló entre los dedos y cayó. Sus pupilas se dilataron. La magia le golpeaba por dentro, como una mordedura interior.

—¡Quercus! —gritó Ramia, volviéndose hacia él, aún jadeante.

—Drëgo ha aprendido que a veces es más útil convertir… que destruir —añadió el druida, con esa calma terrible que le era propia.

Quercus tembló. Las piernas le flaquearon. Pero entonces murmuró, con voz apenas audible:

—Deralya…

La marca del verdiplumas, tatuada en su brazo, centelleó débilmente. No rompió el hechizo, pero algo en su mirada se encendió. La niebla vaciló. El corazón del bosque, aún agazapado en su pecho, no se rendía.

En un extremo del claro, Érebos los observaba. No intervenía. Solo estaba. O parecía estar.

—¿Y tú? —le espetó Grahim desde el suelo—. ¿No vas a hacer nada?

—Esto no es asunto mío. De momento —respondió el consejero.

Grahim no dudó. Apuntó a los cielos.

Luxor cor venum! —gritó.

Un haz de energía pura cayó con violencia y estalló justo frente a Érebos. El consejero ni se inmutó. Extendió una mano y desvió el golpe con un giro mínimo de muñeca, como si apartara una brizna de humo.

—Mal cálculo, muchacho.

Y entonces se deshizo en humo oscuro, fundiéndose con la sombra de los árboles como si nunca hubiese estado allí.

Karkaddan no necesitó órdenes. La retirada de Érebos no lo enfrió; al contrario, encendió en él aún más su furia. Avanzó sin vacilaciones y, en su cuerno —afilado como un relámpago contenido—, vibraba una magia paralizante.

Ramia apenas tuvo tiempo de girarse. El unicornio apuntó con la cabeza y descargó el hechizo a distancia. Un fulgor añil brotó del cuerno y la envolvió al instante.

Un hechizo de parálisis tan antiguo como las praderas añiles, canalizado a través de una criatura que había nacido en sus pastos.

El cuerpo de Ramia quedó inmóvil, congelado en el momento del giro, con los labios entreabiertos y los dedos aún aferrados a la vara floral.

Drëgo, por su parte, avanzaba hacia Quercus, que temblaba de rodillas, a punto de ceder. La niebla aún lo envolvía. La sombra seguía viva.

—Drëgo tendrá un nuevo espécimen oscuro para su colección —murmuró, relamiéndose con una satisfacción que daba asco—. Un fuerte fauno oscuro. Oh, sí… Drëgo termina lo que empieza.

Pero no lo hizo.

Algo cambió de repente.

El aire silbó. No sonó como el viento, sino como un canto. Un zumbido armónico, casi invisible, rasgó la atmósfera por encima del claro. El sonido era cálido y vegetal, como si las hojas susurraran juntas un nombre.

Un portal de luz esmeralda se abrió entre las ramas. No era uno cualquiera. No olía a entremundo ni a magia académica. Olía a jungla húmeda y savia fresca.

Y de él emergió Deralya.

Quercus sonrió, incluso con la niebla oscura apretándole el cuello. La llamada había llegado. Era Deralya, su verdiplumas: un ave faérica grande y veloz, de plumaje verde y acoralado, con los colores encendidos entre el viento y el ramaje. Quercus compartía con ella un vínculo desde la infancia, desde que lo abandonaron en un nido y aquellas alas lo cubrieron cuando nadie más lo hizo. Ese lazo traspasaba los mundos.

Quercus forcejeó. La niebla le apretaba el cuello y los brazos, y aun así consiguió sacar el mentón, arañar un hilo de aire y separar los labios.

Silbó.

El sonido fue breve, con una nota de raíz, una orden fáunica que solo las criaturas vinculadas sabían entender.

Deralya cayó en picado, alas extendidas. El plumaje encendía el claro con verde y rojo, y dejaba destellos añiles al girar. No gritó. Solo golpeó.

Drëgo cayó al suelo, sorprendido por el impacto. El hechizo se cortó de golpe, y la niebla se deshizo alrededor de Quercus.

El fauno tosió, tragó aire con dificultad y murmuró, ronco:

—Deralya…

El verdiplumas aterrizó entre ellos y abrió las alas, firme, protegiéndolo.

Quercus se subió al lomo con un salto y señaló hacia el claro. La voz le salió rota, pero clara.

—¡Archimago! ¡Ramia!

Grahim, aturdido pero consciente, se arrastró hasta el ave. Se agarró a una pluma firme del costado y jadeó.

—Verás, Quercus, sigues equivocado, yo no soy…

—¡Agárrate fuerte! ¡No la dejaremos aquí! —lo cortó el fauno, sin mirarlo siquiera.

Grahim resopló, colgando ya de la montura.

—No me importaría que lo de archimago se me quedara como apodo, la verdad. Sin ánimo de ofender a Kórux.

Deralya se lanzó en picado. Quercus, sin soltar el agarre, estiró el brazo y subió a Ramia a la espalda del verdiplumas. La sostuvo con cuidado. El hechizo de parálisis seguía ahí, duro, pero los ojos de ella brillaban: estaba consciente.

Deralya batió las alas.

El claro tembló. Karkaddan relinchó y giró para embestirlos de nuevo. Drëgo, desde el suelo, alzó la varita.

En la punta, un rayo negro, más afilado, más letal, crepitó con hambre.

Ramia no podía hablar. Aún así, alzó un brazo con dificultad y movió el índice.

La vara floral respondió.

La luz giró en el aire, y el vórtice tomó forma.

Un portal.

Abrir portales era una de las artes de los guardabosques. Magia práctica, antigua, aprendida lejos de los mármoles académicos. Y Ramia, entre todos, la dominaba como nadie. Sabía leer las grietas entre planos como quien sigue un rastro en la maleza. Incluso paralizada, todavía podía empujar la magia por dentro y conducirla hasta su vara floral. No necesitaba gesto: le bastaba con la intención, y la rama ritual obedecía. 

La invocación de ese portal en el aire se lo había enseñado Ahodan en su segundo año de formación, cuando la enviaron al cuerpo de Guardabosques. Algo bueno tenía que haber tenido que la expulsaran de la Torre.

El portal se abrió justo frente a ellos. Flotaba en el aire, redondo, con bordes de ramaje verdoso que susurraban igual que hojas agitadas por un viento mágico.

—¡Aguanta! —gritó Quercus.

Abrazó a Ramia con un brazo y a Grahim con el otro, y se aferró con las patas al lomo de su montura.

Deralya batió las alas con toda su fuerza y se lanzó hacia el vórtice en el mismo instante en que el rayo de Drëgo salía disparado.

El portal se cerró tras ellos. El relámpago oscuro impactó en el aire vacío donde habían estado un segundo antes.

No quedó ni una pluma flotando. Solo el silencio.

Karkaddan resopló, con las pezuñas humeando. Drëgo apretó los dientes. La varita le temblaba. El claro recuperó el silencio, pero la calma no volvió.

El fauno y su ave habían escapado, y no lo hicieron solos. Ramia y Grahim se fueron con ellos: los cuatro, juntos, tan unidos que ni la oscuridad había logrado quebrarlos.

Drëgo los había observado. No con ira, sino con atención. Había visto cómo el verdiplumas descendía. Cómo respondía a un silbido. Cómo un simple gesto bastaba para invocar una lealtad ciega.

—Drëgo lo ha comprendido —murmuró, con los ojos aún clavados en el hueco del aire donde el portal se había cerrado—. No fue el poder lo que los salvó. Fue el vínculo.

Karkaddan bufó suavemente, sacudiendo una mota de ceniza de su chaleco celeste, como quien no necesita más guerra para sentirse satisfecho.

Drëgo bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Drëgo se pregunta si, para debilitar al enemigo, bastará con romper esos vínculos. Con arrancarlos de raíz.

Drëgo giró lentamente la cabeza hacia el unicornio. Lo miró en silencio, largo, medido, con la misma atención con la que se mide una grieta antes de decidir dónde golpear.

—Un lazo bien tejido desde la infancia puede resistir cualquier hechizo. Un lazo tan profundo como el de un fauno con su ave puede convertir a un simple guerrero en un escudo impenetrable.

Karkaddan se giró con lentitud y en su sonrisa se adivinó cierta curiosidad.

—¿Estás pensando en mí o en otro?

Drëgo no respondió. Pero sus ojos no se apartaban de él.

—Drëgo piensa en lo que se necesita para crear una criatura eterna. Lealtad, poder… y una chispa de oscuridad.

Giró la varita entre los dedos, pensativo.

—Y si en el proceso se apaga otra luz, tanto mejor.

Karkaddan alzó una ceja con fingida indiferencia.

—Si a mi potrilla oscura le parece bien, estaré donde se me necesite —dijo—. Para ella… y para ti.

Drëgo asintió, con ese brillo púrpura que nunca prometía nada bueno.

—Drëgo tiene una canción. Solo necesita encontrar la cuna… y el instante exacto para susurrarla.

Y con pasos lentos, ambos se adentraron en la espesura.

Uno, con la elegancia venenosa de quien sabe que el mundo le debe una reverencia. El otro avanzó a su lado, afinando en silencio la nota exacta: la que, cuando llegue el momento, sonará dulce como una nana y oscurecerá un linaje para siempre.

246 – EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

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EL OSCURO AVANCE FAÉRICO I

Nadie recorre solo los caminos del bosque si no tiene algo que perder o algo que recordar. Ramia Laforet avanzaba en silencio. El musgo cedía bajo sus botas y el claro se quedaba quieto, atento a su paso. Allí no era una extraña. El bosque la conocía, aunque ya no la recibiera con susurros.

La marca arcana nacía en su ojo izquierdo y subía por la sien con forma de hiedra luminosa. No la había aprendido en ningún libro. Le había brotado. Cada hebra vibraba con su magia y esa vibración se extendía por la corteza cercana, por la tierra húmeda, por las hojas que aún se aferraban a las ramas. Desde entonces, cada hechizo que tejía estaba anclado a esa floritura sagrada.

Ramia no necesitaba alzar la voz ni recitar palabras solemnes. El bosque la entendía porque su magia hablaba su idioma: el de la hoja seca que cruje, el de la raíz que abraza la piedra, el de la flor que se askbre al caer la tarde. Su rama ritual, cubierta de campanillas moradas, parecía más un tallo cuidado durante años que un arma forjada. Aun así, en sus manos tenía peso de mando. Era su vara floral: un canal vivo entre savia y conjuro.

La capa gris le caía sobre la espalda con suavidad.

Ramia ya no tenía la ligereza de la adolescencia, pero la edad tampoco le pesaba. Había dejado atrás suficientes inviernos para conocer el frío de cerca, y aun así su voz conservaba una firmeza serena, de esas que no se quiebran cuando el mundo aprieta. Podía haber sido maestra, guerrera, druida o impromaga de batalla. Pero eligió otra senda: la de quienes no piden permiso para seguir vivos.

—¿Aldric? ¿Ona…? —dijo, casi sin aire.

El claro no respondió.

Un crujido sonó a su izquierda.

Ramia giró y alzó su vara. No lanzó el conjuro, pero lo sostuvo listo, con la punta señalando la oscuridad entre los troncos. La tensión le trepó por los brazos y se le clavó en el pecho. El bosque respondió a ese aviso: las ramas se inclinaron, el aire se espesó y el claro se estrechó, como si el bosque cerrara un círculo alrededor de ella.

Entre los troncos apareció una figura.

El atuendo le resultó familiar.

Una túnica anaranjada le ondeaba sobre los hombros a un hombre de complexión firme. Debajo asomaba el uniforme negro, ceñido, de la escuela de magia de Skuchaín, con el emblema del dragón bordado en ámbar a la altura del corazón. Llevaba brazaletes verdes en las muñecas, cuero gastado y deshilachado por el uso. Y en los pies no llevaba nada. Iba descalzo, no por descuido, sino por elección, como la mayoría de los impromagos de la casta Natura. 

—¿Ramia Laforet? —preguntó Grahim. La voz le salió medida y contenida, con un temblor leve que delataba algo pendiente desde hacía años.

Ramia no bajó el arma mágica al instante, pero la rigidez del gesto cedió cuando lo reconoció.

—Grahim. Del Cataclismo. Claro que me acuerdo. Me alegra ver que sigues vivo… aunque no esperaba encontrarte en este claro.

—Ni yo a ti —respondió él, y dejó aparecer una sonrisa breve, casi incrédula, que se le apagó enseguida—. He vuelto a estos bosques porque aquí, junto a los canales de la Torre, se están abriendo portales. Algunos dejan rastro de magia oscura. Estoy siguiendo esa pista, porque busco a una niña que se llevaron… pero me falta oficio para leer bien estas grietas. En Skuchaín sabemos levantar barreras y fórmulas, pero de portales en terreno vivo sabemos poco. Necesito a un guardabosques.

Ramia sostuvo la vara con más calma. La marca de su sien palpitó con un brillo tenue.

—Un portal siempre deja un rastro —dijo—. Aunque lo cierren bien. La tierra se queda tibia, y el musgo tarda en asentarse. Las raíces se apartan un poco, y cuando vuelven, lo hacen con prisa. Si ha habido magia oscura, el olor se pega: humedad agria, savia revuelta. Y si te acercas sin miedo… lo oyes. No con los oídos. Con el cuerpo.

Grahim abrió los ojos, atento, con esa devoción del alumno que por fin entiende una pieza que le faltaba.

—Eso es justo lo que me pasaba —murmuró—. Notaba algo, pero no sabía ponerle nombre. En la Torre solo hablamos de estructuras, de límites, de fórmulas… y aquí todo se mueve distinto.

Ramia inclinó la cabeza hacia el suelo del claro.

—Busca los bordes —añadió—. Las zonas donde la hierba crece torcida o donde el aire se queda quieto. Si quieres confirmar, deja caer una chispa de Natura cerca. Una sola. Si la magia se la traga, ahí hubo abertura y todavía se puede seguir el rastro. Si la chispa rebota y vuelve hacia ti con fuerza, es que el lugar está sellado, abrieron un portal pero lo cerraron cuidadosamente. Y si se queda flotando, sin inclinarse a ningún lado, es que no hay nada que la guíe: no se ha abierto ningún portal ahí, o no lo han hecho recientemente.

Grahim asintió con una intensidad casi infantil, y la tensión de su cara se aflojó un instante.

—Ramia, esto… esto me sirve —dijo, y la gratitud se le notó en el pecho—. De verdad.

Se quedó un segundo callado, y la mirada se le fue lejos, hacia un recuerdo que volvía con fuerza.

—En el Cataclismo —añadió—, cuando el cielo se rompía sobre nosotros… tú no mirabas arriba. Tú mirabas el suelo. Y cuando todos retrocedíamos, tú encontrabas dónde plantar el hechizo para que aguantara. Yo lo vi. Y lo recuerdo.

Se detuvo un instante, como si buscara las palabras que no sonaran a adorno.

—Luchamos codo con codo y aun así me quedé callado. Allí no fui capaz de decirte lo que pensaba. Sé que no era el momento, pero necesito que lo sepas ahora. Yo te admiraba desde antes. Cuando era pequeño y conseguí escapar de aquel molino terrible, llegué a Skuchaín y tu nombre ya corría por los pasillos. La gente lo pronunciaba con ese respeto que se guarda para lo que no se discute. Te vi en el invernadero, ¿te acuerdas? Hiciste florecer la cúpula con un giro de muñeca. Aquello no fue solo poder. Era belleza. Todos los de la casta Natura queríamos ser como tú, por tu manera brillante de entender la magia natural.

Ramia entrecerró los ojos. En su gesto no había recelo; había un respeto atento, casi cuidadoso.

—Nunca es el momento para decir esas cosas —respondió—. Pero gracias. Aunque… ya no soy exactamente la misma impromaga que era entonces.

Grahim dejó escapar el aire, despacio, y miró un punto del claro que no parecía tener nada.

—A veces me pregunto si, después de todo lo que hemos vivido, alguien ha salido intacto —murmuró Grahim.

—Pocos —dijo Ramia—. Y ahora… busco a mis compañeros: Aldric y Ona.

El nombre de Ona le cayó a Grahim con un peso inmediato. Bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla ya se le habían endurecido los hombros. La voz le salió más baja, con un cuidado tenso.

—Ona… la hija de Van Bakari —dijo, y la frase le raspó la garganta—. Todo esto huele a él. Y ella huele igual.

Ramia sostuvo su mirada.

—Yo también estoy analizando portales —añadió—, pero no de los que deja un hechizo normal. Esto es otra cosa. Con la magia del Orbe, el rastro es casi imperceptible. No calienta la tierra, no aparta raíces, no deja olor. Pero queda una marca, sutil, antigua… como el mismo orbe.

Se llevó los dedos, apenas, hacia la sien, donde la luz arcana seguía viva.

—Es ancestral. Muy poderosa. Y cuando aparece, el bosque la nota… pero no sabe señalarla. Por eso estoy aquí. Si Aldric y Ona han cruzado algo así, no los voy a encontrar siguiendo pisadas. Los voy a encontrar siguiendo esa marca.

Grahim tragó saliva.

—La magia del Orbe nos ha separado a todos. Yo tampoco sé dónde está Trai —dijo—. El Archimago insiste en que ahora mismo es indetectable. Y si de verdad buscas a Ona… Ramia, piénsalo. Es la hija de Van Bakari. Todo esto huele a él. Siempre está haciendo de las suyas. Por tu bien, no te acerques. Esa chica es retorcida y venenosa. De tal palo, tal astilla.

A Ramia le ardió el pecho al escucharlo. Se le tensó la mandíbula. La marca de la sien brilló un poco más y la vara respondió con un pulso visible, contenido, firme.

—No vuelvas a hablar así de ella —murmuró. La frase no buscaba pelea. Marcaba un límite.

Grahim dio un paso atrás, y el borde de su túnica anaranjada rozó el musgo. El movimiento le salió torpe, casi un tropiezo.

—¿Ona…?

Ramia bajó el báculo muy despacio. La luz de su marca arcana palpitó con un ritmo distinto, menos defensivo y más desnudo. Cuando habló, lo hizo sin protegerse detrás de nada.

—Yo estaba con ella. En el momento del Orbe. Y no… no fue solo cosa de Amatís de Mora.

En la mirada de Grahim volvió a encenderse la cautela.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que fui parte de su plan —respondió Ramia—. Fui una de las que lo activaron. Y yo lo potencié con magia arcana. Antigua. Prohibida.

El claro se sumió en un silencio seco, tan profundo que hasta las hojas dejaron de moverse.

—Ramia… —dijo Grahim, más bajo—. Si hiciste eso… si de verdad amplificaste el Orbe con magia arcana… tendríais que haber muerto.

—Lo sé —contestó ella—. Y habríamos muerto, si Aldric no hubiera estado con nosotras.

Grahim frunció el ceño.

—Aldric…

—Canalizó sus dones de sanación —continuó Ramia—. Mientras el Orbe se desbordaba, él nos mantuvo atados a esta tierra. Cada golpe de magia que nos atravesaba encontraba su respuesta en él. Nos sostuvo el tiempo justo.

—Eso es imposible —dijo Grahim, aunque la palabra le salió con menos fuerza de la que pretendía—. Ningún sanador podría contener una energía así.

—Aldric pudo. Durante el tiempo justo.

Ramia alzó la vista. No buscaba compasión, y en su voz tampoco había orgullo.

—Creímos que el Orbe traería equilibrio. Creímos que separaría a los demonios de su emperatriz. Pero lo que ha hecho… ha sido separarnos a nosotros.

—¿Y Ona? —preguntó Grahim.

Ramia bajó la mirada. La luz de la marca en su sien se atenuó un poco, como si también escuchara ese nombre.

—No lo sé. Todo se volvió inestable. El Orbe soltó su poder y el mundo se desordenó. Lo siguiente que recuerdo es este bosque, a las afueras de la Torre de Skuchaín. Apenas podía sostenerme; me quedé sin energía y no sé cómo llegué hasta aquí.

Tragó saliva y dejó que el silencio ocupara el claro un instante.

—Tiene algo… extraño volver aquí. Este lugar me trae recuerdos, y algunos todavía duelen.

Se calló. No necesitó llorar para que doliera.

—Solo espero que, al menos, esa Emperatriz se haya quedado sin el poder de sus demonios. Que el hechizo hiciera algo más que destrozarnos. Que aún podamos recuperar Calamburia.

Grahim no respondió con palabras. Se le notó en la forma en que apretó la mandíbula y en cómo fijó la vista en la espesura, como si escuchara algo que todavía no se había decidido a mostrar la cara.

La niebla se agitó.

Entre los helechos, una vibración levantó el aire. La tierra respondió primero: las raíces se separaron con un crujido húmedo y el suelo dejó escapar un aliento de magia vegetal. Empezó a dibujarse un círculo de energía, irregular, vivo en sus pulsos, con destellos verdes que subían y bajaban como una respiración descompasada.

Ramia alzó su vara recubierta de flores. Grahim empuñó su varita con firmeza.

—¿Lo estás sintiendo? —murmuró él—. Lo están abriendo desde el otro lado.

—Sí —respondió Ramia, con los ojos entornados—. Y no suena hostil… pero esto no se parece a un portal de protocolo.

El vórtice crujió una última vez y se abrió con un destello verdoso y un soplo de tierra húmeda.

De pronto, salió disparado un fauno de aspecto salvaje. Llevaba los cuernos bien altos, con la luz atrapada en el relieve. Tenía una cresta rosa, desordenada, y un arnés de cuero lleno de frascos que tintineaban al chocar entre sí. El zurrón le colgaba cargado, a punto de reventar. En el brazo derecho, tatuado con tinta vegetal, destacaba la silueta de un verdiplumas alado en pleno vuelo.

—¡Ah! ¡Ahí está! ¡La varita! ¡La varita brillante! —gritó, y señaló la mano de Grahim.

Grahim se quedó tieso, con la varita en alto y los ojos abiertos de par en par.

—¿Perdón? —murmuró, desconcertado.

El fauno se lanzó de rodillas con una teatralidad impecable, como si el claro se hubiera convertido en escenario.

—¡Oh, todopoderoso archimago! —exclamó—. ¡Por fin os encuentro! Gracias a la Dama Esmeralda y su red de portales menores, he podido localizaros. ¡La Torre de Magia debe apoyar a la Dama Blanca!

Grahim miró a Ramia de reojo, con una mezcla de vergüenza y alarma.

—A ver… esto es un poco incómodo —dijo—. ¿Archimago? No. Eso es un malentendido. Yo no soy Kórux.

Ramia frunció el ceño, entre la alerta y el asombro, pero en sus ojos asomó una chispa de reconocimiento.

—Tú eres Quercus. El legendario jinete de verdiplumas que luchó en el Cataclismo. Nosotros estábamos en la Torre Arkhana de Skuchaín, conteniendo el flujo de magia desde los canales.

Quercus se cuadró al instante. El gesto quiso ser solemne, pero se le fue un poco el peso hacia un lado y terminó pareciendo más un amago de tropezón que una postura militar.

—¡A vuestro servicio! Y gracias. A los dos. De verdad… gracias —dijo, y la reverencia le salió torpe, aunque le brotaba del pecho—. La Dama Esmeralda y la mismísima Dama Blanca estarán eternamente agradecidas con los guerreros de la Torre de Magia.

Grahim bajó por fin la varita, aunque se la quedó cerca, por costumbre y por prudencia.

—¿Qué ha ocurrido, Quercus? ¿Por qué vienes tú… y por qué en un portal secundario?

El fauno se incorporó y se sacudió ramas y briznas del pelaje. Esta vez ya no hubo exageración en sus ademanes. La voz le cambió, por primera vez, era la de alguien que había visto demasiado.

—Kárida ha sucumbido a la oscuridad. Ya no es la Dama Añil. Drëgo le entregó el báculo de Öthyn. Con eso la convenció… o la transformó. O ambas cosas. El caso es que ahora se hace llamar la Dama Negra.

Ramia bajó la vara lentamente. No movió un músculo, pero el miedo le cruzó la mirada y le dejó el pulso más tenso.

—Eso no puede ser…

—Pero lo es —dijo Quercus—. Yo estaba allí. Vi cómo Karianna intentó detenerla. Vi cómo las Damas del Fuego, el Acero y el Aire la traicionaron. Y vi a Kárida alzar el báculo de Öthyn como si le perteneciera. Drëgo no dudó: juró lealtad a la unicornia oscura en cuanto sintió el poder de esa nueva… creación.

Grahim negó con la cabeza, incrédulo, y apretó la varita entre los dedos.

—El báculo del Druida Supremo… ¿cómo lo consiguió?

—Drëgo lo guardaba —dijo Quercus—. Desde hace tiempo. Esperaba su momento. Y lo ha encontrado.

Bajó la voz, y el claro pareció acercarse para escucharle.

—Ahora la Morada de los Druidas está bajo el mando de Kárida. Están reorganizando sus fuerzas. Nadie lo dice en voz alta, pero todos sabemos cuál será el siguiente paso: tomar la Aguja de Nácar.

Ramia inspiró despacio, con una calma que le costó.

—¿Y la Dama Blanca?

Quercus negó con firmeza.

—Resiste. Y no está sola. La apoyamos los faunos, las ondinas, las ancianas y su madre, la antigua Dama Blanca. Breena, el espíritu del bosque, también ha despertado para protegerla. Pero no basta. Si Kárida toma la Aguja de Nácar, no habrá equilibrio posible.


Grahim bajó la mirada. Había oído rumores, pero aquello era otra cosa.

—Entonces Skuchaín no puede quedarse al margen —murmuró.

—Exacto, archimago —afirmó Quercus, y la palabra le salió redonda, convencida.

—No, si yo no soy… —empezó Grahim.

—Y vuestra sabiduría será clave —siguió Quercus, sin dejarle sitio—. La Dama Esmeralda me ha enviado por eso. Vuestra magia aún puede inclinar la balanza. Y el tiempo se agota.

Por primera vez, Ramia esbozó una sonrisa. No porque la situación diera tregua, sino porque había algo extrañamente cómico en ver a Grahim atrapado en un título que no sabía sacudirse. La solemnidad del fauno, la incomodidad del Natura, y aquel anuncio terrible cosidos en mitad del bosque era, sencillamente, absurdo.

Grahim soltó el aire y murmuró, casi para sí:

—Esto no va a arreglarse pronto…

Luego se giró un poco hacia Ramia, con la voz más baja.

—Lo de los druidas se veía venir. No hace mucho encontramos a Drëgo confraternizando con el enemigo. Kórux avisó a la Dama Blanca, pero no imaginé que Drëgo arrastraría con él a la mitad de las Damas.

Volvió a mirar a Quercus, ya con el tono de quien se obliga a estar a la altura.

—Es una noticia terrible. Pero no te preocupes, valiente fauno: Skuchaín responderá. Tenemos que reagruparnos cuanto antes, reforzar los canales mágicos activos y alertar al resto de castas. Esto va a exigir algo más que ganas. Vamos a necesitar estrategia, coordinación… y fe en lo que aún no se ha torcido.

Los ojos de Quercus se iluminaron.

—¡Oh! ¡Muchísimas gracias, señor archimago!

Grahim apretó los labios, sostuvo el gesto con una resignación casi digna y dejó escapar un murmullo entre dientes:

—Encuentro esta confusión… turbadoramente gratificante…

245 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE II

Personajes que aparecen en este Relato

UN VÍNCULO IRROMPIBLE II

—Por aquí, Majestad —urgió Periandro Sibyla, conduciendo a Doddy por el pasillo del bastión—. Refugiaos, sus muros son inexpugna…

Pero la frase no llegó a completarse.

Una bruma negra descendió del cielo como si el crepúsculo se hubiese acelerado de golpe. El aire se tornó espeso. El suelo vibró.

Amunet apareció en el centro del patio, rodeada por una nube de oscuridad palpitante. El báculo impactó contra la piedra y la resonancia sacudió las ventanas del bastión. En su interior, las súcubas Nexara, Luxanna y Xantara se agitaban con furia contenida, como si supieran que pronto serían llamadas. El metal del báculo vibraba con impaciencia, no por voluntad propia, sino por la de quienes vivían atrapadas en su núcleo.

A su lado, emergiendo del mismo torbellino de sombras, Arnaldo caminaba con aplomo. El turbante azul celeste enmarcaba su rostro sombrío. Brazaletes de cuentas tintineaban mientras acariciaba la empuñadura curva de su daga zíngara, ornamentada con filigranas oscuras. El chaleco púrpura brillaba con reflejos espectrales. Su mirada no dejaba lugar a dudas: venía dispuesto a conseguir algo.

—Uy, perdón —dijo Amunet con una sonrisa tan afilada como el acero—. Debería haber mandado una nota. ¡Qué torpe soy! Pero ya que estoy aquí, mago erudito… ¿no quieres que nos divirtamos un poquito?

Periandro alzó la varita y, al hacerlo, el aire pareció inmovilizarse a su alrededor. No fue magia visible, ni conjuro inmediato, sino la pausa previa a lo inevitable, ese segundo suspendido en que el mundo aguanta el aliento. A su lado, Doddy dio un paso adelante. Lo hizo con decisión, casi con orgullo, y empuñó la espada de los Rodrigo como quien recoge un legado, no un arma. No brillaba, no ardía, no murmuraba conjuros antiguos. Pero pesaba. Pesaba con siglos de historia, con juramentos olvidados, con el linaje de un reino entero que aún latía en la empuñadura. A veces, pensó el joven, eso era suficiente.

—¡No os dejaremos pasar! —proclamó Periandro, su voz atravesando la bruma con firmeza, como una sentencia escrita en piedra. Al pronunciarlo, sus ojos se clavaron en la figura que emergía lentamente del humo: Amunet.

Ella no respondió de inmediato. Inclinó la cabeza con suavidad y una sonrisa le curvó los labios con la despreocupación de quien se sabe inevitable. Había en su gesto una arrogancia tan pulida que no necesitaba palabras, pero aun así las ofreció.

—¿No? Entonces necesitaremos… una pequeña ayuda —susurró Amunet mientras alzaba el báculo con parsimonia, como quien activa un mecanismo que conoce demasiado bien—. Nexara.

Y fue entonces cuando lo invisible se volvió tangible.

No hubo estallido. No hubo fuego ni sombras. Fue peor: una oleada de pensamiento, intangible pero brutal, barrió el patio como una tormenta sin rostro. Periandro sintió cómo su mente se fragmentaba de inmediato, como un espejo resquebrajado por dentro. Voces que no eran suyas comenzaron a taladrarle el pensamiento, susurrando con la crueldad de lo familiar. “No eres suficiente”. “Ella ya lo sabe”. “Tus errores han costado vidas”. Palabras que no reconocía, pero que resonaban como si fueran suyas.

Se tambaleó, dio un paso atrás. La varita le tembló en la mano, no por miedo, sino porque el equilibrio interior se deshacía como agua entre los dedos. Era una batalla que no podía ganar con hechizos, porque el enemigo estaba en su propia cabeza. Doddy lo notó al instante.

—¿Pedianddo?

Periandro no respondió. No podía. Solo se gritó a sí mismo con todas sus fuerzas.

—¡Silencio!

Pero el grito fue inútil. Una lágrima se deslizó por su mejilla, involuntaria, y no de dolor físico, porque Nexara no hería la carne. Su veneno era más sutil, más profundo. Envenenaba la mente.

Y justo entonces, como si aquel instante de vulnerabilidad hubiese sido la señal convenida, Arnaldo se abalanzó sobre el heredero. El zíngaro se movía con la precisión de un bailarín de guerra y cada golpe de su daga curva era una afirmación, un mensaje letal. Doddy apenas tuvo tiempo de alzar su espada, pero lo hizo. Y resistió.

—¡Soy el hedededo! —bramó mientras desviaba un tajo que habría abierto su costado de parte a parte.

Arnaldo sonrió, frío, como si todo formara parte de una danza conocida.

—Pero no por mucho tiempo —murmuró, y retrocedió un paso justo cuando Amunet, avanzando un poco más, volvió a hablar con la misma calma letal.

—Luxanna.

La palabra fue como una campana que nadie escuchó, y sin embargo, lo cambió todo.

Una nube oscura se cerró en torno a Doddy. No era negrura ordinaria, sino un velo húmedo y opresivo que robaba los sentidos uno a uno. Primero el sonido. Luego la visión. Después, el equilibrio. El mundo entero colapsó a su alrededor, y en el abismo donde fue arrojado no había arriba ni abajo, ni luz ni sombra. Solo la sensación perpetua de caída, una caída infinita, silenciosa, imposible de detener.

La espada se le resbaló de entre los dedos. Cegado, desorientado, privado de todo sentido, Doddy cayó de rodillas sobre la piedra agrietada del bastión. A su alrededor, el mundo ya no tenía forma ni sonido. Era oscuridad líquida, temblorosa, un abismo sin fondo que lo tragaba todo, incluso el miedo. Solo el tacto áspero del suelo bajo sus manos y el vértigo que le estallaba en las sienes lo mantenían anclado a una realidad que ya no sentía como suya.

Desde unos pasos más atrás, Periandro percibió el derrumbe y reaccionó con un grito.

—¡Majestad!

Con un esfuerzo colosal, se sacudió de encima las voces intrusas que seguían taladrándole el pensamiento. “No eres suficiente”, “ella ya lo sabe”, “es tu culpa”… Nexara aún se aferraba a los bordes de su mente, pero él la apartó con una voluntad que ya no nacía de la magia, sino del amor a lo que debía proteger. Alzó la varita. Durante un segundo eterno, el aire se congeló. Todo se detuvo.

—Flammae Veritatis.

El hechizo brotó de su garganta como un canto sagrado. La llamarada de luz blanca cruzó el patio como un juicio inapelable, y se lanzó directa al pecho de Amunet. Pero la emperatriz, inmóvil, giró su báculo con elegancia y desvió el impacto como quien aparta una hoja caída de su hombro.

—Estás mermado, erudito —dijo con una dulzura envenenada, casi maternal—. El orbe ha hecho mella en ti.

—No tanto… como para rendirme —replicó Periandro con voz ronca, aún en pie, aunque el suelo comenzaba a fallarle.

A su lado, Arnaldo susurró un conjuro en zíngaro. No fue un grito, ni un canto ritual: fue una orden discreta, peligrosa. Y de inmediato, de entre las grietas del patio, brotaron raíces negras que se enroscaron con violencia en los tobillos de Periandro, lo atraparon como cadenas vivas. El mago forcejeó. Intentó romperlas. Pero su poder flaqueaba. El suelo, que momentos antes respondía a su voz, ahora parecía escucharlo a medias.

Amunet, sin prisa, giró su báculo una vez más.

—Xantara.

La ráfaga no se vio, pero el resultado fue inmediato. Doddy, aún de rodillas, se irguió de pronto como si una cuerda invisible tirara de su espalda. Sus músculos estaban tensos, sus ojos vacíos. El cuerpo se movía, sí… pero ya no le pertenecía. Como una marioneta sin voluntad, alzó el brazo con lentitud, y la espada —esa reliquia que no contenía magia, pero sí memoria— giró en su mano hasta apuntar a Periandro.

—¡No…! —gimió el joven, con la voz atrapada en su garganta, consciente del horror, incapaz de detenerlo.

—Te tengo… —susurró Xantara desde lo más hondo de su mente. Nadie más oyó su voz, pero él la sintió reptar como una serpiente bajo la piel.

El acero descendió. Doddy, movido como un mísero títere por efecto del poder de la súcuba, estaba atacando a su amigo Periandro.

El mago erudito intentó retroceder, pero no fue lo bastante rápido. La hoja le rozó la sien con un corte limpio, y un hilo de sangre cálida descendió por su mejilla. El segundo golpe venía en camino, más rápido, más certero.

Y entonces, con la serenidad del sabio que sabe perder sin odio, murmuró:

—Perdóneme… su majestad.

No gritó. No tembló. Solo agitó la varita y conjuró una onda de choque que, sin violencia, alejó a Doddy de su alcance. No lo hirió. Solo lo salvó.


Entre los rosales hechos jirones, Hilario de Duff Colby abrió un ojo. Vio fuego. Vio columnas de luz surgiendo del suelo. Vio a su Rey, espada en alto, a punto de hundirla en el pecho de su maestro.

—¿Pero esto qué es…? Yo es que no puedo con tanto drama —susurró, con la voz quebrada por la indignación.

Y se desmayó de nuevo, con la dignidad de quien ha sido educado para las intrigas cortesanas, pero no para presenciar batallas infernales.


Periandro se incorporó despacio, con el cuerpo entumecido por el esfuerzo y la sien marcada por la hoja de la espada real. La sangre, ya tibia, le surcaba el rostro, mientras su varita seguía firme en su mano, como si no hubiera fuerza en el mundo capaz de arrebatársela. Cansado, sí, pero no vencido, elevó la voz y pronunció las palabras con la solemnidad de un sabio que conoce que cada sílaba puede pesar más que una espada.

Sapientia… Perennis… Excelsa Ratio.

El bastión entero pareció contener el aliento. Bajo sus pies, el suelo tembló con un pulso antiguo y profundo, y desde las raíces de la piedra comenzaron a surgir columnas de luz dorada, alzándose hacia el cielo como ramas de un árbol invisible. Aquella magia no era violenta ni arrogante. Era majestuosa. No buscaba herir, sino proteger. El saber se hizo forma. La memoria se convirtió en defensa. Y, por un instante, el Bastión de los Colby resplandeció como una catedral del pensamiento.

Amunet entrecerró los ojos, cegada por la claridad. Dentro del báculo, Nexara aulló, frustrada; Luxanna rugió, exigiendo liberación; y Xantara, debilitada, se quebró como si hubiera sido ahogada por el poder del mismo báculo que la contenía, como si el resplandor del hechizo la hubiera obligado a replegarse dentro de su prisión de magia y metal. Arnaldo, por su parte, retrocedió un paso. No se pronunció, pero tensó la mandíbula, midiendo en silencio la energía que acababa de desplegarse, como un jugador que descubre que el tablero ha cambiado.

—¡Y ahora márchate, Emperatriz del demonio! —exclamó Periandro con un grito que llevaba consigo todo el peso de su linaje, de los tomos estudiados, de las noches sin sueño—. ¡Sin tus huestes no podrás tomar estas tierras!

Amunet respiró hondo, y aunque su rostro reflejaba el poder del hechizo, en sus labios seguía dibujada esa sonrisa ladeada que nunca se permitía perder.

—No vengo a tomar nada —dijo con calma—. Solo os he visitado para obtener cierta información.

Sus ojos buscaron a Doddy, que trataba de ponerse en pie mientras se sujetaba el costado. Le temblaban las manos y aún tenía el cuerpo marcado por el dominio de Xantara, pero su mirada ya era de nuevo la suya. En ese instante, Amunet supo que era su oportunidad para conseguir la información que tanto ansiaba

—Por última vez… ¿dónde están las niñas?

Periandro, sin moverse un ápice, respondió con la voz clara y sin adornos.

—Puedes torturarnos, incluso matarnos, pero siempre te quedará la certeza, en lo más hondo de tu alma, de que hay herederas al trono con mayor legitimidad que la tuya. Y de que tu reinado es un coloso con los pies de barro.

Doddy levantó la cabeza, con esfuerzo, y habló con un hilo de voz que no temblaba.

—Bien dicho, Pedianddo. Ni siquieda los poderes de tus demonios sedían capaces de sonsacad la veddad a quien no la sabe —sentenció con suficiencia—. ¡El plan de Minerdva es infalible!El 

Periandro cerró los ojos, exhalando con resignación.

—Oh no… lo ha dicho…

La carcajada de Amunet se alzó como un trueno que rebotó en cada columna del bastión. Sonaba antigua, cruel y auténtica. La risa de quien no necesitaba fingir sorpresa porque, una vez más, el mundo le entregaba lo que necesitaba sin pedirlo.

—Nunca pensé que sería tan fácil —murmuró, girándose hacia Arnaldo con una mirada encendida de ambición—. Así que lo único que tengo que hacer es dar con la directora de la Torre de Magia.

Su sonrisa, ahora sin disimulo, se convirtió en una orden silenciosa. Arnaldo asintió.

—Vámonos. Entraré en Skuchaín cuando menos se lo esperen y conseguiré lo que he venido a buscar.

El aire se quebró con un estallido de niebla negra. Un remolino oscuro los envolvió y, en un instante, ambos desaparecieron.


Doddy cayó sentado sobre las losas, agotado. Su cuerpo, todavía estremecido por el esfuerzo y la posesión, apenas respondía. Respiraba con dificultad, y había en sus ojos un atisbo de vergüenza que no sabía cómo verbalizar.

—Lo siento, Pedianddo… ¿He hecho algo mal?

Periandro, con la varita aún en la mano, se acercó a él y le posó una mano sobre el hombro. Su gesto fue lento, medido, no como quien reprende, sino como quien consuela.

—Ahora irán a por mi tía Minerva.

Se incorporó con dificultad, tambaleándose al principio, pero decidido.

—¡Rápido! Tengo que llegar antes que ellos a la Torre Arkhana. La directora de la escuela y vuestras hijas están en peligro.

Periandro rebuscó en su túnica con manos temblorosas hasta encontrarlo: un pequeño cubo de cristal, apenas del tamaño de una nuez, delicado como el alma de un recuerdo. Lo sostuvo con firmeza, lo acercó a sus labios y habló con voz contenida:

—Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.

El cubo emitió un leve zumbido. Una luz azulada brotó de su interior y, al soltarlo, se elevó en el aire. Vibró un instante y desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un hilo de luz que se deshilachó con el viento.

Solo entonces, sin esperar respuesta, Periandro cerró los ojos un instante, concentrando la poca energía mágica que le quedaba. La varita tembló en su mano, aún manchada de sangre, y trazó en el aire un signo que conocía bien, aprendido años atrás en las clases de Gónagan, maestro severo y experto en invocaciones. En aquel tiempo, le pareció un hechizo ornamental, una reliquia académica más que un recurso real. Ahora entendió para qué lo habían obligado a repetirlo: para que el cuerpo no dudara cuando todo duda; para que el gesto exacto apareciera incluso con la sangre aún fresca y la varita temblando.

Equus Temporae.

El suelo vibró bajo sus pies y, en medio de un remolino de viento y luz, surgió un caballo etéreo. Tenía la piel color ceniza y los ojos brillaban como carbones vivos. No relinchó. Solo aguardó. Periandro montó con agilidad, ocultando el dolor de su costado bajo una capa de compostura.

—Cuídese, su majestad —dijo, girando brevemente la cabeza hacia Doddy—. Lo que se cierne sobre nosotros reclamará hasta el último aliento de quienes aún luchamos por esta tierra.

Espoleó al animal, que respondió con un galope silencioso y certero. El conjurado corcel atravesó el patio como una sombra veloz, dejando tras de sí un rastro de chispas plateadas y polvo flotante. Las piedras del Bastión parecieron estremecerse a su paso.

Y entonces, al tomar el desvío hacia el este, cuando aún no había recorrido ni una legua, algo rompió el ritmo de la huida. A lo lejos, en el sendero que descendía desde la torre del vigía, un clamor rasgó el aire como un presagio.

Un jinete real, herido y cubierto de sangre, se acercaba tambaleándose, con el estandarte de la casa Von Vondra desgarrado sobre el brazo. Su caballo resoplaba extenuado. Periandro detuvo el galope. El viento les cruzó en silencio… y entonces comprendió: llegaban tarde.

Apretó los dientes y siguió adelante. El mensaje no era para él. El mensaje era para Tilaria.


En el patio del bastión, Lady Tilaria abrió los ojos con un sobresalto. El conjuro de Arnaldo comenzaba a disiparse y el frío del atardecer le devolvió la conciencia. Incorporándose con dificultad, apoyó una mano en el suelo para no perder el equilibrio y se levantó con la elegancia de quien, incluso al caer, sabe mantenerse digna y erguida ante el mundo. Alzó el rostro con gesto firme.

Fue entonces cuando el jinete, casi sin aliento, llegó hasta ella. Cayó de rodillas al suelo, el rostro pálido y la voz quebrada por el dolor.

—¡Mi señora…! —jadeó—. Los demonios… han cruzado el río. El avance… el avance es incontrolable. Arrasan aldeas, consumen los caminos. Vienen directos hacia aquí. ¡No queda tiempo!

Tilaria no necesitó más.
—¡Hilario! —vociferó con autoridad renovada—. Da la orden. Que la guardia se retire. Abandonamos de nuevo el Bastión.

—¿Nos retirarnos? —musitó Hilario con incredulidad, limpiándose la sangre del labio—. Pero si apenas acabábamos de llegar…

—Debemos partir —corrigió ella, la voz quebrada pero resuelta—. Esto se va a convertir en una ratonera. Nos reagruparemos en Instántalor con Elora y el ejército de la flota pirata.

Hilario asintió sin añadir palabra. Mientras los soldados recogían con premura sus pertrechos, Lady Tilaria volvió la vista una última vez hacia las almenas del Bastión Colby. La piedra que había jurado proteger. El lugar que había llamado suyo. Y que ahora… volvía a dejar atrás. Otra vez.

Su Bastión. Su orgullo. Su pérdida.

✦✦✦

Y entonces, el tiempo habló.

No con estruendo, ni con palabras que pudieran escribirse en piedra, sino con la cadencia de lo inevitable. Tres voces, antiguas como el mundo, tejieron su veredicto entre los silencios que deja una batalla incompleta.

La primera fue Urd, la que recuerda:
«Hubo un día, no tan lejano, en el que una sacerdotisa elemental salvó a un joven infante del filo de la muerte. Aquel acto, que pareció una retirada, fue en verdad una siembra: del valor, del linaje… y del error que hoy lo ha traicionado».

Luego habló Verdandi, con la verdad suspendida en la garganta del presente:
«En Azarcón, la confusión todavía respira. La piedra vuelve al silencio, pero el eco no se apaga. Un bastión se vacía mientras cree que se salva. El nombre de Minerva sigue ardiendo en el aire. Y, en este mismo ahora, Amunet afila la sonrisa y palpa la cercanía de su presa»

Y por último, Skald, con el aliento contenido de lo que aún no ha sucedido:
«El nombre de Minerva se convertirá en ruta. Volarán hacia Skuchaín con el humo en los dedos y el hambre en la boca. La Torre Arkhana se cerrará tarde o se abrirá a la fuerza. Periandro cabalgará hacia la verdad y pagará el precio de llegar antes. Y cuando el saber sea puesto a prueba, la sangre valiente elegirá si resiste… o arde».

Después, el silencio.

244 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

Personajes que aparecen en este Relato

UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

Cuando la realidad se fracturó, tres voces antiguas atravesaron el tejido del tiempo.

Urd habló primero, y su sentencia se sintió como un relámpago en la médula del mundo:
«Cuando la confusión se hizo carne, los hilos del destino se desenredaron como madejas en manos de un niño».

Le siguió Verdandi, firme en el vértice del ahora, con una verdad que no admitía réplica:
«Y mientras el Orbe resuena entre planos entrelazados, algunos lazos se tensan, vibran… pero no se rompen».

Y entonces Skald, la que ve lo inevitable, selló el presagio:
«Pronto, una línea azul, tallada en zafiro, marcará el camino hacia el abismo… o hacia la salvación».

El eco de sus voces no dejó lugar a duda: el destino ya se había puesto en marcha.


—¡Hilario! Acaba de llegar tu hermano —exclamó Lady Tilaria, entrando con el gesto agotado, como si la indignación fuera parte de su atuendo—. Ha reaparecido en mi vestíbulo tras una de sus absurdas teletransportaciones desde el desierto… ¡y no ha parado de recitar tragedias en verso desde entonces! Que si la arena le arañó el alma, que si la luna susurró su nombre… Estoy tentada de encerrarlo en la bodega con una lira y un espejo.

—Ya sabéis cómo es Gadeslao —respondió Hilario de Duff Colby, sin molestarse en levantar la vista de su cuaderno—. Se emociona con una brizna de viento y dramatiza como si Calamburia entera dependiera de su próxima metáfora. Pero os seré sincero, mi señora… estoy agotado. Agotado de oír al joven Rodrigo repetir ese discurso con la misma entrega con la que uno repite un mal conjuro esperando que funcione por aburrimiento.

El Bastión de los Colby, enclavado en las tierras altas de la comarca de Azarcón, había resistido guerras, inviernos y generaciones de nobles en decadencia. Su piedra antigua hablaba con ecos de historia. Sus tapices, descoloridos por el sol y el orgullo, colgaban en salones que ahora se usaban más para refugiar conversaciones que para celebrar banquetes.

Allí, en uno de esos salones, oculto entre cortinas de terciopelo rancio y vajillas heredadas de otro tiempo, un joven ensayaba cargado de empeño cómo hablar como un rey.

Quedido pueblo de Calambudia… La Deina Eloda y yo, como vuestros sobedanos en el exilio…

Doddy ensayaba con ardor, proyectando su discurso por los pasillos como si pudiera vencer la guerra a fuerza de voluntad y dicción.

Desde el salón contiguo, donde aún compartía té y resignación con Lady Tilaria, Hilario se llevó una mano al rostro.

—“Elora”. Por favor. Es Elora. Si vuelve a llamarla “Eloda”, me voy al puerto, me alisto con los piratas y me lanzo al Kal-a-Mar.

Lady Tilaria resopló, pero no sin cierto afecto.

—Tiene tenacidad, Hilario. Y eso ya es más de lo que pudo decirse nunca de su difunto padre. Sancho era… bueno, era un buen hombre. No un lumbreras, desde luego, pero su sangre era noble. La inteligencia la aportábamos otras. Su madre, por ejemplo… mi sobrina Melindres… mi querida Melindres, era de una lucidez implacable. Qué fuerza, qué genio, qué capacidad para sostener el mundo cuando se caía a pedazos.

Hilario alzó una ceja con su característica elegancia envenenada.

—Lo reconozco, mi señora. De entre todos los colapsos del linaje, Melindres fue siempre una columna. Una verdadera Von Vondra y ahora que no está… el edificio se tambalea.

La puerta del salón se abrió con cuidado y Periandro Sibyla asomó el rostro, pulcro como siempre, con un tomo bajo el brazo y una seriedad que no invitaba a dilaciones.

—Vizcondesa —dijo con una leve inclinación hacia Lady Tilaria—. Señora. Os ruego disculpéis la intromisión.

Al instante, Doddy apareció tras él, sujetando aún la espada de madera como si fuera una rama de laurel.

—¡Pedianddo! —saludó, entusiasmado—. He pedfeccionado la pdimeda frase. ¿Quedéis oídla de nuevo? Venid dápido a la sala contigua, estoy ensayando.

Hilario dejó escapar un suspiro largo, dramático, estudiadamente resignado.

—Mi señora —dijo cerrando con delicadeza su cuaderno—. Si la escena va a repetirse, os propongo un paseo por los jardines. Quizá entre las adelfas encuentre más esperanza que entre los discursos de nuestro pequeño monarca.

Tilaria reprimió una sonrisa y asintió con gravedad.

—Un paseo nos hará bien. Y el aire fresco nos aclarará las ideas —dijo mientras se abanicaba de camino al exterior.

Tilaria saludó a los guardias que protegían la fortaleza, que le devolvieron el saludo con gesto marcial. Se había encargado personalmente de que sus mejores hombres —seleccionados de entre las huestes de la casa Von Vondra— les protegieran a ella y al rey. Tras la toma del Bastión de los Colby, era cuestión de tiempo que toda la comarca de Azarcón volviera a estar controlada por la Corona. Tras años de exilio, parecía que al fin la usurpadora Amunet comenzaba a tener los días contados, pero Lady Tilaria no era de las que esperan sentadas.

Salió al exterior acompañada de su secretario personal. El ambiente de los jardines, lejos de llenarles de calma, les produjo cierto desasosiego. Las flores estaban algo marchitas y, cuando soplaba viento del norte, les llegaba el rumor de la batalla y una leve lluvia de ceniza caía como si fuera nieve.

Tilaria habló sin ambages.

—Esta guerra va para largo. Necesito pensar en el siguiente paso estratégico. Hilario, informe de situación —ordenó, provocando que el Colby se tensara como si se hubiera activado un resorte en su cuerpo.

—Sí, mi señora. La corona ha cosechado notables éxitos —informó el secretario mientras sacaba su cuaderno de notas y lo leía—. El desembarco que vos y vuestra hermana Zora planteasteis ha sido un éxito. Las tropas reales avanzan hacia el norte. Instántalor ha sido liberada y hemos recuperado esta fortaleza, el Bastión Colby.

—Sí, mi querido Bastión Colby es sin duda la joya de mi corona —sonrió satisfecha Tilaria mirando a su alrededor.

“Mi Bastión…”, pensó Hilario de Duff Colby para sí tratando de poner buena cara. 

—Bueno, qué desafortunado eso que he dicho, ¿no? Quería decir “de la corona de mi sobrino-nieto”. Si es que todo esto lo hago por él —apuntó con forzada afectación.

—Y porque tantos años viviendo entre piratas amenazan con hacer que perdamos las buenas costumbres, ¿verdad, mi señora? —añadió el secretario a modo de chanza para ocultar su creciente mal humor. Había que reconocer que tenía estilo, pero no podía evitar odiar a aquella vieja harpía.

—Sí, Hilario, también por eso. No aguantaba en esa isla ni un minuto más. Además, yo soy una mujer de acción, no nací para vivir en el exilio —dijo, y su imaginación la llevó a verse cabalgando sobre un rocín blanco, mientras cercenaba con su espada las cabezas de los demonios de Amunet.

—Por otra parte —prosiguió en tono informativo Hilario de Duff—, el ejército real se está enfrentando a las huestes de Amunet en las Marismas de la Confusión. Pero… —anunció adquiriendo la postura de comunicar un chisme— algo extraño ha pasado recientemente.

—¿Qué es eso que ha pasado? —preguntó ella, aguijoneada súbitamente por un repentino interés.

—Han desaparecido bastantes demonios.

—Oh, eso es bueno. 

—Pero también varios de nuestros hombres. También aquí en el Bastión parece que varios soldados se han volatilizado —concluyó el Colby.

—¿Habrán desertado? No es posible. Pero si eran mis mejores hombres… —se cuestionó Lady Tilaria visiblemente contrariada.

—He oído hablar a Periandro con su Majestad. No es que ande yo escuchando detrás de las puertas, ya sabéis… 

—¡Desembucha, truhán! —le apremió ella golpeándole con el abanico.

—Ha hablado de la activación de un poder arcano que ha sembrado la confusión en toda Calamburia. Según se rumorea, nada es lo que parece… —dijo como quien cuenta un secreto vergonzante de una vecina.

—Eso explicaría la desaparición y posterior reaparición de mi esposo. Poco ha durado…

—El caso es que nuestra guarnición está algo mermada y, hasta que lleguen los refuerzos, las defensas de este Bastión son vulnerables. 

—¿Dices que algún enemigo podría intentar atravesar los muros?

—Sí, lo digo —respondió Hilario con convicción.

Mientras Hilario y Tilaria maquinaban cuál había de ser la reacción a los últimos acontecimientos, Doddy, en la sala contigua, contemplaba el retrato de su padre. Frente a la imagen imponente del antiguo monarca, alzó su espada de madera —como si al imitar el gesto de sus antepasados pudiera convocar algo más que valor— y volvió a intentarlo.

Quedido pueblo de Calambudia… —recitó con voz engolada—. La Deina Eloda y yo…

Carraspeó. Frunció el ceño. Corrigió:

—La Reina Elora. Eso es. Elora… Lo sé, lo he memodizado. Pedo en cuanto dejo de declamad… vuelvo a sed yo —dijo el monarca con tristeza.

Sus palabras se deshacían con el viento que entraba por los postigos carcomidos. La hacienda, antaño esplendorosa, era ahora un mero enclave estratégico de una guerra que ya duraba demasiado.

Pero Doddy seguía en pie. Con el corazón firme. Con la torpeza propia del que ha heredado un peso demasiado grande… y, sin embargo, lo sostiene.

Desde que la sacerdotisa elemental lo desmaterializó de Ámbar, salvándolo de aquella batalla contra Amunet —más de una década antes de la activación del Orbe de la Confusión—, muchos lo habían dado por desaparecido. Pero ahora aquí estaba. Vivo. Y aún aferrado a su propósito. Gracias a los barcos piratas de Elora, había podido llevar a su ejército a tierra firme. Tras recuperar Instántalor, cuyos habitantes se alzaron con gallardía contra los demonios invasores al verle llegar, avanzaba con sus huestes rumbo al palacio de Ámbar, pero el trayecto era largo y albergaba peligros e inclemencias: marismas, demonios, zíngaros…

—Soy el hedededo —murmuró, apoyando la frente en el pomo de la espada—. Y algún día, todos lo sabdán.

Entonces, un leve toque en la puerta interrumpió al monarca.

—¿Majestad? —dijo Periandro, con esa calma envolvente que solo da el conocimiento… o el peso de una familia con demasiadas verdades que ocultar.

Al ver la escena, añadió:

—Oh… ¿Estabais ensayando?

—Sí —respondió Doddy, bajando la mirada—. Pedo no puedo salidme del texto. En cuanto dejo de concentdame… todo mi esfuedzo se desmodona.

Periandro le sonrió con afecto, sin rastro de burla.

—Majestad, el pueblo os querrá por vuestra verdad, no por vuestras erres.

Se acercó un paso.

—Pero ahora, he de comunicaros algo. Tras la desaparición de parte de la guardia, me temo que algunos escuadrones enemigos hayan penetrado en la zona asegurada.

Doddy parpadeó.

—¿Es pod el odbe?

—Eso parece, Majestad. El Orbe de la Confusión está afectando por igual a los dos bandos —repuso Periandro—. Y ninguna posición será segura mientras no nos reorganicemos. Hemos perdido a la mitad de nuestras tropas y nos han separado de Elora y del resto de los piratas. Nuestra posición es débil y me temo que alguno de los esbirros de la oscuridad aproveche la confusión para atentar contra vuestra vida.

Hizo una pausa. La mirada se le endureció.

—Además… han desaparecido más de la mitad de los alquimistas que se encontraban en el bastión. Entre ellos… mi hermana, Aurora. 

Doddy asintió con gravedad.

—Debemos abandonad el Bastión antes de que nos encuentden. ¿No es así?

—Sí, majestad. Vuestra seguridad es la máxima prioridad. Si algo os ocurriera… 

—Si algo me ocudre, siempre quedadán mis hedededas legítimas —sentenció el rey.

—Minerva mantiene a vuestras hijas en secreto —convino Periandro—. Nadie sabe dónde se encuentran. Ni siquiera vos. Y eso es lo que las mantiene con vida.

Doddy esbozó una sonrisa agradecida.

—No lo entiendo del todo, Pedianddo. Pedo Minedva… ella sí lo sabe. Es la edudita más lista de Calambudia. Mucho más que tú.

—Eso no me cuesta admitirlo. Mi tía siempre ha tenido una cabeza prodigiosa; por eso mismo, conviene escucharla. Vamos, Majestad. El tiempo se acaba. Y hay quien ya ha empezado a moverse.

Mientras Doddy y Periandro se preparaban para partir, los jardines del Bastión de los Colby, encaramados a una terraza natural sobre las colinas de Azarcón, se cubrían de una bruma suave. El perfume de los jazmines se mezclaba con la humedad del atardecer. Allí, donde el musgo crecía entre esculturas erosionadas y fuentes apagadas por siglos de olvido, Hilario paseaba con la dignidad de quien se sabe parte de un linaje que resiste más por terquedad que por poder.

—Estoy convencido —comentaba Hilario— de que el orbe ha afectado a todos menos a mí. Claro, teniendo un gemelo como Froilán… uno se acostumbra al desorden. Siempre en tratos con marqueses lunáticos o desapareciendo durante semanas sin previo aviso. Para mí, su ausencia es rutina.

—Lo dices como si no le tuvieras aprecio a tu hermano gemelo —replicó Tilaria, sin apartar la vista del sendero de grava blanca.

—No, no. Lo adoro —dijo Hilario con una sonrisa irónica—. Es el pequeño. Y como buen pequeño… hace lo que le da la gana.

—Ah, él es el pequeño, hubiera apostado por que eras tú —dijo Tilaria como quien lanza un halago.

—Aunque naciéramos el mismo día, yo nací seis minutos antes —precisó el secretario—. Él es el menor y parece que eso le da licencia para ser un imprudente encantador.

Tilaria soltó un leve resoplido, mitad cansancio, mitad diversión.

Fue entonces cuando, al girar la esquina del seto de magnolias, una figura solitaria apareció avanzando por el sendero contrario. Iba encapuchada, con los bordes de la capa decorados en hilo carmesí, y cada paso parecía medido al compás de un secreto.

Arnaldo.

—¿No es ese…? —murmuró Tilaria, entrecerrando los ojos.

—El heredero del clan del Cuervo, hijo de Kálima, la matriarca —respondió Hilario en voz baja—. Y una espina zíngara clavada en la espalda de este reino.

Arnaldo se detuvo al verlos. Luego se inclinó con una cortesía que no era vacía, pero tampoco plena.

—Vizcondesa. Dignísimo Colby —saludó—. Pasear por estos jardines al caer la tarde es una visión que ni el Orbe ha logrado confundir.

—Qué galantería tan… inesperada —respondió Tilaria—. ¿Os trae aquí la casualidad o debo llamar a la guardia?

—Ya sabéis que en nuestro pueblo no creemos en la casualidad —dijo Arnaldo—. Solo en señales, destinos… y deudas.

Hilario, cruzando los brazos con lentitud, arqueó una ceja.

—¿Y qué deuda os ha traído hasta Azarcón esta vez? ¿Una familiar? ¿O una más… pragmática?

Arnaldo sonrió con la comisura del labio apenas levantada.

—La más antigua de todas —susurró.

—Sea como fuere, a mi sobrino-nieto le encantará el regalito que le voy a brindar: un patriarca zíngaro sazonado con grilletes reales —sonrió Lady Tilaria con gesto de estratega—. ¡A mí la guard…!

Pero antes de poder concluir su órden, Arnaldo extendió los dedos. Un susurro en zíngaro —áspero, rítmico— se deslizó entre las palabras. Una ráfaga de magia oscura brotó de sus labios, envolviendo a los dos nobles en un velo de humo estrellado.

Lady Tilaria intentó levantar el abanico, Hilario apenas alcanzó a alzar la voz. Pero el conjuro fue certero.

En un segundo, sus párpados pesaban como plomo.
En dos, sus rodillas cedieron.
En tres, estaban dormidos sobre la hierba. Silenciosos. Fuera del mundo.

Arnaldo se volvió hacia el centro del jardín interior del Bastión, donde una antigua glorieta, legado de los primeros Colby, esperaba entre columnas rotas y hiedra silvestre. Allí, se decía, los fundadores del linaje recibían inspiración antes de cada duelo, y hoy el eco de la traición y la sangre resonaba con más fuerza que cualquier recuerdo noble.

Colocó con cuidado una piedra azulada sobre una losa agrietada. El Zafiro Vincular brilló al contacto con la piedra, pulsando como si respirara.

—Este es el sitio que indicó el mensaje —dijo, con voz contenida—. El jardín de la mansión Colby. Colocaré aquí la piedra y pronunciaré las palabras que me enseñó madre. Espero que la Emperatriz de los Dos Mundos esté satisfecha con mi trabajo.

Elevó las manos. Sus dedos dibujaron en el aire antiguos gestos de rituales zíngaros. Un murmullo gutural surgió de su garganta. El viento giró sobre sí mismo. Las sombras se alargaron. La temperatura cayó en picado.

Un trueno sin nubes desgarró el cielo. Humo negro emergió desde la piedra. Estrépito. Niebla. Y en medio del torbellino…

Amunet.

La Emperatriz de los Dos Mundos emergió del vórtice como un espectro coronado. Sus ojos, dos lunas de obsidiana. Su capa, hecha de ceniza y ecos. Su báculo, un fragmento del Inframundo forjado en antiguo y oscuro metal.

—Bueno, bueno… —dijo con una sonrisa que cortaba—. Pero si es mi zíngaro favorito.

Arnaldo cayó de rodillas y bajó la cabeza.

—Su Malignidad, soy vuestro más humilde siervo.

—Veo que has cumplido tu misión a la perfección. Has recuperado el Zafiro Vincular.

—Madre me contó que es una reliquia de mi pueblo, que una antigua Emperatriz Tenebrosa le regaló a nuestro patriarca Arnaldo. Pero… ¿cuál es su verdadero poder?

Amunet se acercó. No lo miraba, lo medía.

—Puede crear un vínculo entre un mortal y el Inframundo. Tu sangre es antigua y poderosa, por eso la piedra te ha obedecido. Y gracias a eso, has conseguido invocarme. De esta forma podremos comunicarnos y, llegado el caso, podré acudir allá donde se me necesite. O tú y los tuyos seréis llamados a mi presencia, estés donde estés.

—Es un gran honor del que sin duda no soy digno. Como futuro patriarca del pueblo zíngaro, lo llevaré siempre conmigo. Le doy las gracias por su regalo en nombre de mi linaje.

—No lo hago por vosotros —dijo ella, sin sonreír—. Ahora que Van Bakari nos ha traicionado y he sido separada de mis demonios, debo cubrirme las espaldas.

Arnaldo alzó la cabeza, los ojos encendidos.

—Me encargaré de degollar a quien ose cuestionaros. A quien pretenda arrebataros el trono. A pesar de que esas niñas tengan sangre real, el trono os pertenece, Emperatriz de los Dos Mundos.

—Pero, mi querido Arnaldo —susurró ella, girando despacio el báculo entre los dedos—, no se puede matar a quien no se sabe dónde está. Creo que los decadentes reyes exiliados me ocultan el paradero de sus hijas. Por eso estamos aquí. Tenemos que sonsacarles información crucial. Para ello aún tengo a mis súcubas —añadió dando un golpecito al báculo—. Y tú… tú me vas a ayudar.