Sámara corría sin aliento. El dolor le trepaba por las piernas. Tropezaba, recuperaba el equilibrio y seguía adelante, empujada por las risas que sonaban cada vez más cerca. Si caía, la alcanzarían. A su paso, las raíces y las ramas que tantas veces habían protegido al clan permanecían inmóviles. El Bosque Perdido de la Desconexión la estaba dejando sola.
Aquel bosque había sido su hogar, su refugio y la cuna de las historias del clan. Pero desde el despertar del Inframundo, ya no todo el bosque era suyo. Había zonas donde la magia zíngara no penetraba, donde los árboles élficos —seres ancestrales transformados en árboles, cuya esencia alimentaba el poder oscuro de los zíngaros— habían muerto o desaparecido. Eran heridas abiertas en el corazón del bosque, lugares en los que los zíngaros ya no entraban sin miedo.
Y Sámara acababa de cruzar uno de esos lugares.
La quietud entre los troncos resultaba antinatural. El canto de las aves había cesado y las hojas permanecían rígidas, ajenas al viento. Solo quedaban la bruma pegajosa y el eco de unas risas nacidas de algo profundo y miserable.
Eran pocos, pero bastaban. Bandidos sin patria ni memoria. El Orbe de la Confusión los había arrancado de cuevas, mazmorras y rincones olvidados de Calamburia y del Inframundo para arrojarlos en mitad del bosque, lejos de cuanto conocían. Llevaban demasiado tiempo desorientados y hambrientos. Poco a poco, el miedo había consumido los últimos restos de humanidad que conservaban. Sus miradas vidriosas, los labios entreabiertos y las manos extendidas revelaban sus intenciones. Corrían tras ella empujados por un ansia ciega, sin órdenes ni conciencia.
Uno de ellos se lanzó sobre ella. Sámara se zafó con un giro torpe y alcanzó la vara de sonajas que llevaba sujeta al cinturón. Logró sacarla, pero tropezó antes de afianzarla entre los dedos. La vara cayó y rebotó pendiente abajo. Sámara perdió el equilibrio, cayó de lado y rodó tras ella hasta un claro donde no crecía nada.
La tierra estaba húmeda y caliente. Entre las piedras dispersas se filtraba un intenso olor a azufre.
Y allí estaba él.
Una figura alta, erguida sobre una roca baja, envuelta en una jopula oscura que ondeaba sin viento. Dos cuernos curvos sobresalían de su frente y sus ojos, rojos y encendidos, seguían cada movimiento de la joven. Una sonrisa cruel tensaba sus labios. A su alrededor, los bandidos se detenían… y esperaban. Aguardaban su permiso.
Sámara se arrastró hacia atrás con la respiración entrecortada y buscó la vara de sonajas. Estaba allí, a un par de metros, medio hundida en la tierra.
Uno de los hombres descendió hasta el claro. Los demás lo siguieron. Sámara intentó levantarse, pero una punzada le atravesó el tobillo y volvió a caer. El primero la alcanzó y le agarró la falda. Otro se inclinó sobre ella con las manos extendidas.
Sámara comprendió lo que pretendían.
Un grito le desgarró la garganta y atravesó el claro con la fuerza de las voces que acompañaban los funerales, los nacimientos y las danzas de defensa del clan.
Clavó los dedos en la tierra y se impulsó hacia la vara. La alcanzó cuando una mano ya se cerraba sobre su tobillo. Aferró el mango y la sacudió con todas sus fuerzas.
Las sonajas metálicas rompieron la quietud con un golpe seco.
El eco metálico se extendió por el claro y se perdió entre los árboles. Sámara sintió una punzada junto al ojo izquierdo. Un ardor repentino le recorrió la sien.
La marca arcana —el sello de quienes nacían con el don de la magia— se iluminó sobre su piel. Aquella señal había crecido con ella, distinguiéndola de los demás zíngaros. Los del clan del Cuervo se habían encargado de convertir esa diferencia en motivo de burla y desprecio. Sámara había aprendido a odiarla, aunque también le recordaba que los suyos habían luchado para que nadie pudiera apartarla de ellos.
Una luz blanca recorrió las líneas de la marca y ascendió hacia la frente. Aquel resplandor no pertenecía a la magia oscura de los zíngaros.
Por primera vez, la marca actuó por su cuenta.
Las sonajas temblaron dentro de su puño, aunque Sámara ya había dejado de moverlas. El aire se volvió denso a su alrededor. Los bandidos retrocedieron, desconcertados, mientras la energía crecía dentro de ella hasta resultar insoportable.
Y entonces, su poder se desató.
La tierra se sacudió. Una onda de energía barrió el claro. Los cuerpos salieron despedidos antes de poder gritar. Sámara sintió que la vara escapaba de sus dedos. La luz desapareció de golpe y el mundo se apagó con ella.
Todos perdieron el sentido. Incluida la joven zíngara.
—Vaya, por fin —dijo una voz desde un extremo del claro.
Apoyado contra el tronco de un árbol oscuro, Barastyr la observaba con los brazos cruzados y las manos ocultas en las anchas mangas de su túnica. El brocado negro y granate formaba dibujos intrincados sobre la tela, y una gruesa banda de pelo negro le cruzaba el pecho. La oscuridad que cubría su ojo derecho endurecía aún más sus facciones, enmarcadas por una barba corta y canosa.
Caminó hacia la figura de la roca con pasos firmes. El ser cornudo no se movió. Su sonrisa permaneció intacta.
—Compórtate, Áxbalor —dijo Barastyr, con voz grave—. No estás en tu báculo.
El demonio ladeó la cabeza, divertido.
—Solo la estaba ayudando a recordar quién es.
Barastyr soltó un leve resoplido de desaprobación y dirigió la mirada hacia Sámara.
Ella estaba en el suelo. Inconsciente. La vara de sonajas había quedado junto a su mano y la marca aún despedía débiles destellos.
Barastyr la miró largo rato. Cuando se acercó a ella, su rostro adquirió una expresión serena, casi paternal. Se inclinó y le ofreció la mano.
—Vamos, joven zíngara —dijo con un susurro grave—. Tu madre te espera en casa.
Las palabras penetraron poco a poco en su aturdimiento. Sámara abrió los ojos sin comprender qué había sucedido. Al reconocer al consejero, aceptó su mano, se incorporó con dificultad y echó a andar junto a él.
El sendero se estrechaba entre troncos nudosos y raíces que parecían emerger para poner a prueba cada paso. Barastyr avanzaba en silencio, sin mirar atrás. Sámara lo seguía con la vara de sonajas apretada contra el pecho, todavía aturdida y sin atreverse a hacer preguntas.
Había sacudido la vara con la esperanza de que el bosque acudiera a su llamada, pero este no había respondido. Algo había sofocado la magia de aquel lugar. Los hombres, mientras tanto, parecían dominados por una violencia y un deseo enfermizos, despojados de cualquier límite. Sámara había comprendido entonces que no podía defenderse.
Sin embargo, algo distinto había despertado bajo su piel. El ardor persistía junto al ojo izquierdo, en la marca que su madre se había esforzado por ocultar desde su nacimiento. Aquel poder había brotado sin pedirle permiso.
Desde que le arrebató a un mago el libro titulado Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, escrito por Ailfrid, practicaba a escondidas cada uno de sus hechizos. Ninguno había respondido. Con el tiempo, había llegado a creer que su don solo podía manifestarse a través de la magia zíngara.
Lo sucedido en el claro acababa de demostrarle que estaba equivocada.
Aquella descarga no pertenecía a la magia zíngara. Sámara reconoció en ella algo que había leído una y otra vez en el tratado de Ailfrid, aunque hasta entonces nunca hubiera comprendido sus palabras.
«A veces, la polimorfosis no elige cuerpo, sino impulso. No crea figura, sino intención. Cuando la voluntad no sabe qué ser… se convierte en lo que necesita ser. Y eso —aunque no tenga forma— sigue siendo magia viva».
—Ailfrid, Tratado sobre el Ocultamiento y la Polimorfosis, capítulo VI.
En el claro, su miedo había respondido antes que ella. Se había convertido en una fuerza capaz de apartar cuanto trataba de someterla.
Cuando el bosque empezó a despejarse, Sámara reconoció el lugar antes de alcanzar a verlo. El olor de los braseros y el tintineo de las cuentas rituales llegaban hasta el sendero. El poblado zíngaro surgía entre los árboles: tiendas bajas de tela teñida con colores vibrantes, braseros encendidos con fuego azul, tótems de hueso y cuentas, círculos rituales trazados en la tierra que nadie debía cruzar sin permiso. Era su hogar, el lugar donde había nacido.
Los zíngaros que custodiaban la entrada no se acercaron. Vieron a Barastyr y se hicieron a un lado. Uno de ellos entonó algo en voz baja —una frase ritual, una bienvenida o quizás una advertencia— y luego se alejó sin dar la espalda.
Una expectación solemne cubría el campamento. Nadie se cruzó en su camino, pero las miradas los siguieron desde las tiendas y los braseros. Sámara sintió que todos esperaban algo.
Y entonces la vio.
De pie junto al fuego central, con la espalda recta y los ojos firmes, estaba Kálima, su madre.
Las llamas iluminaban sus facciones. Llevaba la pandereta apoyada contra la cadera y el cabello oscuro le caía suelto por la espalda. Al ver a su hija cubierta de tierra, algo vaciló en sus ojos, aunque su cuerpo permaneció inmóvil.
Sámara se detuvo un instante y luego corrió hacia ella. La vara de sonajas pendía de una mano; tendió la otra hacia su madre, buscando el refugio que había imaginado durante todo el camino.
Pero Kálima no la abrazó.
Durante un segundo pareció dispuesta a hacerlo. Entonces miró a la figura que aguardaba tras ella y retrocedió.
Amunet, emperatriz de los Dos Mundos, contemplaba la escena en silencio. La antigua corona de los reyes de Ámbar ceñía su cabeza. Mantenía una mano a la espalda y con la otra sostenía su báculo, en cuya punta se agitaba una luz rojiza.
Sámara quedó inclinada hacia su madre, con la mano todavía extendida y los ojos húmedos. El gesto de Kálima le dolió más que la caída en el bosque.
Arnaldo apareció a su lado.
Su hermano, siempre serio, la rodeó con los brazos antes de que pudiera reaccionar. No dijo nada. La sostuvo con fuerza y Sámara escondió el rostro en su hombro. Al fin se permitió temblar.
A su alrededor, nadie se movió. Todos sabían que el trato estaba a punto de cerrarse.
El fuego central crepitaba, y su luz alargaba sobre la tierra las sombras de los zíngaros reunidos.
Amunet permanecía erguida bajo la noche. Cada vez quedaba menos en ella de la niña que un día había alzado la voz para proclamarse emperatriz del Inframundo.
Dentro de ella, Nexara, señora de la intromisión, extendió sus sentidos. Gracias al poder de la súcuba, Amunet podía deslizarse en una mente ajena sin pronunciar una sola palabra. Cerró los ojos y buscó la conciencia de Áxbalor.
—¿Áxbalor? —lo llamó desde el pensamiento—. ¿Sigues ahí?
Una risa leve, casi perezosa, respondió en su mente.
—Siempre estoy, mi reina. Observaba cómo cada pieza ocupaba su lugar.
—No te demores en llegar. El plan ha funcionado.
—Lo sé. Barastyr ha silenciado el bosque y yo he avivado la violencia y el deseo de esos hombres. El miedo ha despertado la marca, tal y como esperábamos. Los zíngaros creen que Barastyr ha salvado a la muchacha y la deuda ya empieza a pesar sobre ellos. Sámara puede ser la llave que necesitamos.
—¿Y los suyos?
—Han visto exactamente lo que queríamos que vieran. Nadie desconfía del héroe que aparece en el último instante. Y menos si es el bueno de Barastyr. El engaño ha sido perfecto.
Amunet asintió una sola vez. Nexara retiró sus sentidos y las voces desaparecieron de su cabeza. Cuando abrió los ojos, el poblado continuaba expectante.
Kálima fue la primera en moverse. Mantuvo el mentón alto, aunque su mirada se detuvo un instante en Sámara, que aún permanecía entre los brazos de Arnaldo.
—Gracias, consejero —dijo, mirando a Barastyr—. Habéis salvado a mi hija. Como matriarca, os aseguro que el pueblo zíngaro no olvidará lo que habéis hecho.
Barastyr inclinó la cabeza, y su sonrisa no dejaba claro si era cortesía o sentencia.
—No hay nada que agradecer, matriarca. Solo soy un pobre consejero que pasaba por ahí. Apenas hice nada. Vuestra hija ha demostrado ser muy valiente… y poseer un talento poco común para la magia. —Entonces bajó la voz hasta casi un susurro, lo justo para que solo Kálima pudiera oírlo—. Una suerte que no hayáis tenido que entregarla a la Torre… todavía.
Amunet no intervino. Observaba. Medía. Calculaba.
Los dedos de Kálima se cerraron alrededor del mango de su pandereta. Durante años había mantenido a Sámara lejos de la Torre Arkhana, pero aquella amenaza nunca había desaparecido. Alzó el mentón y sostuvo la mirada del consejero.
—Mi hija responderá como pedís. Si su marca puede serviros, Sámara cumplirá con su deber. No hay deuda que un zíngaro no pague.
—¡Pero madre…! —Sámara se apartó de Arnaldo y se atrevió a intervenir—. Yo no quiero irme. No otra vez.
Barastyr entornó los ojos.
—Qué honorables sois cuando os conviene, matriarca.
Kálima lo ignoró. Se giró hacia Amunet con la dignidad intacta.
—Mi hijo ya ha demostrado su valía. En el Bastión Colby sostuvo el foco arcano que permitió vuestro traslado. Entregamos el Zafiro Vincular, una reliquia de nuestros ancestros, y no dudamos en ponerlo al servicio de vuestra causa.
Arnaldo dio un paso al frente.
—Para mí fue un honor servir como salvoconducto a la emperatriz. Mi hermana cumplirá ahora con su deber. Somos hijos del Cuervo. Caminamos entre las sombras y ponemos nuestro poder al servicio de vuestra causa. Como futuro patriarca, os aseguro que nuestro pueblo no os fallará. Ya logramos que el rey Rodrigo revelara quién estaba detrás de todo: la directora Minerva.
Sámara aún sentía en los hombros la fuerza con la que Arnaldo la había abrazado. Escucharlo decidir por ella le dolió más de lo que esperaba.
—¡Hermano, por favor…! —protestó Sámara—. Yo no soy como tú. No estoy preparada. No sé qué hacer con esto que me pasa.
Arnaldo la miró con firmeza.
—Tienes que ser valiente. La emperatriz sabrá valorar tu gesto.
Kálima se acercó a Sámara.
—Mi hijo ha sido fiel a la causa. Mi hija lo será también. Cumpliremos cuanto se nos pida. Los zíngaros no olvidan… ni incumplen su palabra.
Amunet se volvió hacia Kálima y asintió con lentitud, complacida.
—Entonces está decidido. Sámara vendrá conmigo. Su marca será la llave que nos permita entrar en la Torre y encontrar a esa metomentodo de Minerva.
Barastyr dejó escapar una risa breve.
—En ese caso, yo mismo os guiaré. —Se acomodó las mangas con gesto teatral—. Dicen que nadie conoce la Torre como los eruditos de antaño. Yo me limito a conocer sus trampas. Recorrí los sótanos de Skuchaín y caminé junto a Érebos cuando su nombre todavía no inspiraba miedo. —Hizo una pausa y ladeó la sonrisa—. Me seduce la idea de volver a ver aquellos pasillos.
Amunet esperó a que Barastyr terminara. Después, volvió a mirar a Kálima.
—Tu hijo también vendrá con nosotros. Ese muchacho —añadió, posando sobre Arnaldo una mirada cargada de malicia— tiene que aprender lo que significa ser patriarca.
La voz de Aurora Sibyla cortó el aire sin ceremonias. Los tres hermanos estaban reunidos en lo más alto de la Torre Arkhana, sobre una de las terrazas circulares que dominaban las tierras de Skuchaín, rodeados de viento y piedra encantada. Las nubes reptaban por debajo de sus pies y el cielo mostraba el azul opaco de los lugares saturados de magia.
Periandro no respondió enseguida. Miró el horizonte durante un instante. En la lejanía, la luz curvaba sus límites y Calamburia parecía contraerse bajo el peso de lo que se avecinaba.
—Con mi marca —dijo al fin, llevándose dos dedos a la frente, donde el dibujo arcano permanecía grabado en su piel—. Al cruzar las defensas, volvió a brillar y me abrió el paso. La Torre todavía me reconoce.
Aurora siguió el gesto de su hermano. Por instinto, se tocó el mismo lugar, pero bajo sus dedos solo encontró piel. Retiró la mano enseguida.
—¿Y ella? —añadió, señalando con un leve gesto a Carmélida—. Porque te recuerdo que solo a ti te brotó la marca. ¿No recuerdas? Siempre has sido el especial.
El tono arrastraba años de agravios que ninguno necesitaba nombrar y que todavía dolían al menor roce.
Carmélida no pareció sorprendida.
—¿En serio preguntas eso? —respondió con calma—. No atravesé las defensas a ciegas. Las entendí. ¿O ya has olvidado que las diseñamos juntas?
Aurora la observó sin moverse, sin asentir.
—Sí, ahora están reforzadas con una piedra mágica —añadió Carmélida—. Lo noté. Es una mejora elegante. Pero la estructura sigue siendo la misma. El conjuro base no ha cambiado, y una alquimista que conoce el corazón de un hechizo siempre puede descifrar las capas que lo protegen.
Una ráfaga más violenta barrió la terraza y agitó sus ropas.
—Creí que nunca volverías a pisar este lugar —murmuró entonces Aurora, sin mirarles.
—Yo también lo creí —dijo Carmélida—. Pero hemos dejado atrás el tiempo de las promesas rotas. Ahora debemos actuar.
Ninguno añadió nada más. El silencio espesó aún más la tensión entre ellos. El viento seguía rugiendo alrededor de las almenas, pero los Sibyla ya descendían por la espiral de piedra que conectaba la terraza con los niveles interiores. Nadie les dirigió la palabra. Nadie osó detenerlos.
Poco después, entraron en el salón superior.
Aurora se detuvo junto a una de las columnas centrales. La luz hechizada de los vitrales parpadeaba sobre sus mejillas. Un zumbido leve recorría los muros, señal de que la Torre seguía conteniendo los embates mágicos del exterior. Cada vez que la vibración aumentaba, alzaba la vista hacia la bóveda.
—La situación es insostenible —dijo sin rodeos—. Judäthyn y los demás druidas contienen los flujos de magia natural que rodean la Torre. Mantienen el equilibrio con todas sus fuerzas, pero desde la traición de Drëgo no nos fiamos de ninguna conexión con el Reino Faérico. Aodhan y los guardabosques vigilan los portales. Allí también están en guerra; cualquier alteración en los anclajes podría abrir una brecha y hacernos perderlo todo.
Periandro frunció el ceño. Desde hacía semanas, el nombre de Drëgo contaminaba cada informe que recibía. Aurora continuó con mayor gravedad.
—Los profesores Férula y Gónagan siguen activos. Se han hecho cargo de los estudiantes y coordinan al resto de profesores y eruditos. Custodian la biblioteca de conjuros menores, vigilan los portales internos y tratan de mantener la calma como pueden. No descansan desde hace días. Los jóvenes tienen miedo, Periandro. Un miedo que ya no saben ocultar. En esta Torre todavía hay niños que jamás deberían haber conocido una guerra y que ahora ni siquiera pueden marcharse.
Aurora tomó aire antes de continuar.
—Ramia cruzó al Reino Faérico con Grahim. Sabemos que llegaron a la Jungla Esmeralda acompañados por un fauno, pero allí perdimos su rastro. Nadie ha vuelto a verlos. Ignoramos si se ocultaron por voluntad propia o si algo salió mal.
Carmélida apretó la mandíbula y apartó la mirada. El nombre de Ramia avivó una rabia que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—Esa niñata… —masculló Carmélida, apenas audible—. Por su culpa. Y por la de los otros dos…
Guardó silencio el tiempo justo para tragarse la rabia.
—¿Y la red de alquimia? —preguntó entonces, con tono firme, ya recompuesta.
—Caelen y Calum la sostienen como pueden —respondió Aurora—. La red de viales de contención sigue operativa, aunque las reservas de ingredientes menguan cada día. Aun así, consiguen improvisar defensas. Se mantienen en contacto con Amestrys, que sigue enviando señales desde el Faro, donde se encuentra nuestra tía Minerva. Gracias a su trabajo conjunto, la Torre sigue anclada a planos seguros. Han hecho un esfuerzo titánico, Carmélida. Tú lo sabes mejor que nadie: sin ese anclaje, ya habríamos sido arrastrados por la distorsión. Pero no durará.
Periandro alzó una mano con un gesto brusco y la interrumpió.
—Podrías haberlo resumido. No tenemos tiempo para informes de aula. Hay una sola urgencia. Minerva debe saber lo que pasa.
Aurora lo miró. Durante un instante, pareció contenerse, pero la furia terminó por abrirse paso. Cuando respondió, su voz había perdido el temple de la hermana sensata.
—Claro. Ahora también decides cuándo y cómo debemos informar. Como siempre: das órdenes desde tu pedestal sin saber lo que cuesta sostener este lugar mientras todo se desmorona. ¿Y sabes lo que eres, Periandro? Un arrogante y un cretino. Nunca has consolado a un alumno aterrorizado ni has tenido que enterrar a uno de los nuestros. Caminas por encima de todos, convencido de que tu marca te convierte en el único capaz de salvarnos. Solo apareces cuando toca pronunciar un discurso y fingir que eres un héroe. Y ni siquiera eso sabes hacerlo bien.
Carmélida dejó escapar una risa seca.
—Qué carácter, hermana. Y yo que pensaba que eras una mosquita muerta. ¿Será que la Torre también te está cambiando?
Aurora se cruzó de brazos. La tensión de sus hombros revelaba que la ira seguía allí, buscando una nueva salida. Periandro la ignoró y caminó hacia el altar de comunicación. En el pedestal central reposaba un pequeño cubo de cuarzo azul. Apoyó la varita junto a él y extendió la mano izquierda sobre su superficie encantada.
La sala se inundó de luz azul. El cubo palpitó bajo la mano de Periandro y una presión invisible recorrió las grietas de los muros. La magia parecía a punto de desbordarse.
Cuando iba a pronunciar la primera sílaba del encantamiento, la puerta se abrió con un chirrido. Baufren, el duende mayor, entró en el salón.
—¡Qué alegría veros juntos! —exclamó Baufren sin perder la sonrisa—. Desde que resolvimos lo de Eme y la piedra oscura no os veía reunidos. Los tres hermanos Sibyla, juntos otra vez. Vuestra tía debe de estar orgullosa. Me alegra el alma, de verdad. La Torre os necesita a los tres.
—¡Fuera! —gruñó Periandro, sin girarse.
Baufren se detuvo en el umbral. La sonrisa se le borró del rostro.
—Pero, Periandro… ¿no me reconoces? Soy Baufren, miembro del claustro. Fui profesor tuyo. Te puse dos matrículas de honor… ¡dos! Y te recomendé para este puesto, ¿lo has olvidado?
Periandro se giró por fin. Las palabras de Baufren habían encendido aún más su ira.
—¡Márchate de una vez! ¡Eres un maldito duende, una creación mágica defectuosa! No eres natural y nadie te necesita aquí.
Periandro alzó la varita.
—¡Vis repulsionis!
La descarga brotó con un golpe seco. Una ráfaga de energía envolvió a Baufren y lo arrojó de espaldas fuera del salón. La puerta se cerró tras él con un portazo que resonó por toda la planta.
El eco se extinguió y nadie habló.
—Ya era hora —escupió Periandro, casi sin aire.
Luego respiró hondo y dictó el mensaje mientras la magia volvía a concentrarse en el cubo de cuarzo del altar.
—Mensaje de Periandro. Torre de Skuchaín. Estoy con mis hermanas. La torre está protegida. Una de las niñas está a salvo. No sabemos nada de la otra. Tía Minerva, si estás oyendo esto, necesitamos reunirnos. Todos los integrantes del plan. Hay una brecha en la custodia de la información. La Torre está preparada. Os esperamos.
La luz se extinguió. El cubo de cuarzo quedó inmóvil bajo la mano de Periandro y ninguno de los tres dijo nada.
El aire permaneció denso, impregnado de una inquietud que el mensaje no había logrado disipar.
Un crujido seco quebró el silencio.
El sonido nació en las alturas del salón. El tejido mágico de la Torre se tensó y una fisura invisible recorrió la bóveda. Algo había atravesado sus defensas por un punto imposible de localizar.
Y entonces se oyó la voz.
—No es forma de tratar a los que más te quieren…
El sonido descendió desde la bóveda, suave y burlón, cargado de la calma de quien llevaba siglos esperando aquel momento.
—Qué vergüenza sentiría vuestra tía de vosotros tres.
Periandro, Aurora y Carmélida alzaron la vista al mismo tiempo. Una figura surgió de las sombras de la bóveda y descendió envuelta en un humo denso de color vino. Se deslizó hacia ellos ajena a la gravedad, con una lentitud calculada.
Áxbalor.
Era uno de los Seis Altos Demonios, señor de la seducción, corruptor de voluntades y artífice del caos emocional. Su presencia avivaba las pasiones, quebraba las lealtades y transformaba los vínculos más profundos en armas contra quienes los habían forjado.
De su cabeza surgían dos cuernos retorcidos y simétricos, de marfil ennegrecido, recorridos por vetas de sombra que latían al ritmo de su respiración. Una franja de ceniza atravesaba su rostro desde la sien derecha hasta la comisura de los labios y dibujaba una equis quebrada, demasiado precisa para ser una cicatriz.
En sus manos, una esfera de fuego latente palpitaba sin emitir sonido. Con cada pulsación, las sombras del salón adquirían un resplandor rojizo.
A su lado aparecieron dos zíngaras.
La primera avanzó con paso firme y la mirada resuelta. El cabello oscuro le caía suelto sobre los hombros, agitado por el aire espeso del salón. En una mano empuñaba una pandereta en forma de luna, decorada con aros metálicos y jirones de tela. La sostenía a la altura del pecho, preparada para utilizarla.
La segunda caminaba unos pasos por detrás. Sus movimientos eran tensos y mantenía los ojos demasiado abiertos. El cabello le caía desordenado sobre el rostro y apretaba los labios para contener el temblor de su respiración. A pesar del miedo, continuó avanzando.
Eran Kálima, la matriarca zíngara, y Sámara, su hija.
Kálima extendió la mano y dejó caer un puñado de polvo gris azulado. Una corriente invisible lo dispersó por el salón con precisión ritual.
Carmélida trató de retroceder, pero sus piernas dejaron de responder. Periandro quiso alzar la varita, aunque los dedos habían perdido la fuerza necesaria para manejarla. Aurora alcanzó a pronunciar una maldición antes de que las rodillas le cedieran.
Kálima recitó el conjuro zíngaro en un susurro mientras hacía sonar la pandereta con un ritmo suave y melódico. Las palabras fluían en una lengua ancestral con la cadencia de una vieja canción de cuna. Cada sílaba se aferraba a sus mentes y tejía alrededor de ellas una red invisible.
Los hermanos Sibyla fueron cediendo uno tras otro, aplastados por un peso interior. El odio avivado por Áxbalor había consumido sus fuerzas y apenas les quedaba voluntad para sostenerse.
—Tu don es extraordinario —murmuró Kálima a Áxbalor, sin apartar la mirada de los cuerpos que se desplomaban lentamente—. Les has hecho odiarse en cuestión de minutos.
—No ha sido difícil —respondió él, complacido—. Solo había que empujar lo que ya existía.
Áxbalor fijó la mirada en Sámara. La joven temblaba con los ojos clavados en el suelo y la respiración entrecortada. Evitaba mirar a los hermanos derribados.
El demonio sonrió y liberó su poder.
Sámara alzó la barbilla. El temblor cesó y un orgullo ajeno endureció sus facciones. Contempló los cuerpos tendidos con una seguridad nueva, convencida de que lo que acababan de hacer había sido necesario y justo.
En ese momento, dos nuevas figuras cruzaron el umbral.
Caila entró primero, con el porte sobrio y el rostro indescifrable. En una mano llevaba un zafiro envuelto en cadenas de cobre. Tras ella caminaba Tesejo, un mago de movimientos elegantes y mirada condescendiente. Un arañazo reciente le cruzaba la mejilla. Caila reparó en él.
—Eurídyce —explicó Tesejo, rozándose la herida—. No se ha tomado demasiado bien que la dejara en la Cuna de la Oscuridad.
Aurora, consciente a medias, lo reconoció. El mago oscuro se inclinó hasta acercarse a su oído.
—Qué pena, ¿verdad? Tú y yo podríamos haberlo tenido todo. Dos prodigios de la magia, guapos y poderosos. Habríamos tenido hijos perfectos: guapos como su madre y listos como su padre.
Aurora giró el rostro lo suficiente para mirarlo.
—Antes prefiero enamorarme del Leviatán. Eres un mago ridículo, ignorante y de pacotilla.
Tesejo recibió el insulto con la satisfacción de quien había obtenido exactamente la respuesta que esperaba.
Caila avanzó en silencio hasta el pedestal de comunicaciones. Sin pedir permiso, introdujo la mano entre los engarces y extrajo una de las piedras ancladas. En su lugar encajó el zafiro ceñido por cadenas de cobre, idéntico en tamaño, aunque destinado a otro propósito.
El brillo del pedestal varió apenas: un matiz distinto, una desviación mínima.
Lo justo para desviar el traslado.
—La tía Minerva no va a tener un viaje tan cómodo como ella creía —musitó Caila, sin levantar la mirada—. Qué disgusto se va a llevar el Archimago…
El sueño ya doblegaba a los tres hermanos. Periandro respiraba despacio; Carmélida, a tirones. Aurora aún luchaba por mantenerse consciente y, aferrándose al último resto de lucidez, murmuró:
—Pero… ¿cómo es posible… que hayáis entrado?
Áxbalor se limitó a sonreír con una serenidad aterradora.
—¿Nosotros? Nosotros solo hemos seguido las reglas… al pie de la letra.
Unos días antes, muy lejos de allí, una joven corría sin aliento por el corazón del Bosque Perdido de la Desconexión. Ignoraba que Áxbalor ya la esperaba entre los árboles.
Nadie volvía al viejo molino de las afueras de Instántalor.
Desde que la Santa Hermandad declaró heréticos a Benedi Turuncu y don Juancho y quemó sus cuerpos en la rueda, aquel edificio de piedra quedó a merced del tiempo, cubierto de musgo, eco y polvo de huesos. Los pocos que se atrevían a cruzar aquellos campos evitaban siquiera mirarlo. Decían que al atardecer, cuando el sol sangraba sobre la veleta oxidada, podía escucharse el llanto de los niños que allí fueron explotados.
Tras la muerte de sus dueños, el molino se había vaciado de niños. Sin embargo, su ejemplo no desapareció con ellos. En otros rincones de Calamburia, algunos molineros continuaban ofreciendo techo a los huérfanos —o secuestrando a quienes nadie reclamaría— para obligarlos a trabajar de sol a sol.
Pero Eurídyce dormía en su interior sin miedo alguno.
Su cuerpo, envuelto en una manta vieja que olía a humedad y harina rancia, reposaba sobre un camastro improvisado con sacos de grano apelmazado por la humedad. Tenía el sueño tranquilo. Respiraba con la boca entreabierta y las manos cruzadas sobre el vientre, protegiendo algo más que su propio descanso. Su melena, un revoltijo de rizos negros y espesos, caía desordenada sobre la almohada improvisada. El caos del mundo dormía con ella.
Había aparecido allí después del estallido del Orbe de la Confusión. Nadie la había visto llegar, pero el molino no la asustaba. Al contrario: le resultaba familiar. Ella también venía de un lugar donde nadie preguntaba por los niños.
Había crecido en los rincones húmedos de un lupanar, entre madres con nombre de perfume barato y clientes con monedas herrumbrosas. Allí había aprendido a mirar sin ser vista, a hablar sin revelar, a usar la belleza como un arma y la piel como un escudo. Nunca conoció a su padre. Nunca le hizo falta.
Pero esa noche, el sueño de Eurídyce no fue plácido.
Las sombras llegaron sin viento. Entraron por los resquicios de las maderas como humo sin fragancia, como niebla sin agua. Y en cuanto se posaron sobre sus párpados cerrados, el recuerdo se quebró.
Vio a su madre, joven aún, caminando con los pies desnudos sobre barro y piedras. Lloraba. Sangraba. Huía. Y detrás, las voces. Voces de hombres. Voces de hermanas. Entre ellas se alzó la de Kálaba, pronunciando la maldición que condenaría a Kávila a envejecer al ritmo de las mujeres mortales.
—Has traicionado al clan —decía Kálaba, con la voz rota por el odio—. Y el destino te va a devolver el golpe.
El bosque se cerraba. El dolor crecía. Kávila corría, embarazada, escapando de Arnaldo, el patriarca que gobernaba entonces el clan del Cuervo y que la había obligado a beber el veneno que ella misma había preparado. Y fue en esa huida, sola y marcada, cuando su cuerpo dijo basta. Se llevó las manos al vientre, notó la sangre entre las piernas y cayó de rodillas, gritando hacia un cielo que no escuchó. El hijo que llevaba en su interior se desvanecía, arrancado por la crueldad de Arnaldo, borrado antes de ser.
Y aunque Eurídyce nunca lo supo, algo de esa vida perdida siempre la había acompañado. En la fiebre, en los silencios, en las pesadillas. Como si en algún rincón del alma le faltara una mitad no nombrada. Un hermano. Una hermana. Alguien que pudo haber nacido antes que ella. Alguien que ahora volvía, solo en sueños.
La visión cambió.
Ahora era niña de nuevo, agazapada entre las cortinas polvorientas del lupanar. Observaba, en silencio, cómo entraban los hombres: altos, bajos, viejos, nerviosos, crueles o ebrios. Uno tras otro. Y cada uno de ellos —durante un instante fugaz, infantil, desesperado— podía ser su padre. Imaginaba que uno se agachaba, que la miraba con ternura, que la tomaba en brazos y le decía que por fin había venido a buscarla. Que lo sentía. Que la había echado de menos.
Nunca ocurrió.
Los abrazos que anhelaba no estaban hechos para ella. Eran de otros. Pagados. Fingidos. Por eso aprendió a no esperar, a no preguntar. A vivir con ese hueco tibio en el pecho como quien aprende a andar descalza sobre brasas.
Y entonces, en mitad de la visión, apareció un rostro que Eurídyce no reconocía. Era oscuro como el abismo, y sus ojos eran dos brasas húmedas.
—Eres fuerte —susurró Érebos—. Pero todo poder sin causa se pudre. Ha llegado el momento de recordar lo que eres. Y lo que podrías ser.
Las sombras se retorcieron sobre sí mismas. Eurídyce despertó con un sobresalto. La veleta del molino chirriaba lentamente. El aire estaba quieto. El silencio, espeso.
Entonces lo sintió. El primer demonio ya estaba dentro.
Al principio fue solo un crujido.
Uno breve e insignificante, como una tabla vieja cediendo bajo el peso del polvo. Eurídyce permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, fingiendo que aún dormía.
Entonces la presencia se hizo más densa.
Era algo ajeno al frío y al calor: una presión, un peso en el aire. El molino parecía respirar con una boca que no tenía. Algo —o alguien— había sellado las puertas desde fuera.
Abrió los ojos. El interior era oscuro, salvo por una rendija de luz que se colaba entre las maderas. El polvo flotaba inmóvil, como suspendido en un tiempo que ya no avanzaba. Fue en ese silencio donde los oyó: unos pasos lentos, acompañados de un roce húmedo; no eran botas, sino pezuñas.
Se incorporó sin hacer ruido ni apresurarse. Deslizó la mano hasta su muslo izquierdo. Allí, bajo la tela del liguero, esperaba una daga. Y en el otro muslo, otra más. Siempre llevaba una en cada pierna, por si el enemigo era doble… o venía disfrazado de salvador.
Entonces la puerta se abrió sin violencia ni ruido. Simplemente… se deshizo.
Una sombra entró reptando. No tenía forma. No tenía rostro. Pero traía consigo la memoria de algo que no era humano.
Eurídyce no retrocedió.
—¿Venís a por mi alma? Os advierto que no la uso —espetó con voz seca.
La sombra se estremeció. Luego se alzó. Y cuando lo hizo, adquirió figura: astas retorcidas, ojos vacíos, un cuerpo que parecía hecho de humo y hueso. Tenía una boca, pero de ella no salía palabra alguna. Solo desprendía un olor a azufre, a tierra removida… y a infancia rota.
Eurídyce lanzó el primer golpe. No esperó a que atacara. Fue a la garganta —si es que tenía una—. La daga atravesó la sombra y, durante un segundo, pareció funcionar. Pero el demonio no gritó. No se encogió. Solo se curvó hacia ella… como si sonriera.
—Mierda —murmuró.
Saltó hacia atrás, rodó sobre el suelo, cogió otro saco y lo lanzó a la figura. El demonio lo ignoró. Otro apareció por la rendija. Y otro más, por el techo resquebrajado.
Los demonios pretendían rendirla mediante el agotamiento, la lentitud y el recuerdo de todas las veces que nadie había acudido a salvarla.
Entonces se escuchó un susurro bajo y áspero, apenas audible. Una lengua muerta, pero viva en cada consonante. Un canto zíngaro que hacía vibrar la madera. El ritmo arcano penetró en las rendijas del molino y estremeció hasta sus cimientos.
Un humo denso de color verde esmeralda se deslizó a través de la puerta deshecha. Giraba y danzaba bajo el mandato de una voluntad invisible. En su centro avanzaba una figura erguida, con el rostro enmarcado por dos hermosos mechones rubios y los ojos encendidos por algo más profundo que la edad. Su capa ondeaba en silencio y sus pies ni siquiera rozaban el suelo. Venía envuelta en un hechizo.
Eurídyce parpadeó.
—Kávila —susurró.
No “madre”. No “mamá”. Solo su nombre completo. Porque los nombres, como los cuchillos, también cortan.
Kávila avanzó entre el humo, alzó los brazos y, al abrazar a su hija, murmuró unas palabras en zíngaro. Solo ellas las entendieron, pero el efecto fue inmediato.
Una explosión de luz hirió la estancia y todas las sombras se deshicieron.
Uno a uno, los demonios se evaporaron como aliento sobre cristal. El molino volvió a temblar y el polvo, liberado del hechizo, volvió a caer. En el centro de la estancia solo quedaron ellas dos.
—Pensé que no volvería a verte —dijo Eurídyce, sin aflojar la daga.
—Una madre siempre encuentra a su hija —respondió Kávila, sin soltar el abrazo.
Y entonces, sin anuncio, sin pasos, sin ruido… apareció Érebos.
Cruzó el umbral como un eco que nunca se había marchado. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, los ojos clavados en la escena con una sonrisa casi respetuosa.
—Qué momento tan… conmovedor —murmuró Érebos—. Pero me temo que la oscuridad no perdona la ternura.
A su espalda, como si emergieran de la grieta misma que lo había traído, aparecieron dos figuras.
La primera era Tesejo. Caminaba con aplomo, la varita al cinto y una sonrisa apenas insinuada en el rostro. Su porte era arrogante y su elegancia, casi insultante. Llevaba una túnica negra, ceñida al cuerpo como un juramento. Había en él algo peligroso, pero seductor, como si la sombra se hubiese vestido de Impromago para acudir a una fiesta prohibida.
La segunda figura era peor.
Xezbet.
El alto demonio, Señor del Engaño y consorte de la Emperatriz de los Dos Mundos, avanzaba sin tocar el suelo, cubierto con una capa de oscuridad hilada en los telares del Inframundo. Su rostro era pálido, bellamente atroz, y sus ojos, como pozos sin fondo, parecían contener las palabras que aún no habían sido pronunciadas.
—Mi señora Kávila —dijo con una reverencia cargada de veneno—. Por fin.
Kávila no respondió. Se mantuvo firme, interponiéndose entre Eurídyce y los recién llegados.
—¿Qué queréis? Ya cumplí mi parte del trato. Le di a vuestra Emperatriz la información sobre las niñas. Amunet, en agradecimiento, me indicó dónde encontrar a mi hija: en este molino. Ahí terminaba nuestro trato. Dejadnos volver a nuestro lupanar.
Érebos alzó una ceja, divertido.
—No vinimos a atacaros ni a reteneros. Vinimos a ofrecer una oportunidad. La Emperatriz os ha observado, Kávila. Vuestra sangre, vuestro linaje, vuestra voluntad. No os teme. Os desea.
Xezbet avanzó un paso, sin apartar los ojos de ella.
—Queremos asociarnos contigo. Sirve a Amunet, Emperatriz de los Dos Mundos. Entrégale tu sangre y tu alma, y la oscuridad correrá por tus venas. Serás su aliada, su voz en la grieta. Podrás vagar entre los reinos… e incluso volver al Bosque Perdido de la Desconexión.
Kávila tragó saliva. Eurídyce habló:
—Ese bosque nos expulsó. Y no tenemos ningún interés en pactar con nadie.
Kávila la miró.
—Pero si hacemos este pacto… podríamos ser libres. Dejaríamos de ser proscritas.
—Madre, no lo hagas —dijo Eurídyce, firme.
—La oscuridad puede darte todo eso —susurró Xezbet, ya junto a ellas—, y a cambio solo exige una ofrenda. Un precio justo.
Eurídyce apretó los dientes.
—¿Qué precio?
Fue Tesejo quien lo dijo desde las sombras.
—Tú.
Una decena de demonios se materializó al instante. Eurídyce se revolvió, hundió una daga en el brazo que intentaba cerrarse alrededor de su garganta y lanzó una patada contra la mandíbula de otra criatura. Sin embargo, cada enemigo que conseguía apartar era sustituido por dos más. Brazos de humo y garras infernales terminaron por alzarla del suelo e inmovilizarla. Xezbet levantó una mano y susurró una palabra inaudible. El silencio cayó como una losa.
Del interior de su capa, extrajo un pequeño cuenco de obsidiana.
Con un gesto ágil, pasó su uña afilada por el brazo de Eurídyce. Una sola gota de sangre cayó en el cuenco y comenzó a latir con pulso propio.
El poder de Xezbet se activó.
Aquello trascendía la magia convencional. Era una habilidad más profunda: el dominio de la voluntad. Cuando Xezbet hablaba, no convencía: redefinía la verdad. Sus palabras tejían redes invisibles que se adherían al juicio de los demás. Nadie notaba el momento exacto en que empezaba a obedecerle. Pero cuando lo hacían, ya no recordaban haber pensado otra cosa.
Se inclinó hacia Kávila y susurró al oído de la zíngara. Las palabras de Xezbet se deslizaron por su mente hasta ocupar el lugar de sus propios pensamientos.
Y Kávila empezó a creer.
—Si traicionas a la Emperatriz de los Dos Mundos, tu hija morirá en el acto —dijo Érebos, sin emoción.
—Pero si sellas el pacto —añadió Xezbet, acariciando el borde del cuenco—, ella vivirá. Tú ascenderás. Seréis intocables. Ningún demonio volverá a atacaros y contaréis con la protección de Amunet.
Hizo una pausa. Sus ojos brillaron con una oscura ternura fingida.
—Y, sobre todo, te liberaremos de la maldición de Kálaba. El envejecimiento dejará de consumirte. Volverás a envejecer con la lentitud y la dignidad del linaje zíngaro. Esa condena que te hace marchitarte antes de tiempo será extirpada. Tu cuerpo, tu poder, tu nombre: todo te será devuelto.
Kávila respiraba con dificultad. Sus ojos ya no eran suyos.
—¡No escuches! ¡No los mires! ¡Recuerda quién eres! —gritó Eurídyce—. ¡Estás siendo controlada!
Pero la mano de Kávila ya estaba extendida.
Una de las uñas de Xezbet le abrió la palma derecha. La sangre brotó lentamente y cayó en el cuenco.
Nadie supo si Kávila había extendido la mano bajo el influjo de Xezbet… o si había decidido proteger a su hija a cualquier precio.
La sangre, al tocar la obsidiana, comenzó a burbujear y a latir. Después se evaporó en un suspiro carmesí que ascendió hacia el techo y alimentó el pacto recién invocado.
Entonces el aire cambió.
El humo verde de Kávila se alzó en una columna y se mezcló con la sombra densa de la oscuridad. Cuando el vórtice se cerró, el pacto quedó sellado.
La oscuridad entró en Kávila.
Y ella la recibió.
Sus ojos brillaron. Su espalda se enderezó y la oscuridad inundó sus venas. Bajo su piel, aquel poder echó raíces con la ferocidad del Bosque Perdido de la Desconexión.
Una sacudida partió el suelo. Un chirrido atravesó las vigas y arrancó astillas de los soportes. El aire se espesó hasta volver difícil cada respiración.
—No… —murmuró Xezbet, retrocediendo con los ojos desorbitados—. Esto no es parte del ritual…
El aire se rasgó.
Un remolino oscuro emergió del suelo. Carecía de viento y origen. La realidad se curvó y comenzó a temblar, a punto de quebrarse. En el centro de aquella deformación apareció una piedra negra y sólida. Unas vetas rojas palpitaban bajo su superficie y varios símbolos grabados cubrían sus bordes. Era idéntica a la que había devorado a Abraxas.
Xezbet dio un paso atrás.
No bastó.
La piedra latió y el remolino arrancó a Xezbet del suelo. Su cuerpo perdió los contornos y se disolvió dentro de la espiral hasta desaparecer en la superficie negra. Sin grito. Sin rastro. Solo quedó el cuenco, rodando hasta quedar boca arriba. Vacío.
La piedra cayó al suelo con un golpe sordo.
A los pies de Eurídyce.
Ella seguía atrapada entre los brazos de los demonios, pero la desaparición de Xezbet había debilitado su agarre. Con un último tirón de rabia, consiguió liberarse y se lanzó hacia la piedra.
No dudó. Se agachó para recogerla, pero en cuanto sus dedos tocaron su superficie, un calor abrasador le recorrió la palma. Gritó y la soltó de inmediato mientras el ardor le trepaba por las venas.
—¡Coño! ¡La puta piedra, cómo quema!
Una figura se agachó junto a ella con absoluta calma. Era un hombre alto y delgado, con los ojos de distinto color. Vestía un abrigo largo de paño desgastado y un sombrero de copa que parecía haber atravesado demasiados inviernos. Recogió la piedra con delicadeza y la sostuvo entre sus largos dedos.
—Unas manos tan lindas no están hechas para sostener algo tan ardiente —dijo con una voz serena, casi burlona, mirando a Eurídyce sin prisa.
Ella entrecerró los ojos, con la palma enrojecida por la quemadura.
—Tendrás que conocerme mejor —espetó—. Quédate cinco minutos a solas conmigo y luego hablamos de brasas, cariño. Yo he quemado a hombres solo con una caricia.
Una chispa cruzó los ojos del desconocido.
Fue entonces cuando Érebos reaccionó.
—¡No! —rugió, y su voz hizo vibrar las vigas del molino.
Alzó la mano y lanzó un zarzillo de oscuridad. La estela negra serpenteó entre las vigas y alcanzó al hombre en el brazo cuando estaba a punto de levantarse.
El desconocido giró ligeramente el rostro hacia Érebos. Su expresión permaneció ajena al miedo y la rabia. Una sonrisa mínima tensó la comisura de sus labios. Inclinó el sombrero con un leve ademán… y desapareció ante los ojos de todos.
Érebos bajó lentamente el brazo. Su expresión era una mezcla de furia contenida y humillación.
—¿De verdad? —dijo, girándose hacia Tesejo—. ¿Y tú no pensaste en usar la varita?
Tesejo encogió los hombros con fingida inocencia.
—No me pareció cortés interrumpir.
Fue entonces cuando Kávila recobró el dominio de sus pensamientos. Parpadeó varias veces y la voluntad de Xezbet comenzó a retirarse de su mente. El temblor de sus manos cesó, aunque el poder del pacto continuaba ardiendo bajo su piel. Miró su palma ensangrentada. Miró a Eurídyce. Y comprendió lo que había hecho.
Pero ya era tarde.
El pacto se había sellado.
Érebos alzó la vista, respirando hondo. Luego, sin una palabra más, se giró y comenzó a caminar hacia la salida con la misma calma con la que había llegado.
—La Emperatriz… —murmuró en voz baja—. Se va a poner furiosa cuando se entere de que alguien ha capturado a su… «cariñín».
Se volvió hacia Kávila y Eurídyce. La humillación había desaparecido de su rostro, sustituida por una frialdad implacable.
—Daños colaterales —añadió, seco—. Todo pacto tiene un precio, y hoy hemos ganado algo muy valioso: una nueva celestina para la oscuridad.
Adoptó entonces el tono reservado para las órdenes de guerra.
—Tesejo —dijo sin volverse—. Intenta ser de utilidad y llévate a Eurídyce a la Cuna de la Oscuridad. Luego ve con Caila. Juntos prepararéis la entrada a la Torre Arcana de Skuchaín con los zíngaros. Barastyr ya habrá hecho su parte.
La voz de Eurídyce, cargada de furia, impotencia y sorna, brotó sin permiso:
—¡Madre, no me jodas! ¡No puedes dejar que me lleven! Y menos él, que cuando hubo que moverse prefirió no despeinarse ese pelo relamido.
Kávila se giró hacia ella. En sus ojos aún ardía el fuego verde del pacto, pero su voz temblaba lo justo para dejar entrever la grieta.
—Haz lo que te dicen —dijo, intentando parecer firme—. Estaremos bien. El pacto me ha dado más poder del que jamás había sentido. Y ahora estarás protegida. Ningún demonio te tocará.
—Acaba rápido y ven a buscarme —susurró Eurídyce, aferrándose a su mirada, la última cuerda que todavía las mantenía unidas.
Kávila asintió, apenas.
—Eso haré, hija —respondió. Sin embargo, la culpa quebró la firmeza de aquellas palabras hasta reducirlas a una confesión muda: lo intentaré.
Tesejo se acercó arrastrando tras de sí el vuelo oscuro de su túnica. Tomó a Eurídyce por el brazo con una delicadeza casi teatral, y su sonrisa era una mezcla de cortesía y veneno.
—No te preocupes, preciosa —le dijo, en tono confidencial—. Sé cuidar muy bien de lo que me encargan.
Eurídyce lo miró con frialdad, y su voz adquirió el filo de sus dagas.
—Ponme un dedo encima y te haré tragar tu varita.
Tesejo rió, encantado por el desafío.
Desde el umbral, Érebos se detuvo una última vez. Su silueta, recortada contra la bruma del molino, parecía aún más alta, más vieja, más inevitable.
—Y tú, Kávila… —dijo con voz grave—, ven conmigo. Tenemos que torturar a una profesora que tuve en Skuchaín.
El desierto de Al-Yavist tenía memoria. De los vivos y de los muertos.
Allí, entre crestas de arena deshilachada y grietas que exhalaban calor desde las entrañas del mundo, avanzaba una criatura que no dejaba huella: un caballo mágico, invocado por necesidad, guiado por voluntad. Sobre su lomo cabalgaban dos figuras. Una delante, la otra detrás.
Periandro Sybila, erguido, mantenía la vista clavada en un horizonte donde la tierra parecía doblarse sobre sí misma. Carmélida, sentada tras él, sostenía su cintura con las manos enguantadas, no por afecto, sino por necesidad. La cercanía física no disolvía la distancia emocional.
El manto de ella ondeaba al ritmo del galope, aún marcado por sangre seca y alquimia resquebrajada. El de él apenas se movía, como si ni el viento se atreviera a tocarle los hombros.
—Me mentiste —dijo ella, sin moverse, con la boca cerca de su oído.
El viento le arrastró la voz, pero no el reproche.
Periandro no contestó enseguida. El silencio entre ellos no era tenso: era un viejo amigo al que habían aprendido a temer.
—No lo hice para herirte —acabó diciendo—. Lo hice para protegerte.
—¿Protegerme de qué? ¿De ti?
—Efélide no era hija mía.
Los dedos de Carmélida se hundieron en la tela de su túnica. Aunque ya había comprendido que aquella era la mentira, necesitaba escuchar el resto de sus labios.
—Entonces, ¿de quién era?
—De Rodrigo y Elora. Efélide es una de las dos gemelas que nacieron en secreto. Una de las legítimas herederas del Trono de Ámbar.
—¿Sabes cuántas veces me preguntó por su padre? —añadió Carmélida, con la voz controlada—. Efélide. Me miraba como si yo pudiera darle las respuestas que tú le negaste. Me preguntó si su padre era un cobarde… o un héroe muerto. Le dije que no sabía. Porque eso fue lo que tú me dijiste a mí.
Periandro tragó saliva. El caballo mágico continuó su galope sin errar el paso, ajeno a la carga invisible que transportaba.
—Minerva las separó nada más nacer. Cuantas menos personas conocieran el plan completo, más difícil sería encontrarlas. A mí me confió a una de las niñas y me ordenó entregártela ocultando su verdadero linaje. De la otra solo supe que seguiría un camino distinto.
El cuerpo de Carmélida se tensó tras él, pero no aflojó la sujeción. Seguía aferrada a su cintura por necesidad, por rabia y por esa lealtad contrariada que no pide permiso para doler.
—Entonces era cierto —murmuró—. Dos niñas. Dos destinos. Dos mentiras. Y tú fuiste quien colocó las piezas.
—Coloqué una —admitió Periandro—. Minerva se aseguró de que ninguno de nosotros pudiera contemplar el tablero completo.
—La crié como hija de un hombre ausente —dijo Carmélida—. Y resulta que era heredera de todo un reino.
—Precisamente por eso debía dejar de serlo ante los ojos del mundo.
El viento silbó entre las dunas. Durante unos instantes, ninguno de los dos encontró nada más que decir.
—¿Dónde está Efélide? —preguntó Periandro.
—Con el Primer Hermano.
Periandro giró ligeramente la cabeza.
—¿Cómo puedes saberlo?
—En el Monasterio Cóncavo me esperaba un mensaje de Clemente.
—¿Qué decía?
Carmélida llevó una mano hasta el pergamino que guardaba junto al pecho.
—«La Tercera Hermana permanece conmigo».
—¿Nada más?
—Nada que revelara su paradero. Clemente sabe que cualquier mensaje puede terminar en manos equivocadas.
—Entonces no sabes si están a salvo.
—Sé que están juntos. Clemente moriría antes que abandonar a una de sus hermanas.
—Eso no significa que pueda protegerla.
—Significa que no tendrá que enfrentarse sola a lo que haya al otro lado. Por ahora, es la única certeza que tenemos.
—No me basta.
—A mí tampoco.
Periandro volvió la vista hacia el horizonte. Había esperado que la verdad pusiera fin a tantos años de incertidumbre, pero algunas respuestas solo servían para formular nuevas preguntas.
Y mientras el silencio se asentaba entre ellos, el paisaje comenzó a reflejarlo.
El desierto se cerraba sobre sí mismo. La arena se alzaba como vapor envenenado y las dunas, cada vez más altas, se erguían como olas muertas a punto de tragarlos.
El viento arreció, ciego y abrasador. Los granos de arena les golpeaban el rostro y apenas podían ver más allá del hocico del caballo mágico.
—Tendremos que detenernos —dijo Carmélida, alzando la voz sobre el vendaval—. No podemos continuar sin ver el camino. Si seguimos así, acabaremos sepultados bajo una duna… o encontraremos algo mucho peor.
Periandro no respondió. Bajó la mirada, tanteó el cinto y extrajo su varita.
—Descuida. Sé adónde ir.
Susurró una orden breve que el viento se tragó. De la punta de la varita surgió una pequeña criatura de luz temblorosa, parecida a una luciérnaga, pero con alas facetadas como vidrio cálido. Comenzó a volar despacio, dejando tras de sí un hilo ámbar, un sendero en mitad del caos.
Carmélida entrecerró los ojos al verla.
—¿Un Espinafoco de Reencuentro? —dijo, con una risa apenas audible—. Cuántas veces intentaste conjurarlo de pequeño… Siempre lo hacías al revés. Te salía un escarabajo sin patas, ¿recuerdas?
Periandro observó la estela de luz avanzar entre la arena.
—Ahora las cosas me salen mejor.
Periandro hizo descender la varita. El insecto giró varias veces sobre sí mismo, orientándose.
—Espero que, al menos ahora, tus escarabajos estén de cuerpo entero y hagan bien su trabajo.
La pequeña invocación mágica abrió los élitros y emprendió el vuelo hacia el interior de la tormenta.
Los Espinafocos de Reencuentro no encontraban lugares. Buscaban personas. Se alimentaban de los recuerdos de quien los invocaba y seguían el rastro de alguien con quien hubiera compartido un momento imposible de olvidar.
—¿A quién esperas encontrar en mitad de este desierto? —preguntó Carmélida.
—A alguien que conozca las arenas mejor que nosotros.
—¿Y si no queda nadie?
—Entonces la luz se apagará.
Carmélida contempló la frágil criatura, zarandeada por un viento capaz de enterrarlos a ambos.
Siguieron al Espinafoco, envueltos en silencio y arena, guiados por la única criatura de aquel desierto que parecía saber adónde se dirigía.
La criatura los condujo entre formaciones rocosas erosionadas, estrechas como las costillas de un animal enterrado. A cada paso, la arena cedía bajo los cascos del caballo y los obligaba a avanzar con mayor lentitud. Allí el viento ya no silbaba. Murmuraba.
Carmélida mantenía la vista alerta. El Espinafoco flotaba por delante y su luz ámbar apenas lograba atravesar la bruma arenosa. Cada vez que rozaba una piedra, dejaba un destello que tardaba varios segundos en apagarse. El sendero aparecía detrás de ellos y desaparecía poco después, borrado por el desierto.
Periandro cabalgaba con la varita aún empuñada. La montura avanzaba con paso firme y ninguno de los dos quiso imaginar qué encontrarían más allá de la siguiente colina.
Cuando coronaron la última duna, el terreno se abrió ante ellos: una vaguada oculta entre paredes de roca oscura. El sol del ocaso teñía la arena de cobre y las sombras se alargaban entre las tiendas y los estandartes negros.
Uno de los campamentos de los Nómadas de las Arenas se alzaba ante ellos, silencioso… demasiado silencioso.
Las tiendas, negras como tinta antigua, estaban reforzadas con cuerdas trenzadas y remates dorados. Entre los mástiles ondeaban trozos de tela cubiertos de símbolos y colgantes de hueso. Cada ornamento parecía contar una historia. Pero ninguno hablaba.
El Espinafoco se detuvo en el aire.
Su luz palpitó tres veces y se apagó.
—No hay vigilantes —dijo Carmélida, con el ceño fruncido—. No hay nadie fuera. Solo humo.
Entonces llegó el rugido.
No era un grito humano. Tampoco pertenecía a ningún animal conocido. Era una vibración hueca que resonaba en el pecho con mayor fuerza que en los oídos. Una nota procedente de otro plano.
Del corazón del campamento surgieron sombras deformes. Algunas reptaban sobre numerosos miembros; otras avanzaban a saltos, cubiertas de espinas y bocas que se abrían allí donde debería haber habido ojos.
Demonios.
La arena tembló bajo su avance. Las tiendas comenzaron a desgarrarse desde dentro y varias de las jaimas se desplomaron envueltas en llamas negras.
Periandro detuvo el caballo de un tirón. Él y Carmélida descendieron por lados opuestos. La punta de la varita comenzó a brillar mientras la alquimista extraía dos frascos de su cinturón y aflojaba los tapones con los pulgares.
Los demonios repararon en ellos. Varias de aquellas cabezas deformes se volvieron al mismo tiempo y las criaturas cambiaron de dirección.
Periandro trazó en el aire el primer signo de un encantamiento. Carmélida levantó uno de los frascos, preparada para lanzarlo.
Un silbido agudo cortó el aire.
Era una señal larga y precisa que rebotó entre las paredes del desfiladero y atravesó el campamento como una cuerda tensada.
Tras aquel silbido, las arenas respondieron.
Desde lo alto de la jaima central se alzó una figura vestida de negro y oro. Shuleyma, la Pinza de Jaspe, saltó sobre el primer demonio y lo recibió con una estocada bajo la mandíbula. Su espada de hoja estrecha evitaba las placas de las criaturas, encontraba sus junturas y volvía a salir cubierta de sangre. En sus movimientos permanecía el ritmo aprendido en la música y la danza, sostenido por la disciplina de una guerrera curtida en el combate. Se mantuvo en el centro de la vaguada, visible para todos, y obligó a los demonios a concentrarse en ella.
Apenas un suspiro después, desde el lado opuesto, entre dos montones de telas rasgadas, emergió su hermana: Shuaila, el Aguijón de la Noche. Sus dagas cortaban el aire en arcos cerrados, bajos y certeros. Mientras Shuleyma obligaba a sus enemigos a mirarla, Shuaila los alcanzaba desde los ángulos que habían olvidado proteger.
Del interior de un carro cubierto, entre cántaros rotos y polvo de especias, se alzó lentamente una tercera figura. Su rostro estaba marcado con trazos oscuros y sus manos aparecían manchadas de sangre. Con la serenidad de quien todavía dispone de todo el tiempo del mundo, Ralish, la Espina Venenosa, deslizó el filo por la cara interna de su antebrazo y abrió un corte superficial. Su propia sangre se extendió sobre el cuchillo. Observaba a los demonios con la curiosidad de quien está a punto de comprobar el resultado de un experimento.
Por último, desde un saliente casi pegado a la tierra, Talisha, el Susurro de las Dunas, apareció sin pronunciar palabra. Sus ojos eran dos carbones encendidos y cada uno de sus pasos estaba calculado. En una mano sostenía una daga curva. La otra permanecía libre. La utilizaba para romper huesos.
Las cuatro ocuparon sus posiciones al instante, sin necesidad de hablarse, con la precisión de quienes parecían haber ensayado aquella emboscada cien veces. Habían fingido abandonar el campamento para atraer a los demonios hasta el centro de la vaguada, y las criaturas, convencidas de haber encontrado unas jaimas desprotegidas, se adentraron en la trampa sin comprender que el campamento nunca había estado dormido.
Las hijas de Arishai jamás dormían cuando el enemigo estaba cerca.
El rugido de la lucha lo devoraba todo. Las Hijas del Escorpión combatían sin tregua, pero los demonios eran muchos. Demasiados. La arena ya no era solo arena: estaba empapada en sangre, y las jaimas, antes orgullosas, ardían como si el propio desierto las estuviera devorando.
Periandro y Carmélida se lanzaron al combate, sorteando piedras y escombros sin dudar. Él conjuró una esfera de fuego que se expandió como un latido: la magia se dobló sobre sí misma y arrasó a tres criaturas que se aproximaban por el flanco. Sus ojos brillaban con una energía contenida. Cada fragmento de aquel fuego obedecía a su voluntad y alcanzaba exactamente el lugar al que había sido dirigido.
Carmélida arrojó uno de sus frascos.
El cristal se rompió contra el pecho de otra criatura y liberó un líquido transparente. La sustancia se filtró entre las placas de su cuerpo. El demonio lanzó un alarido mientras la carne se disolvía bajo su coraza y cayó sobre la arena envuelto en una nube de vapor.
Un demonio se abalanzó sobre ellos. Periandro desvió sus garras con la varita y Carmélida introdujo el segundo frasco entre sus mandíbulas. La criatura apenas tuvo tiempo de cerrarlas antes de que una explosión apagada le reventara la cabeza.
—¡A tu izquierda! —gritó ella.
Periandro se giró justo a tiempo. Alzó una barrera mágica. Las garras del enemigo se estrellaron contra un muro de luz que crepitó como una muralla encantada.
Durante unos instantes volvieron a luchar espalda contra espalda, con la coordinación de otros tiempos. Los años, la traición y el silencio todavía se interponían entre ellos, pero sus cuerpos recordaban cada movimiento compartido.
Las cuatro hermanas seguían luchando cerca, pero incluso ellas comenzaban a retroceder. Ralish sangraba por una ceja, aunque seguía dosificando veneno con precisión científica. Shuaila jadeaba entre los pasos. Talisha tenía el brazo izquierdo colgando, pero seguía golpeando con el derecho. Solo Shuleyma conseguía mantener la línea, aunque el cansancio había ralentizado su espada y cada golpe comenzaba a exigirle un esfuerzo mayor.
Entonces, un grito distinto.
—¡No… no, por favor! ¡Yo no… yo no tengo armas!
Desde debajo de una lona chamuscada, Froilán de Lavigne Colby gateaba hacia atrás, cubriéndose la cabeza con los brazos. Un demonio esquelético, con la mandíbula desencajada y una lengua cubierta de cuchillas, se cernía sobre él con una lentitud cruel, relamiendo su miedo como un manjar.
Froilán —camisa rasgada, botas desparejadas y el cinturón mal abrochado— parecía más fuera de lugar que nunca. Hombre campechano, amante del vino, de la taberna y del «invito yo», siempre había escapado de sus deudas más rápido de lo que tardaban en servirle una copa. Pero de aquel demonio no lograría salir corriendo.
—Mira que se lo advertí —gruñó Talisha, golpeando con el codo la mandíbula de otra criatura.
—Los Colby hablan más rápido de lo que corren —murmuró Ralish, limpiando su hoja con una mirada fulminante.
Froilán continuó retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el eje de un carro volcado. Ya no tenía espacio para escapar. La lengua del demonio salió disparada y las cuchillas desgarraron la lona a escasos centímetros de su rostro. Froilán intentó arrojarse a un lado, pero una de las garras atravesó su camisa y lo dejó clavado contra la arena.
La segunda garra se alzó sobre su pecho.
Periandro lo vio, pero tres criaturas le cerraban el paso. Carmélida sostuvo uno de sus frascos en alto, incapaz de arrojarlo sin alcanzar también a Froilán. Las Hijas del Escorpión intentaron acudir, pero los demonios las mantenían cercadas.
Nadie llegó a tiempo.
Nadie logró alcanzarlo.
Salvo una.
Un látigo silbó en el aire, se enroscó alrededor del antebrazo del demonio y apartó la garra un instante antes de que alcanzara a Froilán. El tirón desvió a la criatura y sus uñas se hundieron en la arena junto al pecho del Colby. El demonio rugió y siguió con la mirada el látigo tensado hasta su origen.
Sobre una roca que dominaba la vaguada, con el polvo bailándole alrededor de los pies, estaba Andamana. Su brazo aún permanecía extendido tras el latigazo. Su mirada estaba fija en la criatura y su cuerpo se mantenía erguido, preparado para volver a atacar.
A su espalda, una decena de amazonas descendía con las lanzas en alto. Sus movimientos eran coordinados, silenciosos y mortales. En el centro de todas ellas, montada sobre una criatura moteada de ojos negros, envuelta en una capa gris malva y coronada por joyas oscuras, descendía Elora, la reina de Calamburia.
En una mano llevaba su sable pirata, curtido en sangre y tormentas. En la otra, un trabuco corto de cañón pulido, cuyas balas llevaban grabados los nombres de los piratas caídos en la guerra.
No dijo palabra. Solo disparó.
La criatura que había intentado devorar a Froilán se desplomó sin rostro. Atraído por el disparo, otro demonio se abalanzó sobre la montura de Elora y le abrió el costado con una de sus garras. El animal se encabritó. La reina desmontó de un salto antes de que pudiera derribarla y una de las amazonas condujo a la criatura herida hacia la retaguardia. Elora levantó entonces su sable. Las amazonas chocaron sus lanzas al unísono y emitieron su grito de guerra: un alarido agudo e intermitente que helaba la sangre.
Aquel gesto fue una señal. Las Hijas del Escorpión respondieron con un silencioso saludo marcial.
Los dos clanes, unidos por antiguas alianzas y generaciones de sangre derramada, se encontraron espalda contra espalda. Amazonas y escorpionas giraban al mismo ritmo, cubrían los mismos ángulos y defendían los mismos silencios. El clan de la serpiente y el del escorpión volvían a luchar juntos.
Y el desierto, que hasta entonces solo les había ofrecido derrota, recordó el sabor de la esperanza.
La señal de Elora fue la chispa, pero la verdadera explosión fue la respuesta conjunta. Las amazonas se desplegaron entre las tiendas como si conocieran cada rincón del campamento. Algunas se unieron al frente de combate con las escorpionas, otras rodearon los flancos, y tres más formaron una línea defensiva alrededor de Froilán, que seguía jadeando entre telas quemadas.
El primero de los demonios en reorganizarse lanzó un zarpazo brutal hacia Shuleyma. Shuaila advirtió el ataque y embistió a su hermana desde un costado para apartarla. El movimiento evitó que las garras alcanzaran el pecho de Shuleyma, pero una de sus puntas le rozó la pierna derecha durante la caída y abrió un corte profundo. Shuaila rodó en la dirección contraria y se levantó para interponerse entre ella y el demonio.
La sangre brotó al instante.
—¿Qué haces? —gritó Shuleyma, llevándose una mano a la herida.
—Evitar que te abriera el pecho —respondió Shuaila entre dientes, sin soltar las dagas.
No había lugar para dramatismos, únicamente para seguir luchando.
Del otro lado del campamento, un demonio alado extendió sus alas membranosas y comenzó a concentrar entre ellas una masa de energía oscura. Ralish lo vio y gritó:
—¡Carmélida! ¡Por la izquierda!
Sin preguntar, Carmélida lanzó una esfera azulada. Ralish rozó el filo de su cuchillo contra la sangre que aún brotaba de su antebrazo y lo arrojó. La punta alcanzó la esfera en pleno vuelo y la fragmentó en cientos de agujas de cristal, sobre las que se extendió el veneno.
La lluvia envenenada atravesó las alas y el pecho del demonio antes de que pudiera liberar su ataque. La criatura cayó convulsionando y terminó deshaciéndose sobre la arena en un charco oscuro.
—No está mal para una alquimista —dijo Ralish, sonriendo entre sangre.
—No está mal para una bruja —replicó Carmélida.
Mientras tanto, dos amazonas del flanco derecho cayeron bajo un asalto brutal. Una fue abatida por un demonio que le quebró el cuello con un golpe de su espinosa cola. La segunda recibió una garra en el costado, pero antes de caer arrojó su lanza contra otra criatura que estaba a punto de alcanzar a una de sus hermanas. El arma atravesó al demonio y la amazona a la que había salvado pudo rematarlo. Sus cuerpos quedaron sobre la arena, testigos silenciosos de una victoria que aún no estaba asegurada.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
Un demonio gigantesco —con cuerpo serpenteante y ojos por toda la espalda— se alzó tras Elora, que acababa de derribar a su tercer enemigo. No tuvo tiempo de girarse.
—¡Majestad! —gritó alguien.
Periandro reaccionó. Alzó la varita y trazó un círculo repentino. Una columna de viento surgió bajo los pies de Elora un instante antes de que las garras la alcanzaran y la elevó fuera de su trayectoria.
La reina comprendió la intención del mago y no se resistió al impulso. Giró en el aire, dirigió la punta del sable hacia el demonio y se dejó caer sobre él. La hoja penetró entre dos de los ojos que cubrían su espalda y descendió a lo largo de la columna vertebral. La criatura se desplomó mientras Elora aterrizaba junto a ella con una rodilla sobre la arena.
—Gracias, mago-erudito —susurró.
A unos pasos de allí, Talisha y Andamana combatían espalda contra espalda. La amazona lanzaba su látigo con precisión, atrapando extremidades y desviando mordiscos. La escorpiona combinaba rodillazos y estocadas con los cortes secos de su daga curva. Ninguna imitaba a la otra: cada movimiento respondía al ataque que su compañera acababa de desviar y ambas terminaron acompasando la respiración y los golpes.
—Aguantas bien para ser una serpiente de las marismas —dijo Talisha, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—Y tú golpeas mejor de lo que esperaría de una escorpiona de las arenas —replicó Andamana mientras enroscaba el látigo alrededor del cuello de un demonio y desviaba su embestida.
No hubo tiempo para más palabras, porque el combate seguía y ambas sabían que no podían permitirse nada menos que la victoria.
El combate se prolongó mientras la noche se cerraba sobre la vaguada. Cada oleada de demonios era rechazada, pero otra ocupaba inmediatamente su lugar y, cuando ambos clanes comenzaban a alcanzar el límite de sus fuerzas, el horizonte oriental empezó a clarear.
El amanecer comenzaba a abrirse paso con lentitud, empujando la noche hacia los bordes del mundo. La luz no irrumpió con violencia, sino que se deslizó como un suspiro largo sobre la arena, tiñéndolo todo con un resplandor pálido, como si el día dudara todavía si merecía nacer.
Los demonios que quedaban, pocos ya, se agitaban como brasas húmedas a punto de apagarse. Sus movimientos se volvían erráticos y su fuerza comenzaba a abandonarlos. La claridad penetraba en las heridas abiertas durante la batalla y resquebrajaba la materia oscura que sostenía sus cuerpos.
Periandro, cubierto de polvo y sangre ajena, dio un paso al frente. Sostenía la varita con suavidad, dispuesto a utilizarla como canal. Alzó la mirada hacia la línea por la que comenzaba a emerger el sol y levantó el brazo sin pronunciar palabra.
La primera luz del día cayó sobre él, recorrió su brazo como una corriente viva y se concentró en la punta de la varita. Periandro no creó aquella claridad; se limitó a conducirla hacia las grietas que la batalla había abierto en los cuerpos de los demonios.
—Lux prima, tenebras pelle.
Entonces la liberó.
Una oleada de luz se desplegó en abanico sobre la arena, sin fuego ni estruendo. Los demonios no ardieron ni gritaron. La claridad atravesó sus heridas, quebró el vínculo que los mantenía en aquel mundo y deshizo sus cuerpos en fragmentos de sombra que se hundieron en la arena.
Cuando todo terminó, el silencio regresó, pero esta vez no oprimía: respiraba.
El viento se llevaba con suavidad el humo de las tiendas y agitaba los jirones de tela aún colgados entre las lanzas. Sobre la arena, las figuras que seguían en pie no parecían vencedoras, sino testigos.
Elora bajó el sable con lentitud. Caminaba entre cuerpos enemigos con paso firme, la capa gris malva aún salpicada de combate y la corona de joyas oscuras asentada sobre su frente como si la batalla no la hubiera rozado.
A su lado, Andamana recogía el látigo con calma, envuelto alrededor del antebrazo como una serpiente en reposo. No hablaba, pero observaba cada rincón del campamento con la atención de quien aún espera otro ataque.
Entre las sombras del refugio improvisado, Ralish se puso en pie. En su rostro brillaban gotas de sudor y sangre, y entre los mechones de su cabello liso destacaban vetas de un verde profundo. Se limpió las manos y anudó una tira de tela alrededor del corte que se había practicado en el antebrazo. Bajo aquel vendaje seguía latiendo el arma más peligrosa de la Espina Venenosa.
Talisha, más al centro, se dejó caer sobre un tronco calcinado. El cabello liso le caía sobre los hombros, suelto y cubierto de polvo, pero su expresión seguía atenta. Sus brazos, doloridos, descansaban por fin, aunque sus ojos no se apartaban del horizonte.
Shuleyma, arrodillada sobre la arena, tenía el rostro tenso. Sujetaba con fuerza la venda que Shuaila, aún respirando con dificultad, le apretaba sobre la pierna herida. La sangre había empapado parte del tejido, pero ambas permanecían en silencio, con la misma determinación que habían traído a la batalla.
No lejos de ellas, Carmélida se arrodilló ante los cuerpos inmóviles de las dos amazonas caídas. Periandro cerró los ojos de una de las guerreras con gesto sereno mientras su hermana extraía de su cinturón un pequeño recipiente de plata.
En su interior guardaba Ceniza del Umbral: sal negra, hojas de tejo calcinadas, azabache e incienso funerario mezclados con una pequeña cantidad de amatista. Carmélida dejó caer una pizca sobre el pecho de cada cadáver y trazó con el pulgar la C del Titán Oscuro. El polvo adquirió un tenue resplandor violáceo.
—Que la carne permanezca en la tierra y el alma descienda al Inframundo. Que ninguna voluntad la reclame de vuelta ni ninguna sombra ocupe lo que ha dejado atrás. Los vivos con los vivos; los muertos con los muertos. Así lo ordena el Titán Oscuro.
El resplandor se extinguió y dejó una marca oscura sobre la piel. La Ceniza del Umbral no abría el camino de los muertos: lo cerraba tras ellos.
A su alrededor, las guerreras que habían sobrevivido permanecían sentadas o recostadas junto a las lanzas aún humeantes, recuperando el aliento, frotándose los músculos doloridos o cerrando heridas con vendajes improvisados. En sus gestos todavía ardía la fatiga y, en sus ojos, la gravedad de haber sobrevivido.
Entonces, como si nada de todo aquello hubiera sucedido, una voz rompió el momento como una grieta:
—Pues al final… no ha sido tan difícil, ¿eh? Mira que cuando me materialicé aquí, arrastrado por la maldición de ese Orbe demoníaco, no imaginé que acabaría viviendo semejante aventura. Por suerte, estas viejas amigas escorpionas me dieron cobijo y un lecho en una de sus jaimas. Al menos, mis conocimientos sobre guerra y estrategia han servido de algo: ningún demonio ha conseguido siquiera rozarme. Y no puedo decir lo mismo de todo el mundo —añadió Froilán, mirando de reojo la pierna vendada de Shuleyma.
Las escorpionas le dirigieron una mirada gélida, cargada de desdén, como si en aquel instante contemplaran a un intruso más que a un invitado.
—Soy todo un portento. El mejor de los cinco hermanos Colby. Yo digo que lo celebremos con una botella de fuego de escama. Tengo una, o tenía, en alguna parte…
Froilán conservaba la cara negra de polvo y la sonrisa torcida prendida al rostro, su particular manera de aferrarse a la vida. Se sacudió la arena del hombro con la despreocupación de quien solo hubiera sobrevivido a una tormenta menor.
Periandro lo contempló sin enfado ni juicio, con la expresión que se reserva para las constantes inevitables de la historia. Durante un instante creyó ver en él a todos los Colby que habían existido y a cuantos aún estaban por llegar, porque a veces, incluso en el corazón del desierto, lo más difícil no era sobrevivir, sino recordar por qué uno seguía vivo.
El viento del amanecer seguía soplando cuando Elora se detuvo en medio del campamento. Su voz no necesitó elevarse. Bastó con que hablara para que todas la escucharan. Amazonas y escorpionas volvieron el rostro hacia ella mientras el humo de las jaimas incendiadas se alzaba a sus espaldas.
—Hijas del Escorpión… he venido en busca de vuestra fuerza.
La petición de una reina podía convertirse fácilmente en una orden. Elora la pronunció como el comienzo de un pacto.
—A las amazonas les han arrebatado su Orbe sagrado. Mientras permanezca en manos del caos, ningún reino, clan o refugio estará a salvo. Vuestra sangre conoce estas arenas y vuestra voluntad ha resistido tempestades que habrían enterrado a pueblos enteros. Calamburia se está quebrando bajo nuestros pies y, si permitimos que el miedo nos separe, caeremos una tras otra.
Talisha entrecerró los ojos. Se incorporó sin prisa, con la voz aún cargada por el esfuerzo de la lucha. La sangre le recorría uno de los brazos, pero sostuvo la mirada de Elora sin inclinar la cabeza.
—Antes de entregar nuestra sangre, quiero saber junto a quién nos pides derramarla —declaró, señalando a Carmélida—. Esa mujer lleva los emblemas de la Santa Hermandad. Huele a alquimia, a mazmorras y a demasiadas confesiones arrancadas mediante el dolor. Dime, reina: ¿buscamos el Orbe junto a ella o tendremos que vigilarla mientras lo hacemos?
El campamento enmudeció. Carmélida soportó la acusación sin defenderse. Elora no respondió de inmediato. Sus ojos buscaron a Periandro, exigiendo una explicación.
Él avanzó con paso firme.
—Carmélida es mi hermana. No pretendo justificar cuanto ha hecho ni borrar la sangre que pesa sobre sus manos. Pero conozco la diferencia entre sus pecados y su lealtad. Su lealtad pertenece a Calamburia. Si llega el momento de elegir entre este reino y las huestes del inframundo, pondrá su vida delante de ellas. Y yo pondré la mía delante de la suya.
Shuleyma, con la pierna vendada y los brazos cruzados, alzó la voz.
—Yo luché junto a él en Palacio. Lo vi permanecer en pie cuando los demás solo buscaban una salida.
A su lado, Shuaila la secundó sin dudar.
—Protegíamos a la reina Melindres, nuestra hermana. Periandro se enfrentó a los demonios cuando las defensas habían caído y ya no quedaba nadie capaz de contenerlos. Intentó salvar a los infantes, a los nuestros… y estuvo a punto de conseguirlo. Aquel día nadie podía fingir valor ni lealtad. Si ahora responde por Carmélida, su palabra es suficiente para nosotras.
Elora dejó que el silencio recogiera aquel testimonio. Miró a Talisha, a las hermanas heridas y a las dos amazonas que yacían sobre la arena. La sangre de ambos pueblos ya se había mezclado antes de que pudieran acordar una alianza.
Finalmente, asintió.
—Entonces la sangre ha hablado antes que nosotras. Escucharemos.
Periandro comprendió que aquel asentimiento les concedía algo más valioso que la confianza: les concedía tiempo. Avanzó antes de que el silencio pudiera cerrarse de nuevo.
—Mi reina, hay algo más. El plan de Minerva para proteger a vuestras hijas se ha visto comprometido. Alguien ha abierto una brecha y debemos regresar cuanto antes a la Torre Arcana de Skuchaín para advertirla. Si Minerva no actúa, todo cuanto hemos sacrificado para mantenerlas a salvo habrá sido inútil.
Ralish, que recogía los restos de una de sus mezclas venenosas, levantó la cabeza con brusquedad.
—¿Y el rey? ¿Dónde está Rodrigo?
Periandro la miró con gravedad.
—Rodrigo se dirige a Instantalor. El Bastión de los Colby ha caído.
La sonrisa desapareció del rostro de Froilán. Cerró los puños y avanzó hacia Periandro con una rabia que ninguno de los presentes le había visto hasta entonces.
—¿Cómo que ha caído? —estalló—. ¡Ese bastión pertenece a mi familia desde hace generaciones! ¡Lleva nuestro nombre! Dime quién sigue con vida… y a quién debo culpar por haberlo perdido. ¡Porque yo, por mi bastión, ma-to!
Froilán separó las dos últimas sílabas con la solemnidad de un juramento. La frase habría resultado cómica en otro momento, pero la rabia que endurecía su rostro era auténtica.
Elora arqueó una ceja.
—Espero que se te dé mejor matar que esconderte.
Froilán abrió la boca para defenderse, pero Periandro no le concedió la oportunidad. Dirigió de nuevo la mirada hacia Elora.
—Si no os movéis deprisa, perderéis la oportunidad de reuniros con él y regresar a Kalzaria para preparar una nueva ofensiva. Cada hora que permanezcamos aquí permite que los demonios cierren otro camino. El tiempo ya no está de nuestro lado.
Elora asintió. Después miró a la criatura moteada que la había llevado hasta el campamento. El animal respiraba con dificultad y una herida abierta le recorría el costado, recuerdo de alguna garra recibida durante la batalla. No podría soportar el viaje hasta Instantalor.
La reina caminó hacia Talisha.
—Prestadme una montura. Lo que queda de las fuerzas de la Corona todavía puede resistir, pero debo llegar a tiempo.
Talisha no pidió explicaciones. Asintió con un leve gesto y llamó a su hermana con un chasquido de lengua.
Ralish comprendió la señal, se internó entre las tiendas y regresó poco después guiando una criatura de patas firmes y pelaje corto. De sus arreos colgaban cintas doradas y negras junto a pequeñas cuentas talladas con la forma del escorpión.
—Esta es Circek —dijo—. Resiste la sed mejor que muchas reinas.
Elora sostuvo la mirada de Ralish y aceptó la provocación con una leve sonrisa.
—Entonces procuraremos estar a su altura.
Durante el tiempo imprescindible para vendar las heridas y preparar las monturas, los dos grupos se reorganizaron. Periandro comenzó a invocar de nuevo al caballo mágico mientras Carmélida aguardaba junto a él, en silencio. A pocos pasos, amazonas y escorpionas rodeaban a Elora y Talisha para marcar rutas, establecer señales y fijar puntos de encuentro.
Talisha distribuyó a sus mejores rastreadoras entre los caminos que atravesaban el desierto. Cuando las heridas permitieran levantar el campamento, las Hijas del Escorpión se unirían formalmente a la búsqueda del Orbe. El pacto pronunciado ante las caídas comenzaba a adquirir forma.
El hechizo de Periandro se completó y el corcel emergió de la niebla con un estremecimiento. Sus cascos apenas se hundían en la arena y su cuerpo parecía deshacerse por los bordes cada vez que el viento lo alcanzaba. Carmélida montó detrás del mago sin cruzar palabra con él.
Periandro espoleó la montura hacia el este. Carmélida volvió una última vez la mirada hacia las tiendas ennegrecidas y hacia las guerreras que habían sobrevivido para reconstruirlas.
Desde lo alto de una duna, Elora observó su partida. Montó con naturalidad sobre Circek, tomó las riendas y, antes de que el caballo mágico se perdiera en la tormenta, alzó la voz:
—Advertid a Minerva. Después, encontrad ese Orbe. Cueste lo que cueste.
Periandro levantó una mano para confirmar que la había oído y continuó cabalgando sin volver la cabeza.
Elora dirigió entonces un gesto hacia Froilán.
—Tú vienes conmigo.
—¿Yo? —balbuceó, mirando alrededor en busca de alguna excusa—. Bueno, claro, claro… La reina llama y uno no puede negarse. Nobleza obliga.
Froilán subió a la parte trasera de la montura con más esfuerzo que elegancia. Estuvo a punto de caer de espaldas, se aferró a los arreos y consiguió estabilizarse cuando Circek ya comenzaba a avanzar.
Elora dio media vuelta y emprendió el camino hacia Instantalor. Las amazonas que aún podían combatir se desplegaron a su alrededor, con las lanzas en alto y la mirada fija en el horizonte.
Froilán volvió la cabeza justo antes de desaparecer tras la primera duna.
—¡Pues al final no ha durado tanto la fiesta! ¡Muchas gracias por el hospicio, hijas del Escorpión! ¡Os debo una ronda, amigas!
Después se inclinó hacia Elora y añadió en voz más baja:
—Eso sí… En Instantalor hay buena cerveza. La Taberna de las Dos Jarras nunca defrauda.
El eco de su voz se perdió entre los pliegues del viento. Cuando también desapareció el último estandarte de las amazonas, el campamento quedó por fin en calma y, entre el humo de las jaimas y la sangre derramada sobre la arena, comenzó lentamente a respirar de nuevo.
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