185 – EL ECO DE LAS ANTIGUAS BATALLAS II

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EL ECO DE ANTIGUAS BATALLAS II

Tras dos lunas se empezó a oír el dulce silbido de la ocarina acompañado por el tintineo de la kalimba: los clanes faunos anunciaban su llegada al llamado de la Dama Esmeralda.  Los Arbóreos, sabios conocedores de las plantas y sus raíces, y el mismo clan al que pertenecía la dama, fueron los primeros en hacer acto de presencia. Sus coloridos ropajes hechos de hojas y cortezas resaltaban en la negrura de la jungla. Tras ellos llegaron los Sanadores, sabios chamanes con habilidades para curar las heridas de las plantas y los animales. Vestían hábitos blancos y verde lima y llevaban una pequeña bolsa donde guardaban las hojas y sabias que utilizaban para sus ungüentos. Los Danzarines fueron los siguientes en aparecer entonando alegres melodías con sus ocarinas. Sus coloridas casacas tejidas de campanillas, clavelinas y crisantemos alegraban el paisaje tanto como sus cánticos. Desde los cielos descendieron decenas de verdiplumas cabalgados por Susurradores, capaces de hablar con los animales. Las finas aves de plumaje verde y rojo y pequeño pico se posaron en el suelo dejando bajar a sus jinetes. De dicho clan, los “Soldados del aire” eran siempre los primeros en llegar, pues apenas debían sortear obstáculos. Los Recolectores fueron los últimos en aparecer. Su carácter tosco y huraño los alejaba del gentío. Ellos sólo cuidaban de los árboles frutales y distribuían los alimentos que recolectaban.

—Queridos faunos —anunció Tyria— agradezco vuestra pronta respuesta. Os he hecho llamar porque un gran peligro acecha nuestro mundo; Pentandra me lo ha mostrado. La Dama Irisada está creando un ejército de engendros con el ánimo de atacar la Aguja de Nácar. Sus creaciones están envenenando el Bosque Mágico y nuestro mundo. ¡Debemos unirnos, luchar contra las hadas y demostrar la valía de nuestra raza!

Los clanes hablaron largo y tendido, organizando su estrategia y formando su nuevo ejército: la Guardia del Bosque.

Tyria llamó a Quercus, uno de sus guerreros más importantes y fieles, quien había sido acogido por ella desde su más tierna infancia y se había convertido en un gran compañero para su hija.

—Quercus, ven, necesito hablar contigo —dijo Tyria con seriedad y con voz cargada de preocupación. 

Quercus se acercó, su lealtad inquebrantable reflejada en sus ojos atentos.

—Estoy aquí, Maestra Tyria. ¿Qué os preocupa? —respondió percibiendo la gravedad del momento.

—La situación es más grave de lo que pensábamos. Las traicioneras hadas han desatado un poder que amenaza el equilibrio de nuestro mundo. Si algo me ocurriera en esta batalla que se avecina… —Tyria hizo una pausa— necesito que te asegures de que mi hija realice el ritual de la Dama Esmeralda. Es imperativo que no le pase nada y que no rechace la tradición.

—Lo haré, Maestra. Protegeré a vuestra hija con mi vida y me aseguraré de que el ritual se cumpla. Vuestra confianza en mí no será en vano— afirmó el fauno.

—Gracias, Quercus. Tu fidelidad y tu valor han sido siempre un pilar para mí. Confío en ti más que en nadie para esta tarea —dijo mientras su ojos se humedecían de gratitud.

—No hay mayor honor para mí que serviros y proteger todo lo que es querido para vos, mi señora Tyria. Nos enfrentamos a tiempos oscuros, pero juntos, y con su espíritu guiándonos, admirada Dama Esmeralda, prevaleceremos —respondió demostrando un compromiso tan firme como las raíces de los antiguos árboles que ambos veneraban.

Doce lunas habían transcurrido y,  en los Jardines Irisados, una nutrida congregación de hadas se había reunido alrededor del Estanque de la Polimorfosis. Entre ellos, soldados, aristócratas y una amplia representación del pueblo aguardaban con palpable ansiedad el día que prometía ser un antes y un después en la crónica de su raza.

Para Melusina, este evento no era solo una exhibición de su autoridad ante los líderes de sus fuerzas armadas y la élite gobernante, sino también la ocasión perfecta para que todos presenciaran el esplendor de su hija Titania, quien estaba destinada a ser su heredera. Titania, desafiando las limitaciones de su avanzada gestación, se erguía sosteniendo a su pequeño hijo Carlín en sus brazos. La pureza y felicidad del pequeño hado de otoño se reflejaban en su sonrisa, mientras que a sus pies, Hábasar, su hijo primogénito, se entretenía absorto en su propio mundo, fascinado por una mariposa que había elegido sus pequeñas alas como descanso.

Llegó el instante decisivo del ataque, y Titania dio la señal para extraer las jaulas del lago. Cuando los soldados las abrieron empezaron a salir al menos una veintena de pequeños seres voladores de cada jaula. Las hadas rompieron en vítores y extrajeron nuevas jaulas al agua. Melusina estaba satisfecha: había creado un mortífero, aunque efímero ejército de peligrosas dracoavispas.

De pronto, aquella mariposa que jugueteaba entre las alas de Hábasar se elevó rápidamente hacia el estanque y el pequeño corrió detrás de ella.

Titania, limitada por su estado de embarazo y con Carlín entre sus brazos, se encontraba incapacitada para intervenir.  Alertada por el peligro, gritó con desesperación.

—¡Hábasar, para! ¡Ven aquí! —su voz resonó con fuerza, cargada de temor por la seguridad de su hijo—¡Madre, ayuda!

Su mirada se cargaba de terror mientras observaba la escena incapaz de actuar. No podía caer en el lago y menos en ese momento.

En un acto reflejo, Melusina paró la orden de ataque y se elevó rápidamente lanzándose en picado hacia el lago, logrando capturar a Hábasar antes de que pudiera alcanzar las aguas peligrosas. A pesar del alivio que sintió al asegurar a su nieto, el esfuerzo le costó caro, sintiendo un agudo dolor en sus alas cuando tocó tierra firme.

Estaban a punto de comenzar el ataque y Melusina, consciente de las miradas de su pueblo y su familia, optó por ocultar su vulnerabilidad de su nueva situación. Sabía que mostrar cualquier signo de debilidad, especialmente una tan definitiva como la pérdida del vuelo, podría minar su autoridad y disminuir su estatus entre las hadas. El peso como Dama Irisada le exigía una compostura impecable.  En la sociedad de las hadas, las alas no eran solo un medio de transporte; sino un símbolo de poder, gracia y libertad. Un hada sin la capacidad de volar se enfrentaba, no solo a limitaciones físicas, sino también a un estigma profundo.

La dama se mantuvo imponente. Su voz, aunque marcada por un temblor imperceptible, daba órdenes claras y concisas, dirigiendo la formación de las dracovispas para el inminente ataque.

—¡Formación al alba! —ordenó con autoridad, con su mirada puesta sobre el ejército de dracovispas que zumbaban listas para el combate. A pesar de su propio tumulto interior, su tono no dejaba lugar a dudas ni a desobediencia.

Mientras su atención se dividía entre la estrategia militar y el esfuerzo por mantener su dolor en secreto, Melusina continuaba supervisando los preparativos finales del ritual en el Estanque de las Polimorfosis. 

—¡A las armas, y que el viento guíe nuestra furia! —exclamó apuntando hacia el horizonte, donde el enemigo aguardaba en una casi imperceptible torre nacarada. 

La determinación en su voz intentaba infundir coraje y furia en sus tropas, mientras en lo profundo, la incertidumbre sobre su futuro como líder sin la capacidad de volar la asaltaba. 

—¡Ahora, ataque total! —gritó, señalando el momento preciso para el asalto. Las dracovispas se lanzaron al aire en una marea de alas y zumbidos, obedeciendo las órdenes de su señora sin cuestionar.

Para los faunos también había llegado el momento, habían pasado largas semanas desde que habían comenzado el entrenamiento y la planificación, y estaban listos para marchar hacia las Praderas Añiles a hacer frente al Ejército Irisado. Como habían supuesto, Melusina avanzó desde el Estanque de la Polimosfosis hacia las azuladas heras a lomos de sus feroces dracovispas. Los unicornios, engañados y sin sospechar la traición, se encontraban desprevenidos frente a la invasión. En su desesperación, corrieron hacia el Casco Añil en busca de auxilio de su señora, aunque eran conscientes de que no estaban listos para responder al ataque.

De pronto, un escuadrón volador de verdiplumas montados por faunos susurradores salió del Bosque Mágico y sobrevoló las líneas enemigas. Los Soldados del Aire atacaron por sorpresa arrojando sus certeras jabalinas sobre las dracovispas. Al ver a algunas de sus compañeras morir ensartadas por el enemigo, los engendros alzaron el vuelo desplegando toda su agresividad. Su velocidad y control en el vuelo las hacían seres capaces de dominar los aires en la batalla, y el veneno de sus múltiples garras y colmillos era una amenaza que no se podía ignorar. El ejército de dracovispas empezó a perseguir al escuadrón de verdiplumas que simularon una huída en desbandada hacia el bosque. Pero una vez entraron en la sagrada frondosidad, un estruendo las aturdió y se detuvieron confundidas. Miles de flautas y tambores empezaron a sonar haciendo vibrar los árboles, desde las raíces hasta la punta de sus hojas. Eran los Danzarines lanzando la señal. Aunque las dracovispas se percataron tarde, se trataba de un ardid diseñado por la propia Tyria. Si los faunos no podían hacer frente a un ejército de engendros como aquel al aire libre ni a campo abierto, usarían el bosque donde los deformes insectos serían vulnerables. La emboscada se ejecutó con una asombrosa precisión que involucró a todos los clanes, por fin unidos en un solo propósito bajo el mando único de su Dama. Los recolectores habían recopilado lianas y enredaderas suficientes para que los sanadores tejieran redes, esto las habían impregnado previamente de esporas capaces de neutralizar incluso el más potente de los venenos. Los arbóreos, apostados en las copas de los gigantescos y antiguos árboles del bosque mágico, arrojaron las redes junto en el momento en que los engendros eran aturdidos por los estruendosos sonidos de los danzarines. Las dracovispas fueron atrapadas y neutralizadas en cuestión de segundos. Sin su veneno y atrapadas bajo las redes, era presa fácil. A ese ardid, le sucedió una nueva señal de los danzarines: un silbido agundo y continuo. Acto seguido, una horda de faunos de todos los clanes, armados con palos, hachas y lanzas, salieron de todos los rincones del bosque para acabar con aquel malvado y aberrante ejército de monstruos. Ninguno de los engendros sobrevivió y Melusina, que viéndose obligada a desplazarse a pié llegó a la batalla cuando ya era demasiado tarde para cambiar el sino de su ejército de engendros, no pudo si no asistir impotente a su derrota a manos de Tyria.

—Sabes que no tienes salida —declaró la Dama Esmeralda a la insurrecta señora de las hadas—. Retírate ahora y retomaremos la paz entre las razas. Pero tendrás que pagar un precio: cede tu título de dama y mantén tu honor intacto. 

Melusina, consciente de su propia debilidad física, aceptó la oferta de retiro al Círculo de las Ancianas Faéricas, pues sabía que no tenía opción. 

Tras la batalla, las hadas volvieron a su reino, claramente derrotadas. El optimismo con el que habían partido se desvaneció, dejando paso al silencio de la derrota. En el centro de Jardines Irisados, ante una multitud expectante, Melusina alzó su voz con majestuosidad, aunque internamente luchaba con una vergüenza que nadie más podía percibir ya que su exterior no mostraba más que la altivez propia de su estatus.

—Hoy, ante vosotros, me presento no solo como vuestra líder, sino como portadora de un nuevo amanecer para nuestro pueblo —comenzó Melusina con la altivez que la caracterizaba—. Hemos alcanzado un acuerdo con los faunos, un pacto sellado no por la derrota, sino por la sabiduría y la previsión. Este acuerdo nos garantiza la paz y la prosperidad futuras, marcando el comienzo de una era de unidad y fuerza renovadas entre nuestras razas.

Aunque, en su interior, el peso de haber sido perdonada por los faunos y la potencial percepción de debilidad la acosaban, Melusina se mantuvo imperturbable.

—Es por ello que hoy anuncio mi decisión de retirarme —continuó con su mirada recorriendo la multitud—. Dejo paso a una nueva generación, encarnada en mi querida hija Titania, quien se someterá a la prueba del espíritu para asumir el rango de Dama Irisada. Confío plenamente en su capacidad para guiar a nuestro pueblo hacia el esplendoroso futuro que merece.

Al concluir su discurso, el rumor comenzó a esparcirse entre los presentes. Algunos murmuraban sobre el perdón de los faunos como una señal de debilidad, mientras que otros especulaban sobre la verdadera razón detrás de la renuncia de Melusina. Susurraban acerca de su incapacidad para volar, ya que había dado el discurso desde la tierra cuando eran legendarios sus parlamentos desde el aire. 

La dama jamás admitiría abiertamente lo que le llevó a tener que renunciar a su cargo; la pérdida de una batalla y una dolorosa artritis que nació del impacto que tuvo en sus alas soportar el peso de un pequeño nieto.

En la actualidad, en el Círculo de Ancianas Faéricas

Siglos habían pasado desde sus antiguas rencillas y siglos habían tardado en comprender qué mantenía vivo al Mundo Faérico.

—Recuerdo cuando creíamos que la fuerza bruta podía decidir el destino de nuestras gentes —dijo Melusina con una sonrisa melancólica—. ¡Cuántas batallas libradas…! Y, al final, aquí estamos, más unidas que nunca.

—Sí, y pensar en todas esas estrategias elaboradas, los enemigos caídos y las victorias efímeras —asintió Tyria riendo suavemente—. Ahora entiendo que en la unión y la sabiduría estaba la verdadera fuerza.

—Y no olvidemos los errores que cometimos y de las decisiones difíciles —intervino Kyara—. A veces me pregunto si realmente fui una buena líder para el Reino Faérico, y si pude haberlo sido por más tiempo de no ser por mi sordera.

—Eso ya no importa, Kyara —dijo Melusina emocionada—. Fuiste la líder que tu pueblo necesitaba. Y ahora, nos enfrentamos a un nuevo desafío. Juntas, como en los viejos tiempos.

—Juntas de nuevo —sonrió Tyria cogiendo con afecto la mano de sus dos compañeras.

Hacía semanas que percibían algo extraño en la magia. Un terrible mal asolaba el corazón de su reino y debían averiguar lo que era. Se levantaron y cogieron los orbes Carmesí —hogar de la esencia efreet—, Turquesa —cuna de las ondinas— y de Acero —fortaleza enana— y empezaron a entonar un precioso cántico y a bailar alrededor del sagrado laurel. El arrullo del agua, el crepitar del fuego y el brillo del acero acompañaron las claras voces de las tres ancianas que se intensificaron con su propio eco, como si se hubiesen adentrado en la más inhóspita cueva. La brisa arrastró varias hojas y, de pronto, una etérea luz iluminó el arbusto. Se oyeron unas campanillas y una pequeña “C” hecha de agua, fuego, acero, luz, tierra y aire apareció ante sus ojos.

184 – EL ECO DE LAS ANTIGUAS BATALLAS I

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EL ECO DE ANTIGUAS BATALLAS I

Varias primaveras habían florecido tras volver a casa y acabar con el cataclismo que asolaba los dos mundos, pero en el corazón de las ancianas faéricas aún resonaban los sollozos matutinos de los pequeños infantes de Calamburia que pronto celebrarían su cumpleaños. 

—Por fin las raíces han vuelto a su tierra y todo está tranquilo —suspiró Tyria.

—Menos mal que pudimos volver a tiempo y entonar el Cántico de la Unión —aseveró Kyara.

—Si no, hubiésemos tenido que huir a Calamburia. No habría sido tan grave —declaró Melusina.

—Por supuesto, si nos hubiéramos quedado, habríamos podido invocar a tus fieras y útiles dracovispas del lago —rió la fauna mirando al hada.

—¡Calla vieja cabra! —respondió la anciana hada también entre risas—. Desde que tus ojos no ven tu memoria se ha agudizado. Tampoco te servían de mucho cuando veías, aún recuerdo cuando se te escaparon aquellos tres pequeños faunos para participar en el V Torneo de Calamburia. ¡Qué desfachatez! ¡Vulgares guerreros faunos!

—Señoras, por favor, no removamos más el pasado —rió Kyara conciliadora—, ahora nos toca disfrutar de la tranquilidad por la que tan duro hemos peleado.

Sentadas alrededor del sagrado laurel, símbolo de sabiduría y honor, recordaron antiguas aventuras. Habían sido tan poderosas, impetuosas y fieras… pero no recordaban sus andanzas con nostalgia pues, a pesar de que ya no pudiesen batallar como antes, la experiencia les había concedido un don mucho más valioso: la sabiduría.

Habían pasado siglos desde sus disputas, cuando las razas estaban divididas y luchaban por la Aguja de Nácar. Las hadas, tan astutas como hermosas, eran las criaturas más pérfidas del reino. Culpaban a los unicornios del mal que asolaba su mundo y se sentían arrinconadas en sus jardines. Juntas frente al arbusto aún recordaban el fatídico cónclave que dio inicio a la Insurrección de las hadas eones atrás.

Muchos años antes en la Aguja de Nacar

—¡Nos sentimos atrapadas! —declaró una joven Melusina delante de todos los participantes del cónclave—. Cuentan las leyendas que cuando los pegasos gobernaban la magia fluía libremente, las nubes eran livianas y el sol brillaba con más fulgor. ¡Podíamos movernos a placer! ¿Y ahora? Ahora estamos siempre a la sombra de una densa nube que afecta al crecimiento de nuestra fronda y no podemos salirnos de los límites del clan.

—Os recuerdo, Dama Irisada, que nuestras mayores afirmaron que los pegasos se desviaron de su camino —indicó Marilia, la Dama Turquesa—. Fueron los magos extranjeros quienes nos ayudaron a canalizar la impetuosa corriente de magia e instauraron nuestro justo sistema de gobierno. ¡Entre todas elegimos a los unicornios para que nos guiasen!

—Las ondinas tan sumisas como siempre… —se quejó el hada—. ¿Acaso habéis olvidado la envidia que corroía a los unicornios?

—El Bosque Mágico ha recuperado su brillo y vivacidad —explicó Tyria, la Dama Esmeralda—. Nos ha costado mucho acabar con el implacable otoño que lo envenenaba.

—Que los faunos se dediquen a guardar el bosque —declaró Melusina altanera— pues es la tarea que se os ha encomendado y vuestra única utilidad.

—Calmaos, mis señoras —intervino Othÿn en tono conciliador—. Así no avanzamos. Solicito un receso. Que cada dama vuelva a sus dominios y recopile las necesidades de su raza para abordarlas en el próximo cónclave.

Las seis damas se levantaron, despidieron y emprendieron el camino de vuelta a casa. Las audiencias con la Dama Blanca eran cada vez más tediosas y arduas las negociaciones con el resto de señoras, pues ninguna daba su brazo a torcer.

Melusina volvió a Destello de Luna, su preciosa y alba morada que se elevaba sobre un mar de lavanda. El cristalino nácar brillaba en la lejanía como un faro que guía a las aladas criaturas a su hogar. A los pies de la gran flor de cristal aguardaba un pequeño y risueño niño: su nieto Hábasar, hijo de Titania. Éste, que apenas podía separar sus incipientes alitas de la espalda, echó a correr hacia su abuela. 

—¡Abuela! ¡Habéis vuelto! —gritó el joven—. ¿Habéis conseguido nuestro trono?

—¡Ymodavan!, ¡Ymodavan ¿Dónde estás?! —vociferó la dama mientras intentaba contener la ilusión del pequeño—. ¿Qué hace mi nieto fuera del palacio sin vigilancia? ¡Debería estar atendiendo a sus lecciones! 

—Sí, mi señora. Voy, mi señora —se apresuró el solícito sirviente mientras tomaba al infante en brazos.

Los tres entraron al palacio donde la corte les recibió expectante, pues todos ansiaban conocer las buenas nuevas de su señora. Sin embargo, sus esperanzas se disiparon como el vendaval despeja la niebla matutina. Las hadas, a pesar de su gran astucia, seguían sometidas a la voluntad de los unicornios; los culpables de la extinción de los pegasos. No obstante, Melusina no pensaba aceptar la derrota sin batallar. 

Se adentró en el corazón de los Jardines Irisados, donde el aire, el agua, la tierra y el fuego se funden en una mística laguna: el Estanque de la Polimorfosis. La última vez que pisó este lugar fue durante el ritual en el que fue elegida Dama Irisada. En aquella ocasión, el Panda Rojo, su espíritu faérico, le lanzó el enigma más complejo que jamás había enfrentado: ¿Cómo salir ilesa del lugar que todo lo transforma?

La prueba fue exigente, ya que tenía que sumergirse en el estanque caprichoso y salir de él sin que sus aguas alteraran su forma; pero, una vez superada, la recompensa fue incomparable. Se convirtió en la Dama Irisada, la única criatura capaz de sumergirse en sus profundidades sin sufrir cambio alguno, salvo que ella misma lo deseara y se uniera en comunión con el espíritu faérico de las hadas.

Melusina recordaba con cariño aquel desafío y ahora, años más tarde, volvía a requerir la ayuda del espíritu. Se sumergió lentamente en las perversas aguas del estanque y llamó al panda rojo.

—Espíritu de las hadas, imploro tu ayuda —profirió—. Los unicornios quieren someternos, nos han relegado a un segundo lugar mientras ellos campan a sus anchas por el reino. ¡Debemos hacer algo!

—¿Por qué precipitar el cambio si el curso ya es variable? —preguntó la mística criatura.

—Porque la continuidad nos perjudica, nos asfixia poco a poco. Siento mis fuerzas mermar. —explicó Melusina con urgencia.

—¿Quién debería entonces transformarse? ¿Nuestros enemigos o nosotros mismos? — —planteó el espíritu.

Melusina permaneció unos minutos más pensativa. Sin duda el espíritu le había planteado un nuevo desafío. Tras unos instantes de reflexión dio con la respuesta: no había que debilitar a los unicornios, sino fortalecer a las hadas.

—Mas recuerda, mi señora, que los efectos de la transformación son impredecibles y temporales —añadió el espíritu—. Un cambio definitivo sólo puede darse durante el equinoccio de otoño. No sacrifiquéis nada valioso en vano. —advirtió el espíritu, justo antes de desaparecer.

La Dama Irisada salió del estanque y llamó a sus cazadores alados para darles instrucciones. Debían atrapar dos centenares de libélulas dragón y traerlas junto con sus más valerosos guerreros. Todos los habitantes del Reino de las hadas sabían que, durante el equinoccio de Otoño, cuando las turbias aguas del estanque se aclaran, el caprichoso estanque concede los mayores milagros jamás imaginados. Entre las criaturas atraídas por este fenómeno destacan las libélulas dragón, que, al sumergirse en el lago durante esta noche especial, emergen transformadas en dracovispas, una de las criaturas más mortíferas del Reino Faérico. Sin embargo, fuera de esta noche mágica, el estanque solo ofrece transformaciones temporales y de resultados peligrosos e inciertos a aquellos que se atreven a sumergirse en sus aguas. A pesar de la naturaleza efímera y caprichosa de este cambio, Melusina estaba dispuesta a arriesgarlo todo. La transformación, aunque breve, podría no ser predecible, pero en su situación, consideró que no tenía nada que perder.

—Mi señora, con todos mis respetos, ¿no prefiere esperar al equinoccio de otoño para que el cambio sea irreversible y tengamos más oportunidades de vencer? — susurró su fiel asistente.

—¡Ymodavan, no seas insolente! —le increpó la Dama Irisada— Esta es la oportunidad que anhelábamos. La despreciable señora de los unicornios jamás anticipará nuestro asalto. Si postergamos nuestra acción hasta entonces, ella anticipará nuestro ataque y se preparará para levantar en armas.

—Perdón, mi señora, por mi osadía. Mi preocupación surge al pensar en las posibles consecuencias de nuestro acto. Temo que en este enfrentamiento se corten demasiadas alas —susurró Ymodavan, con un hilo de voz. En su interior, una preocupación adicional pesaba sobre su corazón: acababa de convertirse en abuelo por segunda vez y le preocupaba la idea de pensar en un mundo marcado por el conflicto para sus nuevos nietos.

—No debes preocuparte —le tranquilizó con una voz que entrelazaba solemnidad y firmeza—. Todo se resolverá para bien. Muy pronto me verás disfrutando en la Aguja de Nácar de la compañía de mis nietos, Carlin y Hábasar. Y en cuanto a Titania, mi querida hija, estoy segura de que un día llegará a ser Dama Blanca. Yo también anhelo disfrutar de esos momentos de felicidad y tranquilidad con mi familia, del mismo modo que tú también estarás deseoso de volver al lado de tu hijo y tu nieto Ymodavan ¿verdad? 

—Lirroe, mi señora —respondió el consejero con resignación.

—Como sea —dijo cargada de desdén—. Y ahora, organiza todo para el ritual en el Estanque de la Polimorfosis. Es hora de que el reinado de las hadas alcance su máximo esplendor.

Varios días más tarde los cazadores se congregaron alrededor del enigmático estanque con jaulas de libélulas ansiosas por echar el vuelo. La dama sumergió una primera jaula al lago, ahora solo tenía que esperar treinta lunas a que el panda rojo y el lago hicieran su magia y que sus dracoavispas surcaran los cielos.

A muchas millas de distancia, en la frontera opuesta de los Jardines Irisados, Tyria, la dama de los faunos se inquietaba. Algo perturbada su mágico mundo: las hojas no bailaban al son de la brisa primaveral, las flores no refulgían con las primeras luces del alba y los frutos habían perdido su dulzura. Preocupada, se adentró en el corazón del Bosque Mágico en busca de respuestas. Hundió sus pezuñas en la tierra y conectó con las raíces de los sabios árboles. Su papel como Maestra de las Raíces la dotaba de una sensibilidad única para detectar cualquier desajust en el mundo faérico, pues su vínculo con el reino vegetal iba más allá de lo sensorial; era un lazo profundo, espiritual, que le permitía comunicarse y comprender las más mínimas vibraciones de la tierra y todo lo que en ella crecía.  Su mente vagó por las vastas espesuras de la Jungla Esmeralda, las Praderas Añiles y los Jardines Irisados, donde halló la respuesta. ¡La traicionera hada estaba atentando contra el orden natural! ¡Estaba creando un ejército de engendros!

Asustada, decidió buscar consejo en Kora, la Dama Añil, confiando en su conocida amistad con las hadas y en la posibilidad de que pudiera mediar en esta situación.

—Kora, algo terrible sucede; necesito tu ayuda —suplicó Tyria. —Nuestro mundo está en peligro, y temo que las hadas estén dando vida a peligrosas criaturas del Estanque de la Polimorfosis.

La Dama Añil, cuya naturaleza encantadora y candor nunca parecían mermar, escuchó con atención antes de responder con una sonrisa desarmante.

—Tyria, mi querida amiga, te aseguro que eso que dices es imposible —dijo con su voz suave y melodiosa. — Te aseguro que ese lugar es un remanso de paz. Siempre luce un clima maravilloso, las aguas son cristalinas y serenas… Es un rincón encantador donde a menudo llevo a los pequeños unicornios a jugar. Es imposible imaginar que de un sitio tan tranquilo y alegre pueda este albergando el terrible experimento del que me hablas.

Volvió a su hogar en busca de respuestas. Se adentró en las profundidades de la exótica selva, donde apenas brillaba la luz del sol y vivían el espíritu faérico de los faunos y del clan de los recolectores. En el centro se encontraba “Pentandra”, la majestuosa ceiba que coronaba los dominios de los faunos y los alumbraba con sus pequeños cascabeles y donde residía su sabio espíritu. Tyria se sumergió en sus raíces en busca del espíritu de la Jungla. Dentro del tronco pudo hallar la paz y la serenidad que durante años le habían sido vedada. Conectó con la raíz del Gran Árbol en busca del Espíritu Esmeralda, pero sabía que rara vez se dejaba ver. Siempre que un fauno acudía necesitado de ayuda, el espíritu descendía de lo alto del árbol y susurraba la solución al problema. Sólo tenía que esperar admirando los ancianos nervios del tronco. Pasaron varias horas hasta que un lejano eco resonó sobre el silencio de la tierra: “Para la raza revivir, sus pedazos habréis de unir”. Tyria abrió los ojos: tenía su respuesta. Salió del sagrado árbol y mandó llamar a su séquito.

—Nuestro espíritu me ha hablado —anunció—. Llamad a los jefes de los clanes para que nos reunamos. No puedo ser la Dama de los faunos si éstos no bailan al mismo son.

183 – EL II GRAN CATACLISMO II

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EL II GRAN CATACLISMO II

Desde el horizonte, un grupo de figuras emergió, siluetas que a la distancia parecían augurar un refuerzo para el ejército enemigo. El corazón de los defensores se tensó ante la perspectiva de enfrentar a nuevos adversarios.

Quercus, siempre vigilante, entrecerró los ojos y se colocó en posición de ataque. —¿Más enemigos? —murmuró preparándose para lo peor.

Karkaddan ajustó su vista tratando de descifrar la verdadera naturaleza de los recién llegados. Por un momento, la incertidumbre creció, sus palabras se tiñeron de duda. 

—No se aprecian bien entre las oscuras nubes pero podrían ser portadores de oscuridad… —empezó, pero su voz se perdió en la confusión colectiva.

La tensión en el aire se transformó rápidamente cuando tres luces comenzaron a perforar la oscuridad dominante: una verde esmeralda, otra azul añil, y la última de un rosa suave. Estos haces de luz, portadores de esperanza, se intensificaron, revelando su fuente: las Ancianas Faéricas, se alzaban desafiantes entre la sombra que cubría el cielo.

Detrás de ellas, se materializó una figura aún más impresionante: Karianna, la Dama Blanca, envuelta en un aura brillante y resplandeciente que no solo la protegía a ella sino también a su hijo Yardán. La luz que emanaba de Karianna era tan poderosa y purificadora que, por un momento, todo el campo de batalla quedó bañado en una claridad absoluta.

Siguiendo esta deslumbrante aparición, Drëgo, el aprendiz de druida, emergió sostenido en el aire por el príncipe mayor de las hadas, Hábasar, cuya fuerza en las alas le permitía sostener al hechicero como si fuera parte de este cortejo mágico. La formidable energía del hado sostuvo a Drëgo con facilidad, integrándolo en esta marcha de aliados como si el vuelo fuese su segunda naturaleza. Aunque volar no era de su agrado, sabía que la única manera de abrir el portal con seguridad era desde las alturas, según le habían instruido durante su estancia en Calamburia. Sin duda, habría preferido el apoyo conjunto de ambos príncipes hados para una tarea tan crítica, pero Carlin, el más joven, se había rehusado a prestar su ayuda al druida. La desconfianza del joven príncipe hacia Drëgo estaba bien fundamentada; no podía borrar de su memoria las acciones pasadas del druida, acciones que habían traído dolor y pérdida a sus amigos. 


A su lado, la dama de las ondinas, Airlia, y su compañero Heleas aparecieron dentro de una burbuja de agua cristalina, su presencia evocando la fuerza indomable de las mareas, mientras que Sörkh la dama de los efreets y su inseparable Sîyah, señores del fuego, formaban un círculo de llamas vivas que danzaban alrededor de ellos.

Breena, el espíritu faérico, apareció cerrando este grupo de aliados como un ciervo majestuoso que cuida de su manada, asegurándose de que todos los miembros estuvieran unidos y listos para la confrontación final.


Mientras Kárida y sus aliados se acercaban a los recién llegados, pudieron observar que el druida portaba en sus manos un antiguo tomo de hechizos que había obtenido en la torre mágica de Skuchaín. 

Las palabras de Kórux, el Archimago; Calum, el alquimista; y Minerva, la directora de la escuela de magia, resonaban en la mente de Drëgo como un ritual que había sido concebido a través de la combinación de sus conocimientos y poderes. La tierra tembló bajo sus pies, no por la furia de la batalla, sino por la concentración de energía mágica que comenzaba a fluir a través del reino. Gracias a la fuerza de Hábasar, el druida pudo mantenerse en el aire y desde una distancia elevada pudo avisar a las Ancianas Faéricas para que comenzaran con el plan pactado. Las tres, junto con sus orbes, en un acto de sabiduría ancestral, comenzaron a entonar un hechizo arcano de sellado que se extendió magicamentepor todo el reino.

Sus salmos enmarcaban y sostenían el naciente vórtice de luz y colocaban los cimientos, sobre los cuales podía erigirse en su máximo esplendor el poder combinado de las damas.

En ese momento, las señoras de cada raza, potenciadas por sus espíritus faéricos y lideradas por Karianna, la Dama Blanca, se prepararon para dar el golpe definitivo. Sörkh y Airlia descendieron junto a Karianna justo donde se encontraban las otras damas.


Karianna, con un tono lleno de gratitud, se dirigió a Kárida: 

—Tu valentía y resistencia han sido el faro que nos ha mantenido firmes en esta oscura tempestad. Ha llegado el momento de unificar nuestras fuerzas. Debemos invocar el Cántico de la Unión, un hechizo ancestral que entrelaza el destino de nuestras razas.

—Pero es un riesgo… —expresó Titania su preocupación, con una sombra de duda cruzando su rostro—. Nunca hemos conjurado juntas el Cántico de la Unión. ¿Y si…?, 

—¡Oh, vamos, Titania! —interrumpió de manera jovial Édera con un destello de humor en sus ojos— Si se trata de entonar un cántico, ¡estoy más que lista para levantar la voz! Además, ¿cuándo ha sido el miedo el consejero de los valientes?

Kárida lanzó a su hermana una mirada cómplice, como no lo hacían desde su infancia. Juntas, al borde del final más decisivo de sus vidas, revivían la unión y la complicidad de cuando eran niñas.


Las damas formaron un círculo sagrado en el que invocaron el elemento natural de sus linajes. Kárida, llena de valor y con el añil de su manto flameando al viento, inició el cántico: una melodía antigua que resonaba con la esencia de los unicornios y que había aprendido de su anciana tía Kora cuando era solo una niña. A continuación, Titania, la Dama Irisada, sumó su voz etérea tejiéndose en armonía y elevó el cantar con el verdadero encanto de las hadas, emitiendo una fuerte luz prismática que danzaba a su alrededor. Justo después, Elga, la Dama de Acero, entonó su tono firme y resonante aportando la resiliencia de la piedra y la fortaleza de los enanos, mientras su aura metálica centelleaba con determinación. Acto seguido, Airlia, envuelta en el turquesa de las aguas, añadió en su canto la fluidez y el poder curativo de las ondinas, fluyendo como la ilusión de un río tranquilo. Tras ella Sörkh, envuelta en fuego carmesí, dejó escapar su ardiente y apasionada voz, invocando el fiero fuego de los efreets, uno que no consume, sino que purifica lo que toca. Para cerrar el ritual, Édera, la Dama Esmeralda, unió su voz con las de las demás damas. La señora de los faunos era conocida por ser la dama con la más poderosa y mágica de las voces. Su melodía sonaba con la vibrante vida de la selva y consiguió que, junto a sus notas, la magia creciese y se expandiera como la misma naturaleza .

En el momento culminante y de una forma totalmente inesperada, el joven Yardan, el noble unicornio hijo de la Dama Blanca, se adelantó y generó desde su cuerno una magia que centelleaba con ecos de los antiguos pegasos. Con un relincho que parecía llamar a las estrellas mismas, liberó una cascada de luz celestial, entrelazándose con las voces de las damas y fortaleciendo el hechizo con la pureza y la velocidad del viento.

—Parece que lo están consiguiendo —comentó Hábasar mientras sostenía al druida que entonaba su hechizo desde el aire. Su voz resonaba con un optimismo contagioso mientras observaba el desarrollo de la batalla desde las alturas.

—Sí, estamos orgullosos de tí mamá —respondió Carlin con un brillo de admiración y orgullo en los ojos por la valentía y liderazgo de Titania.

Mientras las damas concentraban sus energías en el Cántico de la Unión, sus guardianes se encontraban en plena batalla protegiendo el círculo de las amenazas de las hidras.

Heleas, con la gracia de las corrientes que manejaba, inició el asalto.

—Voy a jugar con el tiempo —ritó a sus compañeros—. Memorizad sus ataques y aprovechad la ventaja que os doy retrocediendo la batalla unos segundos.  Preparaos para golpear con todas vuestras fuerzas.

—Luego yo los envolveré en llamas. Que el fuego de los efreets purifique su maldad —respondió Siyah con una sonrisa de seguridad y envuelto en su aura de llamas.

Serörkh, levantando su maza con determinación y con el rubí carmesí latiendo más fuerte que nunca en su el corazón, añadió:

—Y aquí entra Serörkh. Serörkh machaca como un choque de montañas. Nada sobrevive a la maza de Serörkh.

Por último Quercus, con la ligereza de un viento selvárico, afirmó con confianza:

—Y yo seré la afilada hoja que corta sin piedad. Mi hacha cantará canciones de victoria esta noche.

Cada uno, desde su elemento, comprometía su fuerza y habilidad para asegurar el éxito del ritual, tejiendo una red de defensa impenetrable alrededor de las damas.

En el torbellino de la batalla, Karkaddan, aprovechando su velocidad sobrenatural y el filo letal de su cuerno, se lanzó en un ataque sorpresa para salvar a Yardan, el joven unicornio, de las fauces venenosas de una de las hidras. Con un movimiento tan rápido como el destello de un rayo, interceptó a la bestia justo a tiempo, su cuerno brillando con una luz intensa al impactar contra el monstruo, demostrando no solo su valentía sino también su inquebrantable determinación para proteger a los suyos.

Tras asegurarse de que el joven Yardan estuviera a salvo, Karkaddan giró su cabeza hacia Breena, el espíritu faérico, con una mirada penetrante y firme.

—Breena, tu deber es protegerlo. No te despistes. Mantén siempre los ojos sobre mi sobrino; no permitiré que le ocurra nada malo —ordenó con un tono que no admitía réplica.

La seriedad y el compromiso en su voz eran un claro recordatorio de las responsabilidades que todos compartían en el fragor del combate, asegurando que, a pesar del caos de la batalla, la protección de los más jóvenes y vulnerables seguía siendo una prioridad absoluta.

Karianna, al centro de este círculo de poder, levantó su báculo hacia el cielo canalizando la esencia de todo el Reino Faérico convocado por las damas a través de su ser. En un acto de fe y voluntad inquebrantable, unió su voz al cántico, su luz blanca pura fusionándose con el mosaico de colores de las demás mujeres que la rodeaban. La sinfonía de magia y luz alcanzó su apogeo, creando un vórtice luminoso que ascendía hacia los cielos y descendía hacia lo más profundo de la Aguja de Nácar.

Este vórtice de luz, alimentado por la unión de todas las razas y sus líderes, explotó en un estallido de pura magia, sellando los portales y disipando la oscuridad que amenazaba con devorar el Reino Faérico. La energía envolvió a las criaturas, extrayendo su esencia corrupta y limpiándola con la energía de la magia que unía ambos mundos: las Salamandras de Lava, las Serpientes Marinas, las Gárgolas de Espinas, los Espectros de Sombra, las Hidras de Niebla, y los Gusanos de Obsidiana se purificaron como sombras al amanecer.

A medida que el canto de las Ancianas Faéricas y las damas alcanzaba su clímax, el remolino de luz, que había sido testigo de la purificación del reino, se transformó en un espectacular pilar de magia pura. Los espíritus faéricos de las diferentes razas hicieron descender este resplandor, puro y deslumbrante desde el centro del campo de batalla, atravesando la majestuosa Aguja de Nácar y extendiéndolo hacia lo más profundo del reino, hasta llegar al corazón mismo de Skuchaín. En este momento crítico, el flujo mágico del mundo, que había sido corrompido y desviado por las acciones sombrías de Drëgo en su momento más oscuro —cuando utilizó esta energía prohibida para asesinar a su maestro Öthyn— comenzó a restaurarse.

Al otro lado del mundo, lejos de la batalla que había puesto al Reino Faérico al borde de la destrucción, en la solitaria y elevada torre arcana, el Archimago desarrollaba un ritual de igual importancia. Kórux había mandado desalojar la escuela de magia y ahora se encontraba esperando el momento oportuno rodeado por un grupo de los mejores impromagos, guardabosques y alquimistas.

Justo cuando el torrente de magia empezó a vibrar en los cimientos de la torre, Kórux, consciente del momento crucial, anunció:

—Es la hora. El cántico de las damas faéricas ya fortalece el tejido mágico. Nuestro deber es asegurar que este flujo no se pierda en el caos.

Periandro, uno de los más poderosos magos, concentraba su energía junto a Trai y Grahim.

—Nuestros hechizos están listos para ser canalizados hacia ti, Archimago. Esta corriente que atraviesa los dos mundos no nos superará —susurró el mago-erudito a sus dos compañeros con una mirada cómplice y llena de seguridad. 

Aodhan, el guardabosques, con una profunda conexión con la naturaleza y los portales mágicos, levantó la voz gritando por encima del ruido que hacía el flujo de energía:

—Gracias por permitir que Ramia nos acompañe. Al final, dos impromagos expulsados de la torre formamos uno completo —expresó irónicamente y entre risas.

Kórux, captando la sinceridad en las palabras de Aodhan, le dirigió una mirada cómplice, un gesto que trascendía las antiguas normas de la torre y reconocía el valor incalculable de la unidad en momentos críticos.

—Vuestra fortaleza combinada es justo lo que necesitamos en este momento, amigo —respondió con un tono que reflejaba tanto aprecio como urgencia, sabiendo que cada individuo presente, independientemente de su pasado, era crucial para el éxito del ritual.

Desde otro rincón, Calum, acompañado por Aurora y Carmélida, rodeado de frascos que brillaban con líquidos misteriosos, afirmó:

—Y nuestros elixires potenciarán la canalización del torrente. La alquimia y la magia deben ser una en este propósito.

Kórux, situado en el centro de la sala, extendió sus manos sobre el mapa estelar que adornaba el suelo, un antiguo pergamino que contenía la esencia de mundos y tiempos. Antes de comenzar, sus ojos se encontraron con los de Minerva, quien, desde un rincón apartado, observaba con una mezcla de esperanza y solemnidad. La mirada cómplice que compartieron fue un silencioso intercambio de fuerza y entendimiento, un recordatorio mutuo de la cantidad de batallas que habían superado juntos y del peso de lo que estaban a punto de emprender. Con la energía renovada por ese momento de conexión, el Archimago dio inicio al ritual. Sus labios comenzaron a moverse, recitando palabras cargadas de una profundidad mística, invocando la magia con tonos que resonaban con la sabiduría de los antiguos cantos chamánicos salvajes. Cada sílaba que pronunciaba parecía vibrar en el aire, tejiendo una red de poder que se extendía más allá de las paredes de la torre hacia el vasto cosmos que el mapa bajo sus manos representaba.


—Con cada verso que pronuncio, escribimos juntos la red que sostendrá nuestro mundo. Vuestra energía es la tinta y mi voluntad la pluma —clamó Kórux con una voz que evocaba más a las lecciones del erudito Félix, su antigua mitad, que a un encantamiento arcano. Los presentes, sorprendidos, se dieron cuenta de que desde su unión con el salvaje Corugan años atrás, esa faceta de sabiduría y calma no había vuelto a manifestarse con tanta fuerza hasta ese momento.

Así, en un acto de sinergia sin precedentes, cada miembro de este grupo selecto contribuía con su parte, canalizando su poder hacia el Archimago. Al mismo tiempo él, con la varita en alto, dirigía el flujo de energía, garantizando que la magia desbocada se estabilizara y fortaleciera, asegurando la continuidad y la integridad del mundo mágico frente al desafío sin precedentes al que se enfrentaban.

Mientras tanto, en el epicentro de la batalla en el Reino Faérico, la Dama Blanca, con su báculo resplandeciente de poder, se encontraba en una comunión mágica sin precedentes con la varita del Archimago, que emitía destellos de luz a través del vasto espacio que los separaba. En un momento de perfecta armonía, el báculo de Karianna y la varita de Kórux liberaron simultáneamente una oleada de energía pura que se fusionó en el aire, formando un arco de luz espectacular que iluminó ambos cielos. La poderosa luz, visible desde cada rincón del mundo, marcó el instante preciso en que el flujo mágico, desgarrado y errático, se recompuso, tejiéndose de nuevo en el tapiz intrincado que es la esencia misma de la magia. Este vínculo sostenido por el poder de ambos líderes mágicos, se convirtió en el eslabón final necesario para cerrar el último punto de ruptura de la corriente mágica del mundo.


De nuevo, la energía pura del flujo actuaba como un catalizador, invirtiendo el daño y tejiendo la magia que sostiene al Reino Faérico y fluye hasta el corazón de Calamburia. Era como si el propio mundo respirara aliviado, sintiendo cómo las heridas de su esencia se curaban bajo el toque sanador de este poder unificado, devolviendo la armonía y asegurando que el equilibrio entre todas las cosas volviera a ser como debía. 

Carmélida, con los ojos brillantes de emoción y la voz cargada de alivio y triunfo, no pudo contenerse.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó, elevando su voz por encima del resonar del torrente arcano— ¡Gracias al todopoderoso Titán!

En un rincón más tranquilo, Grahim conversaba con Trai, quien, inmersa en sus notas, documentaba cada detalle de lo sucedido.

—Reflexiona sobre los actos y sus consecuencias, Trai. ¿Crees que el pasado nos ofrece la llave para modificar nuestro presente? —preguntó Grahim, su tono que sugería más una invitación a la reflexión que una simple curiosidad.

Mientras tanto, Minerva, con una emoción que apenas podía contener, secó una lágrima discreta antes de abrazar fuertemente a sus sobrinos. Su voz teñida de un orgullo inmenso, les aseguró:

—Nunca he estado más orgullosa de vosotros, ni siquiera durante la batalla contra Eme y la oscuridad. Y mira que lo hicisteis bien entonces. Bueno, la verdad es que lo hacéis bien siempre —hizo una pausa, suavizando su expresión con una sonrisa cómplice—. Pero no se lo digáis a vuestra madre; no quiero que piense que me he vuelto una blanda.

Ramia, acercándose a Aodhan, compartió con él unas palabras de reconocimiento que resonaron profundamente.

—Tu hija estará orgullosa de ti, Aodhan. Lo que has hecho hoy… has ayudado a salvar Calamburia —su afirmación, simple pero poderosa, subrayaba la magnitud de su logro colectivo.

Al otro lado del mundo, la luz del día, ahora libre de la opresión de la batalla, bañó el Reino Faérico con una claridad nueva y esperanzadora. Las praderas reverdecieron con una vida renovada, los ríos fluyeron con aguas cristalinas, y el bosque cantó con las voces de sus criaturas.

Karkaddan, observando cómo las distintas razas del Reino Faérico compartían el mismo espacio con una novedosa camaradería, no pudo evitar comentar, con un toque de asombro y humor sutil:

—Miradnos, de estar a punto de despedazarnos a salvar el mundo juntos. No está nada mal para un día de cataclismo, ¿eh?

Airlia, con una refrescante sonrisa, añadió:

—Parece que el fin del mundo tiene su lado positivo; nos enseña a jugar bien juntos. Aunque espero que no necesitemos otra invasión para la próxima reunión.

Quercus, limpiándose el polvo de la batalla, añadió con un tono medio serio:

—Si alguien me hubiera dicho que terminaría luchando codo con codo con un efreet sin acabar chamuscado… probablemente le habría llamado loco —la afirmación del fauno provocó risas entre los presentes, aligerando el ambiente después de la tensión de la batalla.

Kárida se giró hacia Karianna, una sonrisa cómplice formándose en sus labios.

—Y tú y yo, hermana, tenemos una larga noche de historias por delante. ¿Quién diría que regresarías de Calamburia con tantos secretos?

Karianna, captando la insinuación juguetona de Kárida, le devolvió la sonrisa de igual calidez.

—Ah, los secretos de Calamburia… Algunos son demasiado extravagantes incluso para nuestros oídos faéricos —dijo dejando que la curiosidad flotara en el aire por un momento antes de continuar—. Pero estoy más interesada en cómo has mantenido la Aguja de Nácar a salvo en mi ausencia. Debes darme algunos consejos, hermana. Has sido todo un ejemplo a seguir.

Mientras se marchaban del lugar de la batalla Elga, con la seriedad característica de la Dama de los Enanos, detuvo a Sörkh, cuya aura de fuego iluminaba sutilmente el entorno. Con una voz teñida de preocupación, preguntó: 

—¿Has conseguido encontrar alguna señal de När, tu madre, la antigua Dama Carmesí?

—La he sentido en Calamburia —respondió Sörkh con un tono melancólico—, pero es como si su llama estuviera… cautiva. Su presencia es tenue, apenas un susurro entre el fuego.

Después de un momento cargado de silencio, Elga extendió sus brazos hacia la Dama Carmesí, cerrando el espacio entre ellas con un abrazo que decía más que palabras. Era un gesto que evocaba recuerdos de una intimidad compartida en el pasado, un lazo amoroso que el tiempo no había logrado borrar. 

—Gracias por no olvidarla, por no olvidarnos—, susurró Sörkh al oído de la Dama de Acero. Su voz estaba bañada en una mezcla de gratitud y añoranza, recordando los días en que su relación iba más allá de la amistad.

Las razas del Reino Faérico, alguna vez divididas por diferencias antiguas, se encontraron unidas en un abrazo de gratitud y hermandad.

En un rincón alejado del alboroto victorioso, Drëgo esbozaba una sonrisa triunfal, ignorando el dolor de la herida que manchaba su pierna de sangre. Hábasar, preocupado, se acercó para disculparse: 

—Lamento haberte soltado tan bruscamente; parece que te has lastimado con la caída.

Drëgo, minimizando el incidente con un gesto de su mano, respondió:

—No es nada, realmente. Drëgo solo tiene un pequeño rasguño, nada más.

Lo que el príncipe de las hadas no sabía era que la herida de Drëgo no provenía del contacto abrupto con el suelo, sino de un corte accidental infligido por un objeto en su bolso durante el aterrizaje. Ese objeto no era otro que un pequeño trozo de un cristal, que había recogido en lo más profundo  de la Torre de Skuchaín, cuando visitó a Kórux. Ese fragmento era el vestigio de una historia sombría, un espejo arcano donde Theodus había aprisionado a sus hermanas, y que, años más tarde, tras su destrucción por parte de unos eruditos, había liberado reflejos de oscuridad en todo el Reino de Calamburia.

Lejos de ser una simple reliquia, confería a Drëgo una fuerza descomunal, sobrepasando incluso la que había experimentado al absorber el poder de los canales de magia. Era como si, al contacto con su sangre, la esencia misma de la oscuridad lo alimentara, otorgándole la más tenebrosa de las energías.

Con la confianza de quien se sabe en posesión de un poder oscuro y antiguo, Drëgo murmuró más para sí mismo que para alguien más:

—Drëgo lo ha conseguido. Aurobinda tiene que estar orgullosa de Drëgo. Y el hado Carlin… será solo el primero de los experimentos de Drëgo.

182 – EL II GRAN CATACLISMO I

Personajes que aparecen en este Relato

EL II GRAN CATACLISMO I

Bajo la sombra alargada de la Aguja de Nácar, Kárida caminaba con paso firme pese a albergar una tormenta en su cabeza. A cada paso que daba sobre el musgo perenne que cubría el suelo del Bosque Mágico, su cuerno se resentía y su corazón se apretaba un poco más. La responsabilidad de proteger el Reino Faérico en ausencia de Karianna pesaba sobre ella como nunca antes había sentido. Aunque siempre había anhelado el reconocimiento y el poder que creía merecer por derecho, ahora que tenía una oportunidad de probar su valía, sentía un vértigo inesperado. Avanzando, su mente se centraba únicamente en cómo solucionar el cataclismo que ocurría a su alrededor: el Mundo Faérico se desmoronaba, los portales de energía mágica emergían por doquier sin control liberando una magia oscura que devoraba y transformaba a cualquier criatura a su paso. La urgencia de la situación agudizaba la determinación de Kárida y tornaba su anhelo de poder en un firme propósito de salvar su reino del caos que lo consumía.

Por fin llegó a su destino: las Oquedades de nácar. Allí se encontraba el espíritu lobo, protector de la raza de los unicornios. Vigilante como siempre, se hallaba en el claro de la entrada donde la luz de la luna bañaba todo con un brillo etéreo. La criatura, segura y desafiante, la miró con unos ojos que parecían entender el torbellino de emociones que azotaba su alma. El espíritu la miró en silencio.

—No me siento preparada para esto —confesó Kárida al lobo, permitiéndose una vulnerabilidad que raramente mostraba—. Karianna tenía esa luz, esa capacidad de unir a todos. ¿Y si fallo?

El lobo se acercó, su presencia era a la vez un consuelo y un recordatorio de la grandeza de su raza.

—Tu fuerza reside en tu convicción y en tu capacidad para enfrentar la adversidad —respondió el lobo con una voz que resonaba en su mente—. Karianna tiene su camino y tú el tuyo. Este es tu momento de demostrar que puedes ser más que una Dama Blanca por defecto. Debes ser el faro que guíe al reino a través de la tormenta que se avecina.

Las palabras del espíritu faérico sembraron en Kárida una esperanza fortalecedora. Su sentimiento de inseguridad, arraigado profundamente en su ser, provenía de haber vivido siempre bajo la sombra de su hermana: inicialmente, por el cariño especial que su madre y su tía mostraban hacia la dulce y joven Karianna, y posteriormente, por la decisión del espíritu del bosque de coronar a Karianna como la Dama Blanca, un papel para el cual Kárida siempre había creído estar destinada. Esa traición le asestó un golpe definitivo a su autoestima.

Pero ahora, con su tía Kora defendiendo las praderas añiles y Karianna en el Reino de Calamburia, era su oportunidad de demostrar su valía, no solo como una líder, sino como una protectora del equilibrio de su mundo.

—Convocaré a las damas que aún se encuentren en nuestro mundo y al resto de los espíritus de las razas al amanecer —declaró con una nueva resolución—. Prepararemos defensas y reforzaremos los lazos entre las razas. No permitiré que este reino caiga en la oscuridad.

El espíritu lobo asintió, su mirada brillaba con una aprobación silenciosa.

—Y cuando Karianna regrese —continuó Kárida, su voz firme como nunca antes—, le demostraré que soy digna, no solo de su perdón, sino del respeto de todo el reino.

La Dama Añil estaba a punto de enfrentar el mayor desafío de su vida, pero ahora sabía que no estaba sola. Contaba con el apoyo del espíritu lobo, las enseñanzas de su madre y de su hermana y, sobre todo, con una fuerza interior que apenas comenzaba a explorar.

Con el amanecer tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados, Kárida se situó al frente de la Aguja de Nácar, lista para dirigirse a las damas restantes y al Consejo de Espíritus faéricos. A su lado, el espíritu lobo irradiaba una serenidad que fortalecía su resolución. A pesar de la ausencia de Karianna, el reino no permanecería indefenso; ella se aseguraría personalmente de ello.

El consejo que convocó fue diferente a cualquier otro celebrado antes. Por primera vez, Kárida no se sintió como una sombra entre las grandes figuras de su mundo, sino como una líder en su propio derecho. Su voz resonó con autoridad y convicción, sus palabras no solo eran órdenes sino también un llamado a la unidad y la cooperación.

—Nos enfrentamos a una amenaza como nunca antes hemos conocido —expresó con gravedad—. Pero juntos, unidos bajo la bandera del equilibrio y la protección de nuestro reino, podremos superar cualquier desafío.

Su discurso tocó los corazones de todos los presentes. Incluso las más antiguas y reticentes entre las damas no pudieron evitar sentirse inspiradas por su fervor.

En los días siguientes, Kárida lideró con un equilibrio perfecto entre firmeza y compasión. Se enfrentó a disensiones y dudas, pero cada desafío la fortaleció, haciéndola más sabia y resuelta. Bajo su guía, el Reino Faérico comenzó a prepararse para la tormenta que se avecinaba, fortificando sus defensas y reforzando antiguas alianzas con las otras razas del reino.

Sin embargo, no todo era trabajo y estrategia. En los momentos de soledad, Kárida se encontraba a sí misma reflexionando sobre su relación con Karianna. La salvación de su hermana había cambiado algo fundamental entre ellas. A través del perdón y la aceptación, un nuevo lazo se había formado, uno más fuerte y profundo que cualquier disputa pasada.

Con Karianna buscando aliados en Calamburia y Kárida asegurando el fuerte en la Aguja de Nácar, una luz de esperanza brillaba intensamente en las manos de estas dos hermanas que conseguían sostener el destino del Reino Faérico que en ese momento pendía de un hilo.

La creciente amenaza que desgarraba el tejido de la realidad estaba haciendo estragos en todos y cada uno de los rincones de su mágico hogar. Las diferentes razas se alzaron paralelamente en defensa de su mundo, enfrentando el caos desatado por portales descontrolados de la mejor forma que sabían.

En el corazón del reino, en la imponente Aguja de Nácar, Karida se enfrentaba de nuevo a una de las Hidras de Niebla que amenazaba su palacio. Eran unos terribles monstruos de múltiples cabezas cuyo aliento venenoso se esparcía como una neblina mortal, corrompiendo la tierra a su paso. La Hidra había herido levemente a Karída, que había adoptado su forma animal. A pesar de la velocidad de la Dama Añil, el monstruo imbuido en oscuridad, la seguía reduciendo su distancia. A pesar de su clara desventaja, Karida no estaba dispuesta a perder. Recordó cómo había sido entrenada para ser Dama Blanca y cómo podía hacer uso de la magia reluciente de su cuerno. Dio dos saltos hacia atrás y golpeó fuertemente el suelo con sus patas traseras generando un intenso palpitar de la tierra. Aprovechando el tambaleo y desestabilización de su contrincante, Karida hizo brotar una poderosa luz de la punta de su cuerno que cercenó todas y cada una de las cabezas del monstruo. Y justo cuando la unicornio asestaba el golpe final a la Hidra de Niebla, Karkaddan, su consorte, irrumpió apresuradamente.

—Kárida, las otras damas han llegado —anunció con urgencia. Tenía las vestiduras rasgadas y su pelaje manchado por los estragos de la batalla que se libraba con más crudeza que nunca en sus dominnios.

Sin perder un instante, mientras se limpiaba las manchas de sangre de la Hidra de Niebla, se dirigió al encuentro de las damas. Una vez reunidas, la atmósfera se cargó de la gravedad de su situación.

—Los Espectros del Estanque de la Polimorfosis han devastado nuestros bosques— sollozó Titania, la Dama Irisada su voz tan etérea como siempre, pero empañada en llantos de preocupación—. Son seres evanescentes que cambian de forma y congelan la vida con su toque gélido, deslizándose silenciosamente entre los árboles. Hemos perdido a muchos, han tomado el Lirio de cristal y casi atrapan a mi pequeña hija.

—Y bajo la tierra, los Gusanos de Obsidiana, criaturas pétreas cuyas escamas reflejan la oscuridad absoluta, han sido implacables con los nuestros —interrumpió Elga, con una dureza forjada en el corazón de las montañas—. Los enanos caen, incapaces de repeler su fuerza que despedaza metal y roca.

Kárida escuchó a cada una, la gravedad de la situación asentándose aún más en su corazón. Con voz firme, se dirigió a ellas:

—Hemos enfrentado desafíos que parecían insuperables antes. Los desiertos ardientes ven a los efreetes del fuego batallar contra las Salamandras de Lava, y las profundidades ocultan a las ondinas, ahora sin una dama que las guíe, luchando contra Serpientes Marinas capaces de engullir islas enteras.

En ese instante irrumpió en la escena Édera, la Dama Esmeralda que entró volando junto a su temido guerrero Quercus sobre un verdiplumas con el ala herida.
—Mis señoras, en la selva nuestros faunos y los espíritus del bosque se enfrentan a las Gárgolas de Espinas —explicó la señora de los faunos casi sin aliento—. Esas bestias cubiertas de afilados pinchos están destrozando todo a su paso. La pérdida es inmensa.


—Son demasiadas —confesó Quercus— no podemos hacerles frente. No estamos preparados para semejante amenaza —añadió mientras se quitaba numerosas espinas que hacían sangrar sus peludas extremidades.
 

Tomando una profunda inspiración, Karida recondujo la conversación:

—Damas, en este momento no debemos flaquear. Cada vida perdida es un llamado a luchar con más fuerza. Tenemos que ser el bastión contra esta oscuridad, recordad a nuestras tropas por qué luchamos. Por nuestro hogar, por aquellos que amamos. No estamos solas en esto; juntas somos más fuertes.

La preocupación teñía el rostro de las damas y una nube de pesimismo inundaba la sala. El silencio de la desesperación había congelado el instante y ya casi ni se oían los gritos de los unicornios que caían en el combate a los pies de la Aguja de Nacar.

—Que nuestras acciones de hoy sean el faro de esperanza y la fuente de fuerza para nuestro pueblo —Elga rompió el tenso silencio con determinación mirando a sus compañeras con la decisión propia de la más veterana de las damas.

—Ahora no es el momento de retroceder. No daremos un paso atrás —añadió Édera, su voz firme y llena de determinación.

—Es el momento de unirnos, de enfrentarnos a esta oscuridad con toda la valentía y el poder que poseemos —proclamó Titania airada, secándose las lágrimas y con un brillo renacido en sus alas multicolores.

—Por el Reino Faérico y la luz que persiste incluso en la oscuridad más profunda, ¡lucharemos y triunfaremos! —concluyó Kárida, emanando una seguridad y decisión más fuerte que nunca y tomando el liderazgo sin remordimientos.

Las damas sabían que la batalla sería ardua, pero también sabían que la unión de sus fuerzas les daría cierta ventaja. Cuando los ánimos se había repuesto, Serörkh el más fiel guerrero de la Dama de Acero interrumpió la escena señalando con su maza el cielo.

—Serörkh avista peligro. Oscuridad intensa en cielo. Destrucción inminente —anunció el Golem de acero con una velocidad más rápida de lo normal, señalando hacia el firmamento con su maza.

Al unísono, todos se precipitaron hacia el balcón, donde la visión que se desplegaba ante sus ojos confirmaba las advertencias de Serörkh. El cielo, teñido de un índigo profundo, parecía presagiar la llegada de un enemigo aún más formidable, justo en el clímax de su desesperada lucha contra las fuerzas del mal.