203 – REQUIEM POR UN NIÑO

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REQUIEM POR UN NIÑO

El Palacio de Ámbar había perdido su brillo. La piedra, antaño resplandeciente, ahora se apagaba lentamente, al igual que las preciosas hortensias de los jardines, marchitándose bajo un cielo que ya no bailaba alegremente al son del viento. En lo alto de la torre, la bandera de Calamburia ondeaba a media asta, señalando la desolación que envolvía tanto el paisaje como el interior del castillo. En lo más profundo de aquel recinto sombrío, una madre devastada intentaba sobrevivir a su propia tormenta.

Melindres, la implacable reina de Calamburia, siempre había considerado a sus hijos como los hilos de una delicada trenza. Doddy, Sancho y Zoraida eran las tres hebras que, entrelazadas, habían dado forma y sentido a su vida. Pero ahora, con Sancho arrancado de su lado, la trenza se deshacía, quedando suelta y frágil en sus manos. Sin uno de esos hilos, todo lo que había tejido con amor y cuidado se desmoronaba. Aunque sabía que debía mantener su entereza por Doddy y Zoraida, el vacío que dejaba Sancho pesaba demasiado. Sin él, el equilibrio de su vida se deshacía, y el amor que una vez había compartido con sus hijos se teñía del insoportable dolor de la pérdida.

Aunque sabía que debía mantenerse firme por Doddy y Zoraida, en su interior crecía un anhelo más oscuro, uno que le susurraba con fuerza en los momentos de mayor debilidad. Quería retroceder en el tiempo, deshacer cada elección y cada paso que la habían llevado hasta allí. Hubiera preferido no haber conocido el amor que sus hijos le ofrecieron, si eso significaba también evitar el abismo de dolor en el que se encontraba. Sin el amor, no habría vacío; sin el apego, no habría pérdida. En su corazón, el deseo de borrar su propia historia palpitaba con fuerza, como una llama que titilaba en medio de la tormenta, apagándose poco a poco.

Arishai, el poderoso líder de los clanes nómadas del desierto de Al-Yavist, buscaba desesperado a su querida hija. Aunque no hubiese podido verla crecer, el temido guerrero sentía debilidad por su primogénita. De entre todas sus hijas, Melindres era su flor más preciada: la que había nacido de la semilla del amor. Nunca había olvidado la primera vez que vio a Zora von Vondra, una joven marquesa que viajaba en su elegante carruaje para contraer nupcias con un estirado erudito. El nombre de Arishai siempre había infundido temor entre los habitantes de Calamburia, pues de todos era sabido que ningún forastero que se adentraba en el desierto escapaba al veneno de su aguijón, pero Zora era diferente. Con una única mirada, la marquesa encandiló al fiero guerrero, quien no dudó en hacerla suya. Durante su confinamiento, la marquesa empezó a enamorarse de su captor y lo que comenzó como un ultraje, rápidamente se tornó en una tórrida relación. Sin embargo, ella nunca llegó a olvidar sus aspiraciones y abandonó al nómada portando consigo la prueba de su pasión.

—Hija —dijo Arishai al encontrarla—, sé que es un momento muy duro, pero debes recomponerte. Es importante que nuestros enemigos no noten nuestra debilidad. No podemos perder el trono por el que tanto hemos luchado.

Melindres lo miró con una furia que le ardía en el pecho, como si, finalmente, el muro de frialdad y compostura que había construido a su alrededor se hubiera desmoronado.

—”¿Hemos luchado?” —dijo con una amargura que hizo eco en las paredes de la habitación—. ¡Yo no he luchado por esto! —exclamó con voz colérica—. ¡Yo no he pedido nada de lo que me habéis dado! ¿Por qué habríais de creer que yo quería ser parte de vuestras miserables ambiciones? Yo solo deseaba una vida normal: una madre que no me mirase como el recordatorio de todo lo que perdió y un padre que estuviese conmigo, no un fantasma que aparece cuando le conviene, como un viento en el desierto. ¡Pero en lugar de eso, todo lo que he tenido es soledad, manipulaciones y mentiras!

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz no temblaba. Era una tormenta que por fin había encontrado su momento para explotar.

—Vosotros queríais el poder, no yo —continuó—. ¿Y ahora qué? ¡Mi hijo está muerto! ¡Peor que muerto! Está en el infernal reino de aquella maldita criatura que me lo arrebató. ¿Qué crees que le harán en el Inframundo? ¡Dímelo! ¿Qué piensas que está sufriendo allí mientras nosotros seguimos con este juego de poder absurdo?

Zora, que había estado observando desde el umbral de la puerta, se acercó con paso firme y rostro inmutable, pero con una tensión que se filtraba en cada palabra.

—Precisamente por eso debes salir y tomar las riendas de la situación —irrumpió estoica—. Debes mostrar al mundo que la Corona sigue siendo fuerte, que no se tambalea, y que no permitirás que ninguna niña pretenciosa te arrebate tu futuro ni el de tus hijos.

Melindres se volvió hacia ella como una bestia acorralada, sus palabras ahora llenas de veneno.

—¿Futuro? —rió con amargura—. ¿Qué futuro? El futuro ya me ha sido arrebatado. Sancho está muerto, y no me hables de mis otros hijos. ¡Tú no sabes lo que es perder a un hijo! Tú no sabes lo que se siente cuando te arrancan un trozo de tu propia alma, sin ninguna razón. Vosotros dos me habéis quitado todo lo que una vez fui. Jamás me quisisteis; solo queríais lo que yo representaba para vuestros intereses. Y ahora queréis que finja que todo está bien, que soy fuerte, mientras mi vida se desmorona…

Zora la miró con dureza.

—Ya ha matado a Sancho, ¿crees que le temblará el pulso a la hora de deshacerse del resto de la familia? Levántate y prepárate: Amunet habrá ganado la primera batalla, pero por el Titán que no ganará la guerra —sentenció la reina madre sin rastro de ternura en sus palabras.

Ajenos a la acalorada discusión, Minerva y Periandro trataban de calmar a los infantes, que apenas entendían lo que había sucedido.

—¿Pod qué Amunet quiede matadme? —preguntó el príncipe desolado.

—Desea el Trono de Ámbar —explicó Minerva Sibyla, la directora de la escuela de Skuchaín—. Como legítima hija de Rodrigo IV, afirma estar por encima de vuestra madre en la línea de sucesión.

—¡Pero si nuestros padres son los reyes! —exclamó Zoraida tan triste como confundida—. Madre siempre nos ha contado que padre era descendiente de los Rodrigo y ella de los Von Vondra.

—Eso es cierto —explicó Periandro—, pero los Von Vondra eran enemigos de los Rodrigo, y las antiguas reinas, Sancha III y Urraca, nunca aceptaron que vuestra madre naciese fuera del matrimonio. De hecho, vuestros padres, los actuales reyes, nada más casarse las exiliaron a ambas a Villaolvido.

—¿Nuestda madde es una bastadda? —preguntó Doddy, al que apodaban así por no saber pronunciar la erre.

—¡Pues claro que sí! —declaró Zoraida—. ¡Si ya sabes que los abuelos Zora y Arishai nunca se casaron, pues es bastarda!

—¡No digáis eso de vuestra madre! —los reprendió Minerva—. Zora había crecido con Petequia y Urraca, las hijas de Rodrigo IV y Sancha III y herederas al trono. De niña, era íntima amiga de Petequia, con quien fantaseaba que algún día sus hijos se casarían y podrían ser familia. Sin embargo, Urraca, ávida de poder, traicionó a su hermana y le usurpó el trono. Como necesitaba la ayuda de los nobles para mantener la paz en el reino, recurrió a Zora en varias ocasiones para poder protegerse de los constantes ataques de la Emperatriz del Inframundo, los zíngaros y Petequia, a cambio de unir a sus familias en matrimonio.

—Para poder tener una descendencia de alta alcurnia y reputación intachable —prosiguió Periandro—, Zora se comprometió con Félix, el erudito más prestigioso de Skuchaín y actual archimago de la torre.

—Bueno, técnicamente el archimago Kórux no es solo Félix —intervino Minerva adoptando un tono reflexivo pero ligeramente condescendiente—. El archimago que conocemos hoy como Kórux es algo… más complejo. Es la fusión de dos seres: Félix, el gran erudito, y el salvaje Corugán, un guerrero cuya mente y cuerpo fueron fundidos, literalmente, con los de Félix mediante una magia sumamente avanzada. Así se creó un ser único, que combina la profunda sabiduría de Félix con la fuerza y la poderosa magia de Córugan. Algo que, por supuesto, solo unos pocos podrían comprender completamente —añadió con aire de superioridad.

Zoraida frunció el ceño claramente sorprendida por la idea.

—¿Entonces, Kórux es… dos personas en una? —preguntó fascinada.

—Exactamente. Una fusión arcana extremadamente poderosa —corrigió la directora con su típico tono pedante.

—Solo aquellos con un dominio profundo y sofisticado de la magia podrían haber sobrevivido —dijo Periandro asintiendo con respeto.

Minerva alzó la vista, fingiendo un aire soñador.

—Ah, cómo me encantaría tener una varita mágica, y hacer cosas tan… interesantes como esas —suspiró, pero enseguida su tono se volvió más literal y pragmático—. Claro que, de momento, me conformo con la dirección de Skuchaín y con llevar la capa dorada (ya sabéis, un símbolo de autoridad…) Pero quién sabe, tal vez algún día me veáis lanzando hechizos desde lo alto de la torre. Aunque, por ahora, lo dejo en manos de aquellos que nacieron para ello. Yo no tuve la suerte de ser agraciada con la marca arcana…

—Entonces… ¿La abuela Zoda iba a casadse con Kódux? ¿Y cómo acabó con el abuelo Adishai? —intervino Doddy cada vez más desconcertado.

—Os explico —comenzó Minerva—. Cuando emprendió el camino hacia la Torre de Skuchaín, los nómadas asaltaron la caravana y Arishai retuvo a la marquesa en el campamento y, sin escrúpulos, la…

—Sin escrúpulos la… retuvo hasta que ella… logró huir —interrumpió Periandro apresuradamente lanzando una mirada de advertencia a su tía—. Y de ese encuentro nació el amor, y… una semilla del desierto entró en la abuelita Zora, aunque, bueno, ella al principio no fuera consciente de ello.

El mago-erudito sonrió nerviosamente, intentando suavizar la realidad para los pequeños y evitando que supieran la cruel verdad de la concepción de su madre en cautiverio.

—Cuando al fin llegó a Skuchaín, Félix se dio cuenta de que la abuela tenía una… semilla del desierto en su interior —prosiguió poniendo especial énfasis en sus palabras, como si las envolviera en comillas— y, bueno, la rechazó. Es decir —corrigió rápidamente—, decidió que prefería esperar a otra mujer que no tuviera una semilla. La abuela Zora, un poco triste, volvió a Síahuevo de Abajo, donde dio a luz a vuestra madre.
—Pero si Urraca y la abuela eran amigas, ¿por qué no la acogieron en el palacio? —preguntó la infanta.
—Urraca nunca tuvo verdaderos amigos —respondió Minerva con voz seca—. Para ella, Zora siempre fue inferior, especialmente teniendo una hija ilegítima. Sin embargo, cuando la Oscuridad volvió a amenazar Calamburia, Urraca y Sancha tuvieron que pedirle ayuda una vez más, forzándola a casar a vuestra madre con Sancho I, el heredero al trono.

—Pero ¿el padre de Amunet no es un redivivo? ¡No está vivo! Lo mató la villana de la tatarabuela vieja pelleja Sancha —dijo Zoraida frunciendo el ceño.

—Sí, así fue, pero antes de morir, Rodrigo IV hizo un trato con Van Bakari, el traficante de almas —explicó Periandro con calma, adoptando el tono de un maestro que narra una lección compleja—. Poco antes de su matrimonio, Rodrigo IV, débil y ambicioso por las intrigas de la corte, vendió su alma a Van Bakari en un trato secreto para escapar de la muerte y conseguir el trono.

—Sancha III —prosiguió Minerva—, cansada de los desmanes y la debilidad de su esposo, comenzó a envenenarlo en secreto mientras tramaba un golpe de estado junto a su hija Urraca. Su plan era desterrar a Petequia, que cada vez le recordaba más a su tedioso marido. Lo que Sancha no sabía era que el alma de Rodrigo ya no le pertenecía, pues el rey la había entregado al traficante. Cuando los consejeros umbríos conjuraron Cuna de Oscuridad tras ganar el IV Torneo, Van Bakari liberó al antiguo rey de su cárcel y urdió un plan para que contrajera matrimonio con Évolet, la Emperatriz del Inframundo.

—¿Qué pinta todo eso en lo que pasa ahora? —preguntó la infanta agrandando sus ojos de asombro.

—Como hija legítima del primer rey de Calamburia, Amunet reclama el trono —respondió Minerva acercándose a la niña—. Se autoproclama emperatriz de los dos mundos y, para ella, vuestra familia es lo único que se interpone entre ella y su objetivo. Como sanguinaria hija de Évolet, no dudará en matar a quien sea necesario para alcanzarlo.

En ese momento, llegaron las damas escorpión, Shuleyma y Shuaila, ataviadas con elegantes trajes de corte, pero preparadas para cualquier ataque con sus ocultas armas y poderosos ardides del desierto.

—Os esperan en la Sala del Consejo —dijo Shuleyma con voz firme, sin perder un segundo.

—Nosotras protegeremos a los infantes —añadió Shuaila mientras ajustaba discretamente una daga oculta bajo su manto.

Minerva y Periandro dejaron a los jóvenes príncipes, ahora custodiados por las hermanas de las arenas, reflexionando sobre todo lo que acababan de escuchar. Mientras salían al pasillo, Minerva miró de reojo a Periandro, preocupada por lo que estaba por venir.

—No te olvides de lanzar el hechizo de protección —susurró apretando los labios—. Ya sabes que yo no puedo hacerlo, y si la magia falla como la última vez, Melindres se cobrará su venganza. No soportará otro error.

Periandro asintió rápidamente y sacó su varita. Con una concentración visible en su rostro, comenzó a murmurar el encantamiento.

—Exsilum Occultis —recitó en voz baja. Las palabras flotaron en el aire y, casi de inmediato, la sala comenzó a temblar levemente y los muros se desvanecieron. En cuestión de segundos, la estancia donde estaban los infantes se esfumó de los pasillos del palacio, quedando oculta a cualquier mirada o hechizo.

—Más te vale que funcione —advirtió ella con seriedad.

—Lo sé. Lo sé, tía Minerva. Que Melindres no tendrá piedad si Amunet los encuentra  —respondió él nervioso—. Esta vez no fallará.

Llegaron a la Sala del Consejo Privado, un lugar antiguo destinado a reuniones en momentos de crisis. Al entrar, el ambiente estaba cargado de tensión. La reina Melindres estaba sentada en el extremo de la gran mesa de piedra ámbar. A su lado, estaban sus progenitores: Arishai, el líder nómada, y Zora, la reina madre. Hernand de Lohan, capitán de los Hombres de la Reina, e Inocencio I, la máxima autoridad religiosa de Calamburia, ocupaban sus asientos a cada lado de la mesa. Kórux, el archimago, permanecía de pie, imponente y vigilante. Su corona y brazaletes de pelo, distintivos de su fusión, reflejaban el poder y la magia que ahora lo diferenciaban del antiguo Félix. Al verlo, Minerva recordó cómo esa transformación lo había convertido en un ser más imponente y poderoso.

—Ya era hora —gruñó Melindres sin molestarse en ocultar su impaciencia—. Estamos perdiendo un tiempo valioso.

Los recién llegados se sentaron alrededor de la mesa de piedra ámbar, mientras Kórux, con su mirada fija en ellos, asintió con lentitud antes de comenzar a hablar.

—La situación es crítica. Amunet ya ha tomado demasiada ventaja. El joven príncipe… — Kórux se detuvo, y su voz grave resonó en la sala como un eco doloroso—. El joven está muerto. La magia falló.

Un pesado silencio se instaló en la sala, roto rápidamente por Melindres.

—¡No podemos permitirnos que la magia vuelva a fallar! —exclamó Melindres, su voz cargada de furia y determinación—. Las manos de la guardiana del Inframundo están manchadas con la sangre de mi hijo. Y lo mismo ocurrirá con los vuestros si no actuamos.

—El poder de Amunet es mayor de lo que pensábamos —intervino Hernand de Lohan, su rostro marcado por la preocupación—. Los enviados de la Torre de Skuchaín no pudieron prever la magnitud de su magia oscura. 

—Debisteis haber reforzado el círculo con mayor precaución. Sabíais que Amunet no es cualquier adversaria —intervino Arishai con dureza y un tono lleno de reproche.

—La Oscuridad tiene sus raíces en ella. Sabe quiénes son los descendientes de los elegidos por el Titán, y eso la hace aún más peligrosa —sentenció Inocencio I con una frialdad que parecía cortar el aire—. Y, por mucho que os pese, Escorpión de Basalto —añadió dirigiéndose a Arishai—, deberíamos recuperar la función de los porteros para la reina Melindres, como lo hizo en su día la reina Urraca. La defensa de la Puerta del Este es crucial para proteger el Palacio de Ámbar; agradeciendo siempre la excelente fuerza de los ejércitos de las arenas, que tan buena obra están haciendo ahora que se han alineado con la corona.

—Lo excelente que fue la actuación de las guerreras de las arenas en la protección del joven príncipe… ah no, que se habían vuelto a palacio en vez de estar donde se las necesitaba —dijo de Lohan con un aire irónico y burlón.

Arishai, con el rostro endurecido, se levantó de su asiento y se encaró al capitán de los Hombres de la Reina. Tocó el puñal en su cinturón, pero no lo sacó. La tensión en la sala creció de inmediato.

—Cuidado con tus palabras, soldado —gruñó Arishai—. Hay límites que ni siquiera tú deberías cruzar.

—Basta. Tranquilizaos —intervino el archimago con tono imperioso y voz calmada, percibiendo el peligro inminente—. Esta reunión está pactada en el palacio y debe haber paz.

La reina madre, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se levantó del asiento con autoridad.

—Debemos evitar una guerra entre nosotros —dijo Zora alzando la voz, de pie ante los asistentes—. No puede morir más gente. Ya hemos perdido demasiado, y si no controlamos nuestras emociones, Amunet se aprovechará de nuestra debilidad.

Arishai, aunque furioso, respiró hondo y se retiró lentamente, volviendo a sentarse. La tensión en el ambiente seguía latente, pero las palabras de la reina madre habían calmado momentáneamente los ánimos.

—Estaremos preparados para lo que venga —continuó Periandro retomando el hilo con firmeza—. Pero tened claro que Amunet no se detendrá por nada. Su hambre de poder va más allá de lo que imaginamos. Si no actuamos con precisión, será nuestro fin.

—Entonces será mejor que no falléis esta vez —gruñó Melindres con la frialdad de quien ha perdido todo lo que le importa—. Amunet ya me ha quitado a uno de mis hijos. Incluso si fracasa en reclamar el Trono de Ámbar, no permitirá que Doddy y Zoraida sobrevivan.

—No fallaremos —intervino Minerva con una determinación poco común—. Esta vez no dejaré ningún cabo suelto. Tendremos listas las barreras y el ataque. Si Kórux se une a la batalla, podremos retenerlas el tiempo suficiente para que no lleguen al trono.

De pronto, la calma del palacio se vio interrumpida por un leve murmullo y el sonido de unos pasos decididos. Trompetas resonaron en el aire, anunciando la llegada de los visitantes.

—¡Están entrando al palacio! —irrumpió Cristóforo en la habitación—. Hay que prepararse.

Todos se pusieron de pie, nerviosos, tensos. La atmósfera se volvió densa, y cada mirada reflejaba la ansiedad que precedía al inminente encuentro.

Mientras tanto, los niños permanecían escondidos en la sala oculta, sus corazones latiendo con fuerza. Sabían lo que estaba a punto de ocurrir. Shuleyma y Shuaila, se encontraban junto a ellos, preparadas para un ataque en caso de que la mágica protección fallara. A través del resquicio de la puerta, los pequeños observaron el paso de unos piratas ataviados con elegantes ropajes blancos y morados, similares a los que Cristóforo había llevado cuando llegó al palacio. Tras ellos, un robusto soldado cerraba la formación. Poco después, vieron pasar una nueva comitiva, esta vez vestida de negro. Al frente de ella, la persona a la que más odiaban: Amunet.

De repente, la guardiana del Inframundo giró su mirada hacia la pared en la que se ocultaba la sala, sin detener su paso. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios y Zoraida sintió un repentino y fuerte dolor de cabeza, como si supiera que Amunet estaba al otro lado del muro. El príncipe intentó levantarse para salir al pasillo a atacar a la asesina de su adorado Sancho, pero las guerreras le detuvieron con firmeza, sujetándole para evitar que cometiera una imprudencia.

Al otro lado del Palacio de Ámbar, la tensión en la Sala del Consejo era palpable. No había margen de error. Mairim y Amunet estaban en camino y todos sabían que su llegada decidiría el destino de Calamburia.

Cristóforo, con miedo contenido, mantuvo su porte protocolario mientras se dirigía a la reina.

—¿Les doy paso, Majestad? —preguntó con voz temblorosa pero controlada.

—Que así sea —sentenció Melindres, sus ojos ardiendo de odio—. Mairim, Amunet, el Inframundo… que todos se enfrenten a mi ira. No tendré piedad. Ni ahora, ni nunca.

202 – ESCUELA DE PIRATAS

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ESCUELA DE PIRATAS

Quietud. Silencio. Calma.

Tras meses de agonía burocrática, Mairim, la Reina Pirata, había vuelto a embarcarse en la Niña II, su majestuoso velero, junto a su querido tío Efraín. Largos años habían pasado desde su última travesía, cuando aún suspiraba por su primer amor: Walter Kennedy. El idealizado recuerdo del colono sólo se desvanecía de su mente tras la sonrisa de Elora, su pequeña y adorable hija. Sin embargo, un nuevo tsunami amenazaba las tranquilas mareas del Kal-a-Mar, pues la infame Amunet, guardiana del Inframundo, había asesinado a uno de los infantes en la final del VI Torneo de Calamburia. Al enterarse de la funesta noticia, la reina pirata decidió acudir al continente a presentar sus respetos a la reina Melindres y, siguiendo el consejo de su madre, negociar un acuerdo de protección mutua contra la inminente invasión demoníaca.Con el fin de proteger a su hija, la pirata había confiado su cuidado a sus dos padres, John Nathaniel y Railey.

Mientras sus ojos se perdían en el vaivén del océano, los pensamientos de Mairim vagaban inquietos entre las decisiones que debía tomar y las oscuras sombras que se cernían sobre el horizonte. Algo profundo en su interior le advertía de que esta travesía marcaría un cambio en su propia vida. Su madre, Petequia, volvía a colarse en sus pensamientos, pero no como la figura admirada que recordaba de su infancia. Con los años, el orgullo que había sentido por su madre se había transformado en rechazo. Petequia, siempre absorta en su primogénito, Comosu, había descuidado a Mairim, y el carácter agrio que desarrolló a lo largo de los años no había hecho más que aumentar esa distancia. Además, la influencia de su tío Efraín, quien nunca había ocultado su desdén por Petequia, había profundizado ese abismo entre madre e hija.

El exilio de Petequia a la Isla Kalzaria, donde se refugió junto a su hijo y Rodrigo V, padre de Comosu, tras la caída del Trono de Ámbar, marcó un punto de no retorno. Mientras Rodrigo pasaba largas temporadas navegando en alta mar, buscando alguna oportunidad para restaurar su reino, la desterrada se hundía cada vez más en la soledad. Fue durante una de esas largas ausencias de Rodrigo cuando Petequia encontró consuelo en el Capitán Flick, un renombrado filibustero. De esa unión nació Mairim. Aquellos años en Kalzaria dejaron una marca imborrable en la relación entre Rodrigo y Petequia, que nunca volvió a ser como antes. Allí, rodeada de un ejército leal a Rodrigo V, que aguardaba su regreso, Petequia se quedó atrapada en una existencia de amargura mientras cuidaba de un hijo completamente desquiciado y lamentaba un destino que parecía haberse vuelto en su contra.

—Mi señora, debemos volver al camarote para preparar la audiencia —una voz desdibujó la imagen de su desestructurada familia, trayéndola de vuelta a la realidad.

—Capitán Leblanc, ¿es que no puedes descansar ni cinco minutos? ¿Acaso no has mirado la inmensidad de nuestro precioso mar, las relucientes estrellas o sentido el arrullo del viento en tu cuerpo? ¡No todo es trabajo!

—Así es para un hombre del rey en misión oficial. Vuestra madre me ha encomendado un importante cometido y yo, como su leal servidor, debo cumplir con mi deber.

Mairim dejó escapar una risa amarga antes de responder:

—Mi madre y sus tejemanejes… Siempre metida en intrigas, moviendo hilos ocultos como si el mundo entero fuera una partida de Tákhel, ese viejo juego de tablero que jugaban los ancianos en las plazas de Kalzaria. No me sorprende que te haya enredado también a ti en uno de sus movimientos estratégicos.

En efecto, poco antes de partir, Petequia mandó llamar a su hija y Pierre Leblanc para una reunión privada. Como antigua princesa de Calamburia, había residido en el Palacio de Ámbar y conocido todas las intrigas y estratagemas del reino; vivencias que había ocultado a su hija hasta el momento, pues ya había visto a su primogénito sucumbir a la locura a causa de su sed de poder y no quería perder también a su pequeña. Aunque su relación con Mairim se hubiese enfriado, no podía permitir que partiese hacia tierras hostiles sin protección o sin conocer toda la verdad. Por ello, nombró a Pierre Leblanc, uno de los soldados que la había custodiado en su niñez, como guardia personal de la reina Mairim. No solo debía protegerla físicamente, sino también prepararla para los desafíos políticos que la aguardaban. Petequia encomendó al sabio soldado la tarea de instruir a su hija en la compleja historia de Calamburia y de guiarla en los complicados protocolos de las audiencias a las que tendría que enfrentarse, asegurándose de que Mairim estuviera lista para enfrentar cualquier trampa o intriga que pudiera cruzarse en su camino. 

​​Antes de partir, Petequia tomó las manos de su hija mirándola con una mezcla de orgullo y tristeza. La reina percibió algo nuevo en su madre: una vulnerabilidad que durante años había estado oculta tras su firmeza. Con un suspiro profundo y una voz que temblaba por momentos, habló:

—Mairim, sé que el Titán te ha elegido, igual que a tu hermano. Estoy llena de orgullo al saber que fuiste uno de los seres de luz que detuvieron a la Oscuridad. No hay mayor gloria que esa… pero debes saber que ni siquiera tú eres tan poderosa o tan inteligente como a veces crees ser. Yo también pensaba que iba a comerme al mundo, pero ahora entiendo que nadie puede escapar del destino que el Titán le tiene reservado. Yo no pude y sé que tú tampoco lo harás.

El dolor en sus palabras envolvía el ambiente. Aunque la distancia entre ambas era palpable, Mairim no pudo evitar sentir una chispa de compasión por su madre, pero ese abismo seguía siendo difícil de cruzar.

—Haré lo que deba, madre —respondió manteniendo la compostura para no mostrar sus verdaderos sentimientos. Sus palabras, cargadas de responsabilidad, resonaban con una adultez que pocos le habrían atribuido en su juventud. Durante años, muchos creyeron que nunca maduraría, que seguiría siendo esa joven impetuosa y rebelde que no se tomaba nada en serio. Pero ahora, el peso de su papel como reina y madre había forjado una versión de ella misma que ni siquiera su madre parecía reconocer del todo. Mientras se despedía, Mairim solo podía pensar en una cosa: sería mejor madre para Elora de lo que Petequia jamás había sido para ella.

—Quédate un momento, Leblanc. Tengo otro cometido para ti —dijo Petequia con tono firme.

Mairim salió con paso decidido, dejando a solas a su madre con su guardia. Aunque su rostro permanecía impasible, por dentro la invadía una mezcla de emociones. Al cruzar la puerta, la reina sintió el viento rozar su rostro, pero no podía sacudirse la sensación de que algo estaba por cambiar.

Petequia observó a su hija alejarse, sintiendo cómo su corazón se hundía con el peso de una despedida que llevaba años fraguándose en el silencio. Ninguna de las dos sabía con certeza que aquel adiós sería el último, pero Petequia, en lo más profundo de su ser, lo intuía. Jamás volverían a verse. Aquel pensamiento oscuro y doloroso la acompañaba mientras veía a Mairim desaparecer de su vista. Le habría gustado detenerla, pedirle perdón por los años de distancia y por no haber sido la madre que merecía. Pero eligió el silencio, como tantas otras veces, dejando que esas palabras no dichas se convirtieran en una carga que pesaría sobre su conciencia hasta el final de sus días. Al volverse hacia Pierre, el cansancio acumulado en sus ojos se hizo más evidente y las arrugas en su rostro se profundizaron, como si el tiempo y el arrepentimiento hubieran comenzado a desgastarla de manera irreversible.

—Leblanc, necesito confiarte algo más —comenzó a decir con voz más serena, pero cargada de gravedad—. Necesito que seas mis ojos y oídos en el continente. No me fío de Efraín; ese filibustero ya utilizó a mi hija para satisfacer sus ambiciones y, si encuentra la más mínima debilidad, lo hará de nuevo.

—Por supuesto, señora —respondió sin vacilar—. Contad conmigo.

Petequia, con la mirada fija en el horizonte, continuó:

—Además, necesito que permanezcas en Calamburia. He recibido una misiva de una vieja amiga, que me informa de que mi hermana está al borde del abismo. Su fiel amigo y protector la visita a menudo y, entre suspiros, le ha confesado que Urraca está completamente desquiciada: aún se cree reina y pasa los días comandando ejércitos de ratas —rió con amargura—. Quiero que le lleves esta carta a mi amiga y que la visites con regularidad. Ella regenta un lupanar en la Aldea Libre, así que tu presencia no parecerá extraña ni indeseable. Si todo va bien, te entregará una pequeña reliquia de gran valor. Tráemela en cuanto la consigas.

—Como ordenéis —se despidió el capitán con una inclinación.

Las palabras de Petequia se desvanecieron como un eco lejano y, de pronto, el peso del presente volvió a caer sobre Pierre. El murmullo del viento y el suave crujir de la Niña II lo devolvieron a la realidad mientras entraba en el camarote real junto a Mairim, quien lo observaba esperando continuar con sus lecciones. No tenía un segundo que perder, pues de todos era sabido que la reina pirata se distraía con el simple aleteo de una mosca. El tiempo apremiaba.

—Repasemos, señora. ¿Recordáis quién reina ahora en el Inframundo? —preguntó Pierre con tono paciente.

—Amunet, ¿no? —respondió Mairim algo insegura.

—Correcto —asintió el capitán—. ¿Y qué relación tiene con vos?

—¿Somos primas lejanas? —aventuró la reina pirata, aún sin estar del todo segura.

Pierre lanzó un largo y cansado suspiro. Habían repasado el linaje durante días y su dispersa alumna apenas recordaba quién era su abuelo.

—Lo volveremos a repasar —afirmó colmándose de paciencia—. Todo empieza con vuestro abuelo, Rodrigo IV. Él tuvo dos hijas: Petequia, vuestra madre, y Urraca, vuestra tía. Vuestra madre era la legítima heredera al Trono de Ámbar, pero su hermana la traicionó y desterró.

—¡A Kalzaria! —interrumpió Mairim impetuosa.

—No, a Villaolvido —le corrigió Leblanc—, donde dio a luz a vuestro hermano, Comosu.

—Mi hermano el loco, lo conozco bien —comentó Mairim con tono más reflexivo.

—Más que loco, fue embrujado por Kashiri, la primera guardiana del Inframundo, con la ayuda de Nexara, un temible súcubo con la habilidad de manejar el mundo de los sueños. La emperatriz se apoderó de su mente, obligándolo a desterrar a vuestra madre, quien huyó a Isla Kalzaria —explicó Pierre retomando la lección.

—Donde conoció al capitán Flick y me engendraron —declaró la alumna comprendiendo al fin.

—¡Eso es! —aplaudió satisfecho—. No obstante, una vez logrado su objetivo, la pérfida emperatriz destronó a vuestro hermano y lo liberó de su cautiverio. Aterrado, volvió a buscar a su madre y jamás recuperó la cordura.

—¿Y cómo recuperaron el trono? —preguntó  finalmente, interesada por la lección.

—Fue vuestra cuñada, Dorna, con la ayuda de vuestra abuela, Sancha III. Sin embargo, quien nace traidor, traidor envejece. Sancha aprovechó la debilidad de la Corona para desterrar a Dorna y hacerle creer que había matado a su vástago.

—¡El Día de la Conquista! —exclamó Mairim—. ¡Cuando me cedieron Isla Kalzaria!

—Eso es —asintió el capitán organizando de nuevo sus pensamientos—. Sancha trajo de vuelta a su querida hija Urraca y a su sucesor, Sancho I, a quien criaron como hijo de Urraca y heredero al Trono de Ámbar.

—¿Pero Sancho no era mi sobrino? El hijo de Comosu y Dorna —preguntó algo confundida.

—Exacto —afirmó Pierre—. El Día de la Conquista, Sancha ejecutó a otro bebé en su lugar y lo escondió, pero Dorna descubrió la verdad en la misma boda de Sancho y Melindres von Vondra.

—¡Por las barbas del Leviatán! La dinastía de los Rodrigo es más convulsa que la desembocadura de las Marismas de la Confusión —comentó Mairim atónita.

—¡Tenéis razón, señora! —rió el capitán—. El árbol genealógico de los Rodrigo es denso, pero el jovial carácter de la reina endulza hasta la más amarga cerveza.

De pronto, alguien llamó a la puerta del camarote. Era Efraín Jacobs, el astuto tutor de la reina, que desde pequeño había ansiado el trono. Su padre, Rodrigo II, había sido el rey de Instántalor antes de que se uniera al Reino de Ámbar, creando así Calamburia. En uno de sus viajes, se enamoró perdidamente de Kasandra, la pirata más intrépida de Isla Kalzaria. Embelesado por su amante, abandonó su castillo y se hizo a la mar con su verdadero amor, con quien engendró a Efraín. Rodrigo III, primo de Rodrigo II, no dudó en tomar el trono, negando a Efraín el lugar que le correspondía por nacimiento. El pirata había odiado a su padre tanto como a su tío. Temeroso por una nueva guerra, Rodrigo III decidió casar a su vástago, Rodrigo IV, con Sancha III, uniendo así los reinos de Instántalor y Ámbar en uno solo: Calamburia.

—¿Aún seguís con las clases de historia? —preguntó el recién llegado— ¡¿Qué más da quién haya hecho qué?! ¡Todos son unos asquerosos gusanos a los que algún día lograré pisotear!

—Claro, tito… todos gusanos, sí… —murmuró Mairim con tono indulgente, dándole la razón como se hace con los locos.

La tripulación y los piratas que rodeaban a Efraín pensaban que las historias que contaba sobre el árbol familiar de los Rodrigo no eran más que batallitas de un antiguo lobo de mar. Muchos creían que esas aventuras eran producto de su imaginación y que no podían ser ciertas. Sin embargo, la verdad de sus palabras era tan innegable como el día en que el Leviatán intentó ahogar toda Calamburia. Jacobs lo sabía mejor que nadie, y sus relatos, aunque cuestionados, escondían más realidad de la que los demás podían admitir.

—¡Ah, esos ignorantes! No tienen ni idea de lo que significa cargar con la sangre de los Rodrigo —respondió Efraín orgulloso de su historia, inflando el pecho—. Mis palabras no son simples cuentos, niña, ¡yo estaba allí!

—Espero que no te comportes así en la recepción —le reprendió Mairim cambiando de tema—. Melindres acaba de perder a uno de sus queridos hijos y no me imagino nada peor.

—¡Aún tiene a su primogénito, el valedoso Doddigo! —se mofó el filibustero con una carcajada—. ¡Menudo destino aguarda a una nación cuyo rey parece no tener dos dedos de frente! Aunque la otra opción no es más deseable: ¿quién dejaría a Zoraida, una niñita malcriada, al mando de un país? Sancho II era el más capaz de los trillizos y, ahora que Amunet lo ha matado, no queda esperanza alguna.

Mientras se burlaba, el pirata no pudo evitar reflexionar para sí mismo que todo era culpa de la dinastía de esa rama de los Rodrigo. Siempre había pensado que sus descendientes serían reyes más inteligentes, pero Doddigo parecía la prueba viviente de lo contrario. Si sus propios antepasados hubieran tomado el timón del reino en lugar de sus primos lejanos, las mareas habrían sido mucho más favorables para Calamburia.

—¡Tan optimista como siempre, tío! —respondió Mairim con una sonrisa sarcástica.

El capitán Leblanc se inquietaba cada vez más, pues a lo lejos ya se divisaba el gran campanario de Instántalor y aún quedaba gran parte de la dinastía por repasar.

—Si me permitís, voy a resumir —dijo con urgencia, divertido.

—Amunet es la heredera de los dos tronos porque es hija de la guardiana del Inframundo, Évolet, y de Rodrigo IV —añadió adelantándose para no perder más tiempo—. Rodrigo IV se casó con Évolet, la sucesora de Kashiri.

—Sé que derroté a esa hija de los infiernos, pero siempre me hago esta pregunta: ¿Évolet es entonces la hija de Kashiri? —preguntó Mairim aún dudando.

—¡Pues claro que no! —le reprendió su impaciente tío—. Kashiri murió sin descendencia y a manos de los inventores. Además, el trono del Inframundo no pasa de padres a hijos: son los altos demonios los que escogen a su gobernante.

—Cierto —asintió el capitán suavizando el ambiente—. Cuentan las leyendas que el imperio del Inframundo ha de ser gobernado por un alma tan desgarrada por el dolor que solo puede albergar oscuridad en su corazón. Los orígenes de Évolet son inciertos, aunque se murmura que era una simple campesina.

—¡¿Me estáis diciendo que la hija de una insignificante campesina es la que ha puesto en jaque a todo nuestro mundo?! —gritó la reina exasperada.

—Disculpad mi osadía, pero ¿vuestro padre tiene sangre real? —preguntó Pierre.

Mairim levantó el mentón con orgullo, y una sonrisa traviesa se asomó a sus labios.

—Mi padre es un valeroso pirata, el mismísimo capitán Flick —dijo con teatralidad—. Aunque, bueno, a veces está un poco… indispuesto por culpa del ron. Pero que quede claro —añadió clavando la mirada en Pierre—, no tolero que nadie hable mal de él, y mucho menos en presencia de mi hermana Morgana. Si estuviera aquí, te arrancaría la lengua por atrevimiento. Y si no fuese porque le prometí a mi madre que no te haría nada, ahora mismo estarías paseando por la tabla.

—Perdonad, mi señora —se disculpó contrito el soldado—. Retomo mi historia. La Oscuridad, tras perder la batalla contra los seres de luz, la que usted ayudó a ganar porque es tan fuerte y poderosa…

—¡Déjate de tonterías y apremia, que estamos a punto de atracar en Instántalor! —interrumpió Efraín con impaciencia.

—Lo dicho —prosiguió Pierre tragando saliva con una forzada sonrisa—: tras esa batalla, Van Bakari, el traficante de almas, urdió una nueva conjura para que la Oscuridad pudiera tomar el control de Calamburia: casar a Rodrigo IV, legítimo y primer rey de Calamburia, con Évolet, emperatriz del Inframundo. De esta forma, su descendencia, Amunet, podría heredarlo todo.

—Pero yo soy la primera y única reina de Isla Kalzaria. ¡Nadie puede quitarme el trono! —exclamó Mairim.

—¿De verdad lo dudas? —preguntó el capitán Jacobs con sorna—. Isla Kalzaria era solo una isla de Calamburia, ¡formaba parte de su reino! ¡Claro que Rodrigo IV era su rey!

—Y, por ende, Amunet puede arrebatarle el trono a vuestra hija Elora —concluyó Leblanc ante la atónita mirada de la reina.

Mairim lo entendió por fin: Amunet quería gobernar la Calamburia de su padre, ¡incluyendo la nación pirata!
—¡Jamás lo permitiré! —sentenció con la ira propia de una reina—. ¡Juro por el todopoderoso Titán que no consentiré que esa niñita de los infiernos usurpe el trono de mi hija!

201 – HISTORIA PARA MENTES CONFUSAS

Personajes que aparecen en este Relato

HISTORIAS PARA MENTES CONFUSAS

En el corazón del Inframundo, la vasta sala del trono resonaba con ecos de conversaciones pasadas y futuros inciertos. Las paredes de basalto negro, talladas con runas antiguas, brillaban bajo la luz de los braseros en forma de dragones, proyectando sombras danzantes. La atmósfera estaba cargada con el aroma del azufre, y los lamentos lejanos de las almas condenadas susurraban un recordatorio constante del poder oscuro que allí residía.

Grilix y Trillox, dos demonios domésticos, estaban inmersos en una discusión, rodeados de antiguos pergaminos y polvorientos documentos.

—Empiezo de nuevo —dijo Trillox con paciencia mientras organizaba un montón de papeles y pergaminos—. Rodrigo IV, heredero de Instántalor, se casó con Sancha III, princesa de Ámbar, y juntos forjaron una nueva nación: el Reino de Calamburia. Tuvieron dos hijas: Urraca I, la menor, que era estéril, y Petequia, la mayor, quien se enamoró de un noble llamado Rodrigo.

—Pero aunque también se llamara Rodrigo, este no tenía sangre real, ¿no? —preguntó Grillix.

—Eso es —asintió Trillox—. Era tan solo un noble de la familia de los Haines, pero se convertiría en el rey Rodrigo V al casarse con Petequia y reinar a su lado.

—Hasta aquí lo entiendo: el noble se prometió con la princesa heredera —dijo Grilix rascándose la cabeza.

Trillox continuó:

—Pero el problema surgió cuando, antes de las nupcias, Petequia quedó encinta de Rodrigo. Su hermana pequeña, Urraca, consumida por la envidia y la ambición, urdió un plan para deshacerse de su hermana. Con la ayuda de las zíngaras, descubrió un antiguo conjuro que necesitaba el ojo de Petequia. Una noche, Urraca y las zíngaras irrumpieron en la habitación de la heredera, le arrancaron el ojo y lo echaron en una poción. Ese brebaje era en realidad un filtro mágico que haría que Rodrigo se enamorara perdidamente de Urraca y olvidara a su prometida. Petequia fue desterrada, estando encinta y sin recordar el atroz acto que ocurrió esa noche.

—¿Y qué pasó con Petequia después? —preguntó Grillix intrigado.

—Petequia dio a luz a su hijo en el exilio y, para protegerlo, lo llamó Comosu. El niño creció en secreto, lejos de los peligros de la corte. Era conocido por ser «especial», marcado por el Titán, lo que le hacía diferente y le dificultaba ciertas cosas. Fue el primero al que le apareció la ‘C’ marcada en el cuerpo, iniciando una larga estirpe de personas con habilidades especiales —explicó Trillox.

—Vamos, que el chaval era faltuco, cortito de entendederas, ¿no? Bien, vamos encajando las piezas…. Entonces, en ese exilio fue cuando Comosu… Por cierto, ¿por qué se llamaba así? Es un nombre muy poco regio…

—No se llamaba así. Realmente se llamaba Rodrigo, pero su madre, para mantenerlo en secreto hasta que estuviera preparado para reclamar el trono, le puso el pseudónimo de Comosu, de «como su padre» —continuó Trillox.

—¡Me fascina esa Petequia! —manifestó Grilix muy emocionado—. Entonces, como hemos repasado esta mañana y si no recuerdo mal… el niño creció y, después de descubrir sus orígenes, lideró un ejército de tropas rebeldes y recuperó el Trono de Ámbar. Comosu, después de derrocar a su tía y su padre, fue coronado como Rodrigo VI y, consolidando su poder al casarse con la princesa de los salvajes, se volvió un tirano. Sin embargo, su único hijo murió joven, dejando la estirpe sin heredero directo. Ah, claro, entonces… ¡ya lo entiendo! ¡Si no hay descendencia, mi señora es indudablemente la emperatriz de Calamburia!

—No, bobo. El bebé que murió defenestrado por Sancha en el Palacio de Ámbar….

—¿Su abuela lo mató tirándolo por una ventana? —preguntó perplejo cortando a su compañero—. ¡Qué brutalidad!

—Déjame terminar —suspiró Trillox exasperado—. El bebé que murió defenestrado por Sancha en el Palacio de Ámbar…. no era realmente el hijo de Dorna, heredero de Comosu. Ese era un niño robado del populacho. El verdadero hijo de Dorna fue criado como vástago de Urraca y creció en palacio, donde lo educaron como el heredero Sancho I. 

—¿Pero no sabía todo el mundo que Urraca era estéril? —preguntó el desconcertado demonio frunciendo el ceño—. ¿Cómo se creyeron esa patraña?

—Dijeron que había sido un milagro del Titán o algo así —explicó quitando hierro al detalle—. Entonces, Sancho I se desposó con Melindres, la marquesa, y luego murió en extrañas circunstancias. Por lo visto, estaba maldito por las brujas —explicó Trillox.

—Ah, claro. Y muerto el rey Sancho, se pierde la saga y, por eso, ¡Amunet es la emperatriz de Calamburia! —concluyó Grilix satisfecho—. ¡Ahora sí que lo he entendido!

—¡No! —gritó el hastiado diablillo golpeando la mesa. Su ataque de frustración casi generó un tornado de desesperación como los que antaño invocaba Lady Ventisca—. Tuvieron tres hijos mellizos: Rodrigo, el séptimo de su nombre y heredero, Sancho, el segundo, y Zoraida.

—Pero al heredero lo mató nuestra señora —insistió Grilix.

—No, recuerda que su hermano Sancho II se interpuso y murió en un «valeroso acto de sangre». Lo decía la profecía —respondió Trillox.

—¿Pero la profecía no decía que «no llegará a adulto y que, por sus acciones, morirá ejecutado por alguien de sangre real»? ¡Pero si lo mató nuestra emperatriz! 

—¿Acaso no es de sangre real? —Trillox golpeó la mesa impaciente—. Es que como no he terminado la historia de reyes, no te has enterado. Esto es largo y algo lioso, pero muy importante.

Grilix asintió lentamente tratando de comprender. 

—Y ese es al que apodan Dodigo porque habla mal y eso, ¿no será porque el heredero también está “tocado por el Titán”?

—Exactamente, «es especial». Y ahora vamos al otro reino: Kalzaria. ¿Recuerdas a Petequia, verdad? Pues la desterrada, después de Comosu, tuvo una nueva hija con un famoso pirata y la llamó Mairim. Ella, siendo aún una niña, se levantó en armas con una flota de barcos piratas contra su abuela Sancha III. Esta rebelión resolvió la separación del reino en dos: Calamburia para Sancha III, Urraca I y Sancho I, y Kalzaria para la pirata. Así, la pequeña isla quedó bajo el dominio de la reina Mairim y su descendencia, la princesa Elora, la hija que tuvo con dos valerosos piratas —explicó Trillox, mientras su compañero escuchaba con fascinación.

—¿Con dos a la vez? 

—No, bobo. Sería solo uno, pero no se sabe bien cuál de los dos. Pues esa niña, Elora, heredará la otra parte de la superficie —precisó Trillox.

—Ah, esa es… la niña que también habla mal —comentó.

—Y eso es porque… 

—¡También está tocada por el Titán! —afirmó Grilix.

—Exactamente. 

—Entonces, nuestra señora… ¿ni siquiera hereda la isla pirata? —dedujo Grilix con tono de perplejidad.

—Sí, ¡estúpido! Remóntate a lo que hemos estudiado al principio. Al ser hija de Rodrigo IV, ocupa el mismo lugar en la línea de sucesión que sus hermanas Urraca y Petequia, por lo que antecede a sus tatarasobrino-nietos —respondió Trillox.

—Ahhh, y es la Emperatriz de los Dos Mundos porque es hija de Évolet, la anterior guardiana.

—¡Eso es! —dijo Trillox llenándose de paciencia—. Es la hija de nuestra segunda señora, la que tuvo el báculo después de Kashiri y que murió a manos de los hermanos de su propio marido.

—¿Del marido de Évolet? —dijo Grilix asombrado.

—¡No, imbécil, del marido de su hija Amunet, nuestra señora, consorte del Inframundo. Los hermanos de Xezbet mataron a su suegra y por eso ahora están encerrados —aclaró Trillox desesperado.

—¡Es verdad! Y después se desposó con nuestra señora —asintió Grilix entendiéndolo por fin.

—Exacto, ya lo tenemos descifrado —concluyó Trillox.

—¿Y quién era Juliok entonces? —preguntó confuso el otro demonio rascándose la cabeza.

—¡Por todos los condenados de la Sala del Lamento! Es el nombre que le puso Dorna a su hijo antes de creer que estaba muerto y ser rebautizado con el nombre de Sancho I, hijo de Urraca —explicó una vez más Trillox sin ganas de seguir viviendo.

—¿La estéril?

En ese momento, la puerta de la sala del trono se abrió de golpe, y Amunet, Rodrigo IV y los consejeros umbríos entraron, sus pasos resonando con autoridad. Los diablillos tiraron los papeles y se acercaron al trono para inclinarse y reverenciar a su señora que se sentó con aires de desesperación.

—Amunet, ya hemos discutido esto antes —dijo Rodrigo IV con paciencia, su voz resonando en la sala—. Por tu sangre corre la herencia de dos mundos. Como hija de Évolet y mía, te corresponde no solo el Inframundo, sino también Calamburia, antes de que se dividiera en Calamburia y Kalzaria. Debes reclamar lo que es legítimamente tuyo.

La joven reflexionaba sobre las palabras de su padre mientras ajustaba su diadema. Aunque estaba convencida de que podía evitar más derramamiento de sangre, su tono reflejaba un matiz caprichoso y egoísta.

—Padre, sé que cometí un error al matar al infante —aceptó cruzando los brazos con desdén—. A veces me puede mi mal genio. Me enciendo tan rápido como un mortal que toca nuestro suelo, pero es que creo que podemos recuperar el trono de manera pacífica. Debemos mostrar que somos capaces de gobernar con justicia y equidad.

Xezbet, siempre a su lado, inclinó la cabeza hacia su esposa y susurró con su voz mágica.

—Hiciste bien al matarlo. Era un obstáculo y eliminaste a uno de nuestros enemigos.

Amunet sonrió orgullosa y satisfecha.

—Es cierto, ¿verdad? —preguntó  mirando a su padre orgullosa y desafiante—. Matar al infante demostró nuestra determinación. Que todos sepan que no dudaremos en usar la fuerza si es necesario.

Xezbet sonreía con una mezcla de orgullo y astucia. Sabía que el camino de su reina no sería fácil, pero él se encargaría de acompañarla hacia el ansiado premio.

—Mi señora, vuestra sabiduría es digna de una verdadera emperatriz —comentó el alto demonio—. Pero no olvidéis que siempre debemos estar preparados para la traición y la resistencia. La paz debe ser nuestro objetivo, pero la fuerza, nuestra herramienta.

Los consejeros umbríos intercambiaron miradas cómplices, sus intervenciones siempre cargadas de un humor macabro.

—¡Oh, la diplomacia! —exclamó Barastyr con una sonrisa torcida—. Siempre es tan… ¿cómo decirlo? ¡Tediosa!

—Exactamente —añadió Érebos—. Pero, a veces, las palabras pueden ser tan afiladas como las espadas. Sólo asegúrate de no cortar a alguien demasiado importante.

Amunet lanzó una severa mirada a los consejeros, recordándoles la seriedad de la situación. Ellos, aunque divertidos, sabían que el momento exigía un equilibrio delicado entre astucia y fuerza.

—Vamos a reunirnos con los líderes de Calamburia y Kalzaria —anunció la emperatriz con decisión—. Debemos mostrarles que nuestra intención es gobernar con justicia y unidad. Pero si se oponen, no dudaremos en usar la fuerza necesaria para asegurar nuestro dominio.

Rodrigo IV, vestido con ropas reales, permanecía a su lado, una figura imponente que representaba la antigua gloria de Calamburia. Había cambiado desde que su hija había comenzado a reclamar su lugar legítimo. Ya no era el pelele que había sido en el pasado. Ahora, con el peso de la historia sobre sus hombros, recuperaba el estatus y el esplendor de cuando era rey. Su mirada era firme y sus palabras acumulaban el peso de la experiencia y la autoridad.

—Recuerda, hija, esta reunión es crucial —advirtió el monarca—. Debemos convencerlos de que nuestro gobierno traerá estabilidad y prosperidad. Pero también deben saber que estamos preparados para cualquier desafío.

En ese momento, una figura oscura se deslizó en la sala. Van Bakari, el infame traficante de almas, con su presencia siempre inquietante, se acercó esbozando una sonrisa astuta.

—Qué afortunado que Évolet ya no esté entre nosotros —dijo van Bakari con sorna—. Los matrimonios están para romperse y nada une más que un objetivo común. ¿Verdad, Rodrigo?

Rodrigo lanzó una mirada al recién llegado, entendiendo la insinuación pero sin perder la compostura.

—Sabes bien que nuestras alianzas se forjan en el fuego de la necesidad. Y ahora más que nunca necesitamos unidad —respondió reafirmando su posición.

Amunet asintió comprendiendo la importancia del momento. Sabía que el destino de los dos mundos dependía de su habilidad para navegar por las peligrosas aguas de la diplomacia y el conflicto. Mientras el reloj avanzaba, el futuro de Calamburia se tornaba cada vez más incierto y las sombras del Inframundo se cernían sobre todo el reino, listas para desatar el caos.

—He movido mis hilos para que podáis tener un paso seguro hacia el Palacio de Ámbar —continuó el traficante de almas con una voz cargada de conspiración—. Tendréis que salir antes del alba y no podréis utilizar magia, ya que esto alertaría a los guardianes.

—Gracias, van Bakari. Tu ayuda es invaluable en estos momentos —agradeció Rodrigo IV.

—Gracias a vos, majestad, por cuidarnos a mi hija y a mí en las mejores condiciones. Al fin y al cabo, ambos tenemos una hija que ha perdido un ojo. No hay nada que no se arregle con un buen parche, ¿verdad, Rodri? —respondió van Bakari con una sonrisa irónica.

Rodrigo sonrió levemente reconociendo la mordacidad en sus palabras. Barastyr intervino con una mueca de resignación.

—Iremos en carruaje, entonces. No es la manera más rápida, pero es segura.

—Un carruaje tirado por caballos —añadió Érebos con un toque de sarcasmo—. Y el de la emperatriz, como es pequeña, tendrá que ser tirado por… ¡ponys! Así tendremos un viaje lento pero… pintoresco.

Amunet lanzó una mirada divertida a los consejeros y, por un momento, la tensión pareció disiparse ligeramente. Con todos los detalles discutidos y los planes trazados, los presentes comenzaron a retirarse para cenar algo antes de acostarse.

—Vaya, Grilix, parece que las clases de historia acaban por hoy, tenemos que preparar el Gran Salón para la cena —murmuró Trillox a su compañero mientras se dirigían a la salida.

—Pero si todavía no me has contado nada sobre las otras hijas del padre de nuestra señora, Beatrice y Anabella. Al ser también descendencia de Rodrigo IV, ¿heredan algo? —preguntó el otro diablejo con curiosidad.

—¡Ay, zopenco! No, no cuentan porque ya te he dicho en numerosas ocasiones que son bastardas, y además su madre es una zíngara. Recuerda bien nuestras lecciones de hoy —dijo Trillox negando con la cabeza mientras atravesaban la puerta, dejando a la emperatriz con su consorte.

La sala del trono quedó en un silencio total, sordo y tenso, en el que solo se pudo escuchar un tétrico murmullo.

—Mi querida esposa Amunet, seréis la emperatriz de los dos mundos y yo me sentaré junto a vos en el Trono de Ámbar —susurró Xezbet. Sus palabras resonaban como un eco sombrío que parecía envolver la sala en una marea de oscuridad y obediencia.

Los salvajes

Originarios de las Montañas Cobrizas, situadas en el inhóspito norte, los salvajes fueron los primeros humanos completos que poblaron Calamburia. Siendo la creación más perfecta del Titán hasta el momento, se dice que algunos abandonaron las montañas y ocuparon las tierras del sur. Allí esclavizaron a las razas inferiores, como los hortelanos, y construyeron ciudades, imperios… En otras palabras, se volvieron blandos y cobardes. Eso sucedió siglos atrás, pero es un evento innegable que coloca a los salvajes, muy a pesar de la actual nobleza Calamburiana, como los verdaderos antecesores de todos los hombres.

También hubo salvajes que permanecieron en las montañas. Los clanes del oso, el lobo, el águila, el escorpión y la serpiente, se mantuvieron fieles a la tradición de sus ancestros, transmitiendo la leyenda de sus orígenes de boca a oreja durante generaciones y guardando por siempre los lugares sagrados: la Primera Gruta —donde los hombres originarios fueron creados—, el Estanque de Crital —donde los salvajes pudieron verse el rostro por primera vez— y el Sagrado Zócalo de Prolita —de donde los chamanes obtienen sus místicos poderes. En ocasiones, cuando la amenaza de los pueblos más civilizados se hacía palpable, todas las tribus salvajes se unificaban bajo un mismo mando. De ahí surgió la estirpe de los reyes errantes.

Aún así, la historia de los salvajes no se caracterizó siempre por la unión. Tras una imperdonable traición, el clan del Escorpión fue desterrado. Años más tarde, le siguió la huída del clan de la Serpiente. Ahora, los descendientes de estos clanes son conocidos como las Amazonas y los Nómadas de las arenas respectivamente. Con un pueblo cada vez menos numeroso, Dorna, hija y heredera del último de los reyes errantes, se vió obligada a casarse con el heredero del trono de Ámbar para poner fin a siglos de sangrientas guerras.

Pero la paz duró poco. Dorna y su marido Comosu fueron destronados. La reina creyó que su único hijo había sido asesinado así que, abatida, se retiró de nuevo a las montañas. Allí rehizo su vida e incluso dio a luz a un nuevo retoño al que llamó Khølontai, de pura sangre salvaje, en el que Dorna depositó la esperanza de volver a unificar todas las tribus bajo un futuro rey errante que vengara un día las afrentas de las gentes del sur. Luego, un buen día, Dorna y Córugan, su fiel chamán, desaparecieron. Cuando volvieron, Khølontai percibió en el rostro de su madre que algo había cambiado en ella. Donde antes había pena y ansia de venganza, ahora había paz. No volvió a hablar nunca a su hijo de hacer la guerra ni de los reyes errantes. Las tribus vivieron en paz y armonía durante años.

Khølontai creció y un día encontró en mitad de las montañas a un pequeño niño abandonado que hablaba el idioma de los animales. Puso al pequeño de nombre Khamal, aunque cariñosamente siempre se refería a él como el niño-fiera, ya que era capaz de aullar como el más grande de los lobos y trepar a los árboles como el más hábil de los monos. Le adoptó como a su hijo y protegido, le enseñó la lengua salvaje y las artes de la lucha cuerpo a cuerpo. A cambio él le enseñó a entender el canto de los pájaros y el nombre que los animales daban a todas las estrellas. Se hicieron inseparables y un día, a la luz de la luna creciente, hicieron un pacto de sangre: darían la vida el uno por el otro si era necesario.

Tras años de paz, llegan ecos del sur. La guerra vuelve a cernirse sobre el pueblo salvaje por la ambición de aquellos que se consideran seres superiores. En esta ocasión, los Calamburianos parecen desear arrebatarles sus bienes sagrados más preciados: todos los yacimientos de la sagrada prolita. ¿Podrán Khølontai y Khamal volver a unificar a las tribus para hacer frente a esta nueva amenaza?


LOS SALVAJES

Ellos son la raza primigenia de Calamburia. Valerosos, nobles y grandes guerreros, aunque algo rudos. Ahora se enfrentan a una nueva invasión, pero ellos defenderán a su pueblo con su vida si es necesario. ¡Que suenen los tambores de guerra pues aquí llegan los Salvajes!


La pareja

Khamal

Él es un niño abandonado que se crió entre las bestias a las que ahora considera su propia familia. Ágil, astuto y valiente luchará para proteger sus montañas de cualquier amenaza. ¡Temblad ante el aullido de Khamal, el niño-fiera!


Khølontai

Él es el heredero de una larga estirpe de reyes. Fuerte y poderoso pero también sabio y justo, está dispuesto a unificar de nuevo a su pueblo para rechazar la amenaza extranjera. ¡Postraos ante la grandeza de Khølontai, el príncipe errante!